viernes, 18 de junio de 2021

Buenos Aires, ciudad de traductores



TOLEDO – Übersetzer·innen im Austausch der Kulturen es una organización dedicada a la traducción desde múltiples perspectivas. En su presentación institucional dicen esto:

“Los traductores son actores centrales en el intercambio cultural internacional. Con su trabajo amplían nuestros horizontes y nuestra comprensión de otras culturas. Cuanto mayor sea la cultura de la traducción, más rico y vivo será nuestro conocimiento del mundo, nuestra literatura, nuestro idioma.

“El programa de financiación de TOLEDO apoya a los traductores literarios en el ejercicio activo de este papel de mediador entre culturas y áreas lingüísticas. La financiación se centra en:

--Movilidad: becas individuales que permiten a los traductores completar fases de trabajo intensivo en los centros de traducción europeos y sumergirse en las lenguas y culturas de las que traducen;

--Networking: Proyectos que traen a traductores a intercambiar entre sí y con otros actores del negocio literario;

--Visibilidad: Eventos que hacen accesible el vocabulario cultural de los traductores a un público más amplio.”

Uno de esos eventos es “Ciudad de traductores”, que ya tuvo distintas ediciones en Calcuta, Montreal, San Pablo y Kiev. Nuevamente, siguiendo la presentación que se hace de la actividad nos enteramos de que “Ciudades de traductores nos invita a ver destacadas metrópolis literarias como espacios de traducción y a explorarlas como etapas de traductores. Cada ciudad se explora a través de dos miradores: el de un traductor que vive en la ciudad y la conoce bien, y el de un traductor que descubre la ciudad por primera vez a través de la expedición. Juntos, la pareja moviliza una red diversa, organiza exploraciones y desarrolla un programa que expone la naturaleza de la ciudad como una ciudad de traductores. Se invita a traductores, escritores, periodistas y exploradores de otros géneros a investigar la ciudad de los traductores a través de ciertas preguntas: ¿Cómo y dónde se desarrolla la cultura de traducción de la ciudad? ¿En qué escenarios y con qué actores? ¿Existe conciencia de esta cultura y, de ser así, cómo se manifiesta? ¿En las redes e infraestructuras actuales? ¿En la memoria cultural de una ciudad? ¿Cómo dan forma los traductores a una ciudad? ¿Y qué papel juega una ciudad en el trabajo de un traductor? ¿Qué historias de traducción cuenta una ciudad? ¿Dónde se hacen visibles las nuevas expresiones de traducción? Los textos, blogs e imágenes se crearán en el transcurso de la expedición y estarán disponibles aquí como collages de múltiples voces. La ciudad de los traductores arrojará nueva luz sobre el papel que desempeñan los traductores en el intercambio cultural y compartirá historias nuevas e inéditas.”

La última edición de esta aventura tuvo como destino a Buenos Aires. Y el encargado de llevar adelante todas las intervenciones fue el poeta y traductor alemán Timo Berger, quien, ayudado por la fotógrafa Guadalupe Gaona, cubrió distintos aspectos de la traducción en la capital argentina.

Hubo textos especialmente escritos para la ocasión, entrevistas a los traductores elegidos, mesas de discusión, etc.

Para mostrar algunas de estas actividades, ofrecemos a continuación, la presentación del organizador y el video de una mesa redonda que, moderada por Martína Fernández Polcuch, incluye a Matías Battistón, Carla Imbrogno y el Administrador de este blog.

Ciudad de traductores

1) Timo Berger: Un puerto en constante cambio

https://www.toledo-programm.de/cities_of_translators/2846/timo-berger-un-puerto-en-constante-cambio

2) La cuestión de la lengua: Las y los traductores de Argentina entre el mercado y la tradición

El español argentino se diferencia del de España no sólo por su léxico. ¿Será por ello que los libros traducidos en Buenos Aires suenan diferente? Matías Battistón tradujo de nuevo la trilogía de novelas de Samuel Beckett. Jorge Fondebrider lleva más de diez años organizando el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y Carla Imbrogno traduce en primer lugar teatro contemporáneo. Los tres debaten acerca de por qué en Sudamérica se necesita otra clase de traducciones diferentes a las provenientes de España, qué papel juegan los editores en este proceso y las lecturas de libros que los motivaron a convertirse en traductores. La moderadora Martína Fernández Polcuch es intérprete y traductora de alemán.

https://www.toledo-programm.de/cities_of_translators/2723/la-cuestion-de-la-lengua-las-y-los-traductores-de-argentina-entre-el-mercado-y-la-tradicion

jueves, 17 de junio de 2021

Libros de autores japoneses en editorial argentina

 


El pasado 16 de junio, Silvina Friera publicó en Página 12, el siguiente artículo sobre la colección Bosque de bambú –dedicada a la literatura japonesa–, de la editorial argentina También el caracol, dirigida por Mariana Alonso y Miguel Sardegna. En la bajada puede leerse: “El sello independiente argentino publicó exquisitos libros de autores poco conocidos fuera de su país, como Riichi Yokomitsu, Sakunosuke Oda y Rintarō Takeda, además de una interesante antología de literatura proletaria japonesa: Bajo un cielo oscuro cargado de nieve”.

Una colección dedicada a la literatura japonesa

Hay momentos en que el deseo de construir puentes entre Argentina y Japón se transforma en una necesidad que se puede materializar. También el caracol, una editorial que combina la publicación de literatura japonesa inédita en castellano y narrativa argentina, surgió a mediados de 2018 de la mano de la editora y traductora Mariana Alonso y el abogado y escritor Miguel Sardegna. El nombre de la editorial que ha rescatado a Riichi Yokomitsu, el maestro de Yasunari Kawabata, es el verso de un haiku de Shiki, que vivió entre 1867 y 1902, un tiempo de declive de la poesía clásica japonesa. “Las viejas formas se habían estancado y las nuevas maneras que venían de occidente amenazaban imponerse. En ese contexto, Shiki sostenía que era necesario dejar de lado ciertas prácticas, como el recurso de evocar otros poemas. Concebía la poesía como la pintura de un instante y proponía basarla en la propia experiencia –cuenta Alonso–. Irónicamente, pasó sus últimos meses postrado en una cama con tuberculosis. Habiendo construido su teoría sobre la experiencia, de pronto vio la suya reducida a cuatro paredes. El poema que nos da nombre es uno de los últimos que escribió: ‘con la cabeza erguida/ también el caracol/ se me parece’”.

A Alonso y a Sardegna –director de la colección “Bosque de bambú”, dedicada a la literatura japonesa– les gusta “ese gesto de estirar el cuello para intentar mirar lo que sucede afuera, en el jardín”. “Hay algo de dignidad y de resistencia, que nos conmueve y, muchas veces, nos hace llorar”, reconoce la editora y traductora de También el caracol, que en 2018 sacó el primer libro de la colección de narrativa argentina, la primera novela de Karina Sacerdote, Monoblock. En marzo de 2019, salió el primer título de literatura japonesa: La primavera llegó en un carro tirado por caballos, los cuentos de Riichi Yokomitsu (1898-1947), un autor poco conocido en Argentina, contemporáneo de Kawabata, traducido directamente del japonés por Masako Kano, Gabriela Occhionero y la propia Alonso. “La editorial y los libros que publicamos son un reflejo de quienes somos nosotros. Somos argentinos, amamos la literatura y nos apasiona la cultura de Japón. Era inevitable que surgiera esa combinación, así lo concebimos desde un principio. Los puentes entre las dos colecciones se construyen sin quererlo, se dan naturalmente a partir de nuestro gusto como lectores y de lo que buscamos o nos conmueve al momento de elegir una obra”, plantea Alonso a Página/12.

Todos los libros de literatura japonesa cuentan con un estudio preliminar de Sardegna. Los textos de la contratapa tienen distintos autores. En el caso de la contratapa de La primavera llegó en un carro tirado por caballos el autor es el escritor Martín Felipe Castagnet. “En el cuento que da título a este libro, un gato callejero entra a un estudio y ocupa el lugar que dejó la tortuga. Así nos ocurre con Riichi Yokomitsu, que con cinco relatos se cuela, tan desconocido como despreocupado, por entre los grandes sabios para reclamar el espacio que por derecho también le pertenece –advierte Castagnet–. Yokomitsu carece de misericordia, pero sus personajes están plenos de compasión; paranoia y generosidad van de la mano. La primavera llegó en un carro tirado de caballos es un libro conmovedor, casi epifánico, sobre los padecimientos ajenos y propios, muchas veces autoinfligidos”. Castagnet elige una frase magnífica, escrita por Yokomitsu, para ejemplificar su interpretación: “Había decido probar esos sufrimientos como la lengua prueba el azúcar, para mirarlos con la luz total de todos los sentidos”.

Alonso revela que la puerta de entrada a Japón fue la literatura, y en especial Kawabata (1899-1972). “Kawabata, como muchos otros escritores, consideraban a Yokomitsu un maestro. En realidad, fue más que eso, fue considerado un bungaku no kamisama, ‘un dios de la literatura’ –explica la editora y traductora–. Hace un tiempo dábamos un seminario de literatura japonesa en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, y cuando leíamos a Kawabata sentíamos siempre la necesidad de hablar también de su amigo Yokomitsu. Pero no había nada suyo traducido al castellano, compartíamos la pena con nuestros alumnos, y no había mucho más que se pudiera hacer. Pasados más de quince años, cuando decidimos crear También el caracol, la situación de Yokomitsu no había cambiado. La historia no fue justa con su literatura, nos gusta pensar que estamos haciendo algo para cambiar eso”.

También el caracol ha publicado en la colección de narrativa argentina El cristo roto, de Marcelo Rubio; En la semilla ya está el aroma, de César Díaz; 33 rpm, de Juan Guinot y Las comadrejas no existen, de María Marcela Vicente. “Bosque de bambú” se completa con La canción del arrozal (ranas, cigarras, libélulas, mariposas, luciérnagas y grillos en la poesía japonesa), de Lafcadio Hearn (1850-1904), un irlandés de nacimiento nacionalizado japonés, enamorado de su país adoptivo; Bajo un cielo oscuro cargado de nieve, una antología de literatura proletaria japonesa que incluye a Yoshiki Hayama, Denji Kuroshima, Teppei Kataoka, Takiji Kobayashi, Yuriko Miyamoto, Kensaku Shimaki; El signo de los tiempos, de Sakunosuke Oda (1913-1947) y La ópera japonesa de los tres centavos, antología de cuentos de Rintarō Takeda (1904-1946).

“Todavía nos sentíamos de estreno cuando comenzó la pandemia”, recuerda Alonso. “El primer mes fue de mucha incertidumbre. Pero nos propusimos salir de todo esto mejor de lo que habíamos entrado. Y creo que lo venimos logrando. Seguimos con nuestro plan editorial, fortalecimos nuestros vínculos con los lectores y sumamos cada día nuevos proyectos. Para eso fue clave también la presencia en las redes. Desde Instagram armamos una verdadera comunidad, desde donde estamos en diálogo constante con nuestros lectores. Disfrutamos mucho ese espacio de charla e intercambio”. Para este año la editora y traductora anticipa que en agosto También el caracol publicará un nuevo libro de Lafcadio Hearn, “ese occidental que se nacionalizó japonés y ve con nuestros mismos ojos de extranjero un mundo que desconoce y lo hechiza”, y para fin de año llegará a las librerías un segundo libro de cuentos de Yokomitsu, Cabezas y vientre.

Alonso subraya que desde la colección de narrativa argentina buscan “aportar voces potentes que reflejen visiones distintas del mundo”; con las publicaciones de literatura japonesa se proponen dar a conocer autores inéditos en castellano, ampliar el abanico posible de lecturas. “Sentimos que hay un universo enorme de autores japoneses desconocidos, auténticos tesoros que se merecen un lugar en nuestro idioma y en nuestra biblioteca –reconoce la editora–. Lo hacemos desde nuestro lugar como argentinos y latinoamericanos, con traducciones más cercanas a nuestro castellano. Esperamos estar contribuyendo a fortalecer la traducción y la edición de la literatura japonesa que tanto nos gusta”.

miércoles, 16 de junio de 2021

Capital Intelectual, del Grupo Insud, sigue acumulando empresas: ahora, Siglo XXI

Hugo Sigman
La noticia fue publicada sin firma por Cultura InfoBAE, el pasado 14 de junio. Allí, en su bajada, se lee: “Capital Intelectual, el sello argentino fundado por el empresario Hugo Sigman (Buenos Aires, 1944), anunció un acuerdo para sumar la mayoría del paquete accionario de la prestigiosa casa editora de origen mexicano, que tiene en su catálogo a autores como Michel Foucault, Roland Barthes y Eduardo Galeano, entre otros”.

Para quienes no lo sepan, Hugo Sigman es un empresario argentino del que se dice ha sido uno de los principales aportantes a la campaña presidencial de Alberto Fernández. Es reconocido por ser el fundador, director general y accionista del Grupo Insud, un conglomerado empresarial con presencia en los campos de la farmacéutica (fabricación local de la vacuna de Astra-Zeneca), la agroforestería y el cine, entre otros. Ese “entre otros” incluye a Capital Intelectual.

De acuerdo con el anuncio institucional, “Capital Intelectual es grupo editorial [la lista de sellos y publicaciones puede leerse en el cuerpo central del artículo],con una dilatada trayectoria, enfocada en hacer un aporte al debate nacional y regional. Su catálogo incluye publicaciones con diversidad de perspectivas sobre variados temas, entre los que se encuentran ciencia, política, literatura, filosofía, deportes, psicología y divulgación científica. Sus títulos se exportan a más de 15 países y desde 2011 se publican en España, bajo el sello Clave Intelectual, incluyendo escritores admirados como Aldo Ferrer, Manuela Carmena, Dante Caputo, Juan Carlos Distéfano, Jorge Fernandez Díaz, Leonardo Padura, Rodolfo Braceli, Alejandro Fabbri, Vicente Muleiro, Sergio Sinay y Mempo Giardinelli, entre otros. Su Colección de Jóvenes Lectores Aerolitos presenta títulos meticulosamente seleccionados especialmente recomendados para infantes y niños, con ilustraciones de reconocidos artistas. Algunos títulos incluyen Mundo Buñuelo, de Roberto Cubillas, Dos arbolitos locos: poemas y canciones, de Federico García Lorca y Valeria Cis, y De espuma y mar, de Alfonsina Storni y Azul de Corso.

Últimamente, en este blog, ha habido diversas menciones a la edición local de Le Monde Diplomatique (8 y 18 de marzo, 13 de abril), una de las publicaciones del grupo, debido a la vergonzosa actitud mantenida por José Natanson, director de la publicación –y, desde 2018, director editorial de Capítal Intelectual y Clave Intelectual– con los traductores que se ocupaban de llevar al castellano las noticias originales allí publicadas, lo cual motivó una sonada huelga.

Hugo Sigman, a punto de comprar la mayoría de las acciones de la editorial Siglo XXI en México y Argentina

La editorial argentina Capital Intelectual anunció que llegó a un acuerdo de adquisición del sello de origen mexicano Siglo XXI, que se produciría de forma oficial en 60 días. Fuentes cercanas a la editorial explicaron a Infobae cultura que la adquisición sería del 58% del paquete accionario de la casa norteamericana, lo que comprende el 90% de la sucursal en Argentina.

 

“Durante parte de 2020 y 2021, Capital Intelectual mantuvo conversaciones con Jaime Labastida, director y principal accionista de Siglo XXI, la prestigiosa editorial mexicana con casa en Argentina, con vistas a una posible adquisición. Finalmente, el 10 de junio llegamos a un acuerdo preliminar. Para terminar de perfeccionarlo es necesario cumplir con una serie de pasos formales que se extenderán a lo largo de los próximos 60 días”, informaron en un comunicado.

 

Capital Intelectual es una editorial argentina con una filial en España (Editorial Clave Intelectual), con un regitro de publicación que atraviesa el ensayo político, económico y social. Fundada por Hugo Sigman, médico psiquiatra y empresario, se dedicó a impulsar diversos proyectos culturales y fomentar el debate intelectual.

 

Así, se crearon revistas como TXT 3puntos, la edición de Le Monde Diplomatique para el Cono Sur y la versión en español de The New York Review of Books. También le pertenece la productora de cine, K&S, responsable, entre otras, de películas como Relatos SalvajesEl Clan La Cordillera.

 

Por su parte, Siglo XXI, fundada en la década del 60 en México, es una de las editoriales más importantes y prestigiosas en lengua española, que en su catálogo incluye autores como Michel FoucaultRoland BarthesPierre BourdieuJulia KristevaJacques LacanEduardo GaleanoPaulo Freire Antonio Gramsci, entre otros.

 

En ese sentido, complementa su línea de autores clásicos con la publicación de autores contemporáneos, en el campo de las ciencias sociales, la cultura y el debate político, pero también en áreas como la educación, la historia, el periodismo y la divulgación científica. La casa argentina (Siglo Veintiuno Editores Argentina) está a cargo de Carlos Díaz desde el año 2000.

 

“Siglo XXI Editores México es un baluarte de la cultura mexicana y latinoamericana, un valor que queremos preservar a como dé lugar. Nuestro objetivo es potenciar la empresa en el contexto de las nuevas condiciones del mundo editorial, respetando su rica historia y los valores que le imprimieron desde su fundación Arnaldo Orfila Reynal, Jaime Labastida y el grupo de intelectuales que los acompañaron. Creemos que estamos ante una excelente oportunidad para potenciar el trabajo que viene desarrollando la editorial mediante la asociación con Capital Intelectual, Le Monde diplomatique - Edición Cono Sur y Review. Revista de Libros, que comparten los mismos valores e intereses”, explicaron en el comunicado.

martes, 15 de junio de 2021

Notable trabajo de Ana Mosqueda con la correspondencia de Samuel Glusberg

 


El 13 de junio, en el diario Perfil, el poeta, escritor y periodista Osvaldo Aguirre publicó un muy interesante artículo sobre el editor Samuel Glusberg y su correspondencia. Según la bajada, “En Cartas sobre la mesa. Correspondencias editoriales en la Argentina moderna (1900-1935), publicado por Eudeba, Ana Mosqueda redescubre el luminoso epistolario del editor Samuel Glusberg –trenzó vínculo con los intelectuales más destacados de su época–, testimonio inmejorable para la preservación de la memoria y para calibrar nuestra formación identitaria”.

 

Palabras cruzadas

 

El editor Samuel Glusberg guardaba las cartas y los textos autógrafos que recibía de los escritores con el mismo cuidado que otros hombres dedicaban a “los papeles que se cotizan en bolsa”, según escribió en Gajes del oficio, un libro de notas y recuerdos. El valor de esos materiales, hoy reunidos en un fondo del Centro de Documentación e Investigación de Culturas de Izquierda (Cedinci), puede ser apreciado en Cartas sobre la mesa. Correspondencias editoriales en la Argentina moderna (1900-1935), un ensayo de Ana Mosqueda que redescubre no solo aquellos papeles sino un género tan poco estudiado en Argentina como el de las cartas de editores.

 

Glusberg (1898-1987) nació en la actual Moldavia, y en 1904 llegó a Buenos Aires junto a sus hermanos. Editor de las revistas Babel (1921-1929), La Vida Literaria (1929-1931) y Trapalanda (1932-1935), también creyó que “un solo lector puede valer por mil”, y ese principio definió el perfil de un editor que, destaca Mosqueda, privilegió los lazos sociales por encima de los comerciales y la difusión de ideas antes que la rentabilidad del negocio. Entre 1935 y 1973 vivió en Santiago de Chile, donde prosiguió su actividad.

 

La editorial de Glusberg, llamada también Babel, era tan humilde que ni siquiera tenía local propio. Sin embargo construyó un catálogo en sentido estricto –Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada y Alfonsina Storni fueron algunos de sus autores–, combatió la piratería y se preocupó por cuestiones como el pago de derechos de autor y de las colaboraciones que solicitaba. “El oficio de editor entre nosotros –apenas si hay dos o tres, los demás son meros agentes o impresores– es, como el del crítico, una función de heroísmo y sacrificio”, afirmó, con plena conciencia de su trabajo.

 

Ana Mosqueda encuentra en Glusberg “una figura paradigmática de los intelectuales-editores que florecieron en las primeras décadas del siglo XX”, y los documentos se encuentran en la correspondencia. “Una de las razones que llevó a Glusberg a conservar su epistolario fue el deseo de guardar testimonio de sus vínculos con los intelectuales más destacados de su época, pero también el propósito de trascender, de dejar huella para los que quisieran seguir su camino. Glusberg tenía conciencia de la historicidad de las cartas”, dice la autora de Cartas sobre la mesa, doctora en Historia Social de la Cultura Escrita por la Universidad de Alcalá de Henares (España) y directora de la Editorial Ampersand, en diálogo con Perfil.

 

“Como otros editores, Glusberg no daba importancia a sus propias cartas, por lo que la mayor parte del corpus que investigué está compuesto por correspondencia pasiva, es decir la recibida. A veces, la pérdida de esa otra parte de la correspondencia influye en la comprensión de la que ha sobrevivido”, agrega Mosqueda. Para el libro, publicado por Eudeba, acudió además a borradores de memorias y al diario personal de Glusberg y a cartas resguardadas en los archivos de Waldo Frank, de José Carlos Mariátegui y de la Academia Argentina de Letras, en este caso a propósito de la correspondencia con Victoria Ocampo.

 

—¿Por qué es importante conocer las cartas de editores?

—La conservación de estos archivos personales no solo sirve para la preservación de la memoria sino para la formación identitaria. Constituye la memoria escrita de la sociedad, que lo conserva, lo ordena y lo estudia. La cultura del siglo XX será probablemente, como dice Luigi Crocetti, bibliotecario y editor italiano, la última que pueda ser documentada en los modos clásicos: papeles, libros y objetos físicos en general. Incluso la biblioteca de un autor o de un editor se vuelve “documento”, ya que forma parte de la historia cultural de un individuo, y el testimonio de la cultura en una época y sociedad determinadas. A partir del creciente interés por las escrituras autobiográficas, por un lado, y del desarrollo de la historia de la edición y de la historia social de la cultura escrita, por el otro, han empezado a ser valorados los archivos de editores o de otros intelectuales, aunque no fueran escritores, al comprobarse que esas fuentes privadas podrían arrojar luz sobre distintos aspectos de la cultura.

 

—Y en el caso de Glusberg, ¿cómo funcionó la correspondencia?

—Para Glusberg, las cartas no solo sirvieron para crear lazos intelectuales y afectivos, sino que constituyeron su mayor capital simbólico, puesto que lo unieron a autores como Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Ezequiel Martínez Estrada, Waldo Frank, Alfonso Reyes y muchos otros. La carta editorial representa un documento que puede pensarse como texto, discurso en el que se despliegan estrategias de todo tipo y hasta como un hacer de los editores, en un sentido performativo. A través de las cartas se intercambiaban opiniones, se autorizaban publicaciones, se criticaba a otros autores, se pedían favores, se felicitaba o recriminaba al editor o al autor por alguna falta o demora. Las misivas entre autores y editores son “archivos de la creación”, como dice Brigitte Diaz, registros del proceso de construcción de una obra. Asimismo es una correspondencia de negociaciones, de relaciones de fuerza, allí se despliegan las estrategias de la mediación editorial en el proceso de construcción de la obra. Se diferencia de otros corpus porque se pueden encontrar allí documentos anexos como contratos y pruebas de imprenta. En las editoriales esa información debe guardarse en muchos casos entre cincuenta y setenta años luego de la muerte del autor, debido a los derechos.

 

Entre lo público y lo privado 

En la primera parte del libro, Mosqueda expone las distintas perspectivas de análisis que se despliegan hoy sobre las cartas como tipo de textos. La valoración de la correspondencia en los estudios culturales y literarios data de los años 80 del siglo XX; si hasta entonces las cartas no parecían dignas de interés, ahora son leídas como testimonio, como parte de la obra de un autor, como fuente para la reconstrucción histórica y en particular para la historia de la edición, como huella del proceso de creación artística y hasta como una especie de literatura del yo, en vecindad con las memorias, las autobiografías y los diarios íntimos.

 

—Se supone que las cartas no se escriben para ser publicadas ni leídas más allá del remitente y del destinatario. ¿Habría entonces una cuestión ética y de contextualización para su lectura?

—Dice Loïc Chotard que toda carta publicada es una carta violada, por su carácter esencialmente privado. Pero esto es discutible, porque muchos personajes de la intelectualidad y la política escriben cartas que desean difundir públicamente. Lo que definiría este tipo de cartas, según Gerard Genette, es la presencia interpuesta, entre el autor de la carta y el eventual público, de un primer destinatario (un corresponsal, un confidente, etc.) que no es percibido como un simple mediador sino como un “destinatario total” a quien el emisor se dirige con la segunda intención de que el público sea testigo de esa interlocución, de que la misiva se sitúe en el ámbito del debate público. En los otros casos, en los que la correspondencia ha sido privada, ¿es lícito que lo que se dice allí sea leído por terceros? En algunas instituciones, como el IMEC (Institut Mémoires de l’édition contemporaine, de Francia), se necesita un permiso especial para ver las cartas; en otros casos, los donantes de un archivo pueden solicitar que su comunicación sea diferida por una determinada cantidad de años luego de la muerte del escritor o del editor. En las pulsiones que se generaban dentro del incipiente campo editorial argentino de principios del siglo XX, no solo tenían peso las cartas enviadas entre unos y otros, sino más aún las cartas publicadas. Una carta publicada que ofendía a alguien debía ser respondida de la misma manera, si fuera posible en el mismo medio en que se había publicado la primera. Glusberg nutre sus revistas de material epistolar, y publica cartas privadas. En algún caso, de perseguidos políticos, como la carta de Mariátegui en el número 24 de Babel, fechada el 30 de abril de 1927, antecedida por un texto que explica que el pensador peruano está en prisión y que su revista Amauta ha sido censurada. A veces Glusberg aclara que se trata de una indiscreción de su parte pero que persigue un bien mayor, y es por eso que publica correspondencia destinada solo a él.

 

—¿Hay ficción también en la correspondencia?

—Para estudiar la relación epistolar es preciso prestar atención a aquellos dispositivos textuales y materiales que la conforman. En primer lugar existe una distancia, elemento determinante de la relación; la carta es producto de una ausencia. De cierta manera, es una escritura de ficción porque intenta hacer desaparecer el distanciamiento espacial y cronológico entre remitente y receptor. La carta es una representación de su autor, en el sentido de aquello que está en lugar de otra cosa. Por otro lado, como el diario, la correspondencia es un documento producido en la cotidianeidad, por lo que implica una perspectiva inmediata de los sucesos que se narran. Pero a la vez es un acto de comunicación que contiene una llamada, espera una respuesta y anuncia o continúa un diálogo. Todas estas características deben ser tenidas en cuenta al estudiar las cartas. Por último, no se debe perder de vista que ese diálogo se produce dentro de un género fuertemente reglado y en un medio social determinado, por lo tanto las estrategias discursivas y las formas de representación de quienes las escriben están influidas por los modelos y parámetros sociales de la época, es decir que representa a un individuo pero también a la sociedad en la que la carta es producida y leída.

 

Un modelo vigente

—¿Cuál fue el contexto cultural en que actuó Glusberg?

—“Modernidad y mezcla cultural” es la definición que da Beatriz Sarlo respecto de Buenos Aires en 1920: cosmopolitismo, nuevas tecnologías, creciente alfabetización y progreso económico transformaron la ciudad por aquellos años. Un nuevo público proveniente de las capas medias urbanas, de criollos e inmigrantes que deseaban integrarse socialmente, comienza a afianzarse; no era todavía un público lector de libros, sino un público que ejercía diversas prácticas lectoras. Circulaba en Buenos Aires todo tipo de impresos efímeros, además de libros: folletos, publicidad, compilaciones, almanaques, diarios y revistas. Era común que las personas se agruparan ante las fachadas de los periódicos para leer o escuchar de otros las noticias del día. En 1910 había alrededor de 500 librerías en la ciudad, aunque estaban destinadas a intelectuales y personas de una elite. En los barrios comenzaron a aparecer las bibliotecas populares, que crecieron notablemente entre 1920 y 1945 y formaron una verdadera red, que servía para difundir la cultura pero también para controlar la lectura de los concurrentes.

 

—¿En qué estado se encontraba entonces la edición de libros en Argentina?

—Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX surgió una nueva noción de editor, al mismo tiempo que se profesionalizó la labor del escritor. El periodismo y la traducción fueron prácticas comunes que sirvieron a escritores como Roberto J. Payró, Horacio Quiroga y Manuel Gálvez para ampararse económicamente. Los escritores gentlemen, quienes también podían financiar la publicación de sus propias obras, dejan de ser mayoritarios en el campo intelectual argentino, y de esta forma se abren paso los intelectuales de orígenes inmigratorios que escriben en periódicos y revistas culturales, e incluso los fundan. A partir de 1920 la industria editorial argentina experimentó un sostenido desarrollo, debido en parte a que la Primera Guerra Mundial había interrumpido la edición europea –principalmente francesa– de libros en español, y en parte a la ampliación del mercado; sin embargo, todavía a finales de esa década el libro importado de autor extranjero seguía aventajando a su par nacional, que resultaba caro por las bajas tiradas, los costos del papel importado, las dificultades de distribución y las elevadas tarifas postales para el transporte de libros y de propaganda impresa. A pesar de estas dificultades, los editores de Buenos Aires ensayaban estrategias para atraer a los diversos públicos lectores, desde el diseño de colecciones populares hasta la creación de “bibliotecas” (como se llamaba a las colecciones) de escritores nacionales y de autores extranjeros consagrados que se incluían como folletines y libros en los periódicos. La labor de Glusberg fue mucho más allá del trabajo editorial; armó la Exposición del Libro, antecedente de nuestra prestigiosa Feria, acompañó la fundación de la Sociedad Argentina de Escritores, organizó visitas internacionales y conferencias, encuestas y concursos literarios. Su preocupación constante fue la difusión de publicaciones y actividades de los distintos grupos de pensadores con los que estaba en contacto a lo largo y a lo ancho del continente, de los que nombro solo algunos de los que ya eran consagrados: Lugones, Quiroga, Frank, Mistral, Alfonso Reyes. Y en su relación con escritores noveles, Glusberg resultaba un “mediador” entre ellos y las grandes revistas o periódicos como Nosotros, Caras y Caretas o La Nación, y a la vez un árbitro con las competencias necesarias para juzgar la producción intelectual de los nuevos autores.

 

—En la experiencia de Glusberg la empresa de cultura fue más importante que el negocio. ¿Sus valores y sus estrategias siguen vigentes en una coyuntura tan crítica como la actual?

—Glusberg puede ser considerado un intelectual-editor, a la manera de los letterati-editori del Novecento italiano, pues elegía y financiaba la publicación de los autores con los que se sentía comprometido, no solo argentinos sino también extranjeros. Adopta las cualidades de un agente cultural moderno, pues define las características de sus publicaciones según los intereses de los nuevos públicos, establece qué textos publicar en nombre de una comunidad de lectores y organiza su producción en series y colecciones. Glusberg fue, además, un emprendedor cultural y un “editorialista”, como lo llama Fernanda Beigel, entre otras grandes figuras latinoamericanas, como Mariátegui y García Monge, que hicieron de la edición una forma de militancia para forjar una nueva identidad americana. Sus valores siempre estarán vigentes, aunque no sean los mismos que algunas de las editoriales más comerciales ni por supuesto los de los grandes grupos editoriales que publican best sellers. La pasión de estos intelectuales por editar es la misma que puede verse hoy en tantas pequeñas editoriales que luchan por mantener un catálogo acorde con sus ideas.

 

Una sociedad imposible

En Cartas sobre la mesa, la correspondencia de Samuel Glusberg permite seguir el desarrollo de los planes que llevó adelante a través de la publicación de revistas y de su editorial, y también los proyectos que resultaron finalmente frustrados, como el intento de asociarse con Victoria Ocampo en una revista que reuniría a los más importantes escritores del continente.

 

El escritor norteamericano Waldo Frank, “con quien Glusberg compartía un ideario americanista, antiimperialista y socialista”, destaca Ana Mosqueda, fue el enlace entre el editor de Babel y Ocampo y el promotor de una sociedad que pronto se reveló como imposible. El viaje que Frank realizó por Argentina entre septiembre y noviembre de 1929 fue en buena medida posible por las gestiones de Glusberg, quien se ocupó de la búsqueda de los fondos para la travesía, “además de otros temas como la preparación de conferencias y eventos, y la publicidad”.

 

Uno de los objetivos del viaje era concretar la revista latinoamericana de proyección continental. “Pero varios episodios de malentendidos entre Victoria y Samuel, que se reflejan en la correspondencia entre el editor argentino y el estadounidense, terminan por hacer fracasar el proyecto –señala Mosqueda–. Tal vez Glusberg carecía por su origen social de aquellos rasgos que distinguían a la elite intelectual que rodeaba a Victoria, como dice María Teresa Gramuglio. Por otro lado, la amistad entre Frank y Ocampo siguió en pie hasta la muerte de éste, en 1967; a él le dedica Victoria la carta publicada en el primer número de Sur, en enero de 1931. En el consejo editorial de la revista figuraban todos aquellos que pertenecían a la red de relaciones personales de Victoria, de la que Glusberg no formaba parte”.

 

Distantes en términos ideológicos, estaban cerca respecto de lo que querían difundir. “Glusberg soñaba con una América unida y antiimperialista; Ocampo quería difundir el pensamiento y los valores de la civilización occidental –puntualiza la investigadora–. Ambos lo hicieron a su manera, pero no podían hacerlo juntos. Las cartas sirven para conocer los propósitos y perspectivas de cada uno respecto del proyecto de Frank, y además son útiles para documentar un período fértil en intercambios culturales”.

 

Archivos, se buscan

En sintonía con el creciente interés que provocan los “escritos privados” y las correspondencias de escritores y editores, diversas bibliotecas e instituciones culturales de Europa y EE.UU. desarrollan políticas destinadas a la preservación de archivos. La importancia de estos sitios es tal que se convierten en instancias de consagración: “Ser aceptado por el IMEC –el Institut Mémoires de l’edition contemporaine– es como ser publicado por Gallimard”, según una fórmula de Jacques Derrida.

 

En la Argentina, mientras tanto, la cantidad de archivos de editores que se conservan “es ínfima, y si existen son en muchos casos inaccesibles para los estudiosos”, dice Ana Mosqueda en Cartas sobre la mesa. Según puntualiza la editora de Ampersand, la Biblioteca Nacional posee la correspondencia de Carlos Casavalle (1825-1905), “el editor más importante del siglo XIX”; las de Luis Emilio Soto, César Tiempo y Dardo Cúneo, escritores y editores; la del Centro Editor de América Latina y Eudeba, y la de Aníbal Ford, referida a la revista Crisis. Una parte del archivo de la Editorial Haynes puede consultarse en la Biblioteca del Congreso de la Nación.

lunes, 14 de junio de 2021

Una periodista muy muy nerviosa, que apoyada en falsas autoridades, despotrica contra la posibilidad de un lenguaje inclusivo

En sintonía con lo publicado los días 1 y 9 de junio pasados en sendas entradas de este mismo blog, el 12 de junio, en el diario digital InfoBAE, Claudia Peiró, Licenciada en Historia, que desde 1990 se dedica al periodismo –es redactora y editora en Infobae, fue productora de radio y televisión para Radio América, ATC, América TV y C5N, entre otros medios, y ganadora del  Premio Santa Clara de Asís 2014 por su cobertura del pontificado del cura Jorge Bergoglio, además de ser miembro del Foro Patriótico–, opinó sobre el lenguaje inclusivo. Lo hizo apelando a distintas “autoridades”, como el plagiario Arturo Pérez Reverte, el escritor neo-liberal Mario Vargas Llosa, el mamarracho de Santiago Muñoz Machado presidente de la Real Academia Española –una de las instituciones privadas más desprestigiadas de la Península– y varias instituciones argentinas –entre otras la Academia Argentina de Letras, la Academia Argentina de Educación– que, como decía Jorge Luis Borges, “de tanto en tanto informan al diccionario de la RAE como se nombran los yuyos de Catamarca”.


Más allá de lo que cada uno piense sobre la aparición del lenguaje inclusivo, su viabilidad, la forma en que incide sobre la lengua y las posibilidades que tiene de imponerse, apelar de manera acrítica a lo que otros dicen, sin siquiera evaluar por qué lo dicen y qué intereses tienen en decir lo que dicen es una simplificación. Seguramente, esta señora no ha puesto el grito en el cielo cuando los periodistas que trabajan en los medios donde ella circula dicen “punto álgido” (que, en rigor es el punto más frío de algo) cuando se quiere mencionar exactamente lo contrario: el punto más caliente de una situación. Tampoco debe haberle prestado atención al disparate que implica decir “enervar” (por ponerse nervioso), que en realidad significa “eliminar el nervio”, lo que termina con el nerviosismo. Para no hablar de fealdades como “maximizar”, “priorizar”, “asumir” (por “suponer”), etc. Esos errores, como muchos otros, que diariamente pueden encontrarse en las páginas de InfoBAE, Clarín, La Nación y otros medios, se han impuesto en la lengua, justamente porque ésta es dinámica y, como señalaba Ferdinand de Saussure, una de las instituciones más democráticas ya que en ella intervienen todos los hablantes: tanto los que hablan “bien”, como los que hablan “mal”, incluidos los gobernantes, los políticos y, claro, los y las periodistas. 

Y hablando de Roma, en su nota, Peiró escribe: "La igualdad legal entre géneros es total en la Argentina, excepto por el hecho de que las mujeres se jubilan antes". Al afirmar esto, tal vez no haya notado que a igual trabajo las mujeres suelen tener retribuciones más bajas que los hombres, para no hablar de la distribución de los puestos gerenciales tanto en las industrias, las empresas o las áreas de investigación, donde las pirámides cimentadas por mujeres suelen terminar generalmente en un jefe varón

Lenguaje seudo inclusivo: los académicos salen al cruce del absurdo lingüístico e ideológico

 

Lo más insólito de esta tendencia es que sus cultores presentan manuales sobre un lenguaje cuyas reglas –si las tiene– ni ellos mismos conocen, considerando la frecuencia con la cual caen en el grotesco: “bonaerenses y bonaerensas”, “el equipo y la equipa”; la “albañila”... Eso en el plano local, pero también tuvimos que escuchar un “millones y millonas”, del inefable Niolás Maduro; el “miembros y miembras” del presidente del gobierno español Pedro Sánchez; o, peor aun si cabe, el “portavoces y portavozas”, de su ministra de Igualdad, Irene Montero...

 

Ya lo dijo el escritor Arturo Pérez Reverte: el lenguaje exclusivo es “una estupidez”, y el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa lo calificó directamente de “aberración”.

 

En sentido contrario, instituciones que deberían cultivar la excelencia, ser custodias y transmisoras de cultura, como algunas facultades de la UBA, promueven estos barbarismos que degradan el idioma, en nombre de este capricho snob.

 

Para enderezar las cosas, y en la línea de pronunciamientos previos y reiterados de instituciones como la Real Academia Española y la Academia Argentina de Letras, la Academia Nacional de Educación también se pronunció con un contundente rechazo a la pretensión igualitaria de este lenguaje: “Los estilos inclusivos no contribuyen a señalar la igualdad de los sexos sino que, por el contrario, sugieren la existencia de una rivalidad y no de un encuentro fundamental y profundo entre ambos”.

 

Además de señalar que este lenguaje “complejiza la lengua tanto como su enseñanza”, la Academia apunta a la intencionalidad y a la ideología de quienes lo promueven.

 

Anteriormente, la Academia Argentina de las Letras había calificado al lenguaje inclusivo como resultado “de una posición sociopolítica que desea imponer un grupo minoritario”. Su presidente, José Luis Moure, afirmó que “no surge como cambio ‘desde abajo’”, sino “como una propuesta ‘desde arriba’”. “Un sector minoritario de clase media ilustrada pretende que esa reivindicación se imponga de forma manifiesta en el lenguaje”, señaló.

 

La Real Academia Española ya había rechazado la alteración artificial de “la morfología de género en español bajo la premisa subjetiva de que el uso del masculino genérico invisibiliza a la mujer”, apuntando contra uno de los principales argumentos de los inclusivistas, que suele ir acompañado por una lectura de la historia en clave de guerra de sexos.

 

La Academia Argentina de Letras recordó aquello que todos aprendimos en la escuela: que “el género no marcado abarca explícitamente a los individuos de uno y de otro sexo sin menoscabo de nadie”.


El comunicado de la Academia Argentina de Educación menciona la posición adoptada por las autoridades en Francia -tanto académicas como políticas- que prohibieron la escritura inclusiva en la administración y, sobre todo, en la Escuela. “Es perjudicial para la práctica y la inteligibilidad de la lengua francesa” a la vez que su “complejidad e inestabilidad constituyen obstáculos tanto para la adquisición del lenguaje como para la lectura”, explicaron.

 

En la Argentina, en cambio, donde las últimas pruebas PISA mostraron que más de la mitad de los alumnos de 15 años no comprenden lo que leen, nuestros dirigentes se dan el lujo de confundirlos todavía más, alterando las normas del idioma.

 

De esta neolengua, la pose más del gusto de los políticos –y las políticas, justamente– es la del desdoblamiento en masculino y femenino de cada sustantivo o adjetivo que se pronuncia. La Academia lo considera innecesario –¿hace falta decirlo?– y señala que “atenta contra la economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas”.

 

Estrictamente hablando, su uso no es incorrecto –salvo en las versiones de algunos desbocados como las citadas al inicio de este artículo–. Sin embargo, la Academia recomienda evitar estas repeticiones porque son “agotadoras y afectadas” y “lentifican la sintaxis”.

 

Pero la moda inclusiva no respeta nada, ni siquiera los neutros. Así como no pueden explicar por qué hay que feminizar un sustantivo que ya es neutro en castellano –concejal, albañil, estudiante– o adjetivos que terminan en la neutra “e” -bonaerense-, tampoco se sostiene el argumento de que hay que desdoblar para visibilizar a la mujer. Eso implica suponer que por siglos las mujeres no estuvieron incluidas en ningún discurso ni se sintieron abarcadas por ejemplo, por el “¡Trabajadores del mundo uníos!”, por citar un clásico que alguna vez acariciaba los oídos de los que hoy han sustituido la lucha de clases por la lucha de sexos, nuevo motor de la historia.

 

Además de engorroso, el desdoblamiento alarga innecesariamente discursos y textos. Imaginemos lo que sería nuestra Constitución si siguiéramos el ejemplo de la bolivariana Venezuela. Para muestra basta un artículo de la Carta Magna chavista que los practicantes de este estilo deberían leer en voz alta para tomar conciencia de la cacofonía: “Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad, podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y aquellos contemplados en la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional.”

 

Leerlo da vértigo. Sobran 28 de las 120 palabras de este párrafo. Pero no se entiende por qué raro capricho “fiscal” escapó a la inclusión bolivariana y no mereció ser desdoblado en “la fiscala”...

 

Como bien dijo el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, “el desdoblamiento altera la economía del idioma y estropea una lengua hermosa”. Es feo, digámoslo claramente.

 

La armonía y la estética de un lenguaje no son aspectos desdeñables. El llamativo desdoblamiento en “el equipo y la equipa”, por parte ni más ni menos que de la vicegobernadora del Chaco,  Analía Rach Quiroga, resulta antes que nada disonante.

 

José Luis Moure recordaba que, en los cambios lingüísticos y “en lo que atañe a la gramática propiamente dicha, suele prevalecer casi siempre una simplificación del sistema”, lo que a todas luces no es el caso del lenguaje inclusivo.

 

“No deben forzarse las estructuras lingüísticas del español para que se conviertan en espejo de una ideología, pues la Gramática española que estudiamos no coarta la libertad de expresarnos o de interpretar lo que expresan los demás. Lo afirmamos con la convicción de que una lengua que interrelaciona nunca excluye”, decía un documento elaborado por otra autoridad de la Academia Argentina de Letras, Alicia María Zorrilla.

La Academia Nacional de Educación también afirmó que “los estilos inclusivos” alteran la lengua “hasta formas que resultan incómodas para el sano sentido común de la sociedad”.

 

Y ya que de sentido común se trata, Zorrilla preguntaba: “¿Cómo pueden leerse palabras como niñ@s, niñ*s o niñxs?”, dado que la arroba “no es una letra” ni la equis una vocal…

 

El fundamento de esta neolengua es que se le atribuye a la palabra el poder de superar los problemas. Al que cree que el lenguaje forma el pensamiento, y no al revés, le parece que basta con desdoblar para “construir” igualdad. ¡Cuánto más cómodo, fácil y seguro es combatir supuestas injusticias en el idioma antes que las verdaderas desigualdades en la realidad!


No falta el rasgo autoritario en estas vanguardias iluminadas que, paradójicamente, en nombre de la lucha contra estereotipos “impuestos”, quieren obligar a la gente a hablar “bien”, e imponer, a través del lenguaje inclusivo, una visión sesgada de la sociedad y sus problemas.

 

El argumento pro lenguaje inclusivo sostiene que éste muestra las desigualdades y visibiliza lo que por siglos estuvo oculto: la existencia de las mujeres. Toda una revelación.

 

En los años 80 y 90, cuando nadie hablaba en inclusivo, se produjo la gran apertura a la participación política de la mujer en el poder legislativo –Ley de Cupo 1991– y la igualación civil, con la patria potestad compartida, entre otros. Cabe preguntarse cómo un parlamento para el cual la mujer era invisible, votó la inclusión de un tercio de mujeres en todas las listas. Es algo que no encaja en la lógica de los promotores del lenguaje no sexista.

 

La igualdad legal entre géneros es total en la Argentina, excepto por el hecho de que las mujeres se jubilan antes. Pero eso no se visibiliza. La ideología está por encima de la realidad y de la historia, incluso de la más reciente.

 

El masculino plural refleja el dominio del macho en el orden social, afirman. Y si antes denunciaban la explotación capitalista y hasta las guerras como expresión de la competencia económica entre las potencias, hoy ya se olvidaron de los soldados desconocidos, los obreros o los mineros. Varones bien visibles y privilegiados. En la nueva versión de la evolución humana, la historia es resultado de la explotación de las mujeres por los varones. Estos se apropiaron siempre de todos los bienes y de todo el poder. Pero eso al fin se va a acabar gracias a “todos, todas y todes”.

 

viernes, 11 de junio de 2021

Una de tirifilas y snobs, por Jorge Aulicino

Foto: Daniel Mordzsinski
En el mundo hay de todo: el poeta Arnaldo Calveyra (foto) vivió más de cuarenta años en París y se murió hablando en entrerriano, pero otros, como Héctor Bianciotti, nacido en Calchín Oeste, cerca de Río Segundo, en la provincia de Córdoba, a los seis meses de llegar a París ya decía “es posibl" porque la pronunciación francesa le había resultado irresistible y se le había pegado. Por ahí anda la reflexión del poeta y traductor Jorge Aulicino quien vuelve a emprenderla con los usos que en la Argentina –o al menos en Buenos Aires– se le da a la lengua (hablada, para que nadie piense mal).

"Por lo menos que sepan latín"

Hace poco en la casa de pastas de la esquina escuché que una señora de estilo moderno le decía a la empleada: “Poneme una caja de ravioles. Y esa tarta, ¿de qué va? Bueno, poneme una ración”. Me dije: “Es evidente que esta señora vivió en España –el acento me hizo pensar que no era española sino argentina– y cree que sigue allá...”. En una segunda vuelta mi pensamiento fue peor: “El poeta Santiago Sylvester vivió veinte años en España y llegó hablando en salteño. Por lo tanto, esta señora se entrenó para usar modos españoles en la Argentina, a fuer de mostrar que pasó un período en España, como si eso fuera un mérito en sí mismo.”

Debo aclarar que en España no se le dice a un mozo “tráigame un café” o “sírvame un café” sino “ponme un café” o lo que fuera, y ni hablar del “por favor”. Y a las porciones se las llama raciones. Me dije: no es conveniente que esta señora ande mucho cerca del Abasto diciendo “poneme” porque...” Qué guarango, me dije para mi mismo de inmediato. Y procedí a relacionar a esta tirifila con aquella actriz argentina que participó de la entrega de los Oscar y al abrir un sobre que premiaba a una película argentina exclamó “God bless you!”. Preguntada acerca de por qué había manifestado su emoción de ese modo, dijo que “pensaba” en inglés, lo cual rápidamente fue adoptado por la intelectualidad porteña (porteña de la Argentina, no de Chile) que vive “en estado estético”, según la notable definición de Ángel Faretta.

Ahora bien: ahorrémonos la discusión acerca de si alguien puede pensar en un idioma que no es el materno, a menos que tenga dos idiomas desde la cuna. Lo cierto es que lo que estaba en el pensamiento de aquella actriz era la imitación de giros oídos en películas y series, para dar un aire neoyorquino a la figura de uno o una. No importa tanto la tilinguería que esto importa –como decir “sorry” a cada rato o “too much”–, sino el testimonio de que el centro cultural del mundo ha pasado a ser Nueva York, para desgracia de Occidente. Porque la cultura estadounidense es bárbara, carente por completo de civilidad, pero Nueva York ha hecho de tripas corazón, o de defecto virtud, y ha inventado el estilo neoyorquino que tanto atrapa en todo el mundo, pero especialmente en Buenos Aires. Ese estilo llamado al principio “informal” y que ahora se llama a veces “casual” (con acento en la primera a) es la moda Gap, la moda jogging, la moda traje con zapatillas, etc. Todo esto propulsado por el cine, la televisión y la industria de la moda y el entretenimiento que llegan hasta las más remotas ciudades chinas o coreanas. El estilo Gap se ha multiplicado y recreado.

Era tilingo, claro, cuando alguien hablaba con palabras francesas, y el tango se ocupó de ello: “Che madám que parlás en francés”, invocaría el viejo Cadícamo. Pero el modelo era en verdad culto. A él acudían los ilustres norteamericanos en los años veinte todavía, tal y como lo hicieron los rusos en el siglo anterior, los argentinos y cubanos a comienzos de siglo y aun en los años 50. París era una fiesta, ¿recuerdan? Y el melancólico Rick Blaine exclamaba ya en los años 40 en el final de “Casablanca”: “Siempre nos quedará París”.

Lo preocupante es siempre que el viaje o el contacto con idiomas dominantes se consideren prestigiosos. No imagino a nadie dejando entrever giros o palabras yorubas. Si Pier Paolo Pasolini se espantaba de ver muchachos con jeans en África, ahora entraría en convulsiones. Digo yo: si nos va a colonizar culturalmente, por lo menos que sepan latín.