lunes, 17 de junio de 2019

Por qué no hay que usar el Diccionario de la Real Academia, prejuicioso, racista y mal redactado (3)

En el menú de hoy, la palabra “gaucho”, frecuente en la Argentina y Uruguay, empleada también en el sur de Brasil y ampliamente conocida en el mundo entero.

Lo que sigue son las distintas acepciones de la palabra en cuestión, según el DRAE:

gaucho 
De or. inc.

1. adj. Arg. y Ur. Perteneciente o relativo a los gauchos. 
Ej: Un apero gaucho.
2. adj. Arg. y Ur. Dicho de una persona: Noble, valiente y generosa.
3. adj. Arg. Dicho de un animal o de una cosa: Que proporciona satisfacción por su rendimiento.
4. adj. Arg. p. us. Ducho en tretas, taimado.
5. m. Mestizo que, en los siglos XVIII y XIX, habitaba la Argentina, Uruguay y Río Grande del Sur, en el Brasil, era jinete trashumante y diestro en los trabajos ganaderos.
6. m. Arg. y Ur. Hombre de campo, experimentado en las faenas ganaderas tradicionales.

Observaciones del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

El misterio de esta lista incongruente —la definición de la palabra está en quinto lugar precedida de acepciones contradictorias e incluso desusadas— resulta de la fusión oxidante de los viejos diccionarios de la rae y las contribuciones contemporáneas (acepciones 1, 2, 3, 4, 5 y 6) de la Academia Argentina de Letras (aal) o, quizás, la Academia Nacional de Letras de Uruguay. Contribuciones que, dicho sea de paso, no se mencionan. 

Una lástima que la definición 5 de la aal no se reprodujera con exactitud. Siguiendo el hábito de enmendar la plana tan conocido en el arte de traducir de las editoriales españolas, las modificaciones introducidas convierten lo que estaba bien en un menjunje.

Repetimos la acepción 5 y recordamos que, también según la rae, un mestizo* es una persona nacida de padre y madre de raza diferente, en especial de blanco e india, o de indio y blanca.]

Mestizo que, en los siglos XVIII y XIX, habitaba la Argentina, Uruguay y Río Grande del Sur, en el Brasil, era jinete trashumante y diestro en los trabajos ganaderos.

La versión original decía [aal]:

Jinete trashumante, diestro en los trabajos ganaderos, que en los siglos XVIII y XIX, habitaba la Argentina, el Uruguay y Río Grande del Sur del Brasil.)

También hay transformaciones en la acepción 6. 

La rae:

6. m. Arg. y Ur. Hombre de campo, experimentado en las faenas ganaderas tradicionales.

La versión original decía [aal]:

Peón rural experimentado en las faenas ganaderas tradicionales.

La sustitución de “peón rural” por “hombre de campo” (rae) se explica por la permanente obsesión por eliminar palabras americanas para poner en su lugar cualquier cosa: en la Argentina, un “hombre de campo” suele ser el propietario rural y no el trabajador.

Además, como en muchos países, “hombre de campo” se opone a “hombre de ciudad” con el mismo sentido genérico de “hombre de la calle”, “hombre en la multitud”… nada que convenga a “gaucho”.

Dicho lo cual, se recomienda redefinir la palabra "torero" señalando como primera acepción "habitante de Madrid". Suponemos que es tan poco justo, pero convengamos que es divertido. Tanto como imaginar que "zopenco", además de aplicarse a alguien "que es tosco y bruto en la manera de aprender", significa también "miembro de la Real Academia Española". 

Nota:
*Si alguien alguna vez quisiera revisar el diccionario de la rae para darle una última oportunidad antes de que desaparezca debería mencionar que las “indias” a las que se alude en la definición de “mestizos” fueron mujeres indígenas a las que violaron los “blancos”enviados por Isabel de Castilla y sucesores.  Si de esa unión forzada nacía una niña, la criatura se incorporaba a la sociedad colonial, como concubina, como servidumbre. Si nacía un varón, al menos en el sur del sur, tenía que ganarse la vida en la trashumancia de las interminables praderas americanas. De ahí la ambivalencia etimológica entre “gaucho” y “guacho”.

En las observaciones anteriores se cita el Diccionario del habla de los argentinos, Academia Argentina de Letras, Espasa, en su versión de 2003.


viernes, 14 de junio de 2019

Traductora española estafada por editorial


Un reciente caso de estafa a una traductora española por parte de la editorial La Huerta Grande. Itziar Hernández Rodilla, presente numerosas veces en este blog, ha realizado una traducción para esa casa editorial, propiedad de Phil Camino, quien arguyendo que el texto no se adecuaba “al nivel de calidad literario exigido”, rompió el contrato y, acto seguido, publicó exactamente la misma traducción entregada, pero atribuyéndola a otra persona para ahorrarse dos pagos. Aquí, a continuación, la explicación de la perjudicada.

Un fraude de la editorial La Huerta Grande

En el primer cuatrimestre de 2017, la editorial La Huerta Grande me contrató para traducir Ovunqueiosia de Romana Petri. Tras pagarme un adelanto por la traducción (eran 690 páginas y prefirieron dividir el importe en cuatro pagos), me puse a trabajar en ella y la entregué el día 2 de septiembre (según contrato) a la editorial. Unos días después me hicieron el segundo pago. 

A continuación, comencé a tener problemas con la editora y dueña de La Huerta Grande, Phil Camino, que acabó rechazando mi traducción por no adecuarse “al nivel de calidad literario exigido por esta editorial, no podemos presentárselo ni a la agencia, ni a la autora, ni a los lectores”, y con ello rompiendo el contrato el día 16 de octubre de 2017. Para entonces, el asunto estaba ya en manos de Mario Sepúlveda, abogado de ACE Traductores. No tuve que devolver el dinero que me habían pagado, pero, por supuesto, no terminaron de pagarme la traducción. 

Cuatro meses después la editorial anunció la salida del libro, que puso a la venta a comienzos de marzo de 2018, con traducción de Pilar Eusamio, librera de la librería Los Editores, que pertenece al grupo editorial de La Huerta Grande. Dada la longitud del texto, sospeché y compré la traducción. Para resumir, La Huerta Grande había publicado mi traducción firmada por Pilar Eusamio.

Ni la editorial ni la supuesta traductora tuvieron empacho en hacer la publicidad correspondiente del libro, con halagos para la traducción, y Pilar Eusamio llegó incluso a publicar fotos con la autora, Romana Petri, en las que se la presentaba como traductora del texto. Todo esto sucedía mientras el abogado de la asociación informaba de mi intención de denunciar el plagio, se hacían las consiguientes periciales y se intentaba negociar la retirada del libro. 

Nada de esto ha sido posible y, tras la interrupción de las negociaciones, yo por fin puedo contar lo que ha pasado. El título de la traducción es: Donde quiera que yo esté.

Ahora mismo estoy pendiente de la demanda y de ir a juicio.

Itziar Hernández Rodilla

jueves, 13 de junio de 2019

"Los enemigos del logos como razón unívoca pueden ser un modelo"

Grafismos de León Ferrari
En el número 323 de la revista Otra parte, la escritora y traductora argentina Mariana Dimópulos publicó la siguiente reseña sobre Elogio de la traducción, de Barbara Cassin. La reproducimos a continuación.



Elogio de la traducción

Por forma y contenido, que no se separan, este Elogio de la traducción debe hacerse en primer lugar a su propia traductora a la lengua castellana, Irene Agoff. El libro de la francesa Barbara Cassin, conocida por su lazo con la sofística, es el producto de una más de sus reflexiones sobre el lenguaje. Esta vez, la inspiración principal proviene de la experiencia del proyecto llamado Diccionario de los intraducibles, que se publicó en Francia bajo su coordinación hace quince años y viene siendo, al parecer, un éxito mundial, es decir, un éxito de traducción.

Los griegos imaginaron que su lengua era la única lengua de la razón e hicieron de sus no hablantes “los bárbaros”. Cassin, en la estela de Heidegger pero a regañadientes, saca la opuesta conclusión del “maestro de Alemania”: no somos directos herederos de los griegos, sino de los bárbaros y esclavos. Hacemos bla-bla-bla. Y es precisamente en la diversidad de nuestro modo de hablar donde ocurren la necesidad y el hecho de la traducción. A diferencia de los ideales universalistas, que por medio de una lengua originaria —¿el griego o el hebreo?— o por medio de una lengua perfecta —la lógica de Wilkins o el esperanto de los hombres de buena voluntad— resolvían la diversidad, Cassin nos recuerda que los enemigos del logos como razón unívoca pueden ser un modelo. Esto es, los sofistas. Para Gorgias, por ejemplo, la homonimia y la polivalencia son el lugar del pensamiento. El equívoco, siempre tan temido por la filosofía, no es entonces “una casualidad ni un defecto: es la implementación reflexiva de un recurso de la lengua”. Por eso, la traducción no se mantiene pegada a la línea de una frase, pronunciada o escrita, dice Cassin, sino que pertenece al “orden de la arborescencia”. La significación se multiplica, la frase crece en volumen, el referente se echa a andar por el mundo. Todo esto, que a la filosofía le causa temor, a Cassin le causa regocijo.

¿Pero qué ocurre entonces con la verdad, si toda significación es peregrina? ¿Caeremos en el mal del relativismo? Cassin afirma que un relativismo consecuente, consciente de sí, es la solución por atender a la evidencia de lo que, efectivamente, ocurre con las lenguas en nuestro mundo. Pero ante el temor de que esa multiplicidad sea tal que imposibilite no sólo la comprensión sino cualquier construcción de una verdad, Cassin vuelve a echar mano de los griegos y, con inspiración socrática, aboga por una verdad que sea “mejor para”, esto es, un “universal dedicado”. Su ejemplo es político, se trata de los no juicios en la experiencia sudafricana ante el fin del apartheid, y a nuestros ojos le hace perder pronto la misma fuerza que ha venido acumulando durante toda su argumentación.

Alegato contra el globish (global English), defensa de la educación plurilingüe y de las múltiples culturas que conviven —mal— en Europa, el libro muestra que todavía, a pesar del cierre del giro lingüístico, sobre nuestra concepción de las lenguas, su diversidad y la necesidad innegable de la traducción giran preguntas esenciales, antiguas, constitutivas. Que se mantienen desde siglos, a pesar de todo relativismo consecuente.

Barbara Cassin, Elogio de la traducción. Complicar el universal, traducción de Irene Agoff, El Cuenco de Plata, 2019, 192 págs.

miércoles, 12 de junio de 2019

Una entrevista con Sylvia Molloy

“Semanas atrás, la autora de Desarticulaciones y Citas de lectura pasó por Buenos Aires. En charla con Infobae habló sobre sus libros, cuestionó a quienes pretenden sepultar una obra cuando hay acusaciones a su autor, elogió el ímpetu juvenil del movimiento de mujeres, recordó una anécdota poco conocida de Borges y habló sobre el futuro de la lengua. ‘Recurriré a frases medio pesadas como decir ‘ellas y ellos’, pero no sé si voy a decir ‘todes’ o usar la ‘x’, me cuesta mucho’, dijo”. Tal es la bajada de la entrevista que Hinde Pomeraniec tuvo con Sylvia Molloy, publicada en Cultura InfoBAE el 8 de junio pasado.


“No me parece muy realista pensar
que el lenguaje va a cambiar
por el uso del lenguaje inclusivo”

Es tarde de feriado y siesta en los alrededores del Jardín Botánico. Sylvia Molloy (1938) llega a la confitería de la esquina de Santa Fe y República Árabe Siria a  paso lento: una caída, un golpe, una rodilla lastimada semanas atrás; de eso habla mientras apoya el bastón en una silla y se acomoda en otra, dispuesta a iniciar la conversación. Se la ve animada, charla con gusto y ríe, ríe seguido ante alguno de sus propios comentarios o en calidad de gentil respuesta a los dichos de su interlocutor. Es tan importante su obra, es tan influyente su modo de leer y de producir lecturas y escritura, que sentarse a conversar con ella es para cualquier periodista cultural una ambición desmesurada que incluye la pretensión de obtener todas las respuestas posibles sobre literatura, crítica, la vida académica y temas vinculados a las cuestiones de género.

(Naturalmente, mi caso no fue la excepción).

Molloy es una lectora exquisita y una escritora tan sutil como inclasificable. Su nombre trascendió la crítica y la academia con novelas como En breve cárcel y El común olvido a las que siguieron el libro de relatos Varia imaginación y nouvelles como Desarticulaciones Vivir entre lenguas, sin por ello dejar de producir textos críticos como Las letras de BorgesPoses de fin de siglo: desbordes del género en la modernidad o Acto de presencia: la escritura autobiográfica en HispanoaméricaComo puede verse, se trata de una obra marcada por la alternancia entre la ficción y el ensayo en lo que es una característica de su estilo, como lo es la construcción de textos breves y luminosos, entre los que se cuenta Citas de lectura, una delicada memoria de su vida como lectora.

Sylvia Molloy vivió desde muy temprano fuera de la Argentina, primero en Francia -donde se doctoró en Literatura Comparada en la Sorbona- y luego en Estados Unidos, donde desarrolló una impresionante carrera como docente universitaria. Enseñó en Yale, en la Universidad de Nueva York y en Princeton: en esta última universidad fue en 1974 la primera mujer que consiguió acceder a un puesto como titular. Crítica y escritora prestigiosa, pionera en los estudios LGTB, Molloy vive en Nueva York aunque, ya retirada, viaja seguido a su casa en la costa del Atlántico y también viene con relativa frecuencia a Buenos Aires.

Infobae Cultura la entrevistó hace algunas semanas. En esa charla, que se reproduce a continuación, habló sobre sus libros, sobre el lenguaje inclusivo, hizo críticas al sistema de cuotas en la universidad y también cuestionó a quienes pretenden sepultar una obra cuando hay acusaciones a su autor de por medio. Más allá de algunas observaciones puntuales, Molloy elogió el ímpetu juvenil del actual movimiento de mujeres y recordó una anécdota sorprendente y poco conocida de Borges durante los años 60, ocurrida en una tienda por departamentos cercana a las cataratas del Niágara.

–Tu hermana y vos se fueron muy jóvenes a vivir a otro país…
–Sí, nos fuimos las dos a vivir afuera pero fue un poco por casualidad, no es que nos fuéramos de la casa. Yo fui a estudiar a Francia, después volví para terminar la tesis de la Sorbona aquí, con la idea de volver a Francia. Mientras estuve aquí de vuelta traté de conseguir trabajo en la Universidad. Era una época tremenda porque tenías que dar reválidas.

–¿De qué año hablamos?
– Estamos hablando del año 63, 64. Y entonces tenías que dar reválida de un montón de materias y me decían las empleadas de la Facultad: “Usted tiene que dar la reválida porque, por ejemplo, no ha cursado Lengua Francesa”. Y yo decía: “Bueno, pero en Francia se habla francés, las clases son en francés así que se asume que todo el mundo habla francés.” “Bueno, pero igual no está en el programa.” Yo empecé así, tenía que rendir como diecisiete materias adicionales. Y entonces pensé no, acá no, esto no, voy a tener que conseguir trabajo de otra cosa. Y de hecho enseñé durante un par de años en la Alianza Francesa. Pero bueno, terminé la tesis, me fui a defenderla a París y en esa época los Estados Unidos buscaban mano de obra. Qué ironía… con lo que está pasando ahora, ¿no? Buscaban gente porque había muchas universidades nuevas y habían puesto una en un lugar que se llama Buffalo, Nueva York, que yo, con mi ignorancia geográfica, supuse que era como decir Villa Crespo, Buenos Aires. Y no era así, era una ciudad cerca de las cataratas del Niágara, donde hacía un frío espantoso, tenías nieve ocho meses por año, pero bueno.

–¿Te instalaste sola?
–Me instalé sola. Había otra argentina por casualidad así que nos hicimos amigas. Y era un lugar, en ese momento, muy dinámico porque tenían plata y pagaban bien. Y además traían a mucha gente de afuera. El intercambio era espléndido ahí. Ahí por primera vez oí hablar a Foucault, a Derrida. Lo invitaron a Borges una vez.

–¿Ahí lo conociste o ya lo conocías?
– Ya lo conocía de haberlo visto en la Biblioteca Nacional, muchos años antes, pero ahí lo conocí mejor. Lo había leído además. Y además me pusieron a cargo de las diversiones.

–Eras algo así como su chaperona.
–Más o menos, porque estaba la mujer también, así que ella era la chaperona. Pero yo era la que lo llevaba de aquí para allá, lo llevaba a pasear. Ahí pasó una cosa muy curiosa que en algún he contado pero que es fiel. A Borges lo llevé a las cataratas del Niágara y Borges decía en el viaje mientras íbamos, estaba como a una hora de distancia, y Borges decía: “Qué absurdo que haya un poema que comience 'Oh, poderoso Niágara' (N. de la R. Se refiere a la Oda al Niágara”, del cubano José María Heredia) cuando la palabra Niágara ya encierra en sí la noción de poder”. Y la mujer muda, ahí al lado. Bueno, entonces paramos en un lugar porque yo quería que Borges oyera las cataratas, por lo menos. Así que desde arriba, la mujer también pudo oír y ver y cuando vio las cataratas, ¿qué es lo que dice?: “Qué poderoso, ¿no?”.

–Hay una anécdota con Eleanor Roosevelt, cuentan que cuando vino a la Argentina, viendo las Cataratas del Iguazú dijo: “Poor Niagara”…
–Puede ser. Seguramente tenía sentido del humor. Mientras que Elsa Astete no tenía sentido del humor (risas). En cambio, lo que tenía eran unas ganas de comprar cosas… Entonces decía todo el tiempo: “¿No hay una tienda?” “¿No hay una tienda?” Y le digo: “Sí, hay un Woolworth”.

–¿Vos estabas en tu auto?
– Sí. Entonces entramos al Woolworth ése de morondanga, de Niagara Falls, y ella dice: “Bueno, yo voy para atrás para ver lo que hay, ustedes quédense aquí.” Y nos estaciona literalmente al lado de un mostrador y ella se va para ver qué hay. Claro, yo me doy cuenta pero Borges no se da cuenta de dónde está. Yo me doy cuenta de que estamos en la sección de ropa interior de mujer y que estamos parados al lado de unos canastos llenos de bombachas. Y entonces pensaba: soy la única persona en el mundo en este momento que sabe esto. Nadie me va a creer que estamos…

–En medio del Reino de la Bombacha.
–Siiii… hablando de literatura en el reino de la bombacha. Fue muy gracioso. Pero todo eso para decirte que venía mucha gente a la universidad, así que era un buen lugar. Y ahí empezó mi vida en Estados Unidos. Una de las cosas que me empeñé en averiguar, porque me hicieron un contrato de 3 años y yo dije “bueno, ¿qué pasa si yo me quiero ir al segundo año?, ¿me obligan a quedarme los tres años? Porque pensaba que a lo mejor a los dos años me volvía, y resulta que me quedé toda la vida. Pero no en Buffalo.

–A partir de ese momento con Borges iniciás un vínculo más personal y profesional. Eso te acerca a un escritor y a una persona, algo que a veces uno trata de separar, pero se hace difícil ¿no?
– Sí, sí, sí.

–¿Cómo se hace para poder tomar distancia de la persona cuando uno admira la obra de un autor?
–Yo supongo que, por empezar, no verlos demasiado a menudo, ¿no? Que no se transformen en… Digo, que haya siempre en uno esa noción de que está percibiendo a un escritor pero también está percibiendo una literatura, que surge de esa persona. No sé, está esa idea de cuando te dicen: “Borges el hombre”, o “sabemos cómo era el escritor pero cómo era el hombre”. No dividamos, el hombre es el escritor y el escritor es el hombre.

–Esta distinción es importante en estos momentos, cuando se están rediscutiendo algunas obras de autores, cineastas, artistas en general porque son denunciados o acusados por abusos sexuales y violencia, por lo que muchos intentan sepultar una obra en función de eso. ¿Qué pensás? ¿Es un exceso de corrección política?
–Para mí el ser humano es un compuesto y hay que tomar en cuenta todo lo que compone a esa persona, no ver a la persona a través de un acto… No sé, me parece empobrecedor. No sé, más temprano te dije que el hombre es su obra o el escritor es su obra y la obra es el escritor, lo cual no impide que en la realidad haya un sujeto humano, hombre o mujer, y haya una serie de libros del otro lado, ¿no? Es decir, se comunican y se identifican hasta cierto punto pero a mí me parece un error sacrificar una obra buscando imponer un castigo sobre el individuo.

–¿Porque en realidad nos estaríamos castigando nosotros prescindiendo de la obra?
– Absolutamente, absolutamente.

–Es lo que pasa cuando intentan descolgar cuadros en algunos museos o sacar ciertos libros de las bibliotecas.
–Sí, sí, yo creo que eso es tener una mirada muy estrecha y finalmente muy pobre, muy empobrecedora.

–¿Qué pensás de lo que pasa en algunas universidades en las que están cambiando los programas de ciertas materias en función de, por ejemplo, la ausencia de representación de las minorías? ¿Cómo se evalúa, cómo se hace para ser justo y equitativo en relación con los derechos humanos, los derechos civiles y sostener a la vez los criterios estéticos o artísticos?
–Yo creo que no podés; uno siempre peca o por un lado o por el otro. O sea que de alguna manera eso te está diciendo que ese acercamiento no está funcionando bien. Creo que sí es importante abrir la cultura a múltiples lectores y también promover textos que nos abran las puertas a nosotros como lectores sobre realidades que no conocíamos o que conocíamos mal. Pero lo que me fastidia es el sistema de las cuotas. Bueno, si hay un negro, o si hay un marrón, entonces estamos bien, pero si no hay… Y eso lo hablaba con una amiga más temprano, ese criterio de “yo como minoría…” Que las minorías necesitan representación siempre, no importa cuán tenue sea la minoría o la diferencia. Y me parece que ahí se complica mucho el asunto porque hay, por un lado, un criterio de representatividad y por el otro un criterio de que se le está adjudicando al grupo un poder, ¿verdad? Les está diciendo “bueno, ustedes no quieren representarme, o no quieren incluirme”. Hay algo positivo que impulsa esto pero muy pronto se transforma en algo no productivo. No productivo para nadie porque ser el único estudiante negro en una clase de treinta blancos… Es decir, teóricamente, es incluir al estudiante negro en una realidad distinta y donde representa. ¿Pero qué es lo que representa? ¿Se representa a sí mismo, representa otra raza, representa solucionar una injusticia? Es atribuirle una carga simbólica muy fuerte a esta persona. Así que hay como un…

–La pregunta es cómo ser justo cuando habitualmente los elencos de los que toman las decisiones no están conformados de manera equitativa. El sistema de cuotas, lo mismo que en la política es para evitar la discrecionalidad de quienes conforman esas lisas o hacen las selecciones que, en general forman parte de esas mayorías hegemónicas, ¿no?
–Claro, claro. Con lo cual limpian sus conciencias.


–Pero, entonces, cómo hacer para generar armar algo más justo sin que se termine convirtiendo tampoco en una payasada y en como vos decís que se termine cargando simbólicamente a la pobre criatura que ocupa ese lugar ¿no? Es bien complicado. 
–No es fácil, no es fácil. Mira, cuando escribí el libro sobre autobiografías latinoamericanas (N. de la R. Molloy se refiere a Acto de presencia: la escritura autobiográfica en Hispanoamérica) incluí a varias mujeres pero no un capítulo sobre mujeres sino que en la misma corriente del libro, digamos, que es más o menos la línea por épocas, había hombres y mujeres. Es decir, elegí hablar de Teresa de la Parra, elegí hablar de Norah Lange, elegí hablar de Victoria Ocampo…

–Fue naturalmente, es decir, no tuviste que forzarlo.
– Sí, sí. Pero claro, trabajando ciertos temas me daba cuenta de cómo las escritoras mujeres usaban ciertos tópicos de la escritura autobiográfica de otra manera. Es decir, la vida, la infancia, o la vida provinciana trabajada por Sarmiento, por un lado, o trabajada por Teresa de la Parra es muy diferente. Porque Teresa de la Parra rescata una serie de mujeres, de otras mujeres. Pero Sarmiento también va la instrucción, a la lectura de los niños, pero te das cuenta de que lo que está haciendo Sarmiento es contar recuerdos pero armar un ícono.

–Se producía su propia biografía.
–Exacto, sí, sí. Y en el caso de Teresa de la Parra, no está esa obligación patriótica, digamos, entonces la recreación de la infancia es una recreación mucho más suelta, mucho más arbitraria también, y no hacia una figura pre construida.

–Estamos viviendo una especie de ola imparable en relación a la cuestión de las reivindicaciones de las mujeres que desde la sociedad se trasladan necesariamente a todas las disciplinas. Con los años que tenés y con los años que venís viendo el tema, ¿cómo lo ves en general en el mundo y acá en la Argentina?
–Acá lo que me impresionó en la Argentina es, y bueno, son observaciones que acaso sean superficiales porque no he estado, me he perdido muchas de las manifestaciones, etcétera, pero la impresión que tengo es que es un movimiento con mucha fuerza y que ha suscitado mucha energía y adhesión en gente joven. Hay como una ola de gente joven que está muy metida en esto y eso me impresiona, me impresiona positivamente, ¿no? Porque hay una apuesta ahí muy fuerte que no es superficial.

–No sé qué trato tuviste de pronto con varones de distintas edades, pero lo que está habiendo es un cambio fenomenal en la conducta del varón en función de todo esto. Están modificándose muchos patrones.
–Sí. He hablado sobre todo con mujeres pero a partir de los varones con los que he hablado tengo la impresión de que acá está pasando algo distinto. Que no es como antes, que no es la reivindicación por el voto femenino digamos, no es por una cosa: es mirar de otra manera pero mirar una totalidad de otra manera. No mirar un derecho que no tiene la mujer o un aspecto de la cosa. Y eso no sé si los hombres están dispuestos a hacerlo completamente pero saben que es distinto. Eso me parece un gran adelanto, porque eso permite el diálogo.

–Entre pares.
–Sí, exacto.

–¿Y qué te parece por ejemplo que Judith Butler sea un fenómeno cuando se presenta o que alguien como Rita Segato haya abierto la Feria del Libro?
– Bueno, Rita Segato te confieso que no la conozco bien. Pero en el caso de Judith Butler digo, hay una apuesta muy seria. Es decir, ella ha abierto su trabajo intelectual a un feminismo amplio e inclusivo pero sobre todo pensante. Y eso lo veo como una cosa muy positiva, además, porque no es que viene y trae una moda del exterior… Es decir, te da los instrumentos para ahondar en lo que está pasando acá.

–Algo que también está generando mucho revuelo tiene que ver con el lenguaje inclusivo. Vos sos una persona que vivió toda su vida hablando por lo menos en tres lenguas. ¿Cómo te imaginás sumando ahora el “todes”?
–Eso me cuesta mucho… no creo que yo llegue a usar el lenguaje inclusivo. Recurriré a frases medio pesadas como decir “ellas y ellos” o “las mujeres y los hombres”, pero no sé si voy a decir “todes” o usar la “x”, me cuesta mucho.

–¿Te parece una moda? ¿Te parece una tendencia? ¿Te parece que puede ocurrir que los más jóvenes arrastren y lleven la lengua hacia algo así?
–Yo creo que cuando cambia el lenguaje cambia desde lugares muy distintos, no es un grupo o una movida que va a cambiar el lenguaje, me parece. Es decir, el lenguaje lo hablamos todos y no me parece que sea muy realista pensar que el lenguaje va a cambiar porque estemos usando este lenguaje inclusivo. No sé, no lo veo… Entiendo que lo quieran usar, pero yo creo que hay que usarlo con la conciencia de que es un artefacto pero no es una lengua que durante siglos se ha desarrollado, ¿verdad?

–¿Hay algo que te resulte perturbador en el lenguaje castellano masculinizado de siempre que usamos? ¿O lo tenés completamente asimilado?
–Lo tengo asimilado pero siempre procuro utilizar formas que incluyan, si digo “todos”, “todos pensamos”, por ejemplo, suelo recurrir al más pesado “todos y todas pensamos”.

–Es una forma de hacer lenguaje inclusivo sin forzar las letras, digamos.
– Eso, sí, sí.

–Entiendo. ¿Y eso lo hacés desde siempre, lo venís haciendo hace mucho?
– No, no, lo hago más a menudo ahora que antes. O sea que el uso del lenguaje inclusivo, sin duda, me ha impulsado a hacer eso, ha tenido influencia en mí no para usarlo pero si para modificar mi escritura de acuerdo con esa idea de inclusión.

–¿Hay momentos de tu vida o de tu presente en donde te sale más naturalmente trabajar en ensayo que en ficción? ¿Sentís que la ficción tiene que ver con momentos de tu vida?
–Vos sabés que alterno y habitualmente tengo como dos proyectos paralelos. Uno más reflexivo, uno más de ensayo, y el otro más de ficción. Pero últimamente se me mezclan mucho porque, no sé, cuando escribo esos libros como Varia imaginación, evidentemente es una reflexión sobre la memoria y sobre la edad. Pero no quería escribir un ensayo sobre eso, quería escribir un texto o textos, narraciones, relatos, sobre mi amiga que estaba perdiendo la memoria. O sea que es una mezcla, ¿no? Y esa mezcla me resulta en este momento muy inspiradora o productiva.

–Estimulante.
–Sí, muy estimulante. Cuando escribo sobre bilingüismo no me interesa leer demasiada teoría sobre cuándo el niño comienza a ser bilingüe. Tengo mi propia experiencia. Y a veces leo alguna que otra cosa, pero me interesan los relatos de otros escritores que hablan sobre eso.

–¿Cómo te definís en términos profesionales?
–Como escritora, punto (risas). Escritora de crítica y ficción supongo.

–¿Y la docencia adónde la dejás?
–Bueno, cuando lees esas descripciones que hacen de vos que parecen lápidas. A veces, dicen: “Fue profesora”, así que yo digo “fui profesora”.

–¿Pero no hay algo así como que uno sigue siendo siempre docente? 
– Uno no deja. Y, de hecho, la gente tampoco te deja. Porque hay gente que todavía se me acerca y me dice: “Yo sé que usted está jubilada, ¿pero no aceptaría dirigir mi tesis?” Y yo le digo: “No, lamentablemente no.” Pero mantengo muy buen diálogo. Es decir, lo que guardo de la docencia es un intercambio muy provechoso para mí con la gente que ha sido estudiante mía o que conozco y entablo relación con esta persona que es estudiante en algún lugar, así que continúo. Porque para mí es un diálogo que me enriquece muchísimo. Es decir, lo que me impulsa a pensar es siempre el diálogo con alguien.

–Decime qué pensás de las últimas generaciones de escritoras mujeres argentinas.
–Ah, me parecen muy estimulantes, me parecen muy fascinantes. Leo y las releo porque debo decir que tengo la memoria un poco floja, pero me gusta releerlas.

–¿Lees en todas las lenguas todo el tiempo?
–No todo el tiempo, a veces privilegio una sobre otra. Leo ficción más en castellano que en otro idioma en este momento. Poesía leo más en inglés. Ensayo, un poco dividido, está entre español y francés, de vez en cuando, más que de vez en cuando. Y, después, me interesa la ficción corta, me interesa mucho, esa la leo en todos los idiomas, así sea George Perec por ejemplo o Lydia Davis.

–Te iba a preguntar qué pensabas de Lydia Davis, cuya obra es tan especial.
– Una maravilla.

– Extraordinaria autora.
– Es mi diosa.

martes, 11 de junio de 2019

Un informe lapidario sobre la industria editorial


“Apoyado en cifras contundentes de caída de ediciones, cierre de librerías, pérdida de puestos de trabajo y retiro del apoyo estatal, el Fahrenheit criollo del Observatorio Universitario de Buenos Aires concluyó que ‘esta tal vez sea la crisis más prolongada, alcanzando ribetes estructurales por su extensión en el tiempo’”. Así dice la bajada del artículo que publicó Silvina Friera en Página 12, el sábado 8 de junio de este año.

El Fahrenheit de Cambiemos

Los libros están considerados como un arma peligrosa en Fahrenheit 451, la distopía que Ray Bradbury escribió en los años cincuenta del siglo pasado, preocupado por la ruina que estaba provocando el macartismo en la sociedad estadounidense. ¿Quién escribirá nuestro Fahrenheit en estos tiempos de sistemática destrucción, orquestada por la política económica de Cambiemos, si es que no hay una escritora o escritor que ya lo está haciendo después de cuatro años de debacle del libro argentino? “Editoriales, libreros y cámaras de la industria editorial argentina confirmaron en los primeros meses de 2019 su peor crisis histórica agravada por los millones de volúmenes perdidos y por la generación de verdaderos daños estructurales”, plantea un informe difundido por el Observatorio Universitario de Buenos Aires (OUBA), que depende de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), titulado Fahrenheit criollo.

“La caída editorial argentina desde 2016 registró, con la combinación explosiva de retracción del consumo generalizada a nivel nacional, inflación acumulada superior al 200% y devaluación persistente, una baja de ventas de al menos 36%, así como la pérdida de cerca del 35% de puestos de trabajo directos e indirectos y el cierre de decenas de librerías, con problemas de ventas”, añade el documento. “El sector atravesó varios momentos severos de crisis a lo largo de su desarrollo, que posiblemente no puedan ser estrictamente comparables entre sí por circunstancias históricas y puntuales, pero sí podemos decir que esta tal vez sea la crisis más prolongada alcanzando ribetes estructurales por su extensión en el tiempo”, advirtió Diana Segovia, gerenta de la CAL (Cámara Argentina del Libro), una de las entidades más representativas del sector. “Estamos con la mitad del mercado de producción de la primera tirada en relación al año 2015. Se pierden lectores y después es muy difícil recuperarlos, además estos tiempos propician el auge de la piratería en especial en formatos digitales de distinto tipo con perjuicios para la industria”, explicó Segovia.

Esta pérdida de lectores se manifiesta en un dato: el promedio anual de lectura pasó de tres libros por habitante en 2013 a 1,5 en 2017, según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales. En el marco recesivo argentino desde la asunción del gobierno de Mauricio Macri en diciembre de 2015, el sector editorial fue uno de los primeros en sufrir graves pérdidas, dos años antes que otros sectores como electrodomésticos, textiles, calzados y automóviles. “El vértigo de la debacle” se expresa ante la cantidad de ejemplares que se imprimieron de enero a octubre de 2018: 36.320.000 millones de ejemplares, comparado con el récord histórico absoluto de 128.900.000 millones en 2014. “En lo que va de 2019 se generaron 22,6 millones de ejemplares. Esto muestra una pérdida de un cuarto de tirada promedio para la edición general argentina”, dijo Adrián Vila, especialista en Políticas Editoriales de la UBA. También la producción de ejemplares del Sector Editorial Comercial (SEC) se desploma desde 2016 y el año pasado fue de cerca de ocho millones de ejemplares menos. El panorama se torna más dramático cuando se desglosa la pérdida de puestos de trabajo, que hasta el mes de febrero de este año implicó una caída directa de al menos 20 por ciento de trabajadores, a lo que debe sumarse la desocupación indirecta ligada a la falta de tareas para correctores, diagramadores, traductores y otros oficios que participan externamente en la producción de libros, que suma al menos 15 por ciento. En la industria gráfica se perdieron más de cinco mil puestos de trabajo entre 2016 y 2018.

El informe del OUBA alerta sobre el impacto de la deserción del Estado macrista. “Los incentivos a la producción y la compra estatal de libros, por licitación, se dejaron de lado, tras tomar impulso con la sanción, en 2006, durante el gobierno de Néstor Kirchner, de la Ley de Educación Nacional, en la que los libros se concibieron como material de promoción de lectura en escuelas públicas de los niveles inicial, primario y secundario y llegaban gratis a los alumnos. Alberto Sileoni, que se desempeñó como ministro de Educación entre 2009 y 2015 durante las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner, promovió la compra, también por licitación, y con la misma finalidad de promoción de la lectura, de autores nacionales. Por otra parte la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares), conformada por casi dos mil bibliotecas y 30 mil voluntarios en toda Argentina, contribuyó asimismo a la promoción de la lectura. Una estadística oficial muestra con claridad el cambio de situación con la asunción del gobierno de Macri: de 1150 millones de pesos en 2015, en el renglón de compras estatales de libros, se pasó a erogar sólo 100 millones de pesos en 2016”, compara el Fahrenheit criollo.

El drama en sordina de las librerías crece. Según cifras de la CAL, desde 2016 se cerraron 35 pequeñas librerías en el país y otras 30 liquidaron sucursales, fueron absorbidas por cadenas o redujeron espacios y personal. Para el librero Ecequiel Leder Kremer, responsable de Librería Hernández, las cifras de cierres hasta el mes de mayo de este año son casi el doble a las estimadas en el último informe de la CAL, de acuerdo con mediciones propias que llevan adelante entre representantes de librerías. “Nuestros relevamientos en el sector nos indican al menos los cierres de 56 puntos de venta si agregamos las seis sucursales de la cadena Distal que se contabilizaron a principios de mayo de este año”, precisó Leder Kremer. “Los grandes grupos editoriales dominan una porción vastísima del mercado, mientras que las editoriales medianas, pequeñas e independientes se disputan una porción muy pequeña. Este rasgo estructural que acompaña el movimiento de la industria editorial a nivel global, solamente puede ser modificado por medio de regulaciones del Estado, que no es precisamente el concepto que tiene hoy la política hegemónica”, subrayó el vicedecano de la Facultad de Filosofía, Américo Cristófalo. “Estamos ante una crisis incomparable, ni durante las dictaduras ni en la década menemista de los 90, que marcó el inicio de la concentración de la industria editorial argentina, se verificó un panorama tan desolador”, reconoció Cristófalo.

El informe –que pondera el proyecto parlamentario presentado por el diputado nacional Daniel Filmus para la creación del Instituto Nacional del Libro Argentino (INLA)– señala que la vida del libro argentino “requiere políticas urgentes de reparación y de recuperación activa”. De cara a las próximas elecciones, el Fahrenheit criollo concluye: “Entre distintos actores del mundo editorial circula la convicción generalizada de que un período de cuatro años más en estas condiciones va a significar un golpe de gracia letal para la industria cultural tal como la conocemos hasta el momento”.

lunes, 10 de junio de 2019

Por qué no hay que usar el diccionario de la Real Academia, prejuicioso, racista y mal redactado (2)


Que en un ataque de demagogia quienes redactaron el Diccionario de la Real Academia hayan decidido la inclusión de voces como “uisqui” (por whisky) o “toballa” (por toalla) ya parece chiste. Ahora, que no incluyan palabras de uso mucho más común y extendido, es una prueba de imbecilidad que da cuenta de lo poco que conocen el castellano allende los mares. 

Tómese por caso “desparejo”, que el Oxford Living Dictionary de castellano y el Gran Diccionario de la Lengua Española de Larousse definen, respectivamente, así:

desparejo
Adjetivo
Oxford: Que es distinto a otra cosa con la que forma pareja o le corresponde ser igual.
Ej.: el cansancio de los jugadores determinó un rendimiento muy desparejo frente al equipo boliviano

Larousse: Que es desigual o diferente 
Ej.: hoy su opinión es despareja a la de ayer

Ahora bien, “desparejo”, en el DRAE, no consta. Habrá que buscar entonces “disparejo”, que se define así:

DRAE: disparejo, ja
adj. dispar.

Suponiendo que uno quisiera mayores precisiones, va a encontrar que “dispar” se define de este modo:

Del lat. dispar, -ăris.
adj. Desigual, diferente.

La única mención a “desparejo”, que se usa en casi toda Latinomérica se encuentra apenas en una de ésas respuestas que la RAE da por twitter, pero no en el DRAE. Ante la consulta de un usuario, le informan:

Con el sentido de “dispar” ('desigual, diferente') son igualmente válidos los adjetivos «desparejo» y «disparejo».

Entonces, si son igualmente válidas ambas formas, ¿por qué “desparejo”, que se usa de este lado del Atlántico, no consta en el diccionario de la Real Academia? Para ser generosos, supongamos que se trata de una nueva demostración de incoherencia.

viernes, 7 de junio de 2019

Bernardo Domínguez Cereceres, dueño de la editorial Malpaso, es un tipo taimado, grosero e impresentable que no paga a sus traductores

A pesar de la ausencia de muestras de interés sobre la situación de sus pares latinoamericanos por parte de  los traductores españoles, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se solidariza con los colegas peninsulares e informa a toda Latinoamérica sobre la calaña del empresario mexicano Bernardo Domínguez Cereceres, que a la fecha no honra sus deudas y opta por contar el hilo por lo más fino, humillando a quienes trabajaron para su editorial. 

En la entrada correspondiente al 13 de septiembre de 2018 este blog ya se ocupó de Domínguez Cereceres y sus chanchullos en España, con las consecuencias del caso en la editorial Malpaso, que es de su propiedad.

El tipo, sin embargo, sigue jodiendo. Acá muestra la hilacha profundamente con su reacción grosera y mezquina ante el reclamo de pago de la traductora Ana Flecha, excolaboradora del sello a la que éste adeuda unos 4.000 euros por trabajos realizados en 2017.

Quienes estén interesados en este culebrón mexicano, digno del tramposo que argumenta para no pagar que hubo libros que no fueron buenas inversiones, no tienen más seguir la sucesión de intercambios de twitter, notas sobre Malpaso en la prensa española, la reacción de ACE Traductores y la de Malpaso.


Intercambio de twitter:

Notas a propósito de Malpaso




Reacción de ACE Traductores

Reacción de Malpaso
https://twitter.com/BDweekly/status/1136283501211377671