viernes, 6 de marzo de 2026

"El periodismo firma. Da la cara. Se equivoca en público. Pide disculpas o se hunde con su propio error"

En consonacia con la noticia publicada ayer, esta columna de Guillermo Piro, publicada en el diario Perfil, del 15 de febrero de este año.

Periodismo y contenido

Hay una confusión que se volvió costumbre, y como toda costumbre ya casi no se discute: llamar periodismo a cualquier cosa que se publique, y llamar diario a cualquier soporte. Todo es “contenido”. Un hilo, un video, un newsletter, una story, una reacción, un meme, un recorte, una opinión tibia sobre algo que pasó hace diez minutos. Contenido. Y en esa palabra cómoda, imprecisa, blanda, el periodismo se fue diluyendo como un whisky rebajado con agua de la canilla.

El periodismo –el de verdad, el que molesta– no nació para llenar espacios ni para optimizar métricas. No nació para acompañar marcas ni para generar conversación. Nació para contar lo que alguien preferiría que no se contara, algo sobre lo que George Orwell escribió una de las sentencias más incontestables de las que se tenga memoria: “Una noticia es algo que alguien no quiere que se publique. Todo lo demás son relaciones públicas”. El periodismo nació para hacer preguntas incómodas, para perder amigos, para ganarse enemigos, para bancarse llamados furiosos, cartas documento y silencios larguísimos. El contenido, en cambio, quiere caer bien. Quiere agradar. Quiere circular. Si no circula, fracasa.

El contenido es obediente. Se adapta al formato, al algoritmo, al humor del día. Si hoy rinde la indignación, se indigna. Si mañana rinde la nostalgia, se pone melancólico. El periodismo no debería rendir: debería resistir. Resistir a la simplificación, a la falsa urgencia, a la tentación del atajo. Resistir, incluso, al propio periodista cuando quiere opinar antes de entender.

El contenido suele empezar con una conclusión y después busca los datos que la confirmen. El periodismo empieza con una duda y tolera que la respuesta no cierre, no guste o no llegue nunca. El contenido se mide. El periodismo se sostiene. No porque sea romántico, sino porque es incómodo de medir, cifrar y calcular. ¿Cómo se mide una pregunta bien hecha? ¿Cómo se mide una investigación que no explotó pero dejó algo torcido para siempre?

Hay contenido brillante, ingenioso, divertido. No es un problema de calidad estética. Es un problema de función. El contenido acompaña. El periodismo interrumpe. El contenido llena el silencio. El periodismo lo crea. Donde hay demasiado contenido, no hay vacío para pensar. Todo está dicho antes de ser pensado, opinado antes de ser entendido, compartido antes de ser leído.

Además, el contenido no asume responsabilidades. Se puede borrar, editar, corregir sin dejar huella. El periodismo firma. Da la cara. Se equivoca en público. Pide disculpas o se hunde con su propio error. El contenido pasa de largo. Nadie le exige demasiado porque, total, era solo contenido.

Llamar periodismo al contenido no es un error inocente. Es una forma elegante de desactivarlo. Si todo es lo mismo, nada importa demasiado. Si todo es periodismo, el periodismo deja de existir como práctica específica, con reglas, con ética, con riesgos. Se vuelve una categoría estética, no política.

No se trata de nostalgia por una redacción llena de humo y egos, donde los periodistas escribían con dos dedos y con los pies sobre el escritorio, porque los que escribían con diez dedos y manteniendo la posición corporal correcta eran los mecanógrafos. Se trata de entender que informar no es producir, y que publicar no es investigar. Que no todo lo que aparece en una pantalla merece el mismo respeto ni goza de la misma impunidad.

El periodismo no compite con el contenido. Vive en otro lugar. Más incómodo, menos rentable, menos sexy, menos entretenido. Y por eso mismo, más necesario. Cuando el periodismo se disfraza de contenido para sobrevivir, pierde. Y cuando el contenido se hace pasar por periodismo, lo que perdemos somos nosotros.

jueves, 5 de marzo de 2026

La contribución del billonario Jeff Bezos para destruir el periodismo cultural estadounidense

"En un artículo publicado recientemente se vincula los despidos masivos en el Washington Post con una concepción del lector reducida a consumidor, guiado por métricas y algoritmos que solo devuelven lo ya conocido. Bajo la órbita de Jeff Bezos (foto), el diario histórico parece asumir la misma lógica que rige a Amazon: confirmar gustos preexistentes. El resultado es un ecosistema cultural cada vez más estrecho, donde las operaciones intelectuales desaparecen". Tal es la bajada del artículo publicado por Omar Genovese, el pasado 14 de febrero, en las páginas de cultura del diario Perfil.

Crisis en EE.UU.: eliminan la crítica de libros en el Washington Post

La popularidad no siempre es una medida de mérito y, en cualquier caso, no es estática. En lo que la gente hace clic –y lo que cree que le gusta– depende en gran medida de lo que tiene a su disposición. Los públicos se crean y se mantienen, no se descubren preformados, como las formaciones rocosas. Es una señal de una imaginación fatalmente limitada asumir que solo podemos desear la miseria con la que actualmente estamos reconciliados. Es normal que, en una declaración lamentable y débil sobre la carnicería, el editor ejecutivo del Washington Post, Matt Murray, refiriera a los suscriptores del periódico no como “lectores”, sino como “consumidores”. Un consumidor es una persona cuyos gustos preexistentes se satisfacen una y otra vez; un lector es alguien a quien se espera cambiar, convencer y sorprender.”

“En su discurso robótico del fin de semana, Bezos explicó su lógica para con los recortes, tal como es. 'Cada día, nuestros lectores nos dan una hoja de ruta hacia el éxito', dijo. 'Los datos nos dicen qué es valioso y dónde enfocarnos'. La perspectiva de un periódico que halaga a sus lectores regurgitando lo que ya consultan es familiar y deprimente. Me recuerda al otro producto estrella de Bezos, otro servicio que asestó un golpe desastroso a los libros. En Amazon se ha eliminado la gloriosa incomodidad de curiosear en las estanterías o rebuscar entre montones. Ya no hay necesidad de tomar un libro desconocido por pura curiosidad. Cada libro que recomienda el algoritmo del sitio es similar a uno que ya has comprado. De esta manera, solo encuentras de ti mismo para siempre. Es un mundo en el que el cliente siempre tiene la razón. Pero si no quieres que te demuestren que estás equivocado, si no quieres que te alteren o te antagonicen de maneras que nunca podrías predecir, ¿por qué leerías?”.

Así termina el artículo de Becca Rothfeld publicado el martes pasado en el New Yorker bajo el título “La muerte del mundo del libro”. En este, además, hace un recuento de su carrera como crítica de libros de no ficción en el Washington Post, desde abril de 2023 hasta la ola de despidos ocurrida el pasado 4 de febrero, cuando uno de cada tres empleados (300 de un total de 800) dejaron de pertenecer al prestigioso diario estadounidense. En semejante sangría, desaparecieron tres sectores de información: deportes, la redacción de noticias locales, los suplementos sobre arte y libros (Book World).

Pero Becca también menciona la crisis del periodismo cultural en otros espacios de información: Associated Press dejó de publicar reseñas de libros en el otoño boreal pasado; mientras el Times Book Review es la última sección de libros en diarios que queda en pie. Así, si el lector estadounidense quiere leer sobre literatura debe recurrir a publicaciones más antiguas y prestigiosas, como London Review of Books y The New York Review of Books. Y para lectores especializados existen revistas de culto como Bookforum y recién llegadas, irreverentes, como The Drift y The Point (esta última editada por Rothfeld, a la que deseamos mucha suerte).

En 2013, el calificado globalmente como tecnobillonario Jeff Bezos adquirió el Washington Post por US$ 250 millones. Excede este espacio analizar el motivo de la crisis en el diario, pero amerita hacer un recuento de las conductas corporativas de Bezos. Por empezar, no es ajeno a la profanación de derechos de autor y de editoriales ocasionado por el uso de libros piratas digitalizados para el aprendizaje de los algoritmos que desarrollan empresas de inteligencia artificial. La semana pasada, en esta página, señalamos que “Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior”. Su imperio comercial se sustenta en una participación aproximada del 10% en Amazon, lo que sostiene un patrimonio neto cercano a los US$ 250 mil millones.

Como accionista, Bezos posee una cartera diversa que incluye a la empresa aeroespacial Blue Origin, donde invirtió más de US$ 8 mil millones en el desarrollo de cohetes reutilizables y una red con 5.408 satélites.

En posesiones inmobiliarias supera los US$ 600 millones, que incluyen una propiedad de US$ 165 millones en Beverly Hills, un Búnker de los Billonarios de Miami valuado en US$ 237 millones y U$S 119 millones como condominios en Manhattan. En activos de lujo cuenta con el megayate Koru, de US$ 500 millones, más una flota de aviones privados por US$ 200 millones.

Pero su presencia en empresas se extiende con operaciones a través de Bezos Expeditions, donde comenzó con una inversión inicial de un millón de dólares en Google y US$ 112 millones en Airbnb. En biotecnología, cofundó Altos Labs aportando US$ 3 mil millones para el rejuvenecimiento celular y con US$ 134 millones en Juno Therapeutics. Participa con US$ 200 millones en Plenty, empresa de agricultura vertical; con US$ 190 millones en EverFi, plataforma educativa y con US$ 10 mil en el Fondo Bezos para la Tierra.

Su inversión más reciente, a fines de noviembre pasado, es el Proyecto Prometheus, startup de inteligencia artificial, con financiación de US$ 6.200 millones. En el mismo rubro, invirtió US$ 100 millones de dólares en Perplexity (hoy valuada en US$ 20 mil millones) y US$ 600 millones en Physical Intelligence. Con otra de sus posesiones, Amazon MGM Studios, destinó US$ 75 millones en un documental más que complaciente sobre la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump.

El boicot de Amazon hacia el ecosistema del libro es cuantioso, de hecho, todo lo impreso que no sea funcional a la lógica comercial de Bezos es prescindible. Eso incluye a la lectura comprensiva y el interés de los lectores.


lunes, 2 de marzo de 2026

En la muerte de un corrector

El pasado 5 de febrero, Daniel Gascón publicó una columna de opinión en el diario El País, de Madrid, a propósito de la muerte de un corrector. La bajada dice: "El fallecimiento de José Martínez de Sousa (foto) nos recuerda que los correctores son indispensables para la buena literatura".

Morir de una errata

Ha muerto el experto en lexicografía y ortotipografía José Martínez de Sousa, el gran gurú de los correctores españoles. Los correctores son una de las especies más curiosas del ecosistema literario. Yo desempeñé esa tarea un tiempo, casi por azar. Hice una traducción para Prensas de la Universidad de Zaragoza y, cuando fui a devolver las galeradas, pasé un rato hablando de cuestiones ortotipográficas. Me dijeron: “¿Te gustaría corregir libros con nosotros?“. Siempre atento a posibilidades de hacerme rico, detecté una oferta que no podía rechazar.

Así fue como conocí a Fernando Baras, que era el jefe de corrección de Prensas y se jubila este mes de marzo. Enjuto, serio, culto, paciente, minucioso y amable, Baras me explicó las bases del oficio, me enseñó la terminología y me recomendó que comprara libros de Martínez de Sousa: era el guía. Durante años, Fernando me escribía ocasionalmente para ver si quería ayudar con algún texto. Corregí libros de antropología, arqueología e historia, un ensayo de Emilio Lledó o la genial Trilogía de Zabala, de José María Conget.

Veo manuscritos desde pequeño y he trabajado mucho con correctores: con Pilara Pinilla, en Xordica; con Carmen Carrión, Lourdes González, Oriol Roca o Álvaro Marcos, en Penguin; en Letras Libres, con Emmanuel Noyola, Zita Arenillas y Elvira Vicién, Tani. Me gustan las historias del gremio. Una de mis preferidas es la de un libro cuya portada llevaba mal escrito el nombre del autor, sin que se dieran cuenta los editores, los correctores ni —por supuesto— el autor. Mi frase favorita sobre el asunto, como persona que ha sufrido y producido fallos, es de Juan Ramón Jiménez: “Un día me moriré de una errata”. Las conversaciones con los correctores pueden ser talmúdicas: si hacemos esto aquí, debería ser igual en otro sitio, pero por esa regla de tres, aunque aquí, etcétera. “El autor dice que es estilístico”; “ya estamos con lo de siempre”. Es mejor tener una norma discutible que ninguna, decía Martínez de Sousa.

Como en medicina, lo principal es no hacer daño. Y todas las publicaciones que se precien tienen excentricidades. El corrector, cuando lo hace bien, no se entera de qué va su texto: la lectura es técnica y muy pautada. Por eso, Rodolfo Walsh creó un detective corrector que resolvía el asesinato de un colega a partir del conocimiento del oficio: la víctima había tenido tiempo de leer determinadas páginas y eso ayudaba a establecer el momento del crimen. El detective llevaba las iniciales del narrador Dashiell Hammett y se llamaba Daniel, porque, según Walsh, el profeta de la Biblia había sido el primer detective: eso es lo que son en el fondo todos los correctores.

viernes, 27 de febrero de 2026

El pez por la boca muere. También los miserables


La persona que escribió esta entrada en su cuenta de X es Santiago Llach, responsable, entre otras cosas del "Mundial de Traducción", que es algo así como una competencia en la que cualquiera puede participar, sin saber nada sobre traducción. 

Es evidente, por lo que dice, que poco le importa el trabajo de los traductores y que considera que éste puede ser reemplazado por DeepL (en su versión paga, claro). Así que la suya es una demostración palmaria del poco valor que le atribuye a nuestra profesión.

No debería extrañarle a nadie, considerando que, cn su "Mundial de Literatura", con sus "viajes culturales" a precios exorbitantemente caros y sus múltiples talleres de casi cualquier cosa, ha encontrado la forma de monetizar la cultura. Digamos que ese dinero le ha permitido acceder a la versión cara del DeepL. Qué minúsculo, ¿no?

Jorge Fondebrider

Destrucción de libros: el futuro ya llegó


Omar Genovese publicó el siguiente artículo en el diario Pérfil, el pasado 7 de febrero. En su bajada se lee: "Lo que en la ciencia ficción parecía una exageración paranoica empieza a adquirir una inquietante materialidad. Documentos judiciales, contratos millonarios y millones de libros físicamente destruidos. Ciertas novelas que imaginaron un futuro con la desaparición del libro como objeto. Hoy, mientras empresas de inteligencia artificial entrenan sus algoritmos mediante el escaneo y reciclaje masivo de bibliotecas enteras, aquella ficción adquiere una deriva incómoda".

Anthropic destruyó millones de libros para alimentar a su inteligencia artificial

"A mediados del siglo XXI, lo virtual subvirtió la realidad. La Singularidad está cerca, una conmoción en la historia humana, fruto de la convergencia informática y nanotecnológica: ropa y lentes de contacto permiten la comunicación con el mundo entero, viajar como avatares a cualquier lugar o recibir información e imágenes de él. Un mundo mejor, acaso peligroso. Robert Gu –el mayor poeta estadounidense– regresa de su Alzheimer por un tratamiento milagroso, rejuvenecido, con sed de conocimiento. Así sale de la residencia de ancianos Rainbows End. Y debe volver a la escuela, familiarizarse con las máquinas de las que siempre desconfió. Amante de los libros, descubre un proyecto aterrador, el Bibliotomo: digitalizarlo todo a costa de la destrucción física del material impreso”.

El párrafo anterior es apenas una aproximación temática a las más de 400 páginas de la novela Al final del arco iris (2008, Ediciones B). Publicada en 2006 en inglés con el título Rainbows End, su autor, el matemático, teórico de la computación, escritor y profesor en la Universidad de California en San Diego, Vernor Vinge (1944-2024), obtuvo los premios Locus y Hugo en 2007. Enmarcada en la ciencia ficción post ciberpunk, veinte años después resulta predictiva más allá de cualquier especulación sobre el futuro.

El pasado 27 de enero, The Washington Post publicó un informe elaborado por los periodistas Aaron Schaffer, Will Oremus y Nitasha Tiku, que lleva por título: “Dentro del plan secreto de una empresa para escanear destructivamente todos los libros del mundo”. En él, hacen un recuento de las causas judiciales que las empresas desarrolladoras de herramientas de inteligencia artificial enfrentan en tribunales estadounidenses demandadas por autores, artistas, fotógrafos y medios de comunicación.

Además, accedieron a más de 4 mil documentos liberados por el juez de una causa específica por derechos de autor, contra la empresa Anthropic –uno de sus productos es el chatbot Claude–, en la que esta llegó a un acuerdo por 1.500 millones de dólares en el pasado mes de agosto. En dicha marea se mezclan documentos internos de la compañía, chats, mails, de los que surge un plan para “escanear destructivamente”, es decir, educar a los algoritmos de Anthropic con el contenido de millones de libros. Pero no solo sin pagar derechos de autor a los autores y editoriales, sino con un siniestro detalle que incluye la implementación del Proyecto Panamá, del que no querían que trascienda nada.

Dicho plan de Anthropic, empresa valuada en 183.000 millones de dólares, consistía en contactar a un proveedor experimentado en servicios de escaneo de documentos para procesar 500 mil a 2 millones de libros en seis meses, de esta manera las páginas escaneadas saciaban la “sed” de los algoritmos de su IA, que ya no aprende a escribir correctamente alimentándose de lo publicado en internet.

La manera en que “leyeron” los libros adquiridos para tal fin incluye guillotinas hidráulicas cortando el lomo de los ejemplares, donde se resguarda la encuadernación, para que las páginas sueltas fueran leídas en escáneres de alta velocidad. Por último, el destino de los libros desarmados era una empresa de reciclaje.

Para este operativo de lectura y destrucción, la compañía contrató a Tom Turvey, ex ejecutivo de Google, creador de Google Books. A partir de allí, consideraron comprar libros en bibliotecas o librerías de segunda mano, como Strand de Nueva York, quien negó cualquier venta al respecto. La adquisición de millones de libros se concretó en librerías de usados por todo el país y en dos de Reino Unido: Better World Books y World of Books.

Según la nota referida, “en junio, el juez de distrito William Alsup dictaminó que Anthropic tenía derecho a usar libros para entrenar modelos de IA porque procesan el material de forma “transformadora”. Comparó el proceso de entrenamiento de IA con el de los profesores que enseñan a los escolares a escribir bien”. Es decir, en toda la maraña judicial que implican acusaciones y defensas, el juez admite la destrucción de libros como una consecuencia lógica no punible. Para él, el delito está en otro lugar (de allí la compensación económica de la empresa, para mitigar el daño antes de una sentencia).

Según el juez, el delito es anterior al Plan Panamá y ocurre en junio de 2021, cuando el cofundador de Anthropic descargó libros pirateados del sitio Library Genesis. Conducta que repitió al año siguiente descargando material similar de un sitio web llamado Pirate Library Mirror. Y para empeorar la situación, emitió un documento a sus empleados donde afirma: “Violamos deliberadamente la ley de derechos de autor en la mayoría de los países”. Por las mismas razones, Google, Microsoft y OpenAI (ChatGPT) también enfrentan demandas por derechos de autor. Por caso, Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior.

Para dar dimensión en lo real al Proyecto Panamá, que destruyó millones de libros luego de extraer lo publicado en ellos, vale mencionar que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos –considerada la más grande del mundo– alberga más de 39 millones de libros catalogados. Y también, que la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ubicada en Buenos Aires, supera los 3 millones de libros, mientras que la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina contiene 3,5 millones. Reciclar libros luego de extraer su contenido también remite al 10 de mayo de 1933, cuando los estudiantes nazis colaboraron en la quema de libros en toda Alemania bajo la consigna “Acción contra el espíritu antialemán”.


jueves, 26 de febrero de 2026

Primera librería de Feltrinelli en Latinoamérica

"El grupo italiano abrirá una de sus sedes en Montevideo en un edificio de gran valor patrimonial. Los socios de este lado del Atlántico, Pablo Braun y Alejandro Lagazeta, cuentan el ambicioso proyecto y los retos de una industria que se encuentra 'desafiada'”. Tal es la bajada de la nota de Luciano Sáliche, publicada en Cultura InfoBAE, el pasado 8 de febrero.

Feltrinelli desembarca en América Latina con una megalibrería: cómo sobreviven los libros en un mundo lleno de pantallas

En un tablero lleno de pantallas, una torre de libros. Una librería grande, bien grande: una megalibrería. Se inaugurará a fines del mes de mayo, el día 28, en Montevideo, Uruguay. Las expectativas son altas por varios factores. El primero, el más inmediato: una apuesta por hacer negocios con el viejo objeto libro cuando la vida se digitaliza. El segundo, la magnitud: seiscientos cincuenta metros distribuidos en dos pisos dentro de un edificio (el edificio Pablo Ferrando) que es grado cuatro a nivel patrimonial. El tercero, los capitales: el grupo italiano Feltrinelli desembarca en América Latina.

Empezó con un rumor. Desde España, alguien comentó que el grupo quería invertir en la zona. Fue luego de comprar Anagrama. “Me había gustado que Anagrama no le vendiera ni a Planeta ni a Random. Entonces, dije: algo debe tener”, dice Pablo Braun del otro lado del teléfono, acaba de bajar del Buquebús. Braun, fundador de Eterna Cadencia y del Filba, mecenas de la literatura argentina, eslabón perdido de la aristocracia argentina, es uno de los socios. Lo acompañan dos libreros uruguayos: Alejandro Lagazeta, socio de Braun en Escaramuza, y Juan Castillo, propietario de Puro Verso.

Ahí, donde va a abrir la nueva librería, funcionó durante quince años Más Puro Verso, pero “agarró dos años de COVID, sin vuelos, sin transporte, sin turismo, con locales cerrados, después vino la crisis de Argentina que hizo que esté muy caro Uruguay para los argentinos... estaba de salida”, cuenta Lagazeta. Con el celular en la mano, bajo el sol montevideano, el librero de 45 años, dueño de Librería La Lupa y Criatura Editora, sostiene que “cerrar una librería para abrir un local de cosas de hogar o de ropa era una pérdida muy significativa. Queríamos recuperarlo en una dimensión internacional”.

En febrero del año pasado se encontraron con Carlo Feltrinelli, presidente del grupo, y Alessandra Carra, la CEO. Tienen más de ciento veinte librerías, diez editoriales y una historia a cuestas. Giangiacomo Feltrinelli fundó en 1954 la casa editorial que se convirtió en este gran emporio, pero también un guerrillero comunista, comandante del GAP (Gruppi d’Azione Partigiana), principal agente castrista en Europa según la CIA. Fue el primer editor de El doctor Zhivago de Boris Pasternak y el que publicó El Gatopardo de Giuseppe di Lampedusa. Su hijo Carlo lo narra en la biografía Senior Service.

“El edificio es patrimonial grado cuatro, que es el máximo para edificios privados en Uruguay”, dice Alejandro Lagazeta. “Tiene el ascensor en funcionamiento más viejo del Uruguay. Tiene un vitreo precioso. Se recupera un reloj antiguo. Tiene barómetro, una escalinata de mármol impresionante. Todo eso fue recuperación patrimonial. Y además se le agregó accesibilidad para que sea más inclusiva”, agrega. También tendrá buena gastronomía y una nutrida programación de actividades culturales: “hoy por hoy las librerías que funcionan mezclan eso para asegurar circulación, encuentro, intercambios”.

Va a llevar el nombre original. Sobre la peatonal Sarandí de la Ciudad Vieja, estará el cartel de Feltrinelli. Y eso es llamativo porque las librerías que el grupo tiene en Italia se llaman así, pero las demás, en España por ejemplo, son La Central. “Es la primera Feltrinelli fuera de Italia”, dice Braun, y agrega: “Más allá de que sean un grupo, mantienen ese costado bohemio. No son empresarios duros y puros que lo único que les interesa es vender libros. Tienen aprecio por los buenos libros, son lectores. Esto está buenísimo, me dije cuando los conocí”. Esa misma noche brindaron con whisky.

“La librería es preciosa”, dice Braun. “Si no hubiera estado Feltrinelli, a mí me entusiasmaba igual. De hecho, los Feltrinelli se sumaron un poco después. Yo ya había tomado la decisión de hacerme a cargo de la librería con mi socio. Me entusiasmó abrir una librería en un lugar icónico de Uruguay, en un lugar bellísimo”. Cuenta Lagazeta que “Montevideo tiene seis shoppings nomás. Son un montón, pero hace diez años había dos. Y en cada shopping hay tres librerías, y después hay calles enteras donde una calle tiene veinte librerías. El ecosistema de librerías funciona”.

“Montevideo tiene una escala muy humana que te permite el diálogo”, dice Lagazeta y Braun parecer acordar: “Es una ciudad calma, tranquila, ordenada. La izquierda y la derecha no se odian. Uruguay es un país que no tiene petróleo, ni altitud de montaña, la tierra es pura piedra, son tres millones viviendo ahí y uno y medio afuera... Y sin embargo, conversando con los pibes, no te digo que les va superbién, pero les va. Se puede charlar en Uruguay con alguien que piensa distinto. Acá, en Buenos Aires, y exagero, solo se puede hablar con la gente que piensa como vos”.

“Hay un escenario global por las plataformas tanto de entretenimiento como comerciales que están destrozando al comerciante. Eso es una tónica del sur y supongo que Europa también”, dice Lagazeta y agrega: “La industria del libro está desafiada. Tenemos que tratar de hacer cosas distintas para lograr interactuar con la gente: cuestiones tecnológicas y la velocidad que te pide una ciudad y un mercado. La presencia de Feltrinelli en Uruguay es parte de un ecosistema que busca agregar valor, porque vamos a favorecer la llegada de autores internacionales. Se pueden hacer muchas cosas”.

“Ahora claramente va a haber una retracción del consumo —arremete Braun—, más allá de que en la macro, como dice el presidente, le pueda ir bien o no haya déficit fiscal, pero todos sabemos que el consumo se está haciendo percha. Y los libros obviamente son de los que primero sufren. Sacando eso, yo sí creo que el libro está en una especie de encrucijada porque existe el teléfono inteligente y Netflix. El mundo del libro se está achicando. No creo que se mueran, pero pensar que en cuarenta años el libro va a tener la vigorosidad que tiene hoy... Para mí va a ser más chico el mercado, lamentablemente”.

“No soy demasiado optimista”, continúa el editor de Eterna Cadencia. “Va a haber gente que va a seguir leyendo. En algún punto puede significar ir en contra de la corriente, en vez de estar en el teléfono. El libro tiene una cosa espectacular que es que te abstrae, que te carbura la imaginación: hay un montón de cosas que pasan cuando leés que son espectaculares, más allá de que seas más culto o menos culto, que el cerebro se ejercita y que son más inteligentes. Cuanto más refinados sean los algoritmos y más nos hagan quedarnos mirando el reel de Instagram, el libro va a sufrir”, concluye.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Andrés Hax y su reciente Queequeg Press

El pasado 4 de febrero, la periodista Daniela Pasik publicó en las páginas de cultura del diario Clarín, una nota y entrevista sobre Andréx Hax (foto) escritor y también periodista, que ahora se lanza al ruedo como editor de Queequeg Press, su propio emprendimiento, con un puñado de libros que contrastan con lo que publican muchas otras editoriales locales. 

“Hacer un plan tan incierto como una editorial, en cualquier coyuntura, es ingenuo”

Es 1910 cuando Jessie MacRae, la hija del diablo, mata a su padre y zarpa en un bote-ataúd desde su isla remota hasta Edimburgo. Entonces comienza su historia, en un edificio primero próspero y luego maldito, que llega, departamento por departamento y un ocupante tras otro, hasta 1999. Luckenbooth, de la autora escocesa Jenni Fagan, es una novela oscura, rockera, embrujada, histórica, gótica y callejera publicada por primera vez en castellano en septiembre de 2025, con traducción de Micaela Ortelli.

“Tiene hijas del diablo, mujeres que se aman, fantasmas, políticos, mineros que le temen al sol y a un William Burroughs enamorado”, escribe en la contratapa Mariana Enriquez en breve resúmen, y agrega, sobre la autora: “Hace magia con su magnífica escritura, su desprejuicio y su inteligencia. Es una bruja, una rockera, una mujer sin miedo”.

Con esta apuesta por lo alto, el periodista cultural Andrés Hax hizo la presentación en sociedad de Queequeg Press, su editorial extraña y fabulosa, que ya tiene un plan novedosamente contra-intuitivo para 2026 y arranca con un segundo libro que va a estar listo en febrero.

Obra híbrida

Se trata de Dandelions, el primer libro de la joven periodista inglesa Thea Lenarduzzi, con el que ganó el Premio de Ensayo Fitzcarraldo Editions 2020 y fue finalista del Ackerley Prize de autobiografía literaria. También está traducida por Ortelli y es, según su editor en la Argentina, “una obra híbrida”. Recorre cuatro generaciones familiares atravesadas por la migración entre Italia e Inglaterra. Es una memoria informada de historia cultural y cuentos de una abuela que a la par reflexiona sobre el lenguaje, el desarraigo y el biculturalismo.

Se podría parecer un poco a la historia del director de Queequeg Press, pero él dice que no es por eso que se interesó por esta novela. Hax nació en Boston, Massachusetts, Estados Unidos, en 1970, y vive en Buenos Aires, Argentina, desde 1996. A veces se le pierden palabras cuando cuenta cosas. Es un Lost in translation que va y viene entre el inglés nativo y el castellano heredado, en el que vive y escribe.

Fue redactor de la revista Ñ y parte de la sección Cultura de Clarín, entre otros medios locales. Antologó y tradujo los Cuentos selectos del irlandés William Trevor (Edhasa, 2020). Es autor de la novela Ol de Pritty Jorses (17 grises, 2019). Saca fotos de lo que observa del mundo, que comparte en su cuenta de Instagram (@andres.hax.pics) y ese mismo ojo extrañado es el que le sirve para hacer también no sólo su mundo literario sino sus entrevistas y, ahora, esta nueva editorial.

La industria del libro está en crisis en la Argentina. Subió el costo de producción y bajaron las ventas. La apertura desregulada de importación profundizó y aceleró una problemática que viene escalando hace años. Hay cada vez menos títulos nuevos y las tiradas promedio se reducen. En ese escenario Hax sale a la cancha con esta propuesta editorial autogestiva. Su catálogo es precioso y preciso en su rareza. Dice, mientras muestra fotos, manuscritos, papeles con planes, maquetas, que estaba agotado de la escritura y que Queequeg Press “apareció”, comenta, casi pregunta. “Fui aceptando el azar”, dice y ahí encuentra certeza.

Hax es lo contrario a un “crypto bro”. No sigue planes ni cancherea lujo. Ahora habla con pasión sobre Change operations, un método de John Cage que se basa en liberarse del control individual y el ego para la creación artística. El compositor estadounidense, pionero de la música aleatoria, es el parámetro de este editor. El primero decía que si algo es aburrido hay que intentarlo durante más tiempo hasta que deje de serlo. El segundo, persigue y va detrás de cada "idea instantánea", sin importar el contexto o lo que se supone que debería hacer.

Un libro a pedido

Su aventura 2026, entonces, sigue con Primero el cuerpo: apuntes de una ensoñación de carnavalun libro a pedido, del estadounidense de Nueva Orleans Kevin Rabalais. Es una crónica y fotoreportaje en blanco y negro sobre las courirs, unas fiestas que se hacen en algunos pequeños pueblos del norte de Louisiana que tienen raíces medievales y están atravesadas por las culturas creole y cajun. El libro es un vistazo a ese mundo secreto y ritual que podría ser inventado por Flannery O’Connor o parte del universo de True Detective.

Después va a llegar, en traducción local, Nombres para la luz. Una historia familiar, de la autora Thirii Myo Kyaw Myint, que nació en 1989 en Yangon, Myanmar (ex Birmania), y fue criada entre Bangkok, Tailandia, y San José, California. Otra vez, es una memoria híbrida que entrelaza cuatro generaciones de una familia, en este caso marcada por el colonialismo británico, la migración y el racismo cotidiano.

También a pedido, ya está en proceso El diseño interior de las naves espaciales: desde la literatura, el cine y la nueva carrera espacial, del filósofo, periodista y especialista en cultura pop Tomás Balmaceda. En el libro va a mostrar cómo los interiores de naves en cine y televisión son mucho más que escenarios. “Son arquitecturas que anticipan tecnologías y cuentan historias por sí mismas”, cuenta el editor, que también avisa: “El título podría cambiar”.

Todo es según el precepto de Change operations, y así avanza este barco que podría haber sido un bote-ataúd como el de Jessie MacRae, pero viene navegando a velocidad crucero. La editorial toma su nombre de uno de los personajes más inquietantes de Moby Dick, Queequeg, y Hax reflexiona que el proyecto no busca, aunque lo encuentre, lo monstruoso, lo terrorífico o lo extraño, si no, más que nada, lo desconocido. “Quiero entender y aprender este mundo del libro desde este lugar y por eso armé como una nave para embarcar, hacer el viaje, descubrir la cartografía”, dice.

Una editorial

–¿Por qué una editorial, en este contexto?

–¿Por qué no? Mejor y más divertido que hacer una revista cultural, ¿no? Más seriamente hablando, creo que me encontré en un pozo donde se me había terminado la inspiración para lo que siempre hice, que era escribir y leer. De verdad fue una idea instantánea. Apareció y dije: "Bueno, esto lo voy a perseguir". Del mismo modo en que antes podía buscar hacer un libro, leer un poema.

–¿Cómo llegaste a Luckenbooth? ¿Cuál fue la estrategia al comenzar por ahí?

–No tengo estrategia. Justamente, cuando armé esto, que era una especie de abstracción, apareció esa primera novela en simultáneo con la segunda, Dandelions. Las vi. Fue una imagen, como el inicio de un poema. Y tuve que seguir el impulso. A Jenni Fagan le escribí un DM por Twitter hace unos años, sin conocerla, porque me gustaba lo que hacía. Y ahora le pedí la novela, sin saber bien qué iba a pasar. Mariana Enriquez, que generosamente hizo la contratapa, recomendó a la traductora. Y se armó un poco todo alrededor. No pensaba en salvarme económicamente. Menos en este momento del país. Y del mundo. No hay ninguna apuesta segura. Creo que hacer un plan tan incierto como una editorial, en cualquier coyuntura, es ingenuo. Y sin embargo, tenemos un plan certero de lo que vamos a publicar en 2026.

–¿Cuál fue esa imagen que te hizo perseguir la idea?

–La respuesta más inteligente o más contundente es que a mí siempre me fascinó el mundo del libro. Lo transité y conocí desde la escritura, las librerías y la Biblioteca Nacional. Pero no conocía este otro lado. Quería estar en el ecosistema desde lo editorial. No iba a hacer una maestría o algo así, la verdad. Así que me puse a armar el proyecto. Hubo errores que costaron tiempo y plata, pero los aprendizajes fueron y siguen siendo muchos.

–¿Cómo se sostiene en un mundo regido por el mercado algo tan impulsivo?

–No hubo un plan de negocio desde el inicio, que hubiera sido una forma más coherente de armar una editorial, me imagino. Si hubiera decidido segmentar, por ejemplo, en un género. Pero junto a la idea vino esa energía de Cage. Y fui aceptando el azar.

–Aunque sos bilingüe e hiciste traducciones profesionalmente, no lo hacés en Queequeg…

–No, no, no. Eso sería un gran error. Traducir es un arte, obviamente. Aparte, es arte y otra cosa completamente diferente. Yo edito. Micaela Ortelli tradujo los dos primeros libros, pero vamos a tener otros traductores también. Y la editorial es un equipo. También está Verónica Pages, que es mi esposa, pero más que nada otra mirada editorial en el proyecto. Empezar algo y que se vaya armando una comunidad de trabajo, de público que lee, ya es una ganancia y aprendizaje. Esto hubiera sido imposible si no me rescataban colegas y amigos con una palabra, un contacto, sugerencias. Esto es una expresión de un grupo de gente. No sé si se va a dar que se sostenga y crezca como soñamos, pero es muy lindo ya el hecho de soñarlo.