viernes, 5 de agosto de 2016

¿Crisis? ¿Qué crisis?

“Por apuro económico o de espacio, crece la oferta de bibliotecas familiares”, dice la bajada del artículo que el 23 de julio pasado publicó Daniel Gigena en La Nación, dando así cuenta del estado de las librerías de viejo.

El mercado del libro usado baila al compás de la crisis

“Es un buen momento para comprar. No tanto para las ventas”, comenta Pablo Torres, encargado desde 2001 de Metacultural, uno de los puestos de libros del parque Rivadavia. “En los últimos meses se acentuó la venta de bibliotecas particulares”, agrega. Otros colegas de los puestos de ese parque y del Centenario coinciden con él. Darío del Río, de la librería Tres Deseos (Montevideo 143), estima que en 2016 la oferta de libros usados se duplicó. “En esta semana dejé de comprar porque ya no tengo lugar donde guardar libros -dice, y señala pilas de ejemplares debajo de los estantes... Se van acumulando.”

¿Cuáles son los motivos de esas ventas particulares? Torres apunta dos: “Falta de espacio por mudanza y necesidad económica, sin contar los casos de duelo”. Del Río agrega: “Este año aparecieron nuevos vendedores de libros usados; gente que, para ganarse unos pesos, hace limpieza en sus bauleras o bibliotecas y vende ejemplares que en otro momento hubiera dejado donde estaban”. Exhibe algunas de las últimas adquisiciones: Cartas de París, de Alexander Rodchenko; Cézanne, de Eugenio D'Ors; una primera edición nacional de It, de Stephen King; libros de fotografía publicados por Taschen, todos en buen estado.
En general, los clientes en apuros se llevan el dinero equivalente a un tercio del valor de venta del libro en el local. Y si no pueden vender sus ejemplares al librero, intentan dejarlos en consignación.

En otras librerías de usados de la ciudad de Buenos Aires las ventas de particulares son al menudeo. Humberto Lettieri, de Edipo (Corrientes 1686), dice que aumentó el número de personas que ofertan conjuntos de cinco o seis libros. “Algunos ejemplares no tienen ni una lectura.” Pocos se animan a decir que los venden como una salida de emergencia a la falta de dinero. “Hay personas que te piden 50 o 60 pesos por varios libros. Se advierte que necesitan el efectivo para el día.”

Construir una biblioteca requiere tiempo, decisiones, esfuerzos, afecto. Venderla a cambio de unos pesos se hace rápido, aunque no sin pena. Una joven entra en una librería de San Nicolás con dos valijas repletas de libros en buen estado: novelas de McEwan y de Auster, cuentos de Uhart y de Fogwill, poemas de Verlaine y de Urondo. “Me mudo a un departamento más chico porque no puedo pagar el alquiler -dice-. Me deshago de algunos libros que quiero mucho porque no tengo lugar.”

Todo tiene su precio
Los libreros acuden a las casas de las personas que quieren vender sus bibliotecas. Algunos les ofrecen un precio único por lotes de hasta mil libros. “Si en esos mil hay doscientos que no me interesan, me los llevo igual”, admite Torres.

Hernán Lucas, de Aquilea (Corrientes 2008), suele tasar por lote. “Me venden de todo: novelas, historia, autoayuda, ensayos de todo tipo. En general, lo hacen por problemas de espacio. Pago por los libros en función del precio al que pienso que los pondré a la venta. Sin embargo, en muchos casos me piden que me lleve el lote completo, sin seleccionar. En ese caso, los libros flojos se computan como costo.” A Lucas, en estos meses, no lo llaman tanto como quisiera para ofrecerle libros. “A priori es raro, teniendo en cuenta que hay necesidad de efectivo en la plaza. También es verdad que últimamente se vende poco. Tengo una pequeña teoría al respecto: el movimiento económico es uno solo: cuando se vende, también se compra, y cuando no se vende, como ahora, también se para la compra.”

Sergio Lejder, de Brujas (Rodríguez Peña 429) comparte esa teoría. “No creo que haya incremento de ventas de particulares por la situación económica”, afirma. “Todavía”, añade. No obstante, señala que desde inicios de año dejó de publicar avisos en los diarios para comprar bibliotecas. “Me arreglo con las personas que me llaman o que visitan la librería.”

Carlos Noli, de El Túnel (Avenida de Mayo 767), recuerda dos momentos en que las personas vendieron en forma masiva sus bibliotecas particulares: durante la dictadura militar, cuando en la ciudad se construyó la Autopista 25 de Mayo (para lo que se demolieron cuadras enteras de barrios porteños) y, en los años 90, cuando muchos se exiliaron. Comparado con esos momentos, observa Noli, el presente se mantiene estable.

En algo coinciden todos: las ventas de usados disminuyeron, la rentabilidad se redujo y los costos fijos de sus librerías se triplicaron.


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