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lunes, 4 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores: una síntesis

Terminada la encuesta del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, a la que respondieron 50 traductores de la Argentina, Cuba, Chile, España, Estados Unidos, Gales,  Irlanda,  Italia, México y Uruguay, se le solicitó una síntesis posible a Leonora Djament,  Lcenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, quien  dicta clases de Teoría y Análisis Literario en la carrera de Letras de la UBA desde 1996. Para más datos, Leonora ha publicado numerosos artículos en revistas especializados y en libros, así como el volumen La vacilación afortunada. H.A. Murena: un intelectual subversivo (Colihue). Por si fuera poco, trabaja en el sector editorial argentino desde 1996. Allí se ha desempeñado como editora en Alfaguara, directora editorial del Grupo Editorial Norma y, desde fines de 2007 a la fecha, como directora editorial de Eterna Cadencia Editora.

"Escuchar las respuestas que cada texto propone"

La encuesta realizada por el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y las respuestas publicadas resultan sumamente estimulantes para reflexionar sobre los imaginarios en torno de la lengua. Tres fueron las preguntas enviadas a 50 destacados traductores de diversas partes del mundo. La primera y la segunda pregunta –“¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?” y¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción?apuntan a pensar en torno de la naturaleza de eso que llamamos “traducción”. La tercera pregunta –¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?– invita a pensar sobre el estatuto del traductor en nuestra sociedad.

La primera pregunta es bien precisa en el sentido de que evita establecer una oposición tajante entre traducción y escritura y, en cambio, interroga sobre el suelo común de ambas y sobre las zonas en donde estas se diferencian. Siguiendo esta mirada propuesta por la pregunta, casi todos los encuestados encuentran similitudes y diferencias entre ambos tipos de textos. Sin embargo, la mayoría se inclina por pensar que son más las zonas comunes o, inclusive, más radicalmente, que traducción y escritura tienen la misma entidad.

Sáenz, por ejemplo, es uno de ellos y sostiene que no hay diferencia alguna entre traducción y escritura: “Traducir y escribir son una misma cosa”. Gianera  y Imbrogno argumentan en la misma dirección: “Traducir es escribir y escribir es traducir mundos posibles”. Y, de hecho, Imbrogno sostiene que cuando una traducción no es buena, es justamente porque le falta escritura. Fortea agrega que “la traducción es escritura literaria, de un género literario al que denominamos traducción”. Pura convención social, entonces: de la traducción como un género más.

Vogelfang ensaya una definición sumamente interesante y concluye que el suelo común entre traducción y escritura es una misma concepción sobre la lengua: “Traducir es, en cierto sentido, hacerle a la lengua que se traduce lo que la lengua original le hace a su propia lengua”. Pero Vogelfang da un paso más y tuerce la argumentación de un modo novedoso en esta encuesta: no pensar ya en qué se parece la traducción a la escritura, sino “cómo hacer [para] que se parezcan” y en ese sentido se vuelve imperioso repensar “cuánto hay de traducción en la propia escritura”. Esto nos conduce, por supuesto, a la cuestión del estatuto del “original”. Así, Orensanz (y también Serrano) desbarata completamente la pregunta y la concepción tradicional de texto original y traducción para sostener que la noción de “original” no solo es problemática sino que muchas veces es la traducción la que ha consolidado o, incluso, creado el original.

Ahora bien, con la misma convicción, pero en sentido opuesto, Magnus es uno de los que sostiene de modo más contundente que traducción y escritura son dos cosas bien diferentes (“los parecidos son prácticamente nulos. Se escribe en el abismo, mientras que se traduce siempre en suelo firme”). Otros ejemplos de las diferencias entre escritura y traducción son las siguientes oposiciones, expresadas muchas veces con metáforas ingeniosas: creatividad vs. horror al vacío; libertad vs. ser un turista en un mundo creado por otro (Benseñor);  jam vs. recital (Nowodworski), masturbación vs. sexo de a dos (Campos). Dimópulos aprovecha un ejemplo de traducción de ensayo para explicar cómo si bien escritura y traducción se parecen, se diferencian en la creación y pone este ejemplo: traducir bien a Heidegger no significa pensar como Heidegger.

Podemos decir que cada una de estas respuestas esbozadas conlleva una fuerte concepción sobre la lengua, sobre el sujeto y sobre el sentido. Quienes sostienen, como Camerotto que “para alcanzar esa ecuación [se refiere al “espíritu del original”] debemos saber qué pensó el poeta y cómo lo pensó”, reivindican una relación de transparencia del lenguaje donde un escritor expresa ciertas ideas y éstas pueden ser captadas y transmitidas en la lengua de llegada. Otros traductores, entendiendo al lenguaje en su carácter de mediación, piensan la traducción como un modo en el que “los lectores perciban el texto, emocional y artísticamente, de un modo que se corresponda con la experiencia estética que tuvieron los lectores  de la obra original” (Solari). O sea que lo que habría que recrear es más una experiencia que la transcripción de una suma de palabras. En el otro extremo de las respuestas, la lengua se vuelve absolutamente opaca, la escritura es puro artificio, la literatura es puro palimpsesto.

Si bien personalmente tiendo a estar más cerca de esta última postura, me resulta sumamente importante el llamado de atención de Varacalli Costas quien sostiene que “es inevitable que la respuesta [a la pregunta 1] se centre más bien en las diferencias [entre traducción y escritura] que en las similitudes. Desnudar la escasa inocencia de esta pregunta no es superfluo: pone en evidencia una aspiración a jerarquizar una actividad que por su interés intrínseco no necesita equipararse con aquello que precisamente le da sustento e identidad”. De la misma manera que me parece importante sostener hoy, en términos estéticos y políticos, cierta autonomía de la literatura (aún sabiendo que se viaja a contramano), creo que no es mala idea sostener cierta especificidad de la traducción, para rescatarla de la indiferenciación dudosa o naturalizada y repensar su especificidad y responsabilidad (cuestión esta última que me resulta personalmente interesante y que solo es mencionada por Serra Bradford): la cantidad de decisiones estéticas, políticas y culturales que un traductor toma ante cada palabra que traduce. 

En este sentido, la segunda pregunta, (“¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción?”) viene a interrogar justamente qué significa que un texto sea una traducción y qué hacer con este carácter. Hay que decir de entrada que la mayoría cree que debe “notarse”. Sin embargo, podríamos decir que las respuestas más interesantes son aquellas que no terminan de aceptar la disyuntiva planteada por la pregunta.  Desgranemos todo esto.

Hay quienes sostienen que no debe notarse que un texto es una traducción. Debe “engañarse” al lector (Mascaró); una buena traducción no grita a los cuatro vientos: “¡Soy una traducción!” (Imbrogno); Gwyn cree que los que dicen que se debe enfatizar la traducción “solo sirve para distraer o irritar. Está claro desde la tapa que se trata de una traducción y con eso debe alcanzar”. Extremando las cosas, Lewin plantea una naturalización de la lengua donde Homero Simpson habla en mexicano y eso es lo que nos resulta normal. Alejandro González directamente se pregunta “¿qué se supone que le aporto al lector haciéndole “notar” que está leyendo una traducción?”. Y agrega que ni siquiera las antiguas unidades de medidas utilizadas en el original habría que mantener y así extrañar al lector o tener que utilizar una nota a pie para terminar diciendo lo que no se quiso poner el cuerpo del texto. En el mismo sentido Iriarte sostiene que los textos deben leerse con absoluta fluidez, pero propone algo interesante: que toda traducción tenga un “prólogo a la traducción” donde se especifique la estrategia seguida. De modo que hacia dentro del texto, podríamos decir, se trabaja la máxima fluidez y hacia fuera, en los paratextos, se explicita el carácter de traducción y se visibilizan las estrategias.

Hay otro grupo de traductores que creen que la respuesta depende exclusivamente del contexto, del sistema cultural, del lector (Carmignani), "dame un contexto y haré milagros" (Santana).

En la vereda de enfrente están quienes creen que la traducción debe notarse. Montezanti acuerda, entendiendo además que se trata de una práctica actual, fuertemente influida por las nociones de autoría, originalidad y derechos de propiedad”.

Ahora bien, ¿por qué sostienen estos traductores que debe notarse el carácter de traducción? Algunos (Ehrenhaus o Solari) creen directamente que no se puede no ocultar. Campos, por otro lado, apunta: “Si algo ha de notarse, es que se trata de un texto traducido, porque el mérito más alto al que debe aspirar un traductor es el de introducir momentos nuevos en los moldes de pensamiento de su cultura, en las estructuras de su lengua”. En el mismo sentido Dimópulos apunta: “La traducción es una puerta abierta a que una lengua diga cosas que, por sí sola, quizá sería incapaz de decir. Y solo las puede decir en el espacio de la traducción, por la invitación que nos hace la otra lengua a pensar distinto el problema de la expresión y del lenguaje en relación con el mundo”. Santana cree que “la traducción debe enriquecer la lengua de llegada, y por tanto no debe ocultarse bajo la apariencia de esa falsa fluidez que tantas editoriales y revisores buscan.”

Finalmente, en relación a la última pregunta de la encuesta, prácticamente todos responden que no debe ser más visible el traductor que la traducción. Hay un acuerdo general en que el traductor, de la misma manera que el autor de un texto en su idioma original, pierde relevancia frente al texto mismo. Sin embargo, resulta provechoso señalar algunos matices a esta respuesta más o menos homogénea.

Varios traductores (Benseñor, Carmignani, Santana, Solari, Camerotto) aprovechan esta respuesta para plantear cuestiones “gremiales” y recordar el estatuto legal del traductor según las legislaciones vigentes en materia de propiedad intelectual y derechos de autor en la mayoría de los países, cuestión no siempre respetada por las editoriales. Carmignani (y también Benseñor) agrega que la invisibilidad del traductor debe ocurrir dentro de la traducción. Sería como sostener: hacia afuera del texto, debe regir la visibilidad para lograr mejoras en las condiciones de trabajo (honorarios, plazos de entrega); hacia dentro del texto, autonomía de la obra e invisibilidad del traductor.

Laura Fólica sugiere “situar al traductor en el entramado de fuerzas sociales que lo tensan, distienden o tienden hacia lados, gustos o discursos”. Cada una de las respuestas propuestas por los traductores en esta encuesta permite visibilizar ese entramado de fuerzas sociales. Debemos recordar que toda definición o respuesta es siempre provisoria y dice tanto sobre un momento histórico determinado como sobre lo que el traductor cree que responde. Solo en un período donde todavía siguen vigentes las nociones de autoría y originalidad, pero a la vez donde después de por lo menos dos siglos esas nociones empiezan a resquebrajarse, tienen sentido las preguntas aquí formuladas y las respuestas esbozadas.

Distintas concepciones sobre la lengua, sobre la naturaleza del trabajo, la función social del traductor, sus cuestiones gremiales y legales, la aparente oposición entre original y traducción son algunos de los enigmas que quedan formulados, silenciosos, en todo texto y depende de nosotros saber escuchar las respuestas que cada texto propone.

domingo, 3 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores (25)

Con estas dos respuestas, concluye la encuesta para traductores del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

Anna-Kazumi Stahl 
Estadounidense, de ascendencia japonesa y alemana, reside en Buenos Aires desde 1995.  Escribe ficción y enseña escritura creativa y literatura. Estudió ciencias políticas y filosofía social, luego se especializó en letras, recibiendo el doctorado en 1995 de la Universidad de California Berkeley. Al radicarse en Buenos Aires, se dedicó a la escritura de ficción, para la que utiliza el castellano, su idioma adoptivo. Ha publicado dos libros de narrativa (Catástrofes naturales [Sudamericana, 1997] y Flores de un solo día [Seix Barral, 2003]), además de numerosos textos breves para antologías y periódicos. Ha traducido del castellano al inglés textos de estudios culturales (por ejemplo, Modernidades Primitivas: Tango, Samba y Nación de Florencia Garramuño para Stanford University Press) y crítica de arte (ensayos sobre Siquier y De Volder para Adriana Hidalgo Editora), además de varios guiones de cine para directores/guionistas como Hector Babenco con Ricardo Piglia, Jana Bokova con R Piglia, y Lucrecia Martel. Trabajando en conjunto con su madre, Tomiko Sasagawa Stahl, ha traducido del japonés dos ensayos del antropólogo japonés Michitaro Tada: Gestualidad japonesa y Karada: el simbolismo del cuerpo en la cultura japonesa. Actualmente enseña en NYU-Buenos Aires y MALBA. 

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura?¿En qué se diferencian?
Antes que nada, quisiera aclarar que no me considero una traductora literaria. Tengo a los traductores literarios en altísima estima justamente porque, habiendo yo traducido dos novelas (del castellano al inglés), comprobé cuán compleja es aquella labor.

Lo que sí he traducido con mayor fluidez es el género del ensayo (crítica literaria o pensamiento sociológico /filosófico)  y –aunque sean tal vez en extremo diferentes– varios guiones de cine. Dentro de esos límites entonces, respondo la pregunta: personalmente no creo que la traducción y la escritura se parezcan. Quizás pueda considerar que comparten una etapa en la que se parecen, refiero la de la revisión y el pulido. Pero es lo de menos. La escritura va de la nada a algo, la traducción va de algo a algo. La escritura tiene mucho de desbocado, de andar por caminos sin sentido aparente, inexplorados, de descubrimiento, de exigir la inversión de mucho tiempo en un proceso que busca  acaso ir esclareciendo áreas (de las que algunas/muchas uno luego tal vez descubra, no tienen relevancia o la perdieron en algún momento durante el proceso creativo).

Por otro lado, sí que he podido presenciar algo del trabajo y los procesos que realizan algunos traductores literarios a quienes considero genuinamente virtuosos – esto es porque tengo un especial interés en la literatura en traducción, en los circuitos transnacionales de obras originalmente arraigadas en culturas definidas por, entre otras cosas, prácticas específicas de lengua, y en los efectos que pueden tener esos traslados sobre algunos significados o algunas “auras” que pueden contener/transmitir la obra en traducción. Considero este tema algo importante para  analizar. Sin dudas para mí que el trabajo del traductor y la naturaleza de la literatura en traducción necesitan ser difundidos, revalorados, y también fomentados.
 Tuve oportunidades para observar de cerca y/o preguntar en detalle por el trabajo (incluso el “detrás de bastidores”) que es traducir una obra literaria – pude dialogar con traductores literarios realmente excelentes, únicos y geniales, por ejemplo Selma Ancira (del ruso), Alberto Silva (del japonés), Marcelo Cohen (del inglés)… Y seguí con asombro y fascinación, con profunda admiración y agradecimiento, lo que expresaban (en entrevistas o en escritos autobiográficos) los grandes traductores del japonés al inglés: por ejemplo, Donald Keene y el actualmente activo Royall Tyler. También seguí las reflexiones publicadas por traductores de renombre que trabajan entre español e inglés, como Suzanne Jill Levine (autora de The Subversive Scribe), Edith Grossman (quien escribió Why Translation Matters), Gregory Rabassa (If This Be Treason: Translation and Its Dyscontents), y sigo las traducciones que hacen actualmente Chris Andrews, Esther Allen, Nicholas Caistor…

Desde mi perspectiva, este tipo de traductor con un don particular, el justo para su tarea, me resultan parecidos a escritores en cuanto a la evolución de su obra, la posibilidad que tiene la obra de ellos de producir una voz identificable – a su vez la del autor, inconfundiblemente, pero también un tono propio, una cualidad (¿tal vez sonora?) que marca traducciones hechas por esta y no otra persona.

 Los traductores literarios realmente talentosos me resultan acaso un poco unheimlich, con un sesgo enajenante como tiene (para mí) un ventrílocuo (con la musculatura tensionada en la cara, a su vez calma y esforzada, mientras detrás de los labios falsamente inmóviles surgen sonidos precisos y exaltados, llenos de énfasis, con una puntería insistentemente certera pero sin origen explicitado).

 No conozco escritor que me resulte comparable a un ventrílocuo, aunque he escuchado o leído a varios en entrevistas o textos autobiográficos describir que “oyen” a sus personajes. Me llamó la atención cuando vi en el epígrafe que puso Alice Walker en una novela suya, que agradecía a los personajes “por haber venido”.

Cuando traduje sola (digo así porque también he traducido con mi madre y es otro, profundamente otro, el proceder en ese caso), lo hice como el modo de una persona empleada para desempeñarse en el cuerpo diplomático, charlando lo más que pude con el autor acerca de su visión y sus preferencias al tener su escrito llevado a otro idioma, como si los dos idiomas fueren territorios ajenos, no necesariamente enemigos pero por cierto tampoco primos o parientes cercanos. Así que me sentí en un largo proceso de mediación, buscando el acercamiento mutuo pero sin pretender disolver la tensión derivada de diferencias demasiado patentes… Hice lo que pude – no hubo guerra pero tampoco fusiones.

Al traducir en equipo con mi madre (del japonés al inglés, a veces también al castellano), nos soltamos mucho más de aquel terreno en el que la mediación entre dos cuerpos diferentes fuese primordial y palpable, concebida como garantía de fidelidad en la traducción. Nos fuimos lejos del original, debatiendo maneras de comprender ciertas posturas que se supone subyacían la manera del autor de usar tal o cual término en japonés. Nos surgían debates largos y revoltosos, raros y muy distraídos a veces de la tarea puntual del párrafo o la frase tal o cual… En esos debates empezaron a aparecer opciones que no habíamos percibido ninguna de las dos por nuestra cuenta. Eso porque, en el vínculo de cercanía y de confianza que teníamos como madre e hija, podíamos debatir una cuestión de interpretación de una palabra o de un pasaje con todo, sin importar si mediáramos bien o mal a fin de cuentas – entre madre e hija la idea era ganar el debate, cada una convencidísima de su versión, hasta que finalmente aparecían – en esos puntos controvertidos – terceras, cuartas, quintas opciones, antes inexistentes. Creo que uno no trabaja así cuando está solo. Es extremadamente ineficiente y carece de seguridad (no tiene ninguna garantía) que fuere a resultar en opciones que son mejores que las que son comunes, las primeras en surgir del diccionario o en el bilingüismo.  En fin, hicimos una versión para lectores occidentales de un texto escrito con sobre-entendidos que serían captables sólo para japoneses, acaso para orientales, porque vivíamos (vivimos) un tira-y-afloje entre esas dos culturas/mentalidades entre esas dos lenguas en nuestras vidas personales, y eso influyó en la traducción. Creo que por bien, en el caso de los libros que tradujimos. Pero era lejos de un modo razonable de trabajar – horas en llamados internacionales, minuciosidad sobre puntos que nos importaban (o nos molestaban por cómo lo quería expresar la otra mitad del equipo) pero que no eran necesariamente los pasajes más importantes de la obra, etc etc etc.

 2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Creo que lo que haría notable la traducción como tal o, en cambio, lo que podría llegar a permitir que se ocultase por completo es una cualidad que debe ser inherente en el original, por lo que no pasaría por cuenta del traductor y cómo trabaja.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Creo que el traductor debe ser visible pero no mientras uno lee. Es decir, creo que es bueno que el traductor sea visible y reconocido por su labor y sus dones. A su vez creo que la traducción es mejor cuánto más imperceptible, y así el texto se lee con tanta naturalidad en el idioma de destino como en el idioma de origen. (…salvo que sea una función del original que se note el factor de un “discurso traducido” o una “obra trasladada de un terreno a otro”…).



Daniel Varacalli Costas 
Nació en Buenos Aires en 1970. Es traductor público de inglés graduado en la Universidad de Buenos Aires (1994) y realizó paralelamente cursos de traducción literaria en la Asociación de Ex Alumnos del Lenguas Vivas y Asociación Argentina de Cultura Inglesa. Como periodista y crítico musical activo desde 1990, realizó numerosas traducciones para el diario La Prensa, donde fue editor de Espectáculos y Cultura hasta 1998 y para otros medios especializados. En sus gestiones en el Teatro Colón, cuya Revista dirige actualmente junto con el área de Publicaciones, ha realizado y editado con frecuencia traducciones de textos líricos del inglés, el francés y del italiano para los programas de sala, y ensayos para la Revista. Privadamente ha trabajado textos de Poe, Whitman, Capote, Pavese, Melville, los sonetos de Shakespeare, entre otros autores.

1)  ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Parece evidente que la pregunta planteada no se dirige a indagar si traducir es componer un texto, dado que en tal caso la respuesta sería tan obviamente afirmativa como inocua; más bien se plantea  si es posible homologar la traducción con el acto creativo de escribir, en cuyo caso es inevitable que la respuesta se centre más bien en las diferencias que en las similitudes. Desnudar la escasa inocencia de esta pregunta no es superfluo: pone en evidencia una aspiración a jerarquizar una actividad que por su interés intrínseco no necesita equipararse con aquello que precisamente le da sustento e identidad: la existencia de un texto de origen, autónomo e imposible de tergiversar en cuanto tal. 

El intento de equiparar traducción y creación se acerca peligrosamente a lo que sucede en el ámbito de la música académica o de tradición escrita, donde el intérprete ha cobrado más importancia que el compositor. Hasta mediados del siglo pasado era frecuente en el ejercicio de la crítica musical que al intérprete se lo llamara “traductor”, y a su tarea de volver sonidos los signos escritos “traducir”, pero esta costumbre ha ido perdiendo vigencia en la misma medida en que el crecimiento de la entidad del intérprete ha ido en aumento, a tal punto de competir con el autor o directamente fagocitarlo. Me parece que conviene ser claro en esto: traducir, como interpretar, es una actividad parasitaria. Soslayar esto es acompañar la declinación de la creatividad. Traducir Los miserables no es escribir Los miserables; dirigir la Quinta sinfonía de Beethoven no es componerla. No se trata de determinar aquí qué actividad es más fácil o más compleja, sino de no desvirtuar aquello que la da fundamento y sentido al acto de traducir, que es el previo acto de crear. Que ninguna creación sea ex nihilo y que la mayoría de las creaciones carezca de suficiente valor simbólico para dejar su marca en la cultura, y que haya traducciones que sí lo logren, es otra historia. Escribir, como forma particular de creación, es debatirse entre la tensión generada por la necesidad inexorable de dialogar con la tradición y la paralela necesidad de transgredirla para no confundirse con ella. La tensión del traductor se debate en un marco mucho más estrecho: su propio campo de trabajo –un texto dado-, un límite que a partir de su estricta compresión hace de traducir un acto único e inconfundible.

2)  ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
 Me parece inaceptable que se “oculte” que un texto sea una traducción, cualquiera sea el género desde el cual se traduzca.  Poner en evidencia la actividad del traductor es lo que la hace legítima. Por otro lado, sus marcas serán inevitables.

3)  ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Por supuesto que no, del mismo modo en que el autor no debe ser más visible que su obra. Aquí sí creación y traducción corren el mismo riesgo.


sábado, 2 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores (24)

En la anteúltima entrega de esta encuesta, una traductora irlandesa y un traductor argentino.

Lorna Shaughnessy
Aunque nacida en Belfast (Irlanda del Norte), vive en County Galway (República de Irlanda), donde enseña en la universidad local. Como poeta ha publicado Torching the Brown River (2008) y Witness Trees (2011). Como traductora, ha publicado fundamentalmente poesía; entre otros autores, Pura López Colomé, María Baranda, Manuel Rivas, Chus Pato, etc.

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura?  ¿En qué se diferencian? 
Evidentemente la traducción literaria (y sobre todo la de poesía) exige no sólo conocimientos lingüísticos muy desarrollados, sino también una sensibilidad literaria muy desarrollada, y la misma amplitud de formación como lector en la literatura de ambos idiomas de la que necesita cualquier escritor. También son importantes los elementos lúdicos y de riesgo. Como cualquier escritor, el traductor tiene que saber ‘jugar’ con las palabras, y también arriesgarse para sacar resultados.
 ¿En qué se diferencian?  La traductora no tiene la misma angustia de empezar enfrentada a la página blanca, pero, por la misma razón, tampoco tiene tanta libertad, y tiene que trabajar dentro de esquemas y estructuras ya definidas por la autora. Hay que ser contorsionista a veces, y saber hacer malabarismos. A pesar de no empezar con la página blanca, yo diría que la traductora se arriesga más aún que la escritora. 

 2) ¿Debe ocultarse o notarse el hecho de que un texto sea traducción de un original? 
No me han resultado conceptos útiles a la hora de decidir estrategias par traducir. Como todas las prescripciones son excesivamente absolutas. Para algunas cosas habrá que ser invisible, para otras (quizá para aprovechar una posible compensación en el idioma de destino) más visible. En mi experiencia  la mayoría de los escritores no quiere que su obra sea traducida de una manera foreignising.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción? 
No. El momento en que ocurra, la traducción se convierte en versión. Para mí son dos cosas diferentes. Me encantan las traducciones que Paul Muldoon hizo de Nuala Ni Dhomnaill, por ejemplo, pero se han convertido en versiones de poemas de ella "en el estilo de’" Muldoon.

Eduardo Berti
Nacido en Buenos Aires, en 1964, ha publicado los libros de cuentos Los pájaros (1994, Premio-beca de la Revista Cultura) , La vida imposible (2002, Premio Libralire) y Lo inolvidable (2010), los aforismos y mini-prosas de Los pequeños espejos (2007) y las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999, finalista del Premio Fémina), Todos los Funes (2005, finalista del Premio Herralde), La sombra del púgil (2008) y El país imaginado (2011/12), Premio Emecé 2011 y Premio Las Américas 2012. Como antólogo ha editado Nouvelles, antología del nuevo cuento francés (2006), Galaxia Borges (2007, en coautoría con Edgardo Cozarinsky) , Galaxia Flaubert (2008) , Los cuentros más breves del mundo, de Esopo a Kafka (2009), Fantasmas (2009) e Historias encontradas (2010), entre otros. Es director literario de la editorial La Compañía. Ha traducido los cuadernos de apuntes de Nathaniel Hawthorne, los Cuentos glaciales de Jacques Sternberg, el ensayo Novelas y novelistas de Harold Bloom, las Memorias de Joseph Grimaldi de Charles Dickens, Con Borges de Alberto Manguel y diversas novelas como Lady Susan, de Jane Austen, La muerte del corazón, de Elizabeth Bowen, o Gabrielle de Bergerac, de Henry James.


1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
 La traducción es escritura. No se puede traducir sin tener dotes de escritor. Pero hay ciertas dotes necesarias para escribir que el traductor no usa: son las que atañen a la invención “desde cero”o “totalmente libre” (entre comillas, claro) de un  texto. La escritura “de escritor”, desde ese punto de vista, es creación. La escritura “de traductor”, desde ese punto de vista, tiene más de re-creación: escritura propia a partir de una escritura ajena. Aunque el símil no sea totalmente exacto, suelo comparar a la escritura con la tarea creativa de los compositores musicales y la traducción con la tarea creativa de los intérpretes. De hecho, a veces me pasa que me siento frente al teclado, abro el libro que estoy traduciendo como si fuera una especie de partitura y me digo: “Bueno, toquemos un poco de Flaubert esta mañana…”.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
 Resulta vano e imposible ocultar que un texto es una traducción. Y no veo la conveniencia ni la razón para hacerlo. En contrapartida, me molesta (como lector) cuando una traducción está saturada de “contaminaciones” de la lengua original: galicismos, anglicismos, etcétera. O sea, cuando se transparentan demasiado el texto y la lengua original y no hay verdadera recreación. En cambio, lo admito, no me disgusta cuando hay leves “marcas”, ligeras pistas, que no ocultan las huellas y los sabores originales… Lo ideal, a mi juicio, es un difícil término medio. Es decir, no caer tampoco en una “estandarización” del estilo personal del autor en nombre del supuesto ideal de que “no se note” que es una traducción.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
 ¡No! Yo prefiero, de hecho, que el traductor sea lo más invisible posible. La reina es la traducción. Es, en el fondo, como en los partidos de fútbol: cuánto menos visible es el árbitro, menos conflictivo es el arbitraje y mejor se nos hace el partido. Ya sabemos, claro, que hay árbitros “sacapartidos” que tratan de pasar inadvertidos a cualquier precio… Pero no hablo de eso. Hablo de una buena y concienzuda tarea que, en consecuencia, se haga poco y nada visible.


viernes, 1 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores (23)


Matías Serra Bradford
Nacido en Buenos Aires en 1969, es escritor y traductor. Ha colaborado en diversos medios de la Argentina, en Crítica de México y en la revista inglesa PN Review. Fue el editor y traductor de Si mi biblioteca ardiera esta noche, un volumen de ensayos de Aldous Huxley, y de La isla tuerta, una antología en la que seleccionó a poetas británicos de los últimos sesenta años. Tradujo también a John Berger, Iain Sinclair, F. Scott Fitzgerald y Patricia Highsmith. Este año se publicarán otras dos traducciones: una selección de cuentos de Huxley y una antología del poeta Michael Hamburger. Es autor de las novelas Manos verdes y La biblioteca ideal.

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
A un traductor le cuesta hablar. Acaso sea por eso que busca algo dado, ya dicho. Pero voy a intentar decir algo, traicionando la regla que le impide a un traductor arriesgar metáforas propias. En el mejor de los casos la escritura original –en todas sus acepciones– lleva al lector –niño ávido– a conocer el mar. Una traducción, en cambio, ofrece una pequeña modificación en el escenario: lleva al lector a conocer el mar, pero en esa otra costa se trata de un mar sin olas. Para ser más obvio: del original a la traducción lo que se pierde es cierto movimiento, una modulación única. La ventaja del traductor es que, excepto que haya leído el original, el lector no sabe que existe un mar más bravo. Y al fin y al cabo una traducción decente no deja de ser un mar visto por primera vez.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Debe notarse que está bien escrito, que se domina el idioma al que se tradujo un poema, una novela; debe ocultarse el esfuerzo por lograrlo. No hay nada más inelegante que la prosa de un estreñido. La traducción es una novela de fantasmas. El que traduce, como el que corrige, vela por otro (como si todos los escritores que se traducen estuvieran muertos.) De ahí que la traducción no sea un trabajo conveniente –no se tome esto por un juego de palabras– para los afectos a pasarse de vivos. Tal vez por eso la traducción sea en primera y última instancia una cuestión moral. La irresponsabilidad consentida y la culpa son las dos sombras de un traductor que se escuda en una remuneración injusta o insuficiente. Hay que traducir como si uno no necesitara la plata. La plata lo trastoca todo: la responsabilidad, los plazos, la velocidad. El afecto. Quiero decir: un traductor medianamente honesto sabe perfectamente bien cuándo se está pasando de la raya. De este lado de la traición casi todo está permitido; más allá, ni un solo paso (no se le puede hacer eso a dos criaturas indefensas, un escritor que generalmente no conoce el otro idioma y un lector que en la mayoría de los casos no tiene en las manos una edición bilingüe).
Siguiendo una idea del gran traductor Edward Seidensticker, se podría ver al traductor como un falsificador de dinero, uno que debe imitar el original hasta el último detalle. El esfuerzo es considerable porque esos rectángulos de papel deben ser válidos –ser aceptados como verdaderos– en otro lugar. Pero vamos a algo más puntual, más preciso. (A propósito, es exacto y sugerente lo que dijo Mauricio Kagel con relación a su adopción de la lengua alemana: “agradezco no tener que escribir en mi lengua nativa, eso me ha obligado a expresarme con más precisión”. Algo similar buscó Beckett al pasarse al francés.) Una de las claves de la lectura es el tono que el lector le adjudica a lo escrito. Con qué tono debería leerse una oración, una línea de diálogo, decide el efecto de las sutilezas pensadas o intentadas por un autor. Y este puede dar pistas acerca del tono –en su lengua original– que trasladadas a otro idioma es probable que se debiliten o desaparezcan. El tono oral permite decir cosas terribles con la mayor simpatía posible y serán entendidas y toleradas; la oralidad puede mantener dos discursos a la vez, mientras que lo escrito –y lo traducido, menos– no puede permitírselo porque el tono lo interpreta y decide el lector; de ahí que la lectura sea un aprendizaje que no tiene fin. Esto se puede pensar desde otro lugar si uno no pierde de vista la diferencia que hacía Spinoza entre significado y verdad. Poseer uno no garantiza la posesión de la otra. Esta distinción es clave para la tarea del traductor. No es una abstracción: influye directamente sobre las decisiones que se toman, con respecto a una palabra o una frase entera. Es un modo de trasladar, o correr un poco, hacia una zona más profunda, y desde ya más pantanosa, el vaivén entre literalidad y recreación, entre discreción y virtuosismo.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Si el resultado terminó siendo presentable, el traductor se habrá comportado  como es preferible que lo haga: fuera de escena, lamiéndose como los gatos. Cuando sé que hay algo fallido me consuelo creyendo que también una mala traducción despierta la imaginación del lector (lo hace trabajar más). A un traductor no le conviene haber nacido católico: las mortificaciones no cesan. Anoche soñé que un editor catalán, de apellido compuesto y unánimemente vestido de negro –la camisa era la misma, sin lavar, con la que había aparecido en otro sueño, dos días antes–, me señalaba en un cóctel y aumentando el volumen de voz le decía a un compinche: “otro nilingüe, no habla ni castellano ni español”.

Lucrecia Orensanz
Es traductora mexicana independiente desde hace veinte años. El azar la ha llevado a especializarse sobre todo en textos de historia, o en general de humanidades. Integró el grupo que realizó el volumen de entrevistas De oficio traductor. En 2012 ha creado el Círculo de Traductores, de México, colectivo amigo del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, cuyo blog es http://circulodetraductores.blogspot.com.ar/ .

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?

Me resulta problemática la noción de "original". O más bien esa realidad o materialidad inherentes que se le atribuyen. También la solidez del original es una fabricación que sirve a diversos intereses. Creo que todos podemos extraer de nuestra propia experiencia casos en los que la traducción ha contribuido a consolidar o incluso crear el original. Muchos de los libros que me ha tocado traducir no existen como tales en la lengua de sus autores, sino como fajos de manuscritos que se fueron completado sobre la marcha, pero adquirieron una especie de existencia o sustancia a posteriori por el hecho de estar traducidos. Es cierto que cuando traducimos generamos un texto ostensiblemente a partir de otro, y que el ingenio y el encanto consisten en seguirle el paso y en apariencia obedecer sus dictados. A este respecto, me gusta lo que responde uno de los traductores entrevistados en el documental Tradurre cuando le preguntan si el traductor es una especie de Quijote. Él se queda pensando y responde que no, que más bien es como su caballo descuajeringado Rocinante, que le hace segunda en sus aventuras y le sigue el paso a donde quiera que vaya. Me pregunto quién sería entonces el Quijote, ¿el escritor, el original, el editor, el amante, los lectores, los consumidores de libros, el mismo traductor? ¿Y a poco los textos "originales" no están motivados, aunque de maneras oscuras, múltiples o subrepticias? Preguntaría más bien si el famoso original no tendría que considerarse una forma de traducción y el escritor una forma de traductor.

martes, 26 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (20)

Continúa la encuesta para traductores del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires con dos traductoras argentinas: una del francés y del portugués y otra del alemán y el inglés.

Lucía Vogelfang
Nacida en Buenos Aires en 1980, es Licenciada en Letras por la Universidad
de Buenos Aires. Cursó estudios de postgrado en Cultura Brasileña (UdeSA-FUNCEB). Trabaja en proyectos culturales, editoriales y en educación. Fue invitada a participar de programas profesionales en París y en el sur de Francia para compartir experiencias con gestores culturales y traductores de otros países. A pesar de su juventud, ha publicado un gran número de traducciones de, entre otros, el Marquez de Sade, Charles Baudelaire, Guy de Maupassant, Guillaume Apollinaire, Alain Badiou, Pierre Bourdieu, J. Rancière, Jean Lewinski, etc

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
 Un fragmento de prosa poética que me tocó traducir hace algunos años me enfrentó a las diferencias y semejanzas entre traducción y escritura. Una editorial de poesía porteña me encargó la traducción al español de la obra completa de un poeta francés contemporáneo. La obra poética de Jean Lewinski, el proyecto enciclopédico Les alices (Las alicias), se compone de cuatro tomos sobre el conocimiento humano y uno de sus fragmentos encarna ese punto exacto en el que la escritura y la traducción se parecen y, al mismo tiempo, se diferencian.

En la la la (que no es estrictamente un segundo tomo sino la continuación del primero, Les Alices +1), Lewinski reflexiona acerca de la tarea del traductor, propone desterrar lo literal de la traducción y dice que “la première qualité du traducteur a été désignée au figuré par l'expression française de coup d'œil - en français dans le texte.” Si traducir es, en cierto sentido, hacerle a la lengua que se traduce lo que la lengua original le hace a su propia lengua, ¿cómo lograrlo aquí? Un breve repaso de algunas de las posibles traducciones:

Una traducción literal arrojaría el siguiente resultado:

la primera cualidad del traductor ha sido designada en sentido figurado por la expresión francesa un golpe de vista – en francés en el texto

una segunda traducción posible sería:

la primera cualidad del traductor ha sido designada en sentido figurado por la expresión francesa coup d'œil - en francés en el texto

y una tercera, más arriesgada, diría que:

la primera cualidad del traductor ha sido designada en sentido figurado por la expresión castellana un golpe de vista – en castellano en el texto

La primera, la literal (“la primera cualidad del traductor ha sido designada en sentido figurado por la expresión francesa un golpe de vista – en francés en el texto”), se encuentra con la dificultad de que ya ha sido reducida al absurdo en “Pierre Menard, autor del Quijote” donde a cada palabra del original en español le corresponde su idéntica porque Menard, dice Borges, “no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ¬palabra por palabra y línea por línea¬ con las de Miguel de Cervantes.” Esta traducción literal encuentra otra dificultad y es que el mismo Lewinski unos versos más arriba nos la ha prohibido: “le mot à mot à bannir de la traduction”. Y, además, la convención, ese “en francés en el texto” carece aquí de sentido porque la expresión ha sido traducida.

La segunda (“la primera cualidad del traductor ha sido designada en sentido figurado por la expresión francesa coup d'œil - en francés en el texto”) conserva la expresión francesa con la aclaración de que se respeta la lengua del original pero se pierde el chiste.

La tercera, más cercana a la traducción que proponía Cicerón “sentido por sentido” (“la primera cualidad del traductor ha sido designada en sentido figurado por la expresión castellana un golpe de vista – en castellano en el texto”), invierte las referencias a las lenguas y postula que en el texto fuente la expresión aparece en español, cosa que, por supuesto, no es cierta. La expresión francesa coup d'œil en su referencia al cuerpo a través del ojo redobla el efecto poético porque la frase es un golpe de ojo casi como si dijéramos un golpe al ojo o un golpe en el ojo. La expresión en español, más metafórica, “un golpe de vista” o “un vistazo” no traduce entonces esa violencia, el golpe del original.

Si el problema de la traducción literal es que enfrenta dos cuestiones cabales a la hora de pensar un texto poético como lo son el contenido y la forma, Lewinski nos obliga aquí a dejar de lado estas cuestiones para adentrarnos en otras más arduas y pensar no sólo en qué se parecen sino incluso cómo hacer que se parezcan (que ese es quizás el quid de la cuestión) escritura y traducción.

Estos versos funcionan como una puesta en abismo de la tarea de traducción, revelando lo que hay en ella de especularidad, de artificialidad pero revelando también en qué se parecen escritura y traducción y cuánto hay de traducción en la propia escritura.

Esa convención de la tarea de traducción en la que la traducción se revela como tal, evidencia sus operaciones -aquella que permite poner en nota al pie “en castellano en el original”- descubre que ese texto que estamos leyendo no es el que ha sido escrito originalmente sino un texto sobre el que se ha efectuado una operación. Esta convención en la propia escritura pone en evidencia que la escritura también es una operación, un artificio.

Y esta escritura, como la traducción, supone un texto otro, primero, anterior, en una lengua otra (pero, si hacemos una brevísima pesquisa filológica, descubriremos de inmediato que esto es sólo una superchería literaria). ¿Cómo podríamos entonces traducir estos versos sin perder esa referencia a un texto original inexistente si la traducción crearía automáticamente ese texto “otro”, el original, que Lewinski postula hipotéticamente?

Justamente en este punto se parecen y se diferencian: la traducción pretende ser un especie de doble de una escritura que es doble en sí misma. Pero los dobles no existen, porque un doble ya es otro.
  
2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Creo que la respuesta a esta pregunta es casi una aporía. El hecho de que un texto es la traducción de un original debe ocultarse hasta el punto en que se note. Vuelvo al “en francés en el texto”, ese repliegue, ese volver sobre sí de la lengua, que inventa una traducción que, a su vez, inventa una primera lengua anterior a la lengua que narra. El texto poético simula referirse a algo distinto de sí y exhibe sus propias tecnologías, como lo hace la traducción.

La traducción, una buena traducción, por supuesto, no debería dejar traslucir el hecho de que se trata de una traducción. Porque sería una nueva escritura que produciría, no un espacio igual, sino, al contrario, un nuevo texto y un nuevo contexto en un espacio diferente.

Octavio Paz dice que el texto original nunca reaparece en la lengua de llegada y, sin embargo, siempre está porque la traducción lo menciona constantemente o lo transforma en un objeto verbal que, aunque distinto, lo reproduce. Por eso el punto de llegada no es el ocultamiento del original, ni su mostración, ni lo idéntico, ni lo distinto, sino un texto análogo, la semejanza entre cosas distintas. El texto traducido es la transformación de un texto-punto-de-mira en una especie de intertexto, y el reflejo entre ambos debiera ser permanente, continuo y recíproco.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Creo, en términos de Umberto Eco en “El lector ideal”, que tanto lector como autor son funciones, operaciones previstas por el texto. En este sentido entiendo también la figura del traductor y su (in)visibilidad respecto del texto traducido. El traductor, es, como lo son autor y lector, una función del texto, un mecanismo que el texto prevé en sus propias operaciones y es allí donde debería visibilizarse su figura.
En este sentido, la “función” traductor/a puede visibilizarse en las notas. En este espacio, en la marginalia del texto, el traductor puede y debe ser más visible que la traducción. Pero esta presencia, las intervenciones  del traductor, debe ser atinada e informativa e interrumpir e invadir lo menos posible la traducción.

Otra cuestión que hace también a la visibilidad del traductor es el traductor de carne y hueso, su corporalidad y su nombre. En este sentido, en una perspectiva más editorial, creo que el traductor es fundamental para la circulación y recepción del texto y que su visibilidad debiera ser total. Me refiero a que, por ejemplo, su nombre debería figurar en la portada del libro e incluso que se podría hacer una breve mención a su trayectoria y a los demás textos que ha traducido en la contratapa, en la solapa o en una página introductoria.


Mariana Dimópulos
Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, nació en 1973. Narradora y traductora, a  los 25 años  viajó a Alemania, donde vivió entre 1999 y 2005. A la fecha, publicó Anís (Entropía) y Cada despedida (Adriana Hidalgo). Ha traducido obras de Walter Benjamin, Heinrich Meier, Gunnar Kruger, Ulrich Peltzer, entre otros autores.

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Se parecen al menos en dos aspectos. Primero, en que en los dos casos se trata de una composición de un texto escrito, que por lo general pertenece a un género, tiene una función dentro de un contexto literario, o científico, o editorial, etc. Segundo, en que la traducción y la escrituran demandan del escritor y del traductor una dedicación a su propia lengua, a las dificultades y a los límites del lenguaje en general, a los desafíos de la expresión. Se diferencian sobre todo en su relación con la creación; la traducción, a lo sumo, es creativa, pero no crea. Saber que ningún autor crea ex nihilo no cambia nada en este punto: sigue habiendo una diferencia indiscutible entre escribir un texto y traducir un texto. El caso de la traducción de filosofía lo ilustra mejor que el de un cuento o una novela: que alguien pueda traducir bien, o hasta muy bien a Heidegger, que es un autor de filosofía enormemente complejo de traducir, no significa de ninguna manera que ese traductor hubiera podido crear ningún texto semejante. La traducción es una especie de frontera entre la lectura y la escritura.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
En el mejor de los casos, debe notarse. La traducción es una puerta abierta a que una lengua diga cosas que, por sí sola, quizá sería incapaz de decir. Y solo las puede decir en el espacio de la traducción, por la invitación que nos hace la otra lengua a pensar distinto el problema de la expresión y del lenguaje en relación con el mundo. Esto no quiere decir que debe ser literal o que debe ser burda, porque esto significa la mayoría de las veces que es simplemente una mala traducción. Pero creo que nunca habría que confundir "buena traducción" con "texto natural", "texto que corre", y todas las otras metáforas que en general se utilizan. Esta será a lo sumo una buena traducción para la gran industria editorial.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
No, y hasta es difícil saber si hay "buenos traductores" en general. Sobre todo hay buenas traducciones, o traductores que trabajan bien. Pero lo que está en el texto es la traducción, y sería un poco atrevido decir que se ve al traductor. Hace poco me pasó: abrí un libro de P. D. James traducido, lo empecé a leer y me dije: qué buena traducción. Como creía que debía ser una edición española o mexicana, no me había fijado quién lo había traducido. Después lo hice y comprobé que era de César Aira. Pero César Aira no estaba en ningún lado, solo su traducción era buena.

lunes, 25 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (19)

En la tercera semana de encuesta,  las respuestas de una traductora española y de otra argentina.

Belén Santana
Nacida en 1975, es Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y Doctora en Traducción por la Universidad Humboldt de Berlín, donde también ejerció como docente. Actualmente es profesora de Traducción en la Universidad de Salamanca. En su faceta académica ha publicado un libro sobre la traducción del humor, en especial el humor literario, y diversos artículos sobre traducción literaria. En su faceta profesional ha traducido, entre otros, a autores como Ingo Schulze, Sebastian Haffner, Thomas Hürlimann, Julia Franck y Alfred Döblin. En la actualidad trabaja en una traducción de Franz Kafka. También es vocal de la junta rectora de ACE traductores.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
No sé a quién le oí decir una vez que los árbitros eran jugadores de fútbol frustrados y los traductores, escritores frustrados. Nada más lejos de la realidad (de los árbitros mejor no hablar). Creo que todo traductor es al menos un poco escritor, y no sólo porque así lo reconozcan las leyes de propiedad intelectual de la mayoría de los países. Una prueba más de ello son los numerosos y variados ejemplos de traductores que han acabado dedicándose a la escritura, en ocasiones compaginándola con la traducción. En el caso del español de este lado del charco, Marías y Mendoza serían los dos ejemplos más conocidos, pero hay otros. Es evidente que traducir no es condición sine qua non para ser escritor, pero volviendo al símil futbolístico, me parece un buen campo de entrenamiento. De hecho, sería interesante analizar si el perfil traductor incide de algún modo en la escritura, y en tal caso, cómo... difícil cuestión. También me gustaría señalar que, desde el punto de vista de la enseñanza, cada vez son más las voces que postulan la introducción de técnicas de escritura creativa en las clases de traducción. El recorrido inverso, de la escritura a la traducción, es menos frecuente como modo de vida y me suscita más dudas.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Como solemos decir los traductores, la respuesta mágica es casi siempre "depende", acompañada del axioma: "Dame un contexto y haré milagros". Depende del texto, del autor, del traductor, de la política editorial, etc. Aun a riesgo de generalizar, creo junto con Berman, el propio Marías y tantos otros teóricos y prácticos que la traducción debe enriquecer la lengua de llegada, y por tanto no debe ocultarse bajo la apariencia de esa falsa fluidez que tantas editoriales y revisores buscan. Como en tantas otras cosas, es una cuestión de medida.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Creo que no. A pesar de que el ego nos traiciona a menudo, considero que el buen traductor es humilde por definición. La cuestión de la visibilidad es un arma de doble filo que a veces resulta cansina. Me permito citar de memoria a mi colega y amiga Isabel García Adánez: la visibilidad del traductor es una cuestión de derechos, no de alfombras rojas. Lo importante es el libro.

Ada Solari
Nació en Mar del Plata, en 1956. Es licenciada en ciencias sociales por la Pontificia Universidad Católica de San Pablo. Vivió en Brasil desde 1977 hasta 1984. Desde su regreso a Buenos Aires, se ha dedicado al trabajo editorial y a la traducción del portugués al español en el campo de las ciencias sociales. Entre otros autores, tradujo a Renato Ortiz, Sergio Miceli, José Murilo de Carvalho, Nicolau Sevcenko, etc. Actualmente trabaja como editora en la editorial Katz y como traductora free lance.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Sin duda traducir es escribir, y por tanto son autores tanto el escritor de una obra original como el traductor. Pero si ambas actividades requieren un trabajo creativo, hay en la traducción una dimensión clave, que es el trabajo interpretativo y de investigación necesario para lograr el objetivo definido por Edith Grossman: que los lectores de una traducción perciban el texto, emocional y artísticamente, de un modo que se corresponda con la experiencia estética que tuvieron los lectores  de la obra original.
Para hablar un poco de mi propia experiencia, existen por cierto diferencias entre la traducción literaria y la traducción de ensayos de ciencias sociales, que es mi especialidad. En este campo sucede a menudo, y sobre todo cuando se trata de un artículo inédito, que el trabajo de traducción corre a la par del de edición o aun de la corrección de estilo; y a veces el propósito pasa a ser que el texto resulte claro, inequívoco, algo que sería impensable en una traducción literaria. Hay otros casos en que el posicionamiento del autor como escritor es más claro, y entonces allí se plantean cuestiones más cercanas a las que plantea la traducción literaria: de ritmo, de vocabulario, de fraseo. (Un poco en broma, a veces pienso que uno debería traducir solo lo que le gusta: la traducción como vocación, no como profesión.)

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
No pienso que la traducción deba ocultarse; en realidad, no creo que sea posible.  Roberto Raschella va más lejos y habla de contaminación, de poder hacer sentir la lengua de partida de una manera muy fuerte, pero (en su caso) “sin cometer italianismos”, lo que por cierto nada tiene que ver con la literalidad.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
No, si por visibilidad se entiende una intervención que de algún modo violente la obra original (como por ejemplo volver claro un texto oscuro o directo uno tortuoso). Ni tampoco cuando el traductor se hace en exceso presente (muchas notas al pie o aclaraciones).
Desde otra perspectiva, me parece un tema complicado. Si se considera al traductor como autor, se supone que tendría que ser reconocible. Pero, ¿cómo podría reconocer el lector de la traducción las marcas estilísticas propias del traductor que no responden a las del escritor del original? Creo que eso sería posible mediante estudios críticos y abarcativos de la obra de un traductor, que incluyan cotejos con el original, comparaciones con versiones de otros traductores, etc.