viernes, 18 de abril de 2014

El Salon du Livre de París 2014 (3)

Jorge Consiglio, poeta y narrador, fue uno de los integrantes de la delegación oficial enviada al Salon du Livre de París. Se le pidió una suerte de balance de la experiencia para este blog.

El Salón del libro tuvo aciertos 
y oportunidades de mejora

Empiezo por lo bueno: 1) Los integrantes de las mesas, por lo general, representaban estéticas diferentes, en muchos casos opuestas. Este hecho favoreció el contrapunto de opiniones y permitió abordajes poliédricos de los temas en cuestión. 2) La asistencia de público a las mesas fue masiva en todos los casos. El auditorio (en su mayoría franceses, pero también muchos argentinos residentes en Francia) se mostró activo y curioso. 3) Las traductoras simultáneas fueron muy efectivas. Ofrecieron al auditorio una síntesis precisa –y muy fidedigna− de las exposiciones de los panelistas. 4) El stand de Argentina (que tenía la forma de una síntesis de Moebius) fue muy funcional. Tenía dos zonas de cortesía, un gran salón de exposición con buena cantidad de libros y un salón auditorio de excelente capacidad y acústica para lo que es una feria. Es para destacar también el mural de Rep sobre Cortázar y las fotos de Sara Facio. Además, el stand ocupaba un lugar central en el salón y contó con muy buena circulación de público durante todo el evento.  

Las oportunidades de mejora: 1) En las mesas (fue mi experiencia), no hubo demasiado tiempo para el debate. Cada panelista exponía su punto de acuerdo a la pregunta disparadora, pero no había demasiado tiempo para el intercambio de opiniones. 2) Fue muy pobre el intercambio con los escritores franceses. Si bien estuvieron presentes en las mesas, creo que no hubo un verdadero cruce. 3) No hubo ninguna actividad dedicada al teatro. El foco estuvo puesto en la narrativa y muy lateralmente en la poesía. 4) Las actividades fueron muchas y, en algunos casos, se superpusieron. Hubiera sido interesante, tener algún tipo de reporte (a cargo de un periodista especializado) que relevara las charlas y ofreciera una síntesis de los hechos.


Por su parte, Miguel Petrecca, poeta, periodista y traductor argentino residente en París, prefirió destacar una actividad realizada en el stand de Gallimard, planteada por fuera de los intereses de la delegación oficial. En ella, participaron Marie-Claude Char y Marta Aguirre, respectivamente viudas de los poetas René Char y Raúl Gustavo Aguirre, quienes, conjuntamente con Magdalena Cámpora y Gustavo Guerrero (este último director del la sección de autores de lengua castellana de Gallimard) presentaron la correspondencia entre ambos poetas, recientemente publicada en Francia.

Una mesa de poetas
 Prefiero no hablar en general, porque tampoco vi tanto, sino destacar específicamente una actividad: la presentación de la correspondencia entre René Char y Raúl Gustavo Aguirre, recientemente editada por Gallimard. En la mesa estaban las viudas de ambos poetas (Marta Aguirre y Marie-Claude Char), Magadelana Cámpora (que fue quien propició el encuentro), una especialista en la revista Poesía Buenos Aires y Gustavo Guerrero de Gallimard. Fue muy lindo escuchar a Marta Aguirre recordar su primera visita a Europa junto con su marido, que venía carteándose con René Char desde hacía ya algunos años, sin que nadie lo supiera. Marta contó emocionada que había sido una de las mejores experiencias de su vida y recordó cómo René Char le regaló una rosa que sacó de su jardín (rosa que todavía conserva, según agregó). Después recitó de memoria un poema de su esposo. 


Finalmente, Inés Garland, otra de las invitadas al Salon du Livre,.brinda, a pedido de este blog sus impresiones de lo que vivió y de lo que vio durante esos días.

Las vidrieras de las librerías decoradas con libros  Argentinos

¿Quién más, en el avión esperaba preguntas difíciles en las entrevistas que habría en París? Las semanas previas hacían pensar en la necesidad de tomar posturas o inventar discursos evasivos, inteligentes –porque no es cuestión de ir al Salón de París a  hacer papelones, y en la imaginación los jueces son implacables. La circulación por los pasillos del avión no daba la sensación de conflicto, pero los diarios habían dicho, ¿no habían dicho los diarios? No sé si habrá habido tensiones, posiciones, cuchicheos en las mesas de desayuno del Hotel Bedford o en los pasillos de la feria. Yo lo que sí sé es que París tenía las vidrieras de las librerías decoradas con libros argentinos, títulos en francés con los nombres de mis vecinos en vidrieras míticas del otro lado del océano. Y que en un mismo espacio andábamos nosotros con Victor Hugo, Dumas y Proust por nombrar algunos de los monstruos sagrados. La editora de L’École des Loisirs (la editorial que publicó Pierre contre Cisseaux, o sea Piedra, papel o tijera, o sea mi novela) fabricó una foto: Proust, Victor Hugo, Dumas, Garland en el mismo estante. Ya sé que podría haberla armado yo en una librería en Buenos Aires, pero convengamos en que no es lo mismo. No fue así nomás para mí estar en la vidriera de L’Écume de Pages, trae ecos de importancia. Está bien cada tanto sentirse importante. El cachetazo de la mortalidad y esas otras vivencias llega igual, y soñar un rato por estar caminando las mismas calles que la legión romana y todos los que vinieron después no es para nada despreciable. También está la experiencia de comer en el As de Falafel, recomendación de Fondebrider que me toma examen a ver si hice los deberes, si caminé los recorridos minuciosos que me dictó, si miré las vidrieras de las librerías que me recomendó y, sí, fui al museo de Cluny a visitar a  la dama del  Unicornio y estuve frente a la ruina medieval y me senté en las sillitas alrededor de la fuente con Claudia Piñeyro y Eduardo Saccheri y tomé té de menta en la mezquita de París con Liliana Bodoc y otra vez Claudia, los gorriones volaban  bajo el techo abovedado. Y dejé que se me fugara la vista por las perspectivas larguísimas, por el Sena con las barcazas. También fui a la Biblioteca Nacional de París, la nueva que parece haber llegado desde el futuro con sus explanadas de madera y sus esquinas de edificios que imitan cuatro libros abiertos.

En la Feria nos topábamos los unos con los otros por los pasillos. En el stand argentino estaba el mural de Rep con su homenaje a Cortázar, y Rep andaba subido a escaleras con los pinceles pintándole los ojos de celeste a Julio que él dibujó con esos ojos celestes, separados, enormes; Cortázar atado al cordón umbilical de su madre flotando por primera vez en el espacio del mundo, de guayabera y sandalias en Cuba, fumando de traje, las fechas, los hitos de su vida que inspiraron los dibujos. Bajo el mural nos agolpamos para saludar a la presidenta, bajo el mural hubo entrevistas varias de a ratos y de a ratos gente que se cansaba de caminar y se sentaba en el living blanco a descansar. Mucha gente en el Salón, mucha gente en las charlas en el stand Argentino y en los otros espacios dedicados a las mesas redondas.

Nunca se vendieron tantos libros de un país visitante, dijo la FNAC. Toda esa gente que visitaba el Salón parecía muy consciente de que la Argentina era el país invitado. Más consciente que los que de este lado del océano se quedaron con la sensación de conflicto que se instaló en los primeros tiempos. ¿O seré yo? Estuvimos en L’Express, en las radios, en las vidrieras, como dije. Era para alegrarse. Yo me alegré.

París es ella y las imágenes de ella misma, los ojos que la miraron antes, las palabras que la describieron, los cuadros que la pintaron, los artistas de todos los tiempos que la vivieron, la sufrieron, la amaron. Es imposible sustraerse de ese vértigo de asociaciones. En París podemos ser generosos y acercarnos los unos a los otros, los escritores salidos de sus cuevas para jugar. Debe haber habido varios Paris entre nosotros. Había ¿o me pareció a mí? una tregua en las cosas  para disfrutar del regalo de estar ahí.

En París la primavera recién empezaba. Los cerezos en flor y los brotes nuevos brillaban al sol. En París, una ciudad habitualmente gris, esa semana hubo cielo azul. Si me pongo muy Argentina, capaz que me creo que fuimos nosotros los que les llevamos a los franceses el cielo de nuestro país.  Le quedaba muy lindo nuestro sol a París.

jueves, 17 de abril de 2014

El Salon du Livre de París 2014 (2)

Paula Klein
El 25 de marzo pasado, Paula Klein, investigadora asociada a la Bibliothèque Nationale de Francia, publicó una crónica desde París, en el blog de la librería y editorial Eterna Cadencia. Allí cuenta lo que pasó en las mesas “Literatura emergente” y “Los escritores argentinos en la coyuntura internacional” en las que participaron los escritores Miguel Vitagliano, Selva Almada, Lucía Puenzo, Pía López, Martín Kohan, Samantha Schweblin y Leandro Ávalos Blacha.

Literatura argentina anti for export


Entre el 21 y el 24 de marzo las letras argentinas recibieron todos los honores en el Salón del libro de París. Una Babel de lectores ávidos de entender por qué esta literatura está hoy en el centro de la escena literaria internacional inundó el stand de la Argentina ubicado en el inmenso predio de la Porte de Versailles. Las actividades previstas por el centenario de Cortázar, los homenajes y mesas de discusión en torno a la obra de Gelman, Borges y Saer atrajeron, como era de esperarse, una cantidad considerable de lectores. Pero también resultó significativo el interés que la literatura que los franceses llaman “del extremo contemporáneo”, suscitó entre los visitantes del Salón. Varias mesas redondas se propusieron reflexionar acerca de las causas de la creciente proyección internacional de las letras argentinas.

Los escritores invitados al Salón recordaron, en varias ocasiones, la crisis que atravesó la industria editorial argentina en los años 90 como una de las paradójicas causas de la riqueza y la variedad que se refleja en los catálogos de las pequeñas y medianas editoriales argentinas.

Samanta Schweblin (Premio Juan Rulfo por La pesada valija de Benavides, 2010) describió así la particular configuración que dio lugar al boom de editoriales independientes tras la crisis de 2001. De una parte –afirmaba Schweblin– “había una demanda creciente de parte de los lectores por el encarecimiento de los libros importados”, prácticamente inaccesibles después de la devaluación. La crisis veía nacer, por otra parte, la primera camada de flamantes egresados de la carrera de edición. Verdes, quizás. Pero voluntariosos.

La aparición de unas 150 editoriales independientes forma hoy parte del saldo positivo de la crisis. Adriana Hidalgo, Eterna Cadencia, Caja Negra, Mar Dulce, Eloísa Cartonera, Entropía, Pánico el Pánico, son sólo algunas de las incontables editoriales que eligen publicar autores que los grupos más grandes rechazan.

Al mismo tiempo, el diálogo entre escritores, editores y lectores dejó en claro que el auge de las editoriales argentinas independientes (“¿independientes de qué?” preguntaba, con ánimo discutidor, un asistente a la mesa sobre los escritores argentinos en la coyuntura internacional) durante los últimos 15 años no es una excepción local. Las crisis económicas parecen generar, al menos en Francia, un caldo de cultivo particularmente favorable para el surgimiento de pequeñas editoriales.

En una entrevista reciente, Leonora Djament, editora de Eterna Cadencia, mencionaba un cierto desaliento al constatar que, hasta hace apenas unos años, las editoriales extranjeras buscaban un canon o una literatura for export, imaginándose cierto exotismo argentino o latinoamericano muy alejado de la literatura que publican las editoriales independientes. La situación empezó a cambiar en los últimos años, en parte gracias a ciertas editoriales extranjeras que se interesan por una literatura con un imaginario menos estereotipado de lo que sería la Argentina.

En Francia, es el caso de Stock, L. Levi o Ed. Métailié, sólo algunas de las numerosas y jóvenes editoriales que privilegian la publicación de autores nóveles y, al mismo tiempo, proponen nutridos catálogos con traducciones de literatura hispanoamericana contemporánea.

Ni tan jóvenes ni tan emergentes
Abriendo el debate de la mesa sobre “Literatura Emergente”, Miguel Vitagliano -autor de Tratado sobre las manos (2013) y profesor de teoría literaria-, invitaba a cuestionar ciertas ideas preconcebidas en torno a la categoría de lo “emergente”. Sin estar necesariamente ligado a una tendencia literaria ni a un corte generacional (alguien mencionaba, para el caso, la literatura de Aurora Venturini), el fenómeno debía plantearse -según el autor- en términos de ciertos “cortes temporales, de ciertos momentos en los que los autores adoptan una determinada posición”. Una posición que provoca una ruptura respecto de la tradición o de las corrientes literarias dominantes.

Luego de un repaso de ciertas tendencias en alza en la narrativa argentina contemporánea, algunas líneas dominantes comenzaron a esbozarse en el horizonte parisino. Se discutió, por ejemplo, el caso de cierta literatura que apuesta por topografías alejadas del costumbrismo urbano: novelas de countries (Claudia Piñeiro), textos que plantean recorridos por los barrios porteños (Daniel Link) o por el conurbano (Leandro Ávalos, Washigton Cucurto, Gabriela Cabezón Cámara, Leonardo Oyola), relatos que transcurren en pueblos y ciudades del interior (Selva Almada, Hernán Ronsino, Federico Falco) y que apuestan a darle una vuelta de tuerca a la tradición de la literatura rural.

Se habló igualmente de la gran experimentación con los géneros: del policial, pasando por los géneros íntimos hasta las novelas de zombies, de escrituras que apuestan a la experimentación lingüística y a la búsqueda de fuentes orales (María Pía López), de una literatura que se propone una revisión crítica de la tradición literaria y de los mitos nacionales. Respecto del relato fantástico, se destacó la irrupción en un plano más realista de la narración del elemento fantástico bajo la forma de lo extraño cotidiano o de lo siniestro (Sergio Bizzio, Samanta Schweblin, Lucía Puenzo).

Las llamadas “narrativas de la memoria”, estuvieron también presentes en los debates. Se discutió, entre otros procedimientos, la articulación entre documentación y pura invención a la hora de dar cuenta de hechos de nuestro pasado reciente. Pienso, por ejemplo, en la discusión en torno al tratamiento literario de hechos históricos a partir de ciertos “mitos” que pueblan nuestro imaginario nacional –tema que surgió a partir de una de las preguntas formuladas por Annick Louis, especialista en literatura argentina, en torno al tratamiento del “mito del tesoro” de los exiliados nazis en la Patagonia, tal como éste aparece en Wakolda (2011) de Lucía Puenzo.

Otro de los casos mencionados fue la utilización por parte del escritor de ciertos motivos que forman parte de nuestro imaginario nacional y que pueden funcionar como disparadores de una reflexión histórica “en clave” por parte de los lectores. Así, por ejemplo, caracterizaba Martín Kohan la referencia al combate Firpo-Dempsey que aparece en su novela Bahía Blanca (2012), cifrando el mito de aquel glorioso destino nacional que se ve continuamente frustrado por fuerzas misteriosas y omnipotentes.

La Internacional Argentina
Interrogados, finalmente, sobre las dificultades de lectura que puede experimentar un lector extranjero no familiarizado con el universo referencial de las novelas, los escritores coincidían en que la pertenencia a una determinada tradición literaria, histórica o política no hace sino contribuir a la diversidad de las lecturas.

Ciertamente, un lector del Facundo traducido al árabe no leerá el mismo texto que nosotros pero acaso su lectura capte algo que al lector local se le escapa.

Hacia el final de la mesa en la que se abordaban estas cuestiones, un lector francés arremetió contra el título de la última novela de Kohan: “¿Por qué decidió ponerle Bahía Blanca? Ningún extranjero va a entender”. Con humor, el autor le responde que, posiblemente, ese malentendido inicial haga de él un mejor lector de la novela de lo que podría ser un lector oriundo de Bahía Blanca. Es más –agrega-, “posiblemente el de Bahía Blanca sea el peor lector, estafado como podrá sentirse al descubrir que la ciudad de Bahia Blanca no se parece en nada a su ciudad real”. En un brote de infinita sabiduría, la mujer sentada al lado del impertinente lector francés (y que casualmente era de Bahía Blanca) se limitó a señalar que a ella le había gustado la novela.

miércoles, 16 de abril de 2014

El Salon du Livre de París 2014 (I)


Durante el mes de marzo pasado, la Argentina fue el país invitado al cada vez más alicaído Salon du Livre de París. Éste, que hace algunos años se extendía por dos semanas, se fue encogiendo y pasó, primero, a diez días y, después, a cinco, con la consiguiente merma de público. Digamos que, pese a sus 34 años de existencia, es una manifestación más de las tantas que celebran al libro en Francia, acaso uno de los países más lectores de la tierra, de la literatura propia y extranjera.

Esta última mención no es menor. Las cifras encuestadas por  el Observatoire de l’économie du livre du Service du livre et de la lecture de la DGMIC para los años 2011-2012 (que pueden ser leídas aquí: file:///C:/Users/Usuario/Downloads/Chiffres-cles_Livre_2011-2012%20(1).pdf ), hablan a las claras de la cantidad de títulos que se publican en Francia cada año  70.109 títulos en 2011 (o sea, +4,2% respecto de 2010) y 72.139 títulos en 2012 (vale decir, +2,9% respecto de 2011), en ambos casos, con tiradas promedio de 7.630 ejemplares.

Corresponde asimismo señalar que, del total de libros vendidos, en 2011 hubo un 15,9% (equivalentes a 10.226 novedades traducidas) y, en 2012, un 17,3% (que se corresponden con 11.313 nuevas traducciones). De acuerdo con las estadísticas del año 2012, estos son los títulos y porcentajes sobre el número total de traducciones:

1) inglés: 6.653 títulos, o sea un 58,8% del total),
2) japonés: 1.191 títulos (10,5%),
3) alemán: 5.754 títulos (6,7%),
4) italiano: 5.554 títulos (4,9%),
5) castellano: 5.403 títulos (3,6%),
6) lenguas escandinavas : 5.242 títulos (2,1%),
7) ruso: 5.117 títulos (1,0%),
8) neerlandés: 5.102 títulos (0,9%),
9) árabe 5.191 títulos (0,8%),
10) coreano 5.187 títulos (0,8%).

De todos estos números vale la pena retener que los 5.403 títulos publicados en 2012 corresponden a todos los países de lengua castellana, lo cual constituye una cifra ínfima respecto del total. Y no es que Francia no haya hecho bien las cosas. De hecho, el Administrador de este blog, realizó en 1985 una investigación sobre libros de autores argentinos traducidos en Francia entre 1890 y 1984. La lista, que se apoyaba en investigaciones previas (como la tesis de doctorado de Sylvia Molloy, por ejemplo), se completó con una serie de entrevistas con Héctor Bianciotti (a la sazón, responsable de la parte de castellano de Gallimard), Severo Sarduy (con igual puesto, pero en Le Seuil), Laure Bataillon (una de las más activas traductoras del castellano en Francia), etc. El resultado no pasaba los 250 títulos.

Esas mismas estadísticas fueron reforzadas algunos años más tarde, cuando Jean-Yves Merian creó Les Belles Etrangères, una manifestación que consistía en invitar a Francia a un grupo considerable de escritores de un país determinado (sin la mediación de las secretarías o ministerios culturales de los países en cuestión, lo que aseguraba una mayor transparencia) para que los autores elegidos se presentaran en toda Francia, impulsándose de ese modo la política de traducciones al francés. Toda Latinoamérica y España fueron invitadas a lo largo de varios años, y el número de libros traducidos efectivamente creció.

Luego, se acabó la imaginación y sólo quedaron las ferias del libro, entre ellas, el tan cacareado Salon que, con más pasado que presente, se convirtió en una suerte de mínima vitrina si se lo compara con, por ejemplo, las grandes ferias como Frankfurt, Guadalajara o Londres, acaso las tres más importantes de Occidente.

Ahora bien, a no engañarse: las ferias del libro no son la fuerza que impulsa la literatura, sino apenas un negocio. Principalmente, para quienes las organizan. Cualquier país que disponga de dos, tres o cuatro millones de euros –las tarifas varían de feria en feria– puede ser invitado y disfrazar la inversión de homenaje ajeno, aunque sea uno mismo el que lo paga. A decir verdad, se trata de un  curioso auto-homenaje donde todo está pautado, desde el precio del metro de stand, al valor de las pantallas o teléfonos que en él se instalen, los traductores (si fueran necesarios), los botellones de agua, los vasitos, y así sucesivamente hasta llegar a los clips (eso sí, el papel higiénico corre por cuenta del Salon du Livre).

En 2011, el Salon, que ese año “homenajeaba” a Escandinavia, decidió agregar a su celebración, y por lo tanto a sus arcas, una ciudad. Y fue el turno de Buenos Aires. Hubo una nutrida delegación de escritores y, al menos, desde el punto de vista del público, fue un gran éxito. De hecho, hubo colas de hasta una cuadra para esperar el autógrafo de Quino, charlas de éste con Hermenegildo Sabat, una extraordinaria mesa redonda sobre novela y política con Andrés Neuman, Oliverio Coelho, Hernán Ronsino y Martín Kohan, intervenciones de Alan Pauls, Damián Tabarovsky, etc.

Un año después, Lombardi decidió repetir, esta vez poniendo el énfasis en los humoristas e historietistas, y también hubo una buena acogida a los argentinos. Y en 2013, con el acento puesto en los 30 años de democracia en la Argentina y en la poesía nacional, hubo nuevamente una muy buena recepción. Fue justamente ese año, en que el presidente François Hollande y el ex Ministro de Cultura Jacques Lang pasaron por el stand porteño a saludar a Lombardi, cuando se vio a Jorge Coscia, Secretario de Cultura de la Nación, deambulando por los pasillos del Salon con la foto que se había sacado con la Ministra de Cultura francesa, sellando el compromiso de la invitación al Salon en 2014. Dicho de otro modo, todo parecía ser cuestión de tener una foto y que esa foto rebotara en la prensa local, aunque la suma que se fuera a invertir superara enormemente lo que había gastado en todos los años anteriores juntos el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. En una y otro caso, aclaramos que se trata de dinero público; vale decir, el recaudado con nuestros impuestos.

Para muchos de los editores franceses, éste Salon fue una operación más que conveniente: la Argentina pagó para que los escritores que ellos ya habían publicado se hicieran presentes en Francia y participaran en lanzamientos, mesas redondas y demás manifestaciones públicas, sin tener que invertir prácticamente nada. En otros casos, se trataba de tentar a hipotéticos editores para que, acaso deslumbrados por algún autor que no conocían, fueran a publicarlo. Pero, una de dos: el deslumbramiento se produce porque existió una lectura previa (puede tratarse de un informe de lectura, por ejemplo), o porque el autor, dominando perfectamente el francés, fue capaz de una performance extraordinaria que despertó curiosidad sobre lo que escribía. Y no se discute aquí sobre quién fue y quién debió ir (ese capítulo, aún no cerrado, ya tuvo suficiente eco en la prensa internacional), sino sobre la correcta evaluación de lo que le significa para el erario público esta curiosa aventura un tanto provinciana, cuyo reflejo parece fundamentalmente destinado a deslumbrar más a los argentinos que, en este caso, a los franceses.

Si bien es más que comprensible que quienes se beneficiaron con el viaje estén contentos y así lo digan (al fin y al cabo, Salon o no Salon, París es una ciudad deslumbrante), lo que hay que preguntarse es si como política pública tuvo sentido. Porque, al fin y al cabo, el hecho de que los libros de autores argentinos se exhiban en las vidrieras de las librerías (algo que, más discretamente, pasa todo el año) o que algunos de los invitados hayan pasado por la radio, no cambia nada. Más bien entra en las generales de la ley hasta que, para la semana siguiente, los diarios y revistas comenten la megaexposición de bonsai venida desde Japón, o el encuentro de coleccionistas de estribos mongoles, o la presentación del Ramayama con subtítulos en francés. Ésa es la dinámica, no otra.

Sin embargo, como contrapartida, el Programa Sur de ayuda a la traducción, surgido en el seno del mismo gobierno que propició la cruzada –pero no en el marco de la Secretaría de Cultura, sino de la Dirección de Cultura de la Cancillería– con muchos menos recursos y mucha más inteligencia sigue abonando la publicación de autores argentinos en el exterior. Dicho de otro modo, su presencia en foros internacionales tiene un valor inestimable, aunque no precisa viajar con más de cuarenta personas.

Finalmente, dado que la cobertura mediática publicada en los diarios argentinos dio cuenta de un número limitado de actos, este blog le ha solicitado a una serie de participantes y testigos de lo ocurrido en París que comentaran sus impresiones para completar la imagen. Es eso lo que se publicará en los próximos días.

Jorge Fondebrider

martes, 15 de abril de 2014

Olivia de Miguel conversó con Marietta Gargatagli


Ayer tuvo lugar una nueva reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y nos dimos el lujo de contar con Olivia de Miguel y Marietta Gargatagli. Ambas hablaron sobre la enseñanza de la traducción y su factibilidad, las diferencias que constituyen la figura del traductor en España y Latinoamérica, los traductores escritores y los traductores de oficio y otras cuestiones igualmente interesantes, tal como puede verse en este link: http://www.ustream.tv/recorded/46162187

Nacida en Logroño (La Rioja, España), Olivia de Miguel Crespo es licenciada en Filología inglesa y doctora en Teoría dela Traducción por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 1992 hasta 2013 ha sido profesora de traducción literaria en la Facultad de Traducción de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Desde 2001 es directora del Máster en  Traducción Literaria y audiovisual del IDEC/Pompeu Fabra. Desde hace unos años dirige también la versión on line del postgrado en traducción literaria del Idec/Pompeu Fabra. Ha dirigido la colección de literatura “Palabra de Mujer” de la editorial Global Rhythm Press. Es vicepresidenta de la Asociación de traductores ACEtt. Ha publicado Antología y Traducción de la poesía de Marianne Moore: una propuesta metodológica para la reescritura del discurso modernista norteamericano (Universitat Autónoma de Barcelona, 1998). Asimismo, Paradoja y genio: aforismos de Oscar Wilde (EDHASA, Barcelona, 1993), Poesía completa de Marianne Moore (Ed. Lumen, Barcelona, 2010), El despertar y otros relatos de Kate Chopin (Ed. Alba. Barcelona, 2011), Seis a-conferencias, de e.e cummings (Ed. Elba, Barcelona 2011),“La balada de la cárcel de Reading” en De profundis y otros escritos de la cárcel, de Oscar Wilde (Random House Mondadori, Barcelona, 2013), Ensayos de Henry James. (Ed. Lumen, Barcelona 2014), además de volúmenes de Joan Didion, Willa Cather, Edward W. Said, G.K. Chesterton, George Orwell, etc.

Marietta Gargatagli, profesora emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona, profesora del programa del Doctorado de Teoría Literaria y Literatura Comparada dela Universidad de Barcelona y del Postgrado on line de Traducción Literaria y audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Autora y coautora de artículos y libros sobre crítica literaria, traducción e historia de la traducción. Entre ellos: Borges y la traducción (UAB, 1993); La traducción en América Latina, Buenos Aires, Paidós/Typa, Buenos Aires, 2012; El tabaco que fumaba Plinio (con Nora Catelli, Serbal, 1998); Escrituras de la traducción hispánica (Universidad Austral de Chile, 2009); École, culture et nation (Université Paris X, 2005); Los traductores en la historia (Antioquía, 2005/Editions Unesco). Codirige 1611. Revista de historia de la traducción. Ha traducido, entre otras obras, Cartas del fervor de Jorge Luis Borges.


lunes, 14 de abril de 2014

Mientras Andrés Neuman piensa cómo se llama la maniobra que había que hacer, su traductor se ahoga con un pedazo de bife en Oklahoma

Andrés Neuman y George Henson
La siguiente entrada, poco menos que increíble –pero a Andrés Neuman le pasan estas cosas– fue publicada el pasado 4 de abril en el blog Microrréplicas, que es una suerte de bitácora sobre dónde anda la cabeza del agudo Andrés en cuestión. 

Speechless

Mientras cenábamos en espera del discurso final del Puterbaugh Festival, los comensales repartidos en floridas mesas como en las bodas, media Oklahoma masticando con moderada ebriedad, corbatas, pajaritas, escotes y collares, mi traductor George Henson soltó de golpe sus cubiertos y comenzó a toser y jadear y retorcerse. Intentó ponerse en pie, trastabilló, volcó dos vasos. Con los ojos muy abiertos, progresivamente enrojecido, movía los labios sin articular palabra. Enseguida apareció un profesor de lengua que alzó en brazos al corpulento George, con una facilidad menos atribuible al gimnasio que a la desesperación, y se puso a aplicarle violentos apretones. George no parecía reaccionar. Su mirada adquirió cierta fijeza vítrea, como la fotografía de un espanto. Sus facciones dejaron de temblar. El rubor de las mejillas dio la impresión de opacarse. Cuando lo tumbaron en el suelo para masajearle el pecho, di dos pasos atrás, intentando abarcar la desgracia, y me preparé para la aguda simpleza de lo peor. Los zapatos de mi traductor asomaban, divergentes. El silencio de la sala era quirúrgico. Noté cómo las lágrimas me pinchaban los ojos. Entonces las piernas de George se flexionaron, se lo oyó regurgitar, aullar, y finalmente se incorporó. La sala se elevó con él en un suspiro. Un bocado de carne le colgaba de la solapa, al modo de una rosa quemada en el ojal. En cuanto recuperó el aliento, miró a su alrededor y dijo con asombrosa calma: «I’m afraid I was enjoying too much my dinner». Corrí a abrazarlo. El profesor de lengua se retiró con la discreción calculada de los salvadores. Los invitados regresaron a sus mesas y la cena se reanudó. Además de reordenar nuestras prioridades, George nos recordó drásticamente otras tres cosas. Que los traductores merecen mucha más atención de la que suelen recibir. Que de ellos depende la respiración del relato. Y que, si algún día nos faltasen, de pronto el mundo entero se quedaría sin palabras.


viernes, 11 de abril de 2014

Noam Chomsky y el inglés caradura

El escritor uruguayo, Jorge Majfud (Tacuarembó, 1969) enseña en el College of Arts and Sciences de la Jacksonville University. Ayer, 10 de abril, publicó la siguiente columna de opinión en la contratapa del diario Página 12, de la Argentina. Aunque parezca rara su inclusión en este blog, hay que señalar que, finalmente, trata sobre la utilización de las palabras, ese instrumento del que nos servimos, entre tantos otros, los traductores.

Noam Chomsky y Tony Blair
se cruzan en el aeropuerto

En octubre pasado, Noam Chomsky dio una conferencia en la Universidad de Florida titulada Policy and Media Prism (Las políticas y el prisma mediático). Durante más de una hora, con su voz pausada y su incansable osadía de desarticular narraciones oficiales, Chomsky analizó el uso del lenguaje en la prensa tradicional, la información mutilada con fines políticos por parte de los medios que repiten y ocultan como estrategia para crear o justificar una realidad. “Si el público estuviese realmente informado no toleraría algunas cosas”, comentó. Al menos parte del público.

Si los estudiantes de lingüística lloran por la complejidad de sus teorías, por lo hermético y abstracto de algunas de sus explicaciones, el público general que asiste a sus conferencias no puede decir lo mismo: nada hay en ellas de abstracto; cada una de sus afirmaciones es concreta y precisa. Se puede estar en completo desacuerdo con las interpretaciones que hace Chomsky de la realidad, pero nadie puede acusarlo de ser elusivo, cobarde, complaciente o diplomático.

Rara vez se puede decir lo mismo de un líder mundial. Si sus acciones son bien concretas, sus justificaciones abundan en la vaguedad y la distracción, cuando no son meras construcciones verbales. Lo cual no deja de ser una trágica paradoja: aquellos profesionales de lo concreto son especialistas en crear mundos virtuales, construidos en su casi totalidad de palabras. Son ellos los más importantes autores de ficción de nuestro mundo.

Exactamente 24 horas más tarde y a unos pocos kilómetros de distancia, el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, dio su conferencia en una sala del Florida Times Union de Jacksonville. El día anterior recibí en mi oficina a alguien (un prodigio europeo al que estimo mucho y que conocía al líder británico) con una invitación especial para asistir.

En una elegante sala, Tony Blair se extendió por casi dos horas. A diferencia de Chomsky, Blair no bombardeó a los presentes con observaciones incómodas, sino con frases prefabricadas, complacientes hasta la indigestión, más una plétora de lugares comunes capaces de provocarle pudor hasta a un estudiante de secundaria. Todo sazonado con una dosis tóxica de bromas, algunas muy ingeniosas.

Ni siquiera tuvo un momento de autocrítica cuando alguien le preguntó si no se había sentido humillado por el fiasco de la guerra en Irak. Después de pensar por varios segundos, o fingir que pensaba para la risa de los que estaban allí, repitió el mismo menú de siempre: “Hay momentos en que un líder debe tomar decisiones difíciles...”. Una y otra vez, con palabras diferentes. En ningún caso consideró que el presidente o el primer ministro de una potencia mundial siempre tienen que tomar decisiones difíciles, que para eso están, pero que el hecho de que la decisión sea difícil no significa que estén excusados de cualquier error.

No obstante, ésta fue y ha sido repetidamente la actitud del ex premier británico: ni una sola vez en la noche tuvo una palabra de arrepentimiento, de autocrítica. Por el contrario, la misma soberbia de siempre: nosotros somos los que salvamos y cuidamos al mundo, los que debemos educar a las nuevas masas de jóvenes (los cambios demográficos fue uno de los temas que parecían preocuparlo especialmente) y somos tan buenos que hasta toleramos a los primitivos que no entienden lo que es una democracia. Nunca, jamás, el reconocimiento de toda la brutalidad antidemocrática de la que fueron capaces.

Ni una palabra que aceptara la posibilidad de algún error. El propio George Bush, con todas sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer que la guerra había sido lanzada en base a información errónea. Un error, compadre. El propio José María Aznar, con sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer sus limitaciones intelectuales. “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”, dijo en 2007 sobre los argumentos erróneos que se usaron para lanzar al mundo a una guerra de diez años.

El más dotado intelectualmente de la Santísima Trinidad que desencadenó el armagedón que costó cientos de miles de vidas y el descalabro económico, Tony Blair, en cambio, nunca tuvo este atisbo de humildad. Por el contrario, más de una vez repitió esa noche que no se arrepentía de nada. Su rostro parecía estar de acuerdo con sus palabras, que nunca alcanzaron el mínimo de autocrítica. Casi me daba la impresión de estar ante el Mesías, de no ser por su vocación de comediante: “Desde que dejé de ser primer ministro en 2007 he ido a Jerusalén más de cien veces. Mi esposa me dice que lo que cuenta no es la cantidad de veces que he estado allí, sino la cantidad de progreso que haya logrado en el conflicto. A veces ella no me estimula demasiado”.

Ninguna autocrítica. Ninguna palabra de arrepentimiento. Ninguna muestra de imperfección humana. Sólo una broma tras otra, como si en realidad de eso se tratase su trabajo: hacer reír al público, como en algunos circos del siglo XIX se hacía reír a los asistentes usando anestesia.

Es interesante que a los intelectuales disidentes se los califique invariablemente de radicales por el mero uso de palabras, mientras que a los líderes que sumergen en la guerra a pueblos enteros se los considere responsables y moderados. Seguramente la respuesta es la del comienzo: la realidad está hecha de palabras, aunque otros la sufren con los hechos. El divorcio y la contradicción entre realidad y palabra no sólo es una forma de justificar los hechos pasados sino, sobre todo, la mejor forma de preparar los que vienen.

Esto, que debería llamarse dictadura, se llama democracia. El problema, entiendo, está en la democracia, pero no es la democracia. Hay esperanza: todavía se puede estimular la crítica, ese motor original de la democracia, aunque sea con abono. Tiemblo de sólo pensar en el día que nos falte Noam Chomsky, ese gran amigo, ese gladiador de nuestro tiempo. Porque los Tony Blair van a sobrar. Eso es seguro.

No, Chomsky y Blair no se cruzaron en el aeropuerto de Jacksonville. Me reservo las palabras del primero sobre ese hipotético encuentro.



jueves, 10 de abril de 2014

De cómo Tusquets malogró a un autor y a dos traductores por la ineficiencia de sus editores

Andrés Ehrenhaus se le dio por revisar una traducción de Henri Michaux hecha por Jorge Luis Borges e intervenida por Cristobal Serra a instancias de Tusquets Editores y resulta este artículo que desafía la necedad de los editores y pone las cosas en su lugar... o, al menos, en algún lugar.

Michaux, Borges, Serra, reevangelizados
  
Los otros días, por razones que no vienen a cuento (y que, conociéndome, suelen ir de lo azaroso a lo inoperante), me puse a revisar la segunda edición de Un bárbaro en Asia, el maravilloso diario de viaje hipermétrope de Henri Michaux traducido, anuncia la portada de Tusquets Editores, por J. L. Borges. En la página del título, debajo de este insistente anuncio: “La traducción de la primera edición francesa es de J. L. Borges”, se añade un curioso párrafo aclaratorio: “La adaptación al castellano de la edición revisada y corregida por el autor en 1967 es de Cristóbal Serra”. Cristóbal Serra, mallorquí nacido en 1922, era un autor de los que en España se cataloga de “raros”, algo de lo que dieron cuenta incluso los obituarios cuando Serra hizo, a los 89 años, lo que Evaristo Carriego: “Muere Cristóbal Serra, el raro más raro de nuestras letras”, reza el títular de El Cultural del 6 de septiembre de 2012. Con esta taxonomía al uso, habitual en un medio literario que es alérgico y desconfiado por naturaleza, se suele purgar toda responsabilidad de sordera y ningunismo, como si fuera un consuelo ser ignorado por raro, o como si catalogar de raro más raro fuera algo que decir y no una fórmula vacía de compromiso, toda vez que siempre habrá lugar para el “raro más raro + 1”, y así sucesivamente, en la interminable secuencia infinitesimal del ninguneo.

Algo del germen de esa raridad ulterior que urticó a la crítica se atisba en las honradas palabras del mismo Serra: "Mi literatura no es una literatura de género. Para mí, los géneros no tienen fronteras definidas, sino que se interfieren, un fenómeno, por otro lado, característico de la modernidad literaria. Piense en el ocaso del verso a partir de Rimbaud. Ya no existen fronteras delimitadas entre prosa y poesía. El género no tiene en mí un carácter absoluto, de ahí la dificultad en clasificar mis libros. El mío es un libro de espacios trabajados, una literatura salteada y continua. Yo pertenezco a los fragmentarios como Montaigne o De Maistre. Una literatura que, como el periodismo, informa, pero a diferencia del periodismo posee una estética que, en mi caso, es la inventiva. No tengo nada en contra de la novela, sino del novelismo, de la exigencia de que todo lo escrito tenga carácter narrativo. ¿Por qué? Yo hago lo que hicieron los Evangelistas con Jesús, ese héroe discontinuo de los Evangelios" [citado por Vicente Luis Moras, Diario de Lecturas, septiembre de 2012].

No sé la crítica literaria y otros oficios culpófilos, pero la pequeña historia de la traducción tiene a Serra por un operador nada “raro” sino más bien prolijo, atento y aguerrido, con una lista envidiable de autores trasladados, como hizo Eneas con Anquises, a sus espaldas: Swift, Butler, Bloy, Blake, Jacob, Melville, Emerson, Lao Tse, Chuang Tsu (estos dos diría que pasados por el francés) y el propio Michaux, cuya traducción de Ecuador en la antedicha editorial Tusquets le pertenece. Dotado de tales antecedentes, es decir, de la rara virtud de la rareza literaria y de un buen ramillete de traducciones de fuste, no sorprende que en Tusquets delegaran en él la tarea de revisar la edición de Un bárbaro en Asia que Michaux había decidido revisitar treinta y cinco años más tarde y a la que no había, según se lee en el prólogo, hecho apenas “otra cosa que corregir cuatro nonadas”. Lamentablemente, no hay en esta segunda edición de Tusquets una nota del editor o del corrector/adaptador que aclaren qué parte de la traducción debemos enrostrarle a J. L. Borges y qué parte a Cristóbal Serra. Para despejar esta duda, al lector obsesivo compulsivo (o, como es mi caso, meramente curioso), no le queda otra que ir a la nueva edición francesa, cotejarla con la antigua y, luego, buscar en la española aquellos pasajes en los que se reflejan (o deberían reflejarse) los cambios originales; y aún así, uno no sabría a ciencia cierta a quién atribuir la traducción cuya autoría borgiana la editorial se apresura por destacar en cubierta.

Si volvemos a la aclaración de la página de títulos, donde se afirma que lo que pertenece a Serra es la “adaptación al castellano de la edición revisada y corregida” (cursivas mías) por Michaux, el misterio se ahonda. ¿Qué diferencia hay, para el editor responsable del volumen, entre “traducción” (atribuida a Borges) y “adaptación al castellano” (atribuida a Serra)? Porque, ¿en qué quedamos: tradujo Serra los pasajes y correcciones de la segunda edición o sólo los adaptó al castellano? ¿Y qué hizo con el resto? ¿No tocó una coma? ¿Podemos suponer entonces que los leísmos, el uso del vosotros como segunda persona del plural y la conjugación correlativa, así como algunas decisiones lexicográficas y prosódicas dispersas corresponden a la castellanización de la segunda versión, en cohabitación con la traducción de Borges? ¿Tradujo Borges al castellano o al español? ¿Quién trazó la línea y dónde? Porque abundan en el texto lo que en la edición española se suele estigmatizar claramente como argentinismos: prolijo en el sentido de ordenado y no de prolífico, escribano en lugar de notario, laucha por ratón, manteca por mantequilla, diferencias yo diría que idiosincráticas en el regimen proposicional, incluso alguna errata pudenda clásicamente argentina: ¿pudo Borges decantarse por eruptado para evitar la grosería del participio correcto?

Ojo, amigos. Que nadie se deje llevar por la maledicencia. Acá no estamos juzgando la calidad de una traducción o de una adaptación o del mish mash resultante sino tan sólo poniendo en tela de juicio la intención del editor y, por tanto, su responsabilidad lingüística y, en mayor medida, cultural, en lo que a ellas respecta. ¿Qué le encomendó exactamente Tusquets a Serra? ¿Quién en la cadena de edición no reparó en que trufar de leísmos una bomboplatillada traducción de J. L. Borges era un despropósito o, cuando menos, una mala broma borgiana? ¿Por qué se le tendió a un escritor y traductor honesto como Cristóbal Serra una emboscada tan inelegante? ¿Acaso porque se atrevió a identificarse (en cuanto a metodología narrativa) con los evangelistas? ¿Fue él el trufador de leísmos y vosotrismos o ya venía castellanizada la primera edición traducida por Borges? ¿A quién le sirve un libro en el que se encuentran y desencuentran sin concierto dos variantes de una lengua cuando el original está escrito en una única variante? ¿Hasta dónde, Catilina, puede llegar la naturalidad con que se reevangelizan (en cuanto a metodología correctiva), a veces distraídamente y otras con férrea convicción, los textos que produce el Otro, aún cuando ese Otro es tan reconocible como para funcionar a modo de reclamo en cubierta?

Perdemos la inocencia al advertir con desencanto que no leemos a Michaux cuando leemos una traducción de Michaux sino que leemos a Michaux traducido por X. ¿Qué perdemos entonces cuando advertimos con estupor que tampoco leemos del todo la traducción de X?