jueves, 19 de julio de 2018

"La primera argentina en ganar el premio estadounidense que honra el legado literario de Shirley Jackson"

Con fecha del día de ayer, Daniel Gigena publicó el siguiente artículo en el diario La Nación, de la Argentina, donde se habla de un nuevo premio para la escritora argentina Samanta Schweblin, esta vez por una traducción al inglés.

Samanta Schweblin fue premiada en Estados Unidos

Un nuevo reconocimiento internacional se suma a la obra de la escritora argentina residente en Berlín Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978). Su novela Distancia de rescate, publicada en 2014 en la Argentina, obtuvo el premio Shirley Jackson en la categoría de novela corta. Traducida al inglés por Megan McDowell, la novela de Schweblin fue rebautizada Fever Dream y cuenta la historia de una madre y sus hijos en un ambiente rural que se ha transformado en un escenario de "pesadilla agrotóxica", producto de la contaminación, aunque también la novela fue leída como una reformulación original de los cuentos de fantasmas. La autora es la primera argentina en ganar el premio estadounidense que honra el legado literario de Shirley Jackson.

Pero no es la primera vez que Fever Dream compitió por un premio internacional. El año pasado, integró la lista de los finalistas del Man Booker Prize International, que finalmente ganó el escritor israelí David Grossman. Este año, su novela se impuso a otras firmadas por Tade Thompson y Stephen Graham Jones, entre otros. La obra de Schweblin compartió el premio con The Lost Daughter Collective, de la escritora estadounidense Lindsey Drager.

Desde Alemania, donde vive desde hace seis años, la autora dijo a La Nación: "Hay algo todavía más especial que ganarse un premio literario, y eso es ganarse uno que lleva el nombre de una de mis autoras norteamericanas preferidas". Shirley Jackson (1916-1965) es una escritora de relatos de horror y ciencia ficción; en su obra, la extrañeza cubre la atmósfera de las historias de manera inadvertida. "Fue una alegría inmensa recibir esta noticia y se sintió como un mimo de la propia Jackson, o así me gusta pensarlo", dijo Schweblin. "Ahora tocan días de muchos nervios, de los nervios lindos, porque estoy cerrando un nuevo libro. Es una novela, y saldrá en los primeros días de octubre", anticipó.

miércoles, 18 de julio de 2018

Un volumen que reúne poesía y prosa de Allen Ginsberg, en traducción al castellano

De izquierda a derecha, el poeta
Michael McClure, Bob Dylan y Allen Ginsberg
Allen Ginsberg (1926-1997) fue, sin duda, uno de los poetas más célebres de la segunda mitad del siglo XX. Su fama no sólo tuvo que ver con la poesía que escribió, sino también con las muchas causas por las que abogó, que incluyen: la protesta contra la Guerra de Vietnam, la defensa de las víctimas de la guerra en Bangla Desh, la demistificación de las drogas, la defensa de los derechos de la comunidad homosexual, su cercanía con Bob Dylan, y otros íconos de la contracultura, su participación en sesiones de jazz y en conciertos de rock and roll,etc. 

Ícono de la Generación Beat, se trató de una figura pública y conocida por mucha gente, aunque no necesariamente leída: sus Collected Poems, editados por primera vez en sus Estados Unidos natales en 1988, en una edición de 10.000 ejemplares, tardaron una década en agotarse, en un país de más de 225 millones de habitantes, lo cual, de algún modo, estaría hablando, no tanto de Ginsberg, como del interés de sus compatriotas por la poesía. 

Traducido en todo el mundo a las más diversas lenguas, en castellano, desde mediados de la década de 1960 en adelante, abundaron sus ediciones a uno y otro lado del Atlántico. Poemas suyos como "Howl" o "Kaddish" forman parte ya del patrimonio de nuestra lengua, lo cual no implica que no sigan abundando nuevas versiones. 

Ginsberg esencial, recientemente distribuido en la Argentina por Riverside, es un volumen con edición e introducción del escritor, biógrafo y editor Michael Schumacher, publicado por la Editorial Anagrama. Se trata de una gran antología de 510 páginas que, además de algunos de los poemas principales, traducidos por el chileno Rodrigo Olavarría (Puerto Montt, 1979), incluye, de manera novedosa, una serie de ensayos, diarios, entrevistas, correspondencia y otros, traducidos por el narrador español Andrés Barba (Madrid, 1975). 




martes, 17 de julio de 2018

Si están bien traducidas y con crema, mejor

Ben Molar, fue el nombre artístico de Moisés Smolarchik Brenner (1915-2015),  un  productor musical y promotor artístico argentino, entre cuyos varios logros se suele mencionar la difusión de figuras como Maurice Chevalier, Los 5 Latinos y Las Trillizas de Oro (cuyo mérito principal fue ser trillizas idénticas, tener cabello rubio y, vestidas todas con idéntica ropa, hacerle los coros al malvado Julio Iglesias), además de numerosos otros artistas de diversos géneros.

Entre sus méritos también hay que mencionar que a él se le debe la instauración, todos los primeros de diciembre,  del Día Nacional del Tango. Y también que es su responsabilidad, en 1966, la grabación de 14 con el tango, un disco donde unió las palabras de Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Láinez, Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, etc. con la música de Astor Piazzolla, Aníbal Troilo, Atilio Stamponi, etc, y obras de los pintores Raquel Forner, Carlos Alonso y Raúl Soldi, etc.

Además de lo dicho, Ben Molar fue dueño de Fermata, un sello discográfico y también una editora musical para la cual, además de publicar sus propios tangos, boleros y otras canciones –escribió más de 1.000–, “tradujo” canciones de Neil Sedaka, Paul Anka, Bill Halley y, fundamentalmente, The Beatles.  

Entre los numerosos ejemplos de esta labor, se ofrece a continuación la “traducción”, de “Strawberry Fields Forever”, tema de John Lennon, editado en 1967, en un simple que, en la otra cara tenía la canción "Penny Lane".

El original es éste:

Let me take you down
'Cause I'm going to strawberry fields
Nothing is real
And nothing to get hung about
Strawberry fields forever

Living is easy with eyes closed
Misunderstanding all you see
It's getting hard to be someone
But it all works out
It doesn't matter much to me

Let me take you down
'Cause I'm going to strawberry fields.
Nothing is real
And nothing to get hung about
Strawberry fields forever

No one I think is in my tree
I mean, it must be high or low
That is, you can't, you know, tune in
But it's all right
That is, I think it's not too bad

Let me take you down
'Cause I'm going to strawberry fields
Nothing is real
And nothing to get hung about
Strawberry fields forever

Always, no sometimes, think it's me
But you know I know when it's a dream
I think I know I mean a yes
But it’s all wrong
That is I think disagree

Let me take you down
'Cause I'm going to strawberry fields
Nothing is real
And nothing to get hung about
Strawberry fields forever
Strawberry fields forever
Strawberry fields forever
 

Y ahora la version de Ben Molar, aclarándoles a los lectores no sudamericanos que en esta parte del mundo strawberry es frutilla, reservándose el término “fresa” para todo instrumento de movimiento circular con una serie de cuchillas cortantes para abrir agujeros o labrar metales”, como, por ejemplo, la punta metálica que se emplea en los tornos industriales y en los de los dentistas.




lunes, 16 de julio de 2018

Aunque se ría, el plagiario Arturo Pérez Reverte es cada vez más una caricatura de sí mismo

No es Karlos Arguiñano
El 12 de julio pasado, sin firma, El País, de Madrid, publicó el siguiente artículo que ilustra una vez sobre la risible personalidad del plagiario Arturo Pérez-Reverte, un tipo prepotente y patético al que, por alguna curiosa razón, los malos diarios le siguen prestando atención.

Arturo Pérez-Reverte dejará la RAE si se cambia
la redacción de la Constitución por un lenguaje inclusivo

"Tiene usted mi palabra". Breve y directa ha sido la respuesta del escritor y académico Arturo Pérez-Reverte a los comentarios de un usuario de Twitter que aseguraba que dejaría la Real Academia Española (RAE) si se cambiaba el lenguaje de la Constitución por uno inclusivo. El creador del capitán Alatriste ocupa en la actualidad el sillón T de la institución.

"Es un intento de domesticar la RAE. Cederán los académicos, tras intentar suertes de esgrima desganada, algún bizantinismo apolillado. Solo Arturo Pérez-Reverte, el viejo león, marchará dando un sonoro portazo. País de cobardes", aseguraba el tuitero en este hilo. Contactado por este diario, Pérez-Reverte ha ratificado su posición y no ha querido hacer más comentarios, informa Juan Carlos Galindo.

La vicepresidenta Carmen Calvo ha pedido esta semana a los académicos de la lengua un informe que determine si la Constitución está redactada en un lenguaje que refleje por igual la realidad de hombres y mujeres y qué fórmulas podrían modificarlo en caso de que no sea así. 

Durante una comparecencia ante la Comisión de Igualdad en el Congreso de los Diputados el pasado martes, en la que ha explicado las líneas generales de su departamento, Calvo apuntó que "en cuanto" este informe esté terminado lo llevará ante dicha comisión y también a la comisión constitucional. Según ha manifestado, este estudio es "independiente" al análisis del contenido de la Carta Magna y de abordar una reforma constitucional. 

Calvo sostiene que la redacción de la Constitución en masculino "se corresponde" con una sociedad de "hace 40 años" y cree que "hablar en masculino" traslada al cerebro solamente "imágenes masculinas". En este sentido, ha recordado en la toma de posesión de los ministros y ministras del Gobierno de Pedro Sánchez a muchas de ellas les "costó trabajo prometer como ministros" precisamente porque son mujeres.




viernes, 13 de julio de 2018

Un consejo a los traductores de Marie-Claire Solleville: "No seáis estúpidamente honestos"

Marie-Claire Solleville en su juventud

La escritora y traductora española María José Furió dedica su columna para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires a Marie-Claire Solleville (foto), traductora franco-italiana especializada en cine.

“¡Esto no lo has traducido tú”
Semblanza de Marie-Claire Solleville, traductora de cine

El número 3 de la revista L’Écran traduit, especializada en la traducción audiovisual estaba enteramente dedicado a las memorias de la traductora franco-italiana Marie-Claire Solleville (1927-1991). Su título marca el desenfadado tono general: «¿Tú has traducido esto? Breve aproximación insólita al cine italiano». Su lectura es recomendable tanto por la simpática personalidad de la protagonista como por la información acerca de los usos y costumbres en la traducción para el cine que estuvieron vigentes en Italia y en Francia entre las décadas del 50 y 80, antes de la implantación generalizada de la máquina de escribir electrónica y del ordenador.

 

Solleville era nieta de Luigi Campolongui, figura eminente del antifascismo, e hija de Lidia Campolongui, quien participó en la lucha política en los ambientes de la emigración italiana. Llegó a Italia después de la guerra acompañando a Claude Heymann y a Jean George Auriol* durante el rodaje de Fabiola, de Alessandro Blasetti [1949]. Pronto se introdujo en los ambientes del cine –tuvo por maridos al actor Fausto Tozzi y al pintor Sinko–, y fue ayudante de Renato Castellani. Cinéfila desde muy joven, colaboró ocasionalmente con las revistas Cahiers du cinéma y Arts, firmó guiones famosos, como Anche gli angeli mangiano fagioli (También los ángeles comen judías, 1973, dirigido por E.B. Clucher y protagonizada por Bud Spencer y Giulianno Gemma).


Pero fue la traducción de guiones para el cine, y al final de su carrera también para series de televisión, la actividad que la convirtió en una figura inolvidable para un impresionante elenco de directores durante la época dorada del cine italiano.

El nombre de los directores con los que Marie-Claire Solleville colaboró tira de espaldas: Roberto Rossellini, Federico Fellini, Dino Risi, Francesco Rosi, Ettore Scola, Gianni Amelio, Alberto Sordi, Costa-Gavras, los hermanos Taviani, Lina Wertmüller, Suso Cecchi d’Amico, etc. (Sí, qué envidia.) Aunque habla con afecto y humor de la mayoría de ellos, no disimula que siente debilidad por Rossellini, Rosi y Scola, sus apoyos más generosos –ahí tenemos la anécdota de Roberto Rossellini paseándola por la televisión, la RAI, y despidiéndose de ella con mucho teatro para que todos la vieran en su compañía, una especie de carta de presentación andante–. La traductora se ríe no poco de Federico Fellini y de la élite intelectual emergente en los años 60, pero no hay acidez en sus memorias, marcadas de principio a fin por una risueña picardía.

Traducía siempre al francés y sorprende su categórica afirmación de que no es posible ser enteramente bilingüe. Su materia de trabajo eran los guiones completos para el doblaje en Francia; también traducía los guiones que el productor utilizaría para buscar financiación mediante una coproducción, o los tratamientos de un guión para presentarlo en festivales como los de Cannes o Venecia, donde durante una semana se vive la mayor concentración de productores de cine y televisión por metro cuadrado del mundo. Aquí vale la pena saber que la versión francesa podía utilizarse para atraer al actor o actriz galos con que soñaban el director o el productor y, por último, para preparar los subtítulos de las películas llamadas “de arte y ensayo”.

Solleville ofrece un punto de vista privilegiado, al observar la industria del cine italiano en primera línea mientras con su trabajo construía el oficio de traductor audiovisual, que por entonces estaba en fase diría que artesanal: se trabajaba sin contratos, no había asociaciones de traductores ni un estatuto diferenciado; había que echar horas sin fin, las copias se hacían en papel carbón, y debía apoyarse en dactilógrafas cómplices, diccionarios y jergas construidos a medida por la propia traductora. 

Scola escribe en la presentación del homenaje que su trabajo «sin fines de semana ni vacaciones, ni Seguridad Social ni pensión de jubilación la mantenía encadenada a su Olivetti Praxis 48 como una monja que no puede abandonar su convento»... Una monja que tenía que conocer los burdeles, comisarías y el habla de sus habituales como la palma de su mano. El director de La terraza y Una giornata particolare encarece el trabajo de la «irónica, generosa, testaruda» Solleville con interesantes reflexiones acerca del reto que entraña traducir la lengua italiana, una auténtica jungla léxica que se nutre de decenas de dialectos diferentes, a la que además se incorporaban en esas décadas de esplendor las jergas profesionales, juveniles y políticas, sin olvidar el idiolecto de cada personaje ni la contaminación del inglés, que aun siendo generalizada en los países latinos, son distintos los términos que cada país importa.

Varios son los buenos consejos de traducción que da Solleville, que ella resume en “la obligación de pensar” y obligar a pensar a los otros y, sobre todo, la obligación de estar despiertos. La suya no es una traducción automática, ni perezosa ni toma atajos, es una traducción alerta a las diferencias culturales entre los países vecinos, a las marcas de época (pone como ejemplos el uso del Voi mussoliniano contra el Lei; las camisas rojas garibaldinas, etc). Este tipo de traducción artesanal combina la creación de un lenguaje creíble para el cine, adaptado incluso al actor que interpretará el rol, con intervenciones sutiles en la adjetivación tanto para conformarse a la preferencia francesa por la síntesis como para ahorrarle a las actrices veteranas más bellas verse de golpe calificadas de viejas.

Sus observaciones irónicas sobre el cine erótico, en plena ola de destape, no tienen precio, como tampoco sus ardides para cobrar sí o sí las deudas que contraían con ella productores rácanos o cortos de fondos; nos cuenta el truco para evitar que ese joven director que nos ofrece traducir su primer guión tarde tres horas en ponernos al corriente de sus sutilezas y se extiende sobre la necesidad de recurrir a expertos en jergas carcelarias y en narcóticos.

Sin embargo, seguramente el consejo de Solleville más útil para los traductores, considerado el panorama hoy, es este: «No seáis estúpidamente honestos».

jueves, 12 de julio de 2018

Se habla de la posibilidad de que varios países africanos le declaren la guerra a España por la donación de diccionarios de la RAE

Ni el Webster, ni el Robert, ni el María Moliner sufren el destino del DRAE, que ahora se regala porque nadie lo quiere comprar. Tal es la noticia que Europa Press hizo circular por todos los diarios hispanoparlantes de España y América. Lo que se transcribe abajo, es la versión de público.es, de España, según el texto que se publicó el pasado 5 de julio. 

La RAE regala su diccionario en papel
porque ya casi nadie lo compra

El académico Pedro Álvarez de Miranda ha reconocido este miércoles 4 de julio que la Real Academia Española (RAE) "está regalando" los numerosos ejemplares sobrantes de la edición del diccionario en papel del año 2014 y ha puesto en duda la continuidad de publicación de diccionarios en este formato.

"No se pueden imaginar cómo están los almacenes de Espasa Calpe, llenos de ejemplares que no se han vendido. Hubo un error de cálculo clamoroso y se pensó que se iban a vender más de los que se vendieron, pero la gente prefirió no gastarse los 99 euros en el papel y esperar a la versión digital", ha señalado el académico durante su intervención en un curso de verano en el Instituto Cervantes.

De hecho, Álvarez de Miranda ha asegurado que la editorial "quería incluso destruir" esos ejemplares sobrantes. "Ahora no sabemos qué hacer con ellos y los estamos regalando a escuelas", ha añadido, tras reconocer que es una "preocupación" para la institución puesto que "era una fuente de ingresos y de ahí vienen muchos de los problema económicos".

Durante su intervención, ha llegado a cuestionar el futuro de la edición en papel, tras la última publicación en 2014. "La pregunta está en el aire y yo no tengo la respuesta, pero el hecho de formularla ya señala por dónde van las cosas. Si se impone la racionalidad, la tirada en papel podría tener una tirada muy corta, para coleccionistas o nostálgicos", ha admitido.

La 23ª edición del diccionario en papel de la RAE salió a finales de 2014 a un precio de 99 euros y con una primera tirada de 50.000 ejemplares. Por el contrario, las consultas en línea a la última edición del Diccionario de la lengua española (DLE) alcanzaron, a finales del año 2017, cerca de 750 millones, con una media de consultas mensuales de 65 millones.

Donaciones a África y Comunidades Autónomas
Un portavoz de la RAE ha matizado a Europa Press que estos "regalos" de los que ha hablado Álvarez de Miranda se tratan de una fórmula de donación con los diccionarios sobrantes a través de "operaciones especiales" en África y en distintas comunidades autónomas españolas.

De hecho, en Costa de Marfil se han donado ya 2.500 ejemplares de diccionarios para "promover el español" y en Senegal la donación está en curso con la misma cantidad de ejemplares. Asimismo, en las comunidades autónomas la donación se lleva a cabo a bibliotecas publicas y centros educativos, siendo una cantidad "variable, dependiendo de los ejemplares solicitados".

La intervención de Álvarez de Miranda, bajo el título La lengua española en el XXI. Aproximaciones a algunas novedades, ha abordado algunos de los nuevos fenómenos que influirán en el habla en los próximos años. Así, el académico se ha referido a las peticiones de un lenguaje más inclusivo para la mujer.

"¿Qué más puede hacer la academia? Hay que tratar de insuflar cierta racionalidad y llamar la atención del carácter antiecónomico de la duplicidad de géneros", ha señalado, tras rechazar propuestas como el uso del símbolo '@'. "Eso es absurdo, una pseudosolución, porque no se puede leer y, si no se puede leer, es como si no existiera", ha añadido.

Por el contrario, ha afirmado no "rasgarse las vestiduras" por la "presunta invasión" de anglicismos en el lenguaje. "Estas lamentaciones son de puristas y me recuerdan a francófobos de otros siglos, que aseguraban que el francés acabaría con el español. Siempre hay nostálgicos de otras épocas, pero el léxico de los jóvenes de hoy es vivo, dinámico y creativo", ha concluido.

miércoles, 11 de julio de 2018

Tercero en la lista de ministros de Cultura de la ciudad de Buenos Aires de este gobierno, a Avogadro lo blindan con notables, a ver si ahora sí

De saco celeste, l ministro de cultura porteño Enrique Avogadro
y la torta con forma de Cristo

Una de las novedades de la semana pasada fue, finalmente, la constitución de un Consejo Cultural, convocado por el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para que, en muy diversos campos, asesore sobre diferentes temas. Lo componen Ana WortmanGonzalo Aguilar y Diego Golombek (por la actividad académica); Adriana Rosenberg, Eduardo Costantini, Victoria Noorthoorn, Orly Benzacar, Nicola Costantino y Julia Converti (por las artes visuales), Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Mariano Cohn y Gastón Duprat (por el cine y la producción audiovisual); Adhemar Bianchi y Ricardo Talento, Andy Ovsejevich, Lisa Kerner y Graciela Casabé (por la gestión cultural); Cecilia PavónLuis ChitarroniEsteban Feune de Colombi y Gabriela Adamo (por la literatura y crítica cultural), Andrea Servera (por la danza), Diana Glusberg, Miguel Galperín y Santiago Vázquez (por la música) y Elisabetta Riva, Claudio Tolcachir, Carlos Rottemberg y Maricel Álvarez (por el teatro y la producción teatral). Se trata de un grupo ecléctico en el que hay un poco de todo, más allá de lo que cada uno vaya a pensar sobre cada uno  de los participantes en particular. Ahora bien, de acuerdo con el artículo que se lee a continuación, publicado con firma de Patricia Kolesnicov, en el diario Clarín, del 4 de julio pasado, su función iría más allá del exclusivo asesoramiento en materias culturales e incluiría, entre otras cosas, apuntalar la alicaída figura de Enrique Avogadro, actual Ministro de Cultura porteñó.

En su momento eyectado por Pablo Avelluto del Ministerio de Cultura de la Nación (acaso por hacerle sombra cuando era secretario de Cultura y Creatividad), Avogadro aterrizó en su actual puesto luego de que el músico Ángel Mahler (nacido Ángel Pitito, y no es broma) fuera, a su vez eyectado de un cargo que, dada la carencia de antecedentes y lo risible de su obra, en sus manos parecía un chiste de mal gusto. Recuérdese que Mahler, a su vez ocupó el puesto que el eyectado Darío Lopérfido había dejado vacante para dedicarse a pleno a la dirección del Teatro Colón (que durante su gestión empezó a ser utilizado para fiestas privadas, reuniones de ejecutivos y filmaciones de videoclips de artistas populares de dudosa calidad), luego de haber declarado, sin que mediara ninguna razón urgente para hacerlo, que en la Argentina no había habido 30.000 desaparecidos, sino muchos menos.  

Tecnócrata, Avogadro es licenciado en Estudios Internacionales, especialista en economía creativa con experiencia en el desarrollo de políticas de promoción de la cultura emprendedora y de las industrias creativas y vaya uno a saber cuántas cosas más de esas que les gustan enumerar a los palurdos salidos de universidades privadas. Todos esos saberes, sin embargo, no lo preservaron de irritar a la iglesia y de motivar un incómodo pedido de disculpas público de Horacio Rodríguez Larreta, actual  jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, de quien depende Avogadro, cuando, invitado a una exposición, el joven ministro decidió probar una porción de torta sacada de una ¿escultura? con la forma de Cristo crucificado, creando el consabido escándalo entre la comunidad de chupacirios. Con lo que volvemos al principio de esta entrada: alguien, si no el ministro mismo, pensó que ya era hora de crear algún ruido “positivo alrededor de esta gestión tan golpeada para “relanzarla”, aunque la explicación oficial sea otra, claro, y no se sepa a ciencia cierta hacia dónde va a ser lanzada esta vez.

Un refrigerante para el ministerio de cultura porteño

Una vez alquilé un auto que tenía calefacción en el asiento. Espléndido, pero si no la hubiera podido apagar, al rato hubiera tenido que bajarme. A eso recuerda, a veces, la silla del ministro de Cultura porteño, por lo menos desde que asumió Horacio Rodríguez Larreta, en diciembre de 2015.

Darío Lopérfido
Al comienzo de la gestión el designado fue Darío Lopérfido, quien dejó el cargo siete meses después: en enero había dicho que “en la Argentina no hubo 30.000 desaparecidos”. Rodríguez Larreta lo sostuvo, pero el asunto no tuvo retorno.

Ángel Mahler
En su lugar nombraron a Ángel Mahler: un misterio. Músico de la calle Corrientes, Mahler tenía poco que ver con la gestión cultural. En este diario, Matilde Sánchez contó que, además, contrató a la empresa de sonido e iluminación de su hermano Osvaldo. Y algún director de museo dejó saber que se cedían gratuitamente sus jardines para hacer fotos de revistas de moda. Con todo –¿qué tan importante es la cultura en realidad?– se mantuvo: duró un año y medio.

Enrique Avogadro
Y llegó Enrique Avogadro. Con mucho apoyo de parte del “mundo cultural”: un joven que había mostrado ideas en su paso por el gobierno porteño desde 2001 y que venía de ser uno de los viceministros de Cultura a nivel nacional. Moderno y con un discurso orientado a tender “puentes” entre la gestión pública y los “productores culturales independientes”, en Nación le habían criticado la insistencia en las pequeñas manifestaciones contemporáneas y la desatención de los grandes organismos y “las tejedoras del NOA”.

El mismo día en que asumió se anunció la creación de un Consejo Cultural “en esta lógica de la inteligencia colectiva”, dijo. Notables del sector, asesores con relevancia propia. Al frente del Consejo estaría Jorge Telerman.

Ese día, cuentan otros funcionarios, es clave: Avogadro llegó de la mano de su amigo Marcos Peña, disgustado por lo que venía pasando en el ministerio. Rodríguez Larreta decidió “rodearlo”, acolchonar su presencia con las de Telerman –ex Ministro de Cultura, ex Jefe de Gobierno, actual titular de los teatros porteños, un político que juega en toda la cancha– y con las de los notables.

Claro que otras ciudades y países tienen sus Consejos, hasta tiene uno –que se reunió sólo una vez– la Cancillería. Pero si las políticas públicas las diseñan los funcionarios elegidos para eso, ¿para qué necesita el ministro porteño una treintena de asesores? Y en función de esa pregunta: ¿a quién convoca? En el Consejo hay pesos pesados como Eduardo Costantini, el dueño de MALBA. Un jugador principal de la cultura y –es el creador de Nordelta– de la economía. O Adriana Rosenberg, directora de Proa, el espacio de arte ligado a Techint. A ellos se suman Julia Converti (arteBA), Gabriela Adamo (Filba) y Andy Ovsejevich (Konex).

El ministro Avogadro y el propio Rodríguez Larreta aparecen como consejeros: ¿son asesores y, a la vez, asesorados? Por la cultura pública revista apenas Victoria Noorthorn, directora del Museo de Arte Moderno. También hay figuras de gran repercusión–Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Mariano Cohn y Gastón Duprat– y hasta un costado alternativo con Lisa Kerner, del valioso espacio LGBTTIQ Casa Brandon.

En la primera reunión analizaron aspectos de una nueva ley de Mecenazgo que prepara el gobierno y que tiene la virtud de exigir que las empresas que participan pongan fondos propios, es decir, no sólo lo que debían pagar de impuestos. Les preguntaron qué dudas les daba la ley una consejera reformuló: “¿No son ustedes los que nos presentan dudas?” No hay una respuesta contundente sobre para qué sirve el Consejo. “Ellos dan prestigio, son marcas importantes, y a la vez se asocian a una marca enorme como es ‘Buenos Aires’,” explica una dirigente política.

El Consejo se anunció en diciembre pero no arrancó hasta hace unos días. En el medio –será casualidad– Avogadro fue a una muestra de arte, comió una torta con forma de Cristo y la Iglesia le saltó al cuello: ¿el asiento se empezó a entibiar?

Lo cierto es que, si marcha, avalarán decisiones, participarán en políticas. Quizás los hayan pensado como el refrigerante que a veces el puesto precisa.

Nota del Administrador para los lectores extranjeros:
"Porteño" es el gentilicio con el que se conoce a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. La aclaración viene al caso porque "bonaerense" es el gentilicio que se emplea para nombrar a los habitantes de la Provincia de Buenos Aires. Españoles y mexicanos suelen confundir los términos.