jueves, 4 de agosto de 2022

Stephen King contra el monopolio editorial de Penguin Random House

“El famoso autor declaró a favor del gobierno de los Estados Unidos en un juicio por ‘monopolio contra la unión de Penguin Random House y Simon & Schuster. “Para los escritores se vuelve cada vez más difícil ganar dinero para vivir”’, afirmó”. Tal es la bajada de la nota publicada sobre el testimonio de Stephen King en la disputa legal motivado por la fusión de dos gigantes de la edición mundial, el pasado 2 de agosto, por el diario digital InfoBAE, con información de las agencias AP y Reuters.  donde se reproducen los dichos de Stephen King en la disputa legal entre los Estados Unidos y Penguin Random House. 

Stephen King declaró contra la fusión de dos grandes editoriales


Stephen King se sentó cautelosamente en el banquillo de los testigos en un juicio federal antimonopolio y, recordando su propia historia, presentó un retrato de una industria editorial cada vez más concentrada a lo largo de los años. “Mi nombre es Stephen King. Soy un escritor independiente”, dijo al comenzar su declaración como testigo del Departamento de Justicia de Estados Unidos. El gobierno intenta convencer a un juez federal de que la fusión propuesta de Penguin Random House y su rival Simon & Schuster, dos de las editoriales más grandes del mundo, frustraría la competencia y afectaría las carreras de algunos de los escritores más populares.

 

King ha sido publicado durante años por Simon & Schuster. Algunas de sus antiguas editoriales fueron adquiridas por otras más grandes. La fusión de 2.200 millones de dólares de Penguin Random House, la editorial más grande del país, y Simon & Schuster, la cuarta, reduciría las llamadas “Cinco Grandes” (Penguin Random House, Simon & Schuster, HarperCollins Publishing, Macmillan y Hachette) a cuatro.

 

La aparición de King en el Tribunal Federal de Distrito en Washington, muy inusual para un juicio antimonopolio, trajo una narrativa de la evolución de la publicación de libros hacia el dominio de las cinco grandes empresas. Mientras el abogado del gobierno Mel Schwarz guiaba a King a través de su historia comenzando como un autor debutante y desconocido en la década de 1970 y sus relaciones con agentes y editores, King se centró en una crítica de la industria tal como es ahora. Vestido completamente de gris — traje, corbata y zapatos — King respondió con firmeza las preguntas de Schwarz, con algunos momentos de humor y breves destellos de suave indignación, mientras testificaba durante el segundo día del juicio que se espera que dure entre dos y tres semanas.

 

El descontento de King con la fusión propuesta lo llevó a testificar voluntariamente para el gobierno. “Vine porque creo que esta consolidación es mala para la competencia”, dijo. Del modo en que ha evolucionado la industria, señaló, “para los escritores se vuelve cada vez más difícil ganar dinero para vivir”, afirmó. Además expresó su escepticismo sobre el compromiso de las dos editoriales de continuar apostando por libros por separado y de manera competitiva después de una fusión. “Bien podrían también decir que van a tener un esposo y una esposa pujando uno contra el otro por la misma casa”, dijo en broma. “Sería algo muy caballeresco y algo así como ‘después de ti’, y ‘después de ti’”, dijo, gesticulando con un movimiento cortés del brazo.

 

En otra movida sorprendente, el abogado Daniel Petrocelli, que representa a las empresas, dijo a King que no tenía preguntas para él. El autor de Carrie, The Shining (El resplandor) y muchos otros títulos conocidos se ha prestado voluntariamente, incluso con entusiasmo, a declarar en contra de Simon & Schuster, su editorial desde hace años. No fue elegido por el gobierno solo por su fama, sino por sus críticas públicas al acuerdo de 2.200 millones de dólares anunciado a fines de 2021 para unir a dos de las editoriales más grandes del mundo en lo que el director ejecutivo rival, Michael Pietsch, de Hachette Book Group, denominó una entidad “enormemente prominente”.

 

Puede que no tenga el conocimiento empresarial de Pietsch, el primer testigo del Departamento de Justicia, pero es un novelista reconocido desde hace casi 50 años y sabe bien cuánto ha cambiado la industria: algunas de sus antiguas editoriales fueron adquiridas por empresas más grandes. Carrie, por ejemplo, fue publicada por Doubleday, que en 2009 se fusionó con Knopf Publishing Group y ahora es parte de Penguin Random House. Otro antiguo editor de King, Viking Press, era un sello de Penguin que se unió a Penguin Random House cuando Penguin y Random House se fusionaron en 2013.

 

King siente una afinidad personal por las editoriales más pequeñas. Incluso mientras continúa publicando con el sello Scribner de Simon & Schuster, ha escrito novelas de suspenso para la independiente Hard Case Crime. Hace años, la editora le pidió que contribuyera con una nota publicitaria, pero King se ofreció a escribir una novela para ellos, Colorado Kid, publicada en 2005.

 

El propio King probablemente se beneficiaría del acuerdo Penguin Random House-Simon & Schuster, pero tiene un historial de favorecer otras prioridades más allá de su bienestar material. Durante mucho tiempo ha sido un crítico de los recortes de impuestos para los ricos, incluso cuando “los ricos” seguramente lo incluyan, y ha pedido abiertamente al gobierno que aumente sus impuestos. “En Estados Unidos, todos deberíamos tener que pagar lo que nos corresponde”, escribió para The Daily Beast en 2012.

miércoles, 3 de agosto de 2022

La muerte de un poeta y traductor letón


El pasado 25 de julio, el sitio Cuba News publicó una breve nota a propósito de la muerte del poeta y traductor letón Knuts Skujenieks, quien “tradujo al letón poesía de unos 15 idiomas. Se le debe la promoción de poetas como Walt Whitman, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Antonio Machado y César Vallejo”.

A los 85 años muere el poeta letón Knuts Skujenieks

Nacido en la capital letona de Riga en 1936, Skujenieks tras la muerte de su madre pasó a vivir en una pequeña ciudad cerca de la frontera con Lituania. Estudió filología en la Universidad de Letonia y literatura en el Instituto Maxim Gorki de Moscú.

De su biografía destaca la agencia Efe que en 1962 fue detenido tras una acusación de actividades antisoviéticas, por lo cual fue condenado a siete años de trabajos forzados en un campo de trabajo en la región de Mordovia.

A su regreso a Letonia, fue admitido en la Unión Soviética de Escritores Letones en 1972 y en 1978 se publicó su primera colección de poesía.

Durante su estancia en el gulag escribió cerca de un millar de poemas, pero estos no estos no fueron publicados hasta 1990, durante la época del “glasnost” (o “transparencia”) propiciada por Mijaíl Gorbachov.

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas extranjeros, sobre todo al sueco.

Skujenieks, presidente del PEN Club de escritores letones durante varios años, fue además el responsable del traslado de la organización de vuelta al país báltico desde el exilio en Suecia en 1992.

Aparte de por sus traducciones del castellano, el poeta es conocido además por verter al letón obras del ruso, el ucraniano, el serbio, el sueco y el inglés, entre otros idiomas. En 1994 recibió la orden de Isabel la Católica y a lo largo de su vida fue distinguido con varios galardones en Letonia y a nivel internacional.

martes, 2 de agosto de 2022

En el centenario del extraordinario escritor y traductor mexicano Antonio Alatorre

La revista mexicana Letras Libres publicó el pasado 25 de julio un artículo de Julio César González Moreno, sobre una de las principales figuras del mundo cultura latinoamericano, en cuya bajada se lee: “En el centenario de su nacimiento, la obra de Antonio Alatorre, erudita y rigurosa, divertida y ligera, es muestra de que el amor a la lengua atraviesa todos los temas y registros”.


Alatorre: el desorden maravilloso de la lengua

Para Martha Elena Venier, in memoriam

Como la ola que avanza hasta estallar contra la orilla, así el recuerdo se instala lentamente, como un ruido de fondo que de pronto se expande hasta abarcarlo todo. Consciente de cómo crece el rumor, Guillermo se deleita en prolongar el goce, el ansiado momento en que pasado y presente sean uno y la fuerza de las imágenes lo obligue a contarlo todo, a escribir: “Mi escritura es como un retrato de mi conciencia”. Mientras recuerda es, a un tiempo, el niño de Autlán, el joven en un seminario de Tlalpan, y el profesor que, tirado en el pasto de su casa, espera un dry martini. Al poco dice: “Escribir es aceptar mi irrealidad, mi muerte, pero también mi realidad, mi única verdadera realidad”.

Ha querido la suerte poner ante nuestros ojos esta realidad, de la cual Guillermo es solo trasunto, y que no es otra sino la de Antonio Alatorre (1922-2010), cuya obra, erudita y rigurosa, divertida y ligera nos convence de que el amor a la lengua atraviesa todos los temas y registros.

“No hay una manera de leer, sino muchas; cada lector tiene la suya”, dice en el prólogo a sus estudios sobre El sueño erótico en la poesía española de los siglos de oro. De tal forma, no hay una, sino muchas maneras de leer al propio Alatorre. En Alatorre vida y obra se mezclan: el filólogo experto en el Siglo de Oro, el sorjuanista minucioso, el crítico literario dispuesto a la polémica, el traductor riguroso, el profesor que dicta conferencias y el novelista secreto son uno y el mismo.

De todas esas facetas queda claro que la gran pasión que recorre la obra alatorrista es la lectura. Escritor que escribe para quien lee despacio (como en el caso de la poesía), para quien lee con entusiasmo y ánimo de saber (como en su magistral Los 1001 años de la lengua española) o para quien lee buscando expandir las lecturas previas, como en el caso de la crítica literaria (“si la literatura es vida, la crítica es un aumento de vida”). ¿De dónde viene esta pasión?

Prueba corriente de que los milagros existen es que hay coincidencias que alteran, para bien, el rumbo de una vida. Alatorre tuvo (al menos) tres encuentros que lo hicieron lector y amante de la lengua. Primero con Juan José Arreola, su maestro y amigo, quien lo introdujo en la literatura moderna y en el juego —muy serio pero juego al fin—, de la traducción y la edición. En segundo lugar, con Daniel Cosío Villegas, a quien afortunadamente decidió hacerle caso cuando este le recomendó mandar “al carajo” sus estudios de derecho y dedicarse felizmente a la literatura. Por último, con Raimundo Lida, bajo cuya ala prácticamente fundó el Centro de Estudios Filológicos de El Colegio de México y dirigió, hasta el final de su vida, la Nueva Revista de Filología Hispánica.

Alatorre fue filólogo, amante de la lengua en sentido estricto. De ello no se sigue que haya sido un anticuado y serio profesor que dicta un método, sino que su programa, si es que puede hablarse de uno, tiene más que ver con el feliz encuentro entre libro y lector. Encuentro por demás interminable: “Hay ‘tareas de lectores’ que duran siglos y siglos”, como la de él mismo volcándose a la tarea inagotable de leer a Sor Juana.

Así, en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, recordando La experiencia literaria de Alfonso Reyes, nos dice que “una de las lecciones de ese libro es que la literatura tiene más que ver con el placer que con la solemnidad y el aburrimiento”. No fue otra su vocación, no fue otro su empeño que el de leer por gusto e invitar a que otros le acompañasen en dicha aventura.

También por gusto, fuera de toda moda, fue su acercamiento a la crítica. Así, en su crítica literaria (lo mismo en revistas especializadas que en Vuelta o Letras Libres) la exposición, parte normal de la tarea académica, tampoco escapa a los descubrimientos, a la inventiva y a la conciencia de que no hay tema ni área vedada para el gran público.

En Alatorre no hay distinción alguna entre lector y crítico, acaso el matiz está en el tipo de lectura que se hace, más detenida y profunda, iluminando aquello que se ha pasado por alto, una continua pesquisa por lo que a ojos vistas se escapa. Por ejemplo, en El Heliocentrismo en el mundo de habla española, breve e inteligente historia de la ciencia, al hablar sobre la obra de un jesuita precursor de Feijoo, nos dice, como de paso, en una nota al pie: “terráqueo es un neologismo culto (…) la pronunciación y la escritura debieran ser terrácueo (…) [p]ero, justamente por ser cultismo, terráqueo quedó trabado con la escritura. Es demasiado tarde para cambiar a terrácueo”; la lectura exegética y expositiva se renueva incluso ahí, y es también descubrimiento, ganas de darlo a conocer.

Es conocido que el complejo y abigarrado mundo académico ha querido que quienes transitan con éxito de una fase a otra de esa pirámide curricular (Zaid dixit) tengan que adquirir, como pesado fardo para algunos, como antifaz que disfraza la pobreza creativa de otros, un lenguaje impostado, falsamente formal y lleno de “palabrotas”. Es decir: jerga teórica que es, casi siempre, incomprensible e innecesaria para explicar cosas que podrían ser bastante claras. Contra ambas cosas, Alatorre prefirió siempre la sencillez y claridad: “Mi lenguaje no tiene nada de técnico. Mi vocabulario es el de entre semana. Mi filosofía, el sentido común”.

De manera paralela a la enseñanza y la crítica, Alatorre practicó durante años (desde su primera versión de las Heroidas de Ovidio para la Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm et Romanorvm de la UNAM, hasta sus magnas traducciones sobre historia para el Fondo de Cultura Económica) el arte de la traducción. Al igual que en Tomás Segovia, en Alatorre la labor de traductor es una forma más de la orfebrería: del hacer cosas con palabras, de transformar y (re)crear. No en vano Marcel Bataillon prefería la versión “alatorrista” de su Erasmo y España.

A cien años de su nacimiento y poco más de diez de su partida, he querido trazar a vuelo de pájaro un perfil, incompleto y selectivo de la vida y obra de Antonio Alatorre. La pregunta se asoma: ¿por qué leer a Alatorre hoy en día? Porque nos habla a todos por igual, porque cultiva en sus lectores el asombro, tanto en quien se asoma por primera vez a Sor Juana como en quien quiere entender la deriva del español y los anglicismos. Porque logra volver límpido el misterio de la lengua como si de un largo relato se tratara, porque nos hace partícipes de su pasión por la minucia y el detalle que alteran lo sabido, porque al adentrarnos en su historia de la lengua española, sus disquisiciones sobre Góngora, Lope y Quevedo, su versión depurada y ajustada sobre la lírica sorjuanista o su novela largamente inédita nos da la oportunidad, parafraseándolo, de aumentar la vida.

lunes, 1 de agosto de 2022

"Me refiero a la falta de cuidado"

El pasado 24 de julio, el poeta, ensayista y traductor italiano Valerio Magrelli publicó en La Jornada Semanal, de México, un breve artículo, traducido por Roberto Bernal. En él presenta casos de mala edición. Según la bajada, “No es difícil que un buen libro, en manos de un mal editor, se eche a perder. Hay múltiples razones para que eso ocurra. En este artículo se mencionan sólo cuatro que ponen en evidencia las prisas y la negligencia del mundo del consumo”.


¿Qué significa “no editar un libro”?

Pensé que el título para este texto podría ser Los borrachos de la edición. Para explicar por qué, me limitaré a cuatro ejemplos muy distintos entre sí, pero igualmente sintomáticos de una postura preocupante. Caso número uno: los caminos al infierno están pavimentados de buenas intenciones. Vimos a un cantautor que firmó la introducción a los versos de un poeta ya conocido. El propósito era obvio: al hacerlo, el gran editor pensó que atraería más lectores a la poesía. Lástima que el resultado fue espantoso: de este modo, el público –especialmente los jóvenes– le otorgó mayor relevancia al músico que al autor, dado que el introductor lo es en virtud de su autoridad.

Caso número dos: mi hija llega a casa furiosa porque en la contraportada de Ana Karenina, de Lev Tolstói, aparece toda la trama, incluyendo el final. Ahora, muchos dirán que esto es algo venial. Pero los libros no deben ir sólo a los especialistas, sino más bien –y yo diría sobre todo– a los que todavía no están relacionados con la literatura. Entonces, ¿para qué estropear la sorpresa? La llamada “trama” es una parte integral de la obra y no debe ser revelada en absoluto. El inglés tiene una bonita palabra para esto: spoiler. El término spoiler, que en sentido estricto significa “saqueador”, indica a quien anticipa los puntos más destacados de los acontecimientos narrados en una novela o película. Así que ahora también tenemos editores de spoilers

Caso número tres: siempre recuerdo que mi hija, que en ese entonces tenía dieciséis años, me trajo una novela francesa del siglo XIX que le habían prestado (¡y en edición de bolsillo!), preguntándome si tenía una versión en italiano. Pensé que estaba bromeando, pero me explicó que esa traducción era prácticamente incomprensible para ella. Para demostrarlo, me citó una frase que decía: “Le hicieron vibrar un corte a su vientre.” De hecho, tuve que volver a retraducirlo, apoyándome en una expresión mucho más plana y que de hecho correspondía perfectamente con el original: “Le dieron una puñalada en el hígado”.

Caso número cuatro: en esta ocasión toca turno a mi hijo. Decidido a leer Guerra y paz, también de Tolstói, se enfrenta a mí furiosamente después de unos cuantos capítulos, preguntando: ¿es posible que todos los rusos hablen francés? En esa época así se usaba, respondí, sonriendo. ¿Dónde está el problema? El problema, responde, radica en que en esta desafortunada edición el francés no está traducido. Me quedé sin palabras: ¿cómo es posible que una editorial no ofrezca la versión italiana de los diálogos en una lengua extranjera? A menos que creas que todo el mundo debería saber francés…

Fin de mi triste muestreo. Hasta ahora, todos los ejemplos convergen hacia un único concepto, síntoma del desordenado desarrollo que ha tomado el mercado del libro. Me refiero a la falta de cuidado, es decir, a una labor hecha de precipitación, de percepción limitada, de desinterés. Aquí no se trata de condenar defectos individuales, sino de constatar una despreocupación sistemática hacia el público, sobre todo, repito, si es joven. De hecho, un volumen “equivocado” puede alejar incluso a los lectores más dispuestos, y también se corre el riesgo de que la industria editorial pierda a potenciales y futuros clientes.

viernes, 29 de julio de 2022

Noticias sobre traducción e inteligencia artificial


El pasado 11 de julio, David Váquez publicó el siguiente artículo en Business Insider, donde se da cuenta del poder de los nuevos traductores automáticos a los que, no obstante, todavía les falta para poder desplazar a los traductores de carne y hueso, sobre en cuestiones que hacen a la literatura, la filosofía y las ciencias sociales.

Meta bate el record con su IA traductora de 200 idiomas, pero los expertos subrayan sus límites

Meta, el conglomerado empresarial del que forman parte gigantes como Facebook, lleva un par de días sacando pecho. No es para menos.

Con las autoridades irlandesas apretando de nuevo las tuercas a las grandes tecnológicas para que garanticen que el Gobierno estadounidense no va a tener acceso a los datos de sus usuarios europeos, la presentación en sociedad del proyecto No Lenguage Left Behind (Ninguna lengua se queda atrás, NLLB, por sus siglas en inglés) es claramente el tipo de noticia que Meta desea subrayar para mejorar su deteriorada reputación.

Pero NLLB es, por otra parte, mucho más que una campaña de marketing. Se trata de un modelo de IA que, a falta de ofrecer más muestras para valorar la calidad de sus producciones, es por el momento traductor más completo que ha conocido el ser humano.

Con 200 idiomas a su disposición, supera los algo más de 130 que contempla Google Translate. Naturalmente, la IA anda lejos de los 6.500 que se calcula que hay en total en el mundo, pero no por ello sus 200 lenguas dejan de ser un interesante salto hacia delante.

La idea de Meta, como indica el propio nombre de su proyecto, es que ningún idioma se quede atrás. Esto, claro, con el metaverso en mente.

La empresa de Zuckerberg fantasea con el día en que, en mitad de su realidad virtual, cualquier persona de cualquier rincón del mundo pueda entenderse con otra hablando cada uno de ellos su lengua materna independientemente de lo mayoritaria o minoritaria que esta sea.

Pero ese día, advierten algunos expertos, está todavía lejos, muy lejos. Tal vez nunca llegue, de hecho.

“Llegar a tener un traductor universal fiable es imposible. En Cataluña, por ejemplo, hay proyectos que tratan de recoger todas las variedades dialectales [maneras de pronunciar un idioma] que hay, y ya es imposible porque una misma palabra de un pueblo a otro cambia a nivel mundial, perseguir algo así es interesante, pero imposible”, explica por teléfono a Business Insider España Cecilio Angulo, profesor de IA y robótica en la Universidad Politècnica de Catalunya y presidente de la Asociación Catalana por la IA.

NBBL, un modelo revolucionario pero con margen de mejora
No cabe duda, sin embargo, de que el proyecto de Meta, detallado prolijamente en un artículo científico que ha visto también la luz esta semana, es ambicioso. Y ahí radica su principal fortaleza.

Tal y como ha contado el propio Mark Zuckerberg en un post de su cuenta de Facebook, para llegar a los 200 idiomas la IA ha contemplado 50.000 millones de parámetros que han sido analizados por SuperCluster, uno de los superordenadores más potentes del mundo.

El objetivo, dice el CEO de la empresa, es alcanzar los 25.000 millones de traducciones diarias.

Pero no solo de fríos datos se ha alimentado esta IA. Para evaluar la calidad de las traducciones, se han tomado 3.001 pares de frases de cada idioma (del inglés a la lengua destino) que han sido evaluadas por traductores expertos hablantes nativos de la lengua que examinaban.

Lo han hecho tomando como referencia el sistema BLEU (Bilingual Evaluation Understudy), un método internacional que permite otorgar un valor numérico a una traducción en base a su calidad.

Los resultados de estos exámenes casi no han podido ser mejores: los evaluadores han encontrado que las traducciones de la IA de Meta son un 44% mejores que las de los mejores traductores que ya existen.

Se trata, sin embargo, de datos que conviene poner en cuarentena. Para empezar, hay que considerar que los examinadores eran humanos, lo que quiere decir que sus valoraciones pueden contener sesgos.

El más evidente, apuntan algunos expertos, es que los hablantes de lenguas minoritarias suelen ser menos exigentes. Entusiasmados ante la sola idea de ver su idioma traducido desde el inglés, tienden a pasar por alto errores gramaticales que juzgan menores.

En los idiomas, sin embargo, cada palabra, cada expresión y cada giro lingüístico cuentan.

Lo saben bien precisamente en Facebook, que en 2017 tuvo que ver cómo un usuario palestino de su red social era detenido por la policía israelí debido a un error de sus robots: el hombre escribió “Buenos días” en su tablón y el software de traducción de la plataforma interpretó “Atácalos”.

En segundo lugar, hay que aclarar que 3.001 frases no definen un idioma. Un traductor puede trabajarlas con éxito sin que ello signifique necesariamente que sea infalible, y viceversa.

Otro aspecto a tener en cuenta es las raíz de los idiomas contemplados. 200 lenguas, explica Angulo, pueden parecer muchas, pero no tienen por qué ser necesariamente un reto para una IA.

“La gracia está en la rareza de los idiomas. Por ejemplo, si la mayoría comparte raíz latina, a la que tienes 2, ya tienes 7. Si tus idiomas son el español, el italiano, el portugués, el catalán, el gallego y el rumano, las palabras cambian, pero tus estructuras van a ser siempre muy parecidas”, comenta el experto en IA.

Por otra parte, la verdadera dificultad de las traducciones no radica tanto en la gramática como en los refranes y las expresiones populares, que dependen del contexto.

“La riqueza del idioma está más en la lógica del contexto. La frase 'Tiene muchas pelotas' depende totalmente del contexto. Un buen traductor es aquel que sabe que la expresión inglesa 'Ponte en mis zapatos' en español significa 'Ponte en mi piel”.

Los problemas éticos de la IA, las grandes empresas y las lenguas minoritarias
A estos problemas hay que añadir una inherente desconfianza existente entre comunidades de hablantes de lenguas minoritarias y grandes corporaciones.

No pocos de estos hablantes interpretan que el hecho de tener acceso más fácilmente a idiomas como el inglés puede generar que en su comunidad existan pocos incentivos para seguir produciendo documentos en su lengua nativa.

Con todo, por ahora la investigación arroja sensaciones positivas entre los académicos.

“En general, me alegro de que Meta se haya embarcado en esto. Ojalá haya más trabajos así por parte de empresas como Google, Meta y Microsoft. Todas tienen por delante un trabajo sustancial en cuanto a traducción automática de lenguas con pocos hablantes”, dice Alexander Fraser, profesor de Lingüística computacional en la Universidad de Múnich, en The Vergue.

“En el proyecto hemos trabajado con lingüistas, sociólogos y especialistas en ética. Este tipo de enfoque interdisciplinario permite que nos centremos de verdad en los problemas humanos”, apunta en este mismo medio Angela Fan, investigadora de Meta involucrada en el desarrollo de la IA.

Esta subraya por otra parte la importancia de que Meta haya dado acceso libre a algunos elementos del proyecto para que quien quiera pueda usarlo en sus investigaciones.

Para Angulo, por otra parte, el futuro de los traductores estará más en la palabra hablada que en la traducción escrita.

“En lenguas mayoritarias, las traducciones de texto han avanzado mucho y van más o menos bien. El gran desarrollo vendrá con la voz y con la capacidad que tengan las máquinas de detectar ciertas inflexiones, entonaciones y maneras de pronunciar”.

jueves, 28 de julio de 2022

Sorrentino escribe sobre boludos y pelotudos

El 18 de julio pasado, en la sección “Acuarelas porteñas”, del diario La Prensa, Fernando Sorrentino firma la siguiente nota, que reproducimos no sin pudor y con el "susmaría" a flor de labios.

Boludeces, boludos y boludas

Establecida académicamente, en la nota titulada “De la inconveniencia de presentarse en pelota y/o en pelotas”, la sinonimia argentina entre el término científico “testículos” y las voces vulgares “pelotas” y “bolas”, cabe añadir que, con justicia o sin ella, suele identificarse el tamaño superior a lo normal de tan útiles adminículos con cierto grado de estupidez en su infortunado portador.

Derivados de estas metonimias esféricas son los sustantivos y adjetivos desvalorizadores pelotudo y boludo, cuyas significaciones, según el contexto, abarcan toda la gama que recorren “bobo”, “tonto”, “estúpido”, “idiota”, etcétera, etcétera.

Desde luego, y con toda lógica, una pelotudez o una boludez son las típicas acciones imbéciles que comete un pelotudo o un boludo.

El vocablo boludo suele emplearse profusamente por los adolescentes argentinos sin la menor carga insultante, como un mero vocativo: “Conseguí un trabajo, boludo” puede significar: “Conseguí un trabajo, Juan”.

O como una suerte de interjección polisémica: “¡Conseguí un trabajo, boludo!” puede significar: “Conseguí un trabajo, ¡qué buena suerte!”.

A pesar de la imposibilidad anatómica de lucir tales atributos físicos de boludez y pelotudez, el uso se ha extendido, como metáfora de intelecto limitado, al habla de niñas, señoritas y señoras argentinas.

En el asiento del colectivo posterior al mío viajaban dos elegantes damas de alrededor de cuarenta años, provistas, claro está, de la encantadora dicción femenina. Parando la oreja, no me fue difícil saber que –¡oh perfidia mujeril! – se dedicaban a despellejar a una tercera dama, de nombre Marcela y a la sazón ausente. Por eso, la dama A, indignada, le confiaba a la dama B: “¡Marcela cree que yo soy boluda, pero en realidad la boluda y reboluda y requeteboluda es ella! ¡Y a mí no va a tomarme por boluda ni por pelotuda, porque yo puedo parecer boluda, pero no tengo nada ni de boluda ni de pelotuda!”.

Para dar conclusión a esta nota, admito que, aunque todas las informaciones aportadas son rigurosamente ciertas, no por eso estoy exento de haber escrito alguna boludez o alguna pelotudez.

Al fin y al cabo, como escribió nuestro amigo Terencio el año 165 a.C., Homo sum: humani nihil a me alienum puto. Que, en nuestra lengua española, significa: "Hombre soy: nada de lo humano me es ajeno”.