miércoles, 21 de abril de 2021

Un encuesta sobre género y traducción (2)

Estas son las primeras respuestas a propósito de la encuesta sobre género y traducción

Andrés Ehrenhaus (traductor argentino residente en Barcelona, España)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–Desde hace tiempo defiendo la idea de que no hay texto sin género e incluso me atrevería a decir que no lo hay sin sexo. A mi entender, todo texto está atravesado por la sensibilidad y las circunstancias (culturales, políticas, pero también biológicas o libidinales) de su autor y, de un modo u otro, las proyecta o manifiesta incluso a pesar de que se intenten soslayar o moderar en la escritura. Es más, este mismo acto (el de la autocensura erótica, digamos) ya constituiría un rasgo de género en sí mismo, obviamente reflejado en el texto y, por tanto, detectable o perceptible en la lectura. Así, la traducción, en tanto forma muy particular y específica de lectura y relectura de textos, no podría –ni debería– desentenderse de esta cuestión, sino ofrecer alternativas conscientes que, a su vez, estarán inevitablemente atravesadas por la sensibilidad y circunstancias del propio traductor. Así como no hay texto sin contexto, tampoco hay traducción capaz de aislarse en el tiempo y el espacio o, por decirlo en términos más próximos al asunto de la encuesta, no hay traducción sin cuerpo.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Entonces, ¿qué hacer con esos cuerpos, el del texto original y el de la traducción? En primer lugar, reconocerlos y no espantarse de ellos. Como en el cuento de Andersen, el emperador está desnudo, al menos a medias. A partir de aquí se juegan cuestiones ligadas a la actitud política, al arte poética de cada traductor (o de ese traductor en cada momento determinado, porque las posturas y enfoques cambian con la práctica y las experiencias): hasta no hace mucho, el traductor era un agente fiscalizador, dotado de herramientas morales y estéticas para enmendar los posibles defectos de los textos originales y adecuarlos a los usos y costumbres “universales” de cada época; a lo largo del s. XX y sobre todo a partir de su segunda mitad, se ha ido imponiendo un enfoque mucho más verista y preservador de los textos originales, con la idea de devolver todo el sabor y la complejidad de estos textos en lugar de planchar su problemática. Hoy en día volvemos a encontrarnos en una encrucijada ética (y política) en la que se cuestiona esta manera de traducir o, en todo caso, en la que se abre la traducción al debate lingüístico de género. Y se abre en pleno proceso productivo, es decir, generando respuestas prácticas, parciales o de urgencia que, obviamente, irán derivando en tendencias más o menos generales. En el caso de los traductores profesionales, es decir, de quienes trabajamos para la industria editorial, a las cuestiones éticas personales debemos añadir las imposiciones (aceptables o no) de esa industria y su propio aparato político de usos y costumbres. Como he dicho, creo que los textos transpiran una libido que no se circunscribe a meras cuestiones gramaticales de género. Es decir que el problema no se soluciona con una estrategia inclusiva determinada ni se preserva necesariamente la sexualidad del texto neutralizando los usos genéricos predominantes digamos “patriarcales”. De hecho, en mi opinión, de ese modo se sumerge el iceberg, se derrite un poco su pico emergente pero también se borran las huellas históricas, culturales, etc., que lo configuran. El buenismo no elimina lo que identifica como el mal, lo perfuma, se limita a perfumarlo. Soy partidario de trasladar la libido del texto original en el estado en el que nos ha llegado a las manos, a los ojos, a todos los sentidos, en la medida, por supuesto, de nuestras posibilidades técnicas. Pero eso ya es cuestión de oficio... y sensibilidad.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–No, no me ha pasado nunca. Tal vez por ignorancia o, justamente, por falta de la debida sensibilidad, pero también por enfoque crítico. Así como los textos están atravesados no por una sino por numerosas y complejas ondas libidinales, nosotros mismos, en tanto traductores, no somos de una única manera ni componemos un arquetipo inquebrantable. Todas esas corrientes eróticas, esos momentos políticos del cuerpo del texto, están también en nosotros y conviene despertarlos para que nos ayuden a leer desde distintos puntos de vista, y a solucionar los problemas que se deriven de ello de maneras más amplias y no fiscalizadoras. No censurarse para no censurar. Sé que es una propuesta un tanto naïve pero en el fondo apela a la seriedad y el rigor del oficio, que no deben acabar en la gramática o la lexicografía al uso. A la vez, creo lícito que cada traductor sepa reconocer sus límites y admitir sus zonas ciegas, y que no se apropie de aquello que hará mal o peor que otros. También ahí hay una responsabilidad que a menudo se nos escapa. A este respecto, el debate de género ayuda a que estemos más alerta; el peligro es que ese estado se convierta en hipersensibilidad, que es el paso previo e ineludible a la hipercorrección.


Magalí Sequera (traductora francesa residente en París, Francia)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–No creo que haya un rasgo genérico en la traducción. El traductor es antes que nada un lector sumamente atento, que tiene que evitar errores de lectura u olvidos. Con lo cual, debería poder traducir tanto a un autor hombre o mujer. Si no conoce bien tal o cual tema muy relativo al género del autor, puede buscar, investigar, preguntar; así como lo haría con otros temas. Lo que importa es la tesitura de la voz del texto e intentar ser fiel a ella. En un reciente programa dedicado a la traducción en France Culture, entre las cinco traductoras invitadas, tres traducían a autores –Walser, Murakami y Dante– y no lo plantearon como un problema. Las veces que participé de las residencias de traducción de Jean-Philippe Toussaint en las que solía reunir a sus traductores, había hombres y mujeres, y no recuerdo haber abordado la traducción bajo ese enfoque.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Los distintos textos que traduje, hasta ahora, siempre fueron textos de autores que me gustaban y resulta que de los tres, dos son hombres: Jean-Philippe Toussaint y Vincent Almendros. Jamás se me cruzó por la cabeza no poder traducirlos por ser mujer. No me parece que el traductor tenga que ser un espejo del autor. En este sentido, la reciente polémica que surgió en Holanda acerca de la persona que habían elegido para traducir a Amanda Gorman me parece equivocada. Es una prueba más de la tendencia a querer encasillar cada vez las cosas. Me gustaría saber quién la va a traducir al castellano.


Cecilia Rossi (traductora argentina residente en East Anglia, Gran Bretaña)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–Sí, por supuesto. Quién traduce, cómo se traduce, desde dónde... Los handbooks que se publican – y renuevan constantemente en el área de estudios de traducción– hace rato que vienen proponiendo una reflexión acerca de lo que significa traducir en la estela de movimientos, como el movimiento feminista. Por ejemplo, en 1997 salió The Routledge Handbook of Translation and Gender, Translating in the 'Era of Feminism', editado por Luise Von Flotow que justamente propone un estudio de la teoría y práctica de la traducción dentro del marco de los estudios de la mujer y su crítica al lenguage “patriarcal”. En la práctica se puede ver esto en el surgimiento de formas de traducir experimentales, o híbridas, con estrategias de traducción intervencionistas. En ese sentido la antología de traducciones de poesía editada por la poeta/traductora Sophie Collins es excelente: Currently & Emotion (Test Centre, 2016). Kate Briggs en This Little Art (London: Fitzcarraldo, 2017) se refiere a la lady translator... con un poco de ironía a veces, pero justamente para argumentar en contra de una idea de la traducción que considera a la traductora (pensemos en la traductora, la lady translator) como sujeta a la autoridad del autor (hombre)... un poco barthesiano (similar a pensar al lector como sujeto a la autoridad del autor). Entonces, se puede establecer un paralelismo entre este pensamiento de Barthes y el que que se rebela contra la postura que sostiene a la traducción como una obra de menor valor que el original.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Creo que ya abarqué este tema pero se puede agregar que en el área de estudios de traducción se viene hablando desde hace rato de Feminist Translation Studies y se lo encara desde el lado de un activismo político. Al margen de los activismos, una propuesta de pensar a la traducción como una práctica de escritura creativa, ya implica una posición desafiante con respecto a posturas fosilizadas que ven a la traducción en términos de “fidelidad” (!).

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Yo sólo he traducido a mujeres, con la excepción de poemas de Julio Cortázar que traduje durante la maestría en Escritura Creativa (en la Universidad de Cardiff). Se fue dando así... En el caso de la obra de Alejandra Pizarnik, muchas veces me topo con una cuestión de género: a nivel sintáctico cuando Pizarnik esconde deliberadamente el género de quien habla o a quien se habla. En el texto en prosa “Un rostro”, por ejemplo. Entonces hay que respetar ese juego y tratar de no revelar en la traducción lo que el original esconde.

martes, 20 de abril de 2021

Una encuesta sobre género y traducción (1)

La semana pasada, en el marco de una entrevista con Inés Garland, a propósito de su reciente traducción de Jamaica Kincaid (ver en este blog la entrada correspondiente al pasado 16 de abril), conversamos brevemente sobre si en la traducción aparecía también la hoy tan mentada cuestión de género. Como el tema iba más allá de la especificidad de esa entrevista, tratamos de establecer por mail un intercambio que, llegado un punto, se interrumpió. Lo reproduzco a continuación:

Inés Garland
–¿Qué diferencia encontrás entre Tiffany Atkinson y Claire Keegan, que hace que pienses que vos no podrías traducir a Tiffany y yo sí? ¿Por qué yo sí?

Jorge Fondebrider
–Tiffany y Claire tienen más o menos la misma edad, se formaron de manera aproximadamente igual (las dos, con diferencia de años, estudiaron en la Universidad de Cardiff, en Gales), pero una se crió en distintas ciudades de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y la otra sólo en el campo irlandés. Por otra parte, Tiffany se dedica a la poesía y al ensayo, y Claire al cuento. Entiendo que la poesía exige un lenguaje mucho más cargado que el de la narrativa, porque, entre otras cosas, tenés que decir lo mismo o más con muchas menos palabras y, en muchas ocasiones, sin tener siquiera un conato de ficción que te sirva para estructurar el texto. El cuento, en cambio, si bien también es una forma breve respecto de la novela, tiene otras reglas y, mal que mal, siempre hay una estructura definida y, por lo tanto, siempre hay espacio para un desarrollo mayor. Ahora bien, aunque este pueda ser un punto de partida, no es el meollo de la cuestión. Uno podría sumar la posibilidad de una experiencia compartida, los datos puntuales que suministra esa experiencia y una manera particular de expresarla ligada a una determinada estructura de personalidad y sensibilidad que no todos compartimos. A mí, personalmente, me da la impresión de poder traducir la forma en que Claire Keegan plantea sus historias, que, aunque en oportunidades traten sobre temas vinculados con su género, se adecuan perfectamente bien a un discurso de índole más general que el de Tiffany Atkinson. Y en este sentido, recuerdo que, cuando la traducías, me contaste hasta qué punto muchas de las experiencias que ella presentaba en sus poemas habían sido también tus propias experiencias como mujer, lo que te acercaba cabalmente a su poesía. Esto último, y ya en términos generales, va desde cuestiones aparentemente externas (en la entrevista que te hice hablabas por ejemplo del empleo de las toallas femeninas en un texto de Jamaica Kincaid) a otras de naturaleza mucho más sútil. Nada de esto es enteramente privativo ni excluyente, pero a veces sucede así y me parece importante advertirlo.

Inés Garland
–No puedo pensar en la sensibilidad como un atributo de género. Creo que hay autores que nos son más afines, por muchos motivos, pero no puedo dividir esa afinidad en hombres y mujeres, ni pensar que un hombre no podría investigar el tema de las compresas en Jamaica Kincaid. De hecho, las otras dos traducciones que mencioné en la entrevista, son de mujeres. Y ni siquiera es un error grave, era un ejemplo de la importancia del contexto. Con respecto al ejemplo que usaste, me siento tan cercana a Claire Keegan como a Tiffany, aunque sean muy diferentes. Me siento más cercana a Tim O’Brien (The Things They Carried) que a muchas mujeres. Creo que dividir la sensibilidad entre hombres y mujeres crea una distancia que ya es hora, hace mucho tiempo, de cuestionar y que es justamente el ámbito de la literatura donde esa distancia tiene mayores posibilidades de corregirse si nos leemos los unos a los otros sin preconceptos. Frank Sinatra decía que la persona que más había influenciado su manera de cantar había sido Billie Holiday.

El diálogo quedó ahí, pero mi impresión fue que, seguramente, otros traductores tendrían otras cosas que decir. La idea, entonces, es incorporar algunas de esas otras voces a partir de tres preguntas:


1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?

Éstas les fueron formuladas a traductores y traductoras de distintas nacionalidades, que traducen los más variados géneros literarios y que cada uno, en la medida de sus intereses, tiene algo para decir sobre la cuestión. Sus respuestas podrán ser leídas en este blog a partir de mañana.

Jorge Fondebrider

lunes, 19 de abril de 2021

Para la CAL, todo tiempo pasado fue mejor

El pasado 14 de abril, Daniel Gigena publicó el siguiente artículo a propósito del informe de la Cámara Argentina del Libro y los desalentadores resultados obtenidos en la industria editorial en 2020. 

Caída sin freno: en 2020 se publicaron 4 millones de libros menos que en 2019

Los números del sector editorial siguen siendo desalentadores. En el informe anual de la Cámara Argentina del Libro (CAL) referido a 2020, se destaca que en el país se produjeron cuatro millones de libros menos que en 2019. Y si se tiene en cuenta el total de publicaciones que hubo en el primer año de la pandemia -es decir, no solo las de editoriales comerciales sino también las de instituciones públicas y privadas, y las que los autores hacen por su propia cuenta- la caída es mayor aún: de 35 millones de libros registrados se pasó a 26 millones de ejemplares, sin contar las reimpresiones.


También hubo un desplome notable en la cantidad de publicaciones en papel: de 6814 en 2019 se redujo a 5128 en 2020. Por la pandemia y la cuarentena, que paralizó la actividad del sector en dos meses clave (abril y mayo de 2020), las editoriales achicaron sus planes editoriales y produjeron menos libros en formato físico. Para poder vender en tiendas virtuales, las editoriales digitalizaron sus catálogos, aunque hubo pocos lanzamientos de novedades en ebook. El único segmento que creció en 2020 es el de la autoedición, a cargo de los propios autores o de empresas que brindan servicios editoriales. Sin embargo, las tiradas de estos libros, de cien a trescientos ejemplares, no mueven el amperímetro.


“El sector salió debilitado tras el primer año de la pandemia -dijo el presidente de la CAL, Martín Gremmelspacher, a La Nación-. Esperamos que este año haya una reactivación, que ya se está viendo en la venta de libros de texto, y que si hay cierres preventivos de comercios, estos no afecten a las librerías. Creemos que, en principio, el Gobierno va a seguir defendiendo al libro y la cultura. Hay cierta esperanza entre los editores”. Desde 2016, las cifras de producción y ventas del sector no dejan de empeorar.


Se registró además una disminución en las tiradas de las primeras ediciones de libros. Si se las compara con las cifras de 2016, cuando la tirada promedio era de 2208 ejemplares, en 2020 se redujo en más de mil ejemplares por cada novedad; la tirada promedio del año pasado fue de 1117 unidades. En 2016, se estimaba un 0,63 de ejemplar por habitante del país; en 2020, un aún más exiguo 0,26.


En el informe, la CAL adjunta los resultados de una encuesta que realizó entre sus socios, editores de sellos medianos y pequeños. Un 70% de los consultados sostuvo que su facturación había caído entre el 1% y más del 50% respecto de 2019. De ese grupo, un 24% informó una caída del 1% al 25%; un 31%, una caída del 26% al 50%, y un 15% de los encuestados dijo que la caída había superado el 50%.


Por otra parte, consta en el informe que un 63% de los consultados accedió durante el año pasado al programa de Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP). Ese programa se “discontinuó” en noviembre de 2020, pese a las críticas de la CAL y la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP). Desde las cámaras, destacaron que el Banco Nación lanzó, a cambio, una programa de “créditos blandos”, con un año de gracia para los solicitantes y tasas muy inferiores a las del mercado.


Un 73% de los consultados reforzó sus canales de venta digital para reducir costos de distribución y un 83% adoptó o reforzó sus canales de venta por redes sociales. Al ser interrogados acerca de su percepción y sentimientos sobre 2020, la palabra más usada por los encuestados fue “incertidumbre”.

viernes, 16 de abril de 2021

Primera traducción argentina de Jamaica Kincaid

Nacida en Antigua y Barbuda en 1949, Jamaica Kincaid (pseudónimo de Elaine Cynthia Potter Richardson) ha ido abriéndose un destacado lugar entre las narradoras actuales. En castellano, hasta ahora, algunas de sus obras habían sido traducidas fundamentalmente por la editorial española Txalaparta y por la editorial chilena LOM, además de ERA (de México) y Alfaguara y Lumen (ambas de España). Ahora, se suma una nueva versión de Autobiografía de mi madre, recientemente publicada por La Parte Maldita, de Argentina, traducida por Inés Garland. Con ella tuvo oportunidad de realizar una breve entrevista el Administrador de este blog.

"Traducir es entender profundamente lo que estás traduciendo"

–¿Qué sabías de Jamaica Kincaid antes de empezar a traducirla?

–Había leído “Lucy” y había traducido, para mis alumnos, un cuento de ella que se llama “Girl”. Sabía que era de Antigua y que Susan Sontag la consideraba brillante. No mucho más.

–¿Con qué problemas te topaste cuando la traducías?

–En algún momento descubrí que detrás de la ficción había una postura muy profundamente pensada acerca de temas que había que tener en mente durante el proceso de traducción. Había algo de ensayo,o más bien de ensayos detrás de la novela. Los temas eran temas que no conocía y no podían ser tratados a la ligera. A veces tenía mucho miedo de equivocarme porque sabía que detrás de lo que iba pasando en la novela había años de estudios sobre la colonización, la opresión, el racismo, cuestiones de género y de raza, temas ancestrales y muyarraigados a las maneras de entender el mundo. Y ella los estudia con una lente muy potente y me obligó a pensarlos otra vez, enlos zapatos de alguien que me resultaba por momentos muy ajena e incómoda y por otros momentos muy cercana. Lo que en la novela se puede leer superficialmente, tiene el trasfondo de una postura clarísima, realmente brillante. Sentí una gran responsabilidad. Hay maneras de decir en la novela que son complejas, oraciones largas y cosas que vuelven una y otra vez. Demanda mucha atención.

–¿Cómo los solucionaste?

–Tuve que leer con Jimena Ríos, mi primera lectora y una ayudante fundamental, el original y la traducción muchas veces y nos sentábamos a conversar sobre lo que Kincaid estaba diciendo tratando de entender todas las capas para no equivocarnos. Creo que siempre el tema de traducir es entender profundamente lo que estás traduciendo, no saltearse, no aceptar a medio camino por desesperación o por pereza, buscar y buscar hasta entender y ser consciente del contexto. Girl, por ejemplo, es un cuento sobre una madre que le habla a una hija que está entrando en la pubertad. En un momento le dice “wash your little clothes”. Después de mucho pensar, decidí traducirlo por “compresas”, las compresas de la menstruación. Vi después que otras traducciones eligieron bragas o ropita. No hablé con Kincaid, puedo estar equivocada, pero en Autobiografía de mi madre, cuando la protagonista tiene su primera menstruación, lava unas bolsas de arpillera para sacarles la tinta de la marca de lo que fuera que traían las bolsas y se cose unas compresas. Eso habla de una época, de un contexto que es el mismo de Girl. Imagino que a eso se refiere la madre con “little clothes”. El desafío que propone Kincaid nos obligó a estudiar el contexto sociopolítico que nos era muy desconocido.

–Noté que la mayoría de tus traducciones son de textos escritos por mujeres. ¿Es una cuestión deliberada o una casualidad?

–¿Le preguntarías lo mismo a un traductor que hubiera traducido sólo a hombres?

 –Sí, claro. De hecho, lo hice. Como sabés yo traduje a hombres y a mujeres, y en algunos casos me pareció que ciertas escrituras se ajustaban mejor a una “sensibilidad genérica” –para llamarla de alguna manera que tuviera mayores coincidencias para expresar algo de lo que sentí yo carecía. Como recordarás, no pude traducir bien a la poeta inglesa Tiffany Atkinson y, en su momento, te pedí a vos y le pedí a Silvia Camerotto que la tradujeran, cosa que hicieron con excelentes resultados...*

–Hay traducciones que elegí yo: Sharon Olds y Mavis Gallant, y otras que me pidieron: Tiffany Atkinson –como me recordás–, Lydia Davis, Jamaica Kincaid, Louise Glück, Julie Hayden. Un buen escritor es un buen escritor, su género me da lo mismo. Habría que preguntarles a los editores por sus elecciones que, obviamente, aprobé porque no traduciría a alguien que no me gusta.


*Conversando con Inés, ya fuera del contexto de esta breve entrevista, concordamos en que la cuestión de género y traducción da para mucho más y decidimos que sería interesante proseguir esta discusión en el blog, cosa que sin duda haremos a la brevedad, invitando a los posibles interesados a participar. 

jueves, 15 de abril de 2021

Tarifas de la AATI: un tema para pensar durante el fin de semana

Volviendo a la AATI, en su tarifario de referencia se indica que la tarifa mínima para traducción científica para editoriales se sugiere cobrar $2,20 por palabra.

Eso, si consideráramos un criterio similar al de las traducciones literarias para editoriales, se traduciría en que 1000 palabras deberían costar entonces $2.200.

Sin embargo, cuando se ofrece un valor de referencia para las traducciones literarias se habla de $1.600 por millar de palabras.

La pregunta entonces se impone: ¿por qué? ¿Acaso traducir a Homero, a Dante, a Shakespeare, a Flaubert, a Dostoievski, a Joyce implica menos trabajo que traducir para una editorial médica, o para un manual industrial? En estos últimos casos, el mayor inconveniente lo constituye el léxico que debe ser muy preciso y para lo cual, en muchas oportunidades, es la misma editorial la que lo proporciona a los traductores. No sucede lo mismo cuando el traductor literario se las ve con esos autores que requieren de saberes muy específicos y variados que, por regla general, no están disponibles en glosarios especializados.

Ni hablar de quien traduzca filosofía, sociología, psicoanálisis y otros especies inmediatamente asociadas a la "traducción literaria", que requieren de conocimientos incluso más específicos. 

Entonces, en razón de su especialidad, ¿la AATI considera que hay traductores de primera y traductores de segunda? Y si no lo piensa, ¿por qué se limita a sugerir tarifas sin señalar que ésa es una división del todo injusta? ¿O le parece bien? En la medida que no se manifieste, uno bien podría pensar que sí.

Por último, es probable que a la hora de responder a las encuestas, de la AATI los traductores científico-técnicos asociados a esa insitución sean más que las 30 personas que contestan su encuesta tautológica para traductores literarios. 

miércoles, 14 de abril de 2021

Textos canónicos de la traducción en Chile

La traducción en Chile, durante el siglo XIX e inicios del XX, tuvo entre sus propósitos la difusión cultural por intermedio de libros, folletos y, también, a través de periódicos y revistas, en los que traductoras y traductores hicieron de intermediarios entre las ideas y saberes extranjeros, principalmente europeos, y los diversos grupos de lectores, intelectuales, estudiantes y docentes.” Así se abre el artículo de presentación de los libros que se tradujeron en Chile en los dos últimos siglos del espléndido sitio Memoria Chilena, que alberga el patrimonio virtual de la Biblioteca Nacional de Chile. Para acceder a esos libros, basta con hacer clic en este vínculo:

http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-598669.html#documentos

Traducción en Chile 1812-1924

La traducción en Chile durante el siglo XIX se concretó en un amplio abanico de producciones; versiones más o menos literales de obras principalmente francesas e inglesas; literarias y científicas; adaptaciones de textos de instrucción para el contexto educativo, publicadas en libros o folletos; además de reescrituras e imitaciones, publicadas en revistas y periódicos.

En este panorama, la Universidad de Chile (1842-) jugó un papel fundamental como entidad supervisora de las escuelas primarias, pues se ocupó de encargar y visar las traducciones realizadas con fines educativos. Entre estas, se promovieron obras como las versiones adaptadas para la lectura y aprendizaje gradual de niños de primaria llevadas a cabo por Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Fanor Velasco Salamó (1843-1907); o aquellas destinadas a la formación de profesores, como Manual de preceptores (1845), en versión de Rafael Minvielle (1800-1887), o Curso de pedagogía y metodología (1915), traducido por Brígida Walker (1863-).

En cuanto a esa especial forma de traducción conocida como "imitación", que consistía en la versión libre o reescritura del estilo de un autor o de una obra en particular, esta característica se indicaba usualmente en los títulos de los poemas o en el índice del medio en el que aparecían. Entre los intelectuales que llevaron a cabo esta práctica, en periódicos y diarios como El Crepúsculo (1843-1844), Revista de Santiago (1848-1855) y El Progreso (1842-1853), se hallan Jacinto Chacón (1820-1898), Hermógenes de Irisarri (1819-1886) y Andrés Bello López (1781-1865).

Sobre las imitaciones de Andrés Bello se han realizado varios estudios que han puesto el foco en sus reescrituras de Victor Hugo (1802-1885). Llevadas a cabo entre los años 1842 y 1843, estas han sido leídas, por un lado, como creaciones que pueden ser consideradas parte integrante del corpus literario del principal redactor del Código civil chileno y, por otro, como obras que se enmarcaban en las controversias político-estéticas de creación de un lenguaje propio que se fraguaron durante esa década en el Cono Sur.

Derivadas de estas discusiones sobre una literatura y una lengua americanas que se vivieron en Chile en la década de 1840, se propusieron a mediados del siglo XIX, instancias en las que se impulsó la creación de una ortografía nacional, acorde con el uso del español americano, que fueron lideradas inicialmente por el mismo Andrés Bello y que luego continuó Domingo Faustino Sarmiento.

Estas ideas fueron promovidas con mayor fuerza por el grupo de los néografos chilenos, quienes postularon la necesidad de una reforma radical de la ortografía, basada solo en el criterio de pronunciación de las palabras. Esta nueva ortografía, por supuesto, se extendió también a las traducciones y demás publicaciones que realizaron. Un ejemplo de ello es la reproducción de la traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde de "The Raven" de Edgar Allan Poe (1809-1849), la que reescribieron completamente utilizando su propuesta ortográfica bajo el título de "El Kuerbo" (Payàs, Gertrudis. "La Biblioteca chilena de traductores o el sentido de una colección". Medina, Toribio. Biblioteca chilena de traductores: ordenada por José Toribio Medina. Santiago: Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, 2007, p. 53-54).

En el ámbito de los estudios de las lenguas clásicas y la traducción literaria, en el año 1902, el sacerdote chileno de origen alemán, Guillermo Jünemann (1856-1938), publicó en la ciudad de Concepción una versión directa desde el griego de La Ilíada de Homero, traducción que constituye el más temprano antecedente de una versión castellana del clásico homérico en el contexto latinoamericano.

Gran parte de esta producción realizada durante el siglo XIX y comienzos del XX fue catastrada por José Toribio Medina (1852-1930), quien en 1924 publicó Biblioteca chilena de traductores. Este catálogo reunió referencias de las traducciones llevadas a cabo en Chile en formato libro o folleto entre los años 1820 y 1924. La mayoría de estas obras fueron originalmente publicadas en francés, aunque también se registraron otras traducidas del inglés, el italiano, el alemán, el portugués, el catalán, el latín y el griego.

Entre los traductores que registró Toribio Medina se hallan los nombres, principalmente, de intelectuales que ejercieron este rol como un trabajo complementario al resto de sus obras, entre los cuales anotó a Andrés Bello, Diego Barros Arana (1830-1907), Guillermo Matta (1829-1899), Zorobabel Rodríguez (1839-1901), Nicolasa Montt Barros (1857-1924), Eduardo de la Barra (1839-1900), José Antonio Torres (1828-1864), Fanor Velasco, Hermógenes de Irisarri, Valentín Letelier (1852-1919), Ernestina Pérez Barahona (1865-1951), Delfina María Hidalgo (1862-1940) y Brígida Walker.

Este registro, no obstante, no incluyó traducciones publicadas en medios periódicos, por lo que no aparecieron todos los traductores que con su trabajo aportaron a la difusión de ideas. Entre las más notorias elisiones, se encuentra el caso de Martina Barros Borgoño (1850-1944), considerada la primera intelectual chilena y una de las precursoras de los feminismos en Chile, quien, entre 1872 y 1873, publicó por entregas en la Revista de Santiago (1872-1873) su traducción de The Subjection of Women de John Stuart Mill (1806-1873), bajo el título La esclavitud de la mujer. Este texto fue recibido con elogio por parte de los intelectuales de la época, pero también fue leído como una amenaza a la idea de familia y hogar del periodo.