jueves, 24 de marzo de 2016

Traducción, derechos de autor y militancia (IV)

Cuarta parte de la serie de artículos de Andrés Ehrenhaus en El Trujamán.

La autoridad en juego
Hacia y por una ley de traducción autoral en Argentina

Entonces: una traducción es una obra derivada; creándola, el traductor deviene su inseparable autor. Un traductor autoral es, ergo, un autor de traducciones. Bien. Pero, más allá de la declaración casi tauto de tan ontológica, ¿cómo se llega a traducir un discurso de tal modo que funcione-en-el mundo? Es decir, ¿cómo se pasa de la instancia imaginaria a la real? Da la impresión deque cualquiera y, al mismo tiempo, no-cualquiera puede traducir. ¿Basta realmente con traducir lo que sea y como sea para devenir traductor? ¿Dónde radica la autoridad, dónde la garantía de calidad? ¿Son imprescindibles determinadas condiciones o destrezas básicas? ¿Debería existir una instancia reguladora del acceso a la actividad profesional? ¿Entraña un peligro para la profesión establecida el acceso desregulado? ¿Tiene fin –es decir, lleva a algún lado– este panaché de preguntas?

Sí, lleva a un lado. Lleva a este lado del espejo. Alicia (personalicemos este capítulo) parecería estar haciéndose todas esas preguntas desde el otro lado; para responderlas, deberá dejar de comer galletas y beber pócimas que la hagan tan pronto insignificante como grande en exceso y regresar a este. Si bien los traductores hacemos esa operación de ida y vuelta constantemente en nuestra práctica diaria, cuando toca analizar realidades no textuales solemos quedarnos del lado imaginario, que es el que buenamente nos asigna la sociedad.Si lo que se refleja en la superficie idealmente lisa, llana y franqueable del espejo legal es el lado imaginario, veremos las cosas en su forma inversa; por eso, antes de mirarnos en el espejo, antes incluso de que exista un espejo, mirémonos tal cual somos. ¿Cómo somos los traductores autorales? ¿De qué estamos hechos? ¿Qué nos instituye y define? ¿Qué nos forma? ¿Qué nos constriñe?

Dejemos por un rato el jardín de los constructos teóricos, las dobles morales y los lirios ilusorios y vayamos al duro grano. Traductor autoral es quien recibe de un editor (o usuario en nuestra propuesta de ley)el encargo de traducir una obra escritaen una lengua determinada a otra distinta en un plazo determinado y por una determinada cantidad, no siempre pactada libremente, de dinero. A cambio de ese dinero, el traductor autoral (o Alicia, oTA en adelante) no solo se compromete a entregar el texto de la traducción a término sino también a permitir que el usuario la reproduzca, distribuya y ponga a la venta. Ese acuerdo, quesuele disparar el hecho generador en la mayoría de casos, establece las reglas concretas a este lado del espejo: el usuario, que entiende perfectamente la doble vertiente creativa y comercial de las obras que edita y vende, elige a quien realizará el encargo de traducción en virtud de criterios propios entre los que nunca resulta prioritaria –o indispensable siquiera– la formación (que incluso a veces es contraproducente). El TA  deviene profesional en el acto de aceptar el encargo y realizarlo conforme a lo acordado.

Lo acordado no siempre es justo ni se ha acordado con la libertad ideal que sueñan las abstracciones jurídicas. Aun así, es la instancia sinequanónica de la profesionalidad del TA, el paso a la adultez de su proceso creativo. He ahí la diferencia entre la traducción adulta y la traducción juvenil: mientras la una negocia, sufre y saca rédito intelectual y físico de su puesta-en-el-mundo, la otra se cobija y estanca en la tibieza endógena y patronizante del mundo académico, que puede prolongar sus seudópodos seudoprotectores durante décadas. Toda la autoridad simbólica que confiere el aparato universitario se vuelve imaginaria ante la mera posibilidad de salir al mundo. El traductor pre o post titulado contempla la realidad de la industria editorial tambiéndesde el lado anaeróbico del espejo, el lado donde nada se oxida, donde todo es eterno y bruñido –pero también incorpóreo–mientras no haya tránsito al lado real. De ese lado, nada es autoral del todo, nada es responsabilidad última de nadie. Al abrir canales de comunicación, agujeros de gusano con la intemperie, el traductor juvenil se curte sin remedio y esa curtiembre será su autoridad:la capacidad para no hiperventilar o calcinarse en contacto con el aire es el valor agregado que el mercado reconoce, que el lector aprecia, que la literatura agradece. Y cuanto antes asuma esa autoridad emanada del ejercicio del lado real, menos tardará en hacerla valer cada vez que negocie la cesión y el respeto de sus derechos con el usuario.

Que es de lo que estamos hablando.

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