jueves, 30 de julio de 2015

"El DRAE, un diccionario malo e incompleto"

Andrés Hoyos es el director de El malpensante, una de las principales revistas culturales colombianas. La bajada de su columna del 28 de julio pasado, publicada en el diario El Espectador, de Colombia, dice: “No existe un diccionario internacional del español, pese a que el idioma lo pide a gritos”.

Pandebono

Una notable particularidad de nuestra lengua, entre las habladas por muchos millones de personas, es que no tiene un país predominante, como lo hay en inglés (Estados Unidos) y mandarín (China). México alberga la mayor comunidad hispanohablante, con algo más del 20%, seguido en su orden por Colombia, Argentina y España (este cuarto puesto depende de que una proporción importante de catalanes, gallegos y vascos no consideran al español su lengua materna). El francés tiene una dispersión considerable, aunque nunca tan marcada como la del español.

En vez de un diccionario internacional, tenemos el DRAE, o sea el Diccionario de la Real Academia Española, para cuyos redactores existen palabras de primera, segunda y tercera categoría. Aparte del sedimento colonial implícito en la supuesta primacía del idioma peninsular sobre las vertientes americanas, el DRAE es sobre todo un diccionario malo e incompleto. Su mejor edición fue la primera, que terminó de imprimirse en 1739. Se llamaba entonces el Diccionario de autoridades, pues se basaba en citas (autoridades), recurso que fue abandonado en la segunda edición de 1780. A partir de ese momento el DRAE se volvió un diccionario normativo antes que descriptivo.

Pongamos un ejemplo perteneciente a la tercera categoría: el colombianísimo pandebono. La palabra aparece ya en María (1867) de Jorge Isaacs, (“durante la comida tuve ocasión de admirar entre otras cosas, la habilidad de Salomé y mi comadre para asar pintones y quesillos, freír buñuelos, hacer pandebono y dar temple a la jalea”), pero el DRAE no se ha dignado incluirla y mucho menos establecer su origen. Aunque carezco de credenciales como etimólogo y no he realizado las comprobaciones necesarias, encuentro la siguiente cita en una carta del general Santander, escrita en 1825: “...estoy seguro de no morir ahorcado por ellos, y que no estén pensando que la lima es pan de horno como dicen en la tierra”. ¿Es pandebono una deformación de pan de horno? Les dejo el trompo a los lexicógrafos para que lo bailen, con la aclaración de que son miles las palabras en español, sobre todo americanas, de origen desconocido. ¿De dónde vienen los colombianismos atarván (es más antiguo con v), cachaco, cumbia, mogolla y pilatuna? Lo ignoro. ¿Y el muy mexicano mariachi? Tampoco se sabe bien.

Los lexicógrafos, pensaría uno, están en el mundo para explicar con rigor estos orígenes y para analizar las connotaciones de muchos sinónimos, entre otras tareas. Su función no es jerarquizar usos, hacer de árbitros de las elegancias o atajar extranjerismos. El uso, y no un sanedrín de supuestos sabios, es la piedra de toque que sirve para calibrar cualquier norma lingüística.

Quienes me conocen saben que llevo años dando lora con este tema. Lo que ignoraba es que existe un proyecto en curso para dotarnos del diccionario internacional que tanta falta hace. Lo lidera Raúl Ávila, veterano lingüista investigador del Colegio de México, país que tiene una estupenda tradición de filólogos independientes, como Antonio Alatorre, reacios a acatar los ukases de la RAE. En el VALIDE (así bautizaron al diccionario en proceso) participan 26 universidades de 20 países. Las colombianas son la Nacional y la Tecnológica de Pereira. Al parecer el libro sale en noviembre de este año. Desde ya pido que me reserven un par de copias.


miércoles, 29 de julio de 2015

¡Claro! Si usted aparecer es más fácil.

La siguiente columna de María José Furió salió en El Trujamán, del 26 de julio pasado.

Pero, ¿se puede saber qué está diciendo?

Cuando vemos una película o serie de televisión en versión original con subtítulos, o asistimos a una conferencia con intérprete, o cuando leemos un libro en edición bilingüe, por poco que la versión original sea de un idioma con el que estemos familiarizados, los traductores tendemos a comparar la traducción con la que vamos componiendo mentalmente. Nos «hiere» más el error cuando se parte de idiomas occidentales con millones de hablantes y aparece en películas o documentos destinados a un público amplio. En definitiva, cuando esperamos un tratamiento profesional y sabemos que abundan los traductores expertos.

El traductor que yerra calamitosamente puede cubrirse la espalda de mil maneras —y a estas alturas todos conocemos mil excusas improbables—. En una película de espías pasmosamente aburrida de tópica trama internacional, en cierto momento el Servicio de Inteligencia británico recurre a un intérprete para traducir las palabras de los villanos rusos, que tienen retenida a la «chica» en un salón de un palazzo veneciano delante de una caja fuerte por abrir. Son las tantas de la noche cuando el intérprete italiano llega, despeinado y con la lengua fuera, al vaporetto donde los británicos tienen instalada su central de control. Aunque todas las pantallas repiten la misma escena: los elegantones mastodontes rusos apuntan con sus armas a la bella espía mientras ladran sus amenazas señalando con sus mandíbulas a la puerta cerrada de la caja fuerte, y el intérprete pregunta: «¿Me podrían dar algo de contexto?». No sé si su guionista tiene amigos o enemigos traductores, pero yo salvaría la película solo por ese chiste.

Ningún traductor mínimamente informado echa en falta el «contexto» en el cine francés de los sesenta. ¿Cómo se explica entonces el surrealista subtitulado de una película emblemática de la nouvelle vague, Cléo de 5 à 7 (1962), de Agnès Varda, que circula por videotecas y bibliotecas? En 2015, el Festival de Cannes le concede la Palma de Oro honorífica, situando su filmografía de nuevo en primera línea de interés. Varda narra dos horas en la vida de una famosa cantante que espera los resultados de unos análisis clínicos con un temido pronóstico de cáncer luego de consultar a una tarotista. La directora presenta los ambientes de un París espléndido en el primer día de verano y a la nueva generación que ella misma representa, en el despertar a un futuro que deja atrás las sombras de la posguerra pero encara el sinsentido de la guerra de Argelia. La protagonista, Corinne Marchand, y sus compañeros de reparto hablan —como buenos franceses— por los codos, pero los subtítulos no reproducen fielmente ni sus palabras ni su intención. La culpa no es aquí de ningún traductor automático sino de una versión que inventa un español imposible a partir ¡del portugués y del italiano!

Les cartes parlent si la consultante sort queda en «las cartas hablan mejor si usted aparecer».

Alors, ça ne va pas, ma petite dame? se traduce como «¿Qué acontece con ella?».

Faites-moi un petit sourire [vamos, una sonrisita] queda en «nos de un sorriso».

Las omisiones son significativas —aunque sepamos que el subtitulado debe adecuarse a la velocidad de lectura del espectador medio—, ya que pasan por alto el tono y los comentarios con que los diferentes personajes intentan rebajar las reacciones melodramáticas de la protagonista. A veces se omite información significativa o los guiños que un espectador español puede entender perfectamente, como cuando la madura asistente de la cantante conversa con el dueño del bar sobre la llantina de la joven. La mujer explica Je suis corse [soy corsa] antes de contar una historieta ejemplar sobre los azares de la salud, para sugerir que su origen la predispone a ser más firme y menos emotiva que Cléo.

La única explicación plausible es que en este subtitulado, obra de un extranjero, no se atiene a las reglas de concisión y adaptación para la lectura en pantalla sino que trataron de solventar el trámite de traducción porque se contrató para su distribución en un área lingüística determinada.

martes, 28 de julio de 2015

Reflexiones sobre el mundo editorial (II)

Segunda parte del artículo de José Antonio Millán, originalmente publicado en la revista Letras Libres, donde se propone una pormenorizada reflexión sobre el mundo editorial hispanoamericano y sus muchos vaivenes.



Separados por un mismo idioma: el mercado del libro en español (II)

La situación actual
La situación actual comparte algunos de los rasgos que hemos analizado anteriormente. Por un lado, cada país americano tiene un mercado editorial local, poco comunicado con los otros mercados de su continente. El especialista español Manuel Gil declara, con palabras que son un eco de las que resonaban hace un siglo: “A pesar de una cierta proximidad geográfica entre países, no existen redes de comercialización intra América, lo que significa que es más difícil conseguir un libro de Colombia en Argentina que de España.”37

Por otra parte, los libros americanos siguen llegando mal a la Península.38 Hay incluso premios latinoamericanos con el nombre de la editorial española que los convoca –el Planeta– que jamás ven la luz en España. El que fue presidente de ese grupo, José Manuel Lara, asumió “la culpa de que en España no tengan éxito más autores hispanoamericanos y viceversa” debido a que “no hemos potenciado lo suficiente la figura de los editores locales de allí [de América]”.39

Por último (y esta es la variación más notable con respecto al periodo con cuyo análisis comenzamos), los libros españoles han inundado América y, como no ocurre lo contrario, surge lo que la investigadora mexicana Elena Enríquez Fuentes llama disonancia en la reciprocidad: “América Latina le compra a España cincuenta veces más de lo que ella adquiere en el conjunto de los países latinoamericanos.”40
La afirmación anterior está basada en datos de 2006 y 2007, pero la situación no ha cambiado mucho. Las siguientes son cifras recientes del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (cerlalc): mientras que el 23% de los libros que importan los países latinoamericanos (incluyendo Brasil) provienen de la misma América y el 77% de otros continentes, apenas un 2% de los libros importados en España procede de países americanos.41

La edición americana está muy marcada por lo que sucede en España: en 2006 una cuarta parte de los libros editados en América eran de autores españoles,42 mientras que los escritores americanos editados en la Península quizás no lleguen al 3%. En países con limitada potencia editorial la mayoría de los libros más vendidos son editados por sucursales locales de editoriales españolas. Por ejemplo: en la primera mitad de 2014 el 90% de los libros más vendidos de Chile se encontraba en esa situación.

La razón es que las más importantes editoriales españolas están presentes en muchos países americanos, pero su papel fundamental ha sido vender en ellos libros españoles, y rara vez a la inversa. En 2010, 37 empresas editoriales españolas contaban con filiales en el exterior, hasta totalizar 196. De ellas, 156, casi un 80%, estaban en Iberoamérica.43

El apogeo de la industria editorial española en América se ve como un elemento clave de la llamada “Marca España”, y las retóricas que en la actualidad sostienen esta situación no varían mucho con respecto a las que se usaban en el pasado. Se festeja que se haya llegado a los quinientos millones de hispanohablantes (olvidando las cautas palabras de Nicolás Urgoiti), y el argumento de Blanco Fombona lo puede repetir el ministro español de Educación, Cultura y Deporte, cuando aboga por crear un “mercado común cultural del idioma español”: “El consumo de productos británicos y americanos por ingleses y norteamericanos es prácticamente indistinto, nosotros todavía no estamos así de cerca.”44 (Incluso la alerta de Julián Urgoiti en 1929 acerca de la inundación del mercado americano con libros españoles no deseados sigue teniendo especial validez.)

La irrupción de internet
Con la llegada de internet y el libro electrónico, la metáfora de Capdevila en los años veinte ha cobrado realidad: podían existir “centrales telefónicas” por las que circularan los libros, de pronto incorpóreos. Y, todavía peor, podría ocurrir que “un extranjero invasor” gobernara “todas las corrientes editoriales del mundo hispánico”.
Con los libros digitales vuelven a plantearse las mismas cuestiones que afloraron con los de papel. ¿Se puede crear un auténtico mercado común digital de libros en español procedentes de todos los países hispanohablantes y al alcance de cualquier lector?
En estos momentos Latinoamérica no puede acceder a las principales librerías digitales españolas, aunque sí puede hacerlo a Amazon.com (no a la sucursal española)45 y México tiene Amazon.com.mx. Las bases de datos de libros latinoamericanos a la venta –elemento clave para el comercio– acaban alimentando paradójicamente a Amazon, que ya tiene setenta mil referencias de libros latinoamericanos.46

Desde los dispositivos de Apple se puede comprar ebooksen todos los países hispanoamericanos. Y eso también es posible a través de Google Play Books. Y América es un buen mercado: para algunas editoriales, los consumos digitales en el continente están siendo tan importantes como los españoles.47

Amazon, Google, Apple... ¿La circulación de los libros españoles acabará pasando por el meridiano de Seattle? Queda un último e importante punto: la visibilidad de las obras. Los libros en papel se servían, para llegar a los lectores, de las librerías, los suplementos culturales de los diarios y las revistas, pero los libros digitales se pierden en la misma nube en la que metafóricamente están alojados. Y cuanto más concentrado está el mercado de libros por línea (que lo está, y lo va a estar más) menor es la posibilidad de hacer visibles las obras.

En teoría nada impide que libreros o suplementos o revistas o blogs especializados asuman este papel de guía, pero no está ocurriendo así. ¿Surgirán nuevos procedimientos de recomendación, basados en los preexistentes, o radicalmente nuevos, que puedan orientar a los lectores hispanohablantes del futuro en la selva nutrida de los libros en su lengua? Todos, de una y otra orilla, deberíamos luchar porque eso ocurra.

Coda: un Quijote bruselense
La situación en que una brillante producción intelectual en lengua española es explotada por editores extranjeros ya la hemos vivido, en los siglos XVI y XVII, cuando editores de diversas ciudades europeas imprimían en español libros que luego exportaban a España, y en latín obras de autores españoles para el comercio europeo. En 1607, solo dos años después de la publicación de la primera parte del Quijote, ya aparecía impresa en Bruselas, y por cierto, por primera vez ilustrada, una edición en español de la obra.

En el fondo (podríamos pensar) poco importa quiénes dominen el comercio editorial –físico o digital– de los países hispanohablantes, siempre y cuando presten un buen servicio a sus ciudadanos. Pero en la actualidad ya tenemos suficientes indicios del tipo de sesgos y censuras que pueden ejercer los grandes operadores. Todo monopolio es perjudicial: para los lectores que buscan libros y para los editores que deben depender de él.

Seguirá habiendo libros en papel, pero estos permanecerán confinados a los límites locales, a menos que sean suministrados por el operador más poderoso. Pero mientras tanto ¿es posible que aparezca un auténtico mercado común digital del libro en español, y que pueda estar en nuestras manos? Tal vez sea demasiado tarde para ello, y solo nos quede la oportunidad de ocupar nuevos nichos: por ejemplo, una alianza digital de los editores independientes de un lado y otro del Atlántico.

En este mundo globalizado se han desdibujado notablemente los límites entre las naciones; las empresas son multinacionales o transnacionales, y surgen nuevos actores. Puede que los más estratégicos sean compañías de telefonía y operadores de internet en vez de distribuidores o transportistas. Pero la gestión de los intereses culturales que articulan los libros debería seguir estando en manos de los países hispanohablantes... o eso queremos creer. ~


Agradezco su ayuda a Edgardo Dobry, Nora Catelli, Manuel Gil, Julieta Lionetti, Luis Íñigo Madrigal, Paz Vásquez y Pura Fernández.
En la edición en línea pueden consultarse
las referencias digitales de los textos
que cita el autor.


Notas:
37 “Como motos”, en el blog antinomiaslibro.wordpress.com, 13 de octubre del 2014.
38 La única librería americana presente en España es la mexicana Fondo de Cultura Económica.
39 Fernando Díaz de Quijano, “Lara: ‘No me sale rentable que el Planeta lo gane un autor consagrado’”, El Cultural, 14 de octubre del 2013: 
40 Elena Enríquez Fuentes, El comercio de libros entre España y América Latina: disonancia en la reciprocidad, Alianza Internacional de Editores Independientes, diciembre del 2008, p. 16.
43 Observatorio de la Lectura y el Libro, El sector del libro en España 2012-2014, Secretaria de Estado de Cultura, 2014, p. 48.
45 Julieta Lionetti, “Resaca ebook. Un cuento de Navidad”, en Libros en la nube, 28 de diciembre del 2013.
46 Fernando Zapata, entrevistado por Camila Moraes, “Internet pode revolucionar distribuição de livros na América Latina, diz diretor do Cerlalc”, en Opera Mundi, 11 de febrero del 2014 (traducción mía).
47 “Este año México ha vendido tantas descargas como España”: Pilar Reyes, de Alfaguara, en “El libro, entre la Red y la cuerda floja”, Javier Rodríguez Marcos, El País, 12 de octubre del 2013.




lunes, 27 de julio de 2015

Reflexiones sobre el mundo editorial (I)

El siguiente artículo del español José Antonio Millán fue publicado en el número de junio pasado de la revista Letras Libres. Su bajada señala: “La industria editorial hispanoamericana ha sido incapaz de crear un modelo de circulación donde los libros lleguen por igual a todos los países. Esta es la historia de cómo América y España han fracasado en su intento por tener un mercado común y cómo Internet podría abrir una nueva oportunidad.” Por sus dimensiones, se ofrece aquí en dos partes.

Separados por un mismo idioma:
el mercado del libro en español (I)

Un Quijote parisino
Borges rememora su primera lectura del Quijote en español: “Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras estampadas en oro de la edición Garnier.”1 Pero ¿por qué la edición que usaba era parisina? ¿Por qué el Quijote que circulaba entonces por América –al fin y al cabo una obra libre de derechos– no estaba editada en España, ni en Argentina, ni en México?

A finales del siglo XIX y principios del XX, el mercado latinoamericano del libro en español estaba dominado por editores estadounidenses, franceses y alemanes que habían ocupado el lugar de las editoriales españolas desaparecidas con la Independencia. La casa editorial Garnier tenía ya en 1861 un catálogo de quinientos cuarenta títulos en castellano (obras originales más traducciones), que llegarían a 1,172 en 1914.2 No era el único caso: también llegaban a América libros en español desde Alemania y Estados Unidos. En España la competencia económica se revistió pronto de retórica nacionalista, y abundaron las llamadas a combatir la “codicia extranjera del libro español en los mercados de nuestra raza y lengua”.3

Cuando la Primera Guerra Mundial cortó la actividad de las casas europeas, y en gran medida de las norteamericanas, se abrió una oportunidad para que editores de otros lugares ocuparan el vacío creado por la contienda.

Tres problemas se abrían ante este mercado, al menos teóricamente: cómo difundir en España los libros americanos, cómo difundir en América los libros españoles y cómo hacer circular entre las nuevas repúblicas las obras editadas en ellas.

De España a América
La problemática había surgido incluso antes de que la Gran Guerra creara la ventana de oportunidad.4 En el ivCentenario del Descubrimiento de América (1892) se celebró el Congreso Literario Hispanoamericano.5 Se proponía estudiar los “medios prácticos conducentes al desarrollo y progreso del comercio de libros españoles en América y libros americanos en España”,6 pero, organizado por Madrid, su preocupación principal fue sobre todo la primera parte. La industria editorial española necesitaba “los mercados extranjeros por no bastarles el estrecho círculo de los nacionales”, como señaló el diplomático y escritor español José Alcalá Galiano.7 Pero no bastaba con enviar los libros españoles a América: “Cuántas veces ven apolillarse una edición enviada allende mares y tierras por falta de manos que la muevan, y le den la fuerza de rotación, la circulación, que es la vida del libro, la avaloren con la llamativa trompa del anuncio, sirviendo al fin los preciosos volúmenes de sabroso banquete a los ratones.”8

En el mismo Congreso, el escritor español Rafael Gutiérrez Jiménez, hablando por el Gremio de Editores, propuso la creación de una “Empresa Nacional de Propaganda de las Letras Hispano-Americanas” que reuniera una “colección de datos” e imprimiera una “gigantesca colección de fajas o direcciones” para publicitar directamente las novedades bibliográficas.9 Pero esta labor de difusión “no ha de tener jamás un carácter egoístamente peninsular, sino marcadamente favorable a los intereses literarios de América”.10 Es decir: una acción primordialmente de España hacia América se presentaba como favorable a todos los países hispanohablantes.

En 1921 el pedagogo y escritor español Rafael Altamira alerta: “La difusión y venta de nuestro libro en los países de habla castellana [...] reposa sobre dos condiciones fundamentales: que llegue a todos los sitios donde puede haber un comprador, la noticia, y si es posible, un ejemplar, de todo libro nuevo, y que se acreciente el prestigio de nuestra producción intelectual.”11 A los recursos comerciales habituales de información y propaganda se añade ahora un intangible: el “prestigio”.

Dada la distancia existente entre la antigua metrópoli y las nuevas repúblicas, el primer objetivo era facilitar la circulación de obras. Como señaló el historiador David Vincent, la mayor revolución del siglo pasado en la transmisión de mercancías culturales provino de la creación del servicio postal.12 Así, se propició la firma del Convenio Postal Hispano-Americano el 13 de noviembre de 1920, que establecía tarifas muy convenientes desde la Península a América para el envío de paquetes (mejores que los grandes fletes para suministrar obras a las librerías). Por otra parte, los países americanos crearon en 1921 la Unión Postal Panamericana, a la que también se adhirió España.13 El objetivo era claro, en palabras del escritor y activista político venezolano Rufino Blanco Fombona:14 “Llegará un día, lejano aún, en que la situación de España con respecto a nosotros y en punto a libros sea igual a la de Inglaterra con respecto a Estados Unidos. En Estados Unidos se publican más libros y más revistas que en Inglaterra; sin embargo, el libro inglés sigue vendiéndose, cuando es bueno, en la América sajona.”

De América a España
En 1898 Rubén Darío recibe el encargo del diario bonaerense La Nación de enviar crónicas desde España. En julio del año siguiente publica un artículo describiendo la situación en una de las mejores librerías de Madrid: en ella “es un mirlo blanco un libro portugués. De libros americanos, no hablemos”.15

Ya en 1892, en el citado Congreso Literario, Rafael Gutiérrez Jiménez había afirmado: “Mientras que en nuestras principales librerías difícilmente se encuentran ejemplares de las producciones de los más ilustres literatos de América, en Alemania, por ejemplo, abundan por centenares los títulos de aquellas obras en los catálogos de su librería universal. Tener que pedir a Leipzig los libros que salen de las prensas de México, Lima, Santiago, o Buenos Aires, es cosa denigrante para nuestro comercio de libros.”16
Tres décadas después Blanco Fombona, que en la posguerra había fundado en la Península la editorial América, analizó la ausencia de libros americanos en España en estos términos:

“Para vender libros es necesario que entre el autor y el público existan simpatías de orden psicológico. Estas simpatías me parece que pueden existir entre un pueblo de tal o cual idioma y autores de lengua diferente; y que pueden no existir entre autores y pueblos de la misma lengua [...]

“En este sentido creo, y lo expongo con lealtad, que toda aquella producción intelectual española que tiende a continuar la tradición de la España negra –de la peor España: católica, monárquica, académica– está llamada a ir mermando cada vez más su influencia y su negocio en los países hispánicos del Nuevo Mundo. Porque la escisión entre ese espíritu y el espíritu de América es evidente; y la comunidad de lengua no sirve sino para demostrarlo mejor”.17

Las palabras de Blanco Fombona se hacen aún más duras cuando compara el trato que reciben los libros editados en ambos lados del Atlántico:
“Se creía y se cree, se decía y se dice, que allí [en América] no existe nada que valga. Y yo respondo que el editor español, por lo general, carece de sentido de adivinación; y, a veces, de sentido común. Y el librero español en América –inmigrante ignaro o patriotero vulgar– es peor aún. Para él un libro de Montalvo, o de Martí, o de Sarmiento, o de Baralt, o de Caro, maestros del idioma español, es y debe ser inferior a una novela
asquerosa y mal escrita de cualquier oscuro pornógrafo peninsular. Con un criterio absurdo desdeña el libro americano –que honra la lengua materna– y exalta el del pornógrafo o mediocre productor europeo que deprime esa lengua y deshonra el espíritu nacional.”

El argentino Arturo Capdevila podía afirmar sin rebozo en su libro Babel y el español (1928): “De Italia, de Francia, de Inglaterra, de Alemania, de Rusia, de cualquier país de Europa puede recibir un escritor argentino muestras de estima por su obra; de España [...] no siempre, no.”18

Pero las observaciones acerca de la mala recepción del libro de América en España no provenían solo de autores latinoamericanos. Leopoldo Calvo Sotelo, secretario de la Cámara del Libro española, por esas mismas fechas declaraba: “Hay que demostrar a los pueblos que nacieron de España que España sigue sus andanzas con un vivo interés, que la separación no ha logrado amortiguar; hay que conceder a los problemas, a las necesidades, a las preocupaciones, a la vida entera de las repúblicas de habla española la atención que merecen, y que hasta ahora, desgraciadamente, no se les ha otorgado.”19

Al tiempo, la comunicación entre las editoriales de un país hispanoamericano y los públicos de otros era una cuestión problemática. En 1892, en el Congreso Literario, José Alcalá Galiano afirmaba: “Y no solo a nosotros nos es difícil adquirir las obras de estos y otros no menos notables escritores americanos, sino que aquellas mismas repúblicas hallan a veces tal dificultad en conseguirlas, que tienen que encargarlas y recibirlas exportadas y reexportadas por conducto de esta apartada Europa.”20 Y Capdevila podía insistir tres décadas después: “El librero de la calle Florida [de Buenos Aires] pone a mi disposición libros de Holanda y de Rusia, si los pido. Pero no halla manera de conseguir el libro de Colombia o de Nicaragua que me interesa. Tampoco se da en Nicaragua o en Colombia con un libro argentino, como no sea por singular rareza.”21

Madrid, de meridiano a centralita
A finales de los años veinte, la idea que circulaba en la Península, pero también entre americanos, era que la clave para el triple problema del libro en español solo podía ser España. Y la supremacía de esta no podía ser únicamente editorial –es decir, industrial y empresarial– sin ser al mismo tiempo cultural e intelectual. Precisamente esta había sido la propuesta de un editorial de la revista madrileña La Gaceta Literaria, con el provocativo título de “Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica” (1927).22 El artículo terminaba así:

“Además, ¿de qué ha servido tamaño estruendo verbalista [la retórica hispanoamericanista], cuál ha sido, en el orden práctico, su utilidad inmediata, si nuestra exportación de libros y revistas a América es muy escasa, en proporción con las cifras que debiera alcanzar; si el libro español, en la mayor parte de Suramérica, no puede competir en precios con el libro francés e italiano; y si, por otra parte, la reciprocidad no existe? Esto es, que sigue dándose el caso de no ser posible encontrar en las librerías españolas, más que por azar, libros y revistas de América.

He ahí algunos de los puntos concretos cuya resolución es urgente. Si nuestra idea prevalece, si al terminar con el dañino latinismo [es decir, la influencia francesa], hacemos a Madrid meridiano de Hispanoamérica y atraemos hacia España intereses legítimos que nos corresponden, hoy desviados, habremos dado un paso definitivo para hacer real y positivo el leal acercamiento de Hispanoamérica, de sus hombres y de sus libros.”

El medio era influyente: la vanguardista Gaceta Literaria23prestaba constante atención al mundo editorial español y americano. La revista exhibía ya desde su subtítulo (Ibérica, Americana, Internacional) sus preocupaciones, y en ella colaboraron numerosos autores hispanoamericanos.

En 1928 Arturo Capdevila reconocía que había solo un posible punto clave para la circulación del libro en español: “Madrid puede ser comparado con una estación general de teléfonos, por cuya mediación las naciones de habla española llegarían a comunicarse entre sí.”24 Si España no conseguía la hegemonía del comercio del libro en América, alguien más la obtendría: “Pero Madrid es algo más que una oficina central de teléfonos. Es también como una altura estratégica sobre la cual debe ser colocado el cañón que ha de hacer blanco en América. Esta batalla de América se tiene que dar, y será de consecuencias incalculables. Para darla, ese cañón será colocado en la justa altura estratégica por unas o por otras manos. Nadie se queje si mañana los yanquis se apoderan de esa formidable llave de las rutas del pensamiento hispanoamericano. Nadie se queje si mañana España pierde otro inexpugnable Gibraltar, desde el cual gobierne un extranjero invasor todas las corrientes editoriales del mundo hispánico.”25

Tanto en la visión del editorial de La Gaceta Literaria como en el libro de Capdevila, la “central de teléfonos” de Madrid era la solución a la triple circulación de libros en el ámbito hispanohablante. Solo a través de la centralidad madrileña podría llegar a conseguirse el ideal de una “industria del libro español y americano en España y del libro americano y español en América” que soñaba Blanco Fombona.26 Peronadie tendría por qué alarmarse: el meridiano se planteaba con un espíritu “absolutamente puro y generoso que no implica hegemonía política o intelectual de ninguna clase”.27

La construcción de la hegemonía
El proyecto en su parte española era, por supuesto, desembarcar en un mercado teóricamente amplísimo, que en aquel momento se calculaba en cien millones de personas. Ante este panorama, Nicolás María Urgoiti (fundador de la editorial Calpe, más tarde asociada con Espasa)28 puntualizó en 1927: “No hay que andarse por las ramas: el problema del libro es un problema de autores y lectores, y ambos dependen del grado de cultura general, tan deficiente, por desgracia, en España como en Hispanoamérica. Hablar de cien millones de seres que hablan español es engañarse al tratar este problema. Apenas pasarán de cien mil, si es que llegan, los lectores de novelas, y a menos de la mitad los que sientan más elevadas necesidades intelectuales.”29 De modo muy razonable, el escritor español Melchor Fernández Almagro señalaba algo evidente: “El porvenir de América está fiado a la libre concurrencia. Nosotros no podemos alzarnos con el monopolio [...] Contamos, sí, con un cierto privilegio: la lengua. Pero una lengua no es otra cosa que un vehículo y, a su modo peculiar, un instrumento que cada país ha de tocar como quiera [...] Demos contenido a nuestra cultura, y lo demás nos será concedido por añadidura. Las hegemonías no se pregonan: se merecen.”30

Pero la hegemonía también podía construirse. Fernández Almagro mencionaba como un activo la lengua común, pero hay que recordar que por aquellos años en países como Argentina surgía la reivindicación de una lengua propia, heredera y continuadora de lo mejor del español.31 Si se fragmentaba el español, no habría ya “Hispanoamérica”, ni posible mercado común del libro. La larga historia de la emancipación de las repúblicas americanas corre, paradójicamente, paralela a la institucionalización de la norma lingüística peninsular. He aquí algunos hitos: laOrtografía de la Academia se hace obligatoria en 1844 en las escuelas de todo el Imperio (ya tambaleante); ese mismo año, Chile acepta la ortografía discrepante de Bello, que fracasaría en su intento de convertirse en un estándar. Contrarrestando ese movimiento de intención secesionista, en 1871 nace la primera academia americana, la de Colombia, y para la fecha de la “polémica del meridiano” habrá catorce más.32

La expansión editorial va unida desde el principio a la exaltación de la lengua común, y a la acción diplomática. Como expuso en 1892 el diplomático y escritor José Alcalá Galiano, “el Diccionario castellano es nuestro mejor tratado; la Academia Española nuestro mejor Ministerio de Relaciones Exteriores... Americanas”.33

Recién llegada la República a España, Anselmo Sánchez Villalba34 proponía la creación de “un cuerpo de agregados culturales en todas nuestras embajadas, en especial en América. Su misión consistiría en estar al tanto de todo lo relacionado con la venta del libro en la nación en la que actúa; llevar estadísticas perfectas; contratar con los autores la edición de obras en casas españolas, si de americanas se trata, y en naciones de otros idiomas [...] Para evitar las ediciones clandestinas y salvaguardar toda propiedad legítima”.

Los canales se han abierto, y a finales de los años veinte los libros españoles fluyen hacia América. No obstante, Julián Urgoiti, delegado de Espasa-Calpe en Buenos Aires, alerta en 1929 acerca del mal uso que algunos editores españoles están haciendo de su potencial comercial y de distribución en América, para inundarlos de libros no deseados:35

“Mirando las cosas desde aquí, da la impresión de que algunos editores lanzan libros “para la exportación”, cuantos más, mejor, sin estudiar de antemano las razonables posibilidades de salida [...] El editor español, que mira seriamente a estos países, como factor ponderable en su cálculo de posibilidades de colocación del libro en ciernes, tiene el deber de pulsar si es oportuna la publicación, por lo que a esos mercados se refiere, y no tener la pretensión de que el público arrebate los libros cuando no se le ofrece lo que le interesa.”

Acabada la Guerra Civil española, la retórica del meridiano –con sus pretensiones de circulación universal de libros dentro de la lengua española, eso sí, a través de Madrid–deja paso a la correspondiente soflama imperial, en la que solo se considera la irradiación hacia América desde la antigua metrópoli. En 1944 el editor Gustavo Gili escribe: “No puede haber política imperial si se prescinde del vehículo más eficaz para su expansión, y no se considera al libro el instrumento más precioso para hacer llegar el sentir de España y de nuestra inveterada civilización a todos los países que han heredado el tesoro de nuestra lengua, que es tanto como decir de nuestra alma.”36

Notas:
1 Jorge Luis Borges y Norman Thomas di Giovanni,Autobiografía 1899-1970, Buenos Aires, El Ateneo, 1999, p. 26. Traducción de Marcial Souto y Norman Thomas di Giovanni, a partir de la publicada en inglés por The New Yorker, en septiembre de 1970. (versión en línea enhttps://arbolestelar.wordpress.com/2014/10/14/autobiografia-borges)
2 Garnier suministraba libros españoles no solo a América, sino también a España. Véase Pura Fernández, “La editorial Garnier de París y la difusión del patrimonio bibliográfico en castellano en el siglo XIX”, en Tes philies tade dora: miscelánea léxica en memoria de Conchita Serrano, Madrid,csic, 1999.
3 En palabras de un folleto de 1916: Antonio Graíño y Martínez, La industria del libro en España y la codicia extranjera del libro español en los mercados de nuestra raza y lengua, Madrid, Asociación de la Librería de España.
4 Para la historia profesional, asociativa de este periodo, véase Gabriela Dalla Corte y Fabio Espósito, “Mercado del libro y empresas editoriales entre el centenario de las independencias y la Guerra Civil española: la editorial Sudamericana”, en Revista Complutense de Historia de América, 2010, vol. 36.
5 Sus actas están reunidas en Congreso literario hispano-americano, Madrid, Establecimiento tipográfico de Ricardo Fé, 1893, pp. 446-556. Edición digital en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 
6 “Programa de Temas. Sección 3. librería”, en Congreso literario, op. cit., p. 14.
7 “Memoria del Excmo. Sr. D. José Alcalá Galiano, acerca de los servicios que, en el desempeño de su cargo, pueden prestar los cónsules para mayor seguridad del comercio de libros y obras artísticas”, en Congreso literario, pp. 446-556.
8 Ibíd., p. 547.
9 Rafael Gutiérrez Jiménez, La producción literaria en España y el comercio de exportación de libros a América.Documentos leídos en el Congreso literario celebrado en Madrid en Noviembre de 1892, Madrid, Imprenta y fundición de Manuel Tello, 1893, p. 19. Hay edición digital enArchive.org.
10 Ibíd., p. 21.
11 La política de España en América, Valencia, Editorial Edeta, pp. 90 y 92. Hay versión digital en el Internet Archive.
12 The rise of mass literacy: Reading and writing in modern Europe, Cambridge, Polity Press, 2000, p. 1. Vincent sitúa, con razón, “el inicio de la era de la comunicación de masas” el 9 de octubre de 1874, cuando se firmó el Tratado de Berna, que conduciría a la Unión Postal Universal.
13 María Fernández Moya, “Una editorial familiar catalana en América Latina”, en Editorial Gustavo Gili. Una historia 1902-2012, Barcelona, Gustavo Gili, 2012, pp. 201-228. Hay versiónen línea.
14 “El libro español en América”, en El libro español. Ciclo de conferencias organizado por la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, 15-23 de marzo de 1922. Hay edición por línea de la conferencia de Blanco Fombona en Cruzada Sur.
15 Las crónicas se reunieron en el volumen España contemporánea. Cito la edición de Garnier Hermanos, París, 1907, p. 207. Edición digital en Archive.org.
16 La producción literaria..., op. cit., p. 4.
17 “El libro español en América”, op. cit.
18 Madrid, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, pp. 223-224. Hay versión en línea en The Internet Archive.
19 El libro español en América, Madrid, Gráfica Universal, 1927. Edición digital en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
20 “Memoria...”, op. cit.
21 Babel y el español, op. cit., pp. 64-65.
22 15 de abril de 1927, número 8.
23 Se puede consultar una edición facsimilar íntegra y con texto navegable en Revistas de la Edad de Plata, en: bit.ly/1kxvh3G, a través de la edición digital creada por el autor de estas líneas, Carlos Wert y Rafael Millán.
24 Babel y el español, op. cit., p. 65.
25 Ibíd., p. 68.
26 “El libro español...”, op. cit.
27 “Madrid, meridiano intelectual...”, op. cit.
28 Sobre el papel clave de Nicolás María Urgoiti, véanse Juan Miguel Sánchez Vigil, Calpe. Paradigma editorial (1918-1925), Gijón, trea, 2005, y Philippe Castellano, Enciclopedia Espasa. Historia de una aventura editorial, Madrid, Espasa, 2000.
29 “Una opinión de Urgoiti”, en La Gaceta Literaria, 1 de abril de 1927, n. 7.
30 “Campeonato para un meridiano intelectual”, en La Gaceta Literaria, 1 septiembre de 1927, n. 17.
31 Véase Edgardo Dobry, Una profecía del pasado. Lugones y la invención del linaje de Hércules, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.
32 Luis Carlos Díaz Salgado, “Historia crítica y rosa de la Real Academia Española”, en Silvia Senz y Montserrat Alberte (eds.), El dardo en la Academia. Esencia y vigencia de las Academias de la lengua española, Barcelona, Melusina, 2011, vol. I, especialmente los apartados 7 y 41.
33 “Memoria...”, op. cit.
34 La Gaceta Literaria, 15 de julio de 1931, n. 110.
35 En entrevista con Guillermo de Torre, La Gaceta Literaria, 1 de abril de 1929, número 55.
36 Gustavo Gili Roig, Bosquejo de una política del libro, Barcelona, 1944, pp. 20-21.

viernes, 24 de julio de 2015

"El libro más leído en las escuelas alemanas"

El 19 de julio pasado, en su habitual columna dominical del diario Perfil, Guillermo Piro publicó el siguiente artículo sobre Georg Büchner y el destino de su texto La muerte de Danton, reciente edición crítica incluida.

 

Büchner bajo una montaña de papel


Cuando en 1835, dos años antes de morir, el poeta alemán Georg Büchner, a los 22 años, publicó la obra teatral Dantons Tod (La muerte de Dantón); el libro tenía 160 páginas. Se habían impreso 400 ejemplares que, dieciocho años después, todavía no se habían agotado: escasos lectores habían querido gastar la suma equivalente a un viaje en carroza entre Frankfurt y la vecina Darmstadt para leer un drama ambientado en París en tiempos del Terror.  Todos saben que de no haber muerto tan joven, Büchner hubiese terminado siendo tanto o más importante que Goethe o Schiller. O que Goethe y Schiller.

Fue a partir de 1834 que Büchner empezó a publicar artículos polémicos y satíricos en El mensajero de Hesse. Eso le valió la censura y la persecución por parte  de las autoridades. Büchner fue acusado de traición y buscado por la policía. Consiguió ocultarse en casa de sus padres, donde escribió La muerte de Danton. De hecho, en un acto de creación literaria inadvertido, la única descripción que conocemos de Büchner proviene del edicto de la policía de Hessen que ordenaba su captura:  alto, de cejas y cabellos rubios, delgado, de ojos grises y miopes, frente muy abombada y boca acentuadamente estrecha. Büchner fue delatado y tuvo que abandonar su país y huir a Estrasburgo en 1835.

La muerte de Danton se desarrolla en torno a la contraposición ideológica y psicológica de las personalidades de Danton y Robespierre: un Danton humano, gran orador, extrovertido, sensual, pasional, arrepentido de sus errores y crímenes, frente a un Robespierre rígido, frío, austero, puritano e inflexible. Ellos son los dos ejes, las dos formas de ver la Revolución. Büchner se documentó de forma exhaustiva para esta obra teatral, la cual incluye fragmentos de discursos auténticos. La primera edición de esta obra fue “depurada” de obscenidades y expresiones inconvenientes por su editor, el también escritor Karl Gutzkow. El propio Gutzkow afirmó una vez que lamentaba haber tenido que efectuar unos recortes que dejaban la obra “hecha una ruina”.

Georg Büchner murió en Zurich, poco después de haber dado una conferencia en la universidad. Se lo llevó el tifus el 19 de febrero de 1837. Tenía veintitrés años y cuatro meses.

Hoy la breve ópera prima del que fuera un joven estudiante de Medicina en la Universidad de Estrasburgo, escrita en poco más de un mes, se encuentra en el Olimpo de la literatura mundial y es el libro más leído en las escuelas alemanas. De hecho, acaba de aparecer una edición crítica que tiene 1640 páginas, que incluye cuatro versiones distintas del texto, un número infinito de notas y apéndices con análisis estructurales, lingüísticos e históricos que no dejan pasar una, ni siquiera la biografía de los padres y los abuelos del joven poeta o las ideas políticas de su profesor de alemán. El mismo editor promete la edición de la obra completa de Büchner en catorce tomos.


jueves, 23 de julio de 2015

Sobre la inutilidad de la RAE

José del Valle, gallego afincado en Nueva York, es profesor en The Graduate Center, CUNY. En 2013 editó el volumen A Political History of Spanish: The Making of a Language [Cambridge University Press]). Estas reflexiones suyas salieron publicadas el 20 de Julio pasado en el sitio de elcastellano.org


Rebeliones lingüísticas: sacarle la lengua al poder

El régimen de gestión y control de la lengua española ha entrado en crisis. Una crisis abierta tanto por actores lingüísticos institucionales, que activan nuevas iniciativas en torno al idioma, como por multitudes ciudadanas que exhiben su deseo y capacidad de imaginar nuevos significados; una crisis propiciada por la emergencia de nuevas condiciones materiales para la producción y difusión de lenguajes; una crisis estimulada por las obscenidades del neoliberalismo y la desfachatez con que los beneficiarios del mercado total ignoran sus brutales efectos.

Voces renovadas reivindican su derecho a participar en las disputas por la denominación, en las pugnas por la determinación de los horizontes de lo posible a través de la palabra. Son, por ejemplo, quienes procuraban consignas de denuncia y liberación –narrativas originales, en definitiva– que imaginaran la atrocidad de Ayotzinapa como catalizador de una ruptura radical. O quienes en la Puerta del Sol madrileña se resistían a dejarse bautizar con el nombre de antisistema por secuaces lingüísticos del Estado, asumiendo ellos mismos el derecho a nombrarse y a nombrar a la vez el agotamiento de un modelo de país al servicio de unos pocos. Son también quienes incordian nuestros oídos acomodados a la morfología y sintaxis patriarcal con reiteradas coordinaciones y yuxtaposiciones que sacan al género del refugio gramatical y lo exponen al fuego cruzado de la política (“compañeras y compañeros”). Son quienes alteran el devenir de nuestra lectura con intrusas arrobas y equis (“compañer@s y compañexs”) alegando su inconformidad con nuestros lenguajes y las exclusiones que perpetran, abriendo en canal letras y grafemas en aras de nuevas posibilidades de decir y hacer. En efecto, en todos estos casos y en muchos otros asistimos a enérgicos gestos liberadores del lenguaje, de las formas de decir que domestican –o, más literalmente, encierran– la sustancia de lo dicho.

No ignoremos el extraordinario poder y, sobre todo, mérito de estas pulsiones renovadoras hechas desde el interior de un sistema ideológico –la lengua española– sometido a un severo régimen de normatividad (el de las academias de la lengua) que impone, bajo la protección de retóricas de hermandad, modos mezquinos de pensar el idioma y una institucionalidad que, aunque disfrazada de benevolencia, lo administra con soberbia.

La española está entre las lenguas más regimentadas del mundo, entre aquellas cuya reglamentación se encuentra no solo altamente institucionalizada sino también meticulosamente enhebrada en el tejido de una constelación geopolítica. El complejo entramado de academias de la lengua española –agente principalísimo de la gestión del idioma, de sus formas y de sus resonancias políticas– exhibe una historia y un presente cuyo análisis revela los intereses que sirve.

La Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) tiene su origen en España, donde, hacia 1870, se propone (con el estímulo y colaboración de gramáticos colombianos) el desarrollo de un conjunto de agencias análogas a la madrileña (fundada en 1713) dispuestas de acuerdo a un modelo organizativo neocolonial que situaba en la cima a la peninsular (autorizada por su condición “Real”) y en la base, con su “digna” condición de correspondientes, a las americanas. Esta red, que se tejió a trompicones pero siempre avanzando, se consolidó en México, afirmando además la misma estructura piramidal, tras un congreso celebrado en 1951 durante la presidencia de Miguel Alemán. Este encuentro fue un notable episodio al que, por cierto, los académicos españoles no pudieron acudir (intimidados por la amenaza franquista que presionaba al país anfitrión para que reconociera su legitimidad frente a la del gobierno republicano español en el exilio). En aquel contexto y aprovechando aquellas circunstancias, Martín Luis Guzmán propuso la cancelación del sistema de academias heredado y su reorganización sobre una base igualitaria. No un cisma ni la exclusión de la española sino la creación de una estructura en la que todos los países concurrieran en términos de igualdad. Pues cayó derrotado. Rotundamente derrotado, tanto por sus compañeros mexicanos como por el resto de académicos latinoamericanos que prefirieron seguir reconociendo la preeminencia de España sobre el idioma (solo las delegaciones de Guatemala, Panamá, Paraguay y Uruguay votaron a favor de considerar la propuesta de Guzmán). Se consolidó así el sistema de academias que llega hasta nuestros días como principal agente codificador del español a través de sus bien conocidos diccionarios, ortografías y gramáticas. La histórica estructura neocolonial del arreglo no cambió ni cuando se sintió la necesidad de refrescar su imagen tras el llamado despegue económico de España a finales del siglo XX y bajo el auspicio de empresas transnacionales que pactaban las condiciones de su aterrizaje en América Latina con élites políticas locales y procuraban la construcción de la ideología de la hermandad hispánica a ambos lados del océano.

Reparemos con brevedad en este pasado reciente; no hay que hurgar mucho en los archivos para hallar signos evidentes del valor geopolítico de la ASALE, de la comunidad panhispánica que dice representar gracias a un elaborado consenso interacadémico y del clientelismo base de la transatlántica entente académico-empresarial. En el Diccionario de americanismos de 2010 (no solo la obra más emblemática de la asociación sino también un excelso monumento a la dócil subalternidad), se lee en la “Tábula gratulatoria”: “En primer lugar, la empresa Repsol, mecenas principal, siempre generosa con la labor académica y, en este caso, especialmente interesada en enaltecer los valores propios de España al otro lado del Atlántico”. Difícil imaginar una expresión más literal del sentido del proyecto que encarnan estas instituciones. Puede que la Gramática sea buena (o no); puede también que la Ortografía y el tratado que la precede sean notables (o no); puede incluso que el Diccionario sea todo lo inclusivo que puede ser dada su planta actual (o no). Pero el hecho es que, más allá de su valía gramatical, ortográfica y lexicográfica, estos textos operan, en tándem con agentes económicos y políticos, como fetiches culturales al servicio de la consolidación de un mercado.

Este es, en definitiva, un sistema de academias de la lengua que con ahínco y determinación se ha propuesto fijar el estatus simbólico del idioma como materialización de una comunidad panhispánica armónica y consensuada. Es el agente lingüístico que, con autorización de gobiernos (si bien su complicidad con las academias cambia de país en país), reglamenta el español codificando las formas de lo correcto, fijando la lengua legítima. Es este el régimen de gestión y control del idioma que fija el significado de “espanglish”, “gitano” o “sudaca”, el que, desde su plataforma gramatical y lexicográfica, pugnará por determinar qué es la “soberanía”, el “mercado” o la “democracia”.

Y este es el régimen que ha entrado en crisis. Porque, más allá de las múltiples manifestaciones de creatividad y transgresión lingüística a que aludía arriba, nuevas institucionalizaciones de la gestión del idioma están emergiendo desde espacios que imaginan su labor gramatical y lexicográfica en relación con modelos de comunidad otros que el armónico y consensuado mundo panhispánico.

Dentro de la propia España, por ejemplo, aparecen desde hace algunos años guías y manuales sobre usos no sexistas del lenguaje. Veamos algunos títulos: Guía para un uso del lenguaje no sexista en las relaciones laborales y en el ámbito sindical. Guía para delegadas y delegados (publicado por la Secretaría Confederal de la Mujer de Comisiones Obreras y por el Ministerio de Igualdad en 2010); Guía de uso no sexista del lenguaje de la Universidad de Murcia (publicado por la Unidad para la Igualdad entre Mujeres y Hombres de la Universidad de Murcia en 2011); Guía sindical del lenguaje no sexista (publicado por la Secretaría de Igualdad de la Unión General de Trabajadores en 2008); Igualdad, lenguaje y Administración: propuestas para un uso sexista del lenguaje (publicado por la Conselleria de Bienestar Social de la Generalitat Valenciana en 2009). Estas guías y manuales son acciones lingüísticas normativas asociadas a la reivindicación de igualdad por parte de un colectivo históricamente discriminado. Revelan, de hecho, la emergencia de un complejo agente normativo conformado (repárese en las instituciones que auspician su publicación) por movimientos feministas, sindicatos de izquierdas, universidades e instituciones que operan a nivel sub-nacional. Un agente normativo lo suficientemente inquietante como para que la Real Academia Española sintiera la necesidad de atacarlo públicamente a través de un informe gramatical publicado en el diario madrileño El País en una confrontación abierta que visibilizó los límites de la estrategia del consenso y de la representatividad de las academias.

Otro punto de fuga lo vemos surgir en el mismo país que en 1951 se plegó al modelo neocolonial. En el Colegio de México, bajo la dirección de Luis Fernando Lara, se viene desarrollando desde hace décadas un diccionario integral de la lengua española (Diccionario del Español de México) que toma como referencia un corpus de textos representativo del modo en que se habla y se escribe en este país. Se trata, conviene insistir, de un diccionario integral, es decir, que no pretende recoger palabras que solo se usan en México sino elaborar un léxico de referencia armado desde el cierre nacional. De esta manera, el equipo del Colmex exhibe la capacidad de una institución mexicana para gestionar el idioma de manera autónoma de acuerdo con una lógica que es irreconciliable con los proyectos lexicográficos de la ASALE. De hecho, no es casual ni mera cuestión de rivalidades personales el que, tras la publicación por parte de la Academia Mexicana de la Lengua del Diccionario de Mexicanismos (2010) que había coordinado Concepción Company, se desatara una agria polémica entre esta y Luis Fernando Lara en la que el director del DEM denunció el servilismo y la lógica neocolonial que legitiman sus compatriotas. Como en el caso español, salió a la luz, a través de la confrontación, el límite representativo de las academias y la necesidad permanente de defender su poder en relaciones antagónicas.

El tercer y último desafío que mencionaré en esta oportunidad surge en Argentina y se proyecta desde la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Se trata del reciente lanzamiento del Diccionario Latinoamericano de la Lengua Española. Es un emprendimiento joven aún pero que desde su nacimiento construye un lugar de enunciación original. En primer lugar, aunque ninguna variedad del español está excluida, América Latina se sitúa (desde el título) en el centro de la acción lexicográfica. En segundo lugar, si bien el proyecto responde a unos principios generales y se administra desde un espacio institucional, a los usuarios se les entrega el protagonismo en el desarrollo del proyecto, en la inclusión de nuevas palabras y sus definiciones. Se propone, por tanto, un modelo atrevido y arriesgado que contrasta con los diccionarios tradicionales al proponer una lexicografía participativa y al situar los imaginarios latinoamericanos como referente ideológico del proyecto.

En suma, se vislumbra tras estas iniciativas la emergencia de regímenes de normatividad e institucionalidades de la lengua completamente ajenas al entramado de las academias y a su ideología panhispánica. Imposible es predecir el devenir de estos proyectos. Sin embargo, es evidente su función presente como formas de relación antagónicas con el régimen dominante de gestión de la lengua española, como iniciativas institucionales que se suman (acaso en incómoda compañía) a las múltiples rebeliones lingüísticas emprendidas por ciudadanías que afirman su derecho a construir su propia voz.

miércoles, 22 de julio de 2015

Una carta que vale la pena leerse

Según se lee en Wikipedia,”Eduardo Subirats nació en Barcelona en 1947. “Intelectual español de madre alemana, crecido en una negra Barcelona franquista de la que escapó en cuanto pudo a Paris y Berlín, no sin antes infiltrarse en las escaramuzas estudiantiles contra la policía militar fascista”. La información se amplía luego, con un texto tomada de Deconstrucciones hispánicas: “Estudió en el Paris y Berlín de los años setenta. Ha sido profesor de filosofía, arquitectura, literatura y teoría del arte y la cultura en São Pablo, Barcelona, Caracas, Madrid, México y Princeton. Infatigable viajero, ha dado conferencias desde China hasta el Amazonas, y de Berlín a San Lúcar de Barrameda. Expulsado de la Universidad de Barcelona en 1981. Más tarde fue obligado a huir del Madrid de 1992 por su limitada autoconciencia histórica. En la cultura oficial española, Subirats en un escritor censurado precisamente por su crítica de esa realidad española. Está más en casa en los Estados Unidos, México y Brasil. Autor de más de cuarenta libros, en ediciones individuales y colectivas”.

La “Carta a un editor español” firmada por Eduardo Subirats (Dept. of Spanish and Portuguese, New York University), que aquí se reproduce, deja en claro cuáles son las implicaciones ideológicas de la política de “corrección de textos” de las editoriales españolas, fieles al criterio de las autoridades idiomáticas y poco atentas a lo que este seguidismo supone y transmite al lector. Se trata de texto con un contenido crítico tan difícil de leer en el sector de la edición española, como necesario. La conclusión a la que llega Subirats es demoledora.

Carta a un editor español

Resumen:
En esta carta, dirigida a un editor español, Eduardo Subirats (Dept. of Spanish and Portuguese, New York University) analiza las implicaciones ideológicas de la política de “corrección de estilo” de las editoriales españolas “importantes”, es decir, de aquellas que tienen una expansión comercial en América latina. E. Subirats critica, en primer lugar, el sometimiento de los editores españoles al Diccionario de la Real Academia Española (RAE), que adoptan como “suprema autoridad y dueño absoluto de las palabras que pueden o no pueden pronunciarse con legitimidad.” Asimismo, cuestiona la censura del uso de “americanismos” –sustituidos sistemáticamente por españolismos–, lo que constituye en su opinión una forma de apuntalar a la fuerza el control de la lengua española por parte de España mediante la uniformización y la masificación lingüísticas. E. Subirats critica la obsesiva españolización de los nombres de ciudades mundiales, actitud que considera un anacronismo de la edad imperial, cuyo poder de falsificación lingüística eliminó o adulteró los nombres de ciudades sagradas, deformó la denominación de regiones enteras y suplantó impunemente los nombres de los dioses y las diosas de América. Como señala E. Subirats: “[…] esta obsesión de cambiar, imponer, unificar y normalizar los nombres de las cosas, cuando ya no se tiene el poder de dominarlas, constituye una definición mínima de anacronismo.” Finalmente, Eduardo Subirats realiza una revisión crítica de la “traducción al castellano de los nombres de reformas en el pensamiento y la cultura, a los que el mismo tradicionalismo que sustenta la Real Academia les cerró violentamente el paso con inquisiciones y crímenes, y un reiterado ninguneo a lo largo de los siglos”. Como señala Subirats, Humanismus, Reform, Enlightenment, Droits de l’homme, Liberalism, Open society, etc., son algunos de esos nombres vertidos al castellano por signos que en la “realidad histórica de España” carecen rigurosamente de referentes, gracias a las estrategias de su “limpieza” teológica, étnica, política y también lingüística.”

La carta:
"Vaya por delante, mi querido editor, el más cariñoso agradecimiento por sus comentarios de estilo a mi manuscrito Una edad de destrucción. Algunos de los párrafos que Usted consideraba confusos los he corregido. Sin embargo, sus rectificaciones no me han parecido siempre pertinentes. 

Quizás la vida errante de un hispano-germano entre París, Berlín, New York, México y São Paulo, y casi siempre fuera de España, explique mi tendencia a introducir expresiones cotidianas comunes en el lenguaje internacional. Losslumsslogans y stars, y los flashesbestsellers y alibis, que Usted condena como anglicismos, son algunas de esas palabras comúnmente usadas en cualquier país, incluso en España. Expresiones como “por todo remate”, que Usted dictamina como un mexicanismo por las mismas razones que mis amigos mexicanos podrían esgrimir para achacar sus sucedáneos madrileños como españolismos, son asimismo expresiones individuales de alguien que está más en casa en México, Colombia o Venezuela, que en un Madrid que censura mis libros, mis críticas y mis ideas por extravagantes. 

No desearía que viera en estos comentarios un ataque personal contra las normas de edición de su casa editorial. En realidad, todas las editoriales españolas “importantes”, es decir, con una expansión comercial a América latina, limpian los textos de hispanoamericanismos. Un escritor mexicano me confesó que esta suplantación de las voces latinoamericanas por sus supuestos sinónimos madrileños la realizó una prestigiosa editorial española sin siquiera pedirle su consentimiento. Hoy esta práctica se legitima además democráticamente para que todos puedan entender mejor el ensayo o la novela en cuestión. Lo que supone, y no tengo que subrayarlo, confundir la democracia con masificación y uniformización lingüísticas.

En numerosas ocasiones iza Usted la bandera del Diccionario de la Real Academia como suprema autoridad y dueño absoluto de las palabras que pueden o no pueden pronunciarse con legitimidad. A este propósito tengo que mencionar a Carlos Subirats Rüggeberg, un lingüista innovador, que ha publicado al respecto comentarios jocosos. Cito un párrafo a título de ejemplo: “Haciendo propia la herencia del nacional-catolicismo, la Academia define ‘protestante’ como persona ‘que sigue el luteranismo o cualquiera de sus sectas’. Y por si al lector le cupiera alguna duda sobre la cerrazón de dicha definición, la Academia insiste de nuevo en la entrada luteranismo, que define como ‘secta de Lutero’. Asimismo, es fantástico constatar que la sacrosanta Institución define alma tal como enseñaban los frailes del siglo XVI: ‘sustancia espiritual inmortal’”.

Más adelante, Carlos Subirats, que obviamente ha acabado en el exilio –inicialmente en el International Computer Science Institute de Berkeley, California, y, posteriormente, en Canadá–, se refiere a la pintoresca definición de la voz “mendrugo” en ese mismo diccionario: "pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos". Y señaló no solamente el desprecio por la realidad lingüística y multicultural que atraviesa tanto al español como al hispanoamericano (que ese diccionario sigue tratando como un dialecto colonial), sino también su obediencia ciega a las tradiciones nacionales más vetustas: este moderno Diccionario de la Real Academia simplemente había reproducido la susodicha definición de mendrugo del Diccionario de Autoridades del siglo dieciocho, sin añadir ni un acento, ni una coma.

En fin, para hacer breve la historia sólo mencionaré una lista improvisada de ausencias en ese Real Diccionario que C. Subirats puso de manifiesto: acientífico, antialérgico, antiterrorista, celulitis, circularidad, clasificable, destacable, enfatización, entreno, finalización, fluctuante, hinchable, indisociable, iniciático, karaoke, lanzamisiles, etc. Sin lugar a dudas, estos comentarios se refieren a ediciones pasadas y es posible que algunos de esos extravíos lingüísticos hayan sido subsanados a raíz de su crítica. Sin embargo, Usted me acaba de descubrir otra ausencia no menos significativa: lo mistérico. “Esta palabra no existe en el Diccionario…” ha sido su veredicto. Pero debiera recordarse que el cristianismo imperial romano y bizantino acabó con los misterios de Eleusis a sangre y fuego. Y ese baluarte polvoriento del nacionalcatolicismo, que es la Academia de la lengua española, destierra su diabólico nombre y borra para siempre la memoria mistérica.

Tengo que añadir que una de sus correcciones me ha hecho sonreír: la substitución de mis “humanos” por “personas”. En rigor, ambas voces no pueden considerarse como simples sinónimos. Soy plenamente consciente de que recordar el bello concepto latino de humanus en las provincias de Castilla es chocante: se tiene por costumbre suplantar patriarcal y sexistamente lo humano por los “hombres”, una palabra que incluye a las mujeres sin necesidad de mencionarlas, en un acto de reducción lingüística, que se remonta al Génesis bíblico. Usted, para sortear ese entuerto, opta por remplazarlo con sus “personas”. Sólo que en latín esta palabra designaba a las máscaras teatrales y en la filosofía moderna europea define específicamente a un sujeto moral. Y yo no me refiero en mi ensayo ni a sujetos morales ni a mascaradas, sino a los millones de humanos exterminados en la sucesión de holocaustos que recorre la sangrienta historia de la civilización occidental.

Entre sus correcciones he encontrado otro detalle interesante: su obsesiva españolización de los nombres de ciudades mundiales, de Dresde a Pequín, y de Calcuta a Nueva York. De nuevo le ruego que no se tome esta apostilla como una diatriba personal. Pero siento la misma aversión a una transformación tan gratuita como innecesaria de nombres propios y personales, que a la de nombres de ciudades. Puede ser que algún español se tragara la “n” final de Dresden, ya sea por ignorancia, ya sea por torpeza muscular de su lengua, e inmediatamente después se impusiera el resultante error fonético como norma lingüística de obediencia absoluta: la españolizada ciudad de Dresde.

Los ejemplos son abundantes y me pregunto qué sentido tiene hoy usar nombres diferentes para las mismas cosas, ciudades y regiones, compartidas por una comunidad global y en inglés como su lengua franca. Para cualquier individuo situado en un aeropuerto de Moscú, São Paulo o Shanghái el significante Dresde no tiene significado alguno. La situación se extrema todavía más en el espacio virtual de la comunicación electrónica. Esta obsesión española de hispanizar ciudades es un anacronismo de su edad imperial, bajo cuyo poder de falsificación lingüística eliminó o adulteró los nombres de ciudades sagradas, como Tenochtitlán o Kosko, deformó la denominación de regiones enteras como la península de “Yucatán” (una alteración del enunciado maya para decir que no se comprendía la pregunta que hacía un conquistador cualquiera por el nombre de su civilización y su tierra, pronunciada en la lengua de Castilla), y suplantó impunemente los nombres de los dioses y las diosas de América, la ascética y patriarcal Virgen de Guadalupe por la profundidad ctnónica de la Gran Madre Coatlicue, por ejemplo.

Me duele tener que repetirlo: esta obsesión de cambiar, imponer, unificar y normalizar los nombres de las cosas cuando ya no se tiene el poder de dominarlas, constituye una definición mínima de anacronismo.

Le quiero pedir perdón por molestarle con esos reparos, que sin lugar a dudas considerará superfluos y desechables. Y deseo expresarle de nuevo mi agradecimiento por sus correcciones gramaticales y sintácticas, y su interés por publicar Una edad de destrucción, un ensayo del que nunca hubiera imaginado que pudiera despertar interés alguno por parte de un editor español. 

Sin embargo, tengo que observar en mi defensa un concepto realmente importante desde el punto de vista del proyecto intelectual que recorre este ensayo: el esclarecimiento, una nueva ética y estética, y una nueva epistemología reflexiva y crítica, que defino con el nombre de New Enlightenment, así, en inglés, como uno de esos anglicismos que Usted tanto detesta.

Así como la lengua dictada por la Real Academia apoya la mala costumbre de no pronunciar las ciudades por su nombre propio, así también asiste y secunda la traducción al castellano de los nombres de reformas en el pensamiento y la cultura a los que el mismo tradicionalismo que ella sustenta les cerró violentamente el paso con inquisiciones y crímenes, y un reiterado ninguneo a lo largo de los siglos: Humanismus y Reform, Enlightenment y los Droits de l’homme, Liberalism y Open society… son algunos de esos nombres vertidos al castellano por signos que en la “Realidad histórica de España” –por recordar al exiliado y ninguneado historiador Américo Castro– carecen rigurosamente de referentes gracias a las estrategias de su “limpieza” teológica, étnica, política y también lingüística.

Uno de estos nombres, precisamente el más importante desde el punto de vista de una definición rigurosa de modernidad, es Aufklärung: una palabra germánica que Usted corrige en varias ocasiones como aufklärung en minúscula, probablemente con la venia de ese mismo Real diccionario. Y esa Aufklärung con mayúscula nos conduce al argumento principal de mi ensayo Una edad de destrucción que Usted pretende publicar.

La palabra Aufklärung tiene grabada en su memoria etimológica el simbolismo apolíneo de la claritas grecolatina y los cultos milenarios al sol y el fuego que remontan al lejano Oriente, así como a diferentes expresiones de la espiritualidad hindú, budista e islámica vinculada a esos cultos. El principio moral e intelectual de esta Aufklärung es el gnōthi seautón, el “conócete a tí mismo”, que todavía corona el Templo de Apolo en Delphi. Su principio racional de soberanía subjetiva lo formuló Kant con su Sapere aude… “ten el ánima y el aliento (los dos significados de la palabra alemana Mut) de servirte de tu propio entendimiento”.

Pero escribo en castellano, y ni en Castilla, ni en la Península Ibérica, ni en sus colonias o excolonias americanas ha existido una reforma del pensamiento filosófico y político que sustentara este principio de autonomía y autorreflexión. En uno de mis libros más extensos, La recuperación de la memoria (obviamente censurado por las más distinguidas editoriales españolas), dedico un largo artículo de casi cien páginas para demostrar que el referente de lo que los hispanistas llaman “ilustración” no es conceptualmente equiparable al esclarecimiento formulado por el filósofo cordobés e islámico Ibn Rushd en el siglo doce, o por el moderno Kant. Y allí pongo de manifiesto que la misma palabra “ilustración” es equívoca, puesto que designa el lustre barroco del que se han revestido los pensadores oficiales españoles de ayer y de hoy, esos “picos de oro” que grabó sarcásticamente Goya. Por decirlo en palabras llanas: las culturas hispánicas son ilustres, lustrosas y muy ilustradas, pero nunca han asumido un proceso de esclarecimiento en el sentido de la máxima del templo de Apolo y la definición de Kant. Y Usted pretende rebajar nominalistamente el centro conceptual de mi ensayo, es decir, este esclarecimiento sobre la actual crisis civilizatoria, escamoteándolo bajo el significante “ilustración” en nombre de los diccionarios a los que Usted rinde pleitesía como única e incontrovertible autoridad gnoseológica, moral y política.

Además, Usted soslaya y elude por el mismo procedimiento gramatológico mi crítica de la modernidad. Concretamente trata de menguar mi pregunta por el sangriento vuelo del ángel de la historia a través de un continuum de holocaustos, y del Holocausto nuclear de la humanidad como coronación del Leviatán moderno. Sí, Holocausto nuclear; con H mayúscula. Un término que tampoco existe en ese diccionario.

En cambio tiene muy a bien ensalzar a los patronos de la Iglesia, y en una frase en la que resumo la continuidad discursiva del antihumanismo de Loyola, el racionalismo ascético de Descartes y la identidad de conocimiento y dominación de Bacon (una tesis que demostré tempranamente en mi El alma y la muerte), Usted rompe el ritmo necesariamente repetitivo de estos tres nombres al distinguir al primero de ellos con el prefijo de “Santo”, de “San Ignacio”… para que asuma implícita y ciegamente el concepto antiesclarecido por excelencia de organización jerárquica y militar que representan sus santas cartas sobre la santísima autoridad.

El último argumento que Usted esgrime para justificar esa limpieza, normalización y unificación nominales, y sus implícitas rebajas conceptuales, es la fluidez del estilo, el buen escribir, y son los “picos de oro”, los “eruditos a la violeta” y los “asnos ilustres” que se han sucedido en la capital española. Admito que no es fluido hablar de Holocausto nuclear: más bien es chocante, conflictivo, brutalmente violento con respecto a su corriente neutralización nominal. De este Holocausto no se puede hablar, ni tampoco pensar, y precisamente gracias a que Ustedes prohíben su nombre. Y para un español nacional-católico hablar de esclarecimiento en lugar de alabar su ilustración resulta extravagante, puesto que le obliga a reflexionar sobre una historia cultural que no ha conocido ninguna de las reformas que ha atravesado la Europa moderna: un humanismo expulsado por judaizante; la Reforma, perseguida a sangre y fuego por la Inquisición; la ciencia y el esclarecimiento, considerados como teológicamente aberrantes, y la propia democracia, cuyo lamentable espectáculo de decadencia hoy vemos ostensiblemente en las ciudades de esa desdichada nación. 

Repito mi agradecimiento por sus correcciones. E insisto en que no pretendo herirle personalmente. Pero debe reconocer también que no se trata de una mera cuestión de sustituir unas palabras por otras. Son maneras diferentes de ver la realidad que sus respetables correcciones etimológicas no respetan. Y se trata, y no en último lugar, de ritmos vitales. Usted me redondea los adverbios, las preposiciones, frases enteras. Desecha las sentencias tensas, los contrapuntos dramáticos, la composición desencajada de una escritura que desea esclarecer un mundo desvertebrado, fragmentado y destruido. Y si Usted como editor no puede asumir esas diferencias, yo prefiero quedarme con mi edición mexicana, que no ha pasado por los rigores de esa academia oficial del español y su desprecio por la memoria de las palabras.

Cordialmente,

Eduardo Subirats"