jueves, 7 de mayo de 2026

"Queremos que el público pueda identificar si una obra ha sido traducida, ilustrada o maquetada por inteligencia artificial, total o parcialmente"

Publicado el pasado 30 de abril, en el sitio de la Radio Cadena Ser, con firma de Sara M. Santelli, el siguiente artículo se refiere a una iniciativa de la traductora española Rita da Costa. Según la bajada, "
La traductora impulsa un sello de 'traducción humana' para exigir transparencia a las editoriales y frenar el uso de inteligencia artificial en la literatura

"La IA empobrece el contenido, construye textos baratos"

La traductora literaria Rita da Costa presenta en La Ventana una iniciativa que apunta directamente al corazón del sector editorial, un sello que garantice que los libros han sido traducidos por personas. La propuesta, impulsada por ACE Traductores, busca algo tan básico y tan poco habitual, denuncia, como la transparencia.

Da Costa tiene un mensaje claro: "La IA no puede traducir literatura". Y remata que, a pesar de que la llamamos inteligencia, "sólo es un barajante de datos". Para la traductora, el resultado es evidente: "Genera textos planos, sin matices, que empobrecen la obra original".

Un sello contra el "gato por liebre"
La iniciativa nace como una campaña de concienciación para que el lector sepa qué está comprando. Da Costa insiste en que el objetivo es evitar engaños: "Queremos que no nos den datos por libros". Es decir, que el público pueda identificar si una obra ha sido traducida, ilustrada o maquetada por inteligencia artificial, total o parcialmente.

El sello, explica, aspira a convertirse en un distintivo visible y prestigioso dentro del libro, una garantía de calidad. Ya cuenta con el respaldo de autores como Rosa Montero, Irene Vallejo o Lorenzo Silva.

Da Costa pone el foco en una práctica cada vez más extendida, la posedición. Consiste en revisar traducciones generadas por IA, pero cobrando menos que por una traducción original. "Es más difícil arreglar una mala traducción que traducir desde cero", afirma. Y añade que ese supuesto ahorro "no abarata el libro, solo aumenta beneficios a costa de precarizar el sector". La traductora tiene claro que si su trabajo se reduce a eso, se planteará abandonar la profesión.

Errores que delatan a la IA
Como ejemplo, menciona el caso de la editorial Harper Collins, que utilizó inteligencia artificial para traducir una novela. Los fallos "garrafales", según da Costa, provocaron la reacción de los lectores y obligaron a la editorial a reconocerlo.

Para ella, hay señales claras de alerta: "Si el nombre del traductor no aparece, desconfío". Y subraya la importancia de visibilizar la autoría de la traducción como parte esencial del libro. Más allá de la tecnología, da Costa denuncia una situación estructural: las tarifas llevan dos décadas estancadas y en España se cobra hasta la mitad que en otros países europeos. "Depende del idioma, en nuestro país es entre 12 y 16 euros la página". Traducir una novela de 300 páginas implica semanas o meses de trabajo sin descanso y con calendarios cada vez más ajustados.

"Solo puedes estar con una traducción a la vez", explica, lo que obliga a muchos profesionales a compaginar varios trabajos para sobrevivir.
Traducir es crear

Frente a la automatización, da Costa reivindica el valor creativo del oficio. Recuerda que la IA no entiende ironías, dobles sentidos ni juegos de palabras. "No piensa", insiste. Y advierte de otro problema: sus sesgos, el coste medioambiental y su tendencia a "robar" traducciones humanas ya existentes para aparentar calidad.

La asociación mantiene conversaciones pendientes con instituciones y editoriales para implantar el sello. No hay fechas, pero sí la urgencia de proteger el valor cultural de la traducción frente a una tecnología que, según da Costa, amenaza con vaciarla de sentido.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Una verdadera clase magistral en la Feria del Libro

"En una conferencia magistral, el editor argentino, referente en la industria, reflexionó sobre los riesgos de la sobreoferta, el precio del libro, el cambio de paradigma en la venta y el rol de los influencers, entre otros temas." Eso dice la bajada de la nota, publicada sin firma en InfoBAE el pasado 3 de mayo, que resume una conferencia dictada por Guillermo Schavelzon en el marco de la 50ª Feria del Libro.

"Hoy se publica el doble de libros de los que se pueden vender"·

La crisis del sector editorial argentino y su impacto en la producción y circulación de libros fue el tema central de la conferencia magistral ofrecida por Guillermo Schavelzon en el marco de la edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

El editor repasó seis décadas de transformación en la industria —desde la modernización que impulsó Jorge álvarez en los años sesenta hasta la actualidad— para advertir que la rentabilidad y el equilibrio entre tradición cultural y mercado se encuentran en un punto crítico nunca antes visto.

En diálogo con Verónica Abdala, Schavelzon señaló que la pérdida de rentabilidad está relacionada en forma directa con fenómenos de concentración y sobreproducción, lo que derivó en una baja sostenida de los tirajes: “En 1974 se publicaron 50 millones de libros con un tiraje promedio de 10 mil ejemplares. En 2025, se volvieron a publicar 50 millones de ejemplares, pero con un tiraje promedio de 1.700”, afirmó.

El editor, que comenzó su carrera hace 61 años en la legendaria Jorge Álvarez Editor, remarcó la importancia del catálogo como sustento cultural y económico de cualquier proyecto editorial, y advirtió sobre el riesgo que representa la superabundancia de títulos: “Hoy se publica el doble de libros de los que se pueden vender. Eso tiene un problema ecológico, pero sobre todo un problema comercial gravísimo: el precio del libro está falsamente inflado para financiar este sistema. Es un problema financiero, no literario”, dijo Schavelzon, enfatizando la necesidad de un cambio de paradigma en toda la cadena del libro.

En el encuentro, “50 años de lecturas y escrituras en Argentina”, propuso que la solución a la crisis editorial actual debe ser colectiva —editores, libreros, escritores y lectores— y basada en el rescate de la tradición y en la actualización de modelos de negocio.

Para él, los desafíos del presente no anulan la oportunidad de innovación: “Nada es para siempre, ni este gobierno, ni esta política, ni nuestros catálogos, si no los hacemos bien. Sí, es posible. Generemos polémica, generemos conciencia de que esto es posible y que hay que hacerlo en todos los que tenemos alrededor y algo de ahí va a salir”.

Durante la conferencia, recalcó la gravedad de la concentración y el predominio de los grandes grupos sobre el sector independiente, lo que impacta tanto en la diversidad de la oferta como en la viabilidad económica. A su juicio, “la concentración y la industrialización de la edición nos ha producido un daño cultural y una situación difícil. Sin embargo, la mejor librería independiente, chiquita y selecta necesita de algunos best sellers comerciales para pagar el alquiler. El ecosistema del libro no puede prescindir de las grandes editoriales”.

En cuanto al impacto directo en los autores y trabajadores del sector, el editor fue explícito: “Al autor se le paga el 10 % de venta al público. Esto no se resuelve subiéndolo al 15. Hay que encontrar otras formas de remuneración. Los editoriales independientes la necesitan urgente, porque no puede ser que cuando apuestan a una nueva voz y tienen éxito, el segundo libro se lo lleve una editorial más grande. Eso no puede ser. Es posible que las editoriales ganen más y es posible que los correctores, los traductores, los diseñadores, los editores y los autores ganen más. Es posible. No es una utopía absurda, pero es un cambio que no sé cómo se hace”.

Schavelzon también evaluó críticamente los sistemas de consignación y devolución vigentes en el sector minorista, herencia de dinámicas instauradas hace casi un siglo. “El libro funciona con un sistema por el cual el librero en todo el mundo puede devolver en cualquier momento los libros que no vendió. En Argentina es más perverso porque se deja el libro en consignación. Esto se inventó en Estados Unidos en la época de la Gran Depresión, hace cien años. Cien años después lo seguimos aplicando. No puede ser. El mundo no tiene nada que ver con el de hace cien años”.

La sobreproducción, acelerada por la digitalización y las estrategias comerciales orientadas al marketing, lleva a una “bola de nieve” financiera que afecta incluso a los grandes grupos internacionales. “El presidente internacional de Nueva York de Penguin Random House mandó en febrero una carta a todo el personal diciendo: ‘El grupo vendió el casi 3 % más en el año 2025, pero perdió el 19 % de valor la empresa’”.

Entre las transformaciones más profundas, Schavelzon apuntó a la pérdida de centralidad del editor como figura gestora de calidad y portadora de criterio literario. El avance de los algoritmos y el predominio de los departamentos comerciales modificaron la matriz de selección de títulos: “Toda la vida se publicaba por algo que se llamó el olfato del editor. En la época en que se publicaba siguiendo ese criterio, de cada diez libros había un éxito. Ahora los algoritmos no han mejorado el olfato: de cada diez, sigue habiendo uno. La decisión editorial en las grandes editoriales la toma el departamento comercial y de marketing”.

Respecto de los nuevos modos de circulación y prescripción, el editor reconoció la importancia de las ferias —destacó el “éxito brutal” de la Feria de Editores Independientes— y el peso de las comunidades, pero cuestionó la pérdida del rol del librero como prescriptor literario ante el avance de los algoritmos y los influencers. “Las librerías chicas curan su contenido y cumplen la función de recomendar. ¿Quién recomienda hoy además de los libreros de verdad? Los influencers, que ninguno leyó ningún libro que recomienda, porque las editoriales les pagan”.

Al analizar la situación de los autores, traductores y correctores, subrayó la precarización creciente: “La situación es discriminatoria. El único que puede escribir es el que alguien lo financia. Es muy injusto, porque escribir es un trabajo y debe ser remunerado razonablemente”.

El retiro del Estado y la reducción de programas de apoyo representan, según Schavelzon, uno de los mayores riesgos para la supervivencia del sector. Destacó el ejemplo del Programa Sur, que permitió financiar la traducción y publicación de unos 2.000 títulos de escritores argentinos en el exterior a través de un apoyo de USD 3.000 por obra. “Después, Argentina editora fue grande y potente porque había apoyos a la exportación, porque la exportación de libros no es solo un generador de divisas, es la construcción de una imagen de país atrás de la cual van otros empresarios a hacer negocios”.

Para Schavelzon, los cambios deben ser promovidos de manera colectiva: “Los cambios no los puede producir nadie solo. Los tiene que producir el conjunto. Tiene que haber organizaciones que reúnan a cada eslabón y tienen que sentarse en la mesa y llegar a acuerdos...”.

El editor concluyó que la única vía para salvar la vitalidad de la industria reside en el apego a la tradición y el aprovechamiento del talento local: “La tradición y el talento es lo único que nos puede salvar”.

En la conclusión de su intervención, Schavelzon compartió: “Es muy difícil definir la figura del editor, porque deben confluir inquietud, capacidad emprendedora, cultura, conocimiento de la historia, del mundo de los negocios, por lo menos del negocio del libro, y una enorme pasión y paciencia. Así son y han sido los editores”.


martes, 5 de mayo de 2026

¿Lapsus, error o mera ignorancia del secretario?

El pasado 3 de mayo, en su columna dominical del diario Perfil, Guillermo Piro se sirvió de un aparente error del actual secretario de Cultura, acaso uno de los campos más despreciados por los libertarios, para reflexionar sobre las muchas alternativas que plantea esa equivocación.

Decir Borgeres

Algunos errores son torpes y otros son fértiles, es decir no llevan a ningún lado, interrumpen el lento progreso de las cosas, o van más allá. El de Leonardo Cifelli –ese “Bórgeres” que cayó como una moneda falsa en la alcancía solemne de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires– pertenece a la segunda especie. No porque el ministro haya querido homenajear a Jorge Luis Borges con una variante fonética, una especie de Borges pasado por agua, sino porque en política cultural el desliz suele ser una herramienta, un pequeño artefacto de relojería: se lo deja caer, se lo oye sonar, y después uno mira quién levanta la cabeza.

“Bórgeres” es, en ese sentido, una palabra performativa. No nombra: produce. Produce indignación en los que creen que algunos nombres propios son un templo; produce memes en los que creen que el lenguaje es una plaza; produce, sobre todo, conversación. Y la conversación –esto lo sabe cualquier ministro con ambición de permanencia– es el oxígeno de la gestión. No importa demasiado de qué se hable mientras se hable de uno. La cultura, desde hace tiempo, dejó de ser un conjunto de obras para convertirse en una coreografía de atención.

Se dirá que exagero, que un error es un error. Pero el error, cuando ocurre en un escenario con micrófonos y cámaras, deja de ser inocente. Es una piedra en el estanque: los círculos concéntricos son previsibles. El primero, el de la corrección. El segundo, el de la burla. El tercero, el de la interpretación: ¿fue adrede? Y en ese tercer círculo es donde el ministro pesca con mosca. Porque la duda es más rentable que la certeza: nos obliga a volver sobre la escena, a reproducirla, a citarla. El error se vuelve un loop.

Hay otra utilidad más sutil. Desplazar el eje. Un discurso de inauguración es, por definición, un objeto pesado: cifras, programas, promesas, ese léxico administrativo que nadie recuerda. Un tropiezo bien colocado aligera la pieza, la vuelve narrable. Nadie habla del presupuesto para bibliotecas o del desfalleciente proyecto Sur, pero todos recuerdan “Bórgeres”. Es la versión ministerial del truco de magia: mientras una mano escribe políticas y recorta presupuestos, la otra deja caer una sílaba mal puesta. Miramos la sílaba.

También está el gesto de irreverencia controlada. Decir mal a Borges es tocar un nervio nacional con la punta del dedo. No es una blasfemia abierta, sino una torsión mínima. Como si se probara el límite de lo tolerable en el campo literario: hasta dónde se puede estirar el nombre sin que se rompa. Y el nombre no se rompe, claro; se multiplica. Borges sobrevivió a peores pronunciaciones que la de un ministro. Sobrevive incluso a sus lectores.

No descartaría, incluso, una lectura más doméstica. El error como contraseña. En ciertos círculos, equivocarse a propósito es una forma de guiñar el ojo: “Estoy con ustedes, no tomo esto tan en serio”. La cultura oficial, siempre acusada de solemnidad, necesita a veces un poco de desparpajo administrado. “Bórgeres” podría ser ese guiño, esa mueca que humaniza al funcionario sin obligarlo a renunciar al traje y a la corbata.

Y, finalmente, el error como espejo. Nos devuelve la imagen de lo que creemos que somos: custodios de un canon, policías del acento, devotos de un apellido que también es una construcción. ¿Cuántas veces Borges escribió mal el apellido de otros? ¿Cuántas veces jugó con los nombres, los reflejó, los deformó? Hay en su obra una ética del desvío que tal vez el ministro, sin saberlo, invocó. “Bórgeres” sería entonces una mala cita, sí, pero una cita al fin.

Que haya sido adrede o no es, en el fondo, lo de menos. Lo importante es que funcionó. Hablamos de eso, no de lo demás. Y en ese corrimiento se cifra una pequeña victoria. El error, como una llave, abrió una puerta lateral por la que entró el ruido. Y el ruido, en tiempos de silencio programático, es una forma de presencia. Cifelli dijo “Borgeres” y todos levantamos la cabeza. A veces alcanza con eso.

lunes, 4 de mayo de 2026

Nuevas editoriales en la 50º Feria del Libro

Daniel Gigena publicó en La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito de tres nuevas editoriales que debutan en la Feria del Libro. En la bajada se lee: "Bärenhaus, Luz Fernández Ediciones y Libella participan por primera vez en el gran encuentro cultura, con stand propio o en espacios colectivos, en La Rural".

Entre históricos y habitués, tres sellos jóvenes debutan en la 50º Feria del Libro

Mientras que en la Feria del Libro una editorial histórica como Ediciones de la Flor se despide de los lectores en el stand 1509 del Pabellón Amarillo, otras debutan en la edición 50° aniversario del máximo evento cultural. Entre ellas, figuran Bärenhaus, Luz Fernández Ediciones y Libella. Las dos primeras, además, son vecinas de “isla” en el Pabellón Verde del predio ferial.

Bärenhaus, a su vez, comparte espacio en el stand 930 con Equis Libros, librería situada frente al Palacio de Tribunales, en Lavalle 1280. Es una editorial con libros de narrativa y ensayo contemporáneo, nacida en 2014 en el barrio porteño de Villa Devoto.

“El 50° aniversario de la Feria Internacinal del Libro representa un hito de renovación y compromiso –dice a La Nación, Omar Tavalla, director editorial-. Desde nuestro stand, que tenemos el agrado de compartir con nuestros amigos de Equis Libros, observamos con profundo optimismo el entusiasmo de una comunidad de lectores que, año tras año, confirma la vigencia del libro como espacio de encuentro”. En ediciones anteriores de la Feria, el catálogo de Bärenhaus estuvo en el hospitalario stand del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Entre las novedades, que reflejan el cruce entre la tradición literaria y la vanguardia tecnológica, está Inteligencia Artificial. El poder invisible ($ 29.000), de Matías Nahón, que se presenta este viernes, a las 16, en la Sala Ernesto Sabato. “En una era donde la IA ha dejado de ser una simple herramienta para convertirse en un ‘socio indispensable’ en la creación de contenido, esta obra analiza los mecanismos que están redefiniendo nuestra realidad”, dice Tavalla. También publicaron Mentes aceleradas ($ 25.000), del doctor Javier Pou Ucha, que explora la neurodivergencia como una ventaja competitiva en la era digital.

“Y nos enorgullece lanzar una nueva edición de Rebelión en la granja ($ 24.000), de George Orwell, un clásico vigente que, en un contexto de inminente adaptación cinematográfica, vuelve a interpelar a nuevas generaciones”, destaca, y concluye: “En Bärenhaus, creemos que el futuro de la lectura es hoy”.

En el stand 929 del Verde se encuentra el selecto catálogo de Luz Fernández Ediciones, con libros de ensayo, narrativa, historia cultural y filosofía de autores como John Banville, Hugo Bauzá, Fernando Martín Peña, Margarita Fernández y Dolores Zorreguieta, artista visual (y hermana de la reina Máxima) que presenta su primera novela, Libro adentro ($ 25.000). La editorial nació en 2021.

“Es imposible negar las positivas resonancias simbólicas que irradian desde la Feria del Libro –dice Jorge Zuzulich, director ejecutivo del sello–. Concentra la atención del mundo editorial hispanoparlante pero también mundial. Es un territorio que le brinda a toda editorial, independientemente de sus dimensiones, propagar y, a la vez, ser partícipes de esa gran experiencia cultural. Si bien participar de la Feria implica un gran esfuerzo económico, de producción, logístico, para Luz Fernández Ediciones ha sido pensado desde siempre como un lugar de arribo; más allá de las posibles ventas que puedan generarse y del contacto directo con los lectores, nuestro foco también está puesto en la posibilidad de tejer redes con otros espacio editoriales y de distribución tanto locales como del exterior”.

Arribó a La Rural con cuatro novedades: la novela de Zorreguieta; El templo y el bosque. Una antología del romanticismo alemán ($ 30.000), con textos de Friedrich Schlegel, Ludwig Tieck, Novalis y Friedrich Hölderlin, entre otros, al cuidado de Pablo Gianera; La inutilidad del arte y de Dios ($ 30.000), atrapante ensayo de Patricio Di Nucci sobre la Divina Comedia, y Cecilia ($ 30.000), de Benjamin Constant, con traducción de Silvina Bullrich y epílogo de Daniel Guebel.

También debuta con stand propio el sello de autopublicación y servicios editoriales Libella, en el 417 del Pabellón Azul. A cargo de la editora Natalia Alterman, desde la editorial acompañan a los autores en el proceso de edición, corrección y publicación. Se creó hace cinco años, en 2021, y ya van por los quinientos títulos.

“Trabajamos todos los géneros: narrativa, infantiles, desarrollo personal, salud, poesía, arte”, dice Alterman. Entre los best sellers, se pueden mencionar Aprendé a elegirte ($ 30.000), de la entrenadora olímpica Daniela Conde; Rebelde chocolate ($ 85.000), del chef Gonzo Jiménez; Guía de bolsillo para ateos empedernidos ($ 25.000), de Florencia Bonadeo (hermana de Gonzalo), y Vilo ($ 15.000), de Marcelo Zega.

Sin stand propio pero con el primer libro de su catálogo en el de la distribuidora Waldhuter (417 del Pabellón Azul), el sello Sur y Después, de la escritora Flaminia Ocampo y las periodistas Adriana Lorusso y Silvina Friera, presenta nada menos que una novela inédita de Elvira Orphée (madre de Flaminia), Amada Lesbia ($ 25.000), que en los próximos días llegará también a librerías.

“Nuestro propósito es publicar libros desde el sur, con una mirada que recupera las tradiciones literarias más vitales y diversas para dialogar con lo que se está escribiendo en Argentina y en el mundo en ficción y no ficción”, afirman las editoras.

viernes, 1 de mayo de 2026

El escocés W. N. Herbert y el mexicano Pedro Serrano hablan de traducción de poesía en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

El pasado martes 28 de abril, en la librería El Jaúl, tuvo lugar la última reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, con la presencia de los poetas y traductores W. N. Herbert, de Escocia, y Pedro Serrano, de México, con moderación a cargo del poeta y ttraductor Jan de Jager, quien, a su vez, ofició las veces de intérprete. La charla versó sobre algunos de los problemas que encuentran los traductores de poesía al encarar su tarea y el trabajo conjunto entre el autor y el traductor. 

Quienes estén interesados en ver el video puede hacerlo recurriendo a este link:

https://www.youtube.com/watch?v=k7ZNN5iFKaI 

jueves, 30 de abril de 2026

Ediciones de la Flor: ciclo cumplido


El 28 de abril, Daniel Gigena, publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito del cierre de Ediciones de la Flor, una editorial que fue importante en los años sesenta y setenta, para enfocarse luego en la historieta. En su bajada señala: " 'Cincuenta Ferias y una sola Flor' dice el mensaje de despedida en el stand que la editorial, creada en 1966, tiene en la Feria del Libro; cuando el año pasado perdió a Mafalda, quedó 'herida de muerte'; 'Nuestros autores más importantes han sido nuestra familia, pero sus herederos eligieron otros rumbos' ”-

Cierra Ediciones de la Flor: escribe su último capítulo el sello emblemático que publicó a Quino y Fontanarrosa

En el 50° aniversario de la Feria del Libro porteña, una de las editoriales independientes por antonomasia del país, Ediciones de la Flor, escribe su último capítulo en la historia del libro en la Argentina. En el stand 1509 del Pabellón Amarillo ya se rematan títulos del catálogo del sello creado en 1966 por Daniel Divinsky y Ana María Kuki Miller, en cuyo lanzamiento intervinieron también el editor Jorge Álvarez y el recordado “abogado de escritores” Oscar Finkelberg (quien ayudó a que fueran liberados tras más de cien días de arresto durante la dictadura militar). La pareja se divorció en 2009 y Divinsky se retiró del sello en 2015; a partir de ese año, Miller ocupó la dirección editorial.

El año pasado, cuando los sobrinos herederos de Quino anunciaron que toda la obra del historietista pasaría al sello Sudamericana de la multinacional Penguin Random House, De la Flor fue “herida de muerte”, según describió hoy un editor. Mafalda era uno de sus principales “long sellers”.

En diálogo con LA NACION, Miler confirmó la noticia. “La editorial no se vende, como nunca quisimos hacerlo –dice–. Simplemente la cierro porque considero un ciclo cumplido para la editorial y para mí, al margen de todos los demás factores que modifican la actividad de nuestro sector”. Hasta fin de año, mantendrá la editorial, donde trabajan cinco personas; desde hace un año, De la Flor no imprime ejemplares.

Fue un golpe al corazón; De la Flor era Quino y Quino era De la Flor”, dice Miller sobre el retiro de la obra de Quino, que fue su amigo. El cierre se explica también por otros motivos: la caída en el consumo, el aumento en los costos, los cambios en los modos de editar. “No tengo sucesor; mi hijo es músico y yo no podría empezar con una editorial de cero a mis 82 años”, responde al ser consultada.

En el stand de De la Flor en La Rural se puede leer la despedida de la editorial, “50 Ferias y una sola Flor”, en la que se hace un repaso por la historia del sello: “En 1975 participamos de la primera Feria Internacional Del Libro de Buenos Aires y, aun estando presos o en el exilio sus editores, estuvimos en todas las que hubo desde entonces, festejando la posibilidad de encontrarnos con nuestros lectores, escuchar sus comentarios, responder sus preguntas, y sonreír con cada uno que llegaba, libro o papelito en mano, a llevarse la firma de sus autores favoritos”.

La editora, literalmente, “llevó el depósito” de la editorial al stand, donde se pueden encontrar joyas a $ 5000 como La Mary, de Emilio Perina; Mi padre, de Arturo Carrera; El amigo y otros poemas, de Daniel SamoilovichEl analista de Bagé, de Luis Fernando Veríssimo; Sentimientos completos, de César Fernández Moreno, Arnulfo o los infortunios de un príncipe, de Daniel Guebel; El palacio de la noche, de Pablo de Santis, y Bailen las estepas, de Susana Szwarc. Los tres volúmenes de Perramus, de Alberto Breccia y Juan Sasturain, cuestan $ 79.600.

En De la Flor se publicaron en español la primera novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa (en coedición con Lumen, de España), cuentos y novelas de Roberto Fontanarrosa y Griselda Gambaronovelas de John Berger y clásicos de no ficción de Rodolfo Walsh. Hoy, esas obras se encuentran en los catálogos de Random House y Planeta.

Nuestros autores más importantes han sido nuestra familia, pero sus herederos eligieron otros rumbos –se lee en el stand 1509–. Editar libros en Argentina siempre fue una carrera con vallas y hasta aquí hemos llegado a los saltos. Hoy la tecnología y el estado de la economía exigen nuevos y muy diferentes desafíos, que resultan determinantes para una editorial que ha mantenido su independencia como bandera. Es nuestra última feria, y nuestro último año de actividad. Nos despedimos, sabiendo que nuestro legado vive en las nuevas editoriales fundadas por jóvenes que crecieron con nuestros libros, y que esos libros que editamos con convicción y amor todos estos años, seguirán en las bibliotecas y la memoria de nuestros lectores. Gracias a ustedes por ser parte de estos 60 años de nuestra historia”.

Hoy, a las 19, en Zona Futuro, Miller participará de la Maratón de la Lectura de textos prohibidos por la dictadura (De la Flor tuvo varios, entre ellos, Ganarse la muerte, de Gambaro); leerá un fragmento de Feiguele, de Cecilia Absatz. Confirmaron su presencia en la maratón –al cuidado de la periodista Alejandra Rodríguez Ballester– las hermanas Marull, Iván Moschner, Mauricio Kartun, Virginia Innocenti, Rubén Szuchmacher, Ingrid Pelicori, Raquel Robles, Félix Bruzzone, Julia Coria, Luis Gusmán, Miguel Gaya, Mónica Sporra, María Wernicke, Paula Pérez Alonso, Patricia Kolesnicov y Osqui Gusmán. Musicalizará en vivo Marcelo Katz.

Hoy, más que nunca, tenemos que defender la cultura que supimos reconstruir y su diversidad, valorar la libertad creativa y expresiva frente al autoritarismo, que siempre está tentado de negar, expulsar y destruir las palabras críticas que le hacen frente -dice Rodríguez Ballester-. La selección de textos se orientó a la literatura argentina, aunque por supuesto hubo libros políticos, religiosos, clásicos de izquierda, literatura peronista y textos de autores extranjeros igualmente prohibidos. Tomamos como fuente la Biblioteca de libros prohibidos de la Comisión de la Memoria de Córdoba y Un golpe a los libros de Judith Gociol y Hernán Invernizzi”.


miércoles, 29 de abril de 2026

"Se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva"

El pasado 23 de abril, Ana Gallego Cuiñas (foto), decana de la Facultad de Humanidades de la Unviersidad de Granada, publicó en The Conversation, 
que se define como un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos. Es un texto sobre "el valor" de la literatura. Se reproduce a continuación.

¿Cuál es el valor de la literatura?

Nadie habla ya del valor de la literatura. O, cuando se hace, se confunde con otra cosa: precio, ventas, listas, premios, traducciones, número de seguidores. Es decir, se confunde valor con circulación. Pero ¿lo más visible es lo que más vale?

Hoy lo literario circula en el mercado como cualquier otro producto: un libro compite con una serie, un pódcast o un videojuego. Ya no organiza nuestra educación sentimental ni ciudadana, como lo hiciera desde el siglo XIX; es una pieza más en la economía de la atención. Y, como tal, obedece a sus reglas. No las del campo cultural –como pensaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu–, sino las del mercado.

El valor es visibilidad
Durante décadas, el valor literario estuvo en manos de una élite: instituciones, academia, crítica, suplementos, premios. Ese ecosistema –nunca neutral, sino atravesado por lógicas mesocráticas, patriarcales y coloniales– dictaba qué valía y qué no, qué era “bueno” y qué quedaba fuera. Su legitimidad descansaba en una noción relativamente estable de “valor estético”: el uso del lenguaje, la complejidad formal. Hoy ese régimen no ha desaparecido, pero ha perdido el monopolio.

La cultura digital ha introducido una lógica distinta: la de la visibilidad, la circulación y la recomendación distribuida. En plataformas como X, TikTok o Instagram, un libro puede convertirse en fenómeno global en días. El caso de Romper el círculo, de Colleen Hoover, es elocuente: tras la atención de la comunidad #BookTok en TikTok el texto no cambió, cambió su circulación. Y con ella, su valor. O, mejor dicho, su visibilidad convertida en valor. Ya no importa solo cómo se escribe un libro: importa quién lo mueve. Ignorar estos nuevos parámetros no es defender la literatura: es renunciar a comprenderla.

No podemos obviar que el capital social, la juventud y lo nuevo han desplazado al valor estético en el capitalismo de plataformas. Importa menos la obra que quien la firma. El escritor ya no es solo autor: es marca, es relato, es cuerpo. Se convierte en lo que podríamos llamar un “sujeto-obra”: algo que se escribe tanto como se exhibe.

Pensemos en la centralidad de figuras como Mariana Enriquez, Sally Rooney u Ocean Vuong: su imagen, sus entrevistas, sus posts forman parte inseparable de la recepción de sus textos. La literatura entra así de lleno en la lógica del espectáculo –de la que siempre ha participado–, pero ahora la celebridad se intensifica y se vuelve radicalmente contingente. La “gran promesa” de hace diez años desaparece con la misma rapidez con la que fue consagrada. En este contexto, el valor ya no se consolida: circula y se agota.
Leer más o mejor

Este desplazamiento no solo afecta al presente: coloniza también el futuro. La literatura contemporánea aparece atravesada por un proceso de festivalización que pone en el centro la figura autoral. El valor no se produce únicamente en el texto, sino en el conjunto de dispositivos que lo rodean: editoriales, ferias, entrevistas, redes sociales. Es lo que el escritor y filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi llama “futurabilidad”: no leer el valor, sino producirlo por adelantado.

El canon no se construye: se programa. Ya no se trata de reconocer el valor, sino de anticiparlo. Las listas, premios o festivales prescriben el canon, transforman la posibilidad en probabilidad y la probabilidad en mandato. En este régimen, lo que importa no es solo qué se escribe, sino lo que puede llegar a ser visible. El futuro de la literatura se fabrica en tiempo real.

Por otro lado, asistimos a una superproducción literaria sin precedentes: se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva, en favor de formatos más evasivos.

En este contexto, leer literatura de vanguardia se ha vuelto un acto de resistencia. No porque sea minoritario, sino porque exige algo que el capitalismo neoliberal desincentiva: tiempo, atención, fricción. Leer literatura no es solo consumir historias, es aprender a percibir. Es detectar lo no dicho, sostener la ambigüedad, desconfiar de lo evidente. Es, en suma, una práctica crítica en un mundo que premia justo lo contrario.

Cómo leemos importa en un momento en que lo literario ya no se limita al libro, sino que se despliega en una cultura narrativa expandida –series, videojuegos, redes, oralidad– que consumimos sin descanso. Pero esa expansión no simplifica la lectura: la vuelve más compleja, más ineludible. Por eso siguen siendo imprescindibles espacios –aulas, librerías, bibliotecas– donde esa cultura se interrogue. Donde no solo consumamos relatos, sino que aprendamos a desmontarlos: a entender que una atmósfera puede ser un dispositivo de poder, que una voz narrativa construye ideología, que ninguna historia es inocente.

El futuro de la literatura
En un ecosistema saturado de relatos rápidos, transparentes y diseñados para la identificación inmediata, la literatura introduce una anomalía: ralentiza, opacifica, incomoda.

Y ahí reside su valor de uso. Frente al valor de cambio –ventas, métricas, atención–, la literatura sigue siendo una tecnología de la conciencia: entrena la duda, desactiva automatismos, ensaya otras formas de vida. No confirma lo que somos: lo desarma. Por eso importa. No como refugio, sino como herramienta. En un mundo gobernado por algoritmos que refuerzan nuestras certezas, la literatura sigue siendo uno de los pocos dispositivos capaces de desprogramarnos.

Y tal vez ahí, en esa resistencia a volverse transparente, se juegue hoy su potencia más urgente: la de abrir grietas en el sentido común. La de devolvernos la posibilidad de pensar y, con ella, la de desobedecer.