viernes, 24 de abril de 2026

Declaración de los escritores: "Un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena"


El pasado 20 de abril, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito del escándalo que actualmente está sacudiendo al ambiente editorial francés: Vincent Bolloré, el dueño del grupo Hachette, que apoya a la ultra derecha, ha despedido al prestigioso editor Olivier Nora por cuestiones ideológicas. Según la bajada, " 'Es hora de marcar un límite' alertan escritores como Emmanuel Carrère, Leïla Slimani, Hervé Le Tellier, Gaël Faye y Laurent Binet".

Crece el escándalo editorial en Francia: más de 300 autores repudian al Grupo Hachette y piden una “cláusula de conciencia”

Tras el despido del histórico editor de la editorial francesa Grasset, Olivier Nora, de 66 años, por parte del dueño del Grupo Hachette, el magnate de medios de comunicación afín a políticos de extrema derecha Vincent Bolloré, de 74 años, más de 170 escritores, periodistas y académicos repudiaron la semana pasada la decisión y anunciaron que no publicarán más sus libros en ninguna editorial de Hachette. Entre otros escritores conocidos por los lectores locales figuran Virginie Despentes, Olivier Guez, Laurent Binet, Jean-Paul Enthoven, Bernard-Henri Lévy, Vanessa Springora y Pascal Bruckner. Hasta el presidente Emmanuel Macron aludió al despido de Nora, al defender la semana pasada el “pluralismo ideológico”.

Ahora, en una nueva solicitada liderada por Despentes, Emmanuel Carrère, Hervé Le Tellier, Benjamin Stora y Leila Slïmani, cientos de escritores y académicos pidieron en La Tribune Dimanche la creación de una “cláusula de conciencia” en el sector editorial similar a la que existe para los periodistas en la prensa. “Algunas empresas ahora tienen la ambición, según afirman, de convertirse en actores ideológicos por derecho propio, estructurando narrativas, guiando la imaginación y apoyando líneas políticas explícitas”, alertan sobre el devenir del grupo. Entre los firmantes, aparece el escritor argentino residente en París Diego Vecchio.

“Como resultado, los autores ven sus derechos de publicación y su obra bajo el control de un accionista cuya política editorial rechazan. Los empleados participan en la difusión de discursos políticos con los que no están de acuerdo. Las editoriales publican obras cuyas implicaciones no comparten. El personal trabaja en entornos profundamente transformados, donde el pluralismo desaparece en favor de una única línea editorial”, enumeran, y agregan que “libreros, profesionales de la comunicación y equipos enteros se ven, les guste o no, atrapados en una operación de influencia”.

Como la legislación francesa no contempla ninguna protección en estos casos, aquellos que renuncian lo hacen también a su antigüedad y derechos laborales. “Quedarse significa aceptar una forma de disonancia moral, a veces un sufrimiento real, ya perceptible en las bajas por enfermedad, el agotamiento y el distanciamiento silencioso”, describen.

“Es hora de marcar un límite. Este límite tiene un nombre: la cláusula de conciencia. Existe para los periodistas. Debe extenderse, no para debilitar a las empresas, sino para restablecer un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena. Dicha cláusula debería permitir, en situaciones estrictamente controladas, el reconocimiento de que una empresa ha cambiado su naturaleza hasta el punto de romper el pacto que la vinculaba con quienes trabajan o crean en ella, y abrir el derecho a una indemnización por despido, así como a la recuperación de sus derechos”.

Y concluyen: “Una democracia no puede aceptar que los individuos sean obligados a servir, contra su voluntad, a causas que no han elegido”.

Por su parte, este domingo, Bolloré publicó un descargo a toda página en su periódico Le Journal Du Dimanche (la mitad de la página la ocupa una foto del empresario), titulado “Terremoto”. Allí anuncia que la editorial seguirá adelante pese a la retirada masiva de autores. “Quienes se marchan permitirán que se publiquen nuevos autores”, ironiza Bolloré, que acusa a los firmantes de la carta pública de integrar "una pequeña casta que se cree superior a todo y a todos, que se coopta y se mantiene a sí misma”.

Justifica el despido del editor por el desacuerdo expresado por Nora sobre la publicación del próximo libro del escritor franco-argelino Boualem Sansal, indultado por Argelia por pedido del presidente alemán en 2024, cuya obra denuncia el avance del islamismo en Europa; Sansal dejó el sello Gallimard a inicios de año. Según Bolloré, Nora quería que se publicara a finales de año, mientras que la dirección del grupo impuso la fecha del 6 de junio. También deplora los resultados económicos de Grasset, con una caída en la facturación de tres millones y medio de euros de 2024 a 2025 (no se priva de mencionar la remuneración anual de Nora, de más de un millón de euros). Y anticipa que la dirección de Hachette adoptará “medidas de gestión normales y de sentido común”.

El director ejecutivo del Grupo Hachette, Jean-Christophe Thiery, hombre de confianza de Bolloré y sin trayectoria en el ámbito editorial, reemplazará a Nora en Grasset.

En el canal de televisión CNEWS, propiedad de Bolloré, donde se describió el episodio como “una tempestad en un vaso de agua”, la ministra para la Igualdad y la Lucha contra la Discriminación en Francia, Aurore Bergé, lamentó que en la polémica se atacara a Sansal por el lanzamiento de su nuevo libro en Grasset. “Me sorprendió la campaña de prensa contra Boualem Sansal. Es francés, un gran autor”, dijo.

jueves, 23 de abril de 2026

Una entrevista con el traductor Adán Kovacsics

El pasado 19 de abril, el diario La República, de Lima, publicó una extensa entrevista de Gabriel Ruiz Ortega con el escritor y gran traductor Adán Kovacsis, quien acaba de publicar en la editorial española Acantilado un libro sobre su propia vida y su experiencia en la traducción.



“Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”

El recordado escritor español Javier Marías solía decir que una de las maneras en las que un escritor podía mejorar su estilo de escritura era traduciendo a los grandes escritores. La esencia de esta impresión es compartida por el escritor y traductor nacido en Chile, de ascendencia húngara y nacionalizado español Adán Kovacsics. Kovacsics, en su último libro, llamado Acaece, sin embargo, lo verdadero (Acantilado/título que se inspira en los versos del famoso poema del escritor alemán Friedrich Hölderlin, “Mnemósine”) repasa su vida y su relación con la lectura. El testimonio de vida de Kovacsics es muy importante; de alguna u otra manera, lo hemos leído indirectamente, ya que es uno de los principales traductores al castellano de los mejores escritores contemporáneos. A saber, pensemos en el último premio Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai.

“La traducción ha sido esencial. Yo hice el bachillerato en Viena, hice la carrera universitaria en Viena, todo en alemán. Si yo me hubiera quedado en Austria, habría sido un escritor alemán. Lo que hizo que me apodere nuevamente del castellano fue la traducción. Mi castellano estaba languideciente. Hablaba castellano, por supuesto, pero solo con amigos y con mi hermana. Ese fue un primer camino hacia la escritura”, declara Adan Kovacsics para La República.

En 1967, los padres de Kovacsics decidieron regresar a Europa, más que nada por cuestiones de vida, no por razones políticas. Kovacsics tenía 14 años y su lengua era el castellano. Primero fueron a Hungría y luego se establecieron en Austria. Estos datos son claves para entender su trabajo. Kovacsics no solo es uno de los mejores traductores literarios del mundo, sino que también hay que subrayar que esa labor la ha llevado a cabo con autores de altísima exigencia literaria.

“Mi relación con la literatura es eterna. Mi padre era un gran lector; nuestra biblioteca en Chile era inmensa. En Austria también. La lectura siempre ha sido parte de mi vida. Leía a Thomas Mann a los 15 años. También a autores húngaros, chilenos y españoles. Yo crecí con varias lenguas; la traducción estaba en mi mente permanentemente. Durante mucho tiempo escribía y no tenía la idea del libro, es decir, escribía porque me nacía, no pensaba en publicar. Quien me dio el empujón para publicar fue el editor español Jaume Vallcorba de Acantilado”, precisa Kovacsics. Al respecto, hay que subrayar que, en el imaginario literario en castellano, la editorial Acantilado, junto a otro puñado de editoriales, ha sido determinante en la formación de lectores exigentes (así suene a pose lo dicho).

En los años 80, Kovacsics empieza a traducir y no niega a su maestro, más bien le rinde homenaje: “Mi maestro fue un peruano, fue Juan del Solar. No me canso de decirlo. Cuando lo conocí, él vivía en Sitges. Cuando llegué a España, fui a buscarlo. Uno de los primeros libros que traduje era de Lou Andreas-Salomé. Mi esposa, la poeta Cristina Grisolía, Juan y yo éramos muy unidos. Juan revisaba mis primeras traducciones. Entre lo que había hecho y lo que salía publicado al final había un trecho largo. Yo traduzco como él me enseñó”.

Así como existen pocos autores capaces de decir que han cumplido (nos referimos a logros reconocidos por la crítica y los lectores) con la literatura, esta misma idea del mismo modo se podría proyectar en los traductores. Como indicamos líneas arriba, Kovacsics tiene en su haber varios gigantes. Al premio Nobel de Literatura 2025 sumemos el del año 2002, el también húngaro Imre Kertész. Al respecto, Kovacsics dice: “Hay un largo camino recorrido y yo sí siento que he cumplido con algún cometido, del cual al principio no era consciente, y eso es lo que hace más bello todo. Siento que mi misión fue traer al ámbito de la lengua española el mundo literario, cultural e intelectual, y la sensibilidad también, de Centroeuropa. He traducido a autores conocidos como Kafka y también a desconocidos. Yo sigo traduciendo, pero ya no como antes; estoy traduciendo a los autores que ya he traducido. A László Krasznahorkai lo conozco desde hace muchos años; el primer libro que traduje de él fue Melancolía de la resistencia. Me alegré cuando ganó el Premio Nobel de Literatura”.

Traductores como Kovacsics, que se enfrentan a portentos en donde se reúnen muchas referencias culturales, tienen que estar en un contacto permanente con la lectura. Así suena duro; cualquiera no puede traducir a los autores que ha traducido. “De ninguna manera. Hay que tener un abanico cultural muy amplio. Cuando un autor siente que está ante un buen traductor, que no solo sabe o domina el idioma, lo tranquiliza porque sabe que el traductor va a poner en otra lengua lo que ha querido decir”.

Kovacsics es de los pocos que nos pueden decir hacia dónde va la traducción en tiempos de IA y Google Translator. ¿Basta poner a László Krasznahorkai, Imre Kertészy Stefan Zweig en Google Translator, por ejemplo? “Hace poco di una charla en Granada, que se llamó “La traducción es un deseo”. Hay un deseo esencial de apropiarte de un texto literario a través de la traducción. Puede ser un poema de Leopardi, que lo trasladas del italiano a tu lengua. Ese es un deseo que no lo hace la IA. Es decir, traducir es hacer. Tú rehaces un texto, tú rehaces una novela, tú rehaces un poema a través de la traducción. Hay un deseo de leer, de apropiarte de un texto a través de la lectura, y hay un deseo de apropiarte de un texto a través de la traducción. Eso sigue vivo. Pensemos en la Divina Comedia. Supongamos que la IA traduce la Divina Comedia, que la pone en rima. ¿Qué saldrá de eso? No será lo mismo que la traducción de Ángel Crespo o la que hizo José María Micó, que no mantuvo la rima, pero sí el hexámetro, y salió una traducción maravillosa. Esto no lo hace la IA. Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”.

Acaece, sin embargo, lo verdadero, es un libro libre en discurso. En él, nuestro autor combina ensayo con narrativa. En estas páginas están presentes muchos autores, en especial centroeuropeos; también hay factores históricos que han ligado a Kovacsics con Europa central. Pero la publicación es, en su base, una celebración de la amistad con Imre Kertész. A ello, consignemos el respiro que la recorre y este no es otro que el de la poesía. “La poesía es la fuente de la literatura. Hay narradores natos que tienen prosa poética. Un narrador es distinto cuando tiene en su escritura la presencia de la poesía. La poesía te saca del lugar común, de lo trillado. La poesía está presente también en mi traducción. La palabra inicial siempre es poética”.

Esta lectura nos deja una certeza. Una gran certeza, en verdad. La literatura es un refugio para estos tiempos convulsos y rápidos.

Al respecto, Kovacsics dice: “La literatura es un refugio, pero no para huir, sino para que acaezca lo verdadero. La verdad de la vida se manifiesta en la literatura. Lo que va a quedar, como dice Hölderlin mismo, lo fundan los poetas. Lo que quedará, por ejemplo, de la experiencia del Holocausto, será la literatura. Lo que quedará estará en la literatura, no en otras partes, no estará en las ondas que vemos ahora”.

Entonces, de acuerdo con lo dicho, la literatura nos ayuda a no contaminarnos de lo que pasa hoy en el mundo. “Exactamente como lo dices”.

miércoles, 22 de abril de 2026

Problema para eventuales traductores: el lenguaje bestial y soez del presidente de Argentina


El pasado 17 de abril, en la revista Ñ, el escritor y periodista Osvaldo Aguirre publicó un excelente artículo sobre el lenguaje que emplea en sus comunicaciones el por ahora presidente Javier Milei.

Casta, ensobrados, kukas, econochantas, empresaurios, mandriles, la lengua hiriente del poder

Ensobrados, kukas, econochantas, empresaurios, mandriles y en particular casta, un nuevo modo de nombrar al adversario. Junto con los cambios radicales en la legislación penal y laboral, el gobierno de La Libertad Avanza impone un vocabulario elaborado a través de las redes sociales. El discurso libertario combina insultos, neologismos y juegos de palabras, comparte términos con el habla de otros movimientos de derecha y se apropia de conceptos de sus enemigos. La batalla política se libra también en el lenguaje.

“Casta”, dice Sergio Morresi, “fue una palabra que estaba en el aire de la política de los últimos años, vinculada a una insatisfacción extendida acerca de los resultados de los gobiernos, en la Argentina y en otros países”. Acuñada por la izquierda europea, cambió de signo y articuló un léxico más amplio. “En Italia y en España estaba claramente vinculada a los políticos; lo distinto del mileísmo fue la forma en que extendió la palabra para nombrar a los empresarios, los periodistas, los universitarios, hasta los empleados públicos y los que recibían planes de asistencia”, agrega el investigador del Conicet y profesor en la Universidad Nacional del Litoral.

“El insulto como estrategia. Un análisis de 113.000 tuits del presidente Milei”, el estudio reciente del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), identificó tres patrones del lenguaje “que en escenarios políticos anteriores no habían sido definidos como una tendencia constante y sobre los cuales discurren los insultos”: la animalización (mandril, domado, burro, rata, cerdos, parásitos); la sexualización (vaselina, envaselinados, culo) y lo repulsivo (basura, maloliente, inmundicia, putrefacto). Un diccionario “en clave de bullying”, escribe el historiador Sebastián Carassai en el libro colectivo Argentina (re)sentida. Un mapa emocional del presente.

Según Morresi, “los insultos y la descalificación del periodismo forman parte de un libreto de los actores de la derecha radical: lo vemos en EE. UU., en Hungría, en Polonia”. Gastón Cingolani, doctor en Lingüística por la Universidad de Buenos Aires y presidente de la Asociación Argentina de Semiótica, destaca la incidencia del panelismo “como formato y como sistema argumentativo” en el discurso: “El que habla puede mezclar sin solución de continuidad una argumentación con una agresión, algo que apunta a lo emotivo en el mismo plano que algo organizado racionalmente, con la voluntad de llegar a un acuerdo no con el adversario sino con la audiencia. El fin justifica cualquier medio, inclusive rompiendo reglas de la racionalidad, con la agresión y su anverso, la victimización”.

“El insulto en política es algo habitual –afirma la socióloga Sol Montero–. Puede haber una cuestión de grado, uno puede decir que estigmatiza, que deshumaniza, y por supuesto así lesiona la vida democrática. Pero la particularidad del insulto en el caso de Milei tiene que ver con los destinatarios: el blanco son los ciudadanos comunes. Cuando la cuenta oficial del presidente de la Nación insulta a un niño que además está en situación de vulnerabilidad, a mujeres, científicos, artistas, hay un rasgo novedoso: un presidente que insulta a la sociedad a la que gobierna atenta contra un elemento central del pacto democrático”.

Cingolani agrega memes y expresiones meméticas de la cultura tuitera y de las redes, como “es exactamente lo que voté”, un latiguillo identitario. “Al igual que buena parte de la derecha contemporánea, Milei vino a metabolizar cierto cansancio de la política como máquina de gestos aprendidos y sostenidos en el tiempo. Ese cansancio generó el cambio de reglas de juego porque volvió insustentable lo que se creía la base de la democracia, la discusión racional, la no agresión. Allí encuadran los términos disruptivos que hagan falta, cualquiera de ellos, escudados además en el espontaneísmo”, analiza el también profesor en la Universidad Nacional de La Plata.

En su artículo “La lengua libertaria, eco de una nueva sensibilidad política”, Sebastián Carassai registra el impacto de “los malos modos de Milei” en entrevistas con simpatizantes del gobierno. “La lengua exaltada y a veces soez”, dice, resulta convincente: “contrasta con la de los políticos tradicionales y tanto quienes la celebran como quienes la toleran le atribuyen una sinceridad y claridad que oponen a la hipocresía de la lengua política de los adversarios”.

Según el estudio de Fopea, uno de cada siete posteos del presidente contuvieron ofensas “que usó para silenciar a la prensa, estigmatizar a la oposición y movilizar a sus seguidores”. Sergio Morresi destaca continuidades y rupturas: “La idea de que el periodismo está comprado y es operativo para un interés distinto al auténtico nos acompaña desde hace mucho en la Argentina. Puede ser más terrible en Milei porque utiliza el poder político para atacar personalmente a los periodistas. También lo vemos con Trump, pero en el caso argentino hay una rueda que venía andando. Lo mismo al hablar de los empresaurios, lo que antes llamábamos “la patria contratista”. Lo novedoso es la integración de estas ideas dentro del engranaje que sería la casta que el gobierno viene a destruir, y la recuperación del bagaje anticomunista tradicional reempaquetado en una lucha de la civilización”.

En ese plano el discurso libertario tiene resonancias trasnacionales. “Hay una idea antigua del zurdo, comunista, socialista como el enemigo ya no del proyecto político, sino del proyecto cultural que viene a encarnar La libertad Avanza –sigue Morresi–. En el discurso de Vox el zurdo se asocia con el criminal irredimible, hay un encadenamiento de significados que trasciende al caso argentino y criminaliza las posiciones de izquierda, incluso aunque no sean anticapitalistas: empieza en el progre, no en el comunista revolucionario”. Tampoco la discusión sobre la última dictadura, “una apuesta en función del presente”, resulta exclusiva del mileísmo: “Lo vemos con Bolsonaro reivindicando a la dictadura brasileña, con José Antonio Kast y al pinochetismo, con Vox y el franquismo. El pasado antes ominoso ahora es celebrado y puesto a resignificar en sociedad y en público”.

Sol Montero resalta “la reapropiación de términos de otras ideologías y de otras geografías”, como woke y batalla cultural, “una expresión del marxismo para la disputa por la hegemonía cuando no se tiene el poder económico”. El discurso libertario invierte los sentidos. “Algo parecido ocurre ahora con fake news, un término de la sociedad civil para denuncias noticias falsas. Lo vemos también en Trump cuando habla de the fake news media, como un nombre propio. La Oficina de Respuesta Oficial del Gobierno va en ese sentido”.

La Oficina de Respuesta Oficial despliega “un sistema de construcción discursiva paralelo al de las redes”, dice Gastón Cingolani. “Busca más la provocación que la certificación de una verdad. Ese combustible emotivo resulta más valioso que confirmar la certeza de una acción de gobierno, porque fortalece los posicionamientos del Gobierno. Más que destruir fake news u operaciones mediáticas, esta oficina las alimenta”. El modelo sería el del troll, “lo que interesa es indignar, y eso es parte del ecosistema mediático en el que funciona el mileísmo”.

Según Fopea, los insultos más frecuentes en los tuits presidenciales fueron kuka (2.286 menciones), casta (1.815), delincuente (1.023) y mandril (904). El uso de esta última palabra en las redes sociales se intensificó durante “la puesta en marcha de políticas que generaron amplio debate social y político”; el término “se convirtió en herramienta de movilización y engagement particularmente efectiva en contextos de incertidumbre económica” y en definitiva “la estrategia comunicacional agresiva se reveló efectiva para la viralización de estos contenidos”. El insulto tuvo sus razones.

martes, 21 de abril de 2026

Hoy, martes 21 hs., mesa de traductores

 

Invitados por Eugenia Zicavo, para su programa Modo Libro, de Futurock, hoy  estamos en el canal de Youtube de Futurock. 

lunes, 20 de abril de 2026

"Cada nueva librería introduce una anomalía"


En su columna dominical de ayer, del diario Perfil, el escritor y traductor Guillermo Piro escribió la siguiente reflexión sobre la importancia de las librerías.

El arte de insistir

La frase se repite con una naturalidad que la vuelve casi administrativa: una notificación más en la larga cadena de avisos que informan, con dramatismo, que algo dejó de existir. En Buenos Aires, pero también en Santiago de Chile, en Montevideo, en Ciudad de México o en Madrid, la escena adopta formas previsibles: liquidaciones discretas, mudanzas que no se concretan, persianas que bajan sin ceremonia, librerías que cierran.

Las cifras no hacen más que ordenar la intuición. En España, por ejemplo, casi la mitad de los títulos disponibles no vende ni un solo ejemplar al año. El dato, más que alarmar, aclara: no se trata de una crisis puntual sino de una saturación estructural: se publican más libros de los que pueden leerse.

Cerrar una librería, entonces, no constituye un acontecimiento. Es, en todo caso, la resolución lógica de un proceso que ya estaba en marcha. No hay estruendo, no hay escándalo. Lo que sí hay es una leve incomodidad que se disipa rápido, como si la ciudad hubiera aprendido a reorganizarse sin necesidad de esos espacios.

Cada nueva librería introduce una anomalía. Alguien decide, contra toda evidencia disponible, que tiene sentido reunir libros en un mismo lugar físico. No se trata ya de detectar una oportunidad de negocio, sino de insistir en una forma de experiencia.

Y, sin embargo, los ejemplos existen, incluso en contextos donde parecerían menos probables. Hace apenas un mes, una filial de Feltrinelli abrió en Montevideo. El dato podría leerse como una expansión empresarial más, pero resulta difícil no percibir ahí algo ligeramente incongruente: una gran cadena europea que decide desembarcar en un mercado pequeño, inestable, periférico. Como si la lógica del negocio se mezclara, inevitablemente, con otra cosa más difícil de justificar.

Porque la dificultad no es únicamente económica, aunque eso bastaría. Las ciudades cambiaron. La gentrificación en Santiago o en Madrid, la presión inmobiliaria en Buenos Aires, la expansión desordenada en Ciudad de México: todo contribuye a desplazar todo aquello que no produce una rentabilidad inmediata.

A eso se suma una transformación más sutil: la del propio lector. Leer no dejó de ser una práctica extendida, incluso podría decirse que se amplió. Pero el modo de acceso se modificó. El lector ya no depende de un recorrido físico; recibe recomendaciones, accede a catálogos infinitos, compra sin moverse de casa. La librería, que antes funcionaba como mediación, perdió centralidad. Y sin embargo, así quedó eliminado algo difícil de reemplazar: la contingencia. Entrar en una librería implicaba aceptar la posibilidad del error, del hallazgo involuntario. Esa lógica, que no optimiza nada, es precisamente la que hoy parece fuera de lugar.

De ahí que abrir una librería adquiera un carácter casi anacrónico. En Buenos Aires, donde todavía persiste una tradición librera que resiste a fuerza de inercia cultural; en Montevideo, donde cada apertura es casi un acontecimiento; en Santiago, donde surgen espacios híbridos que combinan café, editorial y librería; en México, donde pequeños proyectos intentan disputar un lugar en medio de estructuras gigantes; en España, donde conviven cierres constantes con inauguraciones obstinadas. En todos esos casos, abrir implica sostener una convicción que no encuentra respaldo en las cifras.

Se podría decir que las librerías cierran porque el mundo que las hacía necesarias también se fue cerrando. No desaparecen de manera aislada; forman parte de una transformación más amplia que reorganiza la circulación cultural y los hábitos cotidianos.

Por eso la sorpresa debería invertirse.

No sorprende que las librerías cierren en Buenos Aires, en la Argentina, en Chile, en Uruguay, en México o en España. Sorprende que alguien, en cualquiera de esos lugares, decida abrir una.

Es una forma de insistencia. Una manera –quizá la última– de sostener la idea errónea de que la lectura todavía necesita un lugar.

viernes, 17 de abril de 2026

Otra mirada al informe de la CAL

"El informe anual de la Cámara Argentina del Libro revela una industria en tensión: se publicaron un 17% más de títulos que en 2024, pero la tirada total se desplomó un 34%. La retirada del Estado del mercado editorial explica gran parte de la paradoja. Las PYMES resisten, pero cada vez con menos ejemplares." Tal es la bajada del artículo publicado por Enrique Garabetyan en el diario Perfil, el pasado 13 de abril.

Tendencia: más títulos que nunca, pero menos libros impresos marcan la paradoja del mercado editorial argentino

Más libros que nunca. Menos ejemplares que en años. Y casi sin Estado. Ese es el mejor resumen del último iIforme de producción del libro argentino 2025, elaborado por la Cámara Argentina del Libro (CAL) junto con el Núcleo de Innovación Social, retrata una industria que creció en diversidad pero se contrajo en volumen, sacudida por el retiro abrupto del sector público como comprador y editor.

Los números son elocuentes: la Agencia Argentina de ISBN registró 36.942 publicaciones el año pasado, un 17% más que en 2024 y un 9% más que en 2023.

El formato físico alcanzó su valor más alto de la serie histórica, con 27.650 títulos. Sin embargo, la tirada total cayó a 34,6 millones de ejemplares, una reducción del 34% respecto a los 52,6 millones del año anterior y comparable a los niveles de 2019. El sector editorial argentino publicó más que nunca, pero imprimió como hace seis años.

La influencia del Estado en la industria editorial
La explicación central de esa paradoja está en el Estado. La edición estatal y las compras institucionales pasaron de representar el 29% de la tirada total en 2024 -unos 14,5 millones de ejemplares- a apenas el 5% en 2025, menos de 2 millones. En un año, el sector perdió más de 12 millones de copias que el Estado dejó de encargar o financiar. Una sangría que ningún otro segmento del mercado pudo compensar.

"El informe nos permite ver la evolución de las diferentes variables a través del tiempo. Al fin y al cabo, todo aquello que se puede medir, se puede corregir", señaló Juan Pampin, presidente de la CAL y editor. La frase suena casi como un programa político para un sector que, a juzgar por los datos, enfrenta transformaciones de fondo.

El Sector Editorial Comercial (SEC), integrado por empresas cuya actividad principal es la edición de libros para librerías y distribuidores, registró 11.119 publicaciones con una tirada de 14,34 millones de ejemplares —un crecimiento del 29% respecto a 2024 dentro de ese segmento—, pero la tendencia de fondo muestra tiradas iniciales cada vez más pequeñas.

El 26% de las novedades declaran menos de 600 ejemplares, una cifra insuficiente para abastecer las aproximadamente 1.500 librerías que hay en el país. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires hay 400.

Esta brecha es amplía. En 2016, por cada ejemplar registrado por las PYMES, los grandes grupos declaraban casi 2 (1,8). En 2025, esa relación trepó a 2,53. Las editoriales independientes publican más títulos que nunca, pero en tiradas cada vez más acotadas, con menor alcance territorial y menor capacidad de competir en estanterías.

El soporte papel, que algunos daban por moribundo, volvió a ganar terreno: representó el 78% de las publicaciones del SEC, contra el 72% del año anterior. Nueve de cada diez son ediciones en rústica, impresas casi en su totalidad en Argentina.

El fenómeno de la autoedición
Uno de los datos más llamativos del informe es el crecimiento sostenido de la autoedición. En 2025 alcanzó un pico histórico de 6.078 publicaciones, con un crecimiento superior al 58% desde 2016. Autores que deciden publicar por fuera de los circuitos tradicionales, plataformas que abaratan los costos de impresión y distribución digital, y una democratización del acceso al registro ISBN explican en parte el fenómeno. No es solo una curiosidad estadística: la autoedición ya representa una porción significativa del ecosistema editorial argentino y plantea preguntas sobre la cadena de valor, la curaduría y la visibilidad en un mercado saturado de títulos.

En cuanto a las temáticas, los libros infanto-juveniles lideran tanto el registro general (17%) como el SEC (28%), con tiradas que se sostienen en torno a los 3.000 ejemplares. Los siguen ficción y afines (18% en el SEC, con tiradas promedio de 2.000 ejemplares), sociedad y ciencias sociales (9%) y derecho (9%, con tiradas de apenas 400 ejemplares).

El inglés sigue siendo el idioma de origen dominante en las traducciones (66%), seguido del francés (12%) y, por tercer año consecutivo, el japonés (5%), fenómeno que no puede desvincularse del auge del manga y la cultura pop japonesa entre los lectores más jóvenes. El 7% de las obras registradas son traducciones, proporción estable a lo largo de toda la serie histórica.

Geográficamente, la concentración sigue siendo un rasgo estructural: la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma reúnen el 74% de los registros. El resto del país edita, pero en los márgenes.

El informe completo está disponible en la plataforma Issuu de la CAL y se complementa con el monitor editorial interactivo, una herramienta de consulta pública que permite comparar variables a lo largo del tiempo.

jueves, 16 de abril de 2026

"El fenómeno de la autoedición sigue en ascenso"

"El informe de la CAL sobre la producción de 2025 plantea el paisaje en el que se desarrollará desde el próximo jueves el mayor encuentro entre lectores, autores y editores." Eso dice la bajada de la nota que Daniel Gigena publicó en La Nación, de Buenos Aires, el pasado 14 de abril.

Antesala de la Feria del Libro: se publicaron más novedades, se redujeron las tiradas y las compras estatales cayeron en picada

En la antesala de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que abrirá al público el jueves 23 en La Rural, la Cámara Argentina del Libro (CAL) presentó el informe de producción del libro argentino de 2025 elaborado con profesionales del Núcleo de Innovación Social.

El año pasado, con un total de 36.942 publicaciones, hubo un 17% más de novedades que en 2024 y un 9% más que en 2023. La CAL explica este incremento por el “repunte” del libro en papel, mientras que el libro electrónico se mantuvo en un 25% del total. No obstante, la producción total de ejemplares cayó un 34% respecto de 2024, con 34,6 millones de ejemplares (en 2024, habían sido 52,6 millones). Más de catorce millones de ejemplares dependieron del sector editorial comercial (SEC).

La caída en la producción se explica, en parte, porque las ediciones estatales y las compras institucionales, con fines educativos y sin fines comerciales, se redujeron drásticamente tras la decisión de las autoridades del Ministerio de Capital Humano y de organismos provinciales. Pasaron de representar el 29% en 2024 (con 14,5 millones de ejemplares) al 5% en 2025, con menos de dos millones de ejemplares. Se rompió así un ciclo expansivo iniciado en 2021, en plena pandemia. LA NACION pudo saber que en 2026 volvió la compra de libros por parte del Estado, en un volumen que va de los ocho a los diez millones de ejemplares.

La merma en la producción también se justifica por la baja en las ventas. “El mercado no está respondiendo a las propuestas; hay una caída muy fuerte de ventas y eso se ve reflejado en la cantidad de libros que se hacen -dice a LA NACION Juan Manuel Pampín, presidente de la CAL y editor de Corregidor-. La tirada de moda es de seiscientos ejemplares; si pensamos que la Argentina tiene más de 1200 librerías, necesariamente va a resentir la distribución y el recorrido de los libros”.

“Las editoriales, en vez de concentrarse en tiradas más grandes, de tres mil ejemplares, por ejemplo, quizás ahora prefieren hacer seis libros de quinientos ejemplares –ilustra–. Por eso se ve gran cantidad de novedades con tiradas más chicas”.

La concentración territorial se mantuvo tan estable como poco federal: el 74% de los títulos registrados se publicó en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires. Respecto de las temáticas, la literatura infantil y juvenil lidera con el 17% (y con el 28% en el SEC), seguida por la ficción y temas afines, con el 16% (18% en el SEC), al igual que las biografías y los estudios literarios. Al final de la tabla, con un 2%, están los libros de economía, finanzas, empresas y gestión. Las traducciones alcanzaron un exiguo 7%; seis de cada diez fueron hechas del inglés y, respecto de las temáticas, se privilegiaron la ficción y la literatura infantil y juvenil.

El fenómeno de la autoedición (con todos los costos a cargo de los autores) sigue en ascenso: en 2025 alcanzó un pico histórico de 6078 publicaciones y casi un millón y medio de ejemplares; en muchos casos, los autores suelen apoyarse en empresas que brindan servicios de edición. El audiolibro, en cambio, continúa sin hacerse escuchar en la Argentina: no llegó al 1% de los títulos registrados (fueron apenas 27).

En el SEC se registraron 11.119 publicaciones, con un total de 14,34 millones de ejemplares; el 74% de los nuevos títulos lo editaron editoriales medianas y pequeñas. Sin embargo, mientras que los grandes grupos mantuvieron estable el volumen de ejemplares editados, las editoriales medianas y pequeñas redujeron a la mitad su tirada en los últimos diez años. La tirada promedio sigue siendo de mil ejemplares, aunque un 26% de títulos tuvo tiradas de menos de seiscientos ejemplares. En ambos casos, resulta insuficiente para abastecer a las más de 1200 librerías del país.

Los libros en papel representaron el 78% (8665) de las publicaciones totales del sector comercial, contra el 72% (7291) de 2024. Fueron ediciones de encuadernación rústica (88%) impresas casi en su totalidad en la Argentina (86%).

De las 11.119 publicaciones del SEC, 830 fueron libros de texto realizados por 38 empresas, lo que marcó un leve crecimiento respecto de los últimos tres años, cuando dependían de 34 empresas.

Por otro lado, el circuito de kioscos alcanzó el 23% de los ejemplares totales, con tiradas promedio de 7000 ejemplares y un fuerte enfoque en la temática infantil y juvenil, en ediciones de tapas duras y “de colección”.

En los últimos cuatro años, la mayor parte de las novedades se publica entre febrero y marzo, previo al inicio de la Feria del Libro porteña, para alcanzar un nuevo pico entre el segundo y el tercer trimestre, cerca de la Feria de Editores y de las Fiestas, respectivamente.