viernes, 21 de septiembre de 2018

Entrevista con Alberto Díaz: una verdadera institución argentina del mundo de la edición

“Editó más de 4 mil libros en casi cincuenta años de carrera. Borges, Quino, Di Benedetto, Gelman, Piglia y Saer fueron algunos de los autores que publicó. Dirigió y fundó editoriales en México, Colombia y Argentina. Persecución, exilio y unas minivacaciones con Cortázar, en este reportaje a uno de los últimos ejemplares de la edición tradicional, una especie en extinción”. Esto es lo que dice la bajada de la larga nota y entrevista que Alejandro Belloti, le dedicó al editor Alberto Díaz. Publicada el 16 de septiembre pasado, en el suplemento cultural del diario Perfil, de Buenos Aires, se reproduce aquí parcialmente.


El talentoso señor Díaz

Alberto Díaz nació en Buenos Aires en 1944. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires y fue docente en la Facultad de Filosofía y Letras en diferentes etapas hasta 1993. A fines de los años sesenta se inició en el mundo editorial al ingresar a trabajar en Siglo XXI Editores Argentina. Estuvo allí hasta 1976, cuando debió exiliarse en Colombia, donde se hizo cargo de la delegación que esa misma editorial estaba abriendo en Bogotá. En 1978 se trasladó a México; fue allí donde, luego de un breve tiempo en Siglo XXI, pasó a dirigir Alianza Editorial Mexicana. En 1983 volvió a Argentina, donde constituyó y dirigió Alianza Editorial. Con la compra de esta editorial por el Grupo Anaya, también pasó a dirigir editorialmente a Editorial Losada. En 1993 comenzó a trabajar en Espasa Calpe, que se fusionó con el Grupo Planeta, donde actualmente es director editorial de Emecé y de los sellos Seix Barral, Espasa Calpe y Destino.

–¿Qué debe tener un buen editor?
–La primera condición es que te tienen que gustar los libros, y tener el hábito de lectura incorporado. Un editor no debe publicar su biblioteca, o sea no publicar solo lo que te gusta, tenés que publicar también lo que no te gusta, aunque sí debe estar dentro de cierta línea, lo que se relaciona con la composición del catálogo, otro punto fundamental, que te dará la identidad.

–La biografía de un editor es el catálogo.
–¡Exacto! Cuando el catálogo tiene forma y permanencia en el tiempo. O sea, vos publicás Majul… vende mucho, pero tiene la coyuntura del kirchnerismo, después nada. Pasan. Como editor, también tenés que salir a buscar libros. Para traducir, libros que se te ocurren y se los proponés a un escritor, y después están los instant books, como el que te mencioné. Hay dos tipos de editores: el que funda su propia editorial y el que es fuerza de trabajo. Si sos fuerza de trabajo, tenés menos identidad. Cuando yo empecé en América Latina surge, a través de la Cepal, luego de la Revolución Cubana, la Teoría de la Dependencia. Siglo XXI empieza a publicar todos los libros sobre la dependencia, toma ese nicho. En un momento salen varias novelas de dictadores. De las tres importantes, dos las publica Siglo XXI: El recurso del método, de Alejo Carpentier, y Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos (la otra es El otoño del patriarca, de García Márquez). Además, publicaba libros novedosos, que veinte años después se ponían de moda, como De la gramatología, de Jacques Derrida; nosotros hicimos la primera traducción en el mundo, y no vendimos nada. Veinte años después se puso de moda en EE.UU. y explotó.

–¿Cómo se conectaban entonces con el universo editorial?
–Nos enterábamos de las novedades por revistas especializadas; una de las más consultadas era la Quinzaine Littéraire, que te informaba de los lanzamientos, tipo boletín. Acá llegaba una semana después, mirabas lo que te interesaba y escribías carta a la editorial para pedirle que te reservara exclusividad para poder leer el libro y ver si te interesaba. Te daban el okay, te lo mandaban por correo, y luego de leerlo decidías. Negociabas la plata. Aunque también publicábamos mucho charlando con amigos y colegas en bares y restaurantes. Un recién llegado de París comentaba: hay tal tipo que la rompe, Sartre está trabajando sobre Flaubert, y así. El teléfono era una tortura, más allá de la diferencia horaria.

–¿Cuánto vale el olfato en la labor del editor?
–Mucho. Mirá, yo detecto en un momento que SigloXXI tenía siempre problemas de diciembre a marzo. Como era una editorial que manejaba mucho texto universitario, y no eran libros para leer en la playa, yo salvaba los números con los cheques que llegaban de países que les habíamos vendido libros durante el año, sobre todo Venezuela. Con eso pagaba los servicios, los sueldos. Pero no vendíamos nada. Entonces, un verano decido publicar A mí no me grite, y luego Yo que usted, de Quino. Empezamos a vender mucho también en esa época del año. Y sí, siempre me resultó fácil tener cierto olfato. El golpe cívico-militar de 1976 en Argentina lo encuentra vendiendo libros en Caracas; allí se cruza de casualidad con León Rozitchner –exiliado ya en Venezuela–, quien le comenta lo ocurrido. Ambos se estiran hasta la zona de Sabana Grande, donde todos los días a las siete de la tarde un argentino vende ejemplares de La Opinión que llegan con los vuelos de Aerolíneas Argentinas. Ahora sí, con el diario en mano, derrapan en un café para leer en profundidad. Comprenden de inmediato que se trataba de un golpe distinto. “Arribé a Buenos Aires el 27 de marzo. No había familiares con pancartas, con abrazos, como era habitual por entonces. La bienvenida quedó en manos de efectivos de la Aeronáutica, que nos subieron a un bus que finalmente nos dejó en Plaza Once. Ya estaba en marcha la II Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se desarrollaba en el Centro de Exposiciones, al lado de la Facultad de Derecho. Al día siguiente fui a la editorial para preparar un informe del viaje a Venezuela. Allí estábamos con un amigo y colega, Jorge “Negro” Tula, esperando que nos pasara a buscar su mujer para ir a la feria. De pronto tiran la puerta, gritos, armas largas, cuerpo a tierra; efectivos de la Marina que nos llevan detenidos y nos dejan en lo que había sido la antigua Coordinación Federal, en la calle Moreno, a pocas cuadras del Departamento Central de Policía. Aislado siempre desde ese momento. Un par de veces me llevaron encapuchado para interrogarme. Patadas, trompadas, amenazas, pero sin picana. Una noche tocan la puerta de la celda: el policía bueno. “Hola, Alberto, ¿sabés que somos vecinos? Sacate la capucha. ¿Fumás, no? Tomá. ¿Por qué estás aca? ¿Estás casado? Sé que vivís al lado del almacén de la esquina de mi casa. Nos vimos la cara”. Sin respuesta de hábeas corpus, Díaz pasa incomunicado un mes y medio. Cuando finalmente lo sueltan, sin alianza, sin reloj y sin dinero, camina hasta su casa al encuentro de su hijo Carlos, de dos años, y de María Ester, embarazada de Laura. “Mi hija nace el 3 de julio; en la primera salida, un sábado, vamos a la plaza con los niños. En la vereda de enfrente veo a este policía bueno, junto a otro, que me hace señas, indicándome que cruce a su encuentro: ¿Sos pelotudo, vos? ¿No entendiste el mensaje? Que-te-fueras. Te salvaste de casualidad. Tenés una semana. Si para entonces seguís acá, sos boleta”. La familia Díaz inicia así el trip del exiliado. Lo dijimos: Colombia, México, etcétera. “Me molestó mucho la cobardía del sector editorial. En plena feria se allana y se clausura una editorial internacional importante y las autoridades ni siquiera leen una línea. Al otro que jodieron mucho fue a Centro Editor de América Latina (dirigido por Boris Spivacow; soportó la quema de miles de libros y fascículos, además de amenazas). Desaparecieron muchos correctores, escritores, traductores. Los únicos editores que caímos no desaparecidos, sino presos, fuimos Daniel Divinsky y yo. Divinsky, por publicar un libro infantil, todavía lo recuerdo. Había cinco deditos verdes que eran los malos y cinco rojos que eran los buenos. Por eso va en cana Daniel. El catálogo. En su dilatada carrera, Díaz editó y publicó, entre otros, a Juan Gelman, María Elena Walsh, Ricardo Piglia, Andrés Rivera, Eduardo Galeano, Antonio Di Benedetto, Jorge Luis Borges, Tulio Halperín Donghi, Mario Benedetti y Juan José Saer, quien le dedicó Las nubes.

–¿Trenzaste amistad con alguno de ellos?
–Con varios, aunque con Saer tuve una relación muy profunda, sin dudas. Mi vínculo con él arranca cuando publico Glosa por Alianza en el 85. Una relación hermosa que duró veinte años. El muere el 10 de junio de 2005; hablé ese mismo día, sobre La grande, que ya estaba casi terminada. El 11 me llamó el hijo para decirme que había muerto, y viajé a París para despedirme en su entierro. Era un tipo increíble, con mucho humor, un bon vivant que no gastaba un mango en pilchas, pero podía invertir lo que no tenía por un buen vino u ofrecer una comida increíble a sus amigos, porque además era un gran cocinero y anfitrión. Un tipo con una cultura vasta y profunda, pero que no hacía alarde de eso.

–¿Cómo era trabajar con él?
–El componía los libros como los poetas, en la cabeza. Pero tomaba notas. Cuando en su cabeza tenía el inicio, el final, y toda la estructura, empezaba a escribir en sus cuadernos enumerados. Esos cuadernos los pasaba a máquina e iba haciendo las correcciones, que eran casi nulas. Cuando se sentaba a escribir la novela, la terminaba en tres meses, pero capaz la estuvo elaborando diez años. Tenía siempre en la cabeza varias novelas. Algunas veces me pedía libros, casi nunca literarios. De pájaros, por ejemplo; solo para conocer el canto del jilguero, para incorporar solo dos líneas en una novela. O un libro de vinos. Decía que el argumento no importaba, pero que las descripciones debían tener fuerza material. El me mandaba el texto, yo lo leía, corregía lo que consideraba y se lo devolvía. La corrección era difícil porque tenía un uso de las comas muy particular, entonces yo debía revisar que no se las corrigieran. Porque si lo agarraba algún corrector con las normas de estilo… Si vos leés en voz alta un texto de Saer, tiene una musicalidad muy particular. El era asmático, un trastorno que te impone cierto ritmo, te ahogás si hacés una frase larga. Por eso el uso de las comas, la cadencia se la imponía su respiración. Es una hipótesis mía. Cuando él hablaba, lo hacía así, con esas pausas.

–Como editor, ¿qué le aportaste a su obra?
–Creo que he hecho algo bueno por su obra, y él ha hecho mucho por mí. Desde 1985 fui su (casi) único editor en castellano hasta su muerte. Hasta ese momento, Juani llevaba publicados en 25 años de trabajo once libros, en diez editoriales distintas de seis ciudades diferentes. Glosa en este sentido termina con esa modalidad errabunda e inicia una etapa de profesionalización creciente en la circulación de sus libros. En total le publico 23 libros en distintas modalidades de edición. Un día le digo que en Seix Barral quieren publicar dos novelas en España. Me dice no, meteles cinco novelas, y pediles 50 mil dólares. Si solo publican dos, el primero no se vende, el segundo ya ni lo mueven. No me leerá nadie, me haré mala fama. Si metemos cinco y les sacamos mucha plata se van a mover para que me lean. A él le interesaba arreglar el anticipo, lo demás no le importaba. De hecho, tuvo agente porque yo lo obligué.

–¿Schavelzon?
–No, una agente alemana que ya murió. Guillermo Schavelzon lo agarra después de muerto. Porque quería vender los Papeles de trabajo. Si bien Juani no lo quería, yo le digo a Laurance que arregle con Schavelzon, porque si bien le cobraría una comisión alta, lo colocaría bien.

–¿Quién es Saer en la literatura argentina?
–Si bien tuve una relación de mucha amistad con él, siendo objetivo, para mí después de Borges es el mejor escrior argentino, tiene un cuidado en la prosa único. En términos de Piglia, es el polo negativo de Borges, pero también es borgeano en el sentido de que tiene un dominio del lenguaje exquisito. El no quería ser escritor latinoamericano, quería ser escritor argentino, pero no por nacionalista, él era cosmopolita. Es un autor que quise y quiero mucho. He publicado autores muy famosos, pero él es el que más me gusta.

jueves, 20 de septiembre de 2018

"Las academias podrían crear algo para patrocinar una palabra que está en peligro de desaparecer"


En el diario mexicano La Jornada, del pasado 1 de septiembre, la periodista Ericka Montaño Garfias entrevistó al escritor peruano Fernando Iwasaki, con motivo de la presentación de su libro Las palabras primas, ganador del Premio Málaga de Ensayo.

Las academias de la lengua española
se convierten “en curiosidades culturales”

 En momentos en que las academias de la lengua se han convertido en curiosidades culturales, queda en los escritores, periodistas, medios de comunicación y profesores la tarea de cuidar al español que hablan alrededor de 570 millones de personas pero que, pese a ello, no ha logrado erigirse en una lengua que domine las ligas mayores del conocimiento, la filosofía, las finanzas o la diplomacia.

Esas son algunas de las reflexiones que el escritor Fernando Iwasaki (Lima, 1961) hace en entrevista con La Jornada, con motivo de su libro Las palabras primas (Páginas de Espuma), con el que obtuvo el noveno Premio Málaga de Ensayo, el cual fue presentado en la Fundación Elena Poniatowska Amor.

Esa obra la escribió desde la melancolía por las palabras que se fueron y el idioma que hablaban su abuelo y su padre –japonés, en una variante muy particular.

“Toda la importancia que los hispanohablantes tenemos en el arte, la música, la poesía, el cine o la gastronomía no se refleja en la filosofía, la ciencia, la diplomacia de alto nivel o la economía (…) para que un académico mexicano, por ejemplo, sea reconocido en todo el mundo por sus conocimientos sobre Sor Juana, tiene que publicar en inglés”.

Rescatar vocablos
El futuro del español, considera Iwasaki, tiene que verse desde tres aspectos: “La parte relacionada con el proceso de escritura o lectura del español y que se vincula con los aparatos que ponemos sobre la mesa (teléfonos inteligentes y tabletas); eso condiciona muchísimo el desarrollo de una lengua, desde mi punto de vista.

“En segundo lugar está el tema de los hablantes y nuestra relación con nosotros mismos, la cual creo es la más saludable porque los latinoamericanos somos menos intransigentes que los españoles a la hora de asimilar mutuamente nuestras palabras. Y el tercer aspecto, el que más me preocupa, es el futuro del español en el dominio de las ligas mayores del conocimiento. En Europa sería impensable que el español sea alguna vez lengua oficial de la Unión Europea, porque sólo lo hablan en España y a veces ni siquiera. Por eso el futuro de nuestra lengua está en América Latina”

–¿A quién le correspondería proteger el idioma: a los jóvenes, las academias, los periodistas y los escritores?
–La academia es una especie de notaría, un lugar donde se almacenan previo registro las palabras que se sabe que las personas utilizan, no tienen otra función. Las academias son casi una curiosidad cultural. Hay algunas, como la Mexicana, que son muy influyentes, pero son notarías. Lo verdaderamente jugoso se hace fuera.

“Creo qué son los medios de comunicación, los que escribimos en prensa, los que publicamos libros, los que impartimos clases, los que tenemos que expresarnos bien. Los jóvenes están para transgredir las normas, entonces que un chiquito diga: ‘yo no voy a poner las tildes’, bueno, pues que no las ponga, pero un día las pondrá porque no es lo mismo: ‘la pérdida de tu madre’ que ‘la perdida de tu madre’.”

–¿Y qué hacemos con todas esas palabras que ya se perdieron?
–Se me ocurren algunas cosas: así como pagamos por Netflix, Spotify o iTunes, por no hablar de las plataformas para ver futbol, las academias podrían crear algo para patrocinar una palabra que está en peligro de desaparecer. Si eso supone que a lo mejor yo les deje 25 dólares al año para que ese vocablo exista es que ya estoy haciendo algo importante.

“No lo hará todo el mundo, pero los que trabajamos con las palabras y las amamos a lo mejor nos lo pensamos, y pueden ser palabras de tu país o del Siglo de Oro. Me encanta la palabra rosicler que es la luz de la mañana, pero cuando la escribes en el teléfono te la cambia por reciclar; eso es algo penoso.”

–¿Qué palabra patrocinaría?
–Es una palabra que utilizo mucho, aunque no se usa tanto, coruscante. La uso porque me dijo una vez el director de la Real Academia Española que cuando escribimos en la prensa –y esto es bueno que lo sepan todos los profesionales de la comunicación–, los algoritmos cazan las palabras y van indicando a las academias esta palabra se está usando; entonces podemos hacer eso con especies de animales, nombres del los aperos de labranza, porque estos instrumentos de México serán los mismos que los de Perú, pero se llaman diferente, y como nadie quiere ser un campesino hoy, se van a perder los nombres.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Un breve informe sobre editoriales desde Medellín


Con la firma de Giselle Tatiana Rojas Pérez, la siguiente nota, que da cuenta de la actividad editorial independiente en Medellín, se publicó en El Mundo.com, de Colombia, el pasado 7 de septiembre.

El desafío de ser
pequeña editorial en Medellín

Mientras haya lectores para libros habrá editoriales para publicarlos, eso cree Iván Hernández, director de Frailejón Editores. Pero si se camina en el rumbo de ser una editorial independiente en Medellín, el trayecto puede hacerse cada vez más angosto, y ahí se debe defender “la bandera” la “tipología y naturaleza” que cada una de estas casas de libros tenga, añadió.

Las publicaciones de las editoriales independientes son libros en los que se privilegian sobre todo las palabras, “se busca que estén bien hechos, que el lector sienta un gran placer al leerlos”, añadió Hernández.

Hilo de Plata, La Carreta, Sílaba, Tragaluz y el mismo Frailejón son editoriales que han sobrevivido en el mercado de libros local por la sola convicción de hacer que el libro nunca muera. Ellas han contribuido a que nuevos autores, autores ya reconocidos y otros más olvidados puedan difundir su obra. 

El carácter de estas editoriales
Son casas para publicaciones que se la “luchan” en un mercado aislado de las grandes cadenas internacionales, y eso es para Janeth Posada, directora de Hilo de Plata Editores la “chispa” diferenciadora en el universo dedicado a los libros, su “mirada opuesta al mercado”.

Aseguró Lucía Donadío, directora de Sílaba Editores, que este tipo de editoriales existe porque todavía se venden libros, aún hay muchos lectores, muchos escritores. “Nosotros sobrevivimos básicamente de la venta de libros, también prestamos algunos servicios editoriales, pero es con la venta de publicaciones que se financia nuestra existencia”, precisó.

Aunque el mundo de la tecnología también ha golpeado a las casas editoriales, como en otros ámbitos de la cultura, incluyendo el mercado de la música, las firmas dedicadas al libro “poseen un flujo constante de venta, el libro parece ser un elemento de la cultura que se ha resistido a su desaparición, será porque aún hay muchas historias por contar como libros por leer de nuestro territorio”, relató Posada.

Para estas editoriales está claro que el mundo digital es una carta con la que tienen que jugarse una parte de su existencia, ya muchas han sacado algunos de sus productos en digital, “y puede crecer, y seguramente seguirá creciendo muchísimo, pero creo que siempre habrá unos nichos de lectores, un mercado para las editoriales”, consideró Iván Hernández.

Esa es una tranquilidad, es el ánimo por no desistir que “consuela” a este gremio, es un secreto a voces, manifestó además la directora de Hilo de Plata Editores, “no sólo hay editoriales que aún hacen libros sino que todavía hay lectores que compran libros impresos”, reafirmó ella.

Las publicaciones de estas editoriales tienen unas características diferenciadoras. Por ejemplo, los libros de Tragaluz son “muy diseñados”, dijo Pilar Gutiérrez, directora de esa firma, en sus publicaciones cada una de las páginas contiene una serie de detalles en los que sobresale el diseño.

Algo similar es lo que hace Frailejón Editores, en cuyas publicaciones se resalta el hecho de que son ecológicas, “creemos en el libro bonito, hecho con cuidado, con buen gusto, con materiales naturales como un regalo a la vida de la humanidad; es decir, queremos hacer ediciones muy especiales para que quien acceda a ellas se sienta muy privilegiado”, detalló el director.

Las opciones del gremio

Algunas editoriales independientes tienen la ventaja de que como son empresas pequeñas, pueden hacer tirajes de impresión pequeños, esto ha constituido su forma “misional”, pues “en la medida en que los libros se van vendiendo, se permite que haya flujo para hacer otros títulos”, declaró Janeth Posada.

La impresión bajo demanda, como también se le conoce a este recurso de las editoriales independientestiene la ventaja de que la suma a invertir es mínima y no se arriesgan grandes cantidades de dinero.

En la baraja de opciones para mantenerse en pie de las editoriales pequeñas de Medellín también está el recurso de participar en las convocatorias del Estado. Algunas de ellas son las promovidas por Fundalectura, cuya entidad ha procesado físicamente 6 millones de títulos independientes para la dotación de más de 1.600 bibliotecas públicas del país. También están las del Ministerio de Cultura, las de la Alcaldía de Medellín (Beca de creación literaria) o la de la Gobernación de Antioquia.

Lucía Donadío especificó que esta es una opción para muy pocos títulos, pues no existe la suficiente cantidad de convocatorias que solventen el total de libros que cada editorial saca el año, que en promedio está en doce títulos, uno por cada mes.

“Hemos participado en convocatorias del Estado, algunas nos las hemos ganado, otras no. También hemos hecho muchos libros en co-edición con la Alcaldía de Medellín, por ejemplo de la colección Letras vivas. Hay cierto apoyo del Estado, no tanto como quisiéramos, pero sí lo hay”, fueron las palabras de la directora de Sílaba Editores.

Otra de las opciones de este gremio son las ferias de libros y ahí Fiesta del libro, el evento del libro internacional de Medellín, ocupa un “lugar privilegiado”. 

Para Iván Hernández en la cultura y en la memoria colectiva, el libro juega un papel muy importante, y es por eso que las ferias del libro que se hacen en las ciudades del país tienen doble beneficio para las editoriales, pues cumplen su carácter de promover la lectura de libros en el territorio y abren la oportunidad a las pequeñas editoriales de competir igual a igual con las más grandes del mercado y, a su vez, promover a sus autores.

“Son espacios muy buenos para dar a conocer los libros, para vender”, justificó Lucía Donadío.

Tanto el director de Frailejón Editores como la de Sílaba Editores coincidieron en afirmar que la Fiesta del libro de Medellín es más que una celebración de la cultura y del libro, “en esta feria normalmente nos va muy bien. Fiesta del libro para nosotros es la mejor feria que hay, es la venta esperada del año”, adujo Donadío.

Otro apartado de la baraja de opciones son los diferentes servicios editoriales que prestan estos fondos. Se trata de publicaciones que no necesariamente llevan el sello de la editorial, pero que llevan todo el proceso que en la editorial se maneje; además de apoyos en diseño, diagramación, corrección de textos, orientación estilística, ilustración, en fin, todo lo relacionado con la asesoría editorial.

martes, 18 de septiembre de 2018

En septiembre, el SPET tiene como invitada a María Constanza Guzmán


En el próximo encuentro, que tendrá lugar el miércoles 26 de septiembre a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada María Constanza Guzmán ofrecerá una conferencia sobre “El archivo del traductor: hacia una genealogía de la literatura latinoamericana a partir de la traducción”

María Constanza Guzmán es profesora en la Escuela de Traducción y el Departamento de Estudios Hispánicos en la York University (Toronto, Canadá). Obtuvo un doctorado en Literatura comparada y traductología de la State University of New York, una maestría en Traducción de la Kent State University (Estados Unidos) y una licenciatura en Filología e idiomas de la Universidad Nacional de Colombia. Sus intereses de investigación se centran en la traductología, la literatura comparada y los estudios latinoamericanos. Ha publicado varias traducciones, entre ellas la de la novela La sombra de Heidegger de José Pablo Feinmann (2016, trad. con Joshua M. Price). Es autora de numerosos artículos y del libro Gregory Rabassa's Latin American Literature: A Translator’s Visible Legacy (2011). Ha participado como coordinadora de varios volúmenes, entre ellos The View from the Agent: Daniel Simeoni's“traductologies" (2015), Deterritorializing Practices in Literary Studies (2014) y Translation and Literary Studies: Homage to Marilyn Gaddis Rose (2012). Es directora de la revista multilingüe Tusaaji: A Translation Review y actualmente se encuentra coordinando un número especial sobre la traducción en publicaciones periódicas para la revista Translation and Interpreting Studies (TIS). (Ver otras publicaciones)


Lectura sugerida:
Guzmán, M. (2013): “Translation North and South: Composing the Translator’s Archive”. TTR : traduction, terminologie, rédaction26(2), 171–191.

Quienes confirmen su asistencia recibirán por correo electrónico el material de lectura sugerida para este encuentro.

Quienes tengan previsto solicitar un certificado de asistencia deberán firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.

lunes, 17 de septiembre de 2018

El zorro opina sobre las mejoras que hay que hacer en el gallinero


Como todo el mundo sabe, Guillermo Schavelzon es un agente literario argentino establecido en Barcelona. Con un largo pasado en diversas editoriales de uno y otro lado del Atlántico, ahora, ya ubicado del otro lado del mostrador, sigue siendo funcional a la lógica de las multinacionales, para las cuales trabajó durante muchos años. Tal vez bajo esa luz deban leerse sus opiniones, publicadas en Página 12 del 12 de septiembre pasado opuestas a las manifestadas en un artículo que Silvina Friera, publicara en el mismo medio unos días antes (ver entrada de este blog del 10 de septiembre de este año).

Una salida ante 
“el derrumbe y la catástrofe”

“La industria del libro vive un momento de franca desesperación”, dice la nota en que Silvina Friera reúne la opinión de un calificado conjunto de editores (Página 12, 8 septiembre 2018).

Muy diferente fue la historia cuando la edición argentina, a mediados del siglo XX, fue capaz de apoyarse y apoyar la excepcional capacidad de creación que había –y sigue habiendo– en el país, de traducción, de oficio editorial y de vanguardia cultural. Por eso, logró que casi todas las grandes obras literarias y de pensamiento de la época (Freud, Proust, Joyce, Dante, Camus, Sartre, Kafka, Mann, Marx, Gramsci, Althusser, Levi-Strauss...) se tradujeran y publicaran, por primera vez en español, en la Argentina, igual que los grandes best sellers internacionales (Dale Carnegie, Lin Yutang, Saint Exupery, Wilbur Smith, Stephen King, Ira Levin, Tolkien, Bradbury, Charière...). Eso fue factible, entre 1950 y 1970, porque las editoriales publicaban para vender en todos los países de lengua española, no solo para el mercado local. Dos tercios de la facturación de Emecé, Sudamericana, Rueda, Siglo Veinte y Paidós eran por ventas al exterior.

Hoy, el principal problema es “el derrumbe” del mercado nacional, como dicen los editores, porque ningún país de mercado reducido puede sostener una industria editorial vendiendo solo en el mercado nacional. Al ser así, todo depende siempre de la coyuntura, y solo se conocen períodos excelentes o dramáticos, altibajos que no son desconocidos para las editoriales argentinas. Pero hay otro mundo posible, que está casi al alcance de la mano. Las posibilidades que ofrece una lengua común para 400 millones de personas es algo sin igual. No creo que se pueda decir que los editores tienen que ser comprensivos, porque “el país está sufriendo”; eso sólo lo dice el FMI. Quien sufre no es el país, sino los pobres, los de antes y los nuevos. Este mismo plan económico, basado en “la épica del ajuste”, aplicado en España durante los recientes diez años de gobierno del Partido Popular, ellos lo consideran un éxito: aunque la mitad de los menores de 30 años no tienen trabajo, el número de millonarios (los que declaran más de 30 millones de euros al año) se disparó en un 76%, “y las grandes fortunas crecen sin parar” (ABC, 19.6.2018).

Seguir reclamando apoyos al Estado no funciona: no los ha dado ni los dará; no le interesa darlos, ni en momentos de desesperación ni de prosperidad. La industria editorial argentina tiene que conseguirlo por sus propios medios. Para poder crecer de manera sostenida, necesita un mercado internacional, lo que hoy en día no es difícil de lograr ni se necesita ser una gran editorial. No me refiero a las grandes multinacionales, a las que no se les puede pedir que exporten desde la Argentina, para lo que tendrían que trasladar lo que ahora son beneficios en países de moneda estable y sin inflación a uno de gran inestabilidad. Pienso en el resto de las editoriales, que representan un porcentaje nada despreciable, tanto a las que tienen un proyecto cultural como comercial. En la actividad editorial, no alcanza con sobrevivir, se necesita crecer, ya sea publicando cada vez más o haciéndolo cada vez mejor.

Para vender en otros mercados hay que ofrecer un catálogo atractivo, lo que requiere salir al mercado internacional de derechos de autor (de “contenidos”,  como dicen los productores de televisión) en el que Argentina tuvo, hasta los años ‘70, un excelente lugar. Luego, con un peso sobrevaluado, el negocio fue importar, y las editoriales argentinas desaparecieron del mercado internacional de los derechos de autor, dejándole todo a España. Exportar libros argentinos no quiere decir libros de autor argentino. Aunque si una editorial tiene una buena red de exportación, estará en mejores condiciones de incluir autores locales en su oferta. Exportar libros es un negocio, exportar autores argentinos es una acción cultural. Se requiere un esfuerzo para modificar el concepto de “exportación”, olvidarse del correo, de los paquetes y de los conteiners. La exportación física de libros es lenta, costosa, burocrática, y poco rentable. Es de un siglo que ya pasó.

Algunas editoriales están aprovechando las posibilidades de las nuevas tecnologías, enviando archivos digitales para que, en otros mercados, se haga la cantidad de ejemplares que se pueda vender, ya sea cincuenta o cinco mil. Es sencillo, las reimpresiones son rápidas, los costos son constantes, no hay problemas de papel ni de calidad. Además, no hay fletes, aduanas, controles burocráticos ni gastos de envío. Cada vez hay más empresas en España (un mercado más grande que el de todos los países latinoamericanos sumados) que dan este servicio a editoriales chicas y medianas de otros países. Esto es hoy la exportación, un negocio optimizado, sin stocks, sin requerimientos logísticos que ya no hay o son muy caros, donde la eliminación de gastos permite márgenes que aseguran concentrarse en la actividad esencial del editor: elegir qué publicar, contratar, encargar, desarrollar proyectos, traducir, diseñar, hacer todo el proceso previo a la impresión; lo que, en definitiva, es lo estratégico de la edición. Trabajos que no dependen de la localización, solo de una buena conexión a internet. Esto es lo mejor del aporte de las nuevas tecnologías: la digitalización de la edición, que no tiene nada que ver con el libro digital.

Cuando no existía internet ni se podía imaginar lo que llegaría años después, lo esencial se lo escuché decir a José Manuel Lara Bosch, entonces vicepresidente del grupo Planeta: “A América Latina hay que mirarla siempre en forma conjunta; si miras a un solo país, tienes un infarto cada cinco años”. Nunca tan válida como hoy esta concepción de la actividad editorial. Para exportar ya no hay que preocuparse por las tarifas de transporte ni por tener enormes depósitos donde guardar los libros, ni intentar sostener un precio estable en dólares. Hace dos semanas, un libro costaba 20 euros, y hoy cuesta 12. El gobierno, en lugar de intentar transformar el desastre en una alternativa, alentando la exportación de libros, les puso una retención.

Hace treinta años, España se quedó con todos los mercados del libro en español, que la Argentina y México no tuvieron posibilidades de sostener. Hoy España ya no parece una amenaza, mientras que su gran mercado interno (celosamente cuidado por quienes lo dominan) se convierte en una oportunidad. La amenaza está en otro lado, los libros vendrán cada vez más de China, el país que actúa más a largo plazo, por lo que no me llamaría la atención que comience a ofrecer facturar y cobrar en pesos argentinos.

Creo que hay que poner todos los esfuerzos en desarrollar una nueva forma de exportación y vender libros en todos los países. Publicar para el mercado local es como hacer malabarismo. El libro es un producto sin demasiadas ventajas diferenciales más allá de su contenido, pero tiene una: se puede producir y fabricar en cualquier lugar, algo que no podrían hacer los sojeros, por poner un ejemplo. La edición argentina tiene una oportunidad para volver a lograrlo.

viernes, 14 de septiembre de 2018

"Abogo por la tolernacia de ambos lados"


Continuando con nuestras columnas de los viernes, es el turno de la traductora española Itziar Hernández Rodilla, quien se dedica aquí a reflexionar sobre la lengua que nos separa.

400 millones de españoles

Hace unos años leí Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan, y la leí en la traducción al español de un tal Santiago Ochoa solo porque la había visto muy criticada. Y ¿qué puedo decir? A mí no me pareció tan mala…

Es cierto que encontré floja la novela y que decidí enseguida que me ahorraría la segunda y la tercera parte de lo que creo que es una trilogía. Pero, teniendo en cuenta que el español que usaba el traductor se parecía bastante al que hubiese utilizado Guillermo del Toro de haber escrito directamente en castellano, supongo que podemos decir que cumplía aquella falacia tan repetida de que el texto traducido debe quedar como el autor original lo hubiese escrito si la lengua de traducción fuera la suya.

Entonces, ¿por qué mereció tan mala fama? Mi teoría es que a los españoles leer un castellano ajeno al nuestro nos cuesta. Y nos cuesta porque no nos educan para ello. A ver cómo lo explico. Porque los clásicos sudamericanos que leemos harían suponer lo contrario, ¿no?

Veamos. La primera vez que oí un «cachái» chileno y todo el consecuente tuteo en «-ai», «-ís», «-íh», yo ya había cumplido los treinta años, sabía que las princesas Disney llevaban vestido por no tener que escoger entre «falda», «pollera», «saya» o «enaguas», había acabado dos carreras en la universidad y leído unos cuantos libros escritos por argentinos, chilenos, colombianos y peruanos, que yo recuerde. Pero era la primera vez que era consciente de que existiera tal forma del tuteo (al voseo argentino llegaba, aunque solo fuese por Les Luthiers).

La razón más obvia para esto es, por supuesto, que en Chile, por ejemplo, esa forma del tuteo se consideraba un uso aplebeyado y vulgar de la lengua y, por tanto, la acción normativa de la escuela hacía hincapié en los preceptos de la gramática tradicional; es decir, la de la minoría de hablantes de castellano de la Península Ibérica. Así pues, el uso culto que hemos leído ha tendido siempre a parecerse al español que hablamos. Incluso cuando han sido traducciones hechas en Sudamérica (y, durante un tiempo, era la única forma de leer la traducción de ciertos libros en España), esas traducciones se hicieron con el mismo espíritu de proyección que aquellos doblajes Disney que nos pertenecían a todos y que, como dice un amigo, en realidad no estaban en ningún idioma porque nadie hablaasí.

Con el tiempo, mi curiosidad personal, mis experiencias vitales y mis gustos, me llevaron a pasar una temporada en Buenos Aires, a leer castellanos menos parecidos al mío buscándolos y recomendándolos, pese a la extrañeza que causaban en algunos, a ver cine y series argentinas porque me gustan, a interesarme por el teatro que se hace allende los mares, a aprender, en definitiva, a querer los castellanos que no son el mío como obligación de alguien a quien le gustan los idiomas.  

Bien, llegados a este punto,creo que debo aclarar que estoy de acuerdo con lo dicho en esta entrada del blog en el que escribo invitada: «¿Por qué el lector debería leer en un castellano que no es el suyo? […] Cada región […] debería tener sus propias traducciones, para lo cual los responsables editoriales deberían provenir exclusivamente del mundo del libro y no ser exgerentes de Pepsi Cola o de una fábrica de autos». Para mí eso incluiría que, si la falacia antes mencionada tiene que funcionar para todos, los personajes traducidos tendrían que utilizar su voseo en Argentina y su peculiar tuteo en Chile, por no incluir más países.

Como decía Alejandro Ariel González escribiendo para El Trujamán, hablando de editoriales argentinas, quien traduce para ellas sabe que, por defecto, tiene que utilizar el «tú» como segunda persona del singular porque los editores quieren ganar dinero con sus libros colocándolos en otros mercados, que se resisten al «voseo». Y vuelvo, así, al comienzo de este articulillo. Si siempre nos protegen de los castellanos distintos al nuestro, ¿cómo conseguir que no nos resistamos?

Ahora bien, el mismo Alejandro Ariel aclaraba que el no usar el «vos» en traducción es algo que puede partir de los propios traductores; en cuyo caso, sospecho, podría pasarles lo mismo que a nosotros. Están contaminados por la cantidad de traducciones «normativas» que leen hasta el punto de que a ellos mismos les extraña su lengua. Quizá necesiten el mismo entrenamiento que los españoles.

Sea como fuere, esto tiene que ver también con muchísimas de las pegas que ponen los colegas del otro lado del charco a las traducciones españolas que les imponen las editoriales. Les chocan nuestros españolismos. Usos peninsulares que, por cierto, la mayoría de nosotros no sabemos que lo son por, siento repetirme, la gran inconsciencia que tenemos de los castellanos que usa esa mayoría de hablantes de nuestra lengua.

Esto es, advierto, una opinión personal, pero una de la que estoy profundamente convencida. Tanto que, desde que doy clases de Traducción en la universidad, una de las primeras recomendaciones que hago a mis alumnos es que salgan de su idiolecto y lean todos los tipos de castellano que puedan, que los oigan, que los busquen y que los aprendan para saber cuándo el suyo se está imponiendo, pero también cuándo dicen algo que no pertenece al castellano de su país y, por lo tanto, quizá no debería aparecer en sus textos. Eso sí, me pregunto si encontrarán esas otras variedades, vistos los muchos problemas que tengo yo para encontrar libros editados en Latinoamérica que leería con mucho gusto y, sin embargo, no puedo.

Sobre la forma de arreglar este desmán, es algo que dudo, pues dependerá de la causa. ¿Será cuestión de que la industria editorial, una vez más, nos impone cosas que les facilitan el negocio sin pensar en la cultura? ¿Será realmente una especie de alergia del lectora variedades de castellano que no son la suya? ¿Es posible educar esta extrema sensibilidad? Y ¿de qué depende? ¿Pasa por un cambio en la tarea prescriptiva dela Real Academia de la Lengua? ¿O por una mayor apertura de una sociedad aún nostálgica de su pasada gloria? ¿Es el famoso eurocentrismo? ¿O una cosa de individuos particulares cegados por su propia ignorancia?

Si no el problema, quizá por el individuo pasa la solución, y honrada como me siento de que los colegas argentinos me hayan invitado a dar mi opinión aquí, deseo que sepan que abogo por la tolerancia de ambos lados e intento poner mi granito de arena para que futuras generaciones de licenciados sean más conscientes de la riqueza que poseemos todos en la diferencia. Y,como se dice por estos lares, toda piedra hace pared.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Malpaso, ACEtt y los traductores: un culebrón


Desde que la editorial Malpaso, propiedad del magnate mexicano Bernardo Domínguez Cereceres. se instaló en España, todo es muy confuso. Por un lado, sus malas prácticas para con autores y traductores (esto es, incumplimiento de contratos y de pagos) ha motivado todo tipo de quejas de unos y otros, y cobrado un inusitado estado público acaso por razones que escapan por completo al mundo editorial. 

De hecho, ACEtt, la institución que dice “defender los intereses y los derechos jurídicos, patrimoniales o de cualquier otro tipo de los traductores de libros”, recibió las primeras quejas sobre Malpaso en 2014 (un reciente comunicado habla de 2016), cuando Ricardo García Pérez, uno de los socios de la institución, transmitió su preocupación en el foro interno porque Julián Viñuales –un editor de muy mala reputación entre los traductores españoles por sus malas prácticas en el fundido sello Global Rhythm–, se había embarcado en el proyecto de Malpaso. 

Carlos Fortea, presidente de ACEtt, hizo averiguaciones y decidieron dejar la cosa como estaba porque Viñuales no tenía participaciones en Malpaso, sino que era un trabajador más. García Pérez, al parecer, había denunciado a Viñuales por los pagos pendientes que Global Rhythm le adeudaba, pero nadie hizo nada por ayudar a este hombre, lo que pudo haber sido el desencadenante para que García Pérez renunciara a ACEtt. Lo que sí es cierto –y puede que de ahí venga el error– es que en diciembre de 2016, luego de que muchos socios se quejaran por falta de pago, Malpaso dejó de estar entre las editoriales adheridas al contrato tipo de ACEtt.

Ahora bien, la cosa pasó a mayores. Fue así que Carlos Fortea, quien difícilmente mueva un dedo por los asociados de ACEtt (cfr. lo que pasó cuando Yolanda Morató denunció el posible plagio de Mercedes Cebrián –ver entradas de este blog correspondientes a los días 8, 9, 19 y 26 de febrero,  y 5,  6 y 12 de marzo de 2017–, y el comportamiento que tuvo Enrique Redel, dueño de la editorial Impedimenta, cuyos libros Fortea comenta puntualmente en distintos foros: http://impedimenta.es/libros.php/leccion-de-aleman , http://impedimenta.es/libros.php/historia-y-desventuras-del-desconocido , http://impedimenta.es/libros.php/wadzek-contra-la-turbina-de), el 27 de julio pasado lanzó un comunicado en los siguientes términos:

“Ante las noticias publicadas estos días en prensa (leer aquíaquíaquí y aquí) sobre la situación legal y económica del grupo Malpaso (que incluye los sellos Malpaso, Lince Ediciones, Salto de Página, Biblioteca Nueva, Dibbuks y Jus), ACE Traductores quiere hacer públicos los siguientes extremos:

ACE Traductores rompió en diciembre de 2016 toda relación con el grupo Malpaso, debido a que ya en ese momento había tenido noticias de sus socios respecto a incumplimientos contractuales e impagos, y expulsó al grupo de la lista de editoriales firmantes de su contrato tipo.

ACE Traductores se alegra de que muchas denuncias que hasta ahora circulaban en silencio se hayan hecho públicas, reitera a los traductores afectados la disponibilidad de sus servicios jurídicos para reclamar sus derechos y exige a Malpaso regularizar la situación de todos los posibles afectados.

ACE Traductores exhorta al resto de actores del sector editorial a condenar la existencia de tales prácticas, tanto para preservar el buen nombre del sector como para no exponer a los profesionales a situaciones como las que han sufrido a lo largo de estos meses.”

Acá hay que empezar a recapitular un poco porque muchas cosas podrían sospecharse.

EL CRECIMIENTO DE MALPASO
La primera tiene que ver con que Malpaso, en muy pocos años, ha crecido exponencialmente mucho más que cualquier otra editorial que funcione en España. Como datos curiosos, podrían señalarse los contratos por  250.00 y  120.000, respectivamente, para publicar textos de Bob Dylan y Elton John, inversiones que, con toda la furia, no se recuperan así como así.

Parte de la explicación podría hallarse en otra parte, según señala el periodista, escritor y traductor Armando López Vaquero, en un artículo publicado en Mundo crítico (http://mundocritico.es/2016/05/malpaso-de-donde-saca-para-tanto-como-destaca/).“La respuesta a la potencia financiera de Malpaso  hay que buscarla en la foto que falta en la sección de su web llamada ‘Quién hay detrás de Malpaso’. La foto ausente es la que corresponde a Bernardo Domínguez Cereceres, empresario mexicano que se define como ‘la mano invisible’. La supuesta invisibilidad del empresario mexicano puede comprobarse en una serie de negocios que involucran la construcción, y a través del grupo DSC, los contratos con la CFE, Pemex, la SCT, y gobiernos estatales y municipales para la construcción de montajes electromecánicos, así como obras marítimas y viarias. Hoy en día, además de ser un potente grupo constructor,  DSC cuenta con filiales como DSC Comercial la cual adquirió el Grupo Ferretero Lavi, una empresa de ferretería con 46 sucursales en los Estados Unidos o Turismo DSC, otra filial a través de la cual adquirió y gestiona hoteles en Acapulco, Cancún, Ixtapa y Puerto Vallarta, entre otros”.

DINERO PRESUNTAMENTE NEGRO
La segunda  cuestión que importa aquí es que Bernardo Dóminguez Cereceres ha apoyado económicamente a Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor del ex presidente de la Generalitat, alguien que estaba siendo investigado por blanqueo y evasión de capitales. Hay que aclarar que, antes de todo este escándalo, ambos fueron socios en México.

Así lo explicaba un artículo sin firma, publicado por El Sol de México, el 7 de agosto pasado (https://www.elsoldemexico.com.mx/doble-via/virales/los-malos-pasos-de-la-editorial-mexicana-malpaso-en-espana-1897588.html):

“Hace apenas dos años, la joven editorial Malpaso revolucionaba el mercado español comprando los derechos de Bob Dylan. Pero ahora esos sueños de grandeza se desvanecen entre la investigación por blanqueo a su propietario mexicano y serios problemas de liquidez.

Los apuros de esta editorial fundada en 2013 por el empresario de la construcción mexicano Bernardo Domínguez Cereceres salieron a la palestra a finales de junio, pero no sorprendieron en Barcelona, capital mundial de la edición en español y sede de Malpaso.

Desde hacía años, el sector recelaba del desorbitado crecimiento del grupo: conseguían cotizados derechos de traducción, adquirían otros sellos, publicaban 200 títulos anuales y abrían una librería o incluso un restaurante que inauguraron con una fiesta con mariachi.
Pero el castillo de naipes empezó a desmoronarse el 26 de junio: Domínguez Cereceres fue detenido acusado de blanquear dinero para la familia de Jordi Pujol, expresidente regional de Cataluña (1980-2003) caído en desgracia por las sospechas de corrupción sobre él, mujer e hijos.

Después del interrogatorio, quedó en libertad pero se le retiró el pasaporte.

En México, la abultada fortuna del propietario del vasto consorcio de la construcción DSC y cercano al expresidente Vicente Fox ya había despertado suspicacias.

‘Bernardo Domínguez Cereceres, las dudas de una fortuna’, titulaba un largo artículo publicado en octubre por el periódico Milenio, que repasa capítulos oscuros de su trayectoria empresarial, salpicada ya con aventuras editoriales fracasadas.

‘MALPAGO PAGA YA’
Poco después de la detención, otra tormenta se abalanzó sobre la editorial: la etiqueta #Malpaso- PagaYa se viralizó en redes sociales por las denuncias de impagos a escritores y traductores.

Desde la editorial reconocen estos problemas de liquidez que atribuyen a la demora de una inyección de capital de su propietario desde México: ‘Se está pagando pero no a un ritmo óptimo, muchos proveedores están cobrando pero otros no’. Según Carlos Fortea, presidente de la asociación de traductores ACE, sus afiliados empezaron a denunciar impagos a finales de 2016 ‘y la situación ha ido a peor’.

UNA APUESTA FALLIDA
Los fondos procedían exclusivamente de Bernardo Domínguez Cereceres, ‘una persona con mucho dinero que quería ser un gran editor’. Pero las remesas que llegaban desde México para mantener el negocio editorial empezaron a dilatarse a mediados de 2017, cuando la investigación sobre presunto blanqueo empezaba a cernirse sobre él, asegura el extrabajador.

El grupo está tomando medidas para ‘adaptarse a la realidad del mercado’: la plantilla se redujo en más de la mitad y volverán a publicar cuarenta títulos”.

Ahora bien, si bien todo esto es cierto, hay una tercera cuestión –sin duda odiosa– que se relaciona con el origen de la editorial que, reiteramos, es mexicana. Raramente se llega a este tipo de repudio en España cuando las editoriales son españolas y, sin embargo, muchas de sus malas prácticas son exactamente iguales que las que se le imputan a Malpaso. Eso, por supuesto, no justifica nada. Unas y otra incurren en delitos. Pero que los delitos, cuando son mexicanos, sean más delitos que cuando son españoles parece por lo menos un tanto tendencioso como demuestra la reacción de ACEtt ante la evidencia flagrante de lo que muchos socios venían denunciando hacía tiempo y que forzó a la asociación a tomar una postura formal (porque la efectiva todavía está por verse: la gente sigue sin cobrar) bastante inédita hasta ahora.

¿Continuará?