viernes, 22 de agosto de 2014

Borges, Cortázar, Sábato, Bioy y otros, traducidos al ruso por Evguenia Lysenko

El 4 de mayo de 2011 Elena Kaláshnikova publicó en Rusia hoy una entrevista realizada varios años antes con Evguenia Lysenko (1919-2004), traductora de español, polaco y francés. Allí se lee que, entre sus traducciones más notables se encuentran las novelas de los escritores del Siglo de Oro español: El diablo cojuelo de Luis Vélez de Guevara, Oráculo manual y arte de prudencia y El Criticón de Baltasar Gracián,  y también, 62. Modelo para armar y El libro de Manuel de Julio Cortázar, Diario de la Guerra del Cerdo, de Adolfo Bioy Casares, los cuentos y ensayos de Jorge Luis Borges, La Colmena de Camilo José Cela, Sobre héroes y tumbas y Abbadón el exterminador de Ernesto Sábato.

El explosivo trabajo de extraer las traducciones
de Sábato, Borges y Cortázar

Evguenia Mijáilovna estudió en el colegio musical de Kíev, luego en el conservatorio, luego se casó y se mudó a Moscú. Durante la guerra, con su bebé y sus padres evacuó a los Urales. Luego de la guerra su esposo trabajó como profesor en la universidad. Con la música no resultó nada de provecho: tres años sin tocar, una criatura pequeña, una habitación, como resultado: ataque de nervios. De todos modos ingresó en la universidad, en la sección occidental de la facultad de filología en el grupo de alemán (antes de la guerra en las escuelas el alemán era el principal idioma de estudio). Luego se pasó al grupo francés, donde también estudió el español. En 1948 la aceptaron en el postgrado pero al poco tiempo comenzó la campaña de persecución contra los “cosmopolitas” y al marido de Evguenia Vasílievna,  excelente lector de conferencias, muy popular en la sección, lo pasaron a la facultad de periodismo. Consideraron que ejercía una “influencia perniciosa”.

Comenzó a escribir su tesis sobre “Declinación condicional en el idioma español”, pero no pudo defenderla. En 1951 arrestaron al marido y lo mandaron al campo de concentración. Con gran dificultad la futura referente del traductorado en la Unión Soviética logró ubicarse como traductora técnica en el Instituto del Carbón, en los suburbios de Moscú, en el laboratorio de trabajos de perforación y explosión. Los jefes estaban satisfechos: Evguenia traducía las revistas extranjeras y en dos años se convirtió en especialista en trabajos de perforación y explosión.

–¿Cómo comenzó a traducir la literatura en español?  
–Fue la excepcional hispanista Inna Terterián quien  me propuso traducir a Borges. Una vez nos encontramos con ella en el Museo de Arte Pictórico, me miró penetrantemente y me espetó: “Nos preparamos para publicar una recopilación de Borges. Me parece que es usted la indicada para ello. ¿Se anima?”. Con posterioridad fue B. Dubin quien me fue proponiendo continuar con la traducción de las obras de Borges. Hasta entonces había traducido a Fuentes, Benedetti, Onetti y otros latinoamericanos. De los españoles a Delibes, Cela…

–¿En su juventud tuvo usted obras extranjeras preferidas?
–En mi juventud no pensaba en traducciones. Me enfermaba con frecuencia, no iba a la escuela y por eso leía mucho, más que nada literatura rusa. Hace tiempo encontré una traducción de antes de la revolución del Quo Vadis? del polaco Senkevich. Luego lo hallé en la Biblioteca de Literatura Extranjera y lo dejé: era imposible de leer porque había envejecido. En su momento, en Panorama de libros se publicó una nota que yo incluso recorté: alguien se indignó porque en Belarús hasta el día de hoy editan Quo Vadis?, aunque su tirada total en la Unión Soviética llegó a los 4,5 millones de ejemplares y sólo en “series de descarte” la tirada fue de quinientos mil ejemplares. Ahora, los libros de Sábato se editan con una tirada de apenas 3.000 ó 5.000 ejemplares…

–¿Cuándo trabajó mejor: antes o después de la perestroika? 
–Antes eran varias las editoriales sólidas, que siempre proponían algo. Ahora están de moda Borges, Cortázar o Bioy, pero todo es algo menos seguro. Cierta vez me llamó el editor de Cristal de San Petersburgo, de la cual yo antes no sabía nada, y me propuso publicar mis traducciones de Borges, Cortázar y Bioy en libros separados. Hace poco me mandaron diez ejemplares de cada librito, una edición muy agradable.

–¿Nunca tradujo poesía? 
–Como obra propia no, a excepción de pequeños versos e incluso algunos sonetos que se encuentran en el texto. En las obras de Cortázar, por ejemplo, no es difícil traducir sus versos sin rima ni ritmo.

–¿Pasa con facilidad de un libro a otro? 
–Sí. Ha jugado un papel, seguramente, la música, ya que el ejecutante debe ingresar con facilidad en el estilo de un nuevo compositor. Yo me adapto con flexibilidad al escritor que me sea interesante. En 1989 editaron mi traducción de La sexta isla la novela del uruguayo-cubano Daniel Chavarría. No conocemos las demás obras de este autor. Es un policial interesante, estructurado en varios estilos: la voz del autor, la acción en el siglo XVI, el texto de los hombres de negocio contemporáneos. Aquí, como se estila en los policiales, por fragmentos de una anotación encuentran un tesoro en un buque hundido. Una tarea semejante: el paso de un estilo a otro, es para mí muy interesante.

–¿En la época soviética el editor descartaba de sus trabajos frases o incluso fragmentos enteros por razones ideológicas?
–En la editorial Ráduga (Arco Iris) de la novela de Cortázar 62. Modelo para armar desecharon el episodio que describe un amor de lesbianas. Pero esto ocurrió en 1985, hace mucho.

–¿Qué reacción a su traducción se quedó más grabada en su memoria?
–La bondadosa y excelente redactora Borisévich me llamó al día siguiente de recibir mi traducción y me dijo: “Cuando tomo su obra es como si me sumergiera en un cálido baño”. 

–¿Cómo toma ahora su trabajo? ¿Está satisfecha con él? 
–Algunos me gustan más, como 62. Modelo para armar. Es bastante optimista, hay muchos momentos lúdicos. En cambio el Libro de Manuel es menor aunque también es muy interesante y requiere del traductor trucos acrobáticos. Fue pensado como un espejo del actual estado de la sociedad y en el original fueron pegados recortes de diarios en distintos idiomas. Amo La Colmena, las cartas de Flaubert, algunas cosas de Borges, menos de Bioy. Pienso que mejor se me dieron las obras del Siglo de Oro español.

–¿No quisiera traducir todas las obras que se pueda de un autor? ¿Trabajar con autores y no con libros de diferentes escritores?
–No. Pero algunos redactores dividieron mis últimas traducciones en pequeños libritos. Aunque de Borges debo haber traducido en total catorce folios, lo que más tiene son obras breves.

–Sí, y sus últimas obras son apenas de algunos versos, resumen de novela o una novela como un encabezado propio.
–Borges dijo que no amaba y no comprendía las novelas, a excepción de Don Quijote. Hace poco me llamaron de Azbuk y me pidieron permiso para volver a editar la recopilación de Borges. “¿No se han saturado acaso de él?”, pregunto. “No”, me responde el redactor. El libro se llamará El Aleph, según el título de mi traducción.

–Aquí, como en la traducción de las novelas del “Siglo de Oro”, tuvo usted que utilizar un enfoque estilístico.
 –Sí. Preparé el trabajo de tesis sobre declinación condicional en un corte histórico, por eso conozco bien las novelas picarescas, de caballería, antiguas. Es una declinación muy artera, en español se la puede expresar por varias formas de verbo, en tanto que en ruso sólo por el giro “Si”. Pienso que de las novelas picarescas la que mejor me resultó fue El diablo cojuelo.

–¿En los textos traducidos encontró con frecuencia realidades desconocidas? 
–En la Santa Evita de Tomás Eloy Martínez y en Abaddón el exterminador de Ernesto Sábato me ayudó mucho una redactora nacida en la Argentina. Sábato es casi desconocido entre nosotros y es un escritor del nivel de Borges y Cortázar. Un editor de San Petersburgo no hace mucho me dijo: “Escriba una solicitud pero no le prometo nada. Sábato no está promocionado entre nosotros”. En lo fundamental él escribió ensayos, tiene sólo tres obras de ficción: un pequeño relato y dos novelas. Yo traduje las dos novelas: Sobre héroes y tumbasAbaddón el exterminador. En los casos difíciles, en la sala de información de la biblioteca de literatura extranjera utilizo enciclopedias en cuatro idiomas. Así encontré en un libro sobre judaísmo el apellido de un poeta a quien consideraba inglés.


jueves, 21 de agosto de 2014

Otro castigo para los iraníes: ahora leen a Bukowski

La curiosa noticia fue publicada ayer en el diario La Jornada, de México y es digna de formar parte de la ficción de Homeland, la serie con Claire Danes y Mandy Patinkin.

Publicarán poemas de amor de Bukowski en Irán

DPI- Teherán. Por primera vez se publicarán en Irán los poemas de amor del escritor de culto estadunidense Charles Bukowski, fallecido en 1994, según informó la editorial Sarzamin-e Ahurayi.

Las obras del excéntrico escritor serán traducidas al persa por el escritor Alireza Behnam. Los poemas, relatos y novelas del Bukowski son en gran parte autobiográficos y tratan sobre todo de sus experiencias con las prostitutas, el sexo y el alcohol.

Se desconoce por el momento si la traducción se distanciará mucho del original.

En Irán, los libros tienen que recibir el visto bueno de un gremio de control dependiente del Ministerio de Cultura y Guía Islámica, sobre todo si tienen contenido erótico. En esos casos el libro se prohíbe, se suprimen los pasajes controvertidos o se reescribe la obra. Además, las autoridades también pueden retirar el permiso aun cuando el libro ya haya sido publicado.

Un ejemplo de ello es la novela del colombiano Gabriel García Márquez Memorias de mis putas tristes. En el título, en lugar de "putas" se escribió "tesoros" y de este modo se pudo publicar. Sin embargo poco después el gremio consideró que el libro era amoral y que "fomentaba la prostitución".

La prohibición no hizo más que alentar el interés por la obra del premio Nobel colombiano ya fallecido y en el mercado negro se pagaba el doble de su precio por la novela.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Una magnífica velada con Jan de Jager

Jan de Jager ha vivido por más de una década en Rotterdam, donde ha desarrollado buena parte de su trabajo como traductor. Aprovechando su paso por Buenos Aires, se ha presentado el día de ayer en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para ofrecer una charla titulada “El neerlandés, el afrikaans, las lenguas germánicas más cercanas y más lejanas”, un tema que ha sabido presentar de manera apasionante y con una gran claridad. Pero dada su labor con los Cantos de Ezra Pound, una parte de la charla se ha ocupado de los procedimientos para realizar esa traducción.

Quienes estén interesados (y es de desear que sean muchos), pueden consultar el video acá:
http://www.ustream.tv/user/cceba

Jan de Jager nació en Buenos Aires. Vivió y estudió en la Argentina, en los Países Bajos y en España. Es licenciado en letras porla Universidad de Buenos Aires (UBA) y ha realizado estudios de análisis del discurso y literatura neerlandesa en la Universidad de Amsterdam (UvA). Tiene también el título de Bachelor en traducción de la Escuela superior de traductores de La Haya. Se ha desempeñado como docente de idiomas, traductor independiente, y profesor del traductorado de la Universidad de Buenos Aires. En la actualidad reside en Róterdam, y se desempeña como docente de neerlandés y de español en la escuela internacional de Róterdam (RISS) y como docente del traductorado neerlandés-español de la escuela de traductores de La Haya (HWN),c omo examinador del examen nacional de traductorado neerlandés-español y como profesor del ciclo de formación de docentes secundarios ICLON de la Universidad de Leiden.

Su obra literaria abarca los géneros de novela, cuento corto, poesía y teatro. Publicó Trío, Buenos Aires, 1997, Juego de Copias, Buenos Aires, 2002 y Casa de cambio vols. I, II y III, 2004-2007, la novela Noticias del setenta y cinco (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2009), y Let u maar niet op de Rommel  (De Blauwe Engel, Malinas, 2010; poesía en neerlandés). De su proyecto más reciente, Relámpagos, acaba de aparecer el vol. 1 por la editorial Viajera.

Ha traducido novelas, cuentos y poesía del inglés, neerlandés, afrikáans y francés. Sus traducciones más recientes han aparecido en las antologías Narrar Ámsterdam y Cincuenta poetas de Amsterdam. En agosto de 2013 apareció por Eloísa Cartonera su traducción de los primeros treinta  Cantos de Ezra Pound.


martes, 19 de agosto de 2014

¿Qué Biblia leyó Muñoz Molina todos estos años?

El 26 de julio pasado, Antonio Muñoz Molina comentaba en Babelia, el modesto suplemento cultural del diario El País, de Madrid (que forma parte del grupo Prisa) la publicación de la Biblia traducida por Casiodoro de Reina (c1520-1594) por parte de la editorial Alfaguara (que forma parte del grupo Prisa, aunque todo indica que está en una transición antes de vaciarse del todo en Penguin Random House) y nos descubre una pólvora un tanto mojada por las inmisericordiosas aguas del tiempo. ¿Por qué? Porque el artículo no dice nunca que la Biblia oficial en castellano durante siglos fue ésta, de Casiodoro de Reina, revisada apenas poco después en 1602, por Cipriano de Valera (1532-1602). Esa versión se suele mencionar como “versión Reina-Valera”. Valera no ha alterado el valor literario de De Reina y se fijó más bien en todo lo que pudiera tener alguna ambigüedad desde el punto de vista doctrinario. Los llamados “libros deuterocanónicos” fueron colocados por Valera como epílogo en la primera edición. Esos libros se aceptan en la Biblia protestante, pero no en la católica. Es claro que De Reina se había hecho protestante, y fue pastor de la iglesia de Inglaterra, pero su herejía consistía –en cuanto a la traducción– en haber incluido los libros vetados por los católicos. Resumiendo, en modo alguno la traducción de De Reina constituye un libro “perdido”, “oculto” o que no fue leído. Es más, fue leído por miles de millones de personas a los largo de los siglos, porque es la Biblia que tradujo De Reina “revisada” por Valera. Esta nota, entonces, antes que informar sobre algo nuevo es más un aviso encubierto de la edición de Alfaguara. Que conste en actas.

La obra maestra escondida

 Imagino un idioma cuya literatura tiene un gran espacio en blanco en el centro: la obra maestra de la literatura en ese idioma permanece oculta durante siglos, olvidada o prohibida; el nombre de su autor no lo conocen más que dos o tres eruditos. El problema más grave no es la injusticia del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las influencias que una obra así podía haber irradiado. Hay que pensar en qué habría sido la literatura en inglés, y hasta la misma lengua inglesa, sin la King James Bible, la traducción directa al inglés que se publicó en 1611. No habría habido Milton, ni William Blake, ni los suntuosos oratorios de Haendel, ni Moby-Dick, ni Walt Whitman, ni una parte de James Joyce, ni Faulkner, ni los Negro Spirituals, ni los discursos arrebatadores de Martin Luther King.

Una de las cimas literarias de la lengua española, la Biblia traducida en el siglo XVI, ha sido invisible o ha permanecido en los márgenes de nuestra cultura desde el momento mismo en que se publicó, y no ha podido ejercer ninguna influencia vivificadora; uno de nuestros más grandes escritores, su traductor, fue perseguido hasta el extremo de que su nombre fue borrado por completo de nuestra memoria colectiva. Fue raído, habría escrito él mismo, Casiodoro de Reina, con su sentido visceral del idioma, su capacidad para combinar la inmediatez y la riqueza de la lengua popular con las tensiones máximas de la voluntad poética, con la necesidad de enriquecer y ensanchar el idioma español para que cupiera en él nada menos que toda la Biblia, el Antiguo Testamento y el Nuevo, desde el Génesis al Apocalipsis. La Biblia King James se publicó en Inglaterra en 1611, con pleno apoyo de la Corona, y gracias al trabajo sostenido de un equipo de traductores (John Updike decía que era una de las dos únicas obras maestras escritas por un comité, junto al informe oficial sobre los atentados del 11 de septiembre). A la manera española, Casiodoro de Reina parece que hizo él solo la mayor parte de ese trabajo ingente, y además lo hizo no en la tranquilidad de un estudio, con tiempo y sosiego por delante y una biblioteca a mano, sino mientras huía de un sitio a otro, por la Europa de la Reforma, la Contrarreforma y las guerras de religión. Nuestra Biblia castellana se terminó de traducir cuarenta años antes que la inglesa, pero se publicó en Basilea, en 1569, y los pocos ejemplares que llegaron de contrabando a España cayeron en manos de la Inquisición y fueron quemados por ella, igual que fue quemado el hereje que los introdujo en el país, del que se sabe que se llamaba Juanillo y era jorobado.

Si a Casiodoro de Reina no lo quemó la Inquisición fue porque había escapado a Ginebra en 1559. Lo quemaron, desde luego, en efigie, en 1562, en Sevilla, en un auto de fe en el que ardió también el cadáver sacado de la sepultura de otro perseguido que había muerto antes de que lo atraparan. Quemaron cadáveres y muñecos de cartón, y quemaron a personas vivas, entre ellas una mujer que había albergado en su casa reuniones clandestinas de disidencia religiosa. Ordenaron derribar la casa de la mujer y sembraron de sal el solar para asegurarse de que no pudiera crecer ni la hierba. Casiodoro de Reina estuvo en Ginebra, en Inglaterra, en Amberes, en Fráncfort, en Basilea, en Estrasburgo. Traducía la Biblia, ejercía como pastor de comunidades de españoles refugiados y vivía del comercio de la seda. Había sido monje jerónimo en Sevilla, muy cercano a los círculos erasmistas en los que abundaban los judíos y moriscos conversos. De Ginebra se marchó porque lo repugnaba que los calvinistas fueran tan aficionados como los católicos a quemar disidentes. Menéndez Pelayo, que no tuvo más remedio que admirar su talento literario, procura también desacreditarlo en su Historia de los heterodoxos españoles: dice que era un morisco granadino, y que cuando se marchó de Inglaterra fue huyendo de una acusación de sodomía.

Casiodoro de Reina escribe en un castellano prodigioso que está en el punto intermedio entre Fernando de Rojas y Cervantes, con una efervescencia expresiva que solo tiene comparación con santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Luis de León. Es una lengua poseída por la misma capacidad de crudeza terrenal y altos vuelos literarios de La Celestina; un castellano mudéjar, empapado todavía de árabe y de hebreo, forzado en sus límites sintácticos para adaptarse a las cadencias y las repeticiones y las exageraciones de la lengua bíblica. Es una lengua de campesinos, de hortelanos, de trabajadores manuales, con una precisión magnífica en los nombres de las cosas naturales y los oficios; y también es una lengua todavía muy descarada, muy sensual, no sometida a la monotonía sofocante de la ortodoxia, a la esterilización dictada por el miedo, a la hipocresía de la conformidad. Es una lengua para ser recitada, entonada, cantada en voz alta; para expresar la furia tan desatadamente como el deseo erótico; y también las negruras de la pesadumbre y los extremos del dolor. Traducidos por Casiodoro de Reina, el libro de Job o el Eclesiastés son, sin la menor duda, dos de las obras máximas de la poesía y de la sabiduría en español. Y el Cantar de los Cantares tiene una caudalosa alegría erótica para la que no creo que exista comparación en nuestro idioma: yo solo la he encontrado en la Bella del Señor de Albert Cohen, no por casualidad un descendiente de judeoespañoles: “Tu estatura es semejante a la palma, y tus tetas a los racimos. Yo dije: yo subiré a la palma, asiré sus racimos, y tus tetas serán ahora como racimos de vid, y el olor de tus narices como de manzanas. Y tu paladar como el buen vino, que se entra a mi amado suavemente, y hace hablar los labios de los viejos”.

Por cualquier página que se abra, la recompensa es deslumbradora. Las plagas con que el vengativo Jehová castiga a los egipcios son más terribles en el castellano de Casiodoro de Reina: “… Y a la mañana siguiente el viento oriental trajo la langosta. Y subió la langosta sobre la tierra de Egipto y asentóse en todos los términos de Egipto, y cubrió la haz de toda la tierra y la tierra se oscureció, y comió toda la yerba de la tierra y todo el fruto de los árboles, que había dejado el granizo, que no quedó cosa verde en árboles ni en la yerba del campo por toda la tierra de Egipto”.

Esta Biblia la publicó Alfaguara íntegra en su colección de clásicos en 2001. J. Antonio González Iglesias le dedicó una reseña excelente en estas páginas. Modernizada y hasta cierto punto simplificada es la misma que leen ahora mismo los protestantes de habla española. Que sea desconocida para casi todo el mundo es una de las calamidades de nuestra literatura, y de nuestro idioma. Como tanto de lo mejor que ha dado nuestro país, la Biblia de Casiodoro de Reina es un fruto de la heterodoxia y el destierro.

La Biblia del Oso. Traducción de Casiodoro de la Reina. Edición dirigida por José María González Ruiz. Alfaguara. Madrid, 2001.


lunes, 18 de agosto de 2014

Si te toca traducir "tinker" o "traveller", sonaste

Carmen Torregrosa, del Centro de Traducción de los Órganos de la Unión Europea, publicó el siguiente artículo en Punto y Coma, el Boletín de los Traductores Españoles de las Instituciones de la Unión Europea, y aunque así presentado parece parte de un trabalenguas, trata sobre una cuestión bien concreta: una palabra que, como otras tantas, no tiene traducción posible.

Algunas consideraciones sobre los travellers irlandeses

 

Del Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia nos ha llegado una nota pidiéndonos que no traduzcamos la palabra Travellers cuando se refiere a un colectivo concreto (minoría étnica irlandesa), sino que la dejemos siempre en inglés.

Como seguramente más de uno se cuestionará lo bien fundado de tal decisión (pues de todos es sabido que el impulso natural del traductor es traducir), intentaremos aquí, en previsión de eventuales objeciones, rebatirlas con toda la proactividad que nuestra imaginación nos permita.

Los travellers son una minoría autóctona de Irlanda (aproximadamente el 0,5 % de la población nacional) con una cultura y forma de vida particulares, de las que el nomadismo es parte fundamental pero no exclusiva. Aunque con muchas afinidades socioculturales con los romà1, no les son asimilables: pertenecen, en efecto, a una etnia distinta, de origen controvertido (celta o anterior) pero en cualquier caso muy antiguo, hasta el punto de que muchos los consideran los irlandeses de mayor solera2.Están documentados en la verde Eire al menos desde el siglo XIII; en The Taming of the Shrew, Shakespeare nos presenta a un traveller y sus costumbres.

En la actualidad se calcula que existen unos 25.000 en Irlanda, a los que cabe sumar los de la diáspora: 15.000 travellers irlandeses viviendo en Gran Bretaña y unos 7.000 travellers de ascendencia irlandesa en los Estados Unidos (adonde emigraron azuzados por el hambre de la patata). Incluso en Australia y Canadá pueden encontrarse pequeños núcleos.

Hablan el shelta (también llamado gammon, sheldru o cant), una lengua con sustrato celta (especialmente el léxico) y una estructura sintáctica que presenta rasgos del inglés y del romaní. Sin embargo, la lengua tiende a perderse entre las nuevas generaciones, que cada vez más se expresan en inglés, aunque con un acento y unas expresiones muy peculiares y reconocibles.

Históricamente se han dedicado a la calderería, y por eso se les conoce también con el sobrenombre despectivo de tinkers (al que cabe añadir el de  knackers,  pikeys e incluso gypos). Son además, por lo que parece, excelentes tratantes de caballos (de hecho existe una raza muy apreciada conocida comoTinker horses).

Su forma de vida los emparenta, por tanto, con otras poblaciones itinerantes que están luchando por un reconocimiento de su cultura que les ayude a hacer frente al racismo al que, por unos u otros motivos, se han visto secularmente expuestos. Con la idea de que los principales interesados arrojaran luz sobre su identidad antropológica, histórica y política, el Consejo de Europa celebró en septiembre de 2003 un seminario (Cultural identities of Roma, Gypsies, Travellers and other related groups in Europe) al que asistieron representantes de todas estas comunidades. Parece que todavía no se han elaborado las conclusiones, entre las que debería encontrarse el apelativo con que tales colectivos desean que se los identifique. La cuestión es espinosa, pues algunos son partidarios de adoptar un nombre general (Romà) que les confiera el peso específico necesario para llevar a buen puerto sus reivindicaciones, mientras otros prefieren distinguirse del magma indiferenciado a que los ha confinado la mirada del otro: ya se sabe que todos los no grecorromanos son bárbaros mientras no se demuestre lo contrario3. En cualquier caso, para los fines que aquí nos ocupan, los travellers parecen decididos a enarbolar su diferencia frente al colectivo romaní, y a que se los llame por este nombre.

La pregunta es ahora qué hacemos con ello en español. Sin duda el primer reflejo del traductor es transformarlos en «itinerantes» o «nómadas», tal vez añadiéndoles el gentilicio «irlandeses» para borrar todo asomo de duda. Sin embargo, no hay que olvidar que en inglés existe tanto  itinerant  como nomad, que son en cierto modo hiperónimos en los que se incluyen estos viajeros por antonomasia.

O lo que es lo mismo: que no todos los travellers son Travellers, y traducir este último término por «nómadas» o «itinerantes» es reducir el concepto; además de que, en la práctica, puede prestarse a confusión (incluso adjetivándolo con «irlandeses»), como de hecho ha sucedido en más de una ocasión4.

No es este el lugar para andar buscándoles los semas a itinerantes, nómadas, trashumantes, buhoneros, titiriteros, vaqueiros de alzada o cómicos de la legua; sobre todo porque, a mi modesto entender, la cuestión es tan sencilla como que se trata de un gentilicio y como tal hay que traducirlo, dejando libre el hiperónimo para usos más generales5.

En cualquier caso, para estar segura de qué entiende un anglófono cuando decimos the Travellers, así, con la mayúscula o el artículo que dan al nombre común el empaque que requiere para convertirse en propio, yo hice un sencillo experimento, al alcance de cualquiera que tenga a mano un hispano-irlandés o similar. A saber: pregunté a bocajarro a mi cobaya qué entendía por Travellers. La respuesta fue inmediata: «gitanos». Independientemente de la aberración etimológica que supone emparentar a celtas y egipcios6, el experimento prueba, o al menos eso creo, que para un anglófono los Travellers no son unos nómadas cualquiera, sino estos tataranietos de los celtas con unos usos y costumbres y una problemática que se asemejan bastante a los de nuestros gitanos. Y, por supuesto, con su propio gentilicio (aunque, por razones obvias, sin el correspondiente topónimo).

¿Se traducen los nombres gentilicios? Para responder a esta pregunta remito al lector directamente al esclarecedor artículo sobre toponimia de Miquel Vidal en este mismo número, y especialmente al apartado «Los exotopónimos contraatacan». Sustituya el amable lector «topónimo» por «gentilicio» en todo el texto y entenderá por qué me parece de justicia conservar el «endogentilicio» (permítaseme el barbarismo). Y por qué, puestos a hispanizar, la única traducción plausible que se me ocurre es «trávelers» (y, la verdad, para este viaje...)7. Eso sí, incluso si dejamos a los Travellers tan en inglés como su madre los trajo al mundo, la minúscula parece de rigor, pues de todos es sabido que en español los gentilicios sustantivados son menos importantes que en inglés (the Irish, pero «los irlandeses»).

En realidad, creo que la raíz del problema está en la decisión, a mi juicio desafortunada, de bautizarse con un vocablo tan genérico y transparente en una lengua tan universal. Si se llamaran sápmi, sinti oboyash, a santo de qué íbamos a estar aquí buscándole tres pies al gato.

Con un poco de suerte, a lo mejor todavía se deciden a presentarse al mundo como Pavees («comerciantes», en shelta), el término con que de hecho se refieren a sí mismos8. A mí me parecería lo más sensato; y, sinceramente, se me escapan las razones que pueden inducirles a no hacerlo.

Pero incluso si no es el caso, no veo dónde está el problema de llamarles por el nombre que ellos mismos se impongan. Al pan, pan; y a los Travellers, travellers.


1 
Sobre la denominación en español de la etnia gitana, véase el siguiente artículo en la Plataforma del Parlamento Europeo:
http://www.europarl.europa.eu/transl_es/plataforma/pagina/toponim/toporoma.htm


2 
Son más afines, según parece, a los Jenisch centroeuropeos y a nuestros mercheros(despectivamente conocidos como quinquis por ser, como los travellers, quincalleros), de origen también incierto (no son gitanos ni payos) y cuya lengua no presenta parentesco conocido con ninguna. Recordemos que nuestro merchero más célebre es Eleuterio Sánchez, ex Lute.

3 
No estará de más recordar aquí que las palabras «bárbaro» y «beréber» comparten un mismo origen etimológico; las realidades que designan, en cambio, comparten bien poca cosa, como no sea la ignorancia del que así las nombró.

4 
Durante bastante tiempo, en el Consejo de Europa se tradujo Travellers al francés como Gens du voyage, que es en Francia una categoría administrativa, lo que, por lo visto, ha causado bastantes problemas. De hecho, la terminología utilizada es relativamente confusa, como puede comprobarse fácilmente echando un vistazo a sus documentos, y es precisamente esto lo que está intentando resolverse.
Por otro lado, la adjetivación «irlandeses» podría entenderse como una simple oposición a losScottish Travellers...

5 
Véase al respecto la siguiente declaración hecha en la Conferencia Mundial contra el Racismo de 2001 por la Unión Romaní española: «We absolutely reject the denomination nomads because of its generic as imprecise character. Incorporating the translation of this expression for the universal denomination of our people is not justified by the fact of the existence of a tiny minority of persons who call themselves travellers» (http://www.unionromani.org/notis/new2001-09-03.htm).

6 
Recordemos que la palabra «gitano» procede de «egiptano», origen que se le suponía, por defecto, a todo aquel que venía de Oriente.

7 
Huelga decir que de ninguna manera podemos traducirlos por «romà» o por «mercheros», pues eso sí sería mezclar churras con merinas.

8 
Aunque, para nombres bonitos, el que les dan en Australia, The Sundowners (porque levantan su campamento allí donde el sol se pone).



viernes, 15 de agosto de 2014

Fealdades argentinas como formas de identidad (II)

Una ampliación de la nota publicada en el día de ayer, donde los autores de la obra le explican a María Luján Picabea, de Ñ, cómo recopilaron los términos y los riesgos que se corren ante el envejecimiento precoz de un trabajo complejo.

El glosario infinito

La discusión que damos aquí es sobre el lugar de las palabras en la política, y para ello nos inscribimos en la tradición teórico social, teórico política que dice que las palabras no son una añadidura, un agregado a una vida material independiente, sino que forman parte de la materialidad de la vida social y política, y son productivas, crean realidades”, resume el sociólogo e investigador Gabriel Vommaro y habla del  Diccionario del léxico corriente de la política argentina. Palabras en democracia (1983-2013) , producto de un proyecto interdisciplinario que coordinó junto a la lingüista Andreína Adelstein, con el apoyo de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS).

El proyecto, surgido en 2008, se agitó hacia el interior de un grupo de investigadores del Instituto de Desarrollo Humano de la Universidad, cuenta Adelstein, que integraba junto a Vommaro y Eduardo Rinesi, entre otros. Ellos comenzaron a interrogarse sobre frases y términos emblemáticos de las distintas etapas, desde el retorno a la democracia. “La idea era hacer un repertorio del modo en que el lenguaje político decía algo sobre el ciclo político argentino reciente”, comenta Vommaro y agrega que fue Adelstein y el equipo del área de ciencias del lenguaje quienes dieron una forma más esquemática a la idea, que se materializó, luego, en el diccionario.

“Lo primero que hicimos fue ver qué tipo de diccionario queríamos. Pensábamos que tenía que ser un diccionario no especializado sino para el gran público y que tuviera una doble mirada, la de la política y la del cambio lingüístico. Para ello señalamos ‘palabras testigo’, es decir, palabras que representaran momentos determinados del lapso, que clasificamos según los períodos presidenciales y a partir de áreas temáticas”, detalla Adelstein.

Aquellas palabras, que se convertirían luego en las 106 entradas fueron rastreadas, cuenta la lingüista, en entrevistas con especialistas: “Les consultábamos sobre las palabras más representativas de los últimos 30 años. Con ellas definidas, luego, íbamos a la prensa para buscar ejemplos y usos”. Una vez definido el corpus, el equipo –integrado por Adelstein, Victoria Boschiroli, Mariana Berri, Inés Kuguel y Julieta Straccia, de área de lingüística; Ricardo Aronskind, Sergio Morresi, María Elena Qués, Eduardo Rinesi y Gabriel Vommaro, del área política, con la colaboración de Susana Nothstein y Gabriela Krickeberg– convocó a más de sesenta autores para que redactaran las entradas, con los que trabajó en un intenso ida y vuelta para lograr homogeneizarlas. “Antropólogos, economistas, historiadores, politólogos y sociólogos aceptaron el desafío de describir en un espacio breve, y para un público no necesariamente experto en la materia, términos asociados a temas en los que ellos son, en la mayoría de los casos, reconocidos especialistas”, escriben los coordinadores en el prólogo.

De ese trabajo interdisciplinario, surgió un diccionario que, considera Adelstein, “arriba a una mirada lingüística del funcionamiento de las palabras y el rol que tienen en la política, en la conformación del léxico de un país”, y para ello se apeló– como bien dice en el prólogo– al léxico común del español de la Argentina reciente, en el marco del desarrollo histórico social. Por léxico común entendemos el conjunto de vocablos que un hablante comprende y usa”, en oposición al léxico especializado o científico.

El índice de entradas del Diccionario da cuenta de una nutrida y permanente creación colectiva, que desde 1983 hasta la actualidad ha tenido momentos de mayor ebullición que otros, pero ha mantenido alta su vitalidad. “La complejidad de la democracia argentina, los altibajos, las mutaciones recurrentes la hicieron muy rica en productividad de términos y de resemantización de términos clásicos. La productividad de la aparición de nuevos sujetos sociales, actores políticos, nuevas identidades políticas, actores vinculados con el mundo económico, palabras vinculadas con el impacto político, etiquetas de descalificación política de adversarios, etc. Hay una riqueza que no necesariamente tiene un sentido positivo pero sí en función de la vitalidad y de la intensidad de la política argentina”, cuenta Vommaro.

Para el sociólogo, sin embargo, hay períodos, o más bien coyunturas, que hacen necesario el nacimiento de nuevos términos y fogonean cierta creatividad en el uso del lenguaje: “Los contextos de crisis y conflictividad político social más alta son contextos particularmente productivos porque aparecen neologismos, nuevos términos. Recurrimos a la invención porque lo que está no nos alcanza para definir lo que pasa”, resume.

Lo que habla a las claras del “increíble dinamismo de la lengua”, según Adelstein: “Los diccionarios son viejos apenas salen”, comenta y acerca ejemplos recientes: “Nuestro diccionario quedó viejo con todo lo que está pasando ahora con palabras como ‘buitres’ y ‘default’ ”.

Es que los diferentes actores imponen nuevos conceptos o reactualizan permanentemente términos que más temprano que tarde son tomados por la calle: “Sin duda, los medios de comunicación son grandes productores de neologismos y nuevas palabras para describir la política, la economía y la vida social, simplemente porque necesitan condensar procesos en un término o una expresión. Pero no son los únicos. Hay palabras que crean los actores políticos y los actores sociales, hay instancias de negociación, pasa mucho en la definición de identidades políticas. Pasó, por ejemplo, con el caso de los piqueteros que primero rechazaron ese nombre y luego lo reivindicaron con cierto orgullo. La construcción de las palabras nos habla del modo en que conflictivamente le damos sentido a la realidad social, el modo en que nombramos el mundo político, económico, sus actores, sus conflictos, sus problemas”, explica el sociólogo.


jueves, 14 de agosto de 2014

Fealdades argentinas como formas de identidad (I)


“Lenguaje político. Un diccionario recopila voces surgidas en democracia que interpretan experiencias y fenómenos de la historia reciente”, dice la bajada de la nota publicada por el periodista Fabián Bosoer en la revista Ñ del sábado 9 de agosto pasado.

Neopalabras para poder entender la Argentina

Cuánto de revelación y de recurrencia hay en el lenguaje político de los argentinos? ¿Nombramos fenómenos nuevos con categorías viejas o ensayamos nuevas palabras, neologismos o eufemismos, para revestir de novedad secuencias históricas que se reiteran, como variaciones o actos reflejos sobre las mismas temáticas y cuestiones, estímulos y respuestas?

¿Se ha enriquecido o empobrecido el discurso político en las últimas décadas? ¿Hay un lenguaje propio de la democracia, con sus modismos, semióticas y semánticas? ¿Qué nos dicen estas palabras acerca de los actos del habla que caracterizan al ámbito en el que se enuncia y despliega la construcción simbólica y material de la política, redes sociales y medios masivos mediante? ¿Son estos “decires” el resultado de una construcción social dialógica, que surge del debate y el diálogo entre diferentes voces?, ¿O representan una constelación de emisiones auto-referenciales que se reafirman en sus maneras de describir realidades?

Recordamos la tesis de Foucault en Las palabras y las cosas (1966) como premisa: cada momento de la historia posee ciertas condiciones subyacentes de verdad que constituyen una suerte de base material de toda subjetividad fundante; las condiciones del discurso cambian a lo largo del tiempo, de un período a otro. El lenguaje vale como signo de las cosas. Como expresión y agente de inscripción generacional y cultural de identidad social y de comunidades nacionales es, además, el ámbito donde es posible situar las disputas ideológicas, la creación de sentidos y la construcción de realidades. Los términos y las palabras conceptualizan segmentos de esa realidad y nos sirven para denominar objetos, individuos y procesos, permitiéndonos así aproximarnos al mundo.

El lenguaje político tiene, a su vez, sus propias reglas, lógicas, campos de gravitación y de acción; depende de quiénes lo utilizan, hacia quiénes se dirige y cuáles son sus condiciones de surgimiento y circulación. Dirigentes, funcionarios, periodistas, intelectuales, son portadores de emisiones y enunciados que nos permiten describir la dimensión discursiva de la democracia, sus universos de sentido, brújulas y hojas de ruta que orientan nuestras acciones y que las reproducen.

Sabemos lo que significó luchar por nuestro derecho básico a nombrar las realidades que vivimos y se nos escamoteaban –la palabra “desaparecidos” resume ese extremo de in-visibilización forzada: “que digan dónde están”, fue el reclamo. Tipificar conductas y procederes que no estaban contemplados en códigos y leyes, desplegar relatos que permitieran entender lo incomprensible fue tarea compleja de la transición. Luego tuvimos otros aprendizajes y distorsiones, como la de pretender que ciertas realidades existen sólo porque son nombradas –decir es hacer, prometer es realizar–, la práctica de instituir realidades retóricamente a la que es tan afecto el discurso político, con sus relatos justificatorios o apologéticos.

Nuestra historia política reciente estuvo signada por profundas crisis y transformaciones sociales, políticas y económicas, así como por permanencias y reincidencias, en cuyo desencadenamiento y desarrollo fueron centrales actores que incorporaron “repertorios de acción” y formas de decir que sedimentaron como sentido común de una época. En el Diccionario del léxico corriente de la política argentina (Editorial Universidad Nacional de General Sarmiento), Andreína Adelstein, lingüista, y Gabriel Vommaro, sociólogo, dieron cuenta de ello coordinando a un grupo de especialistas a quienes encargaron una selección de esas palabras tal como las utilizaron los actores políticos y como se fueron “naturalizando” entre los ciudadanos profanos de la política. Los 106 términos recogidos en este volúmen incluyen desde voces de larga tradición, como “mercados”, “neoliberalismo” o “populismo”, hasta términos técnicos popularizados, como “riesgo país”, “convertibilidad” o “default”, “puntero” o “piquete”, o vocablos que se cargaron de intensidad e intencionalidad, como “inseguridad”, “destituyente”, “saqueo” o el tan en boga “fondos buitre”. Palabras que constituyen señales de identidad para aquellos que las nombran, articulando así un discurso político cuyas piezas parecen haberse desmembrado con el desdibujamiento de las grandes tradiciones ideológicas.

Puede reconocerse, escribe Vommaro, que los significados del mundo son objeto de conflicto entre actores con desiguales capacidades de producirlos y difundirlos, y que el sentido común es siempre un acervo de significados en disputa, sometido a luchas por su conservación, revisión o redefinición. El lenguaje no es sólo un conjunto de recursos compartidos que hacen posible la mejor o peor inteligibilidad del mundo, sino también y sobre todo un campo de batalla por la definición de sus significados. La misma democracia, por ejemplo, empieza a conceptualizarse de otras maneras, sostiene Eduardo Rinesi: “ni como una utopía ni como una rutina ni como un espasmo, sino como un proceso continuo y progresivo de profundización, ampliación y universalización de derechos. De la democracia se va, entonces, a la democratización: de la idea de sistema a la de proceso. Y sobre todo: del vínculo entre democracia y libertad al vínculo entre democracia y derechos”.

Carlos Strasser, en su última obra La razón democrática y su experiencia (Prometeo) es más riguroso y escéptico respecto de las definiciones amplias y ambiciosas; el lenguaje, nos está diciendo, debe servir ante todo para precisar conceptos que nos permitan luego desarrollar hermenéuticas: democracia, por ejemplo, es una de las palabras más abusadas de nuestro tiempo, sostiene: “De lo que cabe hablar hoy es de un orden político que, en rigor, guarda un parecido remoto con el concepto de un gobierno del pueblo, incluso con el concepto reajustado al día, el cual remite por un lado, nada más –y nada menos– que a un estado constitucional de derecho en el que las autoridades son elegidas cada tanto por el voto popular, y por el otro a un régimen de gobierno que no está compuesto sólo por esa ‘democracia’ sino también por otro tipo de régimen político, con los que ella se entrelaza y cohabita, por ejemplo, con la tecnocracia, el corporatismo, la oligarquía o la partidocracia. Volvemos, pues, a la importancia de nombrar y significar el sentido de las palabras que utilizamos. Como señala Ivonne Bordelois en La palabra amenazada , “las lenguas no sólo se ‘emplean’ no son sólo valores de comunicación, expresión personal o uso colectivo: contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten, pero sólo en la medida en que estemos dispuestos a reconocer su capacidad de poder hablarnos. La expresión ‘usar la lengua’ reduce la lengua a un instrumento cuando en realidad es un proceso que vastamente nos trasciende”.

Algunos ejemplos del Diccionario

Abuelas
Al igual que en el caso de Madres, en los usos coloquiales propios de los organismos de derechos humanos y de diversos grupos políticos y sociales afines a sus planteos se entremezclan en la mención a Abuelas connotaciones afectivas. En las notas periodísticas es, en cambio, más frecuente que se refiera a la agrupación por su nombre completo. (Luciano Alonso)
 
Corralito 
La expresión (...) alude a la imagen de una jaula cerrada mediante redes utilizada para el cuidado de niños que recién comienzan a dar sus primeros pasos. El paralelismo con este objeto es bien gráfico, ya que así como el corralito material no deja mover a los niños. (Damián Zorattini)

Destituyente 
La voz alude a una acción por la cual se despoja a una autoridad de su cargo (...) Sin embargo, en la Argentina el término adquirió nuevas connotaciones, que, de alguna manera, se impusieron sobre las anteriores, a partir de su uso en un documento emitido por un grupo de intelectuales el martes 13 de mayo de 2008 conocido como Carta abierta. Allí se fijaba la posición de los firmantes en el marco del conflicto entre el gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner y las patronales agropecuarias. (Leonardo Eiff) 

Escrache 
Acción y el efecto de fotografiar, retratar o prontuariar a alguien (...) En la Argentina de mediados de los años noventa para designar un tipo particular de acción de protesta que llevaban adelante los organismos de derechos humanos para denunciar a personas que habían participado de la represión durante la dictadura militar. (Pablo Bonaldi) 

Piquete 
En la Argentina contemporánea su uso se generalizó durante la década de 1990 para referirse al corte de rutas o calles como forma de protesta (...) En ese sentido, en nuestro país el piquete o los piquetes como forma de protesta social han quedado preponderantemente asociados a la organización y movilización de desocupados. (Sebastián Pereyra)