viernes, 14 de diciembre de 2018

"El libro tenía un valor imaginario en el que se apoyaba, no sin conflictos, su valor económico"


Poeta, crítico, editor, propietario de Ediciones Sin Nombre y, actualmente, director del Museo de la Ciudad de México, José María Espinasa es también columnista habitual de La Jornada. Allí, en mayo de este año, publicó la siguiente columna, que tiene como excusa el volumen Libros, del escritor y editor Tomás Granados Salinas, del cual este blog ya se ha ocupado, en su entrada del 29 de marzo de este año.

El valor del libro

Se ha dicho, y con razón, que la irrupción de las nuevas tecnologías ha contribuido a desvalorizar el libro como objeto de culto, vehículo de transmisión de conocimiento y fuente de placer, pero también es cierto que esta caída había ya empezado años antes de que las computadoras y la web irrumpieran en nuestra vida cotidiana. Empezó con la irrupción de la televisión, a partir de los años sesenta, con la tecnología invadiendo nuestra vida cotidiana.

Desde tiempos precolombinos, como depositario de ritos y cosmogonías en los códices, pasando por el virreinato, donde la prohibición y control que había sobre ellos los volvía más apetecibles, y no se diga en el siglo XIX, con su importante contribución a la formación de una identidad y a la construcción de una idea de nación, el libro tenía un valor imaginario en el que se apoyaba, no sin conflictos, su valor económico.

Fue, sin embargo, a partir de la cruzada alfabetizadora de Vasconcelos en los años veinte del pasado siglo que se volvió central en ese imaginario, y ejerció su función en los anhelos de progreso y desarrollo esencial. Pero la irrupción de la televisión lo desplazó en el uso del tiempo libre.

Por otro lado, el legítimo, necesario y exitoso papel del Estado editor, más que desplazar al valor económico, pervirtió, por su exceso, el sentido educativo y civilizatorio al fomentar la corrupción y perder de vista a los destinatarios lectores por complacer a ese Estado editor. Incluso, a partir de que se puso de moda desdeñar a la inteligencia, el libro perdió su papel simbólico de depositario del saber. Piensen nada más en el ex-presidente Fox diciendo que leer nos quitaba capacidad para ser felices y firmando vetos contra la ley del libro. A pesar de ello, el universo del libro sigue siendo fascinante y no sólo para los profesionales del asunto, sino para amplias capas de la sociedad en las que guarda rescoldos de su función anterior.
Libros, la historia del libro
Estas reflexiones surgen a partir de la lectura de un pequeño volumen recién aparecido en la colección Historia Ilustrada de México, coordinada por el historiador Enrique Florescano, debido a la pluma del escritor y editor Tomás Granados Salinas y titulado, sencillamente, Libros. Es un sintético y ameno recorrido por la historia del libro en nuestro país que termina por ser una especie de novela en la que el objeto de marras se vuelve personaje central. El autor y editor con amplio currículo y buenas ideas, se ocupa de contarnos su devenir desde la producción y el consumo, hace referencia a ese período histórico-mitológico de la cultura precolombina del que lamentablemente con-servamos muy pocos códices originales, pues la conquista española los consideró peligrosos por su idolatría y destruyó muchos, porque podemos suponer que hubo una producción abundante y los que conservamos son de las primeras décadas del asentamiento español en territorio nacional.

Granados nos relata la función religiosa de los códices y se desprende de ello que esos “libros” tenían la función de ser depositarios de la memoria y el conocimiento, un poco como ocurría en el Occidente europeo por esos mismos siglos con los libros miniados y manuscritos. Hubo un amplio lapso en que los libros fueron objetos únicos, aunque se intuía ya en ellos su ansia de multiplicación mecánica, posibilidad que sobre todo les vendría a dar la invención de la imprenta. Siempre me han dejado insatisfecho las explicaciones sobre la evolución del libro como rollo a la secuencia de páginas que hoy llamamos así; no me basta pensar que fue un asunto técnico, hay también un sentido nuevo dado por una diferente idea del tiempo.
Lo curioso es que el miedo a los “libros precolom-binos” de los españoles también se refleja en el miedo a los propios de Occidente. El comercio del libro en la Nueva España fue severamente reglamentado y vigilado, aunque –como nos señala el autor de Libros– esos controles se relajaran con frecuencia. Se ha estudiado con detenimiento lo que significaron para la economía del nuevo mundo las prohibiciones, por ejemplo, de cultivar la vid y el olivo, pero se ha insistido menos en la lentitud con que se desarrolló aquí la industria editorial, lo que se explica en parte al señalarse que la propia metrópoli española no era en la época una potencia editorial y que hubo resistencias a su desarrollo, el cual fue mucho más rápido en Flandes, Alemania y Francia que en la península ibérica.

Uno de los pasajes más atractivos del libro es cuando describe su parte comercial: la venta al público, esa necesidad e invención de la librería. Cuando los primeros talleres de impresión llegan a México durante el siglo xvi, el propio taller suele ser el punto de venta y los que suelen encargar ediciones son la Iglesia, el Estado y la universidad, cosa que, con sus asegunes, sigue siendo la situación actual, aunque disminuya el papel de la Iglesia. El estudio de la historia del punto de venta es muy interesante, porque señala la función y el espacio que tenía el libro en la sociedad, como ha demostrado Roger Chartier al estudiar la economía de la enciclopedia francesa y en general el período revolucionario. Es probable que la economía capitalista no sólo se sienta incómoda con el libro por ser una fuente de crítica, sino también porque es un modelo de funcionamiento económico alternativo –la edición por suscripción, la librería como lugar de reunión, la resistencia al envejecimiento como mercancía.

El libro de Granados trae una profusión de imágenes, algunas realmente emocionantes, como las delibrerías del siglo xix y principios del xx. En un fascinante estudio de Marina Garone, encuentro un mapa del asentamiento de librerías en el siglo xviii. Como es natural, están concentradas en lo que ahora entendemos como Centro (primer cuadro), pero que entonces era en realidad toda la ciudad. Es muy interesante ver cómo se ha comportado el mundo librero en la geografía urbana. El asentamiento de la primera imprenta, misma que, como señala Granados, no parece ser el que ostenta esa placa en la calle de Moneda, junto a Palacio Nacional, sino unos metros más allá en la hoy ya destruida Casa de las Ajaracas, nos señala la importancia que tenía el oficio en el mundo virreinal y condiciona su desarrollo a una calle más allá, en la plaza de Santo Domingo, mismo enclave que hoy sigue conservando las huellas de su pasado, no sólo en las imprentas manuales sino en las librerías de viejo de la calle Donceles y en la corrupción de los documentos falsos.

De arraigos libreros y otras carencias
¿Cuál es arraigo y el papel que el libro tiene en nuestra vida cotidiana? Hubo una época en que la biblioteca era un signo de estatus social, en otra lo fue de rareza, en otra más de aspiraciones sociales. Las familias de clase media baja compraban en una época la Enciclopedia británica a plazos y se suscribían al National Geographic. El adolescente reunía libros de los poetas malditos y la señora novelas galantes que leía con una sensación pecaminosa. A sor Juana se le retrata con una biblioteca al fondo y eso sirve a los estudiosos para hablar sobre sus libros, al grado de decirse que la pérdida de su biblioteca obligada por la orden jerónima la llevó a una tristeza que terminó en su muerte. ¿En cuántas pinturas del virreinato o del XIX hay libros presentes? La televisión los excluye hasta como escenografía y el libro electrónico carece de entidad física.

El comportamiento urbano de las librerías ha sido el mismo desde hace quinientos años. Surge cerca de las universidades y las autoridades civiles y eclesiásticas, y la concentración actual de librerías en el sur de Ciudad de México tiene que ver claramente con la proximidad de la Universidad Nacional. Las imprentas, en la medida de su crecimiento industrial, se han ido en cambio a la periferia. Las librerías de usado aprovechan el boom de las colonias de moda, Roma y Condesa, a pesar de los sismos, para concentrar librerías de diverso estilo mientras que otras zonas de la ciudad no tienen una en kilómetros a la redonda. ¿Cómo volver el libro una costumbre, una presencia en nuestra vida cotidiana?

Cuentan de Juan Gil Albert, el escritor español que vino a México con el exilio republicano, que cuando llevaba un libro bajo el brazo y alguien le preguntaba qué estaba leyendo, contestaba que lo había tomado porque el color del lomo le iba bien a la corbata. La anécdota reflejaba la coquetería del personaje, pero en otro sentido refleja lo que quiero decir: volver a ese objeto una presencia física imprescindible, que esté ahí porque forma parte de nuestra vida. Por eso busca uno con la mirada en el Metro quien está leyendo un libro y trata de ver su título. Plantear que leer es un acto excepcional equivoca el camino, lo excepcional en todo caso es lo que viene después de leer: los horizontes más amplios, mayor capacidad de imaginar, un sentido lúdico de la vida que la vuelve más plena.

Libros, de Tomás Granados Salinas es, debería serlo, un referente para la promoción de la lectura. Se viene a sumar a los trabajos de fomento y divulgación de esa práctica, de Juan Domingo Arguelles. Me gusta, por ejemplo, el plural del título. Si lo hubiera titulado, libro, o el libro, le habría dado un tono fetichista, casi religioso, mientras que así son legión o multitud, algo que se comparte. Antes se han escrito ensayos sobre la lectura, sobre el libro, pero no sobre “los libros”, ese plural debe acompañarse de investigaciones y estudios sobre “los lectores”. Pero ese plural nunca anula la individualidad de cada uno de ellos 


jueves, 13 de diciembre de 2018

¿Y si en lugar de llorar por el mamarracho de Ricky Pashkus el presidente llorara por la Argentina? ¿O agotó su cuota de sensibilidad?

La siguiente noticia, con firma de Lorenzo Herrero, fue publicada el pasado 7 de diciembre por el sitio Publishnews. Comenta cuál es la situación de los lectores en la Argentina, a partir de una encuesta realizada por el Ministerio de Cultura con el Sistema de Información Cultural. Sería interesante sacar conclusiones, ¿no?

Un 56% de la población argentina 
no leyó ningún libro en 2017

El Ministerio de Cultura de Argentina junto con el Sistema de Información Cultural de Argentina han publicado la Encuesta Nacional de Consumos Culturales 2017. La encuesta, realizada durante el primer semestre de 2017 fue realizada a una muestra de 2.800 personas mayores de 13 años residentes en aglomerados urbanos de más de 30 mil habitantes y se tomó como base para el cuestionario el el de la misma encuesta realizada en el año 2013. En lo referente a la lectura y al consumo de productos editoriales cabe destacar como la práctica de la lectura no es indiferente al impacto que ha supuesto la digitalización cultural en los últimos 5 años. Por ejemplo, la caída en la lectura de libros va de la mano del crecimiento de la lectura de nuevos formatos textuales en Internet que abren un nuevo horizonte para las prácticas de la lectura en un contexto de crisis del sector editorial argentino del que ya hablábamos en Publishnews a principios del mes de octubre.

Mientras que la lectura en general en Argentina mantuvo valores estables entre 2013 y 2017, la lectura de libros experimentó un notable descenso, bajando del 57% al 44% la población que leyó al menos un libro. Y, aunque este descenso se puede constatar en todos los niveles socioeconómicos es más agravado en el nivel bajo donde ha descendido cerca de 20 puntos situándose en un preocupante 22%. Con respecto a los no lectores cabe destacar que un 26,5% dijo que antes solía leer pero ya no lo hace, y. sobre todo, resulta importante identificar los motivos de la no lectura entre los que sobresale la falta de interés, un 47,1%, la falta de tiempo, un 22,8%, las cuestiones económicas, un 9,1%, el haber dejado de estudiar, un 8,9% y los problemas de salud, un 7,4%. 

Ese 9,1% de no lectores que afirma que no lee porque ha dejado de estudiar confirma que en Argentina la lectura es una práctica muy asociada a la educación ya que un 70% de los encuestados entre 12 y 17 años afirmó leer al menos un libro durante 2017. Además, igualmente que en el estudio de 2013, los valores más altos de lectura de libros se dan en las edades asociadas a la escolaridad y al estudio universitario. Sin embargo, la media de libros leídos al año, incluyendo a los no lectores se reduce a la mitad en estos últimos 5 años, 1,5 libros al año; si este análisis lo hacemos solo con el universo lector el promedio de libros leidos anualmente también desciende desde 2013 de 6 ejemplares a 4.

En cuanto a los géneros literarios que más leen los argentinos en primer lugar se encuentra la Historia (28,1%), los cuentos (24,6%), la novela (24,5%) y las biografías (23,6%). Por otro lado, encontramos paridad entre autores nacionales y extranjeros.

El papel sigue siendo el soporte principal para leer libros en Argentina: mientras que un 43% de la población lo elige como medio de lectura, sólo el 10% lee en formato digital. Con respecto a esta última modalidad de lectura, el soporte más usado para leer libros en pantalla es la computadora. La lectura de libros es el único consumo en el que la computadora supera al celular como dispositivo digital principal.

Complementando los datos de este encuesta nos encontramos el estudio, realizado por las mismas entidades, Mujeres en la Cultura: Notas para el análisis del acceso y la participación cultural en el el consumo y el mercado de trabajo. De donde se extrae que de todos los lectores de libros en Argentina el 60% son mujeres y que además son ellas las que participan, de manera mayoritaria en otros ámbitos relacionados con la lectura, representando un 73% de las personas que participan en las bibliotecas populares.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Sigue el culebrón mexicano del FCE

La situación a la que se llegó luego del exabrupto de Paco Ignacio Taibo II en la FIL de Guadalaja –ver las entradas correspondientes a los días 3 y 11 de diciembre pasados– no cesa de producir nuevos y asombrosos capítulos en el culebrón mexicano sobre la dirección del Fondo de Cultura Económica. Aquí se presentan una columna de opinión, escrita por el conservador y acartonado Christopher Dóminguez Michael, el 7 de diciembre pasado, en el periódico El Universal, de México, y la respuesta a ese artículo, escrita por el poeta y periodista José Jaime Ruiz –quien también es editorialista de Televisa– ese mismo día, en el sitio SDP Noticias.

Taibo o el amedrentamiento

Christopher Domínguez Michael
Una vez más, como hace seis años, el FCE, una de las pocas cartas de nobleza intelectual que México le puede ofrecer al mundo, ha sido tomado como rehén de la transición presidencial. Comenzaba la breve restauración del PRI, cuando a nuestra máxima casa editorial se le quiso usar como caja de resonancia periodística para el nuevo presidente. Hoy, cuando estamos frente a otra cosa, un Orden Nuevo cuya paradoja es borrar todo cuanto sea moderno para devolvernos a lo antiguo, ha sido nombrado para dirigir el FCE un militante ajeno al espíritu de la principal editorial de la lengua.

Desde su nombramiento, frente a las cámaras y con los micrófonos abiertos, el entonces presidente electo lo ultimó a comprometerse con el régimen, habida cuenta del desacuerdo expresado por Ignacio Paco Taibo II con la alianza de Morena con cierta derecha, las cosas empezaron mal. Tras reflexionar algunas horas, quien fuera empresario cultural creador de la Semana Negra de su natal Gijón, aceptó dirigir el FCE.

Semanas más tarde, los inadvertentes vencedores del 1 de julio, cayeron en cuenta que Taibo II era inelegible para el puesto debido a una ley xenófoba, contraria al espíritu de nuestra Constitución, donde se tiene por ciudadanos de segunda clase a quienes eligieron ser mexicanos, lo cual tiene más mérito que serlo gracias al azar. Es una lástima que el Senado se haya apresurado a modificar una ley a la medida de Taibo II, pues ordenanzas de esa naturaleza, en la UNAM, tuvieron como consecuencia que un José Gaos, un Marcos Moshinsky o un Alejandro Rossi, nunca pudiera dirigir, como lo merecían, sus respectivas facultades universitarias, por el pecado original de no haber nacido en México.

Y estando en la sastrería el traje a la medida, Taibo II, en la FIL, demostró su gratitud ufanándose procazmente de su poder e insultando a los que lo consideramos la persona menos adecuada, por su intemperancia y fanatismo, para dirigir el FCE. En el Senado, algunas senadoras lograron retrasar, durante pocos días, el dictamen que modificaba la ley, pero al final será director, como sea (o con el apoyo de los diputados), quien debería estar en la escuela de formación política de sus camaradas, pero no en una editorial que de dejar de ser ecuménica, lo perderá todo.

La manera como Taibo II se jactó de su victoria no fue un exabrupto. En él, como en sus maestros leninistas, el insulto es el recurso más fácil para ejercer el amedrentamiento: su trayectoria pública en llamados a emular la violencia revolucionaria de sus héroes. Lo dicho en Guadalajara no tiene perdón. Lo descalifica moralmente para dirigir el FCE y es un escupitajo en el rostro de Daniel Cosío Villegas, Arnaldo Orfila, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Joaquín Díaz-Canedo o Consuelo Sáizar. Esta última, por cierto, se cuenta entre los funcionarios que más obra material han dejado en los últimos sexenios. Todos ellos han sido como directores del FCE, tributarios de una tradición humanista aborrecida por Taibo II.

Taibo II se quejaba de que en Vuelta o Letras Libres lo ignorábamos. Tenía razón. En junio de 2011, le dediqué un largo ensayo a Todo Belascoarán, la suma de su saga novelística. Justo o injusto, el mío es quizá el único ensayo profesional que se haya escrito sobre él en México, no exento, por cierto, de alabanzas por la manera en que sus primeras novelas refrescaron nuestra narrativa y refundaron el género policíaco, junto con Manuel Vázquez Montalbán, en el dominio del español. Pero con el antiintelectualista Taibo II no hay diálogo posible. Es una de las personas peor educadas de México –en todos los sentidos de la palabra educación– y su mirada es sólo la del ojo clínico que escudriña al “enemigo de clase”.

En funciones de comisario, Taibo II llegó al FCE “a tomar el control del aparato”, como él se refiere, en su terminología estalinista, a lo que para otros ha sido un honor. Sus campañas por la promoción de la lectura –su único galardón como “editor”– se deben, me temo, a la culpa que sufre por ser el más exitoso, en el extranjero, de los novelistas mexicanos. Vive, meritoriamente, de la mano libre del mercado y es fama que sus regalías le permiten pedir sólo un dólar de adelanto.

En aquel ensayo de Letras Libres –está en línea– concluía yo que Paco Ignacio Taibo II era un niño “viejo y atrofiado” rogando por el regreso de los tigres malayos de Sandokán para vengar a las víctimas de Díaz Ordaz en el 68. Pero el energúmeno, rebosante en testosterona, que se acabó de adueñar de aquel infante no vacilará en hacer del catálogo del FCE, su alma, un aparato de agitación y propaganda.

Christopher Domínguez y el fantasma
de Paco Ignacio Taibo II

Un fantasma recorre la mente –y los comentarios– de Christopher Domínguez Michael, el fantasma de Paco Ignacio Taibo II. Para Christopher, como en el anterior sexenio, el Fondo de Cultura Económica es un rehén de la transición presidencial. Hace seis años como “caja de resonancia periodística para el nuevo presidente”, ¿lo logró con José Ramón Carreño Carlón? Por los resultados, no.

Domínguez Michael asegura que es una paradoja del Orden Nuevo borrar cuanto sea “moderno para devolvernos a lo antiguo”. ¿A qué antigüedad se refiere Christopher? ¿A la antigüedad de su fundador Daniel Cosío Villegas? ¿A los grandes momentos, ya antiguos, de Arnaldo Orfila o de José Luis Martínez o de Jaime García Terrés?

¿Por qué Domínguez Michael asegura que Paco Ignacio, ese militante, es ajeno al espíritu del FCE? A ver, Christopher, defínenos el “espíritu” del Fondo? Ya sabemos que para ti PITII es la persona “menos adecuada, por su intemperancia y fanatismo”, para dirigir el FCE. No sé qué tenga que ver la moderación personal con la función de dirigir al Fondo. Tampoco sé a lo que se refiera el colaborador de Letras Libres sobre el fanatismo del próximo director de nuestra casa editorial. Un fanático difícilmente trabaja con otros diferentes en su manera de ver el mundo. Paco Ignacio y José Emilio Pacheco (a quien Domínguez Michael nunca calificó, aunque no estoy seguro, de padecer o disfrutar la intemperancia y el fanatismo) publicaron hace 25 años México, historia de un pueblo. Cuadernos mexicanos. ¿Dónde el fanatismo?

¿Qué el Fondo dejará de ser ecuménico por la llegada de Paco Ignacio? ¡Por favor! ¿PITII debe de estar en la escuela de formación política de sus camaradas y sólo dedicarse a eso? Christopher y sus fobias. Un crítico literario no hace a un buen crítico social y político. Por cierto, ¿cuál es la “tradición humanista” que aborrece Taibo II?

Clasista, Christopher Domínguez Michael se ufana de que , justo o injusto, “el mío es quizá el único ensayo profesional que se haya escrito sobre él en México…”. No, pues sí: Yo, el Supremo Christopher. Por cierto, PITII es “una de las personas peor educadas de México –en todos los sentidos de la palabra educación– y su mirada es sólo la del ojo clínico que escudriña al ‘enemigo de clase”’. ¿Habla Christopher de Taibo II o de sí mismo? Por lo de la mirada, porque sabemos que Christopher Domínguez Michael es una de las personas mejor educadas del país. Ahora sí que el crítico se voló la barda y su ojo clínico ni siquiera se volvió cínico. Resulta que decenas de millones de mexicanos tienen, en todos los sentidos, mejor educación que Paco Ignacio.

A la fina mojigatería de Domínguez Michael le enfadan las leperadas de Taibo II, pero, pulcro y exquisito como es, él también lo insulta y lo descalifica por ser “comisario”, un niño “viejo y atrofiado”, “energúmeno, rebosante en testosterona” que no vacilará en hacer “del catálogo del FCE, su alma, un aparato de agitación y propaganda”.

O sea que Christopher ya sugiere que habrá una profunda purga en el catálogo del Fondo, en el extenso, hermoso, ecuménico y humanista catálogo del Fondo, para que queden en él –pasado y futuro– sólo libros provocativos de agitación y de propaganda. Elitista, el colaborador de El Universal enseña el cobre: las campañas de la lectura son el único “galardón” como editor de Paco Ignacio.

Sí, esas campañas como en Iztapalapa (¿conoce el lugar Christopher?) donde acudieron más de 15 mil personas. Esos tianguis y mercados de libros donde se han regalado más de medio millón de ejemplares, esas campañas donde se han publicado más de 147 títulos, según consignó hace dos años el periódico El País

Entrado en celos, Domínguez Michael le pega a ser psiquiatra o psicólogo y cree que esas campañas “por la promoción de la lectura… se deben, me temo, a la culpa que sufre por ser el más exitoso, en el extranjero, de los novelistas mexicanos. Vive, meritoriamente, de la mano libre del mercado y es fama que sus regalías le permiten pedir sólo un dólar por adelanto”.

Más pobreza en los argumentos de quien se jacta de ser un profesional de la crítica no podría haber. Ni modo, Christopher, todos sabemos que denostar no es criticar. Pronto tendrás una segunda oportunidad, espero lo hagas con un mejor talante, sin caer en la intemperancia y en el fanatismo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Más sobre las "declaraciones desafortunadas"


Dos noticias tienen como protagonista a Paco Ignacio Taibo II en la actual transición mexicana. La primera fue publicada por La Jornada el martes 4 de diciembre; la segunda, con firma de Alberto Morales, el miércoles 5 de diciembre en El Universal. Y todo hace que pensar que la cosa no se queda aquí.

Paco Ignacio Taibo II llegó al FCE
como ‘‘gerente editorial, encargado de despacho’’

El escritor Paco Ignacio Taibo II acudió la mañana de este lunes a las instalaciones del Fondo de Cultura Económica (FCE) ‘‘por instrucciones del presidente de la República, a asumir la transición en términos de gerente editorial encargado de despacho del director del Fondo”, dijo.

En una breve charla con algunos periodistas que lo esperaban en la entrada de las instalaciones de esa editorial, en la carretera Picacho-Ajusco, el promotor cultural añadió que no ofrecería conferencia de prensa: ‘‘dennos cuatro o cinco días y los convocaremos a una con un primer análisis de lo que hay, y sobre todo, de lo que proponemos”.

Aseguró que hay un edicto donde se indica su nombramiento. Sin embargo, no indicó dónde se puede consultar ese aviso y en la edición matutina del Diario Oficial de la Federación del lunes 3 de diciembre no había ninguna publicación al respecto.

En el Portal de Obligaciones de Transparencia, hasta ayer, seguía apareciendo como director del FCE José Ramón Carreño Carlón, con un sueldo mensual bruto de 148 mil 9 pesos 6 centavos. Por instrucciones también del presidente Andrés Manuel López Obrador, el nuevo director del Fondo percibibirá menos.

En el Senado, la discusión de la reforma a la Ley Federal de las Entidades Paraestatales se pospuso para hoy, luego de conocerse el pasado jueves (cuando se votaría el dictamen) las declaraciones que Taibo II hizo en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, cuando dijo: ‘‘sea como sea, se las metimos doblada”, a propósito, precisamente, de las adecuaciones a la normativa que le permitirá dirigir el FCE sin ser mexicano por nacimiento.

Acerca de la decisión de algunos senadores de posponer la reforma, comentó a su arribo a la editorial del Estado: ‘‘los legisladores tienen su propio camino; no es el mío”.

Luego, bromeó: ‘‘Cuidado con los muebles que todavía no tengo responsabilidad sobre ellos”, antes de ingresar de prisa a ‘‘tomar el control del aparato. Vamos a proceder a la transición y luego vamos a conocer, recorrer, platicar”.

También informó que estaría personal de la Secretaría de la Función Pública para atestiguar la entrega-recepción.


“Desafortunadas, las declaraciones de Taibo II;
merece dirigir el FCE”

Tras calificar como “desafortunadas” las declaraciones de Paco Ignacio Taibo II, el presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que el escritor merece dirigir el Fondo de Cultura Económica (FCE).

“Hubo una expresión desafortunada, él, como es hombre de convicciones ofreció disculpas y creo que merece ser el coordinador del FCE, me sentiría muy apoyado yo y respaldado en esta labor.”, aseguró en una conferencia de prensa en Palacio Nacional.

El pasado 28 de noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Taibo II dijo que si el Congreso no aprobaba la “Ley Taibo”, el presidente López Obrador emitiría un edicto nombrándolo encargado de despacho: “Sea como sea, se la metimos doblada, camarada”.

A pregunta expresa, López Obrador dijo que “todavía no sé bien cómo va a quedar lo de Paco Ignacio, desde luego que a mí me gustaría mucho que él se hiciera cargo del FCE”.

Destacó que el escritor, de origen español es un gran intelectual con una vasta dimensión social. “Hay intelectuales muy buenos, buenos escritores, pero no todos ayudan, no todos contribuyen a lo social.”

Destacó que Paco Ignacio Taibo II es uno de los principales promotores de la lectura en México.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Opiniones de una traductora estadounidense

Smantha Schnee

El pasado 3 de diciembre, el crítico estadounidense Ed Natowka publicó en Publishnews la siguiente reseña sobre la traductora Samantha Schnee, quien señala, según sus gustos, a una serie de escritoras latinoamericanas que le interesan.

Escritoras en lengua española para seguir

Samantha Schnee, que asiste a la FIL con una beca para traductores, comenzó a publicar como asistente del agente literario Andrew Wylie, lo que le dio acceso de primera fila a las carreras de algunos de los autores más famosos del siglo XX.

Schnee abandonó una carrera en banca de inversión para dedicarse a la vida literaria y aprovechó su tiempo con Wylie para editar Zoetrope: All-Story, antes de obtener su maestría en escritura creativa. En 2003, se asoció con Alane Salierno Mason y Dedi Felman para lanzar Words Without Borders, la innovadora organización de defensa de la traducción y revista literaria online. Ahora, Schnee, que vive en Houston, es la directora ejecutiva del grupo. Desde su lanzamiento, Words Without Borders ha publicado más de 2.200 escritores de 134 países, traducidos de 114 idiomas, incluyendo unos 400 artículos traducidos del español.

Schnee es, asimismo, traductora de español, ha trabajado en dos novelas de la escritora mexicana Carmen Boullosa, Texas 2014: The Great Theft (Deep Vellum), que fue preseleccionada para el Premio de Traducción PEN y ganó el Premio de Traducción Tipográfica, y el próximo The Book of Ana (Coffee House, 2019). También tradujo Landing de Laia Fàbregas, que fue publicado por Hispabooks en 2016.

Además, Schnee observa los mercados en español para el London Literary Scouting. Esto la coloca en una posición única para observar el desarrollo de la escritura y la traducción en español. Mientras se preparaba para ir a FIL, le pedimos que compartiera los nombres de las escritoras que trabajan en español a las que le gustaría ver traducidas más ampliamente y que recomendaría a sus colegas. Estas son sus opciones:

Agustina Bazterrica / Argentina
"Bazterrica es una de las escritoras que hay que seguir. Su novela Cadáver Exquisito ganó el año pasado el premio Clarín de novela, elegida de entre una preselección de 10 títulos de entre las 494 propuestas presentadas. Los jueces dijeron de ella que es "una gran novela que examina el siniestro funcionamiento de una sociedad distópica y caníbal, notable por la atmósfera densa e hipnótica que crea, su sorprendente trama, su lenguaje directo y despojado, y su capacidad para iluminar los oscuros entresijos de la vida cotidiana".

Jeannette Clariond / México
"Clariond es otra poetisa mexicana que dirige su propia editorial, Vaso Roto. Ha traducido las a la poetisa italiana Alda Merini y la obra poética de Primo Levi, y está trabajando en las obras completas de Elizabeth Bishop. Estará en la FIL este año".

Lola Copacabana / Argentina
"Ella está haciendo un MFA en Iowa ahora mismo y codirige Momofuku, una pequeña editorial en Argentina. Traduje un extracto de su obra para la antología Bogotá39, que nombró a los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. Puede ser un poco experimental".

Claudia Hernández / El Salvador
"Julia Sanches ganó una beca de PEN/Heim por su traducción de Roza, tumba, quema (Slash & Burn, en inglés) de Hernández. El poder y el tema de la novela son profundamente convincentes: una joven cuyo padre es un luchador por la libertad se ve atrapada en la guerra y tiene tres hijas de tres hombres diferentes. Ella lucha por criarlas en un mundo peligroso para las mujeres. El libro se lee como altamente autobiográfico."

Ámbar Past / México
"Ámbar Past está haciendo cosas realmente increíbles en Chiapas; es una poetisa trilingüe (inglés/español/zotzil) que comenzó un colectivo editorial de mujeres llamado Taller Leñateros para ayudar a documentar y preservar la mitología y la tradición local. El personal y la dirección son mujeres. Elena Poniatowska es fan del proyecto y me dijo: 'Es un trabajo muy importante'".

Samanta Schweblin / Argentina
"Su novela Distancia de Rescate (Fever Dream en inglés) fue preseleccionada para el Premio Internacional Man Booker en 2017, ¡y tiene mucho más en ella!".

viernes, 7 de diciembre de 2018

Nueva escritura sobre la naturaleza


El siguiente artículo, con firma del Administrador de este blog, fue publicado Cultura InfoBAE el pasado 3 de diciembre. Se ocupa de la llamada “Nueva escritura sobre la naturaleza”, subgénero de la no ficción que ha logrado, al menos en Gran Bretaña, competir de igual a igual con la ficción.

La naturaleza está de moda:
una serie de publicaciones sobre el tema
invade las librerías británicas

En Londres, buscando una referencia sobre algo relacionado con los cuervos, quien esto escribe se topa con toda una sección dedicada a libros sobre la naturaleza. No se trata de un estante, sino de todo un sector de la librería que se ocupa de los más diversos ítems sobre el tema. Estos van desde la evolución del paisaje británico a la flora y fauna de sus costas, pasando por todos los animales posibles: ciervos, renos, bueyes almizcleros, lobos, zorros, focas, insectos de toda laya y también águilas, halcones, todas las aves marinas que uno pueda imaginarse y, por supuesto, los cuervos.

Respecto de estas aves, al menos dos libros destacan con toda nitidez por la calidad de su escritura sobre el resto: el ya clásico Ravens in Winter, del biólogo alemán Bernd Heinrich (también autor de, entre otros, Bumblebee EconomicsOne Man's OwlWhy We RunSummer World, etc.), y Crow Country, de Mark Cocker (quien también ha publicado Loneliness and Time: British Travel Writing in the Twentieth CenturyBirders: Tales of a TribeBirds & PeopleOur Place. Can We Save Britain's Wildlife Before It Is Too Late?). Si bien no son los únicos libros sobre el tema (por ejemplo, Crow, del estadounidense Borgia Sax, y Ravenmaster: My Life with the Ravens at the Tower of London, flamantes memorias del muy inglés Christopher Skaife, encargado del cuidado de los cuervos en ese monumento), los Heinrich y Cocker son investigaciones serias que abarcan todos los aspectos posibles sobre la vida de los córvidos (cuervos, cornejas, grajos, urracas, etc.), pero, insisto, también están espléndidamente escritos. De hecho, forman parte de una tradición universal muy antigua que Gran Bretaña convirtió en género literario en todo el mundo angloparlante.

Es posible que uno de los primeros libros de esa lista sea The Complet Angler, escrito por Izac Walton (1593-1683), volumen dedicado a la pesca con caña publicado en 1653 y vuelto a publicar con distintos agregados en 1655, 1661, 1664, 1668 y 1676, lo que da una idea del interés que despertó. Y lo más increíble es que ese interés se sostuvo a través del tiempo y de las lenguas hasta la actualidad. Elogiado por Miguel de Unamuno por la profundidad filosófica del autor en sus reflexiones sobre el arte de la pesca, fue traducido como El perfecto pescador de caña por Augusto García Piris, para Publicaciones Literarias y Deportivas, de Madrid, en 1955, y su reputación de clásico sigue en pie.

Walton, claro, no fue el único británico interesado en la descripción precisa de la naturaleza. Hubo otros antes y después de él. Pero fue quien, de alguna manera, fijó un modelo de escritura que más adelante iban a seguir científicos y naturalistas de prestigio como, por ejemplo, Gilbert White (1720-1793), Joseph Banks (1743-1820), Richard Owen (1804-1892), Charles Darwin (1809-1882), Alfred Russell Wallace (1823-1913), Thomas Henry Huxley (1825-1895), Henry Nottidge Moseley (1844-1891), Philippe Herbert Carpenter (1852-1891), Robert George Wardlaw Ramsay (1852-1921) y Yale Mervin Charles McCann (1899-1980) integran una lista francamente larguísima, a la que se le podría agregar otra, igualmente larga –que obligatoriamente debería incluir a Alexander Wilson (1766-1813), John James Audabon (1785-1851), John Bachman (1790-1874), Henry David Thoreau (1917-1862), Graceana Lewis (1821-1912), William Gambel (1823-1849), John Muir (1838-1914), Herbert Huntington Smith (1851-1919), etc.– de exploradores, naturalistas aficionados y científicos estadounidenses que dejaron testimonio escrito de lo que vieron en el mundo que los rodeaba. Todos los nombrados –como también William Henry Hudson (1841-1922), escritor nacido en la Argentina de padres estadounidenses y, finalmente, ciudadano inglés–, de manera conjunta, contribuyeron a establecer une tradición hoy bien arraigada que, a diferencia de otras tradiciones de naturalistas que escribieron en otras lenguas, encontró en los editores y, fundamentalmente, en los lectores, una existencia que se prolongó en el tiempo. Y aquí, para explicar el permanente auge de la literatura referida a la naturaleza hay que mencionar otras cuestiones. 

El Hyde Park de Londres, desde el aire.
Circunscribiéndonos apenas a Gran Bretaña –cuyos libros sobre la vida silvestre son el objeto de esta nota–, la primera es probablemente apenas una hipótesis y tiene que ver con la particular relación histórica que tienen los británicos con leo mundo natural. Hasta el siglo XVIII un país rural, con la Revolución Industrial las masas campesinas británicas emigraron masivamente a las ciudades. Pero muy probablemente, tal como ocurrió en otros países europeos, la nostalgia por el campo sobrevivió. Acaso por eso, casi todas las ciudades de Inglaterra, Gales y Escocia tienen un acceso mucho más fácil a las áreas naturales que las circundan que, por ejemplo, ciudades como Buenos Aires, México o San Pablo. También, les guste o no a las autoridades porteñas, chilangas o paulistas un porcentaje de espacios verdes mucho mayor que cualquier ciudad argentina, mexicana o brasileña. Que así sea no es fruto de la casualidad, sino del planeamiento. La relación entre los seres humanos y el mundo natural es, por lo tanto, mucho más estrecha y, si se quiere, íntima. Y quien lo dude, bien puede consular la gigantesca lista de instituciones ocupadas, nacional y localmente, en la preservación de la vida natural. O más simplemente, visitar los jardines que suele haber en la parte trasera de muchas de las casas londinenses (backyards).

La segunda razón tiene que ver, como en muchas otras cosas, con la educación. Allí están, por ejemplo, los mundialmente famosos libros de Peter Rabbit, de Beatrix Potter (1866-1943), y los de Winnie the Pooh, de Alan Alexander Milne (1882-1956), y los muy populares libros para niños de las empresas Ladybird (fundada en 1867) y Observer (que existió entre 1937 y 2003), que incluyeron sendas colecciones dedicadas a los animales y las plantas, y contribuyeron a formar a varias generaciones de lectores. Capítulo aparte merecen en esta brevísima enumeración el obsesivo Henry Williamson (1895-1977), naturalista aficionado y granjero, que en 1927 publico Tarka the Otter, una historia absolutamente flaubertiana en su precisión sobre una nutria habitante de North Devon, y Gerald Durrell (1925-1995), naturalista, presentador de televisión y fundador del zoológico de la isla de Jersey, y también celebre escritor, quien además de la trilogía  sobre su infancia y su familia en la isla griega de Corfú, es autor de numerosos libros sobre sus viajes por todo el mundo, incluida la Argentina, todos traducidos al castellano.

La tercera razón hay que buscarla en el cine y la televisión. Hace ya unas seis décadas que el naturalista inglés David Attenborough (1926) fijo un estándar decididamente alto para los documentales sobre la vida natural. A diferencia de muchos de los programas de señales como Animal Planet o Nat Geo, donde las relaciones entre los animales tienden a ser dramatizadas desde una perspectiva absolutamente antropomórfica, Attenborough no interactuó jamás con el objeto de su estudio, no condescendió a ponerle nombres humanos a las animales con los que trabajó y mucho menos compitió con ellos a la manera del finado “cazador de cocodrilos”, sino que se limitó siempre a la observación lisa y llana, sin olvidar la claridad de sus explicaciones, muchas veces no carentes de cierto humor. Ídolo absoluto de los británicos, educó a medio planeta y reflejó también buena parte de las características con las que en su país se asume el estudio de la vida silvestre.

Cuando J. A. Baker (1926-1987), publicó The Peregrine (1967: traducido como El peregrino por Marcelo Cohen para Fiordo, de Argentina), a propósito de una pareja de halcones peregrinos a los que el autor siguió durante diez años –y que bien puede haber servido de base para la película Kes (1969), del cineasta Ken Loach– el impacto fue inmediato y continua hasta la actualidad, como lo demuestran otros libros sobre el mismo tema; entre ellos, The Peregrine Falcon (1980), de Derek Ratcliffe (1929-2005) y el reciente H is for for Hawk (2006; H de Halcon, hay traducción castellana, 2014), de Helen Macdonald (1970).  También los libros sobre nutrias se repitieron desde el volumen pionero de Henry Williamson. Es el caso de Ring of Bright Water (1960), del escocés Gavin Maxwell,  de Otter Country: In Search of the Wild Otter (2012), de Miriam Darlington, y del reciente The Otter Tale (2017), de Simon Cooper.

Con todo, algunos de los libros más importantes se dedican a reflexionar sobre la relación entre los humanos y el paisaje, y ahí están, en primera fila, los varios volúmenes de Robert MacFarlane (ya mencionados en un artículo anterior), posiblemente el escritor más brillante de su generación, apadrinado en su momento por Roger Deakin (1943-2006), documentalista, activista por el medio ambiente y autor de Waterlog: A Swimmer's Journey Through Britain (1999) y de los póstumos Winwood: A Journey Through Trees (2007) y Notes From Walnut Tree Farm (2008). Deben igualmente mencionarse dos extraordinarios volúmenes Stones of Aran: Pilgrimage (1986) y Stones of Aran: Labyrint (1995), y la trilogía sobre Connemara (2006, 2008 y 2011), en Irlanda, del matemático, artista y cartógrafo ingles Tim Roberson (1935).

La New Nature Writing (“Nueva escritura sobre la naturaleza”) está aquí para quedarse y, aunque desde Latinoamérica parezca increíble, compite de igual a igual con la ficción, siendo, probablemente, el subgénero de no ficción más vendido en Gran Bretaña. A modo de ejemplo, véase la lista publicada en el prestigioso diario británico The Guardian, donde se enumeran los mejores libros de esta clase publicados el año pasado: Limestone Country, de Fiona SampsonWaiting for the Albino Dunnock, de Rosamond RichardsonWild About Britain, de Brian JackmanIslander: A Journey Around Our Archipelago, de Patrick BarkhamWhittled Away: Ireland's Vanishing Nature, de Padraic FogartyThe Seabird's Cry, de Adam NicholsonFarming and Birds, de Ian NewtonBeetles, de Richard JonesBritain's Spiders, de Lawrence BeeGeoff Oxford y Helen SmithOak and Ash and Thorn: The Ancient Forest and New Forest of Britain, de Peter FiennesLondon's Street Trees, de Paul WoodThe Robin: A Biography, de Stephen Moss. El artículo, para nuestra sorpresa, aclara que se trata de una lista muy breve y parcial porque sólo se mencionan los mejores libros, en un año “flojo” de novedades.


jueves, 6 de diciembre de 2018

Nueva traducción de los "Cantos", de Ezra Pound

Probablemente se trata de una de las grandes noticias del año: la editorial mexicana Sexto Piso acaba de publicar una nueva versión –la segunda– de los Cantos, del poeta estadounidense Ezra Pound, en versión del argentino Jan De Jager. Hasta la fecha sólo existía la traducción del mexicano José Vázquez Amaral (1914-1987), quien por ella ganó en 1975 el Premio Xavier Villaurrutia. La misma, que salió por el sello Joaquín Mortiz Editor, de México, fue posteriormente parcialmente republicada (falta el cuarto tomo, que hasta la fecha nunca salió) por la editorial española Cátedra, que sumó toda un serie de notas cuyo origen está en las varias ediciones editadas en inglés.

El volumen de Sexto Piso llegará a la Argentina hacia abril, para la Feria Internacional del Libro. Mientras esperamos, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se comunicó con De Jager, residente en Holanda y Bélgica, y le realizó una breve entrevista.

“Una lectura más gratificante”

–¿Cómo llegaste a Pound?
–Fue un periplo curioso: por supuesto que los Cantos estaban en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A., pero es un libro que uno quiere tener a mano todo el tiempo, no sacarlo prestado por tres semanas. Fui a la librería Kel, de Buenos Aires, y estaban los Pisan Cantos, y un libro de George Kearns, A Guide to Pound´s Selected Cantos. Así que empecé por los pisanos y después leí el libro de Kearns, que viene a ser una introducción con notas. Curiosamente, leí la explicación y las notas de los Cantos “selectos” antes de leer los Cantos “completos” en sí. Muchos años después conseguí The Cantos. Al principio te diría que Pound me interesó más por lo que significó para Eliot, Joyce y Hemingway que por Pound mismo. Su figura aparecía constantemente en las biografías que yo leía cuando estábamos en la Facultad: la de Joyce de Richard Ellman, y la de Hemingway de Carlos Baker. De Eliot, ya en la secundaria, nos habían hecho leer Murder in the Cathedral y de ahí al rol de Pound en la Tierra baldía, solo un paso...

–¿Por qué y cuándo te decidiste a traducir los Cantos?
Las traducciones existen para los que no saben suficiente inglés como para disfrutar del original. Toda traducción puede mejorarse. A mí, con todos sus méritos, la de Vázquz Amaral me resultó un pálido reflejo del texto de Pound. Ahí me dije: We have to start all over again... Traduje cositas sueltas primero, por el año 2003 y de a poco fui sistematizando. Más o menos desde 2010, esto se transformó en un trabajo diario de traducción,

–¿Con qué problemas te topaste?
A esta pregunta te puedo responder con un tratado de traductología poundiana, que quizás algún día escriba... Lo más importante, más que ¨problemas¨ te diría que fue dar a cada momento con el tono y el registro equivalentes al original: procaz, bucólico, telegráfico, usos regionales, arcaicos, parodias de acentos, abreviaturas etc. Etc

–¿En qué se diferencia tu traducción de la de Vázquez Amaral? 
Lo primero sería decir que hay muchos errores de interpretación y equivalencia. Ahí, digamos, se podría emparchar su traducción. Pero el otro problema es más grave: Vázquez Amaral no es sensible a los cambios de tono y registro. Aplana todo hasta tornarlo casi prosaico, a lo largo de toda la traducción. Eso no se puede emparchar y Pound sobrevive apenas: están los contenidos, sí, salvo los errores que mencioné, pero lo que el mismo Pound llamaría “voltaje poético” está muy mal reflejado. Por otra parte, si consideramos la traducción de Cátedra  que es la única que hoy en día se consigue ni siquiera terminó de publicar los Cantos, falta el volumen 4, o sea que la única edición completa de la traducción de Vázquez Amaral es la mexicana de 1975, agotada hace añares. 

–Entiendo que tu traducción no tiene notas. ¿Creés que no son necesarias? Y si así fuera, ¿cómo puede el lector reponer lo que falta en términos de referencias culturales? 
A Pound se lo lee demasiado de una manera que yo llamo vertical. A cada referencia peliaguda, la mirada baja en picada a las notas al pie. En consecuencia se fragmenta en mil momentos breves la lectura. Quiero propiciar la lectura horizontal para que el verso, su cadencia, sus contrastes, también sus oscuridades, funcionen en un continuo. No olvidar que The Cantos en el original tampoco tienen notas. El lector, después de una primera lectura, si quiere va y busca y rebusca y luego vuelve al texto, ya con otro bagaje. Es una lectura más exigente (o menos cómoda) pero mucho más gratificante.