martes, 10 de marzo de 2026

Un informe de hábitos de lectura en España

En su edición del 12 de febrero, del eldiario.es, hay un artículo firmado por Carlos Rey sobre los datos del último Informe de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España. 

Sin las mujeres y los jóvenes, apenas se leería en España

Es el mayor termómetro que tenemos para saber cuánto y cómo se lee en nuestro país, y también sirve para desmontar algunos mitos y confirmar unas cuantas certezas. El Informe de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, preparado por la Federación de Gremios de Editores, nos acerca cada año sus resultados. En el curso pasado ya hablamos de uno de los datos más llamativos, y que nos habla de las ideas preconcebidas de muchos de los que superan ya la treintena: los jóvenes no sólo leen, sino que leen mucho más que otras franjas de edad. En 2025, el informe muestra además un aumento: el 76,9% de los encuestados lee por ocio, un 1,6% más que en el año anterior. La diferencia con la siguiente franja de edad, la de 25 a 65 años, es casi de diez puntos.

Otro de los datos significativos del informe no debería ser ya ninguna sorpresa: las mujeres leen más que los hombres, y además con diferencia: un 72,3% frente a un 59,8%. Pero casi tan revelador como esa cifra es las razones elegidas mayoritariamente por cada sexo para explicar por qué no se lee con más frecuencia: entre ellas, la principal es la falta de tiempo. Entre ellos, la preferencia por otros entretenimientos y la falta de interés.

Ambos datos juntos, lo que simiente la creencia popular y lo que confirma algo siempre sospechado, nos dan también una imagen que no siempre concuerda con lo que nos encontramos en las librerías. Si es cierto que en los últimos años el fenómeno young adult ha crecido enormemente, con las editoriales buscando explotar el filón de esos jóvenes que muchos pensaban que solo miraban TikTok, pero a los que nadie parecía prestarles atención cuando sostenían un libro en la mano, la oferta que llega a las librerías cada vez es eminentemente adulta. Esto es, escrita por adultos y pensada en un público que ya peina canas.

Por otro lado, si bien cada vez se publican más autoras, los autores siguen siendo mucho más numerosos, y las figuras literarias más respetadas siguen siendo en su mayoría hombres. Por supuesto, los jóvenes y las mujeres no solo leen a jóvenes o mujeres, pero hay una desconexión entre lo que se publica y quienes lo leen. Cada vez menor, podemos argumentar, pero la sigue habiendo.

lunes, 9 de marzo de 2026

En su mínima expresión, por ahora, el Programa Sur milagrosamente sobrevive al actual gobierno


"Desde Cancillería informaron que la convocatoria de este año se abrirá “dentro de los plazos reglamentarios.” Tal es la bajada del artículo que publicó Daniel Gigena, en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 15 de febrero.

De El Eternauta al griego a La cautiva al azerbaiyano, las traducciones que financió el Estado

El Programa Sur de apoyo a las traducciones de la Dirección de Asuntos Culturales de Cancillería, que se redujo drásticamente a cinco cifras con este Gobierno, aprobó en 2025 subsidios para la traducción de diecisiete obras de poesía y ensayo de autores argentinos al alemán, el griego, el persa, el italiano, el polaco y el serbio, entre otros idiomas. Si bien la cantidad de títulos es igual a la de 2024, el monto total superó la marca mínima del anteaño pasado: subió de 33.500 a 44.184 dólares.

Los subsidios por título van de los 1800 a los 3200 dólares y se harán efectivos recién cuando las obras se hayan publicado. El Programa Sur financia parte del costo de la traducción de obras de autores locales, en vista de la internacionalización de las letras argentinas y el fortalecimiento de la economía de la cultura.

Entre las propuestas seleccionadas por un comité de especialistas -que intregran ad honorem la escritora y académica María Rosa Lojo, el investigador Alejandro Dujovne, la directora de la Biblioteca Nacional Susana Soto,; el periodista Ezequiel Martínez (por la Fundación El Libro), y Diego Lorenzo, de Cancillería- aparecen ensayos de Alfonsina Storni (cuya obra es muy requerida año a año por editores extranjeros), clásicos de Esteban Echeverría (La cautiva se traducirá al azerbaiyano) y Juana Manuela Gorriti (La tierra natal se leerá en bengalí), poemas de Vicente Barbieri y Leónidas Lamborghini, y ensayos de Ricardo Piglia (Formas breves pasará al francés) y Juan José Saer: El río sin orillas tendrá una edición en persa.

La versión de El Eternauta de 1969, de Héctor Germán Oesterheld y Alberto Breccia, será publicada por una editorial griega.

También se atendieron solicitudes de editores extranjeros para traducir obras de escritores contemporáneos como El ojo de Celan, poemario de Susana Szwarc y Extranjero en todas partes: los días argentinos de Witold Gombrowicz, de Mercedes Halfon. Los poemas reunidos en Fantasmas buenos, de Cecilia Pavón, se leerán en árabe; el breve ensayo sobre el arte de caminar, Caminantes, de Edgardo Scott, en alemán; Cocina, cuisine y arte, de Carina Perticone, al griego, igual que Nadadores lentos, de Santiago Loza. Entre tus siestas, de Brenda Howlin se traducirá al polaco, y los recomendables Borges crítico, de Sergio Pastormerlo, e Identidades. Ensayos de literatura eslava, de Eugenio López Arriazu, al albanés y al serbio, respectivamente.

Desde Cancillería informaron que la convocatoria de este año se abrirá “dentro de los plazos reglamentarios”.


viernes, 6 de marzo de 2026

"El periodismo firma. Da la cara. Se equivoca en público. Pide disculpas o se hunde con su propio error"

En consonacia con la noticia publicada ayer, esta columna de Guillermo Piro, publicada en el diario Perfil, del 15 de febrero de este año.

Periodismo y contenido

Hay una confusión que se volvió costumbre, y como toda costumbre ya casi no se discute: llamar periodismo a cualquier cosa que se publique, y llamar diario a cualquier soporte. Todo es “contenido”. Un hilo, un video, un newsletter, una story, una reacción, un meme, un recorte, una opinión tibia sobre algo que pasó hace diez minutos. Contenido. Y en esa palabra cómoda, imprecisa, blanda, el periodismo se fue diluyendo como un whisky rebajado con agua de la canilla.

El periodismo –el de verdad, el que molesta– no nació para llenar espacios ni para optimizar métricas. No nació para acompañar marcas ni para generar conversación. Nació para contar lo que alguien preferiría que no se contara, algo sobre lo que George Orwell escribió una de las sentencias más incontestables de las que se tenga memoria: “Una noticia es algo que alguien no quiere que se publique. Todo lo demás son relaciones públicas”. El periodismo nació para hacer preguntas incómodas, para perder amigos, para ganarse enemigos, para bancarse llamados furiosos, cartas documento y silencios larguísimos. El contenido, en cambio, quiere caer bien. Quiere agradar. Quiere circular. Si no circula, fracasa.

El contenido es obediente. Se adapta al formato, al algoritmo, al humor del día. Si hoy rinde la indignación, se indigna. Si mañana rinde la nostalgia, se pone melancólico. El periodismo no debería rendir: debería resistir. Resistir a la simplificación, a la falsa urgencia, a la tentación del atajo. Resistir, incluso, al propio periodista cuando quiere opinar antes de entender.

El contenido suele empezar con una conclusión y después busca los datos que la confirmen. El periodismo empieza con una duda y tolera que la respuesta no cierre, no guste o no llegue nunca. El contenido se mide. El periodismo se sostiene. No porque sea romántico, sino porque es incómodo de medir, cifrar y calcular. ¿Cómo se mide una pregunta bien hecha? ¿Cómo se mide una investigación que no explotó pero dejó algo torcido para siempre?

Hay contenido brillante, ingenioso, divertido. No es un problema de calidad estética. Es un problema de función. El contenido acompaña. El periodismo interrumpe. El contenido llena el silencio. El periodismo lo crea. Donde hay demasiado contenido, no hay vacío para pensar. Todo está dicho antes de ser pensado, opinado antes de ser entendido, compartido antes de ser leído.

Además, el contenido no asume responsabilidades. Se puede borrar, editar, corregir sin dejar huella. El periodismo firma. Da la cara. Se equivoca en público. Pide disculpas o se hunde con su propio error. El contenido pasa de largo. Nadie le exige demasiado porque, total, era solo contenido.

Llamar periodismo al contenido no es un error inocente. Es una forma elegante de desactivarlo. Si todo es lo mismo, nada importa demasiado. Si todo es periodismo, el periodismo deja de existir como práctica específica, con reglas, con ética, con riesgos. Se vuelve una categoría estética, no política.

No se trata de nostalgia por una redacción llena de humo y egos, donde los periodistas escribían con dos dedos y con los pies sobre el escritorio, porque los que escribían con diez dedos y manteniendo la posición corporal correcta eran los mecanógrafos. Se trata de entender que informar no es producir, y que publicar no es investigar. Que no todo lo que aparece en una pantalla merece el mismo respeto ni goza de la misma impunidad.

El periodismo no compite con el contenido. Vive en otro lugar. Más incómodo, menos rentable, menos sexy, menos entretenido. Y por eso mismo, más necesario. Cuando el periodismo se disfraza de contenido para sobrevivir, pierde. Y cuando el contenido se hace pasar por periodismo, lo que perdemos somos nosotros.

jueves, 5 de marzo de 2026

La contribución del billonario Jeff Bezos para destruir el periodismo cultural estadounidense

"En un artículo publicado recientemente se vincula los despidos masivos en el Washington Post con una concepción del lector reducida a consumidor, guiado por métricas y algoritmos que solo devuelven lo ya conocido. Bajo la órbita de Jeff Bezos (foto), el diario histórico parece asumir la misma lógica que rige a Amazon: confirmar gustos preexistentes. El resultado es un ecosistema cultural cada vez más estrecho, donde las operaciones intelectuales desaparecen". Tal es la bajada del artículo publicado por Omar Genovese, el pasado 14 de febrero, en las páginas de cultura del diario Perfil.

Crisis en EE.UU.: eliminan la crítica de libros en el Washington Post

La popularidad no siempre es una medida de mérito y, en cualquier caso, no es estática. En lo que la gente hace clic –y lo que cree que le gusta– depende en gran medida de lo que tiene a su disposición. Los públicos se crean y se mantienen, no se descubren preformados, como las formaciones rocosas. Es una señal de una imaginación fatalmente limitada asumir que solo podemos desear la miseria con la que actualmente estamos reconciliados. Es normal que, en una declaración lamentable y débil sobre la carnicería, el editor ejecutivo del Washington Post, Matt Murray, refiriera a los suscriptores del periódico no como “lectores”, sino como “consumidores”. Un consumidor es una persona cuyos gustos preexistentes se satisfacen una y otra vez; un lector es alguien a quien se espera cambiar, convencer y sorprender.”

“En su discurso robótico del fin de semana, Bezos explicó su lógica para con los recortes, tal como es. 'Cada día, nuestros lectores nos dan una hoja de ruta hacia el éxito', dijo. 'Los datos nos dicen qué es valioso y dónde enfocarnos'. La perspectiva de un periódico que halaga a sus lectores regurgitando lo que ya consultan es familiar y deprimente. Me recuerda al otro producto estrella de Bezos, otro servicio que asestó un golpe desastroso a los libros. En Amazon se ha eliminado la gloriosa incomodidad de curiosear en las estanterías o rebuscar entre montones. Ya no hay necesidad de tomar un libro desconocido por pura curiosidad. Cada libro que recomienda el algoritmo del sitio es similar a uno que ya has comprado. De esta manera, solo encuentras de ti mismo para siempre. Es un mundo en el que el cliente siempre tiene la razón. Pero si no quieres que te demuestren que estás equivocado, si no quieres que te alteren o te antagonicen de maneras que nunca podrías predecir, ¿por qué leerías?”.

Así termina el artículo de Becca Rothfeld publicado el martes pasado en el New Yorker bajo el título “La muerte del mundo del libro”. En este, además, hace un recuento de su carrera como crítica de libros de no ficción en el Washington Post, desde abril de 2023 hasta la ola de despidos ocurrida el pasado 4 de febrero, cuando uno de cada tres empleados (300 de un total de 800) dejaron de pertenecer al prestigioso diario estadounidense. En semejante sangría, desaparecieron tres sectores de información: deportes, la redacción de noticias locales, los suplementos sobre arte y libros (Book World).

Pero Becca también menciona la crisis del periodismo cultural en otros espacios de información: Associated Press dejó de publicar reseñas de libros en el otoño boreal pasado; mientras el Times Book Review es la última sección de libros en diarios que queda en pie. Así, si el lector estadounidense quiere leer sobre literatura debe recurrir a publicaciones más antiguas y prestigiosas, como London Review of Books y The New York Review of Books. Y para lectores especializados existen revistas de culto como Bookforum y recién llegadas, irreverentes, como The Drift y The Point (esta última editada por Rothfeld, a la que deseamos mucha suerte).

En 2013, el calificado globalmente como tecnobillonario Jeff Bezos adquirió el Washington Post por US$ 250 millones. Excede este espacio analizar el motivo de la crisis en el diario, pero amerita hacer un recuento de las conductas corporativas de Bezos. Por empezar, no es ajeno a la profanación de derechos de autor y de editoriales ocasionado por el uso de libros piratas digitalizados para el aprendizaje de los algoritmos que desarrollan empresas de inteligencia artificial. La semana pasada, en esta página, señalamos que “Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior”. Su imperio comercial se sustenta en una participación aproximada del 10% en Amazon, lo que sostiene un patrimonio neto cercano a los US$ 250 mil millones.

Como accionista, Bezos posee una cartera diversa que incluye a la empresa aeroespacial Blue Origin, donde invirtió más de US$ 8 mil millones en el desarrollo de cohetes reutilizables y una red con 5.408 satélites.

En posesiones inmobiliarias supera los US$ 600 millones, que incluyen una propiedad de US$ 165 millones en Beverly Hills, un Búnker de los Billonarios de Miami valuado en US$ 237 millones y U$S 119 millones como condominios en Manhattan. En activos de lujo cuenta con el megayate Koru, de US$ 500 millones, más una flota de aviones privados por US$ 200 millones.

Pero su presencia en empresas se extiende con operaciones a través de Bezos Expeditions, donde comenzó con una inversión inicial de un millón de dólares en Google y US$ 112 millones en Airbnb. En biotecnología, cofundó Altos Labs aportando US$ 3 mil millones para el rejuvenecimiento celular y con US$ 134 millones en Juno Therapeutics. Participa con US$ 200 millones en Plenty, empresa de agricultura vertical; con US$ 190 millones en EverFi, plataforma educativa y con US$ 10 mil en el Fondo Bezos para la Tierra.

Su inversión más reciente, a fines de noviembre pasado, es el Proyecto Prometheus, startup de inteligencia artificial, con financiación de US$ 6.200 millones. En el mismo rubro, invirtió US$ 100 millones de dólares en Perplexity (hoy valuada en US$ 20 mil millones) y US$ 600 millones en Physical Intelligence. Con otra de sus posesiones, Amazon MGM Studios, destinó US$ 75 millones en un documental más que complaciente sobre la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump.

El boicot de Amazon hacia el ecosistema del libro es cuantioso, de hecho, todo lo impreso que no sea funcional a la lógica comercial de Bezos es prescindible. Eso incluye a la lectura comprensiva y el interés de los lectores.


lunes, 2 de marzo de 2026

En la muerte de un corrector

El pasado 5 de febrero, Daniel Gascón publicó una columna de opinión en el diario El País, de Madrid, a propósito de la muerte de un corrector. La bajada dice: "El fallecimiento de José Martínez de Sousa (foto) nos recuerda que los correctores son indispensables para la buena literatura".

Morir de una errata

Ha muerto el experto en lexicografía y ortotipografía José Martínez de Sousa, el gran gurú de los correctores españoles. Los correctores son una de las especies más curiosas del ecosistema literario. Yo desempeñé esa tarea un tiempo, casi por azar. Hice una traducción para Prensas de la Universidad de Zaragoza y, cuando fui a devolver las galeradas, pasé un rato hablando de cuestiones ortotipográficas. Me dijeron: “¿Te gustaría corregir libros con nosotros?“. Siempre atento a posibilidades de hacerme rico, detecté una oferta que no podía rechazar.

Así fue como conocí a Fernando Baras, que era el jefe de corrección de Prensas y se jubila este mes de marzo. Enjuto, serio, culto, paciente, minucioso y amable, Baras me explicó las bases del oficio, me enseñó la terminología y me recomendó que comprara libros de Martínez de Sousa: era el guía. Durante años, Fernando me escribía ocasionalmente para ver si quería ayudar con algún texto. Corregí libros de antropología, arqueología e historia, un ensayo de Emilio Lledó o la genial Trilogía de Zabala, de José María Conget.

Veo manuscritos desde pequeño y he trabajado mucho con correctores: con Pilara Pinilla, en Xordica; con Carmen Carrión, Lourdes González, Oriol Roca o Álvaro Marcos, en Penguin; en Letras Libres, con Emmanuel Noyola, Zita Arenillas y Elvira Vicién, Tani. Me gustan las historias del gremio. Una de mis preferidas es la de un libro cuya portada llevaba mal escrito el nombre del autor, sin que se dieran cuenta los editores, los correctores ni —por supuesto— el autor. Mi frase favorita sobre el asunto, como persona que ha sufrido y producido fallos, es de Juan Ramón Jiménez: “Un día me moriré de una errata”. Las conversaciones con los correctores pueden ser talmúdicas: si hacemos esto aquí, debería ser igual en otro sitio, pero por esa regla de tres, aunque aquí, etcétera. “El autor dice que es estilístico”; “ya estamos con lo de siempre”. Es mejor tener una norma discutible que ninguna, decía Martínez de Sousa.

Como en medicina, lo principal es no hacer daño. Y todas las publicaciones que se precien tienen excentricidades. El corrector, cuando lo hace bien, no se entera de qué va su texto: la lectura es técnica y muy pautada. Por eso, Rodolfo Walsh creó un detective corrector que resolvía el asesinato de un colega a partir del conocimiento del oficio: la víctima había tenido tiempo de leer determinadas páginas y eso ayudaba a establecer el momento del crimen. El detective llevaba las iniciales del narrador Dashiell Hammett y se llamaba Daniel, porque, según Walsh, el profeta de la Biblia había sido el primer detective: eso es lo que son en el fondo todos los correctores.

viernes, 27 de febrero de 2026

El pez por la boca muere. También los miserables


La persona que escribió esta entrada en su cuenta de X es Santiago Llach, responsable, entre otras cosas del "Mundial de Traducción", que es algo así como una competencia en la que cualquiera puede participar, sin saber nada sobre traducción. 

Es evidente, por lo que dice, que poco le importa el trabajo de los traductores y que considera que éste puede ser reemplazado por DeepL (en su versión paga, claro). Así que la suya es una demostración palmaria del poco valor que le atribuye a nuestra profesión.

No debería extrañarle a nadie, considerando que, cn su "Mundial de Literatura", con sus "viajes culturales" a precios exorbitantemente caros y sus múltiples talleres de casi cualquier cosa, ha encontrado la forma de monetizar la cultura. Digamos que ese dinero le ha permitido acceder a la versión cara del DeepL. Qué minúsculo, ¿no?

Jorge Fondebrider

Destrucción de libros: el futuro ya llegó


Omar Genovese publicó el siguiente artículo en el diario Pérfil, el pasado 7 de febrero. En su bajada se lee: "Lo que en la ciencia ficción parecía una exageración paranoica empieza a adquirir una inquietante materialidad. Documentos judiciales, contratos millonarios y millones de libros físicamente destruidos. Ciertas novelas que imaginaron un futuro con la desaparición del libro como objeto. Hoy, mientras empresas de inteligencia artificial entrenan sus algoritmos mediante el escaneo y reciclaje masivo de bibliotecas enteras, aquella ficción adquiere una deriva incómoda".

Anthropic destruyó millones de libros para alimentar a su inteligencia artificial

"A mediados del siglo XXI, lo virtual subvirtió la realidad. La Singularidad está cerca, una conmoción en la historia humana, fruto de la convergencia informática y nanotecnológica: ropa y lentes de contacto permiten la comunicación con el mundo entero, viajar como avatares a cualquier lugar o recibir información e imágenes de él. Un mundo mejor, acaso peligroso. Robert Gu –el mayor poeta estadounidense– regresa de su Alzheimer por un tratamiento milagroso, rejuvenecido, con sed de conocimiento. Así sale de la residencia de ancianos Rainbows End. Y debe volver a la escuela, familiarizarse con las máquinas de las que siempre desconfió. Amante de los libros, descubre un proyecto aterrador, el Bibliotomo: digitalizarlo todo a costa de la destrucción física del material impreso”.

El párrafo anterior es apenas una aproximación temática a las más de 400 páginas de la novela Al final del arco iris (2008, Ediciones B). Publicada en 2006 en inglés con el título Rainbows End, su autor, el matemático, teórico de la computación, escritor y profesor en la Universidad de California en San Diego, Vernor Vinge (1944-2024), obtuvo los premios Locus y Hugo en 2007. Enmarcada en la ciencia ficción post ciberpunk, veinte años después resulta predictiva más allá de cualquier especulación sobre el futuro.

El pasado 27 de enero, The Washington Post publicó un informe elaborado por los periodistas Aaron Schaffer, Will Oremus y Nitasha Tiku, que lleva por título: “Dentro del plan secreto de una empresa para escanear destructivamente todos los libros del mundo”. En él, hacen un recuento de las causas judiciales que las empresas desarrolladoras de herramientas de inteligencia artificial enfrentan en tribunales estadounidenses demandadas por autores, artistas, fotógrafos y medios de comunicación.

Además, accedieron a más de 4 mil documentos liberados por el juez de una causa específica por derechos de autor, contra la empresa Anthropic –uno de sus productos es el chatbot Claude–, en la que esta llegó a un acuerdo por 1.500 millones de dólares en el pasado mes de agosto. En dicha marea se mezclan documentos internos de la compañía, chats, mails, de los que surge un plan para “escanear destructivamente”, es decir, educar a los algoritmos de Anthropic con el contenido de millones de libros. Pero no solo sin pagar derechos de autor a los autores y editoriales, sino con un siniestro detalle que incluye la implementación del Proyecto Panamá, del que no querían que trascienda nada.

Dicho plan de Anthropic, empresa valuada en 183.000 millones de dólares, consistía en contactar a un proveedor experimentado en servicios de escaneo de documentos para procesar 500 mil a 2 millones de libros en seis meses, de esta manera las páginas escaneadas saciaban la “sed” de los algoritmos de su IA, que ya no aprende a escribir correctamente alimentándose de lo publicado en internet.

La manera en que “leyeron” los libros adquiridos para tal fin incluye guillotinas hidráulicas cortando el lomo de los ejemplares, donde se resguarda la encuadernación, para que las páginas sueltas fueran leídas en escáneres de alta velocidad. Por último, el destino de los libros desarmados era una empresa de reciclaje.

Para este operativo de lectura y destrucción, la compañía contrató a Tom Turvey, ex ejecutivo de Google, creador de Google Books. A partir de allí, consideraron comprar libros en bibliotecas o librerías de segunda mano, como Strand de Nueva York, quien negó cualquier venta al respecto. La adquisición de millones de libros se concretó en librerías de usados por todo el país y en dos de Reino Unido: Better World Books y World of Books.

Según la nota referida, “en junio, el juez de distrito William Alsup dictaminó que Anthropic tenía derecho a usar libros para entrenar modelos de IA porque procesan el material de forma “transformadora”. Comparó el proceso de entrenamiento de IA con el de los profesores que enseñan a los escolares a escribir bien”. Es decir, en toda la maraña judicial que implican acusaciones y defensas, el juez admite la destrucción de libros como una consecuencia lógica no punible. Para él, el delito está en otro lugar (de allí la compensación económica de la empresa, para mitigar el daño antes de una sentencia).

Según el juez, el delito es anterior al Plan Panamá y ocurre en junio de 2021, cuando el cofundador de Anthropic descargó libros pirateados del sitio Library Genesis. Conducta que repitió al año siguiente descargando material similar de un sitio web llamado Pirate Library Mirror. Y para empeorar la situación, emitió un documento a sus empleados donde afirma: “Violamos deliberadamente la ley de derechos de autor en la mayoría de los países”. Por las mismas razones, Google, Microsoft y OpenAI (ChatGPT) también enfrentan demandas por derechos de autor. Por caso, Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior.

Para dar dimensión en lo real al Proyecto Panamá, que destruyó millones de libros luego de extraer lo publicado en ellos, vale mencionar que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos –considerada la más grande del mundo– alberga más de 39 millones de libros catalogados. Y también, que la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ubicada en Buenos Aires, supera los 3 millones de libros, mientras que la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina contiene 3,5 millones. Reciclar libros luego de extraer su contenido también remite al 10 de mayo de 1933, cuando los estudiantes nazis colaboraron en la quema de libros en toda Alemania bajo la consigna “Acción contra el espíritu antialemán”.