lunes, 18 de noviembre de 2024

"Nuestros nombres podrían ser marcas"

No estamos seguros de que esta columna de Guillermo Piro, publicada ayer, en el diario Perfil, de Buenos Aires, tenga alguna relación con el mundo de la traducción, el editorial o el estado de la lengua, que son los tópicos de los que se ocupa este blog. La publicamos de todos modos.

Mi nombre es mío

Desde hace algunos años, lo que corrientemente llamamos champagne no se llama champagne: ese nombre quedó reservado al vino espumante que se produce en la región de Champagne, en el noreste de Francia, más precisamente en los alrededores de las ciudades de Reims y Épernay. Todo lo demás, aunque esté realizado con la mezcla (coupage) de uvas chardonnay, meunier, pinot noir, etc., se llama espumante: el nombre champagne está protegido dentro de la Unión Europea como una denominación de origen. Algo similar ocurre con el queso rochefort, propio de Rochefort, en la provincia de Namur (en Valona, Bélgica). Eso explica que todos los demás quesos rochefort del mundo se llamen ahora “azules”. Hace unos años Tamara Di Tella registró el nombre “Pilates” como marca en la Argentina, algo tan absurdo como registrar el nombre “Yoga” o “Paracaidismo”. Y sin embargo cosas como esas ocurren.

El martes pasado Visit Sweden, una agencia sueca que se ocupa de promover el turismo en ese país, pidió a la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (Euipo) que registre el nombre “Suecia” como marca. La propia agencia definió su iniciativa como un poco “audaz”, pero se justificó diciendo que serviría para proteger el nombre del país “de los muchos duplicados internacionales que podrían confundir a los turistas”.

En el mundo hay ocho localidades que se llaman Suecia: además del original, hay seis ciudades estadounidenses y un asentamiento en la India, y según Visit Sweden registrar la marca “garantizará que nadie haga las valijas para ver lagos y bosques suecos, pero luego encontrarse en una ciudad lejana que lleva el mismo nombre, pero sin el atractivo escandinavo”.

Como movida publicitaria es extraordinaria, tiene un lado sarcástico muy poco sueco; pero están hablando en serio. O tal vez no, conozco poco Suecia y conozco menos suecos. Ni siquiera he leído a tantos suecos, exceptuando a August Strindberg y a Ingmar Bergman, no conozco el humor sueco. En realidad no recuerdo haber visto a un sueco reír, aunque supongo que ríen. Tal vez es todo una broma, aunque da igual: con la Euipo no se jode, el pedido fue hecho, es algo serio.

Las estupideces avanzan así, tomándoselas en serio. Imaginemos lo que podría ocurrir si todas las ciudades del mundo exigieran su merecida exclusividad. En Estados Unidos solamente hay 23 ciudades que se llaman París y trece que se llaman Roma. Aquí mismo, en Buenos Aires, un barrio se llama Palermo, como la capital de Sicilia. Londres: hay ciudades del mismo nombre en Canadá, en Francia, en la República de Kiribati, en Arkansas, en California, en Minnesota, en Ohio, Wisconsin, Kentucky... Hay una Londres en Catamarca y hasta hay una isla en Tierra del Fuego que se llama así, Isla de Londres. Si alguna de esas ciudades se planteara seriamente la exclusividad, todos esos sitios deberían cambiar de nombre. No es imposible, podrían hacerlo: Suecia lo hizo.

En el mundo hay 22 ciudades llamadas Buenos Aires, en México (nueve), en Perú (cuatro), Honduras (tres), en Panamá (dos), una en Nicaragua, una en Costa Rica y una en Colombia.

Pero ampliemos el razonamiento. ¿Qué pasaría si, con buenas excusas, alguien llamado, por ejemplo, Aristóbulo, lograra convencer a un organismo influyente de que no debería existir otro Aristóbulo en el mundo que no fuese él? ¿Y si con mucha menos imaginación imagináramos que alguien llamado Carlos o Daniel decidiera que nadie más en el mundo debería llevar ese nombre? ¿Que es imposible? ¿De verdad creen eso? Un país llamado Suecia acaba de presentar un pedido para que el nombre del país sea una marca. Nuestros nombres podrían ser marcas. El mío podría serlo.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Cuando ya no parecía posible, los idiotas de la Real Academia se superan en imbecilidad

El pasado 12 de noviembre, Marc Mestres publicó en La Vanguardia, de Barcelona, un breve suelto que sintetiza una vez más la capacidad ociosa y la imbecilidad de los miembros de la Real Academia. Se trata de algo tan pero tan pelotudo que ni ganas dan de anticipar el contenido. Lean y saquen sus conclusiones.

La razón detrás del cambio

La Real Academia Española (RAE) ha sorprendido a todos al anunciar un cambio en la manera correcta de expresar la risa escrita en español. Para muchos, el uso de “jajaja” es una forma habitual y directa de reírse en mensajes de texto y chats.

Sin embargo, la RAE ha establecido que esta expresión no es fiel a las normas de la lengua española y ha propuesto un nuevo estándar que los hablantes deberían adoptar.

La risa y la lengua española. 
Para la RAE, la representación correcta de la risa en  español debe ser “ja, ja, ja”, con comas entre cada “ja”. De acuerdo con la Academia, esta forma separada respeta las reglas de acentuación y evita la creación de una palabra compuesta.

Cuando escribimos “jajaja” en bloque, estamos generando una palabra llana que, según las normas, llevaría tilde, ya que cae en la penúltima sílaba. Al utilizar la forma con comas, la secuencia de “ja, ja, ja” no constituye una palabra independiente, sino una serie de expresiones individuales de risa, eliminando así la necesidad de acentuación.

El emoji de las lágrimas y la risa es el más usado en todo el mundo

La evolución de las onomatopeyas. 
La RAE, como autoridad en el uso correcto del español, tiene la misión de ajustarse a la evolución del lenguaje. Las onomatopeyas, como representaciones de sonidos, buscan reflejar con precisión el sonido al que hacen referencia. En este caso, “ja” es la forma más precisa de expresar la risa en español. La “h”, aunque presente en la risa escrita en inglés (“hahaha”) y en francés (“hahaha”), es muda en español y no representa ningún sonido.

Las variantes de la risa
La RAE también destaca que la risa escrita puede adoptar diferentes formas según el tono o la intención. Variaciones como “je, je, je” para risas irónicas, “ji, ji, ji” para una risa tímida o contenida, y “jo, jo, jo” para una risa más profunda o sarcástica ofrecen al hablante español maneras de matizar su risa en texto. Esto permite que cada tipo de risa tenga su propio matiz y significado, lo cual enriquece la comunicación escrita.

jueves, 14 de noviembre de 2024

"Otro dato importante: la población de países hispanohablantes: 488.215.319, mientras que España posee 48.692.804"

El pasado 9 de noviembre, Omar Genovese publicó en el diario Perfil, de Buenos Aires, la noticia que se copia a continuación. Su bajada dice: "La población de países hispanohablantes ascendió a 488.215.319, mientras que España posee 48.692.804. Los 600 millones de personas que hablan español convierten al idioma en la segunda lengua materna del planeta, por detrás del chino mandarín, y por encima del inglés, el hindi y el árabe. Sin embargo, el número de países en los que el español es oficial, vehicular o mayoritario, es menor que el de países hablantes de inglés, francés o árabe".

El español supera los 600 millones de hablantes y es la segunda lengua materna en el mundo

El 30 de octubre pasado trascendió el informe “El español en el mundo 2023”, del anuario que ha presentado el Instituto Cervantes en Madrid. Este indica que han superado por primera vez los 600 millones de personas en todo el mundo en 2024 (600.607.806 personas), con casi 500 millones de hablantes nativos, y continúa como segunda lengua materna en el mundo, tras el chino mandarín.

Para el director del Instituto, Luis García Montero: “Siguiendo las indicaciones de nuestros especialistas nos parece muy importante a la hora de evaluar unir la alta cultura con la cultura popular. Somos la lengua de Cervantes pero también la lengua de una parte muy notable de la oferta de música, series, películas y videojuegos”.

Otro dato importante: la población de países hispanohablantes: 488.215.319, mientras que España posee 48.692.804. Los 600 millones de personas que hablan español convierten al idioma en la segunda lengua materna del planeta, por detrás del chino mandarín, y por encima del inglés, el hindi y el árabe. Sin embargo, el número de países en los que el español es oficial, vehicular o mayoritario, es menor que el de países hablantes de inglés, francés o árabe. En este sentido, el índice de vehicularidad del español como segunda lengua es el más bajo de las lenguas oficiales de la ONU, mientras que el coeficiente de hablantes de español como primera lengua está entre los más altos.

El informe revela que los hablantes de español fuera de los países hispánicos se acercan a los 100 millones, principalmente por su trasfondo migratorio. En cuanto a los aprendices, el documento apunta que la mayoría de personas que aprenden español se concentran en Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil, debido al peso de la lengua en los sistemas de enseñanza reglada. En 2024, ha habido más de 24 millones (24.208.813 personas) de personas que aprenden español.

Al respecto, el informe apunta que, durante los últimos diez años, el número de aprendices de español ha crecido a un ritmo medio del dos por ciento, impulsado por su dinamismo en países de la Unión Europea y África occidental y central.

En los países hispanohablantes, la proporción de hablantes con dominio nativo del español es del 93,63% de la población. Entre los países hispanohablantes, solamente Paraguay, Guatemala, Bolivia y Guinea Ecuatorial tienen una proporción de nativos de español inferior al 85%.

Ecuador, Venezuela y Guatemala son los países hispanohablantes con los registros más bajos en cuanto al dominio del español entre su población indígena, con más de un 20% de personas que no hablan esta lengua (en el caso de Ecuador, el porcentaje alcanza un 34,2% de población indígena).

Por otro lado, el informe destaca que el español se ha consolidado como una de las opciones principales para usuarios de plataformas, como Netflix o Spotify, y también para consumidores de videojuegos.

Así, España es el quinto productor de series entre las cien más vistas de Netflix en el mundo. Y es, junto con Reino Unido, el mayor productor de series de ficción en Europa. En 2024, La Sociedad de la nieve, de Juan Antonio Bayona, se sitúa en el segundo puesto de películas de habla no inglesa más vista en la historia de Netflix, con 94,4 millones de visionados. El tercer puesto es para otra película española, Nowhere, de Albert Pintó, con 85,7 millones de visualizaciones.

Veremos cómo, en los próximos años, sus países ibéricos saldrán a competirle en este y otros rubros (cine, software, música, traducción, etc.). Teniendo en cuenta que los primeros 6 países de habla hispana casi triplican en tamaño demográfico, PBI y flujo de capitales propios.

Los 600 millones de personas que hablan español convierten al idioma en la segunda lengua materna del planeta, por detrás del chino mandarín, y por encima del inglés, el hindi y el árabe. Sin embargo, el número de países en los que el español es oficial, vehicular o mayoritario, es menor que el de países hablantes de inglés, francés o árabe. En este sentido, el índice de vehicularidad del español como segunda lengua es el más bajo de las lenguas oficiales de la ONU, mientras que el coeficiente de hablantes de español como primera lengua está entre los más altos.

El informe revela que los hablantes de español fuera de los países hispánicos se acerca a los 100 millones, principalmente por su trasfondo migratorio. En cuanto a los aprendices, el documento apunta que la mayoría de personas que aprenden español se concentran en Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil, debido al peso de la lengua en los sistemas de enseñanza reglada. En 2024, ha habido más de 24 millones (24.208.813 personas) de personas que aprenden español.

Al respecto, el informe apunta que, durante los últimos diez años, el número de aprendices de español ha crecido a un ritmo medio del 2%, impulsado por su dinamismo en países de la Unión Europea y África occidental y central.

Precisamente, el profesor en la Universidad de Oviedo Eduardo Viñuela, encargado del informe “El español se canta más que nunca”, ha asegurado que el momento actual es “muy bueno” para la música en español, que va creciendo de forma “ininterrumpida”. Así, ha destacado el “boom latino” de los años 2000 con exponentes como Shakira, Luis Fonsi o Daddy Yankee.

Después, en la era de TikTok, la música en español ha continuado con gran presencia en redes sociales, generalizándose las creaciones amateur, que han disparado los datos de consumo con hitos como el caso del artista Bad Bunny o Karol G, que han llegado al primer puesto en la lista de Billboard con música en español, algo que no era lo “común”.

En el ámbito de la traducción, la lengua española se encuentra en el 6º lugar entre los idiomas traducidos, pero 

En el ámbito de la traducción, la lengua española se encuentra en el 6º lugar entre los idiomas traducidos, pero entre los cincuenta autores más traducidos a escala mundial tan solo aparece un escritor hispanohablante, Gabriel García Márquez, en el puesto 49 con 1.382 traducciones. La autora más traducida es Agatha Christie con 7.236 traducciones.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

"Los modelos de IA son máquinas de detección de patrones que priorizan la fluidez en el producto final. Si un editor siente la necesidad de consultar a traductores o editores humanos para ajustar el resultado, está reconociendo los fallos de este enfoque"

El pasado 8 de noviembre, Daniel Gigena publicó la siguiente nota sobre traducción e Inteligencia Artificial, en el diario La Nación, de Buenos Aires. Aquí se ofrece en forma parcial, sin la opinión de los "especialistas" argentinos. En su bajada se lee: "Se probará con libros de algunos autores; en el Reino Unido, un tercio de los traductores han perdido su trabajo por la IA y en la Argentina se teme que la herramienta precarice aún más el sector".

Las editoriales empiezan a usar la inteligencia artificial para traducir

Una de las editoriales más importantes de los Países Bajos, Veen Bosch & Keuning (VBK), adquirida por el grupo Simon & Schuster a comienzos de año, confirmó que utilizará inteligencia artificial (IA) para traducir algunos de sus libros al inglés, según reveló en exclusiva la publicación británica The Bookseller. Un portavoz de VBK sostuvo que estaban trabajando en un experimento limitado con algunos autores holandeses, para que sus libros se traduzcan al inglés con programas de IA generativa. “No estamos creando libros con IA, todo empieza y termina con la acción humana. Las traducciones aún no se han lanzado”, dijo. Ya hay programas de IA generativa orientados a la traducción.

El traductor británico Ian Giles, presidente de la Asociación de Traductores de la Sociedad de Autores (SoA) del Reino Unido, sostuvo que era una noticia preocupante. “A principios de este año, la SoA descubrió que un tercio de los traductores literarios ya están perdiendo trabajo a causa de la IA. Cuando no se pierde trabajo en sí, los traductores luchan por aumentar sus precios frente al desafío de la IA. Esta presión sobre los ingresos de los traductores pone en peligro nuestra capacidad de mantenernos en lo que es una industria muy precaria”.

“Si los autores no dejan que la IA escriba sus propios trabajos, ¿desearían que la IA los tradujera? -razonó Giles-. Los modelos de IA son máquinas de detección de patrones que priorizan la fluidez en el producto final. Si un editor siente la necesidad de consultar a traductores o editores humanos para ajustar el resultado, está reconociendo los fallos de este enfoque. Una traducción de baja calidad, incluso después de la posedición, tergiversará o, en el peor de los casos, afectará negativamente la obra original del autor sin que este lo sepa”.

En la Argentina, varias editoriales consideran la posibilidad de traducir cierta clase de libros con IA. No obstante, en sus contratos varios autores y herederos prohíben explícitamente que se use IA para traducir obras.

En su visita al país este año, el pensador francés Éric Sadin había augurado que los traductores estarían entre los más afectados por los avances y usos de la IA, si no tomaban medidas gremiales. Pero el sector editorial argentino no está sindicalizado y pocas entidades defienden los intereses de los trabajadores de dicha “industria creativa”. Tampoco queda claro el modo en que las editoriales deberían consignar en la página de legales que una traducción fue hecha por IA y, en ese caso, a quién deberían pagarle los honorarios.

Asociaciones profesionales de traductores han declarado los riesgos que corre su profesión con el avance de la IA y su inclusión en el mercado editorial. Los traductores son uno de los eslabones más débiles en la cadena de producción de libros y, si bien la IA no hace por ahora traducciones literarias, el ahorro que las editoriales hacen al utilizar estas herramientas precarizaría aún más el sector. El precio de la traducción puede alcanzar el 20% del costo de producción de un libro.

Consultada por La Nación, Magdalena Iraizoz, directora ejecutiva de Centro de Administración de Derechos Reprográficos (Cadra), dijo que desde la institución velan por “la protección del derecho de autor y consideramos que la IA es una herramienta que, bajo ciertas consideraciones, resulta útil para la realización de contenidos, incluso en el ámbito literario”.

“Sin perjuicio de esto, cabe destacar que siempre tiene que haber una intervención humana que evalúe el trabajo realizado por la IA, muy especialmente cuando se trata de traducciones -agrega-. Es indispensable que un traductor o una traductora corrijan, validen, modifiquen, revisen técnicamente y mejoren ese texto y garanticen la fidelidad con la obra original. En conclusión, desde nuestro lugar, aconsejamos que, si se desea utilizar la IA como herramienta, se debe hacer de manera responsable, con revisión humana y transparencia. Siempre garantizando el derecho de los creadores”.

martes, 12 de noviembre de 2024

Un muy justo recuerdo de una traductora ejemplar

El pasado 2 de noviembre, Laura Ferrer publicó el NouDiari.es el siguiente artículo sobre la traductora argentina Matilde Horne, mal conocida por los lectores de lengua castellana, aunque de presencia permanente en sus vidas. 

Matilde Horne, la traductora de ‘El Señor de los Anillos’ que vivió 30 años en Ibiza y casi muere en la indigencia

Millones de lectoras y lectores han disfrutado en castellano de la trilogía de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien gracias a una traductora argentina que, a pesar del éxito de ventas de la saga, pasó sus últimos años en Ibiza con una raquítica pensión y estuvo a punto de fallecer prácticamente en la indigencia. Una negociación con la editorial in extremis puso las cosas en su sitio.

Hablamos de Matilde Horne, “una traductora singular de un tiempo singular, de cuando la traducción se militaba en el trabajo diario riguroso y solitario, alejada de toda pretensión de distinción personal”. Así la define otro traductor y escritor, también argentino y amigo de la familia, Andrés Ehrenhaus, que recuerda en conversación con Noudiari la historia de esta mujer, fallecida en 2008 en la residencia de Cas Serres de Ibiza, y de la que en este 2024 se cumplen 110 años de su nacimiento.

Matilde Zagalsky (Buenos Aires, 1914 – Ibiza, 2008), más conocida como Matilde Horne (adoptó el apellido de su marido para firmar sus trabajos) fue la traductora al castellano [con Lluís Domènech] de dos de los libros más vendidos de la historia: Las dos torres y El retorno del rey, de la saga de tres libros de El Señor de los Anillos—que precisamente este año cumple 70 años desde su lanzamiento en 1954—.

Además, tradujo en la isla decenas de obras, a lo largo de 30 años, entre novelas, ensayos, relatos y poemas. Desde Ursula K. LeGuin a Angela Carter pasando por Doris Lessing (Nobel de Literatura 2007), Ray Bradbury, Stanislav Lem, Brian Aldiss o Christopher Priest*.

Antes de su exilio a España en 1978, Matilde Horne ya tenía una brillante carrera como traductora y fue premiada incluso por el Fondo Nacional de las Artes argentino por su traducción de la obra Clea, de la tetralogía El cuarteto de Alejandría Lawrence Durrell.

Tras el exilio, se afincó en Santa Eulària desde 1978 hasta su muerte, a los 94 años. Trabajó nada menos que hasta los 86 años, cuando sus maltratados ojos no dieron más de sí (había desarrollado una ceguera progresiva). Una vida profesional larguísima y muy fértil que no tuvo una justa paga en su vejez: se quedó con una miserable pensión no contributiva de 300 euros mensuales.

Ehrenhaus conoce bien el caso. Aunque coincidió con Matilde Horne muy fugazmente, es amigo de sus hijos, Martín y Virginia, que son coetáneos. Y también conocía bien a Paco Porrúa, el editor de Minotauro, con el que Matilde Horne ya había empezado a traducir obras en Argentina antes de exiliarse a España en 1978. “Paco tenía una manera muy singular de relacionarse laboralmente con sus colaboradores [no solo con Horne sino con Carlos Peralta o Marcial Souto, también grandes traductores]” de modo que traducían «a cambio de una entrada más o menos fija y estable de dinero, pero nunca plantearon ninguna exigencia legal ni reclamaron derechos de autor o la firma de un contrato más o menos ajustado a la norma».

“Matilde era la humildad y la modestia en persona y siempre aceptó los términos heterodoxos de esa relación laboral, porque eran generosos a su manera (obviamente no ajustados a la ley, pero acordados entre ellos) y le garantizaban un sueldo regular”, describe Ehrenhaus.

Pero cuando Planeta compró Minotauro en 2001, Matilde Horne tan solo se llevó una pequeña cantidad casi simbólica a modo de indemnización y en su jubilación se quedó con una pensión de 300 euros. De modo que una de las traductoras más fértiles de aquellos tiempos, con un bestseller como El Señor de los Anillos en su catálogo, se enfrentaba a vivir sus últimos años en Ibiza en una situación rayana a la indigencia.

Negociación positiva con Planeta
Los hijos de Horne reaccionaron y contactaron con Ehrenhaus para contarle esta precaria realidad, porque entonces él formaba parte de la junta de la asociación ACE Traductores. “La visión interna y la del asesor legal era más bien pesimista y dudaban de que Planeta fuera a hacerse cargo de nada, así que decidí encargarme personalmente del litigio, en nombre de los hijos. Fui a Planeta, donde conocía a algunos de los que trabajaban en el área de derechos, y les planteé el problema en términos prácticos. Les pedí que calcularan cuánto podía estarle debiendo Planeta a Matilde en concepto de regalías desde que se habían hecho cargo de la explotación del fondo de Minotauro. Recordemos que eran años de exitosas ventas de Tolkien, sobre todo, a raíz de la saga cinematográfica del El Señor de los Anillos [de Peter Jackson]. Creo que nos entendimos rápidamente”, relata el traductor, que valora el apoyo que tuvieron también por parte de una periodista de El País, Virginia Collera, en 2007. Collera publicó una reveladora entrevista con Horne en la que explicaba que los contratos con su editorial original, Minotauro, siempre fueron verbales. Además, recordaba que el Grupo Planeta había comprado la editorial Minotauro a tan sólo nueve días del estreno de la primera entrega de las películas de El señor de los anillos. Horne había recibido un total de 6.000 euros en concepto de finiquito de Minotauro por 50 años de traducciones (no solo por esos dos libros, sino por el conjunto de todos).

Ese artículo ayudó, sobre todo, a valorar el trabajo de Matilde Horne y a poner de relieve la complicada situación que atraviesan muchos traductores por motivos similares; creadores que, además, no podían recibir derechos de autor al poner en riesgo por ello sus pensiones.

Finalmente, Planeta llegó a un acuerdo «bastante justo» con Horne, aunque la reparación nunca incluyó los años anteriores al traspaso de Minotauro. «Se acordó una cantidad justa por derechos previos y un compromiso de liquidación semestral de los beneficios derivados de la explotación de las obras a partir de la firma del acuerdo», recuerda Ehrenhaus.

De no ser por ese acuerdo, los últimos momentos de Matilde Horne habrían sido más penosos. «Además, recibió un reconocimiento en vida que nunca había soñado», valora el traductor.

Como traductora, Matilde era “delicada, muy atenta a no dejar una huella excesiva en las traducciones (como exigía Porrúa, por otra parte) y sé que trabajaba a destajo y traducía gozosamente, que no es detalle menor”, describe Ehrenhaus.

Matilde Horne podría haber sido perfectamente un personaje en una de las novelas que tradujo. Una mujer que viajaba en el espacio y en el tiempo pero sin moverse de su escritorio en su casa de Santa Eulària, concentrada bajo el flexo, con un bolígrafo en una mano y un cigarrillo en la otra.

Legado en forma de premio de traducción
Pórtico, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, organiza desde 2022, junto con ACE Traductores, el Premio Matilde Horne a la Mejor Traducción de Género Fantástico, en honor a la traductora Matilde Zagalsky.

Al premio optan novelas, novelas cortas, antologías de un mismo traductor o grupos de traductores, relatos y en general obras literarias. En 2022 lo ganó David Tejera Expósito por Gideon La Novena, de Tamsyn Muir. En 2023 se canceló, debido a que los votantes con propuestas válidas no superaron al menos el 10 % del censo. Este año sí que hay convocatoria y el ganador o ganadora se dará a conocer en la gala de entrega de los Ignotus, que este año se celebrará el próximo 9 de noviembre en San Fernando (Cádiz), en el marco de la Hispacón de la Isla. Los finalistas son Monje y robot, de Becky Chambers, publicada por Crononauta y traducida por Carla Bataller Estruch; Mi corazón es una motosierra, de Stephen Graham Jones, publicada por La biblioteca de Carfax y traducida por Manuel de los Reyes; Lanza, de Nicola Griffith, publicada por Duermevela y traducida por Arrate Hidalgo; Legado de jade, de Fonda Lee, publicada por Insólita y traducida por Antonio Rivas y Trenza del mar esmeralda, de Brandon Sanderson, publicada por Nova y traducida por Manu Viciano.

Traducción e Inteligencia Artificial
En un momento en el que la Inteligencia Artificial (IA) —que es precisamente uno de los temas de los libros de ciencia ficción que traducía Horne— amenaza con engullir la profesión de traductor, hay que valorar el trabajo de estas personas que son algo más que ‘transportadoras’ de palabras de uno a otro idioma.

No podíamos dejar pasar la oportunidad de preguntarle a Andrés Ehrenhaus sobre la competencia que supone la Inteligencia Artificial a los traductores: “Esto es todo un tema y da para varios artículos pero así, a bote pronto, diré que llamar inteligencia a una herramienta aún incipiente es un poco osado, sobre todo cuando compite con nuestra propia inteligencia (y falta de ella)”, bromea. Y añade: “Yo prefiero verla como eso, como herramienta: cada salto tecnológico plantea un reto de adaptación y aprovechamiento que requiere, aquí sí, de gran inteligencia pragmática por nuestra parte. Dudo que traducir, escribir, pintar, etc., en términos artísticos sea una prerrogativa de los instrumentos y sí, en cambio, de quienes los utilizan para crear honestamente, como siempre. Yo pertenezco a la generación de quienes traducíamos a máquina y con copia en papel carbónico. Y antes de eso, se traducía a mano. La calidad de unas y otras traducciones no está en la tecnología utilizada sino en la inteligencia y la sensibilidad con que cada cual supo vivir y crear en su época”, concluye.

*En este enlace se puede acceder a la impresionante lista de traducciones de Matilde Horne y co-traducciones: https://aesthethika.org/Obra-traducida

lunes, 11 de noviembre de 2024

El SPET en noviembre: penúltima sesión

En el próximo encuentro, sexta y penúltima sesión de nuestro ciclo en celebración de los 20 años del SPET, conversaremos con María Constanza Guzmán y Joshua Price, para seguir debatiendo sobre el tema: "Investigación en traducción y compromiso"

¿Qué hacemos cuando, además de investigar, traducimos, formamos traductorxs (e) investigadorxs, editamos, participamos de un colectivo artístico, político o cultural, gestionamos, escribimos, diseñamos políticas académicas? ¿Qué hacemos cuando nuestras investigaciones buscan o resultan en alguna forma de transformación o en un cambio de punto de vista respecto de la traducción y/o lxs traductorxs? ¿Qué reflexiones guían, o son guiadas por, estas prácticas?

La sesión se llevará a cabo el miércoles 13 de noviembre a las 18:00 (hora argentina), esta vez de modo exclusivamente virtual, en el siguiente link: https://meet.google.com/xwx-qidp-wvg. Les agradecemos que confirmen asistencia.

María Constanza Guzmán
es traductora y profesora en la Universidad de York (Toronto, Canadá). Es codirectora del Centro de Investigación en América Latina y el Caribe (CERLAC) y participa en el Centro de Investigación sobre el Contacto Lingüístico y Cultural (CRLCC). Es doctora en Literatura Comparada (State University of New York), magíster en traducción (Kent State University) y licenciada en filología e idiomas (Universidad Nacional de Colombia). Investiga sobre traducción, literatura comparada y estudios latinoamericanos. Dos de sus últimos libros son Mapping Spaces of Translation in Twentieth-Century Latin American Print Culture (2021) y Negotiating Linguistic Plurality: Translation and Multilingualism in Canada and Beyond (coord. con Şehnaz Tahir Gürçağlar, 2022). Tradujo al inglés (con J. Price) Heidegger’s Shadow, de J. P. Feinmann. Dirige una pequeña librería independiente, La Librera, en Santa Marta (Colombia) y de vez en cuando realiza actividades de gestión cultural. Lleva a cabo el proyecto “Translators' Archives: Voicing Cultural Agency in Print Culture in the Americas” (Consejo de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales de Canadá).


Joshua Martin Price
es antropólogo y profesor en la Universidad Metropolitana de Toronto (Canadá). Estudia la relación entre lenguaje y violencia estructural, especialmente violencia racial, y el papel que han jugado las prácticas de traducción en la colonización de las Américas. Ha colaborado en traducciones al inglés de los autores José Pablo Feinmann y Rodolfo Kusch. Su último libro se llama Translation and Epistemicide: Racialization of Language in the Americas (2023).

Lecturas sugeridas

Arguedas, José María (1974). “Entre el kechwa y el castellano / la angustia del mestizo”. En: Crisis, 10, pp. 34-35. Disponible en: https://ahira.com.ar/ejemplares/10-7/.

Guzmán, María Constanza (2024). “Traductologías de(sde) el sur: aproximaciones a un pensar situado de la traducción en y para América Latina y el Caribe”. En: Revista Chilena de Literatura, 109, pp. 25–48. Disponible en: https://revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/view/76451.

Price, Joshua M. (2021). “Translation as Epistemicide: Conceptual Limits and Possibilities”. En: Palimpsestes, 35, pp. 143-155. Disponible en: http://journals.openedition.org/palimpsestes/7405.

viernes, 8 de noviembre de 2024

"Algo terriblemente aburrido"

Se esté o no de acuerdo con las columnas del escritor y traductor Guillermo Piro en el diario Perfil, de Buenos Aires, resultan por lo menos amenas y, en ocasiones, como ésta, ayudan a pensar (o repensar) cuestiones que se nos presentan en más de una oportunidad. Ésta fue publicada el pasado 3 de noviembre.

La relectura como regresión  

El australiano Oscar Schwartz publica en The Paris Review un extenso artículo titulado “Contra la relectura”. Usos y abusos de los lugares comunes llevan a considerar la relectura como un estadio superior de la lectura, como la materialización del perfeccionamiento letrado, como si quien relee obtuviera el certificado de lector avanzado. Schwartz no está tan seguro, y desde que lo leí yo tampoco.

Veamos primero los lugares comunes y sus campeones: “La forma correcta y virtuosa de leer es releer”. Lo dicen Nabokov, Roland Barthes, William Hazlitt, Harold Bloom... la lista es larga. Al releer se “observa y acaricia” ese mundo que el autor plasmó en palabras, y que en la primera lectura habíamos sobrevolado mirando hacia abajo, como un pájaro en busca de alimento. Para Barthes, la relectura es necesaria si queremos alcanzar el verdadero objetivo de la literatura, o sea, hacer que el lector “ya no sea un consumidor, sino un productor del texto”. La relectura, dice Schwartz, es eminentemente conservadora, y lo prueba, entre otras cosas, el hecho de que sus grandes defensores fueron también grandes conservadores.

Pero imaginemos una comunidad literaria en la que todos leen el mismo libro, y una comunidad de lectores que recurren a él una y otra vez. Un poco como en Fahrenheit 451 de Bradbury: si hay algo que siempre me molestó de aquella novela es que lo que mueve a los valientes memorizadores de libros no es más que el ansia por reafirmar la tradición y salvaguardar la comunidad. Algo terriblemente aburrido. La relectura como el bálsamo para la decadencia cultural de la humanidad. Italo Calvino recomendaba, como herramienta para la salvación, aprender poemas de memoria. Me parece una estupidez verdaderamente histórica. No hay mayor placer que toparse con un poema genial por primera vez y sentir algo que nunca volverá a repetirse, esto es, que algo acaba de cambiar. En nuestras vidas, en nuestro modo de ver el mundo, de relacionarnos, de etiquetar los umbrales que hasta hoy eran el paradigma del dolor o del amor o de lo que fuera. Y eso solo puede ocurrir una vez.

Me río cuando alguien dice que se enamoró “a primera vista”: solo existe el amor a primera vista. Si ocurre otra cosa le estamos poniendo el nombre del enamoramiento al hábito, a la costumbre, a la resignación o al sufrimiento, no sé. Releer es academizar el placer, algo que suena tan ridículo como los que tratan de enseñar posiciones amatorias y técnicas sexuales desde un escritorio. Está bien que lo hagan, pero no saben lo ridículos que se ven.

Schwartz cree que debe de ser esa la razón por la que los grandes apólogos de la relectura son, por lo general, ancianos, aquellos para quienes la juventud quedó no atrás, sino demasiado atrás. “Como el narrador sin amor del cuento "Noches blancas", de Dostoyevski, busca regresar a lugares donde alguna vez fue feliz, para tratar de dar forma al presente a imagen del pasado irrecuperable. Es inútil. No puede recuperar ese primer placer y, de hecho, al repetirlo, termina arruinando la lectura en general. ‘Los libros han perdido en gran medida su poder sobre mí; tampoco puedo revivir el mismo interés por ellos que antes’, admite. Tal vez hubiera sido mejor que leyera algo nuevo, para variar, que lo ayudara a salir de sus ensoñaciones depresivas. Enamorarse de un libro nuevo puede ser una de las aventuras que nos quedan por delante cuando la carne se debilita y el espíritu, con suerte, sigue dispuesto”.

Schwartz cita a Freud: “En el adulto, la novedad siempre constituye la condición del orgasmo”. Perfecto, la repetición es el camino más directo a la pérdida, al fracaso, a la abulia. La compulsión de releer como una regresión al estado infantil. Margaret Atwood compara el acto de releer con chuparse el dedo y usar bolsas de agua caliente: consuelo, familiaridad y recurrencia de lo esperado. Conservadurismo, en suma.