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miércoles, 12 de junio de 2019

Una entrevista con Sylvia Molloy

“Semanas atrás, la autora de Desarticulaciones y Citas de lectura pasó por Buenos Aires. En charla con Infobae habló sobre sus libros, cuestionó a quienes pretenden sepultar una obra cuando hay acusaciones a su autor, elogió el ímpetu juvenil del movimiento de mujeres, recordó una anécdota poco conocida de Borges y habló sobre el futuro de la lengua. ‘Recurriré a frases medio pesadas como decir ‘ellas y ellos’, pero no sé si voy a decir ‘todes’ o usar la ‘x’, me cuesta mucho’, dijo”. Tal es la bajada de la entrevista que Hinde Pomeraniec tuvo con Sylvia Molloy, publicada en Cultura InfoBAE el 8 de junio pasado.


“No me parece muy realista pensar
que el lenguaje va a cambiar
por el uso del lenguaje inclusivo”

Es tarde de feriado y siesta en los alrededores del Jardín Botánico. Sylvia Molloy (1938) llega a la confitería de la esquina de Santa Fe y República Árabe Siria a  paso lento: una caída, un golpe, una rodilla lastimada semanas atrás; de eso habla mientras apoya el bastón en una silla y se acomoda en otra, dispuesta a iniciar la conversación. Se la ve animada, charla con gusto y ríe, ríe seguido ante alguno de sus propios comentarios o en calidad de gentil respuesta a los dichos de su interlocutor. Es tan importante su obra, es tan influyente su modo de leer y de producir lecturas y escritura, que sentarse a conversar con ella es para cualquier periodista cultural una ambición desmesurada que incluye la pretensión de obtener todas las respuestas posibles sobre literatura, crítica, la vida académica y temas vinculados a las cuestiones de género.

(Naturalmente, mi caso no fue la excepción).

Molloy es una lectora exquisita y una escritora tan sutil como inclasificable. Su nombre trascendió la crítica y la academia con novelas como En breve cárcel y El común olvido a las que siguieron el libro de relatos Varia imaginación y nouvelles como Desarticulaciones Vivir entre lenguas, sin por ello dejar de producir textos críticos como Las letras de BorgesPoses de fin de siglo: desbordes del género en la modernidad o Acto de presencia: la escritura autobiográfica en HispanoaméricaComo puede verse, se trata de una obra marcada por la alternancia entre la ficción y el ensayo en lo que es una característica de su estilo, como lo es la construcción de textos breves y luminosos, entre los que se cuenta Citas de lectura, una delicada memoria de su vida como lectora.

Sylvia Molloy vivió desde muy temprano fuera de la Argentina, primero en Francia -donde se doctoró en Literatura Comparada en la Sorbona- y luego en Estados Unidos, donde desarrolló una impresionante carrera como docente universitaria. Enseñó en Yale, en la Universidad de Nueva York y en Princeton: en esta última universidad fue en 1974 la primera mujer que consiguió acceder a un puesto como titular. Crítica y escritora prestigiosa, pionera en los estudios LGTB, Molloy vive en Nueva York aunque, ya retirada, viaja seguido a su casa en la costa del Atlántico y también viene con relativa frecuencia a Buenos Aires.

Infobae Cultura la entrevistó hace algunas semanas. En esa charla, que se reproduce a continuación, habló sobre sus libros, sobre el lenguaje inclusivo, hizo críticas al sistema de cuotas en la universidad y también cuestionó a quienes pretenden sepultar una obra cuando hay acusaciones a su autor de por medio. Más allá de algunas observaciones puntuales, Molloy elogió el ímpetu juvenil del actual movimiento de mujeres y recordó una anécdota sorprendente y poco conocida de Borges durante los años 60, ocurrida en una tienda por departamentos cercana a las cataratas del Niágara.

–Tu hermana y vos se fueron muy jóvenes a vivir a otro país…
–Sí, nos fuimos las dos a vivir afuera pero fue un poco por casualidad, no es que nos fuéramos de la casa. Yo fui a estudiar a Francia, después volví para terminar la tesis de la Sorbona aquí, con la idea de volver a Francia. Mientras estuve aquí de vuelta traté de conseguir trabajo en la Universidad. Era una época tremenda porque tenías que dar reválidas.

–¿De qué año hablamos?
– Estamos hablando del año 63, 64. Y entonces tenías que dar reválida de un montón de materias y me decían las empleadas de la Facultad: “Usted tiene que dar la reválida porque, por ejemplo, no ha cursado Lengua Francesa”. Y yo decía: “Bueno, pero en Francia se habla francés, las clases son en francés así que se asume que todo el mundo habla francés.” “Bueno, pero igual no está en el programa.” Yo empecé así, tenía que rendir como diecisiete materias adicionales. Y entonces pensé no, acá no, esto no, voy a tener que conseguir trabajo de otra cosa. Y de hecho enseñé durante un par de años en la Alianza Francesa. Pero bueno, terminé la tesis, me fui a defenderla a París y en esa época los Estados Unidos buscaban mano de obra. Qué ironía… con lo que está pasando ahora, ¿no? Buscaban gente porque había muchas universidades nuevas y habían puesto una en un lugar que se llama Buffalo, Nueva York, que yo, con mi ignorancia geográfica, supuse que era como decir Villa Crespo, Buenos Aires. Y no era así, era una ciudad cerca de las cataratas del Niágara, donde hacía un frío espantoso, tenías nieve ocho meses por año, pero bueno.

–¿Te instalaste sola?
–Me instalé sola. Había otra argentina por casualidad así que nos hicimos amigas. Y era un lugar, en ese momento, muy dinámico porque tenían plata y pagaban bien. Y además traían a mucha gente de afuera. El intercambio era espléndido ahí. Ahí por primera vez oí hablar a Foucault, a Derrida. Lo invitaron a Borges una vez.

–¿Ahí lo conociste o ya lo conocías?
– Ya lo conocía de haberlo visto en la Biblioteca Nacional, muchos años antes, pero ahí lo conocí mejor. Lo había leído además. Y además me pusieron a cargo de las diversiones.

–Eras algo así como su chaperona.
–Más o menos, porque estaba la mujer también, así que ella era la chaperona. Pero yo era la que lo llevaba de aquí para allá, lo llevaba a pasear. Ahí pasó una cosa muy curiosa que en algún he contado pero que es fiel. A Borges lo llevé a las cataratas del Niágara y Borges decía en el viaje mientras íbamos, estaba como a una hora de distancia, y Borges decía: “Qué absurdo que haya un poema que comience 'Oh, poderoso Niágara' (N. de la R. Se refiere a la Oda al Niágara”, del cubano José María Heredia) cuando la palabra Niágara ya encierra en sí la noción de poder”. Y la mujer muda, ahí al lado. Bueno, entonces paramos en un lugar porque yo quería que Borges oyera las cataratas, por lo menos. Así que desde arriba, la mujer también pudo oír y ver y cuando vio las cataratas, ¿qué es lo que dice?: “Qué poderoso, ¿no?”.

–Hay una anécdota con Eleanor Roosevelt, cuentan que cuando vino a la Argentina, viendo las Cataratas del Iguazú dijo: “Poor Niagara”…
–Puede ser. Seguramente tenía sentido del humor. Mientras que Elsa Astete no tenía sentido del humor (risas). En cambio, lo que tenía eran unas ganas de comprar cosas… Entonces decía todo el tiempo: “¿No hay una tienda?” “¿No hay una tienda?” Y le digo: “Sí, hay un Woolworth”.

–¿Vos estabas en tu auto?
– Sí. Entonces entramos al Woolworth ése de morondanga, de Niagara Falls, y ella dice: “Bueno, yo voy para atrás para ver lo que hay, ustedes quédense aquí.” Y nos estaciona literalmente al lado de un mostrador y ella se va para ver qué hay. Claro, yo me doy cuenta pero Borges no se da cuenta de dónde está. Yo me doy cuenta de que estamos en la sección de ropa interior de mujer y que estamos parados al lado de unos canastos llenos de bombachas. Y entonces pensaba: soy la única persona en el mundo en este momento que sabe esto. Nadie me va a creer que estamos…

–En medio del Reino de la Bombacha.
–Siiii… hablando de literatura en el reino de la bombacha. Fue muy gracioso. Pero todo eso para decirte que venía mucha gente a la universidad, así que era un buen lugar. Y ahí empezó mi vida en Estados Unidos. Una de las cosas que me empeñé en averiguar, porque me hicieron un contrato de 3 años y yo dije “bueno, ¿qué pasa si yo me quiero ir al segundo año?, ¿me obligan a quedarme los tres años? Porque pensaba que a lo mejor a los dos años me volvía, y resulta que me quedé toda la vida. Pero no en Buffalo.

–A partir de ese momento con Borges iniciás un vínculo más personal y profesional. Eso te acerca a un escritor y a una persona, algo que a veces uno trata de separar, pero se hace difícil ¿no?
– Sí, sí, sí.

–¿Cómo se hace para poder tomar distancia de la persona cuando uno admira la obra de un autor?
–Yo supongo que, por empezar, no verlos demasiado a menudo, ¿no? Que no se transformen en… Digo, que haya siempre en uno esa noción de que está percibiendo a un escritor pero también está percibiendo una literatura, que surge de esa persona. No sé, está esa idea de cuando te dicen: “Borges el hombre”, o “sabemos cómo era el escritor pero cómo era el hombre”. No dividamos, el hombre es el escritor y el escritor es el hombre.

–Esta distinción es importante en estos momentos, cuando se están rediscutiendo algunas obras de autores, cineastas, artistas en general porque son denunciados o acusados por abusos sexuales y violencia, por lo que muchos intentan sepultar una obra en función de eso. ¿Qué pensás? ¿Es un exceso de corrección política?
–Para mí el ser humano es un compuesto y hay que tomar en cuenta todo lo que compone a esa persona, no ver a la persona a través de un acto… No sé, me parece empobrecedor. No sé, más temprano te dije que el hombre es su obra o el escritor es su obra y la obra es el escritor, lo cual no impide que en la realidad haya un sujeto humano, hombre o mujer, y haya una serie de libros del otro lado, ¿no? Es decir, se comunican y se identifican hasta cierto punto pero a mí me parece un error sacrificar una obra buscando imponer un castigo sobre el individuo.

–¿Porque en realidad nos estaríamos castigando nosotros prescindiendo de la obra?
– Absolutamente, absolutamente.

–Es lo que pasa cuando intentan descolgar cuadros en algunos museos o sacar ciertos libros de las bibliotecas.
–Sí, sí, yo creo que eso es tener una mirada muy estrecha y finalmente muy pobre, muy empobrecedora.

–¿Qué pensás de lo que pasa en algunas universidades en las que están cambiando los programas de ciertas materias en función de, por ejemplo, la ausencia de representación de las minorías? ¿Cómo se evalúa, cómo se hace para ser justo y equitativo en relación con los derechos humanos, los derechos civiles y sostener a la vez los criterios estéticos o artísticos?
–Yo creo que no podés; uno siempre peca o por un lado o por el otro. O sea que de alguna manera eso te está diciendo que ese acercamiento no está funcionando bien. Creo que sí es importante abrir la cultura a múltiples lectores y también promover textos que nos abran las puertas a nosotros como lectores sobre realidades que no conocíamos o que conocíamos mal. Pero lo que me fastidia es el sistema de las cuotas. Bueno, si hay un negro, o si hay un marrón, entonces estamos bien, pero si no hay… Y eso lo hablaba con una amiga más temprano, ese criterio de “yo como minoría…” Que las minorías necesitan representación siempre, no importa cuán tenue sea la minoría o la diferencia. Y me parece que ahí se complica mucho el asunto porque hay, por un lado, un criterio de representatividad y por el otro un criterio de que se le está adjudicando al grupo un poder, ¿verdad? Les está diciendo “bueno, ustedes no quieren representarme, o no quieren incluirme”. Hay algo positivo que impulsa esto pero muy pronto se transforma en algo no productivo. No productivo para nadie porque ser el único estudiante negro en una clase de treinta blancos… Es decir, teóricamente, es incluir al estudiante negro en una realidad distinta y donde representa. ¿Pero qué es lo que representa? ¿Se representa a sí mismo, representa otra raza, representa solucionar una injusticia? Es atribuirle una carga simbólica muy fuerte a esta persona. Así que hay como un…

–La pregunta es cómo ser justo cuando habitualmente los elencos de los que toman las decisiones no están conformados de manera equitativa. El sistema de cuotas, lo mismo que en la política es para evitar la discrecionalidad de quienes conforman esas lisas o hacen las selecciones que, en general forman parte de esas mayorías hegemónicas, ¿no?
–Claro, claro. Con lo cual limpian sus conciencias.


–Pero, entonces, cómo hacer para generar armar algo más justo sin que se termine convirtiendo tampoco en una payasada y en como vos decís que se termine cargando simbólicamente a la pobre criatura que ocupa ese lugar ¿no? Es bien complicado. 
–No es fácil, no es fácil. Mira, cuando escribí el libro sobre autobiografías latinoamericanas (N. de la R. Molloy se refiere a Acto de presencia: la escritura autobiográfica en Hispanoamérica) incluí a varias mujeres pero no un capítulo sobre mujeres sino que en la misma corriente del libro, digamos, que es más o menos la línea por épocas, había hombres y mujeres. Es decir, elegí hablar de Teresa de la Parra, elegí hablar de Norah Lange, elegí hablar de Victoria Ocampo…

–Fue naturalmente, es decir, no tuviste que forzarlo.
– Sí, sí. Pero claro, trabajando ciertos temas me daba cuenta de cómo las escritoras mujeres usaban ciertos tópicos de la escritura autobiográfica de otra manera. Es decir, la vida, la infancia, o la vida provinciana trabajada por Sarmiento, por un lado, o trabajada por Teresa de la Parra es muy diferente. Porque Teresa de la Parra rescata una serie de mujeres, de otras mujeres. Pero Sarmiento también va la instrucción, a la lectura de los niños, pero te das cuenta de que lo que está haciendo Sarmiento es contar recuerdos pero armar un ícono.

–Se producía su propia biografía.
–Exacto, sí, sí. Y en el caso de Teresa de la Parra, no está esa obligación patriótica, digamos, entonces la recreación de la infancia es una recreación mucho más suelta, mucho más arbitraria también, y no hacia una figura pre construida.

–Estamos viviendo una especie de ola imparable en relación a la cuestión de las reivindicaciones de las mujeres que desde la sociedad se trasladan necesariamente a todas las disciplinas. Con los años que tenés y con los años que venís viendo el tema, ¿cómo lo ves en general en el mundo y acá en la Argentina?
–Acá lo que me impresionó en la Argentina es, y bueno, son observaciones que acaso sean superficiales porque no he estado, me he perdido muchas de las manifestaciones, etcétera, pero la impresión que tengo es que es un movimiento con mucha fuerza y que ha suscitado mucha energía y adhesión en gente joven. Hay como una ola de gente joven que está muy metida en esto y eso me impresiona, me impresiona positivamente, ¿no? Porque hay una apuesta ahí muy fuerte que no es superficial.

–No sé qué trato tuviste de pronto con varones de distintas edades, pero lo que está habiendo es un cambio fenomenal en la conducta del varón en función de todo esto. Están modificándose muchos patrones.
–Sí. He hablado sobre todo con mujeres pero a partir de los varones con los que he hablado tengo la impresión de que acá está pasando algo distinto. Que no es como antes, que no es la reivindicación por el voto femenino digamos, no es por una cosa: es mirar de otra manera pero mirar una totalidad de otra manera. No mirar un derecho que no tiene la mujer o un aspecto de la cosa. Y eso no sé si los hombres están dispuestos a hacerlo completamente pero saben que es distinto. Eso me parece un gran adelanto, porque eso permite el diálogo.

–Entre pares.
–Sí, exacto.

–¿Y qué te parece por ejemplo que Judith Butler sea un fenómeno cuando se presenta o que alguien como Rita Segato haya abierto la Feria del Libro?
– Bueno, Rita Segato te confieso que no la conozco bien. Pero en el caso de Judith Butler digo, hay una apuesta muy seria. Es decir, ella ha abierto su trabajo intelectual a un feminismo amplio e inclusivo pero sobre todo pensante. Y eso lo veo como una cosa muy positiva, además, porque no es que viene y trae una moda del exterior… Es decir, te da los instrumentos para ahondar en lo que está pasando acá.

–Algo que también está generando mucho revuelo tiene que ver con el lenguaje inclusivo. Vos sos una persona que vivió toda su vida hablando por lo menos en tres lenguas. ¿Cómo te imaginás sumando ahora el “todes”?
–Eso me cuesta mucho… no creo que yo llegue a usar el lenguaje inclusivo. Recurriré a frases medio pesadas como decir “ellas y ellos” o “las mujeres y los hombres”, pero no sé si voy a decir “todes” o usar la “x”, me cuesta mucho.

–¿Te parece una moda? ¿Te parece una tendencia? ¿Te parece que puede ocurrir que los más jóvenes arrastren y lleven la lengua hacia algo así?
–Yo creo que cuando cambia el lenguaje cambia desde lugares muy distintos, no es un grupo o una movida que va a cambiar el lenguaje, me parece. Es decir, el lenguaje lo hablamos todos y no me parece que sea muy realista pensar que el lenguaje va a cambiar porque estemos usando este lenguaje inclusivo. No sé, no lo veo… Entiendo que lo quieran usar, pero yo creo que hay que usarlo con la conciencia de que es un artefacto pero no es una lengua que durante siglos se ha desarrollado, ¿verdad?

–¿Hay algo que te resulte perturbador en el lenguaje castellano masculinizado de siempre que usamos? ¿O lo tenés completamente asimilado?
–Lo tengo asimilado pero siempre procuro utilizar formas que incluyan, si digo “todos”, “todos pensamos”, por ejemplo, suelo recurrir al más pesado “todos y todas pensamos”.

–Es una forma de hacer lenguaje inclusivo sin forzar las letras, digamos.
– Eso, sí, sí.

–Entiendo. ¿Y eso lo hacés desde siempre, lo venís haciendo hace mucho?
– No, no, lo hago más a menudo ahora que antes. O sea que el uso del lenguaje inclusivo, sin duda, me ha impulsado a hacer eso, ha tenido influencia en mí no para usarlo pero si para modificar mi escritura de acuerdo con esa idea de inclusión.

–¿Hay momentos de tu vida o de tu presente en donde te sale más naturalmente trabajar en ensayo que en ficción? ¿Sentís que la ficción tiene que ver con momentos de tu vida?
–Vos sabés que alterno y habitualmente tengo como dos proyectos paralelos. Uno más reflexivo, uno más de ensayo, y el otro más de ficción. Pero últimamente se me mezclan mucho porque, no sé, cuando escribo esos libros como Varia imaginación, evidentemente es una reflexión sobre la memoria y sobre la edad. Pero no quería escribir un ensayo sobre eso, quería escribir un texto o textos, narraciones, relatos, sobre mi amiga que estaba perdiendo la memoria. O sea que es una mezcla, ¿no? Y esa mezcla me resulta en este momento muy inspiradora o productiva.

–Estimulante.
–Sí, muy estimulante. Cuando escribo sobre bilingüismo no me interesa leer demasiada teoría sobre cuándo el niño comienza a ser bilingüe. Tengo mi propia experiencia. Y a veces leo alguna que otra cosa, pero me interesan los relatos de otros escritores que hablan sobre eso.

–¿Cómo te definís en términos profesionales?
–Como escritora, punto (risas). Escritora de crítica y ficción supongo.

–¿Y la docencia adónde la dejás?
–Bueno, cuando lees esas descripciones que hacen de vos que parecen lápidas. A veces, dicen: “Fue profesora”, así que yo digo “fui profesora”.

–¿Pero no hay algo así como que uno sigue siendo siempre docente? 
– Uno no deja. Y, de hecho, la gente tampoco te deja. Porque hay gente que todavía se me acerca y me dice: “Yo sé que usted está jubilada, ¿pero no aceptaría dirigir mi tesis?” Y yo le digo: “No, lamentablemente no.” Pero mantengo muy buen diálogo. Es decir, lo que guardo de la docencia es un intercambio muy provechoso para mí con la gente que ha sido estudiante mía o que conozco y entablo relación con esta persona que es estudiante en algún lugar, así que continúo. Porque para mí es un diálogo que me enriquece muchísimo. Es decir, lo que me impulsa a pensar es siempre el diálogo con alguien.

–Decime qué pensás de las últimas generaciones de escritoras mujeres argentinas.
–Ah, me parecen muy estimulantes, me parecen muy fascinantes. Leo y las releo porque debo decir que tengo la memoria un poco floja, pero me gusta releerlas.

–¿Lees en todas las lenguas todo el tiempo?
–No todo el tiempo, a veces privilegio una sobre otra. Leo ficción más en castellano que en otro idioma en este momento. Poesía leo más en inglés. Ensayo, un poco dividido, está entre español y francés, de vez en cuando, más que de vez en cuando. Y, después, me interesa la ficción corta, me interesa mucho, esa la leo en todos los idiomas, así sea George Perec por ejemplo o Lydia Davis.

–Te iba a preguntar qué pensabas de Lydia Davis, cuya obra es tan especial.
– Una maravilla.

– Extraordinaria autora.
– Es mi diosa.

jueves, 1 de febrero de 2018

"Yo soy una lectora con el libro en la mano"

Los últimos meses del año 2017 nos depararon Citas de lectura, otro magnífico libro de Sylvia Molloy. A causa de ese breve volumen, Silvina Friera la entrevistó para Página 12, diálogo que se publicó el 23 de diciembre pasado. En la bajada, puede leerse “Los ensayos de la escritora y crítica literaria exploran diversos aspectos de su condición de lectora. ‘Yo leo y escribo y para mí son una misma cosa, están inextricablemente ligados’, sostiene”. Probablemente, ésta sea la mejor manera de empezar el año del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

“Mi trayectoria de lectura está marcada por el deseo”

El discreto encanto de los encuentros clandestinos nunca desapareció de su imaginación. Robar libros “prohibidos” por su madre –censurados por los pasajes sexuales, referencias a una violación o a la homosexualidad– fue el primer gesto de su identidad en construcción como lectora en tres lenguas: español, inglés y francés. En uno de los ensayos que integran Citas de lectura (Ampersand), Sylvia Molloy revela que fue sensible tempranamente al prestigio de verse y ser vista con un libro en la mano. “Como aquellos cuadros renacentistas donde el sujeto aparece con un objeto que señala su profesión, suerte de metonimia que lo prolonga y lo significa –el médico con su bisturí, el pintor con su pincel, el cazador con su carabina– me imaginaba siempre retratada con un libro y lo sigo haciendo”, confiesa la escritora y crítica literaria que vive en Estados Unidos desde fines de los años 60, donde ha sido catedrática de literatura latinoamericana y comparada en las universidades de Princeton, Yale y en la New York University.

La gota de bromo le quemó el dorso de la mano derecha. Esa cicatriz, muchos años después, es apenas una ínfima rayita que la escritora le muestra a Página 12 como el último trofeo de una guerra que perdió con la carrera de Química, durante su breve paso por la Facultad de Ciencias Exactas. Héctor Pozzi, jefe de trabajos prácticos, la llamó a su oficina: “Se sacó la mejor nota, Molloy, pero usted no está contenta aquí”, le dijo. Y la invitó a irse, le dio ese permiso fundamental, el empujón que necesitaba para estudiar literatura. “Mal que bien, uno vuelve a esos libros que ha leído con cierta frecuencia, y siempre me acuerdo de cosas distintas. Me ha pasado de tener un recuerdo nítido y después volver al texto y encontrarme con otra cosa que no había visto”, plantea la autora de las novelas En breve cárcel y El común olvido. “La palabra cita para mí tenía algo un poco dudoso, cierta ambigüedad, algo clandestino, porque yo le robaba los libros a mi madre, como cuento en uno de los textos, para leerlos. Hasta que me descubrieron”. 

–Quizá varias generaciones de lectores se formaron un poco al calor de esta especie de clandestinidad inicial, de leer a escondidas de los padres, ¿no?

–Escapar a la vigilancia paterna o materna es uno de los placeres de la niñez, ¿no? A través de la lectura se aumenta ese placer porque estás escapando a la vigilancia y estás haciendo algo que sabés que no tendrías que estar haciendo, porque por algo están esos libros semi escondidos en un cajón, en donde sea; entonces esa transgresión se vuelve sumamente deseable. Uno se vuelve más uno mismo al poder tomar algo que se supone que no corresponde.

–Lo prohibido tiene ese encanto particular.
–Totalmente. Además, quiero esto, ¿por qué no? Mi trayectoria de lectura está marcada por el deseo

–En “El libro como artículo de viaje” dice: “El miedo de quedarme sin libro que leer me sigue rondando”. ¿Cómo explica ese miedo?
–Es el miedo no solo a sentirme sola, sino literalmente a estar desamparada. El libro me protege, el libro es un refugio, y si no tengo un libro estoy a la intemperie. Eso me perturba enormemente. Me perturba más no tener un libro que no tener un paraguas (risas). Incluso en este último viaje compré un libro en inglés, pero no me acuerdo cuál era porque no lo leí. Muchas veces los libros que compro en los aeropuertos son libros que no leo en el viaje. Pero sé que están ahí. Como el paraguas.

–En “Un posible comienzo” cuenta que le gustaría creer que el primer libro que leyó de chica fue en español, pero que no sabe si fue así.
–Sé que los primeros cuentos que escuché fueron en español, antes de que supiera leer. Muchos de ellos eran traducciones de cuentos de hadas ingleses o franceses. El primer libro que leí no lo recuerdo. Y es algo que me taladra porque pienso que a lo mejor fue en inglés, pero por otro lado me leían los cuentos en español. No sé… son puras conjeturas y ese comienzo está un poco borroso, lo cual me da rabia. Para consolarme pienso que esa indecisión a lo mejor es una buena cosa porque no importa tanto recordar en qué lengua leíste, sino qué leíste. Para mí, que siento que la lectura me ha moldeado en cualquier lengua, leer fue una manera de devenir yo. 

–“No sólo vivía a través de los libros, vivía los libros, los volvía performance personal”, afirma en uno de los textos. ¿Por qué las escenas de lectura son tan    teatrales?
–Esa teatralidad queda cifrada en la idea del lector o la lectora con el libro en la mano. Ese libro en la mano que leés y que te completa; pero a la vez es una manera de significar algo para el otro que te está mirando. La satisfacción es doble: tener un libro por si quiero leerlo y tener un libro que me completa, que es algo que necesito para ser yo y para que el otro entienda quién soy. Yo soy una lectora con el libro en la mano. De muy chica volvía loca a mis padres porque no era un libro, sino no sé cuántos que quería llevar cuando viajaba. Y tenían que ser libros, no revistas. Yo quería que me vieran con libros. Algo de autoexposición o de jactancia hay sin duda en ese gesto, pero lo veo como algo más esencial, como parte de mí. Yo quiero que me conozcan con el libro en la mano.

–¿Es su primera identidad?
–Sí, exacto. Yo creo que había una frase “legal”, que siempre la recuerdo porque me divierte, que es “fulana de tal, que sí lee y escribe”. Yo leo y escribo y para mí son una misma cosa; están inextricablemente ligados.

–¿En qué sentido su primo, que aparece homenajeado en uno de los textos, cambió la dirección de sus lecturas?
–Mi primo, que era bilingüe como yo, me abrió a otro tipo de lecturas en un momento en que lo necesitaba. Hay dos personas que me abrieron hacia otro tipo de lecturas: mi profesora de francés, que me abrió hacia la literatura francesa, y por otro lado mi primo, que me llevó a leer a T. S. Eliot. Yo  venía de un colegio inglés donde leíamos la literatura del siglo XIX, pero no dábamos ni un paso más adelante. 

–¿Cómo no se leía a ningún autor del siglo XX en ese colegio? 
–A lo más que llegábamos era a Thomas Hardy. Vi una libertad de escritura en Eliot en la que no había reparado anteriormente en las lecturas prescriptas en el colegio.

–Qué escena tremenda que cuenta con Victoria Ocampo, linda manera de conocerla..
–Esa fue una escena de pavor que todavía recuerdo nítidamente porque la arrogancia de Victoria    –a quien conocí después muy bien y llegué a querer mucho– fue temeraria. Yo estaba haciendo un trabajo sobre traducciones de escritores argentinos al francés. Entonces quería hacerle a José Bianco algunas preguntas sobre (Ricardo) Güiraldes. Me di cuenta de que Güiraldes no era un escritor que le interesara demasiado, pero muy amablemente me dijo con quién podía hablar. Y fue entonces cuando irrumpió Victoria diciendo: “¿dónde está mi libro? ¿quién me robó un libro de Jean Giono?”. Ahí se creó una complicidad muy linda con Bianco porque puso los ojos en blanco y dijo: “yo no sé dónde está su libro”. Bianco me dijo a mí: “¿a quién se le ocurre leer a Giono?”. Esa falta de respeto fue liberadora para mí, porque yo había intentado leer a Giono y me parecía ilegible. Esas complicidades son muy lindas en las lecturas. Otro momento muy lindo de complicidad que tuve con “Pepe” Bianco fue a propósito de los cuentos de Katherine Mansfield. En una conversación se hablaba de escritores ingleses y yo dije algo sobre Mansfield y me di cuenta de que la gente no había leído a Mansfield, salvo “Pepe”, que se acordaba del mismo cuento que yo, de un detalle que guardo como quien almacena monedas raras porque sabe que en algún momento van a valer algo y las va a usar en la escritura. Se acordaba de ese cuento donde hay una mujer que anda deambulando por la ciudad buscando un zaguán donde pueda llorar porque acaba de recibir una mala noticia. Los dos nos acordábamos de esa escena; fue un momento de hermandad muy lindo.
Hay otra circunstancia en la que cunde el malentendido con Silvina Ocampo por el título de una novela de Molloy. “Silvina me enseñó muchas cosas, pero ese momento fue increíble –reconoce–. Cuando me preguntó cuál era el título de mi novela, le dije que En breve cárcel. Silvina me dijo que no le gustaba. Y yo con ganas de matarla, aunque reconociendo que tiene derecho a que no le guste un título, me quedé callada. Al rato me preguntó: ‘¿cómo era el título?’ Y se lo repetí. ‘Ah, yo había entendido En breve cáncer’…, me dijo. Me dio un ataque de risa, pero me maravilló que pudiera pensar que una novela se pueda llamar En breve cáncer”.

–En otro de los textos de “Citas de lectura” revela que en la plaza Dorrego compró una primera edición de “Las invitadas”, dedicada a otra persona. ¿Es un gesto de amor hacia Silvina comprar ese libro, tener algo dedicado por ella?
–Debo decir que llegué al amor a través de los celos, porque mi primera reacción fue de celos al descubrir que hay un libro de Silvina dedicado a alguien que era amigo mío. Lo cual añade más celos a los celos que sentí. ¿Por qué había un libro dedicado a Eugenio (Guasta) y no a mí? Yo no tenía ningún libro de Silvina dedicado, no sé por qué… Entonces me dio rabia y lo dejé. Después efectivamente volví porque quería tener un libro de Silvina dedicado, aunque fuera a otra persona. 

–¿Qué le debe a Borges?
–Hay dos momentos en mi lectura de Borges. Una es mi primera lectura, que se hace desde un punto de vista más “escolar”, porque en Francia trabajé con la recepción de los escritores latinoamericanos en francés y Borges era figura central en esa recepción, así que lo trabajé desde el punto de vista académico, leyéndolo y viendo además los malentendidos que se planteaban en esa recepción: cómo el país extranjero siempre le pide al texto que ha sido traducido que coincida con la imagen que ellos tienen. Borges rompía todos los moldes y no coincidía con lo que se esperaba de América Latina. Entonces hubo una serie desencuentros muy interesantes. Ese fue mi primer acercamiento a Borges. Pero más allá de esa experiencia académica, yo empezaba a tantear la escritura y me daba cuenta de que era otro el Borges que me interesaba: no el que entra en diálogo con la literatura francesa, sino el Borges que entraba en diálogo conmigo. A partir de ese momento, cuando empiezo yo misma a escribir, me doy cuenta de aspectos básicos de Borges que marcan mi escritura: la idea de traslado de textos, la idea de que la literatura es algo que se repite y que recontamos y que la literatura refiere. Otra cosa muy importante que me enseñó Borges es que la crítica y la ficción no son ejercicios diferentes. Se contaminan provechosamente y eso lo vivo en mi vida diaria: escribo ficción y escribo crítica al mismo tiempo y muy a menudo lo que no voy a usar en una lo uso en la otra. También me enseñó el uso del fragmento; él tiene una frase que me encanta, que trabaja con “pormenores lacónicos de larga proyección”. Para mí ese trabajar con lo pequeño, con lo menor, y poder proyectarlo es algo muy importante. Para decirlo en una palabra, Borge me enseñó la atención literaria. 

–En todos sus libros hay una suerte de reservorio de palabras, algunas quizá cayeron en desuso o están un tanto olvidadas. En “Citas de lectura”, la más significativa es “mamarrachientos”. ¿Qué función tienen estas palabras?
–Me divierte usarlas, aunque sé que estoy cometiendo un anacronismo. Me gusta recuperar ciertas palabras que se usan menos ahora. Tengo un museo personal de palabras que oí en mi infancia, que les oí a mi madre y a mis tías, que por cierto hablaban de una manera muy linda, a mí me encantaba oírlas y apropiarme de ellas. A pesar de que el castellano es mi lengua de escritura, al hablar otros idiomas de manera cotidiana, el inglés por ejemplo, esas palabras adquieren un aura especial y me gusta ponerlas de vez en cuando en lo que escribo.

–¿Qué otras palabras recuerda de ese museo personal?
–Cuando mi madre hablaba de una vecina que era un tanto arrogante,  me decía: “es una estirada”. Me encanta estirada. También está el vocabulario de amigas mayores que yo, que usan mucho “mangangá”, una persona que habla mucho. Son palabras de las que reconozco su rareza y las uso de manera muy dosificada para que no parezca que estoy haciendo color local.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La malicia como una de las bellas artes

El 18 de noviembre pasado, en su columna del diario Perfil, de Buenos Aires, Damián Tabarovsky  toma como excusa el último libro de Sylvia Molloy y reflexiona sobre “la malicia”, aparentemente una de las destrezas argentinas.

Citas maliciosas

Los mejores momentos de Citas de lectura, de Sylvia Molloy, recientemente editado por Ampersand en la colección Lectores, son los que pone en juego una cierta malicia. Lo hace con elegancia, evidentemente con humor, pero también con una leve maldad cariñosa, que logra pasajes notables. Por ejemplo, en la página 41, en la que describe su primer encuentro con José Bianco –de quien se haría gran amiga– en la redacción de Sur, situación que implicó también su primer encuentro con Victoria Ocampo. Molloy estaba siendo recibida por Bianco, en el momento justo en que irrumpió Ocampo (“como valkiria malhumorada”) en el escritorio del propio Bianco, acusándolo, a los gritos, por la desaparición de un libro de Jean Giono que se había hecho enviar desde París y que hacía tiempo debía haber llegado. Ocampo le dijo a Bianco: “Usted me lo ha robado y se lo voy a contar a su madre”, ante lo cual, irónico, Bianco respondió: “A quién se le ocurre leer a  Giono”. Luego Bianco le señaló que estaba atendiendo a Molloy, y entonces Ocampo agregó: “Me importa un carajo la señorita” y salió dando un portazo. El encuentro con Bianco prosiguió como si nada, y Molloy termina rematando con un pensamiento: “No me atreví a decirle que a mí tampoco se me había ocurrido leer a Giono”.

O en la página 56, un recuerdo con la otra Ocampo, con Silvina, a quien describe con admiración. Molloy le cuenta que acaba de escribir su primera novela, y Ocampo le pregunta por el título: “En breve cárcel, le dije (…) ‘No me gusta’, fue el dictamen. Molesta le contesté que a mí sí me gustaba (…) era una cita de Quevedo”. Entonces Ocampo empieza a retroceder, y le pregunta nuevamente por el título. Molloy se lo repite secamente, y Ocampo exclama: (“como aliviada”) “Ay, yo había entendido En breve cán cer”. Y luego Molloy remata con otra situación en la que tampoco se animó a hablar: “Tampoco me atreví a preguntarle cómo se imaginaba una novela que se titulara En breve cáncer (¿Acaso como un anuncio de un acontecimiento, como se anuncia un espectáculo, por ejemplo: ‘En breve: cáncer’)?”. Hay otros pasajes con igual tono, pero dejo aquí para no glosar todo el libro, que además es breve.

La malicia forma parte de una gran tradición literaria argentina (y seguramente de otras partes), que incluye maravillosos momentos, en un arco que va de los textos de Mansilla al Borges de Bioy Casares. Malicia doble este último: la de Bioy al escribir el diario, la de Borges al actuarla. Borges encarna en sí mismo la malicia literaria toda entera. Todavía no entiendo por qué a nadie se le ocurrió compilar un libro con todas las ironías maliciosas de Borges (aunque lo intuyo: implicaría exponerse a María Kodama y a su ejército de abogados).

Volviendo a Molloy, Citas... incluye también una muy bella lectura de la relación amorosa (o no) entre Madame Arnoux y Frédéric Moreau, en La educación sentimental, de Flaubert. Flaubert hizo de la malicia una parte central de su proyecto literario. Su Dictionnaire des idées reçues es majestuoso en ese sentido. A mí me gustan especialmente sus entradas breves, de no más de una oración cargada de ironía, como “Almirante: siempre valiente”, o “Padres: (…) ocultarlos cuando no son ricos”, o “Fusilar: más noble que guillotinar”, o “Wagner: cuando se escucha hablar de él hay que hacer bromas sobre la música del futuro.”

viernes, 17 de noviembre de 2017

Con la presencia de Sylvia Molloy se cierran las actividades públicas del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires en 2017


Finalmente Sylvia Molloy estuvo en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para cerrar las actividades públicas de 2017. La excusa fue Vivir entre lenguas, un libro del todo inclasificable, donde a través de una serie de textos de muy diverso orden, pero generlamente con un profundo sentido autobiográfico, la autora reflexiona sobre las lenguas en que vivimos y comparte con el lector sobre su propia experiencia trilingüe.

La charla se desarrolló en un clima francamente amable e informal y el público participó muy activamente con preguntas que la invitada contestó detalladamente y con mucho sentido del humor. 


Luego, aprovechando que la editorial Eterna Cadencia trajo ejemplares de varios de los títulos que Molloy publicó allí, se formó una cola para que cada uno de los presentes recibiera la correspondiente dedicatoria. 

Aquí puede verse el video de la reunión: 
https://www.youtube.com/watch?v=dNR7E3kkDDA


Sylvia Molloy (Buenos Aires, 1938) es una de las más importantes escritoras de la lengua. Doctorada en Literatura Comparada en La Sorbonne, fue becaria de la Fundación Guggenheim, del National Endowment for the Humanities, del Social Science Research Council y de la Fundación Civitella Ranieri. Fue profesora en las universidades de Yale y de Princeton y, en 2007, creó la maestría en escritura creativa en castellano de la New York University. Su obra crítica incluye La Diffusion de la littérature hispano-américaine en France au XXe siècle (1972), Las letras de Borges (1979), Acto de presencia: la literatura autobiográfica en Hispanoamérica (1997) y Poses de fin de siglo. Desbordes del género en la modernidad (2012). De su obra estrictamente creativa se mencionan En breve cárcel (1981), El común olvido (2002), Varia Imaginación (2003), Desarticulaciones. (2010) y Vivir entre lenguas (2016). En la actualidad es Albert Schweitzer Professor in the Humanities Emerita por la New York University.

jueves, 16 de noviembre de 2017

A modo de anticipo de la visita de Sylvia Molloy al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

El 28 de febrero de 2016, el escritor José María Brindisi publicó en La Nación, de Buenos Aires, una entrevista que realizó con Sylvia Molloy a propósito de Vivir entre lenguas, un magnífico y muy singular libro que por esas fechas publicaba la editorial Eterna Cadencia. A un día de realizarse el último encuentro del año, que tiene a ese autora y a ese libro como exclusivos protagonistas, parece entonces oportuno volver a leer el diálogo que en la oportunidad mantuvieron ambos escritores.

“Crítica y narración son para mí proyectos 
paralelos en constante diálogo”

Debe ser extraño eso de no estar y, al mismo tiempo, “estar cada vez más”. Porque a pesar de que hace más de cuatro décadas que vive fuera de la Argentina, en los últimos años –sobre todo– el nombre de Sylvia Molloy pasó de ser un secreto a voces para convertirse, lentamente, en una autora insoslayable. Mucho han tenido que ver las reediciones de los últimos tiempos, que posibilitaron no sólo leerla –En breve cárcel, su primera novela, apenas había circulado aquí en fotocopias de la versión española de Seix Barral, de 1981, hasta que la editó Simurg en 1998– sino que aportaron, además, nuevas miradas, una relectura de parte de su obra a partir de un contexto absolutamente diferente. En breve cárcel se convirtió en una suerte de paradigma, una novela que –acaso por primera vez en el país– narraba sin tapujos y a la vez con extrema sutileza un amor lésbico. “Una historia de encuentros y desencuentros”, como la misma Molloy sintetizó en más de una ocasión, con la particularidad –para la literatura– de que ese amor era entre mujeres. Pero con todo lo que tiene de político ese gesto, leerla desde una nueva perspectiva permite redescubrir, o terminar de descubrir, una escritura. En ese sentido, el reciente rescate de Ricardo Piglia para su Serie del Recienvenido de esa novela –la colección que dirige en Fondo de Cultura Económica–, cuyo objetivo es volver visibles libros que no tuvieron la difusión que merecían, resultó fundamental por su valor simbólico y por sus implicancias literarias. 

Pero en ese estar y no estar de Molloy, que además de producir una obra crítica y ensayística notable ha trabajado durante mucho tiempo en algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas –Yale, Princeton, NYU–, hay un factor que se torna particularmente activo: su condición de trilingüe. Es decir, en ese ir y venir con total naturalidad entre el inglés –en el que le hablaba su padre–, el francés que estudió más tarde y el castellano natal se da un estado de alteración. “El bilingüe nunca se desaltera”, escribe Molloy en su flamante Vivir entre lenguas (Eterna Cadencia) –que presentará en Buenos Aires el viernes 11 de marzo– en el sentido de alguien que no tiene un control completo de sus reacciones, alguien que está momentáneamente en un sitio –una lengua– pero renunciando a otros. Entonces ese vaivén constante, ese escribir “desde una ausencia”, eligiendo un idioma y “afantasmando” los otros –que nunca desaparecen–, es desde siempre para Molloy un entrevero cotidiano, un modo de situarse en una suerte de vacío o no lugar. Una pelea que se da en su relación con el lenguaje, pero que desde luego va mucho más allá. 

–En uno de los pasajes más significativos del libro, usted habla de haber estado en algún momento de su vida “suspendida entre lenguas”, sin poder escribir. ¿Qué significaba exactamente esa crisis, y cómo encontró el antídoto para escapar de ella? 
Creo que no se puede escapar de la crisis sino, de alguna manera, asumirla. Es decir, aceptar que tanto la vida como la escritura son un ir y venir entre lenguas, y que si bien ese vaivén depara complicaciones también es fuente de creación. En el caso preciso que menciona, la única manera de escapar fue convencerme de que no tenía que elegir, que podía comenzar a escribir en cualquiera de mis lenguas porque si no me salía bien siempre me quedaba el recurso de traducirme a otra.

–El título original era Vivir en dos lenguas. El cambio parece revelador en cuanto a esa suspensión de la que hablaba.
–Preferí Vivir entre lenguas porque me parece crucial señalar el intersticio, el lugar intermedio donde se mezclan y contaminan saludablemente las lenguas, que en mi caso no son dos sino tres.


–Le llevó bastante tiempo concretar este libro. ¿A qué se debió? ¿Hubo alguna resistencia, precisamente, algo así como la sensación de estar perdida entre lenguas, países y la experiencia de toda una vida?
–Resistencia, no, tampoco sensación de pérdida, sino una suerte de desconcierto fecundo. Hace mucho que pienso entre lenguas, es lo que le toca al sujeto que maneja más de un idioma como propio. Somos muchos los que vivimos en vaivén lingüístico, especialmente en estos tiempos de desplazamientos, exilios, asentamientos provisorios, derivas de todo tipo. Yo me fui de la Argentina hace más de cuarenta años. No estaba perdida entre lenguas pero sí algo insegura. Había escrito critica en español y francés, y alguno que otro cuento en inglés y en español. ¿En qué idioma iba a escribir una novela?

–Al comienzo, usted menciona el hecho de haber aprendido el idioma francés como un acto de “recuperación” (la lengua en la que hablaba su abuela materna, y que su madre no había aprendido). Pero el inglés, que empezó a hablar apenas murió su abuela paterna, ¿no funcionó de un modo similar?
–No del todo. Aprender francés fue una iniciativa mía (avalada, debo decir, por mi madre, para quien el francés era lengua postergada y por lo tanto objeto de deseo), mientras que el inglés se dio naturalmente, si cabe el término, porque era la lengua activa de mi padre. No tuve que decidir que quería aprenderlo, el inglés que oía en boca de mi padre decidió por mí.

–La particular mixtura que hace entre narración y reflexión la emparienta con autores como Sebald, Cozarinsky, Magris o Piglia. ¿Qué le interesa particularmente de ese mestizaje? ¿Es el contexto en el que puede escribir con mayor libertad?
–Para mí la narración y la crítica son dos proyectos paralelos que están en constante diálogo. Casi siempre manejo dos proyectos a la vez, dejando que se enriquezcan mutuamente, que se contaminen. Cuando escribía En breve cárcel estaba pensando en las diversas formas y objetivos de la escritura confesional y de ahí salió no sólo la novela sino también el impulso para mi libro sobre la autobiografía. Lo mismo con El común olvido, escrito a la par que reflexionaba críticamente sobre narrativas de regreso para un libro que aún no he terminado. Del mismo modo, El común olvido me ha servido para incentivar la reflexión sobre el vivir entre lenguas.

–La palabra y la idea de “switchear”, refiriéndose al zigzagueo entre diversas lenguas, es un concepto central en todo el libro. ¿Ese “switcheo” produce, a veces, cruces inesperados, incluso extraños? Pienso en la referencia a Jorge Porcel, por ejemplo.
–Todo depende del efecto que se quiera obtener. Interrumpir el flujo de una lengua para dejar caer una o varias palabras en otra puede ser una afectación cultural, una manera de lucirse, como es bien sabido. Pero puede ser también una necesidad. Cuando el que vive entre lenguas “switchea”, lo hace porque la palabra en la otra lengua surge primero y se impone, o porque no encuentra la palabra en la lengua que está hablando, o porque la palabra en la otra lengua “lo dice mejor”. Pero una cosa es zigzaguear entre lenguas, y otra cosa es navegar entre referencias culturales. Cuando la narradora de Vivir entre lenguas habla de Porcel no es, desde luego, para impresionar al lector con la referencia cultural ni, en este caso, para impresionar a las gallinas a quienes les canta “A la cama con Porcel” cuando las hace entrar al galpón. Es una suerte de travesura, una especie de nonsense a la que se entrega cuando nadie la oye.

–El suyo es un caso muy diferente, pero ¿qué piensa de los escritores –como sucede hoy con frecuencia en América Latina– que se instalan en Estados Unidos detrás de una mayor circulación o, sobre todo, legitimación?
–No creo que las cosas se den en ese orden; es decir, no creo que los escritores latinoamericanos vayan a Estados Unidos con el propósito principal de encontrar mayor circulación y legitimación. La mayoría de los escritores latinoamericanos que conozco han llegado a Estados Unidos por necesidad: una beca de estudios, un empleo, un puesto en una universidad. Son exiliados, no siempre por razones políticas, cuya motivación principal es escribir y no necesariamente encontrar mayor circulación o legitimación. Porque ¿quién se las daría? Como es bien sabido el mercado editorial norteamericano está cada vez más restringido para el escritor extranjero a quien, salvo excepciones, tiende a ignorar. No se lo traduce, no se lo publica. Las grandes editoriales se dan el lujo de promover uno o dos escritores extranjeros como máximo para lucirse –pongamos por caso César Aira y Roberto Bolaño en New Directions o Bolaño, póstumamente, en Farrar, Straus & Giroux–, pero eso de la mayor circulación es, más bien, un mito.

–Usted menciona a W. H. Hudson, quien luego de treinta años se fue a Inglaterra a convertirse en un “escritor inglés”. Hay algo muy doblemente argentino en la relación que tenemos con él: o nos lo apropiamos –olvidando que escribía en inglés–, o lo vemos como una suerte de traidor?
–Creo que más bien nos lo apropiamos, ¿no? En efecto elegimos olvidar que lo leemos en traducción, olvidar que eligió ser un escritor inglés, olvidar que el título completo de la primera edición de La tierra purpúrea era The Purple Land that England Lost, título que luego acortó, sabiamente despojándolo de sus connotaciones imperiales que, para un lector argentino, traicionaría la admiración que le inspira el autor.

Vivir entre lenguas es uno de los libros en que su yo ha quedado más expuesto. ¿Ha logrado, aun así, establecer esa distancia que muchas veces le ha resultado indispensable para poder escribir?
–Me gusta la idea de exponerme a través de la lengua, a través de los cambios de lengua. Hay algo un poco louche (ya ve, no puedo con mi tendencia a mezclar) en la idea de descubrirse, en los dos sentidos del término, a través de esos cambios.

–En más de una ocasión ha planteado la práctica de la escritura como traslado, como “traducción”. ¿Cómo actúa esa doble traslación, en su caso, cuando escribe en inglés? ¿El castellano sigue siendo ese idioma “desde” el que es trilingüe?
–Totalmente. Si bien el ir y venir entre lenguas complica la escritura, también la estimula. Cuando me cuesta empezar un texto que he elegido escribir en español, lo hago en inglés (o, rara vez, en francés), la lengua relegada, para luego traducirme.

–En algún pasaje se refiere al “desamparo lingüístico” de su madre. ¿En verdad le otorga ese peso o se refiere a la lengua materna que a ella se le había negado?
–Me refiero a la lengua materna que le fue negada, el francés que sus padres hablaban con los hijos mayores pero que dejaron de hablar con los menores y que ella extrañaba. Sólo quedaban resabios de ese francés en el habla de mi madre, términos de costura, nombres de platos de comida, de algún mueble, mínimos pedacitos de la lengua materna afantasmada.

–Como mínimo, usted regresa a la Argentina una vez al año. ¿Logra sentirse en casa, es decir, convertirse en esa otra que no desea que la “agarren desprevenida”?
–Logro sentirme en casa justamente porque me fui de casa, y los retornos son maneras de convencerse –o de casi convencerse– de que uno nunca se fue. Pero el que vuelve siempre, de algún modo, muestra la hilacha: se sorprende de algún cambio que cree reciente cuando ese cambio ocurrió hace tiempo, o usa una palabra de otra época, o sigue pensando que la avenida Santa Fe es calle de mano única.

–El libro cierra con una pregunta, sencilla pero de múltiples significaciones: “¿En qué idioma soy?” ¿Ha podido responderla? ¿Hay una respuesta posible?
–No, no hay respuesta posible. Lo más que puedo decir es que no “soy” en este idioma o aquel, sino en el cruce mismo de mis idiomas, sitio imperceptible y precario donde una lengua desemboca en la otra y luego vuelve “en sí” contaminada por el desliz. No recuerdo qué escritor francés de origen ruso decía de sí mismo y de otros bilingües que eran todos “infectados de la lengua”, usando el término “infectar” como se usa en francés, al hablar de pintura: se dice que un color “infecta” a otro queriendo decir que tiñe el otro, que lo penetra, lo mancha. Es en ese precario cruce lingüístico donde me siento por fin en casa: es decir, donde soy.