lunes, 4 de mayo de 2026

Nuevas editoriales en la 50º Feria del Libro

Daniel Gigena publicó en La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito de tres nuevas editoriales que debutan en la Feria del Libro. En la bajada se lee: "Bärenhaus, Luz Fernández Ediciones y Libella participan por primera vez en el gran encuentro cultura, con stand propio o en espacios colectivos, en La Rural".

Entre históricos y habitués, tres sellos jóvenes debutan en la 50º Feria del Libro

Mientras que en la Feria del Libro una editorial histórica como Ediciones de la Flor se despide de los lectores en el stand 1509 del Pabellón Amarillo, otras debutan en la edición 50° aniversario del máximo evento cultural. Entre ellas, figuran Bärenhaus, Luz Fernández Ediciones y Libella. Las dos primeras, además, son vecinas de “isla” en el Pabellón Verde del predio ferial.

Bärenhaus, a su vez, comparte espacio en el stand 930 con Equis Libros, librería situada frente al Palacio de Tribunales, en Lavalle 1280. Es una editorial con libros de narrativa y ensayo contemporáneo, nacida en 2014 en el barrio porteño de Villa Devoto.

“El 50° aniversario de la Feria Internacinal del Libro representa un hito de renovación y compromiso –dice a La Nación, Omar Tavalla, director editorial-. Desde nuestro stand, que tenemos el agrado de compartir con nuestros amigos de Equis Libros, observamos con profundo optimismo el entusiasmo de una comunidad de lectores que, año tras año, confirma la vigencia del libro como espacio de encuentro”. En ediciones anteriores de la Feria, el catálogo de Bärenhaus estuvo en el hospitalario stand del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Entre las novedades, que reflejan el cruce entre la tradición literaria y la vanguardia tecnológica, está Inteligencia Artificial. El poder invisible ($ 29.000), de Matías Nahón, que se presenta este viernes, a las 16, en la Sala Ernesto Sabato. “En una era donde la IA ha dejado de ser una simple herramienta para convertirse en un ‘socio indispensable’ en la creación de contenido, esta obra analiza los mecanismos que están redefiniendo nuestra realidad”, dice Tavalla. También publicaron Mentes aceleradas ($ 25.000), del doctor Javier Pou Ucha, que explora la neurodivergencia como una ventaja competitiva en la era digital.

“Y nos enorgullece lanzar una nueva edición de Rebelión en la granja ($ 24.000), de George Orwell, un clásico vigente que, en un contexto de inminente adaptación cinematográfica, vuelve a interpelar a nuevas generaciones”, destaca, y concluye: “En Bärenhaus, creemos que el futuro de la lectura es hoy”.

En el stand 929 del Verde se encuentra el selecto catálogo de Luz Fernández Ediciones, con libros de ensayo, narrativa, historia cultural y filosofía de autores como John Banville, Hugo Bauzá, Fernando Martín Peña, Margarita Fernández y Dolores Zorreguieta, artista visual (y hermana de la reina Máxima) que presenta su primera novela, Libro adentro ($ 25.000). La editorial nació en 2021.

“Es imposible negar las positivas resonancias simbólicas que irradian desde la Feria del Libro –dice Jorge Zuzulich, director ejecutivo del sello–. Concentra la atención del mundo editorial hispanoparlante pero también mundial. Es un territorio que le brinda a toda editorial, independientemente de sus dimensiones, propagar y, a la vez, ser partícipes de esa gran experiencia cultural. Si bien participar de la Feria implica un gran esfuerzo económico, de producción, logístico, para Luz Fernández Ediciones ha sido pensado desde siempre como un lugar de arribo; más allá de las posibles ventas que puedan generarse y del contacto directo con los lectores, nuestro foco también está puesto en la posibilidad de tejer redes con otros espacio editoriales y de distribución tanto locales como del exterior”.

Arribó a La Rural con cuatro novedades: la novela de Zorreguieta; El templo y el bosque. Una antología del romanticismo alemán ($ 30.000), con textos de Friedrich Schlegel, Ludwig Tieck, Novalis y Friedrich Hölderlin, entre otros, al cuidado de Pablo Gianera; La inutilidad del arte y de Dios ($ 30.000), atrapante ensayo de Patricio Di Nucci sobre la Divina Comedia, y Cecilia ($ 30.000), de Benjamin Constant, con traducción de Silvina Bullrich y epílogo de Daniel Guebel.

También debuta con stand propio el sello de autopublicación y servicios editoriales Libella, en el 417 del Pabellón Azul. A cargo de la editora Natalia Alterman, desde la editorial acompañan a los autores en el proceso de edición, corrección y publicación. Se creó hace cinco años, en 2021, y ya van por los quinientos títulos.

“Trabajamos todos los géneros: narrativa, infantiles, desarrollo personal, salud, poesía, arte”, dice Alterman. Entre los best sellers, se pueden mencionar Aprendé a elegirte ($ 30.000), de la entrenadora olímpica Daniela Conde; Rebelde chocolate ($ 85.000), del chef Gonzo Jiménez; Guía de bolsillo para ateos empedernidos ($ 25.000), de Florencia Bonadeo (hermana de Gonzalo), y Vilo ($ 15.000), de Marcelo Zega.

Sin stand propio pero con el primer libro de su catálogo en el de la distribuidora Waldhuter (417 del Pabellón Azul), el sello Sur y Después, de la escritora Flaminia Ocampo y las periodistas Adriana Lorusso y Silvina Friera, presenta nada menos que una novela inédita de Elvira Orphée (madre de Flaminia), Amada Lesbia ($ 25.000), que en los próximos días llegará también a librerías.

“Nuestro propósito es publicar libros desde el sur, con una mirada que recupera las tradiciones literarias más vitales y diversas para dialogar con lo que se está escribiendo en Argentina y en el mundo en ficción y no ficción”, afirman las editoras.

viernes, 1 de mayo de 2026

El escocés W. N. Herbert y el mexicano Pedro Serrano hablan de traducción de poesía en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

El pasado martes 28 de abril, en la librería El Jaúl, tuvo lugar la última reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, con la presencia de los poetas y traductores W. N. Herbert, de Escocia, y Pedro Serrano, de México, con moderación a cargo del poeta y ttraductor Jan de Jager, quien, a su vez, ofició las veces de intérprete. La charla versó sobre algunos de los problemas que encuentran los traductores de poesía al encarar su tarea y el trabajo conjunto entre el autor y el traductor. 

Quienes estén interesados en ver el video puede hacerlo recurriendo a este link:

https://www.youtube.com/watch?v=k7ZNN5iFKaI 

jueves, 30 de abril de 2026

Ediciones de la Flor: ciclo cumplido


El 28 de abril, Daniel Gigena, publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito del cierre de Ediciones de la Flor, una editorial que fue importante en los años sesenta y setenta, para enfocarse luego en la historieta. En su bajada señala: " 'Cincuenta Ferias y una sola Flor' dice el mensaje de despedida en el stand que la editorial, creada en 1966, tiene en la Feria del Libro; cuando el año pasado perdió a Mafalda, quedó 'herida de muerte'; 'Nuestros autores más importantes han sido nuestra familia, pero sus herederos eligieron otros rumbos' ”-

Cierra Ediciones de la Flor: escribe su último capítulo el sello emblemático que publicó a Quino y Fontanarrosa

En el 50° aniversario de la Feria del Libro porteña, una de las editoriales independientes por antonomasia del país, Ediciones de la Flor, escribe su último capítulo en la historia del libro en la Argentina. En el stand 1509 del Pabellón Amarillo ya se rematan títulos del catálogo del sello creado en 1966 por Daniel Divinsky y Ana María Kuki Miller, en cuyo lanzamiento intervinieron también el editor Jorge Álvarez y el recordado “abogado de escritores” Oscar Finkelberg (quien ayudó a que fueran liberados tras más de cien días de arresto durante la dictadura militar). La pareja se divorció en 2009 y Divinsky se retiró del sello en 2015; a partir de ese año, Miller ocupó la dirección editorial.

El año pasado, cuando los sobrinos herederos de Quino anunciaron que toda la obra del historietista pasaría al sello Sudamericana de la multinacional Penguin Random House, De la Flor fue “herida de muerte”, según describió hoy un editor. Mafalda era uno de sus principales “long sellers”.

En diálogo con LA NACION, Miler confirmó la noticia. “La editorial no se vende, como nunca quisimos hacerlo –dice–. Simplemente la cierro porque considero un ciclo cumplido para la editorial y para mí, al margen de todos los demás factores que modifican la actividad de nuestro sector”. Hasta fin de año, mantendrá la editorial, donde trabajan cinco personas; desde hace un año, De la Flor no imprime ejemplares.

Fue un golpe al corazón; De la Flor era Quino y Quino era De la Flor”, dice Miller sobre el retiro de la obra de Quino, que fue su amigo. El cierre se explica también por otros motivos: la caída en el consumo, el aumento en los costos, los cambios en los modos de editar. “No tengo sucesor; mi hijo es músico y yo no podría empezar con una editorial de cero a mis 82 años”, responde al ser consultada.

En el stand de De la Flor en La Rural se puede leer la despedida de la editorial, “50 Ferias y una sola Flor”, en la que se hace un repaso por la historia del sello: “En 1975 participamos de la primera Feria Internacional Del Libro de Buenos Aires y, aun estando presos o en el exilio sus editores, estuvimos en todas las que hubo desde entonces, festejando la posibilidad de encontrarnos con nuestros lectores, escuchar sus comentarios, responder sus preguntas, y sonreír con cada uno que llegaba, libro o papelito en mano, a llevarse la firma de sus autores favoritos”.

La editora, literalmente, “llevó el depósito” de la editorial al stand, donde se pueden encontrar joyas a $ 5000 como La Mary, de Emilio Perina; Mi padre, de Arturo Carrera; El amigo y otros poemas, de Daniel SamoilovichEl analista de Bagé, de Luis Fernando Veríssimo; Sentimientos completos, de César Fernández Moreno, Arnulfo o los infortunios de un príncipe, de Daniel Guebel; El palacio de la noche, de Pablo de Santis, y Bailen las estepas, de Susana Szwarc. Los tres volúmenes de Perramus, de Alberto Breccia y Juan Sasturain, cuestan $ 79.600.

En De la Flor se publicaron en español la primera novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa (en coedición con Lumen, de España), cuentos y novelas de Roberto Fontanarrosa y Griselda Gambaronovelas de John Berger y clásicos de no ficción de Rodolfo Walsh. Hoy, esas obras se encuentran en los catálogos de Random House y Planeta.

Nuestros autores más importantes han sido nuestra familia, pero sus herederos eligieron otros rumbos –se lee en el stand 1509–. Editar libros en Argentina siempre fue una carrera con vallas y hasta aquí hemos llegado a los saltos. Hoy la tecnología y el estado de la economía exigen nuevos y muy diferentes desafíos, que resultan determinantes para una editorial que ha mantenido su independencia como bandera. Es nuestra última feria, y nuestro último año de actividad. Nos despedimos, sabiendo que nuestro legado vive en las nuevas editoriales fundadas por jóvenes que crecieron con nuestros libros, y que esos libros que editamos con convicción y amor todos estos años, seguirán en las bibliotecas y la memoria de nuestros lectores. Gracias a ustedes por ser parte de estos 60 años de nuestra historia”.

Hoy, a las 19, en Zona Futuro, Miller participará de la Maratón de la Lectura de textos prohibidos por la dictadura (De la Flor tuvo varios, entre ellos, Ganarse la muerte, de Gambaro); leerá un fragmento de Feiguele, de Cecilia Absatz. Confirmaron su presencia en la maratón –al cuidado de la periodista Alejandra Rodríguez Ballester– las hermanas Marull, Iván Moschner, Mauricio Kartun, Virginia Innocenti, Rubén Szuchmacher, Ingrid Pelicori, Raquel Robles, Félix Bruzzone, Julia Coria, Luis Gusmán, Miguel Gaya, Mónica Sporra, María Wernicke, Paula Pérez Alonso, Patricia Kolesnicov y Osqui Gusmán. Musicalizará en vivo Marcelo Katz.

Hoy, más que nunca, tenemos que defender la cultura que supimos reconstruir y su diversidad, valorar la libertad creativa y expresiva frente al autoritarismo, que siempre está tentado de negar, expulsar y destruir las palabras críticas que le hacen frente -dice Rodríguez Ballester-. La selección de textos se orientó a la literatura argentina, aunque por supuesto hubo libros políticos, religiosos, clásicos de izquierda, literatura peronista y textos de autores extranjeros igualmente prohibidos. Tomamos como fuente la Biblioteca de libros prohibidos de la Comisión de la Memoria de Córdoba y Un golpe a los libros de Judith Gociol y Hernán Invernizzi”.


miércoles, 29 de abril de 2026

"Se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva"

El pasado 23 de abril, Ana Gallego Cuiñas (foto), decana de la Facultad de Humanidades de la Unviersidad de Granada, publicó en The Conversation, 
que se define como un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos. Es un texto sobre "el valor" de la literatura. Se reproduce a continuación.

¿Cuál es el valor de la literatura?

Nadie habla ya del valor de la literatura. O, cuando se hace, se confunde con otra cosa: precio, ventas, listas, premios, traducciones, número de seguidores. Es decir, se confunde valor con circulación. Pero ¿lo más visible es lo que más vale?

Hoy lo literario circula en el mercado como cualquier otro producto: un libro compite con una serie, un pódcast o un videojuego. Ya no organiza nuestra educación sentimental ni ciudadana, como lo hiciera desde el siglo XIX; es una pieza más en la economía de la atención. Y, como tal, obedece a sus reglas. No las del campo cultural –como pensaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu–, sino las del mercado.

El valor es visibilidad
Durante décadas, el valor literario estuvo en manos de una élite: instituciones, academia, crítica, suplementos, premios. Ese ecosistema –nunca neutral, sino atravesado por lógicas mesocráticas, patriarcales y coloniales– dictaba qué valía y qué no, qué era “bueno” y qué quedaba fuera. Su legitimidad descansaba en una noción relativamente estable de “valor estético”: el uso del lenguaje, la complejidad formal. Hoy ese régimen no ha desaparecido, pero ha perdido el monopolio.

La cultura digital ha introducido una lógica distinta: la de la visibilidad, la circulación y la recomendación distribuida. En plataformas como X, TikTok o Instagram, un libro puede convertirse en fenómeno global en días. El caso de Romper el círculo, de Colleen Hoover, es elocuente: tras la atención de la comunidad #BookTok en TikTok el texto no cambió, cambió su circulación. Y con ella, su valor. O, mejor dicho, su visibilidad convertida en valor. Ya no importa solo cómo se escribe un libro: importa quién lo mueve. Ignorar estos nuevos parámetros no es defender la literatura: es renunciar a comprenderla.

No podemos obviar que el capital social, la juventud y lo nuevo han desplazado al valor estético en el capitalismo de plataformas. Importa menos la obra que quien la firma. El escritor ya no es solo autor: es marca, es relato, es cuerpo. Se convierte en lo que podríamos llamar un “sujeto-obra”: algo que se escribe tanto como se exhibe.

Pensemos en la centralidad de figuras como Mariana Enriquez, Sally Rooney u Ocean Vuong: su imagen, sus entrevistas, sus posts forman parte inseparable de la recepción de sus textos. La literatura entra así de lleno en la lógica del espectáculo –de la que siempre ha participado–, pero ahora la celebridad se intensifica y se vuelve radicalmente contingente. La “gran promesa” de hace diez años desaparece con la misma rapidez con la que fue consagrada. En este contexto, el valor ya no se consolida: circula y se agota.
Leer más o mejor

Este desplazamiento no solo afecta al presente: coloniza también el futuro. La literatura contemporánea aparece atravesada por un proceso de festivalización que pone en el centro la figura autoral. El valor no se produce únicamente en el texto, sino en el conjunto de dispositivos que lo rodean: editoriales, ferias, entrevistas, redes sociales. Es lo que el escritor y filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi llama “futurabilidad”: no leer el valor, sino producirlo por adelantado.

El canon no se construye: se programa. Ya no se trata de reconocer el valor, sino de anticiparlo. Las listas, premios o festivales prescriben el canon, transforman la posibilidad en probabilidad y la probabilidad en mandato. En este régimen, lo que importa no es solo qué se escribe, sino lo que puede llegar a ser visible. El futuro de la literatura se fabrica en tiempo real.

Por otro lado, asistimos a una superproducción literaria sin precedentes: se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva, en favor de formatos más evasivos.

En este contexto, leer literatura de vanguardia se ha vuelto un acto de resistencia. No porque sea minoritario, sino porque exige algo que el capitalismo neoliberal desincentiva: tiempo, atención, fricción. Leer literatura no es solo consumir historias, es aprender a percibir. Es detectar lo no dicho, sostener la ambigüedad, desconfiar de lo evidente. Es, en suma, una práctica crítica en un mundo que premia justo lo contrario.

Cómo leemos importa en un momento en que lo literario ya no se limita al libro, sino que se despliega en una cultura narrativa expandida –series, videojuegos, redes, oralidad– que consumimos sin descanso. Pero esa expansión no simplifica la lectura: la vuelve más compleja, más ineludible. Por eso siguen siendo imprescindibles espacios –aulas, librerías, bibliotecas– donde esa cultura se interrogue. Donde no solo consumamos relatos, sino que aprendamos a desmontarlos: a entender que una atmósfera puede ser un dispositivo de poder, que una voz narrativa construye ideología, que ninguna historia es inocente.

El futuro de la literatura
En un ecosistema saturado de relatos rápidos, transparentes y diseñados para la identificación inmediata, la literatura introduce una anomalía: ralentiza, opacifica, incomoda.

Y ahí reside su valor de uso. Frente al valor de cambio –ventas, métricas, atención–, la literatura sigue siendo una tecnología de la conciencia: entrena la duda, desactiva automatismos, ensaya otras formas de vida. No confirma lo que somos: lo desarma. Por eso importa. No como refugio, sino como herramienta. En un mundo gobernado por algoritmos que refuerzan nuestras certezas, la literatura sigue siendo uno de los pocos dispositivos capaces de desprogramarnos.

Y tal vez ahí, en esa resistencia a volverse transparente, se juegue hoy su potencia más urgente: la de abrir grietas en el sentido común. La de devolvernos la posibilidad de pensar y, con ella, la de desobedecer.


martes, 28 de abril de 2026

"Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie"


El pasado 26 de mayo, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil, publicó el siguiente texto con reflexiones verdaderamente inteligentes, que pocos lectores tienen en consideración, lo que es una lástima.

El club de los lectores ilusos

Se acepta con demasiada tranquilidad una pequeña escena equívoca en los clubes de lectura basados en traducciones. Un grupo de personas se reúne a “leer” a un autor ruso, alemán o norteamericano, pero en realidad leen a un traductor. O, más exactamente, leen el resultado de una negociación: entre una lengua y otra, entre una sintaxis y otra, entre un sistema de alusiones y otro. Sin embargo, alrededor de esa práctica se levanta una ficción piadosa: la de suponer que el autor sigue ahí, intacto, esperando al lector del otro lado del puente. Es una ficción útil, porque si se la desarma del todo también se desarma buena parte de la industria de la lectura universal.

La ilusión consiste en creer que la traducción transporta un contenido, como si el texto fuese una valija. Se abre, se revisa, se vuelve a cerrar y aparece del otro lado con la ropa doblada de otro modo, pero sin que falte nada. El problema es que la literatura no es una valija. En literatura el modo de decir no acompaña a lo dicho: es lo dicho. Cuando una palabra ambigua se resuelve en una sola dirección, cuando una torpeza deliberada se corrige por elegancia profesional, o cuando en el peor de los casos se resuelve mal, no se está simplemente cambiando el envase: se está interviniendo en el objeto. Casi siempre de manera irreversible.

Por eso resultan algo inquietantes esos clubes en los que se habla con gran familiaridad del “estilo” de un autor al que, en rigor, nadie en la sala puede leer en su lengua original. Se dice: “La sequedad de tal novelista”, “la música de tal poeta”, “la precisión de tal cuentista”. Pero quizás esa sequedad sea del traductor, esa música sea de la tradición poética en la lengua de llegada, esa precisión sea el resultado de una limpieza editorial que el original nunca pidió. Y sin embargo el taller procede como si se tratara de una presencia estable, casi notarial, del autor en cuestión. Se discute un adjetivo como si viniera con firma certificada.

No se trata de impugnar la traducción. Sin ella viviríamos confinados en una pobreza bastante provinciana, obligados a convertir la ignorancia de lenguas en una doctrina estética. Se trata de devolverle al acto de leer libros traducidos su incomodidad, su precariedad, su carácter de experiencia mediada. Leer una traducción no es leer menos: es leer otra cosa. Pero esa otra cosa debería formar parte de la conversación y no quedar escondida debajo de la mesa como una vergüenza técnica. Un taller más honesto no diría “estamos leyendo a Thomas Bernhard”, sino “estamos leyendo la versión española de una novela de Thomas Bernhard y también, inevitablemente, a Miguel Sáenz, que la escribió en español, y que incluso construyó en nuestro idioma eso que llamamos el estilo Thomas Bernhard”. Esa mínima corrección verbal ya introduciría una desconfianza saludable.

Porque además hay en todo esto una vanidad del lector, la de creer que accede sin resto a cualquier literatura, que ninguna extranjería resiste, que todo puede incorporarse a la comodidad de su lengua, que todo es traducible. La traducción, cuando funciona demasiado bien, halaga esa vanidad. Le dice al lector: “No te preocupes, en el fondo, el mundo entero habla igual que nosotros”. Y tal vez una buena traducción deba hacer exactamente lo contrario: conservar una resistencia, una aspereza, un eco de ajenidad. Recordar que ahí hubo otra música, otro orden de cortesía o de violencia, otra historia sedimentada en las palabras. Recordar que quien se toma en serio la literatura debe hablar otras lenguas. O al menos leer en otras lenguas.

Tal vez lo inquietante de ciertos clubes de lectura no sea que trabajen con traducciones, sino que olviden por completo que lo hacen. Confunden acceso con posesión, aproximación con intimidad. Y sobre todo confunden lectura con transparencia. Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie.

Pero hay alguien. Siempre hay alguien. Y a veces ese alguien, silencioso, aplicado, condenado a la nota al pie o a la mera mención tipográfica, es el verdadero escritor que el club está leyendo sin saberlo.



viernes, 24 de abril de 2026

Declaración de los escritores: "Un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena"


El pasado 20 de abril, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito del escándalo que actualmente está sacudiendo al ambiente editorial francés: Vincent Bolloré, el dueño del grupo Hachette, que apoya a la ultra derecha, ha despedido al prestigioso editor Olivier Nora por cuestiones ideológicas. Según la bajada, " 'Es hora de marcar un límite' alertan escritores como Emmanuel Carrère, Leïla Slimani, Hervé Le Tellier, Gaël Faye y Laurent Binet".

Crece el escándalo editorial en Francia: más de 300 autores repudian al Grupo Hachette y piden una “cláusula de conciencia”

Tras el despido del histórico editor de la editorial francesa Grasset, Olivier Nora, de 66 años, por parte del dueño del Grupo Hachette, el magnate de medios de comunicación afín a políticos de extrema derecha Vincent Bolloré, de 74 años, más de 170 escritores, periodistas y académicos repudiaron la semana pasada la decisión y anunciaron que no publicarán más sus libros en ninguna editorial de Hachette. Entre otros escritores conocidos por los lectores locales figuran Virginie Despentes, Olivier Guez, Laurent Binet, Jean-Paul Enthoven, Bernard-Henri Lévy, Vanessa Springora y Pascal Bruckner. Hasta el presidente Emmanuel Macron aludió al despido de Nora, al defender la semana pasada el “pluralismo ideológico”.

Ahora, en una nueva solicitada liderada por Despentes, Emmanuel Carrère, Hervé Le Tellier, Benjamin Stora y Leila Slïmani, cientos de escritores y académicos pidieron en La Tribune Dimanche la creación de una “cláusula de conciencia” en el sector editorial similar a la que existe para los periodistas en la prensa. “Algunas empresas ahora tienen la ambición, según afirman, de convertirse en actores ideológicos por derecho propio, estructurando narrativas, guiando la imaginación y apoyando líneas políticas explícitas”, alertan sobre el devenir del grupo. Entre los firmantes, aparece el escritor argentino residente en París Diego Vecchio.

“Como resultado, los autores ven sus derechos de publicación y su obra bajo el control de un accionista cuya política editorial rechazan. Los empleados participan en la difusión de discursos políticos con los que no están de acuerdo. Las editoriales publican obras cuyas implicaciones no comparten. El personal trabaja en entornos profundamente transformados, donde el pluralismo desaparece en favor de una única línea editorial”, enumeran, y agregan que “libreros, profesionales de la comunicación y equipos enteros se ven, les guste o no, atrapados en una operación de influencia”.

Como la legislación francesa no contempla ninguna protección en estos casos, aquellos que renuncian lo hacen también a su antigüedad y derechos laborales. “Quedarse significa aceptar una forma de disonancia moral, a veces un sufrimiento real, ya perceptible en las bajas por enfermedad, el agotamiento y el distanciamiento silencioso”, describen.

“Es hora de marcar un límite. Este límite tiene un nombre: la cláusula de conciencia. Existe para los periodistas. Debe extenderse, no para debilitar a las empresas, sino para restablecer un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena. Dicha cláusula debería permitir, en situaciones estrictamente controladas, el reconocimiento de que una empresa ha cambiado su naturaleza hasta el punto de romper el pacto que la vinculaba con quienes trabajan o crean en ella, y abrir el derecho a una indemnización por despido, así como a la recuperación de sus derechos”.

Y concluyen: “Una democracia no puede aceptar que los individuos sean obligados a servir, contra su voluntad, a causas que no han elegido”.

Por su parte, este domingo, Bolloré publicó un descargo a toda página en su periódico Le Journal Du Dimanche (la mitad de la página la ocupa una foto del empresario), titulado “Terremoto”. Allí anuncia que la editorial seguirá adelante pese a la retirada masiva de autores. “Quienes se marchan permitirán que se publiquen nuevos autores”, ironiza Bolloré, que acusa a los firmantes de la carta pública de integrar "una pequeña casta que se cree superior a todo y a todos, que se coopta y se mantiene a sí misma”.

Justifica el despido del editor por el desacuerdo expresado por Nora sobre la publicación del próximo libro del escritor franco-argelino Boualem Sansal, indultado por Argelia por pedido del presidente alemán en 2024, cuya obra denuncia el avance del islamismo en Europa; Sansal dejó el sello Gallimard a inicios de año. Según Bolloré, Nora quería que se publicara a finales de año, mientras que la dirección del grupo impuso la fecha del 6 de junio. También deplora los resultados económicos de Grasset, con una caída en la facturación de tres millones y medio de euros de 2024 a 2025 (no se priva de mencionar la remuneración anual de Nora, de más de un millón de euros). Y anticipa que la dirección de Hachette adoptará “medidas de gestión normales y de sentido común”.

El director ejecutivo del Grupo Hachette, Jean-Christophe Thiery, hombre de confianza de Bolloré y sin trayectoria en el ámbito editorial, reemplazará a Nora en Grasset.

En el canal de televisión CNEWS, propiedad de Bolloré, donde se describió el episodio como “una tempestad en un vaso de agua”, la ministra para la Igualdad y la Lucha contra la Discriminación en Francia, Aurore Bergé, lamentó que en la polémica se atacara a Sansal por el lanzamiento de su nuevo libro en Grasset. “Me sorprendió la campaña de prensa contra Boualem Sansal. Es francés, un gran autor”, dijo.