viernes, 31 de octubre de 2014

Dos versiones sobre el hundimiento del Titanic

García de la Concha aferrado al timón del barco

Publicada en El Confidencial, de España, sin firma, el 24 de octubre pasado, la siguiente noticia está en sintonía con la crisis española. A continuación, y sobre el mismo tema, lo que publicó Luis Alemany en El Mundo, de España, ese mismo día.

El Instituto Cervantes cuadruplica pérdidas (1)

La nave del español en el mundo también se hunde. Tal y como descubre el BOE, el Instituto Cervantes ha tenido unas pérdidas de 19,1 millones de euros en 2013. Las pérdidas de la entidad dirigida por Víctor García de la Concha se han multiplicado por cuatro sólo en un año, en 2012 el saldo en negativo era de 4,5 millones de euros.

Las cifras tienen un origen: el recorte de las subvenciones y transferencias que recibía y la falta de capacidad de aumentar los ingresos propios de la casa. La principal fuente de financiación de la entidad son las transferencias recibidas de la Administración General del Estado, que suponen el 58% del presupuesto de ingresos.

En 2012 recibía 79,5 millones de euros de subvenciones y en 2013 pasó a 51,4 millones de euros, un recorte del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación del 35,3%. Para 2015, el Ministerio ha aumentado la partida destinada a la institución, en los Presupuestos Generales, casi hasta las 115 millones de euros. En 2013 se le asignaron casi 87 millones de euros.

Recursos propios insuficientes 
El Instituto Cervantes sólo aporta a sus arcas, con sus operaciones comerciales, 18 millones de euros, es decir, apenas un 21%. Los más significativos proceden de los cursos de español y de la organización y gestión de los diplomas de español como lengua extranjera. En menor medida, la venta de licencias del curso de español por internet. Las ventas netas no han crecido, a pesar de los recortes previstos en las transferencias: de 1,6 millones han crecido a 1,7 millones de ventas.

Los patrocinios también son nimios, Telefónica aportó la cantidad 300.000 euros, la Fundación Repsol 15.000 euros, Fundación Iberdrola 70.000 euros y el Grupo Mahou 12.500 euros. En las cuentas, el instituto refleja la tramitación de 130.128 matrículas (8.000 menos de las previstas), la impartición de 10.791 cursos (900 menos de los estimados). Sin embargo, las candidaturas inscritas al examen DELE fueron superiores a las previstas (64.163 frente a las 62.300 estimadas).


El Instituto Cervantes cifra en 495.000 euros su desfase en 2013 (2)

"Los 19,1 millones de euros que aparecen en el BOE son ciertos, son papeles nuestros que hemos declarado y que [la agencia] Europa Press ha recogido. Lo que pasa es que ese desfase a nuestra contabilidad financiera, no a nuestra contabilidad presupuestaria". En el Instituto Cervantes explican así la noticia que alertaba esta mañana de que sus pérdidas se habían multiplicado por cuatro en un año: o, en realidad, un poco, de 4,5 millones en 2012 a 19,1 kilos en 2013.

Para los que no somos economistas ni sabemos hacer un balance: cuál es la diferencia entre una contabilidad financiera y una contabilidad presupuestaria: básicamente, que la primera absorbe en un solo año (el pasado) amortizaciones y gastos que en realidad se podrían imputar sobre varios cursos. Como el que compra un coche un mayo, y ese año lo cierra con 15.000 euros menos de los que ha ingresado. A cambio. no tendrá que comprarse un coche en 12 años si todo va bien.

Según ese segundo criterio presupuestario, el Cervantes reconoce un desfase negativo de 495.000 euros entre sus ingresos (100,431 millones) y sus gastos (100,927). Donde lo importante es, según sus representantes, "la merma en las transferencias del Estado, de 79 a 51 millones de euros".

Pero no sólo eso. "Hay que reconocer que no hemos tenido un año de gran éxito de ventas". El Cervantes ha ingresado 33,276 millones por rendimientos de su actividad (enseñanza y expedición de certificados), donde el año pasado ingresó 36,899 'kilos'. ¿Por qué? El derrumbe de la demanda en Portugal y Grecia, "un mercado que para nosotros ha sido muy significativo pero que se ha depauperado muchísimo" es la explicación que alegan en el Instituto. "La demanda potencial es la misma".

¿Y cómo cerraremos 2014? "Hemos subido losprecios de nuestros servicios y certificados en los mercados que están estables o al alza, de manera que podreíamos compensar una caída de hasta el 7% en la demanda de cursos", explican en el Cervantes. Además, los movimientos inmobiliarios este año tocan en la columna de ingresos. El Cervantes ha vendido su centro de Tel Aviv y se ha deshecho con compensación de un contrato de arrendamiento muy gravoso que tenía para el centro de Londres.

En las cuentas publicadas por el Boletín Oficial del Estado, el instituto declaraba que el 58% de sus ingresos en 2013 procedían de transferencias del Estado. Además, hacia reuento de los ingresos por patrocinio, procedentes de empresas e instituciones como Telefónica (300.000 euros), Fundación Repsol (15.000 euros), Fundación Iberdrola (70.000 euros) o Grupo Mahou (12.500 euros).

En el apartado de gastos de personal, el Instituto Cervantes alcanza los 55,7 millones de euros, dos millones de euros menos que el año anterior. El número medio de empleados en 2013 ha sido de 1.049 personas, mientras que cerró el año con una cifra de 1.033 trabajadores (814 de ellos en centros y 219 de ellos en sedes).

En las cuentas, el instituto reflejaba también la tramitación de 130.128 matrículas (8.000 menos de las previstas), la impartición de 10.791 cursos (900 menos de los estimados) u 85 cursos de formación de profesores (dos menos de los previstos). Por el contrario, las candidaturas inscritas al examen DELE fueron superiores a las previstas (64.163 frente a las 62.300 estimadas).

miércoles, 29 de octubre de 2014

Fabio Morábito protesta contra la sordera crónica

El País, de Madrid, publicó en su suplemento cultural Babelia una serie de columnas con el título genérico “¿Es posible un español global?”. Uno de los que contestó, fue el escritor y traductor mexicano –e hincha fanático del Milan (pobre)– Fabio Morábito. Lo hizo el 13 de octubre pasado en los términos que siguen.

Supremacía de la redacción

Empezaría por poner en duda la existencia de los idiomas nacionales, entendidos como realidades compactas e inamovibles. Apenas lo miramos de cerca, un idioma nacional se fragmenta en lenguas y dialectos que se subdividen a su vez en hablas locales. En cada caso, además del acento, vemos cambios en los nombres de los alimentos, de las prendas de vestir, de los utensilios domésticos, de los juegos y de las diversiones, todo lo cual dificulta la comunicación, pero también, si se quiere, la estimula. En este sentido, el llamado español global me parece una entelequia todavía mayor que los españoles nacionales. Ni siquiera la televisión, que ha sido siempre un potente factor de homogeneización lingüística, escapa a la ley de la proliferación incesante de localismos, modismos, jergas y demás usos puntuales y a menudo efímeros (y no por efímeros menos significativos) en los cuales se sustenta cualquier lengua viva.

El español global sólo puede existir en la escritura, como estilo literario. Su optimismo comunicativo sólo puede plasmarse de esa forma. De hecho, existe así. No es de sorprender, porque toda escritura representa cierta normalización del habla y conlleva su potencial globalización. Las revistas de las aerolíneas, para citar un caso, están redactadas en ese estilo global. Dije redactadas, no escritas. El verdadero problema lingüístico actual, en mi opinión, no es la globalización idiomática, sino la gradual supremacía de la redacción sobre la escritura, tanto en ámbitos frívolos como eruditos, un problema que habría que atacar desde la escuela. Mientras la escritura tiene su semilla en el uso oral del lenguaje, y de él se nutre, la redacción nace con una sordera crónica, desligada de los movimientos íntimos del habla, a la que sin embargo remeda groseramente, y de ahí su éxito y propagación inmensa, desde las revistas de avión hasta las académicas.


martes, 28 de octubre de 2014

Las sudorosos y enfáticas reuniones

Ezequiel Martínez publicó el 24 de octubre pasado la siguiente columna en la revista Ñ.  En ella se refiere a la ímproba tarea de correr detrás de las palabras y compara sutilmente los resultados de la labor de María Moliner con la nueva edición del diccionario de la RAE.

Casi un kilo de palabras nuevas

Mi diccionario engordó casi un kilo. En la última década le nacieron 4.680 nuevas entradas, le jubilaron por desuso unas 1.350, la ch y la ll fueron a parar al cementerio de las letras y aún así, entre anabólicos por un lado y dietas por el otro, la flamante 23° edición del Diccionario de la Real Academia Española que se presentó la semana pasada pesa 2,5 kilos (al menos la versión en dos tomos que se distribuye en América Latina), contra el 1,7 kg. de la edición anterior, de 2001. Intenté calcular a cuánto el gramo de palabra, pero los números de esta edición tricentenaria abruman: 93.111 entradas, 195.439 nuevas acepciones, 140.000 enmiendas y 18.712 americanismos concentrados en 2.320 páginas.

Si estas cifras aturden (sobre todo teniendo en cuenta que según un estudio de 2010 realizado por la misma RAE, los jóvenes sólo utilizan un promedio de 240 palabras para comunicarse cotidianamente), entonces la proeza de María Moliner no es de este mundo. Bibliotecaria y ama de casa, esta aragonesa que nació con el siglo XX y murió en 1981, dedicó más de diez años de su vida a compilar ella sola un Diccionario del uso del español sin más herramientas que sus kilómetros de fichas y una máquina de escribir. Para muchos su diccionario ha sido uno de los más revolucionarios, útiles e innovadores del habla hispana. Su único lamento fue no poder terminarlo nunca: cuando llegaba por fin a la z , nuevas palabras le aparecían en la a , y María quería empezarlo todo de nuevo. Por fin accedió a publicar el primer volumen en 1966, y el segundo al año siguiente, luego de que sus editores la convencieran de que estaba construyendo una obra mutante.

Tal vez por esa misma razón, y a pesar de las sudorosas y enfáticas reuniones de los representantes de las 22 Academias de la Lengua Española para ajustar esta nueva edición, el Diccionario de la RAE –como ningún otro– jamás podrá ser perfecto, porque las palabras que lo alimentan corren más rápido que la prisa por atraparlas. Los diccionarios no son un espejo del presente sino un compendio que intenta aproximarse a las últimas respiraciones del habla. El idioma no cesa de moverse; las palabras flotan un día para elevarse al otro o hundirse para siempre en el siguiente. Las nuevas tecnologías son la prueba más contundente de estas mudanzas: el verbo que hoy imponen como moda, mañana quizá perezca sepultado por otro más potente. Hoy tuiteamos, chateamos, blogueamos… mañana, quién sabe.


viernes, 24 de octubre de 2014

Próxima actividad del SPET

En nuestro próximo encuentro, que tendrá lugar el miércoles 29 de octubre a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), Santiago Venturini expondrá sobre “La importación de poesía extranjera en los catálogos de editoriales argentinas: dos casos”

Santiago Venturini es doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba y docente de la carrera de Letras de la Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe). Ha sido nombrado recientemente investigador asistente en CONICET. Sus investigaciones giran en torno a la importación de poesía en los catálogos de editoriales literarias argentinas. Como poeta ha publicado El exceso (Torremozas, Madrid, 2008), El espectador (Gog y Magog, Buenos Aires, 2012) y Vida de un gemelo (Iván Rosado, Rosario, 2014). 

Lectura sugerida

Pierre Bourdieu: “Una revolución conservadora en la edición”, en Intelectuales, política y poder. Buenos Aires: Eudeba, 2009, pp. 223-264. Traducción de Alicia Gutiérrez.

(Versión original disponible en línea: “Une révolución conservatrice dans l’édición.” En: Actes de la recherche en sciences sociales. Vol. 126-127, marzo 1999, pp. 3-28.)

 A quienes confirmen su asistencia a través de nuestra casilla spet.llvv@gmail.com les enviaremos la lectura sugerida por correo electrónico.

jueves, 23 de octubre de 2014

Lara confiesa: “No es miedo a Víctor García de la Concha, sino respeto a una persona vinculada a esta casa en muchos proyectos editoriales”.

De izquierda a derecha, García de la Concha, José María Fernández Sosa Faro
y Manuel Lara,todos con ponchito porque hacía frío. 

El jueves 9 de octubre pasado, este blog publicó un artículo aparecido en El Confidencial, de España, que, con firma de Carlos Prieto, contaba que  El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España, 1962-1996, del escritor y periodista Gregorio Morán había sido censurado por Manuel Lara, el presidente del Grupo Planeta, impidiéndose la publicación del volumen en el sello Crítica. Entre otras cosas, se decía que, de los muchos títeres que el libro dejaba sin cabeza, algunos resultaban incómodos para los intereses de Lara.

E1 18 de octubre pasado, el mismo Gregorio Morán reveló en una columna reproducida de Caffe Regio las razones de la prohibición: aquél a quien le iban a pisar los juanetes era nada menos que Víctor García de la Concha, ex presidente de la RAE y actual director del Instituto Cervantes. Revelado ese dato, todo se vuelve mucho más sucio y lo que ya olía a podrido en el Grupo Planeta, ahora es hedor confirmado.

“Las malditas 11 páginas”

Tardé diez años en escribir un libro. Tiene un título largo, o por mejor decir tres, que ayudan a entender lo que va dentro: El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España, 1962-1996. Contratado por el grupo editorial Planeta tenía prevista su publicación en la primera quincena de octubre, aunque el texto original estaba en sus manos desde noviembre del 2013. Todo parecía marchar bien, por más que no se tratara de un libro al uso, ni por su volumen -casi 700 páginas- ni por su contenido: la trayectoria de la inteligencia española desde el franquismo hasta el final del felipismo.

Después de cumplir los deberes, que consisten en corregir lo que en términos de edición se denominan “primeras pruebas”, incluso unas “segundas”, tras sortear las variadas y hasta divertidas objeciones del llamado pomposamente “departamento jurídico“, que al menos en mi caso se refiere a un individuo que responde al nombre de Gabino Sintes, que para mayor singularidad se ocupa también de los “derechos de autor”, lo que a mi entender debería llenarnos de inquietud -censor y defensor de los derechos del escritor, diría que son incompatibles-. Pero en este caso se fueron superando. Poca cosa, aunque engorrosa, dada la endeblez del letrado, que era capaz de escandalizarse porque al ínclito don Juan March, antigua leyenda de la delincuencia financiera, se le llamara “pirata”, cuando la misma editorial había publicado su biografía, El último pirata del Mediterráneo.

La edición siguió su curso con una hermosa portada que imprimió primorosamente y a la que acompañaba un texto que por no ser mío sino de la casa editora merece la pena ser copiado. Siempre me he abstenido de hacer las solapas o las contraportadas de mis libros porque no me corresponde y uno se arriesga a hacer un ejercicio de vanidades amparándose en el anonimato. Cualquier profesional del gremio sabe distinguir cuando es el autor quien escribe lo que corresponde a la editorial, se nota en el tono y sobre todo en el error de confundir lo que es importante para nosotros y lo que puede resultar interesante para el lector. El texto redactado e impreso por Editorial Crítica (Planeta) decía así: “Gregorio Morán nos ofrece en este ambicioso libro una historia de la cultura española, y de sus protagonistas, entre 1962 y 1996, precedido de una introducción acerca de sus orígenes en los años cuarenta. La figura del ‘cura’, Jesús Aguirre, actúa como un hilo conductor, pero la realidad es que la abundancia de los ‘mandarines’ -novelistas, políticos, profesores, pintores, músicos…- que pueblan este retablo de figuras y figurones lo desborda por completo. Nos hallamos así ante una historia intelectual de España, seria y documentada, escrita con un sentido crítico y una sinceridad que consigue que los intentos anteriores en este terreno nos parezcan insustanciales. No hay duda de que la obra de Morán va a escandalizar por la dureza de sus juicios, y que va a provocar muchos debates y algunas indignaciones, pero la verdad es que, a partir de ahora, ninguna reflexión sobre la cultura española en la segunda mitad del siglo XX podrá prescindir de referirse a este libro”.

Hete aquí que la editorial consideró que bien podría “prescindir” si no del libro al menos de algunas páginas. Y así fue como el martes, 16 de septiembre, se me planteó taxativamente que o retiraba el penúltimo capítulo -exactamente 11 páginas- o el libro no se publicaba. En 35 años de trabajo, en campo tan minado como es el mundo editorial, no he quitado ni una página y así lo expliqué, añadiendo que, por demás, el capítulo era “una viga maestra” y no podía prescindir de ella. Las gentes de la industria editorial son tan chuscas que alguien llegó a argumentar que tratándose de un texto de casi 700 páginas, retirar 11 carecía de importancia.

¿De qué se trataba? El capítulo de “las malditas 11 páginas”, por utilizar la expresión del presidente del grupo Planeta, José Manuel Lara, se titula “¡Todos Académicos!” y se refiere, como es fácil suponer, a la singular trayectoria de la Real Academia de la Lengua, la RAE, y muy especialmente al periodo que tuvo en Lázaro Carreter y Víctor García de la Concha su mayores conseguidores. Y resulta que hoy día Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes, ¡ay madre mía!, es un auténtico proveedor del mundo editorial y quien, por su experiencia de probado manipulador, el que facilita materiales tan significativos como los productos del castellano dirigidos al mundo entero, empezando por el diccionario de la RAE -más de 400.000 ejemplares, en primera edición-, el negocio editorial por excelencia, que anteayer publicó Planeta.

No conozco personalmente a Víctor García de la Concha, ni ganas, pero sí sé de sus andanzas desde que yo llevaba pantalón corto en Oviedo y él ejercía de magistral, sin serlo, de la catedral de Oviedo, personaje evocador de La Regenta de Clarín. Asturiano de Villaviciosa, cura resuelto a superar una infancia dura, con una historia que hubiera podido escribir Galdós y que ahora nos resulta de otra época; fascista medular, sacerdote rebotado, casado con una de sus feligresas, profesor, trepador siempre, ignorante absoluto y probado, como explico en apenas dos paginitas debeladoras de ese inefable capítulo penúltimo, tan denostado por los encargados del negocio de la cultura. ¡Once malditas páginas!

Todo me da en pensar que alguien le hizo llegar a “Don Víctor” las páginas de “¡Todos Académicos!”, en las que quedaba retratado y él les puso entre la espada y la pared. Y entonces ocurrió lo que Don Vito Corleone convirtió en lema recurridísimo: “No se trata nada personal, son sencillamente negocios”. Cuando yo le señalé al jefe, José Manuel Lara, la singularidad de que hace 35 años era posible que una editorial como la suya le echara un pulso al presidente del Gobierno, que no otra cosa era publicar la biografía de Adolfo Suárez en octubre de 1979, me respondió en hombre del presente, porque los herederos apenas recuerdan los vestigios del pasado, mientras luchan por mantenerse son capaces de todo, incluso de equivocarse porque les ciega el presente y no aspiran a futuro alguno. “No es miedo a Víctor García de la Concha, sino respeto a una persona vinculada a esta casa en muchos proyectos editoriales”.

La censura del business, del negocio, es tan implacable como la política. Por eso no deja de hacer mucha gracia, es un decir, que los nuevos editores o las editoriales bisoñas, pero con lógica ambición de poder, te planteen el enorme interés que tienen en publicarte. ¡Pero no sin antes leer el manuscrito! No quieren entender que si entregas un manuscrito sin contrato estás vendido. Lo aseguro yo, un veterano con muchos años de oficio. Yo no compro a ciegas, dicen ellos; pero los autores no tenemos por qué entregar el producto de nuestro trabajo para que ellos evalúen lo que les interesa. Son como jugadores con ventaja que te hacen el favor de leerte, como quien te mira la dentadura y calibra lo que puedes empujar en la piedra de su modesto molino. ¡Pero de dónde ha salido esta generación de logreros!

En apenas un mes, lo confieso, he pasado de autor veterano a ganado de excepción que debe exhibirse en la feria. ¡A ver qué sabe hacer! Ya no tengo edad para soportar impasible las imposturas de un gremio llamado a la quiebra. Pero queda como experiencia personal, casi generacional, que estamos más predestinados que el Titanic y que, por si fuera poca la broca, no tenemos ni una orquesta que nos asuma en su suerte y nos amenice el final.

Vivimos tiempos jodidos porque nuestra generación, así, en general, se ha vuelto golfa y hemos de buscar algo digno por debajo de los 30, y como he tratado de explicar en El cura y los mandarines, cuando frisábamos por esa edad no nos cabía en la cabeza que algún día “los nuestros” defenderían la censura, asumirían la corrupción y se sentirían cómodos en la estupidez.