viernes, 23 de agosto de 2019

Fondo de Cultura Económica: estado de situación

El pasado 21 de agosto, Mónica Mateos-Vega publicó el artículo que sigue en el diario mexicano La Jornada. En él se da cuenta de los cambios generados en el Fondo de Cultura Económica desde que empezó la gestión de Paco Ignacio Taibo II.

El FCE ha vendido más de un millón de libros
en la gestión de Taibo II

Ciudad de México. El Fondo de Cultura Económica (FCE) ha vendido un millón de libros en poco más de seis meses, desde que cuenta con una nueva administración, encabezada por el escritor Paco Ignacio Taibo II.

Se trata, sostiene el autor, de una victoria de ‘‘la batalla por el precio”, debido a que fue posible bajar el costo de mil 200 títulos a ocho, 20 y 49.50 pesos, además de ofrecer descuentos hasta de 70 por ciento.

Así lo informó el propio Taibo la noche del lunes durante su participación en el programa Debate 22, que conduce el periodista Javier Aranda Luna en Canal 22 de televisión.

El ahora funcionario ofreció detalles acerca de los ‘‘errores” y ‘‘malos manejos” de las administraciones anteriores, cuando prevalecía lo que llamó ‘‘la lógica de la apariencia”.

Por ejemplo, señaló que existían tres automóviles a disposición del director y un comedor para 22 personas donde se preparaban comidas ‘‘para funcionarios y periodistas adictos a algunas de las causas priístas para hacer protocampaña”.

Vientos del Pueblo, ‘‘colección de batalla’’
Paco Ignacio Taibo II aseguró que había una estructura en el FCE que involucraba a ciertos intelectuales en favor del ‘‘yo te doy tú me das, yo te publico tú me publicas y juntos vamos a un congreso a Bulgaria. Así se cometían desfachateces como publicar un libro bilingüe, en español y alemán, que fue directo a las bodegas”.

El director del FCE consideró que su política al frente de la editorial ha sido acertada, pues ‘‘hasta ahora no hemos tenido ni un solo fracaso”.
La primera acción del nuevo Fondo fue el lanzamiento de Vientos del Pueblo, ‘‘una colección de combate, de batalla, que por cuestión de precio (cuestan nueve o 10 pesos los libros) hacen posible que lleguemos prácticamente a cualquier esquina del país, sin que el bloqueo económico impida la lectura”, destacó.

‘‘Son lecturas sabrosas, de los 40 mil ejemplares por título llevamos cuatro agotados de los 17 que hemos publicado. Están en todas las librerías del Fondo, pero además, empezamos a enganchar rollos paralelos que me gustan mucho: tenemos distribución en supermecados en Chihuahua, Nuevo León y Coahuila, con márgenes de ganancias ridículos, se los dije a los del súper, pero ellos respondieron: ‘no importa, nos trae gente’.

‘‘Lo segundo –continuó el escritor– fue darle un volteadón a la Colección Popular para que atrajera a lectores jóvenes con mucha pasión por el libro, que el libro fuera portador de neuronas, que inquietara; ahí tendremos ciencia ficción, fantasía, novela policiaca, novela historia, libro reportaje. Sobre todo nos enfocamos en la búsqueda de una masa de lectores jóvenes que estaba abandonando la literatura por falta de cultura de lectura.”

Reparación de once librobuses en zona maya
Taibo II también apuntó que han reditado materiales interesantes que estaban agotados; ‘‘la canasta básica del mundo universitario, que es el papel que el Fondo había jugado hace años. Le dimos un cariz más liberal, añadiendo libros que no se esperaba que publicáramos, como la redición del Stalin de Trotski, en una versión nueva porque resulta que se publicó en México hace 30 años en una versión ‘adulterada’ por un traductor, encontramos la versión original de Trotski con sus notas, es la que vamos a publicar, y vamos a recuperar también a varios premios Nobel para el catálogo del Fondo”.

Paco Ignacio Taibo II explicó que el FCE no fue a la Feria del Libro de Fráncfort, ‘‘porque no teníamos nada que ofrecer, pero fuimos a las de Buenos Aires, La Paz, Guatemala, Colombia y Ecuador, con autores mexicanos y libros mexicanos a la venta. Es otro tipo de relación, nosotros nos movemos en el mundo hispanoparlante. A la hora de comprar libros resulta más barato tener el teléfono de una editorial en Nueva York que pagarle a cuatro funcionarios un viaje a Fráncfort y llevar a pasear a cuatro editoriales chiquitas.

‘‘Desde que llegamos a esta editorial se acabaron las alfombras rojas y las galletas inglesas de una marca especial que pedía una directora del Fondo para tener en el estand de la feria del libro de Guadalajara. Todo ello representaba un montón de desperdicio, y había cosas graves como una empresa de abogados que dejó casos de litigios durante años sin atender, lo cual nos hizo perder juicios.

‘‘Desastres por todos lados, entre ellos muchas pérdidas de derechos de autor. Cuando llegué pedí 72 libros que quería recuperar, tener los derechos para redición, y de ellos sólo 10 estaban vivos, 62 perdidos; hubo que renegociar los contratos.

‘‘El Fondo era como un dios desnudo, decían: ‘el importante catálogo del Fondo’, sí, pero sólo si lo reactivas, si lo mantienes sin compras inútiles.”

Paco Ignacio Taibo II informó en el programa de Javier Aranda Luna que rehicieron siete librerías del FCE y perdieron dos, entre ellas una que el gobernador de un estado ‘‘cuyo nombre no quiero recordar, pero empieza con O, nos quitó la librería para dársela a la esposa de alguien para poner una tienda de artesanías finas”. También informó que los próximos meses efectuará un recorrido con los 11 librobuses que repararon por la zona maya de país; ‘‘los querían destruir para venderlos como chatarra en una operación fraudulenta. Eran divinos esos cuates que se fueron, algo así como los hijos de los 40 ladrones de Alí Babá, en versión empeorada”.

jueves, 22 de agosto de 2019

Otro volumen de Pound traducido por Juan Arabia

El 20 de octubre de 2017, el poeta y traductor Juan Arabia visitó el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para hablar sobre sus traducciones de Arthur Rimbaud y Ezra Pound. De este último había presentado poco tiempo antes el volumen Lustra, por primera vez traducido y publicado de manera autónoma en una muy cuidada edición bilingüe.


Luego, durante las jornadas sobre Pound que en el mes de mayo de este año dedicamos conjuntamente con la revista Buenos Aires Poetry en el Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional "Mariano Moreno", Arabia anunció la inminente aparición de Exultations, segundo volumen de su proyecto de publicación individual de cada uno de los libros del autor de los CantosAhora esa nueva traducción, también bilingüe, acaba de publicarse.


miércoles, 21 de agosto de 2019

Una pregunta de Lucas Petersen: "¿Cómo alguien sin grandes conocimientos literarios decidió dedicar su vida a la edición de libros?"

El pasado 13 de agosto, Lucas Petersen (foto) publicó en la revista Noticias el siguiente resumen biográfico sobre el editor Santiago Rueda, a quien previamente le dedicó un libro, publicado por la editorial Tren en Movimiento, que se presentó en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires (ver entrada del 29 de mayo pasado). La bajada de la nota dice: “Tenacidad y arrogancia son las marcas del dueño de uno de los sellos emblemáticos de la Argentina. Su historia.

Santiago Rueda, un editor insólito 

Hubo un tiempo, muy anterior a la globalización y a la conformación de mega editoriales trasnacionales, en que la Argentina se convirtió en el centro de producción de libros del mundo hispanohablante. Todo empezó con la cruenta Guerra Civil española (1936-1939), que sumió a la industria editorial de la península en una crisis de dimensiones tales que ya no pudo atender el mercado latinoamericano. Ante la oportunidad, no solo las viejas casas argentinas reorientaron parte de su actividad a la cobertura de ese mercado externo sino que también aparecieron nuevos sellos que, en algunos casos, terminaron siendo las empresas editoriales más dinámicas e innovadoras que tuvo el país en toda su historia.

Un rasgo característico de aquella camada fue una activa política de traducción, que abrió al público hispano hablante una cuantiosa porción de la literatura que había renovado las letras mundiales en la primera mitad del siglo. Varias de aquellas casas, como Sudamericana, Emecé y Losada, mantuvieron diversos grados de vitalidad hasta nuestros días, algunas subsumidas en grandes conglomerados internacionales, y continúan siendo referencias en el imaginario de los lectores. Pero, entre esa primera línea, logró colarse un editor mucho más modesto, casi artesanal, que, a fuerza de osadía y un enorme sentido de la oportunidad, produjo algunos de los batacazos más despampanantes de la época.

Su nombre era el mismo que el de su editorial: Santiago Rueda. A Su iniciativa se debieron las ediciones en castellano de decenas de títulos fundamentales del siglo XX: del “Ulises” de Joyce a la primera versión completa de “En busca del tiempo perdido” de Proust; de la introducción de gran parte de la obra de Kierkegaard a la culminación de las “Obras completas” de Freud (que curiosamente, cuando salieron, eran más “completas” en castellano que en alemán e inglés); de algunas obras capitales del nuevo realismo estadounidense (Dos Passos, Hemingway, Faulkner, Anderson…) a la aparición de Henry Miller en los ‘60. Nada fascina más de Rueda que la relación desproporcionada entre sus modestos recursos y la profunda marca que dejó en la cultura del continente.

Rueda nació en Buenos Aires en 1905 y murió en la misma ciudad en 1968, cuando tenía apenas 62 años. Se había formado en la librería y editorial El Ateneo, de su tío Pedro García, en donde se inició como cadete y ascendió hasta dirigir la sección literaria. No obstante, quienes lo conocieron aseguran que no era un hombre con una formación muy sofisticada. ¿Cómo hizo, entonces, para convertirse, cuando fundó su propia editorial en 1939, en uno de los editores más innovadores del siglo?

La respuesta más habitual apunta a la incidencia de su asesor, el novelista y traductor Max Dickmann, quien era, en efecto, un lector atento a las novedades internacionales, a las que leía en su idioma original. Pero no fue él el único responsable. Todos reconocen que el propio Rueda tenía un enorme “olfato” para decidir qué publicar, que combinaba con un arrojo poco común: cuando decidía apostar, apostaba en grande, tanto animándose a publicar lo que otros no parecían atreverse como lanzando largas series de libros de un mismo autor, lo que provocaba una fuerte identificación entre autor y sello.

Pero, quizás, la pregunta más interesante sea anterior: ¿cómo alguien sin grandes conocimientos literarios decidió dedicar su vida a la edición de libros? Sin duda, influye ahí cierto espíritu de época: los más cercanos amigos de Rueda eran, además de editores y escritores, médicos, economistas, abogados, empresarios y gerentes con inclinaciones culturales, una “bohemia de los negocios” que se entremezclaba en los cafés del centro con gente de la literatura.

En ella, ser un empresario de la industria cultural comportaba tal vez un valor especial. Por supuesto, todo se alinea con la excepcional coyuntura que fue la apertura del mercado latinoamericano, cuya enormidad no amilanó al modesto Rueda. Si algo de la idiosincrasia argentina se caracteriza por cierta arrogancia que, en sus variantes menos nocivas, permite plantearse objetivos más allá de lo esperable, bien pudo haber sido Santiago Rueda el más emblemático de los editores en un tiempo en que Buenos Aires se soñó el faro cultural del mundo hispano. Y también de este, por qué no, en que a pura tenacidad resisten cientos de editoriales pequeñas en medio de una de las crisis más profundas que recuerde la industria.

martes, 20 de agosto de 2019

Nueva queja, esta vez de un calificado lector de México, sobre las malas traducciones de Anagrama


Juan Carlos Calvillo
(Ciudad de México, 1983) es poeta, traductor y Profesor-Investigador de tiempo completo en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Sus líneas de trabajo giran en torno a Shakespeare, Emily Dickinson, la traducción de poesía y otros temas de literatura inglesa y norteamericana. Hace poco, más precisamente, el 16 de abril de este año, publicó un artículo en la revista Letras Libres, a propósito de las traducciones del sello español Anagrama. En la bajada se lee: “En medio siglo de existencia, no le ha faltado a la editorial la flexibilidad necesaria para renovarse ante asuntos de urgencia. Pero en lo que incumbe a sus traducciones la política parece ser, simple y llanamente, no dar el brazo a torcer.
” Este blog se ha ocupado de las malas traducciones de Anagrama en numerosas oportunidades. A modo de ejemplo, véanse las entradas correspondientes al 1 de julio de 2009, 23 de agosto de 2012, 23 de noviembre  de 2016, 18, 19 y 20 de  diciembre de 2017,  8 y 9 de agosto de 2019,

Cincuenta años 
de traducciones de Anagrama

Con cerca de cuatro mil títulos en una veintena de colecciones, cien libros nuevos cada año y dos de los premios anuales más importantes para obra inédita en español, Anagrama ha sido, a lo largo ya de cinco décadas, el sueño hecho realidad de innumerables bibliófilos que tuvieron alguna vez la ilusión de fundar una editorial.

El proyecto que inició Jorge Herralde en 1969 ha formado a generaciones de lectores en todo el mundo hispanohablante, no solo dando a conocer a autores extranjeros en ámbitos distintos al de su origen –como es natural para un sello que traduce dos de cada tres títulos que publica– sino también apostando, en sus propias palabras, por los “clásicos del futuro”. Yo no habría conocido a Julian Barnes, a Tabucchi, a Houellebecq, a A. M. Homes, de no haber sido por Anagrama, y creo que lo mismo, más o menos, podría decir cualquier lector en España o Latinoamérica de Richard Ford, Patricia Highsmith o Kenzaburo Oé. A lo largo de estos cincuenta años la editorial ha sido promotora y pionera, y rara vez se ha ido por la segura al implementar su distintiva “política de autor”. Sin duda, ha sido gracias a esa convicción propia del editor de oficio que tenemos literaturas, y sobre todo lectores, que no habrían existido sin Anagrama.

Dicho esto, también es preciso reconocer que otras manifestaciones más porfiadas de esta seguridad han llegado a enfurecer, y no sin motivo, al público lector de todo un continente. En distintos asuntos de urgencia no le ha faltado a la editorial la flexibilidad necesaria para renovarse (como, por ejemplo, en el sonado caso de las sucesivas portadas de Lolita de Vladimir Nabokov), pero en lo que incumbe a sus traducciones la política parece ser, simple y llanamente, no dar el brazo a torcer.

Cualquier cantidad de quejas se ha publicado en la prensa impresa, en medios electrónicos, en revistas y reseñas, por las traducciones castizas de Anagrama, y muchísimas más todavía son las que circulan de boca en boca entre sus lectores devotos e indignados. Es célebre de este lado del Atlántico, por horrenda, la versión de La máquina de follar de Bukowski, viejo indecente; lo son también las críticas de las versiones de Irvine Welsh, que convierten el llamado demótico escocés en la jerga de un español barriobajero, y ya para qué mencionar lo que se ha llegado a decir de las traducciones de Burroughs, Kerouac o Carver, por citar solo casos en los que la lengua de partida es la inglesa. La única ocasión, que yo sepa, en que un representante de Anagrama hizo un pronunciamiento público al respecto, en mayo de 2016, afirmó que a la editorial –como a cualquier otra, al parecer– le resulta imposible comisionar traducciones distintas para cada uno de sus mercados, y que por ello las suyas “se encargan principalmente a traductores españoles”: es cierto, se mantuvo, que en novelas que recurren al registro informal “se hace evidente un argot más marcado”; en otras, sin embargo, “esto apenas sucede”.

En relación con lo anterior creo que hay un par de cosas que conviene tener en mente, dado que las olvidamos con frecuencia. La primera es que la brecha entre las variedades regionales de nuestra lengua no representa, por fortuna, un problema verdadero de inteligibilidad: los hablantes del español nos entendemos mutuamente casi a la perfección, salvo por una u otra palabra local, un giro idiomático aquí y allá. Daño no nos hace familiarizarnos con las maneras en que se habla nuestro idioma en otras partes del mundo, por mucho que creamos, falazmente, que la nuestra es la “correcta”.

La segunda es que el traductor literario –incluyendo al muy vilipendiado “traductor de Anagrama”– tiene todo el derecho de usar en su trabajo la variante lingüística que considera propia, sea su dialecto americano o ibérico, y la defensa vehemente de este derecho no debería ser solo una prerrogativa sino, sostengo, una obligación. Por tanto, me parece que tendemos a caer en el facilismo cuando criticamos una traducción por ser regional, en particular dado que ninguno de nosotros –de este lado del Atlántico o de aquel– podría evitar ese regionalismo, a fin de cuentas. (Valga recordar que el español “neutro” no existe, e incluso si existiera, no serviría para traducir literatura.)

La razón por la que nos fastidian las “menudas pollas” de los “tíos”, los “canutos” que “encienden” cuando “hacen novillos” o poco antes de “echarse un polvo”, los “gilipollas”, las “hostias”, los “coñazos” y demás jerigonzas del español que denominamos “peninsular” no es, en principio, o no debería de ser, el hecho de que nos sean ajenas sino, más bien, el hecho de que se nos impongan en Latinoamérica de un modo, por lo general, hegemónico, desinteresado e irredento. De ello no tienen la culpa los traductores, por supuesto, que hacen su trabajo día a día con la lengua que dominan; la tiene, sin duda, la industria editorial, que no tiene reparo en perpetuar la superioridad de una variante siempre que pueda ahorrarse unos centavos.

Es una profesión de supina credulidad –por no decir ya de complicidad– seguir aceptando de manera tácita que una empresa con presencia internacional, como Anagrama, no tiene los recursos para comisionar traducciones distintas, si no para todos los países en los que se distribuyen sus libros, cuando menos para dos o tres regiones de Latinoamérica, y esto particularmente a la luz de los ingresos que representa para la compañía su clientela ultramarina. Muchas veces, en diálogo exaltado con el gremio editorial, los traductores americanos hemos pedido que ciertas cartas se tomen en el asunto: ¿es de veras mucho pedir que se les pague a dos o tres traductores para comercializar novelas cuya fuerza reside en el uso de un registro coloquial? (No es gran cosa lo que pagan, de cualquier modo.) Si sí, ¿no podrían adaptarse las versiones para los mercados en los que resultan chocantes, suponiendo, desde luego, una colaboración cercana entre traductor y adaptador? (No sé de ningún colega que pudiera ofenderse por ello.) Y si no, ¿resulta en realidad tan impensable ampliar la cartera de traductores de una editorial, a fin de que sea más representativa en términos de variedades regionales? (Tampoco a los lectores españoles les haría daño salir de la comodidad de su jerga de vez en cuando.) Soluciones hay, y viables todas; el asunto es que cada una de ellas implica un posicionamiento frente a las políticas lingüísticas, culturales y financieras que, por lo pronto, no todas las empresas editoriales están dispuestas a tomar.

Ahora bien, como lectores, es comprensible que esporádicamente incurramos en un nacionalismo impensado o en una suerte de dignidad anticolonialista al condenar las traducciones ajenas solo por ser tales, por parecernos extrañas y distantes. Con todo, insisto en que esa es una manera engañosa de ver el problema. Una traducción no es mala por ser española: es mala cuando es inadecuada, cuando fracasa en la consecución de los designios que se propone. Muchas traducciones de Anagrama son fallidas precisamente por esta razón: porque al negarse a considerar los contextos de recepción de sus libros en toda su diversidad quebrantan el pacto de verosimilitud que exige la propia literatura que publican.

Si hemos de criticar las traducciones de Anagrama –y yo pienso que hemos, en beneficio de nuestra literatura y de la práctica de la traducción, tanto como para fomentar un espíritu crítico que pueda llamarse responsable–, que sea, pues, a sabiendas de que, mucho más a menudo que el traductor, la “pasta” es la culpable de que nos sigan resultando penosas, grotescas o inauténticas de este lado del charco.

lunes, 19 de agosto de 2019

Por qué no hay que usar el Diccionario de la Real Academia, prejuicioso, racista y mal redactado (12)

Cuando se los acusa de racistas y discriminadores, los miembros de la Real Academia siempre se escudan en que el diccionario refleja el habla de la gente y no aquello a lo que el habla debería aspirar. Eso les da carta blanca para incluir en sus definiciones cuanto prejuicio existe. Luego, a la hora de discutir en los más diversos foros sobre lo que significan las palabras, se recurre a la “autoridad” del DRAE  y el racismo y la discriminación se perpetúan. Lo curioso en estas ocasiones es que nadie pone en duda la supuesta idoneidad de los lexicógrafos de la Real Academia y de sus definiciones y, sin embargo, para desmentirlas, bastaría con recurrir a las distintas ediciones del DRAE. Éstas, como una simple comprobación permitiría verlo, presentan una enorme variabilidad respecto de las definiciones realizadas en ediciones anteriores. Y si bien es cierto que el sentido de las palabras suele desplazarse a lo largo del tiempo, también es verdad que bien podría hacerse el esfuerzo para evitar desplazar también los prejuicios que ese mismo transcurso cuestiona a la luz del progreso de las sociedades.

Veamos a continuación un par de definiciones engorrosas para los académicos en el DRAE on line de 2018 y recurramos a sus definiciones previas para darnos cuenta de hasta qué punto el problema no está en el uso de las palabras, sino en la mentalidad de la Real Academia:

Negro
4ta. adj.acepción: Dicho de una persona o de la raza a la que pertenece
De piel oscura o negra. Apl. a pers., u. t. c. s.

5ta.acepción: adj. Perteneciente o relativo a las personas de raza negra

Ahora bien, si uno quisiera saber si la definición de “raza” se aplica correctamente a la palabra “negro”, se encontrará con esto:

Raza
1era. acepción: f. Casta o  calidad del origen o linaje.  

2da.acepción. f. Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia. 

El problema en este caso es que el criterio de "raza" empleado corresponde más al siglo XIX que al XX o al XXI. Por caso, el perro (canis lupus familiaris) presenta, como otras especies, una gran variabilidad, pero analizados científicamente, lo único que diferencia a un gran danés de un chihuahua es el tamaño. En todo lo demás, son iguales. Ambos son canis lupus familiaris. La “raza”, si quisiera mantenerse ese concepto es “perro” y ahí termina la cuestión. 

Esto mismo ocurre con el ser humano (homo sapiens). Las variaciones no son un índice racial, sino rasgos fenotípicos; es decir, rasgos observables en un organismo en función de un determinado ambiente. Por caso, los españoles también son homo sapiens y de ningún modo les gustaría que se los ubicara como homo hispanicus, etapa intermedia entre el Neaderthal y el homo sapiens

En consecuencia, la definición que ofrece el DRAE está desactualizada respecto de lo que piensa la ciencia y, por lo tanto, es, además de imprecisa, errónea.


Pero hay más. Si regresamos a la definición de la palabra "negro" en el DRAE, ésta es la cereza del postre:

13ava. acepción  adj. Infeliz, infausto y desventurado.

(En ediciones anteriores, incluida la de 1970, se verá que el numero de acepciones peyorativas es mucho mayor, con la salvedad que la mayoría de ellas son usos exclusivos de España…)


Volvemos al principio: es posible que las sociedades en que vivimos hayan incrementado sus prejuicios y racismo en los últimos años. Convengamos entonces en que, al menos en términos éticos, no es lícito permitir que el DRAE refleje esos usos y, con su “autoridad”, los valide y les otorgue la mínima sombra de verdad. Las palabras nunca son meras palabras. Dicho de otro modo, no son inocentes.

viernes, 16 de agosto de 2019

Mauricio Macri dijo: "¡No se inunda más! ¡No se inunda más! ¡No se inunda más!", y nos ahogamos



Mientras el actual presidente acusa a la gente que no lo votó de la disparada del dólar (y al día siguiente se desdice y pide perdón, arguyendo haber dormido mal) y el secretario de cultura de la actual gestión, con un sentido de la oportunidad admirable, se vanagloria  de haber despedido a 1600 trabajadores de su sector, los libros, como todo en la Argentina, aumentan de precio y ponen en jaque a editores y libreros. Así se lee en sendas notas de Patricia Kolesnikov y Luciano Sáliche, publicadas en dos diarios de circulación nacional, el día de ayer.


I


El dólar y los libros:

crónica de un aumento anunciado

 

La mujer va a la librería a retirar el ejemplar que había encargado antes del fin de semana. Es lunes. Este lunes que pasó, el lunes que ya se sabe. El libro es importado, lo pidió a 1.400 pesos. En la librería le dicen que no, que lo sienten pero no: ya no hay precio, no saben cuánto vale, no.


Pero no son sólo los libros importados: la industria editorial argentina tiene sus costos atados a los del papel, que cotiza en dólares. Se mueve el dólar, se mueve el precio del papel, se mueve el valor de los libros. ¿Y no pasa nada? Pasa de todo: quizás uno compre leche cueste lo que cueste pero ¿novelas? Las ventas del sectoya cayeron, según la Cámara Argentina del Libro, entre el 35 y el 40 por ciento desde 2016. ¿Cuánto más bajarían si el precio sube? Algunos editores creen que la demanda no aguanta un aumento más.

“Todo tranquilo, todavía nada”, comentan desde una gran librería. Y así es: en estos días los editores de los grandes grupos se la pasaron de reunión en reunión y si se mira en los sitios web de venta de libros, los números no se han movido. “Hablemos el viernes”, piden en la industria. 


“Desde el lunes no hay precio de papel, los talleres gráficos no quieren trabajar, hay un parate”, explica Martín Gremmelspacher, presidente de la Cámara del Libro. “Si sigue así la gran mayoría de los editores vamos a aumentar y obviamente esto va a producir una caída en las ventas”.


¿Cuánto costarán los libros? Gremmelspacher calcula que un 20 por ciento más que ahora, si el dólar se estabiliza. Algo parecido a lo que creen en uno de los grupos internacionales que operan en el país: un libro promedio, explican, debería costar 20 dólares. Y un best seller como la última novela de Isabel Allende, Largo pétalo de mar, hoy sale 879, es decir menos de 15 verdes. Las editoriales se sostienen porque los equipos, la forma de producción, la elección de qué publicar ya se venían “optimizando”, dicen. “Hablemos el viernes”.

En este escenario, ¿se mantendrá la cantidad de títulos publicados? En otra gran casa editorial cuentan que por ahora “todo sigue igual”. Y que es así porque “septiembre, octubre y noviembre ya están en producción” y porque a comienzos de año ya habían ajustado el plan editorial para producir menos libros. Tampoco creen que se puedan acompañar los nuevos costos: “Estamos en un tope de precios”.

Tranquilos, dicen, hay que esperar a que las cosas se estabilicen. Sin embargo, en una librería de Recoleta avisan que “las distribuidoras de importados no nos están vendiendo”. Y otra de Palermo precisa: “los que traen libros de afuera ya avisaron que a partir del viernes cambian el precio, un 20 o 30 por ciento”.


“Otra vez”, repiten editores y libreros, “otra vez”, escriben por Whatsapp. Sí, ya han visto varios saltos parecidos. Un ejemplo: un libro de producción nacional como Las grietas de Jara, de Claudia Piñeiro, salía 49 pesos hace diez años, en agosto de 2009, y este miércoles -antes de que se efectivicen los aumentos- estaba a 669. Impresiona, pero no hace falta ir tan lejos: hace un año, el volumen que compila tres novelas de Emmanuel Carrère-El adversarioUna novela rusa y De vidas ajenas- salía 745 pesos. Ahora, 1.450. Y todavía no es viernes.


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II

 

“En diálogo con Infobae Cultura, editores y libreros analizaron el mercado del libro. ¿Suben los precios, en qué porcentajes, a partir de cuándo? ¿Qué lugar ocupa la materia prima –el papel, sobre todo– en esta cadena de actores? ¿Cómo repercute la devaluación del peso argentino en las novedades literarias de los próximos meses?”. Así dice la bajada de la nota que Luciano Sáliche publicó en Cultura InfoBAE en el día de ayer.

 

Cómo afecta la disparada del dólar 

a la industria editorial: 3 claves 

sobre el presente y el futuro de los libros

 

“No hay mucho que decir”, dicen todos. Si el pesimismo se hizo moneda corriente en los últimos años de la industria del libro, entonces hay que encontrar nuevas formas de caracterizar este sorpresivo escenario. Para el fin de semana que se realizaron las PASO, el dólar no superaba los $47, hasta que llegó la corrida bancaria, que aún continúa. Hoy, tras una suba del 9%, cerró en $63 pesos para la venta. En el transcurso de 2019 la moneda norteamericana acumula un incremento de 60,2%, unos treinta puntos por encima de la inflación del período. Y eso afecta el consumo. Y el mercado editorial. 

 

¿Qué ocurre con los libros, ese bien preciado y simbólico? En principio, los diversos actores oscilan entre la incertidumbre, la bronca y la resignación. Los análisis se agotan ante la cambiante coyuntura y algunos aseguran que ya ni siquiera sirve rezar. Infobae Cultura se comunicó con las grandes editoriales del país, con algunas más pequeñas, con distribuidoras de papel —la materia prima de la industria—, con librerías. La mayoría prefirió que sus diagnósticos y opiniones se publiquen sin su nombre en esta nota. Por eso, sabiendo que prima la incertidumbre, desarrollamos tres claves sobre el presente y el futuro de los libros.

El precio de los libros
A diferencia de lo que ocurre en los supermercados donde se remarcan los precios de un día para el otro, en la industria editorial existe una Ley de Precio Único, donde el valor final del libro se consensúa y se respeta en todo el país. En ese sentido, las librerías no pueden subir el precio sin consultar, lo que no quita que las editoriales puedan hacerlo. Sin embargo, si lo hacen, ¿de cuánto tendría que hacer? Eso se preguntan los editores. ¿De un 30%, 35%? ¿Alguien compraría un libro que salía $400 y ahora vale $1200? Todo indica que no.

“Si esto no nos termina de destruir, le pega en el palo”, comenta un editor. Por eso, estiman un aumento paulatino: en dos meses un 15%, o un 20% a lo sumo. Luego, más adelante, continuaría con otro incremento. Suponen, especulan. Nadie sabe qué va a ocurrir.

“Cada vez que hay una devaluación brusca, te quedás sin precios de papel, tenés que hacer malabares y ver qué mandar a imprenta. La diferencia, esta vez, es que me agarra enojado y cansado porque estamos arrastrando cuatro años de crisis”. El que habla del otro lado del teléfono con Infobae Cultura mientras camina por la calle es Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI. 

El acuerdo comercial entre librerías y editoriales es el sistema de consignación. Un “sistema medieval”, como lo llama otro editor. Las editoriales dejan sus libros y 180 días después cobran por el material vendido. El resto se devuelve. Eso no significa que el precio no varíe en ese tiempo, de hecho sí puede aumentar (siempre y cuando se acuerde entre ambas partes). Las editoriales liquidan a partir del precio que las librerías venden. 

Con el material importado ocurre otra cosa ya que los precios están totalmente dolarizados. Las distribuidoras son las que median entre los sellos extranjeros y las librerías. “Tenemos proveedores que incumplieron sus acuerdos. Es la primera vez que veo eso”, dice Cecilia Fanti, librera de Céspedes, en comunicación con Infobae Cultura. Y cuenta un caso: esperaba materiales acordados desde España y México con libros ilustrados para chicos. Luego de algunas vueltas, le suspendieron la transacción “hasta nuevo aviso”.

Las editoriales argentinas aún no han movido sus precios, pero sí algunas distribuidoras. “De los que pasaron nuevas listas de precios, el aumento es del 30% y es esencialmente material importado”, dice Fanti y agrega: “El fin de semana, que es el Día del Niño, vamos a disponer de menos material para ofrecer a nuestros clientes”.

El papel, la materia prima
Las papeleras trabajan con grandes cantidades. No suelen financiar a editoriales chicas y medianas, por eso estas le compran el papel directamente a la imprenta. Sólo las grandes, ante una suba del dólar sorpresiva, pueden stockearse en papel. Las pequeñas, en cambio, funcionan a partir de la financiación que les hace la propia imprenta.

En ese sentido, los editores de los grupos editoriales aseguran que tienen, ante esta suba desmedida y en continuado del dólar, un grave problema porque las papeleras se guardan sus productos porque temen, como ocurre en otras industrias, vender a un precio que al día siguiente se duplique.

“Prácticamente no tenemos precio del papel. Como es un commodity, es en dólar. Todos tienen el stock, pero no sabemos si se puede reponer”, dice Gaston Etchegaray, presidente del Grupo Planeta en el Cono Sur, en una breve entrevista telefónica con Infobae Cultura. Díaz de Siglo XXI cuenta que “las papeleras nos dicen: 'no hay precio para el papel'. O sino te lo dan en dólar, pero tampoco saben en qué dolar venderte”.

Las novedades de octubre
¿Y septiembre? Ya está todo impreso. Lo que preocupa no es lo inmediato, no es el mes que viene, sino cómo continuarán publicando de acá a fin de año. Octubre es un mes importante porque el domingo 20 es el Día de la Madre, pico en compra de libros dentro del calendario. Las grandes editoriales preparan su catálogo y las librerías agrupan a medida. Y las promociones. En este aspecto, lo mismo: incertidumbre. Las grandes editoriales continuarán publicando pero, aseguran, un poco menos. En el caso de las chicas y medianas, su cronograma es más extremista: piensan en cómo subsistir.

“Los once libros que íbamos a lanzar en septiembre confiesa Carlos Díaz, que ya están en imprenta, los distribuí en lo que va del año. En septiembre lanzaré cuatro y los otros los repartiré en el año. Hay veinte libros que saqué del plan de 2019.

“Estamos viendo día a día cómo sigue todo. Hay que ver las novedades de acá a diciembre. Por la dinámica de nuestro negocio cada mes hay novedades y si las sacamos y el mercado no responde y la gente está en otra cosa, es como que al poco tiempo el libro se pierde”, comenta Etchegaray de Planeta. “Ni hablar del parate de ventas en la calle. Y también otro tema: los derechos de autor en los libros extranjeros se modifica”.

Fanti, por su parte, cuenta que las librerías están “aguantando los golpes, hace ya más dos años. Veremos cómo se acomoda la industria y veremos qué ocurre en los 70 días que quedan hasta octubre y esperemos que no haya ningún otro salto. Pero esto… esto es un deseo”. 

 

 




jueves, 15 de agosto de 2019

Cómo hacer una cadena de librerías que venda libros y no basura

James Daunt
“Acaba de comprar la cadena Barnes & Noble de Estados Unidos y piensa replicar el éxito de Waterstones en el Reino Unido. Su apuesta es convertir la compra de libros en una experiencia especial, algo que nunca tendrán las transacciones online. En esta nota, la historia y los secretos de una de las figuras más importantes del mercado editorial mundial.” Tal es la bajada del artículo publicado ayer, sin firma, en Cultura InfoBAE.

Quién es James Daunt, el empresario británico
que está reinventando las librerías

Leer. A mucha gente le gusta leer. Sin embargo, las librerías están empezando a dejar de ser esos lugares hegemónicos y emblemáticos de compra de libros. La compra online ha avanzado mucho en ese aspecto. Por eso, James Daunt, empresario británico y dueño de Waterstones (la cadena de librerías más grande de Reino Unido), decidió transformar las librerías en otra cosa. O mejor dicho: en lo que realmente son.

Pero, ¿es posible tal hazaña en tiempos de Amazon? El esquema de Daunt es sencillo: las librerías ya no serán meros espacios de comercialización de libros, sino que tienen que aportar algo más: una experiencia

Bajo ese concepto, transformó su negocio en 2011, cuando estaba al borde de la quiebra. ¿Qué fue lo que hizo? Llenó las 289 librerías a su cargo con libros que los clientes quieren, y no con los títulos que los editores sugerían mediante acuerdos comerciales. Además, le dio vía libre a que cada gerente personalice su librería y evitar la frialdad estándar de las cadenas. Fue tal la libertad que algunos locales directamente le cambiaron el nombre. Todo esto fue contado en The New York Times

Interior de Daunt Books
en Marylebone, Londres
¿Quién es James Daunt? Tiene 55 años y si bien siempre estuvo cerca de la literatura hubo un momento en que decidió dedicarse al mercado del libro. Trabajó un tiempo prolongado como banquero de JP Morgan hasta que dijo basta: fundó Daunt Books y abrió seis librerías en Londres. A partir de entonces, estudió el rubro e intentó diferenciarse de las propuestas que predominaban en el mercado. Y vaya que lo hizo.

Ahora, la novedad es que Daunt compró la cadena Barnes & Noble de Estados Unidos. Su grupo, Elliott Advisors, la adquirió por $683 millones de dólares. Son 627 locales que el empresario británico dirigirá desde New York, adonde se acaba de mudar. Esta adquisición, sumada a la cadena Waterstones, lo convierten en una de las figuras más importantes del mercado editorial mundial, al que diferentes empresas, editores y escritores siguen con mucha atención.

Entre sus propuestas para hacer de la librería un lugar dinámico y especial, está la selección del "libro del mes" y del "libro del año". Ambas categorías (que no son elegidas por acuerdos con las editoriales) generalmente se convierten en bestsellers y, a diferencia de los algoritmos, permiten descubrir joyas olvidadas. Sin embargo, todo esto se ofrece dentro de un paquete mayor: la experiencia de visitar la librería, mirar libros, tomar café, participar de estos espacios de encuentro, cualidad que nunca tendrá la transacción online.

Según el propio Daunt, en la librería eliges un libro que "disfrutarás más" y "leerás más rápido" porque "lo elegiste con tus propios ojos, tus manos, tus oídos", dijo en diálogo con The New York Times

En su esquema, el librero es fundamental ya que se encuentra allí para dialogar con los clientes sobre literatura. Es un regreso a los primeros locales de Daunt Books, que se abrieron en 1990: tienda que eran la casa de un librero anticuario con estantes de roble, galerías y balcón. Ese es el estilo y el espíritu que revitaliza, en tiempos de internet y aplicaciones, el negocio de las librerías.

Pero no siempre fueron buenos tiempos para los libros. En 2010, Waterstones estuvo a punto de desaparecer y Daunt Books corría el mismo riesgo. Lo que ocurrió fue sorprendente: Alexander Mamut, un multimillonario ruso fan de la literatura, compró Waterstones y puso a Daunt al frente. ¿Un librero anti cadenas al frente de una? ¡Exacto! Entonces comenzó el repunte.

¿Se repetirá la historia con Barnes & Noble? ¿Podrá Daunt desterrar el modelo frío y estándar de las cadenas para hacer valer la experiencia de elegir, comprar y leer un libro? Todos creen que sí.