viernes, 22 de junio de 2018

El peruano Mario Montalbetti en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires


En el encuentro de junio del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, el poeta y lingüista peruano Mario Montalbetti partió de la idea de Alain Badiou de que los poemas, los grandes poemas, siempre se dejan traducir a pesar de todo lo que pueden perder en prosodia, ritmo, sonido y cadencias, porque lo que realmente importa es el silencio que crea el poema. Para ilustar ese punto de vista, se sirvió de un texto de Jorge Luis Borges escrito en 1938, que, tomando como excusa dos traducciones al inglés de un mismo texto chino, llevan a dos fragmentos completamente diferentes que terminan constituyéndose en el “misterioso escepticismo” del autor de “El Aleph” sobre la traducción.

Proximamente aquí podrá verse el video de esta reunión.

Mario Montalbetti (Lima, 1953) es Profesor Principal de Lingüística en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha escrito nueve libros de poemas:Perro Negro (1978), Fin Desierto(1995 y 1997), Llantos Elíseos (2002), Cinco segundos de horizonte (2005), El lenguaje es un revólver para dos (2008),Ocho cuartetas contra el caballo de paso peruano (2008), Apolo cupisnique (2012), Vietnam(2014), Simio meditando (2016) yNotas para un seminario sobre Foucault (2018). Su poesía reunida ha aparecido bajo el título de Lejos de mí decirles (Editorial Aldus, Ciudad de México 2013 y Ediciones Liliputienses, Cáceres 2014); una selección de la misma apareció bajo el título En una lengua rompida en Ruido Blanco (Quito, 2017) y otra bajo el títuloHuir no es mejor plan en Mansalva (Buenos Aires, 2017). También ha publicado Lacan arquitectura (con J. Stillemans, Fondo Editorial PUCP, Lima 2009); Cajas, un estudio sobre lenguaje y sentido (Fondo Editorial de la PUCP, Lima 2012), la colección de ensayos Cualquier hombres es una isla (Fondo de Cultura Económica, Lima 2014) y recientemente El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela (Fondo de Cultura Económica, Lima 2016). Es miembro del Comité Editorial de la revista Hueso Húmero.


jueves, 21 de junio de 2018

James MacPherson y sus "traducciones" de Ossian: una historia de cuando la falsificación y el plagio todavía no eran intertextualidad


“De origen escocés, el autor juró recopilar poesía antigua de las Highlands, que se convirtieron en un éxito editorial y que atribuyó a Ossian, un bardo ciego del siglo III, que fue admirado por Lord Byron, Napoleón, Thoreau, Whitman y Hume, entre otros”: así dice la bajada de la nota que el escritor y traductor argentino Ariel Magnus publicó en el número de InfoBAE correspondiente al 19 de junio pasado.

James Macpherson, el farsante más importante
de la historia de la literatura

James Macpherson –el falsario más trascendente de la historia de la literatura– nació a fines de 1736 en, por así decirlo, Escocia. A los nueve años vio cómo Inglaterra aplastaba la rebelión del '45, último intento de los jacobinos escoceses por recuperar la soberanía de su país y vio cómo el gaélico fue eliminado de la curricula.

Se crió en ese clima de cataclismo nacional y a los veinte años ya había publicado un poema épico, si bien el éxito de esta composición juvenil no pasó de eso: ser publicable.

Al margen, Macpherson gustaba recolectar baladas populares de las Highlands, o al menos eso fue lo que dijo cuando el azar lo acercó a John Home, famoso dramaturgo escocés que más tarde publicó una tragedia curiosamente titulada Descubrimiento fatal. A instancias de Home, y aclarando que lo hacía en contra de su voluntad, Macpherson cometió una traducción al inglés de estas baladas. Los Fragmentos de poesía antigua recogidos en las tierras altas de Escocia y traducidos del gaélico fueron un éxito rotundo: dos ediciones se agotaron el mismo año de su publicación, 1760.

Convencidos por Macpherson (o convenciéndolo a Macpherson) de que esos trozos de poesía debían ser parte de alguna epopeya más generosa, el clan literario de Edimburgo juntó los fondos necesarios para subvencionarle al joven una expedición por el norte del país. La aparición de los poemas épicos Fingal y Temora demuestran que Macpherson encontró lo que buscaba, o buscó lo que ya había encontrado. Las obras, de las que Macpherson decía ser sólo un traductor literal, fueron adjudicadas a Ossian, bardo ciego escocés del siglo III d. C., “el último de su raza”. Una infinita Disertación del profesor Blair y un portentoso aparato crítico verosimilizaban el producto. Un producto cuyo éxito es casi imposible exagerar.

Sobra decir que los primeros en aclamar a Ossian fueron los escoceses, entre ellos el filósofo David Hume. Con los rimados lamentos de este lírico pre-cristiano, las Highlands pasaban de ser un nido de salvajes analfabetos a ser la cuna de una raza de guerreros no menos gloriosa que el poeta que la cantaba.

La gente comenzó a viajar al norte para conocer la geografía ossiánica, y no tardaron en llegar los primeros reportes informando que se había descubierto la cueva del bardo. Walter Scott, el creador de la novela histórica, debe las ideas de sus primeros trabajos, y acaso hasta el éxito de los mismos, a sus repetidas lecturas del legendario ancestro. En Inglaterra, Lord Byron, Carlyle, Coleridge, Blake, Wordsworth y el resto de los poetas del incipiente movimiento romántico se cansaron de alabar al lacrimógeno Ossian, y de imitarlo.

Cruzando el canal —adonde el bardo atracó con el auspicio de Diderot—, Madame de Stäel lo bautizó “el Homero del norte” y Napoleón lo quería más que al del sur (aún se conserva su copia personal del libro). Del otro lado del Atlántico, Thomas Jefferson, tercer presidente de Norteamérica, le escribe a Macpherson que sus traducciones son para él “fuente de diarios placeres”. Emerson, Thoreau, Hazlitt, Longfellow, Melville y hasta Walt Whitman (que recitaba los poemas de Ossian junto al mar) no pensaban muy distinto.

Cuba, Colombia, Perú, Brasil y Uruguay también tuvieron sus traductores autóctonos. En Argentina, no hay personaje público cuyos escritos no contemplen explícitas alusiones al último de los celtas. Esteban Echeverría, Ricardo Gutiérrez, José Mármol, Tomás Guido, Nicolás Avellaneda todas las calles conducen a Ossian.

Pero lo dicho es igual a nada si lo comparamos al caso de Alemania, donde surgieron más traducciones de Ossian que en toda Europa. El primero y más entusiasta amante del vate fue Gottfried Herder, cuyas revolucionarias teorías lingüísticas se basan en (y se ven confirmadas por) los poemas de Macpherson. Contagiado por Herder, Goethe declaró que “Ossian ha reemplazado a Homero en mi corazón”. Su Werther, la novela más popular de la época, remata con la larguísima traducción de un poema ossiánico.

Klopstock declaró que los germanos eran descendientes de los celtas y creó una logia de bardos (la Bardendichtung o poesía bárdica, más conocida como Bardengeschrei o griterío bárdico). Los almanaques traían citas de Ossian, los cuadernos de texto para aprender inglés se valían de versiones simples del ya bastante simple Ossian. Escritores, filósofos, pintores y músicos caen presas de su encanto. Alemania fue también el país en donde más se leyó a los falsos traductores de Ossian, que publicaban en nombre del bardo sus propias composiciones.

Como contrapeso a esta histeria colectiva, surge la voluminosa figura del Doctor Samuel Johnson. Él, que tan alegremente se había dejado embaucar por el falsario William Lauder, que tan íntimo era en ese momento del falsario George Psalmanazar, fue el máximo enemigo de Macpherson.

Emprendió su Journey to the Western Islands of Scotland (1775) casi exclusivamente para desbaratar el mito de Ossian. Para el Doc, lo único que podía probar la veracidad de los poemas eran los manuscritos que Macpherson decía tener en su poder. En efecto, nadie vio jamás esos papeles, salvedad hecha de algún que otro testigo tan o más dudoso que los papeles mismos.

Mientras Johnson buscaba pruebas fehacientes fuera de la obra, otros escépticos creían ya haberlas encontrado en los poemas mismos. Macpherson se había cuidado de no ser anacrónico en sus comparaciones, lo que despertó las iras de Horace Walpole (“Estoy cansado de leer de cuántas maneras un guerrero es parecido a la luna, al sol o a una roca”); sin embargo, su sofisticado supernaturalismo prescinde del zorro y del salmón, ubicuos en las verdaderas baladas gaélicas. Algún analista notó además que las rutas escocesas del siglo III no estaban preparadas para soportar los carros que utilizan los héroes ossiánicos; algún otro dio a entender que bastaba estar al tanto de cómo los escoceses solían tratar a sus mujeres para desconfiar de la galantería y la ternura de Ossian.

Pero el golpe fatal a su credibilidad le llegó recién después de muerto, con la publicación casi simultánea del Report of the Highland Society of Scotland y de la demoledora edición de sus poemas por parte de Malcom Laing (1805). La comisión de la Highland Society remata su larga pesquisa sobre el tema (que incluyó viajes al lugar del crimen e interrogatorios policiales a los involucrados) estatuyendo que “si bien la historia de Ossian y Fingal ha existido desde tiempos inmemorables, Macpherson ha editado con bastante libertad sus originales, introduciendo además pasajes de su propio cuño” (Tal como si de acá a algunas décadas alguien diera a luz la traducción literal de un largo poema épico del siglo VI inspirado en tres o cuatro tangos, por comparar cosas chicas con grandes).

Laing, que confiesa haber sido un admirador de Ossian en su juventud, llegó mediante un estudio inmanente de la obra a conclusiones menos ambiguas: casi todo era un plagio. Verso a verso Laing demuestra que no hay frase de Macpherson que desconozca su calco en los Salmos bíblicos, en Homero, en Virgilio, en Milton y hasta en algunos escritores contemporáneos. Lo guió en esta tarea el propio Macpherson, quien supo plagar la primera edición de sus poemas con notas al pie indicando los paralelos de Ossian con “el resto de los antiguos” (las notas desaparecieron en la última edición de 1773).

Macpherson tampoco se privó de insertar la descripción de un escudo, extenderse en comparaciones, abusar del asíndeton y de la parataxis, fabular etimologías, poner asteriscos donde los originales “presentaban lagunas”, marcar interpolaciones tardías en sus fuentes o declarar espurios ciertos pasajes. “No sabemos si admirar el descaro del traductor o la crédula simplicidad del público”, anota Laing.

Mientras que Lord Byron prefirió hacer de su juveniles faltas virtud, aclamando la prosa rimada de Ossian como sublime, fuera o no auténtica, otros (no muchos) supieron ser menos incautos. Goethe explicó que su Werther lee a Homero mientras todavía está sano, y que sólo lo cambia por Ossian cuando ya se ha vuelto loco. Lichtenberg, que había escrito Homero y Ossian en alguna de sus notas, lo cambió luego por Homero y Shakespeare y Horacio y Swift. Jacob Grimm, quizá el más herido en su orgullo personal por el engaño, dejó inconcluso su libro sobre Ossian y se dedicó al Kalevala de Elías Lönnrot (también acusado más tarde de fragua folclórica, lo mismo que los Märchen del propio Grimm).

Pero volviendo a Macpherson. Semanas después de publicado Temora, el traductor creyó conveniente abandonar Londres rumbo a Norteamérica. Se supone que en el viaje se perdieron varios de sus originales (los otros papeles, incluidos sus diarios, desaparecieron misteriosamente en 1868).

Tres años más tarde, de vuelta en Londres, se dio a la política y a la historia. Sus producciones fueron duramente criticadas (alguien llegó a preguntarle si sus historias también estaban traducidas del gaélico), pero contaban siempre con el aval del público y supieron ganarse un defensor capital, el historiador británico Edward Gibbon.

A los 55 años, Macpherson entró al parlamento, honor que conservó hasta su muerte en 1796. Se hizo enterrar en la Abadía de Westminster, cerca del panteón de los poetas y de su archienemigo Johnson. “El primer poeta romántico” (Borges) dejó, aparte de lo dicho y de una calamitosa traducción de la Ilíada en versos ossiánicos, cuatro o cinco hijos ilegítimos. Eso y un castillo de cuya magnitud llegó a arrepentirse: “La verdad –le escribe a un amigo– es que no parecía tan grande en el papel. Pero he ido demasiado lejos; no puedo frenar todo sin desacreditarme.”










miércoles, 20 de junio de 2018

La editorial EUDEBA es un recuerdo de la cultura argentina de antes de que gobernaran los brutos


El 17 de junio pasado, Ezequiel Viéitez publicó en el diario Clarín la siguiente nota sobre la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA), que próximamente reabre su local de la Av. Rivadavia 1573, en la Capital Federal.

El artículo es bienintencionado, aunque nada dice de la importancia de Arnaldo Orfila Reynal (1897-1998), ex director del Fondo de Cultura Económica y fundador de la editorial Siglo XXI, quien asesoró y ordenó a EUDEBA en 1957, poniendo como director a Boris Spivacow (1915-1994). Tampoco se precisa cómo, durante la época de oro del peronismo revolucionario, se dejaron de pagar derechos a las Presses Universitaires de France (PUF), entre otras editoriales universitarias extranjeras, perdiéndose los derechos de buena parte del catálogo, rápidamente adquirido por editoriales españolas que no parecían tener tantos problemas con los “cipayos” que escribían sobre Grecia, Roma o la Edad Media. Ni se menciona cómo, durante el “reverdecer democrático” de los primeros años de Alfonsín, los jóvenes radicales de Franja Morada, provenientes del departamento de publicaciones del Ciclo Básico de la Universidad de Buenos Aires –uno de ellos hoy es un “filósofo” mediático– desembarcaron en EUDEBA y produjeron, con petulancia e ineficacia, un verdadero cataclismo en el funcionamiento de la editorial (sin mencionar el caso del director que los trajo y que usó la tarjeta corporativa para su provecho personal, posteriormente despedido discretamente porque se trataba de un destacado intelectual de aquellos años). A pesar de todo esto, vale la pena recordar que, mal que mal, EUDEBA todavía existe y que su proyecto apuntaba a la construcción de un país que finalmente nunca tuvo lugar.

Eudeba cumple 60: la editorial que brilló
y sufrió al compás del país

Seis décadas que, a pesar de los quiebres institucionales y económicos que golpearon al país, crearon una mística. El domingo 24 la Editorial Eudeba –casa editora de la Universidad de Buenos Aires– cumple 60 años. Nació con un lema que por años adornó sus locales: “Libros para ser libres”, con ediciones de calidad a precios populares y que se llevaron a puestos de venta callejeros propios y a kioscos de diarios. Donde estaba la gente, estaba Eudeba. En los ‘60, aún recién nacida, ya era la principal editorial universitaria de habla hispana.

Esa identidad se construyó con la potencia de su primer gerente general, Boris Spivacow, un licenciado en Matemática porteño que llegaba desde la Editorial Abril para iniciar el proyecto. Ese mismo año, 1958, el filósofo Risieri Frondizi –hermano del entonces flamante presidente de la Nación– había asumido el cargo de rector de la UBA, en el marco de una universidad que ganaba autonomía y pluralidad. Spivacow sumaba sus ideas-fuerza: “Libros para todos” y “Libros al precio de un kilo de pan”. Daría lugar a un fenómeno editorial.

“Generó un proyecto abierto a todos los públicos”, le dice a Clarín Luis Quevedo, actual gerente general. Con Spivacow, la editorial vivió su época de oro hasta 1966, cuando el editor renunció tras el golpe militar de Juan Carlos Onganía y la Noche de los Bastones Largos, esa en que las fuerzas de seguridad se metieron a los golpes en la UBA y desataron el éxodo de científicos, docentes y del directorio de la propia editorial.

 “Hoy, Eudeba sigue teniendo el rol de empresa innovadora que funciona como vaso comunicante de la UBA con la sociedad”, dice Quevedo. Edita unas 120 novedades por año –sin contar reediciones– y produce contenidos audiovisuales, muchos disponibles en su canal de YouTube, en la búsqueda de nuevos públicos, el objetivo que hoy desvela a los editores.

Ya no están los puntos de venta callejeros sembrados por la Ciudad, pero sí 16 librerías propias –según su página web– entre la central (que se reinaugura el lunes, en Rivadavia al 1500) y las de sedes universitarias.

En 2010 lanzó la tienda on line Boris –que vende libros al exterior a través de correos internacionales– y empezó a producir e-books para la tableta de lectura digital Boris, concebida en el país y en homenaje a Spivacow. Los desafíos siguen en un mercado editorial que, no obstante, tiende a achicarse.

Pero, ¿cómo fue la edad de oro, aquella de Spivacow que llegó hasta 1966? La investigación académica y el consumo cultural vivían un tiempo de expansión. Para 1964, Eudeba ya había editado 400 títulos y en 1966 celebraba los 10 millones de ejemplares. El contexto jugaba de aliado: el mercado editorial argentino era el más fuerte de habla hispana y gran parte de la producción de libros se exportaba.

En su obra 50 años de libros para todos (Eudeba, 2008), Leandro de Sagastizábal destaca sobre el clima de época: “Si hasta 1956 se encontraban activas 80 editoriales para distintas disciplinas” en el país, a partir de ese año nacen otras 90. Un registro de Eudeba de 1965 marca que la editorial ya contaba con 40 stands en facultades de Capital e interior; siete kioscos en hospitales; 41 kioscos de venta callejera y además vendía sus títulos en 103 puestos de diarios y revistas, junto con dos librerías propias. Sus títulos se encontraban en todos lados.

Otras iniciativas marcaban la época: en febrero de 1958 –el año del nacimiento– se habían fundado también el Conicet y el Fondo Nacional de las Artes. En julio del ‘58, fondos privados creaban el mítico Instituto Di Tella, verdadero laboratorio para grandes artistas.
“La revolución de Eudeba fue evitar convertirse en una editorial de nicho universitario”, explica José Luis de Diego, hoy al frente de la colección de libros Serie de los Dos Siglos, junto con Sylvia Saítta.

Esta colección de los últimos años evoca la célebre Serie del Siglo y Medio, lanzada en 1960 como homenaje a la Revolución de Mayo. Se publicaban obras de escritores argentinos clásicos y modernos con prólogos de especialistas, ilustrados por pintores como Antonio Berni, Carlos Alonso y Demetrio Urruchúa, en ediciones de bajo costo. “El primer título, La gran semana de Mayo, de Vicente Fidel López, tiró 30 mil ejemplares”, evoca De Diego. Otro texto, el Martín Fierro de José Hernández, ilustrado por Juan Carlos Castagnino, en sucesivas impresiones superó los 200 mil ejemplares.

Las bibliotecas populares y las de las casas se poblaban, al mismo tiempo que Eudeba editaba investigaciones científicas y traducciones directas hechas en Argentina de textos clásicos de la filosofía griega, junto con títulos como Breve historia del teatro argentino o la colección Genio y figura que ponía en foco a autores como Alfonsina Storni, Lucio Mansilla y Jorge Luis Borges.

“La dirigía la gente correcta, en el momento correcto”, define De Diego. Acompañaba un lector ávido, en una época de movilidad social ascendente que continuaba desde el período peronista, como señala el periodista y docente Hernán Invernizzi en Los libros son tuyos (Eudeba, 2005).

Aunque la editorial mantuvo un perfil por la calidad de sus contenidos, “ha tenido épocas de luz y también oscuras”, admite Quevedo. Matiza: “A través de los títulos de los últimos años, Eudeba ha revisado su propia historia”, realidad que se observa en su catálogo.

Tras el golpe del ‘66, no sólo cambió el directorio. En un clima de paranoia ideológica, se incorporaron títulos vinculados con la temática militar y en la colección Genio y figura, un ejemplo, se publicó la biografía de Hugo Wast –Gustavo Martínez Zuviría–, escritor de perfil reaccionario y admirador del franquismo.

A mediados de 1973, con el peronismo en el poder en una nueva democracia, las disputas ideológicas continuaron, sin que dejaran de editarse algunas obras de gran valor. Arturo Jauretche pasó a presidir la editorial y el periodista Rogelio García Lupo fue director ejecutivo. En 1974, tuvieron buenas ventas títulos como La revolución argentina de Héctor Cámpora y La revolución chilena, de Salvador Allende, junto con otros que reflejaban el espíritu combativo del momento. Ese mismo año, falleció Jauretche. Las amenazas de la derecha peronista ya eran constantes: García Lupo dejó su cargo y el rector de la UBA, Rodolfo Puigróss, partió hacia el exilio.

Comenzaría un tiempo de censuras que se multiplicaría con el golpe de Estado de 1976: Eudeba pasó a tener conducción militar, así como detenidos y desaparecidos. Hubo libros incautados y destruidos. Con la vuelta democrática de 1983, se dio un reverdecer de la que hoy sigue siendo una de las editoriales universitarias más importantes. Un año después, publicó su mayor best seller y long seller: el Nunca Más, informe de la Conadep sobre los desaparecidos, que estiman vendió más de 600 mil ejemplares con sus reediciones.

El mercado del libro –y sus ventas– es otro, pero la apuesta cultural de la UBA continúa firme.

martes, 19 de junio de 2018

Los amigos del SPET en junio se ponen gauchescos


En el próximo encuentro, que tendrá lugar el jueves 28 de junio a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada Sara J. Iriarte disertará sobre “El laboratorio del tesista: los estudios de traducción aplicados al caso Martín Fierro.

Sara J. Iriarte es traductora y magíster en Estudios del Lenguaje por la PUC-Río. Adscripta en la cátedra de Literatura Argentina I de la UNR, forma parte del Instituto de Estudios Críticos en Humanidades (IECH, UNR-Conicet). Investiga la representación del gaucho como bandido y las proyecciones de las traducciones de Martín Fierro al francés, inglés, italiano y portugués.

Lectura sugerida:
Lefevere, André: "El sistema: el mecenazgo" y "El sistema: la poética". En Traducción, reescritura y la manipulación del canon literario. Traducción de Ma Carmen África Vidal y Román Álvarez. Salamanca: Ediciones Colegio de España, 1997 [1992]. Título original: Translation, Rewriting, and the Manipulation of Literary Fame. Pp. 25-57.

Quienes confirmen su asistencia recibirán por correo electrónico el material de lectura sugerida para este encuentro (en castellano).

Aquéllos que tengan previsto solicitar un certificado de asistencia, por favor no se olviden de firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.

lunes, 18 de junio de 2018

"En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, enseguida detectas que es muy arcaico"

En la entrada del viernes 15 de junio pasado, se hablaba del filólogo e investigador español Javier López Facal y se citaba La presunta autoridad de los diccionarios, uno de sus libros más conocidos, justamente para refutar las invocaciones incultas o malintencionadas a la autoridad del DRAE. Tal vez, considerando todo eso, valga la pena volver a leer la entrevista que Alicia Rivera le hizo para el diario madrileño El País, en su edición del 4 de marzo de 2011.

"La Real Academia sigue haciendo un diccionario
arcaico, como del siglo XVIII"
   
En los libros, a menudo, las más gratas sorpresas llegan cuando uno no espera demasiado. ¿Un libro sobre diccionarios? ¿Son interesantes los diccionarios en sí mismos? Pese a las dudas, tres datos inclinan la balanza hacia la curiosidad ante La presunta autoridad de los diccionarios editado recientemente por el CSIC. Uno es el mismo título, con ese apunte de provocación condensada en la "presunta autoridad", como si se pusiera en duda algo que normalmente se acepta sin muchas sospechas; otro punto es que el libro es corto, un centenar de páginas, así que no se pierde nada por probar; el tercer punto a favor de intentarlo es el autor: Javier López Facal, un ameno, agudo e inteligente autor de tantos textos. También en este caso la curiosidad resulta premiada al saborear un libro lleno de conocimiento y sorpresas para los no expertos en diccionarios, y con sentido del humor cuando hace falta. López Facal demuestra ser un auténtico erudito, sin pedantería, y abarcando los diccionarios desde la antigüedad hasta la Wikipedia. Al final resulta que las cien páginas sobre los diccionarios se te quedan cortas.

López Facal, doctor en filología griega, profesor de investigación del CSIC y experto en política científica y gestión de la I+D, trabaja en un pequeño despacho (en la sede central del CSIC en Madrid), cuya única decoración son los libros, incluidos los diccionarios alineados en una estantería dedicada a ellos. Durante 15 años trabajó en la elaboración de un diccionario griego-español.

–¿Le gustan los diccionarios?
–Sí, con locura. Algunas personas tenemos el defecto de ser verbívoros –una palabra que se inventó hace poco, por cierto– y nos divierten las palabras, conocer su origen, sus usos, sus significados... Aquí, en el despacho tengo unos poquitos diccionarios, pero en casa tengo muchos más.

–En su libro incluso recomienda una tienda de diccionarios en Madrid
–Si, la única exclusivamente dedicada a diccionarios que hay en el mundo (que yo conozca), solo hay otra pequeña en París.

–¿Cuántas palabras utiliza normalmente una persona para expresarse?
–Usa tres o cuatro mil, nada más. Puede conocer unas 25.000 si es muy culto, cuando el léxico patrimonial español rondará los pocos cientos de miles de palabras y el número que pueden manejar la suma de los hispanoparlantes será de cuatro o cinco millones.

–¿Cuándo se inventa las palabras? ¿Cuando surgieron los diccionarios?
–Las palabras las inventó el ser humano. Los hombres y mujeres llevaban hablando muchos miles de años antes de que aparecieran los gramáticos y los diccionarios. Los protolexicólogos y protogramáticos son algo reciente. Hace cuatro o cinco mil años aparecen ya una serie de personas que se ocupan de las palabras; por ejemplo en Egipto... hay unas esculturas preciosas de señores escribiendo, los escribas. En cuanto a los diccionarios, como muchas otras cosas (la astronomía, la física, la medicina) fue en Grecia donde se empezó a reflexionar sobre ellos. Los griegos asumieron influencias de países cercanos y crearon los términos lexicografía y gramática. Pero el invento del diccionario es como el del abanico, que tuvo lugar en varios lugares a la vez, sencillamente porque había que abanicarse cuando hacía calor o para apartar las moscas.

–Pero siguen surgiendo palabras constantemente. ¿Quién las inventa?
–Hay de todo. Algunas las crean líderes sociales, puede ser un político, un religioso, un artista... También surgen por la base social. Es un proceso constante. Hace diez años no conocíamos el término wiki y ahora tenemos Wikipedia, Wikileaks, etcétera. Wiki se inventa a partir de un acrónimo del inglés (What I Know Is, o Lo que sé es) y funciona como prefijo con el que podemos componer muchas palabras.

–¿Le gusta la Wikipedia?
–Sí. Es una enciclopedia y hay que tener en cuenta que es muy desigual según lenguas y artículos. La wiki alemana es generalmente impecable, la inglesa también. La tercera que se hizo fue la catalana y se ha quedado un poco corta. La española es muy desigual, con artículos muy buenos y otros que no...

–En su libro, cuando cita la Wikipedia indica la fecha de la entrada.
–Claro, hay que hacerlo porque si lo cambian ya no está la referencia a la que tú aludes. Además hay que indicar el idioma porque no son todas iguales. La wiki en inglés tiene unos siete millones de artículos, que es mucho más que cualquier enciclopedia impresa, incluida la Británica.

–¿Qué recomendaría a la gente que usa la Wikipedia?
–Lo mismo que cuando se usan los diccionarios: fiarse de los expertos y nunca fiarse del todo. La wiki es una primera aproximación que resuelve muchos problemas, pero también hay que tener cuidado porque hay columpiadas... pero también la Enciclopedia Británica las tiene a veces.

–Los diccionarios, las palabras... ¿dicen algo de la gente que las usa o hay que ir al lenguaje, incluso a la literatura para encontrar la personalidad de los parlantes?
–En los diccionarios, si uno está atento, nota bajo todos ellos una ideología y una cultura. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, por ejemplo, enseguida detectas que es muy arcaico, incluso en ese "dícese..." con que empiezan muchas entradas; que ya no se habla así. Otro diccionario, para mi gusto el mejor, que es el de Manuel Seco, es muy diferente. Por ejemplo, la palabra "marrón", el Seco recoge varias acepciones muy habituales en el uso y relacionadas con causa criminal, condena, año de cárcel, culpa... ya desde su primera edición 1999. El diccionario de la RAE incorpora tímidamente la acepción de "marrón" como "contratiempo" solo a partir de sus 22ª edición, de 2001, y con muchos menos sentidos de los que ofrece el de Seco. Es lo que ocurre con los simples imitadores frente a los innovadores, que suelen ir a remolque y siempre llegan tarde.

–No habrá ningún diccionario que recoja todas las palabras y acepciones.
–No, claro. Los diccionarios tienen que ser selectivos. La cuestión está en los criterios de selección. Muchos españoles creen que el diccionario de la RAE es el mejor que hay, pues bien, es exactamente el peor. Es peor comparado con el equivalente francés, italiano, portugués, alemán inglés... no así la gramática ni la base de datos de la RAE, que son probablemente mejores que las equivalentes de otros países, o al menos equiparables.

–¿Es pública la base de datos de la RAE?
– Sí. En ella hay unos 90 millones de registros distintos y se puede consultar por Internet. En realidad son dos bases de datos. CORDE, que es histórica, y Crea (Corpus de referencia del espacial actual). La Academia viene haciendo el Crea desde hace tiempo con financiación pública y un equipo de lexicógrafos e informáticos excelentes, así que con esta base podría hacer un diccionario extraordinario. Sin embargo, sigue rehaciendo continuamente el diccionario del siglo XVIII.

–Si una persona utiliza en un examen la acepción de la palabra marrón que recoge el diccionario de Seco pero no el de la RAE, ¿Cabe considerar que no es castellano correcto?
–Es un vicio contra el que vengo luchando desde hace años. Explico en el libro que si alguien va por el campo, ve una hierba, consulta un libro de botánica y no viene, no se le ocurre decir que esa hierba no existe, sino que esa hierba no está en su libro de botánica. Nadie puede decir a un hispanoparlante "esta palabra no existe". Se puede decir que no está en el diccionario... pero la culpa no la tengo yo por usar la palabra sino el diccionario por no reflejar bien el léxico. Mucha gente cree que el diccionario de la RAE es como los mandamientos de la ley mosaica y que si los incumples vas al infierno.

–¿Plantean un problema especial los términos científicos? La ciencia va muy rápido y además los científicos hablan en inglés como antes se hacía en latín.
–Efectivamente. En las universidades europeas se hablaba antes latín y ahora la lengua de la ciencia es el inglés. La verdad es que se ha creado una versión artificial del inglés que permite a la gente de ciencia entenderse, y de eso se trata. En cuanto a los diccionarios de ciencia, es complicado estar al día y siempre van por detrás, pero hay departamentos de terminología que funcionan muy bien, como los de la UE.

¿Por qué el CSIC publica un libro sobre diccionarios en esta colección, ¿Qué sabemos de?, casi exclusivamente dedicada a temas de ciencia?
–Es una colección de divulgación, inspirada en una que hizo el CNRS francés [el CSIC galo]hace años. Trata diferentes temas: de física, de química, de biología... pero también de ciencias humanas y sociales, y me encargaron a mí el primero que se publica de este ámbito.

viernes, 15 de junio de 2018

La diputada Carrió, ¿es tonta, estúpida o imbécil?


A partir de hoy, y con la frecuencia que sea posible, este blog va a incorporar una nueva sección en la que los traductores puedan reflexionar sobre algún tema referido al oficio, a la lengua y sus usos, y al mundo editorial en general. Esta nueva serie de columnas de opinión se abre con el texto que sigue, firmado por el Administrador del blog. Tiene por objeto señalar el frecuente error de suponer que el Diccionario de la Real Academia es el único que tiene todas las definiciones y respuestas posibles, agotando de ese modo el léxico de la lengua castellana. Apunta igualmente a demostrar el error en el que se cae cuando se lo considera “autoridad” y la gravedad de incurrir en ese error cuando se tienen responsabilidades dentro del Estado.

No lean el diccionario 
de la Real Academia Española

En un artículo de la lingüista española Elena Álvarez Mellado (Madrid, 1987) que, con el título “El mito de las palabras que no están en la RAE”, fue publicado en eldiario.es, se lee: “Nos han educado para creer que la RAE es el tao. De hecho, hablamos de El Diccionario como si solo hubiera uno, cuando existen multitud de ellos, algunos notablemente más explicativos o actualizados que el de la RAE. Pero la RAE es mucha institución y nos parece que de alguna manera el suyo es la fuente oficial, el oráculo de Delfos al que consultar para poner fin a las discusiones de sobremesa. El RAE seal of approval valida o condena definitivamente. Si una palabra no aparece en el diccionario de la RAE, será que está defectuosa por algo. Será que está mal.

Álvarez Mellado continúa: “Pero el caso es que la labor lexicográfica (esto es, el noble arte de hacer diccionarios) no funciona así. Las palabras no pertenecen a la RAE ni a los diccionarios, pertenecen a los hablantes. Los hablantes crean, producen, inventan palabras, y los diccionarios las recogen. Nunca al revés. Todas las palabras que aparecen hoy en el diccionario fueron acuñadas en algún momento y estuvieron fuera. Aun así, tenemos tan interiorizada la idea de que es el diccionario el que crea la lengua que decimos alegremente que una palabra no existe cuando no la encontramos en el diccionario”.

En este punto, Álvarez Mellado cita a Javier López Facal, Doctor en Filología Griega por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, quien es además el autor de La presunta autoridad de los diccionarios (2010). Allí se lee: “Si alguien va por el campo, ve una hierba, consulta un libro de botánica y no viene, no se le ocurre decir que esa hierba no existe, sino que esa hierba no está en su libro de botánica. Nadie puede decir a un hispanoparlante “esta palabra no existe”. Se puede decir que no está en el diccionario… pero la culpa no la tengo yo por usar la palabra sino el diccionario por no reflejar bien el léxico. Mucha gente cree que el diccionario de la RAE es como los mandamientos de la ley mosaica y que si los incumples vas al infierno’.”

 

Tal vez parezca excesivo, pero todo este largo preámbulo sirve para contextualizar la presunta idoneidad intelectual de la diputada Lilita Carrió, líder de la Coalición Cívica,  quien el 8 de noviembre de 2017, trató a los diputados Margarita Stolbizer y Federico Masso, ambos de Libres del Sur y contrarios a su proyecto de donación de alimentos, de estúpidos. Frente a las críticas de las que fue objeto, twiteó lo siguiente: “Estúpido/da es una persona necia o falta de inteligencia. Lean el diccionario de la Real Academia Española. No es un insulto”. Y efectivamente ésa es la definición de ese diccionario al que la diputada Carrió alude como principio de autoridad.

 

El DRAE presenta la siguiente sinonimia para la palabra “estúpido”: “tonto, imbécil”. Ahora bien, cuando se busca la definición de “tonto” en el mismo diccionario uno encuentra diversas acepciones. Importan acá la primera y la tercera: “Dicho de una persona falta o escasa de entendimiento o de razón” y “Dicho de una persona que padece una deficiencia mental”. Y respecto de la palabra “imbécil” se lee claramente: “Tonto o falto de inteligencia”, sólo que acá, se añade que se trata de un insulto. Habría entonces algo así como una gradación que, de menor a mayor, comprendería las palabras “tonto”, “estúpido” e “imbécil” para designar a aquellos que son necios o faltos de inteligencia. Pero como las lenguas son sistemas que no se limitan a los signos ortográficos habría que agregar también otras posibilidades semánticas, así como la entonación que, convengamos, no es la misma cuando se tilda a alguien de “tonto”, de “estúpido” y de “imbécil”.

 

Si ejemplificáramos esto mismo con la mismísima diputada Carrió, bien podríamos decir que cuando supone que el DRAE es el non plus ultra de la lengua castellana es tonta. Pero cuando se plantea a sí misma como la última defensa de la moral republicana es estúpida. Ahora bien, cuando se niega a despenalizar la práctica del aborto y condenar a miles de mujeres a un verdadero calvario por el solo hecho de ser pobres es, cuanto menos, imbécil (y eso, con una calificación benévola). ¿Se ve la gradación que se esconde detrás de la sinonimia? Para ser del todo claro, al entender todos estos adjetivos, por cierto nada simpáticos, de manera uniforme y pasteurizada, la diputada Carrió demuestra ser tonta, si no estúpida o imbécil. Considerando su manejo de la lengua, si alguna vez por una remota casualidad lee estas palabras, no habrá motivo para que se sienta ofendida.


jueves, 14 de junio de 2018

Will Vanderhyden ganó el premio a la mejor traducción por un libro de Rodrigo Fresán

El pasado 4 de junio, Daniel Gigena publicó en La Nación un artículo a propósito del reciente premio recibido por la traducción de una de las últimas novelas de Rodrigo Fresán al inglés. Esto es lo que dice.

Una novela de Rodrigo Fresán 
fue premiada en Nueva York

El jueves pasado, en Nueva York, se anunciaron los nombres de los ganadores de la 11ª edición de los Best Translated Book Awards, el prestigioso premio literario estadounidense que reconoce la mejor traducción original al inglés publicada en los Estados Unidos en 2017. The Invented Part La parte inventada), de Rodrigo Fresán, con traducción de Will Vanderhyden, ganó el premio a la mejor novela traducida al inglés. Y en poesía, el premio fue para un libro de la poeta griega Eleni Vakalo, que falleció en 2001 en Atenas (Before Lyricism fue traducido por Karen Emmerich al inglés).

Con La parte inventada Fresán inició en 2014 una trilogía en curso, que concluirá en 2019, cuando se publique La parte recordadaLa parte soñada, de 2017, también fue publicada por Literatura Random House. Fresán nació en Buenos Aires en 1963 y vive en Barcelona desde 1999. Es autor de un destacado primer libro de cuentos Historia argentina, que lo impuso en el panorama literario nacional. Entre sus obras, figuranVidas de santosTrabajos manualesEsperantoLa velocidad de las cosasMantra yJardines de Kensington. Sus libros se publicaron en varios idiomas con éxito de crítica. El escritor argentino, además, colabora en medios periodísticos nacionales y extranjeros, y tradujo, prologó y editó libros de Anne Beattie, Roberto Bolaño, John Cheever, Denis Johnson y Carson McCullers, entre otros autores.

"La parte inventada entrelaza lo intelectual, lo emocional y lo estético al crear una historia entretenida, triste y optimista a la vez, que muestra que hay un nuevo territorio en la novela y nuevas estructuras por construir. Encontrar estas estructuras y asumir los riesgos narrativos y estilísticos de Fresán es un desafío", declaró el jurado al dar a conocer el fallo el jueves pasado. "Este libro es tan generoso como desafiante, tan nostálgico como esperanzador. Rodrigo Fresán es un genio, y el traductor Will Vanderhyden traslada esa maestría y todos los matices de su obra al inglés", agrega el comunicado oficial. Cada año, el jurado está integrado por académicos, narradores, poetas y críticos estadounidenses.

Como es evidente, el premio no solo tiene en cuenta la calidad de la traducción, sino también el trabajo del autor y de la editorial. Fue concebido para honrar y celebrar el trabajo de los traductores, editores y otros agentes literarios que contribuyen a difundir la literatura de otras culturas. Tanto el traductor como el autor reciben un premio de 5000 dólares. No existe en la Argentina un premio de esa índole para los traductores y editoriales que dan a conocer nuevos nombres de la literatura extranjera.

La parte inventada es el primer volumen de la trilogía en que Fresán bucea en la mente de un escritor contemporáneo. Narra la historia de un autor que tuvo cierto éxito hace unos años, pero que en el siglo XXI descubre que ya no hay lugar para él. "Si bien no hay algo de despedida, hay una cosa más crepuscular, museológica, en la novela", declaró el autor cuando su libro fue publicado en la Argentina. Como en gran parte de la literatura de Fresán, en la novela premiada hay constantes referencias a la cultura del siglo XX, que el autor supo leer con lucidez, y al método que requiere el propio género novelesco. Francis Scott Fitzgerald, Pink Floyd, Bob Dylan y Jorge Luis Borges conviven en La parte inventada. Excelsa y extrema, la trilogía de Fresán se verá coronada el año que viene.