lunes, 13 de diciembre de 2010

El traductor de Cioran al sueco da sus razones para haberlo traducido

Poeta surrealista, editor y traductor de diversas lenguas (del castellano ha traducido a Federico García Lorca, Gonzalo Rojas, Jorge Luis Borges y Octavio Paz), Lasse Söderberg (Estocolmo, 1931) publicó este artículo en la revista Vuelta, de febrero de 1987. Precisamente por el tiempo transcurrido y por contar con su explicación de por qué decidió traducir a Émile Cioran (foto), hemos decidido desenterrarlo en este blog.

Traducir a Cioran

Traducir a Cioran no es labor en balde ¿Es necesario decirlo? Afirmar lo contrario, una vez concluida la tarea, sería por lo menos extraño. Es obvio que desde hacía tiempo debió haberse traducido al sueco, como lo ha sido ya a muchos otros idiomas. Cioran pertenece, al fin y al cabo, a los más inexorables –y por lo tanto más refrescantes– pensadores de nuestro tiempo. Como traductor no logro liberarme, sin embargo, de la vaga sensación de haber cometido una doble traición: a él y a mí mismo, en la medida en que mi compenetración con su texto fue rebasando la mera transposición de un idioma al otro –lo que por sí solo, según reza el proverbio famoso, constituye una traición. Es esta sensación imprecisa de traición lo que quisiera comentar someramente. Causar admiración, ganar partidarios, tener Éxito: nada más reprobable, según opinión de Cioran. Los profetas y los predicadores sólo merecen su aborrecimiento. Si Cioran expresa consecuentemente una y otra vez su repugnancia a la altura desde donde hablan profetas y predicadores, y si a uno le parece fundada esta repugnancia, ¿no deberíamos abstenernos de elevarlo a él mismo a dicha posición? Tal riesgo es sin duda inevitable. En un texto sobre Jorge Luis Borges, el propio Cioran declaró hace poco: “La desgracia de ser reconocido ha recaído sobre él. Merecía más. Merecía quedar en la sombra, en lo imperceptible, seguir siendo tan inasible y tan impopular como el matiz. Ese era su dominio.” Y luego, en el tono categórico tan típico en él: “La consagración es el peor de los castigos, para cualquier escritor en general y muy particularmente para un escritor de su género”. Un destino análogo parece afectar ahora al propio Cioran. Está en camino de hacerse una celebridad intelectual. ¿Sería entonces correcto contribuir a ese éxito fácil que de manera evidente se contrapone a sus convicciones? ¿Puede uno con toda tranquilidad contribuir a la difusión de sus ideas y de este modo vulgarizarlas?

Escrúpulos de este tipo hicieron que nunca se me ocurriera proponer la traducción de Sobre el inconveniente de haber nacido o cualquier otra obra de Cioran, lo que a menudo hago con obras de otros autores. Pero cuando un editor me sugirió que emprendiera su traducción, tuve que admitir que la tarea, pese a todo, me seducía. El hombre es, lo quiera o no, “un anlmal metafísico”, como dice Schopenhauer. Desde hacía tiempo yo había frecuentado, si no asiduamente sí con regularidad, los escritos de Cioran, que me producían un secreto placer intelectual –y por lo demás no tan secreto, pues a mediados de los años cincuenta ya había escrito una presentación del Breviario de podredumbre, plena de entusiasmo juvenil. Eso me atrajo más tarde los duros reproches de un amigo, probablemente una de las pocas personas en mi país que había leído a Cioran y que, en su calidad de marxista severo, lo condenaba. Pero eso entrañaba también una especie de satisfacción: exponerse a un pesimismo tan radical como el de Cioran tenía (mucho antes de los nuevos filósofos franceses) un efecto estimulante. Puse pues manos a la obra diciéndome que Cioran es el primero en traicionar sus propias ideas. Desarrolla sus  contradicciones con un gran sentido artistico. Una de éstas es la que existe entre su tedio y su fatiga constantemente proclamados, y su centelleante capacidad de formulación. “Cioran, que no cree en nada, no puede evitar creer en la belleza del lenguaje”, dice un crítico. Al trasluz de la amargura se nota además el buen humor. Y como Cioran no ha vivido las consecuencias de su desconfianza en la escritura –admisible sólo como terapia– y todavía más en la publicación (esa concesión miserable al afán de gloria, del que sólo ciertos santos parecen liberados), me sobrepuse a las vacilaciones y me entregué al trabajo, satisfecho de contribuir a hacer el mundo un poco más soportable.

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