jueves, 2 de julio de 2026

"Si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción"

El segundo de los artículos de Mariana Dimópulos publicados en El Trujamán bajo el título general de "Futurologías", apareció el 26 de marzo de este año.


Futurología (2). Todas serán retraducciones

En el proceso de apropiación de conceptos nuevos, típico entre culturas en contacto, las lenguas necesitan inventar formas de denominación. Si una lengua «importa» una palabra a su léxico en lugar de utilizar una paráfrasis, lo hace, en general, por buenos motivos. El más límpido de todos ellos es cuando aparece un objeto antes inexistente; se utilizan entonces dos mecanismos para crear un neologismo que lo nombre: o bien el calco, o bien el préstamo. Por ejemplo, para el inglés mouse —cuando su referente es un objeto electrónico— algunas variedades dialectales del español eligen el calco (ratón) y otras, el préstamo (mouse). Entre estas nuevas adquisiciones en nuestra lengua, que muchas veces comienzan en la jerga y luego se masifican, una se ha vuelto especialmente relevante para los traductores y los que piensan la traducción. Se trata del término agency.

Lo relevante de agency, que se traduce a veces por el calco agencia, es el deslinde del actuar respecto de quien actúa. En la agency lo que importa es que el actuar constituye al actor y no viceversa. Y, si bien no sugiere el grado de impersonalidad de «llueve», tampoco alcanza al grado de personalización de «María salta». En términos de agencia, si tuviéramos que parafrasear el último ejemplo, diríamos que hay un saltar para el cual se presume una persona saltante. Esta primacía del actuar, cuando el actor queda sin nombre, es precisamente lo que ocurre con la traducción automática sustentada en la Inteligencia Artificial. ¿Quién traduce cuando traduce una máquina? ¿Qué marca —si no es subjetiva— queda en esa traducción siempre iterable? Un mar de versiones posibles se extiende ante nuestros ojos, si cada día puedo pedirle a un servicio distinto (o a todos ellos) que «escriba variaciones del cuento que me han encargado traducir. El efecto de esta agency —que dará que hablar en muchos otros ámbitos— se hace especialmente relevante en la transformación de la práctica humana del traducir. De hecho, progresivamente, iremos estableciendo este retrónimo (valga aquí el calco), pues diremos cada vez más «traducción humana» en vista de que la práctica general será la automatizada (como se dice «inglés británico» desde la bien probada expansión de esa lengua en América, o «reloj analógico» tras la invención y dominancia del digital).

Los expertos hablan de un tipo de influencia especial ejercido por las versiones automáticas sobre el proceso de traducción humana. Este fenómeno, claro está, ya tiene un nombre: priming. ¿Una vez más estaremos obligados a una importación terminológica para hablar de lo que necesitamos en estas pocas líneas? Acaso no, puesto que esa influencia que se ejerce y se imprime en el traductor humano por parte de las versiones automatizadas nos es conocida. De hecho, es lo que ha pasado siempre, aunque a una menor escala, en la retraducción. Y es precisamente este modelo el que gobernará desde ahora la traducción humana, pero no ya respecto de otras traducciones prexistentes hechas por otros humanos. Toda traducción humana tendrá muchas anteriores en potencia, es decir, una diversidad no infinita pero sí numéricamente apabullante de traducciones automatizadas que podrían antecederla. Y la humana será siempre «posterior» por el simple hecho de la rapidez de la máquina y su disponibilidad.

¿Qué nos enseña nuestro pasado de retraductores con vistas al futuro? Hasta ahora, la clave estaba en el momento en que dábamos lugar a la traducción preexistente y qué buscábamos en la comparación. Cuándo una traductora leía las versiones preexistentes del Convivio de Dante —antes, durante o después de su traducción— y qué tipo de comparación establecía con ellas —si de autoridad, si de negación, si de corroboración— determinaba la calidad de su trabajo final. Podría objetarse, sin embargo, que el número de las posibilidades automatizadas será tan elevado y la calidad tan alta que ya no habrá motivo para ejercer la traducción humana. Esto es probable pero no pertenece a nuestra pregunta inicial. Lo que sabemos es que, si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción. Y esto cambiará la naturaleza misma del acto de traducir. Acaso terminará por decirse «se traduce», no como diríamos «llueve», pero casi como si lloviera, con un halo de cosa magnífica y meteorológica.

miércoles, 1 de julio de 2026

"Las lenguas están asociadas a sistemas de valores"

El 14 de enero de este año, la escritora y traductora argentina Mariana Dimópulos publicó en la revista española El Trujamán, el primero de varios artículos que, con título común "Futurología", reflexionan sobre la lengua y la traducción.

Futurología (1). Acerca del inglés y su destino

Cuando hablamos de lenguas primeras lo decimos en muchos sentidos. Una lengua primera puede ser la lengua de origen, es decir, la imaginada lengua primigenia —desde la adánica hasta el indoeuropeo, pasando por todas las estrambóticas hipótesis que se barajaron en la Europa de los siglos xvi y xvii—, o puede ser lengua primera respecto de la traducción. Esta será la lengua del original mientras la otra, la segunda, es la lengua meta. Los traductores escribimos lenguas segundas en este sentido.

Pero también existe la lengua primera según el rango de importancia, el prestigio o el número de hablantes. Las llamadas lenguas mundiales y, entre ellas, la más destacada de todas, es la primera. En el interior de cada sistema lingüístico, sin embargo, el asunto se complejiza, pues cada país tiene una «lengua primera» que es la lengua oficial y, en algunos casos, otras aceptadas como oficiales pero «menores» frente a la primera. Este esquema, lo sabemos bien, no siempre funciona de forma pacífica.

De modo que está repleto de órdenes en las lenguas y poco de lo que las atañe resulta indiferente; antes bien, las lenguas están asociadas a sistemas de valores. Lo que pensamos sobre las que hablamos y las que no hablamos está cargado de connotaciones y juicios; reaccionamos a lenguas, a acentos, a letras distintas, lo queramos o no. Los traductores, seres curiosos porque aman las lenguas, son aquí probablemente más abiertos que los monolingües. Sea como sea, nuestra actitud —la de todos— hacia las lenguas pocas veces es neutra.

Más allá de lo que pensemos de la lengua mundial actual —es decir, la primera en el tercer sentido—, no podemos dudar de cuál sea esa lengua. El predominio del inglés, histórico como todos los predominios lingüísticos, es muy reciente, no data de más de un siglo, pero resulta innegable. Sin embargo, su estrella está comenzando a opacarse. Recordemos, esto ya ha sucedido: el francés fue la lengua de cultura —la lengua primera en sentido simbólico— por mucho tiempo en Europa y en América. El español fue lengua primera antes, y aún hoy sigue siendo una lengua mundial. El holandés se usó extensamente como lengua de intercambios comerciales en el siglo xvii. Y el italiano fue la lengua de la poesía durante el Renacimiento.

Como ha ocurrido con las lenguas que la han precedido en semejante posición, también al inglés le han encontrado razones intrínsecas para ser primera: su especial don para la lógica (pero esto ya había sido dicho del francés), el número de palabras en su vocabulario (pero esto fue motivo de crítica hacia las llamadas lenguas primitivas) y muchas otras razones curiosas que obvian lo evidente: el ascenso del dominio cultural, político y económico de un país que lo habla.

¿Puede que este dominio esté llegando a su fin? Mi respuesta es afirmativa. La clave está en la traducción automática voz-a-voz. Anunciada por diversas empresas que se dedican a monetizar la traducción como nunca lo han podido hacer los traductores humanos, los servicios de interpretación automática permiten entender lo que dice un hablante cuya lengua no conozco, es decir, recibir aquel enunciado opaco de forma clara et distincta en mi propia lengua. Recordemos el jelly fish de una famosa sátira inglesa donde se viajaba por las galaxias, tal como lo cuenta David Bellos. Allí estaba disponible el «pez de Babel», definido como la cosa más rara del universo: un pececito amarillo y gelatinoso que, una vez colocado en el oído, era capaz de hacer entender todas las lenguas del mundo de forma automática mediante la absorción de frecuencias inconscientes del cerebro que, conectadas con el centro del lenguaje y sumadas a otras funciones delirantes, ofrecía una versión satírica de la idea del pensamiento universal. El efecto final era la demostración de la no existencia de Dios. (Cómo era la demostración se explicaba en una desopilante serie de deducciones en la versión televisada de la Hitchhicker’s Guide to the Galaxy.) Lo interesante era que, en lugar de evitar las guerras gracias a la comunicación y comprensión mutua de culturas, el dispositivo las aceleraba y las hacía más sangrientas. Hoy nuestra versión del pez de Babel se ha hecho realidad o está muy cerca de serlo. Ahora, ante la pregunta de la función global del inglés y su posible declive, tenemos una respuesta. Pronto todos podrán comunicarse en la lengua propia sin pasar por ninguna lingua franca, pues cada uno llevará escondido este traductor universal en alguna forma tecnológica primero especialmente extraña y celebrada por pocos, luego impuesta, por el interés del capital en su triunfo tecnológico, a todos los que progresivamente puedan pagar por ella.