jueves, 26 de febrero de 2026

Primera librería de Feltrinelli en Latinoamérica

"El grupo italiano abrirá una de sus sedes en Montevideo en un edificio de gran valor patrimonial. Los socios de este lado del Atlántico, Pablo Braun y Alejandro Lagazeta, cuentan el ambicioso proyecto y los retos de una industria que se encuentra 'desafiada'”. Tal es la bajada de la nota de Luciano Sáliche, publicada en Cultura InfoBAE, el pasado 8 de febrero.

Feltrinelli desembarca en América Latina con una megalibrería: cómo sobreviven los libros en un mundo lleno de pantallas

En un tablero lleno de pantallas, una torre de libros. Una librería grande, bien grande: una megalibrería. Se inaugurará a fines del mes de mayo, el día 28, en Montevideo, Uruguay. Las expectativas son altas por varios factores. El primero, el más inmediato: una apuesta por hacer negocios con el viejo objeto libro cuando la vida se digitaliza. El segundo, la magnitud: seiscientos cincuenta metros distribuidos en dos pisos dentro de un edificio (el edificio Pablo Ferrando) que es grado cuatro a nivel patrimonial. El tercero, los capitales: el grupo italiano Feltrinelli desembarca en América Latina.

Empezó con un rumor. Desde España, alguien comentó que el grupo quería invertir en la zona. Fue luego de comprar Anagrama. “Me había gustado que Anagrama no le vendiera ni a Planeta ni a Random. Entonces, dije: algo debe tener”, dice Pablo Braun del otro lado del teléfono, acaba de bajar del Buquebús. Braun, fundador de Eterna Cadencia y del Filba, mecenas de la literatura argentina, eslabón perdido de la aristocracia argentina, es uno de los socios. Lo acompañan dos libreros uruguayos: Alejandro Lagazeta, socio de Braun en Escaramuza, y Juan Castillo, propietario de Puro Verso.

Ahí, donde va a abrir la nueva librería, funcionó durante quince años Más Puro Verso, pero “agarró dos años de COVID, sin vuelos, sin transporte, sin turismo, con locales cerrados, después vino la crisis de Argentina que hizo que esté muy caro Uruguay para los argentinos... estaba de salida”, cuenta Lagazeta. Con el celular en la mano, bajo el sol montevideano, el librero de 45 años, dueño de Librería La Lupa y Criatura Editora, sostiene que “cerrar una librería para abrir un local de cosas de hogar o de ropa era una pérdida muy significativa. Queríamos recuperarlo en una dimensión internacional”.

En febrero del año pasado se encontraron con Carlo Feltrinelli, presidente del grupo, y Alessandra Carra, la CEO. Tienen más de ciento veinte librerías, diez editoriales y una historia a cuestas. Giangiacomo Feltrinelli fundó en 1954 la casa editorial que se convirtió en este gran emporio, pero también un guerrillero comunista, comandante del GAP (Gruppi d’Azione Partigiana), principal agente castrista en Europa según la CIA. Fue el primer editor de El doctor Zhivago de Boris Pasternak y el que publicó El Gatopardo de Giuseppe di Lampedusa. Su hijo Carlo lo narra en la biografía Senior Service.

“El edificio es patrimonial grado cuatro, que es el máximo para edificios privados en Uruguay”, dice Alejandro Lagazeta. “Tiene el ascensor en funcionamiento más viejo del Uruguay. Tiene un vitreo precioso. Se recupera un reloj antiguo. Tiene barómetro, una escalinata de mármol impresionante. Todo eso fue recuperación patrimonial. Y además se le agregó accesibilidad para que sea más inclusiva”, agrega. También tendrá buena gastronomía y una nutrida programación de actividades culturales: “hoy por hoy las librerías que funcionan mezclan eso para asegurar circulación, encuentro, intercambios”.

Va a llevar el nombre original. Sobre la peatonal Sarandí de la Ciudad Vieja, estará el cartel de Feltrinelli. Y eso es llamativo porque las librerías que el grupo tiene en Italia se llaman así, pero las demás, en España por ejemplo, son La Central. “Es la primera Feltrinelli fuera de Italia”, dice Braun, y agrega: “Más allá de que sean un grupo, mantienen ese costado bohemio. No son empresarios duros y puros que lo único que les interesa es vender libros. Tienen aprecio por los buenos libros, son lectores. Esto está buenísimo, me dije cuando los conocí”. Esa misma noche brindaron con whisky.

“La librería es preciosa”, dice Braun. “Si no hubiera estado Feltrinelli, a mí me entusiasmaba igual. De hecho, los Feltrinelli se sumaron un poco después. Yo ya había tomado la decisión de hacerme a cargo de la librería con mi socio. Me entusiasmó abrir una librería en un lugar icónico de Uruguay, en un lugar bellísimo”. Cuenta Lagazeta que “Montevideo tiene seis shoppings nomás. Son un montón, pero hace diez años había dos. Y en cada shopping hay tres librerías, y después hay calles enteras donde una calle tiene veinte librerías. El ecosistema de librerías funciona”.

“Montevideo tiene una escala muy humana que te permite el diálogo”, dice Lagazeta y Braun parecer acordar: “Es una ciudad calma, tranquila, ordenada. La izquierda y la derecha no se odian. Uruguay es un país que no tiene petróleo, ni altitud de montaña, la tierra es pura piedra, son tres millones viviendo ahí y uno y medio afuera... Y sin embargo, conversando con los pibes, no te digo que les va superbién, pero les va. Se puede charlar en Uruguay con alguien que piensa distinto. Acá, en Buenos Aires, y exagero, solo se puede hablar con la gente que piensa como vos”.

“Hay un escenario global por las plataformas tanto de entretenimiento como comerciales que están destrozando al comerciante. Eso es una tónica del sur y supongo que Europa también”, dice Lagazeta y agrega: “La industria del libro está desafiada. Tenemos que tratar de hacer cosas distintas para lograr interactuar con la gente: cuestiones tecnológicas y la velocidad que te pide una ciudad y un mercado. La presencia de Feltrinelli en Uruguay es parte de un ecosistema que busca agregar valor, porque vamos a favorecer la llegada de autores internacionales. Se pueden hacer muchas cosas”.

“Ahora claramente va a haber una retracción del consumo —arremete Braun—, más allá de que en la macro, como dice el presidente, le pueda ir bien o no haya déficit fiscal, pero todos sabemos que el consumo se está haciendo percha. Y los libros obviamente son de los que primero sufren. Sacando eso, yo sí creo que el libro está en una especie de encrucijada porque existe el teléfono inteligente y Netflix. El mundo del libro se está achicando. No creo que se mueran, pero pensar que en cuarenta años el libro va a tener la vigorosidad que tiene hoy... Para mí va a ser más chico el mercado, lamentablemente”.

“No soy demasiado optimista”, continúa el editor de Eterna Cadencia. “Va a haber gente que va a seguir leyendo. En algún punto puede significar ir en contra de la corriente, en vez de estar en el teléfono. El libro tiene una cosa espectacular que es que te abstrae, que te carbura la imaginación: hay un montón de cosas que pasan cuando leés que son espectaculares, más allá de que seas más culto o menos culto, que el cerebro se ejercita y que son más inteligentes. Cuanto más refinados sean los algoritmos y más nos hagan quedarnos mirando el reel de Instagram, el libro va a sufrir”, concluye.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Andrés Hax y su reciente Queequeg Press

El pasado 4 de febrero, la periodista Daniela Pasik publicó en las páginas de cultura del diario Clarín, una nota y entrevista sobre Andréx Hax (foto) escritor y también periodista, que ahora se lanza al ruedo como editor de Queequeg Press, su propio emprendimiento, con un puñado de libros que contrastan con lo que publican muchas otras editoriales locales. 

“Hacer un plan tan incierto como una editorial, en cualquier coyuntura, es ingenuo”

Es 1910 cuando Jessie MacRae, la hija del diablo, mata a su padre y zarpa en un bote-ataúd desde su isla remota hasta Edimburgo. Entonces comienza su historia, en un edificio primero próspero y luego maldito, que llega, departamento por departamento y un ocupante tras otro, hasta 1999. Luckenbooth, de la autora escocesa Jenni Fagan, es una novela oscura, rockera, embrujada, histórica, gótica y callejera publicada por primera vez en castellano en septiembre de 2025, con traducción de Micaela Ortelli.

“Tiene hijas del diablo, mujeres que se aman, fantasmas, políticos, mineros que le temen al sol y a un William Burroughs enamorado”, escribe en la contratapa Mariana Enriquez en breve resúmen, y agrega, sobre la autora: “Hace magia con su magnífica escritura, su desprejuicio y su inteligencia. Es una bruja, una rockera, una mujer sin miedo”.

Con esta apuesta por lo alto, el periodista cultural Andrés Hax hizo la presentación en sociedad de Queequeg Press, su editorial extraña y fabulosa, que ya tiene un plan novedosamente contra-intuitivo para 2026 y arranca con un segundo libro que va a estar listo en febrero.

Obra híbrida

Se trata de Dandelions, el primer libro de la joven periodista inglesa Thea Lenarduzzi, con el que ganó el Premio de Ensayo Fitzcarraldo Editions 2020 y fue finalista del Ackerley Prize de autobiografía literaria. También está traducida por Ortelli y es, según su editor en la Argentina, “una obra híbrida”. Recorre cuatro generaciones familiares atravesadas por la migración entre Italia e Inglaterra. Es una memoria informada de historia cultural y cuentos de una abuela que a la par reflexiona sobre el lenguaje, el desarraigo y el biculturalismo.

Se podría parecer un poco a la historia del director de Queequeg Press, pero él dice que no es por eso que se interesó por esta novela. Hax nació en Boston, Massachusetts, Estados Unidos, en 1970, y vive en Buenos Aires, Argentina, desde 1996. A veces se le pierden palabras cuando cuenta cosas. Es un Lost in translation que va y viene entre el inglés nativo y el castellano heredado, en el que vive y escribe.

Fue redactor de la revista Ñ y parte de la sección Cultura de Clarín, entre otros medios locales. Antologó y tradujo los Cuentos selectos del irlandés William Trevor (Edhasa, 2020). Es autor de la novela Ol de Pritty Jorses (17 grises, 2019). Saca fotos de lo que observa del mundo, que comparte en su cuenta de Instagram (@andres.hax.pics) y ese mismo ojo extrañado es el que le sirve para hacer también no sólo su mundo literario sino sus entrevistas y, ahora, esta nueva editorial.

La industria del libro está en crisis en la Argentina. Subió el costo de producción y bajaron las ventas. La apertura desregulada de importación profundizó y aceleró una problemática que viene escalando hace años. Hay cada vez menos títulos nuevos y las tiradas promedio se reducen. En ese escenario Hax sale a la cancha con esta propuesta editorial autogestiva. Su catálogo es precioso y preciso en su rareza. Dice, mientras muestra fotos, manuscritos, papeles con planes, maquetas, que estaba agotado de la escritura y que Queequeg Press “apareció”, comenta, casi pregunta. “Fui aceptando el azar”, dice y ahí encuentra certeza.

Hax es lo contrario a un “crypto bro”. No sigue planes ni cancherea lujo. Ahora habla con pasión sobre Change operations, un método de John Cage que se basa en liberarse del control individual y el ego para la creación artística. El compositor estadounidense, pionero de la música aleatoria, es el parámetro de este editor. El primero decía que si algo es aburrido hay que intentarlo durante más tiempo hasta que deje de serlo. El segundo, persigue y va detrás de cada "idea instantánea", sin importar el contexto o lo que se supone que debería hacer.

Un libro a pedido

Su aventura 2026, entonces, sigue con Primero el cuerpo: apuntes de una ensoñación de carnavalun libro a pedido, del estadounidense de Nueva Orleans Kevin Rabalais. Es una crónica y fotoreportaje en blanco y negro sobre las courirs, unas fiestas que se hacen en algunos pequeños pueblos del norte de Louisiana que tienen raíces medievales y están atravesadas por las culturas creole y cajun. El libro es un vistazo a ese mundo secreto y ritual que podría ser inventado por Flannery O’Connor o parte del universo de True Detective.

Después va a llegar, en traducción local, Nombres para la luz. Una historia familiar, de la autora Thirii Myo Kyaw Myint, que nació en 1989 en Yangon, Myanmar (ex Birmania), y fue criada entre Bangkok, Tailandia, y San José, California. Otra vez, es una memoria híbrida que entrelaza cuatro generaciones de una familia, en este caso marcada por el colonialismo británico, la migración y el racismo cotidiano.

También a pedido, ya está en proceso El diseño interior de las naves espaciales: desde la literatura, el cine y la nueva carrera espacial, del filósofo, periodista y especialista en cultura pop Tomás Balmaceda. En el libro va a mostrar cómo los interiores de naves en cine y televisión son mucho más que escenarios. “Son arquitecturas que anticipan tecnologías y cuentan historias por sí mismas”, cuenta el editor, que también avisa: “El título podría cambiar”.

Todo es según el precepto de Change operations, y así avanza este barco que podría haber sido un bote-ataúd como el de Jessie MacRae, pero viene navegando a velocidad crucero. La editorial toma su nombre de uno de los personajes más inquietantes de Moby Dick, Queequeg, y Hax reflexiona que el proyecto no busca, aunque lo encuentre, lo monstruoso, lo terrorífico o lo extraño, si no, más que nada, lo desconocido. “Quiero entender y aprender este mundo del libro desde este lugar y por eso armé como una nave para embarcar, hacer el viaje, descubrir la cartografía”, dice.

Una editorial

–¿Por qué una editorial, en este contexto?

–¿Por qué no? Mejor y más divertido que hacer una revista cultural, ¿no? Más seriamente hablando, creo que me encontré en un pozo donde se me había terminado la inspiración para lo que siempre hice, que era escribir y leer. De verdad fue una idea instantánea. Apareció y dije: "Bueno, esto lo voy a perseguir". Del mismo modo en que antes podía buscar hacer un libro, leer un poema.

–¿Cómo llegaste a Luckenbooth? ¿Cuál fue la estrategia al comenzar por ahí?

–No tengo estrategia. Justamente, cuando armé esto, que era una especie de abstracción, apareció esa primera novela en simultáneo con la segunda, Dandelions. Las vi. Fue una imagen, como el inicio de un poema. Y tuve que seguir el impulso. A Jenni Fagan le escribí un DM por Twitter hace unos años, sin conocerla, porque me gustaba lo que hacía. Y ahora le pedí la novela, sin saber bien qué iba a pasar. Mariana Enriquez, que generosamente hizo la contratapa, recomendó a la traductora. Y se armó un poco todo alrededor. No pensaba en salvarme económicamente. Menos en este momento del país. Y del mundo. No hay ninguna apuesta segura. Creo que hacer un plan tan incierto como una editorial, en cualquier coyuntura, es ingenuo. Y sin embargo, tenemos un plan certero de lo que vamos a publicar en 2026.

–¿Cuál fue esa imagen que te hizo perseguir la idea?

–La respuesta más inteligente o más contundente es que a mí siempre me fascinó el mundo del libro. Lo transité y conocí desde la escritura, las librerías y la Biblioteca Nacional. Pero no conocía este otro lado. Quería estar en el ecosistema desde lo editorial. No iba a hacer una maestría o algo así, la verdad. Así que me puse a armar el proyecto. Hubo errores que costaron tiempo y plata, pero los aprendizajes fueron y siguen siendo muchos.

–¿Cómo se sostiene en un mundo regido por el mercado algo tan impulsivo?

–No hubo un plan de negocio desde el inicio, que hubiera sido una forma más coherente de armar una editorial, me imagino. Si hubiera decidido segmentar, por ejemplo, en un género. Pero junto a la idea vino esa energía de Cage. Y fui aceptando el azar.

–Aunque sos bilingüe e hiciste traducciones profesionalmente, no lo hacés en Queequeg…

–No, no, no. Eso sería un gran error. Traducir es un arte, obviamente. Aparte, es arte y otra cosa completamente diferente. Yo edito. Micaela Ortelli tradujo los dos primeros libros, pero vamos a tener otros traductores también. Y la editorial es un equipo. También está Verónica Pages, que es mi esposa, pero más que nada otra mirada editorial en el proyecto. Empezar algo y que se vaya armando una comunidad de trabajo, de público que lee, ya es una ganancia y aprendizaje. Esto hubiera sido imposible si no me rescataban colegas y amigos con una palabra, un contacto, sugerencias. Esto es una expresión de un grupo de gente. No sé si se va a dar que se sostenga y crezca como soñamos, pero es muy lindo ya el hecho de soñarlo.

martes, 24 de febrero de 2026

Una entrevista con José María Micó, traductor de la Divina Comedia

"El poeta, filólogo y traductor español José María Micó habla sobre su traducción de la Divina Comedia, de su nuevo poemario, y sobre por qué los clásicos siguen hablándonos." Tal es la bajada de la entrevista, publicada sin firma, el El Universal, de México, el pasado 1 de febrero.

“Siempre es buena noticia que un clásico se convierta en best seller

Poeta, filólogo, traductor y trovador, José María Micó sabe a qué círculo del Infierno lo destinaría Dante en su Divina Comedia, pero piensa que como traductor del florentino, de Torcuato Tasso, de Ludovico Ariosto, de Ausiàs March, de Valerio Magrelli o de Pere Gimferrer tiene cabida en el Paraíso.

La agenda del intelectual catalán se ha mexicanizado. Del 29 al 31 de octubre pasado, visitó Ciudad de México para dictar la conferencia de clausura del XVII Congreso Bienal de la Society for Renaissance and Baroque Hispanic Poetry, en la UNAM, con la representación de la Universitat Pompeu Fabra.

También participó en el Coloquio Internacional Góngora en América, celebrado en la sala Alfonso Reyes del Colegio de México el 4 y 5 de noviembre, en el que hizo un balance de la presencia del poeta del Siglo de Oro en el barroco mexicano y en poetas contemporáneos, de Octavio Paz a David Huerta.

Y aprovechó para presentar el 6 de noviembre, en Casa Universitaria del Libro (Casul), su más reciente libro, Prohibido estacionarse (Luxpluslux, 2025), y ofrecer su concierto a dúo conyugal: Marta y Micó.

Prohibido estacionarse me hace mucha ilusión porque es mi primer libro poético como autor que se imprime y se divulga en México, en Luxpluslux, una joven editorial independiente”, comenta en entrevista Micó, ganador en 1992 del Premio Hiperión de Poesía con La espera, su poemario debut.

Y a su vuelta a España participó en la Cátedra Alfonso Reyes que la Universidad Autónoma de Nuevo León organiza desde hace algunos años en Madrid, que en esta ocasión presentó su colección de traducciones de poesía, que incluyó su versión al castellano del poeta catalán medieval Ausiàs March.

Con Micó (Barcelona, 1961) llegó a librerías mexicanas Jerusalén liberada, poema publicado por Tasso en 1581 sobre las Cruzadas, en la edición, notas y traducción del filólogo en Acantilado (2024), cuya traducción de la Divina Comedia llegó en 2018 a su octava reimpresión y se erigió en best seller.

“He sido un poco prolijo pero ha habido muchas actividades que se han juntado”, admite con picardía.

Plagiaré una pregunta a un italiano cercano a usted, Italo Calvino: ¿Por qué leer a los clásicos?
Esa pregunta tiene muchas posibles respuestas, pero yo diría que porque hablan de nosotros. Hay que leer a los clásicos porque siguen hablando de nosotros y nos ayudan a entender lo que somos. Y porque han dicho de una manera difícilmente mejorable las cosas que nos gustaría decir a los contemporáneos. Y, por tanto, son y siguen siendo un modelo, tanto por su forma como por su mensaje.

En México se impone en escuelas a los clásicos casi como tortura. ¿Cuál es el secreto para acercarse al autor clásico? Usted no entendió la Divina Comedia cuando la leyó por primera vez.
En realidad leí sólo el Infierno a los 19 años, porque me regalaron una edición italiana. Y la Divina Comedia, como diría Borges, tenía previo fervor asegurado como un gran clásico que había que leer. Y yo no sabía italiano entonces y por tanto entendí muy poco más allá de versos sueltos. Pero me dí cuenta que había en ese texto música extraordinaria y me ganó por el oído. La primera aproximación de cualquier clásico para los jóvenes lectores debe ser por el oído más que por otro sentido, por la musicalidad. La música de una página de Juan Rulfo es imbatible, como la de unos tercetos de Dante. Esa idea de un mensaje indescifrable, aunque esté en nuestra lengua ---un soneto de Góngora--- que un joven puede no entender, tiene una música que implica un contenido interesante. A partir del placer de escuchar algo, por decirlo así, melódico o sinfónico, es como la literatura puede entrar en los jóvenes.

Llegó su Jerusalén liberada. ¿Cómo se siente de que sus traducciones sean best sellers?
El primer sorprendido fui yo o estoy siendo yo. Pronto hablaré con Acantilado para revisar la octava edición de la Divina Comedia. Desde 2018 han salido ocho ediciones ha sido un éxito que no nos esperábamos. El primer culpable de ese éxito es, indudablemente, Dante, porque aunque pueda caer en periodos de olvido, o de desidia, o de ignorancia, o de distancia, por no reeditarse, es uno de esos autores que resiste el paso del tiempo. Y una nueva traducción siempre es una buena noticia. Se recibió tan bien porque hacía tiempo que no se traducía. Y después de la mía han salido otras traducciones. Y como digo a veces en broma, bueno, en serio: Dante lo resiste todo, la Comedia tiene esa aura de gran clásico, inamovible, que siempre tenemos que volver a él. Y el trabajo que ha hecho Acantilado es extraordinario, un objeto que no llega a mil páginas, en papel muy bueno, que es apetecible para los coleccionistas. Y luego está la eventual calidad de la traducción, que eso es otro asunto que el tiempo juzgará y que hay que ir renovando, porque nunca son perfectas las traducciones. Pero mi intento fue devolver al lector de hoy el brillo de un texto tan extraordinario como la Comedia. Y siempre es una buena noticia que un clásico se convierta en un best seller dentro, naturalmente, de sus posibilidades”.

¿Que la Divina Comedia sea tan conocida no es obstáculo para su lectura? Pienso que es como El Quijote, que hay gente que cree haberlo leído, aunque en realidad sólo ha escuchado de él.
–Ésa es una pregunta muy inteligente, porque sí sucede así con los grandes clásicos: que todos prácticamente podemos decir algo de Shakespeare, de la Odisea de Homero, de la Comedia de Dante de El Quijote, porque alguna vez nos han hablado de ellos o porque forman parte de la cultura en general y a veces arrastramos prejuicios. De Dante recordamos el Infierno únicamente; de Shakespeare, algunos episodios o frases; de El Quijote, la locura del episodio de los molinos. Y hay que corregir, editando y traduciendo de nuevo de manera completa, esa mezcla de conocimiento y de prejuicio. Porque cuando uno entra en El Quijote y lo lee completo, se da cuenta de hasta qué punto es una obra divertida, hasta qué punto lo recuerda parcialmente, porque el episodio de los molinos es muy insignificante en el conjunto de la obra. Y lo mismo sucede con la Comedia: se encuentran esos versos maravillosos de Paolo y Francesca o del conde Ugolino, o de Brunetto Latini. Y poco a poco se puede entender, a través de su lectura, por que son tan grandes esos autores. Mi consejo a los lectores es que sustituyan ese conocimiento más o menos bajo, general, por uno más concreto, específico y completo”.

¿Y qué pasa con autores casi desconocidos por falta de traducciones o de difusión, como Ausiàs March, sólo conozco la edición de Castalia de 1979. O a Tasso y Ariosto, a quienes usted tradujo? Son autores que al final se destinan a sectores intelectuales específicos, no a público en general.
Sí, esa es también una cuestión importante. Ya que has mencionado a March, acabo de publicar en México, en la UANL, una selección de 43 poemas traducidos en verso, porque, efectivamente, esa edición a la que te refieres de Castalia, de Rafael Ferreres, fue completa, y Ausiàs March, siendo tan importante como es, merece una difusión mayor. Quienes nos dedicamos a estas cosas tenemos que hacer lo posible por divulgar a estos autores con independencia de lo que pueda suceder de la venta de los libros. Sí es importante para mí, y vale también para Góngora, al que me dediqué durante muchos años, que estos autores no deben mantenerse únicamente dentro del coto de los especialistas, de los estudiantes de filología, sino que hay que hacer traducciones para el lector general, ediciones y traducciones con rigor filológico, como el que he intentado aplicar en mis traducciones del Orlando furioso, de la Jerusalén liberada o de la Comedia de Dante, porque sin rigor filológico no se puede seguir, pero pensando que son para lectores de poesía de hoy. Es decir, que un lector de poesía del siglo XXI lea la Comedia como lo que es, un clásico de la poesía universal, y no una lectura obligatoria de estudios de filología o de bachillerato o de lo que sea. Los traductores y editores debemos estar a la altura de esa necesidad de divulgación sacando a Dante, a Cervantes, a Shakespeare, a Ausiàs March, a Ariosto, a quien sea, del coto reducido de los estudiosos o estudiantes de una filología.

¿Cree que Dan Brown hizo divulgación de la Divina Comedia para un público más masivo?
Dan Brown, has dicho. Sí, bueno, es otro tipo de divulgación. Porque no se trata de una traducción, sino de crear una novela nueva a partir de una serie de detalles de la Comedia. Y evidentemente la Comedia de Dante aún es más conocida que antes y eso es un factor desde luego positivo. Pero lo que no debe hacer el lector es quedarse en esas cosas; lo que hay que conseguir es que el lector vaya a los textos, no a los sucedáneos, no a recreaciones, sino que vaya lo más directamente posible a los textos.

¿Qué diría que tienen de contemporáneos autores como Cervantes, que estuvo en guerras y en prisión; a Dante, que escribió en el exilio, o Góngora, Quevedo, Lope, con sus peleas famosas?
A veces tenemos la impresión de que estos autores del pasado, Shakespeare, Cervantes, Góngora, Quevedo, Dante, etcétera, forman parte de un canon y que son superiores a lo que podemos hacer nosotros, porque están ahí en un canon, alejados, y son como unas historias más o menos impuestas. Pero, yo en realidad digo que es lo contrario, todos estos autores fueron problemáticos en su día, escribieron cosas que la gente no aceptaba o no comprendía; estuvieron, por tanto, no necesariamente al margen de la sociedad, pero sí a veces al margen del poder literario establecido, de las teorías literarias, de las normas retóricas e hicieron algo que en principio no era aceptado en su tiempo.

¿Y en cuanto a sus obras?
La Comedia es un libro muy extraño para intentar entenderlo. ¿Por qué Dante lo escribió en italiano, para empezar, o en lengua vulgar? ¿Por qué usó en el Infierno estos términos tan vulgares? Hay ventosidades, hay cosas repugnantes, incluso, junto a, en el Paraíso, momentos de poesía altísima, de poesía mística, de gran altura y de gran pureza. Dante fue el primero que se atrevió a romper las normas estilísticas y juntar lo más bajo y lo más alto en un mismo libro, y usando una lengua que jamás se había usado para eso, porque el italiano, o el florentino, cuando Dante lo usa, se había usado prácticamente solo para poesía post-trovadoresca, para el dolce stil novo o en sonetos de amor, o la sátira, etcétera, pero no se habían juntado nunca en una obra como esa. Algo parecido sucede con El Quijote. Lope lo desprecia, y al final resulta que es un libro que le gusta al público, para sorpresa de todos, y que se hace célebre ya desde su misma publicación. Por tanto, hay que tener en cuenta que fueron obras muy innovadoras en su tiempo y no debemos convertirlas en obras anquilosadas en el pasado, porque nos pueden decir todavía muchas cosas, y en las que, en definitiva, como sucede con Shakespeare, con El Quijote, con la Comedia de Dante, el gran tema que comparten, por lo menos en cuanto a interés con nosotros, es la condición humana, la mortalidad, la temporalidad, el amor, en fin, cosas que siguen siendo presentes o importantes para nosotros”.

Como traductor contemporáneo, ¿cómo trata con el contexto de obras escritas hace 600 años?
–Ése es el gran misterio, el gran ideal que no sé si los traductores conseguimos siempre. Por un lado está la necesidad de familiarizarse con el autor, todo lo posible. En el caso de Dante no hay autógrafos, pero conservamos muchas obras suyas, y por tanto tiene ese perfil de hombre de letras más o menos completo, que a mí me gusta reconocer en otros autores, como Torcuato Tasso o Ludovico Ariosto, a los que me he dedicado. Y, por tanto, se trata de zambullirse en su lengua, aunque hay algo que se pierde inevitablemente, que es el estatuto o el contexto sociólogico del idioma. Dante decidió escribir en lengua vulgar la Comedia -una decisión extraña, que al final le ha servido para durar hasta hoy-, en lugar de hacerlo en latín, que se lo había planteado. Y con eso ya consiguió un público, de manera más o menos inmediata, que era casi imprevisible o imposible en el caso de haber usado otra lengua.

¿Y cómo pasa eso a la traducción al español?
La lengua que Dante utiliza, en su tiempo, es muy distinta de la del español del siglo XXI. Somos millones de hablantes, tenemos una tradición literaria que Dante no tenía detrás, porque se remitía a la tradición grecolatina. De modo que ese contexto sociológico es muy difícil de reconstruir. Pero sí, en cambio, es factible y es lo que intenté con mi traducción reconstruir la enorme variedad lingüística y la increíble capacidad expresiva de Dante, a veces dialectal, mezclando lenguas con muchos neologismos. Y, por tanto, a falta de poder zambullirnos en la identidad y en el contexto social del autor, lo que importa es zambullirse hasta lo más profundo posible en la identidad lingüística del texto y reconstruirla para un lector de hoy, porque lo que no tendría sentido sería usar un castellano medieval; sería fácil, y en alguna traducción de las que se han hecho antes, cuando se ha pretendido conservar la rima, a veces, de cuando en cuando era casi obligado recurrir a algún arcaísmo. Yo creo, en cambio, que hay que usar una lengua mucho más libre, sin que deje de ser poética, porque en mi traducción obviamente respeto el endecasílabo y conservo siempre que se puede la unidad sintáctica de los tercetos, para ser lo más fiel posible a la lengua usada por el autor y al estilo personal del autor.

Y en el mundo actual de islamofobia tan fuerte. ¿Cómo rescata el traductor en estas obras una cultura tan influyente en la literatura y hoy tan vilipendiada, como la musulmana? Luce Lopez-Baralt ha abordado en sus libros, y en una entrevista conmigo, la influencia del Islam en San Juan de la Cruz y en Miguel de Cervantes, por ejemplo. Y Miguel Asín Palacios trató hace más de un siglo el tema en su libro La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919)?
Sí, es evidente que Dante conocía algunos de esos textos también, fundamentalmente La escala de Mahoma, que es el que estudia Miguel Asín Palacios en su libro, que fue muy polémico y casi revolucionario en su día, pero que poco a poco ha ido aceptándose esa relación entre Dante y el Islam, de hecho hay monografías sobre el tema relativamente recientes. Y tampoco hay que sorprenderse mucho, porque era un mundo medieval en el que había comunicación entre las religiones por varias vías, a pesar de la hostilidad y la enemistad y de la guerra abierta que hubo en muchos periodos. Pero, evidentemente, los textos místicos, casi por definición, tienen puntos en común y por tanto es hasta normal que haya elemenots de la mística árabe en la Comedia de Dante, porque además esos textos circularon por la Toscana de los siglos XIII y XIV y es bastante verosímil que Dante pudiera haberlos leído en versión latina o que tuviera conocimiento de la mística en los términos en los que ahí se tratan. Por tanto, había una comunicación que era importante en Italia a través de Federico II de Sicilia y por tanto de Averroes, a quien por cierto cita el propio Dante: 'el gran comento feo (el que hizo el gran comentario)', que se refiere al comentario de Averroes a la filosofía aristotélica. Lo que no se debe es exagerar en términos de influencia ni decir que si no hubiera leído La escala de Mahoma Dante no hubiese escrito la Comedia. Eso es mucho decir. Pero sí había comunicación y puntos en común entre la mística de origen árabe, musulmana, y la mística cristiana, y en el Paraíso se ven algunas de esas conexiones, no sólo en el Infierno sino también en el Paraíso”.

¿Y en el caso de Tasso, que escribió sobre la Primera Cruzada?
Es interesante también, porque allí sucede algo parecido. Tasso escribe mucho después que Dante, en un momento en que ya se han producido cientos de años de confrontación entre el imperio turco y la cristiandad, y en lugares estratégicos de Italia, como Venecia, Salerno, hubo incursiones de los árabes y había una hostilidad centenaria entre cristianos y musulmanes. De hecho, Tasso escribe más o menos en el contexto de la batalla de Lepanto, y sería esperable en su Jerusalén liberada, que nada más y menos trata de la conquista de Jerusalén por parte de las tropas cristianas de Godofredo de Bouillón, de la Primera Cruzada, sería esperable que hubiera una imagen muy opuesta y muy negativa de los musulmanes que son los enemigos y que a veces su enemistad se complica con elementos mágicos. Pero, por otro lado, casi todos los personajes interesantes femeninos de la Jerusalén liberada, casi todos no, todos los personajes femeninos de la Jerusalén liberada son del ámbito musulmán, del ámbito sarraceno. Y hay ahí una especie de elogio también del enemigo, que es una tradición épica importante que está en el Orlando furioso de Ariosto y también en Torcuato Tasso. Es interesante ver que esos dos mundos, enemigos durante siglos, en algunas de estas obras, aunque escritas desde la perspectiva cristiana, se asimilan o se tienen en cuenta ya sea enseñanzas o doctrinas místicas, ya sea por razones caballerescas, y se enzalce el heroísmo de algunos de esos enemigos”.

Presentó en México Prohibido estacionarse. Su poesía ha sido tan prolija como su trabajo como traductor desde 1992 con La espera. ¿Qué distingue este nuevo poemario en una obra de 33 años?
Me hace mucha ilusión que Prohibido estacionarse se publique precisamente en México, porque es un libro muy mexicano, no por el contenido. Reuní mi poesía completa o casi completa hace pocos años, en Primeras voluntades (Acantilado, 2020), pero no era el mejor momento para publicar nada, porque ha salido en plena pandemia, no hubo presentaciones, hubo apenas distribución. Mi poesía es conocida sobre todo por mis poemas breves, especialmente porque a algunos les he puesto música y los he convertido en canciones. Pero hay otra parte de mi poesía que es muy mexicana porque siempre me ha gustado la tradición del poema extenso, que en España prácticamente no existe, pero que en México es fundamental gracias a Góngora, por sus “Soledades”, y sobre todo al “Primero Sueño” de Sor Juana. Y en el siglo XX mexicano hay ejemplos extraordinarios de poemas extensos como “Muerte sin fin”, de José Gorostiza, o “Blanco” y “Piedra de sol”, de Octavio Paz. Y siempre me ha gustado esta idea de un poema extenso, que no sea un solo fragmento, que pueda ser una sucesión hasta devenir un poema unitario. Y tengo tres poemas de ese tipo que se recogen en Prohibido estacionarse, que se subtitula Tres ciclos poéticos. Y gracias a la generosidad de Otto Cásarez, que ha inaugurado una pequeña colección de poesía en la pequeña editorial independiente Luxpluslux, he reunido esos tres poemas: “Momentos”, “Prohibido estacionarse” y “Ser y estar”, con título global Prohibido estacionarse”.

¿Y quién es José María Micó en este momento de su carrera?
Es una pregunta que me cuesta responder. Por un lado, siempre he hecho lo mismo y sigo siendo el lector del Infierno que no entendió muy bien el Infierno y que tuvo que aprender suficiente italiano para traducir la Comedia; por otro lado, me gusta pensar que sigo siendo el mismo que aquel adolescente porque entonces quería escribir canciones y he acabado haciéndolo también; es decir, quería que la música formase parte de mi creación y al final lo he conseguido y desde hoy mismo estoy componiendo una canción nueva. Y con el grupo que monté con mi compañera, Marta y Micó, llevamos ya cinco discos grabados. El José María Micó que aparentemente es muy distinto de aquel adolescente que no había hecho nada todavía, ni escribir ni traducir ni componer, ahora resulta que se parece mucho 40 años después a aquel adolescente, y he acabado haciendo lo que quería hacer cuando era joven. Lo único que ha cambiado es que ahora tengo obra, entonces no la tenía, pero esa obra ha seguido los caminos que a mí me hacían ilusión caminar, seguir, recorrer, cuando era joven.

¿Y en qué círculo del Infierno le gustaría estar a José María Micó?
Dante ya reservaba un espacio para mí, hay dos posibles: los traductores podríamos estar en el círculo de los traidores, en la peor parte del Infierno, porque nos dedicamos a estropear las obras de quienes nos han ayudado a vivir. Pero en realidad estamos en un sitio más agradable, el Limbo, porque los traductores más bien somos como almas perdidas en el Limbo, porque estamos melancólicamente suspendidos entre el deseo de alcanzar la perfección de la obra original y la conciencia de que nunca la alcanzaremos. Dice Dante, en mi traducción: “Por sólo esos defectos, sin más culpa, estamos condenados padeciendo un deseo sin sombra ni esperanza”. Pero también tenemos un lugar en el Paraíso, por lo menos así lo digo en mi dedicatoria de la Comedia a todos los traductores de Dante, porque estamos condenados al Paraíso, que es como una condena, pero tan luminoso como el de Dante.

lunes, 23 de febrero de 2026

"Los poemas de Moore poseen la delicada, matemática extravagancia de los copos de nieve"


El pasado 26 de enero, Juan F. Comparatore se ocupó, en la revista Ñ, del diario Clarín, de una reciente antología dedicada a la poeta estadounidense Marianne Moore, que, con traducción de Oscar Fariña y Guadalupe Alfaro, publicó la editorial argentina Fadel & Fadel.

Marianne Moore, la que desconfiaba de la emoción fácil

Solía llevar un sombrero tricornio, una capa de corte eduardiano, y deambular por las veredas de Brooklyn como si marchara hacia un aquelarre. La obstinación que dictaba su atuendo regía también su escritura: a contrapelo de la época. Durante más de medio siglo, ese anacronismo deliberado que respondía al nombre de Marianne Moore se dedicó a forjar un dialecto de precisión naturalista en piezas que tienen la apariencia de informes de campo. El rigor de la mirada, única garante de una autenticidad que desconfiaba del adorno y de la emoción fácil, la condujo a una poesía que renuncia a la retórica heredada y construye, en la página, artefactos verbales autónomos. Para ver lo que hay delante –esa otredad irreductible– hacía falta un lenguaje nuevo. Y para ello había que educar al ojo en la extrañeza.

Según Hugh Kenner, uno de los mayores exégetas del modernismo, Moore transformó la poesía angloamericana al desplazar el centro de gravedad del poema desde la tradición oral –la voz, el ritmo, la cadencia– hacia la página impresa, la mirada minuciosa y la exactitud perceptiva.

No es una estocada inusual en este crítico; ya en Los comediantes estoicos sostenía que la modernidad literaria nace cuando los escritores dejan de concebir la obra como algo destinado a ser oído y comienzan a pensarla como un objeto visual, estrictamente ligado a las posibilidades y limitaciones de la imprenta. En ese nuevo régimen, la obra ya no se apoya en la memoria ni en la música del acervo oral, sino en la disposición de las palabras sobre la página, por lo que la impresión, en lugar de mero soporte, se vuelve un principio generativo de la forma. Con sus versos medidos, sus sangrías calculadas y su sintaxis elíptica –siguiendo el postulado de Kenner– Moore es a la poesía lo que Flaubert, Joyce y Beckett son a la prosa.

Todo esto viene a cuento de Marianne Moore: una introducción, volumen que reúne un conjunto de poemas de la autora norteamericana, precedidos por “A disgusto”, el escrupuloso ensayo que Hugh Kenner escribió en 1965 y que orienta tanto la selección como el orden de los textos. La conjunción de estas piezas se debe a los traductores Guadalupe Alfaro y Oscar Fariña, cuya labor se distingue por una cuidadosa curaduría, puesto que, además de ofrecer versiones rigurosas, tomaron la decisión audaz de incluir las primeras versiones de los poemas, aquellas que admiraron William Carlos Williams, Wallace Stevens, T.S. Eliot o W.H. Auden.

Es sabido que, con el objetivo de lograr mayor claridad y exactitud en la expresión, y al mismo tiempo evitar todo exceso retórico o emotivo, Moore no sólo se limitaba a modificar la puntuación entre ediciones, sino que también cercenaba versos o incluso estrofas enteras. Un ejemplo paradigmático de este proceder se encuentra en el itinerario de su célebre “Poesía”, cuyo primer verso –“A mí también me disgusta: hay cosas más importantes que esta farsa”– fue todo lo que quedó tras sucesivas podas.

No siempre esta práctica ascética arroja los mejores resultados, y no pocos lectores se lo han reprochado. Además, es precisamente esta faceta de su obra la que, con la venia del Collected Poems, ha gozado de mayor circulación. De ahí que el empeño de los traductores por recuperar las versiones originales adquiera un valor particular en nuestro país, donde, a pesar del esfuerzo de Hugo Padeletti y, sobre todo, de Mirta Rosenberg –responsables de la pionera antología El reparador de agujas del campanario y otros poemas–, la obra de Moore mantiene un alcance reducido.

“La primera vez que traté de leer los poemas de Marianne Moore, en 1935, simplemente no pude encontrarles ni pies ni cabeza. Para empezar, no fui capaz de ‘oír’ los versos”. Quien así habla es W.H. Auden. No pocos lectores se han topado con dificultades semejantes. Casi como si partiera de esa observación, Kenner concluye que Moore escribe para “la vista, no para el oído”. Uno de los puntos sobresalientes de su ensayo es la lectura del sistema tipográfico de la poeta: pequeñas cuadrículas visuales donde el ritmo no se capta auditivamente, sino al contar sílabas y observar la disposición espacial del texto.

Regidos por una arquitectura rigurosa, sus poemas no buscan “decirse” sino hacerse, como mosaicos de percepción donde cada palabra debe justificar su presencia. Kenner muestra cómo la geometría visual del poema “El pez” detiene de manera deliberada la fluidez del enunciado, obligando al lector a ver palabra por palabra, igual que la poeta observa escama por escama.

Descripciones taxonómicas, listas exhaustivas, definiciones entrecortadas, injertos de citas. La poesía de Moore es un montaje verbal que combina rigor naturalista con una inteligencia compositiva. Randall Jarrell decía que los poemas de Moore poseen la “delicada, matemática extravagancia de los copos de nieve”. Lo que Hugh Kenner señala sobre Marianne Moore no es simplemente que miraba bien –eso lo puede hacer cualquiera con buena vista–, sino que miraba raro. Así construyó una obra que parecía vivir al margen del mundo, pero que lo iluminaba desde un ángulo que nadie más había advertido.

viernes, 20 de febrero de 2026

Una polémica sobre los traductores (II)

El pasado 26 de enero, Enrique Murillo, quien ha sido lector y editor, traductor y escritor, entre otras cosas, y ha trabajado en Anagrama, en Plaza & Janés, en Planeta y Alfaguara, además de coordinador de Babelia, el suplemento literario de El País, publicó este artículo de opinión en defensa de la labor de los traductores frente a un polémico artículo del editor Pere Sureda. Lo hizo en elPeriódico, de España.

La importancia del traductor

Escribo enfadado por el tono y la escasa aportación de datos que mi querido colega Pere Sureda empleó en este suplemento cuando habló de lo que él denuncia como excesiva “sacralización” del trabajo del traductor. No cita muchos ejemplos de lo que llama “errores infantiles”, que al parecer se cometen ahora de forma abundante y que consisten en tratar al traductor como alguien “más importante” que quien ha escrito el texto original. Que yo sepa, eso es a lo sumo una excepción muy minoritaria.

Además, si hay un trabajo editorial que está sacralizado excesivamente en España no es precisamente ése, sino el del editor, que suele hablar de sí mismo como un creador (copiando la frase del librero y editor izquierdoso François Maspero), cuando se atreven a decir la simpleza de que “mi obra es mi catálogo”. ¡Por favor! Comparar esa supuesta “obra” con la del autor es megalomanía.

Hablemos de la consideración que por lo general merece la traducción en el sector editorial. Porque lo que sí es necesario denunciar es el trato miserable que, en cuanto a remuneración y consideración, merece el traductor en la mayoría de las empresas dedicadas a la edición.
Remuneración

Los traductores cobran, con tarifas congeladas desde 2010, entre 10 y 15 euros por página de 2.100 caracteres con espacios. Lo cual significa que no se sacan al mes ni un salario mínimo interprofesional (aparte de no cobrar si cogen vacaciones, si están enfermos, si pasan días o semanas sin encontrar quien les dé trabajo, cosas muy habituales). Además, carecen de una consideración fiscal adecuada, lo que les castiga aún más, ya que son tan falsos autónomos como los 'riders' de Glovo.

Es cierto que, ahora, los editores incluso ponen a veces el nombre del traductor en portada o la portadilla, cumpliendo así el espíritu de la Ley de Propiedad Intelectual de 1987. Pero eso no significa darles más importancia que al escritor. Ha habido alguna vez algún traductor-estrella, digamos que habrá cuatro o cinco de un colectivo de unos cuantos miles. Pero son excepciones casi inexistentes.

En cuanto a la complejidad de su trabajo, en cuanto a la necesidad de que sea un trabajo por lo menos eficaz, habría mucho que hablar. Si una novela o crónica humorística (pensemos en algunas de Tom Wolfe) no hace reír por culpa del traductor, el libro está muerto. Por citar solo un ejemplo.

Al lector interesado he de remitirle a mis memorias, donde trato extensamente no solo el asunto de la remuneración, sino también el de las características de ese trabajo y su grado de creatividad en relación a la necesidad de reinventar a veces el propio idioma con formas verbales, léxicas y de construcción sintáctica que jamás se habían empleado. Es decir, son, por lo menos, y los mejores solamente, creadores de lenguaje.

En este país tan desdichado para todo lo referente a la cultura del libro, lo que necesitan los traductores no es menos sino más consideración. Que puedan ser considerados como entes capaces de negociar colectivamente sus condiciones laborales con los editores, cosa que ahora se les prohíbe bajo pena de multa, sería sin duda un avance.

jueves, 19 de febrero de 2026

Una polémica sobre los traductores (I)

El 16 de enero pasado, en elPeriódico, de España, el editor Pere Sureda, ex subdirector general de Ediciones B, ex director general de la editorial Grup 62 y ex director del Grupo Norma, publicó un artículo de opinión, donde, a cuenta de nada, señala una serie de ideas polémicas a propósito de los traductores literarios.

Sacralización del traductor

Este texto no pretender ir en contra nadie, y mucho menos en contra de los y las traductoras, los textos traducidos, las asociaciones de traductores y ese mundo que los rodea. Nada más lejos de mi intención, aviso. Solo quiero esclarecer un punto que me parece importante y que, quizá, estamos perdiendo de vista: el texto original. Ese es el determinante. A quién se traduce. Qué ensayo o novela o reportaje se está vertiendo a nuestras lenguas.

No es lo mismo traducir a William Shakespeare, pensarán ustedes, que la última obra de un autor joven que escribe en inglés. También lo pensaba yo. Creía que traducir a los clásicos de todos los tiempos requería un nivel de conocimiento excepcionalmente superior a la media. Lo sigo pensando. Pero considero que es bueno abrir el debate, si así lo quieren llamar, sobre qué libros, provengan del original que provengan, vertidos a nuestras lenguas son los que nos han emocionado, conmovido, maravillado. Busquen y verán que estos libros son maravillosos por quién los ha escrito en lengua original, no necesariamente por su traductor. Voy a desarrollar esta tesis. ¿O hipótesis? Da igual.

Recuerdo que en mi juventud (nací en 1957), a los 14 años, ya leía con fruición todo lo que pasaba por mis manos. De Enid Blyton a Julio Verne, de Mario Puzo a Emilio Salgari, y jamás se me ocurrió pensar en quién los traducía. Ignoro si en los títulos de crédito de esos libros figuraba o no el nombre del traductor. No conocía el concepto de traductor. Ni lo conocía ni pensaba en ello.

Disfrutaba o me resultaban pesados esos libros que leía en mis años de juventud e inocencia. Pasados los años, y ya trabajando plenamente en el sector editorial, observé que los traductores eran seres humanos cuyo trabajo fundamental era verter los textos de un idioma extranjero a nuestras lenguas. No me extrañó, sencillamente pasó a formar parte de todo lo que estaba aprendiendo y conociendo como profesional. Y desde entonces así fue. Seguía leyendo y seguía maravillándome o descartando los libros que me resultaban aburridos.

Protagonismo
Fue a principios del siglo XXI cuando en nuestro país, y de una forma insistente, la figura de quién traduce fue tomando mayor y merecido protagonismo. ¿Quizá la traducción directa del ruso hecha por Marta Rebón de la novela de Vasili Grossman Vida y destino, y de su éxito de crítica y público, fue lo que desencadenó una profunda reflexión sobre el protagonismo de la traducción? En mi imaginario, sí. La publicación data de 2007 y es de Galaxia Gutenberg. Existía otra traducción anterior del francés, es decir una traducción de una traducción, a cargo de Rosa Maria Bassols, publicada por Seix Barral en 1985, que no he leído.

En la primera edición en tapa dura con sobrecubiertas de la edición de Galaxia Gutenberg no figura el nombre de la traductora en portada. En las siguientes ediciones, ya sí. Como lector y como editor me parece lo correcto. Así debe ser. No hacerlo es retrógrado. No ignoremos, en tanto que editores, el nombre del traductor. Démosles lo que merecen. Pero que eso no nos lleve a errores infantiles como los que hoy se dan.

No contribuyamos a que la figura de la persona que traduce sea más importante que la de quien ha escrito el texto original. Eso sería una necedad y particularmente me parecería un escándalo. Comento esto porque en el entorno -libreros, prensa, escritores, lectores- quizás se empieza a valorar más la traducción que el original, y eso no. De ninguna manera: el responsable último siempre es el autor del texto original.

No olvidemos que cuando éramos jóvenes leíamos a Alejandro Dumas, Emilio Salgari, Graham Greene, Patricia Highsmith, Georges Simenon, Virginia Woolf y un largo etcétera y nos entusiasmaban, sin conocer quién los había traducido. Créanme, un gran escritor soporta a lo largo del tiempo muchas malas traducciones, pero sigue vivo.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Atención traductores: si esto no es una publicidad encubierta, le pegó en el poste

"La traducción automática entra en una nueva etapa con la llegada de ChatGPT Translate, una herramienta impulsada por inteligencia artificial que promete traducciones más naturales y contextuales en más de 50 idiomas." Tal es la bajada de la nota firmada por
Matías Torino, el pasado 20 de enero, en El Heraldo de México.

Adiós Google translate: el nuevo traductor que sirve para 50 idiomas y lo reemplazará

En los últimos años, la inteligencia artificial ha transformado la forma en que las personas se comunican y acceden a la información. En ese escenario, ChatGPT Translate surge como una alternativa innovadora a los traductores tradicionales, ya que no solo se enfoca en traducir palabras, sino también en interpretar el contexto, el tono y la intención del mensaje original, ofreciendo resultados más fluidos y cercanos al lenguaje humano.

A diferencia de los sistemas clásicos de traducción automática, esta nueva propuesta se apoya en modelos de lenguaje avanzados capaces de adaptarse a distintos registros, desde textos informales hasta contenidos técnicos o profesionales. Esto ha generado que muchos usuarios comiencen a verlo como un posible reemplazo de Google Translate, especialmente para quienes buscan traducciones más precisas y naturales.

CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES DE CHATGPT TRANSLATE
-Traducción en más de 50 idiomas con comprensión contextual.
-Capacidad de adaptar el tono y el estilo del texto (formal, informal, técnico).
-Interpretación de frases complejas, modismos y expresiones culturales.
-Posibilidad de traducir textos largos manteniendo coherencia y sentido.
-Interacción conversacional para aclarar significados o ajustar traducciones.

CHATGPT TRANSLATE  vs. GOOGLE TRANSLATE
Mientras que Google Translate se destaca por su rapidez y amplia cobertura de idiomas, ChatGPT Translate sobresale por la calidad del lenguaje y la comprensión del contexto. Google Translate es ideal para traducciones inmediatas y puntuales, pero puede resultar literal en frases complejas. En cambio, ChatGPT Translate ofrece traducciones más naturales y explicativas, lo que lo convierte en una herramienta especialmente útil para textos elaborados, contenidos profesionales o comunicaciones que requieren mayor precisión.