jueves, 25 de febrero de 2021

La "gauchada" que le hizo Ricardo Baeza a Jorge Zalamea, un equívoco nunca reparado

Ricardo Baeza
Las traducciones falsamente atribuidas a un traductor que no las llevó a cabo son una práctica presente a lo largo de la historia de la traducción. El siguiente artículo, publicado sin firma, el 16 de agosto de 2019, en el blog Negritas y Cursivas, tiene como protagonistas al  Ricardo Baeza, intelectual español, nacido en Cuba y refugiado en la Argentina durante los primeros años de la dictadura franquista, y al escritor y traductor colombiano Jorge Zalamea

Un episodio ¿turbio? en la trayectoria del editor y traductor Ricardo Baeza

 Del muy versátil intelectual español Ricardo Baeza (1890-1956) se ha destacado a menudo las muy diversas maneras en que a lo largo del siglo XX se convirtió en uno de los principales introductores de las corrientes culturales europeas más importantes, ya fuera en su vertiente de prolífico y pionero traductor de Wilde, D’Annunzio, Shaw o Pirandello, como empresario, director y crítico teatral o como editor en Minerva, miembro del «comité selectivo» de la colección Clásicos Jackson (donde firmó varias antologías) y director literario de la Biblioteca Emecé de Obras Universales y de Los Grandes Músicos de la editorial Schapire.

Ya mientras cursaba el bachillerato (1909-1910) empezó Baeza a traducir para la revista fundada por Javier Gómez de la Serna Prometeo, de cuya dirección literaria se ocupaba su hijo Ramón Gómez de la Serna, a la sazón compañero de estudios de Baeza. Se han contabilizado treinta y seis traducciones suyas en esta revista entre 1909 y 1911, pero además ya ese mismo 1909 aparecía su primera traducción en forma de libro, en la madrileña Imprenta El Trabajo: la tragedia La ciudad muerta, de Gabrielle D’Annunzio (uno de sus autores dilectos y de los que más traducciones firmaría en años sucesivos). En los catorce años siguientes, hasta 1923, aparecerían unos ochenta libros traducidos por Baeza, quien sin embargo encontraba también tiempo para fundar en 1916 una editorial (Minerva) en asociación con los hermanos Calleja, colaborar con las revistas La Correspondencia de España (1918) y España (1919-1922), montar la compañía teatral Atenea (que debutó en el Teatro Princesa el 29 de septiembre de 1919) o cubrir la corresponsalía del periódico El Sol en Londres.

En el periódico El Sol se publicaron algunos textos de Baeza tan importantes e influyentes en su tiempo como «En torno al problema del teatro» (entre octubre de 1926 y enero de 1927) o más adelante, a finales de 1928, una interesante serie sobre la labor e importancia del traductor: «El espíritu de internacionalidad y las traducciones» (2 de octubre), «Traduttore: traditore» (9 de octubre), «El traductor como artista», (13 de octubre), «Literalidad y literariedad» (26 de octubre) y «La pérfida errata y el traductor sin imaginación» (15 de noviembre de 1928). Por el camino, había vuelto a asumir la dirección artística de una nueva compañía teatral, la de Irene López Heredia y Ernesto Vilches, que se estrenó el 7 de abril de 1928 en el Poliorama de Barcelona con una obra traducida por el propio Baeza, Un marido ideal, de Oscar Wilde, y todo ello sin dejar de mandar colaboraciones a la bonaerense El Hogar y a las españolas La Gaceta Literaria, Índice o Revista de Occidente ni, por supuesto, dejar de ver como aparecían editadas nuevas traducciones suyas.


De 1929 es su compilación de artículos Clasicismo y romanticismo (CIAP), de 1930 su libro sobre la experienciBajo el signo de Clío (Ulisa en Irlanda La isla de los santos (CIAP), y del año siguiente es del año siguiente Bajo el signo de Clío (Ulises), pero también por esas fechas cruzan e Atlántico algunas cartas que pueden contribuir a explicar la asombrosa cantidad de traducciones que Ricardo Baeza llevaba firmadas cuando apenas había cumplido los cuarenta años.

Jorge Zalamea
Quienes han estudiado la labor de Ricardo Baeza a menudo han pasado de puntillas ─o incluso vuelan─ sobre una declaración un poco escandalosa de Álvaro Mutis (1923-2013) que se publicó en 1978 en un libro de homenaje al escritor, traductor y diplomático también colombiano Jorge Zalamea (1905-1969): «corren por ahí las magistrales traducciones hechas por Zalamea de El negro del «Narcissus» y La línea de la sombra, de Joseph Conrad» (en Juan Gustavo Cobo, ed., Literatura, política y arte, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura-Editorial Andes, 1978).

Montaner y Simón publicó en 1931 una edición de La línea de la sombra. Una confesión, que en la portada atribuye la «Traducción y nota Premilinar» a Ricardo Baeza (esa misma traducción circuló muchísimo en España en los años ochenta en la colección El Libro Amigo de Bruguera). En cuanto a El negro del «Narcissus», lo publicó también Montaner y Simón al año siguiente, según se indica, en «Traducción del inglés de Ricardo Baeza», y en los años ochenta fue Seix Barral quien lo movió profusamente en la Península.

La confirmación de lo expuesto por Mutis se encuentra en el epistolario de Jorge Zalamea recuperado por Andrés López Bermúdez, que permite además conocer hasta qué punto se agravaron las dificultades económicas de los diplomáticos colombianos como consecuencia del crack de 1929. Así, en agosto de 1930 escribe Zalamea a su amigo también escritor José Restrepo Jaramillo (1896-1945): «Gracias a Ricardo Baeza y al sacrificio casi total de mi propia obra, gano con qué comer», a lo que añade un poco más adelante: «Ricardo [Baeza] me ha dado muchas traducciones, pero todas terriblemente difíciles y mal pagadas […] Las [traducciones] de D’Annunzio y alguna de Conrad y otras cosillas que he hecho, las firmará Baeza, artificio que empleamos para lograr mejor precio».

Podemos deducir de ello –pero no es la única posibilidad– que Ricardo Baeza, sirviéndose de su prestigio, se prestaba a que las traducciones que hacía su buen amigo colombiano se publicaran bajo su propio nombre para que de este modo se las pagaran un poco mejor (aunque de todos modos a Zalamea le siguiera pareciendo un trabajo muy poco rentable). En cualquier caso, a diferencia de lo señalado por Mutis, Zalamea se refiere ya no sólo a dos novelas de Joseph Conrad, sino a traducciones (en plural) de D’Annunzio y, además, a «otras cosillas» que ha hecho y que sin más datos es imposible identificar con precisión. Sin embargo, eso permite poner en duda que otras traducciones publicadas en esos años con la firma de Baeza las escribiera realmente el autor de tan interesantes ensayos en El Sol sobre la labor del traductor, pero el mencionado epistolario deja aún algunas otras perlas:

“Más de cuatro mil cuartillas del tamaño de estas llevo escritas en cinco meses. He aprendido el italiano para traducir esas horribles novelas de D’Annunzio que no tienen para mí otro halago que las 750 pesetas que me pagan por tomo (hago cada novela en 25 días) y traduzco a [Dmitri] Merejkovsky del francés. Algunas de este saldrán con mi nombre en estos días. […] Es materialmente imposible pretender que yo escriba una línea de El triunfo de la Muerte [obras ambas de D’Annunzio]. La doble visita después de traducir treinta páginas de El placer o El triunfo de la Muerte [obras ambas de D’Annunzio].

Como sabiamente recomendaba Jack El Destripador, vayamos por partes:

La doble visita era la novela que estaba escribiendo Zalamea cuando en 1929 llegó al puerto de Barcelona, y de la que, pese a haber aparecido ya algunos fragmentos en el periódico de Bogotá El Tiempo, nunca llegó a publicarse una versión completa.

Sobre los mencionados libros de D’Annunzio, tanto de El placer como de El triunfo de la Muerte existían traducciones al español desde 1900, publicadas por la barcelonesa Maucci y llevadas a cabo por Emilio Reverter Delmos y T. Orts Ramos, respectivamente, y no he sabido hallar ninguna edición en la que figure como traductor de estos libros ni Zalamea ni Baeza.

En cuanto a la obra de Dmitri Merezhkovski (1886-1941), Espasa-Calpe venía publicándolo en rápida sucesión, ya desde unos pocos años antes. En 1930 aparecieron en esta editorial las traducciones de Tutankhamen en Creta: El nacimiento de los dioses (con traducción y prólogo firmados por Ricardo Baeza), El misterio de Alejandro I (traducida por Jorge Zalamea y prologada por Ricardo Baeza) y El fin de Alejandro (fimada por J. Zalamea). Añádase como curiosidad, que Luis Antonio Esteve recuperó en su tesis una reseña de la primera de estas obras, publicada en El Pregón el 22 de enero de 1931 firmada por Manuel Culebra, que no es otro que quien llegaría a hacerse famoso como Manuel Andújar.

Años más tarde, cuando, exiliados ambos, volvieron a coincidir en Buenos Aires, Baeza facilitó a su amigo colombiano el contacto con los círculos de Sur y con las principales editoriales argentinas, pero para entonces Zalamea ya se había creado un muy sólido prestigio como traductor, gracias sobre todo a la publicación en la editorial mexicana Costa-Amic de su versión de Elogios y otros poemas de Saint-John Perse (Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger, 1887-1975) en 1946. De todos modos, lo seguro es que seguimos aún hoy leyendo traducciones falsamente atribuidas a Baeza y que, caso de haberlas, no sería Zalamea quien cobrara regalías por las sucesivas reediciones de estas traducciones, sino Baeza o sus herederos. Por no hablar de los derechos morales.


Fuentes:

-Ricardo Creus «Ricardo Baeza y la difusión de la cultura europea en España (1909.1936)», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayismo Hispánico, núm. 2 (2018), pp. 47-62.

-Francisco Díez de Revenga, «Rafael Alberti y Gerardo Diego, traductores de un mismo volumen de dramaturgos áureos», Monteagudo, núm. 19 (2014), pp. 17-192.

-Jorge Fondebrider, «Un traductor español que vivió en Argentina», Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, 17 de noviembre de 2009.

-Iker González-Allende, «Semblanza de Ricardo Baeza Durán (1890- 1956)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

-Olga Glondys, «Ricardo Baeza», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2016, vol. I, pp. 260-265.

-Germán Loedel Rois, Los traductores del exilio español en Argentina, tesis doctoral, Universitat Pompeu Fabra, 2012.

-Andrés López Bermúdez, Jorge Zalamea. Enlace de dos mundos. Quehacer literario y cosmopolitismo (1905-1969), Bogotá, Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad de Rosario (Colección Textos de Ciencias Humanas), 2014.

Consuelo Triviño Anzola, «Federico García Lorca y Jorge Zalamea, un viajero colombiano en España», Actas del Encuentro Internacional Lorca: Viajero por América, Centro Virtual Cervantes.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Nuevamente, por qué el DRAE es una basura

Durante 25 semanas de 2019 (ver bajo la rúbrica "Por qué no hay que usar el Diccionario de la Real Academia Española", en la columna de la derecha), este blog se dedicó a explicar en detalle las serias deficiencas del DRAE. Lo hizo sirviéndose de todo tipo de ejemplos (46, para ser exactos). Pero, en esa oportunidad, no se trató la definición de "retraducción". 

El DRAE define así: "Traducir de nuevo, o volver a traducir al idioma primitivo, una obra sirviéndose de una traducción". 

De tal definición resulta difícil entender si se habla de traducir nuevamente algo ya traducido, o si se trata de traducir algo ya traducido a la lengua de partida, como si ésta fuera una nueva lengua de llegada, o si, lisa y llanamente, se habla de "traducir" algo sirviéndose de una traducción previa. Si la definición fuera a ser cada una de esas cosas, debería al menos tener distintas acepciones. Pero no, los académicos, acaso apurados por ir a zamparse la correspondiente butifarra, decidieron poner todo en una única frase y abur.

El Merrian Webster, en cambio, define: "Traducir (una traducción) a otro idioma" y ofrece como segunda acepción "Darle forma nueva a una traducción".

Por su parte, el Collins dice: "Traducir algo que ya había sido traducido", y el Oxford, todavía más suscinto, "Volver a traducir".

En francés, se puede recurrir a las varias acepciones que presenta el diccionario del Centre National des Ressources Textuelles et Lexicales y descubrir allí que "retraducir" es a) traducir de nuevo, b) traducir a otro idioma lo que ya es traducción, c) reformular de otro modo una traducción dada.

Para el diccionario Larousse, "retraducir" es "Traducir de nuevo o partiendo de una traducción dada".

Los ejemplos podrían sucederse en otras varias lenguas, pero creemos que lo hasta acá expresado alcanza para explicar, una vez más, porque el DRAE es una basura, fruto de la mente retorcida de unos pobres mentecatos. Dicho con todo respeto, claro.











martes, 23 de febrero de 2021

Norah Lange traducida al inglés

"Una serie de viñetas luminosas describen la infancia de la redescubierta escritora modernista argentina. Los fragmentos independientes e interconectados comienzan con la partida de su familia a Mendoza, en 1910, y terminan con su rgereso a Buenos Aires y la muerte de su padre en 1915.

“Las notas de Lange cuentan historias íntimas y a medio entender del aparentemente pacífico mundo de la niñez, un reino habitado por una narradora excéntrica que busca pistas sobre la feminidad y su propia identidad. Observa: su hermana mayor pubescente, bañándose desnuda a la luz de la luna; la muerte de un caballo; y ella misma, una niña cambiante y prematura. Cómo lloraba, cuando la levantaban sobre una mesa y se vestía de niño, y cómo se reía, trepaba al techo de la cocina con ropa de hombre y tiraba ladrillos para anunciar su actuación. 

“Lange convierte su entorno doméstico en un laboratorio donde la extrañeza y el erotismo se combinan en delicados y atrevidos destellos de brillantez literaria.”

Tal es la presentación de la traducción al inglés de Cuadernos de infancia, de la escritora Norah Lange (1905-1972), volumen que acaba de ser traducido como Notes from Childhood, por la traductora Charlotte Whittle (responsable también de la traducción de Personas en un cuarto / People in the room), para la editorial británica And Other Stories.

 


lunes, 22 de febrero de 2021

Borges opina sobre las incapacidades fonéticas de los miembros de la Real Academia Española


En 2016, la Academia Argentina de Letras preparó una antología, titulada Borges esencial, que publicó la Real Academia Española, conmemorando los treinta años del fallecimiento del autor de El Aleph. Sin duda, se trató de un esfuerzo encomiable, que de ninguna manera remedia lo que Borges pensaba sobre la RAE.

Así, quien quiera enterarse, puede recurrir al prólogo de Elogio de la sombra, uno de los libros de poemas del autor, donde, luego de escribir "psalmos", aclara en una nota: "Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas, neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos habla de la obra de Kiplingo". Estas líneas, incluidas en un prólogo que se repetirá una y otra vez con cada nueva edición de Elogio de la sombra, son inapelables.

No es la única mención. En diversas entrevistas se refirió a la RAE y a sus miembros. Por ejemplo, en una de 1974, donde se lee: "Quienes elaboran el diccionario de la Real Academia Española son un grupo de desacreditados empeñados en que cada nueva edición sea más grande que la edición anterior". Luego, en 1985, dijo: "En la última edición de su abultado diccionario, la Real Academia Española hospeda demagógicamente las voces gongo, vikingo, salmo, sicoanálisis, sicología, sicológico, sicólogo, siquiatra y síquico". Más tarde, el mismo año, añadió: "El diccionario de la Real Academia Española es un espectáculo necrológico deliberado". 

Todos estos datos son muy difíciles de refutar, incluso al cabo de los años, cuando la demagogia y estupidez manifiesta de los miembros de la Real Academia Española se ha intensificado, a pesar de que los mismos periodistas españoles han demostrado que la academia en cuestión no es más que un negocio y un instrumento de dominación (ver especialmente la entrada del 7 de febrero de 2020, en este mismo blog).

Más allá de las buenas intenciones, triste destino el de Borges: ser homenajeado por la institución que denostó y por la que no sintió ningún respeto.

Jorge Fondebrider

viernes, 19 de febrero de 2021

Fernando Sorrentino y un ejercicio de memoria



El pasado 17 de enero, el escritor Fernando Sorrentino publicó la siguiente columna en el diario La Prensa, de Buenos Aires. En ella da cuenta de un léxico todavía vigente en muchos aficionados al fútbol que los locutores de radio y televisión no han logrado enterrar.

Cuando el offside quedó fuera de juego

Mientras fui niño, adolescente y joven, pasé gran parte de mi vida –como corresponde a todo varón sano y argentino– jugando al fútbol en los “potreros” (insuperable escuela “natural” de habilidades y destrezas deportivas, desconocida, según creo, por las gentes civilizadas del primer mundo). Y, si bien es verdad que mi nivel de juego nunca alcanzó las cúspides de calidad del peor de todos los futbolistas profesionales que en el planeta han sido, no lo es menos que mi desempeño siempre fue digno y que jamás sufrí el estigma vergonzante de ser llamado tronco, nabo, queso, crudo, croto y otros similares términos injuriosos.

En la década de 1950, que coincide con aquella remota etapa de mi existencia, los cuadros de fútbol de la Argentina solían, en los periódicos y en las revistas deportivas, adoptar una forma parecida al zigurat, que pretendía diseñar en el papel la teórica ubicación de los jugadores en el campo de juego.

Es muy fácil presentar un ejemplo cualquiera de cualquier cuadro. Pero, ya que soy el autor de esta nota y, por lo tanto, puedo elegir, no ejemplificaré con ninguno de los equipos por los que no siento ninguna simpatía, que son todos, sino con el Racing Club de Avellaneda, el único por el que sí siento amor, devoción y veneración. Entonces, digamos que, en 1949, Racing formaba así:

1) Antonio Rodríguez
2) Higinio García y 3) Nicolás Palma
4) Juan Carlos Fonda, 5) Alberto Inocencio Rastelli y 6) Ernesto Gutiérrez
7) Juan Carlos Salvini, 8) Norberto Méndez, 9) Rubén Bravo, 10) Llamil Simes y 11) Ezra Sued.

La mera costumbre hacía imaginar que, horizontalmente, había en la cancha cuatro líneas: 1, el arquero (a veces, muy afectadamente, llamado goalkeeper); 2 y 3, los backs o fullbacks; 4, 5 y 6, los halves; 7, 8, 9, 10 y 11, los forwards.

En rigor, las cosas en el campo de juego eran bastante diferentes. Para señalar sólo una discrepancia muy evidente: la última línea defensiva no estaba constituida por dos jugadores sino por tres:

4) Juan Carlos Fonda, 2) Higinio García y 3) Nicolás Palma

De manera que Fonda lidiaba, sobre todo, con el 11 rival; García, con el 9; Palma, con el 7.

Ahora bien, aquellas denominaciones en inglés se convertían, en labios de las buenas gentes del pueblo (entre las que me incluyo), en formas fonéticas inimaginables. Los chicos de entonces decíamos palabras tales como “fulbá” [fullback]; “jas” [half] y su plural “jases”; “güin” [wing, winger] y su plural “güines”; “insíder” o “insái” [insider]; “jans” [hand]; “angol” [outgoal]; “córner” [corner]; “réfere” [referee]; “laiman” [linesman], etcétera, etcétera.

Con el tiempo, y de modo gradual, parece ser que los periodistas deportivos dieron en olvidar aquellos extraños vocablos en “inglés”, y entonces se empezó a hablar de zagueros, medios, volantes, punteros, entrealas, centrodelanteros, tiros de esquina, saques laterales, saques de meta, posiciones adelantadas, árbitros, jueces de línea, etcétera.

En años anteriores a esta insurrección castiza, ocurría que, en el momento de iniciar el juego, el futbolista (estamos hablando de partidos de aficionados, id est, “partidos de potrero”) que debía poner en movimiento la pelota preguntaba “¿Aurieli?”, conjuro que era respondido por el capitán rival con este enigmático monosílabo: “¡Diez!”. Sólo una vez cumplida esta ceremonia, podía comenzar el partido. Y, a modo de escribano, doy fe de su realidad, pues he sido testigo y partícipe en muchas de tales solemnidades.

Aficionado como soy a ciertas modestas prácticas filológicas, no resisto la tentación de retraducir al inglés ambos vocablos: Pregunta: All ready? Respuesta: Yes!

Reliquia de aquellos años es la curiosa metáfora empleada por Homero Manzi en su tango Che, bandoneón (1950): “y el trago de licor que obliga a recordar / si el alma está en orsái, che, bandoneón” (se me ocurre, al pasar, que esa conjunción si tendría que ser que).

Mi último escolio será para puntualizar que “orsái” significa offside, es decir “posición adelantada”, “fuera de juego”. Concluyo con la exhortación a emprender la poética tarea de imaginar un alma en posición adelantada.

jueves, 18 de febrero de 2021

Sobre la traducción de la literatura de los aztecas


El 27 de agosto de 2020, el escritor mexicano
Hugo G. Freire publicó una columna en el diario Milenio, de su país, donde se refiere a la labor del sacerdote Ángel María Garibay (1892-1967), gran traductor de literatura azteca. Se reproduce a continuación.


La literatura azteca y el arte de la traducción

El libro del sacerdote mexiquense Ángel María Garibay La Literatura de los Aztecas publicado en 1964, nos lleva a preguntarnos si la traducción es una ciencia o un arte. ¡Enorme dilema! Ya que hay algunos que afirman que es una ciencia y los que se sienten orgullosos que se le considere un arte.

Quienes dicen que es una ciencia lo atribuyen a que se ha concebido una teoría y una práctica, mismas que sirven como guías, normas o consejos que dan juicios a los traductores para que ya no cometan los mismos errores. La manera de ver como ciencia a la traducción se ha generalizado principalmente en centros educativos.

Los teóricos que ven la traducción como un arte nos dicen que los traductores son artistas porque siempre están sujetos a un trabajo creativo y no sólo práctico y le atribuyen a que la interpretación, a la lengua en la que se traduce, tiene tantos sinónimos o variantes que sólo la unión de la creatividad y del conocimiento de la cultura, de las circunstancias o el entorno donde se desenvuelve el texto, dará una excelente traducción. Además agregan que el traductor debe considerarse un coautor o, mejor dicho, como si fuera él mismo el escritor original.

Estos dos puntos de vista suenan interesantes, nosotros recordaremos que una disciplina cualquiera que esta sea para que se llame ciencia, en lo más estricto del término, debe estar sujeta a lo que conocemos como método científico: observación, análisis, construcción y deconstrucción y desde luego la comprobación de los hechos. De acuerdo a la investigación realizada, nos sumamos más hacia el arte que a la ciencia.

Hablemos ahora del sabio María Garibay y lo que él nos dice de sus traducciones de la lengua náhuatl: “El que es cuerdo sabe que no se puede dar en ninguna versión todo el contenido del original. Por eso se ensayan varias, para captar la belleza o la exactitud científica, según los fines del estudio.”

El libro La Literatura de los Aztecas es una versión corta de todo el trabajo que realizó el cura Garibay del mundo literario de los nahuas, aquí hallamos poemas: épicos sacros, épicos históricos, líricos, religiosos, dramáticos. Así como proverbios, discursos didácticos y una muestra de una saga histórica: La caída de Tula.

Si él en esta recopilación acomoda en sus secciones el nombre de un género literario, debemos tomarlo, sin más, como lo indica, ya que trató de semejar la literatura de estos pueblos con algo que conocía de forma admirable, los textos griegos. Los mismos que fueron traducidos por él y nos llegaron por la popular e histórica colección “Sepan Cuantos…” de editorial Porrúa.

Se inicia con la creación del Quinto Sol por los dioses en Teotihuacan y la negativa de éste para recorrer todo el cielo si no le dan sangre humana y que además los dioses se sacrifiqué como lo hizo él, los dioses aceptan y todos se sacrifican.

En el primer relato y en toda la obra, el concierto de nombres de los dioses es magistral, sabemos quiénes son y lo que representan: Tonacatecuhtli, dios de la vida, Nappatechtli, dios de los cuatro rumbos del mundo, Tlahuizcalpantecuhtli, dios de la aurora, Xochiquetzal, flor rica de plumas. Al principio estas palabras, como la de los humanos: Micohuatzin, Xayacamachan. Los lugares: Tepantoco, Temazcatitlan. La naturaleza: Chalchihuitl, Acxocuauhtli, se vuelven difíciles, pero conforme lees, te familiarizas.

Con el libro nos damos cuenta de la vasta tradición que la literatura y sobre todo la poesía tenían en la lengua náhuatl, sus profundos conocimientos de las emociones y de las actitudes humanas lo vemos reflejado con excelente maestría llevándonos a pensar que se cultivaron desde tiempos ancestrales.

Gocemos de algunos ejemplos: “Si en verdad eres estrella, no te alumbres con tea” “Sin darse cuenta el corazón se agria” “No dos veces se vive” “Yo soy cantor me yergo en la altura. Brilla el ave dorada donde las juncias se tienden. Hermoseo mi canto y lo adorno con flores

miércoles, 17 de febrero de 2021

Luis Chitarroni reflexiona sobre la traducción

El pasado 14 de febrero, el diario Perfil, de Buenos Aires, publicó el siguiente texto de Luis Chitarroni (foto), que repasa el mundo de la traducción y una serie de hechos de toda laya vinculados a ésta. En la bajada de la nota se lee: “El universo de la traducción en Argentina tiene nombres célebres (¿qué universo no los tiene?) y, tal vez por eso, intentos de pasar desapercibido, rehuyéndole a la notoriedad para evitar la ignominia o la cárcel, depende del grado de difamación. También misterios (otra vez: ¿qué universo no los tiene?), y un buen número de historias desopilantes.

Las traducciones apócrifas

"Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone la traducción”. En el pórtico de su inmenso Después de Babel, George Steiner, que no lo hablaba ni lo escribía, se atrevió a ubicar en castellano esta modesta proposición de “Las versiones homéricas”, ensayo de Borges incluido en Discusión (1957).

La Agentina es una república traducida, tanto si se tiene en cuenta esa constitución que, maliciosamente afirmaban, se tradujo de la de algún estado norteamericano, como el Dogma socialista, del que Groussac sostuvo que “si se le quitara todo lo que pertenece a Leroux, Manzini y Lamennais, solo quedarían las alusiones personales y los solecismos”. Y como si aún causara gracia ese epitafio de la revista Martín Fierro: “En esa casa pardusca, vive el traductor de Dante… Corre, antes de que te traduzca”. Averiguar quién lo hizo (¿Ricardo Molinari?) parece más importante que si el traductor sabía o no la lengua del Dante. El hecho de que un presidente argentino haya asumido el papel de traductor contiene una ambivalencia… ¡qué maravilla y qué facilidad! ¡Qué prosapia de ilustres tiene la patria y qué fácil y ligero es traducir que hasta un estadista lo hace! 

La tarea de los traductores en ocasiones contadas exige la comparecencia de hombre de acción. Richard Burton, el explorador, antropólogo precoz y espía, tradujo, entre otras cosas, La mil y una noches, y Lawrence de Arabia, arqueólogo y también espía (cuando se trata de ingleses, el espionaje no siempre debe incluirse por añadidura), La Odisea. En cuanto a sus elecciones, dependen a menudo del arbitrio y cierto grado de voluptuosidad o masoquismo de esos mismos hombres. Burton, de acuerdo con su reputación de antropólogo y sexólogo temprano, no solo tradujo Las mil y una noches sino también el Kama Sutra y El jardín del Edén, libros de un arcaico, aunque inspirado, erotismo postural. Aunque ambos trabajaron sobre –o contra– muchas versiones precedentes, las raras virtudes que comparten resultan innegables.

Como podemos apreciar, la acumulación de conclusiones falsas parece conducirnos rectamente a la verdad.

Borges subraya que la traducción de Burton de Las mil y una noches es una venganza de Galland y de Lane, los esforzados y remilgados predecesores. Pero acaso también la coartada sea apócrifa. Ayuda a ocultar a un precursor velado: John Payne, otro inglés que publicó su traducción apenas un año antes que Burton. 

Payne es el lado oscuro de la historia. De una nerviosa honestidad inexpugnable, se encargó de felicitar al capitán por sus excesos empíricos, aunque un tanto exhibicionistas, en las notas al pie, de esos relatos que él –el sigiloso John Payne– se limitó a traducir sin otro auxilio que el conocimiento del árabe.

En la Argentina, dos escritores, que son –o fueron– traductores de actividad perpetua y dan muestras de diferencias dominantes y de casi invisibles parecidos son Marcelo Cohen (Purdy, Ballard, Larkin, Roussel) y César Aira (Austen, Tate, Cheever, Spiegelmann, ¡Carrie Fisher!). Se ocuparon de paso de una larga lista de “encargos” que merecen una bibliografía aparte. Si bien el primero da muestras de simpatía con el material de trabajo, el último en rara ocasión lo hizo: Hebdómeros de Giorgio de Chirico y El señor de la luz, de Maurice Rénard, cuya traducción nos regaló en 2011, son excepciones. Rara vez prologan. 

Elogio sombrío de lecturas comparadas.

Lo apócrifo tiene un hálito más reservado. El papá de Borges tradujo las Rubayattas de Omar Khayam, que aún multiplican las ediciones piratas. De la traducción de Fitzgerald al inglés, tan insosteniblemente elogiada. ¿Tradujo Borges de veras todos esos títulos que llevan su firma? A menudo, él mismo ha contado que no. Quienes se ocupaban, no siempre, del trabajo “duro” de traducir, eran Leonor Acevedo, su mamá, salvaje unitaria, o María Kodama, su mujer, discípula disciplinada. A lo sumo, él practicaría una corrección de altura, diagonal, y el añadido de la firma, tal vez para otorgarle al salario un valor adicional. ¿Las “marcas” de estilo borgeano en el Orlando de Virginia Woolf son toques personales o rasgos de familia? 

El gran rasgo adicional es que a menudo, si se tratara de un escritor menos o igualmente famoso, la firma garantice la calidad del texto vertido. Julio Cortázar tradujo a Marguerite Yourcenar, a Walter de la Mare y a André Gide y, en compañía de su mujer, Aurora Bernárdez, a Edgar Allan Poe (aunque a ella no se la nombre). Es una tarea que cayó en el olvido, aunque muchas ediciones “salvajes” las hayan saqueado. Eran tiempos en que la tarea no estaba tan mal paga como hoy. Con la plata que ganaron, Aurora y Julio se compraron, según cuenta ella, el primer departamento en París.

La traducción de Poe es también el tema atenagórico/panóptico de Zettel’s Traum, la novela enorme de Arno Schmidt, en la que muchos de los dilemas de la traducción se discuten, entre ellos el de que sean los libros de lenguaje más convencional los que más rápido se traducen. Y el raro carácter distintivo en la transmisión de autoridades de la lengua que los traductores tienen. Arno, sin nombres falsos, tradujo a sus “dilectos”, como Fenimore Cooper (el odio de Mark Twain) y Bulwer-Lytton. Y hasta al hermano menor de uno de sus dilectos, el diario completo de Stanislaus, hermano de James Joyce, libro que alguna vez tuvo como título uno extraído del Antiguo Testamento, El guardián de mi hermano

También se corre el riesgo de aceptar el encargo por una sola vez. Tal cosa ocurrió con Cabrera Infante, que no firmó con su seudónimo cinematográfico, G. Cain, su traducción amañada de Dubliners. Una nueva se anuncia, de Edgardo Scott, en Godot. Onetti, empantanado en sus traducciones anónimas hasta el punto de hacer casi solo la revista Marcha, tradujo con su nombre The Very Earth (La verdadera tierra), de Sherwood Anderson, y acaso no satisfecho, o absorbido por sus tareas de novelista, no volvió al oficio, aunque muchos sostuvieran que su estilo verdadero era una traducción de Faulkner a un rioplatense educado por ríos y deltas distintos. ¿El Borges de Las palmeras salvajes?

Poetas de renombre y traductores sin lengua. 

Mario Lancelotti , traductor de la mejor poesía alemana, entre otros, de los Himnos tardíos de Hölderlin, me contó una vez que, con unos amigos, habían “armado” un círculo de traductores, de acuerdo con el cual el que estaba más “necesitado” económicamente era aquel de quien ponían el nombre y quien cobraba la tarea. Es curioso que una de las primeras traducciones de Walter Benjamin, de Editorial Alfa, de Montevideo, haya aparecido también en su reedición de Edhasa, Barcelona, titulada Angelus Novus, traducida por H.A. Murena, de quien, a pesar de sus colaboraciones con Vogelmann, no se sabía que supiera alemán.

La idea de que no es posible traducir sin saber los idiomas de los que se traduce fue puesta en tela de juicio varias veces en el siglo XX por Pound, por Auden, por Lowell. Vladimir Nabokov, que tenía un desprecio innegable por esas proezas penosas, había inventado para estos dos últimos un apellido compartido: Lowden. 

A veces, el prestigio del traductor oblitera. En una literatura poblada por traducciones tempranas, como la inglesa, los mandatos solían cumplir un raro designio. El encargo que Lawrence de Arabia hace a Robert Graves de que tradujera El asno de oro, de Apuleyo, por ejemplo. Era uno de los libros que habían acompañado, ocultos en alforja o aldaba, la rebelión del desierto.

Apuleyo se tradujo del latín, pero el inglés que resulta, de acuerdo con la descripción del propio Graves, es un inglés de purple patches, ornamental y kitsch, cuyos estallidos desconciertan o encandilan la prudente luz de la buena prosa.

Tal cosa no ocurre, según se cuenta, en la literatura checa. Franz Kafka tenía una instrucción clásica no muy sólida a causa de cierto descuido de los profesores de alemán en Praga. Y acaso esa resistida inasistencia favoreciera el método de invención kafkiano, auxiliado por la inconstancia perfeccionista (en gran medida, la mayoría de sus narraciones quedaron inconclusas hasta la fecha de su muerte), y el invento limitado por una especie de concisión jurídica. La muerte es infalible con los puntos finales.

Mapas dibujados por espías.

Durante años, Góngora le reprochó a Quevedo su traducción de Anacreón. Era intercambio consecuente, porque Quevedo llamaba al idioma del cordobés “la culta latiniparla”. En una partida de cartas que no abolirá el ajedrez, Pierre Ménard traduce esa condena conceptista La boussole des precieux.

Una buhardilla oscura y escarpada en la calle de las librerías de viejo del viejo Londres, Charing Cross, le bastó a Arthur Machen, de prestigio aun no consolidado ni evasivo, para traducir al inglés las memorias de Casanova. El prestigio que Machen ha adquirido como narrador es el nombre de una clave o consigna entre connoisseurs. Pero tardío, posterior. 

Las malas condiciones de un buen estilo están todas presentes en la traducción de Machen de Casanova, no su conocimiento de la lengua de la que vierte. Creo que Proust decía que los mejores poemas están escritos en una lengua extranjera. Es cierto, por lo menos en dos sentidos: procura una versión opaca y homogénea, generosamente insustituible, y propone los requisitos que Fray Luis de León supo exigir. Machen había aprendido su francés de un oblicuo y raramente profético Ménard, sostiene en Things Near and Far (Cosas de cerca y de lejos).

En muchas ediciones posteriores a la original de Casanova, en seis tomos, el nombre del hombre que hizo el trabajo por un salario miserable ha sido borrado. Machen dice que no hay manera de entender la época de Casanova, que era la de la Enciclopedia, volteriana y deísta, por lo menos en lo intelectual, si no se leen las memorias de Casanova, libro o libros que, cuando quiso adaptar al cine, aburrieron a Fellini hasta el hastío.

Sin embargo, el manuscrito que dos hermanos “editores” londinenses le alcanzaron a Arthur Machen en esa buhardilla de Charing Cross había tenido ya una larga trayectoria. El propio caballero de Seingalt, Jacques o Giacomo Casanova, en una época plagada de monstruos de su tipo (Cagliostro, St. Germain), lo había soltado muy a su pesar. El manuscrito, que conservó Brockhaus en Alemania, tuvo el lujo, como el Cervantes con el de Avellaneda, de competir con un contemporáneo apócrifo.

Otro pícaro de características semejantes competía en el modo de “pintar la época” de manera inolvidable. Con vehemencias, pleitesías y mentiras parecidas a las de Giacomo. Después, algunos de los episodios, como la huida del presidio inquisitorio de Los Plomos, fueron distribuidos, por algunos, a Stendhal, enigmático y magistral “plagiario”, de modernidad inalcanzable. Bien podría haber sido también uno de los escribas “negros” de Alexandre Dumas pére

Tantas plumas al acecho. 

Madame d’Urfé, Madame de Chatelet, Madame du Deffand… Sin intento de parodia, ¿qué siglo no es un siglo de manos? Los mejores momentos de las memorias, aparte de la suave torpeza generacional con la que Giacomo Casanova supone extraer el mal gusto, estremecen en los bordes, no en la plenitud de la página, como ocurre con Pepys, que tiene una pasión amatoria y un poliglotismo apócrifo parecidos. Son esos momentos en que confunde la verdad con su experiencia y da por cierto aquello que huye en rebaño y abandona el vacío pleno de lo empírico imperial, sustituido hoy por una verdad de apuro, que los historiadores y sociólogos han repuesto, piezas de un jigsaw puzzle.

Formas y firmas.

Todo se decía, todo se escribía, se decía más de una vez en ese siglo redundante, tan redundante como este, con sus redes sociales. Solo hay que agregarle ciertos perifollos, embelecos, arabescos y cascabeleos de la época. Modelos y modales. Que no se crea que eso es estilo. 

En algún lugar, Pevsner establece que el estilo proviene de una imprevisión repentina y que el resto es el curso de un ostinato, el rigor del continuo sobre las líneas férreas del tiempo disfrazado, no ya de experimento sino de flecha. Transcribir esa improvisación le sienta a la traducción de Machen. Parece tener que ver con su rutina de buhardilla, con sus visiones de una ciudad de Londres que acepta la extinción fulgurante de la Londres cavernosa del siglo XIX y emprende a paso lento el continuo de una falsa invasión al pasado.

La templanza y la opacidad amigadas con cierto aire de engaño, o por lo menos de ambigüedad, convienen a las traducciones canónicas. Eso suele ocurrir, y favorecer la difusión, sin otro mérito de grandeza para el traductor. Y suelen adoptarse y perder el nombre del traductor. En cierta ocasión, Bianco, editor de la revista Sur, casi secretario de Victoria Ocampo, después de comprobar que una gran cantidad de traducciones anónimas que se publicaban en la revista pertenecían a Borges y a Bioy, comenzó a mirarlos con recelo y a tratar muchas de las señoras trilingües de la alta sociedad con la misma tolerancia, dando por sentado que “ellos” las habían hecho. Peor le fue a Javier Marías, que supuso la intervención de Bioy y Borges en la fragua secreta del estilo de Thomas Browne solo porque en las ediciones de Religio Medici que él consultó faltaban unos fragmentos de la vieja edición de Faber and Gwyer, la de la biblioteca de Bioy. 

De legiones y de nombres. 

Recuerdo haber conocido a José Bianco poco después de que ganara un juicio por la publicación de unas historias de Henry James que tradujo como nadie, en gran medida porque acaso el escritor y el traductor tuvieran con la ambigüedad una relación estrecha parecida, y contuvieran el aliento ante sombras disfrazadas. Estaba, raro en su carácter, exultante.

En una época, contábamos las traducciones de Aníbal Leal y creíamos en la versión de una comitiva de imprudentes galeotes trabajando a sus órdenes, o algo parecido a esa sentencia de Scott Fitzgerald sobre Waldo Frank: “Creí que era el nombre adoptado por una cohorte para asistir a todos los coloquios y congresos de literatura del mundo”.

A veces, las editoriales (ahora sobre todo los autores/traductores) hacen acopio de traducciones anteriores, ya vueltas casi anónimas, o inventan un nombre que se ocupa de las que nadie quiere comprobar siquiera si son correctas, o lo arman con los elementos más a mano, John Smith, como hacían los productores de Hollywood, por un film que no admitiera el nombre de un director con reputación y prestigio, alguien que anduviera por ahí. 

A veces se imponen otros motivos. Cuando la traducción de Lolita apareció la primera vez en Sur, Enrique Pezzoni, a causa de una prohibición municipal de la circulación del libro, era profesor en más de una escuela, y tuvo que optar por el apellido Tejedor. 

Otro de los editores/traductores con mejor olfato, Paco Porrúa, acaudalaba hasta una última corrección, postergada siempre, títulos, por ejemplo, de Bradbury, que bien sabía volver a bautizar en castellano, y que cuando se publicaban llevaban el nombre de traductor de Francisco Abelenda. A veces delegaba esa tarea en Marcial Souto.

Traductor “resistente” era José Luis Echeverry, a quien debemos los tomos de Freud que hicieron tantos recorridos por las mesas de los bares de Corrientes en los años de la dictadura. Se había impuesto que esa era la traducción “correcta”, no la de López Ballesteros, que había congratulado en su tiempo el propio Sigmund. La traducción directa del alemán de Echeverry venía avalada por la Standard Edition en inglés, que habían trabajado Alix y John Strachey, la cuñada y el hermano de Lytton.

Después, la de López Ballesteros recuperó la consideración de los lectores, y el revisionismo volvió a instruir desde los tomos pardos de Aguilar, elegantes y encuadernados. Las “épocas” y las modas duran menos que las vidas, pero alcanzan a relevarse con mayor velocidad. 

Nombre falso. Durante años, Guillermo Piro y yo estuvimos perplejos por la traducción de Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. En la edición de Sur decía: “Traducción: R.A.” Fantaseamos que se trataba de Ramón Alcalde, que tan buenas traducciones había hecho para la literatura argentina en las ediciones de Carlos Lohlé, como La locura de un genleman y Las memorias de un enfermo nervioso, de Schreber. Pero las que traducía, o las que había condescendido a firmar, llevaban su nombre.

Hace poco emergió una nueva traducción de Los siete pilares, con el aval territorial de un nombre muy admirado, Alfonso Reyes. Eso da R.A. al revés, reduccionismo con ínfulas cabalísticas. 

¿Habrá tenido tiempo el polígrafo mexicano, a quien buenos poetas traductores (Juan Almela/Gerardo Deniz) encuentran culpable en algunas de sus múltiples “traiciones” de tantos descuidos y desdenes por la verdad, y hasta de “préstamos” transcritos sin mención del damnificado, de traducir la obra de Lawrence entera y sin deterioro. ¿Será de veras él el exhumado? Piro dio una vez con la solución verdadera del enigma cuando encontró la edición en francés de la traducción de Sur muy anotada y subrayada por la propia Victoria, admiradora confesa maltratada por Christopher Isherwood en The Condor and the Cows. La traducción había sido tan mala que el acrónimo se impuso. Como ocurre con toda revelación, esta se escapó rápidamente de su dueño.

Cuando tradujo La Odisea al inglés, Thomas Edward Lawrence solo se atrevió a hacerlo como T.E. Shaw. Todo nombre falso es el inicio de una genealogía de apócrifos . Hay quienes sostuvieron entonces que el padre verdadero del heroico espía en disfraz agareno era George Bernard Shaw, algunos de cuyos recursos irónicos el heroico espía en disfraz de agareno habría remedado. No el de ser longevo.