miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡Felisa, me muero!


El blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires les agradece a sus lectores la sostenida compañía a través de todo el año y les desea lo mejor para el 2015 (salvo a Pérez Reverte, los tipos de la FUNDEU y los viejos carcamanes de la Real Academia, claro... y eso apenas para empezar a hablar).


martes, 30 de diciembre de 2014

Un poema de Drummond de Andrade












Alfredo Fressia (Montevideo, 1948), profesor de literatura, periodista cultural y traductor de poesía brasileña, publicó el viernes 26 de diciembre pasado en El Cultural, del diario uruguayo El País, su versión de “La máquina del mundo”, un poema de Carlos Drummond de Andrade, incluido en Claro Enigma, un volumen del poeta brasileño aparecido en 1951. Es, si se quiere, una muy buena forma de ir despidiendo el año. dientes.

La máquina del mundo

En el Canto X de Os Lusíadas, Luis Vaz de Camões (Lisboa, aprox. 1524–1580) inicia el relato del retorno a Portugal de su héroe, Vasco da Gama. En el camino, Venus premia al héroe y a sus marineros por su triunfo en las Indias con una “isla del amor” habitada por ninfas. Una de ellas, Tetis, lleva a Gama a una cumbre donde le muestra la platónica, prístina “Máquina del Mundo”. Es un globo, “Uniforme, perfecto, en sí sostenido”, brilla desde el centro hasta la superficie y reproduce toda la mecánica celeste, lo que fue y lo que será. El héroe ve entonces “lo que no puede [ver] la vana ciencia/ de los errados y míseros mortales”.

Es uno de los momentos altos (y lo de altos va en varios sentidos) del poema de Camões. Si para muestra basta un botón, sirvan estas estancias (79 y 80) que traduzco, situadas en el comienzo del discurso de Tetis:

                   (…)
                   Dice la Diosa: “El modelo, reducido
                   en pequeño volumen, aquí te doy
                   del Mundo a tus ojos para que veas
                   por dónde vas e irás y qué deseas.

                   Ves aquí la gran Máquina del Mundo,
                   etérea y elemental, que fabricada
                   así fue del Saber, alto y profundo,
                   que es sin principio y meta limitada.
                   Quien cerca alrededor este rotundo
                   globo y su superficie tan limada
                   es Dios: mas lo que es Dios nadie lo entiende,
                   que a tanto el genio humano no se extiende.”

En 1951 Carlos Drummond de Andrade (Itabira, Minas Gerais, 1902–1987) publica el libro Claro Enigma, un grupo de poemas en explícita sintonía con los clásicos (Camões entre otros), bajo el epígrafe de Paul Valéry “Les événements m’ennuient” (“los acontecimientos me aburren”). En este libro aparecerá el poema “La máquina del mundo” (así, con minúscula), que establece inmediatamente un diálogo con la Máquina del Mundo de Camões y sin duda con la Divina Comedia, de la que reproduce la estructura en tercetos, con la métrica de las terzas de Dante (lo que la prosodia española llama “endecasílabos” y la portuguesa llama “decasílabos”).

Pero si Vasco da Gama y Dante conocían durante su marcha una revelación y llegaban al Paraíso y a Lisboa, el hombre que anda por este camino de Minas Gerais –la tierra natal de Drummond–, también en viaje inhóspito (el camino pedregoso, como la selva oscura o las tormentas promovidas por los dioses enemigos), es más bien el hombre laico, que en medio del siglo XX resulta incapaz de aceptar la revelación de la máquina del mundo, la que sin embargo se presenta en medio del camino y enseña “la naturaleza mítica de las cosas”.

El poema guarda en buena medida el lenguaje clásico. El hombre cansado está “laso”, e, indiferente, es “incurioso”. Pero la marcha del hombre de Drummond, en estos endecasílabos blancos, acaba en un fracaso, o en una caminata sin sentido conocido ni “derrotero” por el sendero pedregoso de Minas Gerais.
Se trata de un poema difícil y, sin embargo, tan claro como el oxímoron del Claro Enigma que es el nombre del libro que lo contiene. Exige bastante del lector, como suele hacerlo la poesía, y tal vez se acceda realmente a él después de varias lecturas. Esos días en que los lectores estamos “lasos” e “incuriosos”, es mejor que nos abstengamos de la lectura. Va recomendada en cambio para quien quiera penetrar en lo mejor de la lírica en idioma portugués, y entrever, quizás, la “máquina del mundo”.

Obra canónica, si las hay, el poema conoció otras traducciones al español, pero esta que ofrece El País Cultural, además de intentar superar algunos posibles errores, tiende a la literalidad justamente porque se presenta junto al original, con la intención de oír al otro y, dentro de lo posible, de invitar al lector a aventurarse en él y con él. El camino puede ser arduo, pero éste no resultará “pedregoso”.

Primero va la versión original, y luego la nueva versión en español:


A MÁQUINA DO MUNDO

                                           Carlos Drummond de Andrade

E como eu palmilhasse vagamente
uma estrada de Minas, pedregosa,
e no fecho da tarde um sino rouco

se misturasse ao som de meus sapatos
que era pausado e seco; e aves pairassem
no céu de chumbo, e suas formas pretas

lentamente se fossem diluindo
na escuridão maior, vinda dos montes
e de meu próprio ser desenganado,

a máquina do mundo se entreabriu
para quem de a romper já se esquivava
e só de o ter pensado se carpia.

Abriu–se majestosa e circunspecta,
sem emitir um som que fosse impuro
nem um clarão maior que o tolerável

pelas pupilas gastas na inspeção
contínua e dolorosa do deserto,
e pela mente exausta de mentar

toda uma realidade que transcende
a própria imagem sua debuxada
no rosto do mistério, nos abismos.

Abriu–se em calma pura, e convidando
quantos sentidos e intuições restavam
a quem de os ter usado os já perdera

e nem desejaria recobrá–los,
se em vão e para sempre repetimos
os mesmos sem roteiro tristes périplos,

convidando–os a todos, em coorte,
a se aplicarem sobre o pasto inédito
da natureza mítica das coisas,

assim me disse, embora voz alguma
ou sopro ou eco ou simples percussão
atestasse que alguém, sobre a montanha,

a outro alguém, noturno e miserável,
em colóquio se estava dirigindo:
“ O que procuraste em ti ou fora de

teu ser restrito e nunca se mostrou,
mesmo afetando dar–se ou se rendendo,
e a cada instante mais se retraindo,

olha, repara, ausculta: essa riqueza
sobrante a toda pérola, essa ciência
sublime e formidável, mas hermética,

essa total explicação da vida,
esse nexo primeiro e singular,
que nem concebes mais, pois tão esquivo

se revelou ante a pesquisa ardente
em que te consumiste ... vê, contempla,
abre teu peito para agasalhá–lo.”

As mais soberbas pontes e edifícios,
o que nas oficinas se elabora,
o que pensado foi e logo atinge

distância superior ao pensamento,
os recursos da terra dominados,
e as paixões e os impulsos e os tormentos

e tudo que define o ser terrestre
ou se prolonga até nos animais
e chega às plantas para se embeber

no sono rancoroso dos minérios,
dá volta ao mundo e torna a se engolfar
na estranha ordem geométrica de tudo,

e o absurdo original e seus enigmas,
suas verdades altas mais que todos
monumentos erguidos à verdade;

e a memória dos deuses, e o solene
sentimento de morte, que floresce
no caule da existência mais gloriosa,

tudo se apresentou nesse relance
e me chamou para seu reino augusto,
afinal submetido à vista humana.

Mas, como eu relutasse em responder
a tal apelo assim maravilhoso,
pois a fé se abrandara, e mesmo o anseio,

a esperança mais mínima — esse anelo
de ver desvanecida a treva espessa
que entre os raios do sol ainda se filtra;

como defuntas crenças convocadas
presto e fremente não se produzissem
a de novo tingir a neutra face

que vou pelos caminhos demonstrando,
e como se outro ser, não mais aquele
habitante de mim há tantos anos,

passasse a comandar minha vontade
que, já de si volúvel, se cerrava
semelhante a essas flores retincentes

em si mesmas abertas e fechadas;
como se um dom tardio já não fora
apetecível, antes despiciendo,

baixei os olhos, incurioso, lasso,
desdenhando colher a coisa oferta
que se abria gratuita a meu engenho.

A treva mais estrita já pousara
sobre a estrada de Minas, pedregosa,
e a máquina do mundo, repelida,

se foi miudamente recompondo,
enquanto eu, avaliando o que perdera,
seguia vagaroso, de mãos pensas.



LA MÁQUINA DEL MUNDO

                                               Versión de Alfredo Fressia

Y como yo recorriera lentamente
un camino de Minas, pedregoso,
y al cierre de la tarde una ronca campana

se mezclara al son de mis zapatos
que era pausado y seco; y las aves planearan
en el cielo de plomo, y sus formas prietas

lentamente se fueran diluyendo
en la oscuridad mayor, venida de los montes
y de mi propio ser desengañado,

la máquina del mundo se entreabrió
para quien de penetrarla se esquivaba
y sólo de pensarlo se plañía. 

Se abrió majestuosa y circunspecta,
sin emitir un son que fuera impuro
ni un destello mayor al tolerable

por las pupilas gastadas en la observación
continua y dolorosa del desierto,
y por la mente exhausta de especular

toda una realidad que excede
su propia imagen delineada
en el rostro del misterio, en los abismos.

Se abrió en calma pura, y convocando
cuantos sentidos e intuiciones restaban
a quien por haberlos usado los perdiera

y tampoco desearía recobrarlos,
si en vano y para siempre repetimos
los mismos periplos tristes y sin derrotero,

convocándolos a todos, en cohorte,
a aplicarse sobre el pasto inédito
de la naturaleza mítica de las cosas,

así me dijo, aunque ninguna voz
o soplo o eco o simple percusión
atestiguara que alguien, sobre la montaña,

a otro alguien, nocturno y miserable,
en coloquio se estaba dirigiendo:
“Lo que buscaste en ti o fuera de

tu ser restricto y nunca se ha mostrado,
aun afectando darse o rindiéndose,
y a cada instante retrayéndose más,

mira, repara, ausculta: esa riqueza
sobrante en toda perla, esa ciencia
sublime y formidable, pero hermética,

esa total explicación de la vida,
ese nexo primero y singular,
que no concibes más, pues tan esquivo

se reveló ante la busca ardiente
en que te consumiste… ve, contempla,
abre tu pecho para abrigarlo.”

Los más soberbios puentes y edificios,
lo que en los talleres se elabora,
lo que pensado fue y enseguida alcanza

una distancia superior al pensamiento,
los recursos de la tierra dominados,
y pasiones e impulsos y tormentos

y todo lo que define al ser terreno
o se prolonga hasta en los animales
y llega a las plantas para embeberse

en el sueño rencoroso de los minerales, 
da vuelta al mundo y se vuelve a abismar
en el extraño orden geométrico de todo,

y el absurdo original y sus enigmas,
sus verdades altas más que todos
los monumentos erigidos a la verdad;

y la memoria de los dioses, y el solemne
sentimiento de muerte, que florece
en el tallo de la existencia más gloriosa,

todo se presentó en esa mirada furtiva
y me llamó para su reino augusto,
por fin sometido a vista humana.

Mas, como yo resistiera en responder
a ese reclamo tan prodigioso,
pues la fe declinara, lo mismo el ansia,

la esperanza más mínima – ese anhelo
de ver desvanecida la tiniebla espesa
que entre los rayos del sol aún se filtra;

como difuntas creencias convocadas
presto y vehemente no se produjeran
para de nuevo teñir la neutra faz

que voy por los caminos demostrando,
y como si otro ser, ya no aquel
habitante de mí hace tantos años,

pasara a comandar mi voluntad
que, ya de sí voluble, se cerraba
semejante a esas flores reticentes

en sí mismas abiertas y cerradas;
como si un don tardío ya no fuera
apetecible, despreciando más bien,

bajé los ojos, incurioso, laso,
desdeñando recoger la cosa ofrendada
que se abría gratuita a mi ingenio. 

La más estricta tiniebla ya se había posado
sobre el camino de Minas, pedregoso,
y la máquina del mundo, repelida,

se fue recomponiendo poco a poco,
mientras yo, aquilatando lo que había perdido,
seguía vagaroso, con las manos pendientes.

lunes, 29 de diciembre de 2014

¿Por qué las cosas no pueden ser de otro modo"

Exactamente ayer, en su columna dominical del diario Perfil, Damián Tabarovsky –que en virtud de su condición de escritor, traductor y editor tiene puesta una pata a cada lado del mostrador– reflexionaba sobre el mercado en los siguientes términos.

Cifra y arte

¿Cuánto vende un libro? No lo sabemos. O, mejor dicho, sabemos que los autores deben confiar en sus editores, en las cifras de ventas que éstos les pasan o les pasan a sus agentes (en este caso, deben confiar también en sus agentes… confiar en un editor, vaya y pase, pero encima confiar en un agente… ¡es un exceso!). Y a la vez, las editoriales que no tienen distribución propia (las medianas y pequeñas) deben confiar en su distribuidor, que recibe las cifras de ventas de las librerías, que suelen olvidarse de dar como vendidos algunos libros al mes… ¿Por qué las cosas no pueden ser de otro modo? En el cine se sabe cuántas entradas se vendieron. En el teatro también. ¿Y en la edición? ¿Por qué no incorporar en el código de barras de los libros un chip que constate la venta? Si no es este modo, seguramente debe haber otro. La tecnología está a mano. Falta la voluntad política del mercado editorial. Porque de eso estuvimos hablando hasta aquí, del mercado editorial.

Pero desde otro punto de vista, desde el punto de vista de la lectura, de la crítica, de la valoración estética, es decir, desde el punto de vista más agudo, más radical, más atento, cuánto vende un libro, cuántos espectadores van al teatro o al cine, no tiene la menor importancia. Es irrelevante. La venta de un libro no roza siquiera lejanamente el interés en el texto. Cuánto vende un libro debe ser tema de conversación entre agentes, libreros, editores, encargados de prensa, distribuidores, gerentes de marketing, especialistas en due diligence, y por supuesto periodistas, a los que, como sabemos, ningún tema le es ajeno. Pero me deprime irremediablemente escuchar hablar de cifras de ventas a escritores y críticos. No estoy planteando que los escritores y críticos deban ser una especie de idiotas, de insolados incapaces de reflexionar sobre las condiciones materiales de la escritura y la edición –de la que el dinero evidentemente forma parte–, sino que formulo el deseo que, en la conversación, primen los compromisos estéticos y las disputas ideológicas, antes que la moral de almacenero (que por supuesto tiene su correlato estético: alcanza con ver los libros que ganan el Premio Planeta; etc., etc.).

Este es el momento de los balances de cifras (December is the cruelest month). Así como no los hay en la edición, sí los hay sobre cine. Sin ir más lejos, hace dos sábados este mismo diario realizó el balance del cine, con mucha información bien documentada, como suelen tener las notas de Diego Grillo Trubba. La película más vista fue Relatos salvajes, con exactamente 3.395.143 espectadores. Semejante millonada es la comprobación más evidente de la irrelevancia de las cifras frente al estado del arte. Hay películas nulas y masivas, las hay también nulas y vacías, lo mismo da.

Volvamos a hablar de las políticas de la sintaxis, de las decisiones estéticas, de esas cosas antes que de otras: cambiar de tema de conversación ya sería un triunfo cultural. Pero la nota de Perfil estaba tan bien informada, tenía tanto rigor en los números que incluso señalaba cuál fue la película menos vista del año: La H, de Nicanor Loreti, que fue vista por… 13 personas. Me parece que no fueron 13, sino 14: yo también la vi. Es un muy buen documental sobre Hermética, la banda de heavy metal de la que fui fan durante menos de un verano. ¡Pero qué verano!

viernes, 26 de diciembre de 2014

Un análisis de un vacío que sería revelador hacer, pero que nadie lo hace

Carmen Francí, según la ficha que consta en ACEtt, nació  en Barcelona, donde se licenció en Geografía e Historia, especialidad en Historia Contemporánea, y se diplomó en la Escuela Universitaria de Traductores e Intérpretes, E.U.T.I., de la Universidad Autónoma. Es traductora e intérprete jurada de catalán por el Ministerio de Asuntos Exteriores y por la Secretaría de Política Lingüística de la Generalitat de Catalunya. Se dedica a la traducción literaria desde 1985, fecha en que se trasladó a Madrid; ha trabajado también como traductora free-lance para diversas agencias, empresas y museos, así como para La  Vanguardia  y Prensa Ibérica. Ha traducido, entre otros, a Joseph Conrad, Jack London, George Eliot, Edward Gibbon, Henry James, Christina Rossetti, Julian Barnes, Douglas Coupland, Toni Morrison, Nadine Gordimer, Dorothy Parker, Joyce Carol Oates, Anthony Powell, Fay Weldon y Thomas de Quincey. Además, es miembro de la junta rectora de la Sección Autónoma de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores desde 1999 y secretaria general de ACE Traductores desde 2003. Colaboró como secretaria de redacción en la revista de traducción Vasos Comunicantes de 1998 a 2000, publicación que ha codirigido con Mario Merlino hasta 2009 y codirige con Carlos Fortea en la actualidad. Imparte la asignatura de Traducción literaria inglés-español en la Universidad Pontificia de Comillas desde 2008. La siguiente columna la publicó en El Trujamán, del día de ayer.
El peso de la nada

Es difícil calcular el peso de lo que no existe, especular sobre la magnitud de un vacío. No se estudia la historia de las ideas en España o de las corrientes literarias valorando, precisamente, lo que no existió porque no nos llegó en el momento oportuno. Nunca sabremos cómo podrían haber sido las cosas si hubieran transcurrido de otro modo y lo cierto es que este tipo de especulación interesa poco a los historiadores. Pero es un dato relevante en muchos aspectos: estudiamos la Ilustración o el Romanticismo como si las obras de creación y pensamiento fluyeran de un país a otro de modo instantáneo por medio de vasos comunicantes. Y, lamentablemente, no es así. Para que eso suceda hace falta, como mínimo, la presencia de un editor y de un traductor.

Sería interesantísimo analizar y cuantificar ese desfase, tomar todas las obras relevantes de la literatura y el pensamiento y medir ese retraso en la publicación en castellano. Sin duda, las causas son varias: ignorancia generalizada en todos los estratos sociales, la escasa relevancia de una reducidísima élite culta (que suplía la carencia de ediciones en castellano porque era capaz de leer en otras lenguas), falta de público lector en un país mayoritariamente analfabeto y, en grado variable en función del momento y el autor, la influencia del Index librorum prohibitorumpublicado por la Iglesia católica (y, en teoría, vigente hasta 1966) que dictaba la prohibición de imprimir obras de autores como Erasmo de Rotterdam, François Rabelais, Giordano Bruno, René Descartes, Thomas Hobbes, David Hume, Denis Diderot, Honoré de Balzac, Émile Zola…

No hace mucho nos llegó la noticia del descubrimiento de la traducción al español más antigua conocida hasta la fecha del Elogio de la locura del humanista holandés Erasmo de Rotterdam, cuyo original se publicó en latín en 1511, en París. El manuscrito en español se ha conservado en Holanda: el libro de Erasmo fue incluido en el índice de libros prohibidos de la Santa Inquisición en 1559 y, según los investigadores que lo han encontrado, sólo después de que la Inquisición fuera abolida en 1842 apareció la primera traducción al castellano. Suponiendo que, efectivamente, no hubiera otra traducción anterior, el retraso es apabullante: 331 años. Especialmente si tenemos en cuenta que al francés, al italiano y al alemán se tradujo en vida de Erasmo.

Otro caso significativo de tiempos algo más recientes: Las cuitas del joven Werther se tradujo por primera vez, a través de la versión francesa, en 1803. El traductor fue José Blandeau. La primera directa del alemán, de 1835, fue de José Mor de Fuentes. Goethe había publicado su obra en 1774: aquí tenemos veintinueve años de retraso para una traducción por lengua interpuesta, toda una generación, y sesenta y uno para la primera versión directa del alemán. Y este es sólo un ejemplo más entre muchos.

El análisis de ese vacío sería muy revelador. Porque si bien, como ya hemos dicho, una minoría culta era capaz de leer en otras lenguas, lo cierto es que en su momento la lengua española no se amplió ni se enriqueció al integrar en su seno la expresión de nuevas ideas a través de la traducción de las grandes obras que se difundían por Europa.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

En la muerte de un gran editor


El 19 de diciembre pasado falleció en Barcelona el editor Paco Porrúa. Así dio a conocer la noticia el diario La Jornada de México. Desde este blog saludamos la memoria de Luis DomènechRicardo GosseynFrancisco Abelenda o simplemente F. A, algunos de sus alter egos a la hora de traducir.


Fallece Francisco Porrúa,
editor de Cortázar y García Márquez

México. El editor y traductor argentino-español Francisco Porrúa falleció en Barcelona, a la edad 92 años. Fundador de Ediciones Minotauro, casa con la que dio a la luz pública obras de gran trascendencia de la literatura universal.

El presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Rafael Tovar y de Teresa, lamentó hoy el fallecimiento del editor, ocurrido este viernes en España.

"Comparto el duelo de la comunidad editorial hispanoamericana por el deceso de Francisco Porrúa. Mi pésame a sus deudos", escribió el presidente del Conaculta en su cuenta de Twitter.

Durante su trabajo en la editorial sudamericana, Porrúa optó por la edición de títulos que cambiaron el curso de la literatura hispanoamericana como Rayuela, del argentino Julio Cortázar o Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez.

También fue reconocido por su novedosa forma de editar literatura de ciencia ficción, además de contribuir a ampliar de manera significativa el número de escritores del género que llegaban al público lector, para así volverlos populares.

Convirtió a Ediciones Minotauro en una de las principales editoriales de ciencia ficción en habla hispana a nivel mundial, pues publicó por primera vez en este idioma títulos de Ray de Bradbury (Crónicas marcianas) y de J. R .R. Tolkien, como El Señor de los Anillos o El Silmarillion.

En la Editorial Sudamericana, Porrúa también publicó a autores como Manuel Puig, Juan José Soler, Lawrence Durrell, Alejandra Pizarnik, Alberto Girri, Arturo Carrera y Leopoldo Marechal.


En 2003, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le otorgó el reconocimiento al Mérito Editorrial.