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lunes, 19 de diciembre de 2016

Bob Dylan y la aceptación del Nobel de literatura

Lo que sigue es el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2016, que, en nombre de Bob Dylan, leyó el pasado 10 de diciembre, Azita Raji. embajadora de los Estados Unidos en Suecia, durante el banquete de entrega de los premios de este año. Se ofrece aquí en la traducción de László Erdélyi, director del suplemento El País Cultural, del diario El País, de Montevideo.
  
El discurso que otro leyó

Buenas noches para todos. Reciban mis cálidos saludos los miembros de la Academia Sueca y todos los distinguidos huéspedes presentes.

Lamento no estar presente, pero quiero que sepan que estoy espiritualmente con ustedes y honrado por tan prestigioso premio. Recibir el Premio Nobel de Literatura es algo que jamás pude haber imaginado o advertido de antemano. Desde una edad temprana estuve familiarizado con la lectura, absorbiendo los trabajos de otros que también merecieron esta distinción: Kipling, Shaw, Thomas Mann, Pearl Buck, Albert Camus, Hemingway. Estos gigantes de la literatura cuyas obras se enseñan en las aulas, se alojan en bibliotecas alrededor del mundo y hablan en un tono irreverente siempre me causaron una profunda impresión. El hecho de que yo me sume a semejante lista no se puede explicar en palabras.  

No sé si estos hombres pensaron alguna vez en el honor que implica recibir un Nobel, pero supongo que cualquiera que escriba un libro, o un poema, o una obra de teatro en cualquier lugar del mundo puede albergar ese sueño secreto bien escondido. Tan adentro que quizá no sepan que está allí.

Si alguien me hubiera dicho que yo tenía cierta chance de ganar el Premio Nobel, habría pensado que las posibilidades eran tantas como estar en la luna. De hecho, durante el año en que nací y por unos años más, no hubo nadie en el mundo que fuera considerado lo suficientemente bueno como para ganar este Premio Nobel. Debo reconocer que me encuentro en rara compañía, digo.

Yo me encontraba de viaje cuando recibí estas sorpresivas noticias, y me llevó algunos minutos poder procesarlo de manera adecuada. Comencé a pensar entonces en William Shakespeare, el gran personaje de la literatura. Se reconocía a sí mismo como dramaturgo. La idea de que estaba escribiendo literatura no estaba en su cabeza. Sus palabras estaban escritas para el escenario. Para ser habladas, no leídas. Cuando estaba escribiendo Hamlet, estoy seguro que él pensaba en un montón de cosas diferentes: "¿Quiénes son los actores adecuados para estos roles?", "¿Cómo se debe llevar a escena?", "¿Quiero que esto ocurra en Dinamarca?". Su visión y ambiciones creativas estaban bien claras, pero había un montón de aspectos mundanos a considerar y resolver. "¿Tenemos financiación?", "¿Hay suficientes butacas buenas para acomodar a mis mecenas?", "¿Dónde voy a conseguir un cráneo humano?". Puedo apostar que lo último que podía estar entonces en la cabeza de Shakespeare era la pregunta "¿Es esto literatura?".

Cuando comencé a escribir canciones en mi adolescencia, incluso cuando comencé a recibir cierto reconocimiento por mis habilidades, las aspiraciones para esas canciones no iban muy lejos. Pensé que podían ser escuchadas en cafeterías o bares, quizá más tarde en lugares como el Carnegie Hall o el Palladium de Londres. Si soñaba en grande quizá hasta podía imaginar un disco y luego escuchar esas canciones por la radio. Ese era el verdadero gran premio en mi cabeza. Hacer discos y escuchar las canciones en la radio significaba llegar a grandes audiencias y poder seguir haciendo lo que había comenzado.

Bien, pude seguir haciendo lo que había comenzado y por un largo tiempo. Hice docenas de discos y realicé miles de conciertos a lo largo del mundo. Pero el centro vital de todo lo que hago son mis canciones. Al parecer hallaron un lugar en la vida de muchas personas a través de diferentes culturas, y estoy muy agradecido por ello.

Pero hay una cosa que debo decir. Como intérprete toqué tanto para audiencias de 50 mil personas como para 50, y puedo decirles que es más difícil tocar para 50. Las 50 mil se convierten en una, pero no las 50. Cada una de ellas posee una individualidad, una identidad propia, un mundo a su alrededor. Perciben las cosas de forma más clara. Tu honestidad y la forma cómo ésta se relaciona con las profundidades de tu talento son puestas a prueba. El hecho de que en el comité del Nobel sean tan pocos no pasa para mí desapercibido. 

Pero, como Shakespeare, yo a veces me ocupo en mis proyectos creativos lidiando con los aspectos mundanos de la vida. "¿Quienes son los músicos adecuados para estas canciones?", "¿Estoy grabando en el estudio adecuado?", "¿Esta canción está en el tono correcto?". Algunas cosas no cambian, ni siquiera en 400 años.

Ni una sola vez pude hacerme la pregunta "¿Son mis canciones literatura?"

Por lo tanto, deseo agradecer a la Academia Sueca por haber considerado esa pregunta, y por la maravillosa respuesta que encontraron. 

Mis mejores deseos para todos ustedes,
Bob Dylan


lunes, 22 de agosto de 2016

Una encuesta para periodistas (I)

Luego de haber interrogado a los traductores, a los escritores, a los editores y a los libreros, como en años anteriores, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, realiza en 2016 una nueva encuesta. Esta vez les llegó el turno a los periodistas culturales. Y aquí, antes de continuar, corresponde hacer una gran salvedad porque, consultados sobre la especialidad, la mayoría de ellos, a pesar de expresar sus opiniones a través de críticas y reseñas que aparecen en publicaciones periódicas, se confiesan escritores o docentes y sólo eventualmente periodistas. Este rasgo, que puede comprobarse a lo largo de toda la encuesta (y que en más de una ocasión puntualizaron enfáticamente los entrevistados) posiblemente sirva para considerar los condicionamientos que los distintos medios, por las razones que sean, imponen a quienes en ellos escriban, a la hora de referirse a traductores y traducciones. La encuesta fue enviada a un gran número de individuos del universo de la lengua. No todos contestaron, aunque grosso modo se cubren algunos de los países de Latinoamérica que cuentan con un buen número de editoriales nacionales. A pesar de que la muestra intentó ser lo más representativa, cabe aclarar que ningún periodista español se dignó a responder a la invitación

Una encuesta para periodistas (I)

Laszlo Elderlyi
(El Cultural, El País – Uruguay)

1)¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
–Un  50%, aproximado.

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
–Casi siempre, si el espacio lo permite. 

3)  ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
–Cada vez más, sobre todo desde la llegada de traducciones rioplatenses, que aportan mucho oxígeno a la lectura. Se ha sufrido demasiado con las traducciones españolas que atienden a regionalismos de la Península Ibérica, y hay avidfez por traducciones hechas para un lector americano de la región, respetando los localismos y otras inflexiones del lenguaje. Pero esas traducciones rioplatenses no suelen ser siempre buenas. Las hay muy malas, y eso se señala de forma directa. Citando ejemplos, con indicación de página, y tratando de ser lo más didácticos posibles, planteando alternativas.


Daniel Gigena
(ADN Cultura, La Nación - Argentina)

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
–Es bastante alta; en cada número de Ideas, donde se reseñan cuatro libros por semana, hay al menos un libro traducido. Pero en general suelen ser dos. En el canal web de Ideas menciono a los traductores de poetas o libros que enlisto.

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
–Siempre.

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
–No suelo comentar muchos libros traducidos, pero si tengo que hacerlo (como en el caso de Eros, el dulce-amargo, de Anne Carson, traducido por Mirta Rosenberg y Silvina López Medín, que escribí para Ñ) es para resaltar un gran trabajo (ya conocía el original). No responde la pregunta, pero leo a muchos escritores-traductores nacionales como Carlos Gardini o Elvio Gandolfo o María Martoccia. 



Aurelio Asiain
(VueltaParéntesis, Letras Libres – México)

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
En Vuelta se traducía mucho: ensayos y poemas sobre todo; ocasionalmente relatos, rara vez crónicas y casi nunca reseñas. Los motivos eran distintos en cada caso: los ensayos se traducían para poner en circulación ciertas ideas o la crítica a ciertas ideas, y eran en general propuestas del director o, con mucho menor frecuencia, de alguno de los miembros del consejo. Los poemas, en cambio, se traducían mayormente por interés del propio traductor, aunque también ocurría que fuera a solicitud de la redacción. Hay que decir que, además de Octavio Paz, que era el director, entre los consejeros de la revista había traductores muy notables por su pericia técnica y para los cuales traducir era un oficio no muy distinto al de escribir poesía, que colaboraban con frecuencia (Ulalume González de León, Tomás Segovia, José de la Colina, ocasionalmente Gabriel Zaid y Salvador Elizondo) lo mismo que algunos colaboradores cercanos (Ida Vitale y Gerardo Deniz sobre todo). Había otros, claro, no siempre impecables. Yo mismo traducía con frecuencia. Y aunque, como te dije, no podría hablar con certidumbre de proporciones, estoy seguro que las traducciones no ocuparon casi nunca (pienso en un par de números dedicados a la literatura rusa y a la literatura japonesa) más de la mitad de la revista. En el caso de la poesía, la norma no escrita (no la regla) era que en cada número se publicara a un autor mexicano, a uno hispanoamericano y a uno de otra lengua. También intentábamos que las traducciones no se limitaran al inglés y al francés. 
En Paréntesis también traducíamos mucho, toda clase de cosas, con particular interés por las rarezas. 
En Letras Libres se traduce menos y casi exclusivamente del inglés. 

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
En las tres revistas se consignaba, por supuesto, el nombre del traductor, y muy visiblemente (aunque no tanto como en Japón, donde es norma que el traductor figure en portada, casi como coautor. 

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
Entiendo que la pregunta sobre comentar la tarea del traductor se dirige personalmente al periodista o reseñista. Y la respuesta es sí, claro: alguna vez comenté con mucho detalle (y muy negativamente) las traducciones de José Emilio Pacheco, y en una nota para Letras libres comparé las diversas traducciones al español del Botchan de Soseki. Pero respondo otra vez como editor: en Vuelta, en las reuniones del primer consejo, se comentaban siempre, y con mucha animación las traducciones publicadas (porque, como apunté, para algunos de los consejeros traducir era parte del oficio del poeta).
En Paréntesis se me ocurrió una idea novedosa: le pedí a Fabio Morábito, que trabajaba en su traducción del Aminta de Tasso, que nos diera un fragmento, y le pedía a Antonio Alatorre que lo comentara. Luego le pasé a Fabio el comentario de Antonio —y se armó una polémica notabilísima sobre el arte de la traducción.

lunes, 8 de agosto de 2016

"'Emma se murió'. Así de compenetrado estaba"

Publicada el 5 de agosto pasado, con firma de Laszlo Elderlyi en El Cultural, del diario uruguayo El País, la siguiente entrevista con el Administrador de este blog se centra en su traducción de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y en las diferencias entre el castellano empleado en Latinoamérica y el de España a la hora de traducir.

"Españoles y latinoamericanos
ya no hablamos la misma lengua"

Traductor de vasta trayectoria, poeta, escritor y periodista cultural, Jorge Fondebrider fue secretario de redacción de Diario de Poesía y coordinador de números especiales de la revista Ñ de Clarín. Esta nueva traducción que realizó de Madame Bovary de Gustave Flaubert (Eterna Cadencia, 2015) cae en medio de varias polémicas sobre la política de la lengua española, generadas entre quienes proponen jerarquizar o normativizar desde la península ibérica (la Real Academia, por ejemplo) y los que defienden el valor de la lengua de las diferentes regiones hispanohablantes, como la que se habla en el Río de la Plata.

-El País Cultural ha destacado nuevas versiones de clásicos recién traducidos a un español rioplatense, como es el caso de la Divina Comedia traducida por Jorge Aulicino, o el Ulises y el Finnegans Wake en versión de Marcelo Zabaloy. ¿Se puede decir que tu Madame Bovary también es rioplatense?

-El problema acá es qué engloba el término "rioplatense". Porque, llegado el caso, existe mayor afinidad entre un porteño de Buenos Aires y un montevideano que entre un porteño y un jujeño, cuyo universo cultural estaría más cerca de Bolivia. Y, sin embargo, porteños y jujeños son argentinos. En síntesis, hay un problema en el término. Luego, ¿es lo mismo un montevideano que un nativo de Salto? Por último, las traducciones chilenas y peruanas suelen ser excelentes y no presentan ningún problema para los lectores de Buenos Aires y Montevideo. Entonces, mi traducción está hecha a un castellano correcto, que puede ser entendido en casi todas partes, con alguna ligera marca léxica argentina. La prosodia es la del castellano de América y ahí, llegado el caso, le podría hacer ruido al lector español. Sin embargo, no he oído quejas al respecto.

-En algún momento dijiste que españoles e hispanoamericanos no hablamos la misma lengua. ¿Cómo es eso?
-En el léxico la diferencia no es dramática. Donde la cosa sí se pone fea es en la prosodia y en la poética. Y ahí es donde creo que latinoamericanos y españoles ya no hablamos una misma lengua. A ellos les pesa mucha la tradición y los hunde el refranero. A nosotros nos ayudan las revoluciones que los poetas hicieron en la lengua: Huidobro, Vallejo, Girondo y Borges (que simplificó y limpió), y que nos ofrecieron una versión menos pesada. A eso traducen los buenos traductores. Usar el voseo y las referencias locales me parece que no tiene sentido. Ningún irlandés vosea, porque esa diferencia no existe en inglés. Ponerlo a vosear implica agregarle al texto una marca que el original no tiene. Una cosa es escribir en una lengua y otra muy distinta traducir a esa lengua. Madame Bovary no fue escrita ni en Buenos Aires ni en Tacuarembó, y mucho menos en Salamanca.

-Hay 67 traducciones al español de Madame Bovary. ¿Cuáles te parecen fallidas, y por qué?
-Sí, son muchas Madame Bovary al castellano, y no tenía sentido para mí consultarlas todas. Los problemas que les veo a muchas de ellas es que se centraron en la supuesta importancia del personaje y en la historia, sin respetar el estilo de Flaubert. En este caso, no respetar el estilo implica fracasar. Para escándalo de algunos lectores, voy a decir que la trama de Madame Bovary es de una trivialidad absoluta y que el personaje no tiene mucho valor. Lo que importa, lo que constituye el centro de la novela, es el estilo de Flaubert. No hay más que leer las novelas contemporáneas a Madame Bovary en Francia en las que se daba cuenta de distintas infidelidades. Si esta novela perduró fue precisamente por cómo esta escrita, no por sus personajes ni por la trama. 

-¿Y qué distingue esa escritura?
-Lo dice Vargas Llosa y también muchos otros críticos: la novela desarrolla una noticia policial magníficamente contada. Hay traductores que no lo vieron y apuntaron a los personajes, planchando el estilo. Cabe aclarar que cada época tiene sus modas de traducción. Hace ochenta años importaba más contar lo que decía el libro, parafrasearlo, que dar cuenta de cómo decir lo que dice. Flaubert no es el único que sufrió esto. Jack London, de quien este año se cumple el centenario de su muerte, fue otro autor muy afectado por esa tendencia. Por último he notado que últimamente en España, fuente de muchos de nuestros males en materia lingüística, ahora se busca darle "salero" a la cosa. Hay una traducción bastante pobre a la que, en un alarde de ingenio, bautizaron La señora Bovary. Al hacer eso, esta hija de campesinos normanda pasa a ser una comadre madrileña, lo cual sólo contribuye a agregar exotismo a algo que en el original no lo tiene. La acción no transcurre en Madrid. Cambiar el "madame" por "señora" quita la marca necesaria en toda traducción para que el lector sepa que es justamente eso: algo que fue escrito en otra lengua y que da cuenta de cosas que le pasaron a gente en otra parte. Entiendo que la universalidad de un texto no puede ser reemplazada por gracejo de poca monta.

-Y en qué se diferencia tu Madame Bovary de las anteriores?
-Mi traducción es una versión anotada. Hay más de 500 notas al pie que responden a tres criterios distintos: primero, reponer para el lector actual de lengua castellana los datos culturales evidentes para cualquier lector francés contemporáneo de Flaubert; segundo, dar cuenta de lo que Flaubert escribió a propósito de cada escena de su novela tanto en sus libretas de notas como en la correspondencia que mantuvo con diversas personas durante los años de escritura de Madame Bovary; y tercero, ofrecer lo que escritores y críticos dijeron al respecto de cada escena, desde el momento mismo de la publicación de la obra hasta el presente.

-Pero hay otras traducciones de Madame Bovary anotadas...
-Sí, claro, ediciones con notas, muchas de ellas robadas a especialistas franceses cuyos nombres eran curiosamente olvidados a la hora de dar los créditos.

-Las notas de tu traducción, entonces, son producto de una investigación paralela que supera el mero acto de traducir.
-Tuve la suerte de recibir una beca del Centre National du Livre, que me permitió pasar tres meses en París tratando de discernir qué libro iba a hacer. Para mí fue crucial haber conocido a Jacques Neefs, autor de la edición crítica de Madame Bovary. Además de un sabio, resultó ser un tipo excepcional que, entre otras cosas, me alentó a que usara parte de sus notas en mi propia versión. Me dijo: "A Flaubert no le gustaban las cacofonías ni las repeticiones, pero, si usted se fija bien, verá que en cada página hay algo así como un ruido de fondo que hay que conservar". Ese dato me fue muy útil. También lo que George Steiner escribió sobre las versiones de Madame Bovary en inglés. Steiner señala que Flaubert utiliza los famosos "on", pronombre que puede traducirse por una primera persona del plural o como una tercera, tanto personal como impersonal, como zonas de inestabilidad de la lengua. Cuando aparecen, suele haber cambio de punto de vista. Y ése es uno de los logros más importantes de esta novela. Es la primera que se escribe haciendo uso de una multiplicidad de puntos de vista, lo que la convierte en la primera gran novela contemporánea de la historia. Otros traductores, los que planchan el texto, no lo vieron y optaron por un narrador omnisciente, que no corresponde. 

-¿Y el estilo?
-Flaubert hace cosas bastante raras. Por ejemplo, mandarse largas tiradas separadas apenas por un punto y coma, seguido de la conjunción "y". Muchos traductores pensaron que era un error y hasta llegó a hablarse de la impericia de Flaubert. El único que habló de ésto como un rasgo estilístico fue Nabokov, quien, acostumbrado a los caprichos de puntuación de sus connacionales ("normalizados" después de la revolución rusa), observó que no había que normalizar a Flaubert cuando se lo traducía.

-¿Alguna anécdota que recuerdes de este proceso de traducción?
-Leí una tonelada de libros sobre Flaubert y cientos de artículos sobre Madame Bovary. Su correspondencia, con todo, me dio algunas claves personales muy divertidas. El tipo era un calavera y un rufián. Me encantó traducir la carta que Rodolfo le escribe a Emma, anunciándole el fin de la relación. Después de leerla, piensa que le falta algo. Entonces, mete un dedo en un vaso con agua y deja caer unas gotas, para que la tinta se corra, simulando unas lágrimas. Eso sólo puede haberlo imaginado alguien que ha hecho esas cosas en su propia vida real.

-¿Qué sentiste cuando terminaste?
Recuerdo que cuando Emma se muere llamé a Magdalena Cámpora, amiga y acaso la mayor especialista en literatura francesa de Argentina, para comunicárselo. Le dije: "Emma se murió". Así de compenetrado estaba al cabo de casi tres años de trabajo.

-¿Crees que el personaje Madame Bovary es un clásico? ¿Es la dama tan universal como dicen?
-Insisto, Madame Bovary es apenas un pretexto para que descubramos uno de los más grandes estilos que dio la literatura mundial. Es muy común que la gente se confunda y piense en el personaje, en Madame Bovary. La cosa no va por ahí. Adúlteras y cornudos hubo siempre. Y también cornudas y adúlteros, ojo.

-Me comentaste que seguirás traduciendo a Flaubert. ¿Qué obras?
-Lo próximo, lo inmediato, son los Tres cuentos. A mí me parecen tan importantes como Madame Bovary o incluso más. También quiero hacer una edición anotada. Volví a recibir otra beca del CNL para su traducción. Esta vez, gracias a Jacques Neefs, conocí a Pierre-Marc de Biasi, autor de la edición crítica y otro sabio deslumbrante. Él hizo su doctorado haciendo la crítica genética del libro con los ocho manuscritos que precedieron a la edición. Me dio también pautas fantásticas. Mi proyecto Flaubert terminará con Bouvard et Pécuchet, la novela inconclusa que es el mejor antecedente de la obra de Georges Perec, a quien también he traducido. 

-Hace poco Eduardo Lago en un artículo periodístico publicado en España criticó la existencia de traducciones “regionales”, sobre todo ante la salida del nuevo Finnegans Wake en español rioplatense. ¿Qué comentarios te merecen esa opinión?
-Ningún español de la península ibérica puede hablar de traducciones "regionales", si no considera así a las que se realizan en España. Lo que se tolera muy mal es la soberbia de no entender que España es apenas una provincia más de la lengua castellana, y ni siquiera la más poblada, ya que en México hay más hispanohablantes que en España. Entonces, arrogarse el derecho a generar cualquier tipo de preceptiva o normativa, como si ésta emergiera de una centralidad es, cuanto menos, desafortunado. Quiero aclarar que no se trata de un prejuicio antiespañol. Eduardo es un buen escritor y un crítico competente, pero no comparto su criterio a la hora de juzgar qué es universal y qué es regional. Tampoco comparto su interés por Vila Matas, lo cual hace mermar su sentido del gusto.

lunes, 7 de diciembre de 2015

"Un viaje inspirado por el amor"

Virgilio, Dante y Aulicino, dibujados por Ombú.
(Nótese el detalle de la pipa del traductor)

“Llega una nueva traducción del clásico de la literatura universal en un español rioplatense, muy uruguayo. Una versión pensada, además, para los más jóvenes.” Eso dice la bajada de la entrevista que Laszlo  Erdélyi tuvo con Jorge Aulicino, publicada el pasado 4 de diciembre, en El Cultural, suplemento del diario El País, de Montevideo.

Joven a los 700

Para la mayoría La Divina Comedia de Dante es sinónimo de aburrimiento. La leyeron en el liceo guiados por docentes que, en general, cometen un error didáctico al no destacar su vigencia, su actualidad, a pesar de que tiene 700 años. Otro habría sido el resultado de haber señalado, por ejemplo, que Mahoma aparece allí como un estafador, que ciertos diablos actúan como matones de sindicato peronista, y que en el Canto XXI del Infierno el jefe de la tropa recurre a las flatulencias para responder al saludo de sus compinches (con el cul fatto trombetta, en el original).

Jorge Aulicino, poeta, traductor, periodista, y ex directivo de la revista cultural Ñ del diario Clarín, decidió hace diez años que era hora de realizar una nueva traducción de La Divina Comedia (1308 a 1321) pero en un español más de acá, un lenguaje que a los uruguayos les resultará muy familiar. Esta nueva Divina Comedia, publicada en 2015 por la editorial Edhasa/Gussi en tres tomos (Infierno, Purgatorio y Paraíso), se hizo a partir del original en tosca, la lengua toscana. Aulicino estudió el contexto histórico, tomó en cuenta varias traducciones previas, las infinitas polémicas generadas y la enorme cantidad de trabajos académicos de interpretación escritos desde Boccaccio. Una vez recorrido ese camino escribió su versión, una fiel traducción al lenguaje rioplatense actual. El resultado es una Divina Comedia lúcida, potente, irreverente, que interpela todas las paradojas del ser humano como si fue escrita ayer.

UN VIAJE POR AMOR
—¿Pensaste en una Divina Comedia para los jóvenes de hoy?
—Siempre. Antes de esta edición primero se publicó sólo el Infierno, y lo hizo una editorial joven de poesía, Gog y Magog, integrada por gente joven. Cuando presentamos el libro había una gran cantidad de jóvenes. A muchos les interesaba saber qué pasa con Dante, y les llama la atención que alguien de su tiempo se haya dedicado a traducirlo. Lo veo con mis hijas, o con gente de veinte, treinta años. Te preguntan y se asombran. ¿Hay algo que se puede leer ahí? te dicen con total franqueza. Creen que es una cosa muerta, un texto muerto que no les va a aportar nada.

—¿Cómo deben entrarle, entonces?
 —Con la cabeza de quien va a leer un relato increíble. Es que por primera vez en la historia de la humanidad, un hombre de carne y hueso describe el infierno cristiano, que nunca había sido descrito. Y el purgatorio, que sólo era una noción y no un territorio como el que describe Dante. Pero lo más importante es que, con toda intención, quiso contar todo en la lengua familiar de su tiempo, la lengua que hablaban las doñas en la feria. Y usa creativamente esa lengua para generar imágenes visuales, y para tratar de forma irreverente —y muy natural— un tema divino. El lector de hoy sólo debe acostumbrar el oído a un relato en verso, eso es todo. Y tener algún interés en ese viaje de ultratumba.

—La idea de viaje es atractiva.
La Divina Comedia es un viaje, y un viaje inspirado en el amor. Hay que recordar que Dante lo emprende por la promesa que le hace a Virgilio, protagonista de la obra, de que verá a Beatriz, la mujer que amó y que ha muerto. Como Dante escribía para sus contemporáneos comunes, no para sabios, su relato es muy vivaz. Hace constantes comparaciones del más allá con paisajes terrenales, introduciendo personajes que todo el mundo conocía y que aún hoy podemos reconocer con claridad: juerguistas, perezosos, mentirosos, ladrones, estafadores de carne y hueso... A su vez muchos de los personajes que aparecen son como vecinos, gente común, algunos unos auténticos pícaros, y comparten castigos con grandes personajes de la historia.

—De todas formas cuando escuchan que está escrita en verso, salen corriendo...
Si a esos jóvenes les interesa la poesía, seguro que no. Además ahí se aprende un procedimiento donde lo más abstracto y complicado de expresar está relatado en términos concretos, de forma muy vívida, gráfica, y con forma de relato. Nunca aburre. A mí lo que me impresionó siempre es el realismo que el tipo usa, que es terriblemente contrastante con lo que está contando. Porque te lleva a imaginar cosas espantosas, pues hay tipos que están hirviendo en aceite, o quemados por una lluvia de fuego, que la están pasando muy mal. Y sin embargo él se para y se pone a hablar con ellos. Están quemándose pero le responden, le hablan. Es una especie de hiperrealismo, una híper-ficción, porque es algo extremo. Es casi inconcebible, pero es también muy vívido, muy visual, te lo imaginás todo.

—Bueno, cuando en Occidente se quiere hablar de una realidad espantosa, intolerable, se la califica de "dantesca".
Claro, pero lo dantesco es lo tremebundo, que a su vez está mezclado con lo cotidiano, con lo terrenal. Fijate que en el Infierno no hay canto donde lo narrado no esté comparado con algo terrenal. Y siempre produce asombro, por ejemplo con los diablos moviendo a los condenados dentro de aceite hirviente como hacen los cocineros con su gancho en una posada. Son comparaciones que te llevan a decir, ¿qué es esto? Entonces hay que tomarlo como algo muy terrible o muy gracioso. Todo ese Canto, el XXI, donde describe a los diablos-diablosno a los personajes diabólicos sino a los diablos tradicionales, los que tienen alas de murciélagos, cuernos los compara en el trabajo que hacen, moviéndose alrededor de esta laguna de aceite hirviendo, con el trabajo en un astillero, el de Venecia. Entonces dice: así como en el astillero veneciano prenden fuego y hacen hervir la brea para calafatear el barco, así hacen los diablos con el aceite. Entonces cuenta la actividad que hay en el astillero, el tipo que arregla la vela, el que martilla, y lo compara con el trabajo de los diablos. Lo hace todo el tiempo. Te convence que estás en la Italia terrenal, y no en el infierno.

ATRACCIÓN POR LO VULGAR
—¿Qué pasajes te impactaron?
Muchos del Infierno. Yo empecé a traducir La Divina Comedia hace muchos años, con Cantos salteados del Infierno. Allí están los que más me impactaban, como ese donde está el famoso cartel que dice Lasciate ogne speranza, "Dejen toda esperanza", dirigido a los que van a entrar. Después el de los diablos del Canto XXI, es una especie de conventillo, porque los diablos son muy simpáticos. Virgilio habla con ellos, negocia para que le digan cómo seguir el camino, es muy simpática esa escena. Los diablos son como pequeños matones, matones de sindicatos de acá. Después está la discusión entre dos condenados, uno que había falsificado moneda con otro que estuvo en la Guerra de Troya. Es espectacular, discuten como en el patio de un conventillo. Dante está fascinado con la escena, porque a él le atrae lo vulgar. Y Virgilio se enoja, le dice que no hay que mirar esas cosas bajas, a dos tipos diciéndose semejantes vulgaridades. Dante entonces se avergüenza mucho de que Virgilio lo rete. Después Virgilio afloja y le dice bueno, no es para tanto.

—Hasta las reacciones son humanas, mortales, terrenales.
Es lo que lleva a que el mundo antiguo se parezca tanto al de hoy, y eso es asombroso. Con Florencia, por ejemplo, la república burguesa que se daba sus propias autoridades elegidas voto a voto. Y toda la corrupción, la politiquería, las guerras, los enfrentamientos, es todo muy actual. Es la política de hoy y de todos los tiempos. A ello le dedica el octavo círculo, donde están los que él llama los fraudulentos. Allí hay diez divisiones, porque tiene distintos tipos de fraude. El más simple es la estafa, los que falsifican documentos, por ejemplo. Y lo peor es para los tipos que falsifican ideológicamente. El que está entre estos estafadores es Mahoma.

—¿Mahoma?
En el Canto XXVIII lo pone como un estafador, como alguien que hizo una estafa religiosa, que siembra la discordia inútilmente. No lo pone como un hereje, y eso es interesante. Lo pone como un camorrero, como un provocador, que fue a una guerra sin sentido, innecesaria. Pero tampoco lo pone muy antipático, incluso Mahoma le manda consejos a otro personaje de la época, un monje católico llamado Dolcino, que había levantado en armas a toda una región de Italia. Mahoma dice: "Di a fray Dolcino que se arme" porque se la van a dar. Que se esconda en un lugar donde poder resistir, porque lo van a liquidar. Efectivamente lo liquidaron a Dolcino, se escapó a la montaña pero lo agarraron y terminó en la hoguera. Y luego hay momentos donde te reís.

—¿Por ejemplo?
Cuando Virgilio negocia con los diablos por qué camino seguir. El jefe de los diablos le dice que tiene que mandar a diez de los suyos para ese mismo lado, que lo pueden acompañar y guiar en el camino. Dante se pega un susto terrible, dice que cómo los van a acompañar los diablos. Virgilio le dice que se tranquilice, porque los diablos saben que ellos tienen protección de arriba, de Dios. Entonces, cuando los diablos se despiden del jefe, hacen una seña con la boca, se muerden la lengua como en un gesto de picardía es muy de los italianos y el jefe les contesta tirándose un sonoro pedo (última línea del Canto XXI). Al canto siguiente Dante reflexiona que nunca había visto a una tropa moverse luego de que el jefe hiciera semejante cosa. Son momentos divertidos, graciosos. Creo que ahí, en el Infierno, está encapsulado Boccaccio y el Decamerón. Son historias que hablan del Humanismo, del pre Renacimiento, de lo que es la picaresca. Por eso Virgilio, que fue un poeta épico, clásico, lo mira torcido a su compañero de viaje, con gesto de disgusto.

—¿Qué personajes de la época actual tendrían un lugar en el Infierno?
Los más parecidos en La Divina Comedia a los personajes actuales son los corruptos, que Dante llama genéricamente "fraudulentos". Los hay corruptos, engañadores, mentirosos y malos consejeros. La Iglesia, a su vez, es la institución que está siempre en la picota. La Iglesia que Dante describe en los tres libros es una institución donde se da la más feroz lucha por el poder, que no es menos rica en episodios que la que hoy se da en la política, y no menos llena de la tentación del robo y el enriquecimiento personal. Si en lugar de la Iglesia ponemos a cualquier partido político de hoy, nos parecerá estar leyendo un relato actual.

—¿Qué figura política de hoy pondrías en el Infierno?
Si actúo con la mente de Dante, tendría que poner a más de la mitad de los políticos actuales, a muchos sacerdotes, militares, traidores de toda índole. Pinochet, por ejemplo, debería estar al lado de Satanás, en el noveno círculo, el de los traidores a sus patrias y a sus causas, donde Dante pone a Judas y a Bruto, el asesino de Julio César. Lo curioso es que Dante siente piedad por el castigo que sufren todos. Tan piadoso que hasta Virgilio reacciona y le recuerda que son seres despreciables que no merecen piedad alguna. Pero no siempre Dante es piadoso; con el traidor de la batalla de Monteaperto se pone violento y lo zamarrea de los pelos.

COMO TRADUCIR
—No es la primera traducción de La Divina Comedia hecha por un argentino. Está la de Mitre a fines del siglo XIX. La leyenda dice que la tradujo durante la Guerra del Paraguay en tiendas de campaña, a la luz de la vela, en los tiempos libres que le dejaba el comando de las fuerzas aliadas contra los paraguayos.
—No hay datos ciertos de dónde la escribió. Creo que fue después de la guerra, un momento muy tranquilo para él en política. Asumir esa tarea fue parte del proceso cultural que se estaba dando en la Argentina. Pero Mitre dice lo aclara en el prólogo que Dante escribió en un lenguaje muy rudo, y que hay que darle categoría, la elevación que merece la obra. Con lo cual está declarando que él la va a mejorar... Al principio dice que la va a traducir en el castellano del Siglo de Oro, que era más próximo al toscano de Dante. Después no lo hizo, pero tiene muchos arcaísmos, es muy grandilocuente. Bueno, Mitre era un político.

—¿Por qué optaste por la versión en toscano de La Divina Comedia?
—Porque es la versión. Ese es el original. Lo que sucede es que el toscano termina siendo el italiano actual, fue el dialecto que predominó en toda Italia. Para Dante es una opción política no escribirla en latín, que era el lenguaje de Roma, el de la Iglesia, el oficial. Rompe con todo eso. En el tratado La vulgar elocuencia, Dante explica por qué quiere que su obra sea de todos, que la pueda entender cualquiera que no sepa latín. Lo cual, de todos modos, implicaba a un número limitado de gente, porque eran pocos los que sabían leer.

—De todas formas aquel toscano poco tiene que ver con el italiano actual. ¿Qué desafíos te planteó como traductor?
Por ejemplo en la mitad del primer Canto, cuando Dante encuentra a Virgilio y dice que le pareció que estaba fioco de tanto silencio. Fioco, en el italiano actual, es débil, decaído. Pero también es agotado de cansancio. Si uno se pone a razonar ese verso, ¿por qué Virgilio estabafioco de tanto silencio, de estar callado? ¿Está débil? Ahí hay todo un debate. Yo lo traduje como cansado. Hacía tanto tiempo que Virgilio no hablaba, porque era un espíritu, que estaba cansado de esa situación. Y así con montones de cosas.

—¿Dirías que esta traducción tuya es rioplatense?
Por lo menos de nuestra zona. Me parece que a los uruguayos les puede resultar más familiar, igual a los chilenos. Por ahí no tanto para los mexicanos, pues su poesía es muy española, tienen cierta cosa medio españolizante. Pero en el Mercosur puede tener éxito.

—Pero aún así dejaste arcaísmos, palabras que hoy resultan anticuadas. ¿Tus editores no protestaban?
A veces me las tachaban, a veces no. Debí usarlas porque en La Divina Comedia el decir oblicuo es frecuente, y porque los arcaísmos me servían para mantener el recuerdo de que estamos ante un texto antiguo. Esas palabras, a veces, están fuera de uso corriente tanto para uruguayos como para argentinos. Pero Dante las usa. Tiene muchos niveles de lengua. Por momentos usa un toscano para que lo entiendan las comadres. Otras se pone rebuscado. En el Paraíso, cuando tiene que hablar de Beatrice, él le quiere dar cierta elevación al lenguaje, y utiliza términos más sublimatorios. De hecho el Paraíso fue mucho más difícil de traducir que los otros libros. Es muy doctrinario. A través de los personajes Dante hace grandes exposiciones de filosofía escolástica, discute con Aristóteles, cuenta la vida de los santos, sobre todo de Santo Domingo y San Francisco. Hay una terminología y una complejidad que, si no nos metemos en las ideas de la época, no es sencillo. Yo cuando empecé con el Paraíso dije "hasta aquí llegué, no lo voy a traducir". El Paraíso no lo va a leer nadie, me decía. Te cuesta un laburo terrible entender. De hecho hay cosas que traduje así como venían, literalmente. Es muy enredado el Paraíso. En realidad lo más interesante para el lector común es el Infierno.

—Y sí, siempre alguien lo está mandando a uno al infierno, ¿no?
¡Yo creo que sí...! (risas). Dante además se lo imagina bien concreto.

—Lo populariza.
Y le da cuerpo. Te muestra cómo es. Vas bajando a través de unos pozos, como en un túnel. Es toda una geografía subterránea que es muy real, muy corpórea. Además Dante en todo momento se pone en la posición de alguien que te cuenta algo que realmente le ocurrió. En ningún momento insinúa que es un sueño, o una revelación. Es muy realista al contar algo sobrenatural. Y que tenés que tomar metafóricamente, porque es una metáfora de lo que es un viaje por la vida, como una especie de viaje de iniciación. Al mismo tiempo es una obra teológica, porque da forma a una idea que está en la tradición cristiana. Nadie había imaginado el purgatorio y el infierno con tanto detalle. El viaje del Infierno es hacia abajo, y sale en las antípodas. Lo cual es muy interesante porque, al salir del otro lado del mundo, ya existía para él al menos— la idea de que el mundo es redondo. Cuando sale del otro lado sube al Purgatorio.

LENGUAJE PERIODÍSTICO
—¿Cómo influyó el Aulicino periodista en el lenguaje utilizado?
—Yo escribí en "mi" castellano, que es uno solo, el mismo para el periodismo que para la literatura. Por supuesto el periodismo en su pieza básica, la crónica, no admite palabras elevadas ni complejidades sintácticas, mucho menos notas al pie. Por eso ahorré todas las notas que pude y aposté a que el lector resolviera en general cuestiones informativas por su cuenta, y las interpretativas aún más. Pero imaginemos una época en que literatura y periodismo fueran una misma cosa. Esa época existió. Fue la época heroica de la Humanidad, la de La Ilíada y La Odisea, que son historia y literatura, crónica y mito. Un escenario similar imaginé para La Divina Comedia. Dante no comienza su relato diciendo "soñé que me perdía en una selva oscura...". No. Dice "me encontré por una selva oscura...". Y a continuación sigue el relato, cuenta que logra salir de la selva, que ve una colina sobre la que brilla el sol, y por ahí le sale al encuentro una pantera, luego un león, y una loba. Y aquí aparece la cuestión de las notas al pie.

—Esta versión no tiene muchas. Para todo lo que trabajaste, debe haber sido difícil para ti no andar explicando a cada rato con notas al pie.
Ah, es que son tantas y tan densas las notas que se acumularon... En este caso, en el encuentro con las fieras, pude haberlo señalado pues es un encuentro alegórico. Allí parece emerger la intención de Dante de que parte de la narración sea considerada real, y parte simbólica. Ahora, ¿le importa al lector saber que la loba puede ser la Iglesia? ¿Y a partir de allí explicar por qué hay más de un Papa en el Infierno? En realidad las notas importan para entender las ideas de Dante, pero no para seguir el hilo del relato.

—Voltaire dijo, hace 250 años, que La Divina Comedia tiene su inmortalidad asegurada, porque todo el mundo la admira pero nadie la lee.
—Es una boutade que supone que si algunos la leyeran tal vez podrían cuestionarla y La Divina Comedia perdería su eternidad, boutade afirmada en el prejuicio de que es una obra ilegible, claro. Bien, no puedo estar de acuerdo. Creo que al planteo le falta la otra pata: nadie la lee en realidad porque piensan que es aburrida e incomprensible; por lo tanto le sellan el pasaporte de admirable y la dejan pasar de largo. La Divina Comedia, en mi opinión, solo admite ser leída previo acostumbramiento del oído no solo a un léxico y una sintaxis que no son actuales, sino al hecho, muy inusual entre nosotros, de escuchar un relato en verso. A tal punto la prosa impuso la idea de que es la única forma posible para el relato.

—¿Le dirías a un potencial lector de tu Divina Comedia que, como el Ulises de Joyce, los convertirá en mejores personas?
—Les diría que lean la historia de un hombre cultísimo extraviado en el mundo común y silvestre que le tocó vivir, y por quien uno logra desarrollar una enorme empatía durante el relato. Un libro que, en su erudición, termina siendo una enciclopedia de todo lo conocido e imaginado en la época de Dante, pero en tiempo real. Y que sin ese libro no se comprende toda la literatura posterior, ni la pintura del Renacimiento, ni todo lo que representan los ángeles y diablos en nuestras cabezas, que no es otra cosa que la oposición entre el bien y el mal.


viernes, 11 de septiembre de 2015

James Joyce más uruguayo

Laszlo Erdelyi (foto) es el director de El Cultural, el suplemento ad hoc del diario uruguayo El País. Invitado a cubrir las jornadas por los 70 años de publicación de Ulises, de James Joyce, al castellano, concentró su crónica en Marcelo Zabaloy, el traductor de la nueva edición local de la novela, quien también participó del encuentro en la Biblioteca Nacional argentina.  

El instalador que tradujo el Ulises

Es una mañana helada de domingo, pleno julio, en un café de Agüero y Santa Fé. Son las nueve y hay pocas mesas ocupadas. En una está Marcelo Zabaloy, traductor del Ulises, la famosa novela de James Joyce que dice el lugar común es intraducible por los múltiples experimentos que el escritor irlandés llevó a cabo con el lenguaje. Zabaloy, autor de una nueva traducción al castellano rioplatense, no es porteño sino de la ventosa Bahía Blanca, ex jugador de rugby, corpulento, de tez curtida y manos enormes. No es ingeniero ni investigador, como se dijo por las redes. Fue instalador de cables, “pero en la industria, con tableros muy complejos” aclara. Tiene familia, seis hijos ya grandes, e insiste en hablar de su vida, de quién era, de quién es. Le preocupa aquello que decía Cortázar de los argentinos: que sólo hacían las cosas por fanfarronería o por obligación. “Quiero que sepas que no soy un fanfarrón”.

“Solo soy un buscavidas que cree que todos nacemos canallas”, insiste. ¿Y qué tiene que ver esto con el Ulises? “En ese libro está todo”, y señala su original del Ulysses en inglés, depositado en la mesa. Fue sólo un gesto con el dedo. Y agregó: “es un libro que te convierte en mejor persona”.

Entonces todo cambia. Zabaloy no sólo era una persona común que había acometido una tarea extraordinaria; parecía ser un personaje más de la saga. Pero las claves para comprenderlo seguían difusas. Por ahí recordé mi propio fracaso con la españolísima traducción del Ulises de José María Valverde que intenté leer de un tirón en 1992 sin éxito, a pesar de que el libro se ocupa, hora tras hora, de las peripecias de dos protagonistas en Dublín a lo largo de un día entero, un 16 de junio de 1904.

Veintitrés años más más tarde, en mayo de 2015, Jorge Fondebrider, fundador y director del Club de Traductores Literarios de Buenos Aries, me invita a unas Jornadas que está organizando al cumplirse 70 años de la primera traducción al español del Ulises (realizada por el argentino J. Salas Subirat, 1945). Se llevarían a cabo en la Biblioteca Nacional de Recoleta y vendrían especialistas de Irlanda, Estados Unidos y España. Con la traducción de Zabaloy bajo el brazo (que debía, ahora sí, leer de un tirón) me dispuse a cruzar el charco.

FOGONAZO EN EL PECHO
Zabaloy habla de su infancia en Bahía Blanca. “En el año 1961 yo tenía cinco años. No era habitual que los chicos estudiaran inglés, pero a mi no me costaba, me gustó, se me hizo como un caramelo”. Leyó mucho en inglés. A los diecisiete llegó a “Counterparts”, cuento del libro Dublineses de Joyce. En un viaje que su esposa hizo a Estados Unidos en el 2004 le trajo un Ulysses original en inglés, “la edición Gabler. Menos mal que yo no sabía que había muchas ediciones en inglés del Ulises, y que la de Gabler en particular era muy discutida. Ignoraba todo eso, gracias a Dios”. Tardó un año en leerlo; lo hacía de noche, cuando podía, mientras instalaba cables en la planta de Coca Cola diez horas por día, a veces subido a escaleras. Sin libros de apoyo, descubrió que la cuestión “se abría al infinito”. Se apoyó en el Ulysses Annotated de Don Gifford, y también en Allusions in Ulysses de Thornton.

El Ulises lo emocionó, y buscó compartir esa emoción con los más queridos. Zabaloy quería leérselo a su esposa. Por ejemplo el párrafo donde compara a la mujer con la luna (cap. 17). Quería contar lo extraordinario que era, “pero no recurrir a traducciones ya hechas, ya que iba a estar en desacuerdo con el resultado”. Comenzó a balbucear una traducción, hasta que llegó al término satellitic. Dice el Ulises al comparar a la mujer con la luna: “Su antigüedad en preceder y sobrevivir sucesivas generaciones telúricas; su predominio nocturno; su dependencia satelítica…”. ¿O mejor satelital? “Le leo a mi mujer cuando estamos en la cama, y si dudo, mi mujer se me duerme. Porque no podía decirle lo hermoso que era, si se lo contaba mal. A la mañana siguiente me senté y empecé. Tardé una hora en traducir ese párrafo. Cuando terminé dije ‘qué hermosura’. Entonces seguí con otro párrafo, y con éste otro”.

Era abril de 2007. En cierto momento estaba traduciendo Hades, el capítulo 6, donde Leopold Bloom asiste al entierro de Paddy Dignam en el cementerio. Bloom piensa en la muerte de su amigo, en su corazón detenido para siempre: “La sede de los afectos. Corazón destrozado. Una bomba después de todo, bombeando centenares de litros de sangre por día. Un buen día se atasca: y ahí estás”. De hecho Zabaloy estaba con su mujer de paseo en Mar del Plata, un día de invierno muy frío, cuando estaba traduciendo ese párrafo. Recuerda que en el momento en que estaba con esa frase sintió un fogonazo en el pecho. Vamos a caminar un poco a ver si se me va, le dijo, y cuando vuelva a Bahía Blanca voy al cardiólogo. Pasó. Llegó tres días después, salió caminando para el hospital y en la esquina sintió un “tac” fuerte, en el pecho. Luego otro “tac”. Siguió despacito, apoyándose en las paredes, y llegó al hospital. Zafó.

Años más tarde cuando iba a revisar ese párrafo con Edgardo Russo, el editor que había decidido publicarlo, le dijo por skype: “Edgardo, por favor, Hades leélo solo. Me dice ‘no seas boludo’. Le dije que no lo quería volver a leer, pues yo sabía en qué palabra había sentido el fogonazo, estaba sincronizado. ‘Tenés que leerlo’, me decía, pues revisábamos cada párrafo N veces. Entonces, antes de empezar, respiraba hondo, me agarraba los huevos (hace el gesto), cruzaba los dedos, rezaba… y uff, pasaba”.
Russo no tendría tanta suerte.

NO ERA BROMA.
Mientras cruzaba en ferry desde Colonia hacia Buenos Aires recibí un email del escritor español Eduardo Lago: “Falleció Edgardo Russo”. Lo encontraron muerto de un ataque cardíaco en su escritorio de la editorial El cuenco de plata. En el café de Santa Fé y Agüero, apenas un día después del entierro, Zabaloy siente que no puede expresar el dolor. “No hay palabras” agrega.

Recuerda el momento en que, una vez terminada la traducción, su señora le preguntó por qué no buscaba editor. “Yo no sabía, porque por ahí algo te da mucho placer hacerlo y para otro es una porquería. Además estaba muy deprimido. Entonces un domingo a la mañana empecé a escribir por email a las editoriales que encontré en una lista. Adjuntaba el capítulo 15, Circe, el que transcurre en el burdel a medianoche, para mostrar que la cosa iba en serio. Escribí a todas las editoriales en Argentina, México, España”. Pero nada. Ni una respuesta.

En febrero de 2010, seis meses después, recibió una llamada en Bahía Blanca. “¿El señor Zabaloy? Buenos días, le habla Edgardo Russo”. Le cuenta que cuando recibieron el email con el adjunto pensaron que era un chiste. Tiempo después se lo dio a leer a algunos amigos, lo releyeron juntos, y vieron que no. “Cuando venga a Buenos Aires charlamos, me dijo. Te podes imaginar mi alegría… pero yo no conocía. Soy ajeno al mundo literario”.

Trabajaron juntos hasta el 2012, capítulo tras capítulo. “Mientras tanto, como yo necesitaba mi ‘droga’, me puse a traducir el Finnegans Wake. En el 2012 tenía el 70% hecho”. El Finnegans…, novela de Joyce publicada completa en 1939, es aún más experimental que el Ulises. Está escrita en un extraño idioma políglota que puede incluir palabras en inglés, polaco, serbo-croata e incluso persa, entre otras lenguas.

Al equipo ya se habían sumado varios especialistas locales y extranjeros, “pero un día me cansé de tantas idas y vueltas con las correcciones de mi Ulises. Yo fui feliz en ese proceso de traducción, y venían a enmendarme la plana… ¡que se metan el libro en el culo!” Russo quedó pálido, y dijo “tenés razón, que se lo metan en el...”. Y se pusieron a trabajar juntos en el Finnegans… hasta el 2013, donde Zabaloy le sugirió retomar el Ulises.

Durante el 2014 se leyeron mutuamente los capítulos vía skype, porque de la lectura en voz alta debe surgir una musicalidad mágica, envolvente. De forma paralela Zabaloy, en su nuevo trabajo, viajaba a Australia y a Nueva Zelanda acompañando a grupos de chicos a jugar al rugby. En determinado momento Russo lo llama “y me dice que el capítulo 15, Circe, es dificilísimo, no se termina de pasar, es largo hasta para hojear”. Tiene 145 páginas. “Edgardo, tranquilizate, ya sé que no se puede leer. Me dice que lo enderece, porque de lo contrario ‘el lector lo va a tirar a la basura’. ‘Que lo tire’, le dije”. Colgó. Un rato más tarde llegan a un acuerdo; Russo aceptó una versión menos densa. Le dijo: “Tenés razón, no podemos enmendarle la plana. Si Joyce lo hizo así, fue a propósito”. Por ejemplo en la comparación entre la mujer y la luna, Joyce utiliza el término propinquity, que Russo insistía en traducir como proximidad. “Pero ¿por qué? Si propincuidad en español existe… y suena fantástico. De a poquito lo iba convenciendo de que era conveniente seguir todas las tortuosidades hasta el límite de lo posible. Y cuando ya no se podía hacer más, como en Circe… Pero ahí está la belleza del texto”.

GENTE COMÚN.
El ambiente literario porteño no termina de digerir a Zabaloy. Sin conocerlo le adjudicaron títulos o educación especializada que no tenía. Alguien le pidió por email su currículum, y él contestó “no tengo”. El irlandés Declan Kiberd entiende que esto es maravilloso. Autor de la introducción al Ulises más vendido del mundo anglosajón (el de Penguin Classics) y de libros notables como La invención de Irlanda (Adriana Hidalgo, 2006), está en Buenos Aires para otro congreso sobre cultura irlandesa. En su hotel nos cuenta que Joyce amaría esto, “porque él escribió el Ulises pensando en gente como Zabaloy. Lo hizo para porteros, para guardas de tren, personas con oficios comunes o trabajos mecánicos. Él con el Ulises estaba celebrando a la gente común, a la mujer común. Es realmente un privilegio que el Ulises esté siendo traducido por gente que no proviene del mundo literario. Casi todo el libro se nutre del discurso y el habla común de la gente de la calle”. Joyce, por ejemplo, podía discutir varios temas con la mujer que atendía la ropería de un hotel; él creía que un texto como el Ulises debía ser propiedad de todos aquellos que compartían una cultura en común. El problema es que esa cultura más democrática “fue sustituída por la creación de élites de especialistas a partir de mediados del siglo XX. Dejó de prevalecer la idea de que cualquier persona inteligente podía leer y entender el Ulises, o Hamlet, y se instaló la idea de que cualquier persona hábil podía aspirar a ser un especialista profesional que se hiciera cargo de la tarea”. Pero incluso ya antes de que ocurriera esto, Joyce era “en muchos sentidos un anti bohemio, en la noción parisina de bohemia. Él rechazaba la idea del arte como separado de la vida cotidiana, creía que el arte verdadero se nutría del lenguaje del pueblo, y a él debía volver”.

Zabaloy, en términos biográficos, se parece al primer traductor al español del Ulises, José Salas Subirat, que también fue un buscavidas y trabajó mucho como vendedor de seguros. El periodista Lucas Petersen tiene casi finalizada una biografía sobre él. En las Jornadas de la Biblioteca Nacional contó que Salas Subirat “venía de un hogar humilde, su padre tuvo muchos oficios, entre ellos el de afilador. Su abuela materna no sabía leer. De hecho Salas Subirat no terminó la escuela, pues como muchas familias de inmigrantes tuvo que salir a trabajar. Sin embargo lo que caracterizó a este hombre fue un hambre descomunal por el conocimiento, con lecturas que llevó a cabo de manera desordenada y voraz”. Autodidacta en su aprendizaje del inglés, Salas Subirat funda en la década del 20 una academia de inglés y taquigrafía, “pero es un misterio cómo aprendió inglés. Optar por traducir un libro es un buen medio para aprender un idioma. Y también para leer”. Pero, ¿el Ulises?

Marietta Gargatagli, doctora en Filología Hispánica y docente en la Universidad Autónoma de Barcelona, me muestra una curiosidad mientras esperamos en la cafetería del jardín de la Biblioteca Nacional. Es la introducción de Salas Subirat a la primera edición del Ulises, un texto didáctico de notable claridad. Allí Salas Subirat explica, justifica, advierte. Desarma, por ejemplo, los mecanismos mentales que operan en la mente del lector en términos de tiempo y espacio. Se introduce en los mecanismos no visibles del Ulises, y relata ese periplo como si fuera una crónica de viaje, sin palabras difíciles o amaneramientos. Dice: “Una obra difícil de entender en inglés tenía forzosamente que desanimar a los traductores. Pero traducir es el modo más atento de leer, y el deseo de leer atentamente es responsable de la presente versión”.

Lo que deriva hacia cuestiones futbolísticas. Hay cuatro traducciones del Ulises al español: dos argentinas y dos españolas. La primera de Salas Subirat, la segunda del español José María Valverde (1976), la tercera de los españoles García Tortosa y Venegas (1999), y la última de Zabaloy. Dos a dos. Los chismes previos caldean los ánimos y previenen que el español Eduardo Lago, invitado a las Jornadas, viene a defender las traducciones de la Madre Patria. No es cierto. “Mi Ulises es el de Salas Subirat”, dice en voz alta al ingresar. No hay partido.

Pero del Ulises de Zabaloy, durante las Jornadas, poco, a pesar de que dio una conferencia junto a Eugenio Conchez explicando su método. Quien se acercó a la Biblioteca Nacional para saber si algún especialista recomendaba la versión de Zabaloy, se vuelve con las manos vacías. La crítica la ha recibido bien en Uruguay y en Argentina; este cronista pudo comprobar que la versión fluye a diferencia de la versión de Valverde, llena del ibérico vosotros y mucho más académica. Pero los especialistas son cautos. Zabaloy reflexiona sobre esto en el café. “¿Quién se va a tomar el trabajo de leer y compararlo con las versiones ya existentes? Porque criticar es comparar”.

Para el año 2014 el nuevo Ulises estaba maduro. Había recibido aportes de Pablo Hernández, y contado con la participación activa de Eugenio Conchez, Teresa Arijón y Anne Gastchet, especialistas en la obra. Comenzaron con la búsqueda de erratas. Para enero de 2015 Conchez había encontrado más de 150 páginas donde había cosas para mejorar y corregir.

EL ULISES URUGUAYO.
Hace cinco años se publicó una nueva traducción del Ulises al húngaro. La última traducción al rumano, la de Mircea Ivanescu (versión 1984), está bajo fuego por haber sustituido términos obscenos por eufemismos. Zabaloy aclara que, en todos los lugares donde ocurre, utilizó la palabra coger. Sobre todo en el monólogo de Molly, capítulo 18, el más escandaloso. Es que Joyce buscó confrontar al lector con sus tabúes y fobias al describir de forma detallada y sin eufemismos los fluidos corporales, la mugre, las flatulencias, las secreciones, sean mocos, uñas enrojecidas de aplastar piojos en los niños, o los “olores de hombres” de la imperdible escena del almuerzo en el restaurante Burton (cap. 8).

Y esto permite reflexionar sobre el lector ideal del Ulises. A la hora de adquirir alimentos, por ejemplo, hay dos clases de personas: los que sólo compran envasado en el supermercado, creyendo lograr así mayor asepsia, y los que compran ahí pero también van a la feria barrial de frutas y verduras porque disfrutan de la variedad en el desorden, de lo imprevisto, de los aromas frescos a veces brutales—, de la charla con el amigo feriante. El primero difícil que lea el Ulises; pero si lo logra, seguro termina en la feria.

Cabe, a esta altura, arriesgar una hipótesis respecto a Zabaloy. Pudo traducir el Ulises porque posee, además de una inteligencia poco común, dos atributos: capacidad de comprender sistemas muy complejos, y de resolver con solvencia en lo concreto. Siempre pensando en su comunidad en un sentido amplio, no sólo en los argentinos, sino también en los uruguayos. Por eso optó por el en lugar del vos. “En el noreste de la Argentina, donde se habla un castellano más ortodoxo, es muy habitual el tú, igual que en Uruguay”. Una decisión nada inocente. Se puede deducir, entonces, que este Ulises es el más uruguayo de todas las versiones en español. 

Algo que parece simple a primera vista. Pero no con Joyce, que detestaba lo obvio. Una referencia lateral, sugerida a medias, en la mitad del libro, puede estar refiriendo a otra ocurrida en la otra punta del Ulises. Ocurre cientos de veces. O encontrar frases incomprensibles hasta para un lector anglosajón, como la que balbucea el ahorcado antes de morir, en inglés, con la soga apretada al cuello (cap. 15): Horhot ho hray ho rhother’s rest. Zabaloy explica cómo hizo para traducirlo: “el ahorcado dice literalmente ‘Forgot to pray for mother’s rest’, es decir, ‘Olvidé rezar por el alma de mi madre’, pero le sale eso porque ya no puede respirar. Es una última confesión para que no lo ahorquen. Entonces lo que hice fue apretarme la garganta, y con fuerza. Después dije, o traté de decir esas palabras y puse lo que me salió, ‘Ogooldó doror gor olgogoso do momodro’. Como explicación es pobre, pero es cierto”. En otros casos las disputas entre Zabaloy y Russo se daban palabra por palabra. También en el cap. 15 optaron por esta frase: Se destapó la olla. Un alcahuete le batió la posta a la yuta (en el original, the squeak is out. A split is gone for the flatties). En lugar de alcahuete Zabaloy quería alcachofa. “Russo no me dejó y se enojó, un rato”.

Era extenuante. Cuando los vencía el desánimo leían en voz alta, en inglés y luego en castellano. Y entonces de pronto me dice, en el café, “a ver contigo, vamos a ver si funciona. Ahora, leé en voz alta, en inglés, a partir de acá”, y señala una página. Comienzo con el libraco en la mano, dudando, sin subir mucho la voz. “¡Más alto!”, insiste. No hay escapatoria. La gente en el bar comienza a mirarnos, siento un sudor frío en la nuca cuando de pronto, zás, la sonoridad del texto me envuelve. Un calor sube de las entrañas, la musicalidad de la prosa de Joyce ocupa todo el espacio... y el bar entero queda en armonía.

“Y es todo así, una enorme masa que se te viene encima, no la podés parar y terminás siendo parte de la rueda, y vas girando, girando. Aclaremos: estas cosas casi como que no las podés hablar con nadie. Por eso cuando vos me dijiste que querías hablar conmigo, dije ¡por favor!” y abre las manos en un gran gesto. l

Nota: El cuenco de plata y Adriana Hidalgo son distribuídos por Gussi. Interzona, por Aletea.