lunes, 5 de octubre de 2026

Lo más importante de este artículo es el menú: "ensalada de roquefort, rúcula, pera y nuez; una pasta rellena y tiramisú de postre"


"Más de cien rotarios recibieron al director de la Real Academia Española en el tradicional almuerzo de los miércoles; el académico participa de la Convención de la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible, en La Plata." Tal es la bajada de la nota publicada por Daniel Gigena, el pasado 30 de septiembre, en el diario La Nación, de Buenos Aires.

Santiago Muñoz Machado: “La Argentina es uno de los países pioneros y más implicados en el movimiento de lenguaje claro”

Más de cien integrantes del Rotary Club de Buenos Aires, que preside Federico Eijo, recibieron al director de la Real Academia Española (RAE), el jurista Santiago Muñoz Machado, en el almuerzo de los miércoles en el hotel Libertador (avenida Córdoba 690). Muñoz Machado llegó al país para participar de la III Convención de la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible, organizada por la RAE, como titular de la Secretaría de Coordinación de la Red, y la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires. Se desarrollará en La Plata, en cinco sedes, el jueves y el viernes.

“Estoy viajando a la Argentina una vez por año”, dijo el director de la RAE a La Nación. Es muy probable que regrese en el otoño de 2027 para la Feria del Libro porteña, con España como país invitado de honor.

“Para la convención se esperan 1200 asistentes y habrá 275 ponencias sobre seis ejes temáticos -destacó-. Además del número, que es muy elevado, la diversidad es muy importante porque reúne a instituciones públicas y privadas, poderes públicos, universidades y entidades de la organización civil. La Argentina es uno de los países pioneros y más implicados en el movimiento de lenguaje claro”. Los ejes de la convención abarcan el lenguaje de los poderes públicos; terminología, recursos lingüísticos y comunicación especializada; formación académica, profesional y ciudadana; inteligencia artificial y tecnología del lenguaje; accesibilidad cognitiva y lectura fácil, y diálogo iberoamericano sobre lenguaje claro.

En el almuerzo del Rotary -al que asistieron empresarios, ejecutivos, abogados, economistas y gestores culturales- Muñoz Machado brindó la disertación “Los retos actuales de la lengua española: lenguaje claro e inteligencia artificial”, que duró unos veinte minutos. Luego, la periodista Clara Mariño le hizo preguntas. Mientras tanto, los comensales degustaban ensalada de roquefort, rúcula, pera y nuez; una pasta rellena y tiramisú de postre; se sirvió vino tinto, agua y café. Para pedir silencio, se usó el clásico método del tintineo de copas. La laudatio estuvo a cargo del jurista Juan Carlos Cassagne.

En los almuerzos del Rotary se recibe por semana a un invitado especial: ya concurrió en gran parte el gabinete de ministros del Gobierno (Javier Milei fue en 2022, antes de llegar a la presidencia); el miércoles próximo irá el responsable del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, el almirante Marcelo Alejandro Dalle Nogare.

Después de un repaso por la historia de la RAE, creada en 1713, Muñoz Machado insistió en que el lenguaje claro debe primar en los poderes públicos y privados. Un mensaje claro debe ser comprendido por una persona con una formación básica de manera fácil y rápida, sin necesidad de relecturas, algo que el lenguaje usado en expedientes judiciales, leyes y comunicaciones oficiales y corporativas suele obstaculizar. También existe una variante: el lenguaje claro y accesible.ç

“Usar bien el idioma no es solamente una cuestión de cortesía; es el empleo correcto de la lengua, pero también es un deber democrático. Los poderes públicos tienen la obligación de expresarse en términos reconocibles y los ciudadanos tienen derecho a comprender lo que les dicen para ejercer sus libertades y defender sus derechos”, afirmó el autor de Fundamentos del lenguaje claro.

Sobre la inteligencia artificial, sostuvo que se impone un “pacto universal” para su regulación y reveló que la RAE mantiene diálogos y acuerdos con las grandes corporaciones tecnológicas de Estados Unidos para que los modelos de lenguaje sigan las reglas comunitarias del español. “Quien use la IA se dará cuenta de que esto es así. No tenemos un poder sancionador; funcionamos sobre la base de la autoridad moral que las Academias han construido y que 600 millones de personas siguen voluntariamente”, dijo.

Consultado por Mariño sobre las críticas del escritor y académico Arturo Pérez-Reverte, que había dicho que la RAE había perdido autoridad normativa y se había convertido en un “bebedero de patos donde todo vale”, el director de la RAE respondió que la opinión del escritor era la “de un académico más, que no siempre coincide con las opiniones de los demás académicos”. Y recalcó: “No hay ninguna improvisación en el trabajo que se hace en la Academia”. Explicó además el modo en que un argentinismo ingresa al diccionario de la RAE. Considero que la Asociación de Academias de la Lengua Española, fundada en México en 1951, era “un milagro de unidad”.

Cuando la periodista le preguntó por el lenguaje inclusivo, el académico señaló que este tenía un sesgo ideológico, si bien admitió que los desdoblamientos léxicos (del tipo “señores y señoras” o “todos y todas”) son correctos aunque no siempre necesarios.

Al finalizar el evento, la rotaria Marta Álvarez Molindi, de la Comisión de Cultura del Rotary Club y presidenta de la Federación Argentina de Amigos de Museos, le entregó al director de la RAE un valioso obsequio: los tres tomos de Autobiografía, de Victoria Ocampo, relanzada por Fundación Sur y la Asociación de Amigos de Villa Ocampo este año.




jueves, 1 de octubre de 2026

"Queda mal decir que una lee en digital"

La siguiente columna de la escritora Betina González apareció en la revista Ñ, del diario Clarín, de Buenos Aires, el pasado 14 de septiembre. En la bajada se lee: "Con una oferta cultural dominada por la novelad, las obras parecen importar cada vez menos que lo que se dice sobre ellas".

Los libros ya no necesitan ser leídos: la cultura de la novedad y sus paradojas

Como crecí en una casa sin biblioteca, me salvé del fetiche de la acumulación. A los doce años, empecé a ir a una biblioteca pública con mi abuela y me convencí de que no importaba tanto tener los libros, de que era mejor recibirlos de manos de extraños que habían dejado entre sus páginas comentarios impertinentes, rosas disecadas o boletos de colectivo. A lo largo de los años mantuve esa carencia esencial: mi biblioteca es muy pequeña. Vivir en otro país y en varias ciudades confirmó mi escepticismo en cuanto a la acumulación –en toda posesión hay algo maldito, como bien lo sabía Rossetti, que trató en vano de deshacerse de un libro que siempre volvía–. Esto quiere decir que hoy leo mayormente en digital. Me maravilla viajar con un aparatito capaz de almacenar 6000 volúmenes. Es todo lo que necesito. ¿Extraño el subrayado real, con lápiz negro? Claro que sí. Pero lo reservo para cada vez menos autores, que van ingresando a la biblioteca de mi casa solo después de meditar bastante las consecuencias de esa adquisición. Siempre a punto de huir de mi propia vida, sé bien cuánto pesa dejar atrás no solo un puñado de libros.

En una época de hipocresías descaradas, que se regocija en la nostalgia y el fetiche pero no en la experiencia profunda de la lectura, queda mal decir que una lee en digital. Pero así lee la mayoría, aunque no necesariamente libros. Leer hoy es leer el comentario del comentario de la novela de moda. O escuchar una entrevista. O ver la foto del libro con la taza de café. Tampoco somos tan especiales. En 1904, Vernon Lee ya se burlaba de un conocido que tenía varios estantes de libros falsos: eran solo los lomos. Se trataba de un “caballero científico” que creía ganar puntos al decorar así su estudio. Lee da una vuelta por esos “pseudo estantes” y provee una lista de los títulos –uno más banal que el otro– para concluir con esta máxima que se aplica muy bien a nuestra época: “para los verdaderamente educados, un libro puede hacer su trabajo sin que necesitemos leerlo. Al final tengo que admitir que esos volúmenes destripados podían prescindir de sus páginas: ya lo habían dado todo en la cubierta.”

En ese mismo ensayo, Lee se divierte creando subcategorías de “libros que no necesitan ser leídos para cumplir su función”, entre los cuales se destacan “aquellos que nos prestaron sin que los pidiéramos y, en un grado superior, aquel libro que se ha discutido tanto en sociedad que ha amoblado miles de conversaciones, por lo cual, leerlo sería un acto de pedantería, o sea aceptar que una es esclava de los títulos de las cosas sin percibir su esencia, en este caso ya agotada en la función que ese libro ya ha sido capaz de realizar”.

En esa misma lógica, más de un siglo después, se multiplican los clubes de lectura y los comentaristas en redes. Se da una paradoja rara: se lee cada vez menos, pero el circuito demanda cada vez más novedad. Por otra parte, la dictadura de la actualidad determina un único modo de (pseudo) lectura: desde el realismo, buscando contenidos, temas que se resuman bien en redes. En una especie de distopía que hubiera horrorizado a Steiner, la copia y el comentario sepultan a las obras. Ni siquiera se trata ya de expertos. Los mecanismos de legitimación del siglo XX no corren más. Ni la academia, ni los premios, ni el periodismo cultural son lo que eran. La época ama lo que Beatriz Sarlo llamó “el cualquierismo”. Eso produce una especie de territorio sin mapa, un mar compuesto de olas de fama efímera y un fondo misterioso, inexplorado. A nadie le interesa ya la forma, que es lo único que diferencia a la literatura de todo lo demás en ese mar de espuma.

Un ejemplo de cómo funcionan esas olas. Hace unos días, el diario inglés The Guardian celebró en redes a una nueva generación de poetas que “está rompiendo récords de venta”. Encima, el artículo aclaraba que no era culpa de La Odisea refiriéndose al film y no al libro, obvio). Lo que me llamó la atención no fue tanto que un diario que siempre privilegió las críticas serias cayera en estrategias clickbait sino la cantidad y virulencia de los comentarios de los usuarios. Cito: “la mitad de estos autores no tiene educación alguna en poesía. Escribir la primera frase que te viene a la mente y quebrarla en cualquier lado para crear un verso no la transforma en poesía. Lean algo de Heaney o de Plath si buscan poemas auténticos”. Otro decía que las redes democratizaron la literatura, “lo cual equivale a decir que celebran la mediocridad”. Me impresionó aún más que una de las poetas celebradas por el artículo (alguien que tiene 237 mil seguidores en IG) contestara a varios de los comentarios. Su defensa era el “trabajo”. Citaba la cantidad de libros que había publicado y los años que le había llevado escribirlos… Debajo de su nombre y su foto, el posteo del diario consignaba los premios que había ganado y los temas a los que se dedicaba: “sexo, maternidad, nostalgia, política, poder y amor”. Quizás sus poemas sean magistrales, no lo sé. Solo sé que yo también, igual que Vernon, me quedo con la idea de que ya los leí.