viernes, 23 de febrero de 2024

"Para el lector vernáculo siempre será mucho mejor la peor de las traducciones a su lengua"

Una vez publicada la columna de ayer, Andrés Ehrenhaus, cuya cabeza polemista vive en eterna efervescencia barroca y discute con su cabeza de traductor, envió una nueva columna, más larga que la anterior, donde amplia y acaso aclara sus puntos de vista.  

La cabeza del traductor (3 bis)

1

Qué gran cosa es la polémica abierta, sosegada y generosa sobre un tema concreto y cercano, ésa en la que los polemistas descansamos en un saber modesto pero real, un saber leninista, si se me permite, fruto del constante cachascán entre teoría y práctica. Leo los textos de Jorge F. y Jorge A. y sé que todo lo que dicen es cierto y a la vez refutable, y lo sé porque además de conocerlos personalmente conozco su obra, su obra como autores-traductores, su obra práctica y su obra teórica, y eso me ahorra dos incomodidades: no tengo que leerlos con la sospecha de que me están embaucando y tercero (porque segundo ya para siempre será Francia), tampoco me obligan a una lectura ideológica, de esas que sólo admiten creer o no creer, cancelar o no cancelar. Dicho esto, creo que no hace falta mucha suspicacia para comprobar que nuestras cabezas traductoras son muy distintas y que, por ende, nuestras visiones y enfoques al respecto de los qués y los cómos de la traducción también lo son. De hecho, tan distintos somos que casi lo único que compartimos es una vivay cariñosa curiosidad por la cosa traducción, o sea, más una pregunta que una serie cualesquiera de respuestas.

2

A la apuesta de Jorge F. por partirle en dos la cabeza al traductor y ver qué tiene adentro yo añadiría sin dudarlo la necesidad de investigar el cuerpo entero o, por decirlo en términos retóricos, de tomar cabeza por sinécdoque de cuerpo y hacerle por tanto un chequeo completo, tanto sincrónico como diacrónico. Al traducir sudamos como perros, nos adormecemos, nos aceleramos, tenemos frío o sed, y esa realidad física discurre en paralelo a la del texto traducido, que nos obliga a buscar símiles creíbles en nuestra hemeroteca sensorial: no sólo qué se piensa en tal o cual situación sino sobre todo qué se siente, qué siente el cuerpo, cómo se permeó o impermeabilizó nuestro cuerpo –no disociado de nuestra metonímica cabeza– en tal o cual circunstancia. El cuerpo sin la cabeza traduciría como una gallina decapitada; la cabeza sin el cuerpo, como una IA. He ahí el lugar donde habita (por ahora y espero que durante mucho tiempo) nuestra gran ventaja: los traductores tenemos cuerpo, nuestras traducciones se encarnan, nos atraviesan la carne viva y arrastran restos de vida como camalotes en el ancho río, mientras que las inteligencias artificiales no pueden sino reemplazar esa descarnada carencia con puros artificios. El cuerpo de la IA es una tierra baldía. Luchemos por no ceder los nuestros, que es el repositorio de una experiencia única, traductores, y no lo separemos nunca de nuestras cabezas.

coda al 2

Donde digo diego, o sea, digo, el traductor, digo la traductora o traductore o como se quiera. Cada vez somos más mujeres las que ejercemos esta profesión y con toda seguridad los debates más frecuentes o acalorados rondan en torno a la cuestión de género y, por consiguiente, del cuerpo de quienes traducimos. No es casualidad que cada uno aborde esta cuestión como le siente mejor al cuerpo y que abordemos o despachemos el asunto acorde a nuestra propia percepción corporal. Nuestros cuerpos están en el tiempo, esa es la clave, nos pican los mosquitos, nos revuelven las revoluciones, nos afectan las pérdidas y nos atraviesan las modas, como concluye Jorge A. que concluye Jorge F. Al traducir no estamos nadando en el éter de la neutralidad, y el mundo no cesa de sacarnos de esa ensoñación y devolvernos a la incomodidad de los cuerpos, algo que ningún artificio, por inteligente que sea, experimentará jamás. Volviendo ahora a la cuestión del número, y dándole la vuelta a la pregunta: ¿qué habrá cambiado en el modo de traducir desde que cada vez somos más las mujeres que traducimos?

3

De la réplica de Jorge A. me quedo con una brillante observación que él convierte en paradoja o más bien en aporía: “...la conclusión es que la época dicta en gran parte el criterio de traducción. En ese sentido, hemos ido de la libre expresión del traductor –aunque estuviera enmascarado en letra pequeña en la página de los créditos y a veces ni siquiera fuese mencionado en la edición de sus traducciones– hacia la traducción que aspira a la mayor literalidad posible (digo esto yo, no Fondebrider, quede claro). Lo cual podría significar: de lo personal a la impersonalidad. Tarea, ya lo sé, imposible”. O sea, a la vez que luchamos denodadamente por salir del cono de sombra y reclamamos con ahínco nuestra parte (tanto moral como patrimonial, y totalmente merecida) de autoría, vamos derecho viejo a la invisibilidad física, no simbólica, es decir, la de la letra hecha carne, puesto que aspiramos a un ideal (imposible, nos recuerda Jorge A.) de literalidad, de fidelidad literal, de incorporeidad o, cuando menos, de disimulo fáctico, como si fuéramos doppelgängers anónimos que aspiramos, sin embargo, a tener un lugar en los créditos. Así, el traductor tendería a convertirse, según la moda actual, en un stuntman, un doble de riesgo, capaz de hacer acrobacias inverosímiles sin romper al mismo tiempo la ilusión de que quien las realiza es el actor protagónico, donde la acrobacia inverosímil consistiría en saltar al vacío entre una lengua y otra y no partirse la crisma y convertir la película en un video berreta de caídas desternillantes. 

La pregunta, entonces, es: ¿queremos o no queremos ser autores visibles de una obra nueva derivada de otra previa y ajena? Si peleamos por aparecer en portada, ¿no deberíamos aceptar que hemos puesto el cuerpo, en este caso las sucias garras, en una obra que, antes de nuestra escabechina, descansaba plácidamente en el vergel de su cultura de origen? Dice Jorge A., con toda razón, que tender a la impersonalidad es imposible; completo yo que no hay modo de hurtarle el cuerpo a una traducción y que toda traducción lleva indicios de nuestra osadía, incluso cuando creamos haber borrado con lavandina nuestras huellas dactilares (no escribiendo “capullo, follón, flipar o cutre”, por ejemplo, cuando y donde no corresponde o nuestro editor no nos lo demande). A modo de muestra, un botón, o toda una mercería, por caso: incluso si Jorge F. deseara fervientemente pasar desapercibido en sus traducciones y ser un neutro amanuense al uso, sigiloso y desapercibido, su manera de poner el cuerpo en ellas lo delataría indefectiblemente, pues no conozco a ningún otro traductor que sea capaz de triplicar o más el volumen del texto original o el traducido, tanto da, con un cuerpo de notas tan descomunal y exhaustivo. Si Jorge F. no firmara sus traducciones, sus notas lo delatarían vilmente. Ya que estamos en el terreno de las imágenes delictivas, Jorge F. sería como esos asesinos en serie que no pueden estarse sin dejar pistas, en clave o no, de sus crímenes, en una suerte de juego de ingenio entre él y sus eventuales captores, i.e., lectores.

4

Un último toque a la cuestión de la mejoración del original en las traducciones.  No hace falta ser devoto de Foster para entender que en toda traducción se opera una pérdida: lo que en el original, en el idioma original, eran “virtudes” o “activos”, en la traducción posiblemente aparezcan como “defectos” o “debes”, sobre todo en áreas tan sensibles como la sonoridad, el ritmo, el color, las vibraciones o resonancias (¡otra vez el cuerpo!). A la vez, a lo que Foster no alude en su célebre eslógan es a la ganancia que implica cualquier traducción: lo que antes sólo podía leerse en una única lengua ahora puede leerse casi igualen todas las otras. La traducción quizás no te lleve al mismo puerto pero sin duda te acerca mucho. ¿Qué pasa entonces cuando esa traducción no sólo te lleva a puerto sino que encima te hace pasar la aduana e incluso comprar algo en el free-shop? No creo que Baudelaire o Cortázar participaran de la misma moda; entre uno y otro la práctica profesional de la traducción ya había cambiado mucho.

No sabría decir si Baudelaire mejora a Poe o más bien lo lleva a su puerto. Y podría apostar que lo que movió a Cortázar a “mejorar” a Poe no fue tanto una cuestión estética, ni siquiera ética, sino de economía moderna:  respetar el ritmo perifrástico y a menudo exasperante de Poe le habría llevado muchos meses más de los que disponía y, a diferencia de Baudelaire, Cortázar vivía de esas traducciones, así que disfrazó con genio e ingenio sus tijeretazos como decisiones literarias y cortó a Poe por lo sano. ¿Lo mejoró? En cierto modo, si Baudelaire bodelerizó a Poe, Cortázar lo modernizó, lo metió en el mercado editorial, lo puso en valor de venta. Pero ambos, tal como ahora nosotros, entendían que estaban al servicio de Poe. Y me pregunto si las apropiaciones de los clásicos, o las de los renacentistas, o las de los barrocos, o las belles infidèles de los neoclásicos franceses o las chinoiseries de los románticos no operaban bajo la misma divisa corsaria y creían estar sirviendo, por encima de todo, a las fuentes originales. Hoy en día la idea de apropiarse o mejorar el original es anatema, pero para el lector vernáculo siempre será mucho mejor la peor de las traducciones a su lengua (incluso aquellas en las que Tom Cruise es condenado a vivir en Vallecas) que el más maravilloso de los originales en incomprensible lengua. Y si no les gusta, vayan a cantarle a Babel.

jueves, 22 de febrero de 2024

Andrés Ehrenhaus no es incorpóreo

Lo que sigue es la reflexión del traductor argentino Andrés Ehrenhaus, radicado en Barcelona desde hace décadas, quien se suma así a la reflexión que el Administrador y Jorge Aulicino hicieron sobre la traducción.

La cabeza del traductor (3)

Recojo el envite lanzado por Jorge y redoblo la apuesta: no sólo nuestras cabezas traductoras son diferentes; también lo son nuestros cuerpos. La cabeza es la sinécdoque del cuerpo entero: sentimos, nos movemos, nos cansamos, sudamos diferente. En el cuerpo también está nuestra idiosincracia, en el cuerpo también está nuestra historia. El cuerpo es cabeza y la cabeza, cuerpo; así y sólo así entiendo yo la protesta de Jorge, sobre todo y más que nunca ahora, en la era del intelecto electrónico y la invisibilización de los cuerpos. 

Si la cabeza traductora tiende a ser, hacerse o sentirse invisible, qué decir de nuestros cuerpos. ¡Es como si no los tuviéramos! ¡Como si no necesitáramos comer para seguir trabajando! ¡Como si traducir fuese la labor etérea por excelencia! Y así hasta que creamos que realmente puede hacerlo una máquina. Y aquí radica la importancia del reclamo fondebridiano: la riqueza de la traducción radica precisamente en su inevitable y necesaria diversidad. Creer que puede tenderse a un grado cero de la traducción equivale a abrir la espita del gas y meter la cabeza (acá más que nunca como sinécdoque de cuerpo) en el horno.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Un escándalo bien francés (II)

(viene de ayer)

Lo que sigue es la segunda parte del artículo de María José Furió, publicado esta vez el 12 de febrero pasado, en la revista Vasos comunicantes, sobre el escándalo suscitado por la nueva traducción francesa de Mein Kampf, de Adolf Hitler, a cargo del traductor Olivier Mannoni.


Deconstruyendo Mein Kampf: Traduire Hitler, de Olivier Mannoni (II)

La vacuidad del mal
Mannoni dedica un espacio señalado a describir la dificultad de traducir la jerga nazi. La fidelidad en este caso no significa la literalidad porque a veces es obligado interpretar la falta de estilo literario de los textos, su inanidad incluso, en relación con la magnitud de los crímenes que organizaron y cometieron. Sorprende que se escandalice de la baja estofa de los principales responsables de la carnicería; quizá la explicación sea que durante cierto tiempo se tomó como modelo de líder nazi a Ernst Jünger, quien, antes de distanciarse del nazismo, dejó el testimonio de una mirada cruel servida con buena prosa y numerosas referencias cultas. Mannoni no edulcora su juicio sobre los líderes cuya obra, en diferentes géneros, ha tenido la oportunidad de traducir:

"La traducción de las fuentes, por lo que respecta a los agentes criminales del nazismo, supone siempre un recorrido malsano entre monumentos de banalidad, de locura, de violencia, de secreto. Esas fuentes apestan a las ciénagas negras del odio, del rencor. Traen a escena a unos hombres que nunca admitieron que sus carencias, de inteligencia, de brío o de competencias, fueron el obstáculo que impidió cumplir sus sueños, cosa que compensaron como pudieron organizando el exterminio de su prójimo. Goebbels, el escritor fracasado, se toma por Nerón y contempla el mundo, pergamino bajo su pluma, como si él fuese su maquiavélico señor. Himmler, ese castrador de pollos sin relevancia, ese pequeñoburgués ruin cuyos diálogos con su mujer habrían encontrado su sitio en un estudio de Simenon sobre la mediocridad, organiza con esmero el mayor crimen de la historia humana. Rosenberg, el antiguo indigente muniqués, el intrigante que se las da de estratega, permanece durante toda la guerra a la sombra de Hitler y de Ribbentrop, y termina organizando el pillaje de las obras de arte en Europa. La realidad del nazismo, la que encontramos en los textos de sus agentes, era también eso: la de unos individuos sin talento, sin grandeza, sin otro motor que el odio que alimentaba su ambición". (p. 16)

Sobre la obra de Hitler afirma que Mein Kampf no es, a fin de cuentas, más que un «Intento de puesta en escena wagneriana de un vagabundo que magnifica todo lo que ha hecho e intenta posar como gran pensador, intelectual y hombre del pueblo providencial». Su libro «expresa también la monstruosa frustración de un insignificante político fracasado que decidió reescribir su biografía civil y militar». En cuanto al estilo, está redactado en un «lenguaje delirante, describe una realidad ficticia, apuntalada con muchos silogismos y otros atajos que alimentaron una locura colectiva». Mein Kampf, como libro fuente, supone el mismo reto que los libros fundamentales del periodo: «Enfáticos, grandilocuentes, enrevesados, a veces crípticos, siempre embrollados y escritos con ese silbido típico de los textos nazis, esas mímicas autoritarias que se pretenden viriles y esos taconazos como punto final. Descubrir el sentido era todo un reto, trasponerlo en francés un desafío insuperable». Cuando empezaba a plantearse qué conviene hacer con este tipo de libros —dilema que puede plantearse así: aunque la tentación es dejarlos morir de su muerte natural, el olvido, ¿no es lo más sensato ofrecer una edición científica para especialistas?—, le llegó el encargo de traducir el tercer tomo de los diarios de Goebbels, también en edición crítica y anotada. Recordando su trabajo sobre esta otra versión de la lengua del III Reich, Mannoni equiparara la lengua del nazismo con la de Trump, y el impacto que causó la logorrea del norteamericano en medios acostumbrados a la coherencia discursiva, intérpretes de rueda de prensa incluidos. El traductor francés subraya que, si bien el antisemitismo es anterior a la Shoah, el exterminio no surge como ejecución de un plan trazado antes de la expansión nazi sino como una de las manifestaciones del poder absoluto que lograron. Precisamente sobre este asunto se manifestaba el historiador Ingrao para responder vehemente a Melenchon, después de que este enviara con mucha fanfarria una carta a su editor, también Fayard, exigiéndole que renunciara a publicar Mein Kampf y declarando que se negaba a codearse con el agente provocador de la mayor carnicería del siglo XX.

Los cincuenta últimos años de encarnizado trabajo de los historiadores, ilustrados por el advenimiento de la escuela funcionalista opuesta a esta escuela intencionalista que usted representa aquí de manera involuntaria, han demostrado que el Tercer Reich no fue la realización de un programa recogido por escrito en el aburrido libro del futuro dictador, sino que el genocidio constituyó la culminación de políticas incoherentes, obsesivas, llevadas a la incandescencia homicida por una mezcla de consideraciones ideológicas, logísticas, económicas y guerreras. Ni las fábricas de muerte ni los grupos móviles de asesinatos están prefigurados en Mein Kampf y es simplemente falso que se puede acceder a la realidad del nazismo y del Genocidio únicamente a través de la lectura del lamentable panfleto del preso austriaco. (p.26)

Y, como argumento definitivo en justificación de la edición crítica, sentencia: hay que mostrar a plena luz que «Hitler fue el revelador de una inmensa crisis política no solamente alemana, sino también europea». Mannoni es igualmente firme sobre la controversia: «La Shoah no está anunciada en ninguna parte en Mein Kampf, sin duda simplemente porque en 1924 no era siquiera un proyecto». Es «Un extenso panfleto que prepara el horror futuro».

Traducir un texto de mala calidad: por qué, cómo…
La experiencia de Olivier Mannoni en la traducción de Mein Kampf es ejemplar del traductor que debe lidiar con un texto de mala calidad. Es un tema que los profesionales han tratado con relativa frecuencia porque es una desgracia común del oficio. Un mal texto es incoherente, con un léxico pobre o inadecuado, una sintaxis primaria o mal articulada, una estructura inexistente o incompleta, es decir una lengua que sirve mal a las ideas, al argumento, a la recepción del texto. Cuando somos principiantes, reaccionamos al reto con estupor y un grado de ingenuidad variable que nos inclina por tal o cual estrategia, corroborada o corregida luego por el editor. En realidad, no hay una sola estrategia válida ni una única decisión correcta. Es sabido que hay traducciones que han mejorado un mal texto original y al revés. Con textos de no ficción, habitualmente se recomienda mejorar el estilo sin desvirtuar el contenido y es conveniente que a los principiantes se les abrevien las dudas: mejóralo pensando en el lector e informa con antelación al editor si no ha sido él quien te ha dado esta clave de supervivencia (personal y para tus neuronas). En otros casos, restituir un estilo que parece malo pero buscado por su autor —pensemos en esos escritores que huyen de «escribir bien»— es similar a traducir textos de vanguardia, donde lo fundamental no es operar sobre el léxico y la sintaxis sino sobre la semántica. Son textos cuyo sentido está más allá del significado. Esta es la experiencia que Mannoni traslada al lector de Traducir a Hitler.

«Traducir a Hitler es armarse contra sus epígonos contemporáneos»
Conocer el alemán del III Reich tras su prolongada frecuentación del periodo nazi le ayudó a conocer en qué consistía la manipulación del idioma, de tal envergadura que, acabada la guerra, un grupo de escritores, el luego célebre Grupo 47, llamó a unir fuerzas para refundar la lengua alemana, el alemán de la alta cultura. Mannoni da numerosos ejemplos de esa «malversación», que a continuación relaciona con la progresiva contaminación del lenguaje corriente, en francés y en otras lenguas europeas, de ideas y conceptos racistas y excluyentes que tienen su origen en el nazismo. Brilla en la demostración de las similares intenciones detrás de los discursos excesivos de Hitler y de Trump, una logorrea vehemente que incita a la violencia, primero verbal, luego física, que busca soldados para alcanzar el poder. La verbosidad no es, sin embargo, la regla entre los líderes del exterminio. Lo que vale para Hitler no vale para Rosenberg: «Esta prosa que pretende dar el pego como pensamiento tiene al menos el mérito de permitirnos comprender con qué habilidad el nazismo sabía propalar una abstracción hueca, la imagen adulterada, una ristra de frases inacabables para desplegar sus visiones ideológicas» (p. 36). A los ideólogos vacuos los acompañan también los escritores anodinos como Himmler, acerca del cual sentencia:

Estas líneas [de su diario], de una bobería sin límite, salieron de la pluma de Heinrich Himmler, Reichsführer, es decir del jefe supremo de la SS, jefe de policía, principal artífice de la política conocida como “solución final” y de la instauración de los campos de exterminio.

Que el estilo de Himmler carezca de vuelo retórico no significa que traducirlo sea pan comido porque, a pesar de su estupidez, fue el responsable de transformar la lengua alemana en un lenguaje codificado. Como paso previo a los juicios de Núremberg, vista la dificultad de comprender cabalmente los eufemismos criminales acuñados por los nazis, hubo que retraducir el alemán del III Reich a un «alemán corriente» antes de transponerlo al código jurídico; hubo que devolver el alemán a la realidad. «El idioma nazi no se contentó con infestar, retorcer y malversar la lengua alemana en provecho propio: también la convirtió en una herramienta de duplicidad cuidadosamente elaborada». Mientras los objetivos militares se comunicaron siempre de manera inequívoca, todo lo relativo a la supresión de libertades y medidas que condujeron al exterminio de opositores y judíos se envolvió en la opacidad, utilizando a su favor la polisemia de las palabras elegidas para enmascarar sus objetivos. Una polisemia que requería de un profesional bregado en la jerga nazi: «Los nazis supieron manipular los recursos del lenguaje para disimular primero sus intenciones y luego sus crímenes».

Hay un aspecto tan interesante como escalofriante: la conciencia que los jerarcas nazis tenían de la gravedad de sus actos y de las consecuencias que les depararían cuando vieron la derrota inevitable ante el avance aliado. Impresiona en el mismo sentido cómo tratan de ocultarse a sí mismos lo irreversible del crimen cometido y del castigo que les aguarda. Entre los eufemismos más determinantes está «evacuación» en lugar de «deportación» y «exterminio». El eufemismo tiene por compañera la omisión: no se habla de aquello que se hace, no se discuten las órdenes pero tampoco se menciona su contenido. Himmler es el maestro del eufemismo, del neologismo que enmascara el crimen imprescriptible. Mannoni lo sintetiza en una frase: «La descripción del monstruo está atrapada en la ganga de un lenguaje falaz».

Mein Kampf: Traduire Hitler es, en conclusión, un ensayo muy interesante por la reflexión en torno a los retos y decisiones que conlleva la retraducción de libros históricos, clásicos y los llamados libros fuente, así como por el análisis de las peligrosas consecuencias para la convivencia democrática que se derivan de la circulación de los discursos del odio sin el cortafuegos de una bien elaborada estrategia historiográfica y filológica. La expresión vehemente y plástica de las emociones disparadas por el contacto con la abyección de los textos de los jerarcas del nazismo, incluso en un profesional tan bregado como Olivier Mannoni, hacen la lectura amena además de informativa, rasgos de los que los lectores hispanos podrían disfrutar en una futura traducción del todo recomendable.

BIBLIOGRAFÍA

Olivier Mannoni, Traduire Hitler, editorial Héloïse d’Ormesson, Col. «Controverses», 126 páginas

Adolf Hitler, une biographie – L’ascension: 1889-1939, de Volker Ullrich, 2 vols., Gallimard, París, 2017.

Ernst Klee, La médecine nazi et ses victimes, Actes Sud, Arles, 1999.

Victor Klemperer, LTI, la langue du IIIe Reich, trad. Élisabeth Guillot, Albin Michel, París, 1996, rep. Pocket, 2013, p. 49. (Hay traducción en español: LTI. La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo, Editorial Minúscula, Barcelona, 2001, trad. Adam Kovacsis.)

Entrevista con los responsables de la edición crítica: Marie-Bénédicte Vincent, Florent Brayard y Olivier Baisez, por Nathalie Peeters, Mémoire d’Auschwitz ASBL

martes, 20 de febrero de 2024

Un escándalo bien francés (I)


La española María José Furió es escritora, traductora de francés, italiano, catalán e inglés al español, colabora además con editoriales y empresas españolas y extranjeras como lectora de textos ya publicados o de manuscritos para su posible traducción al castellano y en la revisión y editing de textos. La siguiente columna, de la cual hoy se da la primera parte, fue publicada el pasado 5 de febrero, en la revista Vasos comunicantes, n°68. Trata sobre el escándalo que se produjo en Francia, con la publicación de una nueva edición de Mein Kampf, de Adolf Hitler, en la erudita traducción de Olivier Mannoni (foto)

Deconstruyendo Mein Kampf: Traduire Hitler, de Olivier Mannoni (I)

La última polémica mayor en torno a una traducción ha tenido como asunto la de Mein Kampf (Mi lucha), del dictador alemán Adolf Hitler, y ocupó en Francia incontables páginas de publicaciones y horas de radio y televisión cuando se publicó la noticia de que, aprovechando que el 1 de enero de 2016 el título entraba en el dominio público, la editorial Fayard se proponía ofrecer una nueva traducción, siguiendo el ejemplo de la que se publicaría en Alemania. En ambos casos se trataría de una edición crítica y anotada a cargo de un equipo de prestigiosos historiadores expertos en el periodo nazi, algo imposible hasta entonces porque el depositario de los derechos de autor, el Ministerio Bávaro de Economía, no había permitido nuevas ediciones, ni siquiera las de carácter científico. El Institut für Zeitgeschichte de Múnich, con una gran experiencia en la publicación de fuentes históricas, incluido el periodo nazi, creó un equipo permanente de cuatro historiadores apoyados por una red de expertos. La fecha elegida para publicar su edición crítica fue precisamente enero de 2016, y esta edición sirvió de base a la francesa.

En el país vecino, ediciones Fayard propuso la nueva traducción en francés a un prestigioso traductor especialista en el III Reich, Olivier Mannoni (1960), en cuyo haber destacan la biografía más reciente del Führer: Adolf Hitler, une biographie – L’ascension: 1889-1939, de Volker Ullrich, en dos volúmenes para Gallimard, La Médicine nazie et ses victimes («La medicina nazi y sus víctimas»), de Ernst Klee, y una selección de los diarios de Goebbels y de Alfred Rosenberg. Mannoni entendió que su trayectoria hacía de su nombre la mejor opción. Así la resume en Traduire Hitler:

"Tras una cincuentena de traducciones de obras consagradas a la medicina nazi, al antisemitismo, a la Shoah por balas, a la organización de los campos de concentración, en Auschwitz y en Birkenau, era en definitiva lógico volver a la fuente, tomar de cara y en su integralidad la traducción de Mein Kampf y proponer un texto utilizable en francés para los historiadores, los lectores interesados así como para mis colegas. De modo que acepté, con la reserva de las condiciones habituales que exijo para este tipo de trabajos: no una publicación «en bruto» del texto fuente, sino acompañada de un aparato crítico sólido establecido por historiadores."

Habla el traductor
Tanto para responder a los diferentes debates que surgieron durante los más de diez años de gestación de la obra como a la necesidad de explicar las vicisitudes en torno a su trabajo sobre un texto de pésima calidad y enorme influencia, Olivier Mannoni escribe Traduire Hitler (2022), donde repasa con estilo vigoroso las controversias que estallaron en Francia en torno a la necesidad, interés y oportunidad de republicar el brulote del Führer. Un libro que le llegó cargado de simbolismos polarizantes: maldito o sagrado según la ideología del que hable, imán o radioactivo, una suerte de catecismo del nazismo, un talismán, un grimorio: «Una especie de fetiche, un objeto cuya dimensión simbólica, aroma escandaloso y “aura maléfica”, como decían unos y otros, había desbordado hacía ya mucho al contenido».

Algunos partidos de la izquierda protestaron con grandes aspavientos arguyendo que era una forma de adular a la extrema derecha, con una representación política rampante en la mayoría de los países occidentales y de forma significativa en Francia, donde en las dos últimas elecciones presidenciales, en 2017 y 2022, el partido Rassemblement National de Marine Le Pen ha disputado la segunda vuelta. En contrapunto a las polémicas oportunistas, concebidas para trasladar la atención del público a los partidos que las generan, a menudo en el contexto de una campaña electoral, Mannoni relata las dificultades que supone bregar con el lenguaje hitleriano e integra ese relato en una reflexión más amplia sobre la denominada «lengua del III Reich». Un fragmento del ensayo, que le ha valido a su autor el Premio Charles Oulmont 2023, resume muy bien el estrago:

A lo largo de treinta años, desde los primeros textos de la Revolución conservadora hasta el final de la segunda guerra mundial y la caída del nazismo, los cantores del movimiento völkisch, los miembros de los cuerpos francos de 1919, los adeptos de las corrientes nacionales-alemanas, luego el pequeño partido de los obreros alemanes (DAP), y, para terminar, del Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes (NSDAP), desmembraron y dislocaron la lengua alemana, que se apoyaba sin embargo en un inmenso capital cultural y literario. Para entonces se encontraba reducida a una jerga donde fórmulas forjadas por los militantes o los intelectuales en el poder habían sustituido paulatinamente a la lengua cotidiana. «El dominio absoluto que ejercía la norma lingüística de esta pequeña minoría, o incluso de un solo hombre —escribió Victor Klemperer en LTI, el texto fundamental para todo aquel que quiera comprender en qué consistió el uso del idioma por parte del nazismo—, se extendió al conjunto del área lingüística alemana con una eficacia tanto más decisiva porque la LTI no estableció ninguna diferencia entre lengua oral y escrita. Más, todo en ella era discurso, todo debía ser arenga, conminación, galvanización. […] El estilo obligatorio para todo el mundo era, por lo tanto, el del agitador charlatán».

Lejos de ser un texto erudito destinado a un público de especialistas, Mannoni saca provecho de su experiencia en prensa para reflexionar sobre el peso político del libro en el momento de su primera publicación en 1925 —en concreto, el discutido tema de si la «solución final al problema judío» era un punto programático recogido en el libelo—, y sobre la trascendencia de la traducción planteada por Fayard, concebida como contribución a una historiografía rigurosa que mire al pasado y sea útil a largo plazo. Mannoni les recuerda con ironía a quienes denunciaron que la nueva edición armaba a la ultraderecha y podía ofender a los supervivientes del genocidio que, en francés, seguía a la venta la versión de 1934, publicada por las Nouvelles Éditions Latines, y existía una versión circulando en internet, ambas sin notas. La novedad consistía, por lo tanto, en el enfoque científico de la edición. También, como descubriría el propio traductor, en la exigente fidelidad a la expresión de Hitler que se le pidió.

La cuestión de la retraducción de libros históricos es un tema recurrente de discusión entre profesionales de la cultura. En referencia a Mein Kampf, Mannoni lo tenía claro aun antes de tener que «bajar a la mina» y hundir sus «botas de traductor en el cenagal» del discurso hitleriano. A lo largo de su carrera, en sucesivos libros sobre el nazismo es habitual que sus autores citen el original alemán, por lo que decidió que resultaba más coherente traducir como si nunca hubiese existido una versión francesa a la que acudir. Y esto porque, al buscar la cita correspondiente en francés, comprobó que la versión de 1934 es «legible y fluida», dos adjetivos que en nuestra profesión tienen un significado ambivalente:

"…legibilidad y fluidez. Dos principios respetables en sí de no ser porque el original es rigurosamente ilegible y no tiene otra fluidez que la de los pasajes wagnerianos donde su autor se deja arrebatar por el lirismo. La traducción de 1934 borra lo ilegible —¿podría hacerse de otro modo en esa época?— y restituye mal la sandez de los pasajes inflados de lirismo". (p. 5)

«Avanzar por una ciénaga calzado con suelas de plomo»
En 2015 el equipo se reestructuró y se amplió con la incorporación de nuevos historiadores e investigadores-docentes. Las ediciones alemana y francesa han inspirado otras, publicadas ya en Italia, Países Bajos y Polonia, países directamente interesados por el periodo. Sentenciaba Brayard en una amplia entrevista a Mémoire d’Auschwitz: «Mein Kampf es una fuente fundamental para comprender el siglo XX y debe tratarse en consecuencia. Pero al tratarse también de un libro complicado necesita de gran número de explicaciones, es preciso deconstruirlo». Afirmación que Mannoni corrobora desde su condición de traductor: hay que «desentrañar lo que en el relato de Hitler puede calificarse de mentira, de distorsión, de insinuación, de media verdad o de afirmación probada».

En 2015 había transcurrido casi un año desde que Mannoni entregara la que resultó ser una primera versión sin que el editor diera señales de vida, por lo que llegó a creer que no se publicaría nunca. Cuando los de Fayard rompieron su silencio fue para pedirle que retomara su versión con objeto de, diríamos, devolvérsela a Hitler. El nuevo equipo quería la crudeza sintáctica, el confuso fárrago de vacuidades, las diatribas, la simpleza expresiva, es decir, puro Hitler, un Hitler raw. Propuesta que Mannoni aceptó sintiendo que debía sumergirse de nuevo en el «cenagal» de un texto que, sin poder considerarse estrictamente programático del genocidio que seguiría, sí era el punto de partida de la catástrofe de la que aún hoy quedan huellas. El trabajo de desarticular una versión fiel pero que intuimos aún hija de una alta cultura, respetuosa con la academia y la tradición, le llevó en total diez años. Historizar el mal es simultáneamente una operación de despojamiento por parte del traductor y de acompañamiento del lector. Podría decirse que el delirio hitleriano aparece amarrado por las camisas de fuerza de la historiografía y la crítica filológica. Además, los especialistas armonizaron «la interpretación de algunos conceptos ideológicos nazis que posteriormente adquirieron un rol importante».

Marie-Bénédicte Vincent, una de las historiadoras que han colaborado en la edición, explicaba en una entrevista que la historiografía del nazismo está en constante evolución. Al principio se centró en los altos dignatarios del régimen nazi, empezando por Hitler; de ahí surge la gran discusión entre los finalistas y los intencionalistas, a los que se refiere Mannoni. En los años sesenta, una nueva corriente de investigación se interesó por las estructuras del régimen nazi: partido, burocracia, ejército y grandes organizaciones. «Se trataba de descentrar la mirada llevándola a otros factores de evolución y de transformación del régimen». Desde los años noventa, los estudios han puesto el acento en las representaciones que circulaban cuando el nazismo ganaba relevancia, con conceptos como el hombre nuevo y su derivado: los «adoctrinados fanáticos capaces de cometer los peores crímenes». En la actualidad, el interés de los investigadores se vuelca en los verdugos. Esta evolución de los estudios históricos explica por qué las nuevas traducciones del «manifiesto hitleriano» no entrañan una regresión, sino «una profundización en la comprensión de los procesos de radicalización de las masas bajo el nazismo».

Esta radicalización y los discursos que la alimentan son el eje de las reflexiones que desgrana Mannoni en el capítulo «Ecos lúgubres» de su ensayo, mostrando cómo las corrientes nacional-populistas actuales beben del nazismo primigenio. Mannoni se detiene en el término de «Gran Reemplazo» y la bastardización de la población europea a través de las parejas interraciales, uno de los asuntos que las ultraderechas europeas han reintroducido en el léxico y el debate sobre raza e inmigración en los últimos años, y analiza luego cómo el antisemitismo de ayer y el antiislamismo de hoy beben de la misma lógica racista y conspiranoica. Siendo uno de los temas de la polémica si la nueva edición podía dar armas a los extremistas, la historiadora belga Chantal Kesteloot respondía que Mein Kampf recoge la expresión más radical del ultranacionalismo, el pangermanismo y el antisemitismo tal como circulaban en los años veinte en Alemania. Su novedad entonces era el radicalismo heredado de la Primera Guerra Mundial. El original alemán se convirtió en un libro fetiche que hizo rico a Hitler, en arma de propaganda y regalo de boda a las parejas recién casadas. A finales de la Segunda Guerra Mundial se habían impreso no menos de doce millones de ejemplares del libro. De forma que el cortafuegos al peligro de alimentar a la ultraderecha es, insiste, la edición científica.

(continúa mañana)

lunes, 19 de febrero de 2024

Marcha atrás: los bouquinistas se quedan

En la entrada correspondiente al 28 de septiembre de 2021, este blog explica qué son los bouquinistas; vale decir, los célebres kioscos de libros usados que existen en las márgenes del Sena, en París. Luego, en la entrada del 21 de noviembre de 2023, se anunció la decisión de las autoridades francesas de retirar los kioscos por temor a que pudieran at contribuir de alguna manera atentados terroristas durante los inminentes Juegos Olímpicos de este año. Sin embargo, el presidente Emmanuel Macron dio marcha atrás. Así se explica en esta nota sin firma publicada por el diario Página 12, el pasado 14 de febrero.

Francia renuncia a retirar los libreros del Sena con motivo de los JJOO

Los libreros a orillas del Sena en París mantendrán sus icónicos cajones verdes durante los Juegos Olímpicos, después que las autoridades renunciaran a su controvertida retirada por motivos de seguridad, anunció este martes la presidencia francesa.

"El presidente (Emmanuel Macron) pidió al ministro del Interior y al prefecto de policía de París preservar el conjunto de libreros y que no se obligue a ninguno de ellos a desplazarse", ante la ausencia de una "solución de consenso", precisó esta fuente.

Con motivo de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos el 26 de julio, que tendrá lugar a lo largo de 6 kilómetros del río Sena a su paso por la capital, las autoridades preveían la retirada "durante días" de casi 600 de los 900 cajones por motivos de seguridad.

Sin embargo, los "bouquinistes" --hay unos 230-- rechazaban esta medida, máxime cuando algunas de las cajas tienen hasta 150 años de antigüedad y se espera la presencia esos días unos 15 millones de visitantes en la capital.

Macron, que calificó a estos libreros de "patrimonio vivo de la capital", pidió así cambiar el dispositivo de seguridad, después de que las autoridades redujeron en enero a la mitad el aforo para la ceremonia de apertura a unos 300.000 espectadores, según la presidencia.

Herederos de los vendedores ambulantes de libros del siglo XVI, los "bouquinistes" que venden libros de segunda mano e incluso souvenirs turísticos pueblan los muelles del Sena y se han convertido en un símbolo de la capital francesa.

La decisión se conoció solo unas semanas después de que la Asociación Cultural de "Bouquinistes" de París anunció que iba a recurrir a la justicia administrativa para tratar de impedir el desplazamiento forzado de sus puestos.

Dicha medida había causado una gran polémica al hacerse pública en el verano de 2023, a un año de la cita olímpica, ya que los puestos de madera pintada de verde que pueblan las orillas del Sena son una estampa tradicional para los parisinos y los turistas.


viernes, 16 de febrero de 2024

Jorge Aulicino, traductor de Cervantes.

Fotogramas de Misión imposible,
doblada en España
El pasado 1 de febrero, este blog inició sus actividades del año con una columna del Administrador, donde se reflexionaba sobre el funcionamiento de la cabeza del traductor más allá de las teorías sobre la traducción; vale decir, los procedimientos pragmáticos de la  traducción y las perspectivas ideológicas que animaron los diferentes momentos de la historia de la traducción. Atento a esas reflexiones, hoy es el turno de abundar en la cuestión de Jorge Aulicino. 

La cabeza del traductor (2)

Luego de leer la columna del Administrador de este blog, Jorge Fondebrider, incluida el 1 del mes andante, pensé mucho qué tengo en la cabeza como traductor. Cierto es que Fondebrider sugiere que en gran parte la traducción está regida por modas. Por ejemplo, dice, estuvo de moda enmendarle la plana al autor traducido, caso Edgar Poe, cuya prosa se supone fue mejorada por Charles Baudelaire en francés y Julio Cortázar en castellano (me pregunto de pasada qué sentido puede tener "mejorar"; cuando la plana es enmendada en otro idioma: ni Baudelaire ni Cortázar reescribieron a Poe en inglés). Luego Fondebrider menciona a quienes usan el original como trampolín para sus propios fines poéticos, esto es, los que reescriben y conducen el texto por rumbos distintos a los que parece haber tomado el autor, y en esa tesitura pone a Borges y León Felipe, traductores de Walt Whitman. Continúa la enumeración, con ejemplos de otros criterios y otros traductores. Pero la conclusión es que la época dicta en gran parte el criterio de traducción. En ese sentido, hemos ido de la libre expresión del traductor -aunque estuviera enmascarado en letra pequeña en la página de los créditos y a veces ni siquiera fuese mencionado en la edición de sus traducciones- hacia la traducción que aspira a la mayor literalidad posible (digo esto yo, no Fondebrider, quede claro). Lo cual podría significar: de lo personal a la impersonalidad. Tarea, ya lo sé, imposible. Sin embargo, Píndaro, diría “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”,donde "alma"; podría ser reemplazada por traducción en este caso.

Ahora bien: un nuevo dictado de época se me impone cuando leo los subtítulos de series y películas escritos en España. Si leo que un agente del FBI dice "aquí pone", en lugar de aquí dice; o "leches", o "capullo", o "me mola", o, incluso, "a tomar por culo", sin contar "follón", "flipar"; "cutre","liarse", "me la suda"... pienso que el agente del FBI súbitamente se ha convertido en uno de la Guardia Civil caminera. ¿A qué estímulo de la época corresponde que el traductor no distinga niveles de lenguaje -a veces, hablan así incluso los aristocráticos agentes del M16-? ¿O que no se repare en que un castellano tan marcadamente local quita verosimilitud a los personajes de series habladas en inglés, ruso, chino, coreano, etc.? ¿O que nadie piense que los espectadores de otras regiones del castellano no hablan ni entienden este lenguaje? Arriesgo un motivo: es política cultural de Estado, asimilada por los subtitulantes casi sin saberlo. El español que todos debemos entender no solo es el oficial de España, sino el más popular y corriente de esa parte del mundo... ¿Una forma torpe de colonización, según la cual los agentes del FBI, el señor y la señora Smith, y hasta Ethan Hunt, interpretado por Tom Cruise en la inmortal serie de películas Misión Imposible, son asimilados a las calles y discotecas de Madrid?

Joder.

jueves, 15 de febrero de 2024

Un nuevo curro cordobés: alquiler de libros

Antes, quienes no tenían dinero para comprar libros recurrían a las bibliotecas públicas o municipales. Ahora, según se lee en la nota publicada el 28 de enero pasado, en el diario La Voz del Interior, de Córdoba, por Analía Martoglio, se alquilan. En la bajada, se lee: "Cuando por la crisis económica comprar libros nuevos resulta inalcanzable, alquilarlos se vuelve una opción útil para los lectores ávidos. A la par, crece el circuito de compra, venta y canje de usados".

Alquiler de libros a domicilio, una alternativa práctica y novedosa para los amantes del papel

Leer en papel se ha vuelto un hábito cada vez más difícil de conservar, no solo por lo que hoy sale comprar un libro nuevo (cuyo valor parte de los $ 10.000 en adelante) sino también por la explosión del formato digital y los audiolibros. Sin embargo, todavía quedan estrategias para los amantes del papel, como la compra y venta de usados, el trueque, las bibliotecas populares y ahora también, la opción de alquilar.

Hace seis años una pareja de jóvenes cordobeses lleva adelante un emprendimiento basado en esta última opción y la cantidad de lectores interesados en aprovecharlo no deja de aumentar.

“La demanda creció en estos años, llegan clientes nuevos mes a mes y nos sorprendió que se suman muchos jóvenes, no solamente la gente grande que es el público con el que más trabajamos”, cuenta a La Voz Agustina Chanquia, diseñadora gráfica y parte de “Libros Lipé”.

El 90% de las clientas de Lipé son mujeres a partir de los 40 años que “devoran” los libros, pero el público infanto-juvenil también tiene su espacio y es durante los meses de calor que resurge con más fuerza.

“En verano tenemos un mix con las personas que se quedan en Córdoba y buscan leer, y las que se van a otro lado y se llevan libros para disfrutar en donde estén”, suma Agustín Saavedra, publicista y también coordinador del proyecto.

La idea de crear un alquiler de libros surgió en el año 2018, cuando los emprendedores vieron la estantería llena de libros que la mamá y la abuela de Agustín tenían sin saber que hacer con ellos. Pensaron en venderlos o publicarlos pero les resultó engorroso.

“Un día a la mamá de Agus se acordó de un hombre que siempre pasaba por el barrio con un carrito lleno de libros. Era como una biblioteca andante y pensamos que podía ser una buena idea. Se veía en otros países pero no en Córdoba”, relata Agustina.

Así fue que averiguaron si era posible legalmente y cuando todo estuvo en regla se lanzaron, apelando a
sus habilidades en diseño y marketing. Al principio les costó y todo se manejaba de boca en boca pero con el tiempo llegaron a mas personas y el amplio recibimiento fue inesperado.

Primero iniciaron en barrio Poeta Lugones y en otros barrios de la zona norte como Márques de Sobremonte, San Martín y Villa Cabrera. En pandemia se animaron a los envíos en toda la ciudad impulsados por el poco tránsito que había en las calles.

“Ahora hacemos entregas en Carlos Paz, Villa Allende, Jesús María, Mendiolaza, Montecristo y próximamente estamos terminando una web para la entrega a nivel nacional”, dice Agustín entusiasmado. “Nos han hablado muchas personas de Buenos Aires, del sur, del norte, de Misiones. Les encanta la idea y preguntan cómo podemos hacerles llegar los libros hasta allá”, agrega.

El alquiler en este caso sería anual con una cantidad de libros establecida, mientras que los envíos se coordinarían a través de Mercado Libre o de encomiendas.

¿Cómo se alquilan los libros?
En Lipé hoy cuentan con más de 3.000 títulos. Más de 2.000 son novelas de todos los géneros y el resto se divide en libros de política, finanzas, juveniles y de autoayuda o psicología.

Aunque la mayoría conoce el proyecto a través de Instagram, Facebook o el boca en boca, el contacto principal se hace por Whatsapp. Por ese medio se comparte la página web donde el lector puede consultar el catálogo dividido en categorías.

Aunque todavía están trabajando en el desarrollo de un buscador que agilice el encuentro con el libro deseado, los jóvenes asesoran, guían y ofrecen recomendaciones de lectura para quienes lo necesiten.

Hay dos tipos de alquileres: por un mes y por dos meses. El primero incluye de 3 a 5 libros y cuesta $ 6.000 y el segundo incluye un máximo de 3 libros con un costo de $ 9.000. También está la opción especial de alquilar hasta 10 libros por $ 9.000 durante un mes. Todo depende del ritmo de lectura de cada persona.

En caso de no terminar de leer todo, se puede renovar un próximo mes re-alquilando los títulos viejos y agregando nuevos o extender una semana más el plazo. No es necesario ser socio o pagar una membresía mensual, el servicio se puede dejar y retomar cuando el lector quiera.

Los pedidos encargados se arman una vez por semana y tanto la entrega como el retiro se realiza a domicilio.

“Lo que hacemos es acordar una fecha y horario para llevarlo a domicilio. Pasados los 30 o 60 días volvemos a contactarnos por Whatsapp para avisarles que vamos a buscar los libros y preguntar si quieren hacer un nuevo pedido. Este servicio está incluido en el precio”, explica Agustina.

Para renovar el stock no solo compran sino que también reciben donaciones siempre que sean de libros de las categorías que actualmente ofrecen.

“Muchos tienen una biblioteca llena, quieren hacer limpieza y no saben qué hacer con esos libros. Les da lástima tirarlos, o regalarlos cuando no saben si los van a guardar. Con nosotros saben que hay personas esperándolos que los van a leer. Nuestros libros son valiosos porque sabemos que cada uno viene de una familia distinta. Los cuidamos como si fueran nuestros”, asegura Agustín.

La "magia" del papel
“Nosotros trabajamos exclusivamente libros físicos, no nos vamos a abrir a los digitales. Hay mucho de eso y queremos mantenernos en este tipo de lectura que la gente y también nosotros amamos. Tenemos 27 años y desde siempre hemos leído libros en papel, los virtuales son incómodos, te cansan la vista y te dan tener dolor de cabeza”, dice Agustín.

Agustina agrega que sus clientas los eligen porque tienen esa misma preferencia. “Siempre nos dicen que el papel tiene esa magia con el olor a las páginas, la posibilidad de ponerles un señalador, ponerlos en la mesita de luz. Tienen un encanto con el que los digitales no cuentan”.

La opción de alquilar es una alternativa más económica que la compra y se suma a las ya habituales estrategias que los amantes del papel aplican como la compra y venta de usados y el canje.

En esa visión mágica coinciden también algunos referentes del circuito de libros usados en Córdoba que consultados por este medio, refirieron como a pesar del auge virtual no solo no perdieron clientes, sino que además aumentaron impulsados por la crisis económica.

“Hay mucha insistencia sobre el papel. Atrae su mística y la magia de tenerlo en la mano. No es lo mismo leer en la compu o en un e-book, son prácticas de lectura diferentes. Igualmente no creo que una vaya en desmedro de la otra sino que conviven. No me parece que porque el libro digital tome relevancia se haya dejado de leer en papel”, afirma Augusto Rocamora, dueño de La Rosa de Cobre, librería dedicada a la compra, venta y canje de usados en calle Tucumán 379.

Y agrega: “el libro usado tiene una demanda constante por varias razones. Una es porque es una alternativa al precio del libro nuevo y otra tiene que ver con la búsqueda de libros extraños o de nicho, primeras ediciones o títulos agotados”.

Hoy comprar un libro usado sale un promedio de entre $ 3.000 y $ 6.000 dependiendo el lugar, la edición y el título. También se pueden encontrar algunos a precios irrisorios de entre $ 500 y $ 2.500 y excepciones raras de títulos muy actuales en $ 8.000 o de ediciones caras en $ 20.000.

Los libreros también acuerdan en que, contra todo pronóstico, el público joven es ávido del formato papel. Así lo afirma Elizabeth Triay duela de librería San Martín ubicada en Ayacucho 14: “Está la gente grande acostumbrada al formato físico, pero mucha gente joven viene una vez al mes a comprar su lotecito de libros. Son chicos de secundaria o que están en los primeros años de la universidad que les gusta tener el libro en sus manos”.

“El que es lector no compra un libro, compra cinco y viene todos los meses o semanas. Necesita una alternativa más barata”, suma.

En ese sentido, Mariana Bocco remarca la atracción que genera en el público la posibilidad del canje. Como dueña de la librería Nuevo Siglo ubicada en General Paz 264, observa constantemente a los clientes que traen sus libros para cambiarlos por otros que quieren leer.

“Nosotros se los tasamos a la mitad del valor que tiene el libro que van a comprar y estamos recibiendo mucha demanda ahora en verano y también por la crisis. Así como la falta de plata favorece algunos rubros y vuelven a resurgir los que arreglan bicicletas, las costureras y los zapateros, nosotros notamos que la gente que antes compraba todo nuevo ahora viene acá a comprar libros de segunda mano”, cuenta.