miércoles, 8 de abril de 2026

Un carancho sobrevuela Buenos Aires

En la entrada de este blog, correspondiente al pasado 27 de marzo pasado, nos ocupamos brevemente de Antonio J. Rodríguez, un joven petimetre (nació en Oviedo, España, en 1987), que se apresta a visitar Buenos Aires para ver qué partido puede sacarle al turismo.

Rodríguez tuvo su breve momento estelar en España cuando el muy llorado editor Claudio López, desde Mondadori y luego desde Penguin Random House, le dieron una oportunidad. Así, publicó Exhumación (con Luna Miguel, autora con la que estaba ligado sentimentalmente, hija de los dueños de El Gaviero, una pequeña editorial especializada de Almería y también protegida de Rodríguez; 2010), El principio de incompetencia (novela que se sospecha autobiográfica; 2013) y Candidato ( 2018), además de los ensayos  La nueva masculinidad de siempre (2020) y El dios celoso (2024). 

Según su CV, durante un tiempo, con Luna Miguel, dirigió el sello editorial Caballo de Troya, un subsello de Penguin Random House, dedicado a publicar a jóvenes, aparentemente por el mero hecho de ser jóvenes. Lo que no se dice es que fue apenas por dos años y en el marco de una renovación constante de editores. De acuerdo con la presentación que hace PRH, el subsello fue creado en 2004 para la publicación de "autores españoles o latinoamericanos como Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Fernando San Basilio, Óscar Aibar, Natalia Carrero, Iosi Havilio, Alberto Lema, Javier Pascual, Pelayo Cardelús, Damián Tabarovsky, Lolita Bosch, Milo J. Krmpotic, Teresa Aranguren, Miguel Ángel Ortiz o Marcelo Lillo". Estos, "encontraron en su catálogo la hospitalidad necesaria para sus propuestas, el apoyo necesario para el afianzamiento de sus trayectorias o un primer impulso. En junio de 2014, Constantino Bértolo, alma del proyecto desde su fundación, se jubiló y se anunció un nuevo modo de trabajar: cada año un autor sería invitado a participar en el sello como editor y así poder ahondar en la idea esencial de Caballo de Troya como plataforma editorial para nuevas voces literarias hispánicas y caldo de cultivo de nuevas voces literarias. Así, desde 2015, los editores invitados que se han ido sucediendo al cargo de la selección del catálogo para cada ejercicio han ido siendo Elvira Navarro, Alberto Olmos (2016), Lara Moreno (2017), Mercedes Cebrián (2018), Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez (2019 y 2020), y en 2021, Jonás Trueba".

Luego, en 2025, Rodríguez lanzó Alighiera, una empresa de servicios a editoriales donde, entre muchas otras lindezas, propone la Inteligencia Artificial para mejorar la productividad. Dicho en criollo, se caga olímpicamente en los traductores literarios, una práctica ya instalada en España. Así, luego de someter textos en las más diversas lenguas a algún motor de IA, relega a los traductores al nivel de editores especializados en corrección, con una paga muy inferior a la que les correspondería si fueran contratados para traducir.

En una reciente entrevista con Juan Carlos Saloz Barcelona, de La Vanguardia, respondió una serie de preguntas. Entre otras:

"¿Qué es Alighieria?
Es un software de procesos editoriales. A finales del año pasado, me obsesioné con la IA generativa y busqué cómo podía coger esta ola para integrarla en industrias que conozco de primera mano: medios de comunicación, agencias o editoriales. Pero pronto me di cuenta, al hablar con editores, que lo más interesante de la IA no era tanto el contenido que podía generar como sus procesos de automatización. Y nos pusimos a ello.

¿Cómo funciona exactamente?
Su interfaz se divide en dos áreas clave: una biblioteca de usuario (donde se pueden subir textos, audios o vídeos) y un conjunto de funciones automatizadas que abordan tareas fundamentales del mundo editorial; desde generar sinopsis o informes de lectura hasta detectar errores o inconsistencias narrativas.

¿En qué se diferencia de ChatGPT u otros modelos de lenguaje directos?
Sinceramente, esto que estamos haciendo ahora no lo está haciendo nadie. Alighieria es una herramienta hecha para trabajar con grandes cantidades de texto. Después de hablar con muchas editoriales, vimos que había una falta en este sentido, así que la desarrollamos —y nos divertimos mucho haciéndola—. No solo funciona a nivel ortotipográfico. Te pongo un ejemplo rápido de lo que puede hacer. En la página setecientos y pico de una novela, los personajes hacen algo que no es históricamente coherente: están en la Barcelona del siglo XIV, y esa costumbre no aparece hasta el siglo XVI. Pues el sistema te lo marca con una alerta y te clasifica la gravedad del problema como baja o moderada.

Es decir, te marca incoherencias... y ya decides tú qué hacer con ellas.
Claro, este es un punto interesante de la herramienta, porque lo que queremos es que sea de ayuda al editor o al profesional, no que lo sustituya. Las correcciones, de hecho… quedan al criterio del editor o del autor. Porque en todo escrito hay errores graves, evidentes, pero la mayoría son sutiles. Una de sus funciones permite es que sirve para detectar contradicciones dentro del propio texto. Cosas que un personaje hace en la página 20, que luego se contradicen en la 200, y después otra vez en la 552. Yo lo he probado con novelas mías y me han salido inconsistencias que no había visto, incluso después de muchas correcciones."

Dicho de otro modo, no sólo los traductores pueden ser relegados por esta herramienta. También, los editores. Dicho lo cual, piensen muy bien qué propone y quién es este carancho cuando se presente en la próxima Feria del Libro de Buenos Aires.

Jorge Fondebrider








martes, 7 de abril de 2026

Una reseña de Mercedes Álvarez sobre un libro escrito a cuatro manos por Coetzee y Dimópulos


La editorial El Hilo de Ariadna (que esta ligada a propietarios del MALBA), acaba de publicar Don de lenguas, un libro donde dialogan J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos, escritora y traductora argentina. Otra escritora, la excelente poeta y narradora Mercedes Álvarez, hizo la reseña para la revista Ñ, del pasado 2 de abril.

Coetzee y Dimópulos: la traducción en la encrucijada

Vivimos en una época de ignorancia. Inmersos en el oscurantismo propio del momento, y en la lógica de las redes sociales, con su simplismo rayano en la imbecilidad que fomenta la permanente puesta en escena de una opinión sin contenido, nuestro pensamiento crítico se ve reducido prácticamente a nada. Por contrapartida, entonces, los intelectuales van mutando sus discursos. Frente a aquello que casi nadie abordaría, y mucho menos entendería, el ensayo ha ido adquiriendo un perfil cada vez más explicativo.

La didáctica, parece, es el signo de los tiempos. Don de lenguas, de Mariana Dimópulos y J.M. Coetzee, no está exento de ese tono. Hermenéutica al alcance de todos, podríamos decir, la premisa de este diálogo escrito parte de la traducción de El polaco de Coetzee, que Dimópulos tradujo. Entre ambos tuvieron la idea de que el original se retirara a las sombras, y las traducciones se hicieran del español y no del inglés. Es decir, que la traducción ocupara el lugar del original. El plan no tardó en fracasar. Los editores de Polonia, Francia, Japón, entre otros, se negaron a traducir del texto español.

“Si se hubiera tratado de un libro redactado en albanés y traducido al español”, escribe Coetzee, “los editores habrían estado dispuestos a dejar de lado el principio de la lengua original y habrían encargado traducciones del español, no tengo dudas. ¿Por qué el compás de espera, entonces? Respuesta: porque el ‘original’ no estaba escrito en albanés, una lengua ‘menor’, sino en inglés, una lengua ‘mayor’ y de hecho, quizás, la lengua dominante hoy”.

El resultado del experimento, a todas luces fallido, dio el puntapié a esta conversación. La centralidad de la lengua inglesa y su mercado es uno de los temas sobre los que pivota, pero de ellos se desprenden otros. Así, el diálogo pasa por diferentes instancias. La marginalidad de ambos autores, por ejemplo, respecto de la lengua materna los lleva a la reflexión sobre el papel de los Estados nación en la creación de lenguas uniformes, y la actualidad los deposita, necesariamente, en los debates relacionados con el género, lo que concatena con otro tema central: ¿Hasta qué punto la traducción puede traicionar al texto original?

¿Qué estamos leyendo en realidad cuando leemos una traducción? Coetzee trae a colación la idea de Derrida, de que pensar el texto fuente como depositario de un sentido original que puede reproducirse con fidelidad en otro idioma es un despropósito. Dimópulos no duda en ir en contra de este escepticismo, cuestionando la premisa de Derrida de terminar con la preeminencia del autor.

En concordancia con la didáctica de los tiempos que corren, concluye: “En su momento se pensó que el enfoque daría lugar a una mayor libertad social, lingüística y política. Creo que produciría exactamente el efecto contrario en el contexto actual, dado que hoy necesitamos mayor orientación que en esos días, cuando a las culturas centrales –la francesa y la alemana, por ejemplo– se las percibía como extremadamente rígidas. Yo diría que nuestra tarea es más bien la opuesta”. Palabras que, más allá de lo expuesto, no sorprenden, ya que Dimópulos es traductora de filosofía, y se la conoce por sus traducciones al español de Walter Benjamin.

Para concluir, Coetzee habla en estas páginas sobre la uniformidad de estilo que se encuentra en las traducciones de lenguas extranjeras al inglés, concluyendo que el estilo de prosa se “acomoda” para que resulte cómodo a los lectores británicos y estadounidenses. Seguramente es así, ya que en español no estamos exentos de espantosas traducciones que básicamente, suenan todas iguales. Mal de muchos. En fin. Faltaría, en estas páginas, hablar del ritmo. Porque, como expuso Henri Meschonnic, “los mismos principios que hacen que se traduzca la Biblia detestablemente hacen que se traduzca detestablemente a filósofos. Detestablemente poemas”.

Meschonnic vino a poner de relieve que la ausencia del ritmo en casi todas las traducciones de la Biblia sumen a sus lectores en la más profunda ignorancia del sentido. Hubo quien le reprochó su elitismo, a lo que él respondía: “elitista para todos”. Pero Meschonnic era un discípulo de Saussure, y un crítico de Heidegger. Nada que ver con el diálogo entre Dimópulos y Coetzee.

Así que, por no sobreimprimir al texto que nos ocupa juicios que no vienen al caso, diremos que, puestos a pensar la traducción, se pueden decir muchas cosas. El diálogo de Dimópulos y Coetzee tiene la cualidad de poner sobre la mesa, de manera amplia, debates que nos permiten pensar qué hay en juego cuando nos llega a las manos un ejemplar de un libro traducido.

lunes, 6 de abril de 2026

La prosa de Maggie O'Farrell es la de Concha Caredeñoso Sáenz de Miera

El pasado 3 de abril, el diario El País, de Madrid, publicó la siguiente nota, con entrevista incluida, de Belén Remacha, quien se ocupa de Concha Caredeñoso Sáenz de Miera, una experimentada traductora española, cuyo nombre resuena últimamente gracias a los libros de Maggie O'Farrell.


“He tardado muchos años en saber lo que es ganar dinero por un superventas”

Hace ya más de cinco años que Concha Cardeñoso Sáenz de Miera (León, 69 años) leyó por primera vez la versión original de Hamnet, escrita por la irlandesa Maggie O’Farrell. No se atrevió entonces a predecir si iba a ser o no un éxito. No se atrevió a pesar de las lágrimas que le cayeron a borbotones con el final “tan redondo y tan equilibrado” de esa ficción histórica sobre la vida de Agnes Hathaway, la esposa de William Shakespeare. Cardeñoso conoce lo aleatorio del mercado. Es traductora, principalmente de inglés a castellano, y acumula unos 300 libros en 30 años de carrera. Ha manejado textos prodigiosos, emocionantes, aclamados previamente en el mundo anglosajón; y ha visto también cómo muchos pasaban luego desapercibidos. Ya se sabe que no ocurrió eso con Hamnet: es su mayor best seller. 225.000 ejemplares despachados entre España y Latinoamérica, según datos que aporta la editorial, Libros del Asteroide. El segundo puede que sea El retrato de casada, misma autora y editorial, y unas 100.000 ventas.

El nombre de Concha Cardeñoso acompaña al de Maggie O’Farrell, relativamente grande, en la portada de sus seis títulos editados en la última década por Libros del Asteroide. Pero sin rostro ni biografía en la solapa. Las cientos de miles de personas que han leído a la irlandesa en español leen en realidad directamente a Cardeñoso, pero la mayoría no sabe nada de esta mujer. Igual que no saben nada de tantos otros de sus colegas que traducen otros tantos libros. Es por eso sobre todo que accede a esta entrevista, que tiene lugar por videollamada: espera que cuanto más se conozca su oficio —insistirá todo el rato en llamarlo oficio—, mejor se valorará y pagará. Especialmente ahora, en “época de muchas turbulencias” debidas a la Inteligencia Artificial.

Cardeñoso está satisfecha con su trabajo con la literatura de O’Farrell, aunque también le supone un reto. Su prosa es contenida, pero en un constante baile con los tiempos verbales; y tiene un “vocabulario exquisito” y unas referencias históricas muy precisas que a cada tanto le obligan a documentarse.

A mediados de marzo, cuando habla con SModa, está de hecho consultando mapas topográficos de Irlanda. Los necesita para comprobar algunas referencias que aparecen en Land, lo siguiente de O’Farrell. Se publicará en inglés este junio; en España, calcula Libros del Asteroide, a principios de 2027. Cardeñoso lleva unas 100 páginas traducidas de un total de 400. Cuenta con unos cuatro meses para completarlo. Va leyendo a la vez, no se adelanta: se motiva más así. La historia se ubica en los años posteriores a la Gran Hambruna de la patata del siglo XIX, y se inspira parcialmente en los antepasados de la escritora. “Te subleva si tienes el sentido de la justicia más o menos desarrollado”, es de lo poco que avanza de la trama. Eso y que se está peleando, aún sin haber decidido cómo resolver, con un término, distemper, que en una escena se usa para un juego de palabras entre ‘malestar’ y ‘mal humor’.

La adaptación al cine de Chloé Zhao de Hamnet, estrenada este invierno, no le convenció tanto a Cardeñoso como el resto del universo de O’Farrell. No estuvo de acuerdo con el protagonismo que tiene Shakespeare. Y hay otra cosa que tampoco le encanta, ni de película ni de novela: el título, que toma el nombre del hijo de Agnes y William. Se lo comentó a O’Farrell en una de las dos ocasiones en las que han coincidido en Barcelona:

—¿No debería haberse titulado Agnes, en lugar de Hamnet?

Recuerda que le respondió que de ser así quizá no hubiese tenido tanta repercusión. “Es el componente de mercadotecnia”, entiende Cardeñoso.

Cardeñoso estudió Magisterio en León, entre los setenta y los ochenta vivió en Inglaterra, y desde hace cuarenta años en Barcelona. En los noventa, cuando sus dos hijas eran pequeñas, dejó Filología Anglogermánica a cuatro asignaturas de terminar, para comenzar a dedicarse a la traducción como autónoma. Lo primero fue un volumen del estilo Elige tu propia aventura, luego algunos cuentos que les leía a sus niñas. Ahora, seis estantes del repleto despacho de Cardeñoso los ocupan ‘sus’ libros. En un momento de la conversación va mostrando a cámara algunos de sus favoritos. Recomienda el ensayo Bajotierra, de Robert Macfarlane (Random House, 2020); El libro de la señorita Buncle, de D.E. Stevenson; Mi impresionante carrera, de Miles Franklin; o Mi prima Rachel, de Daphne du Maurier (los tres de Alba Editorial; por el último recibió el premio Esther Benítez 2018). Y aunque su especialidad ha sido el inglés, uno de los estantes de su biblioteca es para sus adaptaciones del catalán. Entre ellas una que compite por la medalla de plata de su carrera en cuanto a superventas: Canto yo y la montaña baila de Irene Solà (Anagrama, 2019).

El suyo es un oficio feminizado, con alrededor de un 80% de mujeres en los grados universitarios. También, esto ya según Cardeñoso, “antiguo, imprescindible y ninguneado”. Antiguo “porque existe desde que unos pueblos se comenzaron a relacionar con otros”. Para lo de imprescindible, cita al teórico George Steiner, “que dijo que sin traducción, habitaríamos provincias lindantes con el silencio”. Es decir, “cada cultura en su burbuja, sin haber conocido nosotros Las mil y una noches, ni ellos a Cervantes”. Lo de ninguneado lo siente, entre otras cosas, “porque solo se acuerdan de nosotros cuando la traducción es mala. Los italianos tienen un dicho: traduttore traitore [traductores traidores]”.

Los traductores han pasado de no tener por qué figurar ni en pequeñito en los créditos —era así hasta la Ley de Propiedad Intelectual de 1987—, a cobrar como autores de ‘obra derivada’; y a la costumbre relativamente reciente de colocarlos en portada, como hace Libros del Asteroide, Alfaguara o Anagrama. Pero muchos no sienten que les salpiquen las vacas gordas del sector del libro, que parece que las hay: según la encuesta anual de la consultora GfK, desde la pandemia se han batido varios récords de facturación; en 2025, cerca de 1.250 millones de euros, un 4% más que en 2024. Más bien, los traductores tienen la sensación de ser el último eslabón de esa cadena. Lo comparte Cardeñoso: “Apenas se nota. Muchas tarifas llevan 20 años estancadas. Para que un libro nos produzca royalties [derechos de autor], tiene que vender muchísimo. Te enteras de algo si tienes la suerte de tener un best seller… Yo he tardado muchos años en enterarme. Son pocos los que han podido vivir solo de la traducción literaria, muchas compañeras recurren a cosas que dan más dinero, como los textos jurídicos. En mi caso, mi marido ha tenido siempre trabajo y eso me ha permitido sobrevivir”.

El principal miedo ahora es eso que causa aun más turbulencias: la Inteligencia Artificial. Por recoger un solo informe, el de Microsoft Research de 2025 situaba a la traducción e interpretación entre los oficios con mayor riesgo de verse afectados, con datos de Estados Unidos. “Hay editoriales que ya nos están relegando a editores de Inteligencia Artificial. En el último Premio Planeta se habían presentado no sé cuántas obras [1.320 según la organización, la participación más alta de la historia del certamen]. Te digo que se debe a que muchos se presentaron con GPT. Esto va a ir a más. Lo malo es que no se advierta, y que la Inteligencia Artificial se alimente de nuestro trabajo. Todo eso está por regular”, lamenta Cardeñoso, que está en contacto con mucha gente joven y más precaria porque pertenece a ACE Traductores, una asociación que se fundó en 1983 con el objetivo de conseguir mejoras laborales.

Ella no se va a jubilar, por ahora. Ama su oficio, pero el principal motivo es que se le quedaría una pensión tirando a baja: “Lo que quiero es trabajar un poquito menos, para por fin disfrutar de esto plenamente”. Desde la perspectiva que le dan todos estos años, desde el realismo de reconocer lo complejo de los tiempos de la Inteligencia Artificial, cita a una de sus compañeras de oficio para defender que lo que aporta una traductora humana es “alma, vida y corazón”. Alguien que se devane los sesos tratando de transmitir bien qué busca una escritora cuando escribe distemper.



viernes, 3 de abril de 2026

Si las editoriales no se alían con los autores y los traductores, el robo, por parte de la IA, se instala para quedarse

"La editorial británico-estadounidense Penguin Random House pide a la justicia medidas firmes para proteger a los autores, tras alegar que el chatbot reprodujo contenido protegido y exigió mayor claridad en el uso de inteligencia artificial." Tal es la bajada de la nota publicada por InfoBAE, sin firma, el pasado 31 de marzo.

Una editorial multinacional demandó a OpenAI en Alemania por el uso de sus obras

La editorial británico-estadounidense Penguin Random House anunció el martes haber presentado una demanda en Alemania contra OpenAI, acusando a su herramienta de inteligencia artificial, ChatGPT, de haber infringido los derechos de autor de libros infantiles alemanes.

Se trata de la serie Der kleine Drache Kokosnuss, la historia de un dragón llamado Coco que no sabe volar, del ilustrador alemán Ingo Siegner.

La demanda fue presentada ante el tribunal regional de Múnich contra OpenAI Ireland Limited, proveedor de ChatGPT, según un comunicado de esta editorial, propiedad del gigante alemán de medios Bertelsmann.

Con “simples solicitudes”, el chatbot “reproduce de manera reconocible” contenidos protegidos por derechos de autor de Siegner y genera ilustraciones del dragón “que se parecen notablemente al original”, denuncia la empresa.

Además, existen “indicios claros” de que las obras de Ingo Siegner “fueron utilizadas ilegalmente para entrenar el sistema de IA” y están almacenadas por el chatbot.

Penguin Random House considera que los derechos de autor del ilustrador, así como los derechos exclusivos de uso y explotación que posee su filial, fueron vulnerados.

El gigante de Silicon Valley, pese a una solicitud de cese y de información, no reaccionó, asegura Penguin Random House.

Una responsable de OpenAI para Europa no respondió de inmediato.

En enero de 2025, Bertelsmann había alcanzado un acuerdo con OpenAI para generalizar el uso del chatbot en sus actividades, incluyendo también a Penguin Random House.

Para la editorial, el objetivo de esta colaboración era ofrecer recomendaciones de libros personalizadas en redes sociales.

“Estamos abiertos a las oportunidades que ofrece la IA, pero la protección de la propiedad intelectual sigue siendo para nosotros una prioridad absoluta”, afirmó Carina Mathern, directora editorial de su división juvenil.

Penguin Random House también exige “mayor transparencia para los lectores, con medidas de protección adecuadas”.

“La IA no debe desarrollarse en detrimento de quienes crean los contenidos”, declaró en un comunicado separado el sindicato de editores alemanes.

Este organismo insta a los tribunales a “definir claramente a partir de qué punto comienzan las apropiaciones ilícitas”.


jueves, 2 de abril de 2026

"La IA no 'entiende' las implicaciones sociales de la forma de hablar de un personaje"

Publicado en The Conversation, el pasado 10 de marzo, el siguiente artículo de Isabel Tello Fons, doctora en traducción e interpretación por la Universidad de Valencia, pone el dedo en la llaga respecto de lo que, por ahora, la Inteligencia Artificial es incapaz de hacer cuando traduce.

La IA puede traducir palabras, pero no voces (narrativas)

–Tú también te enojarías si tuvieras una peluca como la mía —prosiguió el Avispón–. Se meten con uno, y uno, que no le gusta que le tomen la ‘peluca’, pues se enfada… ¡natural! Y entonces es cuando me entra la murria, me arrebujo debajo de un árbol y me quedo tieso de frío. Y, para aliviarme, cojo un pañuelo amarillo y me lo ato alrededor de la cara… ¡Oséase, como ahora! ¡Natural!”.

Así tradujo Ramón Buckley la voz del Avispón en la novela A través del Espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll. La versión original recrea el dialecto cockney londinense, muy ligado a la clase obrera, lo que Buckley transformó en un dialecto castizo madrileño, conservando el tono quejón y ordinario del personaje de la obra de Carroll:

You’d be cross too, if you’d a wig like mine,” the Wasp went on. “They jokes, at one. And they worrits one. And then I gets cross. And I gets cold. And I gets under a tree. And I gets a yellow handkerchief. And I ties up my face –as at the present”.

Cuando leemos una novela traducida, no solo seguimos una historia: escuchamos voces. Voces que revelan quiénes son los personajes, de dónde vienen y qué lugar ocupan en su comunidad. Pero ¿qué pasa con esas voces cuando pasan de un idioma a otro? ¿Cómo se traducen los dialectos, acentos, ritmos y registros que forman parte de la identidad profunda de los personajes? Abordar estas cuestiones es uno de los desafíos más complejos y menos visibles de la literatura.

Voces que importan
La forma de “hablar” de los personajes, lo que llamamos variación lingüística, abarca rasgos diferentes como vocabulario local, jergas, expresiones propias de una comunidad, formas de una lengua pasada o maneras particulares de construir las frases. Estos rasgos no son adornos, son recursos de caracterización: cumplen funciones narrativas y de estilo importantes.

El dialecto de un lugar podría tener una función reivindicativa; el acento rural podría transmitir humor, ternura o jerarquía; una jerga juvenil podría significar cercanía o pertenencia a un grupo y un habla histórica sitúa al lector en otra época. Si estas voces desaparecen en la traducción, el personaje se vuelve más plano y la historia pierde parte de su trama original.

Por ejemplo, en Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain diferenció a sus personajes mediante siete dialectos diferentes, y en Oliver Twist, Dickens utilizó el argot de ladrones y rufianes para mostrar el habla del hampa londinense.

Sin equivalencias directas
Uno de los mayores retos de la traducción literaria es que los dialectos no son intercambiables. No existe un “equivalente” español del inglés del sur de Estados Unidos, ni un dialecto aquí que corresponda exactamente al de Liverpool. Cada variedad lingüística está anclada en su territorio, historia y contexto social.

Por eso, si tradujéramos de forma literal un dialecto extranjero, el resultado sería extraño o incluso cómico. Si cambiáramos un dialecto inglés por uno español real, convertiríamos a Huckleberry en un niño andaluz, canario o mexicano y manipularíamos su identidad original. Pero a la vez, si se ignora esa forma de hablar y se traduce a la lengua estándar, se pierde su personalidad lingüística.

La traducción literaria busca conseguir efectos equivalentes: que el lector perciba el mismo matiz social y emocional que quien lo lee en versión original, aunque se usen recursos distintos para conseguirlo.

La traducción más humana
La tarea del traductor literario no es mecánica; es un ejercicio de escucha y de interpretación. El traductor se hace preguntas como qué efecto produce esa voz en el lector del original, qué rasgos lingüísticos usar para conseguir ese efecto en la traducción o hasta qué punto marcar o no una variedad.

Puede que la mejor solución no sea apuntar hacia un dialecto concreto, sino usar un registro ligeramente desviado de la lengua estándar para insinuar un origen social que no desplace culturalmente al personaje. Otras veces, puede que un rasgo léxico o una estructura gramatical basten para recrear el ambiente. Cada decisión requiere criterio y responsabilidad. La literatura representa grupos sociales reales, y tratarlos con respeto exige una mirada ética.

Como he comprobado en mi investigación (de próxima publicación), esa mirada ética es algo que la IA, por ahora, no posee. La IA no “entiende” las implicaciones sociales de la forma de hablar de un personaje. No sabe cuándo un dialecto transmite marginación o cuándo marca jerarquía social. Trabaja detectando patrones estadísticos, no intenciones humanas.

Cuando se le pide traducir voces no estándar, suele haber dos consecuencias. O bien el texto traducido aparece “limpio”, y un personaje que hablaba con un acento local termina hablando de forma normativa, con lo que su personalidad se diluye; o bien la IA imita marcas dialectales, pero mezcla jergas incompatibles o deforma palabras sin criterio. Esto crea estereotipos no deseados, es decir, caricaturas.

Por tanto, ante la reflexión y minuciosidad que conlleva la traducción de la variación lingüística, la IA genera respuestas rápidas que no tienen todavía suficiente sensibilidad para manejar ambigüedades, ironías o alusiones culturales.

miércoles, 1 de abril de 2026

Los editores de Nitro/Press: "Un público afín a nuestras propuestas, cada vez más numeroso"

El pasado 27 de marzo, Alma Gelover publicó en el diario mexicano Milenio una extensa entrevista con los responsables de la editorial Nitro/Press. En la bajada se lee: "En entrevista, Mauricio Bares, fundador y director de Nitro/Press, y Lilia Barajas, directora creativa de esta editorial, repasan su historia y hablan de los retos y proyectos que les aguardan".

Nitro/Press: por una literatura robusta y sin concesiones

En su página oficial (nitro-press.com), los editores de Nitro/Press rematan la entrada en la que cuentan su historia con una frase que los define: “nos importan las letras, no los números”. Con dos épocas: de 1997 a 2004 y de 2009 a la fecha, la editorial fundada por el escritor y traductor Mauricio Bares se ha mantenido al margen de las modas y tendencias comerciales; con la incorporación de la diseñadora Lilia Barajas en 2009 como directora creativa, Nitro/Press adquirió un sello inconfundible en sus libros y colecciones y ha fortalecido su presencia en librerías, ferias del libro y todos aquellos espacios en los que se promueve la lectura. Desde 2009, escriben en su sitio: “la editorial pone énfasis en la narrativa y el ensayo de vanguardia, así como en géneros editoriales obviados por las grandes cadenas, divididos en siete colecciones” (entre ellas Nitro Noir, dedicada a la novela negra y Habitaciones Propias, que, inspirada en el ensayo clásico de Virginia Woolf, está dedicada a libros escritos por mujeres).

Mauricio Bares y Lilia Barajas, en entrevista, nos hablan de esta editorial, de sus retos, de la librería que abrieron en Un paseo por los libros (en el Pasaje Zócalo-Pino Suárez del metro), así como de la importancia de las redes sociales en la difusión de su proyecto, uno de los más sólidos en el ámbito de las editoriales independientes.

–La historia de Nitro/Press se divide en dos momentos, el primero de 1997 a 2004 y el segundo de 2009 hasta la actualidad. Mauricio, ¿qué nos puede decir de la primera época de Nitro/Press? ¿Quiénes participaron en esa primera etapa y qué provocó que terminara?
–Estábamos viviendo el cambio de década, de siglo y de milenio. Se vislumbraban cambios drásticos debidos al internet, el celular, la cirugía estética. Se cuestionaba si el ser humano se “echaría a perder” o si éramos algo imperfecto que urgía mejorar. Quise reflexionar sobre todo esto con el espectro más amplio posible, a través de cinco números de la revista Nitro, siete libros, los tres números de la video-revista Glycerina, una colección de arte postal y una de calcomanías, así como de una página de internet que era una propuesta artística —más que comercial— en sí misma. Nos fue muy bien, agotamos casi todo nuestro material. Como suele suceder, había un grupo muy entusiasta integrado por René Velázquez de León, Antonio Arango, Héctor Ballesteros, Víctor Hugo Rivera, Héctor Rodríguez, y varios amigos más, pero siempre debe haber alguien coordinando todo y asumiendo responsabilidades, y pronto me di cuenta de que me tocaba hacerlo a mí.

La terminación de esa etapa se entiende mejor con el inicio de la segunda, en 2009, cuando encontramos muchísimos más autores (que en la primera etapa eran unos jovencitos), también más facilidades de contactarlos gracias al internet y las redes sociales. Más librerías, más editoriales independientes, más espacios ganados por estas en ferias de libro como los pabellones de independientes en las ferias del Zócalo y Guadalajara. Varios encuentros de escritores y editores independientes, algunos todavía vigentes. Y más facilidades de distribución gracias a un mayor sistema de paquetería. Pero, sobre todo, un público afín a nuestras propuestas cada vez más numeroso. Todo esto se hallaba en pañales o era inexistente durante la primera etapa.

–Lilia, tengo entendido que usted se incorpora en 2009 a la editorial. ¿Cuál podría ser, resumido, su balance de este tiempo como Directora Creativa de Nitro/Press? ¿Cuáles han sido los proyectos más arriesgados y los más exitosos que han emprendido?
–Había hecho algunas colaboraciones antes de incorporarme formalmente a la editorial. Ya dentro mi objetivo principal fue hacer una empresa cultural rentable, pues decidimos renunciar a nuestros trabajos formales y dejar de ver a la editorial como un hobby, porque a partir de ese momento iba a ser nuestro trabajo de tiempo completo. Una de mis principales tareas fue hacer que nuestras ediciones fueran llamativas y bien cuidadas tanto en contenido, imagen y producción, porque tenía muy claro que la competencia en librerías es muy grande. A lo largo de estos años hemos logrado tener una identidad propia y el público nos identifica como una editorial con ediciones bonitas, de buena calidad y a un bajo costo.

Los proyectos más arriesgados han sido las colecciones NitroNoir y Habitaciones Propias, pues la gran mayoría de los autoras y autores son noveles o del interior de país, que no han podido colocarse en la vorágine comercial del mercado y eso los hace invisibles para la mayoría del público que está acostumbrado a que la mercadotecnia les diga qué leer, así que fue todo un reto crear la imagen de ambas colecciones, el resultado fue bien recibido y estas colecciones han crecido mucho en los últimos años.

–Mauricio, ¿cómo combina usted su carrera como escritor con la de editor? ¿En qué medida son compatibles, cuando ambas requieren una gran dedicación?
–En efecto son incompatibles. Es muy complicado, luego de leer textos y lidiar con autores todo el día, decir: ahora me voy a sentar a escribir. Por ahora, mi prioridad es la editorial porque de ella dependemos económicamente varias personas. En lo que me han resultado muy compatibles es en la lucha contra la página. Tuve la fortuna de comenzar a escribir y editar prácticamente al mismo tiempo en una revista estudiantil que se llamaba La Rana, en el CCH Sur. Tallereábamos concienzudamente los textos siempre con el fin de que quedaran lo mejor posible para su publicación. Realmente esa fue mi mejor escuela. Todo lo aprendido al escribir, me sirve al momento de editar. Y viceversa.

–Lilia, ¿qué significa para ustedes ser independientes?, ¿cuáles son los retos y recompensas? ¿Han tenido algún apoyo del Estado?
–Creo que el adjetivo se ha utilizado mal, pues en general todas las editoriales, chicas, medianas y grandes son independientes, es decir, siguen sus criterios para publicar libros, igual que nosotros. La diferencia es que como pequeña editorial estos criterios cambian mucho. No tenemos un aparato mercadológico que nos de línea para decidir qué es lo que se publica, no seguimos modas, ni tendencias, particularmente nos importan más las letras que los números, eso no significa que los descuidemos, ya que debemos tener finanzas sanas para seguir funcionando. Creo que lo más satisfactorio de tener una editorial pequeña es que solo un par de personas deciden lo que se va a publicar y la viabilidad de cada proyecto, no estás presionada por el mercado, publicas lo que te gusta y lo que sabes que tiene calidad y merece que otros lo conozcan, te entusiasma compartirlo con los demás.

–Mauricio, ¿cómo seleccionan a sus autores, qué hace que apuesten por ellos? ¿Qué importancia les dan a las jóvenes generaciones? ¿Cuáles serían los autores o autoras jóvenes más destacados de los que han publicado?
–Nos interesan los autores con una visión franca y directa capaces de encontrar una poética acorde. El resultado, desde luego, será una literatura robusta y sin concesiones, distante del preciosismo que caracteriza a nuestro medio literario. Por diferentes razones, es más común encontrar autores así entre las generaciones más jóvenes, de donde hemos publicado unos doscientos gracias a nuestras antologías. Hasta ahora, la autora más destacada, sin duda, es Elma Correa, flamante ganadora del Premio Biblioteca Breve, a quien le publicamos su primer libro, Que parezca un accidente, el cual también es de los más vendidos de la editorial. Pero hay otros más con premios importantes como Omar Delgado, Aldo Rosales Velázquez, Edgar Contreras, Sylvia Arvizu, Eve Gil, Sylvia Aguilar Zéleny, los argentinos Nicolás Ferraro y Kike Ferrari (“el escritor del subte”), y autores como Alejandro Espinosa Fuentes y Víctor Santana, que pronto darán de qué hablar.

–Lilia, ¿cuáles son sus nuevos proyectos que tienen, qué alianzas tienen o están preparando con editoriales independientes de otros países?
–Estamos proyectando otra colección que abarque los géneros que por mucho tiempo se han considerado menores, y hay un público que no casi no ha sido atendido precisamente porque nunca le han visto una ganancia económica inmediata, pues se consideran de nicho, pero ahora las personas buscan todas esas historias.

Hemos hecho colaboraciones con editoriales chilenas, argentinas y cubanas, hemos dado a conocer en México autores de esos países que antes nadie volteaba a ver, como Gabriela Cabezón Cámara, Kike Ferrari, Nicolás Ferraro que actualmente la están rompiendo a nivel mundial, por el momento tenemos solo un proyecto de fuera que esperemos se pueda concretar al final del año. Es complicado para una editorial como la nuestra traer a cualquier autor acá, y eso es importante porque, como dice el dicho, “Santo que no es visto, no es adorado”, por lo que nos estamos enfocando en autores nacionales, que también hay muchos y muy buenos que solo necesitan a alguien que los acompañe en esta labor tan loable pero que no tiene muchas retribuciones económicas.

–Mauricio, para usted: ¿qué significa ser editor independiente? ¿Cómo ve el panorama de las editoriales independientes en México? ¿Cuáles son los principales obstáculos a los que se enfrentan?
–El término “independiente” suele asociarse con lo económico, cuando desde mediados de los ochenta hubo editores que se auto nombraron así a partir de sus criterios de selección de obra. Así, si yo no tengo dinero, lo buscaré donde sea, pero voy a publicar solo aquello que me parezca tener un valor cultural, nada de modas ni de tendencias comerciales, nada de best sellers que nos ayuden a “capitalizarnos”. Para ello empleamos estrategias como la elaboración de libretas con portadas vistosas y la venta de parafernalia lectora como separadores, tote bags, etcétera; es decir, nada que afecte a la configuración del catálogo. Dicho esto, el panorama es negrísimo. Y la pandemia vino a empeorarlo, pues varias editoriales quedaron sumamente mermadas. Algunas cambiaron de giro (hacia la historieta o la auto publicación), otras bajaron su producción, y otras casi han desaparecido. Sin embargo, ahí viene un nuevo grupito de editores jóvenes dispuestos a ganarse un lugar. Y aquí estamos para echarles una mano.

–Lilia, ¿podría hablarnos, por último, de la librería que abrieron en el Pasaje Zócalo-Pino Suárez del Metro? ¿Cómo ha sido su experiencia en este sentido? ¿Qué importancia tiene dentro de su proyecto editorial y qué importancia les dan a las redes sociales?
–La librería tiene apenas un año y meses, no es fácil apostar por este emprendimiento, nos hemos aferrado a no desistir, porque el año anterior fueron puros número rojos y es difícil sostener un negocio así, los gastos fijos te matan, pero para cualquier editorial es importante tener un punto de venta donde se puedan conseguir cualquier libro del catálogo, al menos así lo pensamos. Esperemos cerrar este año con números negros. Las redes sociales son fundamentales para cualquier negocio, las personas están muy influenciadas por ellas y tienes que estar ahí sí o sí, porque si no, es como si no existieras, creamos contenido periódicamente, anunciamos nuestra novedades, actividades, ofertas, puntos de venta, nuestra asistencia a ferias, realmente no sabes el impacto real que tienen, pero la las personas deben verte, ver que trabajas, que estás presente, que te tomas el tiempo para ofrecerles una oferta cultural y ellos puedan elegir, personalmente no me fio mucho del balance que hace, pero eso no importa, hay que estar y ahí estamos.

martes, 31 de marzo de 2026

"El traductor es también un autor, un escritor"

El pasado 26 de marzo, varios diarios de Latinoamérica y España reprodujeron la entrevista  realizada por la agencia EFE. con el traductor valenciano Pau Sanchiz (foto), ganador del Premio 'TodosTusLibros' a la mejor traducción.

Pau Sanchis reivindica al traductor autor que reconstruye historias como piezas de reloj

La figura del traductor se entremezcla con la del autor en tanto en cuanto es también un escritor, según lo entiende el valenciano Pau Sanchis, quien define su trabajo como la reconstrucción de una historia en otra lengua, a modo de piezas de reloj, que exige tomar decisiones para "traducir el efecto", a sabiendas de que nunca hay una decisión más segura o acertada que otra.

Pau Sanchis recogerá este viernes en Burgos el Premio 'TodosTusLibros' a la Mejor Traducción por su trabajo en Breviari mediterrani, la obra de Predrag Matvejevi que tradujo del croata al catalán para LaBreu Ediciones, reconocida por el gremio de libreros como la mejor traducción de 2025.

El traductor ha admitido en una entrevista telefónica con EFE que ha sido una "alegría inesperada" este premio, el primero de la recién creada categoría de Mejor Traducción de los premios literarios anuales que concede la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías (Cegal).

Lo ha sido no sólo por la complejidad de la traducción, cargada de referencias culturales, literarias e históricas, sino porque supone un reconocimiento al trabajo de los traductores, "una pieza importante en el diálogo que es la literatura", cuya visibilidad ha mejorado aunque todavía queda camino por recorrer.

"El traductor es también un autor, un escritor. Nuestro trabajo es volver a escribir lo que se ha escrito en otra lengua", ha explicado; "la parte fácil es que no tienen que inventarse las historias", continúa, eso ya lo ha hecho el autor, pero sí tienen que reconstruirlas para que lleguen al lector de otra lengua.

Por ese motivo, Paul Sanchis insiste en que "traducir es estar todo el rato tomando decisiones. Y nunca hay una decisión que sea más segura o más acertada", sin embargo, hay dos máximas que deben guiar la tarea: la traducción debe ser siempre respetuosa con el original y debe "traducir el efecto".

"Umberto Eco nos invitaba a los traductores a traducir el efecto, es decir, que cuando el lector recibiera el texto traducido le produjera un efecto más o menos parecido al que le produciría el texto original, al de los lectores en la lengua original", y Sanchis lo ha tenido en cuenta en Breviari mediterrani.

La obra de Predrag Matvejevi se caracteriza por la profusión de referencias culturales, históricas y lingüísticas que había que acercar al lector catalán, y Sanchis tenía tres opciones: las notas aclaratorias, la adaptación de fragmentos o "dejar que se trasparentara esa diversidad lingüística" del original.

Así que la manera de hablar de la costa croata, difícil de entender para un lector croata del interior, la tradujo buscando un léxico marinero catalán: "Se trata de reconstruir, es como desmontar un reloj para volverlo a montar", lo que exige un exhaustivo trabajo de documentación e investigación previo.

"Hay que reconstruir todo un discurso literario, un estilo, un mapa de referencias", y la traducción tiene que ser respetuosa con el original ya que "una mala traducción puede ser un lastre para el libro", admite, aunque si el original es mediocre la traducción no lo va a salvar -y tal vez ni siquiera valga la pena-.

El Premio 'TodosTusLibros' a la Mejor Traducción no es solo una oportunidad para visibilizar la labor de los traductores, lo es también de reivindicación frente a un sistema que "funciona en precario".

"Un autor ya va bien si paga las facturas, las tarifas son el gran problema", afirma, y matiza: "La situación del traductor no es precaria porque haya alguien que se lo está llevando crudo, el del libro es un mundo precario", ya se hable de autores, librerías o editoriales independientes, traductores o correctores.

Sanchis recuerda que el traductor literario es un experto, pero no se le remunera como tal; de hecho, la traducción literaria se paga por debajo de otro tipo de traducciones, así que "siempre hay que trabajar en algo más" para poder vivir.

"La cultura tiene mucho valor simbólico en la sociedad", reflexiona, pero lamenta que si bien ese valor es importante la sociedad no entienda que "la dignidad con la que viven los profesionales que se ocupan de la cultura" también lo es. EFE