domingo, 3 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores (25)

Con estas dos respuestas, concluye la encuesta para traductores del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

Anna-Kazumi Stahl 
Estadounidense, de ascendencia japonesa y alemana, reside en Buenos Aires desde 1995.  Escribe ficción y enseña escritura creativa y literatura. Estudió ciencias políticas y filosofía social, luego se especializó en letras, recibiendo el doctorado en 1995 de la Universidad de California Berkeley. Al radicarse en Buenos Aires, se dedicó a la escritura de ficción, para la que utiliza el castellano, su idioma adoptivo. Ha publicado dos libros de narrativa (Catástrofes naturales [Sudamericana, 1997] y Flores de un solo día [Seix Barral, 2003]), además de numerosos textos breves para antologías y periódicos. Ha traducido del castellano al inglés textos de estudios culturales (por ejemplo, Modernidades Primitivas: Tango, Samba y Nación de Florencia Garramuño para Stanford University Press) y crítica de arte (ensayos sobre Siquier y De Volder para Adriana Hidalgo Editora), además de varios guiones de cine para directores/guionistas como Hector Babenco con Ricardo Piglia, Jana Bokova con R Piglia, y Lucrecia Martel. Trabajando en conjunto con su madre, Tomiko Sasagawa Stahl, ha traducido del japonés dos ensayos del antropólogo japonés Michitaro Tada: Gestualidad japonesa y Karada: el simbolismo del cuerpo en la cultura japonesa. Actualmente enseña en NYU-Buenos Aires y MALBA. 

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura?¿En qué se diferencian?
Antes que nada, quisiera aclarar que no me considero una traductora literaria. Tengo a los traductores literarios en altísima estima justamente porque, habiendo yo traducido dos novelas (del castellano al inglés), comprobé cuán compleja es aquella labor.

Lo que sí he traducido con mayor fluidez es el género del ensayo (crítica literaria o pensamiento sociológico /filosófico)  y –aunque sean tal vez en extremo diferentes– varios guiones de cine. Dentro de esos límites entonces, respondo la pregunta: personalmente no creo que la traducción y la escritura se parezcan. Quizás pueda considerar que comparten una etapa en la que se parecen, refiero la de la revisión y el pulido. Pero es lo de menos. La escritura va de la nada a algo, la traducción va de algo a algo. La escritura tiene mucho de desbocado, de andar por caminos sin sentido aparente, inexplorados, de descubrimiento, de exigir la inversión de mucho tiempo en un proceso que busca  acaso ir esclareciendo áreas (de las que algunas/muchas uno luego tal vez descubra, no tienen relevancia o la perdieron en algún momento durante el proceso creativo).

Por otro lado, sí que he podido presenciar algo del trabajo y los procesos que realizan algunos traductores literarios a quienes considero genuinamente virtuosos – esto es porque tengo un especial interés en la literatura en traducción, en los circuitos transnacionales de obras originalmente arraigadas en culturas definidas por, entre otras cosas, prácticas específicas de lengua, y en los efectos que pueden tener esos traslados sobre algunos significados o algunas “auras” que pueden contener/transmitir la obra en traducción. Considero este tema algo importante para  analizar. Sin dudas para mí que el trabajo del traductor y la naturaleza de la literatura en traducción necesitan ser difundidos, revalorados, y también fomentados.
 Tuve oportunidades para observar de cerca y/o preguntar en detalle por el trabajo (incluso el “detrás de bastidores”) que es traducir una obra literaria – pude dialogar con traductores literarios realmente excelentes, únicos y geniales, por ejemplo Selma Ancira (del ruso), Alberto Silva (del japonés), Marcelo Cohen (del inglés)… Y seguí con asombro y fascinación, con profunda admiración y agradecimiento, lo que expresaban (en entrevistas o en escritos autobiográficos) los grandes traductores del japonés al inglés: por ejemplo, Donald Keene y el actualmente activo Royall Tyler. También seguí las reflexiones publicadas por traductores de renombre que trabajan entre español e inglés, como Suzanne Jill Levine (autora de The Subversive Scribe), Edith Grossman (quien escribió Why Translation Matters), Gregory Rabassa (If This Be Treason: Translation and Its Dyscontents), y sigo las traducciones que hacen actualmente Chris Andrews, Esther Allen, Nicholas Caistor…

Desde mi perspectiva, este tipo de traductor con un don particular, el justo para su tarea, me resultan parecidos a escritores en cuanto a la evolución de su obra, la posibilidad que tiene la obra de ellos de producir una voz identificable – a su vez la del autor, inconfundiblemente, pero también un tono propio, una cualidad (¿tal vez sonora?) que marca traducciones hechas por esta y no otra persona.

 Los traductores literarios realmente talentosos me resultan acaso un poco unheimlich, con un sesgo enajenante como tiene (para mí) un ventrílocuo (con la musculatura tensionada en la cara, a su vez calma y esforzada, mientras detrás de los labios falsamente inmóviles surgen sonidos precisos y exaltados, llenos de énfasis, con una puntería insistentemente certera pero sin origen explicitado).

 No conozco escritor que me resulte comparable a un ventrílocuo, aunque he escuchado o leído a varios en entrevistas o textos autobiográficos describir que “oyen” a sus personajes. Me llamó la atención cuando vi en el epígrafe que puso Alice Walker en una novela suya, que agradecía a los personajes “por haber venido”.

Cuando traduje sola (digo así porque también he traducido con mi madre y es otro, profundamente otro, el proceder en ese caso), lo hice como el modo de una persona empleada para desempeñarse en el cuerpo diplomático, charlando lo más que pude con el autor acerca de su visión y sus preferencias al tener su escrito llevado a otro idioma, como si los dos idiomas fueren territorios ajenos, no necesariamente enemigos pero por cierto tampoco primos o parientes cercanos. Así que me sentí en un largo proceso de mediación, buscando el acercamiento mutuo pero sin pretender disolver la tensión derivada de diferencias demasiado patentes… Hice lo que pude – no hubo guerra pero tampoco fusiones.

Al traducir en equipo con mi madre (del japonés al inglés, a veces también al castellano), nos soltamos mucho más de aquel terreno en el que la mediación entre dos cuerpos diferentes fuese primordial y palpable, concebida como garantía de fidelidad en la traducción. Nos fuimos lejos del original, debatiendo maneras de comprender ciertas posturas que se supone subyacían la manera del autor de usar tal o cual término en japonés. Nos surgían debates largos y revoltosos, raros y muy distraídos a veces de la tarea puntual del párrafo o la frase tal o cual… En esos debates empezaron a aparecer opciones que no habíamos percibido ninguna de las dos por nuestra cuenta. Eso porque, en el vínculo de cercanía y de confianza que teníamos como madre e hija, podíamos debatir una cuestión de interpretación de una palabra o de un pasaje con todo, sin importar si mediáramos bien o mal a fin de cuentas – entre madre e hija la idea era ganar el debate, cada una convencidísima de su versión, hasta que finalmente aparecían – en esos puntos controvertidos – terceras, cuartas, quintas opciones, antes inexistentes. Creo que uno no trabaja así cuando está solo. Es extremadamente ineficiente y carece de seguridad (no tiene ninguna garantía) que fuere a resultar en opciones que son mejores que las que son comunes, las primeras en surgir del diccionario o en el bilingüismo.  En fin, hicimos una versión para lectores occidentales de un texto escrito con sobre-entendidos que serían captables sólo para japoneses, acaso para orientales, porque vivíamos (vivimos) un tira-y-afloje entre esas dos culturas/mentalidades entre esas dos lenguas en nuestras vidas personales, y eso influyó en la traducción. Creo que por bien, en el caso de los libros que tradujimos. Pero era lejos de un modo razonable de trabajar – horas en llamados internacionales, minuciosidad sobre puntos que nos importaban (o nos molestaban por cómo lo quería expresar la otra mitad del equipo) pero que no eran necesariamente los pasajes más importantes de la obra, etc etc etc.

 2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Creo que lo que haría notable la traducción como tal o, en cambio, lo que podría llegar a permitir que se ocultase por completo es una cualidad que debe ser inherente en el original, por lo que no pasaría por cuenta del traductor y cómo trabaja.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Creo que el traductor debe ser visible pero no mientras uno lee. Es decir, creo que es bueno que el traductor sea visible y reconocido por su labor y sus dones. A su vez creo que la traducción es mejor cuánto más imperceptible, y así el texto se lee con tanta naturalidad en el idioma de destino como en el idioma de origen. (…salvo que sea una función del original que se note el factor de un “discurso traducido” o una “obra trasladada de un terreno a otro”…).



Daniel Varacalli Costas 
Nació en Buenos Aires en 1970. Es traductor público de inglés graduado en la Universidad de Buenos Aires (1994) y realizó paralelamente cursos de traducción literaria en la Asociación de Ex Alumnos del Lenguas Vivas y Asociación Argentina de Cultura Inglesa. Como periodista y crítico musical activo desde 1990, realizó numerosas traducciones para el diario La Prensa, donde fue editor de Espectáculos y Cultura hasta 1998 y para otros medios especializados. En sus gestiones en el Teatro Colón, cuya Revista dirige actualmente junto con el área de Publicaciones, ha realizado y editado con frecuencia traducciones de textos líricos del inglés, el francés y del italiano para los programas de sala, y ensayos para la Revista. Privadamente ha trabajado textos de Poe, Whitman, Capote, Pavese, Melville, los sonetos de Shakespeare, entre otros autores.

1)  ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Parece evidente que la pregunta planteada no se dirige a indagar si traducir es componer un texto, dado que en tal caso la respuesta sería tan obviamente afirmativa como inocua; más bien se plantea  si es posible homologar la traducción con el acto creativo de escribir, en cuyo caso es inevitable que la respuesta se centre más bien en las diferencias que en las similitudes. Desnudar la escasa inocencia de esta pregunta no es superfluo: pone en evidencia una aspiración a jerarquizar una actividad que por su interés intrínseco no necesita equipararse con aquello que precisamente le da sustento e identidad: la existencia de un texto de origen, autónomo e imposible de tergiversar en cuanto tal. 

El intento de equiparar traducción y creación se acerca peligrosamente a lo que sucede en el ámbito de la música académica o de tradición escrita, donde el intérprete ha cobrado más importancia que el compositor. Hasta mediados del siglo pasado era frecuente en el ejercicio de la crítica musical que al intérprete se lo llamara “traductor”, y a su tarea de volver sonidos los signos escritos “traducir”, pero esta costumbre ha ido perdiendo vigencia en la misma medida en que el crecimiento de la entidad del intérprete ha ido en aumento, a tal punto de competir con el autor o directamente fagocitarlo. Me parece que conviene ser claro en esto: traducir, como interpretar, es una actividad parasitaria. Soslayar esto es acompañar la declinación de la creatividad. Traducir Los miserables no es escribir Los miserables; dirigir la Quinta sinfonía de Beethoven no es componerla. No se trata de determinar aquí qué actividad es más fácil o más compleja, sino de no desvirtuar aquello que la da fundamento y sentido al acto de traducir, que es el previo acto de crear. Que ninguna creación sea ex nihilo y que la mayoría de las creaciones carezca de suficiente valor simbólico para dejar su marca en la cultura, y que haya traducciones que sí lo logren, es otra historia. Escribir, como forma particular de creación, es debatirse entre la tensión generada por la necesidad inexorable de dialogar con la tradición y la paralela necesidad de transgredirla para no confundirse con ella. La tensión del traductor se debate en un marco mucho más estrecho: su propio campo de trabajo –un texto dado-, un límite que a partir de su estricta compresión hace de traducir un acto único e inconfundible.

2)  ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
 Me parece inaceptable que se “oculte” que un texto sea una traducción, cualquiera sea el género desde el cual se traduzca.  Poner en evidencia la actividad del traductor es lo que la hace legítima. Por otro lado, sus marcas serán inevitables.

3)  ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Por supuesto que no, del mismo modo en que el autor no debe ser más visible que su obra. Aquí sí creación y traducción corren el mismo riesgo.


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