miércoles, 17 de septiembre de 2014

Traducción, autoría, autoridad (parte I)

Lo que tiene hoy a su disposición el lector de este blog es la primera parte de un sesudo artículo de Andrés Ehrenhaus a propósito de una de las materias más intricadamente sensibles que hacen a la labor del traductor. Por su naturaleza eminentemente administrativa y por la importancia que reviste a la hora de defenderse de los abusos de los editores y editoriales, se recomienda especialmente su detallada lectura. Aquí, sin ir más lejos, se encontrará también la justificación de por qué los traductores debemos apoyar este proyecto de ley.

Traducción, autoría, autoridad.
Hacia una fundamentación dialéctica
del Proyecto de Ley de Traducción Autoral


1. Palabra de ley

Hablemos claro. En Argentina, la traducción como actividad profesional está recogida –por ahora– en dos leyes. No más.

Una de ellas, sancionada hace ya más de 80 años, para ser más precisos el 26 de septiembre de 1933, es el Régimen Legal de la Propiedad Intelectual, familiarmente conocido como “la 11.723”. Se trata, sin duda, de una ley decana en la materia y, en muchos aspectos, avanzada para la época. Su artículo 4º dice textualmente: “Son titulares del derecho de propiedad intelectual: a) El autor de la obra; b) […]; c) Los que con permiso del autor la traducen, refunden, adaptan, modifican o transportan sobre la nueva obra intelectual resultante; d) […]”. O, lo que es lo mismo, al traductor, en tanto autor de una nueva obra derivada de la obra original, lo asisten los mismos derechos que al autor de esta última. Más claro, el agua. La ley aludida, en consonancia con los criterios universales en materia de propiedad intelectual, se ocuparía antes de definir con detalle lo que debemos entender por obra escrita: Artículo 1°. – A los efectos de la presente Ley, las obras científicas, literarias y artísticas comprenden los escritos de toda naturaleza y extensión”, para luego continuar delimitando los campos de las restantes disciplinas creativas. De este modo, la Ley 11.723 recogía una recomendación del Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas (1886, con sucesivas revisiones y enmiendas hasta la definitiva de 1979), concretamente la de su artículo 3º, inciso 3): “Estarán protegidas como obras originales, sin perjuicio de los derechos del autor de la obra original, las traducciones, adaptaciones, arreglos musicales y demás transformaciones de una obra literaria o artística”. Ergo, una traducción no sólo es una obra derivada de otra sino que ha de considerarse, a su vez y a efectos legales, también como una obra original.

Bastante tiempo después, la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, reunida en Nairobi en noviembre de 1976, emite la Recomendación sobre la Protección Jurídica de los Traductores y de las Traducciones y sobre los Medios Prácticos de Mejorar la Situación de los Traductores. Allí, entre otras muchas cosas, se recomendaba en II. SITUACION JURIDICA GENERAL DE LOS TRADUCTORES, inciso 3., que: “Los Estados Miembros deberían extender a los traductores, por lo que respecta a sus traducciones, la protección que conceden a los autores de conformidad con las disposiciones de las convenciones internacionales sobre derecho de autor en las que son partes o de su legislación nacional, o de unas y otras disposiciones, y esto sin perjuicio de los derechos de los autores de las obras preexistentes”. Desde entonces, son numerosísimas, por no decir todas, las leyes de propiedad intelectual y protección de derechos de autor que reconocen la condición autoral de pleno derecho del traductor. Incluso las ríspidas y nada patronizantes leyes de copyright, i.e. el Copyright Act estadounidense, reconocen que algunas obras derivadas como las traducciones pueden quedar bajo la misma protección que las obras originales… siempre que puedan dar muestras de suficiente originalidad. En cualquier caso, la Society of Authors del mismo país, que acoge en su seno a los traductores, entiende que una traducción (literaria, aclara) posee la suficiente “naturaleza original” como para gozar de la protección del copyright.

Pero no toda la legislación en materia de traducción se inscribe en el ámbito de la propiedad intelectual y las obras así llamadas de creación. Un sector importante y muy específico –y justamente, además, muy próximo a la letra de las leyes– de la profesión, cual es el de los traductores públicos o jurados, cuenta con un marco legal propio, tanto a nivel nacional como internacional. En Argentina la figura está recogida con sumo detalle, desde abril de 1973, por la Ley 20.305 (una de las últimas promulgadas por el gobierno del entonces presidente Lanusse), que distingue claramente al traductor a secas del traductor público, delimita sus funciones, deberes y atribuciones y señala, entre sus obligaciones sinecuanónicas, las de recibir formación académica específica y pertenecer a un Colegio que pueda fiscalizar su labor. Puesto que se trata de una actividad fedataria, es lógico y lícito que requiera de una formación habilitante y una licencia que la autorice, y la Ley 20.305 se ocupa de consignar las funciones y límites de estos profesionales: “Art. 5 – Es función del traductor público traducir documentos del idioma extranjero al nacional, y viceversa, en los casos que las leyes así lo establezcan o a petición de parte interesada”. Asimismo detalla largamente las competencias y características indispensables que deben reunir las entidades fiscalizadoras de la actividad; así, por ejemplo, y a pesar de ser “persona jurídica de derecho público no estatal” (Art. 9), es decir, de carácter privado, los Colegios deben no obstante dar cumplida información al Estado acerca de sus miembros inscritos.

Y ahí se acaban las leyes, tanto en Argentina como en la mayoría de países del universo mundo, dedicadas a ofrecer un marco legal al ejercicio profesional de la traducción de cualquier tipo. Nada hay, en el estricto terreno legal, que defina otras prácticas; ni una palabra acerca de la traducción técnica, comercial o médica, por ejemplo. La Ley 26.522, conocida como Ley de Medios (2009), establece normas para que ciertos contenidos de la comunicación audiovisual se emitan en el idioma oficial o en las lenguas originarias y el lenguaje de signos y fija cupos detallados en cada caso, pero no regula ni comenta en absoluto las condiciones laborales, profesionales o económicas en que se debe llevar a cabo esta actividad ni se detiene a definir la figura, las funciones o requisitos del traductor audiovisual; tampoco lo obliga (ni invita) a colegiarse o formarse de un modo determinado. Otro tanto ocurre con la Ley de Doblaje, sancionada con el número 26.316 en 1988 y reglamentada y puesta en vigencia por el decreto 933 de julio de 2013, que hace un despliegue normativo ad hoc en el que brilla en todo momento por su ausencia el papel, tanto ideal como real del traductor. En definitiva, y a instancias de la ley, o se es un traductor jurado de documentos (sujeto, por tanto, a los requisitos formulados por los órganos directivos del Colegio de su respectiva jurisdicción) o se es un traductor a secas, es decir, un autor de obra derivada de una obra original. Insisto, a instancias de la ley. Porque veremos que, en la realidad, no todo el oreganato es monte.

2. Ser o no ser (autor)

Para ordenarnos, entonces, y tal como plantea con meridiana claridad –entre muchas otras– la LPI española, cuya actual versión es bastante reciente, por cierto (data de 1996), es el propio y mero hecho generador de la obra el que convierte legalmente al autor en autor –verbigracia, al traductor en autor. Subrayo una vez más esta condición legal porque, más allá de cuestiones éticas, filológicas o metafísicas, que podrían someterse a toda clase de valoraciones y juicios más o menos subjetivos, la letra de la ley no admite ambigüedades al respecto. Se acepte o no la jerarquía autoral del traductor, se la respete o no, se la ignore o desoiga, se la discuta o cuestione, el caso es que las leyes de los seres humanos de todo el planeta Tierra insisten en que es así y así debe (o debería) ser. Para esa instancia significante que es la Ley lo que importa, independientemente de cuál sea la realidad de la traducción en el mundo, es que entre lo real (la cosa–traducción) y lo simbólico (la condición autoral), no haya fisuras. Pero tampoco rizomas: la autoría legal no puede ni debe ir más allá ni más acá de la obra nueva derivada, ni siquiera aunque apelemos al argumento benjaminiano de que cada obra contiene necesariamente su traducción. Así, toda obra de creación está sujeta a derechos, que las leyes distinguen entre morales y patrimoniales, pero también a obligaciones y responsabilidades; el autor (y aquí nos estaríamos refiriendo, por supuesto, al autor real de Bajtín, al autor empírico de Eco, a ese que se hace garante final de las voces y lecturas implícitas en la obra) es propietario de su obra pero también debe rendir cuentas por ella, sobre todo si, ejerciendo su derecho como autor, decide hacerla pública y ponerla a disposición de la sociedad, que es, como se verá, un acto mucho más complejo y significativo de lo que a primera vista parece.

Pero volvamos al monte y al orégano. Sería cínico negar que, en la realidad, hay traductores que no generan nuevas obras derivadas y, sin embargo, tampoco son ni necesitan ser, para ello, traductores públicos o jurados. De hecho, no sólo sería cínico sino intolerable, puesto que se trata de un sector amplísimo de la profesión y, además, el que más cobertura académica –junto con el de la traducción pública– tiene. Tal es así, que en Argentina, de manera similar a lo que ocurre en el resto del planeta, hay mucha más oferta formativa para esta faceta “no–autoral–no–jurada” de la profesión que para la faceta “autoral”, por así llamarlas. Y esto es así porque hay mercado para ello, verbigracia, porque ese monte da para el oreganato. Con circunstanciales altibajos, con cumbres y quebradas, la traducción así denominada “técnica” ha proporcionado y proporciona salida laboral y alimentación a muchos profesionales. A la vez, la vertiginosa evolución tecnológica y los constantes cambios e innovaciones en materia informática parecen incidir de un modo paradójico en el sector, puesto que el propio profesional parece estar dando de comer a las máquinas, programas y motores de traducción que, al mismo tiempo que le “facilitan” la labor, son sus más duros competidores. Si sumamos las exigencias de capacitación tecnológica a la especialización temática que caracteriza al sector (el traductor de manuales mecánicos necesita conocer y someter a constantes actualizaciones tanto la retórica al uso como la terminología específica de la materia; el de textos médicos, otro tanto; etc.), no resulta sorprendente que la formación sea un pilar fundamental de este tipo de actividad traductora, toda vez que la competencia laboral es tan elevada como la velocidad a la que evolucionan las herramientas lexicográficas y los métodos de trabajo.

Este vasto, valioso e insoslayable sector no ve recogida su realidad en un marco legal propio sino que, ajeno a la lógica de la traducción entendida como obra y a la traducción pública reglada por estrictas normas colegiales, se desempeña al amparo de leyes comerciales y laborales no específicas: el traductor “técnico” acaba siendo más un empleado en relación de dependencia o un dador autónomo de servicios a terceros que un generador de obra nueva cuya protección y regulación ha de sustentarse necesariamente en fundamentos de derecho relativos a la propiedad intelectual. A decir verdad, la lógica laboral del sector mencionado se aproxima bastante más a la de los traductores jurados que a la del traductor–autor; de ahí, probablemente, la tendencia casi podría decirse “natural” a adoptar la colegiación como intento o manera de ordenar y controlar la buena práctica profesional, puesto que dejarla librada puramente a las dinámicas de mercado podría redundar en detrimento de la calidad y en favor de advenedizos y “revientaprecios”; al menos, ese es el temor que se trasunta. Al que se añade un tercer factor “de riesgo”: ¿a quiénes les darían clases los profesores de traducción si cualquier osado pudiera ofrecer “servicios especializados” al peor postor sin pasar por ninguna instancia formadora ni someterse a las normas éticas de ninguna instancia reguladora? Y una apostilla: ¿de qué le sirve pelear por los derechos patrimoniales de la traducción –no digamos ya los morales– a quien ni produce una obra ni la cede para que sea reproducida y vendida, y no devenga, por tanto, derechos de autor o regalías que eventualmente podría llegar a cobrar?

No, la verdad es que no tiene ningún sentido que un traductor que no cede temporalmente el derecho a publicar su traducción sino que la enajena enteramente una única y definitiva vez pierda tiempo y energías en reclamar la propiedad intelectual de algo que, tal vez no legalmente pero sí realmente, ni es ni jamás será obra. Se entiende, por tanto, que para estos profesionales la autoridad de su quehacer cotidiano no emane del mismo lugar del que emana la autoridad del traductor–autor. Incluso en el caso de que ambos tradujesen el mismo texto (y, a más inri, de la misma manera), el derrotero de su labor, la dinámica laboral y comercial, los sistemas de remuneración, las repercusiones y consecuencias serían totalmente distintos. También las exigencias y los criterios de selección. ¿Cómo así? Hagamos un poco de traducción–ficción. Imaginemos a uno de los paradigmas de la traducción “a secas” argentina (juicios estéticos de valor al margen) como fue J. L. Borges en la tesitura de solicitar trabajo de traductor en alguna editorial. No el joven Borges que apenas despuntaba sino el Borges maduro, con una sólida obra (y varias traducciones) detrás.

Seguramente, salvo que se tratase de obras de lenguas absolutamente ignoradas por él, nadie dudaría en ofrecerle alguna perla negra editorial –siempre y cuando las condiciones, se entiende, sus condiciones no fueran inaceptablemente onerosas. A nadie, ni al más inexperto y despistado de los redactores ni al más recalcitrantemente celoso de los editores se le ocurriría ni por asomo preguntarle al solicitante (por descolocado que pareciera) por su formación, sus estudios, su colegiación o sus garantías oficiales. Y bien que harían, ¿no es cierto? Pero imaginemos ahora al mismo Borges ofertándose a un laboratorio químico como traductor de prospectos farmacéuticos: difícilmente saldría con un encargo en mano. ¿Por qué, si su capacitación académica es la misma en ambos casos? Fácil: porque la que no es la misma en ambos casos es su autoridad. Borges no podría acreditar un conocimiento de la lexicografía farmacéutica al uso ni podría recurrir a ninguna instancia profesional que lo respaldase; en cambio, sí podría acreditar, por su mera condición de autor de traducciones, una capacitación mucho más objetivable que la que podría garantizar, en su caso –en todas las acepciones– paradigmático, una formación universitaria ad hoc o la pertenencia a un Colegio Profesional. Y esto también forma parte de la realidad de la traducción.

De acuerdo, quizás el ejemplo borgiano sea un tanto supraparadigmático. Es casi como apelar con poca elegancia a la mística para blindar un argumento y hacerlo irrefutable. Pero Borges no es en modo alguno el único personaje que encaja a la perfección en nuestro ejercicio ficcional. Quien dice Borges puede decir perfectamente José Salas Subirat, Luis Esteban Fassio o Matilde Horne, por citar a algunos de nuestros “traductores puros” más visibles. En cualquiera de estos casos, y de innúmeros otros, la autoridad que los respalda no descansa en la condición de autores de obra original (pues no lo son, no lo fueron) sino en su mera y probada condición de autores de traducciones.

martes, 16 de septiembre de 2014

Tomemos acciones concretas sobre las entradas españolizadas de Wikipedia

En la entrada de ayer se hacía un llamamiento a corregir las entradas de Wikipedia redactadas por españoles. 

A quien esto parezca excesivo, se le recomienda investigar las siguientes palabras de uso cotidiano en la Argentina, Uruguay y otros países de Latinoamérica: "diagramación", "manteca", "medias","torta", "banana", "pollera", "medialuna", "bife", "birome", "arquero", "basquet". La lista, por supuesto, podría ser mucho más larga, así como también la manera de nombrar en otras partes del continente americano a lo que aluden estos sustantivos. La pregunta es simple: ¿qué autoridad se arrogan los idiotas de la RAE y sus adláteres para condicionar los contenidos de Wikipedia al mero punto de vista español?

Como señalábamos ayer en este blog, sería interesante que se hiciera correr la voz por toda Latinoamérica para que espontáneamente los usuarios del continente tomemos cartas en el asunto y comencemos a corregir las entradas españolizadas poniendo en pie de igualdad la información. Y, claro, no se trata sólo del vocabulario. Como decíamos ayer, libros publicados en nuestros países que no figuran en la información, títulos de películas y de series, y todo lo que los usuarios consideremos necesario mejorar.

Y para que las cosas sean todavía más equilibradas, ¿qué tal si se empezara a juntar firmas en toda Latinoamérica para advertir a los administradores de Wikipedia sobre la tramposa actitud de la tan cacareada "marca España" y su adulteración de la realidad de la lengua? 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Un llamado a corregir y editar los contenidos torpemente españolizados de la Wikipedia

El 11 de septiembre pasado, en el portal Cibersur se publicó la siguiente noticia: “La sede de la Biblioteca Nacional de España en Madrid acogerá el próximo 27 de septiembre la I Editatón de Wikipedia que se organiza en España, un acto en el que "wikipedistas" expertos y noveles editarán artículos sobre la lengua y la literatura en español publicados en esta web”. Traducido, esto quiere decir que nuevamente las tres instituciones van a intentar copar esta herramienta de consulta, ensuciándola con los contenidos de la RAE y con informaciones meramente peninsulares, como muy fácilmente se puede comprobar en muchas entradas. Desde este blog, entonces, se llama modestamente a los wikipedistas latinoamericanos a que corrijan muchos de esos contenidos claramente hispánicos. Por caso, en las entradas referidas a escritores, suelen señalarse nada más las traducciones españolas, aun cuando muchas veces éstas fueron realizadas primero por latinoamericanos. Para no hablar de las definiciones de las palabras o de las malas traducciones de artículos escritos originariamente en inglés.

La Biblioteca Nacional, el Instituto Cervantes y la RAE
participarán en la I Editatón de Wikipedia

Los directores de la Biblioteca Nacional de España, Ana Santos Aramburo; del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha; y la Real Academia Española, José Manuel Blecua, darán la bienvenida a los participantes de esta convocatoria que busca "crear y actualizar" contenidos sobre el español y en castellano, en la "mayor enciclopedia de Internet", según informa una nota la BNE.

En este "maratón de la edición", que estará patrocinado por Telefónica, las tres instituciones colaborarán proporcionando documentación bibliográfica in situ y virtual a los participantes.

Los contenidos a editar, que elegirán libremente los participantes, irán desde artículos sobre "el español en el mundo" o "el turismo idiomático", a la creación o ampliación de documentos sobre los escritores que han obtenido el Premio Cervantes. Además, se actualizarán los artículos propios de cada una de las tres instituciones.

Antes de dar comienzo a la I Editatón se realizará una breve introducción sobre cómo incorporar y modificar contenidos en Wikipedia y otros proyectos Wikimedia.

Los participantes, que podrán ser hasta 140, tendrán que llevar un ordenador portátil y contarán con la ayuda de "wikipedistas veteranos", que servirán de apoyo a los asistentes al acto.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Un tal Piro dice que un tal Cortázar se entusiasmó con un tal Michaux

El siguiente texto de Guillermo Piro fue publicado, con el sentido de la oportunidad que caracteriza a su autor, en su columna dominical del diario Perfil, el 7 de septiembre pasado. Habrá quien se sienta ofendido, pero los argumentos aquí presentados son irrefutables y también se refieren a uno de los posibles usos de la traducción.

Cortázar y Michaux

Siempre me llamó la atención el plagio flagrante que Cortázar hizo del escritor belga Henri Michaux. Naturalmente no hablo del plagio descarado de un Bryce Echenique o de un Jorge Bucay, porque los escritores de verdad plagian de otro modo. Algunos hablarán de influencia y de homenaje, pero hablar de plagio es menos hipócrita, sobre todo hablando de Cortázar, el escritor menos hipócrita que conozco –estaba por decir el único que no lo es.

Las semejanzas existentes entre Historias de cronopios y de famas y “Retrato de los meidosems” son, de hecho, abrumadoras –y hasta un poco vergonzantes. Y lo mismo ocurre con Un tal Lucas y Un tal Pluma (Un certain Plume) cuyos parecidos se extienden hasta en el título de los diferentes relatos. Le comentaba esto hace unos días a Carles Alvarez Garriga, un filólogo español que junto con Aurora Bernárdez se está ocupando desde hace años de la edición de los papeles inéditos del escritor argentino. Yo pensaba que estaba metiendo el dedo en la llaga, pero para mi sorpresa Carles me habló de un pasaje de los Diarios de Alejandra Pizarnik donde la poeta tilda a Cortázar de “gran plagiador” (como Eliot) y de “gran calculador”, y parece extender el plagio a Michaux y el cálculo a un libro donde yo ese plagio y ese cálculo no llegué a verlos, La vuelta al día en ochenta mundos (creo que por “cálculo” Pizarnik entiende la rara habilidad de Cortázar por apelar a la copia de obras que aún no habían sido traducidas al español; de hecho, Un tal Pluma sigue sin haber sido traducido). Historias de cronopios y de famas es de 1962, y La vida en los pliegues, libro de Michaux que incluye el “Retrato de los meidosems”, fue traducido espléndidamente por Víctor Golstein y publicado por Ediciones Librerías Fausto en 1976. Un tal Lucas, en cambio, es de 1979, y los incautos no tienen razones para no creer que asignarle una serie de aventuras alocadas y surrealistas a un personaje es una buena idea para construir un libro.

Rebuscando un poco más en la web encontré que los escritores Joaquín Pérez Tejada, Manuel Durán, Oscar González Hernández  (académico de la Universidad de Medellín), Jerzy Kühn y Guillermo Mayr también notaron antes que yo esa poderosa influencia, aunque Durán, mucho más benévolo, equilibra las semejanzas entre Cortázar y Michaux con las diferencias (y tiene razón).

Encontré también que Cortázar, en una entrevista concedida a Sara Castro-Klaren, en 1980, dice de Un tal Pluma que esos “pequeños cuentecitos tienen que haber ejercido una influencia en mis cronopios que iban a nacer muchos años después. Son esas cosas de las que uno se da cuenta más tarde; no sé si algún crítico lo ha visto, pero yo creo que, sin esos textos de Michaux, a mí tal vez no se me hubiera ocurrido escribir a los cronopios”.

Sí, Julio, lo vimos.


jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Felicitaciones para Alejandro González por el premio Read Russia!

El Premio fue establecido en 2011 por el Instituto de la Traducción, organismo independiente, sin ánimo de lucro, que tiene como fin promover la teoría y práctica de la traducción literaria, bajo los auspicios de la Agencia Federal de Prensa y Medios de Comunicación y la colaboración del Centro del Presidente Boris Yeltsin.

Los objetivos del Premio son:

-Promocionar las obras de la literatura rusa;

-Incrementar el interés por las mejores obras de la literatura rusa clásica y moderna;

-Promocionar a los traductores de la literatura rusa extranjeros y de las editoriales que publican dichas traducciones;

-Fortalecer y desarrollar las relaciones culturales entre Rusia y el resto de países.

El Premio se otorga en las siguientes modalidades:

-La literatura rusa clásica del siglo XIX;
-La literatura rusa del siglo XX (obras escritas antes de 1990);
-Literatura rusa moderna (obras escritas después de 1990);
- Poesía.

Los ganadores del Premio en cada modalidad serán el traductor (o traductores) y la editorial que publicó el libro. Los ganadores recibirán un diploma, una medalla y un premio en metálico de 5 000 euros para el traductor (o traductores) y 3 000 euros para la editorial, que cubrirán los gastos de traducción de otra obra de la literatura rusa, acordada con el Instituto.

La convocatoria del Premio «Lee Rusia / Read Rusia» está abierta durante dos años. Las nominaciones para el Premio pueden ser realizadas por las editoriales o  instituciones educativas, culturales y de investigación, asociaciones profesionales,  así como por personas físicas, incluidos los propios traductores.

En 2014, el Premio se otorgó a traducciones a las siguientes lenguas: el árabe, el chino, el español, el francés, el inglés, el italiano, el japonés y el polaco.

Se aceptaron traducciones, publicadas por editoriales extranjeras durante los años 2012 y 2013. Los ganadores fueron proclamados en septiembre de 2014 en la II Ceremonia oficial de entrega del Premio en Moscú.

Los finalistas de este año para la categoría Literatura clásica rusa del siglo XIX fueron:

1. Vera Bischitzky por su traducción de Oblomov, de la novela de Ivan Goncharov (Alemania);

2. Alejandro  Gonzáles por su traducción de la nouvelle El doble, de Fiódor Dostoevsky (Argentina)

3. Jorge Ferrer Diaz por su traducción de la obra Mi pasado y pensamientos,  de Alexander Herzen (España).



El primer premio de esta categoría correspondió a Alejandro González (5 mil euros) y a la editorial Eterna Cadencia (3 mil euros, con la obligación de ser invertidos en otra traducción del ruso) por El doble. Dos versiones: 1846 y 1866, de Fiódor Dostoievski.








La ceremonia de entrega puede verse en





miércoles, 10 de septiembre de 2014

Se vienen las becas Looren, se vienen


¿Traducir en un ambiente idílico y propicio para el trabajo concentrado? ¿Intercambiar experiencias entre colegas en un contexto internacional? ¿Consultar nuestra biblioteca especializada? Una estadía en la Casa de traductores Looren, en Suiza, favorece la traducción literaria en múltiples aspectos.

La asociación Casa de traductores Looren, con el apoyo de Avina Stiftung, convoca a las Becas Looren para traductores latinoamericanos

Entre 2014 y 2017, la Casa de traductores Looren lleva a cabo un programa especial dedicado al intercambio entre traductores europeos y latinoamericanos, al apoyo de la formación continua para traductores profesionales de América Latina y al crecimiento de sus redes de contacto y cooperación.

Las becas están dirigidas a traductores literarios profesionales que están traduciendo una obra literaria de cualquier idioma al español o al portugués y que cuenten con un contrato editorial para la traducción. Se privilegiarán las postulaciones de traductores que tengan experiencia en la enseñanza de la traduccion literaria, en tareas de organización y dirección de talleres o en actividad sindical o gremial.

Se otorgarán tres becas. Cada una de ellas consta de una estadía de un mes en la Casa de traductores Looren, más un subsidio de 1.500 francos suizos. Además se reintegrarán los gastos del viaje.

La estadía tendrá lugar del 5 de enero al 4 de febrero de 2015.

Las postulaciones pueden ser presentadas en español o portugués y deberán enviarse por correo electrónico a:  info@looren.net.

Los requisitos son los siguientes:

1. CV profesional y lista de publicaciones

2. descripción del proyecto de traducción

3. contrato de traducción

4. contrato de licencia de derechos provisto por la editorial o carta de la editorial confirmando la adquisición de los derechos para la traducción

Para consultas: Gabriela Stöckli, directora

Casa de traductores Looren – 8342 Wernetshausen (Suiza)

Tel.: +41 (0)43 843 12 43 – E-Mail: a info@looren.net – Web: www.looren.net

Fecha límite para las postulationes: 15 de octubre de 2014.


La resolución del jurado se dará a conocer antes del 1 de noviembre de 2014.

martes, 9 de septiembre de 2014

La Real Academia al servicio del Ku Klux Klan



En la entrada del 3 de septiembre pasado, este blog hacía referencia a la manera impúdica en que el desprestigiado Diccionario de la Real Academia se ponía a las órdenes del neo-liberalismo que ha llevado a España a su bancarrota, modificando las acepciones de los términos socio-políticos según soplan los actuales vientos en la Península. Ese mismo día Luis Silva-Villar publicaba en La Opinión, de España, el siguiente artículo a propósito de nuevas evidencias de racismo por parte de la Real Academia, lo cual puede leerse a continuación.

Blanco como central

El panorama social está revuelto y la lengua no ayuda. Con motivo del reciente estallido social protagonizado por grupos afroamericanos se ha puesto otra vez de actualidad el cómo designar a los miembros de esta comunidad. Se insiste en que el uso de "negro" es lo apropiado. Se dice "si se es negro, negro, si morao, morao". Se habla de un falso sentido del pudor en la lengua y de un innecesario recurso a eufemismos. Sin embargo, la gente sesuda que nos dice que se debe decir "negro" no explica por qué el que no lo es se ve incómodo diciéndolo, que es parte consustancial del problema.

Se puede constatar en lo que sigue que para dar soluciones satisfactorias aplicables al multiétnico mundo hispánico no se puede uno fiar demasiado de la Real Academia Española (RAE). Que grupos tan variados pertenezcan a un único mosaico cultural es un éxito colectivo del que la cultura hispana debe presumir. Y de lo que es pionera. La forma en cómo un dominicano es hispano no se asemeja a aquella en cómo un nigeriano se siente parte de la comunidad británica. Para unos es su lengua, para los otros un préstamo colonial a modo de lingua franca.

Las entradas del diccionario de la RAE (DRAE) las deberían escribir redactores con capacidad para ponerse en el lugar de cada grupo de los que conforman el espectro hispano. La lectura de las entradas de "negro", "blanco", y "moreno", deja poco margen para el error: es un diccionario de "blancos" y para "blancos". Podrían incluir en el diccionario "blanquismo": 'tendencia a ver el mundo a través (del color) de la lente europea'.

De acuerdo con la RAE "moreno" es el oscurecimiento de la piel del "blanco". Los "negros" se da a entender que no se pueden poner morenos. Es un "blanquismo". Los que redactaron el diccionario viven en una burbuja o, peor, no lo consideraron de interés "para blancos": o quizás pensaran que solo se pueden poner "más negros". No tiene justificación que primen estas euroexcentricidades cuando el 90% de los hablantes de español no son europeos. Otra curiosidad: "moreno" con "blancos" se aplica a la piel; con los (que llaman) "negros", a las personas.

Observen esta definición: "negro": 'Dicho de una persona: cuya piel es de color negro'. Entonces, ¿si se ven en otro color, pongamos "marrón", qué se debe decir? ¿Y a los ciegos que lean el diccionario en braille cómo les ayuda lo del color? En la película de Avatar, algunos de sus personajes naví son de apariencia africana pero… ¡son azules!

¿Por qué en "blanco" se escribe 'se dice del color de la raza europea o caucásica' pero en "negro" no se pone 'se dice de la raza africana' o: 'de la aborigen de Australia'? Aparte de llamar raza a lo que no lo es el "blanquismo" es patente. Los "blancos" tienen un espacio, sus "negros" solo pasaban por allí.

"Negro" y "blanco" son términos asociados desigualmente. Esta definición es del DRAE: Bajo "blanco": 'Tratamiento que daban los esclavos o servidores a sus amos'. Las denominaciones vejatorias perpetúan las relaciones esclavistas. Y esto lo rechaza el hablante que lo percibe.

El racismo ha dejado connotaciones difíciles de borrar, no solo porque "negro" sea una palabra acuñada (para personas) por "blancos", sino por lo que entraña en cuanto a la desigual dependencia entre ambos grupos.