viernes, 5 de noviembre de 2021

El reseñista que se olvidó del nombre del traductor

Criticismo es una revista española-mexicana que se dedica, justamente, a la crítica tanto de la literatura como del cine. En su número 39, correspondiente a julio-septiembre de 2021, incluye una reseña de Mario Salvatierra a La traducción y la letra o el albergue de lo lejano, un volumen del traductor y teórico de la traducción francés Antoine Berman, que reúne las lecciones del primer de los seminarios que Berman dictó en el Colegio Internacional de Filosofía en el invierno de 1984. El libro fue publicado por Dedalus Editores, en Buenos Aires, en 2014. Curiosamente, el comentario sobre este libro de un traductor no incluye el nombre del traductor que lo tradujo, que fue Ignacio Rodríguez.

 Una reseña tardía de un libro de Antoine Berman


Pensar en torno a la traducción convoca de manera invariable palabras como fidelidad, traición, libertad, equivalencia y suele despertar discusiones sobre el buen y el mal traducir e incluso sobre la posibilidad misma del acto traslaticio. Parece que, en cuanto al ámbito de la interpretación y los textos especializados, la viabilidad del traducir se acepta en términos generales; pero las objeciones se multiplican en la medida que trasponemos el umbral de los textos literarios. Para muchos, la traducción de poesía es francamente una tarea imposible, aunque haya una aplastante evidencia a lo largo de los siglos para demostrar lo contrario. Si el intérprete, el perito traductor o quien se dedica a pasar manuales técnicos de una lengua a otra gozan de cierto prestigio o son apenas importunados, el traductor literario recibe, honrosas excepciones, los más hirientes insultos que lo equiparan al mentiroso y al traidor. Pese a todo, estos vilipendios no han evitado que continúe su labor y que reflexione sobre la naturaleza y práctica de su oficio.

En Occidente, la discusión moderna sobre la traducción inicia en el siglo XIX en Alemania. Los románticos alemanes asentaron profusamente sus ideas sobre la intensa empresa de traducción que acompañó el desarrollo de su literatura y cultura nacionales. Esta experiencia está condensada en la conferencia Sobre los distintos métodos del traducir de Friedrich Schleiermacher, quizá la formulación más radical de la época y la que más repercusión ha tenido fuera de sus fronteras. Un siglo más tarde, Walter Benjamin retoma y expande de manera crítica el pensamiento romántico en “La tarea del traductor”, cuya influencia recién comienza a percibirse. Sin negar los méritos y hallazgos que puedan tener los numerosos volúmenes que la lingüística y los Estudios de Traducción han dedicado al tema, en la segunda mitad del siglo pasado dos obras sobresalen por su coherencia y meticulosidad: la primera es Después de Babel de George Steiner; la otra, menos conocida, pero equiparable en ambición y valor, corresponde a Antoine Berman.

Traductor de Roberto Arlt, Augusto Roa Bastos y Ricardo Piglia al francés, Antoine Berman (1942-1991) dejó tras de sí una obra importante y sistemática, aunque reducida y dispersa. En vida, vio publicado únicamente su libro La prueba de lo ajeno (1984), un comprehensivo estudio sobre la práctica de la traducción en la Alemania romántica, y una serie de artículos recogidos en el volumen colectivo Les tours de Babel (1985). La muerte lo encontró trabajando en las correcciones finales de su segundo libro: Pour une critique des traductions: John Donne, que apareció de manera póstuma en 1995. En 2008, Isabella Berman, su viuda, editó y dio a la imprenta La era de la traducción, un minucioso comentario a “La tarea del traductor” de Walter Benjamin, y en 2012 Jacques Amyot, traducteur français. Este conjunto de obras lleva a cabo el programa trazado por Berman para establecer los cimientos de un nuevo pensar en torno a la traducción, alejado de las pretensiones científicas de la lingüística, las inconsistencias de la crítica impresionista y las prescripciones de los manuales.

En La traducción y la letra o el albergue de lo lejano se reúnen las lecciones del primer de los seminarios que Berman dictó en el Colegio Internacional de Filosofía en el invierno de 1984. Estas disertaciones se encaminan a reivindicar la traducción literal (que no “palabra por palabra”) sobre la que, ante todo, busca conservar el sentido en aras de la transmisión exacta de la información de la obra literaria. La primera parte del seminario hace una crítica a la teoría de la traducción canónica, modelo hegemónico cuyo origen se remonta al anexionismo romano de la literatura griega clásica, se afirma con la Vulgata y los comentarios de San Jerónimo y se institucionaliza en el clasicismo francés. Esta manera de concebir y practicar la traducción, dominante en Occidente, se caracteriza por ser etnocéntrica, hipertextual y platónica, es decir, que, al verter un texto al idioma propio, privilegia el sentido sobre las particularidades formales, se ciñe a la normatividad de la lengua y la escritura cultas y, en tanto imitación, se permite “embellecer” y “perfeccionar” el original. Para contrarrestar esta violencia que sistemáticamente destruye el “cuerpo” de la obra para conservar su “espíritu”, Berman propone un traducir que, guiado por una intención ética, poética y reflexiva, dirija su atención al “juego de los significantes” y abra la lengua propia a lo extranjero. En el albergue de la traducción, el Otro encuentra cobijo, no sepultura.

La segunda parte del seminario está dedicada al estudio de tres traductores que orientan su acto traductor hacia la literalidad, resistiéndose a la normativa canónica. Berman analiza las traducciones de Antígona y Edipo rey hechas por Hölderlin, el Paraíso perdido de Chateaubriand y la polémica Eneida de Pierre Klossowski, examina los fundamentos que las rigen e identifica los recursos que cada uno de ellos emplea en su trabajo sobre la letra. Hölderlin, por ejemplo, devuelve a las obras de Sófocles su expresividad acentuando lo que en ellas está latente mediante el retorno a las etimologías de las palabras, los arcaísmos y giros suabos, la sustitución de los nombres de los dioses del panteón griego por sus epítetos, entre otras operaciones. Klossowski, por su parte, introduce la textura virgiliana por los resquicios de la lengua francesa e imita la lógica de su decir épico, sin calcar el orden factual de la sintaxis y la distribución de las figuras retóricas. Además de su adscripción a la literalidad, estos tres traductores emprenden un profundo ejercicio crítico sobre el lenguaje, la literatura y la traducción. En este último ámbito, Hölderlin y Chateaubriand se oponen a la tradición de las bellas infieles que extirpa cualquier rasgo de extranjería y otredad de los textos originales; mientras que Klossowski cuestiona el secuestro de las obras clásicas por parte de la filología y los especialistas de las lenguas que en nombre de la exactitud exhiben el cadáver de la letra en ediciones académicas ilegibles.

Berman no formula una teoría, propone una ética de la traducción sumamente vigente y necesaria para los tiempos que corren, pues su objetivo primordial es el reconocimiento de la otredad que se manifiesta concretamente en la sustancia textual. Tampoco sugiere un método porque, de la misma manera en la que la lectura de un manual de versificación, el decálogo del buen cuentista o un libro de narratología dudosamente valdrían de algo para escribir Primero sueño, El llano en llamas o La canción de las mulas muertas, en materia de traducción literaria, las recetas también destruyen el complejo entramado que integra el tapiz de una obra. En cambio, Berman ofrece un instrumento analítico que hace visible cómo los efectos distorsionadores del traducir canónico mitigan las peculiaridades plásticas de una escritura y disuelven en un lenguaje de prestigio (ya sea la variante neutra o culta de una lengua) o diluyen en la poética personal del traductor (y esto es muy frecuente entre los escritores-traductores) la diversidad de voces y registros que integran la expresión del original.

El desprestigio de la traducción literal y la actualidad de la traducción del sentido solo puede explicarse por las imposiciones de la industria y el mercado editorial que exigen tiempos de entrega estrechos y que imponen el empleo de un discurso legible para un público masivo con el fin de vender y vender pronto. La fidelidad a la letra no es traición al sentido, pues el significado de las grandes obras literarias no es unívoco ni está petrificado; por el contrario, es plural y danzante, no se agota en una interpretación. Así como la crítica no determina lo que significa un texto, sino que ofrece una experiencia de lectura y por lo tanto las interpretaciones son virtualmente interminables, la traducción de novelas y poemas magistrales no suprime las versiones anteriores ni clausura la posibilidad de otras nuevas. Paradójicamente, la fidelidad al sentido da como resultado “la transmisión inexacta de un contenido inesencial” (Benjamin); mientras que la fidelidad a la letra recupera la novedad de las obras porque permite vislumbrar el diálogo que los originales entablan con la tradición nativa y la extranjera.

Con La traducción y la letra o el albergue de lo lejano, Antoine Berman puso en marcha la elaboración de una nueva disciplina para el estudio de la traducción, cuya dimensión ética se funda en el reconocimiento del Otro. Lamentablemente, este proyecto quedó trunco y sin continuadores. Más allá de su repercusión académica, las lecciones de Berman podrían tener una influencia positiva en la práctica de la traducción entendida como ejercicio crítico y no mera comunicación de un mensaje. En la era de las migraciones masivas, del resurgimiento de los nacionalismos obtusos, de la mercantilización de las identidades, es necesario abogar por la hospitalidad lingüística en la traducción y crear un espacio cómodo para nuestros invitados.

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