lunes, 13 de julio de 2020

Colecciones: "las marcas más indelebles"

El siguiente artículo de Jorge Martínez, publicado en el diario La Prensa, de Buenos Aires, el pasado 21 de junio, trata sobre el auge y la supuesta decadencia de las grandes colecciones de libros. Participan con sus opiniones, Luis Chitarroni y Alberto Díaz, por el rubro de los editores.

Puertas de entrada a la cultura universal

En la historia personal de todo lector siempre aparecen las colecciones literarias. Con seguridad al comienzo, en los años dorados de la infancia, pero también en el tiempo más selectivo en que empieza a formarse una biblioteca propia y las lecturas siguen un orden y buscan un sistema.

Hoy es posible que las colecciones hayan cumplido un ciclo. Inseparables del libro en papel, su vigencia se desdibuja en tiempos de e-books y contenidos digitales. Por otro lado, aquel afán ordenador que aportaban al mercado editorial parece borroneado en un mundo que pregona la “diversidad” y lo “plural”, y que por comodidad cede a Internet todo intento clasificador.

Debería primar, entonces, la nostalgia por un tiempo ido. Aunque una consulta entre editores argentinos revela ciertas discrepancias respecto de ese punto. Marcela Luza, directora editorial de El Ateneo, está entre quienes creen que, en efecto, las colecciones pasaron de moda.

“La saga de Harry Potter se convirtió en el último fenómeno editorial mundial y trajo como cola un boom de la literatura juvenil que le dio a las sagas o colecciones un lugar que habían perdido –advierte–. Hasta 2017 se vendieron bien en todo el mundo. Pero el boom duró poco, ya que casi todas las editoriales se volcaron al género y la sobreabundancia de material produjo una competencia desmedida y la demanda cayó considerablemente”.

Con evidente añoranza, Luis Chitarroni, escritor, crítico y responsable del sello La Bestia Equilátera, comparte la opinión de Luza. “A veces, sin exotismo ni vanidad, me parece que sólo yo extraño las colecciones”, bromea. “Una vez, en una de esas encuestas de marketing que se hacían (expertos en nada con puntero láser) me informaron que nadie compraba los libros por su sello, que incluso muchas veces ignoraban cuál era la editorial. Tal vez fuera una veleidad de los fetichistas como yo...”.

Pero Alberto Díaz, editor asociado y asesor del Grupo Planeta, y veterano de larga experiencia en el oficio, se permite disentir. “Si definimos a una colección como una serie de libros publicados por una editorial bajo un epígrafe común, generalmente con las mismas  características de formato y tipografía, deberíamos concluir que las colecciones no pasaron de moda, no hay editorial que no ordene su catálogo en colecciones”, aclara, aunque admite ciertas prevenciones a la hora de pensar en las colecciones que hicieron historia.

“Lo que ocurre –señala– es que para que una colección adquiera autonomía de la editorial que la lanzó, y su relevancia logre la lealtad y fidelidad de un número grande de lectores a través del tiempo y funcione como una marca y un sello de identidad, debe tener características únicas y virtudes que superen las coyunturas”.

La clave, desde luego, es el tiempo. “A las grandes, famosas y permanentes colecciones las consagra el tiempo”, resume Díaz.

Hacer historia

¿Y cuáles son esas “grandes, famosas y permanentes” colecciones que hicieron historia? Cada entrevistado, cada lector, tiene las suyas, que atesora en la memoria y, con suerte, en la biblioteca.

Los ejemplos queridos se repiten: Robin Hood, Billiken, Séptimo Círculo, la no tan recordada Reno de Plaza y Janés (un aporte justiciero de Chitarroni), las que traían las inagotables novelas de Agatha Christie. Y también las que marcaron tendencia con una vocación por difundir, a bajo precio y de manera masiva, una cierta idea de cultura general, acaso hoy superada por la era del “googleo” y la corrección política multicultural. Dos nombres se destacan: Penguin en inglés, y la venerable Colección Austral en castellano.

“En 1935 Penguin produce una revolución en el libro de bolsillo, libros de pequeño formato, en rústica y con excelentes autores y cuidadas ediciones –recuerda Díaz–. Este modelo fue replicado en las distintas lenguas. En 1937 la editorial Espasa Calpe de Argentina, administrada en ese entonces por Gonzalo Losada, lanza la Colección Austral, primera colección de bolsillo en lengua castellana, dirigida por Guillermo de Torre, cuñado de Borges”.

La Colección Austral, coinciden expertos, señaló la “época de oro” de la industria editorial argentina, que duró hasta mediados de la década de 1950. Sus libros, que por suerte todavía se pueden conseguir en librerías de viejo o por Internet, eran ediciones en rústica, numeradas, de formato reducido (11,5 x 18 centímetros), bajo precio y temas diversos, puede leerse en Sánchez Vigil, J. M.; Olivera Zaldua, M. (2012) “La Colección Austral: 75 años de cultura en el bolsillo (1937-2012)”. Palabra Clave [en línea], 1 (2), 29-47. En Memoria Académica. 

(Disponible en:
 http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.5149/pr.5149.pdf).

Los temas se distinguían por el color de las sobrecubiertas (diseñadas por el italiano Attilio Rossi): azul para novelas y cuentos; verde, ensayo y filosofía; naranja, biografías y vidas novelescas; negro, viajes y reportajes; amarillo, política y documentos de época; gris, clásicos, etc.. La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset (quien más tarde sería asesor del emprendimiento) fue el primero de los 1500 títulos que se editarían hasta 1972, marca que señaló el comienzo de un sostenido declive de la colección, a la que diferentes operaciones empresarias han tratado de remozar desde entonces sin que pudieran recuperar el brillo de sus orígenes.

Modelo imitado
Austral es sinónimo de cultura y fue un modelo varias veces imitado. De hecho la editorial Losada surgió tras la ruptura de Gonzalo Losada con Espasa Calpe durante la Guerra Civil Española. Y lo primero que hizo Losada en su nuevo sello fue crear la Biblioteca Contemporánea, “de características similares a la Austral”, apunta Díaz (el primer título de esa colección fue La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno). Lo mismo que haría tres decenios más tarde la editorial Alianza con El Libro de Bolsillo, en un vasto catálogo que recuperó, por caso, toda la obra en prosa de Edgar Allan Poe que Julio Cortázar había traducido en 1956 para la Universidad de Puerto Rico).

Anglófilo de toda la vida, Chitarroni tiene otra favorita: la formidable Everyman’s Library. Fue fundada en 1906 por J.M. Dent, con la dirección de Ernest Rhys. Su objetivo, compartido por la mayoría de las colecciones populares, era  “dirigirse a todo tipo de lector: el trabajador, el estudiante, el hombre cultivado, el niño, el hombre y la mujer”, con una envidiable selección de clásicos universales en formato de bolsillo y a bajísimo precio (cada volumen costaba un chelín). En medio siglo superaron el millar de títulos divididos en trece categorías (biografía, clásicos, ensayos, ficción, viajes y topografía, historia, filosofía y teología, etc.) distinguibles por el color de sus elegantes tapas duras. Para entonces –1956– se habían vendido unos cincuenta millones de ejemplares.

Siempre en el ámbito anglosajón conviene no olvidar la Modern Library, de Random House (que todavía existe), y sus “Modern Library Giants”, que eran la selección de la selección. Si el gusto era francés, ahí aparecen Le Livre de Poche, emprendimiento creado en 1953 por varias editoriales galas, y la inextinguible Folio, de Gallimard, que sigue viva en el siglo XXI.

Chitarroni exhuma otras preferencias. “La última colección que atesoré (era fácil por el tamaño exiguo) fue Great Ideas, de Penguin, que creo se hizo también en castellano –señala-. Grandes ideas y grandes tapas. Se trataba (o se trata) de aislar un ensayo breve y darle relevancia. Una de Borges tomaba la carrera de Aquiles y la tortuga, y la cubierta era un remedo de las tapas de Sur, etapa blanca. Otra, de la “Apología para ociosos”, de Stevenson, daba a entender con un gesto de displicencia que el diseñador formaba parte de los elogiados: no había terminado de pintar las letras de la tipografía”.  

Y la lista, incompleta, podría seguir. Emecé, cómo olvidarlo, estableció un hito con los policiales del Séptimo Círculo, que en una primera etapa estuvo dirigida por Borges y Bioy Casares. En ficción contemporánea e historia la misma editorial alistaba la colección Piragua, siempre con un catálogo apabullante. Sudamericana presentaba la Colección Horizonte (hay que revisar esos títulos y esos traductores) y luego la Colección Indice (publicó al primer García Márquez, a Camus y Sartre, a Huxley, a Onetti, al joven Vargas Llosa). La desaparecida Bruguera tenía Libro Amigo, y dentro de ella la Serie Negra (a cargo de Juan Carlos Martini). ¿Y cómo no recordar los Clásicos Jackson con su “Comité Selectivo” integrado por Alfonso Reyes, Francisco Romero, Federico de Onís, Ricardo Baeza y Germán Arciniegas? ¿O los Clásicos Universales Planeta, con sus cuidadas ediciones prologadas y anotadas por especialistas, y esas inconfundibles tapas blancas con letras negras y un retrato del autor?

Pero había más. Aunque era un sello y no una colección, Minotauro, de Francisco Paco Porrúa, difundió desde 1955 en español lo mejor de la ciencia ficción en libros que sí se volvieron coleccionables (incorporado hace dos décadas al Grupo Planeta, el sello fue relanzado este año). Con Biblioteca Breve, Seix Barral hizo lo máximo por esparcir en todo el mundo el boom de la literatura latinoamericana. En la península, Anagrama exhibía Contraseñas, con sus autores más o menos contraculturales (Charles Bukowski era omnipresente), y luego Compactos, de plena vigencia hoy día. Lo que también puede decirse de la más reciente serie Maxi, de Tusquets.

Pero si hubiera que rescatar una sola colección de las brumas del tiempo, Robin Hood es imposible de soslayar: su existencia fue decisiva en la temprana formación de generaciones lectores niños y adolescentes en la Argentina, por no hablar de otros países de habla hispana. Un prodigio que editó algo más de 200 títulos en aquellas clásicas ediciones de tapa dura y color amarillo, con ilustraciones de Pablo Pereyra. “Es un ejemplo de cómo una colección opaca y hace invisible a la editorial que la publica, en este caso Acme Agency”, destacó Díaz.

Por eso la historia de Díaz, el veterano de mil ediciones, bien puede ser la historia de todo buen lector de habla hispana de las últimas ocho décadas. “En Robin Hood leí a grandes escritores, como Dickens, Dumas, Mark Twain, Louise M. Alcott, Stevenson, Jack London, Salgari y muchísimos otros, sin saber que eran grandes escritores y sin ningún deber ser, sólo por el placer de la lectura –recuerda–. Sin lugar a dudas, creo que esas lecturas juveniles en Robin Hood son las que dejaron las marcas más indelebles en el largo aprendizaje de la lectura que sobrellevamos los humanos”.

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