jueves, 28 de mayo de 2026

La fragilidad del papel vs. la de lo virtual


El domingo 17 de mayo, el editor, ensayista y poeta mexicano José María Espinasa publicó en La Jornada Semanal, de México, el siguiente artículo, a propósito de la oposición entre los textos publicados en papel y en la web.

Publicaciones en papel: la duración de lo frágil

Durante siglos la sensación que tenía la cultura occidental respecto al libro en papel era su condición frágil, si no efímera, sí amenazada por el fuego, la humedad, las guerras de diversa índole. A las civilizaciones del texto correspondían guerras religiosas. Ya a finales del siglo XIX y principios del XX, la amenaza fue la acidez del papel: con el tiempo, como la carne, se volvía polvo. Frente a esa fragilidad, Occidente creó las bibliotecas, los museos y los archivos. Hace treinta años el mundo digital vino a trastocar esa búsqueda de la permanencia. Trastoquemos la cita: todo lo virtual, carne o papel, se desvanece en las redes. Y ahora, nostálgicos al fin, se tiene la sensación de que el papel es eterno y que la edición barata en la que leímos Crimen y castigo durará toda la eternidad, o –el equivalente personal– lo que dure mi vida.

El desplazamiento del papel al bit ha sido particularmente violento en los libros de consulta –enciclopedias, diccionarios–, hoy fuera de uso. Sin embargo, y se lo agradezco, hay profesores que siguen pidiendo al joven escolar que lleve a clases un diccionario en papel. Pero tal vez donde el golpe ha sido más devastador es en el terreno de las publicaciones periódicas.

Según las informaciones de que se dispone, los periódicos han reducido al mínimo su tiraje en papel y la mantienen porque, según parece, si no hay versión en papel la digital se lee muy poco. En la vida cotidiana eso se ve en los puestos de periódico, que ya casi no venden diarios y en cambio se han llenado de libros –y, desde luego, de dulces y alimentos chatarra. La frase de la canción popular –ya para qué leer un periódico de ayer– se ha transformado en “ya para que leer un periódico de hoy”, pues no confiamos en que haya un mañana.

La fragilidad de lo virtual es una metáfora de nuestra angustia. Los semanarios políticos sufren una situación muy parecida. Las revistas, por su lado, son poco leídas, no sólo en papel sino también en la red. Algunos expertos señalan que se está en una fase de reacomodo de las prácticas lectoras. Por ejemplo, mientras que las editoriales independientes proliferan, las revistas no; prácticamente han desparecido, incluidas las digitales. En cambio, las académicas, que en principio parecerían las más abocadas a desaparecer, han ofrecido una sutil resistencia con la convivencia de los dos soportes. ¿Y las de extensión universitaria o difusión cultural? No es fácil ver claro porque su circulación es por lo menos azarosa.

Por ejemplo, hace unos días llegó a mis manos el ejemplar de Armas y Letras, fechado en enero-abril de 2024, según se consigna en la página legal, el 113. El título siempre me ha parecido más propio de una publicación del siglo XIX que del XX, y desde luego que del XXI. Es una revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León, casa de estudios que es ahora uno de los faros editoriales en México gracias al poeta José Javier Villarreal y al narrador Antonio Ramos Revilla. Más que juzgar la revista o el número quiero consignar aquí mi reacción: la hojeo con curiosidad y termino leyendo varios de los textos que se publican, algo que no me ocurre cuando me encuentro, también por azar, con una revista digital. Esa reacción se hace extensiva a otras revistas de difusión cultural vinculadas a universidades, como La Palabra y el Hombre, Luvina o Revista de la UNAM, por limitarme a las universitarias. Esa reacción no sólo responde a que no soy nativo digital, pues también la percibo en lectores muy jóvenes, que leen libros –pero no revistas– en sus dispositivos y tabletas. Diría que eso responde la tangibilidad física del papel. Es también cierto que esas revistas ya no se guardan en el librero y suelen tener una ruta extraña ante los lectores. ¿Se acuerdan de aquella original pero poco efectiva campaña “abandona un libro”? Sin campañas, las revistas se suelen abandonar –en un autobús, en un café o en manos de otro lector– y así en el azar encuentran a veces nuevos lectores.

Vuelvo, sin embargo, a la caducidad o duración del papel. El que la primera sensación se desplace hacia la segunda tiene que ver con la necesidad de certezas. El papel es más cierto –más verdadero– que el bit. Porque la memoria digital –acumulativa– no es la memoria humana –selectiva. El signo más radical: la inteligencia del hombre y la inteligencia digital no entienden, suponiendo que entiendan algo, lo mismo en la palabra “inteligencia”. Por eso, tal vez, como ejemplifica el caso de la UANL, las universidades, que florecieron a la par que la cultura del libro en papel, sean los espacios en que intuitivamente se defiende la duración –no necesariamente la permanencia– de la palabra impresa en papel. Es la revista física la que me lleva a consultar la página web de Armas y Letras y a hojearla de manera fortuita.

Eso nos lleva a otro tema: los motores de búsqueda de la web. Son imprescindibles, pero hasta ahora producen más ruido que música. Tal vez sea ese el terreno en que la inteligencia artificial y las estrategias de los algoritmos, hasta hoy pensados en su función comercial, puedan tener una enorme consecuencia. Les sugiero, sin embargo, a los panegiristas de la IA leer en el ya casi septuagenario libro de Gabriel Zaid La máquina de cantar para entender lo que siempre estará del lado humano, no del técnico.

En un panorama con sesgos apocalípticos como los que ahora vivimos, seguir pensando la duración de lo frágil –la vida misma por ejemplo– parece frívolo, pero es absolutamente necesario.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Sergio Ramírez contra las pretensiones de pureza

Según el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, las academias no son las que deben legislar sobre la forma en que la gente se expresa. Eso dice la nota de Magdalena Tsanis, publicada a partir de un cable de la agencia EFE, el 19 de mayo pasado por InfoBAE. En la bajada se lee: "El autor reflexiona sobre el papel del idioma para unir historias y culturas, en contraposición a los intentos por marcar límites".

“La academia no puede crear el idioma; la lengua se crea en las calles”

El escritor hispanonicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) defiende “la vitalidad” del español y su expansión en los Estados Unidos de Donald Trump, una lengua “expansiva, agresiva”, que “no se detiene ante ninguna frontera”.

“Cómo invade los Estados Unidos, donde se ha convertido en la segunda lengua más importante después del inglés, es un fenómeno admirable”, resalta en una entrevista con esta agencia el autor, candidato a ocupar la silla L de la Real Academia Española (RAE), vacante desde el fallecimiento de Mario Vargas Llosa el año pasado.

Premio Cervantes 2017 y autor de novelas como Margarita, está linda la mar (1998) o Adiós, muchachos (1999), sobre su experiencia en la revolución sandinista, subraya que la influencia del español no solo se extiende en zonas fronterizas, sino también en Chicago, en Texas o en Nueva York.

“Y aunque es la misma lengua, a la vez es distinta: desde el Río de la Plata, donde el lunfardo originado en el italiano (de los inmigrantes) tiene un peso, al spanglish que se habla en el Bronx (Nueva York), es el mismo castellano, y el mismo en que se produce hoy la música de Bad Bunny”, el cantante puertorriqueño.

Esta influencia contrasta, a su juicio, con la “pretensión de pureza de una vieja cultura norteamericana blanca”, que representa la administración Trump, y que el autor ve “irrealizable” porque EEUU “es un país muy mezclado de corrientes migratorias de todo el mundo”.

“No existiría una gran literatura norteamericana -deduce- sin la literatura del sur, no existiría el jazz sin la influencia negra de los antiguos esclavos de los campos de algodón y no existiría tampoco esta cultura sin los italianos, sin los irlandeses y sin los hispanoamericanos”.

Ramírez, que es también patrono de la Fundación de Español Urgente FundéuRAE, considera que la lengua es un tesoro compartido que siempre está mutando y el papel de la RAE es registrar esos cambios.

“La academia no puede crear el idioma, no puede crear las palabras, no es su papel -incide-; su papel es reconocerlas cuando se vuelven de uso habitual; la lengua se crea en las calles -enfatiza-, en los colegios, en las tertulias de amigos, en la música popular, en las canciones, en la eterna conversación de los seres humanos”.

Escribir desde el exilio
Ramírez es el único candidato a ocupar esa silla vacante de la RAE; el pleno de académicos lo proclamó como tal el pasado 7 de mayo y el día 21 será la votación. La ceremonia de ingreso aún no tiene fecha, pero lo habitual es dar unos meses al elegido para que prepare el discurso.

Y escritor ve en esta candidatura la consolidación de su estatus de “ciudadano español adoptivo” y la “coronación” de la acogida que recibió desde que se estableció en España, hace cinco años.

Preguntado por las críticas de Iniciativa Ciudadana Víctimas del Sandinismo a su candidatura por su pasado político revolucionario, Ramírez dice que no lo inquietan.

“La dictadura en Nicaragua tiene distintos resortes para buscar cómo frustrar este tipo de asuntos culturales por personas interpuestas, y no tengo nada más que comentar al respecto”, señala en referencia al actual Gobierno del presidente Daniel Ortega.

El escritor fue uno de los protagonistas de la revolución sandinista que derrocó al dictador Anastasio Somoza en 1979 y fue vicepresidente del primer Gobierno de Ortega (1985), de quien se alejó años después.

En 2021, la Fiscalía nicaragüense dictó una orden de detención contra él por incitar el odio, tras la publicación de su novela Tongolele no sabía bailar, centrada en la represión política. En 2023, las autoridades lo despojaron de la nacionalidad.

Mirando hoy a ese pasado, Ramírez lo ve con “una mezcla de frustración y decepción”, y recuerda que nunca participó en la revolución sandinista como combatiente, sino como intelectual: “Al final fracasó y no resultó nada más que otra dictadura como de la que habíamos salido”.

“Dolor permanente” por Nicaragua“Nicaragua no está en los mapas políticos de nadie, yo diría que el olvido es la característica más importante que cae sobre el país y esto hace que sea un dolor permanente para mí”, se sincera.

También se muestra crítico con la intervención de Estados Unidos en Venezuela: “La extracción, como le llaman, de (Nicolás) Maduro no le puso fin al sistema dictatorial, no se sabe cuándo habrá unas elecciones verdaderamente libres como las que ganó (el opositor) Edmundo González, que fueron falsificadas para quitarle el triunfo”.

Por eso, hoy no cree en las revoluciones armadas: “Siempre terminan en caudillismo”; y lamenta que la de Nicaragua sea “una situación estancada”, con muy poca atención internacional, pese a la ausencia de libertad de expresión, dice, o la expulsión masiva de periodistas.


martes, 26 de mayo de 2026

Un premio concedido a autores y sus traductores


Con firma de Tokunbo Salako, el 20 de mayo pasado apareció una breve nota en Euronews, donde se comenta el último International Booker Price, otorgado a la escritora taiwanesa Yáng Shuāngzǐ y su traductora Lin King.

Yáng Shuāngzǐ y la traductora Lin King ganan el International Booker por Taiwan Travelogue

La escritora taiwanesa Yáng Shuāng-zǐ y la traductora Lin King han ganado el International Booker Prize por Taiwan Travelogue, una novela romántica de ambientación histórica situada en la Taiwán ocupada por Japón en la década de 1930.

Es la primera novela escrita en mandarín que se alza con este prestigioso galardón a la ficción traducida al inglés. El libro se presenta como las memorias de viaje de una novelista japonesa en una gira culinaria por Taiwán y relata la compleja relación de la escritora ficticia con su intérprete local.

La novelista británica Natasha Brown, que presidió el jurado, lo ha calificado como "cautivador y sofisticado con ironía", un libro que juega con los temas del lenguaje y el poder y que ofrece sorpresas al lector. El jurado también destacó cómo la traducción de King, traductora taiwanesoestadounidense, añade una capa más a una obra que reflexiona sobre la comunicación entre idiomas. Las 50.000 libras (57.000 de euros) del premio se reparten entre la autora y la traductora.

Yáng, que escribe narrativa, ensayos, manga y guiones de videojuegos, ha explicado que "quería desentrañar las complejas circunstancias" de la época en que Taiwán fue colonia japonesa. "La investigación sobre los temas centrales de la novela, el viaje y la comida, cambió mi vida de dos maneras evidentes, mis ahorros bajaron y mi peso subió", ha declarado en la página web de los Booker Prizes.

Publicada en su idioma original en 2020, Taiwan Travelogue es el primer libro de Yáng que se traduce al inglés. En Estados Unidos obtuvo en 2024 el National Book Award en la categoría de traducción.

A pesar de haberse publicado en Reino Unido solo en marzo de este año, después de anunciarse la lista larga en febrero, Taiwan Travelogue fue el segundo título más vendido de la lista corta del International Booker Prize 2026. Hasta la fecha se han vendido los derechos en un total de 23 territorios, desde Serbia hasta Indonesia, pasando por Brasil y Ucrania.

El International Booker se creó para dar mayor visibilidad a la ficción en otros idiomas, que solo representa una pequeña parte de los libros que se publican en Reino Unido, y para reconocer el trabajo poco valorado de los traductores literarios.

El escritor uruguayo Martín Bentancor presenta novela en la librería Cien Fuegos de París

 

Para quienes estén en París, el jueves 28 de mayo, en la libreía Cien Fuegos, de París, se presenta El inglés, una extraordinaria novela del escritor uruguayo Martín Bentancor. Es con entrada libre y gratuita. Están todos invitados.

lunes, 25 de mayo de 2026

Una entrevista con la directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara

 

Marisol Schulz es, desde hace trece años, la directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que, en negocios, es segunda en importancia después de la Feria de Frankfurt y, probablemente, por su variedad y el dinero invertido por los invitados y los editores, la feria más importante de toda Latinoamérica. De pasada por Buenos Aires, para la Feria del Libro de la ciudad, conversó con la periodista Adriana Lorusso, editora de cultura de la revista Noticias. La entrevista fue publicada el 11 de mayo pasado.

Guadalajara: La otra gran Feria del Libro en español

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que se realiza todos los años en el estado de Jalisco, en México, está considerada como una de las más importantes del mundo. Fue creada en 1987 por iniciativa de la Universidad de Guadalajara y tiene lugar durante 9 días a partir de cada último sábado de noviembre. En ella se reúnen todos los protagonistas del universo del libro: editores, lectores, bibliotecarios, libreros y agentes, entre otros. Alrededor de 1 millón de personas la visitan anualmente y 2000 editoriales de 50 países tienen stands y presentaciones en el evento. Se calcula en 330 millones de dólares al año el movimiento económico que genera la Feria.

“Guadalajara”, como se la llama en el mundo del libro, tiene características similares a la Feria de Buenos Aires, por ejemplo, el hecho que de ambas reúnen a la vez a profesionales del sector y al público lector. Pero también presentan diferencias. Guadalajara tiene más repercusión internacional en términos de negocios y en la posibilidad de recibir a autores de todos los continentes y Buenos Aires es la más popular, con un presencia muy fuerte de los lectores.

Marisol Schulz dirige la FIL Guadalajara desde hace 13 años. Con una importante trayectoria en el mundo académico, fue editora de los sellos Alfaguara y Taurus en México. Allí trabajó codo a codo con escritores como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Saramago y Arturo Pérez Reverte. Además, fundó y dirige hasta hoy la Feria del Libro en Español de Los Ángeles.

Invitada a Buenos Aires para festejar los 50 años de nuestra Feria, habló con Noticias sobre el futuro del libro y los cambios en los consumos culturales.

¿Qué cambió en estos 13 años desde que empezó a dirigir la Feria de Guadalajara?
Mucho. Hace 13 años WhatsApp prácticamente no existía, pero teníamos la amenaza del libro electrónico. Siempre con mi equipo vemos las tendencias de consumo cultural para ir adaptándonos a lo que se nos pide. Por ejemplo, tuvimos los primeros encuentros de booktubers, los chicos que a través de de YouTube promueven el libro. Cada vez hay más influencers y son fundamentales para la venta del libro. Hace alrededor de 10 años, implantamos el Salón del Cómic. Y ahora todo se lleva a novela gráfica. Incluso libros como “El infinito en un junco” de Irene Vallejo. Agregamos un pabellón gastronómico que antes no existía. Y la feria ha ido creciendo en números y en internacionalización, que era una de las cosas que me había propuesto.

¿Qué diferencias tiene con otras ferias?
En ella convive el profesional del libro con el público en general. Tenemos más de 50 foros para el mundo editorial. Es una feria mixta.

¿Qué cambios observó en estos años en relación al consumo del libro?
Fue muy dura la pandemia, porque no había tanto consumo de libro electrónico, ni de venta en plataformas. En México hay mucha venta por impulso. Tú vas a una librería y el libro que te parece interesante lo compras. Esa venta se perdió en la pandemia. Y en los siguientes años resarcirse de esa pérdida fue muy duro. Se ha ido rehaciendo poco a poco. Además, México no es un país muy lector. El libro per capita no es no es tan fuerte como en otros lugares. Argentina es un país más lector aunque su industria editorial está más golpeada que la mexicana, donde el libro no es tan caro como aquí.

¿Se da en México el mismo fenómeno que aquí en cuanto al crecimiento de las editoriales independientes?
Sí, pero no hay tantas como en Argentina. Y todas tienen representación en la Feria, solas o en pabellones colectivos. Hay que tener en cuenta que Guadalajara no es una capital editorial. Más del 90% de quienes están presentes tienen que viajar y eso implica costos y gastos. Esa fue la visión de quien fundó la Feria, Raúl Padilla, mi jefe hasta que falleció en el 2023. Cuando él comenzó parecía una aventura quijotesca. ¿Cómo vas a hacer una feria en una ciudad que no es la capital literaria? Eso al final ha sido uno de los grandes logros. Porque la gente viaja, deja todo en casa y puede dedicarse a los libros.

¿Cómo es el trabajo que hacen para que los autores vayan a la Feria?
Fueron 900 autores a la última edición. Tenemos un trabajo de todo el año y a veces, con anticipación de 2 años. Nos vamos a Ciudad de México y nos dedicamos a ver en cada una de las editoriales qué lanzamientos van a tener y por qué autores van a apostar. Hay una alianza. Hacemos un convenio en relación a qué aportamos cada uno. Entre Planeta y Penguin Random House tienen como 120 presentaciones de las 650 totales de la Feria. A partir de los autores que quieren llevar las editoriales, nosotros planteamos mesas temáticas con autores que ya están en México. Y hay escritores a los que invitamos nosotros directamente. También trabajamos con las embajadas. Y tenemos convenios con muchas instituciones. Por otro lado, siempre hay un gran invitado de honor, un país o una ciudad, que nos trae por lo menos a 60 escritores. Nos han visitado figuras muy importantes como Paul Auster o Salman Rushdie, que ha estados dos veces y varios premios Nobel.

¿Cómo ve usted el futuro del libro entre tantos pronósticos oscuros?
Es algo que me han preguntado hace 20 años y siempre he dicho que va a convivir con otras formas de la lectura. La convivencia la estamos viviendo. Hay audiolibro pero no todo mundo escucha audiolibros. De la misma manera vino la novela gráfica, pero no todo mundo lee novela gráfica. Creo que hay muchos tipos de lectores. Sí es cierto que cada vez más la gente joven quiere leer cosas condensadas. Pero hay autores que no se dejan ganar por esa tendencia, siguen escribiendo lo que quieren escribir y siguen vendiendo lo que venden.

Leímos hace unos días un informe del diario El País que indicaba que había libros que se editaban y no vendían ni siquiera un ejemplar.
Cuando era editora me llegaban libros muy buenos pero que no iban a tener lectores. Tú puedes tener una obra magnífica, pero que no va de cara al público. Y tú como editor tienes que pensar que no vas a apostar por un autor que va a vender cinco ejemplares. No puedes hacerlo. Y menos si estás trabajando como un empleado de una editorial donde tienes que dar cuentas. Uno siempre tiene que pensar de cara al público. ¿Qué público me va a leer? De una manera muy general o muy intuitiva, porque no hay una ciencia sobre esto. Y hay libros que son fenómenos. A mí siempre me preguntaban: "¿cómo se hace un fenómeno?”. Si supiera, todos los libros que yo he publicado hubieran sido éxitos.

viernes, 22 de mayo de 2026

"Preeminencia total del mercado"

Lo que sigue es la columna de Damián Tabarovsky, del domingo 17 de mayo, en el diario Perfil, de Buenos Aires. En ella se refiere a algunas editoriales, célebres por publicar buenos libros como Jorge Álvarez, de Argentina, y Barral Editores, de España. Señala en el artículo que más tarde, la edición española, ocupada como está ahora en el mercado, entró en una lenta decadencia.

Una vieja editorial

Hace algunos años participé de una mesa redonda (como espectador, por supuesto, nunca en mi vida hablé en público) sobre la edición argentina, en la que se reprodujeron, uno tras otro, sin ninguna reflexión crítica, todos los lugares comunes, todos los mitos (en la acepción trivial del término) que dan vueltas por el imaginario cultural autóctono. Uno, por ejemplo, es la superioridad de la edición nacional, en especial la de los años 60, por sobre la de los otros mercados hispanohablantes. Que Jorge Álvarez esto, que Jorge Álvarez lo otro, bla, bla, bla. Es evidente que de Puig al Viñas de Literatura argentina y realidad política, de la traducción de Rodolfo Walsh de El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, a Los pollos no tienen sillas, de Copi, y muchos más, el catálogo de Jorge Álvarez tenía un conjunto de libros extraordinarios y una mirada única como editor. Pero también había colecciones enteras de basura comercial, libros fallidos, libros que nacieron envejecidos de antemano, cocoliches sin ton ni son (como la colección “Crónicas” que dirigía Julia Constela), e incluso traducciones mediocres (la propia versión de José Bianco del El puente sobre el río Búho, también de Bierce, no parece del mismo traductor de The Turn of the Screw de Henry James, traducida excepcionalmente como Otra vuelta de tuerca, para la colección La quimera, de Emecé, en 1945).

Contemporánea de Jorge Álvarez, en una España que ingresaba al franquismo tardío, es decir, a una cierta apertura, tengo una especial preferencia por los primeros años de Anagrama, o por las colecciones “Acracia” –de pensamiento anarquista– y “Los heterodoxos” –dirigida por Segio Pitol–, ambas en Tusquets, y sobre todo por el catálogo de Barral Editores, fundada por Carlos Barral en Barcelona en 1970. Nunca más la edición española fue tan interesante como entonces (creo que estoy en condiciones de afirmar que no solo su mercado editorial, sino que la propia España nunca fue tan interesante como a mediados de los 70). De hecho, ahora mismo, tengo en mis manos dos de mis libros favoritos de Barral, creo que nunca más reeditados, y por lo tanto casi inhallables en castellano. Uno es ¿Los oye usted? de Nathalie Sarraute, publicado en 1974, recubierta de una funda de acetato transparente, verdadera genialidad gráfica que, además de a mí, me consta que fascinaba a Luis Chitarroni (ah, Luis me decía, “Si un día llegás a ser editor tenés que reeditar esa novela”, y yo le contestaba, “pero, Luis, ser editor no es ‘llegar’, no es un punto de llegada sino de partida, la partida hacia el fracaso”). Es esa una de las mejores novelas de Sarraute, redundancia obvia, ya que todas las novelas de Sarraute son obras maestras, de las mejores que se han escrito en el siglo XX. El otro es Sobre literatura rusa. Itinerario de lo maravilloso, de Angelo Maria Ripellino, publicado en 1970 en la colección de bolsillo de Barral, que incluía títulos notables, como Ferdinand, de Louis Zukofsky, o Realismo y utopía en la Revolución Francesa, de Babeuf. La interpretación de Petersburgo de Andrei Biely como “un poema de sombras”, lleno de pantanos, niebla y oscuridades es de las más convincentes que leí. Luego, como es sabido, la edición española entró en una larga e interminable decadencia, marcadas por cuatro palabras: preeminencia total del mercado.

jueves, 21 de mayo de 2026

"Cada uno de nosotros traduce con bibliotecas distintas, y lo que yo llamo «bibliotecas heredadas»"

El pasado 15 de mayo, la escritora y traductora española María José Furió publicó el siguiente artículo en la revista Vasos Comunicantes, de ACE Traductores. Allí, con la excusa de Marcel Proust, se habla de la retraducción de clásicos y del bagaje con que se maneja cada traductor a la hora de traducir. 


Las bibliotecas heredadas

A los traductores expertos se les pide a menudo su opinión sobre asuntos considerados clave de la profesión, como la retraducción de clásicos. La mayoría parece coincidir en que las obras clásicas deben traducirse cada tantos años para que los lectores de (casi) cada generación las descubran sin que los vicios de época, como la censura, el estilo pomposo o el simplificado, estorben el goce de la lectura. La cuestión engendra reflexiones derivadas, como la esencial: qué se traduce, y la nada intrascendente qué se entiende por «voz» del narrador, de los personajes o del propio autor. Que tantos consideren que una nueva traducción mejora las anteriores —dando por supuesto que de la tarea se ocupa un traductor competente—, dejándolas obsoletas o que estas, siendo indulgentes, tendrán solo la gracia decadente de lo vintage, me dejó cavilosa. Por cierto que la cuestión resurge cuando autores muy famosos entran en el dominio público; entonces suelen coincidir varias versiones nuevas que compiten por granjearse el interés de lectores ya bastante aturdidos con la oferta de novedades.

En 2022, coincidiendo con el centenario de la muerte de Proust, hubo un aluvión de retraducciones de su obra, y la prensa dio publicidad incluso a la traducción de inéditos. Desconozco el impacto de esa publicidad más o menos gratuita en las ventas, pero en 2023 el interés por Proust se desvaneció; precisamente ese año se publicaron dos versiones anotadas —detalle importante— de su famoso L’Affaire Lemoine. Pastiches. Una a cargo de uno de los mayores expertos en la obra proustiana, Mauro Armiño,[1] como colofón a su traducción de todos los volúmenes de À la recherche en español, y otra mía,[2] realizada por iniciativa propia para cerrar un esbozo de estudio durante el lejano doctorado de Literatura Comparada en la Pompeu Fabra. La experiencia de esta incursión en una pieza proustiana tan característica aunque menor me hizo pensar, al oír la enésima opinión sobre la retraducción de clásicos —donde la práctica ha consolidado una jerarquía clara de qué parte de la obra y qué versión merecen atención y respeto—, que cada uno de nosotros traduce con bibliotecas distintas, y lo que yo llamo «bibliotecas heredadas». Daré varios ejemplos de lo que esto implica. Entiendo por bibliotecas heredadas no el espacio físico en la casa familiar, tópico literario de la iniciación en la lectura de muchos artistas consagrados, sino el conjunto de lecturas que acumulamos motivadas tanto por situación histórica, geográfica y área cultural como por las que van determinando los derroteros de nuestra experiencia y prejuicios.

La última fase de trabajo en mi Proust me llevó a la Casa del Traductor de Arles, que en su biblioteca alberga toda su correspondencia, un sinfín de estudios monográficos más o menos pertinentes y artículos en revistas de primera línea, y, por supuesto, la mayoría de la obra de los ya clásicos de la teoría literaria moderna, como Genette, Deleuze o Barthes, que en algún momento abordaron algún aspecto de la obra proustiana. Además, el siglo transcurrido desde su muerte ha visto la desacralización de la figura del Gran Escritor con, entre los años ‘90 y los primeros dos mil, un característico ensañamiento en la vida privada de tótems como, pongamos, Sartre, Joyce o el mismo autor de la Recherche. Es infrecuente que el chisme vaya de la mano de un estilo literario personal y una inteligencia afilada, justamente lo que define al aristócrata francés Ghislain de Diesbach, que con viperina inteligencia retrata en su Proust (1991)[3] al escritor y a la alta sociedad de la Belle Époque con una ironía despectiva que vuelve redundante a Karl Marx. Lejos —lejísimos— de la estoica seriedad de la biografía canónica que George D. Painter publicó en dos volúmenes en los años 60, Diesbach parece decidido a vengarse del tiempo dedicado a leer los 21 volúmenes de correspondencia (edición de Philippe Kolb)[4] de Marcel, con los inevitables detalles superfluos que habrán impacientado al que buscaba pepitas de oro biográficas. Lo cierto es que esta biografía ayuda a comprender detalles o comentarios recogidos en los Pastiches, lo cual permite interpretar algunas decisiones narrativas y temáticas, liberando al traductor de la triste sensación de andar dando palos de ciego. El tono irreverente de la biografía, opuesto al de anteriores devotos biógrafos y ensayistas, podría convencer a alguien criado en pleno auge del periodismo gonzo, pero a ratos le sabe a chamusquina al bregado en la French Theory con sus agudos análisis de lenguaje y temas. Gérard Genette, por ejemplo, es el autor de cortos pero densos ensayos sobre Balzac, Flaubert y Proust que quizá no sean la primera opción de interpretación de traductores de los pastiches a los diferentes idiomas, pero para mí la French Theory —y algunos de sus discípulos— es la piedra angular que no encontré en la universidad y en la que encuentro pistas de lectura como entiendo que hay que leer, y sin la cual la interpretación del trabajo de Proust en sus pastiches no estaba completa. Por lo tanto, no es solo la acumulación de bibliografía acumulada a lo largo de los años, y su disponibilidad gracias casi siempre a internet: también importa mucho el apego de cada traductor a concretas regiones culturales.

En la crítica literaria es donde encuentro más evidente la disparidad entre la biblioteca del autor y la del crítico; una disparidad con frecuencia condicionada en nuestro país por el predominio del inglés sobre el resto de tradiciones literarias extranjeras. Leía yo en edición digital La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos, de Anne Carson, en edición bilingüe con prólogo de su traductor, Andreu Jaume,[5] donde éste traza el interés del texto señalando elementos e influencias que han nutrido la inspiración de la poeta. Antes de desistir de la lectura en pantalla, llegué a estas líneas: «My mother ran counter to him as production to seduction». («Mi madre se oponía a él como la producción a la seducción».) El traductor no menciona en el prólogo esta frase, que puede parecerle al lector no advertido un hallazgo expresivo de la autora canadiense. Este juego de oposiciones procede de un libro de apenas 90 páginas del sociólogo francés Jean Baudrillard (1929-2007), L’Autre par lui-même,[6] traducido a nuestro idioma en 1997 por Joaquín Jordá para Anagrama: El otro por sí mismo. De este librito me gustó por sus varias capas de sentido el aforismo que dice precisamente: «La seducción no es lo que se opone a la producción; es lo que seduce a la producción» (cito a partir de los apuntes que tomé en francés en su momento con destino a una novela). Baudrillard es un exponente de aquella izquierda francesa que no solo se hizo un hueco en la cultura sino que abrió brecha en los años 60 y 70 y conservó su relevancia en las décadas posteriores, cuando la oposición al involucionismo de los ‘80 renovó el interés por las aportaciones de estos intelectuales. Para una autora de la edad, nacionalidad, ideología y formación académica de Carson, Baudrillard ha tenido que ser un intelectual en el radar. Que el traductor —sin duda un experto conocedor de la cultura anglosajona— ignore este detalle mientras pone de relieve otros de los que yo no sé nada ilustra que todos construimos nuestra biblioteca no solo con pasiones y curiosidades, también con prejuicios, omisiones, renuncias, docilidades, todo lo cual seguramente se resume en «ideología». La marginación actual en España de los ensayistas franceses de este periodo explica, por otro lado, el éxito de otros como el surcoreano Byung-Chul Han, que retoma las ideas de Baudrillad sin citarlo y, sobre todo, sin su brillante estilo.

Hablando de docilidad, la IA nos brinda un ejemplo fresco a diario. A su manera muy sofisticada y apabullante, es una biblioteca heredada —de material robado al descuido, señalan algunos—, pero al no estar ligada a una conciencia real, con su inconsciente y lo que llamo «la característica tontería del ser humano», sus elecciones están determinadas por variables que privilegian la productividad y una noción de eficacia que incluye ofrecer siempre y a pesar de todo alguna respuesta, aunque sea errónea —error que se ha dado en llamar «alucinación», insistiendo en equipararla a un cerebro real, y a su vez ha provocado alucinaciones en usuarios humanos vulnerables. Es decir, que su «tontería», esa manera de querer «colárnosla» como el crío al que llaman a la pizarra y decide por su honor y orgullo disimular que no ha estudiado largando una parrafada pomposa pero incoherente, es una astucia decidida por los programadores. Sin embargo, el inconsciente, lo reprimido, las emociones volubles del ser humano, ese mosquito que pasa, ese picor en el cuello que nos distraen, así como la adaptabilidad inconsciente e intuitiva al medio, no existen en esa isla que es la IA, fundada en estadísticas y cálculo de probabilidades, además de en la reproducción de patrones y asimilación de instrucciones. Por eso, aunque sus traducciones contienen cada vez menos errores, aún no ha integrado decisiones naturales para un traductor avezado al trabajar en prosa; por ejemplo, buscar la frase más musical evitando al mismo tiempo las feas rimas internas. También para adquirir esta destreza que en muchos traductores es natural habrá que entrenarla. En su caso, y sin negar su indiscutible utilidad a niveles todavía inimaginables para los usuarios, a día de hoy más que de una biblioteca heredada como la que define a los humanos podemos hablar de la Biblioteca del Corso.


[1] Mauro Armiño, Salones parisinos y El caso Lemoine, Narrativa Athenaica, Sevilla, 2023, 256 páginas.

[2] María José Furió, "Pastiches de Proust. El caso Lemoine", JotDown Books, Sevilla, 2023, 226 páginas. (Con prólogo y artículos de cada autor imitado por Proust de la traductora).

[3] Ghislain de Diesbach, Proust, Perrin, París, 775 págs. (trad. español Marcel Proust, de Javier Albiñana, Anagrama, 2006, 656 págs.

[4] Correspondance de Marcel Proust, Edición de Philip Kolb, 1970-1993, Plon, París, 21 vols. (Hay ediciones modernas en menos volúmenes.)

[5] Anne Carson, La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos, edición bilingüe. Trad. y prólogo de Andreu Jaume, Lumen, Barcelona, 2019, 224 págs.

[6] Jean Baudrillard, L’Autre par lui-même, Galilée, París, 1987 (trad. española de Joaquín Jordá: El otro por él mismo, Anagrama, Barcelona, 1997).