miércoles, 24 de abril de 2019

“Juzgar a un hombre es juzgar un sueño”

El pasado 22 de abril, Matías Serra Bradford publicó en la revista Ñ la siguiente nota a propósito de Ezra Pound y de los libros y eventos que, en estos días, ocupan las páginas de distintos diarios. 

Ezra Pound: días y noches del poeta 
de todos los siglos

Los Cantos de Ezra Pound son el poema más ambicioso –y el fracaso menos rotundo– del siglo XX. Son una epopeya cortada a cuchillo, una travesía de accidentes milagrosos, el panóptico de un preso inminente, un atlas con la historia entera a cuestas. Figura excepcional por diversas razones –entre ellas el de haber sido, como Beckett, un escritor fotogénico toda su vida–, Pound fue un caso ejemplar de revolucionario que honra la tradición y la renueva.

El aspecto vanguardista de los Cantos, en todo caso, era el caballo de Troya con el que Pound buscó infiltrar a los clásicos griegos, chinos y latinos. “Ningún arte creció jamás mirando a los ojos del público”, advertía. Y los Cantos son un diario público, atomizado, la oda a la simultaneidad de un monologuista en el centro de un maelstrom. La voz genera el maelstrom y el maelstrom la mantiene domada. La autoridad de la voz hace creer que el poeta guarda –con el sorriso malizioso de uno de los personajes de esta maratón superpoblada– los puentes faltantes en su interior. El extraordinario rango de Pound –de esos capaces de mentir en un cementerio– no era solo literario; incluía el arte, la arquitectura y la música. Y a cada cosa le llega su segundo.

“Tenía que ser una forma que no excluyera algo meramente porque no calzaba”, bromeaba a medias, mientras empataba la historia mayúscula con la cursiva de la historia personal, y las recapitulaba y recompaginaba. Ya en su ensayo The Spirit of Romance, sobre Dante y los trovadores provenzales, afirmaba que “todas las épocas son contemporáneas” y que en literatura “muchos hombres muertos son los contemporáneos de nuestros nietos”.

De apariencia torrencial, los Cantos sufrieron un montaje espaciado, meditado: “Solo las secuoyas son lo bastante lentas”. La impresión que dejan las líneas de Pound es de atajos, de unir sin escalas un punto remoto del mapa con otro que se volcó del planeta. El montaje es lo que el material exige a cambio de sus secretos, y hace oír “a las ranas croando contra los faunos/ a media luz”. En ese mar babélico y pentecostal, de palabras compuestas, de ortografía a menudo artrítica, el encadenado de conexiones dispares por momentos arroja restos deslumbrantes: “La torre, como un enorme ganso de un solo ojo, se empina sobre el olivar”. O bien, “panteras agazapadas junto a la escotilla de proa,/ y el mar azul profundo en torno”.

El relato –Pound repetía que los poetas debían escribir al menos tan bien como los mejores prosistas– avanza impulsado por vientos y pautado por sentencias confucianas, de dicción clara y sentido múltiple. Los ideogramas chinos que salpican las hojas de los Cantos aportan una especie de serenidad gráfica, sostenida por la dulzura que Pound sabe susurrar a menudo: “Los pétalos del damasco vuelan de este a oeste/ y yo he procurado impedir que caigan”. Y más tarde: “La azalea creció mientras dormíamos/ en Selinunt”. Su adoración hacia Venecia –uno de los hilos de Ariadna de la obra– por obvia no deja de hablar por él.

“Nada cuenta excepto la calidad del afecto”, suelta el combativo y afable timonel y arponero Pound en medio del oleaje (y ya en una carta había avisado que “la gente que ha perdido la reverencia ha perdido mucho”). Uno de los espíritus menos celosos de la historia de la literatura, Pound era un ave rapaz para detectar talento, para editarlo, para promoverlo. Pasó con el Ulises de Joyce, cuyas primeras entregas colocó en pequeñas revistas que usaba de plataformas de lanzamiento. Pasó con Eliot, cuya Tierra baldía corrigió de principio a fin y abrevió lápiz en mano. Pasó con la poeta Marianne Moore, el poeta y espía Basil Bunting, y el narrador y pintor Wyndham Lewis. En plena navegación su sextante determinó la posición de estos astros dispersos.

La lista –creer o reventar– es kilométrica y excluye desaciertos. Los títulos de algunas de sus obras hacen de espejo de su brío evangélico, de su labor como instructor de horario completo: How to ReadGuide to KulchurABC of Reading. Lo deslizaba con incisiva modestia en su poemario Cathay: “La lealtad es difícil de explicar”. Para los que desconfiaban de su claridad, aseguraba que lo que uno ama bien es la verdadera herencia.

En su memoria Fin al tormento. Recuerdos de Ezra Pound, la poeta Hilda Doolittle apunta que “lo extraño es que Ezra fuese tan increíblemente generoso con cualquiera que le pareciese que tenía la menor chispa de talento sumergido”. (Este otro mosaico es también una reconstrucción, la de un viejo romance, en el que Doolittle confiesa que bailaba con Pound “por lo que decía” y se eleva a alturas considerables: “Nieve sobre su barba. Pero no tenía barba, por entonces. La nieve sopla desde las ramas de pino, polvo seco sobre el oro rojo”).

Por su parte, el beneficiario Eliot también le salió de testigo: “Engatusaba y casi forzaba a otros a escribir bien: de manera que a menudo presenta la apariencia de un hombre tratando de explicarle a una persona muy sorda que su casa se está incendiando”. Con lógica marcial, quien nunca dejó de hacer campañas pedagógicas jamás dejó de ser un alumno. Su amigo el poeta W.B. Yeats anticipaba que “la misma curiosidad de su intelecto logrará que su aprendizaje sea extenso”. Su interés por otras literaturas y otras lenguas fue canibalizado explícitamente en su obra. Pound quería ver la noción de recirculación –de citas, de nombres, de dinero– puesta en práctica y puesta en escena.

Ese eclecticismo desquiciado y su manejo magistral de tantas formas métricas y géneros, no volvieron más inapresable su gusto (aunque en él se parecía más bien a un juicio, centrado en la calidad). “Tiene más principios razonables que gusto”, acotaría Yeats, que practicaba esgrima –literal y figurativamente– con Pound en una cabaña perdida en el sur de Inglaterra, cuando el futuro autor de los Cantos se ofreció como secretario trilingüe. En revancha, las observaciones de Pound podían ser demoledoramente precisas, mientras daba vuelta como un guante cualquier reflexión esperada: “La técnica es la prueba de la sinceridad”.

Pound sostenía que la única crítica “de valor permanente o moderadamente perdurable” pertenece al que hace el próximo trabajo (su ejemplo era Joyce como crítico de Flaubert). La tarea de un traductor también puede verse como ese trabajo siguiente. La versión integral de los Cantos que realizó Jan de Jager regresa y rehace a Pound, retomando uno de sus primeros versos: “el océano revertía su curso”.

Como Pound, la traducción tiene el equilibrio –y los desequilibrios– justos. El Canto XIII murmura su decálogo: “Cualquiera es capaz de incurrir en excesos./ Es fácil colmar la medida./ Lo difícil es afirmarse en el medio”. Autor y traductor nunca pierden el norte y y consiguen lo que promete una de las líneas: “Y con un solo día de lectura un hombre ya tendría en sus manos la clave”. Pound sabía de sobra qué podía estar esperándolo a la vuelta de la esquina o de un siglo y se adelantó atacando “la muy perniciosa idea actual de que un buen libro debe ser necesariamente uno aburrido”.

Sus años oscuros –de antisemita vociferante– tuvieron un castigo nada envidiable y un arrepentimiento nada teatral. “Juzgar a un hombre es juzgar un sueño”, apuntó J. Rodolfo Wilcock, justamente, a propósito de Pound. En una página en curso o en una biografía cerrada, en la medida en que uno desorienta tiene un enigma para presentar.

Cantos, Ezra Pound. Traducción: Jan de Jager. Sexto Piso, 1.209 págs.

Fin al tormentoRecuerdos de Ezra Pound + El libro de Hilda, Hilda Doolittle y Ezra Pound. Ediciones UDP, 200 págs.

Exultations Lustra de Ezra Pound, y Poeta en el manicomio de William Carlos Williams. Buenos Aires Poetry, 160 págs, 180 págs, y 38 págs.

Jornadas Ezra Pound en la Argentina. 24 y 25 de abril, 18 a 21. Museo del Libro y de la Lengua. Biblioteca Nacional, Las Heras 2555, CABA. Participan: Jan de Jager, Jorge Aulicino, Juan Arabia, Jorge Fondebrider, Matías Battistón y otros.

martes, 23 de abril de 2019

Una reseña española de los "Cantos" de Pound

Las jaula donde estuvo encerrado Pound
El siguiente es el comentario/entrevista que Jesús García Calero licenciado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. redactor jefe de Cultura y Espectáculos del diario ABC y, no es chiste, especializado en asuntos de patrimonio e historia, con especial atención al patrimonio subacuático y la historia naval– publicó el 27 de noviembre del año pasado, en el ABC Cultural, apenas Sexto Piso publicó los Cantos, de Ezra Pound, en traducción de Jan De Jager. En su entusiasmo –o acaso con una burbuja subacuática en el cerebro , el comentarista se olvidó de que T. S. Eliot es estadounidense nacionalizado británico y sin más lo convirtió en irlandés. No es seguro que a Eliot le hubiera gustado.

No hay Google que valga para los Cantos de Ezra Pound

La voz del poeta norteamericano Ezra Pound (Idaho, 1885-Venecia, 1972), el más influyente en las vanguardias del siglo XX, renace en esta segunda década del XXI con una traducción de nueva planta al español de su obra monumental: los Cantos, más de un centenar de poemas que le llevaron toda su vida y forman una calzada de más de 1.200 páginas de poesía, en este volumen, que permiten recorrer –y tal vez conjurar– la catástrofe de la cultura occidental.

La tarea de esta nueva versión de una obra que aspiraba a convertirse en un poema épico de la humanidad no es fácil, es hercúlea, y el responsable de la edición de Sexto Piso, el traductor y poeta Jan de Jager, confiesa que ha dedicado 20 años a su estudio y 10 a la traducción. Todo un empeño en los tiempos de Twitter. Como suele ocurrir, la existencia de anteriores traducciones, desde la de Vázquez Amaral, completa, a la de Ernesto Cardenal y José Coronel Utrecho, parcial, entre otras, ha permitdo a De Jager documental su trabajo comparando su visión con las miradas acumuladas durante décadas a la inabarcable obra de Pound.

El resultado es una majestuosa versión que atrapa la música que Ezra Pound extrajo de los fragmentos que con amor recogía en casi todas las tradiciones culturales de su tiempo, que es aún, en muchos sentidos, también el nuestro. Se pueden buscar referencias para comprender más profundamente el resultado de su obra, pero «no hay Google que valga para los Cantos, por eso yo apuesto por una lectura en la que te dejes atrapar por el sonido y el voltaje poético sin perderte en notas al pie», apunta De Jager.

Y luego, intentemos googlear, pero será imposible llegar a todas las referencias. Si el buscador es una herramienta maravillosa que en los últimos años puede servir para que la lectura de aualquier obra se convierta en una suma de capas, una obra como los Cantos no se rinde al algoritmo. Las referencias son tan numerosas y variadas, tan misteriosas a veces y complejas, que no hay Google que valga.

De Jager comenta que prefiere esa lectura «horizontal» que se entrega a la musicalidad del texto, antes que una vertical, que vaya siguiendo las notas al pie de cada referencia textual y pierda así el ritmo. «Lo que más valoro de Pound son esos trechos escalofriantemente líricos que incluye en los poemas, como para sacudir al lector y volver a captar su interés y atención. Ahí está el desafío como traductor», comenta Jan de Jager.

¿Cómo ha logrado una traducción tan fiel a la música de estos poemas? «Siguiendo el adagio de ser todo lo literal que se pueda y todo lo libre que se deba», en el fondo, esa era la teoría de traducción del propio Pound.

La vida de Ezra Pound recorre los meandros sangrientos del siglo de las Guerras Mundiales. Formado en Estados Unidos, pronto le hicieron sentirse extraño, «europeo» por su formación, y acabó embarcando en dirección a Venecia con 80 dólares en el bolsillo en 1908. En Italia, sobre todo, donde hizo de Rapallo su cuartel poético, pero también en París y otras ciudades, labró algunas de las páginas más importantes de la literatura del siglo XX en inglés. Alumbró el Imaginismo, raíz de tantos ismos de los que fue un influyente teórico. Eliot le debe a su lápiz rojo el parto de la «Tierra baldía», su obra más célebre, que Pound corrigió, o talló, hasta dejarla como la conocemos. El irlandés se la dedicó como «il miglior fabbro», el mejor artesano.

En la Guerra mundial sus alocuciones y diatribas antiamericanas desde la radio italiana fascista le valieron ser acusado de traición y apresado y encerrado en una jaula a la intemperie durante meses en Pisa. Allí siguió escribiendo: los estremecedores Cantos pisanos. Tras un colapso nervioso, fue recluido en un manicomio estadounidense, St. Elisabeth, hasta 1958. Regresó entonces a Italia y acabó allí sus días, en Venecia, en una casa junto al canal de la Giudecca, en un callejón sin más salida que la memoria de una luz gastada.

Durante toda su vida fue componiendo esos Cantos, que para De Jager tienen «mucha vigencia, porque su obra mantiene un peso enorme en la literatura actual, también en los jóvenes poetas», expresa a ABC el traductor. Hay tres Pounds, según él: uno lírico que atrapa al lector, otro que tiene el coraje y la desfachatez de hacer un poema épico de temas económicos y un tercero que es «maestrito, el explicador de la aldea» en una aldea que empezaba a ser, por sus guerras, global.

Surge de inmediato la tristeza por saber que estuvo «en el lado equivocado de la guerra», pero el estudioso concibe que «su error no fue ser fascista, sino pensar que el fascismo era un anticapitalismo». Porque una de sus enormes preocupaciones fue siempre económica. Es autor del célebre «Con usura» (Canto XLV) y ese empeño fue el que le empujó hacia las compañías de fascistas que se enfrentaban a un sistema que, según decía, había traicionado el espíritu de los padres de la patria americana.

«Fue un sensor poético –apunta De Jager–. En los 70 recibió la visita de Allen Ginsberg, que era judío y budista, lo cual ya es elocuente. Le dijo que quienes estaban contra la guerra de Vietnam coincidían con su análisis de que la guerra no era la solución a la economía, a sus crisis y las cuentas de los bancos. Que tenía razón».

En una obra de tal extensión, ¿cómo sobrevive el lector? De Jager reconoce que hay trechos líricos inigualables, pequeños poemas que se clavan como dardos de pura belleza y hacen revivir el interés. «Como traductor ser fiel a la extraordinaria intensidad esos momentos ha sido lo más difícil. También he tenido que triangular con traducciones que él hizo o manejó, porque en los Cantos están Homero, Cavalcanti, los poetas provenzales, los orientales. Utilizó fragmentos de casi todas las tradiciones, excepto la india y la sudamericana». No así la española, ya que había estudiado en Madrid el Siglo de Oro y a Lope.

Pound –concluye De Jager– «recogía fragmentos del pasado y los mostraba como hallazgos asombrosos, compartidos con alegría, y los traducía de forma escalofriantemente bella. Funciona antes de entenderse, como la música, por el poder hipnótico de su manejo del idioma». Nadie como él conocía la tradición, ni el metro. Ahora, en esta nueva versión, los Cantos salen al encuentro de una nueva generación.


lunes, 22 de abril de 2019

Ya está en la Argentina el Pound de De Jager


Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón, de México. Ha publicado la novela La orfandad del esplendor y el libro de textos periodísticos Un sintagma por aquí, un estribillo por allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves. Con esos antecedentes, Olivares Baró entrevistó a Jan De Jager (foto), poeta y traductor argentino, autor de la reciente versión de los Cantos, de Ezra Pound, en la editorial en la editorial Sexto Piso. Ésta es la charla, publicada en la edición de La Razón del 19 de abril pasado.

Publican la versión más completa
de la obra cúspide de Ezra Pound

Circula en librerías Cantos (Sexto Piso, 2019), el magno poema épico de Ezra Pound (Idaho, 1885 – Venecia, 1972), traducido por Jan De Jager (Buenos Aires, 1959). Se trata de la versión más completa al castellano del compendio de historias, leyendas, mitos, canciones y oralidades en que trabajó il miglior fabbro estadounidense durante más de 50 años. Cántico que es summa alegórica de todos los gestos de la misericordia  humana, desde las más bajas desventuras  hasta la cresta de lo sublime. Pound en un legado de vasta y compasiva  sabiduría. 

La Razón conversó con Jan De Jager, escritor y traductor de latín y griego clásico amén de diversas lenguas modernas (neerlandés, afrikáans, inglés…), sobre esta titánica faena de volcar a nuestra lengua ese maremoto lingüístico: los Cantos de Ezra Pound.  

Desafío traducir Cantos, de Ezra Pound. ¿Cómo lo afrontó usted? 
–Después de muchos años de lectura y relectura, tanto de los Cantos como de otras obras de Pound y obras de críticos, biógrafos e historiadores, me dije que ya iba siendo hora de intentar una nueva traducción de los Cantos. Lo fui haciendo después del trabajo, sin prisa pero sin pausa, primero una versión manuscrita anotando ‘a vuelapluma’ lo que el sentido y el ritmo del original me dictaban, sin parar para buscar un término ni nada. Y luego, al pasar esas notas en limpio, completaba las lagunas, consultando todo tipo de fuentes. A continuación corregir, corregir y pulir. Además usé dos métodos de triangulación: parte de los Cantos son traducciones y adaptaciones de otros textos, que yo consulté. Y también consulté las versiones de otros traductores de los Cantos. Y después fue cuestión de conseguir un editor. Y consensuar la versión con el editor y sus correctores, eso sólo llevó buena parte de un año y medio. 

Inglés de variantes que van del siglo XIII al XX y asimismo empalmes de otras lenguas. ¿Qué hizo ante monumental collage lingüístico? 
–Los textos en inglés de los Cantos, que son la mayoría, claro, están en diversas variantes regionales y de diferentes épocas, y también diferentes niveles de formalidad: coloquial, solemne, burlas de acentos extranjeros, etc. En general procuré que la traducción castellana reflejara esa variedad. De lo contrario, la riqueza del original se hubiese “aplanado” o incluso “aplastado”. Los textos en otras lenguas los dejé tal cual. Hay dos Cantos que están íntegramente en italiano. Estos figuran en un apéndice, en la versión del traductor invitado, Jorge Aulicino.  

 Muchos fragmentos de Cantos son a su vez traducciones de Pound de otras lenguas. ¿Se vio obligado usted a realizar una  traslación múltiple? 
–Lo que yo hice, que llamo “triangulación”, como si fuese una técnica de agrimensor, fue mirar el texto de Pound pero también de qué manera él a su vez traducía o adaptaba el original con el que había trabajado. Y eso, o sea lo que hizo Pound con su original, lo tuve siempre en cuenta a la hora de dar la versión castellana. Muchas veces los Cantos parecen un inventario de novedosas y arriesgadas técnicas de traducción. Yo a mi vez procuro imitar esas técnicas.  

¿Qué hizo con los versos en castellano del original y asimismo,  con las imprecisiones históricas? 
–A veces los versos en castellano del original presentan algún pequeño error, por ejemplo: “poco religión”, en los casos en que estuve seguro que no fuesen un juego de palabras de Pound, o la imitación de Pound del error de un personaje, los corregí. En el “Canto 3”, además, hay un collage con textos del Cantar del Cid. Yo ahí procedí libremente con original y traducción, que están yuxtapuestos, consultando además, obviamente, el original del Cantar del Cid. 

Se aprecia un cuidado en la conservación de la prosodia poundiana. ¿Cómo lo logró?
–Por fortuna conozco muy bien la métrica de ambos idiomas, creo que dejé (a la manera de un músico de jazz que se entrega a una improvisación) que los dos sistemas métricos se amigaran o amalgamaran en el oído, para luego bajar al papel la traducción provisional. Pound mismo decía “seguir el ritmo de la frase musical, no el ritmo del metrónomo”. Creo que Pound hubiese aprobado el método que utilicé. Me alegra que muchos lectores me “digan que mi traducción suena a poesía “original”.  

¿Interés por respetar la peculiaridad de Pound en su caprichosa puntuación? 
–Creo que lo fragmentario, lo caprichoso, a veces lo desprolijo (paréntesis o comillas que abren pero no cierran, abreviaturas idiosincráticas) constituyen una doble marca histórica. Por un lado: Pound está dejando el texto “en crudo”, como “fragmentos” o “reliquias”. Por otro lado, estas marcas son también un testimonio de las condiciones a menudo caóticas o difíciles en que Pound trabajó. Como nómade sin biblioteca, como preso en Pisa, como interno (durante 13 años!) en un psiquiátrico…  Un desafío especial fue a veces decidir dónde poner el signo de pregunta o el de exclamación de apertura, que el inglés no tiene. Había que dirimir dónde empezaba la pregunta o la exclamación, para poner ahí el signo de apertura, dado que el resto de la puntuación a veces no daba la pauta (como sí ocurre en cualquier texto de prosa, digamos, “normal”). 

¿Referencias  con las traducciones de los poetas nicaragüenses  Ernesto Cardenal y  Coronel Urtecho? 
Miré muchas traducciones, la de Vázquez Amaral, por supuesto, las de Cardenal y Coronel Urtecho, las portuguesas de los hermanos De Campos y la de José-Lino Grunewald; la alemana de Eva Hesse, la italiana de la hija de Pound, Mary de Rachewilz; y por supuesto, la francesa más reciente, de Yves di Manno y su equipo. Siempre que me encontré con algún hallazgo, no dudé en rapiñarlo para mi versión. Me importa más la calidad de la versión que la originalidad. 


¿Cómo enfrentó una obra de  mudanzas desafiantes y en algunos pasajes hasta ininteligible?   
Pound es uno de los autores que ha producido más bibliografía secundaria. Invita al comentario y la anotación. Hay publicaciones periódicas enteras dedicadas a su obra. Para los pasajes más peliagudos fui a los artículos que se escribieron sobre esos pasajes difíciles. Es increíble pero casi todo en esas mil páginas de notable densidad poética está comentado y discutido. Y también me dejé orientar por las decisiones traductoriles de los colegas que hicieron las versiones a otros idiomas. Realmente no es esta una traducción para hacer a las apuradas.  

Algunos lectores han desdeñado que no sea una edición bilingüe y, asimismo, resienten la falta de notas al pie de página. ¿Qué puede comentar sobre eso? 
Hemos intentado recrear el acto de lectura del original. El original no es bilingüe ni trae notas. Las notas, esto ya lo dije en otros reportajes, llevan a una lectura ‘vertical’, el ojo baja a las notas cada vez que tropieza con una alusión desconocida, cortando así el flujo del discurso. Esta versión en cambio busca salvaguardar el ritmo y el impulso del verso, sin interrupciones, en una lectura que por contraste llamaríamos ‘horizontal’. El lector que busque bilingüe y con notas, siempre puede acudir a la edición de Cátedra, pero lamentablemente esta edición se encuentra incompleta, falta el cuarto volumen que representa casi un tercio de la obra en su conjunto. 

¿Se siente satisfecho con el resultado?  
Estoy contento con el resultado, al releerlo ya impreso en papel, no me avergüenzo… Lo que sí, sin duda, con base en las críticas y observaciones que sin duda surgirán a lo largo de los próximos años, es probable que en algún momento sienta la necesidad de revisar todo una vez más. Considero que esta traducción es una obra abierta

viernes, 19 de abril de 2019

Ezra Pound en la Argentina


La publicación de una nueva edición de los Cantos  –más específicamente, la segunda después de la traducción pionera del mexicano José Vázquez Amaral–, traducidos esta vez por un argentino, ofrece una magnífica oportunidad para que un grupo de poetas y traductores reflexionen conjuntamente a lo largo de dos jornadas sobre la importancia e influencia de la poesía de Ezra Pound en la Argentina.

Programa

Miércoles 24 de abril
18 hs. | Ezra Pound en castellano: su influencia en la poesía argentina
Participan Jorge Aulicino y Jorge Fondebrider.
Modera Matías Battistón.
19:15 hs. | Cómo se traduce Ezra Pound al castellano
Participan Juan Arabia y Silvia Camerotto.
Modera Lucas Margarit.

Jueves 25 de abril
19 hs. | Presentación de los Cantos de Ezra Pound
Participan Jan De Jager, Juan Arabia y Jorge Fondebrider.

Sala "David Viñas" / Museo de la Lengua - (Las Heras 2555, C.A.B.A)

Entrada libre y gratuita.

miércoles, 17 de abril de 2019

"La forma distinta de pensar, sentir y segmentar la realidad de cada grupo humano"

Para ubicarnos, María del Pilar Montes de Oca Sicilia (foto) es, según se presenta, lingüista profesional y de vocación. En 2001 fundó la revista Algarabía, la cuál se ha convertido en una de las revistas culturales más vendidas en México. Autora y compiladora de El Manual para Escribir Bien, El Manual para Hablar Mejor del libro, Mitos de la Lengua, y de los libros de Todo Excepto Feminismo, Chile para Todos, Fumar es un Placer, y muchos más en los que trata temas antropológicos, históricos y lingüístico. Su libro más reciente es De Pura Lengua: Reflexiones Sobre la Lengua, Nosotros y el Mundo. El pasado 12 de abril publicó una columna de título remanido en el diario mexicano Excelsior, que reproducimos a continuación.

Traductor, traidor (I)

                                Traduttore, traditore.
                Adagio italiano.

Cualquier persona que haya intentado hacer una traducción sabe que muchas veces parece muy fácil, en tanto que otras –la mayoría, sobre todo si se trata de una lengua perteneciente a una cultura muy distinta a la nuestra– parece imposible. La razón es que las lenguas no son sólo distintas en vocabulario, sino también en organización, estructura y forma de segmentar la realidad. Lo que en una lengua es una palabra, en otra no existe o se tiene que decir con dos o más términos; así, un concepto existente en una lengua puede no ser el mismo que en otra, lo que se ejemplifica en el cuadro de abajo. De ahí la imposibilidad de realizar una traducción buena, o, más que buena, fidedigna o, todavía más que fidedigna, transparente.

Nunca podremos decir que una lengua es mejor o peor, sólo que es distinta; y es distinta porque es reflejo de una cultura, de una forma de ver el mundo y la realidad.

De hecho, hay una hipótesis, la Sapir-Whorf, que establece la existencia de una relación entre la forma en que una persona habla y la forma en que esa misma persona entiende el mundo y se comporta dentro de él, es decir, el lenguaje determina el modo de pensar de los hablantes.

A esta hipótesis también se le llama «determinismo lingüístico» y, en su versión más radical, sostiene que el lenguaje determina totalmente el pensamiento, hasta el punto de que lenguaje y pensamiento son lo mismo.

Y es que, queramos creerlo o no, todos pensamos según la lengua que hablamos. Nosotros lo hacemos en español y vemos el mundo en español. Tanto así, que es difícil entender conceptos que no están en nuestra lengua, por ejemplo, aquel tan afamado del nosotros inclusivo y exclusivo del quechua y de otras lenguas indígenas. El vocablo ñoqanchis es inclusivo y significa «tú y nosotros» y el vocablo ñoqayku es exclusivo: «nosotros sin ti». Los mexicanos tenemos que contentarnos con responder: «¿nosotros, Kemosave?».

Y, más aún, nosotros no sólo pensamos en español, sino en español mexicano. Así, cuando oímos a un español decir: «me lo monto mal», nos cuesta trabajo entender que eso en mexicano querría decir: «me la estoy pasando de la chingada», o cuando oímos a un argentino decir: «no sé si te lo bancás», nos cuesta trabajo entender que lo que quiere decir es: «no sé si vas a soportar esto». Y al revés nos pasa igual.

Diferencias profundas: «Muchas veces, nuestra impresión al estudiar una lengua extranjera nos lleva a pensar que todas las diferencias son ridículas o ilógicas en comparación con el uso de nuestra propia lengua», dice Raúl Ávila. ¿Cómo es que los hablantes de hanuno, que sólo tienen cuatro palabras para describir los colores, no se han dado cuenta de que pueden expresarse con muchas más? Pero lo que no tomamos en cuenta es que la cultura hanuno –donde no hay telas ni computadoras ni pantalones– no necesita especificar más.

Tomando en cuenta eso, podríamos decir, por ejemplo, que si bien los indios zuni pueden ver perfectamente los colores naranja y amarillo, como cualquiera de nosotros, no los distinguen en su lengua, quizá porque no es necesario o, bien, porque no es importante. Y es que la lengua tiende a lexicalizar y gramaticalizar los  conceptos que son relevantes para una cultura determinada. Por ejemplo, los agta de Filipinas «disponen de 31 verbos distintos que significan “pescar”, cada uno de los cuales se refiere a una forma particular de pesca. Pero carecen de una simple palabra genérica que signifique “pescar”». Esto se debe a que la subsistencia de los agta depende principalmente de la pesca y no necesitan referirse a ella en forma general, sino de manera específica. Marvin Harris dice que está comprobado que los hablantes de sociedades primitivas y ágrafas suelen identificar entre 500 y mil especies de vegetales distintas por su nombre, mientras que los hablantes de sociedades urbanas industriales no conocen más de 50 o cien. Estas diferencias no sólo se dan en lenguas de culturas tan distintas a la nuestra, sino también en lenguas mucho más cercanas. Hay términos que una lengua posee, pero otra no, y eso refleja la forma distinta de pensar, sentir y segmentar la realidad de cada grupo humano.


martes, 16 de abril de 2019

Las expectativas de los editores no son buenas

Diana Segovia
Con la gestión del actual gobierno, los argentinos nos hemos ido acostumbrando a una decadencia que de lenta cada día tiene menos. El sector del libro viene siendo sistemáticamente golpeado y así lo hace saber la CAL (Cámara Argentina del Libro) en sus últimos informes. El que se dio a conocer hace unos días es todavía peor. Así se lee en la nota que Daniel Gigena publicó en el diario La Nación el pasado 14 de abril.

El primer trimestre de 2019,
el peor en 5 años para el sector editorial

Según el informe anual de producción de la Cámara Argentina del Libro (CAL), el sector editorial comercial (responsable de un tercio de las publicaciones que se realizan en el país) sigue en problemas. Las cifras, que se obtienen mediante los registros de novedades en la Agencia Argentina de ISBN, administrada por esa cámara, son elocuentes. En 2015, se habían producido 83 millones de ejemplares de nuevos títulos, mientras que en 2018 ese número se redujo casi a la mitad: 43 millones de ejemplares. Por otra parte, la cantidad de ejemplares cada diez mil habitantes pasó de 6600, en 2016, a 4400, en 2018.

"La crisis se está volviendo estructural", admite Diana Segovia, gerenta de la CAL. Los editores estiman que, con la caída en el consumo de libros hechos en el país (que incluye impresos y digitales), se ha perdido ya un tercio del mercado. Y, lo que es más grave, la mayoría presume que esa pérdida no se podrá recuperar en el corto plazo.

La CAL anticipó a La Nación que el primer trimestre de 2019 fue el peor en cinco años en cuanto a producción y venta de libros. En enero y febrero de 2019 se produjo un 35% menos de libros que en 2018. Si se comparan los índices de producción con los del primer trimestre de 2016, la caída roza el 50%. La información detallada se dará a conocer el jueves 2 de mayo a las 14, en una conferencia de prensa en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Otra señal de alarma, que afecta en especial a editoriales pequeñas y medianas del sector editorial comercial, es que en las librerías no se hacen pedidos de reposiciones de sus títulos. Últimamente, como los puntos de venta tienden a abastecerse de novedades mensuales, la tan mentada bibliodiversidad decae. Por otro lado, se intensifican los retrasos en la cadena de pagos.

La única buena noticia que despunta en el informe anual de la CAL es que, si bien aún se observa un resultado deficitario en la balanza comercial, las exportaciones de libros aumentaron en los primeros meses de 2018.

En 2017 se exportaron libros por una suma total de 26,5 millones de dólares; en 2018, ese monto ascendió a los 30,6 millones de dólares. Desde inicios del siglo XXI, el récord tuvo lugar en 2008, cuando se exportaron libros por un total de 49,1 millones de dólares. En ese mismo período, el récord de importaciones se dio el año pasado, por un valor de 175,2 millones de dólares. Más del 50% de las importaciones de 2018 corresponden a complementos, coleccionables y fascículos que se comercializan en quioscos de diarios y revistas.

En la sección "Encuestas de ventas de libros", la CAL mide el impacto de las fluctuaciones de la coyuntura económica en la industria del libro. El aumento de costos (en especial, el del papel), el aumento de tarifas y la caída del consumo se consignan como las problemáticas principales que afrontan editores y libreros. La institución informó que al menos el 20% de las empresas editoriales habían despedido personal en 2018.

¿Qué alternativas se pueden ofrecer ante este panorama? "Reactivar el consumo e instrumentar políticas fuertes de promoción del libro y la lectura", señala Segovia. En la Argentina, según consta en la última encuesta de consumos culturales del Sistema de Información Cultural de la Argentina (Sinca), el consumo de libros per cápita cayó de 3 a 1,5 en el período 2013-2017.

Las expectativas de los editores respecto del sector no son muy buenas. El 29% de los consultados creen que este año será mucho peor que 2018, y un 39% prevé que será peor. Cuando se los consulta respecto de las expectativas que tienen sobre sus empresas, el desaliento se achica. Un 16% estima que será mucho peor, y para un 27%, que será peor. Los optimistas, tanto acerca del sector como de la empresa en particular, son minoría: un 2% y un 4%, respectivamente.

SIN BENEFICIO FISCAL
La CAL hizo saber que desde el 1º de enero de este año el sector editorial comercial había obtenido un beneficio fiscal gracias a las modificaciones introducidas por la ley de presupuesto 27.467 en algunos artículos de la ley del impuesto al valor agregado. Una vez que estén reguladas, esas modificaciones habilitarán la recuperación del IVA en las distintas etapas del proceso de producción de libros, diarios y revistas (compra de papel, diseño, corrección, impresión, etc.).

Históricamente solicitado por el sector, el beneficio representaría un alivio en medio de una crisis prolongada. No obstante, hasta ahora la AFIP demora su reglamentación.