martes, 13 de diciembre de 2011

Las traducciones literarias al español, un arte complejo

Publicado en el semanario uruguayo Búsqueda del 6 de diciembre pasado y con firma de Silvana Tanzi, el siguiente artículo se apoya en una serie de ideas debidas a traductores uruguayos, españoles y argentinos, que opinan sobre la traducción y las condiciones en que ésta se lleva a cabo.

Los libros de los otros

Con los traductores literarios sucede algo injusto: si su trabajo es de calidad, suelen pasar inadvertidos. En general los lectores y la crítica literaria reparan en ellos cuando la traducción está llena de tropiezos lingüísticos y se aleja de la naturalidad de la lengua a la que se traduce. Cargan además con el mote de “traidor” que instauró la expresión italiana “traduttoretraditore”, pero ellos no son traidores, aunque tampoco puedan ser totalmente fieles. Su trabajo lleva años de lecturas, de dominio de la lengua extranjera y de la propia, de investigación sobre el autor y su cultura. “No sé por qué siempre se piensa mal de los traductores y sin embargo todos estamos de acuerdo en que la literatura rusa es admirable”, contestó Jorge Luis Borges en una entrevista de 1985 con Jorge Cruz en La Nación. Borges ejercía la traducción como una labor creativa y de reescritura del original, por lo cual fue elogiado y también criticado.

Salvo excepciones, el traductor literario es poco reconocido por las editoriales y está mal remunerado, por lo que debe combinar esta tarea con la docencia o con la traducción técnica o científica, que muchas veces resulta menos gratificante. Para conocer su trabajo, Búsqueda consultó a seis profesionales con años de experiencia en la traducción de obras literarias al español.

Entre España y Suecia
Roberto Mascaró es uruguayo y desde hace más de treinta años vive en Suecia. Poeta, docente y traductor, su nombre está asociado al último premio Nobel de Literatura, el poeta sueco Tomas Tranströmer, de quien tradujo toda su poesía al español. Respondió a Búsqueda desde Colombia, adonde llegó en una gira personal que él llama “Retropoesía”. “Consiste en participar en festivales y dictar talleres de poesía. Comencé en El Salvador y luego seguí por Guatemala y Honduras”, dijo. Mascaró traduce obras del inglés, del sueco y del francés, y también investiga los dialectos del castellano en América latina. Para él, la traducción es un género literario y un producto creativo, y el mejor traductor de un poeta es otro poeta. “Hay que trabajar de una lengua a la otra el mensaje poético, algo difícil para quien no escribe poesía. Es cierto que ha habido muy buenos traductores que no son poetas, pero sí lo fueron en sus traducciones. Eso hace de la traducción un género literario, y del traductor un escritor”.

Su amistad con Tranströmer y su conocimiento de la sociedad sueca le allanaron el camino para traducir una poesía cargada de silencios, “como un bosque nórdico en otoño”, según había escrito en la traducción de El bosque en otoño, que apareció en Montevideo en 1989 publicada por Ediciones de Uno. “Tranströmer representa el carácter parco, introvertido y silencioso de los suecos. Él reconoce en sus propios poemas que necesita de la soledad para escribir”.

Mascaró no se sorprendió por el Nobel otorgado a Tranströmer: “Era un premio esperado, había estado propuesto año tras año por más de una década. Cuando empecé a trabajar con su obra, ya era un poeta traducido a treinta lenguas”.

Miguel Sáenz nació en 1932 en Larache, ciudad al noreste de Marruecos, y desde hace cuarenta años vive en Madrid. Ha traducido del alemán el teatro íntegro de Bertolt Brecht, casi toda la obra de Thomas Bernhard y varios trabajos de Günter Grass, además de otros autores como Goethe, Joseph Roth, Franz Kafka o Salman Rushdie. Se inició como traductor literario en 1976 con Carta breve para un largo adiós, de Meter Handke, y desde entonces ha obtenido varios premios y reconocimientos.

“Que la traducción es un género literario lo dijeron Ortega y Gasset y Octavio Paz, pero nunca he entendido qué querían decir: la traducción pertenece necesariamente al mismo género que el original. Y para mí es un producto creativo y artístico: no hay contradicción entre esos términos”, comentó Sáenz. El mayor desafío que encuentra en su tarea es “mantener la necesaria honradez. Una traducción necesita su tiempo y hay que dársela”. Un buen tiempo le llevó traducir El Rodaballo, de Günter Grass: dos años. Por ese trabajo recibió en 1981 el premio Fray Luis de León.

En una montaña de la isla de Ibiza, vive desde hace más de doce años el traductor madrileño Carlos Manzano. Comenzó en la profesión en 1970 y se dedicó durante muchos años a la traducción de “literatura gris” como medio de subsistencia: “Documentos espantosamente escritos de organismos internacionales, los del sistema de las Naciones Unidas y de la Unión Europea”. Pero el verdadero “placer de los dioses” se lo brindaron las traducciones literarias. Entre las obras que ha traducido al español se encuentran Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, y todos los tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Pero la lista de losautores que tradujo del francés, inglés, catalán, italiano e inglés es extensa. Manzano tiene una opinión diferente sobre la creatividad en la tarea del traductor: “La traducción en general –y la literaria en particular– no es una actividad creativa, sino todo lo contrario. Es más científica que artística, porque exige el mismo rigor metodológico que las ciencias exactas: se puede demostrar punto por punto en qué es incorrecta y cuál sería la versión correcta y sustitutiva. Pero, a diferencia de otras tareas científicas, presenta la excepcional particularidad de que su resultado sí es artístico. En eso consiste precisamente su rigor: en transmitir con precisión el carácter artístico del original”.

Sobre las dificultades de evitar los “españolismos” (como “jilipollez” o “capullo”) al traducir la jerga o el lenguaje coloquial de las novelas, Manzano responde: “Ni siquiera lo intento. En España disfrutamos mucho con las particularidades coloquiales y jergales de allende el mar. Lo mismo deberían hacer ustedes”. Para Manzano uno de los autores más difíciles de traducir, justamente por el empleo del lenguaje hablado y coloquial en sus obras, fue Céline, del que tradujo casi toda su narrativa y por el que siente una “identificación absoluta” y admira la “expresividad, la genialidad, del lenguaje hablado, popular y jergal” que utiliza en sus obras.

Para Patricia Willson, traductora y docente argentina, una de las dificultades mayores es traducir el habla popular o infantil. “No es fácil reproducir efectos de oralidad sin ridiculizar a los personajes”. Willson ha traducido del francés obras de Roland Barthes, Flaubert y Sartre, y del inglés las de Mary Shelley, Jack London y Mark Twain, entre otros. Para ejemplificar la falta de reconocimiento hacia
los traductores, Willson cuenta una anécdota: “En el suplemento cultural de un matutino porteño se publicó un avance de mi última traducción de Roland Barthes. En una nota se explicaban detalles de la edición en francés y en castellano, pero no se mencionaba el nombre de la traductora. Como si Barthes, post mortem, se hubiera traducido a sí mismo”.

Escritor, traductor y crítico literario, Elvio Gandolfo nació en Rosario, Argentina, pero reparte su tiempo entre Montevideo y Buenos Aires. Tiene más de cien libros traducidos y entre sus preferidos “por el resultado” están Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos y los diarios de Henry James. “No comparto cierta queja sistemática y gremial sobre, por ejemplo, por qué no se pone el nombre del traductor en los comentarios bibliográficos cortos. Por supuesto que tiene que figurar. Hago un paralelo con lo que antes se llamaba diagramación y ahora se llama diseño. De inmediato te creés más artístico y jorobás más si te llaman diagramador”.

Jorge Fondebrider integra el Club de Traductores de Buenos Aires que se creó hace tres años y tiene un blog en Internet con el mismo nombre. “Es una ‘revista’ diaria que se ocupa de traducción, del estado de la lengua y de las políticas que giran a su alrededor, también del mundo editorial”.

Fondebrider se dedica a la traducción literaria del inglés y del francés. Se ha especializado en literatura irlandesa y traduce poesía. En 1999 publicó con Gerardo Gambolini una gran antología de poesía irlandesa, y ahora está traduciendo a Joseph O’Connor, hermano de la cantante Sinéad O’Connor. “Me está costando mucho porque escribe usando argot de Dublín y de los irlandeses de Londres”.

Para Fondebrider la mayor complicación como traductor está en el trato con las editoriales. “No terminan de entender que sin la mediación de los traductores, los autores que contratan no existen. Luego burlan la ley con contratos malos, pagan tarde y mal y, en líneas generales, no valoran el trabajo de los traductores”. Sobre lo mal que ganan los traductores coinciden todos los entrevistados. En España cobran derechos de autor, pero en Argentina no, a los traductores les pagan por millar de palabras (más o menos dos páginas y media de un libro) entre $ 60 y $ 150 (entre 2 y 3 dólares). En España se paga entre 7 y 14 euros la página y en Chile casi 11 dólares. “Varias de las editoriales se pusieron de acuerdo en mantener los precios muy bajos. Las editoriales chicas pagan mejor y hacen contratos decentes. Saben que el valor agregado de una buena traducción es la diferencia entre comprar  un libro argentino y uno español”, comenta Fondebrider.

Muchos de los traductores literarios harían suya la frase del escritor Italo Calvino al referirse a su labor como editor: “La mayor parte del tiempo de mi vida la he dedicado a los libros de los otros. Y me alegro de ello”. Sería bueno registrar sus nombres cuando se compre el próximo libro.

3 comentarios:

  1. Un excelente retrato de la realidad: cuando el traductor no es "invisible"... está peor pagado que un limpiador de cristales.
    Saludos solidarios.

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  2. ¡Qué barbaridades suelta Manzano! Es el rey en eso. La traducción no es en absoluta científica: es una arte de recreación, y como todo arte sólo puede defenderse desde una perspectiva axiológica.

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  3. Buen artículo, pero es una pena que la autora incurra en el mismo error que intenta subsanar: escribe desde Uruguay e ignora olímpicamente a los traductores uruguayos que traducen en Uruguay, que los hay y muy buenos! Sería deseable que pudiera reparar esta nueva invisibilización con una breve investigación o al menos información sobre el tema.

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