miércoles, 30 de diciembre de 2020

Mariana Windingland, traductora argentina de literatura noruega

Mariana Windingland nació en Pergamino, pero vive en el pueblo de Mendiolaza, situada en el departamento Colón, de la provincia de Córdoba, a 23 km de distancia de la capital provincial. Su padre topógrafo era noruego, pero, según ella admite, no le enseñó la lengua. Su madre fue bibliotecaria y le inculcó el amor a los libros. Según recuerda en una entrevista realizada por Stefanía Cañete para la revista La Unión, “Comencé con el inglés en plena pubertad, y en la adolescencia recibí una beca para estudiar en Suecia, y allí aprendí sueco y perfeccioné el inglés que había empezado a adquirir. Más tarde me vine a estudiar traducción de inglés a Córdoba, pero luego me fui a EE.UU. para dar clases de español. Luego estuve en Canadá un semestre y comencé mis estudios en francés. Volví a Buenos Aires y empecé a trabajar en el subtitulado, mi ingreso a este mundo de las lenguas y mi primer trabajo interesante. Mientras tanto tenía como sueño aprender noruego y tenerlo como meta profesional, asi que cambié mi vida por tercera o cuarta vez y me fui a Oslo, donde estuve radicada unos años”. 

Dada la singularidad de su trabajo, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires la entrevistó con el objeto de dar a conocer su labor a los lectores de este blog y, asimismo, para enterarnos de las muchas tareas pendientes a propósito de una parte sustantiva de la literatura escandinava. 

–¿Por qué te hiciste traductora literaria? 
–Hace algunos años recibí una propuesta de traducción de EDUVIM, la editorial de la Universidad Nacional de Villa María. El director editorial descubre la obra de Arne Lygre en la feria de Frankfurt y supo que, a pesar de estar traducido a una quincena de lenguas, el dramaturgo era todavía inédito en español. Allá por 2013-2014 la editorial produjo una colección de teatro europeo contemporáneo en ediciones bilingües y cuyos traductores estaban radicados en Córdoba. Yo había regresado de Oslo hacía poco tiempo y trabajaba ya en el sector editorial donde me desempeñaba en inglés y español para una empresa radicada en el exterior. Después de dialogar con el editor y de leer ambas obras, acepté gustosa la oferta. En mis años en Oslo había trabajado como intérprete en un teatro oficial y en la corporación de radiodifusión estatal, y tenía algunos años de experiencia como subtituladora, lo que de alguna manera me dio la suficiente seguridad que necesitaba para encarar el proyecto de traducción de estas dos obras dramáticas contemporáneas. 

–¿Cuáles son los principales problemas de la traducción del noruego al castellano? 
–Creo que el mayor desafío lo representan los referentes culturales y los elementos intertextuales, aunque esto no es particular a este par de lenguas, sino que son las típicas dificultades que se pueden encontrar al traducir. Los términos referidos al clima y la naturaleza, que están muy presentes en la literatura noruega, frecuentemente no tienen traducción al español. En lo que refiere a la traducción de LIJ, el problema central es reflejar en cierto modo la sonoridad de la obra, teniendo en cuenta que un cuento o una poesía infantil se conciben para ser leídos en voz alta. En estos casos la musicalidad es muy difícil de trasladar a la lengua meta. 

–¿Cuánta es la literatura noruega traducida hasta el momento? ¿Cuáles son los autores que vos misma tradujiste? 
–Casi la totalidad de las traducciones se realizan en España. Según registros de NORLA (Norwegian Literature Abroad), la agencia de gobierno que difunde la literatura noruega en el exterior, en los últimos quince años se tradujeron unos doscientos títulos al español, de los cuales apenas un diez por ciento corresponde a América Latina. Entre los autores de más renombre traducidos a nuestra lengua están Anne Holt, Karl Ove Knausgård, Unni Lindell, Jo Nesbø, Jan Erik Vold, y Herbjørg Wassmo, solo por mencionar algunos. Gracias a una de las diversas líneas de subsidios a la traducción, he podido traducir y publicar a Arne Lygre, a Mari Kanstad-Johnsen y a Kari Tinnen. 

–¿Estás en contacto con otros traductores del noruego al castellano? ¿Quiénes son? 
–Estoy en contacto con escritores que manejan ambas lenguas y que suelen oficiar como mis consultores. 

–¿En qué medida las editoriales argentinas o extranjeras requieren tus servicios? 
–Hasta el momento he recibido una decena de propuestas de trabajo con editoriales argentinas. Creo que la presencia de NORLA en las ferias es crucial para dar a conocer tanto la literatura noruega como los programas de apoyo a la traducción existentes. Quizás la demanda es baja todavía porque hace apenas unas décadas se comenzó a traducir directamente del noruego al español. Antes de la creación de este organismo, casi todo lo que llegaba a nuestra lengua eran traducciones indirectas, con todo lo que eso implica. Un ejemplo de esto son las obras de Knut Hamsun, que derivaban del alemán, el inglés o el francés. A partir de los años 90, Kirsti Baggethun, la más prolífica traductora de este par de lenguas, comenzó a traducirlas directamente del noruego. 

–¿Cómo se paga la traducción del noruego al castellano respecto de lo que pagan las traducciones de otros idiomas europeos a nuestra lengua? 
–Se paga relativamente mejor que el resto de los idiomas europeos pero, como mencioné antes, la demanda es todavía escasa. 

–¿Qué te parece que, sin estar traducido hasta ahora, habría que traducir urgentemente? 
–Hilde Hagerup, Gunnhild Øyehaug, Ingvild Hedemann Rishøi… También me gustaría continuar traduciendo la obra dramática de Arne Lygre, así como las obras aún inéditas de Jon Fosse. Erlend Loe, Maia Lunde y Helene Uri tienen apenas un par de obras traducidas y son de los autores que creo deberían llegar al público hispano. 

martes, 29 de diciembre de 2020

No todo el mundo puede permitirse el precio

El pasado 27 de diciembre, Guillermo Piro dedicó su habitual columna del diario Perfil a reflexionar sobre los traductores, como puede leerse a continuación.

Traducción y libertad

 La traducción es una actividad esclavizante, ya se sabe. El traductor es alguien que a su modo, que siempre es un poco improbable, renuncia a cosas todo el tiempo: sobre todo renuncia a la satisfacción que experimenta cualquier otro que se dedica a una actividad parecida en su exterior, como escribir: nunca está conforme con lo que consigue, el resultado nunca lo satisface. Eso, que frustraría a cualquiera a los primeros pocos intentos, en el traductor cobra el aspecto de un síntoma con el que puede vivir todo el tiempo, sin quejarse.

Son cosas complicadas. El traductor está privado incluso del placer ejemplar del lector común, que consiste en avanzar en la lectura sin haber entendido un pasaje, una línea, una palabra. El traductor no puede, debe entenderlo absolutamente todo, hasta aquello que por definición no debería tener un sentido unívoco, como las metáforas. Él quiere entenderlo todo. De lo contrario se tara, o lo que para el traductor es lo mismo a una tara: se detiene, no puede avanzar más. O en realidad puede, pero volviendo una y otra vez sobre ese escollo que dejó flotando una, dos páginas atrás, y que es necesario aclarar prestamente.

Naturalmente no es la única actividad esclavizante, es algo que el traductor acepta desde el vamos, pero es probable que hasta el más esclavo esté más cerca de sentir de vez en cuando que lo que hace es perfecto, o prácticamente perfecto, como le gusta definirse a Vasco Rossi, un cantante italiano que lamentablemente goza de escasa fama entre nosotros y que siempre fue merecedor de algo de atención. En sus multitudinarios conciertos en vivo siempre hay alguien que suele extender una pancarta gigante con la escrita “Prácticamente perfecto”, título de una canción en una de cuyas estrofas dice “Canto para no enloquecer”, palabras que pueden aplicarse a mil y una actividades humanas, pero que pensando en la escritura en general y en la traducción en particular adquiere visos de verdad pertinentes, siempre a la cabeza en la escueta lista de expresiones sinónimas.

Y sin embargo el traductor goza, a pesar de todo eso, o de esas pocas cosas, de algo que lo vuelve en un sentido invencible (hablo del traductor profesional, por supuesto, no del que traduce un poema que le agrada y es capaz de traducir una vez por semana, sino del que debe traducir incluso lo que detesta, incluso lo que no sabe cómo traducir, incluso lo que no puede traducir): la traducción le otorga libertad.

Me explico. Ni el traductor más comprometido puede (hay excepciones) vivir solo de la traducción, de modo que ésta se convierte en una actividad subalterna, a la que dedica sus ratos libres, que son pocos pero intensos. Y sin embargo esa actividad que llamé subalterna, bajo cierta óptica se vuelve suprema: lo absorbe todo el tiempo, mientras mira una película tirado en la cama, mientras lee y encuentra de casualidad la palabra o la expresión que estaba buscando desde hace días. Puede no vivir de la traducción, pero vive para ella.

Esa es la razón por la que el traductor en su fuente principal de ingresos se mueve con aceitada agilidad, despreocupado, relajado; porque si éste llegara a escasear, o porque si directamente alguien decidiera prescindir de él para siempre, o temporalmente, él tal vez se deprimiría cinco o seis minutos, y luego se encaminaría a su casa a seguir traduciendo. Levantará los hombros, como hace la gente con la que hace falta talento para ponerla de mal humor, y volverá a encerrarse en sí mismo buscando soluciones a eso que no tiene solución. Le dicen traducir, pero también ser libre.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Los mercaderes en caída libre

Carlos Daniel Aletto publicó en la página de la agencia argentina TELAM la siguiente nota referida a lo que ocurre con las librerías y las editoriales después del aislamiento provocado por la actual pandemia. En la bajada puede leerse: “Tras el parate obligado por la cuarentena, algunas medidas –como las restricciones a la importación y el acuerdo para que el 90% de los libros se impriman en el país permiten– llegar a diciembre con perspectivas promisorias para el sector. Las editoriales y librerías más chicas soportaron mejor el impacto”. Todo indica, como venimos diciendo en este blog, que en el futuro habrá cambios trascendentes en las formas de comercialización de los libros; entre otros, las grandes superficies dejarán de ser rentables y, aunque no se señala en el artículo, las distribuidoras sufrirán el impacto de ser intermediarias no deseadas en el circuito del libro.

Tras el aislamiento, llegó la reactivaión, 
pero las ventas no crecen

La cuarentena del 2020 arrancó con un panorama ominoso para la industria editorial: las imprentas bajaron sus persianas, las librerías tuvieron que generar alternativas de distribución y venta online, las editoriales debieron suspender su plan de publicaciones, y trabajadores del sector perdieron sus trabajos o parte de sus ingresos.

 Con el correr de los meses en situación de aislamiento, algunos eslabones del sistema acentuaron esta perspectiva funesta, mientras que otros lograron reorientar el negocio al ritmo de los cambios y hoy cierran sus balances bajo un cielo alentador.

El universo de los libros tiene sus complejidades, diversidades y distintas magnitudes ya que convive en paralelo con un mundo concreto y real que es el mercado, en definitiva una cadena comercial de escritores, editoriales, imprentas, distribuidoras, librerías y lectores, actores que con la crisis en el 2020 por un lado han sufrido un gran daño y por otro un reposicionamiento.

“Después de haber vivido el cierre total durante la cuarentena, las imprentas del país están pasando por un buen momento”, destaca el presidente de la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines (FAIGA), Juan Carlos Sacco. Y en este contexto, la decisión del gobierno nacional de colocar nuevamente restricciones a la importación de libros fue una solución al problema que venían viviendo.

En esta dirección, han logrado firmar un acuerdo con la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP) en el cual se garantiza que el 90% de los libros se imprimirán en Argentina. Y además desde el Ministerio de Educación se empezó a destinar dinero para impresión de libros, lo que volvió a reactivar la actividad gráfica.

La falta de circulación de peatones en las calles, y en particular en los centros turísticos, generó una crisis en los comercios. Como muestra solo basta leer el reciente cierre de la tradicional Librería de las Luces que desde 1960 estaba en la Avenida de Mayo del microcentro porteño. Las librerías viven la misma situación que la de cualquier comercio que venía de cuatro años de crisis y estaba esperanzado con la reactivación, aunque las más afectadas son las de zonas céntricas o de gran circulación.

Por otro lado, las editoriales pensaban que entre febrero y marzo tenían una posibilidad de reactivación, que se iba a poder vender bien en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires que se realiza en La Rural y además tenían programadas actividades en las provincias. Hasta que llegó la pandemia.

Carlos Benítez, dueño de la librería y editorial Punto de Encuentro, se convirtió en unos de los voceros de los libreros y relata a Télam la situación que debieron atravesar este año y en el punto crítico en el que se encuentran las librerías del microcentro de la ciudad de Buenos Aires: “Hasta que no se vuelva a la normalidad no a va a funcionar, es un páramo, no hay gente circulando y por lo tanto nosotros no tenemos potenciales compradores y la verdad es que venimos muy golpeados”.

Los libreros resaltan que el gobierno nacional tomó la decisión de suspender el programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP). Si bien algunos de los locales no les cobraron alquiler, y en diciembre están pagando solo el 30%, aseguran que no alcanza porque están facturando entre el 10 y el 20% de la facturación del 2019. En marzo tendrían que empezar a pagar los alquileres normales y no ven mejoras para esa época, menos si se suspende la Feria del Libro 2021 como se rumorea.

También corre peligro de cierre la librería de Ávila, la más antigua de Buenos Aires. Miguel Ávila, el dueño del negocio ubicado en Alsina al 500 y presidente de la Cámara de Libreros y Editores Independientes (Caledin) describe el mismo panorama que sus colegas: sin turismo y sin empleados públicos ese lugar emblemático e histórico del libro no funciona.

También suma la pérdida del ATP: “Ahora el gobierno está dando préstamo con una tasa de interés para poder pagar los sueldos, yo he intentado mantener a todo el personal, todo en blanco son seis personas y se me hace muy difícil, sumado el alquiler, los gastos fijos. La AFIP tampoco te perdona, te tratan como si estuviéramos en una época en un país normal”, se lamenta el dueño de la famosa librería.

Ávila aprendió su oficio con los grandes libreros, en las grandes librerías de la época, cuando era el punto de reunión entre lectores, escritores y libreros “desde siempre el argentino, así como con el tango, la carne o el fútbol tiene una relación muy estrecha con el libro”, sostiene Ávila, quien no entiende porque “esto no se toma como una temática nacional”.

Las grandes editoriales debieron reducir su producción durante el año y en la apertura con el distanciamiento social pudieron volver a lanzar sus best sellers. Durante la pandemia el libro digital tomó un importante protagonismo. Así lo explicaba a Télam Juan Boido, el director editorial de Penguin Random House, quien señalaba que venían muy golpeados y que la pandemia fue otro duro golpe: “En la Argentina, la inmensa mayoría de los libros se venden en las librerías y dependen de ellas, durante la pandemia se vio un aumento en la venta de los formatos digitales, los cuales no son formatos instalados masivamente en el país, con lo cual es imposible que compense pronto la caída de los libros físicos”, explicó.

La contracara de la singular situación de este año la vivieron algunas editoriales independientes, las cuales se sintieron fortalecidas por la ausencia de los “grandes tanques” de novedades, y supieron buscar a tiempo alternativas de distribución y ventas on line durante la pandemia.

Víctor Malumián, de editorial Godot, explica que la cuarentena forzó a las editoriales a un proceso de digitalización, tanto a nivel catálogos como de comunicación en redes sociales, incluso a adaptarse a cuestiones más prácticas, como los sistemas de pagos. El editor resalta que “tanto las editoriales como las librerías, que generaron una comunidad online, las que alimentaron una conversación entre partes, son las que estuvieron mejor paradas para sobrellevar la pandemia”.

Una situación similar vivió el sello Chai. Su editor, Santiago La Rosa, sostiene que el año para su negocio fue positivo: “En un balance fue un buen año con muchísimos sobresaltos y me parece que la clave para atravesarlo estuvo en poder adaptarse a los distintos escenarios que se fueron planteando”.

Para Chai, al igual que para otras tantas editoriales independientes, fue un periodo que les permitió acercarse más estrechamente a los lectores. En este sentido, La Rosa manifiesta que durante los momentos más complejos de los primeros meses de la crisis y de la pandemia, las editoriales más grandes no sacaron novedades, no estuvieron en las librerías y “quedó un lugar vacante que nos permitió mucha más visibilidad y, sobre todo, tener un diálogo directo con los lectores, con los cuales nos escribimos por redes y tenemos una conversación bastante fluida”, dice.

Sin embargo, las editoriales independientes también tuvieron desafíos tanto a nivel de cobro de las ventas, como con los distintos aumentos del papel que alteraron mucho los cálculos y las formas de adaptarse.

El editor Pablo Campos, de Ediciones Lamás Médula, cuenta que las editoriales chicas y pequeñas tuvieron “más cintura y reacción a la pandemia, principalmente porque venimos de hace cuatro años en crisis y contamos con estructuras más pequeñas y flexibles” y además, como explica, con el cierre de las librerías al comienzo de la pandemia generaron un nexo directo con los lectores.

Sin embargo, una vez que la actividad librera retornó, las editoriales independientes tendieron alianzas con librerías bajo la consigna de que la salida es colectiva. En palabras de Cecilia Fanti, de Céspedes Libros en Colegiales: “Mi impresión de este año es que las editoriales independientes supieron comunicarse muy bien con las librerías. De las grandes, algunas lo hicieron muy bien y otras hicieron menos de lo que podrían haber hecho. Si la industria del libro cae en picada, quizás las librerías de barrio no somos el mejor ejemplo para dar cuenta de eso”

En días de balances, un tuit de la editorial Blatt & Ríos ilustra esa sinergia y los cambios que trajo el regreso a los comercios de cercanía: “Este fue el año de las librerías chicas. En la emergencia, resulta que eran un excelente canal de ventas y con gran capacidad de adaptación. También lo fue de las editoriales chicas: resulta que hacíamos muy buenos libros, muy bien editados”.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Juan Arabia: "Una constante formación poética"

El poeta chileno Ernesto González Barnert trabaja en la Fundación Pablo Neruda. Para su página, recientemente entrevistó al poeta y traductor argentino Juan Arabia, director de la editorial y revista Buenos Aires Poetry. 


Juan Arabia, el traductor detrás del poeta 

En diciembre del presente año pude leer Cathay de Ezra Pound, traducido por Juan Arabia, en su sello Buenos Aires Poetry, 2020. Libro maravilloso en el que Pound traduce o reinterpreta a su vez la poesía de tradición Tang como puntal también de su propia curiosidad, mirada y búsqueda lírica, de echarse al hombro la poesía de su tiempo, indiscutidamente, más allá de lo anecdótico o biográfico, su diatriba fascista e internación en el manicomio que opaca su labor de difusor, traductor y de pope con sus cantos de las letras en el siglo XX. Ezra Pound, un poeta generoso, atento, trabajador, logra con Cathay que la poesía china sea una viga más en el mundo poético occidental e incluso aún podamosver su influjo detrás de nuestra poesía chileno-mapuche. 

Quise entrevistar a Juan en tanto traductor de éste libro crucial y de poetas como Rimbaud o del canon medieval o beats, con la habilidad y sentimiento que logra transmitir con maestría de un idioma a otro en poesía, con lo difícil que es. Un poeta generoso y abierto que ha abierto un canal latinoamericano y mundial, desde Buenos Aires Poetry Press. 

Para los que aún no se enteran, Juan Arabia (Buenos Aires, 1983), es poeta, traductor y crítico literario. Autor de numerosos libros de poesía, traducción y ensayos, entre sus títulos más recientes se encuentran: Il Nemico dei Thirties (Samuele Editore, Collana Scilla, 2017), Desalojo de la naturaleza (Buenos Aires Poetry, 2018), L´Océan Avare (Al Manar, Voix Vives de Méditerranée en Méditerranée, 2018) y Hacia Carcassonne (Pre-Textos, 2020). Egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ejerce la crítica literaria además en el Suplemento de Cultura del diario Perfil y en la revista Ñ del diario Clarín donde también ha sido un importante difusor de lo que pasa en Chile poéticamente, de sus poetas. 

Durante la presente pandemia puso a disposición casi todo su catálogo descargable, alcanzando las más de 100.000 descargas de libros de poesía de distintos autores y traducciones. Un acto mayor y elogioso que merece nuestro aplauso. 

–Más allá de tus propios escritos, en tanto traductor, ¿qué te interesa salir a buscar o encontrar? 
–En general salgo a buscar más insumos para mi formación. Todo lo que hago (sea en crítica literaria, traducción o poesía) se relaciona de una manera muy específica. Aunque eso incluye causalidades. No hubiera ido a Charleville sin conocer la obra de Rimbaud, pero sólo yendo a ese lugar volví con ánimos de traducirlo. Me parecía más sencillo, y a la vez necesario. Podría decir lo mismo con los trovadores occitanos, o con los clásicos chinos, o la reciente traducción de Cathay. Esto quiere decir que, a diferencia de muchos traductores, sólo trabajo con lo que me interesa, jamás haría un libro a pedido o porque pueda funcionar en el mercado. Por otro lado, puedo decir esto porque todas mis traducciones son y serán para Buenos Aires Poetry. 

–Qué idea motriz poética compartes con Pound, un Ezra que también se veía escrituralmente a sí mismo, a través del ejercicio de traductor? 
–Con Pound comparto, precisamente, esta búsqueda constante que nace con fines formativos. Pound traduce sólo aquello de lo que le interesa nutrirse, aquello que sirve (y por tanto falta) para su propio trabajo. 

–Rimbaud, otro de tus grandes proyectos, ¿qué importa que no olvidemos hoy de su ideario poético? 
–Yo creo que, y más allá de sus avances estéticos, lo que no hay que olvidar es el consecuente proyecto de Rimbaud, esto es: hacer de la obra de arte o de la poesía una forma de vida. Rimbaud miraba con muy malos ojos muchas cosas que persisten actualmente en el campo de la poesía. 

–Otro interesante trabajo tuyo ha sido profundizar en la poesía beat, más allá de los tótems Kerouac y Ginsberg. ¿Qué poetas de esa corriente hoy te son más afines, necesarios de leer? Sé que tú trabajo rescatando a las poetas es muy importante y seguido en tu web. 
–No todos los poetas que se incluyeron en esa edición me gustaban. Pero era parte del proyecto y del marco teórico (considerar a la generación beat como un proyecto emergente, cultural y social). Hay poetas que sí me gustan, sobre todo Kerouac, Ginsberg, Lamantia, Di Prima. Aunque son todos autores bastante disparejos, y en realidad muchos de ellos prevalecen por haber nacido “americanos”. Si sumamos a todos ellos, incluso a los que quedaron fuera de la etiqueta, no llegamos a un Pound o a un Eliot. 

–¿Un libro que sueñas traducir? 
–Siendo literal en mi respuesta, me gustaría traducir “La Chasse spirituelle”, un poema de Rimbaud que se perdió, y que según Verlaine era uno de los mejores de él. 

–¿Un libro que intentaste traducir, pero no has podido terminar? 
–Me pasó con algunos poemas de trovadores provenzales. Estoy intentando mejorar, así puedo dar en los próximos años un libro sobre los trovadores clus. 

–¿Cómo definirías tu propio trabajo conceptualmente de traductor? 
–Como el de una constante formación poética. 

–¿Qué le dice el poeta al traductor y viceversa? 
–Que se tomen más riesgos, riesgos poéticos (en tanto ritmo, pausa versal, música), sin traicionar el sentido original. 

–¿Qué libros estás pensando en agregar en traducción al catálogo de Buenos Aires Poetry? 
–Un libro sobre los trovadores occitanos de la escuela del “trobar clus”, una antología de Serge Gainsbourg, quizás algún libro de Diane Di Prima (aunque me está cansando un poco seguir dando prioridad a poetas norteamericanos). Con Pound pienso seguir, ya que murió sin status legal en los Estados Unidos. 

–¿Pusiste durante esta pandemia cientos de títulos descargables gratuitamente de tu catálogo? Cómo evalúas esa quijotada hoy? 
–Bueno, la gente recibió eso muy bien. En general uno tiende a olvidar que hace todo esto por un público distinto, al que no conoce. Y ese público no sólo estuvo muy agradecido, sino que descargó más de 100.000 archivos. Creo que muchos conocieron los libros de Buenos Aires Poetry gracias a todo esto. 

Por último, ¿cuál es el poema de los que has traducido, que más te emociona, te llega al corazón? 
–Rápidamente pienso en dos: “Larme” de Rimbaud y “Provincia Deserta” de Ezra Pound.