miércoles, 6 de julio de 2016

Otra vez Joyce, pero más difícil


Diego Erlan publicó el 1 de julio pasado, en la revista Ñ, una entrevista con Marcelo Zabaloy, con motivo de la publicación de su esperada edición de Finnegans Wake, de James Joyce


Marcelo Zabaloy: la audacia y la proeza de traducir a Joyce

No es escritor ni traductor profesional. Ni siquiera es profesor de literatura. Marcelo Zabaloy nació en Bahía Blanca, tiene 59 años y durante toda su vida trabajó en reparación de computadoras y en tendido de redes de datos. Desde siempre tuvo un hobby: leer. De adolescente había leído sólo un cuento de James Joyce, de Dublineses, y siempre escuchaba hablar sobre las dificultades del Ulises . No se amedrentó. El 16 de marzo de 2004, lo recuerda con precisión, su esposa le regaló una versión en inglés del clásico de Joyce. “Esa fue la primera vez que lo leí”, dice Zabaloy, y esa primera lectura duró un año. “Con gran dificultad pero enorme gusto”, lo leyó una y otra vez. Cada párrafo le parecía extraordinario. Empezó a traducirlo para leerlo mejor. Nunca quiso leer a Joyce traducido. Acumuló ensayos, diccionarios y libros de referencia. En 2007, su esposa volvió a hacerle un regalo revelador: la edición del Ulises en francés, traducción revisada por el mismísimo Joyce. En ese descubrimiento, Zabaloy se dio cuenta de que con la edición original inglesa y esa traducción al francés de 1929 tenía las dos herramientas esenciales para embarcarse en un proyecto monumental.

–No ser traductor profesional o especialista en Joyce, ¿modificó su manera de enfrentarse con el texto?
–En todo caso es fácil la excusa: hice lo que pude. Cualquier cosa que a vos te encarguen y te den un anticipo, te pone en una situación de esclavitud. Dorada, pero esclavitud al fin. Como a mí no me lo encargaron, tuve toda la libertad del mundo. Y cuando terminé la traducción se la mandé a algunos editores, de los cuales ninguno respondió salvo Edgardo Russo. Cuando recibió el correo, creyó que era una broma. De todos modos se puso a leer el archivo y un mes después me estaba llamando. Así como él no sabía con qué especie de loco iba a tener que hablar, yo tampoco sabía con qué especie de editor estaba hablando. Durante seis años trabajamos mi traducción línea por línea.

–¿Edgardo qué decía?
–Nos cagábamos de risa.

–¿Por?
–Porque no tengo deformaciones profesionales. No tengo pose de escritor ni de traductor. Si a mí me gusta una palabra, la pongo. Por todos lados, con el debido respeto al texto, puse palabras que a mí me encantan. Por ejemplo “yuta”, “biyuya”, “bolazo” o “percanta que me amuraste”. Cosas que son inconcebibles para un español madrileño. Edgardo me decía: “Nos van a matar, Marcelo”. Pero a un rufián del bajo fondo, ¿cómo vas a hacerlo hablar? ¿Como un señorito de Oxford? No. Hay otro pasaje donde están los apostadores del hipódromo y es todo diez líneas de gritos de levantadores de apuestas con sus doble a ganador, doble a contra sencillo, todo ese tipo de léxico, que es propio de Palermo. ¿A mí qué me importa cómo se dice en Dublín? Traduzco lo que se me ocurre siguiendo el orden y el sentido general de la expresión. Por eso puse las expresiones que pueden escucharse en el hipódromo de Palermo.

–Dice que en el Ulises está todo, que es un libro que te hace mejor persona. ¿Por qué?
–No es un libro de autoayuda. Es más que nada una sensación. El proceso de lucha contra el libro, de investigar, de aceptar ideas que no son las ideas corrientes. Por ejemplo la relación de Leopold Bloom con su mujer Molly. Bloom sabe que la mujer le mete los cuernos. La aceptación de la persona como un ser humano, con toda la vileza y las bondades que tiene, esa visión, podés leerla en un libro que te diga: “El señor Bloom era un buen hombre y soportaba que su mujer se encamara con diosymaríasantísima”. Pero no está puesto así. Desde adentro de un tipo, podés ver qué piensa de su mujer sin que el tipo diga nada. Es una maravilla de la técnica. Si atravesás el ejercicio intelectual que te propone el Ulises , sos mejor.

–Acaba de publicarse su traducción del Finnegans Wake, ¿fue más desafiante que el Ulises?
–La última revisión que hice antes de entregar el texto definitivo fue la décima. Te podrás imaginar cómo me ha quedado el cerebro. No hay argumento, no hay una historia que puedas relatar, es una misma historia contada una infinita cantidad de veces. Y en una línea, donde hay diez palabras, cuatro de ellas no existen. No están en los diccionarios. Estás obligado a crear neologismos. Y esa operación la tenés que hacer en treinta y seis líneas y después en seiscientas veintiocho páginas. Es como si en tu casa tuvieras un galpón y alguien te trajera una bolsa con cien kilos de rompecabezas. Y de los cien kilos tenés treinta kilos de un gris que varía de una punta a otra, en cien escalas. Donde el piso, el techo y el mar es lo mismo y tenés que poner cada pieza correctamente para que quede armado. Esa es la complejidad. Ese es el proceso de traducir el Finnegans Wake . Si me preguntás a qué se parece más, se parece más al sueño que podés tener mañana, que tiene pasajes absurdos y pasajes claros, y los claros que tenés se te escapan mucho más rápido que los absurdos. Ese es el lenguaje: un estado de sopor, de sueño, de una historia que vuelve a repetirse. Están las palabras que parecen inglés-inglés, y otras que son muy similares y están distorsionadas. Hay frases de la Biblia o de Shakespeare puestas de forma tal que si te las leo, podés llegar a imaginarte lo que es eso. Y después se encuentran pasajes que pueden leerse a la perfección. Y no sólo que se pueden leer, sino que son bellísimos.



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