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domingo, 21 de junio de 2026

A Kafka lo salva el sentido del humor

El periodista Pedro Pérez Perea vuelve a Franz Kafka, esta vez en compañía del traductor Carlos Fortea, con la idea de desmontar algunos mitos. Tal es lo que propone el artículo publicado en Cadena Ser, el pasado 5 de junio.



¿Era Kafka realmente kafkiano? Experto desengrana aspectos poco conocidos de su vida

La primera vez que alguien escucha el término "kafkiano" suele ser extraño, pues puede llegar a ser lo suficientemente complejo como para no saber dónde ubicarlo. Franz Kafka es una figura clave en la literatura moderna caracterizada por la angustia, la queja sobre la burocracia opresiva y la alineación del individuo frente a un mundo incomprensible. Sin embargo, ¿es cierto todo lo que se atribuye a su persona? Carlos Fortea es profesor universitario, escritor y traductor literario, y ha querido asomarse a 'El Faro' para descubrir si toda su leyenda es cierta.

¿Era la vida de Kafka realmente kafkiana? El experto lo ha tenido claro: "Es uno de los tópicos tremendos que se han montado en torno a la figura de este hombre". Ha relatado que la imagen de Kafka más habitual de ver, descrita como "un aspecto un poco vampírico, con esas orejas puntiagudas y ojos saltones" responde a la fase final de su vida en la que estaba enfermo de tuberculosis.

Además, ha cuestionado el propio término "kafkiano". Entonces, ¿por qué se asocia el término a lo absurdo?: "Los testimonios son de un hombre extremadamente simpático, extraordinariamente sociable, que además debía tener eso que hoy llamamos carisma". De hecho, se trataba de un hombre con bastante éxito con las mujeres.

A través de sus cartas se ha podido descubrir una parte de él curiosa e interesante, pues tal como ha explicado el experto, usaba la correspondencia como si de un chat online se tratara: "Era un corresponsal fanático, una persona que escribía prácticamente todos los días, singularmente durante las épocas en que tuvo sus grandes amores. Tanto Felice como Milena recibían cartas suyas todos los días". Ha confirmado que sus cartas son imprescindibles para conocerlo.

Aparte de la recta final de su vida, Fortea ha valorado otros periodos vitales de Kafka: "El momento que me parece el punto de inflexión más dramático es cuando tiene el primer acceso de vómito tuberculoso. Es consciente de que tiene una enfermedad mortal y su vida se ve interrumpida y se cuestiona para qué seguir escribiendo". Esto se ve reflejado en que comienza a dejar algunas obras a medias y su ritmo frenético de escritura baja considerablemente.

"Hay un elemento que a Kafka le salva y que no siempre se ha recalcado tanto: el sentido del humor. En Kafka hay mucho humor y eso se ha hablado poco últimamente. Casi todo lo que nos han contado de Kafka está envuelto en un halo un tanto sombrío, un tanto lúgubre, un tanto misterioso, que no se corresponde con la realidad", ha explicado. Entonces, ¿cuándo se justifica usar el término 'kafkiano'?: "El término ya ha pasado a formar parte de nuestra vida. Se entiende por algo completamente incomprensible, completamente absurdo. Una de esas situaciones sin salida en la que la vida te pone a veces, ese 'no me puede estar pasando esto'. Eso es lo kafkiano."

jueves, 18 de julio de 2024

"Es fundamental que el nombre del traductor, que a veces intentan ocultar, sea visible"

El pasado 25 de junio, Miguel Ángel Artigas dio cuenta, en el Diario de Teruel, de España, de la participación del traductor Carlos Fortea en el 21º congreso de los escritores aragoneses, que tuvo lugar por esos días.
 
“¿Por qué iban los lectores a querer una novela escrita o traducida por IA?”

El madrileño Carlos Fortea, Premio Nacional de Traducción 2023 y profesor de la Universidad Complutense (UCM), asegura que “la traducción es un género literario, porque lo que le llega al lector es otra versión de la novela, cuya autoría es del traductor. Un libro traducido es un segundo original”. Fortea fue uno de los invitados de lujo de la 21ª edición del Congreso de la Asociación Aragonesa de Escritores, que se celebró este fin de semana en Tarazona.

La temática del congreso este año fue la traducción literaria, y no en vano Tarazona acoge la Casa del Traductor, una institución dedicada al fomento de la traducción literaria y la reflexión sobre ella.

En una conversación con el escritor Alejandro Corral, Carlos Fortea, una de las referencia de la traducción al alemán en España -es el traductor de Günter Grass y Kafka, entre otros autores de 150 obras en total-, ahondó en la necesidad de “visibilizar” y “dignificar” el oficio de traductor, en un sector editorial “que a veces es muy poco profesional con la traducción literaria”. “Es fundamental que el nombre del traductor, que a veces intentan ocultar, sea visible y en portada mejor que en portadilla interior”, explicó.

Según un estudio de la Asociación de Traductores, el pago de las traducciones, que se realizan por página (2.100 caracteres por página, es decir 30 líneas por 70 espacios) oscilan entre los 7 y los 17 euros la página, y los derechos de autor son generalmente el 1% del precio del libro”.

Respecto a la irrupción de la inteligencia artificial en el mundo de la literatura, considera que “puede que sirva para traducir textos comerciales, pero nunca para la traducción literaria, porque estas máquinas, de inteligencia, nada; son súper copionas ciegas. Nos estamos adentrando en un mundo absurdo y distópico. ¿Por qué vamos a querer que una máquina escriba una novela? ¿Qué sabe del ser humano? ¿Quieren los lectores una novela escrita por la IA? Lo que escriba la IA nunca va a ser original, porque se basa en textos ya hechos. Nunca hará lo que solo puede hacer un ser humano”.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Malpaso, ACEtt y los traductores: un culebrón


Desde que la editorial Malpaso, propiedad del magnate mexicano Bernardo Domínguez Cereceres. se instaló en España, todo es muy confuso. Por un lado, sus malas prácticas para con autores y traductores (esto es, incumplimiento de contratos y de pagos) ha motivado todo tipo de quejas de unos y otros, y cobrado un inusitado estado público acaso por razones que escapan por completo al mundo editorial. 

De hecho, ACEtt, la institución que dice “defender los intereses y los derechos jurídicos, patrimoniales o de cualquier otro tipo de los traductores de libros”, recibió las primeras quejas sobre Malpaso en 2014 (un reciente comunicado habla de 2016), cuando Ricardo García Pérez, uno de los socios de la institución, transmitió su preocupación en el foro interno porque Julián Viñuales –un editor de muy mala reputación entre los traductores españoles por sus malas prácticas en el fundido sello Global Rhythm–, se había embarcado en el proyecto de Malpaso. 

Carlos Fortea, presidente de ACEtt, hizo averiguaciones y decidieron dejar la cosa como estaba porque Viñuales no tenía participaciones en Malpaso, sino que era un trabajador más. García Pérez, al parecer, había denunciado a Viñuales por los pagos pendientes que Global Rhythm le adeudaba, pero nadie hizo nada por ayudar a este hombre, lo que pudo haber sido el desencadenante para que García Pérez renunciara a ACEtt. Lo que sí es cierto –y puede que de ahí venga el error– es que en diciembre de 2016, luego de que muchos socios se quejaran por falta de pago, Malpaso dejó de estar entre las editoriales adheridas al contrato tipo de ACEtt.

Ahora bien, la cosa pasó a mayores. Fue así que Carlos Fortea, quien difícilmente mueva un dedo por los asociados de ACEtt (cfr. lo que pasó cuando Yolanda Morató denunció el posible plagio de Mercedes Cebrián –ver entradas de este blog correspondientes a los días 8, 9, 19 y 26 de febrero,  y 5,  6 y 12 de marzo de 2017–, y el comportamiento que tuvo Enrique Redel, dueño de la editorial Impedimenta, cuyos libros Fortea comenta puntualmente en distintos foros: http://impedimenta.es/libros.php/leccion-de-aleman , http://impedimenta.es/libros.php/historia-y-desventuras-del-desconocido , http://impedimenta.es/libros.php/wadzek-contra-la-turbina-de), el 27 de julio pasado lanzó un comunicado en los siguientes términos:

“Ante las noticias publicadas estos días en prensa (leer aquí, aquí, aquí y aquí) sobre la situación legal y económica del grupo Malpaso (que incluye los sellos Malpaso, Lince Ediciones, Salto de Página, Biblioteca Nueva, Dibbuks y Jus), ACE Traductores quiere hacer públicos los siguientes extremos:

ACE Traductores rompió en diciembre de 2016 toda relación con el grupo Malpaso, debido a que ya en ese momento había tenido noticias de sus socios respecto a incumplimientos contractuales e impagos, y expulsó al grupo de la lista de editoriales firmantes de su contrato tipo.

ACE Traductores se alegra de que muchas denuncias que hasta ahora circulaban en silencio se hayan hecho públicas, reitera a los traductores afectados la disponibilidad de sus servicios jurídicos para reclamar sus derechos y exige a Malpaso regularizar la situación de todos los posibles afectados.

ACE Traductores exhorta al resto de actores del sector editorial a condenar la existencia de tales prácticas, tanto para preservar el buen nombre del sector como para no exponer a los profesionales a situaciones como las que han sufrido a lo largo de estos meses.”

Acá hay que empezar a recapitular un poco porque muchas cosas podrían sospecharse.

EL CRECIMIENTO DE MALPASO
La primera tiene que ver con que Malpaso, en muy pocos años, ha crecido exponencialmente mucho más que cualquier otra editorial que funcione en España. Como datos curiosos, podrían señalarse los contratos por  € 250.00 y  € 120.000, respectivamente, para publicar textos de Bob Dylan y Elton John, inversiones que, con toda la furia, no se recuperan así como así.

Parte de la explicación podría hallarse en otra parte, según señala el periodista, escritor y traductor Armando López Vaquero, en un artículo publicado en Mundo crítico (http://mundocritico.es/2016/05/malpaso-de-donde-saca-para-tanto-como-destaca/).“La respuesta a la potencia financiera de Malpaso  hay que buscarla en la foto que falta en la sección de su web llamada ‘Quién hay detrás de Malpaso’. La foto ausente es la que corresponde a Bernardo Domínguez Cereceres, empresario mexicano que se define como ‘la mano invisible’. La supuesta invisibilidad del empresario mexicano puede comprobarse en una serie de negocios que involucran la construcción, y a través del grupo DSC, los contratos con la CFE, Pemex, la SCT, y gobiernos estatales y municipales para la construcción de montajes electromecánicos, así como obras marítimas y viarias. Hoy en día, además de ser un potente grupo constructor,  DSC cuenta con filiales como DSC Comercial la cual adquirió el Grupo Ferretero Lavi, una empresa de ferretería con 46 sucursales en los Estados Unidos o Turismo DSC, otra filial a través de la cual adquirió y gestiona hoteles en Acapulco, Cancún, Ixtapa y Puerto Vallarta, entre otros”.

DINERO PRESUNTAMENTE NEGRO
La segunda  cuestión que importa aquí es que Bernardo Dóminguez Cereceres ha apoyado económicamente a Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor del ex presidente de la Generalitat, alguien que estaba siendo investigado por blanqueo y evasión de capitales. Hay que aclarar que, antes de todo este escándalo, ambos fueron socios en México.

Así lo explicaba un artículo sin firma, publicado por El Sol de México, el 7 de agosto pasado (https://www.elsoldemexico.com.mx/doble-via/virales/los-malos-pasos-de-la-editorial-mexicana-malpaso-en-espana-1897588.html):

“Hace apenas dos años, la joven editorial Malpaso revolucionaba el mercado español comprando los derechos de Bob Dylan. Pero ahora esos sueños de grandeza se desvanecen entre la investigación por blanqueo a su propietario mexicano y serios problemas de liquidez.

Los apuros de esta editorial fundada en 2013 por el empresario de la construcción mexicano Bernardo Domínguez Cereceres salieron a la palestra a finales de junio, pero no sorprendieron en Barcelona, capital mundial de la edición en español y sede de Malpaso.

Desde hacía años, el sector recelaba del desorbitado crecimiento del grupo: conseguían cotizados derechos de traducción, adquirían otros sellos, publicaban 200 títulos anuales y abrían una librería o incluso un restaurante que inauguraron con una fiesta con mariachi.
Pero el castillo de naipes empezó a desmoronarse el 26 de junio: Domínguez Cereceres fue detenido acusado de blanquear dinero para la familia de Jordi Pujol, expresidente regional de Cataluña (1980-2003) caído en desgracia por las sospechas de corrupción sobre él, mujer e hijos.

Después del interrogatorio, quedó en libertad pero se le retiró el pasaporte.

En México, la abultada fortuna del propietario del vasto consorcio de la construcción DSC y cercano al expresidente Vicente Fox ya había despertado suspicacias.

‘Bernardo Domínguez Cereceres, las dudas de una fortuna’, titulaba un largo artículo publicado en octubre por el periódico Milenio, que repasa capítulos oscuros de su trayectoria empresarial, salpicada ya con aventuras editoriales fracasadas.

‘MALPAGO PAGA YA’
Poco después de la detención, otra tormenta se abalanzó sobre la editorial: la etiqueta #Malpaso- PagaYa se viralizó en redes sociales por las denuncias de impagos a escritores y traductores.

Desde la editorial reconocen estos problemas de liquidez que atribuyen a la demora de una inyección de capital de su propietario desde México: ‘Se está pagando pero no a un ritmo óptimo, muchos proveedores están cobrando pero otros no’. Según Carlos Fortea, presidente de la asociación de traductores ACE, sus afiliados empezaron a denunciar impagos a finales de 2016 ‘y la situación ha ido a peor’.

UNA APUESTA FALLIDA
Los fondos procedían exclusivamente de Bernardo Domínguez Cereceres, ‘una persona con mucho dinero que quería ser un gran editor’. Pero las remesas que llegaban desde México para mantener el negocio editorial empezaron a dilatarse a mediados de 2017, cuando la investigación sobre presunto blanqueo empezaba a cernirse sobre él, asegura el extrabajador.

El grupo está tomando medidas para ‘adaptarse a la realidad del mercado’: la plantilla se redujo en más de la mitad y volverán a publicar cuarenta títulos”.

Ahora bien, si bien todo esto es cierto, hay una tercera cuestión –sin duda odiosa– que se relaciona con el origen de la editorial que, reiteramos, es mexicana. Raramente se llega a este tipo de repudio en España cuando las editoriales son españolas y, sin embargo, muchas de sus malas prácticas son exactamente iguales que las que se le imputan a Malpaso. Eso, por supuesto, no justifica nada. Unas y otra incurren en delitos. Pero que los delitos, cuando son mexicanos, sean más delitos que cuando son españoles parece por lo menos un tanto tendencioso como demuestra la reacción de ACEtt ante la evidencia flagrante de lo que muchos socios venían denunciando hacía tiempo y que forzó a la asociación a tomar una postura formal (porque la efectiva todavía está por verse: la gente sigue sin cobrar) bastante inédita hasta ahora.

¿Continuará?

viernes, 31 de agosto de 2018

Una columna sobre Polisemos y Jornadas Internacionales de Traducción Comparada

Como otros viernes, éste lo dedicamos a una columna de opinión. Se trata de la segunda que escribe Andrés Ehrenhaus especialmente para este blog y trata sobre algunas de las fealdades de la profesión.


El orzuelo de Polisemo y otras pústulas

1. En marzo de 2018 la universidad de Murcia celebró la décima edición de El ojo de Polisemo, el congreso interdisciplinario con el que ACEtt rellenó el hueco dejado por las extintas Jornadas de Tarazona. La primera edición había tenido lugar en Salamanca, sede de la universidad decana de España. Polisemo no podía nacer en mejor cuna. Sin embargo, no todo fueron flores y violas durante el embarazo. Un embarazo que ACEtt no sobrellevó bien en sus entrañas. Un embarazo casi se diría ectópico. De esa ectopía le quedó como recuerdo un orzuelo. La cesárea corrió a cargo del dentista del pueblo.

En el decurso de los preparativos previos a la celebración de los diez añitos de Polisemo recibí una curiosa invitación. Se me proponía formar parte de un panel en el que diez veteranos (“como tú estuviste en los primeros polisemos”, me dijeron) de la gesta odiséica daríamos en comentar esos dos lustros de luminosa infancia ciclópea, intercalando testimonios audiovisuales –esta opción se me ofreció como más higiénica– de ese parcurso, como en una snuff movie familiar. Entendían, se me dijo también, que no quisiera participar en el collage in vivo, y por eso me ofrecían la posibilidad de hacerlo in vitro, a distancia, como un Torrebruno de jardín. No los mandé a la mierda. Nunca lo hago. Les dije que gracias pero no. Me reemplazaron fácilmente y la mesa collage cursó con el título de “Celebración del décimo aniversario: Diez miradas al Polisemo” y la coordinación de P. Aguiriano y el actual presidente, C. Fortea. No sé si mentaron el embarazo. Tampoco el orzuelo.

Que yo había estado en los primeros (porque del embarazo, quién se acuerda ya) era rigurosa verdad. Para ser precisos, en los dos primeros: el ya citado de Salamanca y el 2º, que acogió la universidad de Málaga en medio de una tormenta interna en ACEtt. Al cierre de ese Polisemo, yo ya había renunciado a mi lugarcito en la junta directiva por razones de ética básica que puedo exponer documentadamente (sí, amigos, conservo las actas de esos mediocres días) a quienes me lo pidan de buen modo. Como es habitual en mi larga lista de errores, callé esas razones en su momento, a pesar del linchamiento jacobino al que fui sometido. No debí hacerlo. Lo sé. Y sé que me equivoqué al creer que era más elegante el silencio y el discreto mutis por el foro porque los enemigos me los gané igualmente –o quizás, seguramente, ya los tenía. Cuestión que ese fue el último Polisemo al que asistí, sencillamente porque, hasta la absurda y humillante invitación del décimo, nadie tuvo nunca la decencia de acercarse al que, nobleza obliga, había sido su Gepetto. Les regalás un juguete rabioso y te borran nomenklatura. De doctor franquestein a monstruo invisible. Así de simple.

Polisemo hace como que no, pero el orzuelo en el ojo lo sigue teniendo. Un poco más abajo y a la izquierda de donde Odalisco le clavó el puñal que le acabó nublando la vista. Un orzuelo que va camino de convertirse en forúnculo.

2. De los muchos errores cometidos en mi vida metaprofesional, salir nocturnamente de ACEtt no fue el peor ni, mira por dónde, entrar diurnamente primero, pero me hago cargo de todos y cada uno de ellos. Bastante más grave fue creer que debía (y podía) doblegar la aporía derridiana (¿o era de Fucol?): armonizar justicia y poder. Ahora sé que no sólo es imposible sino nefasto. Nefasto por parte de uno. NO se puede ser justo desde un cargo de poder, por miserable que sea. Otras cosas, quizás; justo, NO. De eso no nos salva ni la ingenuidad y deberíamos dejar de mirar hacia otro lado cada vez que alguien justifica su autoritarismo humanitario con el eslógan maldito: “Alguien lo tenía que hacer”. No, nadie tenía que hacerlo. Vos tampoco, salame, quiero decir, ingenuo.

De esos errores que mencionaba, regalarle a la secta acéttica el moisés con criatura y nombrepuestoparece que me jode más que otros quizás más serios. Me jode porque le entregué al poder mezquino una herramienta que funcionaba y funciona. Y porque desperdicié un nombre divertido. Eso es imperdonable. No debí hacerlo pero mi estulticia a menudo se cree omnipotente. Debí dejar que se les apagaran las luces junto al lecho agónico de Tarazona; total, tarde o temprano me acabaría yendo de ese avispero beige. Por cierto, el logo fue producto del ingenio, la capacidad de síntesis y el buen gustode Marta Alcaraz, gran traductora por cierto. Espero que le vayan agradeciendo ese favor que, hélàs, ella también les hizo gratis: cada quien paga su diezmo y la secta nunca agradece como corresponde. Básicamente recrimina. Sí, bwana, lo que tú digas.

3. Las asociaciones de traductores que conozco más de cerca, ACEtt y AATI (pero no dudo en meter ahí a muchas otras, incluidas –cómo no­– las colegiales), se nutren de la temerosa ignorancia del aprendiz y la no menos temerosa desidia del avanzado. El corral les da a las ovejitas la ilusión de estar a salvo (there’s security in number) entre toda esa ropa de lana; pero el lobo no está afuera, no hay lobo, lo que hay es una industria a la que hacer frente con estructuras gremiales y no con consignas de mesianismo cultural y lloriqueo ético. En esa paradoja se les va la poca fuerza que juntan, porque no tienen nada en la mano para negociar tarifas en condiciones ni defender a quienes no tienen más remedio que aceptar miseria a cambio de trabajo bien hecho. Las cuotas de los socios se van en manualidades o virtualidades, o en congresos para más inri de los vips, globales o paisanos. De cada encuentro de esos se sale con la certeza de lo buenos que somos y lo poco bien que nos tratan, mientras se empobrece nuestro aparato crítico (no digamos ya el autocrítico) y se reblandece nuestra voluntad de lucha. Papá ya hará algo, papá es bueno. Papá tiene muchos premios. Sí, bwana.

No jodamos más con eso. O llamamos gremio al gremio o club social al club social. Los inventos intermedios son globitos desinflados. O peleamos por leyes justas y dignas o nos vamos a la confitería a tomar el té y contarnos las desgracias entre masita y masita. La idea germinal de Polisemo era precisamente aunar el rigor académico con la experiencia profesional a pie de calle: abrir la baraja, no reconducirla hacia una asociación esterilizante. Una asociación más preocupada por autoadjudicarse prebendas y premios (con el cuento de que el pastel de pocos da migas para muchos) que por apoyar con hechos a los colegas con conflictos laborales graves. Conozco bien el discurso de desactivación sindical y meloneo asociativo porque yo mismo redacté algunas de sus peores páginas y me esforcé por demostrarles a mis colegas que era peor para el traductor de a pie pasar la noche al raso bajo un manto de estrellas que ponerse a recaudo bajo el insuficiente alero que ofrece el corral al rebaño. Uno se moja igual si truena, pero acompañado. De gente buena, rimémber. Esa lógica de dentro=bueno, fuera=malo es común a todas las dinámicas de aglutinación cuantitativa. En ACEtt celebrábamos las cifras redondas de nuevos socios como I likes o retuits, sin importarnos que el techito siguiera siendo igual de estrecho y protegiera menos cada vez. No es lo mismo una asociación de 30 que una de 500, dónde va a parar. Dónde, eso digo yo.

4. Lo decente, lo decoroso, sería que dejaran en paz al pobre cíclope mosaico. Que le permitieran volver a su isla, a curarse el orzuelo a solas con agua de mar y suspirar de amor ciego por Galatea. Que no usaran su nombre, que no malgastaran su elegante logo. Que se romperan la croqueta pensando en un nombre más afín con su índole actual: La bicileta de Sísifo o El medio piojo de Sansón. ¿Ven? Ya estoy otra vez regalándoles manises a los monos.

Pero ¿a qué viene toda esta diatriba sobre algo que pasó hace años y que ni siquiera está entre los trending tópicos de la profesión? Viene a que mis ojitos se tropezaron los otros días con la convocatoria de –preparesén– las Jornadas Internacionales de Traducción Comparada “Variedades regionales en las lenguas de traducción”, celebrables en la Biblioteca Nacional de la ciudad de Buenos Aires entre el 20 y el 22 de septiembre. Coorganizadas por AATI. A las que acude raudo el presi de ACEtt. Esos dos clubes aporísticos que decíamos, ¿no? Y en cuyo comité organizador aparece a la cabeza y como propietario de la “idea original” un colega que, entre otras cosas, fue quien me invitó a apartarme del proyecto de Ley de protección de los traductores (v. https://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2017/09/la-necesidad-de-decir-como-fueron-las.html y https://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2018/06/sigue-vivo-el-proyecto-de-ley-de.html) para acto seguido cubrirlo bajo una capa de cal viva y arrojarlo al mar de los gargajos y que, aunque nadie se atreva a decirlo a viva voz, tuvo el atrevimiento de servirse de un proyecto ajeno (si me aprietan, diré cuál y de quién, aunque basta con mirar con atención el programa para ver por dónde vienen los tirios) y blindarlo como propio para montar estas Jornadas que, con o sin Manguel, tienen muchos puntos para nacer con algo más que un orzuelo o un forúnculo en barbecho.

Porque, aparte de la inelegancia de la fórmula, el pleonasmo desnuda el lapsus y el lapsus, la cola de paja. ¿Idea original? ¿Cómo contraposición a qué: a idea afanada? ¿A idea repetida? ¿A idea de otro? Por eso me acordé de Polisemo. Algo me olía a déjà vu. A Macadamia de la Lengua. Y a virreinato.

5. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. El que arruga es avestruz.

lunes, 30 de octubre de 2017

Una versión española del canon (1)


El 7 de febrero de 2016, el diario El País, de Madrid –una de las tantas piezas de las que está compuesto el Grupo Prisa, multimedia español de comunicación, de radio, televisión, prensa escrita y editoriales, presente en 22 países de Europa e Hispanoamérica– anunciaba con bombos y platillos la creación de Librotea. El recomendador de libros, “que permite a los lectores compartir sus recomendaciones literarias, así como conocer las de escritores, críticos literarios, ensayistas, blogueros y otros agentes culturales del mundo del cine, la música o las artes plásticas”.

Considerando la historia del grupo, y recordando la forma francamente repugnante en que el prestigioso crítico Ignacio Echeverría fue echado hace unos años del suplemento Babelia, por criticar una obra publicada por la editorial Alfaguara, por entonces propiedad de Prisa, no debe extrañar la recurrente manipulación de la que suelen ser objeto los temas que se tratan en las páginas de El País y sus suplementos, la sombra de duda que dejan muchos de sus artículos y la continua invención de reputaciones que no existen, a los efectos de hacer negocios. Tampoco debe asombrar la forma en que de manera explícita o por omisión algunos de sus periodistas desacreditan a aquéllos que vayan a cruzarse en los designios del medio.  

El 30 de septiembre pasado, con la excusa de celebrar el Día Internacional de la Traducción, Librotea publicó una lista que se anunció como elaborada por los miembros de la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACETRADUCTORES, ACETT). Allí se ofrecía un listado de “traducciones canónicas”, que puede consultarse siguiendo éste vínculo:

Una rápida lectura permite comprobar que se buscó privilegiar a ciertas editoriales en desmedro de otras. Luego, que la elección de traductores canonizados y de otros en vías de serlo, matizada por otros poco canónicos, deja abiertas las puertas para quedar bien con dios y con el diablo al mismo tiempo. Pero lo más curioso –y “curioso” debe leerse como un eufemismo– es que, con la única excepción de Celia Filipetto, argentina radicada en España desde hace varias décadas, no hay en las obras elegidas ninguna otra traducida por latinoamericanos. Sin embargo, lo interesante es que en ningún lado se habla de “traducciones canónicas españolas”, sino de “traducciones canónicas” a secas.

Según se aclara en la nota, quien ha elaborado el listado luego de la consulta correspondiente es Carlos Fortea, actual presidente de ACEtt, institución a la que puede pertenecer cualquier traductor, con independencia de su nacionalidad o país de residencia, siempre y cuando cumpla con los siguientes requisitos:

De acuerdo con varios miembros de ACEtt, que pidieron no se revelaran sus nombres, a pesar de recibir dinero público y de tener unos 500 socios, sólo una treintena participan de los foros, listas y premios que involucran a la asociación. Lo cual, por tanto, permite sospechar que las decisiones las toma un grupo muy reducido. Acaso por ello, no es un secreto que cada año aumenta el número de traductores que se dan de baja por discrepancias con el núcleo duro de ACEtt. Tal vez en esa lógica deba incluirse entonces la lista de Fortea que, salvo se presente el debido listado de traductores que participaron en la selección, parece elaborada por unos pocos.

Las sospechas podrían incluso ir más allá. Por caso, ¿qué justifica como “canónica” la curiosa traducción de Madame Bovary (ella la rebautiza La señora Bovary) de María Teresa Gallego –ex presidente de ACEtt, durante el período previo a la presidencia de Fortea, de quien es amiga– y no, por ejemplo, las excelentes versiones de Juan Bravo Castillo o Mauro Armiño? ¿Cuál ha sido el criterio de selección?

Pero por fuera de estas cuestiones, la reacción que ha producido la existencia de esa lista en un gran número de traductores, escritores y editores españoles y latinoamericanos  merece no pocos comentarios. De eso van a tratar las siguientes entradas a este blog, que incluyen respuestas a la actitud de Fortea y sus consultados, listas propias de grandes traducciones no consideradas por ACEtt y una invitación general a discutir sobre estos temas.

Comprendemos, asimismo, que la actitud de ACEtt traductores debería alertar a nuestros amigos de la AATI, en la Argentina, y del Círculo de Traductores, en México, sobre el sentido y la oportunidad de establecer relaciones y convenios con esa curiosa institución española, que a la hora de la verdad, se limita a elegir “españa”. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Cifras terribles y prácticas aberrantes para los traductores españoles, según el Libro Blanco

Ilustración de Luis Parejo
El 11 de marzo pasado, P. Unamuno publicó en El País, de Madrid, el siguiente artículo donde se da cuenta de las vicisitudes por las que pasan los traductores españoles en la actualidad. La excusa es la presentación del Libro Blanco de la traducción, presentado en la Biblioteca Nacional de España por Carlos Fortea, actual presidente de ACEtt (la Asociación Colegial de Escritores de España, que también nuclea a los traductores literarios) y próximo visitante a la Argentina. 

Como habrán tenido ocasión de comprobar los lectores de este blog, ACEtt es la institución que, con la excusa de no tomar partido por ninguna de las partes, hace muy pocos días abandonó a su suerte a la traductora española Yolanda Morató, apelando a una curiosa versión de la justicia, acaso a la medida de plagiarios y editoriales poco dispuestas a cumplir con los pactos de buena práctica que ACEtt, casi como en chiste, les hace firmar a esas mismas editoriales.

Hay entonces que comprender que la pompa de la Biblioteca Nacional y el glamour que ofrecen las páginas de El País, resultan más propicias a la cara de circunstancia que a la búsqueda de la verdad en pleitos por plagio, siempre menos elegantes y redituables a la hora de posicionarse en el establishment literario español. El premio por no hacer olas o de hacerlas, que éstas sean muy chiquitas, quién sabe, tal vez resulte en una banca en la Real Academia, que, como todos sabemos, no se le niega a casi nadie.

El páramo de la traducción en España

Una profesión depauperada, envejecida e ignorada. A la vista del panorama que dibujó ayer Carlos Fortea, presidente de la sección de traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE), su diagnóstico de que el sector se halla en una situación "nada esperanzadora" parece casi optimista.

De acuerdo con el Libro Blanco que Fortea presentó durante un acto en la Biblioteca Nacional al que asistió el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, únicamente el 9% de los traductores puede vivir hoy de su trabajo en España, el ingreso medio anual de los profesionales no llega a los 9.000 euros netos y cuatro de cada 10 tienen más de 56 años, lo que revela que el bello oficio de 're-crear' una obra escrita originalmente en otro idioma cada vez resulta menos apetecible para los traductores jóvenes.

La crisis no tiene nada que ver con este estado de cosas, advierte Fortea, escritor y profesor universitario además de reconocido traductor de Zweig, Döblin, Bernhard, Grass y Keyserling, entre otros. El desolador páramo en que se desenvuelven los profesionales de la traducción, explica, viene de antes y continúa hoy, cuando se supone que lo peor de la recesión ha pasado.

Si acaso, "la mal llamada edición digital" ha empeorado este statu quo de "tarifas innegociables" y "remuneraciones injustas". Como subraya el Libro Blanco, elaborado con base en una encuesta realizada a 234 traductores en 2015, bajo el equívoco concepto de 'edición digital' ha crecido un nuevo modelo de negocio basado en un vacío legal que la ACE exige cerrar con medidas legislativas claras.

La asociación reclama que la difusión en red y la venta mediante descarga de un producto editorial sea objeto de un contrato específico. Los traductores han visto cómo se les imponen contratos en los que una mera cláusula añadida resuelve la incómoda novedad y les priva de remuneraciones separadas para lo que es, según su criterio, "una forma separada de explotación del producto".

Dicho en números, el 60% cobra menos de un 2% de derechos digitales y un 21% recibe lo mismo que en papel, un 1%, muy por debajo de lo que se lleva un autor para este formato de libro. ACE Traductores recomienda en este caso multiplicar por al menos 2,5 los derechos de cesión aplicados en el 'papel'.

El Libro Blanco, referido específicamente a la problemática del ámbito digital –a diferencia de las dos ediciones anteriores, de 1997 y 2010, sobre la traducción en general–, establece que casi la mitad de los profesionales (el 48,6%) no recibió ninguna cantidad en concepto de derechos de autor.

En un escenario como internet tornado en "jungla", dice Fortea, es precisa una regulación específica de los derechos de autor de los libros digitales, "que oriente y vincule a la industria editorial, al tiempo que ofrezca la legítima protección que los autores y traductores merecen".

Conviene recordar que los datos aquí reseñados se refieren a descargas de libros legales, que suponen en nuestro país alrededor de un 20% del total, como remarcó Ana María Bejarano, Premio Nacional de Traducción 2016, quien quiso ilustrar la precarización creciente del sector con otra cifra preocupante: el 28% de los traductores emprendió su tarea sin haber firmado contrato de ninguna clase.

A la luz de semejantes cifras, no es extraño que el porcentaje de traductores frecuentes haya pasado del 27,1% en 2009, cuando peor nos iban las cosas, al 17,1% en 2015.

Fernando Benzo quiso poner árnica en las heridas del sector al señalar que tenemos en nuestro país "una generación de excelentes traductores", aunque la mayoría de ellos se vean obligados a "compaginar esta labor con otros trabajos". La gran bibliodiversidad del mercado editorial español, indicó, se resume en el hecho de que en Gran Bretaña los libros traducidos rondan el 3% mientras que en España superan el 16%, teniendo en cuenta además el notable número de obras vertidas de unas a otras lenguas oficiales del Estado.

Fernando Benzo reivindicó la condición de creadores que merecen los traductores y destacó su contribución "al intercambio cultural en nuestro país". "Nos acerca unos a otros, despliega nuestra sensibilidad y nuestro conocimiento del otro", además de aportar "un valor incalculable en un mundo en el que se habla cada vez más de muros y barreras", afirmó.

A la espera de medidas concretas, Carlos Fortea instó a atajar una situación que aboca a generar malos traductores y a perder "un bien muy superior al precio que no se les ha querido pagar".

martes, 4 de junio de 2013

Carlos Fortea, nuevo presidente de ACE Traductores

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires quiere felicitar y desearle toda la suerte del mundo al colega Carlos Fortea, quien desde el 1 de junio pasado, es el nuevo presidente de ACE Traductores.

Para quienes no estén informados, vale la pena señalar que ACE Traductores se constituyó en 1983 con el fin primordial de defender los intereses y derechos jurídicos, patrimoniales o de cualquier otro tipo de los traductores de libros en España.

Asimismo, entre sus objetivos siempre se ha contado la promoción de todas aquellas actividades e iniciativas que pudieran contribuir a la mejora de la situación social y profesional de los traductores, al debate y la reflexión sobre la traducción y al reconocimiento de la importancia cultural de la figura del traductor. ACE Traductores surgió además con el propósito de agrupar a los traductores de libros en el seno de una asociación de escritores para dejar así patente el carácter de autores de estos profesionales.

Cabe, por último, recordar, que, entre quienes precedieron a Fortea en gestiones anteriores, estuvieron el poeta y traductor Mario Merlino y, ejerciendo la vicepresidencia, el narrador y traductor Andrés Ehrenhaus, ambos argentinos radicados en España desde hace casi cuatro décadas.

Nacido en Madrid, en 1963, Carlos Fortea es Doctor en Filología por la Universidad Complutense. Ejerce la traducción literaria desde 1986, fecha a partir de la cual ha traducido a Günter Grass, Stefan Zweig, Heinrich Heine, E.T.A. Hoffmann, Anna Seghers, Wolfgang Koeppen, Thomas Bernhard y Alfred Döblin, entre otros. Es autor de las novelas Impresión bajo sospecha (Anaya, 2009) y El diablo en Madrid (Anaya, 2012). Actualmente compagina la traducción con la docencia de Traducción literaria en la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca, de la que hasta hace ocho meses fue Decano.

miércoles, 10 de abril de 2013

Carlos Fortea devuelve el debate a su sitio

El lunes 8 de abril el traductor español Carlos Fortea publicó en El Trujamán la siguiente columna. Se trata de una honestísima declaración que celebramos y compartimos. Sin embargo, aunque sabemos qué parte le corresponde a la industria editorial en toda esta polémica, a diferencia de Fortea no excluimos de ella a unos cuantos colegas traductores que han hecho la vista gorda ante esos puntos de vista para obtener algún provecho del todo personal. Luego, una única objeción, que planteamos con el mayor respeto: vale la pena señalar que muchos traductores latinoamericanos que trabajan para la industria española no han podido darse el lujo de traducir en el castellano que les ha dado la vida –según la expresión de Carlos–, sino que han tenido que aprender a traducir en un castellano que no es el  propio para así ganarse el pan, que, claro, es siempre magro.

Las dos orillas

Hace meses que viene ocupando cierto espacio en las ondas el falso debate —avanzo mi opinión desde el principio— que da vueltas en torno al llamado español de la traducción, entendido como una aspiración a crear unos textos que puedan ser acogidos por el lector de la Tierra del Fuego, la península ibérica, la altiplanicie andina, la costa caribeña, las riberas del Orinoco y del Río de la Plata, las Antillas y la larga vertiente del Pacífico de manera no ya igualmente inteligible, sino igualmente familiar.

Como soy de alemán, no puedo por menos de calificar esto de aspiración fáustica, pero vivo en un mundo de creencias en el que no hay diablo al que vender el alma, y yo no reconozco a su suplente —su vicario, se decía antaño—, el mercado, autoridad alguna en materia de lenguaje.

Tal vez, en realidad, todo el problema se reduzca a esto. Nunca he visto a nadie defender en los medios, digitales o no, el uso de la variante boliviana del español, que es como los hablantes del mundo llaman al castellano desde hace muchos siglos, haciendo caso omiso de la corrección política  —exactamente igual que los latinoamericanos se llaman a sí mismos latinoamericanos, porque ese es su nombre, haciendo caso omiso a los españoles imperialistas, que los hay—, ni tampoco he visto a nadie defender la variante específica de Costa Rica, ni la de Colombia o Perú, que tienen premios nobel en sus filas.

No, por alguna extraña razón —por alguna fáustica razón—, el debate proviene siempre de lugares, de un lado o de otro del Atlántico, con una fuerte industria editorial, y está siempre trufado de argumentos que en el fondo remiten a cuotas de mercado mucho más que a cuotas de belleza. No deja de ser lógico, porque la belleza no se puede dividir en cuotas, y lamentablemente hablamos poco de ella.

No es mi intención llevar aquí la contraria a nadie, sino tratar de que el debate vuelva a donde siempre debió estar: al reconocimiento de que, si se producen prácticas de signo imperial, no proceden, en nuestro sector, de los profesionales que traducimos, sino de aquellos que nos contratan, y en contra de esas prácticas y de quienes las fomentan debiéramos estar todos, en vez de discutir entre nosotros mientras ellos contemplan nuestra desunión frotándose las manos.

Como diría don Quijote —a cuya invocación me acojo en esta empresa, que reconozco que es desesperada—, de mí sé decir que leo con placer indistinto, pero para nada indiferente, el español de Roberto Bolaño y el de Elmer Mendoza, el de Alberto Méndez y el de Almudena Grandes, y que con el mismo placer indistinto hubiera leído un libro traducido por cualquiera de ellos, en el supuesto caso de que lo hubiera. De mí sé decir que cuando una estudiante latinoamericana me pregunta si puede escribir «mirar una película» en lugar de «ver una película» le advierto, para que tenga la información, de que esa no es la variante peninsular, para acto seguido decirle que desde luego puede utilizarla, porque no es un error sino eso, una variante, su variante.

Yo no sé traducir más que en el español que me ha dado la vida, que ni siquiera es el de España, sino una mezcla de las regiones en las que he vivido, los libros que he leído y los amigos que he tenido, entre los que los hay de cinco naciones hispanoparlantes. A nadie puedo ofender con mi voz, cuando no tengo otra.

lunes, 11 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (7)

Esta semana continúa la encuesta del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Hoy responden dos grandes traductores españoles, quienes también enseñan traducción en la universidad.

Carlos Fortea.
Nacido en Madrid, en 1963, es Doctor en Filología por la Universidad Complutense. Ejerce la traducción literaria desde 1986 acercándose a la obra de autores como Günter Grass, Stefan Zweig, Heinrich Heine, E.T.A. Hoffmann, Anna Seghers, Wolfgang Koeppen, Thomas Bernhard o Alfred Döblin. Es autor de las novelas Impresión bajo sospecha (Anaya, 2009) y El diablo en Madrid (Anaya, 2012). Actualmente compagina la traducción con la docencia de Traducción literaria en la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca, de la que hasta hace ocho meses fue Decano. Es Vicepresidente de ACE Traductores.

 1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
En mi opinión no es que se parezcan, es que son una misma cosa. La traducción es escritura literaria, de un género literario al que denominamos traducción. De ahí se deriva que las diferencias sean diferencias de género: la traducción, aun siendo creación, puesto que es creación de lenguaje, no es creación libre, sino que se atiene a unas pautas fijadas por el texto dado. Se atiene además a unas convenciones de género (las convenciones de la traducción). En todo lo demás, traducir es escribir.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Ocultarse no sería nunca la palabra. La traducción es un original nuevo, que conserva en su seno los rastros del lugar del que viene. Y son rastros que, en mi modesta opinión, sí deben verse, porque fertilizan la lengua que los recibe: una sintaxis que, moviéndose dentro de los márgenes del castellano, transmita su origen, unas metáforas que traigan el sabor de la otra lengua, unas referencias culturales que recuerden al lector que aquello no sucede en la Puerta del Sol de Madrid ni en la Avenida de Mayo de Buenos Aires, sino en Berlín, París o la campiña inglesa.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
La visibilidad de uno y otra es distinta. La traducción debe ser visible en tanto que obra literaria del sistema que la recibe. Debe funcionar como un libro de tu propia lengua. Y hablar por sí misma. El traductor debe tener la visibilidad de quien crea esas obras en su lengua, de quien da voz a otros que sin él jamás serían oídos. Es, en este caso, un problema de visibilidad profesional.


Ángela Olivia De Miguel Crespo
Nacida en Logroño y residente en Barcelona, es Licenciada en Filología Anglogermánica, por la Universidad de Zaragoza (1978) y Doctora en Teoría de la Traducción por la Universidad Autónoma de Barcelona,  (1997), con un la tesis titulada: Antología y traducción de la poesía de Marianne Moore: una propuesta para la reescritura del discurso modernista norteamericano. Además de desempeñarse como profesora titular de la Facultat de Traducció i Interpretació de la  Universidad Pompeu Fabra (1997 al 2011) es directora y profesora del Diploma de Postgrado en Traducción Literaria, directora y profesora del Master en Traducción Literaria y directora y profesora del Diploma de Postgrado en Traducción Literaria  on line en todos los casos de IDEC/ U. Pompeu Fabra. Con una trayectoria larguísima, que incluye trabajos para las editoriales El Acantilado, Siruela, Alba, Tusquets, Destino, Hiperión, Galaxia Gutenberg, Edhasa, Ediciones del Bronce, Random House Mondadori, Lumen y Global Rhythm, ha traducido, a Marianne Moore (Poesía completa. Barcelona, Editorial Lumen, 2010), e.e. cummings, Oscar Wilde, Henry James, George Orwell, G.K. Chesterton, Willa Cather, W. H. Auden, Joan Didion, Kate Chopin, Edward Said, entre muchísimos otros.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
 La traducción es escritura de una historia ya dada. No hay invención. En lo demás, no hay diferencia.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
No hay que ocultar ni mostrar explícitamente nada. Cuando uno compra en Buenos Aires o en Barcelona un libro cuyo autor se llama George Orwell, por decir algo, sabe que está comprando una traducción y establece un pacto con el texto que le permite leerlo como un original. Una traducción es otro original.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
La traducción es lo que debe ser visible. El traductor estará en el texto traducido con su estilo, su léxico, su idiolecto, su sensibilidad y conocimiento literario. Hemos quedado que la traducción es una escritura y es inevitable que el traductor esté en su escritura. Lo demás es el traductor

domingo, 9 de diciembre de 2012

Negociaciones y discusiones, y disgustos

Carlos Fortea
En El Trujamán del 29 de noviembre pasado, Carlos Fortea –Doctor en Filología Alemana por la Universidad Complutense, traductor literario desde 1986, que, entre otros, ha traducido a Heinrich Heine, E.T.A. Hoffmann, Stefan Zweig, Anna Seghers, Wolfgang Koeppen, Thomas Bernhard o Günter Grass– ha publicado una columna que se refiere a la elección de Miguel Sánez para integrar la Academia Española, lo cual, además de un digno homenaje, es a la vez toda una reflexión sobre el oficio y lo que éste significa. Por eso la reproducimos aquí.

Un profesional en la Academia

El 22 de noviembre de 2012, la Real Academia Española votaba la admisión entre sus miembros de Miguel Sáenz, y ni la personalidad de su competidor, Antonio Pau, ni la forma en que la propia Academia difundía la noticia en su página web dejaban lugar a dudas acerca de cuál era la condición por la que se elegía  al nuevo académico.

Un traductor en la Academia, decían todos los medios, decíamos todos, y enseguida surgían las voces, cargadas de razón, que indicaban que ya había en la casa de la colina traductores de enorme relevancia y grandísimo mérito: no los mencionaré porque están en la mente de todos, y porque me molestaría más olvidar uno que no citar ninguno.

Lo que los titulares querían decir, y todos entendíamos, es que por vez primera entraba en la Academia Española un traductor profesional, alguien cuya principal ocupación, aquella por la que había alcanzado su relevancia pública, era el cansado oficio de escribir libros preexistentes en otro idioma, el trabajo de monje medieval de trasladar la letra e interpretar el espíritu de voces que sonaron por vez primera en otras latitudes y con otros acentos.

Aquello a lo que el rostro inteligente y la mirada franca de Miguel daba expresión era a todo ese ejército de escritores sin rostro que despliega su magia en las mejores páginas que, venidas de fuera, han dado vida a los lectores de esta lengua voraz que no tiene bastante consigo misma, que desea alimentarse de todas las fuentes que en el mundo brotan. Aquello a lo que la voz rotunda de Miguel daba voz era a todo ese coro de silenciosos que, tantas veces, llega distorsionado a los oídos de los otros sectores que dan forma al libro, y de los propios beneficiarios de su trabajo.

Sería fácil glosar a Miguel Sáenz enumerando las distinciones que ha recibido, o la calidad y variedad de su obra, pero a mí me interesa esta vez contraponer, frente a los momentos de esplendor, las horas de trabajo sigiloso.

Porque la obra de Miguel Sáenz, como la de todos los traductores, está hecha de miles de horas de silencio y de búsqueda, de malabarismo de la palabra y de investigación policial, de intercambio igual con el autor de las primeras frases que dan forma a esas segundas frases que son la nueva vida de sus textos.

Y de negociaciones y discusiones, y también, por qué no, de disgustos, con quienes todavía regatean el derecho moral y el económico, y a veces el respeto; con quienes dicen «este señor es muy problemático» o incluso «este señor es muy raro» porque reclama su nombre en la cubierta y sí, claro que sí, su dinero en su cuenta. Los que conocemos al nuevo académico —que somos todos los de la profesión—, sabemos cuántas veces ha dado la cara por el colectivo, cuántas veces ha tenido que explicar que, en contra de lo que dice, el mismo día en que se escriben estas líneas, un diario de gran tirada, la profesión no llora, sino que protesta. Sabemos que nunca ha dicho que no cuando se le ha pedido acudir a un sitio u otro —o de un sitio a otro— a hablar de lo que a todos nos atañe. O a emplear su prestigio en beneficio de los demás. O a formar parte de una comisión paritaria en la que se defienden los derechos legítimos de sus compañeros.


sábado, 30 de julio de 2011

"Para nosotros lo más problemático es la situación laboral"

"Con motivo del III Encuentro Universitario-Profesional de la Traducción Literaria El ojo de Polisemo que se desarrolló la semana pasada en nuestra ciudad, hablamos con Carlos Fortea, decano de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Salamanca, y vicepresidente de ACE Traductores, coorganizador de las jornadas junto con la Sede Universitaria de la ciudad de Alicante. Traductor, profesor y escritor, la labor de Carlos Fortea incluye autores consagrados como Kafka, Hoffmann o Heinrich Heine. Iniciamos con él una charla para conocer de primera mano cuál es la situación actual de los traductores en España y en qué consiste el minucioso trabajo de un colectivo que no siempre tiene la visibilidad social que merece." Eso dice la bajada de la entrevista realizada por Raúl García Sáenz de Urturri publicada sin fecha en Información.es, de la provincia de Alicante.

La intensa labor del traductor literario

–¿Cuál es su valoración sobre este encuentro entre profesionales y estudiantes de traducción?–Mi valoración, que la hago en nombre de la asociación ACE Traductores, es muy positiva. Tenemos la sensación de que desde el punto de vista de los objetivos es la edición más lograda de las tres, por cuanto cada vez nos dirigimos más, como un público claro de estas jornadas, a los estudiantes. Nuestra idea es poner en contacto el mundo profesional y el mundo universitario. Realmente nos interesa poner el énfasis en ponernos en contacto con los estudiantes y que puedan conocer de primera mano cómo es nuestro trabajo y qué posibilidades tiene, y qué posibilidades tienen ellos, y creo que en esta tercera edición lo hemos conseguido.

–¿Cómo ha sido la respuesta de los participantes?
–Ha sido excelente. Los estudiantes han manifestado su satisfacción de mil maneras distintas. Tenemos testimonios en Twitter, en FacebookÉ testimonios de lo que nos dijeron en el congreso. Además me gustaría resaltar que esta tercera edición es la vez que más estudiantes de más universidades han venido. Hemos tenido participantes de seis universidades, además de la Universidad de Alicante, que albergaba el evento. Eso es una satisfacción muy grande. Significa que El ojo de Polisemo tiene poder de convocatoria.

–Y que la temática está siendo atractiva para los estudiantes y profesionales de la traducción, entiendo.–Sí, claro, está siendo atractiva. Lógicamente la traducción literaria nunca es la primera opción de la gran mayoría de los estudiantes, pero incluso dentro de esto, es muy relevante la cantidad de gente que ha venido.

–En un aspecto más general, en lo que respecta a la situación de la traducción en España, ¿cuál es ahora la posición de los traductores profesionales en el mundo literario?–Para nosotros lo más problemático es la situación laboral, seguimos con una reivindicación permanente de varios puntos importantes. En primer lugar, todavía debemos atender a que la Ley de Propiedad Intelectual se cumpla en todos sus extremos, y es que todavía en nuestra relación con los editores hay ciertos aspectos por resolver. En una publicación reciente, El libro blanco de la traducción editorial en España que ha hecho ACE Traductores junto con el Ministerio de Cultura, se recogen los resultados de un estudio sociológico ante el colectivo del traductor, del que se desprende que todavía hay un porcentaje significativo de traductores que trabajan sin contrato, de traductores sin derechos de autor, de traductores que no reciben la información pertinente sobre los derechos de una obra... Y todo esto tiene que ser corregido. La segunda preocupación que tenemos como colectivo es la visibilidad social. Seguimos teniendo la sensación de que no se valora suficientemente la labor que supone dentro del mundo editorial el trabajo del traductor. Es muy frecuente todavía que veamos críticas de prensa en las que se obvia completamente la tarea del traductor, o se resalta únicamente cuando es negativa, cuando alguien tiene algo que criticar o protestar. Pero es muy frecuente también que un crítico ponga un entrecomillado y hable del magnífico estilo del autor, cuando realmente este entrecomillado recoja las palabras de un traductor que ha traducido un texto original y ese estilo del que habla el crítico es del traductor, realmente. Esas cuestiones siguen estando pendientes.

–Comenta por tanto que la relación con los editores tiene muchos temas sin resolver, no hay en estos momentos una relación perfecta.–Sin duda alguna. Hay muchos temas pendientes y en ese sentido cierta tensión, que desde luego no es deseable ni es querida por parte del colectivo. Lo que nosotros querríamos es tener una relación fácil, sólida, con nuestros clientes.

–¿Y con los autores? ¿Hay una relación estrecha o por el contrario es preferible no tener demasiado contacto con ellos?
–Depende de cada traductor. Hay traductores que tienen más tendencia a ponerse en contacto con los autores, y traductores que tienen una sensación de autonomía mayor, y que piensan que solamente tienen que recurrir al autor cuando tienen problemas irresolubles. Es una relación no siempre fácil; hay autores que simplemente no se preocupan de la traducción, y a veces tienen una tendencia a intervenir en un ámbito en el que no pueden entrar porque lo desconocen. Quien conoce la lengua de destino es el traductor, y por lo tanto sabe qué decisiones tiene que tomar, y a veces eso los autores no lo llevan bien. Es un aspecto que fluctúa mucho y depende mucho de los traductores, y de los autores dentro de un mismo traductor. Yo he tenido personalmente relación con varios autores y con algunos ha sido una relación muy superficial que no ha calado nada, y sin embargo con otros una relación muy estrecha y además muy buena.

–¿Esa relación entre traductores y autores ayuda a encontrar una traducción perfecta, o no existe como tal y en la labor de traducción se tienen que tomar decisiones de interpretación?–No, no necesariamente. El problema de las decisiones es un problema intrínseco al texto, no depende de la voluntad de nadie. Suelo decir muchas veces, se lo digo a mis alumnos, que los traductores no tienen que tomar decisiones salvo que no tengan más remedio. Hay un montón de ocasiones en que los textos ocultan dificultades que no se pueden solventar fácilmente por las diferencias de las dos lenguas y ahí el traductor tiene una tarea que solo puede hacer él, no depende del autor. Y hay otras ocasiones en las que hay ambigüedades, y esto es muy frecuente, de las que el autor no es consciente. Me ha pasado más de una vez, y a mis colegas les pasa lo mismo, que hay que hacer alguna consulta al autor sobre algún punto dudoso, y que el autor se sorprenda porque no era consciente realmente de haber escrito una frase ambigua. Eso es muy frecuente, ya que el proceso de escritura de un autor y el proceso de escritura de un traductor son muy diferentes. El autor tiene una cierta cantidad de tarea que en realidad es inconsciente, es una escritura no tan reflexiva como podríamos pensar. En cambio, el traductor hace una escritura analítica. Tiene que desmenuzar el texto por completo para saber todos los recovecos.

–Durante esa labor de análisis profundo del texto, ¿es conveniente que el traductor conozca también parte de la cultura, el contexto social o el entorno de la novela?–Es imprescindible. El traductor tiene que tener un conocimiento muy profundo de todo lo que es el entorno de la lengua de la que traduce para traducir correctamente. Hay que conocer la historia del país, hay que conocer la literatura del país, hay que saber en qué contexto se desarrolla el texto completo que está traduciendo. A veces eso es parte de la formación del traductor, y a veces es parte de la documentación concreta que hay que hacer para traducir un libro. En los últimos años, y está siendo interesante como desafío profesional, está surgiendo una generación de escritores híbridos, por ejemplo, de hijos de inmigrantes que utilizan una lengua, pero ubican sus textos en una cultura diferente, con lo cual el traductor se encuentra con que es la persona adecuada para traducir ese texto porque es quien conoce esa lengua, pero carece de conocimientos tan profundos como desearía sobre el entorno cultural, y entonces tiene que documentarse.

–En relación a los múltiples géneros literarios, ¿existen géneros que sean imposibles de traducir correctamente? Por ejemplo, ¿cómo se traslada con fidelidad el contenido de la poesía?–Imposibles de traducir hay pocos. La poesía tiene dificultades diferentes a las de la prosa, pero eso no la convierte en imposible. Lo que pasa es que exige del traductor unas capacidades creativas aún mayores que las habituales, porque la poesía, al tener unas implicaciones tan profundas entre fondo y forma, y al ser prácticamente inviable trasladar la forma de la misma manera, tiene que sustituirla de algún modo. En un momento dado, el traductor poético tiene que buscar una música propia para sustituir la música de la lengua original que se pierde, y tiene que buscar imágenes propias de varias figuras que son imposibles de traducir. Hay estupendos traductores de poesía y estupendas traducciones en poesía.

–Una vez terminada la traducción de un libro, ¿cómo se siente el traductor? Entiendo que se puede llegar a convertir en un libro muy próximo a la persona que ha trabajado tanto tiempo con él.–Sin duda alguna uno lo siente como obra propia, como la culminación de un trabajo muy intenso, hay una vinculación muy intensa con una obra que has vivido. Muchas veces hablamos de esa sensación, has pasado ocho meses viviendo en Rusia, en Alemania o Inglaterra, dentro de una obra literaria en la que realmente llegas a compenetrarte mucho. Naturalmente depende del libro, claro. Hay libros que apelan más al traductor, que empatizan más con él, y otros que menos. Hay que tener en cuenta que el traductor, además, es un profesional que traduce todo tipo de libros. No traduce sólo lo que le gusta, o sólo lo que elige, sino que estamos siempre trabajando con todo tipo de volúmenes