miércoles, 24 de junio de 2026
"El subconsciente de los traductores es una computadora potentísima"
martes, 23 de junio de 2026
"Hoy existe una fórmula compartida del relato literario premiable"
El pasado 29 de mayo, Sandra Caula (foto), una escritora y editora venezolana instalada en Madrid, publicó en ctxt, de España, un artículo a propósito de dos polémicas que vinculan la escritura con distintos usos de la Inteligencia Artificial. Uno de ellos (ver entrada del 4 de junio en este blog) se vincula con el premio recibido por un escritor trinitario para un texto que se sospecha escrito con IA. El otro, a la confesión de la Premio Nobel polaca Olga Tokarczuk de que se sirve de IA para escribir. Con perspicacia, Caula arriesga que quizás haya otro riesgo antes que el del abuso de la IA que involucra a todo el mundo editorial.
El narrador y la máquina
La semana pasada hubo dos polémicas literarias en torno a la inteligencia artificial. La revista Granta publicó The Serpent in the Grove, cuento ganador del premio Commonwealth de relato corto en su edición caribeña, firmado por Jamir Nazir, autor trinitense de sesenta y un años. Pocas horas después, en las redes se dijo que estaba escrito con un sistema generativo. Granta añadió una nota a la página advirtiendo de las sospechas y dijo que mantendría el texto en su web hasta que aparecieran pruebas concluyentes. Nazir, contactado por El País, afirmó que escribió todo el relato, que desde niño escribía pero la vida profesional lo absorbió, que una enfermedad lo ha obligado a quedarse en casa y ha vuelto a escribir. Su próximo proyecto, agregó, es la historia de la expulsión forzosa de su abuelo desde la India a Trinidad.
Casi al mismo tiempo, Olga Tokarczuk anunciaba en el foro Impact de Poznań dos cosas. Primero, que utiliza la IA para escribir (le pide, por ejemplo, canciones que se bailarían en una boda de los años cuarenta, le propone formas de desarrollar una escena, la llama “cariño”). Segundo, y esto es lo verdaderamente grave, que su próxima novela, prevista para este otoño, puede que sea la última. La conversación, según recogió Le Grand Continent, había empezado como un lamento sobre el estado de la literatura. La Nobel polaca tuvo que emitir un comunicado después: no ha escrito sus novelas con inteligencia artificial, solo la consulta para verificar datos. Pero la afirmación de fondo –que la literatura tal como la hemos conocido se vuelve cosa del pasado– sigue ahí.
Son dos sospechas simétricas pero invertidas. A un poeta amateur de sesenta y un años, enfermo, que vuelve a escribir tarde, se le acusa porque su cuento parece producido por una máquina. A una Nobel se la acusa porque admite usar la máquina como herramienta de documentación. En los dos casos la imputación es la misma: el texto literario habría dejado de tener una autoría humana. Algo se ha roto en la cadena de confianza que une al lector con quien escribe.
Pienso que esa rotura no la ha causado la inteligencia artificial. La inteligencia artificial solo la ha hecho visible. Y la prueba de eso quizá sea más nítida en el caso Nazir que en el de Tokarczuk. Porque si Nazir dice la verdad, y nadie ha demostrado que mienta, su relato plantea una pregunta más perturbadora que la de la atribución. Un escritor que vuelve a la escritura por necesidad, tras una convalecencia, con una historia familiar que quiere contar antes de morirse, escribe sin embargo un texto que parece escrito por una máquina. ¿Cómo es posible?
Mi hipótesis es que existe hoy una fórmula compartida del relato literario premiable. Una prosa que se enseña y se traduce, que se reseña y se elogia, que tiene ingredientes obligatorios. La imagen sensorial de apertura, la metáfora corporal, el ritmo trabajado con frases cortas y largas, la sentencia que cierra el párrafo, el detalle cultural específico, la voz narrativa que oscila entre lo lírico y lo oral. El cuento de Nazir reúne todos esos rasgos con una pulcritud sospechosa. También los reúnen muchos otros relatos y textos premiados en los últimos años, escritos por autores humanos sin asistencia maquinal. Aprendieron en talleres, en escuelas de escritura, en programas universitarios, qué clase de texto se publica y cuáles se descartan. Es decir, cómo adaptarse al mercado. La fórmula no la inventó la máquina. La máquina la ha aprendido de los muchos textos que la fueron alimentando.
La inteligencia artificial expone, por tanto, algo que precede a su existencia. Llevo años, como editora y como lectora, sintiendo un rechazo creciente hacia cierta literatura contemporánea de éxito. A menudo me parece estar ante textos hechos para encajar en un mercado y no porque alguien necesitara escribirlos. Deploro una artificialidad que no tiene nada que ver con los modelos de lenguaje. Hay un cálculo de efecto en cada página, una conciencia constante del lector ideal y del jurado posible, una atención a las marcas reconocibles del oficio que han sustituido al oficio mismo. Algo profesional en el peor sentido que puede tener el término en Humanidades. El escritor que escribe para tener éxito y el escritor que escribe porque tiene algo que contar son distintos, y la literatura que escriben también lo es. La inteligencia artificial puede simular muy bien el primero. No sé si podría simular al segundo.
Walter Benjamin advirtió hace casi un siglo de un proceso parecido. En el ensayo de 1936 sobre Nikolái Leskov, El narrador, describió la sustitución progresiva de la narración por la información. Y lo que llamaba información no era el periodismo ni los hechos verificables. Se refería a una forma de comunicar acontecimientos que viene ya cargada de explicaciones, que no deja al lector trabajo alguno, que se agota en el instante en que se consume. “Casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información”, escribía. “Es que la mitad del arte de narrar radica precisamente en referir una historia libre de explicaciones”. La narración auténtica, dice, deja al lector la libertad de entender, le ofrece la historia con una amplitud de vibración que la información ha perdido.
Esa amplitud me hace falta en el cuento de Nazir. Y no por torpeza, sino por exceso de cuidado: cada imagen viene acompañada de su glosa, cada gesto lo comenta una sentencia, cada metáfora se cierra sobre sí misma para que nadie pueda equivocarse en su lectura. Nada queda libre. La narración se ha vuelto información disfrazada de literatura. Pero no es un problema solo de Nazir. Buena parte de la narrativa contemporánea funciona así. Benjamin, leído hoy, parece estar describiendo el cuento que las escuelas de escritura han aprendido a producir y los jurados a premiar.
Hay una continuidad histórica que el caso de la inteligencia artificial ilumina, pero no inaugura. La narración lleva tiempo migrando hacia formas que necesitaban menos al narrador, en el sentido fuerte que Benjamin daba a la palabra. El narrador era para él alguien que volvía de un viaje o alguien que se había quedado y conocía las historias del lugar; en cualquier caso, alguien con una experiencia que pedía forma. Las formas literarias del siglo pasado, primero la novela y después el cuento, han ido prescindiendo de esa experiencia hasta convertir la escritura en un saber hacer que se aprende en las aulas. Y eso es justo lo que un sistema estadístico puede aprender. Si los premios coronan ese saber hacer, las máquinas pueden ganarlos. No porque piensen, sino porque eso que se premia ya casi no requiere pensamiento.
Quizá por eso lo que dice Tokarczuk es tan grave, y creo que se ha analizado poco. No anuncia que vaya a escribir su próxima novela con una máquina; anuncia que es posible que su próxima novela sea la última. “La literatura que conocemos está volviéndose cosa del pasado”, dice. Una de las narradoras más reconocidas de Europa, que durante cuarenta años ha escrito desde una necesidad muy clara –los desplazamientos, las fronteras, la memoria centroeuropea, la fuga de los seres y de las almas–, sostiene que la forma novela se acaba. No solo para ella. Para todos. El ecosistema que sostiene una vida de escritor se ha erosionado: cada vez hay menos lectores de novela, menos tiempo para leer textos exigentes y largos, condiciones más precarias para escribir bien. La inteligencia artificial aparece en su declaración como compañía, no como amenaza. Lo dice sin dramatismo, casi con humor. Pero el subtexto es brutal. La IA entra en escena para acompañarla en un oficio que ya estaba quedándose sin mundo. La inteligencia artificial no ha matado a la novela, ha venido a acompañarla en su agonía.
No tengo una respuesta cómoda para este dilema. Pero sí tengo una intuición, formada por los manuscritos que leo como editora o en los talleres que dicto o a los que asisto. La prosa que resiste la imitación de las máquinas no es la prosa más sofisticada, es la prosa que viene de una necesidad. Y eso se reconoce porque quien escribe habría podido escribir cualquier otra cosa, pero escribió eso, porque eso es lo que tenía que contar. Un sistema generativo no tiene nada que contar, tiene patrones que combinar. Y mientras la literatura premiada siga siendo, en buena parte, combinatoria de patrones reconocibles, la inteligencia artificial competirá con ella en pie de igualdad. Las dos hacen, en el fondo, lo mismo.
Quizá la enfermedad que ha devuelto a Nazir a su mesa de trabajo sea lo que le permita escribir el libro que dice que quiere escribir. Podría hasta convertirlo en un narrador en el sentido benjaminiano. O no.
La experiencia siempre nos ha llegado mediada por las formas en que se la ha narrado. Lo nuevo es que esas formas circulan ahora a velocidad de plataforma, se enseñan como oficio en una industria global de escuelas de escritura y han sido filtradas durante décadas por agentes, jurados y editoriales que han ido seleccionando un tipo de texto. La mediación ya no es solo literaria, es también de mercado. Hoy escribimos orientados por ese filtro hasta cuando escribimos por necesidad. Así que Nazir podría escribir el libro de su abuelo con los mismos tics con que escribió su cuento premiado, porque eso es lo que ha aprendido a reconocer como literatura.
Lo que distingue la literatura de su simulacro no es la pureza de un origen, sino la posibilidad de que, en algún lugar entre la necesidad de contar y los moldes disponibles para hacerlo, ocurra algo que ningún modelo de lenguaje sabría imitar. Esa posibilidad no está garantizada por la sinceridad del escritor. Y tampoco la cancela.
lunes, 22 de junio de 2026
Libre de librero: el uruguayo Damián Cabeza, premiado en la Feria del Libro de Buenos Aires
Damián Cabeza es un personaje conocido entre los uruguayos del mundo de la cultura residentes en Buenos Aires por su actitud solidaria de compatriota “adelantado”, uno de esos que te introducen cuando llegás a un lugar nuevo, te explican las rutinas, te recomiendan a otros; un rol tan pocas veces reconocido, pero que todos los que hemos salido a hacer hogar por los caminos sabemos tan importante. Pero también es el que suma a la sociedad a la que llega, el que se involucra, aporta, entrega. No acepta las extranjerías, y por eso terminó convirtiéndose en un referente para el mercado de los libros alternativos y de los colectivos culturales en Buenos Aires.
Nació y creció en Cardal, un pueblo de poco más de 1.000 habitantes en el departamento de Florida, a decenas de kilómetros de cualquier ruta importante, pero que igualmente ostenta el título de “capital de la cuenca lechera” y tiene el récord del arroz con leche más grande del mundo. Se formó como librero trabajando en el circuito montevideano. Un día en que la vida le pedía un cambio urgente cruzó el Río de la Plata para sumarse al proyecto de La Libre, una librería cuyos sueños fundacionales no incluían premios ni galardones, sino más bien cubrir el margen, sacar a los suplentes a la cancha, difundir artistas y escritores que no pasan naturalmente por los grandes canales de la industria, democratizar el manejo del capital cultural y de la producción editorial. Y para sumarse a La Libre, tuvo que reaprender el oficio, recrear su forma de trabajar.
Esta preciosa librería y punto de agite cultural de Buenos Aires le debe su origen a la FLIA (aunque cuando sabés la historia te dan ganas de escribirlo con minúscula), que fue la Feria del Libro Independiente; ya no se acuerdan muy bien si la A era por artesanal, alternativo, autogestionado o anarquista, o quizás nunca lo supieron. Eran un conjunto de editoriales alternativas, cartoneras, rupturistas, queer. En la durísima primera década del siglo reunieron sus esfuerzos para armar esa feria y encontrarse con sus lectores en distintos lugares, en lo posible una vez al mes. Hasta que entendieron que tenían algo que no existía en el mercado y se les ocurrió probar establecerse como librería e intentar ganarse la vida compartiendo ese proyecto. Consiguieron un localcito que podría definirse mejor como un corredor para exhibir, una segunda planta a modo de depósito y un altillo que fungía de oficina, sala de asambleas y vivienda provisoria para los que lo fueron necesitando; entre ellos, Damián, recién llegado de Uruguay.
El capital inicial eran libros raros, nacidos de las crisis económicas y culturales, del cuestionamiento a los parámetros establecidos; gente rara, desconocida, joven en su mayoría y con la consigna de sumar, juntar, colectivizar, compartir. “Decían que éramos todos unos fumaporros, homosexuales y muertos de hambre... y tenían razón”, bromea Damián.
La Libre organizó eventos, discusiones, campañas por legislaciones que necesitaban para protegerse, publicó libros, invitó gente, hizo intercambios con editores y libreros de otros lugares de Argentina y de América Latina, intervino la vereda, la calle, la cultura, los modos de hacer. De a poco empezó a funcionar, se dieron cuenta de que se podía, de que era posible otra forma de vender libros que fuera más allá del intercambio comercial de un producto tan amado e importante, con todo lo que eso ya implica. Se organizaron, formaron una cooperativa y firmaron el alquiler de una casa antigua en San Telmo, con techos altos que llenaron de estanterías con títulos esperados e inesperados, con espacio para talleres, espectáculos, presentaciones, charlas formales e informales. Pusieron todos los huevos en esa canasta, y cuando terminaron de instalarse, llegó la crisis sanitaria de 2020 y les apretó el freno.
Tuvieron que reinventarse otra vez. Investigaron por dónde estaban los huecos, gestionaron permisos de delivery para poder salir a la calle a llevarle libros a la gente en su encierro, agitaron por las redes, las plataformas, sumaron más grupos, más perspectivas, integraron el mercado de libros usados, una editorial propia y una pequeña distribuidora al servicio de los proyectos independientes de todo el país y desde allí no pararon de crecer y cambiar. Todavía hoy, la mayoría de estas actividades no generan ganancias apreciables; lo único que mantiene la economía funcionando es la librería, pero es la suma de las partes lo que los hace existir.
Un punto de inflexión
Ser librero en La Libre es también ser gestor, editor, tejedor de redes, tutor de colegas, aprendiz de colegas al mismo tiempo, improvisador de estrategias culturales, desarrollador de alianzas. El chico de Cardal que dejó un empleo fijo a una hora de ómnibus de la familia para irse a la capital de las librerías sin más capital que sí mismo terminó poniéndole su nombre a esta forma nueva de gestionar el libro. Se convirtió, ante todo, en un hombre de diálogos, de contactos, de acumulación, de integración desprejuiciada de lo que tiene para aportar el otro. Ha estado en los movimientos que defienden y desarrollan políticas culturales; formó parte de la creación de la Cámara Argentina de Librerías Independientes, de los grupos que organizaron los stands compartidos en la Feria del Libro, creando un rincón de referencia en la esquina norte del Pabellón Amarillo; cursó una Diplomatura en Artes del Libro en la Universidad Nacional de las Artes y tiene siempre los ojos puestos un paso adelante.
La Libre no es un fenómeno aislado, es parte de una forma de desafiar los discursos y haceres hegemónicos que ha traído este siglo, y que brota y se nutre de los márgenes y las banquinas, mientras por la autopista principal avanzan las derechas y los belicismos. Las generaciones actuales de lo alternativo, de los transformadores del mundo están más centradas en estar en la ruta que en saber si alguien les da permiso, o si pueden arrebatarles a los poderosos el derecho a dar permisos, una forma de entender el desafío que, más que esforzarse en el reconocimiento y la expansión de su matriz ideológica, se centra en producir, vivir y trabajar para la gente que los apoya y los necesita. La autogestión como bandera.
En el mundo del libro en particular, los locos con proyectos rupturistas han existido e influido en el paisaje desde hace mucho tiempo, pero hay algo que está cambiando. En un mundo donde los “equipos grandes”, en todos los rubros, uniformizan su imagen y sus productos, los “clubes de barrio” cumplen una función cada vez más importante como garantía de la diversidad y del derecho a la libertad de expresión.
Es un secreto a gritos que la literatura interesante, novedosa, la que corroe las estructuras se está publicando, en su mayoría, en editoriales independientes nacidas en cuartitos del fondo, en librerías, en ferias o en centros vecinales. Muchos escritores sabemos que, para la difusión de cierto tipo de obras y discursos, ideas sobre la cultura y visiones del mundo, es más acertado, e incluso más prestigioso, publicar en una editorial independiente. Que los que escribimos y leemos tenemos allí un circuito interno para conocernos y dialogar. La estrategia de los márgenes ha evolucionado hacia un lugar expuesto, orgulloso de sí mismo, dueño de su discurso y unificador.
Si se quiere saber lo que realmente pasa en el mundo de los libros, hay que darse una vuelta, por ejemplo, por La Libre. Puede que esté Damián Cabeza sentado en el mostrador para presentarte un nuevo autor o una nueva editorial, aunque también puede que esté limpiando los baños, o en una reunión con un embajador.
Donde él se mueve hay un punto de encuentro. La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires le acaba de otorgar el premio Elvio Vitali 2026 al librero del año. Hay escasísimos antecedentes de librerías independientes que hayan recibido este galardón. Pero el caso de Damián es quizás un punto de inflexión, es el reconocimiento del valor cultural y estético de la gestión en sí, de los que hacen las cosas de otra manera, de los que logran tener una vida digna sin poner el rendimiento económico como objetivo, de lo que se construye solo con capitales humanos y un poco de osadía.
A cualquiera que le preguntes en ese mundillo de rincones autogestionados, te habla del premio como propio, lo siente como propio; lo llaman “uno de los nuestros”, un concepto que tiene más un valor intuitivo y humano que definible en términos teóricos. Se sienten parte de ese logro, porque también Damián Cabeza integra a todos los que están y han estado –pasado, aprendido– en los resultados obtenidos en más de diez años de trabajo y obstinación. Todo lo que cuenta sobre el proyecto, sobre el premio, sobre las ideas que hay detrás lo hace como si nos perteneciera a todos.
domingo, 21 de junio de 2026
A Kafka lo salva el sentido del humor
jueves, 18 de junio de 2026
La gratitud humana más pura
Con firma de Xinhua, el pasado 1 de junio, el diario Los Tiempos, de Cochabamba (Bolivia), publicó el siguiente artículo sobre el creciente intercambio literario dentre China y Latinoamérica.
miércoles, 17 de junio de 2026
"Los libros no se hacen solos"
El pasado 5 de junio, Daniel Gigena publicó en La Nación, de Buenos Aires, la noticia de que la editora y docente Patricia Piccolini ganó un importante premio ligado a su labor. En la bajada se lee: "Por primera vez, una representante de la Argentina obtiene el reconocimiento que otorga, desde 2017, la Universidad Nacional Autónoma de México".
martes, 16 de junio de 2026
"Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno" y otras traducciones (2)
Ésta es la segunda parte del artículo de Martín Arias Goldestein publicado en el día de ayer