viernes, 11 de junio de 2021

Una de tirifilas y snobs, por Jorge Aulicino

Foto: Daniel Mordzsinski
En el mundo hay de todo: el poeta Arnaldo Calveyra (foto) vivió más de cuarenta años en París y se murió hablando en entrerriano, pero otros, como Héctor Bianciotti, nacido en Calchín Oeste, cerca de Río Segundo, en la provincia de Córdoba, a los seis meses de llegar a París ya decía “es posibl" porque la pronunciación francesa le había resultado irresistible y se le había pegado. Por ahí anda la reflexión del poeta y traductor Jorge Aulicino quien vuelve a emprenderla con los usos que en la Argentina –o al menos en Buenos Aires– se le da a la lengua (hablada, para que nadie piense mal).

"Por lo menos que sepan latín"

Hace poco en la casa de pastas de la esquina escuché que una señora de estilo moderno le decía a la empleada: “Poneme una caja de ravioles. Y esa tarta, ¿de qué va? Bueno, poneme una ración”. Me dije: “Es evidente que esta señora vivió en España –el acento me hizo pensar que no era española sino argentina– y cree que sigue allá...”. En una segunda vuelta mi pensamiento fue peor: “El poeta Santiago Sylvester vivió veinte años en España y llegó hablando en salteño. Por lo tanto, esta señora se entrenó para usar modos españoles en la Argentina, a fuer de mostrar que pasó un período en España, como si eso fuera un mérito en sí mismo.”

Debo aclarar que en España no se le dice a un mozo “tráigame un café” o “sírvame un café” sino “ponme un café” o lo que fuera, y ni hablar del “por favor”. Y a las porciones se las llama raciones. Me dije: no es conveniente que esta señora ande mucho cerca del Abasto diciendo “poneme” porque...” Qué guarango, me dije para mi mismo de inmediato. Y procedí a relacionar a esta tirifila con aquella actriz argentina que participó de la entrega de los Oscar y al abrir un sobre que premiaba a una película argentina exclamó “God bless you!”. Preguntada acerca de por qué había manifestado su emoción de ese modo, dijo que “pensaba” en inglés, lo cual rápidamente fue adoptado por la intelectualidad porteña (porteña de la Argentina, no de Chile) que vive “en estado estético”, según la notable definición de Ángel Faretta.

Ahora bien: ahorrémonos la discusión acerca de si alguien puede pensar en un idioma que no es el materno, a menos que tenga dos idiomas desde la cuna. Lo cierto es que lo que estaba en el pensamiento de aquella actriz era la imitación de giros oídos en películas y series, para dar un aire neoyorquino a la figura de uno o una. No importa tanto la tilinguería que esto importa –como decir “sorry” a cada rato o “too much”–, sino el testimonio de que el centro cultural del mundo ha pasado a ser Nueva York, para desgracia de Occidente. Porque la cultura estadounidense es bárbara, carente por completo de civilidad, pero Nueva York ha hecho de tripas corazón, o de defecto virtud, y ha inventado el estilo neoyorquino que tanto atrapa en todo el mundo, pero especialmente en Buenos Aires. Ese estilo llamado al principio “informal” y que ahora se llama a veces “casual” (con acento en la primera a) es la moda Gap, la moda jogging, la moda traje con zapatillas, etc. Todo esto propulsado por el cine, la televisión y la industria de la moda y el entretenimiento que llegan hasta las más remotas ciudades chinas o coreanas. El estilo Gap se ha multiplicado y recreado.

Era tilingo, claro, cuando alguien hablaba con palabras francesas, y el tango se ocupó de ello: “Che madám que parlás en francés”, invocaría el viejo Cadícamo. Pero el modelo era en verdad culto. A él acudían los ilustres norteamericanos en los años veinte todavía, tal y como lo hicieron los rusos en el siglo anterior, los argentinos y cubanos a comienzos de siglo y aun en los años 50. París era una fiesta, ¿recuerdan? Y el melancólico Rick Blaine exclamaba ya en los años 40 en el final de “Casablanca”: “Siempre nos quedará París”.

Lo preocupante es siempre que el viaje o el contacto con idiomas dominantes se consideren prestigiosos. No imagino a nadie dejando entrever giros o palabras yorubas. Si Pier Paolo Pasolini se espantaba de ver muchachos con jeans en África, ahora entraría en convulsiones. Digo yo: si nos va a colonizar culturalmente, por lo menos que sepan latín.

jueves, 10 de junio de 2021

Gente que tiene tiempo libre y habla

El 9 de junio, Natalia Blanc publicó el siguiente artículo en La Nación, de Buenos Aires, donde se reflejan las opiniones de varias instituciones que se niegan a aceptar el lenguaje inclusivo. Según la bajada de la nota, “La Academia Nacional de Educación criticó su uso porque lo considera “innecesario”, al igual que la Academia Argentina de Letras y la Real Academia Española; a contramano, su uso se extiende”

Un nuevo round por la pelea del lenguaje inclusivo

La grieta que provoca el lenguaje inclusivo sumó otra voz crítica desde el terreno académicoLa condena de la Academia Nacional de Educación al uso del inclusivo, a través de un comunicado firmado por José María La Greca, académico secretario de la institución, recalentó el debate en el país días después de que un autor popular como Eduardo Sacheri criticara en un programa de televisión el intento de imponer una determinada manera de hablar.

Además de considerar que el lenguaje inclusivo es “innecesario”, la Academia Nacional de Educación respaldó la postura de la Academia Argentina de Letras, que se opone a la transformación del idioma por cuestiones de género. “Una lengua, un cuerpo lingüístico, no puede inventarse o reinventarse conscientemente de la noche a la mañana. No pueden reemplazarse las letras a y o, que diferencian el género, con la arroba, el asterisco, la e o la x porque se tiene la voluntad de hacerlo en contra del androcentrismo o de reflejar con ello una realidad sociopolítica. Esa sustitución es ajena a la morfología del español e innecesaria, pues el masculino genérico o masculino gramatical ya es inclusivo, ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género”, asegura Alicia María Zorrilla, presidenta de la AAL, en un artículo publicado en el sitio oficial con la posición institucional sobre el controvertido tema.

La declaración de la AAE, difundida ayer (puede leerse completa en la página web), busca “hacer público su apoyo a lo manifestado por la Academia Argentina de Letras cuando afirma, al cabo de una extensa fundamentación, que ‘no deben forzarse las estructuras lingüísticas del español para que se conviertan en espejo de una ideología, pues la gramática española que estudiamos no coarta la libertad de expresarnos o de interpretar lo que expresan los demás’”.

Ambas academias nacionales respaldan la postura hipercrítica de la Real Academia Española, que desde que se extendió el uso del inclusivo a nivel coloquial y en las redes sociales sale a corregir lo que considera errores gramaticales cada vez que un funcionario o una figura pública cambia las o finales de un adjetivo por una e, una @ o una x.

“Me parece muy importante que se haya pronunciado la Academia Nacional de Educación, porque es justamente en muchos ámbitos educativos en donde se ha impuesto lo que llaman ‘lenguaje inclusivo’, con sus equis impronunciables o sus ‘e’ absurdas. En lugar de incluir, separa a los hablantes entre iniciados y no iniciados y crea nuevos obstáculos en la enseñanza del idioma. El inclusivo es un modo de hablar sin vida, que ha impregnado algunas instituciones, pero no, por suerte, el habla de la gente. Es la lengua convertida en puro código, sin matices, sin historia. Y aunque no sea tan absurdo como la ‘e’, cuando veo algún funcionario duplicando cada sustantivo, pienso: ‘Pobre, qué sufrimiento debe ser hablar así, en vez de hablar como la gente normal’”, dijo a La Nación el escritor Pablo De Santis, académico de número de la AAL desde 2017.

La opinión de los académicos va a contramano del uso extendido del lenguaje no sexista en las publicaciones oficiales. Como publicó La Nación en marzo pasado, después de que el presidente Alberto Fernández usara la palabra “sujeta” en su largo discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional y se desatara una lluvia de burlas y de memes, en las gacetillas, los comunicados y las páginas web de la mayoría de los organismos estatales (tanto nacionales como provinciales y porteños) se incluye la e, la x y arrobas en reemplazo de la o en términos como “ciudadanos”, “trabajadores”, “empleados”, “niños” y “todos”.

Aunque para muchos esa decisión sea motivo de burla, el cambio en el lenguaje viene impulsado por organismos como las Naciones Unidades que recomienda a los Estados el uso del lenguaje no sexista en los comunicados oficiales.

Si bien es cierto que en nombre de la inclusión se han dicho (y escuchado) barbaridades (el error del presidente cuando usó “sujetas” como sustantivo en lugar de adjetivo o la vicegobernadora del Chaco Analía Rach Quiroga, en el Día del Periodista, cuando cambió la o de “equipo” y dijo “equipa”) también es cierto que los cambios en el lenguaje los impone el uso extendido. Por algo, la Real Academia Española incorpora cada año a su diccionario cantidad de vocablos “nuevos” provenientes del habla coloquial, como “mutear” y “encuarentenar”, entre los más recientes.

Aunque las palabras de Sacheri en la mesa de Juana Viale causaron revuelo mediático, el autor de La noche de la usina hizo foco en la arbitrariedad del lenguaje y en las imposiciones. Cuando la nieta de Mirtha Legrand le preguntó qué opinaba del uso de la e en ciertas palabras, Sacheri tomó aire y dijo: “Yo respeto toda iniciativa de visibilización. Si uno analiza un montón de conquistas, uno se hace la pregunta de ‘ah, yo pensé que esto era normal’. Ahora dicho eso, yo no siento que el lenguaje deba ser un campo de batalla, ni un campo de imposición”. Y agregó: “Respeto a quien usa el lenguaje inclusivo porque entiendo cuál es el sentido político. Creo que podemos evolucionar muy felizmente dentro del español que hablamos. Muchas de las reivindicaciones que pensamos, las generamos pensando en español. En otros países donde el universal no es masculino, sino femenino como en el alemán, tuvieron los mismos machismos y tuvieron las mismas felices evoluciones”.


Luego, miró fijo a la conductora y remató: “No me gusta cuando te dicen cómo tenés que hablar. Pero ojo, tampoco me gustaría decírselo a otro, por eso no me representan quienes se enojan con el inclusivo. ¿Sabés que es lo que no me gusta, Juanita? Que porque yo diga ‘hola, chicos’ se sospeche de mi criterio igualitario. Yo quiero que me juzguen por mis actitudes, no por los vocablos que elijo”.

miércoles, 9 de junio de 2021

"Un traductor tiene que entender, leer y desgajar todas las capas de significado que contiene un libro, lo no dicho"


 

El 25 de mayo de este año, Valeria Tentoni entrevistó a Carolina Orloff para el blog de Eterna Cadencia. Allí, en la bajada, se lee: “‘No hay una literatura que sea representativa de toda la región’; explica la editora de Charco Press, puente entre Latinoamérica y el mundo anglosajón. ‘La editorial nace de una enorme pasión y de una enorme frustración, del deseo de cambiar el status quo de lo que es la literatura latinoamericana en traducción al inglés”“.

“La literatura latinoamericana no existe como tal”

Stories worth Reading”: Carolina Orloff explica que eso es exactamente lo que desea transmitir, más allá y más acá de que la suya sea una editorial que traduce autores y autoras nacidos en Latinoamérica. “Tratamos de no hacer hincapié en que nuestra literatura es literatura de Latinoamérica, sino que tratamos de hacerle entender al lector anglosajón que nosotros publicamos excelente literatura, y lo demás viene después”, dirá en esta entrevista.

De hecho, Charco Press nació en 2016 y partió con cinco libros de autores argentinos de la misma generación para demostrar, a su manera, que no existe nada que pueda encasillarse en “literatura argentina”, mucho menos en “literatura latinoamericana”, sino muchas y muy ricas literaturas coexistiendo en mismo tiempo y espacio.

Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Jorge Consiglio, Claudia Piñeiro, Ricardo Romero, Carla Maliandi y Luis Sagasti son algunos de los autores nacionales que lucen en su catálogo. Su traducción de Matate, amor, de Ariana Harwicz, por ejemplo, alcanzó la longlist del Man Booker International en 2018, lo mismo que la de Las aventuras de la China Iron en 2020, que llegó a la shortlist. No poco empujan las nominaciones para que la atención en estas literaturas crezca, tanto como es posible en un mercado en el que las traducciones totales, y no sólo del castellano, son menores al 5%.

–¿Cómo comenzaste a vincularte con la literatura?
–Nací prácticamente entre libros. Mi papá tenía una librería que desafortunademente cerró gracias a las políticas neoliberales del gobierno de Menem, en 1998. Se llamaba Librería Sarmiento, librería icónica del centro porteño, en Libertad y Arenales. Bioy Casares, Borges y Silvina Ocampo tenían cuenta corriente, eran habitués. La librería no era originalmente de mi papá, sino de mi bisabuelo, y fue una librería testigo de todo el siglo XX. Cuando cerró, de alguna manera se acabó todo un traspaso generacional que se podría decir estoy tratando de revivir a través de la editorial. En esa librería yo me crié, mamé no sólo literatura sino también papelería, porque era también una papelería hermosa, antigua, enorme... Hasta el día de hoy me acuerdo del olor a la mina de lápiz, a papel, a sello, a encuadernación, que se hacía también en la librería. El amor de la literatura viene de ahí y no es sólo a la literatura sino también al libro como objeto en todos sus sentidos y potencialidades.

–Publicaste tu primer libro a los 13 años, ¿cómo fue eso y qué aprendiste acerca de cómo se hacen los libros en esa experiencia?
–Sí, y me da mucha vergüenza... Calculo que muchos primeros libros dan vergüenza, sobre todo si se publican a tan temprana edad. Era un libro de poesía. Empecé a escribir muy chiquita, a los 8 ó 9, y básicamente por celos: mi hermano mayor escribía algunas cosas y me puse a escribir para hacerle competencia. Él no le dio nunca más bola a la escritura y yo me quedé enganchada. Mi papá, por ser parte del mundo editorial y tener todo eso a la mano, tuvo la idea de publicar un librito, que lanzamos en la librería Sarmiento que tenía arriba una galería de arte donde se hacían lanzamientos de libros. Fue una experiencia muy rara, porque yo era una niña, pero es interesante rememorarla ahora, como editora. Me costaba creerme escritora, por supuesto, pero las poetas que me presentaron el libro tuvieron la generosidad de tomarme muy en serio. Esa fue mi primera experiencia como alguien del mundo literario.

–¿Cómo fue la decisión de irte del país y estudiar literatura latinoamericana, pero desde afuera?
–Mi partida del país no fue una decisión en sí, sino que me postulé a una beca para terminar el secundario y me la gané. Me fui a los 17 a estudiar a Canadá con esa beca, durante dos años, y a partir de ese momento bisagra se me abrió el mundo. Decidí no volver a Argentina y estudiar Literatura y Filosofía en el Reino Unido, un poco infuenciada por mi abuela que es inglesa, y por la librería, siempre tuve mucha curiosidad por el Reino Unido. A partir de ese momento, de vivir como argentina interesada en las letras latinoamericanas, empecé a descubrir el poco material que se podía conseguir de este lado, no sólo en el ámbito académico sino también comercial, y en las bibliotecas. Después de la Licenciatura me especialicé en traducción, y noté una escuela muy quedada en el tiempo y eurocéntrica, pero recién cuando hice mi doctorado -que me enfoqué de lleno en literatura latinoamericana, más concretamente en Cortázar y su evolución política en su ficción- fue ahí que empecé a entender cómo se leía a los latinoamericanos.

–¿Qué pudiste observar en esa instancia sobre cómo nos leen?
–Yo hablaba recién de hace veinte o veinticinco años, y sí noto un cambio desde entonces. Desde el surgimiento de Charco, en coincidencia, sí hay una leve apertura de mentes que tiene que ver con una pequeñísimo aumento en la recepción, en la curiosidad lectora por la literatura latinoamericana contemporánea. Previo a estos años, entre 2005 y 2015, y antes también, en el Reino Unido y, en menor medida, en Estados Unidos, siempre se venían leyendo los mismos tres cuatro autores latinoamericanos, y siempre por los mismos traductores. Para mí esa constancia, esa repetición (y entendiendo que cada traductor tiene su idiosincracia, su lenguaje, su sonido), se levantaba en dos pilares que se conectan con el imaginario anglosajón del mundo latinoamericano: literatura de dictadura y realismo mágico, la violencia ligada a los desaparecidos, a un terrorismo de Estado, y una tercera que es más reciente y es la de una “pobreza for export” relacionada a una violencia urbana / narcos. Esos son los tres pilares desde los que se leía y se espera de la literatura latinoamericana.

–Has traducido obras como la de Ariana Harwicz, ¿cómo comenzó tu vínculo con la traducción y por qué te importa esa tarea?
–A partir de los 17 años yo vivo en inglés, primero en Canadá y después en Inglaterra y Escocia, pero siempre viviendo mi interés por la literatura latinoamericana. Es una manera de vivir, más allá de mis especializaciones y mis estudios. Cuando quería regalar libros de mis autores favoritos nunca podía, porque no estaban traducidos o tenían traducciones que no sobrevivían el paso de las décadas, traducciones que no fluyen. Para mí la traducción siempre fue un motor, poner mi granito de arena en el mundo para trasladar cómo viví esas lecturas desde el lugar en que nací y trasladarlas desde ahí y no desde alguien que tiene los dos pies puestos de este lado. Esa metáfora me representa todavía, tener un pie acá y un pie allá, es cursi pero a mí me atraviesa. En ese entenderme como un puente, como un ser que está de los dos lados, la traducción corre por mis venas. Vivo traduciendo, además, en diferentes ámbitos, así que para mí la traducción literaria es una necesidad. Hay autores que hablan de la necesidad de escribir, y para mí eso es la traducción: si hay un libro que me convoca y no está en inglés, necesito traducirlo. Con Harwicz, en concreto, yo co-traduje, porque nunca me animaría a llevar al inglés sin trabajar con un co-traductor angloparlante. Traduje las tres novelas de Ariana Harwicz y un libro de Jorge Consiglio, y ahora estamos comenzando a trabajar en la traducción al inglés de Sodio.

–¿Cómo decidiste iniciar una editorial de traducciones de libros latinoamericanos y por qué?
–La decisión de fundar Charco tiene que ver con mi trayectoria como persona, no sólo como estudiante o investigadora. Hay dos ejes fundacionales: por un lado, el interés y la pasión que siempre me movieron, la literatura latinoamericana contemporánea, y por otro lado, una gran frustración, la de no ver la riqueza y la variedad de ese universo reglejados en inglés. Charco Press surgió con la intención de ir reformulando la oferta de a poquito. No sólo convencer al lector de que tiene que leer estos libros, sino que los libros estén, que se vean, y que se lean cada vez más. Lo importante es que esos autores estén, tengan un lugar en el mundo anglosajón, que a su vez abre puertas a otros mundos. La editorial nace de una enorme pasión y de una enorme frustración, del deseo de cambiar el status quo de lo que es la literatura latinoamericana en traducción al inglés.

–¿Qué buscás en una obra, como editora?
–Busco una obra que llegue al lector y que diga cosas a partir de diferentes niveles: que sea una obra en la que no sólo se nos cuente una historia singular y extraordinaria, sino también que lo extraordinario de lo que se nos cuenta surja a través de un tono, de una musicalidad, de una visión del mundo que sea única. No me interesan las obras que repiten fórmulas y que no rompen cabezas, me interesan las obras que generan preguntas que nos incomodan, que nos sacan del confort, que nos abren los ojos a otras realidades, desde otro punto de vista. Me interesan autores y autoras que estén involucrados en los debates sociopolíticos y socioculturales de la región, de las comunidades en que estén.

–¿Y en una traducción?
–Busco que la traducción haya captado todo lo que está más allá de la palabra y lo haya transformado en algo perceptible, también, más allá de las palabras. Un traductor tiene que entender, leer y desgajar todas las capas de significado que contiene un libro, lo no dicho. Todo eso tiene que estar, sin estar, en una traducción. Hemos pasado ya un par de veces por situaciones en las que la traducción no está a la altura del libro, y eso para mí es inaceptable, no hay muchas vueltas ahí aunque signifique una pérdida de tiempo y de plata. Sobre todo, teniendo en cuenta que a gran parte de los autores les publicamos por primera vez sus libros en esta lengua, y el inglés abre la puerta a otras lenguas como el árabe o el chino, entonces hay una enorme responsabilidad. Si la voz no está, se distorsionó y no se escucha en el estilo, en el silencio original, no es una traducción que sirva. La traducción tiene que captar la voz y el silencio del original.

–¿Cómo ves el estado de cosas para los libros que se escriben por estas latitudes? ¿Notás un interés creciente en los últimos años?
–El lector anglosajón es un lector que tiene una tara muy importante, muy arraigada en lo que tiene que ver con la lectura de libros en traducción. Si vas a las librerías de acá, hay una categoría en sí que es “literatura en traducción”. No importa qué libro es, puede ser una novela policial o unos cuentos, pero el género es ese, cosa que a mí me parece deplorable. Uno de los grandes desafíos que tenemos desde Charco es el deconstruir eso. Se lee muy poca literatura traducida: el porcentaje hace cinco años era del 3% en general, y ahora subió a un 4,10%, todos los libros de diferentes idiomas que se traducen al inglés. O sea, muy poquito. En ese contexto, sí ha habido un creciente interés en la literatura latinoamericana en los últimos años, y yo creo que tiene que ver con las nominaciones a premios que son súper prestigiosos en el mundo anglosajón, como el Booker International. En segundo lugar, quizás, se podría atribuir a el rol cada vez más prominente que tienen traductores y en eso también nos enfocamos nosotros como editorial, y el rol clave que tiene el traductor a la hora de promover un libro de este lado. Pienso en Jennifer Croft o Megan McDowell, que ha traducido a Samanta Schweblin, Mariana Enriquez o Lina Meruane.

–¿Qué dirías distingue a la literatura argentina de la que se escribe en otros países?
–Es una pregunta muy difícil porque estaríamos generalizando tremendamente lo que se escribe en Argentina y en otros países, es imposible de contestar. Yo no creo mucho en las literaturas nacionales, me parece que es encasillar, es justamente lo que estoy tratando de deconstruir de este lado. La literatura latinoamericana no existe como tal, porque no hay una literatura que sea representativa de toda la región. Hay preconceptos, como que tiene que incluir al realismo mágico, y yo voy contra eso, Charco va contra eso, así que hablar de una literatura argentina sería contradecirme. Charco, cuando surgió en 2017, partió con cinco libros de autores argentinos de la misma generación para manifestar, de alguna manera, que dentro de un solo país e incluso de una misma generación hay muchas literaturas, hay muchos estilos, muchas cosmovisiones, intereses. No me parece que se pueda distinguir a la literatura argentina, sería falaz. Sí me parece que la literatura argentina es una literatura absolutamente rica, que tenemos una producción extraordinariamente vasta y quizás lo que la distingue, no en términos de contenido, o mejor decir lo que distingue a Argentina, es que hay mucha oferta a la obra de publicar un libro. Hay muchas editoriales independientes haciendo apuestas muy interesantes, y eso sí me parece único en la literatura latinoamericana y quizás en el mundo. Es un país donde, proporcionalmente a la cantidad de habitantes y a su economía, a pesar de las dificultades se producen muchos libros independientes interesantes y eso hace que sea una literatura muy rica en términos de géneros, de estilos, de formatos. Eso sí la distingue. Es una literatura muy productiva y de una calidad excelente.

–Escribís poesía, investigás, traducís, editás, ¿en qué rol te sentís más plena y cómo colaboran entre sí?
–La poesía la tengo abandonadísima, ya no escribo poesía. Sí escribo algo de ficción. Me encantaría tener tres o cuatro cuerpos más para poder realizar todas estas actividades más plenamente, pero por lo pronto los que prevalecen son los roles de editora y traductora. En el rol de editora hay muchos sub roles, por lo que implica estar editando en el mundo anglosajón. Es bastante desafío convencer a los lectores de que esta es una literatura que “aunque esté traducida” vale la pena leer, así que tengo ahí también un rol de promotora cultural, de gestora intercultural, porque una de las cosas que más me motivan es la creaciónde puentes. Que haya un diálogo entre las literaturas de América Latina y las anglosajonas, que se hablen, se miren entre sí y se cuestionen. Hay solo posibilidades de crecimiento en esas miradas.

martes, 8 de junio de 2021

José María Espinasa y un triple homenaje

Publicado el pasado 30 de mayo, en La Jornada Semanal, de México, el siguiente artículo del poeta, ensayista y editor José María Espinasa pone el acento en tres ejes: la labor editorial, la traducción literaria y la obra de la poeta Minerva Margarita Villarreal (foto; 1957-2019), quien, desde la Universidad de Monterrey, realizó una importante tarea como editora de valiosas colecciones.


Aciertos editoriales, dilemas de la traducción

El enorme gusto y el gran conocimiento de Grecia que poseía Alfonso Reyes queda de manifiesto en ‘Aquiles extraviado (Ilíada, rapsodias I a IX)’, publicado en la colección El Oro de los Tigres que dirigía Minerva Margarita Villarreal, sirven de eje en esta reflexión sobre la traducción literaria en nuestro país –específicamente del griego clásico–, y las editoriales que se han ocupado de difundirla.

En estas mismas páginas me he ocupado en distintos momentos de asuntos editoriales y asuntos de traducción literaria. Y también de la escritora regiomontana Minerva Margarita Villarreal. En esta entrega reaparecen simultáneamente las tres razones: Minerva animó en los últimos años de su vida la colección El Oro de los Tigres, dedicada a publicar breves muestras antológicas de poemas en otras lenguas con belleza y esmero literario. La entrega número IX, que ella ya no alcanzó a ver, es una verdadera joya, Aquiles extraviado (Ilíada, rapsodias I a IX), con la conocida y no pocas veces polémica traducción, a cargo de Alfonso Reyes, de los primeros cantos de la obra de Homero. Los escritos sobre Grecia han sido siempre una piedra de toque de los estudiosos sobre el polígrafo regiomontano. Por un lado, la exigencia, que tiene sus razones, de señalar el nulo o poco conocimiento que tenía del griego, y por otro, lo que en la práctica anula o transforma el señalamiento anterior, la calidad extraordinaria de los fragmentos publicados como Aquiles extraviado, obra del final de su vida y que se suele comparar y contrastar con Homero en Cuernavaca. Lo que a su vez suele llevar a la discusión del valor de Reyes como poeta.

Esta edición tiene, además, un prólogo de Carlos García Gual, una de las grandes autoridades sobre la cultura griega hoy día, prólogo que es un ejemplo de información, conocimiento, sabiduría y gusto de lector, al ponderar la versión de Reyes y compararla con otras hechas en español, en especial la de otro mexicano, Rubén Bonifaz Nuño. Es ilustrativa la apretada síntesis que traza de las traducciones que del clásico se han hecho a nuestra lengua, y de las opciones que según las épocas y los estilos han hecho desde los eruditos hasta los poetas y los divulgadores para mostrar la opción que toma don Alfonso: la de hacer un poema en español que transmita lo mejor posible la poesía del original.

García Gual señala que, si bien Reyes no sabía griego, sus lecturas de esa cultura eran muchas y buenas, y que incluso había traducido varios libros y escrito espléndidos ensayos sobre el asunto en sus obras. Es decir “sabía” griego por una empatía con la cuna de civilización occidental. He leído en algunos lugares que cuando Reyes tuvo la oportunidad de conocer físicamente Grecia no lo hizo. ¿Por qué? Probablemente porque la que se había construido en su imaginación era para él (y debería ser para nosotros) más real que la verdadera. Y esa Grecia que, por ejemplo, está en Cavafis muy presente, y a través de él en la poesía de los últimos cien años, y gracias a los románticos alemanes desde el siglo xviii, se presta para esa creación o recreación imaginaria. Baste mencionar que varias de las buenas traducciones del escritor alejandrino las hicieron traductores que no sabían griego (Juan Carvajal y Cayetano Cantú entre nosotros).

Valorar esa empatía en épocas de rigor filológico mal entendido y programas de traducción para la red me parece muy importante. Y en muchos niveles –valga la pena mencionar las versiones divulgatorias en prosa de Luis Santullano que dieron a conocer a muchos lectores la obra de Homero– es justamente esa mezcla de niveles la que crea una continuidad histórica. Otro ejemplo, en otra dirección, más la de Homero en Cuernavaca, sería Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas, un gran libro de poemas poco atendido por la crítica, de Luis Miguel Aguilar. Y ya en una línea afectiva: si bien mis lamentablemente pocas relecturas de la Ilíada se han dado en la traducción de Rubén Bonifaz Nuño, guardo como un fetiche mi ya muy maltratada edición de Biblioteca Mundial Sopena, en la versión de José Gómez Hermosilla. México tiene hoy un importante número de buenos traductores del griego moderno, pero no sé si del griego clásico haya dejado Bonifaz Nuño una escuela. En todo caso, esta publicación de Aquiles agraviado nos lleva al asunto, recurrente en estas páginas, de la importancia de la traducción como zona de aire fresco para la literatura.

Hace un par de años Eduardo López Caffagi publicó un extraordinario libro, resultado de su trabajo como estudiante de El Colegio de México en Estudios Internacionales, pero más que un libro sobre política internacional es un notable ensayo, Grecia pasado y presente, sobre la cultura griega del siglo XX, con páginas muy buenas sobre Giorgios Seferis (poeta) y Theo Angelópoulos (cineasta) que no puedo dejar de recomendar en esta nota. En él se explica un poco la empatía de Reyes con la cultura griega clásica y su presencia en el México del siglo XXI. Es casi un absurdo decir que hay que seguir leyendo y releyendo a Alfonso Reyes, uno de los pocos escritores que no han sido desgastados por el paso del tiempo a más de sesenta años de su muerte. La industria académica en torno a su obra, que en algún momento llegó a provocar aburrimiento, ha encontrado en las ediciones de divulgación, como este Aquiles agraviado en El Oro de los Tigres, una manera de fomentar su presencia y su número de lectores. Tal vez sólo habría que pedir que tuviera una mayor circulación entre los lectores interesados. ¿Seguirá la colección ahora que Minerva Margarita ya no está entre nosotros? Espero que sí.

lunes, 7 de junio de 2021

Librería Cienfuegos: ¿la tercera es la vencida?



Infatigable a pesar de tener un hijo bebé, el poeta y traductor especializado en literatura china contemporánea Miguel Ángel Petrecca (cuya pelada se refleja en el vidrio de la foto que él mismo tomó), abre por tercera vez  Cienfuegos, acaso la más importante librería de lengua castellana de París. Lo hace en una nueva sede. Abajo, la carta de invitación para que todo el mundo la conozca.

Cienfuegos tiene nueva sede

Estimados amigos de Cien Fuegos:

Tenemos la alegría de informarles que nuestra librería vuelve a abrir sus puertas luego del cierre del local del Village Suisse en enero de este año.

Nos mudamos al otro extremo de París, al barrio de Charonne en el distrito XXe. Concretamente, el número 11 de la Rue Saint Blaise.

Por el momento estaremos atendiendo los jueves a la tarde entre las 15 y las 18, a partir de este mismo jueves. El resto de los días sur rendez-vous, llamando como siempre al 0651749781 o escribiendo a info@cienfuegos.fr

¡No duden en comunicarse por esta o cualquier consulta!

¡Los esperamos pronto para conocer nuestra nueva casa!

Saludos a todos

viernes, 4 de junio de 2021

Traducciones que son sombras de bulto bello


Motivado por la entrada de ayer, el poeta y traductor Jorge Aulicino nos hizo llegar la siguiente reflexión.


¿Leer el original?

La boutade de que solo leyendo el original se puede leer el original me parece ya una burrada superada largamente.

Sin esperanza de “leer el original” se están traduciendo hoy en la Argentina -”en-medio-de-la-pandemia”- la mayor cantidad de libros de poesía de la historia. Mayormente del inglés, pero también del ruso, del chino y en menor medida de los idiomas latinos, especialmente el italiano y el portugués de Brasil. No voy a hacer una lista, basta recorrer los catálogos en red de las editoriales de poesía y los blogs. Todas pueden llevar con cierto honor el título de independientes.

Leer el original sólo se soluciona si uno entiende chino, inglés, italiano, alemán, latín: esta es la lectura del célebre apotegma “solo el original es el original”. Y esa es su pedantería. Una, porque a pesar de que todos compartimos esta certeza, y de que la historia la ha compartido, la cultura de Europa occidental, que heredamos, se levantó sobre la traducción, primero del griego, del hebreo y del árabe al latín, y más tarde del latín a las lenguas romances y a las germanas. No estoy hablando solo de la Biblia sino de toda la antigua literatura filosófica, literaria y científica griega que llegó al resto de Europa gracias a los traductores y comentaristas cristianos, que eran a la vez las dos cosas, porque ya sabemos que toda traducción implica un comentario. Dos, porque aun conociendo uno, dos o treinta idiomas -a menos que se los hable desde la más tierna infancia, y ni así- no se leerá realmente el original. El que habla idiomas los habla traduciendo, comentando, pocas veces naturalmente.

Hace poco Jorge Fondebrider escribió aquí que tuvo una revelación cuando Arnaldo Calveyra le dijera que no manejaba la “temperatura” del francés, después de haber vivido 30 años en París. Esa “temperatura” es la que buscan vanamente los traductores, como ultima ratio. Pero también la que buscan los autores. Y por detrás de la paráfrasis o el comentario que implica toda traducción, aun la de combate, la de fragua de la literatura comercial, se mueve siempre -casi siempre- una sombra del original. Solo una sombra, se puede decir. Pero ocurre con frecuencia que sea “de bulto bello”, como las que viste el sueño en el muy citado soneto de Luis de Góngora.

jueves, 3 de junio de 2021

"Zapatillas usadas no sabemos por quién"

El pasado 30 de mayo, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil publicó el texto que sigue, donde, acaso exagerando un poco, pone en evidencia que cuando se lee un texto traducido no necesariamente se lee el texto en cuestión y el estilo del autor original.


¿Pero entonces a quién leemos?

En los tiempos en que dictaba talleres de crítica literaria dejaba que mis alumnos eligieran a placer el libro que pretendían criticar sin importarme demasiado su longitud, su argumento, su autor o su género; lo único que tenían prohibido era recurrir a traducciones. Porque dejando de lado los matices hispánicos, todo lo que particulariza a un escritor chileno y lo diferencia de uno peruano o de uno uruguayo es que, aun creando pequeños paisajes lacustres en los que el lector chapotea y se pierde, buscando un claro para descansar o el camino detrás de un árbol para seguir adelante, dejando de lado todo eso, el lector tiene la impresión de que está consumiendo una lengua de primera mano, como un par de zapatillas nuevas. Las traducciones, en cambio, tienen el inconveniente de ser literatura de segunda: zapatillas usadas no sabemos por quién, en muchos casos por españoles que, reacios al uso del talco, las dejan en un estado difícil de soportar para cualquiera que aún conserve el olfato. Y porque no podía (sigo sin poder) tolerar que se apelara a “la maravillosa prosa de” refiriéndose a un autor que, habiendo escrito en otro idioma, estaba siendo leído a través de un intermediario, un representante, un mandadero hacendoso, en el mejor de los casos, pero en cualquier caso el cadete, no el gerente.

Extrañamente, quien se entrega con absoluta tranquilidad en brazos de un libro traducido es el mismo que, si en el restaurante la tortilla está demasiado cruda, no acepta la intermediación del camarero y pide hablar con el cocinero. Así es como debería ser. Y sin embargo, frente al libro traducido, cualquier desconfianza queda anulada de entrada: se come la tortilla como se la han traído (convengamos en que hay pocas cosas más repugnantes que la papa cruda) y no solo no chista sino que, además, habla donde puede y a todo al que tiene cerca de las virtudes de este nuevo autor noruego, o filipino, una escritura brillante, una voz preciosa. ¿Qué voz, qué escritura?

Pongamos un ejemplo. Hay un verso de Carlo Emilio Gadda que intento traducir desde hace veinte años. Es muy simple, dice: Sul tavolo di formica, una formica, es decir “En la mesa de fórmica, una hormiga”. Dejemos de lado las intenciones y las ganas de jugar de Gadda, evaluemos lo que hay. Como cualquiera habrá advertido, la diferencia entre formica y formica radica solamente en la acentuación: fórmica, la primera, y formíca la segunda. Un chiste tonto, se dirá. Sí, pero el traductor no está allí para juzgar los chistes, solo para traducirlos. La traducción literal debería queda descartada desde el vamos, sencillamente porque a la inocente tontería del verso se le sumaría la del traductor, y una tontería se tolera, pero dos no. Durante mucho tiempo pensé en traducirlo de la siguiente manera: “En la mesa de hormigón, un hormigón”. Como solución no es una genialidad, pero estamos mejor que al comienzo. Ahora bien, el lector lee eso que traduje y a partir de allí hace una corta serie de conjeturas o emite una corta serie de juicios que me invisibilizan, volviendo al verso de Gadda algo más tonto de lo que es: injusto, ¿no?

¿Cuál es la solución?, dirá el aburrido lector. En mi humilde opinión, debería esforzarse por mantenerse alejado de las traducciones, y para ello lo mejor es aprender idiomas. No muchos, con ocho está bien. Y recurrir a las traducciones si es absolutamente necesario, y si están escritas en cualquier lengua que no sea una de esas ocho. Todo eso suponiendo que de verdad le interese la literatura, si no, no importa.