lunes, 31 de octubre de 2016

Una buena ocasión para recordar a Alberto Girri

El pasado 25 de octubre, Daniel Gigena publicó la siguiente nota en el diaro La Nación, con el objeto de recordar los veinticinco años de la muerte del poeta y traductor argentino Alberto Girri.

Alberto Girri, 25 años después

Este año, en noviembre, se cumplen veinticinco años de la muerte de Alberto Girri, poeta, traductor y ensayista. Había nacido en Buenos Aires en 1919 y publicó su primer libro, Playa sola, en 1946. Por su fecha de nacimiento, se lo incluyó en la generación de los años cuarenta, pero su estilo único y personal, ascético y concentrado, no encajaba en ése ni en ningún otro movimiento de poesía local. Por ese motivo (así es la vida), cosechó grandes elogios y al mismo tiempo rechazos de críticos y poetas.

Girri fue un asiduo colaborador en el suplemento cultural de La Nación y en otros medios gráficos como Sur Vuelta, la revista literaria dirigida por Octavio Paz. Escribió más de treinta libros de prosa y poesía, entre los que se destacan Coronación de la esperaPoemas elegidosLos valores diariosPoesía de la observación, el genial El motivo es el poemaMonodias y Juegos alegóricos. Tradujo a grandes poetas ingleses y estadounidenses como T. S. Eliot, Wallace Stevens (su obra y la de Girri mantienen evidentes puntos de contacto), Robert Frost, John Donne y William Carlos Williams. "Traducir es, aproximadamente, intentar una casi inapresable equivalencia del tipo de lenguaje, imágenes, detalles específicos del original, su forma mentis -declaró en una entrevista con Javier Barreiro -. En mi caso, trato de eludir lo que llamaríamos una traducción «personal», una forma de interpretar el texto elegido, a menudo tan arbitraria que puede llegar a convertir el original en una caricatura; y trato también de evitar la recreación o mera imitación poética. Mi criterio no es brillante pero sí honesto: traduzco sin exagerar la literalidad pero a la vez sin excesivo temor de lo literal." Por pedido del compositor Alberto Ginastera, Girri escribió el libreto de la ópera Beatrix Cenci.

Quizás por motivos ideológicos más que estéticos, la obra de Girri fue tachada de conservadora a partir de los años setenta y su labor poética circuló sólo en ciertos sectores sociales. Eso no impidió que hasta su muerte siguiera con el desarrollo de un trabajo que aspiraba a la totalidad. Sus libros, señaló el crítico Jorge Monteleone, se asemejan a capítulos de un libro único, personal e inimitable. "El proceso de escribir el poema puede partir de una idea, una frase oída al azar, una lectura, una imagen. Simultánea o alternativamente. Pero lo que importa es que esos pretextos, incitaciones circunstanciales, coincidan en mí con un estado de resonancia adecuado", dijo Girri.

Poetas como Arturo Carrera y Jorge Aulicino, en la década de 1990, junto con Sergio Cueto y el gran crítico que fue Enrique Pezzoni, iniciaron un proceso de revalorización de la obra poética de Alberto Girri. "Los ritmos son cada vez más mutantes y el estiramiento epidérmico de la sintaxis es un sistema de paradojas superficiales y semánticas para destronar «sutilmente» la profundidad. Todo ocurre a través de la obra, de los libros, de los poemas. Leamos otra vez a Girri", postulaba Carrera en 1993.

La poesía de Girri encerraba una utopía literaria: el alejamiento de la idea del yo, reemplazada por lo que debería ser la idea del poema. "El creador legítimo tiende a ponerse a un costado de lo creado", escribió en Diario de un libro.

"Girri dijo alguna vez que la prosa de Borges fue un punto de inflexión en el lenguaje argentino y un modelo para él -señala Jorge Aulicino, Premio Nacional de Poesía 2015-. Tal vez ante esta opinión Borges se sintió descalificado como poeta: tuvo algún comentario sarcástico sobre la poesía de Girri. Como sea, llama la atención que en la base de la literatura de un poeta haya prosa, tanto o más que poesía. Por carácter transitivo, si bien no encontré rastros visibles de Borges en Girri, recibí la influencia de los dos en cuanto a actitud frente al lenguaje: la impersonalidad del «emisor», como lo llamaba el propio Girri, es lo que le interesaba en Borges y me interesó a mí en ambos. Impersonalidad muy comprometida en el arte de «atender el texto» con absoluto rigor, como proponía el autor de Quien habla no está muerto y tantos textos clave para el desarrollo de una nueva manera de hacer poesía en el país."

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