jueves, 12 de mayo de 2016

Un hecho natural en el ser humano

Nicolás Gelormini es uno de los traductores del alemán más reconocidos en la Argentina. El 18 de abril pasado publicó el siguiente artículo en El Trujamán.


No traducir

Por un tonto orgullo de oficio cada tanto me pregunto por qué en las clases de idioma la traducción está prohibida. Si me preguntaran si desde que empecé a traducir aprendí o no algo del idioma del que traduzco, no dudaría en contestar «mucho». Por eso a veces pienso que la traducción tal vez podría aprovecharse como herramienta en la enseñanza de idiomas, pero no como en una clase mala de latín o de griego —donde muchas veces se hace una traducción que solamente debe reproducir la gramática del original—, sino de otro modo, traduciendo frases en situaciones de la vida cotidiana.

Para ir al fondo de la cuestión decidí preguntarle a un especialista de dónde venía el tabú de la traducción. Por suerte, mi hermano es psicolingüista y experto en adquisición de segundas lenguas. Me contestó por mail enseguida, aclarando que la cuestión de no traducir era algo que venía del conductismo y que él no estaba muy de acuerdo con eso y que para él traducir no sumaba ni restaba. Su respuesta:

“Aprender es generar hábitos a través del mecanismo estímulo-respuesta. Uno tiene hábitos españoles. Aprender inglés supone, en este marco, deshacer estos hábitos. El hábito español, ya establecido, pugna por aparecer una y otra vez. La noción teórica es transferencia, que es la tendencia del hablante a imponer la estructura (morfológica, fonológica, sintáctica, etc.) de la L1 en la L2. Por eso los ingleses dicen «amarillou», y nosotros decimos «esprait» por sprite (porque en español no existe una sílaba tan larga). Esta transferencia puede ser positiva (tipo cuando uno chamuya en portugués y más o menos la pega) o negativa (cuando no la pega porque hay divergencia entre las lenguas). En este contexto traducir sería una forma de estar convocando a la L1 que es aquello de lo que uno quiere escapar para generar los nuevos hábitos correspondientes a la L2.”

Para completar la información, en archivo adjunto me envió una breve historia del análisis contrastivo, el modelo teórico que subyace a la prohibición, que resumo. El análisis contrastivo tuvo su mayor desarrollo entre 1940 y 1960 y fue una teoría muy productiva porque llevó a muchos experimentos y observaciones prácticas que, lamentablemente, arrojaron resultados que no confirmaron las hipótesis y generaron nuevos modelos de aprendizaje. Por ejemplo, quedó demostrado que muchos alumnos tenían mayor dificultad en aprender estructuras parecidas a las de la propia lengua que estructuras muy diferentes. A pesar de haber sido reemplazado por otros modelos teóricos (por ejemplo, «el cognitivismo de raigambre chomskiana»), el análisis contrastivo no ha muerto. Su aplicación en la práctica de enseñanza de lenguas extranjeras sigue siendo importante. Pero no sólo eso, hay otros campos en los que el análisis contrastivo demostró ser fructífero: entre ellos, paradójicamente, en el desarrollo de softwares de traducción, donde cumple un gran papel su capacidad descriptiva de las diferencias y similitudes entre los distintos idiomas.

Mi hermano terminaba su e-mail con otra observación: la de que la traducción debe prohibirse porque surge espontáneamente, de algún modo es un «hecho natural en el ser humano», por eso tiene sentido la prohibición. Pero eso, para otro trujamán.


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