Mostrando entradas con la etiqueta Adalber Salas Hernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adalber Salas Hernández. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de junio de 2025

El venezolano Adalber Salas tradujo a la prestigiosa escritora haitiana Edwidge Danticat

"El ensayista y poeta venezolano Adalber Salas trasladó a nuestro idioma la obra de una de las escritoras haitianas más celebradas de nuestro tiempo. Aquí habla sobre 'la magia modesta y hermosa de la traducción'”. Tal es la bajada de la entrevista realizada por Adriana Cortés Koloffon, publicada en el diario mexicano Milenio, el pasado 30 de mayo.

Traducir la muerte: Edwidge Danticat en español

Haitiana y afrodescendiente, Edwidge Danticat (Puerto Príncipe, 1969), es una de las escritoras haitianas más reconocidas. Su obra se ha traducido a más de siete idiomas. A los 12 años se reunió con sus padres en los Estados Unidos, quienes emigraron a ese país a principios de los años setenta. Diversos géneros se entretejen en su obra: memoria, ensayo, ficción y poesía. Prevalecen en ella los temas de género, la migración, la muerte, y sus raíces africanas y haitianas.

Aliento, ojos, memoria, su primera novela, fue seleccionada en 1998 por la afamada presentadora Oprah Winfrey para su club de lectura televisivo, con lo cual Danticat logró una mayor difusión de su obra. Krik? Krak! contiene relatos narrados por personajes femeninos en la tradición de la narrativa oral. En Cosecha de huesos trata el tema de la masacre de los trabajadores de la caña de azúcar en República Dominicana, en 1937, sucesos que también aborda en El quebrantador. Entre la crónica y la ficción, en Hermano, estoy muriendo (2007, National Book Critics Circle Award; finalista del National Book Award), narra la muerte del hermano mayor de su padre, solicitante de asilo en Estados Unidos.

El arte de la muerte, escribir la última historia (2017) acaba de publicarse por la editorial Pre-textos, en traducción del poeta y ensayista venezolano Adalber Salas. Danticat narra aquí la muerte de su madre a causa de un cáncer de ovarios, y hace referencia a cómo diversos autores han escrito sobre la muerte, lo mismo en libros de psicología y poesía que en las grandes novelas. “Al escribir sobre la muerte, procuro recordar su carácter mundano, incluso rutinario”, escribe Danticat y añade: “La gente muere todo el tiempo, aunque no se trate de personas a las que yo conozca o que quiera”. Refiere que, cuando una muerte y sus consecuencias “son descritas con la mayor especificidad”, más conmovedoras le resultan, y concluye: “Mientras más alcance a conocer a la persona que agoniza en la página, más probable resultará que lamente su muerte”.

Adalber Salas, autor de libros como Salvoconducto, Palabras sin dueño y Nuevas cartas náuticas (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Pre-Textos) ha traducido al español obras de Lousie Glück, Jamaica Kincaid y Pascal Quignard, entre otros autores en lengua francesa.

¿Cómo llegó a la obra de Edwidge Danticat?¿Tuvo contacto con ella durante el proceso de traducción?
–Comencé a leer la obra de Edwidge Danticat hace ya varios años, cuando trabajaba en mi tesis doctoral —centrada en la literatura caribeña contemporánea escrita en inglés, español, francés y kreyòl— y de inmediato quedé prendado. Krik? Krak! me encantó, así como The Dew Breaker y Brother, I'm Dying, a pesar de que también me resultaron demoledores. Create Dangerously me resultó muy estimulante. Y tengo, en mi lista de lecturas pendientes: We're Alone, Everything Inside y The Farming of Bones. Su literatura no es fácil. Exige mucho del lector: nos pide que enfrentemos el horror del mundo, sin soslayar u ocultar su maravilla. No estuve en contacto con ella durante la traducción de El arte de la muerte, escribir la última historia, pero me habría encantado.

¿Qué reto implicó para usted la traducción de El arte de la muerte?
–Es un libro arduo desde el punto de vista emocional. Su costado autobiográfico, el relato de la agonía y muerte de la madre de Danticat, puede volverse insoportable por momentos. No es fácil dar voz a un dolor que, a pesar de ser ajeno, resuena contundentemente con el propio: trae de vuelta las pérdidas que hemos experimentado, los seres queridos que ya no están. Este fue el mayor reto: dar con las palabras justas para el sufrimiento. No tergiversarlo, disminuirlo, exagerarlo o traicionarlo.

Edwidge Danticat es haitiana y migrante. Su obra se inserta en la tradición afroestadunidense. ¿Cómo traducir a una autora cuya obra navega en varias culturas, una obra comunitaria donde resuenan voces de tiempos distintos?
–Con mucho cuidado. Esta clase de traducción pide que seamos cuidadosos, que manejemos con la debida sutileza y el debido respeto los matices culturales que el texto posee, las sucesivas capas de sentido que lo forman. Además, la erudición que Danticat despliega es considerable; es imprescindible seguirle el paso.

¿Qué dificultad enfrentó al traducir las palabras en criollo?
–No fue particularmente difícil. Antes bien, me encantó. Tomé clases de criollo, kreyòl, cuando hice el doctorado, y fue una alegría volver a una lengua tan hermosa. Por otra parte, ya tengo experiencia con casos similares: tengo la fortuna de haber traducido a otros dos autores haitianos, René Depestre, un clásico de las letras caribeñas, y al volcánico Frankétienne. El francés de ambos está veteado de voces en kreyòl.

¿Cuál es su método de traducción?
–En este oficio, uno nunca deja de ser aprendiz: cada nueva obra dicta su método. En el caso de El arte de la muerte, trabajé varias horas al día, todos los días, ensayando expresiones que comunicaran la intimidad y, por momentos, la textura coloquial que Danticat despliega en el libro. Es asombroso cómo consigue hilar una gama tan amplia de referencias literarias en un texto de tal cercanía. Cada cita nos habla, nos toca de modo personal, como lo hace el relato autobiográfico que funda el libro. El método fue entonces ese: ensayar y ensayar hasta dar con el tono y ser especialmente cuidadoso con las traducciones de los pasajes citados.

Dice Danticat en su libro: “Una traducción es tanto obra del traductor como del escritor”. ¿Qué opinión le merece esta reflexión?
–La suscribo por completo. Estoy convencido de que la traducción es un segundo original, un texto que posee un grado importante de independencia, capaz de llevar una vida propia. No olvidemos todas las obras que conocemos y citamos, que han moldeado nuestra percepción de la realidad, y que son sin embargo traducciones. Sin la traducción seríamos tremendamente pobres.

¿Cuál es su apreciación sobre el estilo en que Danticat escribe acerca de un tema tan complicado como la muerte sin caer en el sentimentalismo?
–Concuerdo por completo: se trata de un asunto en el que es fácil caer en el sentimentalismo o la cursilería. Danticat consigue esquivar ese peligro de manera asombrosa y sin realizar pirueta alguna; antes bien, lo hace avanzando, digamos, por la calle de en medio: su honestidad nos acerca, nos conmueve. Su estilo es transparente, límpido. Articula con un lenguaje sencillo los sucesos, entreteje sus reflexiones literarias sin pretensiones, con aprecio auténtico por los autores que menciona. Y no huye del lugar común; antes bien, acepta que hablar de la muerte es recorrer lugares que, a fuerza de ser transitados por todos —la muerte de un ser querido, la propia, etcétera—, son comunes en la medida en que nos unen. Danticat no redescubre la muerte. Antes bien, nos brinda su experiencia de ella, sin engreimiento ni soberbia.

Cita Danticat a numerosos autores que narran la muerte desde distintos ángulos. ¿Sobre todo, Tolstói?
–Tolstói es un autor capital para Danticat. Claramente lo cita porque ama lo que escribe, pero, a la vez, no teme contradecirlo, enunciar sus desacuerdos y argumentarlos. Su relación con Tolstói me parece consecuencia de una lectura lúcida, realizada desde una admiración sin servilismo.

La última frase en el libro es muy reveladora, cuando escribe sobre el bolso de su madre muerta: “Por favor descansa. Adiós”. ¿Denota una resignación de ante la muerte de su madre?
–Lo creo. Pero más que resignación, diría: aceptación. De hecho, añadiría que el libro entero me parece un ejercicio de aceptación ante la realidad ineludible de la muerte.

Muy conmovedora me parece también la plegaria, “Un nuevo cielo”, donde la madre en el umbral de la muerte hace una serie de peticiones al Creador: “Permíteme aceptar todo esto ahora, como ya he aceptado este mundo y todo lo que es y ha sido”.
–Allí está, como mencionaba, la aceptación. Una aceptación que no es ingenua, ajena por completo al autoengaño. Una aceptación de ojos bien abiertos, que insiste en ver de frente “todo lo que es y ha sido” en este mundo.

¿La Biblia como consuelo ante el dolor de la pérdida de la madre?
–Pero, como todo lo que atraviesa este libro, la Biblia —así como el consuelo que proporciona— aparece de un modo sui generis, tremendamente personal. Lo bíblico no tiene importancia en sí mismo, sino como puente entre la madre moribunda y la hija que narra su agonía: es un lazo hecho de palabras, un vínculo que impide que el dolor las separe en esa hora última.

¿Qué vínculos encuentra entre la forma en que usted escribe la muerte en su obra y la de Danticat?
–libro que traduzco impacta, modifica mi trabajo como escritor. Diría más: no distingo, en el fondo, entre la traducción y la escritura “propia”. Solo que en la traducción me siento acompañado, en diálogo con alguien más —mientras que mi diálogo con el lector, en el caso de la escritura “propia” es lejano, diferido. Esta suerte de conversación con Danticat me hizo replantearme ciertos elementos de mi poética. Me impresionó cómo se acerca a las muertes de sus seres queridos. La sencillez inteligente con la que habla de esos sucesos arrojó una luz distinta sobre mi trabajo. He procurado incorporar algo de su punto de vista al mío. Permitir que su voz me enseñe algo sobre la muerte —y sobre el estar vivos —que no había sido capaz de comprender antes de traducirla.

Su libro de poesía, Morir no es un arte, ¿dialoga con el de Danticat?
–A propósito de Morir no es un arte: ¿verdad que es una coincidencia afortunada? Es un verso de un poema que escribí hace unos buenos doce años y que dialoga un poco con Sylvia Plath. Me pareció un buen título para esa antología, publicada por Liliputienses en España. Y ahora dialoga, inesperadamente, con mi traducción de Danticat. Son las magias modestas y hermosas de la traducción.





viernes, 29 de septiembre de 2023

"La historia de la literatura corre paralela a la historia de la traducción"


El 27 de septiembre pasado, Antonio Rivero Taravillo publicó un artículo en Letra Global, donde comenta un texto de Adalber Salas Hernández, que aporta nuevas perspectivas al arte de la traducción.

Teoría y práctica de la traducción (sin inteligencia artificial)

Desde que el hombre es hambre, apetito, ha tenido sed de traducciones. Las ha destilado, las ha bebido, las ha masticado, las ha sintetizado en su metabolismo. Ha sido una avidez que nos ha guiado desde antiguo como un abuelo remoto parlanchín, dicharachero y hasta gárrulo. La humanidad es un mosaico de lenguas: podrían estas constituir una pedrea, un granizo de guijarros, una perdigonada heridora o hasta letal, pero nuestra especie ha preferido hacer de esas teselas una unión, taracea que no está pegada al azar, sino que transfiere un sentido. La traducción, sí, nos acompaña desde siempre y parece lejano, muy lejano el día en que deje de ser precisa.

Si la hemos practicado desde hace milenios, con frutos admirables, también hemos reflexionado acerca de ella. ¿Qué es? ¿En qué consiste? ¿Cómo se logra? ¿Cuáles son los secretos de su práctica, los trucos, métodos, ardides, estrategias? Es más, nos hemos preguntado, incluso, tirando ya no por el camino de los hechos sino por el de las disquisiciones, cuál es el edificio de su teoría, le hemos dado vueltas a su pensar.

La historia de la literatura corre paralela a la historia de la traducción, y en las diferentes culturas se ha escrito sobre la traducción al tiempo que se realizaba esta. La religión ha tenido también mucho que ver con su práctica y la teoría que la rodea, porque la exactitud de la palabra de los dioses es importante, y por lo general trasciende a la tribu de la que surgió, a su inicial colegio de sacerdotes, a la civilización que la respalda y a menudo la extiende porque, demostrado está, es una de las llaves que abre la puerta del dominio.

Valery Larbaud, que tuvo parte en la traducción de Ulises al francés, escribió en limpio español (vivió largas temporadas en nuestra patria): “la enumeración de todos los teóricos de la traducción sería el cuento de nunca acabar”. Y si uno quisiera servirse de ellos para rellenar con su argamasa este artículo, emplearía una cuadrilla tan numerosa que en un visto y no visto quedaría acabada la laboriosa torre de Babel. Miguel Ángel Vega reunió hace ya casi treinta años –un suspiro en esta cadena de reflexiones– Textos clásicos de teoría de la traducción (Cátedra), que abre con juicios de Cicerón y Plinio el Joven.

San Jerónimo y Maimónides escribieron asimismo sobre la traducción (este último con particular perspicacia acerca de la necesidad de la flexibilidad y de rehuir la traslación literal). Lo hicieron también Bembo y Dante, fray Luis de León y Dryden, Novalis y Schlegel. La lista, muy larga, sirve para subrayar que los mejores cerebros han estado siempre atentos a la traducción y los problemas que plantea. Muchos grandes autores la han realizado y no pocos poetas la han visto como una vía paralela de su propia creación, hasta reunir acopios de versiones. Volúmenes así firman Octavio Paz, Jorge Guillén, Robert Lowell o, ya póstumamente, Seamus Heaney, de quien hace unos meses se publicó el conjunto de sus traducciones, entre las cuales se incluyen, del español, versos de san Juan de la Cruz.

Con pareceres que difieren enormemente según temperamentos y épocas, en general se puede decir que quienes se han interesado por el asunto entienden que una buena traducción debe evitar tanto la paráfrasis como la literalidad (y cuanto más rico y creativo sea el lenguaje utilizado, con más razón habrá que renunciar al imposible calco y necesario buscar más la semejanza, el parecido, lo cual llega al caso extremo de la poesía, donde las palabras no están elegidas en abstracto, sino en función habitualmente de la métrica y, más raramente hoy, pero no en el pasado, de la rima o las aliteraciones). En Cartas filosóficas (1734), Voltaire exclamó: “¡Ay de quienes hacen traducciones literales que, al traducir palabra por palabra, embotan los sentidos! Bien se puede decir aquí que la letra mata y el espíritu vivifica”.

Una traducción debe resistir como la piedra de Rosetta la comparación con el original pero igualmente ha de aspirar a su autonomía, a la feliz olvidanza de ese texto que la precede e inspira. Hace trece años en Villa Ocampo, la casa de la escritora argentina en San Isidro, a las afuera de Buenos Aires, compré un ejemplar de un monográfico de la revista Sur (1976) dedicado a la traducción. Entre las páginas valiosas que atesora hay una encuesta a varios escritores traductores, entre los que se contaban José Bianco, Alberto Girri y Jorge Luis Borges. Este, en una respuesta que no recuerdo haber leído reproducida, refutaba brillantemente (cómo si no) la traducción literal de la poesía y argüía que “Shakespeare es intraducible a otro inglés que no sea el suyo. Imaginemos una traducción literal de un verso de Darío: ‘La princesa está pálida en su silla de oro’ es literalmente igual a ‘En su silla de oro está pálida la princesa’. En el primer caso el verso es muy lindo ¿no?, por lo menos para los efectos musicales que él busca. Su traducción literal, en cambio, no es nada, no existe”.

Sin embargo, para Borges, la traducción de prosa es plenamente posible: ahí está el Quijote, que ha cosechado los mayores elogios entre quienes no saben español, argumenta, del mismo modo que todo el mundo reconoce que Tolstoi o Dickens fueron grandes escritores. ¿Y cuántos los han leído en ruso o en inglés?

Para el lenguaje utilitario la traducción literal también es posible, aunque esté plagada de errores fruto de la pereza y del desconocimiento. Y los que vamos cumpliendo años cada vez nos reconocemos menos en nuestro propio idioma, en el que se han ido infiltrando acepciones que no existían hace unas décadas, por imitación del inglés. Cada vez se traduce peor por el común, incluidos los periodistas, y mejor por los traductores que aúnan la suma de vocación y técnica, sobrepuestas a lo roñoso de muchos editores. Afortunadamente, también el número de las traducciones directas crece, incluso de idiomas lejanos en lo geográfico y en el árbol, o más bien bosque, de las familias de las lenguas.

Adalber Salas Hernández acaba de publicar Retrato del traductor con cabeza de perro. Para una traducción calibánica (Libros de la Resistencia, 2023). Es un brillante y documentado estudio de la traducción a la luz de la última obra de teatro de Shakespeare, la polisémica La tempestad. “The Tempest se organiza en base a traducciones”, afirma. Y señala cómo Ariel siempre se está trasvistiendo y transformando en otra cosa, cambiando de apariencia según le vaya dictando Próspero. En cuanto a Caliban, “es un ser impreciso, que ningún otro personaje consigue definir o clasificar”. Se trata de una obra que traduce y ha sido traducida a diversos lenguajes (el teatral, el narrativo, el cinematográfico).

Basa su ensayo en la antropofagia, como evidencia el título del capítulo “Devorar la lengua del amo para una traducción caníbal”. Siguiendo a Haroldo de Campos, declara: “Pienso en una traducción caníbal: una traducción que expropie, desjerarquice, deconstruya. Que traduzca, tras consumirlas, las rendijas, los intersticios del texto original, sus articulaciones y tendones, que le invente un esqueleto, que reformule las mareas de su riego sanguíneo”.

“La traducción no puede ofrecer equivalencias; solamente falsificaciones, huecas promesas de semejanza”, piensa Salas, quien agrega: “La traducción trabaja por adulteración. Toma las palabras del original, las falsifica, produce réplicas fraudulentas. Promete entregar la obra de un autor, sus frases encadenadas en una especie de ristra verbal, pero sólo nos brinda la voz de otro, de alguien más: el adúltero. Su método es el doblez”. Buena comparación o metáfora. “El traductor debe volverse una criatura mítica. Un híbrido. Una quimera. […] Un monstruo, un zombi, un cínico. […] Debe volverse Caliban, valerse de su lengua torcida. Lengua contra-hecha, hecha en contra, lengua de la imprecación y la revuelta”, prescribe igualmente.

Salas es poeta, con una obra repartida entre editoriales de Venezuela, México y de España, y varios de sus libros traducidos al alemán y al italiano. Asimismo es autor de ensayos y, por lo que aquí concierne, traducciones de importantes escritores en inglés y francés como Jamaica Kincaid, Charles Wright, Pascal Quignard o Antonin Artaud. Presta, por ello, al teorizar o bajar a la arena, el servicio de que hablaba Madame de Stäel en El espíritu de las traducciones (1816): “Transportar de una lengua a otra las obras maestras del espíritu humano es el más eminente servicio que se pueda prestar a la literatura”.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Uno de los traductores de Louis Glück da su punto de vista sobre lo que exige la Wylie Agencie


Publicada en ProDavinci, el pasado 19 de noviembre, esta columna, firmada por el poeta y traductor venezolano Adalber Salas Hernández, uno de los traductores de Louise Glück para la editorial Pre-Textos, toca uno de los puntos más específicos de toda la polémica desarrollada en las últimas dos semanas: qué pasa con las traducciones cuando un autor cambia de editorial. 

Quemar libros 

Vale la pena recordar por qué estamos en esto. Por qué hacemos lo que hacemos. Qué pequeña conjura de circunstancias nos ha impulsado a vivir por y para los libros. 

Cuando me pregunto por qué hago lo que hago, por qué leo del modo en que leo, por qué traduzco con voracidad, por qué escribo como si se me acabara el tiempo, lo primero que me viene a la cabeza es un recuerdo de infancia. Las enciclopedias de la casa en que crecí, hileras de libros de lomos negros, monjes especialistas en recoger el polvo. Sentía genuina fascinación recorriendo sus páginas, enterándome de los hechos más diversos, de una constelación de datos como pequeñas joyas sin valor alguno para nadie más. Es difícil comunicar el significado de aquellas tardes vivas, repletas de anacondas y submarinos y sistemas solares y travesías por el desierto. Baste decir que entonces di con algo, una certeza que me ha acompañado toda la vida –aunque apenas ahora pueda formularla–: un libro es una máquina de producir asombros. 

Al asombro ante los libros no tardó en sumarse otro, uno que refractaba y reproducía el anterior: el asombro ante las lenguas. Descubrí, con el arrojo propio de una vida pequeña, que había otras lenguas en las que se podía decir nunca exactamente lo mismo. Entendí –aunque apenas ahora pueda formularlo– que una palabra es un horizonte que cabe en la mano, en la boca, en el bolsillo. Que siguiendo el rastro de las asociaciones, el juego interminable de la connotación, un vocablo recién aprendido podía llevar a travesías interminables. Y así ha sido. La pluralidad de las lenguas también es una celebración lujosa, interminable. No tuve que esperar a que la física me hablara de universos paralelos; ya había aprendido que el mundo se desdoblaba constantemente, en cada una de sus lenguas. 

Más o menos al mismo tiempo me percaté del poder de las traducciones. Más concretamente, de su poder destructivo. Por aquella época –a los 12 o 13 años– intenté leer Hamlet. No sabía de qué se trataba; sin embargo, ese nombre circulaba con cierto aire de respetabilidad, ese olor a santidad que suele rodear a los clásicos. Digo que lo intenté porque no fui capaz de pasar de las pocas páginas: se trataba de una lectura indigesta. Pero a ella le debo mi amor por la traducción. Ese pésimo traductor, sea quien sea, me hizo un regalo de valor incalculable. El fantasma de su Hamlet, de lenguaje maltrecho, me acompaña siempre. 

La traducción le suma al libro vidas insólitas. Multiplica las sombras que es capaz de proyectar. Es decir, amplifica su capacidad de asombro. Quien traduce, hace oficio de la multiplicidad. 

Cuando los editores de Pre-Textos me propusieron traducir A Village Life, de Louise Glück, acepté de inmediato. Glück se hallaba entre las poetas que más me habían impactado. Recuerdo que, al leer Averno y The Wild Iris, pasé varios días rumiando los libros, volviendo sobre mis pasajes favoritos, sin querer empezar otra lectura. A Village Life me deparó una fascinación similar. Traducirlo fue, de cierto modo, devolver lo que me había sido dado: valerme de mi voz para darle un nuevo cuerpo sonoro a otra, admirada, que me había acompañado por años. Un gesto de gratitud, si se quiere. Traducir también puede ser una manera de dar las gracias. 

No obstante, sin que Una vida de pueblo –así titulé el volumen– haya cumplido siquiera un año de haber sido publicado, veo mi trabajo en peligro de extinción. Y no sólo el mío, sino el de todos los otros traductores que me precedieron. En esta labor soy apenas el último; antes estuvieron –y están: allí siguen sus libros, respirando– Eduardo Chirinos, Mirta Rosenberg, Beverly Pérez Rego, Andrés Catalán, Abraham Gragera, Ruth Miguel Franco, Mariano Peyrou. Incluso Luis Harss publicó algunas traducciones en la mítica revista Escandalar –dato que le debo a Johan Gotera y Aleisa Ribalta Guzmán. Soy el menor en este linaje: se trata de personas que admiro hondamente. Todos ellos constituyen una fecunda variedad de registros. 

En peligro de extinción, he dicho: víctima de la rapacidad. La agencia que se encarga de los derechos de Glück ha escogido no renovar sus contratos con Pre-Textos. Y lo ha hecho con doblez: mientras les daba largas, sin responder apenas a sus correos, buscaba secretamente mejores postores. Muy rápido se supo lo que estaba sucediendo y varias de las editoriales contactadas se negaron a participar de este asunto sórdido. Pero, al final, la agencia escogió entregar los derechos a otra editorial, sin permitirle a Pre-Textos derecho a contraoferta o a simple réplica. La magnífica diversidad de acentos en la que vivía la obra de Louise Glück en español está a punto de ser deforestada y aplanada por una voz única. 

A este juego desleal hay que sumar algo más. La agencia exige que Pre-Textos destruya hasta el último ejemplar que no haya vendido. 

¿Y cómo se destruyen los libros? 

Quemándolos. La agencia demanda que se quemen los libros de su autora. 

Digámoslo una vez más, en voz alta: piden que los libros de Louise Glück sean quemados. 

¿No les deja un regusto amargo en la boca? ¿Qué recuerdos vienen a la mente cuando hablamos de quemar libros? ¿Manifestaciones fascistas, hogueras, purgas? La agencia querría hacer pasar este gesto depredador, grotesco, por una simple transacción. La consecuencia de un intercambio aséptico. Pero no lo olvidemos: ninguna transacción es neutral. Lo mercantil está siempre atravesado por lo ético. 

Quieren eliminar estos libros, quieren expurgar el nombre de Louise Glück del catálogo de Pre-Textos –que la ha publicado por casi 15 años– para hacer lugar a la nueva traducción. Como quien despeja a fuego un trozo de selva, eliminando ciegamente cualquier profusión vital que pueda albergar. Requieren, además, pruebas: que alguien más certifique que la destrucción ha ocurrido. Un tercero independiente de la editorial, capaz de confirmar que la purga ha ocurrido. Entonces estarán satisfechos, habiendo servido del único modo que saben a la autora que representan. Una caja de ceniza entregada por correo: así me imagino la prueba que tanto ansían. 

Y la ceniza es exactamente lo contrario del asombro.