miércoles, 29 de abril de 2026

"Se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva"

El pasado 23 de abril, Ana Gallego Cuiñas (foto), decana de la Facultad de Humanidades de la Unviersidad de Granada, publicó en The Conversation, 
que se define como un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos. Es un texto sobre "el valor" de la literatura. Se reproduce a continuación.

¿Cuál es el valor de la literatura?

Nadie habla ya del valor de la literatura. O, cuando se hace, se confunde con otra cosa: precio, ventas, listas, premios, traducciones, número de seguidores. Es decir, se confunde valor con circulación. Pero ¿lo más visible es lo que más vale?

Hoy lo literario circula en el mercado como cualquier otro producto: un libro compite con una serie, un pódcast o un videojuego. Ya no organiza nuestra educación sentimental ni ciudadana, como lo hiciera desde el siglo XIX; es una pieza más en la economía de la atención. Y, como tal, obedece a sus reglas. No las del campo cultural –como pensaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu–, sino las del mercado.

El valor es visibilidad
Durante décadas, el valor literario estuvo en manos de una élite: instituciones, academia, crítica, suplementos, premios. Ese ecosistema –nunca neutral, sino atravesado por lógicas mesocráticas, patriarcales y coloniales– dictaba qué valía y qué no, qué era “bueno” y qué quedaba fuera. Su legitimidad descansaba en una noción relativamente estable de “valor estético”: el uso del lenguaje, la complejidad formal. Hoy ese régimen no ha desaparecido, pero ha perdido el monopolio.

La cultura digital ha introducido una lógica distinta: la de la visibilidad, la circulación y la recomendación distribuida. En plataformas como X, TikTok o Instagram, un libro puede convertirse en fenómeno global en días. El caso de Romper el círculo, de Colleen Hoover, es elocuente: tras la atención de la comunidad #BookTok en TikTok el texto no cambió, cambió su circulación. Y con ella, su valor. O, mejor dicho, su visibilidad convertida en valor. Ya no importa solo cómo se escribe un libro: importa quién lo mueve. Ignorar estos nuevos parámetros no es defender la literatura: es renunciar a comprenderla.

No podemos obviar que el capital social, la juventud y lo nuevo han desplazado al valor estético en el capitalismo de plataformas. Importa menos la obra que quien la firma. El escritor ya no es solo autor: es marca, es relato, es cuerpo. Se convierte en lo que podríamos llamar un “sujeto-obra”: algo que se escribe tanto como se exhibe.

Pensemos en la centralidad de figuras como Mariana Enriquez, Sally Rooney u Ocean Vuong: su imagen, sus entrevistas, sus posts forman parte inseparable de la recepción de sus textos. La literatura entra así de lleno en la lógica del espectáculo –de la que siempre ha participado–, pero ahora la celebridad se intensifica y se vuelve radicalmente contingente. La “gran promesa” de hace diez años desaparece con la misma rapidez con la que fue consagrada. En este contexto, el valor ya no se consolida: circula y se agota.
Leer más o mejor

Este desplazamiento no solo afecta al presente: coloniza también el futuro. La literatura contemporánea aparece atravesada por un proceso de festivalización que pone en el centro la figura autoral. El valor no se produce únicamente en el texto, sino en el conjunto de dispositivos que lo rodean: editoriales, ferias, entrevistas, redes sociales. Es lo que el escritor y filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi llama “futurabilidad”: no leer el valor, sino producirlo por adelantado.

El canon no se construye: se programa. Ya no se trata de reconocer el valor, sino de anticiparlo. Las listas, premios o festivales prescriben el canon, transforman la posibilidad en probabilidad y la probabilidad en mandato. En este régimen, lo que importa no es solo qué se escribe, sino lo que puede llegar a ser visible. El futuro de la literatura se fabrica en tiempo real.

Por otro lado, asistimos a una superproducción literaria sin precedentes: se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva, en favor de formatos más evasivos.

En este contexto, leer literatura de vanguardia se ha vuelto un acto de resistencia. No porque sea minoritario, sino porque exige algo que el capitalismo neoliberal desincentiva: tiempo, atención, fricción. Leer literatura no es solo consumir historias, es aprender a percibir. Es detectar lo no dicho, sostener la ambigüedad, desconfiar de lo evidente. Es, en suma, una práctica crítica en un mundo que premia justo lo contrario.

Cómo leemos importa en un momento en que lo literario ya no se limita al libro, sino que se despliega en una cultura narrativa expandida –series, videojuegos, redes, oralidad– que consumimos sin descanso. Pero esa expansión no simplifica la lectura: la vuelve más compleja, más ineludible. Por eso siguen siendo imprescindibles espacios –aulas, librerías, bibliotecas– donde esa cultura se interrogue. Donde no solo consumamos relatos, sino que aprendamos a desmontarlos: a entender que una atmósfera puede ser un dispositivo de poder, que una voz narrativa construye ideología, que ninguna historia es inocente.

El futuro de la literatura
En un ecosistema saturado de relatos rápidos, transparentes y diseñados para la identificación inmediata, la literatura introduce una anomalía: ralentiza, opacifica, incomoda.

Y ahí reside su valor de uso. Frente al valor de cambio –ventas, métricas, atención–, la literatura sigue siendo una tecnología de la conciencia: entrena la duda, desactiva automatismos, ensaya otras formas de vida. No confirma lo que somos: lo desarma. Por eso importa. No como refugio, sino como herramienta. En un mundo gobernado por algoritmos que refuerzan nuestras certezas, la literatura sigue siendo uno de los pocos dispositivos capaces de desprogramarnos.

Y tal vez ahí, en esa resistencia a volverse transparente, se juegue hoy su potencia más urgente: la de abrir grietas en el sentido común. La de devolvernos la posibilidad de pensar y, con ella, la de desobedecer.


martes, 28 de abril de 2026

"Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie"


El pasado 26 de mayo, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil, publicó el siguiente texto con reflexiones verdaderamente inteligentes, que pocos lectores tienen en consideración, lo que es una lástima.

El club de los lectores ilusos

Se acepta con demasiada tranquilidad una pequeña escena equívoca en los clubes de lectura basados en traducciones. Un grupo de personas se reúne a “leer” a un autor ruso, alemán o norteamericano, pero en realidad leen a un traductor. O, más exactamente, leen el resultado de una negociación: entre una lengua y otra, entre una sintaxis y otra, entre un sistema de alusiones y otro. Sin embargo, alrededor de esa práctica se levanta una ficción piadosa: la de suponer que el autor sigue ahí, intacto, esperando al lector del otro lado del puente. Es una ficción útil, porque si se la desarma del todo también se desarma buena parte de la industria de la lectura universal.

La ilusión consiste en creer que la traducción transporta un contenido, como si el texto fuese una valija. Se abre, se revisa, se vuelve a cerrar y aparece del otro lado con la ropa doblada de otro modo, pero sin que falte nada. El problema es que la literatura no es una valija. En literatura el modo de decir no acompaña a lo dicho: es lo dicho. Cuando una palabra ambigua se resuelve en una sola dirección, cuando una torpeza deliberada se corrige por elegancia profesional, o cuando en el peor de los casos se resuelve mal, no se está simplemente cambiando el envase: se está interviniendo en el objeto. Casi siempre de manera irreversible.

Por eso resultan algo inquietantes esos clubes en los que se habla con gran familiaridad del “estilo” de un autor al que, en rigor, nadie en la sala puede leer en su lengua original. Se dice: “La sequedad de tal novelista”, “la música de tal poeta”, “la precisión de tal cuentista”. Pero quizás esa sequedad sea del traductor, esa música sea de la tradición poética en la lengua de llegada, esa precisión sea el resultado de una limpieza editorial que el original nunca pidió. Y sin embargo el taller procede como si se tratara de una presencia estable, casi notarial, del autor en cuestión. Se discute un adjetivo como si viniera con firma certificada.

No se trata de impugnar la traducción. Sin ella viviríamos confinados en una pobreza bastante provinciana, obligados a convertir la ignorancia de lenguas en una doctrina estética. Se trata de devolverle al acto de leer libros traducidos su incomodidad, su precariedad, su carácter de experiencia mediada. Leer una traducción no es leer menos: es leer otra cosa. Pero esa otra cosa debería formar parte de la conversación y no quedar escondida debajo de la mesa como una vergüenza técnica. Un taller más honesto no diría “estamos leyendo a Thomas Bernhard”, sino “estamos leyendo la versión española de una novela de Thomas Bernhard y también, inevitablemente, a Miguel Sáenz, que la escribió en español, y que incluso construyó en nuestro idioma eso que llamamos el estilo Thomas Bernhard”. Esa mínima corrección verbal ya introduciría una desconfianza saludable.

Porque además hay en todo esto una vanidad del lector, la de creer que accede sin resto a cualquier literatura, que ninguna extranjería resiste, que todo puede incorporarse a la comodidad de su lengua, que todo es traducible. La traducción, cuando funciona demasiado bien, halaga esa vanidad. Le dice al lector: “No te preocupes, en el fondo, el mundo entero habla igual que nosotros”. Y tal vez una buena traducción deba hacer exactamente lo contrario: conservar una resistencia, una aspereza, un eco de ajenidad. Recordar que ahí hubo otra música, otro orden de cortesía o de violencia, otra historia sedimentada en las palabras. Recordar que quien se toma en serio la literatura debe hablar otras lenguas. O al menos leer en otras lenguas.

Tal vez lo inquietante de ciertos clubes de lectura no sea que trabajen con traducciones, sino que olviden por completo que lo hacen. Confunden acceso con posesión, aproximación con intimidad. Y sobre todo confunden lectura con transparencia. Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie.

Pero hay alguien. Siempre hay alguien. Y a veces ese alguien, silencioso, aplicado, condenado a la nota al pie o a la mera mención tipográfica, es el verdadero escritor que el club está leyendo sin saberlo.



viernes, 24 de abril de 2026

Declaración de los escritores: "Un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena"


El pasado 20 de abril, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito del escándalo que actualmente está sacudiendo al ambiente editorial francés: Vincent Bolloré, el dueño del grupo Hachette, que apoya a la ultra derecha, ha despedido al prestigioso editor Olivier Nora por cuestiones ideológicas. Según la bajada, " 'Es hora de marcar un límite' alertan escritores como Emmanuel Carrère, Leïla Slimani, Hervé Le Tellier, Gaël Faye y Laurent Binet".

Crece el escándalo editorial en Francia: más de 300 autores repudian al Grupo Hachette y piden una “cláusula de conciencia”

Tras el despido del histórico editor de la editorial francesa Grasset, Olivier Nora, de 66 años, por parte del dueño del Grupo Hachette, el magnate de medios de comunicación afín a políticos de extrema derecha Vincent Bolloré, de 74 años, más de 170 escritores, periodistas y académicos repudiaron la semana pasada la decisión y anunciaron que no publicarán más sus libros en ninguna editorial de Hachette. Entre otros escritores conocidos por los lectores locales figuran Virginie Despentes, Olivier Guez, Laurent Binet, Jean-Paul Enthoven, Bernard-Henri Lévy, Vanessa Springora y Pascal Bruckner. Hasta el presidente Emmanuel Macron aludió al despido de Nora, al defender la semana pasada el “pluralismo ideológico”.

Ahora, en una nueva solicitada liderada por Despentes, Emmanuel Carrère, Hervé Le Tellier, Benjamin Stora y Leila Slïmani, cientos de escritores y académicos pidieron en La Tribune Dimanche la creación de una “cláusula de conciencia” en el sector editorial similar a la que existe para los periodistas en la prensa. “Algunas empresas ahora tienen la ambición, según afirman, de convertirse en actores ideológicos por derecho propio, estructurando narrativas, guiando la imaginación y apoyando líneas políticas explícitas”, alertan sobre el devenir del grupo. Entre los firmantes, aparece el escritor argentino residente en París Diego Vecchio.

“Como resultado, los autores ven sus derechos de publicación y su obra bajo el control de un accionista cuya política editorial rechazan. Los empleados participan en la difusión de discursos políticos con los que no están de acuerdo. Las editoriales publican obras cuyas implicaciones no comparten. El personal trabaja en entornos profundamente transformados, donde el pluralismo desaparece en favor de una única línea editorial”, enumeran, y agregan que “libreros, profesionales de la comunicación y equipos enteros se ven, les guste o no, atrapados en una operación de influencia”.

Como la legislación francesa no contempla ninguna protección en estos casos, aquellos que renuncian lo hacen también a su antigüedad y derechos laborales. “Quedarse significa aceptar una forma de disonancia moral, a veces un sufrimiento real, ya perceptible en las bajas por enfermedad, el agotamiento y el distanciamiento silencioso”, describen.

“Es hora de marcar un límite. Este límite tiene un nombre: la cláusula de conciencia. Existe para los periodistas. Debe extenderse, no para debilitar a las empresas, sino para restablecer un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena. Dicha cláusula debería permitir, en situaciones estrictamente controladas, el reconocimiento de que una empresa ha cambiado su naturaleza hasta el punto de romper el pacto que la vinculaba con quienes trabajan o crean en ella, y abrir el derecho a una indemnización por despido, así como a la recuperación de sus derechos”.

Y concluyen: “Una democracia no puede aceptar que los individuos sean obligados a servir, contra su voluntad, a causas que no han elegido”.

Por su parte, este domingo, Bolloré publicó un descargo a toda página en su periódico Le Journal Du Dimanche (la mitad de la página la ocupa una foto del empresario), titulado “Terremoto”. Allí anuncia que la editorial seguirá adelante pese a la retirada masiva de autores. “Quienes se marchan permitirán que se publiquen nuevos autores”, ironiza Bolloré, que acusa a los firmantes de la carta pública de integrar "una pequeña casta que se cree superior a todo y a todos, que se coopta y se mantiene a sí misma”.

Justifica el despido del editor por el desacuerdo expresado por Nora sobre la publicación del próximo libro del escritor franco-argelino Boualem Sansal, indultado por Argelia por pedido del presidente alemán en 2024, cuya obra denuncia el avance del islamismo en Europa; Sansal dejó el sello Gallimard a inicios de año. Según Bolloré, Nora quería que se publicara a finales de año, mientras que la dirección del grupo impuso la fecha del 6 de junio. También deplora los resultados económicos de Grasset, con una caída en la facturación de tres millones y medio de euros de 2024 a 2025 (no se priva de mencionar la remuneración anual de Nora, de más de un millón de euros). Y anticipa que la dirección de Hachette adoptará “medidas de gestión normales y de sentido común”.

El director ejecutivo del Grupo Hachette, Jean-Christophe Thiery, hombre de confianza de Bolloré y sin trayectoria en el ámbito editorial, reemplazará a Nora en Grasset.

En el canal de televisión CNEWS, propiedad de Bolloré, donde se describió el episodio como “una tempestad en un vaso de agua”, la ministra para la Igualdad y la Lucha contra la Discriminación en Francia, Aurore Bergé, lamentó que en la polémica se atacara a Sansal por el lanzamiento de su nuevo libro en Grasset. “Me sorprendió la campaña de prensa contra Boualem Sansal. Es francés, un gran autor”, dijo.

jueves, 23 de abril de 2026

Una entrevista con el traductor Adán Kovacsics

El pasado 19 de abril, el diario La República, de Lima, publicó una extensa entrevista de Gabriel Ruiz Ortega con el escritor y gran traductor Adán Kovacsis, quien acaba de publicar en la editorial española Acantilado un libro sobre su propia vida y su experiencia en la traducción.



“Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”

El recordado escritor español Javier Marías solía decir que una de las maneras en las que un escritor podía mejorar su estilo de escritura era traduciendo a los grandes escritores. La esencia de esta impresión es compartida por el escritor y traductor nacido en Chile, de ascendencia húngara y nacionalizado español Adán Kovacsics. Kovacsics, en su último libro, llamado Acaece, sin embargo, lo verdadero (Acantilado/título que se inspira en los versos del famoso poema del escritor alemán Friedrich Hölderlin, “Mnemósine”) repasa su vida y su relación con la lectura. El testimonio de vida de Kovacsics es muy importante; de alguna u otra manera, lo hemos leído indirectamente, ya que es uno de los principales traductores al castellano de los mejores escritores contemporáneos. A saber, pensemos en el último premio Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai.

“La traducción ha sido esencial. Yo hice el bachillerato en Viena, hice la carrera universitaria en Viena, todo en alemán. Si yo me hubiera quedado en Austria, habría sido un escritor alemán. Lo que hizo que me apodere nuevamente del castellano fue la traducción. Mi castellano estaba languideciente. Hablaba castellano, por supuesto, pero solo con amigos y con mi hermana. Ese fue un primer camino hacia la escritura”, declara Adan Kovacsics para La República.

En 1967, los padres de Kovacsics decidieron regresar a Europa, más que nada por cuestiones de vida, no por razones políticas. Kovacsics tenía 14 años y su lengua era el castellano. Primero fueron a Hungría y luego se establecieron en Austria. Estos datos son claves para entender su trabajo. Kovacsics no solo es uno de los mejores traductores literarios del mundo, sino que también hay que subrayar que esa labor la ha llevado a cabo con autores de altísima exigencia literaria.

“Mi relación con la literatura es eterna. Mi padre era un gran lector; nuestra biblioteca en Chile era inmensa. En Austria también. La lectura siempre ha sido parte de mi vida. Leía a Thomas Mann a los 15 años. También a autores húngaros, chilenos y españoles. Yo crecí con varias lenguas; la traducción estaba en mi mente permanentemente. Durante mucho tiempo escribía y no tenía la idea del libro, es decir, escribía porque me nacía, no pensaba en publicar. Quien me dio el empujón para publicar fue el editor español Jaume Vallcorba de Acantilado”, precisa Kovacsics. Al respecto, hay que subrayar que, en el imaginario literario en castellano, la editorial Acantilado, junto a otro puñado de editoriales, ha sido determinante en la formación de lectores exigentes (así suene a pose lo dicho).

En los años 80, Kovacsics empieza a traducir y no niega a su maestro, más bien le rinde homenaje: “Mi maestro fue un peruano, fue Juan del Solar. No me canso de decirlo. Cuando lo conocí, él vivía en Sitges. Cuando llegué a España, fui a buscarlo. Uno de los primeros libros que traduje era de Lou Andreas-Salomé. Mi esposa, la poeta Cristina Grisolía, Juan y yo éramos muy unidos. Juan revisaba mis primeras traducciones. Entre lo que había hecho y lo que salía publicado al final había un trecho largo. Yo traduzco como él me enseñó”.

Así como existen pocos autores capaces de decir que han cumplido (nos referimos a logros reconocidos por la crítica y los lectores) con la literatura, esta misma idea del mismo modo se podría proyectar en los traductores. Como indicamos líneas arriba, Kovacsics tiene en su haber varios gigantes. Al premio Nobel de Literatura 2025 sumemos el del año 2002, el también húngaro Imre Kertész. Al respecto, Kovacsics dice: “Hay un largo camino recorrido y yo sí siento que he cumplido con algún cometido, del cual al principio no era consciente, y eso es lo que hace más bello todo. Siento que mi misión fue traer al ámbito de la lengua española el mundo literario, cultural e intelectual, y la sensibilidad también, de Centroeuropa. He traducido a autores conocidos como Kafka y también a desconocidos. Yo sigo traduciendo, pero ya no como antes; estoy traduciendo a los autores que ya he traducido. A László Krasznahorkai lo conozco desde hace muchos años; el primer libro que traduje de él fue Melancolía de la resistencia. Me alegré cuando ganó el Premio Nobel de Literatura”.

Traductores como Kovacsics, que se enfrentan a portentos en donde se reúnen muchas referencias culturales, tienen que estar en un contacto permanente con la lectura. Así suena duro; cualquiera no puede traducir a los autores que ha traducido. “De ninguna manera. Hay que tener un abanico cultural muy amplio. Cuando un autor siente que está ante un buen traductor, que no solo sabe o domina el idioma, lo tranquiliza porque sabe que el traductor va a poner en otra lengua lo que ha querido decir”.

Kovacsics es de los pocos que nos pueden decir hacia dónde va la traducción en tiempos de IA y Google Translator. ¿Basta poner a László Krasznahorkai, Imre Kertészy Stefan Zweig en Google Translator, por ejemplo? “Hace poco di una charla en Granada, que se llamó “La traducción es un deseo”. Hay un deseo esencial de apropiarte de un texto literario a través de la traducción. Puede ser un poema de Leopardi, que lo trasladas del italiano a tu lengua. Ese es un deseo que no lo hace la IA. Es decir, traducir es hacer. Tú rehaces un texto, tú rehaces una novela, tú rehaces un poema a través de la traducción. Hay un deseo de leer, de apropiarte de un texto a través de la lectura, y hay un deseo de apropiarte de un texto a través de la traducción. Eso sigue vivo. Pensemos en la Divina Comedia. Supongamos que la IA traduce la Divina Comedia, que la pone en rima. ¿Qué saldrá de eso? No será lo mismo que la traducción de Ángel Crespo o la que hizo José María Micó, que no mantuvo la rima, pero sí el hexámetro, y salió una traducción maravillosa. Esto no lo hace la IA. Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”.

Acaece, sin embargo, lo verdadero, es un libro libre en discurso. En él, nuestro autor combina ensayo con narrativa. En estas páginas están presentes muchos autores, en especial centroeuropeos; también hay factores históricos que han ligado a Kovacsics con Europa central. Pero la publicación es, en su base, una celebración de la amistad con Imre Kertész. A ello, consignemos el respiro que la recorre y este no es otro que el de la poesía. “La poesía es la fuente de la literatura. Hay narradores natos que tienen prosa poética. Un narrador es distinto cuando tiene en su escritura la presencia de la poesía. La poesía te saca del lugar común, de lo trillado. La poesía está presente también en mi traducción. La palabra inicial siempre es poética”.

Esta lectura nos deja una certeza. Una gran certeza, en verdad. La literatura es un refugio para estos tiempos convulsos y rápidos.

Al respecto, Kovacsics dice: “La literatura es un refugio, pero no para huir, sino para que acaezca lo verdadero. La verdad de la vida se manifiesta en la literatura. Lo que va a quedar, como dice Hölderlin mismo, lo fundan los poetas. Lo que quedará, por ejemplo, de la experiencia del Holocausto, será la literatura. Lo que quedará estará en la literatura, no en otras partes, no estará en las ondas que vemos ahora”.

Entonces, de acuerdo con lo dicho, la literatura nos ayuda a no contaminarnos de lo que pasa hoy en el mundo. “Exactamente como lo dices”.

miércoles, 22 de abril de 2026

Problema para eventuales traductores: el lenguaje bestial y soez del presidente de Argentina


El pasado 17 de abril, en la revista Ñ, el escritor y periodista Osvaldo Aguirre publicó un excelente artículo sobre el lenguaje que emplea en sus comunicaciones el por ahora presidente Javier Milei.

Casta, ensobrados, kukas, econochantas, empresaurios, mandriles, la lengua hiriente del poder

Ensobrados, kukas, econochantas, empresaurios, mandriles y en particular casta, un nuevo modo de nombrar al adversario. Junto con los cambios radicales en la legislación penal y laboral, el gobierno de La Libertad Avanza impone un vocabulario elaborado a través de las redes sociales. El discurso libertario combina insultos, neologismos y juegos de palabras, comparte términos con el habla de otros movimientos de derecha y se apropia de conceptos de sus enemigos. La batalla política se libra también en el lenguaje.

“Casta”, dice Sergio Morresi, “fue una palabra que estaba en el aire de la política de los últimos años, vinculada a una insatisfacción extendida acerca de los resultados de los gobiernos, en la Argentina y en otros países”. Acuñada por la izquierda europea, cambió de signo y articuló un léxico más amplio. “En Italia y en España estaba claramente vinculada a los políticos; lo distinto del mileísmo fue la forma en que extendió la palabra para nombrar a los empresarios, los periodistas, los universitarios, hasta los empleados públicos y los que recibían planes de asistencia”, agrega el investigador del Conicet y profesor en la Universidad Nacional del Litoral.

“El insulto como estrategia. Un análisis de 113.000 tuits del presidente Milei”, el estudio reciente del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), identificó tres patrones del lenguaje “que en escenarios políticos anteriores no habían sido definidos como una tendencia constante y sobre los cuales discurren los insultos”: la animalización (mandril, domado, burro, rata, cerdos, parásitos); la sexualización (vaselina, envaselinados, culo) y lo repulsivo (basura, maloliente, inmundicia, putrefacto). Un diccionario “en clave de bullying”, escribe el historiador Sebastián Carassai en el libro colectivo Argentina (re)sentida. Un mapa emocional del presente.

Según Morresi, “los insultos y la descalificación del periodismo forman parte de un libreto de los actores de la derecha radical: lo vemos en EE. UU., en Hungría, en Polonia”. Gastón Cingolani, doctor en Lingüística por la Universidad de Buenos Aires y presidente de la Asociación Argentina de Semiótica, destaca la incidencia del panelismo “como formato y como sistema argumentativo” en el discurso: “El que habla puede mezclar sin solución de continuidad una argumentación con una agresión, algo que apunta a lo emotivo en el mismo plano que algo organizado racionalmente, con la voluntad de llegar a un acuerdo no con el adversario sino con la audiencia. El fin justifica cualquier medio, inclusive rompiendo reglas de la racionalidad, con la agresión y su anverso, la victimización”.

“El insulto en política es algo habitual –afirma la socióloga Sol Montero–. Puede haber una cuestión de grado, uno puede decir que estigmatiza, que deshumaniza, y por supuesto así lesiona la vida democrática. Pero la particularidad del insulto en el caso de Milei tiene que ver con los destinatarios: el blanco son los ciudadanos comunes. Cuando la cuenta oficial del presidente de la Nación insulta a un niño que además está en situación de vulnerabilidad, a mujeres, científicos, artistas, hay un rasgo novedoso: un presidente que insulta a la sociedad a la que gobierna atenta contra un elemento central del pacto democrático”.

Cingolani agrega memes y expresiones meméticas de la cultura tuitera y de las redes, como “es exactamente lo que voté”, un latiguillo identitario. “Al igual que buena parte de la derecha contemporánea, Milei vino a metabolizar cierto cansancio de la política como máquina de gestos aprendidos y sostenidos en el tiempo. Ese cansancio generó el cambio de reglas de juego porque volvió insustentable lo que se creía la base de la democracia, la discusión racional, la no agresión. Allí encuadran los términos disruptivos que hagan falta, cualquiera de ellos, escudados además en el espontaneísmo”, analiza el también profesor en la Universidad Nacional de La Plata.

En su artículo “La lengua libertaria, eco de una nueva sensibilidad política”, Sebastián Carassai registra el impacto de “los malos modos de Milei” en entrevistas con simpatizantes del gobierno. “La lengua exaltada y a veces soez”, dice, resulta convincente: “contrasta con la de los políticos tradicionales y tanto quienes la celebran como quienes la toleran le atribuyen una sinceridad y claridad que oponen a la hipocresía de la lengua política de los adversarios”.

Según el estudio de Fopea, uno de cada siete posteos del presidente contuvieron ofensas “que usó para silenciar a la prensa, estigmatizar a la oposición y movilizar a sus seguidores”. Sergio Morresi destaca continuidades y rupturas: “La idea de que el periodismo está comprado y es operativo para un interés distinto al auténtico nos acompaña desde hace mucho en la Argentina. Puede ser más terrible en Milei porque utiliza el poder político para atacar personalmente a los periodistas. También lo vemos con Trump, pero en el caso argentino hay una rueda que venía andando. Lo mismo al hablar de los empresaurios, lo que antes llamábamos “la patria contratista”. Lo novedoso es la integración de estas ideas dentro del engranaje que sería la casta que el gobierno viene a destruir, y la recuperación del bagaje anticomunista tradicional reempaquetado en una lucha de la civilización”.

En ese plano el discurso libertario tiene resonancias trasnacionales. “Hay una idea antigua del zurdo, comunista, socialista como el enemigo ya no del proyecto político, sino del proyecto cultural que viene a encarnar La libertad Avanza –sigue Morresi–. En el discurso de Vox el zurdo se asocia con el criminal irredimible, hay un encadenamiento de significados que trasciende al caso argentino y criminaliza las posiciones de izquierda, incluso aunque no sean anticapitalistas: empieza en el progre, no en el comunista revolucionario”. Tampoco la discusión sobre la última dictadura, “una apuesta en función del presente”, resulta exclusiva del mileísmo: “Lo vemos con Bolsonaro reivindicando a la dictadura brasileña, con José Antonio Kast y al pinochetismo, con Vox y el franquismo. El pasado antes ominoso ahora es celebrado y puesto a resignificar en sociedad y en público”.

Sol Montero resalta “la reapropiación de términos de otras ideologías y de otras geografías”, como woke y batalla cultural, “una expresión del marxismo para la disputa por la hegemonía cuando no se tiene el poder económico”. El discurso libertario invierte los sentidos. “Algo parecido ocurre ahora con fake news, un término de la sociedad civil para denuncias noticias falsas. Lo vemos también en Trump cuando habla de the fake news media, como un nombre propio. La Oficina de Respuesta Oficial del Gobierno va en ese sentido”.

La Oficina de Respuesta Oficial despliega “un sistema de construcción discursiva paralelo al de las redes”, dice Gastón Cingolani. “Busca más la provocación que la certificación de una verdad. Ese combustible emotivo resulta más valioso que confirmar la certeza de una acción de gobierno, porque fortalece los posicionamientos del Gobierno. Más que destruir fake news u operaciones mediáticas, esta oficina las alimenta”. El modelo sería el del troll, “lo que interesa es indignar, y eso es parte del ecosistema mediático en el que funciona el mileísmo”.

Según Fopea, los insultos más frecuentes en los tuits presidenciales fueron kuka (2.286 menciones), casta (1.815), delincuente (1.023) y mandril (904). El uso de esta última palabra en las redes sociales se intensificó durante “la puesta en marcha de políticas que generaron amplio debate social y político”; el término “se convirtió en herramienta de movilización y engagement particularmente efectiva en contextos de incertidumbre económica” y en definitiva “la estrategia comunicacional agresiva se reveló efectiva para la viralización de estos contenidos”. El insulto tuvo sus razones.

martes, 21 de abril de 2026

Hoy, martes 21 hs., mesa de traductores

 

Invitados por Eugenia Zicavo, para su programa Modo Libro, de Futurock, hoy  estamos en el canal de Youtube de Futurock.