miércoles, 8 de julio de 2026

"Ningún personaje literario occidental es tan recurrente como Odiseo"

El pasado 29 de junio, Magdalena Tsanis publicó una nota en InfoBAE a propósito de la ola de traducciones viejas y nuevas que se está publicando, con motivo del estreno de la nueva versión cinematográfica de La Odisea. Como suele suceder en estos casos, falta nombrar muchísimas versiones realizadas a ambos lados del Atlántico, pero la nota es patrte de un cable de la agencia española EFE. Según la bajada, "La adaptación cinematográfica llegará a los cines el 17 de julio y está activando lanzamientos editoriales sobre el poema homérico, con nuevas versiones, ensayos y lecturas desde el cómic hasta la psicología".

El estreno de La Odisea de Christopher Nolan impulsa una ola de reediciones y nuevos libros

El estreno mundial, el próximo 17 de julio, de La Odisea de Christopher Nolan, una de las películas más esperadas del año, ha traído una catarata de reediciones y otras publicaciones relacionadas con la epopeya de Homero, “el gran libro de aventuras del mundo occidental”.
“Es el relato de aventuras más rico en matices y en personajes del mundo occidental y el más vivo”, dijo el escritor, filólogo, helenista y académico de la RAE Carlos García Gual, autor de la traducción moderna de referencia, que ahora reedita Alianza Editorial.

Monstruos que acechan en la oscuridad, islas donde el tiempo se detiene, el canto hipnótico de las sirenas o el capricho de los dioses ponen a prueba el espíritu indomable y la voluntad del héroe en su viaje de regreso a Ítaca tras la caída de Troya, mientras Penélope espera y se libra de pretendientes.

Ningún personaje literario occidental es tan recurrente como Odiseo, más conocido por su nombre latino, Ulises, señala el escritor en el prólogo del libro, revisitado por Píndaro, Sófocles y Eurípides; por Horacio, Virgilio y Séneca; Dante, Calderón y Shakespeare, o por Goethe, Joyce y Wallace Stevens.

“Los griegos son fáciles de entender y traducir”, sostiene García Gual, quien hace hincapié en la vigencia de este texto fundacional de la narrativa occidental. Mucho más moderna que la Ilíada, la Odisea es en origen un poema épico, pero tiene un fuerte componente novelesco y una parte narrada en primera persona.

Odiseo/Ulises es también un héroe más moderno, aventurero y curioso que el guerrero de la Ilíada. Se enfrenta a un mundo distinto, fabuloso, con el cíclope Polifemo, las sirenas o el mundo de los muertos. “No es un mundo que pueda enfrentar como guerrero, sino como personaje imaginativo”, ha dicho el traductor.

Además, es un hombre que no triunfa gracias a las armas sino a su inteligencia y a su capacidad narrativa y de seducción. “Es un personaje de mucho mayor relieve humano que los héroes antiguos”, ha puntualizado.

Otras revisiones: de Stephen Fry a Milo Manara
Entre los libros que se publican estos días destaca también La Odisea de Stephen Fry, guionista, dramaturgo y actor conocido por películas como Los amigos de Peter o Gosford Park. Publicado por Anagrama, es el cuarto y último libro de su serie sobre los grandes relatos griegos. Fry reinterpreta el relato homérico con una visión plural y desidealizada y una crítica mordaz a las concesiones que históricamente se han hecho a la figura del héroe masculino.

El legendario dibujante italiano Milo Manara revisita el poema épico desde la perspectiva de Telémaco, el hijo que creció en ausencia de su padre. Considerado uno de los grandes maestros del cómic europeo, Manara convierte La Odisea (Lumen) en una obra visual que busca dialogar con el presente y que narra las hazañas de Ulises por los labios del centauro Quirón.

En La Odisea, la realidad tras el mito (Almuzara), Alfonso Mañas bucea en la historia de Ulises y en las fábulas y ficciones que pudieron inspirar a Homero, pero también en la historia, la arqueología y la filología para aventurar lo que hay más allá del mito y cómo era ese mundo del siglo XII a.C., donde no existía el dinero, ni la escritura, ni la democracia.

Psicología, el viaje interior
Más allá de aventuras y fantasías, La Odisea es el relato de un hombre perdido entre mares desconocidos que se enfrenta a su propia fragilidad y que quiere regresar a su hogar. Esa perspectiva del viaje interior ha dado pie a lecturas desde el punto de vista de la psicología o la autoayuda.

Con una mirada divulgativa y reflexiva, J. P. Graham recoge en El viaje de Ulises (Roca) las enseñanzas del mito homérico para el autoconocimiento, para enfrentarse al miedo, resistir la tentación y aprender a empezar de nuevo.

Y en Mentalidad Odisea (Kitaeru), la psicóloga clínica y experta en el mundo clásico Sam Akbar explica “las siete lecciones esenciales” de La Odisea para encontrar “fuerza interior para afrontar el dolor y los reveses con sabiduría”.

Próximamente... un musical de animación
La película de Nolan es una superproducción con un reparto lleno de estrellas como Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattison, Zendaya o Charlize Theron.

Con un presupuesto estimado de 250 millones de dólares, ha sido rodada íntegramente con cámaras IMAX de ultra alta resolución, con película de 65 mm, en escenarios de Marruecos, Grecia, Italia, Islandia y Escocia.

Por otro lado, en abril pasado se anunció una próxima película musical de animación basada en La Odisea, de la mano del productor Jerry Bruckheimer (Top Gun, Piratas del Caribe) y de Jorge Rivera-Herrans, creador de Epic, el musical, una saga cantada que se hizo viral a través de las redes sociales.

martes, 7 de julio de 2026

"Hoy casi nadie necesita una hoguera"

El pasado 30 de junio, el periodista, investigador y documentalista colombiano Diego Aretz publicó en su blog de El Espectador, de Colombia, el siguiente artículo que se ocupa de los múltiples modos que asumió la censura editorial a través de las épocas.



Contra la censura

Hay una escena que se repite con una puntualidad admirable: alguien convencido de que un libro es demasiado peligroso para circular libremente. Cambian los imperios, las sotanas, los uniformes y los algoritmos. Cambia incluso el vocabulario. Ya casi nadie habla de herejías; ahora se habla de contenidos sensibles. Pero el impulso sigue siendo exactamente el mismo: administrar la imaginación ajena.

El poder siempre ha sospechado de las bibliotecas. Y con razón. Una biblioteca es un lugar donde la autoridad pierde el monopolio de la conversación.

La historia de la censura es, en el fondo, la historia de gobernantes que sobreestimaron el poder de prohibir y subestimaron el de la curiosidad.

En 213 a. C., el primer emperador de China, Qin Shi Huang, ordenó quemar libros y enterrar vivos a centenares de eruditos confucianos. El objetivo era elegante en su brutalidad: si desaparecía el pasado, el presente sería incuestionable. Dos mil doscientos años después seguimos leyendo a Confucio. Del emperador apenas recordamos que le tenía miedo a los libros.

En 1559, la Iglesia publicó el Index Librorum Prohibitorum, una lista de obras cuya lectura podía costarle a un católico algo más que una discusión familiar. Allí terminaron Copérnico, Galileo, Descartes, Voltaire, Rousseau, Kant y decenas de autores cuya mayor insolencia había sido pensar por cuenta propia. El índice sobrevivió más de cuatro siglos. Fue abolido en 1966. Los libros sobrevivieron bastante mejor.

La obsesión nunca fue únicamente religiosa. Las llamadas brujas no sólo fueron víctimas del delirio sobrenatural. Muchas eran mujeres que conservaban conocimientos sobre medicina, botánica, partos o anticoncepción fuera del control de las universidades, casi exclusivamente masculinas, y fuera del monopolio eclesiástico. El problema no era la escoba; era la autonomía. Toda autoridad desconfía de quien sabe algo que ella no certificó.

Después llegó la Revolución Francesa y el miedo cruzó el Atlántico hablando francés.

La Corona española comprendió muy temprano que una imprenta podía ser más subversiva que un cuartel. En la Nueva Granada, los funcionarios revisaban baúles, inspeccionaban cargamentos y perseguían traducciones. No era paranoia: Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Paine y los enciclopedistas estaban enseñando algo insoportable para cualquier imperio: que la autoridad también podía discutirse.

Mientras los barcos transportaban cacao, tabaco y oro, entre sus tablas viajaban ejemplares clandestinos de El contrato social o de Los derechos del hombre. La independencia latinoamericana no empezó con un grito. Empezó con una lectura.

Hay una ironía deliciosa en todo esto: España logró controlar puertos, aduanas y periódicos, pero nunca consiguió controlar el acto más peligroso de todos. Un lector solo con una vela encendida.

La censura tiene además una virtud extraordinaria: envejece peor que aquello que intenta destruir.

Madame Bovary fue llevada a juicio por inmoral. Ulises fue declarado obsceno. Lolita fue prohibida en varios países. 1984 ha sido censurada tanto por gobiernos comunistas como por gobiernos anticomunistas, un privilegio reservado únicamente para los grandes libros: incomodar a bandos enemigos al mismo tiempo.

Quizá por eso desconfío de quienes imaginan la censura como una reliquia del siglo XX.

Hoy casi nadie necesita una hoguera. Es mucho más eficiente fabricar consenso. No hace falta prohibir un libro si puede convencerse a una editorial de no reeditarlo, a una universidad de no enseñarlo, a una plataforma de no recomendarlo o a miles de personas de que leerlo constituye una falta moral.

Es una censura infinitamente más sofisticada porque, además, consigue que quienes la ejercen crean estar ampliando libertades.

Las últimas dos décadas han perfeccionado una forma particularmente moderna de inquisición. Ya no siempre se queman libros; se queman reputaciones. Autores como J. K. Rowling, Woody Allen o Junot Díaz han terminado atrapados, por razones muy distintas entre sí, en un tribunal permanente donde el veredicto suele anteceder al juicio y la condena casi nunca admite apelación. No estoy diciendo que las críticas sean ilegítimas. Al contrario: toda figura pública debe poder ser cuestionada. Lo inquietante es otra cosa. Que cada vez con más frecuencia el objetivo no sea debatir una obra, sino volverla ilegible; no sea refutar una idea, sino convertirla en un objeto tóxico.

Las tribus contemporáneas han heredado un viejo reflejo inquisitorial: ya no preguntan qué escribió alguien, sino si todavía está permitido leerlo. Cambian los dogmas, pero permanece intacto el placer de confeccionar listas de autores permitidos y autores prohibidos. Toda época fabrica su propio Index; la nuestra tiene mejor diseño gráfico y conexión a internet.

Pienso en Woody Allen. Recomendar Cassandra’s Dream no equivale a emitir un fallo judicial sobre su director. Del mismo modo que leer a Céline no convierte a nadie en antisemita ni admirar a Caravaggio obliga a defender que asesinara a un hombre. Si sólo aceptáramos obras producidas por seres moralmente impecables, nuestras bibliotecas cabrían en una servilleta.

Y, sin embargo, tampoco me convence esa consigna tan repetida de “separemos la obra del autor”. Nunca he sabido muy bien qué significa. Las obras no caen del cielo; las escriben personas, con todas sus contradicciones, miserias, virtudes y zonas oscuras. Quizá la propuesta deba ser otra: no separar la obra del sujeto, sino dejar de exigir sujetos perfectos para poder acercarnos a una obra. La literatura, el cine y el arte son, entre muchas cosas, registros de la complejidad humana. Si esperamos impecabilidad moral como requisito para leer, terminaremos leyendo muy poco y entendiendo todavía menos.

Sujetos perfectos, hasta donde sé, sólo los ángeles.

Y todavía no conozco al primero.

Hablando de política, siempre me ha parecido que nos preocupan demasiado los individuos y demasiado poco las ideas. Discutimos nombres propios como si fueran el centro de la historia, cuando casi siempre son las ideas las que sobreviven a quienes las encarnan. Los caudillos pasan. Las ideologías mutan. Los partidos cambian de color. Pero las ideas permanecen.

Y hay ideas que vale la pena defender incluso cuando resultan incómodas. No porque sean de izquierda o de derecha, sino porque hacen posible que existan todas las demás. La libertad de pensar. La libertad de leer. La libertad de amar. La libertad de sentir. La libertad de decir “no estoy de acuerdo”. Son ideas frágiles. La historia demuestra que nunca desaparecen de golpe; se erosionan lentamente, una concesión a la vez, una prohibición razonable a la vez, una excepción bien intencionada a la vez. Quizá por eso merecen ser defendidas con tanta convicción como se defendieron alguna vez las plazas o las fronteras.

Roberto Bolaño desconfiaba de las personas demasiado buenas. Siempre me pareció una intuición brillante. Los monstruos rara vez se presentan como monstruos; suelen llegar convencidos de ser la gente más decente de la habitación. Lo demasiado bueno termina siendo peligrosamente lejano de lo humano. Y cuando alguien cree representar el bien absoluto, la conversación deja de tener sentido. Sólo queda la pedagogía de la prohibición.

Por eso me resulta tan sugerente que Dua Lipa haya impulsado una biblioteca dedicada exclusivamente a libros censurados. El gesto importa porque recuerda algo elemental: una democracia no se mide por los libros que celebra, sino por los libros que tolera aunque le resulten incómodos.

Así que quisiera proponer un pequeño acto de desobediencia intelectual.

Leamos a los censurados. Leamos a los condenados.

Leamos a quienes una iglesia quiso esconder, a quienes un emperador quiso borrar, a quienes una dictadura prohibió y también a quienes una multitud decidió cancelar.

No para darles la razón. No para absolverlos. Sino para conservar intacto el derecho más importante que tiene un lector: decidir por sí mismo.

Después de todo, la mejor reseña de un libro nunca ha sido una faja editorial ni un premio literario.

Es descubrir que, en algún momento de la historia, alguien con suficiente poder sintió la necesidad de esconderlo.

Porque toda censura termina siendo una confesión involuntaria.

No habla de la peligrosidad de un libro.

Habla de la fragilidad de quien necesita prohibirlo.

lunes, 6 de julio de 2026

"El estilo, que elevó a algunos por encima de otros en situaciones jerárquicas, claramente patriarcales, ha sido y es replicable, y cada vez con mayor facilidad"

En una columna de opinión, publicada 
el 30 de junio pasado, en el diario La Jornada, de México, la escritora Cristina Rivera Garza se refirió a las llamadas "malas escrituras" y la emprendió contra la primacía del estilo.

Timbre

Dijo el periodista y editor argentino Diego Fonseca en un tweet (todavía les llamo así) que leí el 26 de mayo del 2026: Tengo un problema con IA: usa la “—”, “no es X sino Y”, y tríadas (como ésta); organiza y enumera; mide el “tempo” (endecasílabos/yámbicos); punchlines lógicos para cerrar párrafos.

Recursos que usé por décadas.

Ahora debo defender un estilo.

Se pondrá interesante”.

En Essayism, traducido al español por Inmaculada C. Pérez Parra como Ensayismo en 2022, Brian Dillon se aproxima a la noción de estilo de forma tentativa, pero termina definiéndolo, primero, como “un cierto artificio a niveles de estructura, sintaxis y sonido”, para continuar con “un aplomo arruinado (a ruined poise)”, “un flechazo (a crush)”, una forma de “mantener la compostura (keep it together)”, una manera de “distinguirse de los demás ( rising above)”. Yo prefiero pensar en el estilo con un argumento parecido al que emplean Kate Zambreno y Sofia Samatar en Tone (publicado en 2023 por Yale University Press y aún sin traducción al español), entendiéndolo por principio de cuentas como una relación que le pertenece a y emana de una experiencia compartida a partir de prácticas en común. Por eso, el lugar de la autoría plural (las dos escritoras del caso, ciertamente, pero también, a veces, sus alumnos) lo ocupa el nombre de Comité a Cargo de Investigar la Atmósfera, quen nos guía a través de obras disímbolas que se valen del color, los sonidos, las ventanas, el trabajo, y hasta la traducción para producir esas atmósferas que los lectores anhelan habitar, regresando a ellas una y otra vez. En ese sentido, el estilo podría ser definido como una amistad, si por amistad entendemos una relación afectiva que se alimenta de estrategias de cercanía para producir vulnerabilidad en común.

No somos tan únicos como la definición estrecha de estilo nos hizo creer por siglos. El estilo, que elevó a algunos por encima de otros en situaciones jerárquicas, claramente patriarcales, ha sido y es replicable, y cada vez con mayor facilidad. Lo que Diego Fonseca señala, esas tres estrategias que ahora conducen a identificar el estilo de escritura de IA fueron, hasta hace no mucho, señales inequívocas de la buena escritura: el uso del guion largo, el énfasis en la contraposición argumental, la regla de tres o elaboración de tríadas persuasivas. En los escritos de perfección gramatical a toda prueba y párrafos simétricos que me entregan a veces los alumnos, también resalta el uso indiscriminado de adjetivos grandilocuentes y la proliferación de sustantivos abstractos, que impiden poner el cuerpo en la lectura. No hay nada ahí, al menos no todavía, que apele a los sentidos a través del detalle concreto, por ejemplo.

Escribir bien ha sido la vara básica con la que se ha medido el valor de un libro literario, al menos en ciertos círculos. Escribir bien, como concepto, le ha servido a esos círculos para denostar formas alternativas de articulación verbal, especialmente aquellas que exceden o retan directamente sus formas de expresión autorizadas o predilectas. No por nada, Gertrude Stein argumentaba, sobre todo en “Composition as explanation”, un ensayo que leyó en 1926 frente a audiencias en Oxford y Cambridge, y que publicó Hogarth ese mismo año, que una escritura verdaderamente revolucionaria debía aparecer, al inicio, como “fea” o “mal escrita” a los ojos de lectores contemporáneos que todavía no la reconocían como una escritura de su época, ya por cuestiones de falta de familiaridad o ya por cuestiones de poder tanto en términos de gusto como de estilo.

Ciertas escrituras vanguardistas del siglo XX se valieron precisamente de “escribir mal” o de “escribir feo” para poner en cuestión los estilos predominantes de la época, develando así su complicidad con relaciones de poder existentes. No estoy segura, pues, de que defender un estilo sea la forma de lucha que requiere este momento. Tal vez nos toque, por el contrario, escribir mal intencionalmente y con lujo de detalle: hacerle trampas al lenguaje para obligarlo a decir lo que no está diciendo o no puede decir; elaborar largas oraciones convulsivas capaces de producir opacidad ahí donde tres oraciones cortas aclararían las cosas; poner la coma en el lugar inadecuado para volver al tartamudeo; revolcarse frente a la idea del personaje en toda su acepción individual e individualista. Habrá más, por supuesto. Cada época escribe mal de esa manera históricamente determinada que no puede, o no quiere, escapar a su verdad

Las cosas, eso sí, se pondrán interesantes.

domingo, 5 de julio de 2026

"Ni la teoría de la literatura ni la sociología ni la filosofía son pensables en una sola lengua, sino según sus históricas transformaciones en el pasaje de una lengua a la otra."

Tercer y, hasta la fecha, último artículo de la serie "Futurología", de Mariana Dimópulos, publicado en El Trujamán, el 17 de junio de este año. 

Futurología (3). El traductonés del futuro

«La traducción es la lengua del futuro»: esta afirmación podría parecer absurda si atendemos a los últimos desarrollos técnicos, puesto que muchos aseguran que estos desarrollos la harán desaparecer. Además, la traducción no es una lengua en sí, sino un acto de pasaje y su resultado, tal como lo explicita la clásica fórmula definicional —«acción y efecto de»— que aún usan algunos diccionarios. La traducción como resultado del traducir ocurre siempre en una lengua ya existente, llamada «lengua de llegada». Si sucede del alemán al español, entonces la lengua de traducción será el español; y si se produce del galés al portugués, entonces la lengua de traducción será el portugués. En suma: la lengua de traducción es siempre circunstancial e histórica.

Sin embargo, la frase no es tan inconsecuente como podría parecer en un primer momento. Mi interés aquí es postularla como verdadera. La primera persona que, según mi conocimiento, ha formulado una idea similar es la filósofa francesa Barbara Cassin, argumentando que la traducción debería convertirse en la lengua de las ciencias humanas. Estas ciencias, a diferencia de las «duras» (que también son humanas, pero utilizan lenguajes formalizables), dependen de la historia y de sus conceptos, que van cambiando de ropajes, y son determinadas por las traducciones que las han hecho posibles. Ni la teoría de la literatura ni la sociología ni la filosofía son pensables en una sola lengua, sino según sus históricas transformaciones en el pasaje de una lengua a la otra. Y es en la medida en que son producto de esas transformaciones lingüísticas que su lengua deviene la transformación misma, gracias a la homonimia de acción y efecto oculta en el término traducción.

Pero la lengua de traducción tiene otro ascendente, y no es ni elegante ni virtuoso como el de Cassin; antes bien, se levanta como un dedo acusador. En inglés lleva el nombre de translationese. Es un término peyorativo, igualable a una mala traducción, demasiado literal, llena de interferencias provenientes de la lengua de partida. Este traductonés es la prueba del fracaso de pensar la traducción como apertura a la otra lengua, aquel ideal alimentado hace más de doscientos años por los románticos alemanes. Ese traductonés malhadado muestra el texto como traducción en el peor de los sentidos; una porción de la lengua propia que no se deja leer. La lingüística cuantitativa ha hablado también de esa escritura de traducción que se diferencia de los textos originales, tan pronto como la digitalización comenzó a permitir conteos. Las traducciones —no importaba de qué lengua— mostraban rasgos específicos: un uso mayor de cierto tipo de adverbios, un uso distinto de los pronombres.

Mi frase de inicio, sin embargo, no se refiere ni a las ciencias humanas ni a la falla de dar lugar a lo ajeno, sino al código y sus productos. Si bien es cierto que estos productos de la traducción automática tienden a ser uniformes, siempre podrán ser transformados lo suficiente —por la misma máquina— para que no parezcan producto del código. Variarán cada vez que un ojo humano descubra traductonés y exija una transformación; al mismo tiempo, esta modificación seguirá siendo producto del código y llevará su marca. Puede que hoy esta marca esté «sesgada» por el inglés, pero en el futuro habrá código en otras lenguas que harán sus propias matrices. Se trata del arte combinatorio soñado por antiguos europeos, llevado ahora a un gran extremo gracias al poder de las calculadoras semánticas. Para que la tesis de inicio funcione hay que echar mano de la clásica fórmula definicional una vez más. Borrada la distinción entre proceso y producto, con la automatización de la traducción en plena marcha, la lengua del futuro se convierte en la traducción: cada uno hablará una lengua propia, pero la traducción en sí hará que todas se vuelvan transparentes unas a otras. La traducción como acción del código se convertirá en la traducción como lengua y producto, cada vez distinto, pero con el mismo valor. Y así, este traductonés se convertirá en la lengua más exitosa y más hablada —en silencio— del futuro.


jueves, 2 de julio de 2026

"Si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción"

El segundo de los artículos de Mariana Dimópulos publicados en El Trujamán bajo el título general de "Futurologías", apareció el 26 de marzo de este año.


Futurología (2). Todas serán retraducciones

En el proceso de apropiación de conceptos nuevos, típico entre culturas en contacto, las lenguas necesitan inventar formas de denominación. Si una lengua «importa» una palabra a su léxico en lugar de utilizar una paráfrasis, lo hace, en general, por buenos motivos. El más límpido de todos ellos es cuando aparece un objeto antes inexistente; se utilizan entonces dos mecanismos para crear un neologismo que lo nombre: o bien el calco, o bien el préstamo. Por ejemplo, para el inglés mouse —cuando su referente es un objeto electrónico— algunas variedades dialectales del español eligen el calco (ratón) y otras, el préstamo (mouse). Entre estas nuevas adquisiciones en nuestra lengua, que muchas veces comienzan en la jerga y luego se masifican, una se ha vuelto especialmente relevante para los traductores y los que piensan la traducción. Se trata del término agency.

Lo relevante de agency, que se traduce a veces por el calco agencia, es el deslinde del actuar respecto de quien actúa. En la agency lo que importa es que el actuar constituye al actor y no viceversa. Y, si bien no sugiere el grado de impersonalidad de «llueve», tampoco alcanza al grado de personalización de «María salta». En términos de agencia, si tuviéramos que parafrasear el último ejemplo, diríamos que hay un saltar para el cual se presume una persona saltante. Esta primacía del actuar, cuando el actor queda sin nombre, es precisamente lo que ocurre con la traducción automática sustentada en la Inteligencia Artificial. ¿Quién traduce cuando traduce una máquina? ¿Qué marca —si no es subjetiva— queda en esa traducción siempre iterable? Un mar de versiones posibles se extiende ante nuestros ojos, si cada día puedo pedirle a un servicio distinto (o a todos ellos) que «escriba variaciones del cuento que me han encargado traducir. El efecto de esta agency —que dará que hablar en muchos otros ámbitos— se hace especialmente relevante en la transformación de la práctica humana del traducir. De hecho, progresivamente, iremos estableciendo este retrónimo (valga aquí el calco), pues diremos cada vez más «traducción humana» en vista de que la práctica general será la automatizada (como se dice «inglés británico» desde la bien probada expansión de esa lengua en América, o «reloj analógico» tras la invención y dominancia del digital).

Los expertos hablan de un tipo de influencia especial ejercido por las versiones automáticas sobre el proceso de traducción humana. Este fenómeno, claro está, ya tiene un nombre: priming. ¿Una vez más estaremos obligados a una importación terminológica para hablar de lo que necesitamos en estas pocas líneas? Acaso no, puesto que esa influencia que se ejerce y se imprime en el traductor humano por parte de las versiones automatizadas nos es conocida. De hecho, es lo que ha pasado siempre, aunque a una menor escala, en la retraducción. Y es precisamente este modelo el que gobernará desde ahora la traducción humana, pero no ya respecto de otras traducciones prexistentes hechas por otros humanos. Toda traducción humana tendrá muchas anteriores en potencia, es decir, una diversidad no infinita pero sí numéricamente apabullante de traducciones automatizadas que podrían antecederla. Y la humana será siempre «posterior» por el simple hecho de la rapidez de la máquina y su disponibilidad.

¿Qué nos enseña nuestro pasado de retraductores con vistas al futuro? Hasta ahora, la clave estaba en el momento en que dábamos lugar a la traducción preexistente y qué buscábamos en la comparación. Cuándo una traductora leía las versiones preexistentes del Convivio de Dante —antes, durante o después de su traducción— y qué tipo de comparación establecía con ellas —si de autoridad, si de negación, si de corroboración— determinaba la calidad de su trabajo final. Podría objetarse, sin embargo, que el número de las posibilidades automatizadas será tan elevado y la calidad tan alta que ya no habrá motivo para ejercer la traducción humana. Esto es probable pero no pertenece a nuestra pregunta inicial. Lo que sabemos es que, si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción. Y esto cambiará la naturaleza misma del acto de traducir. Acaso terminará por decirse «se traduce», no como diríamos «llueve», pero casi como si lloviera, con un halo de cosa magnífica y meteorológica.

miércoles, 1 de julio de 2026

"Las lenguas están asociadas a sistemas de valores"

El 14 de enero de este año, la escritora y traductora argentina Mariana Dimópulos publicó en la revista española El Trujamán, el primero de varios artículos que, con título común "Futurología", reflexionan sobre la lengua y la traducción.

Futurología (1). Acerca del inglés y su destino

Cuando hablamos de lenguas primeras lo decimos en muchos sentidos. Una lengua primera puede ser la lengua de origen, es decir, la imaginada lengua primigenia —desde la adánica hasta el indoeuropeo, pasando por todas las estrambóticas hipótesis que se barajaron en la Europa de los siglos xvi y xvii—, o puede ser lengua primera respecto de la traducción. Esta será la lengua del original mientras la otra, la segunda, es la lengua meta. Los traductores escribimos lenguas segundas en este sentido.

Pero también existe la lengua primera según el rango de importancia, el prestigio o el número de hablantes. Las llamadas lenguas mundiales y, entre ellas, la más destacada de todas, es la primera. En el interior de cada sistema lingüístico, sin embargo, el asunto se complejiza, pues cada país tiene una «lengua primera» que es la lengua oficial y, en algunos casos, otras aceptadas como oficiales pero «menores» frente a la primera. Este esquema, lo sabemos bien, no siempre funciona de forma pacífica.

De modo que está repleto de órdenes en las lenguas y poco de lo que las atañe resulta indiferente; antes bien, las lenguas están asociadas a sistemas de valores. Lo que pensamos sobre las que hablamos y las que no hablamos está cargado de connotaciones y juicios; reaccionamos a lenguas, a acentos, a letras distintas, lo queramos o no. Los traductores, seres curiosos porque aman las lenguas, son aquí probablemente más abiertos que los monolingües. Sea como sea, nuestra actitud —la de todos— hacia las lenguas pocas veces es neutra.

Más allá de lo que pensemos de la lengua mundial actual —es decir, la primera en el tercer sentido—, no podemos dudar de cuál sea esa lengua. El predominio del inglés, histórico como todos los predominios lingüísticos, es muy reciente, no data de más de un siglo, pero resulta innegable. Sin embargo, su estrella está comenzando a opacarse. Recordemos, esto ya ha sucedido: el francés fue la lengua de cultura —la lengua primera en sentido simbólico— por mucho tiempo en Europa y en América. El español fue lengua primera antes, y aún hoy sigue siendo una lengua mundial. El holandés se usó extensamente como lengua de intercambios comerciales en el siglo xvii. Y el italiano fue la lengua de la poesía durante el Renacimiento.

Como ha ocurrido con las lenguas que la han precedido en semejante posición, también al inglés le han encontrado razones intrínsecas para ser primera: su especial don para la lógica (pero esto ya había sido dicho del francés), el número de palabras en su vocabulario (pero esto fue motivo de crítica hacia las llamadas lenguas primitivas) y muchas otras razones curiosas que obvian lo evidente: el ascenso del dominio cultural, político y económico de un país que lo habla.

¿Puede que este dominio esté llegando a su fin? Mi respuesta es afirmativa. La clave está en la traducción automática voz-a-voz. Anunciada por diversas empresas que se dedican a monetizar la traducción como nunca lo han podido hacer los traductores humanos, los servicios de interpretación automática permiten entender lo que dice un hablante cuya lengua no conozco, es decir, recibir aquel enunciado opaco de forma clara et distincta en mi propia lengua. Recordemos el jelly fish de una famosa sátira inglesa donde se viajaba por las galaxias, tal como lo cuenta David Bellos. Allí estaba disponible el «pez de Babel», definido como la cosa más rara del universo: un pececito amarillo y gelatinoso que, una vez colocado en el oído, era capaz de hacer entender todas las lenguas del mundo de forma automática mediante la absorción de frecuencias inconscientes del cerebro que, conectadas con el centro del lenguaje y sumadas a otras funciones delirantes, ofrecía una versión satírica de la idea del pensamiento universal. El efecto final era la demostración de la no existencia de Dios. (Cómo era la demostración se explicaba en una desopilante serie de deducciones en la versión televisada de la Hitchhicker’s Guide to the Galaxy.) Lo interesante era que, en lugar de evitar las guerras gracias a la comunicación y comprensión mutua de culturas, el dispositivo las aceleraba y las hacía más sangrientas. Hoy nuestra versión del pez de Babel se ha hecho realidad o está muy cerca de serlo. Ahora, ante la pregunta de la función global del inglés y su posible declive, tenemos una respuesta. Pronto todos podrán comunicarse en la lengua propia sin pasar por ninguna lingua franca, pues cada uno llevará escondido este traductor universal en alguna forma tecnológica primero especialmente extraña y celebrada por pocos, luego impuesta, por el interés del capital en su triunfo tecnológico, a todos los que progresivamente puedan pagar por ella.

martes, 30 de junio de 2026

"Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños"

El pasado 26 de junio, el escritor Daniel Guebel publicó la siguiente columna en el diario Perfil. La reproducimos a continuación.


Pequeñas declaraciones

La escritura, la observación del proceso de escritura, y la lectura misma, están fuera del reino de las ciencias exactas y de la lógica, escapan al principio de no contradicción. La literatura crea verosímiles y esos verosímiles son espejos de realidades existentes, externas, anteriores al libro que leemos, pero también crea sus leyes propias, que se verifican poniendo a prueba nuestros sentimientos y nuestros sentidos, nuestra admiración y nuestro rechazo, nuestro desconcierto frente a las condiciones en que se producen, y se suman, agregan, y modifican lo existente. La autonomía propia de la ficción es una autonomía relativa, es un mundo dentro de otro mundo, y ese mundo primero se desvanece un poco, o mucho, mientras estamos leyendo. Nadie es como el Quijote, pero todos nos parecemos un poco. Don Quijote no existía como “entidad humana” antes de que Cervantes la inventara, pero la literatura crea realidades y personalidades, establece una relación dialéctica. O, si no nos gusta esa categoría, una relación combinatoria. De la cruza de la lectura de la Biblia y de su condición de soldado, Ignacio de Loyola da luz a La compañía de Jesús, que es el ejército intelectual de la Iglesia Católica. Las mejores interpretaciones de Freud, que funda una disciplina nueva, se realizan sobre biografías de difuntos y sobre textos literarios, mientras que Lacan afirma que el inconsciente -que bien podría ser una invención estética- está estructurado como un lenguaje, no sabemos cuál, y trama buena parte de la eficacia de su recurso terapéutico mediante algo que llama “lingüistería” y que a veces suena como juego de palabras, otras como poesía pura. El presidente norteamericano Donald Trump es hijo de una lectura hiperbólica de los mafiosos de las películas de Scorsese combinada con dibujitos animados, mientras que el presidente argentino Javier Milei es en sí mismo un personaje quijotesco, la atroz o milagrosa (según quien lo lea) encarnación viva de una quimera, quiere aplicar su ideal de la aniquilación del Estado gobernándolo. Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños, son tataranietos de Julio Verne. Esa relación entre el pasado y el futuro, su dinámica constante, construye literaturas y realidades extraliterarias, que luego la literatura provecha, y así….

Pero, ¿qué es la literatura? ¿Cuál es su poder, su efecto, su gloria y su desgracia? La literatura es un territorio de estricta libertad, de invención y de creación, y al mismo tiempo un testimonio del sometimiento más terrible a rigores que no conocemos y a impedimentos que nos hacen escribir de una manera y no de otra, que nos impiden ser geniales todo el tiempo, y que a veces nos obligan a escribir textos no tan buenos o sencillamente malos, lo sepamos o no. La sintaxis es una cárcel de la que no podemos escapar, el lenguaje nos oprime y el alfabeto es nuestro alivio y nuestro tormento. Y ¿qué es algo bueno y algo malo, en términos literarios? ¿Para quién, por qué? Y en esa combinación de éxtasis, vértigo, constatación, acierto, asombro y sentido, estamos.