lunes, 22 de agosto de 2016

Una encuesta para periodistas (I)

Luego de haber interrogado a los traductores, a los escritores, a los editores y a los libreros, como en años anteriores, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, realiza en 2016 una nueva encuesta. Esta vez les llegó el turno a los periodistas culturales. Y aquí, antes de continuar, corresponde hacer una gran salvedad porque, consultados sobre la especialidad, la mayoría de ellos, a pesar de expresar sus opiniones a través de críticas y reseñas que aparecen en publicaciones periódicas, se confiesan escritores o docentes y sólo eventualmente periodistas. Este rasgo, que puede comprobarse a lo largo de toda la encuesta (y que en más de una ocasión puntualizaron enfáticamente los entrevistados) posiblemente sirva para considerar los condicionamientos que los distintos medios, por las razones que sean, imponen a quienes en ellos escriban, a la hora de referirse a traductores y traducciones. La encuesta fue enviada a un gran número de individuos del universo de la lengua. No todos contestaron, aunque grosso modo se cubren algunos de los países de Latinoamérica que cuentan con un buen número de editoriales nacionales. A pesar de que la muestra intentó ser lo más representativa, cabe aclarar que ningún periodista español se dignó a responder a la invitación

Una encuesta para periodistas (I)

Laszlo Elderlyi
(El Cultural, El País – Uruguay)

1)¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
–Un  50%, aproximado.

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
–Casi siempre, si el espacio lo permite. 

3)  ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
–Cada vez más, sobre todo desde la llegada de traducciones rioplatenses, que aportan mucho oxígeno a la lectura. Se ha sufrido demasiado con las traducciones españolas que atienden a regionalismos de la Península Ibérica, y hay avidfez por traducciones hechas para un lector americano de la región, respetando los localismos y otras inflexiones del lenguaje. Pero esas traducciones rioplatenses no suelen ser siempre buenas. Las hay muy malas, y eso se señala de forma directa. Citando ejemplos, con indicación de página, y tratando de ser lo más didácticos posibles, planteando alternativas.


Daniel Gigena
(ADN Cultura, La Nación - Argentina)

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
–Es bastante alta; en cada número de Ideas, donde se reseñan cuatro libros por semana, hay al menos un libro traducido. Pero en general suelen ser dos. En el canal web de Ideas menciono a los traductores de poetas o libros que enlisto.

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
–Siempre.

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
–No suelo comentar muchos libros traducidos, pero si tengo que hacerlo (como en el caso de Eros, el dulce-amargo, de Anne Carson, traducido por Mirta Rosenberg y Silvina López Medín, que escribí para Ñ) es para resaltar un gran trabajo (ya conocía el original). No responde la pregunta, pero leo a muchos escritores-traductores nacionales como Carlos Gardini o Elvio Gandolfo o María Martoccia. 



Aurelio Asiain
(VueltaParéntesis, Letras Libres – México)

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
En Vuelta se traducía mucho: ensayos y poemas sobre todo; ocasionalmente relatos, rara vez crónicas y casi nunca reseñas. Los motivos eran distintos en cada caso: los ensayos se traducían para poner en circulación ciertas ideas o la crítica a ciertas ideas, y eran en general propuestas del director o, con mucho menor frecuencia, de alguno de los miembros del consejo. Los poemas, en cambio, se traducían mayormente por interés del propio traductor, aunque también ocurría que fuera a solicitud de la redacción. Hay que decir que, además de Octavio Paz, que era el director, entre los consejeros de la revista había traductores muy notables por su pericia técnica y para los cuales traducir era un oficio no muy distinto al de escribir poesía, que colaboraban con frecuencia (Ulalume González de León, Tomás Segovia, José de la Colina, ocasionalmente Gabriel Zaid y Salvador Elizondo) lo mismo que algunos colaboradores cercanos (Ida Vitale y Gerardo Deniz sobre todo). Había otros, claro, no siempre impecables. Yo mismo traducía con frecuencia. Y aunque, como te dije, no podría hablar con certidumbre de proporciones, estoy seguro que las traducciones no ocuparon casi nunca (pienso en un par de números dedicados a la literatura rusa y a la literatura japonesa) más de la mitad de la revista. En el caso de la poesía, la norma no escrita (no la regla) era que en cada número se publicara a un autor mexicano, a uno hispanoamericano y a uno de otra lengua. También intentábamos que las traducciones no se limitaran al inglés y al francés. 
En Paréntesis también traducíamos mucho, toda clase de cosas, con particular interés por las rarezas. 
En Letras Libres se traduce menos y casi exclusivamente del inglés. 

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
En las tres revistas se consignaba, por supuesto, el nombre del traductor, y muy visiblemente (aunque no tanto como en Japón, donde es norma que el traductor figure en portada, casi como coautor. 

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
Entiendo que la pregunta sobre comentar la tarea del traductor se dirige personalmente al periodista o reseñista. Y la respuesta es sí, claro: alguna vez comenté con mucho detalle (y muy negativamente) las traducciones de José Emilio Pacheco, y en una nota para Letras libres comparé las diversas traducciones al español del Botchan de Soseki. Pero respondo otra vez como editor: en Vuelta, en las reuniones del primer consejo, se comentaban siempre, y con mucha animación las traducciones publicadas (porque, como apunté, para algunos de los consejeros traducir era parte del oficio del poeta).
En Paréntesis se me ocurrió una idea novedosa: le pedí a Fabio Morábito, que trabajaba en su traducción del Aminta de Tasso, que nos diera un fragmento, y le pedía a Antonio Alatorre que lo comentara. Luego le pasé a Fabio el comentario de Antonio —y se armó una polémica notabilísima sobre el arte de la traducción.

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