lunes, 27 de septiembre de 2021

En septiembre, Georgina Fraser y su grupo de investigación visitan el SPET




En el próximo encuentro, que tendrá lugar el miércoles 29 de septiembre a las 19 (hora argentina), se presentará el proyecto de investigación dirigido por Georgina Fraser “Cartografía de la formación de intérpretes en lenguas originarias en Argentina”

Georgina Fraser es traductora literaria y técnico-científica en francés por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Actualmente se desempeña como docente en el Traductorado en Inglés de dicha institución, así como también en la Licenciatura en Comunicación y en la Diplomatura en Estudios Avanzados del Lenguaje en Sociedad en la UNSAM. Allí cursa el doctorado en Ciencias Humanas con beca de la Escuela de Humanidades-UNSAM. Su investigación se centra en el rol de los traductorxs e intérpretes en lenguas originarias en el acceso a la justicia en la Provincia de Chaco. Forma parte del proyecto PICT 2018-0807 “Bilingüismo y procesos de revitalización/transmisión de las lenguas guaraní, quichua, qom, moqoit y wichi (Corrientes, Santiago del Estero y Chaco): etnografías sociolingüísticas en colaboración” y, en el marco del Programa de Investigación del Lenguas Vivas, dirige el proyecto “Cartografía de la formación de intérpretes en lenguas originarias en Argentina”.

Integrantes del grupo de investigación que participarán en la exposición:

Melina Daniela Guevara es traductora literaria y técnico-científica en francés por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Actualmente trabaja como traductora independiente. En 2019, participó en el proyecto de la aplicación MoWiQapp, en el cual se elaboró el manual de uso de un glosario bilingüe español – lenguas originarias (moqoit, qom, wichi).

Paulina Lapalma es estudiante del Traductorado en Francés del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”.

Franco Monterroso es estudiante del Traductorado en Inglés y del Traductorado en Francés del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Durante 2021 trabajó en la re-difusión de los materiales elaborados en el 1° Encuentro Internacional de Traductores e Intérpretes en Lenguas Originarias y Minoritarias (2019). Es consejero estudiantil por la Lista 8 - La Pluri en el Consejo Directivo del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”.

Sofía Pesaresi es traductora literaria y técnico-científica en francés por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Actualmente se desempeña en esa institución como docente y directora de carrera del Traductorado en Francés. Además, es adscripta de las cátedras de Estudios de Traducción y SPET curricular bajo la dirección de Griselda Mársico y cursa la Diplomatura en Estudios Avanzados del Lenguaje en Sociedad en la UNSAM.

Sabina Ramallo es licenciada en psicología y traductora literaria y técnico-científica en francés por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Actualmente, se desempeña como docente en el Traductorado en Francés de dicha institución y es estudiante de la Especialización en Traducción Literaria de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. También trabaja como traductora independiente en el área de la traducción científica y como correctora y editora literaria para el Centro de Estudios Argentinos del Instituto de Estudios de América Latina de la Academia China de Ciencias Sociales (ILAS-CASS).

Laura Tejera es traductora técnico-científica y literaria en francés por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”, es profesora en francés por el ISP “Joaquín V. González” y posee una licenciatura en ciencias del cenguaje por la Universidad de Paris V, La Sorbonne. Se desempeña como intérprete permanente del Centro Franco Argentino y como intérprete freelance en diversas áreas temáticas. Es docente de la cátedra de Introducción a la Interpretación en el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” y de la cátedra de Lengua Francesa II en el ISP “Joaquín V. González”. Es ayudante de Trabajos Prácticos del Requisito Francés en la Facultad de Psicología de la UBA.

Micaela Vain es estudiante del Traductorado en Inglés del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Trabaja como traductora independiente en el área de la traducción técnico-científica. En 2019, participó en el proyecto de la aplicación MoWiQapp, en el cual se elaboró el manual de uso de un glosario bilingüe español – lenguas originarias (moqoit, qom, wichi).

Lectura sugerida

Howard, R., de Pedro Rico, R. y Andrade Ciudad, L.: “Translation policy and indigenous languages in Hispanic Latin America”. En: International Journal of the Sociology of Language, 251 (2018), pp. 19-36. https://doi.org/10.1515/ijsl-2018-0002

Aviso

La sesión se realizará como videoconferencia. Quienes quieran participar pueden enviarnos un mail con el asunto SPET 141 hasta el 29/9 a las 15.00. La dirección de mail será utilizada para hacerles llegar el código que servirá como entrada a la videoconferencia. Por favor, revisen el micrófono y la cámara de sus dispositivos antes de la sesión. Si quieren desinscribirse, les pedimos que nos manden un mail con el asunto SPET 141 DESINSCRIPCIÓN.

viernes, 24 de septiembre de 2021

"Escritores que rara vez son poetas"

Este mes, el poeta y traductor Jorge Aulicino publicó Poesía y política, un volumen editado por Ediciones del Dock, donde, además de reunir sus columnas publicadas en el Periódico de Poesía, de la U.N.A.M., suma otras escritas especialmente y, hasta ahora, inéditas. La concepción del libro es amplia y aborda distintos aspectos del concepto de “política”. A modo de ejemplo, ofrecemos a continuación un breve artículo, más que pertinente, que deja en claro cuál es la posición de Aulicino –y del Administrador de este blog, entre muchos otros– respecto de la política de invitaciones de la gran mayoría de los festivales literarios y ferias del libro en el mundo entero.

Hacen bien en no invitar a Baudelaire a las mesas redondas

Habrán visto que las ciudades están llenas de mesas redondas, seminarios y congresos de escritores. De escritores que rara vez son poetas. De prosistas.

Buenos Aires está lleno de estas cosas, hoy. A veces de poetas –algunas veces–, pero eso sí, nunca de prosistas y poetas, si de lo que se trata es de hablar seriamente de literatura, del país o de la globalización o de la tecnología, o de otros ítems contemporáneos.

Los poetas, sin embargo, ha sabido discutir su oficio, y el mundo, desde los más distintos puntos de vista: políticos, culturales, económicos. Están genéticamente entrenados en ello. Lo hicieron siempre a lo largo de su existencia, al menos en la dura etapa de la modernidad, que los relegó a cenicientas de las letras.

La cuestión no es hoy que sean cenicientos: no se los considera literatos.

Ahora, vean esto: la mayor capacidad intelectual de renovación en el siglo XX estuvo en las vanguardias; las vanguardias fueron simplemente realizadas por los poetas y por los pintores. Gente toda a la que hoy se tiende a pensar sin cabeza: a los pintores porque solo conocen técnicas y texturas, a los poetas porque siguen embarcados en las profecías de la palabra, aunque se disfracen de prosaicos, de minimalistas.

Los poetas, claro, fueron y son la potencia intelectual de la literatura y de las letras en general, es decir, del idioma. Son los que piensan el idioma porque lo viven.

Pero vean un poco, no hablemos ya de a quiénes considera escritores la industria: si hay que discutir temas intelectuales, se llama a los prosistas, no a los poetas. Aunque el fundador de la palabra crítica, del discurso que abarca a un tiempo la circunstancia, la literatura y el arte en general no fue un prosista; no fue –lo siento– ni siquiera un prosista como Cervantes, como Balzac, como Tolstoi… Fue nuestro querido y nunca bien ponderado Baudelaire, amigo de todos cuantos escribimos poesía, lejano pariente, ardiente visitante de la polis. El modelo del intelectual que ha sabido usar el discurso, sus filos poéticos y críticos, para hablar de la moda, de política o de poesía, era un poeta. Porque los poetas entienden la integridad del discurso –Rimbaud pudo legítimamente decir que hablaba “en sentido literal y en todos los sentidos posibles”–. Son a su vez poetas, o entienden la poesía, los mejores prosistas. Quizá la entiendan alguna vez los ensayistas. Tal vez los pedagogos. Me temo que nunca los políticos.

La palabra del poeta, hoy que las redes virtuales la propagan, hoy que en cierto sentido se ha simplificado, pues la metáfora procura parecerse al lenguaje corriente, a la denotación, sigue pareciendo –a los políticos sobre todo– un galimatías. Corrijamos, seamos justos: no un galimatías propiamente, sino más bien el acertijo de la Esfinge. Se escucha al poeta como al chamán, como al poseído, poseedor de verdad, pero de una verdad políticamente inútil. En verdad, más bien un idiota que a veces acierta. Y el problema es que acierta en cosas de las que es mejor no hablar.

Baudelaire, el caminante urbano, vio en la ciudad la última forma de la verdad: la disolución de toda certeza sobre el porvenir. Esto, a derecha o izquierda, es mejor ocultarlo. Es mejor prometer un porvenir, incluso creer en él. Y es cierto que se cree en él, ya sea porque lo prometieron las leyes de la historia, o porque es cierto que el capitalismo en tres siglos ha mejorado, en términos generales, la vida de la humanidad. No para todos, pero para muchos más que hace –digamos– cinco siglos.

En términos históricos, hay avance.

Y sin embargo, los poetas insisten en señalar un gran vacío el medio de las cosas, que devora una y otra vez al caminante. Una ciudad entera, Nueva York, se jacta de sus multitudes, de su modo de vivir, de su ensimismamiento, de su indiferencia, de su modo de asumir aquel vacío en el que se movía el paseante de Baudelaire. Y con Nueva York, todas las grandes ciudades de América, Asia y Europa.

Es que tal vez eso sea Dios. Ese gran agujero.

El poeta se engaña tanto o más que cualquiera acerca de que mañana, sin dudas, volverá a amanecer. Su poesía, no. Su poesía pone en escena otra escena. Una escena peligrosa y que, para colmo, habla por sí misma. Entonces, tienen razón en no invitarlo a mesas redondas en las que se hable sobre la actualidad, la política y la tecnología. Baudelaire no hubiese tenido nada que hacer allí tampoco. 

jueves, 23 de septiembre de 2021

Carlos Gamerro y su versión de "Romeo y Julieta"

El novelista Carlos Gamerro acaba de publicar su versión de Romeo y Julieta, en la editorial Interzona. Especialista en William Shakespeare, el autor de La jaula de los onas acompaña su traducción de un muy interesante prólogo del que, a continuación, ofrecemos un breve fragmento.

“El amor vencido”

La preeminencia de Romeo y Julieta ha tenido su costo, al convertirla en la madre de todos los folletines, melodramas, novelas rosas, películas románticas, revistas del corazón, teleteatros y canciones melódicas, y hoy resulta difícil acercarse a ella directamente. Este sedimento kitsch que fueron depositando todas estas reelaboraciones, versiones y adaptaciones ha terminado por adherirse a la obra de tal manera que resulta imposible de despegar, por lo quedan dos opciones: ignorarlo, lo que ineludiblemente lleva a terminar encarnándolo, como le sucede a Franco Zeffirelli en su versión de 1968, o asumirlo y celebrarlo, como sucede en la magnífica versión de Baz Luhrmannde 1997. La incomodidad, de todos modos, persiste. En el prólogo a su traducción de la obra, Martín Caparrós y Erna von der Walde dos veces llaman a los protagonistas los “jóvenes nabos,” calificativo que revela más sobre quienes lo endilgan que sobre quienes lo reciben: los intelectuales y los artistas serios se sienten un poco incómodos con la obra, como si por admirarla se les fuera a pegar el aura kitsch que la rodea. Está bien visto hablar de ella con cierta distancia, un poco irónica, no vaya a ser que a uno lo confundan con la mersada. Más que ninguna otra obra de Shakespeare, Romeo y Julieta es la niña mimada de las parodias,  que pueden revestir diversas formas: Julieta es fea –un bicho–, Romeo y Julieta se odian, Romeo y Julieta sobreviven a los planes perfectos de Fray Lorenzo y terminan como una pareja de viejos que no se aguantan y se la pasan peleando, etc. De todas estas opciones, la favorita es quizás la última, ya que responde a cierto rencor envidioso de los espectadores maduros: ‘sí claro, así, muriéndose después de la primera noche, cualquiera puede creer en el amor eterno; pero los quiero ver viviendo toda una vida juntos’. El propio Shakespeare, sin duda hubiera estado de acuerdo: su teatro no se caracteriza precisamente por cantar las delicias de la vida conyugal, y lo que sabemos de la suya puede explicar en parte el por qué – si hubo en su vida un modelo para Julieta, seguramente no se trató de AnneHathaway. Su representación más acabada y convincente de un matrimonio que funciona se da en Macbeth, con lo cual está todo dicho. Para Harold Bloom, la sabiduría pragmática de Shakespeare sobre las relaciones de pareja puede resumirse en una fórmula: o se mueren los amantes, o se muere el amor. Romeo y Julieta deben morir para que su amor sea eterno.

Pero esta eternidad no es la de la perduración en los siglos venideros, ni la de la inmortalidad del arte. La eternidad que se alcanza en el estado de amor es la del puro presente, sustraído al devenir del tiempo. ‘Que este momento dure para siempre’ es un deseo que sólo pueden formular un místico en presencia de Dios o un amante en presencia de su amado. El presente se expande, desplaza al pasado – no importa todo lo que hayamos sido –y al futuro– no importan, no importan para nada, las consecuencias que este momento de amor eterno puedan traer. El presente del amor ocupa entero el espacio del ser, liberándolo, por lo tanto, de la tiranía del tiempo – así como el alma, fundiéndose con otra en el amor, se libera de la tiranía del yo. 

El tiempo, y el yo, tarde o temprano regresan: con el día, con el mundo exterior, con los otros, con la vuelta de los enamorados a sus identidades separadas. La noche, refugio de los amantes, llega a su fin: por más que traten de negarlo, es la alondra y no el ruiseñor quien ha cantado. Por eso el hogar permanente de un amor así solo puede ser esa otra noche sin fin, la muerte – que trae la anulación definitiva del tiempo y el yo. La muerte, en Romeo y Julieta, no es enemiga del amor, sino su garantía, y el final trágico, tan fácilmente evitable a nivel de la acción – bastaba que el mensajero de Fray Lorenzo llegara a tiempo para que todo hubiera terminado bien – resulta ineludible en términos de la metafísica del amor que Shakespeare ensaya. Desde el prólogo se nos habla de un “amor signado por la muerte,” y ya en el primer acto Julieta, acabando de conocer a Romeo, exclama: “Si casado está / la tumba mi lecho nupcial será.” Las imágenes que igualan al amor con la muerte se agolpan en las últimas escenas, culminando en la metáfora de la muerte como amante y esposo, desvirgando a Julieta, poniéndole los cuernos a Romeo. La pasión de ambos se consuma, inevitablemente, en la cripta, y la tumba es su lecho nupcial:

 Ay, querida Julieta, / ¿por qué insistes en ser tan bella? ¿Tendré que creer / que la incorpórea muerte sabe amar, / que el escuálido y odioso monstruo te guarda / acá en la oscuridad, para que seas su amante? / Para prevenirlo me quedaré contigo / y nunca más saldré de este palacio de tenue luz. Acá, acá me voy a quedar / con los gusanos, tus damas de compañía.

La unidad esencial de sexo, amor y muerte (que a veces, para abreviar, llamamos erotismo) nunca había sido –ni sería– tan bien cantada en la literatura.

Por eso la mejor manera de acercarse a la tragedia de los jóvenes amantes sigue siendo con el corazón abierto, en un estado de candor e inocencia. Quienes se burlan, o toman distancia, lo hacen a su propio costo. Nuestro corazón – no importa la edad – siempre está listo para decirnos que ha llegado la hora de dejarlo todo– familia, casa, amistades, posición y posesiones – solo porque quiere pasar de piedra inerte a llama de amor viva, cambiar por un instante de dicha plena la sucesión entera de los días y los años. Shakespeare sabía que esta visión del amor no se limita a la juventud: años más tarde crearía en Antonio y Cleopatra un modelo similar para la edad madura. Sus protagonistas están bastante creciditos y tienen mucha vida encima, pero cuando están juntos se comportan como jóvenes enamorados, y al final, Antonio prefiere perder un imperio antes que perder a su reina, y ambos eligen suicidarse antes que vivir el uno sin el otro. Shakespeare no escribió una versión para la vejez: esa tarea quedaría para Gabriel García Márquez, que en El amor en los tiempos del cólera escribió el Romeo y Julieta de la tercera edad.

Sabemos que la versión de Arthur Brooke ofrecía una enseñanza definida. ¿Cuál es la que ofrece la de Shakespeare? No –de ninguna manera– el remanido clisé de que el amor vence todos los obstáculos. El sentimiento de amor puede ser invencible (aunque Geore Orwell, en 1984, haya hecho mucho por socavar esta convicción: la certeza de no haber traicionado a Julia es la tabla de salvación de Winston, pero al final, frente al terror, en lo más profundo de su corazón, la traiciona), pero su consumación no lo es, y en la tragedia de Shakespeare termina dándose en la muerte, y no en la vida. En su intento por triunfar en la vida, el amor de Romeo y Julieta es vencido por cada uno de los obstáculos con que se topa – desde el odio entre las familias, la autoridad paterna, la moral, la ambición, el egoísmo, el rencor, hasta la mala suerte pura y simple. Pero es justamente en su fragilidad que demuestra su fuerza, es en su derrota que triunfa. Porque todas estas fuerzas que lo destruyen, al hacerlo, se vuelven odiosas y pierden sentido. ¿Qué son el honor de la familia, la autoridad de los padres, la sabiduría de los mayores, el sentido común de los criados, las leyes del estado, si su confluencia destruye la felicidad y las vidas de dos jóvenes que se aman? Todo aquello en lo que creíamos con tanta fuerza deja de importarnos. Brooke quiso enseñarnos a juzgar el amor en nombre de todos esos principios, Shakespeare nos enseña a juzgarlos en nombre del amor.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Por suerte, no todas las novedades son nuevas


El pasado 21 de septiembre, Silvina Friera publicó en el diario Página 12, una entrevista con Elisabet Riera, escritora, editora y propietaria del sello español Wunderkammer, que comienza a ser distribuido en la Argentina. Según la bajada, “En esta editorial conviven las más diversas corrientes, a través de autores como Victor Hugo, Ruben Darío, Gérard de Nerval, Éliphas Lévi, Clare Jerold, Raymond Roussel, Lizzie Doten, Vladimir Nabokov y Pierre Loti, entre otros”.

Llega a la Argentina el sello literario Wunderkammer

El gabinete de maravillas editoriales cumple cinco años y llega a la Argentina con sus rarezas literarias, textos singulares, únicos, obras olvidadas o ignoradas de grandes autores y obras excepcionales de autores desconocidos. Hay mujeres soñadoras que logran materializar proyectos inauditos, a contramano de los consumos hegemónicos. Elisabet Riera, escritora, periodista y editora española, fundó un pequeño sello, Wunderkammer (palabra alemana que significa “cuarto de maravillas” o “gabinete de curiosidades), donde conviven simbolismo, malditismo, erotismo, dandismo, sibaritismo, alquimia y surrealismo, a través de autores como Victor Hugo, Ruben Darío, Gérard de Nerval, Éliphas Lévi, Clare Jerold, Raymond Roussel, Lizzie Doten, Vladimir Nabokov y Pierre Loti, entre otras y otros. La editorial le rinde homenaje al editor francés Jean-Jacques Pauvert (1926-2014) con un diseño vintage, cubiertas impresas manualmente en una vieja Minerva con tipografía Bodoni fundida por Swamp Press, y una estampa a color del naturalista Ernest Haeckel de regalo en cada ejemplar.

Riera (Barcelona, 1973), autora de las novelas La línea del desierto, Fresas silvestres para Miss Freud, Llum y Efendi, cuenta en la entrevista con Página/12 que después de la primera parálisis y el pánico total por la pandemia en 2020, las ventas de los libros de Wunderkammer –editorial que publica de 6 a 8 títulos anuales– se trasladaron al canal online. “No puedo decir que el parón nos afectó demasiado, salvo en las presentaciones y actividades presenciales. De hecho la gente leyó más. Veremos ahora si el hábito permanece o no”, plantea la editora, autora de varios manuales sobre cultivo de marihuana y el libro de semblanzas biográficas Vidas gloriosas.

–Wunderkammer toma como modelo editorial el quehacer del editor francés Jean-Jacques Pauvert, que reeditó textos de autores considerados transgresores y pornográficos, como el Marques de Sade. ¿Por dónde pasa la transgresión en el siglo XXI? ¿Qué implica ser una editorial transgresora o una editora transgresora?
–Para mí la transgresión en estos momentos pasa por reivindicar lo heterodoxo dentro de un mercado que tiende cada vez más a la uniformización de los gustos y las formas, a la homogeneidad. Si todos los que hacemos libros apuntáramos hacia ese amplio término medio, terminaríamos en una suerte de dictadura del pensamiento único. La diversidad editorial, la posibilidad de leer literatura fuera de lo común, las rarezas, los márgenes… es indispensable para un pensamiento libre. Eso intento transmitir con mi catálogo y también con la forma de hacer los libros en la que es nuestra colección principal: con un punto artesanal y unos atributos singulares que apelan a los sentidos (la textura, el volumen, el color), y que son irreproducibles en formato digital sin que se pierda gran parte del valor del libro. Reivindico el libro también como objeto, y por tanto toda la cadena de oficios que hay detrás. Transgredir, pues, es ir contracorriente de la tendencia de consumo mayoritaria que se nos impone.

–¿Qué es una rareza literaria? ¿Cómo la definirías?
–Me gusta la rareza en el sentido del término anglosajón rare, como algo escaso y de gran valor. Como una piedra preciosa. Tiene una connotación positiva que no tiene la palabra “raro”, que nosotros usamos con cierto desprecio. Raro en nuestro catálogo son grandes obras de autores desconocidos u olvidados, o textos menores de autores muy conocidos. Raymond Roussel es un raro (y es genial). Villiers de l’Isle Adam es un raro (y nos dejó al inolvidable Axel o a la Eva futura, como un visionario). Éliphas Levy es un raro, y la poeta médium Lizzie Doten, y tantos más. No en vano uno de los títulos con los que arrancamos la editorial fue Los raros, de Rubén Darío, una serie de semblanzas biográficas que el autor escribió durante una estancia finisecular en París, y en la que reúne a autores que serían todos ellos propios de nuestro catálogo. La mayoría murieron en el olvido o en la miseria, o ambas cosas a la vez.

–¿Por qué empezaste la editorial publicando "Lo que dicen las mesas parlantes", de Victor Hugo?
–En primer lugar, porque fue un flechazo, un coup de foudre en toda regla. Paseaba por los puestos de los bouquinistes junto al Sena, en París, y vi de lejos un libro que llamó poderosamente mi atención, por el inusual formato alargadito y por el color verde absenta de la cubierta. Era Ce que disent les tables parlantes, de Victor Hugo. Me quedé boquiabierta porque no tenía ni idea de la faceta espiritista de Hugo. Lo había publicado Pauvert en los años cincuenta, rescatando ciertos manuscritos perdidos. Por supuesto me lo compré. No solo se convirtió en el primer título de la editorial sino que su diseño sirvió de modelo para la colección Wunderkammer.

–En un momento de la edición de libros en donde pareciera que se ha cancelado la idea de belleza (o se la ha abandonado por anticuada), ¿qué significa apostar por la edición artesanal?
–Como dije al principio, significa recuperar la idea de fascinación no solo por la lectura sino por el objeto libro y todos los oficios que hay detrás. Nuestras cubiertas se imprimen manualmente en una vieja máquina Minerva que tiene cien años y que ya solo se usa para esta función. Es de una belleza sobrecogedora asistir al trabajo de este impresor: ver cómo compone la portada con las tipografías móviles, letra a letra, cómo ajusta cada tornillo de la máquina, cómo vierte la cantidad de tinta justa… y de repente, tras toda esta preparación silenciosa, se hace la magia: la Minerva empieza a rugir y, golpe a golpe, una a una, va dejando su huella en cada cubierta. Es emocionante.

–Si los algoritmos filtran lo que se lee, si supuestamente saben lo que le interesa leer a los usuarios, ¿habrá un algoritmo que pueda cumplir la función del editor? ¿Cómo está afectando el algoritmo al universo de la edición de libros?
–Esta es la cuestión que me parece realmente insustituible de un editor, algo a lo que yo no renunciaría jamás: mi elección completamente subjetiva y personal de los títulos que publico, aunque en alguno sepa que voy a vender muy pocos ejemplares. Un editor de carne y hueso (y alma) no solo edita pensando en las cuentas, sino en el aporte cultural que supone cada libro y también, por qué no, en factores mucho más emocionales y a veces incomprensibles. Eso nos distingue de las máquinas y los algoritmos, afortunadamente. De no ser así, nos acecha el pensamiento único.

martes, 21 de septiembre de 2021

Noticia del primer diccionario Wichí-Castellano

El pasado 3 de septiembre, se publicó en el diario Los Andes, de Mendoza, la noticia de un diccionario wichí-castellano. Verónica Nercesian (foto), presidió el equipo que realizó la tarea. Según la bajada, “Se denomina DIWCA. Un grupo de investigadores elaboró el este compendio bilingüe y pluridialectal. Representantes de la lengua wichí de las provincias de Formosa, Salta y Chaco participaron de su creación”.

Científicos del Conicet publican el primer diccionario online Wichí-Castellano

Diwica es el nombre del primer diccionario virtual wichí-castellano que reconoce los complejos dialectales pilcomayeño y bermejeño. Tras años de trabajo, el grupo de investigación logró el diccionario de acceso libre, de autoría colectiva y construcción permanente. Para confeccionarlo, se constituyó un equipo técnico, compuesto por representantes de ambas lenguas, y en el caso del wichí, miembros de las distintas comunidades en las que se hablan las variantes dialectales.

El trabajo fue lanzado recientemente por un equipo de investigación liderado por Verónica Nercesian, investigadora del CONICET en el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas “Doctor Amado Alonso” (IFLH, UBA), en articulación con el Instituto de Investigaciones sobre Lenguaje, Sociedad y Territorio (INILSYT, Universidad Nacional de Formosa) y el auspicio del Área de investigación del Laboratorio de Documentación e Investigación en Lingüística y Antropología (DILA, CAICYT-CONICET). Además, participaron de su confección cuarenta y siete hablantes nativos de las tres provincias argentinas en las que se habla actualmente el wichí: Formosa, Salta y Chaco.

“En algunos casos, además, contiene variantes de subvariedades dentro de esos dos complejos”, explica Nercesian. Y continúa: “Con esto, procuramos respetar la pluricentralidad de la lengua y la tendencia a la simetría entre las variedades que el pueblo wichí siempre ha defendido”. Además, la actualización del diccionario es una tarea dinámica y perpetua, “incluso los usuarios pueden contribuir a través del sitio web”, agrega.

En el camino, el equipo técnico debió tomar todo tipo de decisiones. Cuestiones como qué información agregar hasta cuál era la forma conveniente de listar las palabras, es decir las formas de cita, fueron puntos a debatir dentro del grupo de trabajo. “Dado que la ortografía de la lengua wichí se encuentra en proceso de estandarización, ese tipo de decisiones aún no están tomadas”, argumenta la lingüista. Por este motivo, suelen coexistir variantes ortográficas para una misma palabra, que en el caso del Diwica se ven plasmadas en cada entrada léxica, “a fin de representar esta convivencia de tendencias ortográficas y acompañar el proceso de estandarización en curso”.

Pensado en primera instancia como material impreso, el diccionario fue mutando hacia la virtualidad conforme el contexto. Por tanto, el rol de programación para crear un entorno agradable fue esencial. Así, la posibilidad del intercambio con el usuario enriquece el acervo original: “Las búsquedas serán un insumo. Más allá del trabajo lexicográfico, ampliar la cantidad de palabras es algo que en un diccionario impreso es más costoso”, asegura la investigadora.

Para Nercesian, un diccionario es importante para el desarrollo de lo social en varios sentidos: En primer lugar, constituye una herramienta para la comunicación entre comunidades de hablantes de lenguas diferentes. “Por este motivo, el Diwica es útil para toda la sociedad, no sólo para los pueblos indígenas”, enfatiza. Y agrega: “Muchos maestros y médicos, o empleados de instituciones públicas que no son hablantes nativos de wichí podrían sentir limitaciones por no conocer esta lengua cuando su trabajo lo requiere”.

En segundo lugar, resalta la científica, este diccionario sirve para la alfabetización bilingüe, no sólo porque ofrece la traducción de las palabras de una lengua a la otra, sino también porque sirve de consulta para saber su ortografía. En tercer lugar, un diccionario tiene un valor documental de la lengua, ya que según la investigadora es un registro de las palabras que se usan en la sociedad en una zona y momento determinados. Y finalmente, un diccionario bilingüe ostenta un valor simbólico para la construcción de la equidad lingüística en el país. “Dos lenguas que históricamente fueron colocadas en una posición de asimetría por intereses políticos y económicos, conviven en una obra académica en una situación de paridad, demostrando que aquella asimetría entre las lenguas es, en efecto, una construcción social”, puntualiza Nercesian.

Hacia el futuro, hay aspectos que quedan abiertos: la estandarización y la actualización serán, según el equipo, puntos a considerar. En cuanto a la experiencia, Nercesian explica: “Fue interesante haber experimentado un proceso de construcción de algo novedoso y que tiene potenciales tecnológicos para el uso de las lenguas hacia delante. En definitiva, la publicación on line es la culminación de una primera parte de un trabajo que debe mantenerse y continuar en el tiempo”.

lunes, 20 de septiembre de 2021

"Una mesa, buen café y unos libros"


Jorge Bustamante
publicó el pasado 12 de septiembre, en La Jornada Semanal, de México, una columna que tiene como eje las reflexiones autobiográficas de George Steiner, presentes en algunos de sus textos más personales. En la bajada, se lee: “Dos libros, entre la vasta obra de uno de los pensadores más contundentes de nuestro tiempo, George Steiner (1929-2020): Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (2005) y Errata. El examen de una vida (2009), son el asunto de este artículo. En el sustrato de los grandes temas que lo ocuparon durante su vida, que no fueron pocos, subyace un espíritu lleno de asombro y gratitud por ser ‘un invitado de la vida’”.

George Steiner: Ningún lugar es aburrido

Nuestro conocimiento será siempre incompleto.
Stephen Hawking

George Steiner (1929-2020) creció poseído por la intuición de lo particular, de una diversidad tan tumultuosa que ningún trabajo de clasificación y enumeración podría agotar. Este hecho contundente de la multiplicidad incesante, emparienta al polígrafo y poliglota francés, inglés, alemán e italiano (porque esas eran las lenguas en las que se movía y en las que radicaba su pertenencia) con las preocupaciones de Heráclito y Kierkegaard. Sabía con extraordinaria lucidez que todo fluye, que la razón de la vida y el universo (si es que hay alguna) es el movimiento permanente de todo lo que existe o ha existido, que esa acumulación infinita de sucesos rebasa cualesquier teoría o concepción filosófica o científica acerca del universo, la materia o las pequeñeces más ínfimas de lo existente, que cada vez algo se escapa permanentemente, lo que significaba para él una razón más para la tristeza del pensamiento. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (2005) es un libro breve y punzante: en cada línea se abren espacios para nuevas miradas.

A partir de una respuesta que el pensador dio en su casa de Cambridge al periodista español Borja Hermoso en una entrevista que le realizó en 2016, me vi motivado a revisitar su libro Errata, que había leído y subrayado unos años antes. La pregunta era la siguiente: “¿Qué momentos o hechos cree que forjaron más su forma de ser?Entiendo que tener que huir del nazismo junto a sus padres y saltar de París a Nueva York –magistralmente evocado en su libro Errata…” A lo que Steiner respondió de manera un tanto desconcertante: “Le diré algo que le impactará: ¡Yo le debo todo a Hitler! Mis escuelas, mis idiomas, mis lecturas, mis viajes… todo. En todos los lugares y situaciones hay cosas que aprender. Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria. ‘Nada humano me es ajeno.’ ¿Por qué Heidegger es tan importante para mí? Porque nos enseña que somos los invitados de la vida. Y tenemos que aprender a ser buenos invitados.”

Es a esa patria a la que me quiero referir, a ese espíritu con el que Steiner examina su vida desde la niñez, obteniendo –más que una biografía intelectual– una bitácora de sus aprendizajes, de sus incursiones por las más diversas lenguas, de su pasión por el entorno natural, pero también por la otredad que lo perfecciona, completa y permite ser.

Este reconocimiento se mantiene a lo largo de Errata. El examen de una vida, libro en el que Steiner intenta, sin pretensiones académicas ni ínfulas de sabihondo trasnochado, comunicarnos el devenir intenso de su experiencia vital: su infancia en el París de la preguerra escuchando en la radio, junto a su padre, las noticias provenientes de la Alemania nazi, que ya se erguía como una amenaza; su estancia en el Liceo Francés de Manhattan que “era un hervidero en los años de la guerra” y el resplandor de la vida cotidiana en la Universidad de Chicago, a finales de los años cuarenta, que “sólo un Philip Roth podría expresar con palabras certeras”; su particular apreciación de la música, en la que forma y contenido son apenas pleonasmo, como la poesía de esos virtuosos que fueron Mallarmé y Hopkins, y que Steiner condensa en una idea singular: “la poesía aspira a la condición de música, que es la de una perfecta tautología de forma y contenido”; su preocupación permanente por los aspectos del lenguaje y la traducción, sin los que habitaríamos en provincias lindantes con el silencio; su multilingüismo exacerbado a través de tres lenguas que le eran nativas (inglés, francés, alemán) y muchas otras aprendidas después, que lo emparientan con la estirpe de los Beckett, Nabokov y Borges, quienes transitaban entre las lenguas con absoluto virtuosismo; su inquietud ante los inmensos enigmas e imposibilidades de la ciencia actual, aunque el feroz positivismo nos afirme lo contrario.

Este libro de Steiner es sencillo y delicioso. Es también, a veces, irreverente y burlón. Es un libro lleno de lecturas de otros libros, de ecos, de resonancias inauditas, de reflexiones extraviadas en la memoria de un mundo sin memoria, de hechos que se consolidan sólo en la realidad del lenguaje y el silencio. Su prosa levemente intemperada, un tanto negligente, puede socavar de igual manera los postulados circenses de los posestructuralistas, como los mitos más solemnes de las teorías de Freud. Al “no hay nada fuera del texto” de los primeros, opone el contexto que es el mundo, sin el cual no puede haber ni significado ni comprensión. El psicoanálisis, por su parte, lo llena de incredulidad. No es más que, en su breve y mejor momento con Freud, un relato mitológico del genio. La noción del padre como rival sexual no le parece más que un melodrama irresponsable.

En Errata, el examen de una vida (Ediciones Siruela, 2009) no hay una profunda exploración de ideas ni nada por el estilo, sino apenas una aproximación humana, ética, transparente, a los asuntos que a Steiner le interesaron de esta estación espléndida y extraña que es la vida.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Un anuncio promisorio de la Fundación El Libro

 

El 16 de septiembre pasado, InfoBAE Cultura publicó, sin firma, la escueta noticia del nombramiento de Ezequiel Martínez. De acuerdo con la bajada, “El reconocido periodista, gestor cultural y editor argentino también estará al frente de la Feria del libro, que desde el inicio de la pandemia se realiza de forma virtual”

Ezequiel Martínez es el nuevo director general de la Fundación El Libro


No hay dudas: la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires es uno de los grandes eventos de la escena literaria latinoamericana. Desde que estalló la pandemia, todo se redujo a la modalidad virtual, pero todo indica que el año que viene, entre abril y mayo, volverá a ser presencial.

 

Ya hace un tiempo que Oche Califa no está más al frente de la Feria. Hoy se anunció la incorporación de Martínez a la Fundación El Libro -quien, entre otras tareas, estará a cargo del evento mayor- mediante un comunicado: el reconocido periodista, gestor cultural y editor argentino Ezequiel Martínez fue “elegido mediante un minucioso proceso de selección que comenzó en junio de 2021″, explican.

 

Martínez fue Director General de Cultura de la Biblioteca Nacional entre 2016 y 2020, prosecretario de Redacción Sección Cultura y Revista Ñ desde entre 2003 y 2016, así como también de la revista Viva, colaboró en distintos medios como Infobae y tiene un posgrado internacional Gestión y Política en Cultura y Comunicación.

 

Ha publicado libros de investigación periodística , fue docente en TEA, Universidad de Belgrano y Universidad de Buenos Aires. Además desde 2010 preside la Fundación Tomás Eloy Martínez: es uno de los siete hijos del gran periodista y escritor argentino.

 

La Fundación El Libro es una entidad civil sin fines de lucro que está constituida por la Sociedad Argentina de Escritores, la Cámara Argentina del Libro, la Cámara Argentina de Publicaciones, el Sector de Libros y Revistas de la Cámara Española de Comercio, la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines, y la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines. De ahora en más, Ezequiel Martínez será el Director General de la Fundación.