miércoles, 7 de diciembre de 2016

La semana de González (3)

Tercera entrada de la serie de cinco que Alejandro González, traductor del ruso, publicó en El Trujamán.

Originales que no son tales (3)

Cuando un traductor de ruso recibe un encargo, lo primero que hace, claro, es procurarse un ejemplar del texto fuente. Esto, que —uno supone— no representa mayor inconveniente en el caso de textos escritos en lenguas más cercanas, suele ser una piedra de toque en su trabajo.

La dificultad, por cierto, no estriba en la distancia espacial ni tampoco en la temporal (ediciones muy antiguas, agotadas, de segunda mano, etc.). La cuestión, por desgracia, es mucho más profunda: ¿cómo confiar en el texto ruso que uno ha conseguido?
No es preciso ser especialista en la historia de Rusia para saber que en ese país la censura ha desempeñado un papel importante en la creación y circulación de obras, en épocas del zarismo y luego durante la Unión Soviética. Desde la autocensura, pasando por el censor con su lápiz rojo, hasta la política central de edición y distribución y los márgenes de negociación de las distintas editoriales, los textos han debido sortear numerosos obstáculos. Así, dar con el «original» ruso supone una búsqueda que, en muchos casos, implica ni más ni menos que una reconstrucción de la fuente. Esta circunstancia afecta tanto a las ciencias sociales como a la literatura.

El esquema suele ser el siguiente: el autor X publica el libro Y en 1919; el autor X es posteriormente tildado de contrarrevolucionario, espía, revisionista o demás calamidades; sus libros pasan a formar parte de la «lista negra», son prohibidos, retirados de los puntos de venta e incluso de las bibliotecas, no vuelven a editarse; el autor X es ejecutado en algún campo de concentración en los años treinta; el autor X es rehabilitado luego de la muerte de Stalin; el libro Y vuelve a ser publicado en 1959, pero con cortes: todavía subsisten nombres, ideas, obras que no conviene mencionar; el libro Y es reeditado de esa forma (o con otros cortes) en 1965, 1973 y 1982; el libro Y, en su versión de 1959, es tomado como fuente por algún traductor al inglés; el libro es publicado en inglés en 1961; esta edición inglesa sirve de fuente para las traducciones a otros idiomas; otra editorial traduce al italiano de la versión rusa de 1973, que difiere de la versión rusa de 1959; esta edición italiana también es vertida al castellano; luego, una editorial del mundo hispanohablante traduce, por fin, directamente del ruso, de la versión de 1982, que es igual a la de 1973, es decir, diferente a la de 1959, la cual, a su vez, y como ya sabemos, es distinta a la primera, de 1919, de la que nadie hasta ahora ha traducido; tenemos en castellano tres ediciones: una primera traducida del inglés, una segunda traducida del italiano, una tercera traducida del ruso; serán, claro, tres ediciones diferentes: distinta cantidad de páginas, distinto contenido, distinto ordenamiento, distinta bibliografía; en el caso de las ciencias sociales, también, distintas traducciones de idénticos conceptos y, por tanto, como demuestra la historia, distintas las tradiciones científicas en las que el texto se inserta.

Básicamente, este esquema es el que ha seguido el ya clásico Pensamiento y habla, de Lev Vigotski. Interesante: ya la sola referencia al libro es problemática: en Occidente su nombre prácticamente se ha canonizado como Pensamiento y lenguaje, que fue como lo tradujeron al inglés (Thought and language) en 1962 en Estados Unidos, acaso bajo el influjo de posiciones estructuralistas (y no acaso, sino seguro, macartistas). Suerte similar ha seguido el también clásico Literatura y revolución, de Lev Trotski, cuya versión completa no existe aún siquiera en inglés y francés, y a la que los hispanohablantes hemos accedido recién en 2015.

El traductor de ruso se ve así compelido a detenerse en la mediación (múltiples ediciones y traducciones, historia de recepción en diversos países) y a dudar del concepto mismo de «original»; es más, muchas veces verá que el «original» no existiría sin su intervención (por ejemplo, cuando hay dos o más versiones de un texto en vida del autor, con agregados, supresiones, modificaciones). Dicho de otro modo, el traductor de ruso, a menudo, traduce no tanto del «original» como desde la historia de creación y recepción de un texto. De ahí a comprender que el texto es precisamente esa historia no hay más que un paso.

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