martes, 2 de octubre de 2018

"Hoy los editores no saben idiomas y no quieren saberlos"

Publicada en InfoBAE Cultura, el pasado 29 de septiembre, con firma de Matías Falco, la siguiente entrevista con Alan Pauls se refiere a la pasión por la lectura e incluye numerosos pasajes sobre la importancia de la traducción, además de reflexiones sobre el actual gobierno y el lenguaje inclusivo, entre otros tópicos.


“No soporto el lenguaje inclusivo,
Van a pasar sobre mi cadáver 
antes de que yo diga todes

Un encuentro con Piglia en Los Galgos. Una conversación nocturna con Fogwill en Callao. Su acercamiento al estructuralismo, o el día en que vio, a los 11 años, 2001: Odisea del espacio y no entendió casi nada. Trance (Ampersand), el glosario autobiográfico, fragmentario, intermitente y discontinuo de Alan Pauls, anida recuerdos que disparan reflexiones, preocupaciones y obsesiones que lo describen como lector. En tercera persona, el escritor, periodista, crítico literario y cinematográfico cuenta por qué lee, por qué no puede parar de hacerlo, por qué cree que la lectura es una práctica anacrónica y cada vez menos ejercida y por qué está convencido de que todo -y no solo los libros- se puede leer.

Pauls estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, pero se formó como lector mucho antes, en el secundario, y después, durante tres años en los que asistió a grupos de estudio privados. Eran los primeros años de la última dictadura militar. En esos cursos adquirió herramientas que le servirían para acercarse a casi cualquier texto, un arsenal que comprendía psicoanálisis, marxismo y teoría literaria. A los veinte años pensó que podía dedicarse a la traducción, una tarea que reconoce como adictiva y de la que le fascina hablar y se nota, pero de la que sabe que no podría vivir nunca. "No hay plata que pueda pagar un trabajo así", pensó en ese momento y repite hoy ante Infobae Cultura, cuarenta años después.

—¿Por qué eligió la tercera persona para Trance, un texto tan personal?
—Es una cuestión de pudor. La tercera persona me permite decir cosas que de otro modo me avergonzaría decir o no las diría con tanta soltura. Es como una especie de máscara muy simple y muy tonta, pero que produce un efecto muy eficaz: a mí me libera. También me parece que poniéndolo en tercera persona de algún modo se disuelve un poco la trampa del yo, que es siempre muy peligrosa en estos libros. Porque es obvio que estoy hablando de mí, pero esa tercera persona ya es de algún modo un personaje y yo me tomo todas las libertades que me puedo tomar con un personaje de ficción. La tercera persona me coloca en el lugar donde quiero estar para poder escribir un libro así, que es personal, pero que perfectamente puede ser generacional o comunitario.


—¿Por qué el formato de glosario?
—A mí me resultaba muy difícil hacer un recorrido lineal de mi vida como lector, no veo como muy posible escribir una identidad mía como lector. Cuando me pensaba en términos de lector pensaba una cantidad de temas, situaciones, conceptos, problemas, algo muy atractivo para mí pero muy atomizado. Y me parecía que tenía que ser fiel a esa impresión. Me parece que el glosario o el orden alfabético es como una formación de compromiso perfecta entre el caos, las impresiones y cierta necesidad de orden para que ese caos cobre una forma digerible. En ese sentido funciona, puede leerse en cualquier sentido, de cualquier manera, empezando por cualquier lado.

—¿Por qué dice que la lectura es una práctica anacrónica?
—Creo es una práctica lineal, una práctica de la continuidad, de la sucesión, de la frecuencia. Es una práctica muy atemporal y me parece que cada vez más la civilización tiende a la simultaneidad, al montaje, a la espacialidad. La lectura exige ciertas inversiones que cada vez son más raras o cada vez tienden a archivarse en nichos un poco minoritarios o desprestigiados. Esas cualidades tienen que ver con eso, cierta concentración, cierta exclusividad, cierta paciencia, cierta fe en lo residual, en algo que no necesariamente va a dar frutos inmediatos. Creo que la lectura tiene mucho de residual, es una de sus potencias. Tal vez los efectos más interesantes no aparecen a corto plazo sino que van liberándose con el tiempo. Y todo eso es bastante anacrónico, por lo menos ahora.

—En el libro expone dos teorías sobre por qué se lee, si para escapar de una realidad o para adquirir herramientas que le permitan cambiarla. ¿Usted qué piensa?
—Describo esas dos ideas como las dos ideas dominantes sobre la lectura, los dos lugares comunes. Leer para reunir, acopiar armas, incidir en el mundo, y leer para escapar del mundo e inventar una especie de existencia propia. Creo que no son incompatibles, me parece que más bien son dos ideas solidarias. En general uno podría decir que primero viene una y después otra. Uno podría leer para reunir armas y esa fase implica un cierto apartamiento del mundo. Pero ese acopio de armas el único sentido que tiene es volver al mundo para invertirlas allí. Para mí hay algo muy obvio en la experiencia de leer que es efectivamente un cierto estado de abducción. En ese sentido te corta, te separa. Pero me parece que es cierto también que en esos mundos imaginarios en los que uno vive cuando lee hay tanta realidad como en el mundo real del cual uno supuestamente quiere escapar. Es cierto también que, como las buenas drogas, las buenas lecturas no te afectan solo cuando estás sumergido, te siguen afectando cuando bajaste al asqueroso mundo real, cuando pones los pies ahí y tenés que lidiar con lo real.

—¿Y las malas lecturas?
—Las malas lecturas pueden producir muchas cosas. Buenas cosas. Soy tan creyente en la lectura que creo que hasta las malas lecturas son benéficas.

—¿De qué manera?
—Hay en el libro una defensa encendida de la lectura precoz, de leer cosas que no están hechas para uno, para la edad que uno tiene o para el estado de madurez en el que uno está. Defiendo mucho esa brutalidad. En general la pedagogía familiar tiende a desaconsejarlo: "Esta película es demasiado para él". Creo que lo único que hay que evitar es el impacto sin explicación, eso es lo único que daña a los niños. Me parece que la comprensión es algo que está muy sobrevaloradoMuchas veces lo que no se comprende es lo que está haciendo efecto en uno cuando lee. Entonces me parece que es importante preservar esa cuota de desproporción que hay entre lo que uno lee y lo que uno es. Sin esa desproporción, creo que la lectura puede ser una práctica muy satisfactoria, pero me parece que es algo subversivo, radical y transformador cuando está esa diferencia entre uno y lo que lee. Ese tipo de experiencias, haber visto 2001: Odisea del espacio o haber leído a Cortázar a los 11 años, todo lo que no se suponía que yo tuviera que leer o ver me produjo mucho desconcierto y descolocamiento. No entendí nada probablemente, pero a la vez esa película y esas lecturas fueron las que más me enseñaron. Me parece que habría que revalorizar un poco más la incomprensión más que sobrevalorar tanto la necesidad de entender. "Si un niño no entiende, le está haciendo mal". Creo que lo que le hace mal es ver gente matándose, o una película porno. Cosas que tienen un impacto que no tiene sentido. Si ese impacto no lleva consigo una especie de explicación o nota al pie, creo que eso es lo que puede rayar a un niño. Pero no algo que no entienda. Algo que no entiende es algo que pone en juego el sentido, es muy importante no entender para que haya sentido.

—Habla de libros y películas en forma indistinta, ¿en qué sentido son equiparables?
—Yo empecé a entender que se podía descifrar un objeto cultural a partir de las películas antes que los libros. De hecho yo empecé a tomar contacto con el estructuralismo y la semiología a fines de los 60 y principios de los 70 de esa manera. Yo fui un espectador muy niño, veía las películas como las ve cualquiera, pero en el momento en que un objeto empezó a cobrar cierto espesor fue con las películas, no con los libros. Y empecé a contraer el vicio de empezar a desmenuzar, a recortar, a dividir, a descuartizar películas. Había una colección de monografías de películas que yo robaba de una biblioteca del colegio al que iba, eran cuadernillos que analizaban la película de un gran director con un método muy rudimentario y escolar, pero para mí fue muy importante. Me mostró que a las películas también las podía leer como si fueran libros, que las secuencias eran como frases. Al mismo tiempo, a mí como lector el cine me enseñó tanto como la literatura, no reconozco diferencia de jerarquía entre una cosa y la otra.

—Describe una situación de inversión en la cual el lector se transforma en objeto de la lectura, ¿podría explicar esto?
—Creo que leer efectivamente es una práctica activa, muy activa, pese a que los militantes antiintelectuales insisten en que la lectura es pasividad. Para mí la lectura es radicalmente activa y en eso el gran maestro es Borges. Pero es también pasiva en el sentido en que uno de cierta manera es irradiado por lo que lee. Uno está expuesto a lo que uno lee. Y además porque me parece que el libro, o ciertos libros, te acompañan y te ven cambiar como lector. O sea que es el libro el que va mirando tu biografía como lector. Eso para mí queda muy claro. Yo subrayo mucho los libros que leo y muchas veces miro los libros que más leí, las cosas que anoté y el modo en que el libro capturó los estados de mi vida. Y tengo la impresión de que cuando uno mira una biblioteca que tiene cierto tiempo, la sensación que uno tiene es un poco de que todo eso es medio testigo de tu vida. No solo son objetos sobre los cuales uno se inclinó, leyó y estudió, sino que son también ojos que te miraron.

—¿Cómo entiende la traducción en relación con la lectura y la escritura? En el libro las vincula en una sentencia, dice que el traductor es alguien que escribe una lectura.
—Sí, un traductor lo que hace es eso. Es escribir lo que está leyendo, solo que sus lecturas tienen la peculiaridad de que traspapela una lengua en otra. Tiene una exigencia de conversión que una lectura normal no hace. Me gusta la figura del traductor por el tipo de proximidad que tiene con lo que lee, que es una proximidad que creo que cada vez existe menos. Me gusta mucho esa microscopía que tienen los buenos traductores y me gusta mucho el valor de sacerdocio que tiene la tarea que hacen. Y yo mismo, como traductor no profesional pero bastante asiduo últimamente, tengo esa experiencia. Tengo la sensación de que un traductor es alguien que hace lo que hace no voluntariamente, sino más bien respondiendo a una especie de llamado que viene de un texto que tiene que traducir.

—¿Requiere más disciplina traducir que escribir?
—Más que disciplina, para mí traducir es una adicción. Una vez que empiezo, no puedo terminar.

—¿Con la escritura no le pasa?
—No, yo puedo perfectamente dejar de escribir días; podría dejar de escribir totalmente. Y no puedo interrumpir una traducción. Solo la interrumpo si tengo que comer, dormir o llevar a mi hijo al colegio. Hay algo de traducir que tiene que ver con una misión, y escribir no es una misión, es un goce, un delirio, pero no está esa relación de sujeción y de respuesta a un llamado. Hay algo para mí en el texto que está escrito en otra lengua que pide ser traducido. Es como si hubiera una voz encerrada en una mazmorra en el texto que golpea una puerta de la celda y dice: "¡Tradúzcanme!". Algo que hay que liberar. Y el traducir acude a ese llamado. Yo no siento eso al escribir. La traducción dramatiza muy bien esa especie de duelo y a la vez de pareja de baile y a la vez de relación de tensión y de deseo y de conquista que se pone en juego en cualquier escena de lectura en la que uno se encuentra con un texto y algo pasa ahí. Algo pasa que involucra comprensión, incomprensión, resistencia, flexibilidad, encontrarle la vuelta, estrategia, deseo, guerra, conflicto…

—Usó el verbo convertir, sin embargo la traducción es casi por definición algo incompleto o irresuelto, ¿no? Algo que parece imperfecto.
—Sí, pero me parece que ese es el punto de partida. Por supuesto, hay un sueño que es el sueño imposible y es que sea el mismo texto en otra lengua. Pero de esa imposibilidad deriva todo lo contrario de una impotencia. Lo que deriva es la capacidad de hacer. Lo que uno valora como grandes traducciones son traducciones de textos que uno cree imposibles de traducir. La certeza de que es imposible, de que nunca algo escrito en una lengua se podrá volcar de manera satisfactoria en otra lengua es lo que pone en marcha la traducción. Y efectivamente todo se puede traducir. La historia demuestra que absolutamente todo se puede traducir. Lo más imposible también. Lo que me gusta mucho de la traducción es que produce efectos muy interesantes cuando es mala, cuando fracasa, cuando no es de calidad. Me parece que eso es algo muy interesante de pensar y que tiene que ver un poco con la función cultural de la traducción más que como experiencia de trasvasamiento de una lengua a otra. Muchos de los libros que uno quiere y valora y considera geniales en términos literarios están alimentados por malas traducciones.

—¿Por ejemplo?
Arlt, por ejemplo. Es muy sabida la relación que la escritura de Arlt tiene con cierta traducción muy de la época, muy hispana de los clásicos rusos. Son traducciones malísimas, versiones populares para ediciones populares. Son malísimas en el sentido del estándar de calidad que uno académicamente le exige a una traducción. Pero no tan malísimas en el sentido del modo en que hacen pasar las cosas de un lado a otro. Cosas que quizás de otro modo no pasarían. Y eso me parece que tiene que ver con una función vital de la traducción, que es que efectivamente los traductores son grandes contrabandistas. Muchas de esas interpretaciones demenciales que hacían los malos traductores de Dostoyevski son probablemente mucho más decisivas para Arlt que lo que hubiera sido una traducción elegante, de calidad.

—¿Lee las traducciones de sus trabajos?
—Parcialmente. Las traducciones a las lenguas que yo conozco, pero no todas y no totalmente. Me alcanza con leer algunos capítulos para saber si está bien, si me interesa. Pero no pido yo mirarlas, en general me ofrecen. Muchas veces hay traductores que quieren tener contacto con el autor, otros que no, otros que dejan las dudas para el final, cuando la traducción ya está hecha. Y ahí me puedo dar cuenta, por los problemas que me plantean, qué orientación tiene el traductor, dónde encuentra dificultades en el texto. Muchas veces me ofrecen chequear, pido un capítulo, lo miro y por ahí comento. Pero por lo general me entrego. No soy muy de control freak, me parece que hay que soltar. Salvo que vea cosas garrafales. Pero yo confío mucho en las editoriales que publican mis libros, me parece que si compran un libro mío no lo van a poner en manos de alguien incompetente.

—Por la complejidad que encierra la tarea de traducir, pensaría que es un trabajo poco valorado. Al menos mal pago. ¿Es así?
—Tenés que ser un traductor muy top para que te paguen bien. Los hay pero son pocos y en general el texto de los traductores es: "No me pagan lo que deberían". Y creo que es así porque la industria nunca paga lo que debería pagar y, además, porque es un trabajo que realmente no hay plata que lo pague. Es un trabajo de un nivel de precisión y de dedicación… ¿Cuánto tendrían que pagarte por traducir el Ulises de Joyce? ¿O En busca del tiempo perdido? Qué sé yo. También hay algo que cambió mucho en los últimos 50, 60 años. En los años 60 los grandes editores en el mundo eran gente que leía tres idiomas mínimo, eran capaces de armar un catálogo con escritores de por lo menos tres lenguas ellos solos. Y después usaban traductores, editores y lectores que manejaban otras lenguas para que los informaran sobre lo que pasaba en lenguas que ellos desconocían. Esos editores se están muriendo o se están retirando. Hoy los editores no saben idiomas y no quieren saberlos. No tienen esa cultura, no forman parte de ese paradigma. Entonces empiezan a depender de otros en los gustos, en las selecciones y ellos lo que se reservan para sí es, se supone, un cierto saber del mercado de la industria, de lo que pega y lo que no pega, la tendencia y el marketing. Los demás, editores y traductores, quedan con la tarea de buscar, descubrir dónde está la literatura ahora. Y ahí los traductores empiezan a ser más vitales que hace 40 años. Porque son ellos los encargados de convencer a un editor de que tiene que publicar a tal escritor rumano, boliviano o argentino. Por eso en este momento los traductores, que son una figura muy anacrónica, al mismo tiempo son muy vitales. Son curadores, filtros, scouters y creo que también tendrían que ser pagados por eso.

—Habla de la lectura como vicio, como algo incontrolable. ¿Cómo se lleva esto con la selectividad? ¿Sigue siendo desprejuiciado? ¿Lee muchos libros malos?
—En general es raro que lea un mal libro. Si leo un mal libro es porque quiero, o porque quiero escribir cosas horribles sobre el mal libro, o porque quiero entender algo de ese mal libro que todos dicen que es bueno. Muchas veces lo que yo llamo mal libro es un libro que a mí no me interesa para nada. Pero en general tiendo a leer lo que me doy cuenta un poco por anticipado que va a componer bien conmigo, que me va a inyectar algo que yo quiero, o necesito o con lo que fantaseo. Hay escritores que me interesan pero que no me gustan, como Houellebecq.

—¿Por qué no le gusta?
—No me termina de gustar como escritor, no sé si termino de verlo como un escritor. Por ahí lo veo más como una especie de satírico que en vez de hacer stand up lo hace por escrito. Pero es un escritor que siempre me interesa. En un momento me pareció que se ponía más en escritor con El mapa y el territorio, y después leí Sumisión y vi que volvió. Pero esa relación me gusta: me interesa pero no me termina de gustar. Después hay muchas novedades que no se qué son cuando las empiezo a leer. Sobre todo cosas argentinas, ahí hay mucha sorpresa. El libro de cuentos de Magalí Etchebarne, Los mejores días, me produjo mucha impresión y es un libro del que no sabía nada. No sé si soy desprejuiciado, pero me parece que conservo una cierta curiosidad. No soy un ávido, no soy Fogwill, pero me gusta no saber lo que voy a leer.

—Señala que cada vez se lee menos y lo atribuye en parte al avance de la tecnología, ¿por qué cree que es así?
—La gente me parece que hace otra cosa cuando lee. Porque uno lee mucho, por ahí más que antes. La gente está más ensimismada en textos que hace 20 años. Esos textos tienen una forma en particular: en vez de decir por, ponen la cruz; en vez de chau, el dedo. El emoticón forma parte del texto. Me parece que se hace otra cosa cuando se lee. No estoy seguro de lo que se hace con lo que se lee en ese caso, preferiría que el celular sirviera para otras cosas, pero la verdad no me importa. No es una batalla que voy a dar. Me parece más interesante y más útil dar la batalla por tratar de pensar que uno puede leer cuando hace muchas cosas que no son reconociblemente formas de leer. Uno cuando le mira la cara a otra persona la puede leer si quiere, cuando uno ve un cuadro también. O cuando uno está en una situación equis de la vida cotidiana. Se puede leer todo el tiempo, no hace falta leer libros.

—Entonces no fueron los teléfonos los que desplazaron a los libros.
—No, me parece que lo que sí contribuyeron los teléfonos y la computadora es que uno sabe que lo que lee va a ser reemplazado en cinco segundos por otra cosa. Cuando vos estás leyendo un libro y te empezás a aburrir pensás que si querés leer otra cosa tenés que ir a la biblioteca, buscar… Es como un trabajo. Eso es lo que está cambiando. Lo que está cambiando es el tiempo dedicado a la lectura, la intensidad, la paciencia, la duración, lo que le pedís a lo que estás leyendo. Todo eso está cambiando. Eso es algo que uno puede entrenar a sus hijos a hacer en cualquier situación. Se dice: "Los niños no leen". El problema es que a los niños se los obliga a leer libros, a los niños habría que estimularlos a que ejerzan la función lectura todo el tiempo en cualquier lado, con tu cara, con la ropa de la profesora, con la película que ve, con el noticiero de televisión… Leer quiere decir concentrarse, dedicarse, entender, apoderarse, conquistar, asociar, relacionar, durar, descifrar, descomponer y recomponer.

—Y todo eso entiende que se hace cada vez menos.
—Me parece que sí, está un poco out. Porque es lento, es denso, es pesado. Porque es más interesante lo que viene a continuación que lo que está pasando. Todo lo que está pasando es importante, pero es más importante lo que lo va a reemplazar. Eso es así en tecnología y en cualquier cosa, en las noticias también. Es importante lo que pasa hoy, pero es más importante lo que va a pasar mañana. Me parece que va todo en esa dirección: "Esto es un plomo…". Un poco como Macri. "¿Por qué hay que hablar? ¿Por qué hay que dar discursos? ¿Por qué tengo que dirigir el país?". Esa especie de fastidio que uno ve en los neo políticos.
—A propósito, lo leí preocupado por la crisis en un artículo que publicó en Revista Capital
—Sí, me preocupa mucho. Te diría que hace mucho que no estaba tan preocupado. Me preocupa por una razón muy sencilla. Cuando asumió este gobierno, yo en mis mejores pronósticos pensé bueno, esta gente va a tomar el poder y en cuatro años va a producir un país que va a profundizar la desigualdad, va a dejar afuera de la sociedad al 50 por ciento de la población, pero el resto va a flotar en una especie de relativa estabilidad, armonía a costa de exclusión, expulsión, ceguera, etcétera. Pero ni siquiera eso. Lo que más me preocupa, poniéndome en términos que ellos plantean, es que ni siquiera pueden asegurar una sociedad estable de derecha. Ni siquiera desde el punto de vista de la derecha este gobierno es un éxito. Esta es la pesadilla total. Me decepciona que Macri no entienda que sus aliados no le van a dar plata, me estremece de terror que el diagnóstico que el gobierno hizo con respecto al interés que el capital del mundo tenía en la Argentina haya sido equivocado. Me sorprende que los poderosos no tengan ningún interés en llegar a ningún tipo de acuerdo. Nadie tiene la más puta idea de qué hacer.

—Ya que hablábamos de cambios en las maneras de expresarnos, le quería preguntar qué opina sobre el lenguaje inclusivo.
—¿Todes, decís? ¿Eso?

—Sí…
Yo no lo soporto. Van a pasar sobre mi cadáver antes de que yo diga todes. Me parece que no es ahí donde la lucha va a producir resultados. Por supuesto adhiero totalmente a la causa, pero me parece que es un concepto un poco ingenuo de la lengua, o un concepto un poco ingenuo de cómo las relaciones de fuerza y de dominación se inscriben en la lengua. Además, digo, pensando en eso, no me gusta como solución tampoco la arroba. Yo pondría i, todis. No sé, alumnis, la i de unión. Ni siquiera está pensado, me parece. En todo caso, yo haría un gran congreso para discutir eso, para discutirlo bien a fondo, políticamente y lingüísticamente. Yo ni siquiera digo todos y todas cuando hablo. Digo todos y me parece que es obvio que es un genérico y que no son hombres a los que me dirijo. Por ahí lo doy por sentado porque sé que no soy machista y creo que lo que voy a decir a continuación después de haber dicho "hola a todos" va a quedar claro. Me parece como que si de repente todos saliéramos a la calle con remeras que dijera "I love feminism". Lo puedo hacer, pero creer que eso va a producir una transformación… Me parece que la lengua es mucho más compleja, más maleable. Si hay estructuras de disparidad o desigualdad están en otro lado, no en la marca gramatical de masculino o femenino.

—Le quería preguntar por la cuenta de Twitter que alguien creó con su nombre. ¿Cómo se enteró de su existencia?
—Me enteré porque gente que está en Twitter me empezó a decir: "Che, leí un comentario muy gracioso tuyo". Al principio no le di bola, vi el personaje que habían creado, esa especie de monstruo vanidoso ridículo. Siempre tengo la idea de que intervenir en eso es peor, pero en un momento los medios empezaron a contactarme…

—Bueno, cuando fue lo de su hija (NdR: en enero pasado Rita Pauls denunció que fue acosada por Tristán y el fake del escritor publicó un comentario que varios medios reprodujeron como auténtico).
—Eso fue el colmo y ahí decidí intervenir. Pero unos meses antes La Vanguardia, un diario serio de Barcelona, había hecho una nota larga sobre escritores y Twitter y yo aparecía: "Alan Pauls, reconocido por su actividad en Twitter…". Un delirio. Obviamente el pobre tonto de Twitter que estaba haciendo eso se divertía, no es el culpable, el culpable es La vanguardia,que levanta los tuits y los manda sin preguntarme ni chequear. Usan las redes sociales como si fueran agencias de noticias, y ahí también hay un problema de lectura muy contemporáneo. Cuando pasó lo de mi hija, hice dos cosas: una vez que me engancharon unos movileros lo aclaré y al día siguiente me metí para ver cómo era la pesadilla para dar de baja la cuenta. Y fue muy rápido. En cuatro mails logré que le suspendieran la cuenta. Y ahí conocí el delirio paradojal que son las redes con la identidad y el anonimato. Estuve una semana para probarles a ellos que yo era quien soy. Y para que alguien abriera una cuenta con mi nombre no le pedían nada.

—Viendo cómo reconfiguran las redes las relaciones humanas, ¿le interesan como tema para escribir ficción?
—Sí, me interesa. De hecho estoy escribiendo una novela que tiene que ver un poco con eso, Mercado Libre, call centers… Todas cosas que yo viví como viejo choto y me interesan mucho en términos de rediseño, nuevos guiones de vida que van apareciendo, nuevas formas de rozarse, tocarse, saber. Seguirse, la idea del seguidor. Me interesa. Pero lo veo como un patólogo ve una especie de torso con un tumor… De una manera cronenbergiana. No entiendo nada, pero me gusta no entender porque pesco ciertas deformidades que me interesan en términos narrativos.

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