viernes, 21 de agosto de 2026

Atención traductores del coreano al castellano: hay noticias auspiciosas

La noticia tiene ya unos meses, pero no perdió actualidad. Fue publicada sin firma en Noticias sobre Corea. 

Corea abrirá en 2027 un posgrado en traducción para impulsar la expansión global de su literatura

Corea establecerá en septiembre de 2027 un posgrado en traducción para formar profesionales especializados en literatura coreana y contenidos culturales.

El Instituto de Traducción Literaria de Corea (LTI, por sus siglas en inglés) organismo afiliado al Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo, celebró el 28 de abril en Seúl el acto de lanzamiento del comité de promoción del proyecto y anunció que acelerará los preparativos con vistas a su apertura el próximo año.

El programa contará con un total de 60 estudiantes, 30 coreanos y 30 extranjeros, y abarcará siete idiomas: inglés, francés, alemán, español, chino, japonés y ruso.

El comité está compuesto por nueve miembros, entre ellos el poeta y exministro de Cultura Do Jonghwan, así como los escritores Moon Chung-hee, Ra Taejoo, Hwang Sok-yong y Eun Heekyung, los críticos literarios Kwon Yeongmin y Yoo Sungho, el traductor Darcy Paquet y el director ejecutivo de Simone Accesory Park Eun-kwan.

El proyecto contempla convertir la actual Academia de Traducción del instituto, creada en 2008 como el único programa especializado del país en literatura y contenido cultural coreanos, en un posgrado que otorgue títulos de máster.

Hasta la fecha, el LTI ha formado a más de 1.600 traductores, pero ha sido criticado por las limitaciones de un programa que no ofrece un grado académico para la formación de profesionales altamente cualificados.

Durante el evento, los participantes coincidieron en la necesidad de crear este posgrado.

Do Jonghwan señaló que, aunque la literatura coreana ya ha alcanzado un alto nivel, la profundidad de sus obras no se ha transmitido plenamente debido a las limitaciones del coreano como lengua minoritaria y subrayó que la formación de traductores profesionales es esencial para profundizar la proyección internacional de la literatura coreana.

Moon Chung-hee destacó que, sin la traducción a múltiples idiomas, la literatura coreana difícilmente habría podido difundirse a nivel global, y afirmó que la traducción es el principal canal que conecta estas obras con los lectores internacionales.

Ra Taejoo apuntó que, aunque la novela coreana ha ganado visibilidad en el extranjero, la poesía sigue siendo poco conocida, por lo que es necesario un apoyo equilibrado a la traducción que no se concentre en un solo género.

Yoo Sungho definió la traducción como un acto crítico de selección e interpretación, así como un proceso de incorporación de las obras a la literatura mundial, y señaló que el traductor no es solo un mero intermediario, sino un creador que transmite cultura y memoria, lo que exige una formación sistemática a nivel de posgrado.

Por su parte, Park Eun-kwan subrayó que la limitada proyección internacional de la literatura coreana no se debe a su calidad, sino a la falta de una estructura adecuada de traducción, distribución y marketing, y afirmó que el nuevo posgrado debe contribuir a subsanar estas carencias.

La presidenta del LTI, Chon Sooyoung, expresó su compromiso de establecer un sistema educativo más especializado y orientado al futuro y formar traductores de alto nivel, capaces de liderar los intercambios culturales globales en la era de la transformación digital.

Los miembros del comité de creación del posgrado en traducción posan para una foto grupal el 28 de abril durante la ceremonia de lanzamiento

jueves, 20 de agosto de 2026

Vargas Llosa en quechua

El peruano Luis Alberto Medina Huamaní (foto) es docente de quechua en Idiomas PUCP, traductor certificado por el Ministerio de Cultura y licenciado en Educación por la UNMSM. Su trabajo se centra en la traducción, edición y creación literaria en quechua, con especial atención a la incorporación de la lengua originaria a la literatura contemporánea. Es autor y coautor de diversas publicaciones y actualmente desarrolla un proyecto de traducción y edición de clásicos de la literatura peruana en quechua, orientado a ampliar el acceso de los lectores quechuahablantes al patrimonio literario nacional. El texto que sigue, publicado recientemente en Jugo, es una descripción que hizo en primera persona sobre cómo llegó a traducir clásicos de su país al quechua. 

Cuando los cachorros también hablan quechua

En el verano de 2018 me propuse traducir al quechua algunas de las obras que forman parte de nuestro imaginario literario y hacer que pudieran leerse también en una de las lenguas originarias más habladas del Perú. Una idea sencilla, pero muy retadora. Ocho años después, debo admitir que la deuda sigue siendo enorme. Hasta el momento he logrado traducir dos clásicos y medio: Paco Yunque (INALO, 2018), Uña allqukuna (Los cachorros, Penguin Random House, 2025) y Fabla salvaje de César Vallejo, que aún permanece inédita.

Hace ya tiempo me pregunté por qué quienes formamos parte de los pueblos originarios del Perú no podemos acceder a los clásicos de nuestra propia literatura en nuestra propia lengua. Dicho de otro modo: ¿por qué no leer a nuestros clásicos también en quechua, una de las lenguas oficiales de nuestro país?

Esa pregunta ha guiado buena parte de mi trabajo como traductor.

Con esa convicción, hace algunos años logré contactar a una agente literaria de Mario Vargas Llosa para contarle el proyecto. Mi intención era comenzar con La ciudad y los perros. La respuesta fue entusiasta, pero poco después la conversación quedó suspendida. Llegó la pandemia y terminé dedicándome por completo a otro proyecto: la traducción de la narrativa de César Vallejo.

Hasta que llegó el momento esperado.

Un día recibí la llamada de Johann Page, editor de Penguin Random House en Perú. Me propuso traducir la novela corta Los cachorros (1967). No tuve que pensarlo dos veces. Cuando conversamos sobre el cronograma, calculé que necesitaría al menos dos meses para hacer una traducción a la altura de la obra. Johann me respondió con una frase que todavía recuerdo:

—Tenemos diecinueve días.

Acepté el reto.

Fueron, probablemente, los diecinueve días y noches más intensos de mi vida profesional.

No solo traduje. Me sumergí, cual detective, en la Lima de los años cuarenta: investigué su entorno social, la música de la época, los barrios, los espacios que frecuentaban los jóvenes, sus costumbres, sus formas de hablar y todo aquello que Mario Vargas Llosa había incorporado a la novela.

Pero el verdadero desafío no estaba en el vocabulario.

El mayor reto consistió en comprender —ya no solo como lector, sino como creador— la extraordinaria polifonía narrativa de Los cachorros: esas voces que cambian sin previo aviso, ese narrador colectivo que obliga al lector a reconstruir constantemente quién habla. Captar esa arquitectura narrativa y hacerla vivir en quechua fue, quizá, la parte más compleja de toda la traducción.

Poco después supe que el Ministerio de Cultura había adquirido los derechos para publicar doce mil ejemplares de la obra traducida. Aquella era una magnífica noticia, pero también abrió un debate mucho más profundo. La Dirección de Lenguas Originarias revisó la traducción y surgieron diferencias de interpretación y, sobre todo, de enfoque. Allí comprendí que era necesario distinguir dos maneras muy distintas de entender la traducción.

La traducción técnica busca claridad, uniformidad y precisión terminológica. La traducción literaria, en cambio, busca recrear una experiencia estética. Trabaja con símbolos, metáforas, silencios, ritmos, ambigüedades y múltiples niveles de significado. No siempre dice exactamente lo mismo: intenta producir en el nuevo lector un efecto semejante al que produce el texto original.

Uno de los debates más intensos giró en torno al propio título.

Se propuso reemplazar Uña allqukuna (“Los cachorros”) por Maqtillukuna (“Los muchachos”). Desde una lógica técnica, el cambio parecía razonable: evitar que el lector pensara literalmente en perros.

Sin embargo, desde una perspectiva literaria, ocurría exactamente lo contrario.

Los “cachorros” constituyen uno de los grandes símbolos de la novela y dialogan, además, con otro universo narrativo de Vargas Llosa: La ciudad y los perros. Esos cachorros no son simplemente animales; son muchachos que intentan demostrar su hombría, encontrar su lugar dentro de la manada y atravesar los difíciles ritos de paso hacia la adultez.

La literatura no explica todos sus símbolos desde la portada. Confía en la inteligencia del lector. Y la traducción literaria tampoco debería subestimar esa capacidad de interpretar.

Algo semejante ocurrió con el uso del lenguaje.

En una traducción técnica suele privilegiarse la uniformidad: un término, una única equivalencia. En literatura ocurre lo contrario. El contexto, la intención del personaje, la musicalidad del texto y la carga emocional permiten elegir entre distintos sinónimos y matices. Traducir literatura no consiste únicamente en trasladar significados; consiste en recrear una voz.

Quizá el caso más polémico fue la traducción del insulto “maricón”.

En la revisión se interpretó que ese término hacía referencia a la supuesta cobardía de Cuéllar por no acercarse a las muchachas. Sin embargo, la tradición crítica sobre Los cachorros ha mostrado otra lectura: el apelativo surge porque sus amigos comienzan a sospechar de una supuesta homosexualidad, consecuencia de la castración que sufre tras el ataque del perro Judas. Cuéllar no evita relacionarse con las mujeres por cobardía, sino porque la mutilación ha afectado profundamente su identidad y su deseo.

Por esa razón opté por traducir el término como chinaku, una palabra que en quechua remite precisamente a alguien percibido como afeminado y que reproduce con mayor fidelidad la carga semántica que el insulto posee en la novela. Finalmente, durante el proceso editorial, entre otros términos, se decidió conservar el término “maricón” en castellano.

La traducción literaria no consiste únicamente en trasladar palabras de una lengua a otra. Consiste en interpretar una obra, comprender su tradición, respetar sus símbolos y reconstruir su universo para nuevos lectores.

La traducción de Los cachorros no debe entenderse como una demostración de que el quechua, como lengua viva hablada por millones de personas, es capaz de traducir a Mario Vargas Llosa. Esa discusión quedó superada hace mucho tiempo. El desafío ya no es demostrar qué puede hacer una lengua, sino preguntarnos para quiénes está disponible nuestra literatura.

En suma, quienes formamos parte de los pueblos originarios también tenemos derecho de acceder a la literatura peruana, de leer a nuestros clásicos, en nuestra propia lengua.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Paradojas del oficio de traductor

El 25 de abril de 1973, se promulgó la Ley 20305, que reglamenta la actividad de los traductores públicos. que son aquéllos que se dedican a la especialización en cuestiones jurídicas. De todos los mundos que incluye la traducción, a diferencia de los traductores científico-técnicos y de los traductores literarios, son los que están más organizados y los que mejor cobran. En razón de sus estudios formales, suelen mirar con cierto aire de superioridad a los colegas de otras especializaciones y, como sucedió cuando, desde las asociaciones de traductores, en 2013 y en 2015, se intentó impulsar la Ley de Derechos de los Traductores y Fomento de la Traducción, los colegas que en ese momento dirigían el Colegio Público de Traductores la boicotearon por negarnos el derecho a usar la palabra "traductor" a quienes no habíamos cursado estudios ad hoc, a pesar de estar firmemente insertos en el mercado de la traducción literaria. Se trató de una decisión desafortunada que, luego de muchas idas y vueltas, concluyó dejando de lado toda posibilidad de acuerdo.

Ahora, preocupados por lo que el gobierno está a punto de hacer, recurren a los traductores literarios, solicitándoles ayuda para evitar que se derogue el artículo 6, de la Ley 20305, que dice: "Todo documento que se presente en idioma extranjero ante reparticiones, entidades u organismos públicos, judiciales o administrativos del Estado nacional, de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, o del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida Argentina e Islas del Atlántico Sud, debe ser acompañado de la respectiva traducción al idioma nacional, suscripta por traductor público matriculado en la jurisdicción donde se presente el documento." Vale decir, se anula el requisito de la certificación pública por parte de traductores matriculados, lo que los afecta directamente porque la norma que se quiere adoptar influye directamente sobre el bolsillo de los traductores públicos que, de la noche a la mañana, pueden ser reemplazados por la Inteligencia Artificial.

Curiosamente, cuando los traductores públicos, que tanto cuestionaron el uso de la palabra "traductor" aplicada a quienes ejercemos la traducción literaria, ahora solicitan nuestra ayuda, pidiéndonos que firmemos una solicitada presentada ante change.org en la que se pide no alterar el artículo 6 de la citada ley. La petición, iniciada por Lorena Carassai, traductora pública, cuenta, al día de hoy, con 10.729 firmas. Muchas de ellas habrían servido para que los traductores literarios hubiésemos podido tener una ley que nos protegiera. Esa módica aspiración, por pura mezquindad y soberbia, nos fue negada por los hoy preocupados colegas.

Lo que el gobierno quiere desregular es claramente un atropello y atenta, no sólo contra la seguridad jurídica, sino también contra las fuentes de trabajo. Por eso, cumplimos en informar lo que está sucediendo para que cada cual decida obrar en función de estos elementos.

Jorge Fondebrider





martes, 18 de agosto de 2026

Como siempre, el hilo se corta por lo más fino

Pasado el peligro de que la ley de precio único de los libros fuera derogada, los editores y libreros recuperan, en la medida de sus posibilidades, su relativa tranquilidad. Eso sí, nadie discute cómo se reparte el dinero que generan los libros. Dicho de otro modo, nade desea que el 10% que les toca a los autores y el 1 al 4% que les toca a los traductores (el promedio más bajo de toda Latinoamérica) pueda ponerse en tela de juicio, ante el resto de la torta, que se reparte en un 25% para las editoriales, un 30 a 35% para las distribuidoras y un 35 a 60% (este último porcentaje, para las cadenas de librerías con poder de extorsión), para las librerías. 

Las excusas para que esos porcentajes se mantengan inamovibles son risibles: que el pago de alquiler, que los servicios, que los impuestos, que los costos, etc., como si escritores y traductores no tuvieran que alquilar, pagar servicios, impuestos y costos de todo tipo como las empresas, con el agravante de que un libro a veces tarda años en ser escrito o traducido, mientras que el tiempo de su venta inmediata es mucho más breve y, por lo tanto, implica menores gastos o equipara a lo largo del tiempo los de un particular que escribe o traduce.

Todo permite suponer que el hilo se corta por lo más fino, y que lo más fino son los que escriben  traducen los libros. A esa gente, a diferencia de las papeleras, las imprentas y las encuadernadoras, se los puede ningunear.

Pasado el peligro, todos los que eran humanistas que se llenaban la boca hablando de la bibliodiversidad, ahora vuelven al negocio (probablemente, ruinoso para la mayoría, pero negocio al fin) y se niegan siquiera a considerar discutir la cuestión de los porcentajes. Y los escritores y traductores, cuyas asociaciones participaron en la defensa de la ley, se llaman a silencio de puro cagones, no sea que se queden sin la mísera porción que les corresponde dos  veces por año con el pago posdatado de derechos de autor.

Jorge Fondebrider

lunes, 17 de agosto de 2026

"Una universidad inglesa descubrió que el destino de su autoridad dependía de un oso ausente en el reglamento."

Varias ideas confluyen en esta columna del escritor y traductor Guillermo Piro, publicada en el diario Perfil, el pasado 16 de agosto. Todas resultan interesantes y, aunque parcialmente, también incluyen una de las muchas ideas que hay sobre la traducción.

El oso de Byron

John Irving confesó una vez que cuando una novela suya comienza a perder impulso o amenaza con empantanarse, hace aparecer un oso. El animal altera el equilibrio de la historia y obliga a los personajes a reaccionar. La narración recupera velocidad. Resulta difícil encontrar una mejor definición del oficio de novelista: saber qué elemento inesperado necesita un relato para ponerse otra vez en movimiento. Mucho antes de que Irving descubriera ese procedimiento, Lord Byron había comprendido que un oso también podía resolver problemas fuera de la literatura.

Byron tenía diecisiete años cuando ingresó en el Trinity College de Cambridge, en 1805. El reglamento universitario prohibía los perros. Byron leyó aquellas páginas con una atención que pocos estudiantes reservaban a los reglamentos. Buscaba omisiones. Como los osos no figuraban en ninguna lista de animales prohibidos, compró uno. Durante un tiempo, un cachorro plantígrado paseó por los patios de una de las universidades más prestigiosas de Inglaterra protegido por una impecable interpretación del reglamento.

La anécdota suele incorporarse al catálogo de extravagancias de Byron, junto con sus aventuras amorosas, sus viajes y sus desafíos públicos. Esa clasificación reduce un episodio extraordinario a una simple curiosidad biográfica. Lo verdaderamente memorable consiste en la lectura que Byron hizo del reglamento. Mientras las autoridades se ocupaban de escribir normas, él se ocupaba de leerlas. Ya sabía que los reglamentos pertenecen a un género literario involuntario. Aspiran a la exhaustividad y terminan produciendo el efecto contrario. Cada artículo pretende cerrar una puerta y deja abierta una ventana.

Un escritor aprende muy temprano que las palabras importan tanto por lo que dicen como por lo que omiten. Una novela puede cambiar de sentido por un adjetivo. Un testamento, por una coma. Una universidad inglesa descubrió que el destino de su autoridad dependía de un oso ausente en el reglamento.

La escena posee una perfección narrativa casi ofensiva. Profesores distinguidos, expertos en lenguas clásicas y derecho, inclinados sobre un reglamento incapaz de responder la única pregunta urgente del día. El animal, completamente ajeno a la controversia, caminaba por el campus con la serenidad de quien ignora que acaba de convertirse en un argumento jurídico.

Los animales atraviesan la historia de la literatura con una frecuencia sorprendente, pero el oso de Byron conserva una materialidad casi cómica. No representa nada. Simplemente ocupa un vacío del lenguaje.

A lo mejor por esa razón el episodio continúa resultando tan moderno. Las sociedades contemporáneas producen reglamentos todo el tiempo. Cada problema parece exigir una nueva norma, otro formulario, una cláusula adicional. La imaginación de quienes redactan esas disposiciones rara vez alcanza la imaginación de quienes deberán convivir con ellas.

Byron pertenecía a una especie escasa: la de los lectores peligrosos (iba a escribir prodigiosos). Un lector peligroso examina un texto con la sospecha de que siempre falta algo. Los abogados viven de esa sospecha. Los traductores también. Los escritores construyen su oficio sobre esa misma desconfianza. Leer consiste muchas veces en advertir lo que otro creyó innecesario aclarar.

Quizá John Irving tenga razón. Cuando una historia pierde impulso, conviene hacer aparecer un oso. En la ficción, el procedimiento reactiva la narración. En la vida de Byron produjo un efecto todavía más duradero. Dos siglos después, muchos lectores recuerdan antes al oso que algunos versos del poeta. Pocas mascotas alcanzaron semejante celebridad. Menos todavía consiguieron demostrar con tanta elegancia que el lenguaje siempre deja un espacio donde la inteligencia encuentra un rincón donde alojarse.

viernes, 14 de agosto de 2026

"Lo que vamos a valorar en el futuro, estoy convencido, es aquello que nace de la imperfección humana"

El pasado primero de agosto, la revista mexicana Letras Libres publicó una entrevista de León Krauze con el también mexicano José Calafell (foto), actual director del Grupo Planeta para América Latina. Se ofrece a continuación.


“Es absolutamente falso que el libro físico esté perdiendo su valor”

José Calafell es una de las mayores voces de la industria editorial en español de las últimas décadas. Actual director para América Latina de Grupo Planeta, ha dedicado su vida al libro, a encontrar nuevas plumas, a llevar la literatura a la mayor cantidad de lectores posible. En esta conversación con León Krauze, Calafell habla de la situación del libro y la lectura en un presente lleno de predicciones apocalípticas; ofrece un panorama de lo que se escribe y se lee en Latinoamérica, del trabajo del editor, de lo que implica ser escritor y del lugar que la inteligencia artificial tiene en el panorama literario.

Has sido muy enfático al rechazar la idea de que cada vez se lee menos. Desde tu mirada que cruza España y América Latina y los años de experiencia que ya tienes, ¿cuál dirías que es el mapa real de la lectura en español el día de hoy?
Las cifras con las que se habla del apocalipsis de la cultura vienen de encuestas, no de los datos duros de mercado como los que nosotros tenemos: cuántos libros se han vendido. Es cierto que tampoco tenemos toda la verdad en nuestra mano, porque no todos los mercados del mundo están medidos, pero los grandes países y mercados editoriales sí están contabilizados. En América Latina está contabilizado perfectamente el mercado mexicano, el colombiano, el argentino, el brasileño y el mercado de lengua española en los Estados Unidos de América y Puerto Rico.

¿De todos esos en cuál se lee más?
En el brasileño. Pero si quitamos la variable de la demografía –la cual hace que el mercado brasileño requiera un análisis aparte–, el mercado argentino y el mexicano han sido muy similares en una visión de largo plazo. Argentina ha pasado y sigue pasando por una crisis económica terrible y por efectos inflacionarios brutales, por lo que su venta de libros, que solía ser similar a la de México, ahora está bastante por debajo. Que fuera similar ya te daba un dato importante, porque la población de Argentina es un 40% de la población de México. Pero hoy en día la venta de libros es mucho mayor en México. Durante la pandemia, hasta 2021, el mercado cayó. Pero a partir de 2022 ha tenido una recuperación espectacular. A principios de 2023 salió un reportaje que pasó bastante desapercibido donde se decía que, de todos los países de la OCDE, México era el que más había crecido en la venta de libros. Y fue un 15%. Si le descuentas la inflación, el crecimiento real fue por encima del 10%.

¿Cómo lo explicas?
Hay muchos factores. Uno difícil de contrastar es que la pandemia puso en valor el libro de una manera espectacular. Quedó claro que necesitamos espacios de reunión, reflexión, transmisión de conocimiento, y que cuando esos espacios se nos cierran (eventos, cines, conferencias, festivales) recurrimos a lo que hemos tenido siempre: el libro. A mí esa variable me parece fascinante, porque otra de las narrativas fatalistas es que el libro como objeto está dejando de importar. Es absolutamente falso que el libro físico esté perdiendo su valor frente a todas las alternativas de audiolibro, libro electrónico, etc. En mercados plenamente desarrollados como el alemán, la venta del libro electrónico es del 5%. No estamos hablando de la mitad ni del 40%. Además, ese 5% no se alcanza todavía en México.

Hay países en donde la cultura de la librería está claramente más arraigada. En Argentina, por ejemplo, es clarísimo. ¿Qué tan importante es la librería como espacio físico para la supervivencia del libro como objeto? ¿El universo virtual llena un hueco que termina por beneficiar el hábito de la lectura y la compra de libros?
El comercio electrónico es y ha sido fantástico como complemento y factor de crecimiento del mercado. Pero desde luego que no sustituye en absoluto a la librería física, la de toda la vida; la librería como experiencia, un espacio en el que se comparte y dialoga. Durante la pandemia el mercado en México cayó más que en el resto de países de América Latina. Y donde menos cayó el mercado, a pesar de la situación económica por la que pasaba, fue en Argentina. ¿Por qué? Por las presencias de las librerías de calle, de barrio. En México cayó terriblemente el mercado porque estamos perdiendo esa librería de barrio. El proceso de destrucción de las librerías en México ha sido y sigue siendo terrible. Hoy hay cadenas de librerías muy buenas –por cierto, las mejores de América Latina–, pero la librería independiente, la pequeña sucursal en México prácticamente está desapareciendo. Esto no se debe exclusivamente al fenómeno del e-commerce. Hay otros factores, incluso fiscales, muy importantes. El mercado español es el que más está creciendo y una de las razones importantes, más allá de que la economía española también está creciendo sobre todo comparada con la francesa o la alemana, tiene que ver con que hay un ecosistema fantástico de librería independiente, cadena de librería, e-commerce y venta de libro electrónico. Ese es el esquema ideal: tener todas las opciones.

Recorriendo la historia de la literatura latinoamericana en el siglo XX, pienso ahora en las voces más relevantes y qué están escribiendo. Esas voces latinoamericanas que nos entusiasman ¿con qué realidad latinoamericana están dialogando en sus obras?
Hay muchos espacios geográficos diferentes en América Latina con problemáticas diferentes. Está el espacio de la frontera con autores que escriben tanto del lado de México como del lado de Estados Unidos, en español; tienen un escenario complicadísimo y con pocos visos de mejorar en el corto plazo. Ahí hay una creación literaria sumamente interesante. En Chile ahora se ha vuelto a abrir esa tremenda herida entre la izquierda y la derecha, el progresismo y el conservadurismo, los derechos de las minorías, de la migración y eso también genera obra literaria. Colombia es un país que ha estado y sigue sometido a procesos de violencia terribles, ahí hay una literatura. Ahora mismo estoy empezando a leer la nueva novela de Mario Mendoza La hora de los lobos y es eso precisamente. Hay grandes novelas colombianas que tienen que ver con el proceso del sicariato. Y no solamente Vallejo con La Virgen de los sicarios, sino autores bastante más cercanos que narran esos procesos de captación de los cárteles y los grupos criminales de la gente joven. Hay muchas realidades en América Latina, desgraciadamente todas son tocadas por una constante que es la violencia. No necesariamente la precariedad, porque esta se vive diferente del río Bravo a la Patagonia. Pero la violencia sí es una constante.

¿Qué otra característica de América Latina emerge de su literatura?
Una riqueza y una diversidad impresionantes. Salvo los grandes nombres de la literatura latinoamericana, nos leemos muy poco entre nosotros. Tiramos más hacia España y, ya no se diga, hacia Estados Unidos. Entre nosotros nos leemos poco, pero yo creo que cada vez nos leemos más y cada vez nos leeremos más. El que una autora colombiana venga a la Feria de Guadalajara y te llene un salón de quinientas personas, eso no se veía nunca. Yo jamás me lo hubiera imaginado a finales de los años noventa, cuando empecé en esto.

En Estados Unidos el editor es una figura importantísima a la que se le respeta, se le escucha. Me parece que en español, no sé si por el ego, no sé por qué, hay una relación a veces hasta como de recelo. Idealmente, ¿qué debe hacer el editor y cómo debe ver el escritor a su editor?
Es una relación, digamos, de dos partes donde cada una tiene su responsabilidad, pero donde el complemento es absolutamente necesario. Es verdad que esto varía en las tradiciones. Tú hablabas de Estados Unidos, pero en Francia las editoriales son incluso lugares sagrados, los autores entran a la editorial casi de rodillas. Acá no es así en absoluto, pero sí es verdad que un buen editor tiene que ser una figura activa, no una figura pasiva. No alguien que reciba un texto para hacerle corrección ortotipográfica y lo saque al mercado. El editor hoy en día no puede jugar ese papel. Tiene que leer de una forma activa, tiene que proponer, tiene que temperar al autor que quiere ver su libro publicado mañana o por el contrario tiene que arrebatarle el manuscrito al autor. El gran escritor es muy inseguro, en el buen sentido. Como sabe que está diciendo grandes cosas, o lo sabe inconscientemente, siempre un minuto más es un minuto para hacer una corrección. Entonces, claro, llega un momento en el que el editor debe tener la confianza, la autoridad, para arrebatarle el manuscrito. Esa relación se construye con el tiempo, pero tiene que partir de un escenario inicial de mutua confianza. Si el autor no tiene confianza en su editor, no hay nada que hacer. Pasa mucho, se publican muchos libros en los que el autor no le dejó al editor tocar ni una coma.

Y se nota en detrimento del libro, en mi opinión.
Definitivamente, porque también hay muchos casos en los que el editor tiene que ser lo suficientemente maduro para decir: a esto no le toco absolutamente nada, mi contribución está en asegurar que esto es perfecto tal y como está.

Tú has tenido el privilegio de ser editor de algunas de las grandes plumas de la literatura en español. ¿Qué tienen en común los grandes escritores, las grandes mentes literarias? ¿Disciplina, una relación muy suya con el lenguaje, una obsesión, una mirada distinta?
Todo eso que dices y alguna otra cosa: una curiosidad infinita. Es decir, un deseo de ir descubriendo, a través de lo que emana de su mente y de su pluma, el mundo. Son personas que no tienen un concepto finisecular de las cosas, que no creen que ya está todo dicho o escrito. El gran autor sabe que va a volver a incidir sobre los grandes temas de la humanidad y, sin embargo, incide. Lo cual requiere obsesión, disciplina, persistencia, humildad. Esa es otra variable muy importante. Podrá no parecerlo en muchos casos, pero siempre detrás de una gran autora y un gran autor hay una profunda humildad. Creo que el punto de quiebre que construye una relación sólida entre editor y autor es cuando el escritor expone la humildad intrínseca que lleva dentro. Quizá no lo haga nunca con el lector, y está bien; pero con el editor llega un momento en que dice: me puedo equivocar y esto puede estar mal escrito y esto puede ser reiterativo y esto puede no ser relevante.

Me interesa mucho tu postura frente a la inteligencia artificial. Has sido muy claro al decir que, al menos para ti, no tiene cabida en el proceso editorial. Y yo supongo que en el proceso literario tampoco. La inteligencia artificial ¿puede ser un copiloto o no tiene cabida en la creación y edición literaria?
Desde luego que no sólo puede ser un copiloto, sino que ya lo está siendo y eso ya es absolutamente imparable. Donde yo creo que no tiene cabida la inteligencia artificial es en la creación literaria desde la mente humana. Es decir, si yo escribo una novela sobre relaciones, estoy hablando desde mi experiencia humana, desde aquello que me hizo vibrar, sentir, y creo que por eso tiene valor. ¿Tú creerías que una inteligencia artificial sería capaz de urdir la historia que explicó Marguerite Duras en El amante? No, cuando Marguerite Duras narra es porque lo vivió, porque con esa piel lo sintió. Yo no puedo creer que algo que no sea una mente o un corazón humano alcance a describir esa experiencia. Hay libros de muchas naturalezas; libros de no ficción, por ejemplo. Ahí la inteligencia artificial puede ayudar en la comprobación de hechos, en revisar coherencias de planteamiento, cronogramas, incluso vocablos. Pero también entramos en un problema de la lengua, pues las inteligencias artificiales son programas hechos desde una perspectiva anglosajona. Y toda lengua, como sabes, sobrevive en un contexto histórico, moral, ético. La inteligencia artificial nos está llevando al contexto ético y moral de la lengua anglosajona.

Déjame terminar con una pregunta importante. Dale un consejo a ese autor joven que comienza en este universo que puede ser laberíntico. Hay tanto por leer, tanto por escribir, ¿qué guía le ofreces?
Mi primer consejo es que uno tiene que escribir de lo que sabe, de lo que siente, de las vivencias que ha tenido y no las que le han contado. Tiene que ser, en todo caso, sincero. Hay quien tiene más talento de forma natural, pero la práctica definitivamente hace al maestro. Yo daría el consejo de escribir todos los días, que es lo que hacían García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa. Todos ellos con una disciplina específica: a una hora, en un sitio específico. Mi consejo sería: escribe desde tu yo más interno, desde tu sinceridad, y escribe todos los días. No se llega a la gran novela a la primera. Se llega a partir de cuentos, artículos, poemas, de ir avanzando poco a poco. Y casi por arte de magia, los caminos se van abriendo. Va a ser prácticamente imposible que una primera novela escrita de la nada gane el premio literario más importante de todas las lenguas y se publique y venda millones de ejemplares y todo el mundo la conozca. O que no venda, pero que se haga el gran clásico de la literatura. Eso no sucede. ¿Puede haber historias de éxito por ahí? Una entre millones. El segundo consejo sería ese: escribir y escribir; escribir todos los días. Y el tercero, compartir. ¿Con quién? No sé, con alguien a quien se tenga confianza. El maestro del taller, el compañero con juicio, el escritor consagrado, el editor. Pero compartir y escuchar. Ese compartir también implica leer, siempre estar leyendo a alguien. Yo no concibo al escritor que no lee. El libro une como muy pocas cosas. El otro día leí una frase que me gustó mucho del cineasta Steven Soderbergh: “El arte del futuro va a ser el arte imperfecto.” Lo que vamos a valorar en el futuro, estoy convencido, es aquello que nace de la imperfección humana. Los algoritmos y todo lo demás serán fantásticos para veinte mil funciones, pero no para compartir la experiencia humana y unirnos a partir de ella. Para eso están otras cosas y, entre ellas, el libro como ninguna.