miércoles, 23 de septiembre de 2020

El castellano al que se traduce: todo bien, pero...


 

Buscando materiales para este blog, me topo en Internet con un largo artículo de Maribel Marín Yarza, publicado en el suplemento Babelia, del diario madrileño El País, el 26 de agosto de 2016. Se llama “El español es de todos y de nadie”. Es criterioso y abarca casi todos los temas posibles vinculados a la traducción al castellano. Después de que varios prestigiosos traductores españoles discuten la idea del “español neutro”, me detengo en un párrafo. Dice esto:

“¿Realmente es necesario cambiar la palabra coger (follar, en Argentina), por tomar, agarrar o asir, que no siempre son intercambiables, para no herir sensibilidades y poder comercializar una única versión de un libro a los dos lados del Atlántico? ¿Tan grave es que un español se tope con la palabra boludo en lugar de gilipollas, que lea cómo a un personaje lo vosean en lugar de tutearlo o que tenga que detenerse hasta descubrir, si no lo sabe, que frutilla significa fresa? ¿Por qué eliminar toda palabra que a un lector pueda extrañarle o todo rastro de un localismo? ¿Por qué darle la vuelta a la frase alambicada escrita por Balzac o maquillar el lenguaje vulgar de un escritor de medio pelo? Son prácticas extendidas conocidas en la jerga como planchado y que, en palabras de [Miguel] Sáenz, tienen su origen en la ‘desconfianza de los editores en el lector y el desprecio del traductor. En ambas orillas’”.

Pienso que la observación de la autora es correcta, sobre todo viniendo de una española. Y concuerdo con lo dicho por Miguel Sáenz, quien repite esa misma idea cada vez que se presenta la discusión. Con todo, falta pensar en la prosodia, porque el problema no se limita al léxico, sino a cómo entran las frases por el oído y ahí, creo, hay una brecha que no puede ser minimizada.

Pero sigo leyendo. No encuentro nada referido a un aspecto que , a mi gusto, define la cuestión: la compra de derechos. Vale decir, el poseedor de los derechos de traducción de un libro es quien suele imponer la variedad de la lengua a la cual se traduce. Y ahí la cosa se complica. Me explico.

Si se trata de obviar las variantes léxicas minimizando su impacto en la lectura, habría entonces que considerar la necesidad de algún tipo de equilibrio respecto del número de títulos traducidos a uno y otro lado del Atlántico. Por razones económicas, ni México ni Argentina (para nombrar los dos mayores mercados latinoamericanos) podrían competir con las editoriales españolas en la compra de derechos, sobre todo cuando, poco a poco se impone la práctica de “rematar” los derechos entre varias editoriales, como si se tratara de cuadros en Sotheby’s.

Sumemos a lo anterior que, para aumentar la rentabilidad de la inversión, los derechos se venden según distintas modalidades: para toda la lengua, para una región, para un territorio, para un país. Salvo España, que cuenta con subsidios propios y de la Unión Europea, ningún país latinoamericano puede imaginarse el pago de 1000 euros por el derecho de traducción de un libro –una cifra bastante modesta–, a los que habrá que sumar el pago al traductor y los costos industriales, con todo lo que ello implica. Dicho de otro modo, la recuperación del dinero invertido, aun vendiendo toda la tirada, resulta poco menos que imposible.

Imaginemos ahora la misma circunstancia, pero en países como Chile o Colombia, que, en la actualidad, son promisorios polos de la edición en castellano. Sus mercados internos, sin embargo, son más pequeños que el mexicano o el argentino. La situación mencionada más arriba vuelve la empresa todavía más difícil. Su única posibilidad es exportar, pero, para hacerlo, tienen que tener los derechos para, por lo menos, la región, lo que aumenta considerablemente los costos.

Pensemos entonces en la inmensa avalancha de libros españoles que llega a Latinoamérica a traves de las empresas multinacionales, luego de que éstas, para cerrar sus balances en España, descargan el remanente con dumping en las otras provincias de la lengua castellana. 

Pensemos ahora en las muchas dificultades que tienen los libros publicados en Latinoamérica para circular en España, pese a que, con los gastos de transporte incluidos, son más baratos que los libros españoles.

La cuestión, contemplado todo esto, deja de ser meramente lingüística y pasa a ser estrictamente económica. Y, como siempre, gana el que tiene el dinero para imponer sus reglas. 

La defensa que existe de este lado del Atlántico es hacernos cargos de lo mucho que los españoles no ven (porque Francia o Alemania no lo consideraron antes, porque el mundo anglosajón no lo impuso) y trabajar intensamente con editoriales y agentes para hacerles entender que la venta de derechos de un autor para toda la lengua resta eventuales ganancias: vender un libro fraccionado y por menos dinero a cada editor lleva más tiempo, pero termina beneficiando al autor y, claro, también a su agente.

Jorge Fondebrider


martes, 22 de septiembre de 2020

Otra vez Malcolm Lowry, pero envuelto para regalo por multinacional española


En una nota firmada por Virgina Bautista, para el diario mexicano Excelsior, del 22 de agosto pasado, se anuncia la reedición de Bajo el volcán, novela del británico Malcolm Lowry, en la clásica traducción de Raúl Ortiz y Ortiz, con nuevo prólogo del escritor Julian Herbert



Bajo el volcán, novela de Malcolm Lowry, que aborda el alcoholismo y el desamor 

Un perro callejero, un caballo herrado con el número siete, un indígena sombrerudo y moribundo, dos volcanes enamorados, una botella de tequila oculta entre las flores del jardín del Edén… Éstas son “las representaciones plásticas de lo insondable”, que el escritor mexicano Julián Herbert encuentra en la novela Bajo el volcán (1947), del británico Malcolm Lowry (1909-1957). 

Publicada por primera vez en español en 1964, la obra cumbre de Lowry, ambientada en Cuernavaca (Morelos) y famosa porque su autor la concibió y la ejecutó “mientras era atravesado por el efecto fulmíneo del alcohol”, detalla Herbert en el prólogo del libro, acaba de ser reeditada por Literatura Random House, con la misma traducción de Raúl Ortiz y Ortiz, pero con un nuevo diseño que busca atraer lectores jóvenes. 

“¿Qué significa releer Bajo el volcán a estas alturas de la historia, a estas alturas de la vida?, se pregunta Herbert. “Significa, para mí, volver a la habitación del monstruo original. Aceptar que la vida es una cárcel más horrenda y majestuosa que mi comprensión o mi voluntad. Esta novela, verdadero vino de los bravos, me recuerda que la oscuridad existe, que es hermosa, y que sólo sabe obsequiar quemaduras. Y que a veces tengo que besarla en la boca”, responde el narrador. 

Andrés Ramírez, director editorial de Random House, explica que acaban de contratar para habla hispana los derechos de Bajo el volcán, que anteriormente tenía el sello Era, y de la obra completa de Lowry. 

“Tenemos la fortuna de volverla a publicar y decidimos hacer algo especial, por eso incluimos el prólogo de Julián y la famosa carta que el autor envió a su editor, Jonathan Cape, que por primera vez se publica en conjunto con la novela”, señala en entrevista con Excélsior. 

Explica que el 2 de enero de 1946, Lowry envió una misiva a Cape en respuesta al rechazo y la crítica que sus lectores hicieron sobre Bajo el volcán. “Este texto no sólo revela el genio del autor, sino también sus motivaciones literarias y su interés por otros grandes escritores en lengua inglesa. Esta carta es una defensa enérgica y precisa, y la mejor arma de persuasión de Lowry, ya que, después de leerla, Cape decidió publicar el libro tal cual llegó a sus manos”. 

Tras reconocer que Bajo el volcán es “una obra fundamental” que ha logrado impresionar a escritores de diversas generaciones, como José Revueltas, Rafael Ramírez Heredia y Herbert, el editor confiesa que es uno de sus libros favoritos. 

“En México ha tenido un impacto importante, porque sucede aquí, en Morelos. Y ha dejado una huella brutal en nuestra literatura. Es una novela memorable y absolutamente vigente, por el lado literario, de la técnica y de los recursos de la modernidad que están plasmados en términos de escritura. 

“Recuerdo al escritor José Agustín, mi padre, hablar largos ratos de este libro, pues marcó a su generación. Y no es para menos, el tema es el desamor y el alcohol, con una mirada nada moralina, muy real. El alcoholismo es un tópico de todas las culturas, pero a la vez muy mexicano. Siento que esta obra nos llega profundamente”, agrega el también poeta. 

Trilogía inconclusa 

Andrés Ramírez destaca que Lowry sólo publicó dos libros en vida y que dejó muchas obras inconclusas. “Bajo el volcán era el primer título de una trilogía que había planeado, lo cuenta en la carta a su editor. Era la parte del Infierno y luego vendría la del Purgatorio, que no terminó, y seguiría la del Paraíso, que ya nunca escribió”. 

Aclara que, si bien el británico confeccionó la novela bajo los efectos del alcohol, la reescribió tantas veces que tuvo que pasar un largo periodo sobrio para terminarla. “Al parecer, la empezó a imaginar y a escribir 26 años antes de ser publicada. Realizó varias versiones, que fue rehaciendo. Cuenta en la carta a su editor, que la primera propuesta tenía cien páginas. Y en los siguientes cinco años la transformó en lo que hoy conocemos”, dice sobre la pieza de 471 páginas. 

El editor adelanta que contrataron varias obras de Lowry, como la novela Ultramarina, que lanzarán el próximo año en DeBolsillo, “que es la otra que publicó en vida, además varias de las que dejó inconclusas y sus relatos”. 

Concluye que “es un relanzamiento total de su obra y de su libro capital. Una de las razones de publicarla es atraer a lectores más jóvenes, porque es una propuesta literaria viva”.

lunes, 21 de septiembre de 2020

El Programa Sur sigue sumando nuevos autores


El pasado 17 de septiembre, Daniel Gigena publicó en la La Nación, de Buenos Aires, el siguiente artículo referido al Programa Sur, dedicado al apoyo a las traducciones de libros de autores argentinos en el exterior. A pesar de que periódicamente se realizan informes de este tipo, resulta especialmente importante recordar el trabajo realizado, justamente para que se siga realizando.

Se tradujeron casi 1500 libros de autores argentinos en una década del Programa Sur

En una década, el Programa Sur de apoyo a las traducciones, que depende de la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería argentina, subsidió la traducción de casi 1500 títulos de 440 autores argentinos clásicos y contemporáneos, de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Sara Gallardo a Claudia Piñeiro y Ariana Harwicz. Un informe reciente del Comité de Traducciones que integran académicos, escritores y editores, difundió este año que pese a las limitaciones de la pandemia se aprobaron 63 nuevos títulos de ficción, poesía, filosofía y ciencias sociales para ser traducidos a diecinueve idiomas. Ese comité tiene la responsabilidad de evaluar las solicitudes, recomendar la aceptación o rechazarla y determinar el monto del subsidio hasta una suma máxima equivalente a 3200 dólares. La permanencia en el tiempo del Programa Sur, desde 2009, sumada a la simplicidad del trámite, ha permitido que libros de autores argentinos se lean en diversos idiomas. 

En los últimos días se conoció el reemplazo de Sergio Baur, director de Asuntos Culturales de la Cancillería, por el músico Juan Falú. Pese al recorte presupuestario que sufrió el programa de apoyo a las traducciones desde 2016, Baur lo sostuvo. Falú prometió apoyarse en los "aciertos" de la gestión de su antecesor en el cargo: el Programa Sur es uno de ellos. Al día de hoy y gracias a esta iniciativa se publicaron 1472 obras en 51 países, traducidas a 49 idiomas. Novelas, libros para chicos, antologías de poesía y de cuentos, investigaciones periodísticas, crónicas, ensayos, autobiografías y libros de divulgación conforman el catálogo de exportación del programa. 

Este año, el comité evaluó en forma virtual las solicitudes de apoyo a editores extranjeros que van a publicar a autores argentinos en 2020 y 2021. Debido a la crisis sanitaria y su impacto en el mundo editorial, la continuidad del programa representa un apoyo indispensable para la circulación internacional del libro argentino. En la lista de casas editoriales que recibirán el subsidio a la traducción hay sellos de Grecia, Serbia, Turquía, Alemania, Italia, el Reino Unido y Estados Unidos. Según los editores, las traducciones al inglés son muy importantes para hacer visible la obra de un autor extranjero en otros "mercados lingüísticos". El comité de este año está integrado por la escritora y académica María Rosa Lojo, el investigador Alejandro Dujovne, el editor Damián Blas Vives (en representación de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno), el editor Jorge Luis Bernetti (miembro de la Fundación El Libro) y el ahora exdirector de Asuntos Culturales de la Cancillería, Sergio Baur.

Entre los 63 títulos que se traducirán a diecinueve idiomas se incluyen obras de ficción, poesía, libros de ciencias sociales y humanas y obras de filosofía política. Los "pornosonetos" de Pedro Mairal se leerán en francés; una editorial del Reino Unido publicará el ensayo Una lectura feminista de la deuda, de Verónica Gago y Luci Cavallero (sobre la deuda externa argentina); un sello nigeriano volcará al yoruba El juguete rabioso, de Roberto Arlt; los poemas de Mercedes Roffé estarán disponibles en árabe y Enero, de Sara Gallardo, será traducida al portugués. Varias editoriales italianas traducirán libros sobre el peronismo, enfoques psicoanalíticos sobre el capitalismo y ficciones firmadas por María Angélica Bosco, Luis Gusmán y Edgardo Scott, entre otros. Borges y Cortázar, dos de los autores más requeridos por los editores extranjeros, serán traducidos al ucraniano por una editorial cuyo plan editorial incluye la publicación de las obras completas de ambos ídolos literarios. 

Ranking de idiomas y países 

En 2020, los idiomas más solicitados fueron el italiano (16 obras), el portugués (7), el inglés (6), el alemán (5), el griego (5) y el francés (3). Además, aumentaron los pedidos de subsidios por parte de sellos de Suecia, Macedonia y Turquía. En las solicitudes aceptadas este año figuran quince nuevos autores que "debutan" en el Programa Sur, varios de ellos de las provincias. Entre otros, aparecen Camila Sosa Villada, Gabriela Halac, Alejandro Grimson, Noé Jitrik, Mariano Blatt y gran el poeta-filósofo José Isaacson. El Programa Sur recibirá solicitudes hasta el 30 de septiembre. 

En estos once años los países que más solicitaron apoyo para la traducción de obras de autores locales son Italia (204), Francia (123), Alemania (100), Brasil (76), Estados Unidos (54), Bulgaria (43), República Checa (41), Reino Unido (41) e Israel (29). Y en el ranking de escritores más requeridos editores extranjeros, además de Cortázar y Borges (en ese orden), están Ricardo Piglia, César Aira, Claudia Piñeiro, Samanta Schweblin, Ana María Shua y Guillermo Martínez.

La información actualizada, y su Reglamento en cinco idiomas, se puede encontrar en este enlace.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Manguel y la donación de sus cuarenta mil libros


En un mundo donde la información está mucho más al alcance de la mano que en otras épocas, paradójicamente muy pocos se preguntan quién es quién. Por lo tanto, todo se acepta como bueno sin que medie reparo alguno. Sin embargo, resulta saludable detenerse de tanto en tanto a verificar datos y recurrir a fuentes que nos permitan, comprobar la veracidad de ciertos hechos, detrás de los cuales se sostienen las reputaciones.  Nada mejor entonces que someter a examen a los personajes públicos, cuando sus actos a veces resultan desconcertantes. Es el caso de  Alberto Manguel, quien ha decidido donar su biblioteca personal, no a Buenos Aires, donde dice que se formó, ni a Quebec, donde se inventó como escritor canadiense, sino a Lisboa, donde lo espera la dirección de un centro dedicado a la historia del libro.

De lo bueno a lo conveniente

En el siglo de la divulgación, resulta natural que Alberto Manguel deba su celebridad, no a las ficciones que escribió (6 para más datos), sino a sus  obras de no ficción (20, además de 14 antologías dedicadas a escritores de distintas épocas y nacionalidades). Sus obras sobre la lectura y el libro, acaso las más destacadas, repiten los conocimientos acumulados por intelectuales e investigadores de todo el planeta quienes, desde San Agustín, por mencionar un antecedente esencial y remoto, alumbran ideas sobre el libro como metáfora, como culto, como fetiche. Manguel añadió a esta secuencia la capacidad de un influencer, el mérito de convertir la lectura, su historia y artificios, en un tema de moda.

No es lo único. Lo precede un mito fundacional: haberle leído a Jorge Luis Borges siendo adolescente. Manguel recuerda esta circunstancia con profusión en entrevistas y libros. Sin embargo, y acaso para su desdicha, no quedó registrada en ninguna de las biografías dedicadas al autor de El Aleph. Ni Emir Rodríguez Monegal, ni James Woodall, ni Edwin Williamson la mencionan. Tampoco quienes formaron parte del círculo íntimo del escritor y que luego ofrecieron el extenso testimonio de la amistad “conversada”: ni María Esther Váquez, ni Alicia Jurado, ni Néstor Ibarra, ni Victoria Ocampo, ni Norman Thomas di Giovanni, ni Fernando Sorrentino, ni Roberto Alifano mencionan a Manguel. Tampoco hay fotografías. Sólo Bioy alude a Manguel en testimonios más tardíos (martes 3 de diciembre de 1968; miércoles 27 de octubre de 1971; sábado 6 de mayo de 1972; jueves 8 de marzo de 1979; sábado 17 de marzo de 1979; miércoles 30 de mayo de 1979), pero en ellos no se refiere nunca a las visitas al departamento de la calle Maipú, epifanía iniciática que Manguel nos recuerda cada vez que puede.

Buscando al azar de Internet, uno encuentra, por ejemplo, una entrevista con el poeta y crítico literario español José Luis García Martín. Allí se lee: “Estudiante todavía de bachillerato, a los quince o dieciséis años, [Manguel] necesitaba dinero para comprar libros, así que llamó a las tres o cuatro librerías inglesas y alemanas de Buenos Aires en busca de trabajo. Le aceptaron en la librería Pigmalión. A ella iban a comprar libros ingleses y alemanes todos los grandes escritores argentinos, entre ellos Borges, que ya estaba ciego y que le sugirió que le visitara de vez en cuando para leerle algunas páginas” (puede comprobarse en la edición del periódico asturiano La Nueva España, del 14 de abril de 2011(1).

También, cuando Manguel presentó su libro sobre Borges en el Malba, contó: “A veces me abría Fanny, la mucama, a veces me abría él. Estaba vestido de traje, corbata, con el bastón y el pañuelo perfumado. No había charla de ningún tipo: ‘Buenas noches, vamos a leer Kipling’. Nos sentábamos en dos sillones y empezábamos. No se hablaba de nada que no fuese literatura”. (2)

El testimonio se amplía en el libro en cuestión: “Borges venía a Pigmalion al caer la tarde, en el camino de regreso de su trabajo como director de la Biblioteca Nacional. Un día, luego de seleccionar tres o cuatro libros, me preguntó si no podía ir a leerle por las noches, siempre que yo no tuviese otra cosa que hacer, dado que su madre, que había cumplido ya los noventa, se cansaba con facilidad. Borges solía pedirle esto casi a cualquiera: a estudiantes, a periodistas que iban a entrevistarlo, a otros escritores. Existe un vasto grupo compuesto por todos aquellos que alguna vez le leyeron: pequeños Boswells que raramente conocen la identidad de los otros pero que, de forma colectiva, mantienen la memoria de uno de los más cabales lectores del mundo. En aquella época, yo desconocía su existencia; tenía dieciséis años. Acepté y tres o a los sumo cuatro veces por semana, visitaba a Borges en el estrecho departamento que compartía con su madre y con Fanny, la mucama”. (Alberto Manguel. Con Borges, traducción de Eduardo Berti, Buenos Aires, Siglo XXI, 2016)

¿Por qué hace falta contar la misma historia? Tal vez porque una historia, para adscribirse a la categoría de mito, necesite ser repetida muchas veces. Ahora bien, si ese mito se difunde donde no pueda enmarcárselo en su correspondiente contexto —haber sido uno entre los muchísimos lectores de Borges, un nombre que, se sabe, abre puertas—, los beneficios pueden ser exponenciales. De hecho, para Manguel lo fueron.

Con todo, hay cabos sueltos. Uno de ellos tiene que ver con Black Water, una célebre antología que editó en 1983. Hasta entonces, fuera de unos pocos libros —Variaciones sobre un tema de Durero (1968), Variaciones sobre un tema policial (1968), Antología de literatura fantástica argentina (1973) y Guía de lugares imaginarios (1980), primer libro exitoso, que firmó con Gianni Guadalupi—, Manguel había desarrollado una discreta reputación, tanto en el ámbito periodístico, como en el pequeño mundo editorial. Black Water en cambio fue un éxito. Se trata de una antología de relatos fantásticos firmada por el lector de Borges. Salvo que, en palabras de Adolfo Bioy Casares, es un refrito de una antología que él y Borges estaban preparando a pedido de… Manguel.

Revisando los detalles de esa historia, nos enteramos de que, “en 1979 [Borges y Bioy] recibieron la propuesta de compilar una nueva Antología de la literatura fantástica. Para este Handbook of Fantastic Literature, Borges y Bioy escribieron un prólogo y prepararon un índice. En marzo de 1980, Alberto Manguel les comunicó que el libro sería editado por Lester & Orpen Dennys, de Toronto, a principios de 1981. Finalmente, en 1983, Manguel publicó en dicha editorial, bajo su exclusiva autoría, la antología Black Water.(Adolfo Bioy Casares, Borges, Buenos Aires, Emecé, 2006, pág. 1528). El volumen, que tiene varias ediciones, reproduce en gran parte la lista de autores de la Antología inicial y también varios de aquellos relatos. Completan la selección otros escritores que fueron incluidos inusitadamente en la traducción norteamericana (Viking Penguin, 1988) de la obra de Borges, Bioy y Silvina Ocampo. Y otros que el presente considera ‘encantadores y brillantes’ o, con palabras de Pierre Bourdieu, nacidos de los bombos mutuos”. (Anna Gargatagli, en El hilo de la fábula. Revista anual del Centro de Estudios Comparados, Universidad Nacional del Litoral (16), 49–60). Si quedaran dudas de los dichos de Bioy y de su confirmación por parte de Gargatagli, puede recurrirse al cuadro comparativo que Daniel Martino se tomó el trabajo de realizar entre la obra que prepararon Borges y Bioy y la antología que firma Manguel. (3)

Los datos biográficos de este último son  parte de un rompecabezas al que a veces le faltan piezas y a veces le sobran. Como se trata de un individuo público, algunos de ellos están consignados en diversos artículos de las distintas versiones de Wikipedia (por caso, las versiones en castellano, inglés y francés) que no suelen coincidir ni son suficientes. Ésas y otras fuentes señalan que nació en 1948 y que pasó sus primeros 7 años en Israel, donde su padre, Pablo Manguel —uno de los “judíos de Perón”, tal como lo describe el historiador israelí Raanan Rein, en su libro Los muchachos peronistas judíos (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2014)—, fue embajador de Argentina para convencer a los israelitas de que Perón no era antisemita.

Según el mismo Manguel, aunque sus padres sólo hablaban castellano (y algo de francés), él aprendió inglés y alemán con su niñera Ellin Slonitz. Si las fechas son correctas (y todos los artículos parecen coincidir al menos en eso), vivió en la Argentina entre 1955 —que, como se recordará, es la fecha del golpe de estado contra Perón, el protector de su padre— y 1967, lo que implica que se fue del país a los 19 años. En esos años porteños, fue que conoció a Jorge Luis Borges en la librería Pigmalion, etc.

Después, se fue a vivir un tiempo en París, volvió a Buenos Aires –donde trabajó en el diario La Nación y en las editoriales Kapelusz y Galerna–, viajó a Milán e ingresó en la prestigiosa editorial de Franco Maria Ricci. Posteriormente, en 1976, se fue a Tahití para trabajar en Les Éditions du Pacifique –editorial dedicada a los libros de viajes, fotografía y gastronomía–, lo que lo llevaría de vuelta a París y nuevamente a Tahití, hasta 1982. Ese año se mudó a Toronto, donde vivió hasta el año 2000.

Volviendo al artículo de García Martín antes citado, “Tras un matrimonio, que acabó pronto, el encuentro más decisivo de su vida se narra de esta aséptica manera: ‘A comienzos de los años noventa, conocí a Craig Stephenson. Él era profesor en un liceo y había preparado una antología de literatura internacional para las escuelas. Quería que yo le escribiera el prefacio. Así nos conocimos. Poco después, Craig quiso seguir estudios de psicoanálisis en Zurich. Decidimos entonces instalarnos en Europa durante el tiempo que le demandaran sus estudios’.” Y así parece ser que, en 2000 Alberto Manguel llegó a Francia procedente de Canadá, con Craig Stephenson..

Alberto Manguel en su residencia de Mondion
Ese año, Manguel se instaló en Mondion, no lejos de Chatellerault, en la comuna de Vienne, a unos 35 km. de la ciudad de Lyon. Quince años más tarde, se vio obligado a irse, dejando atrás su biblioteca de más de treinta mil volúmenes. Interrogado en ese momento por el diario La Nouvelle République, manifestó: “No quiero entrar en detalles, pero me voy, sobre todo, por una cuestión administrativa”. Luego, en la misma nota, despotricaba sobre la falta de lógica de la administración francesa, algo que, según él, no debería suceder en un país que se dice cartesiano. La nota, firmada por Franck Bastard concluía con una aclaración: “El escritor esta en conflicto desde hace varios años con la administración fiscal francesa que le reclama un impuesto impago, aunque él asegura estar en regla. La cuestión está en manos de su abogado” (4)

La publicación de este artículo desató la ira de Manguel, quien, aparentemente, amenazó al periódico con un juicio. No obstante, la noticia ya se había instalado y, de tanto en tanto, vuelve a aparecer, como en la nota firmada por Chantal Guye, en la página digital de La Presse, del 7 de febrero de 2019. Allí se lee: “Problemas con la burocracia francesa obligaron a Alberto Manguel a trasladar su preciada biblioteca, cuyas obras se encuentran actualmente en el almacén de Éditions Leméac [de Quebec]. Un drama para este amante de los libros, que quiere legar su colección a Quebec”.(5)

Los problemas con la burocracia francesa a los que se refiere la autora son la falta de pago de impuestos por la propiedad que Manguel tenía en Mondion, durante los años en que enseñó en la Faculté des Lettres de la Université de Poitiers. Eso, en su momento, le significó no poder retirar los libros de su casa que, para más datos, era un antiguo presbiterio refaccionado. En un artículo de William Irigoyen, publicado en L’Orient Littéraire, n° 166, (6) se lee que Manguel, obligado “a salir de Francia por motivos fiscales, tuvo que volver a embalar su biblioteca”. Los medios franceses prefirieron señalar que por “razones administrativas de las que no quiere hablar, Alberto Manguel tuvo que vender el presbiterio y reempacar su biblioteca”, (7) aunque no hayan quedado constancias en la prensa argentina.

Alberto Manguel y Pablo Avelutto
Dejar tantos libros atrás debió haber sido muy doloroso, pero, en 2015, Mauricio Macri lo rescató de esa circunstancia. No es cuestión de pensar que el expresidente haya leído a Manguel. Todo ocurrió a través de Pablo Avelutto, atrabiliario ministro de cultura —más tarde devenido secretario de cultura gracias a la “política cultural” de Macri—, quien, a falta de intelectuales en el nervio del macrismo, le propuso a Manguel dirigir la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Así, el lector de Borges se sacrificó por la Argentina. Lo explicó en estos términos: “Estoy pagando mi deuda con el país que me dio la educación sobre la que basé mi carrera”. (8)

Esa educación, según fue posible verificar, se limitó a seis años en el Colegio Nacional Buenos Aires —1961 a 1966— y a un año —más precisamente, 1967— en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A. A pesar de los méritos del secundario mencionado y de la calidad de la Universidad de Buenos Aires, nada de esto habilita a nadie a convertirse en profesor universitario y menos de Princeton o Columbia, salvo que uno sea Borges o que sepa moverse muy bien en los círculos intelectuales y académicos.

Pero volviendo a la deuda de Manguel con Argentina, sin duda era más chica que la que tenía con la administración francesa, ya que, al cabo de dos años —en los que ingenuamente la Academia Argentina de Letras lo incorporó como miembro pleno—, alegó motivos de salud, casualmente coincidentes con la falta de presupuesto para la biblioteca que dirigía y la baja de popularidad del gobierno que lo había contratado. De modo que Manguel partió hacia otros horizontes.

No tardó mucho en recuperarse porque, unos meses después, el periódico virtual InfoBAE informaba que Manguel se había embarcado para dictar conferencias en un crucero de lujo: “El reconocido intelectual y escritor, uno de los funcionarios más prestigiosos de la gestión Macri hasta su salida en junio del año pasado presuntamente por razones de salud (otras versiones aseguraban que el motivo fue el ajuste y recorte de presupuesto), zarpará en el mes de mayo desde el Puerto de Roma (sic) para un viaje de 10 días que seguirá por Capri, Grecia, Malta, Montenegro y Croacia, hasta finalizar su recorrido en Venecia”. El autor de la nota, que se publicó sin firma, se preguntaba cuánto había que pagar para disfrutar de esa "experiencia deluxe" en el inicio del verano europeo. La respuesta era simple: “Casi 6 mil dólares por persona, entre los 4.800 dólares del viaje al crucero y los 900 dólares en concepto de honorarios para Manguel”. (9)

A principios de septiembre de este año, vía la Agencia EFE, se supo que Manguel iba a donar la famosa biblioteca, no a Quebec ni a Buenos Aires, ni a ninguna ciudad de Francia, sino a Lisboa: Así lo cuenta InfoBAE, en una nota del 8 de septiembre pasado: “El ex director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel, donará su famosa biblioteca, compuesta por 40.000 volúmenes, al Ayuntamiento de Lisboa, en el marco de Feria del Libro de la capital portuguesa. De acuerdo a fuentes cercanas al autor, Manguel (Buenos Aires, 1948) tiene previsto llegar a Lisboa en los próximos días y realizará el anuncio el sábado. La ciudad aceptaría la donación y los destinará para crear una nueva instalación que bautizará como el Centro de Estudios de Historia de la Lectura, aseguran desde agencia EFE, como también se hará oficial la creación de este espacio en la misma ceremonia”. El acuerdo incluye que “Tras la donación, el autor dirigirá otro futuro Centro, el de Historia del Libro de la ciudad lusa”. (10)

Entonces, lo que contaba Bioy tal vez no haya sido un hecho aislado, propio del oportunismo de alguien que, de joven, buscaba su lugar bajo el sol. Horacio González, predecesor de Manguel en la dirección de la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”, en una entrevista con Patricio Zunini, dijo: “Me parece un orfebre, con un grado de erudición notable, que elabora una historia de la lectura y de la posición del lector frente a distintos dilemas: la angustia, el aburrimiento, la persecución a los intelectuales, la clásica imputación del intelectual como alejado de la realidad”.(11) González dejaba entrever en sus conclusiones que Manguel, en cierta forma, corteja al lector de alcurnia. ¿Cuál es ese lector? Acaso el que busca matizar un crucero de lujo por el Mediterráneo con el tipo de charla prestigiosa que Manguel les ofrece a los legos. Un examen más minucioso tal vez permitiría comprobar hasta qué punto su propio prestigio —vale decir, su trabajo para convertirse en una marca registrada— dependió de lo que ocurre en el camino ciceroniano que va de lo bueno a lo conveniente.

Jorge Fondebrider











jueves, 17 de septiembre de 2020

Obras que no tienen titulares de derecho



El siguiente artículo, firmado por Gabriela Moscardini y editado por Miriam Burgués, apareció en el sitio EuroEFE el pasado 5 de agosto. En él se discute qué pasa con aquellas obras que, por ausencia de autor o derechohabientes, nadie reclama.

¿De quién son las obras huérfanas?

Madrid (EuroEFE).- Sin madre, padre, hijos o familiares cercanos. Pertenecientes a todos. Así son las canciones, libros, artículos de periódicos y revistas, y películas que permanecen protegidos bajo la ley de derechos de autor pero cuyos autores o titulares de derechos no pudieron ser localizados o identificados. A estas creaciones se les llama obras huérfanas.

¿Son lo mismo que una obra de autor desconocido? La respuesta es no.

“No se puede decir que autor desconocido y obra huérfana sean sinónimos”, explica a Efe la investigadora Brenda Siso Calvo, doctora en Ciencias de la Documentación.

Calvo precisa que un autor desconocido se relaciona con el hecho de que no es posible determinar quién ha creado o producido la obra. Mientras tanto, para que una obra sea considerada huérfana hay que tener en cuenta una serie de factores, entre ellos la imposibilidad de identificar ni al autor ni a los titulares de derechos, es decir, aquellos que tienen la oportunidad de obtener remuneración sobre ella.

También puede ser considerada huérfana una obra en la cual se puede identificar al autor pero no a los titulares de derechos. Igualmente aquella en la que posible identificar a los titulares pero no han podido ser localizados.

“La condición de huérfana se vincula estrechamente con el uso que se pueda o no hacer de una determinada obra de acuerdo con los usos autorizados por el marco legal”, resume la investigadora.

Para que una obra sea declarada huérfana, es necesaria una “búsqueda diligente y de buena fe” del titular de los derechos de autor o herederos.

Una de las principales dificultades a las que se enfrentan museos, bibliotecas o archivos con colecciones de obras huérfanas “es que no existen metodologías o pautas precisas que sirvan de soporte para llevar a cabo la búsqueda diligente y para todo el proceso de declaración de obra huérfana en general”, apunta Calvo.

Directiva sobre las obras huérfanas
Desde 2012, a partir de la Directiva europea 2012/28/UE, se estableció de qué manera las entidades debían hacer las búsquedas y se dejó a los Estados miembros la responsabilidad de determinar una lista de fuentes de información a consultar.

La misma directiva ha permitido a instituciones públicas, bibliotecas y museos poner a disposición del público y de manera gratuita las fotografías, películas, textos y otras obras consideradas huérfanas.

A partir de esa normativa, la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO) se convirtió en la responsable de gestionar y mantener la base de datos de acceso público sobre obras huérfanas.

Calvo recuerda que esa directiva “surge ante la necesidad de impulsar la libre circulación del conocimiento en consonancia con el desarrollo de una Agenda Digital para Europa y, por tanto, facilitar mediante un marco jurídico la digitalización a gran escala, difusión en línea y puesta a disposición del público de obras protegidas por derechos de autor”.

Quedan muchos retos y trabajo por hacer para desarrollar la Directiva europea 2012/28/UE. Uno de los obstáculos señalados por Calvo es que la normativa contempla que los titulares de derechos puedan reclamar y poner fin a la condición de obra huérfana, y eso podría impedir que las “entidades mencionadas digitalicen gran parte de sus colecciones”.

Según Calvo, “si a los escasos recursos que caracterizan a este tipo de instituciones se le suman las posibles indemnizaciones se ve enormemente limitado el impulso de la digitalización, que puede ser vista como un riesgo que a las entidades no les compensa asumir o como una inversión poco segura.”

¿Cuántas obras huérfanas hay en Europa?
No es posible saber a ciencia cierta cuántas obras huérfanas están distribuidas por las bibliotecas, museos, archivos y otras instituciones de Europa.

En la investigación “Análisis del estado de declaración de obras huérfanas en Europa”, los autores Arquero Avilés y Marco Cuenca reunieron datos de la EUIPO y, a partir de un informe de la Comisión Europea, estimaron que hay 3 millones de libros clasificados como huérfanos, lo que supone un 13% de los libros con derechos de autor en la UE.

Otra investigación, en la que ha participado Calvo y titulada “Orphan Works and Diligent Search Procedures in Europe”, concluyó que, de los 28 Estados miembros de la UE, 14 han declarado y catalogado obras en la base de EUIPO.

De ellos, Polonia es el país con más obras registradas, con un 62% del total. Le siguen Reino Unido, Países Bajos, Hungría y Alemania.

La salida del Reino Unido de la UE podría implicar una retirada de sus registros en la base de datos de EUIPO y, en consecuencia, una disminución del total de obras de la plataforma.


miércoles, 16 de septiembre de 2020

Cortazar lee la traducción de Ponge de Borges

Fernando Sorrentino

El 9 de octubre de 2002, Fernando Sorrentino publicó en la fallecida página El Trujamán, del Instituto Cervantes, el siguiente artículo sobre un hipotético error de Jorge Luis Borges, al traducir un poema de Francis Ponge para la revista Sur, comentado por Julio Cortázar.

Borges: acusado y absuelto

El número 17 de la tercera época de la revista Proa (Buenos Aires, mayo-junio, 1995) registra un breve texto inédito de Julio Cortázar titulado «Translate, traduire,tradurre: traducir».

En él, entre otros temas, compara el placer de traducir con el trabajo de traducir:

"Trujamán silencioso, en mi juventud viví tiempos de delicia mientras traducía libros como Mémoires d’Adrien, de Marguerite Yourcenar, o L’immoraliste, de André Gide, y años después los pagué con jornadas de horror o de letargo frente a los informes de algunos expertos de las Naciones Unidas en las esferas (ellos lo escriben así) de la sociología / alfabetización / regadío / medios masivos de comunicación (sic) / biblioteconomía / reactores atómicos de agua pesada, etcétera, que en general merecían su denominación de informes pero en segunda acepción."

Hay también algunas bromas sobre errores o disparates variados que se deslizan en traducciones y no falta —en su estilo de artificiosa oralidad— la simpática autotomadura de pelo:

"He palidecido al releer fragmentos de mis viejas versiones literarias, como en el caso del célebre pero olvidado estudio del abate Brémond sobre plegaria y poesía, donde me equivoqué sobre el esprit en el sentido de ingenio o agudeza y lo traduje derecho viejo como ‘espíritu’, estropeándole el pasaje al buen abate."

Pero enseguida agrega:

"Claro que peor le ocurrió a Borges que en un poema creo que de Francis Ponge tradujo sol por ‘sol’ en vez de ‘suelo’, pero ya se sabe que esas cosas pasan en las mejores familias, vide San Jerónimo."

Muy bien. Ocurre que, en toda su vida, Borges tradujo, del francés, tres poemas (o, mejor dicho, un poema y una suerte de prosa poemática):

El poema es «Paysage cruel» (constituido por cuatro partes tituladas «Trame», «Moments», «Animale», «Le temps de l’insecte»); esta obra pertenece a Édith Boissonnas (1904-1980).


Las prosas poemáticas pertenecen, en efecto, a Francis Ponge (1899-1988) y se titulan «De l’eau» y «Bords de mer»*.

La revista Sur, en su entrega dedicada a la literatura de Francia (Buenos Aires, año 16,n.147-148-149, enero-febrero-marzo, 1947), incluye todos estos textos en versión bilingüe con páginas enfrentadas: en las pares se halla el original francés; en las impares, la versión española de Borges.

Por exceso de escrúpulo (Cortázar escribió «creo que de Francis Ponge») revisé también el texto de Edith Boissonnas: allí no aparecen los vocablos sol ni soleil.

Tampoco se encuentran en «Bords de mer». Pero sí en «De l’eau», según este detalle:

El vocablo sol figura cinco veces (a = Ponge; b = Borges):

a.       Comme le sol, comme une partie du sol, comme une modification du sol
b.      Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.

a. (…) se couche à plat ventre sur le sol (…)
b. (…) se acuesta boca abajo en el suelo (…).

a. (…) dans son désir d’adhérer au sol (…).
b. (…) en su deseo de adherirse al suelo (…).


En cambio, soleil sólo se halla dos veces:


a. Cependant le soleil et la lune sont jaloux de cette influence exclusive(…)

b. Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva (…).

a.Le soleil alors prélève un plus grand tribut.

b. El sol le arranca entonces mayor tributo.

Como vemos —y no podía esperarse otra cosa—, no hay ningún error en la traducción de Borges. Queda, por lo tanto, absuelto de culpa y cargo de la acusación de haber cometido tan grosero dislate.

En cuanto a la información suministrada por Cortázar, puede considerarse un ejercicio de literatura fantástica, a la que tan afecto era el imaginativo y cosmopolita narrador.

martes, 15 de septiembre de 2020

Todo un año para leer a Dante Alighieri


“Los actos de conmemoración por el séptimo centenario de la muerte de Dante Alighieri que arrancarán el próximo domingo y se extenderán hasta el 13 de septiembre de 2021, se harán en distintas ciudades de Italia y se podrán ver en todo el mundo por streaming, pero además tendrán su correlato en distintas reediciones y actividades que realizarán las instituciones argentinas de la enseñanza del idioma y de la cultura italiana”. Eso dice la bajada de la noticia publicada sin firma, por la Agencia TELAM, el pasado 10 de septiembre.

La Divina Comedia: traducciones y homenajes
de un libro que "no es de este mundo"

Los actos de conmemoración del séptimo centenario de la muerte de Dante serán principalmente en Rávena donde está sus restos mortales, así como en Bolonia -lugar de sus estudios- y en Florencia, ciudad en la que nació y de la que fue expulsado. Sin embargo, localidades como Génova, Nápoles, Verona, Siena, Roma y Brindisi no son ajenas a la obra de Alighieri como lo destaca Giulio Ferroni en su libro La Italia de Dante, reciente ganador del prestigioso Premio Viareggio-Rèpaci 2020, en la categoría no ficción.

En la Argentina, distintas actividades institucionales de las cátedras de lengua y literatura italianas, tanto de la Universidad de Buenos Aires y de La Plata se sumarán al curso libre y gratuito en italiano de “Lectura Dantis”, que se da hace más de 10 años, todos los jueves a las 14, en el Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires. Este año se puede ingresar por la plataforma Zoom o por YouTube.

En cuanto a las traducciones, el poeta y traductor Jorge Aulicino señala que “en la Divina comedia, por la cantidad de versiones que tuvo a lo largo de 700 años, se puede ver que cada época traduce a su manera”.

A la traducción argentina realizada por Bartolomé Mitre hay que sumar una traducción considerada por unanimidad como absurda: la “versión lírica” de Francisco Soto y Calvo, una edición ordenada por el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, publicada en 1940 e impresa en los talleres de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires. Aulicino, quien posee una edición comentada a mano por Antonio Luis Beruti (quien también tradujo y publicó el “Infierno” en 1930) dice: “Beruti tiene razón en todo: la versión que comenta es increíblemente mala”.

También existe la traducción de Ángel Battistessa –editada por el Fondo Nacional de las Artes y Carlos Lohlé, en 1971– la cual “está asociada al espíritu de la revista Sur”, según sostiene Claudia Fernández Speier en su libro Las traducciones argentinas de la Divina Comedia (Eudeba, 2019).

En 2002, apareció una versión bilingüe en tres tomos publicada por el Grupo Editor Latinoamericano, con la versión de Antonio Jorge Milano, un médico psiquiatra que en sus ratos libres se dedicó a traducir la Divina Comedia. La edición es del poeta Luis Tedesco y en el 2014 fue reeditada en fascículos por el diario Página/12, con las singulares ilustraciones de Rep.

En el 2015, Edhasa publicó los tres volúmenes bilingües de la traducción de Jorge Aulicino, de la cual el "Infierno" ya se había conocido en 2011 publicado por la editorial Gog y Magog, con las ilustraciones de Carlos Alonso.[1]





[1] Esa misma edición, corregida por el traductor, apareció en 2018, publicada por la editorial chilena LOM y es la que actualmente se consigue en las librerías de Buenos Aires y Santiago de Chile.