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martes, 14 de febrero de 2023

Traducir a Javier Marías: un mar de dificultades

Lo que sigue es un artículo de Margaret Juli Costa, traductora británica de Javier Marías, donde da cuenta de algunos de los problemas que supuso la traducción del escritor español. Traducido al castellano por Daniel Gascón, se publicó en la revista mexicana Letras Libres, el 1 de octubre de 2022.

Traducir a Javier Marías

Cada vez que termino de traducir una novela de Javier Marías y pasan unos meses, no puedo recordar qué era lo que me resultaba tan difícil. Luego, en cuanto empiezo a trabajar en una nueva novela suya, pienso: “No puedo hacerlo.” Afortunadamente, esa sensación desaparece, pero, de entrada, es como si todos mis músculos para traducir a Javier Marías hubieran perdido el tono en el ínterin. Así que quizá, en una pausa entre traducciones, este sea el momento correcto para observar algunos ejemplos de lo que parecía, al principio, tan abrumador.

El obstáculo más obvio para el traductor es la mera longitud y complejidad de las frases, que a veces ocupan media página, una página o incluso dos páginas. Esta es la primera (y relativamente breve) frase del volumen ii de la trilogía Tu rostro mañana:

“Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera, ojalá no nos pidieran los otros que los escucháramos, sus problemas míseros y sus penosos conflictos tan idénticos a los nuestros, sus incomprensibles dudas y sus meras historias tantas veces intercambiables y ya siempre escritas (no es muy amplia la gama de lo que puede intentar contarse), o lo que antiguamente se llamaban cuitas, quién no las tiene o si no se las busca, “la infelicidad se inventa”, cito a menudo para mis adentros, y es una cita cierta cuando son desdichas que no vienen de fuera y que no son desdichas inevitables objetivamente, no una catástrofe, no un accidente, una muerte, una ruina, un despido, una plaga, una hambruna, o la persecución sañuda de quien no ha hecho nada, de ellas está llena la Historia y también la nuestra, quiero decir estos tiempos inacabados nuestros (y hasta hay despidos y ruinas y muertes que sí son buscados o merecidos o que sí se inventan).”

Cuando me enfrento a una frase así, me limito a traducirla tal como está y luego regreso a ella una y otra vez hasta que cada parte conecta como debería y se mantiene el flujo de ideas y lenguaje. Esta es mi versión:

Let us hope that no one ever asks us for anything, or even inquires, no advice or favour or loan, not even the loan of our attention, let us hope that others do not ask us to listen to them, to their wretched problems and their painful predicaments so like our own, to their incomprehensible doubts and their paltry stories which are so often interchangeable and have all been written before (the range of stories that can be told is not that wide), or to what used to be called their travails, who doesn’t have them or, if he doesn’t, brings them upon himself, ‘unhappiness is an invention’, I often repeat to myself, and these words hold true for misfortunes that come from inside not outside and always assuming they are not misfortunes which are, objectively speaking, unavoidable, a catastrophe, an accident, a death, a defeat, a dismissal, a plague, a famine, or the vicious persecution of some blameless person, History is full of them, as is our own, by which I mean these unfinished times of ours (there are even dismissals and defeats and deaths that are self-inflicted or deserved or, indeed, invented).

Lo que pierdo en las primeras palabras, me doy cuenta, es la concisión del español, así como todas esas negativas –“Ojalá nunca nadie nos pida nada”–, pero, como sabe cualquier traductor, hay pérdidas y ganancias en cada traducción, y por mucho que te esfuerces en ser fiel, a veces tu propia lengua te obliga a apartarte. Por lo demás, espero, he seguido tan cerca como me era posible la estructura del original.

A veces, la frase es tan complicada que requiere muchos intentos antes de que me parezca que tiene sentido completo en inglés. En uno de los ensayos de Javier Marías, por ejemplo, hay una endiabladamente difícil que trata el más complejo de los asuntos: las relaciones familiares:

“Que yo tenga noticia, la primera persona de mi familia que escribió alguna novela fue mi bisabuelo cubano, Enrique Manera y Cao, padre de mi abuela Lola Manera, nacida en La Habana, y por tanto abuelo de mi madre, Lolita Franco, ya nacida en Madrid, pues la que sería su progenitora salió de la isla a los siete u ocho años, en 1898, junto con sus padres y hermanos, y los que sobrevivieron a la travesía se instalaron en la capital de España.”

El español puede indicar el género a través de la concordancia de los adjetivos, en este caso “nacida”, lo que ayuda un poco al lector, pero pasarlo al inglés fue inicialmente difícil. Tras forcejear con la frase durante semanas, he encontrado de repente una (posible) forma de hacerla funcionar al releerla ahora:

As far as I know, the first person in my family to write a novel was my Cuban great-grandfather, Enrique Manera y Cao, the father of my Havana-born grandmother Lola Manera and the grandfather of my Madrid-born mother, Lolita Franco, her mother, the aforesaid Lola Manera having left the island in 1898, along with her parents and brothers and sisters, when she was only seven or eight, with the survivors of the voyage settling in Madrid.

Para que el inglés sea tan compacto como el español, he recurrido a la capacidad de mi lengua para hacer un adjetivo de cualquier cosa, de manera que “nacida en La Habana” se convierte en “Havana-born”; de forma similar, “nacida en Madrid” se convierte en “Madrid-born”. He puesto en cursivas un “her” para que el énfasis dé al lector una clave más fuerte acerca de quién es “her”, y he sustituido “la que sería su progenitora” con “her mother, the aforesaid Lola Manera”. Al principio, traduje travesía como “crossing”, pero en la última parte de esa frase, se podía confundir con otro gerundio, así que he optado por “voyage”, que es, de todos modos, una palabra más evocadora, tan evocadora como “travesía”. ¡Uf!

Por supuesto, este es el tipo de jugueteo obsesivo al que dedican horas los traductores –y que en realidad les encanta.

Aparte de la complejidad de las frases, lo que hace que la prosa de Marías sea tan excitante (tanto para el lector como para el traductor) es el cuidado con que trata las palabras y su manera de cambiar de registros con naturalidad, pasando de un vocabulario muy formal y culto a expresiones muy coloquiales.

En el pasaje anterior, por ejemplo, utiliza un término bastante arcaico, “cuitas”, para el que tuve que encontrar un equivalente arcaico en inglés, en este caso “travails”. Un personaje de la trilogía, el egregio e intermitentemente malhablado De La Garza, un agregado de la embajada española en Londres, era un particular desafío para el dominio de la jerga por parte de la traductora.

“–Como que me llamo Rafael de la Garza que esta noche no se me escapa viva alguna de estas guarras. No he venido hasta aquí para irme de vacío, no te jode. Hoy yo mojo, por encima de mi cadáver.”

“I’m going to have one of these sluts tonight or my name’s not Rafael de la Garza. I didn’t come here in order to go away empty-handed, damn it. I’m going to dip my wick if it kills me.”

Y en el tercer volumen le oímos cantar un rap que ha inventado:

“Te convierto en un pelele que me rasca el ukelele […] Soy el pasto de las cobras, se alimentan de mis sobras, te inoculo mi veneno, contra él no tienes freno, no me piques las espuelas si no quieres perder muelas, juu-yu, yu-jú […] Que mis balas tienen hambre y están llenas de cochambre, y te buscan el cerebro pa dejártelo bien cerdo, chamusquina entre las cejas, la sesera en las orejas, vomitando por los poros y eres mierda de inodoro, juu-yu, yu-ju.”

Por razones de ritmo y rima, es imposible ser fiel al original en ningún sentido literal. Además, lo que de verdad importa es preservar la inanidad de los versos, el vocabulario violento y la referencia escatológica, porque De la Garza acaba de ser víctima de un ataque violento durante el que han estado a punto de ahogarle metiéndole la cabeza en un váter. Copio debajo el pasaje completo en inglés para demostrar cómo se mueve Marías entre el lenguaje de repugnancia remilgada del narrador y los nefastos esfuerzos “poéticos” de De la Garza:

It was truly pathetic, as were his awful so-called verses, a ghastly dirge accompanied by a constant bending of the knees in time to the supposed rhythm of some thin, imaginary tune: ‘I’m gonna turn you baby into my ukelele,’ – was how it began, with that so-called rhyme, ‘I’m food for the snakes, like a fine beefsteak, I’ll fill you up with venom just for wearin’ denim, don’t go stepping on my toes if you want to keep your nose, hoo-yoo, yoo-hoo.’ – And then, without even pausing to take a breath, he attacked another strophe or section or whatever it was: ‘My bullets want some fun, no point in trying to run, and they’re looking for your brain and are out to cause you pain, to burn up your grey matter, send it pouring down the gutter, flushing down the can, you’ll be shit down the pan, hoo-yoo, yoo-hoo.’

A menudo Marías comenta el lenguaje que utilizan su narrador o sus personajes. Un ejemplo: cuando el narrador repara en su uso de una expresión española –“no hacer ascos”–, dice (de una manera no particularmente alentadora para sus traductores): “no hay rival para ‘no hacer ascos’ en otras lenguas”. A pesar de eso, y porque, obviamente, el trabajo del traductor consiste en encontrar equivalentes para el lector no español, me incliné por un cauteloso “although ‘to turn up your nose at something’ comes close…”.

Marías también utiliza a menudo términos taurinos, que han entrado en el idioma español como los términos de cricket en el inglés. Hay un pasaje crucial, en el que el padre del narrador describe un episodio que ocurrió durante la Guerra Civil española, donde varios republicanos fueron seleccionados por los nacionales y estaban a punto de ser ejecutados sumariamente. Uno de esos hombres, Emilio Marés, se negó a cavar su propia tumba antes del fusilamiento y dijo desafiante: “A mí me podréis matar y me vais a matar. Pero a mí no me toreáis.” El verbo “torear” significa “luchar con un toro”, pero también significa “jugar con alguien” o “reírte de alguien”. Sin embargo, puesto que después los verdugos de Marés lo martirizaron y lo mataron como si fuera un toro, es esencial mantener esa referencia a los toros en la traducción al inglés. Mi versión: “You can and will kill me, I know that, but I’m not a bull to be baited.” Sus torturadores se lanzaron sobre sus palabras y las llevaron a su lógica y cruel conclusión.

Por regla general, me gusta permanecer junto a un autor y traducir todos sus libros, porque, para señalar lo obvio, es la única manera de desarrollar una idea de la obra en conjunto. Esto ha resultado aún más importante con la obra de Javier Marías y, en particular, con la traducción de su trilogía Tu rostro mañana, porque cita a menudo no solo de los otros volúmenes de la serie, sino también de sus novelas anteriores (he traducido todas menos dos). Eso requiere una memoria muy atenta por mi parte, porque tengo que (a) reconocer que es una cita de otro sitio y (b) recordar de dónde viene la cita y cómo la traduje esa primera vez, para poder encontrarla en mi traducción. Una vez la he localizado, tengo que compararla con su última manifestación en la trilogía porque el autor a menudo amplía o adapta esa autocita. Cuando participaba en esta caza encontré un nuevo problema: descubrir que no me gustaba demasiado cómo había traducido esas palabras en el Volumen i o ii o en una de sus novelas anteriores (traduje la primera –Todas las almas– en 1991).

No obstante, en aras de la consistencia entre volúmenes, me vi obligada a mantener la versión original. Era un recordatorio (por si lo necesitaba) de lo cambiante que es la traducción, por mucho que nos esforcemos en producir algo sólido, perfecto y aparentemente fijo.

Marías también cita a otros autores, en particular británicos o estadounidenses, a menudo sin reconocer que lo está haciendo. Eso pone a prueba la memoria literaria y el estado de alerta del traductor. Por ejemplo, abundan las citas de Ricardo III y Enrique V, pero las palabras de Shakespeare –como las de Javier– a menudo se amplían o adaptan para que encajen en una situación específica o para crear ecos adicionales. En el caso de Tu rostro mañana, fui afortunada por tener acceso a un ensayo valiosísimo de Antonio Iriarte, que enumera las listas y rastrea todas las citas utilizadas en libros anteriores.

Ciertamente, este artículo no pretende ser un lamento sobre los escritores “difíciles”, y espero que no lo parezca, porque disfruto de veras tratando las “dificultades” y, por raro que parezca, me parece más fácil –y sin duda más interesante– traducir un texto “difícil” de un gran escritor que uno “fácil” de un autor mediocre. Puedes confiar en que el primero sabe con precisión lo que hace, pero en el caso del segundo estás en tierra poco firme. Los grandes escritores del pasado (y algunos, aunque menos, en la actualidad) traducían a los clásicos porque les parecía que era una manera de mejorar su escritura y su estilo, y traducir pone a prueba y aumenta el dominio que un traductor tiene sobre su propia lengua. Una vez oí decir al poeta, novelista y traductor David Constantine que la traducción empuja al traductor “hacia un conocimiento cada vez más grande de su propia lengua, hacia un descubrimiento de lo que puede y no puede hacer”. Y así, en cuanto dejo atrás esa primera y perturbadora sensación de no ser capaz de hacerlo, me zambullo alegremente en ese mar de dificultades y nado lo mejor que puedo.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Javier Marías reflexiona sobre los traductores

Ha muerto el narrador, ensayista y traductor español Javier Marías (1951-2022), y, considerando la calidad de su trabajo, resulta oportuno reproducir a continuación lo último que escribió para “La Zona Fantasma”, su columna del diario madrileño El País.

Nostalgia de mis años de traductor

Si hay una actividad que echo de menos, esa es la traducción. La abandoné hace ya décadas, con pequeñas excepciones (un poema, un cuento, las citas de autores ingleses y franceses que aparecen en mis novelas), y nada me impediría regresar a ella, salvo mis propios libros y lo mal pagada que sigue estando esa labor esencial, sin duda una de las más importantes del mundo, no sólo para la literatura; también para las noticias que llegan, los descuidados subtítulos de películas y series, el bastardo doblaje de hoy, los avances médicos, las investigaciones científicas, las conversaciones entre los gobernantes… Pero la que yo añoro es la literaria, a la que dediqué casi todos mis esfuerzos. Siempre he sostenido que se parece tantísimo a la escritura que es agotador compaginarlas. La “única” diferencia es la presencia de un texto original al que uno ha de ser fiel —pero no esclavo de él—. Ese original ofrece inconvenientes y ventajas. Entre los primeros, que uno nunca es muy libre —pero sí bastante— porque debe reproducir lo mejor posible, en su lengua, lo que en las suyas escribieron Conrad o James, Proust o Flaubert, Bernhard o Rilke; es decir, uno no puede inventar. En una novela sí, de la primera a la última línea, hasta el punto de que a veces uno no sabe cómo continuar, y es entonces cuando desearía disponer de un original que lo guiara y le dictara siempre lo que le toca poner. El texto original, como la partitura musical, está ahí y es inamovible, aunque tanto el traductor como el pianista tengan amplio margen de elección. La dicción, la preferencia por un vocablo o su descarte, el tempo, el ritmo, las pausas, son responsabilidad de ellos. Y pueden destrozar una obra maestra, eso también.

A menudo recuerdo, a la vez con sudores fríos y enorme placer, mis meses o años empleados en traducir los tres textos más difíciles de mi vida: El espejo del mar, escrito en el fantástico pero extraño inglés de un polaco; Tristram Shandy, obra monumental del siglo XVIII no menos laberíntica que el sobadísimo Ulysses de Joyce; La religión de un médico y El enterramiento en urnas, de Sir Thomas Browne, sabio inglés del XVII con una prosa tan majestuosa como sublime como alambicada, que suscitó la admiración incondicional de Borges y Bioy. Ante ella me rendí: no me sentía capaz de proseguir. Al cabo de unos meses, pensé que era una lástima que los lectores de lengua española se quedaran sin conocerla y, con renovado brío, reanudé y concluí la tarea. ¿Por qué me importaba tanto el conocimiento de esos lectores, que en ningún caso iban a ser cuantiosos? Ni yo lo sé. Sencillamente juzgué que esa maravilla merecía existir en mi idioma, aunque fuera para disfrute y provecho de unos pocos curiosos.

Algunos traductores no viven de la traducción —los que sí, pobres, se ven obligados a empalmar trabajos malos, regulares y buenos, y a acabarlos todos a gran velocidad—. Los primeros poseen un superfluo y desinteresado sentido del deber para con sus compatriotas. Si pensamos en la primera traducción del Quijote, del dublinés Thomas Shelton y de 1612, sólo siete años después de su publicación en español, ¿qué tuvo que impulsar a aquel hombre para embarcarse en una novela española, larga y nada fácil, de un completo desconocido? Lo ignoro, pero cabe imaginar que Shelton fue tan generoso como para no querer privar a los demás irlandeses ni a los ingleses del placer que él habría experimentado durante su lectura en castellano. Si alguna vez fue adecuada la expresión “trabajar por amor al arte”, es para la labor de esos traductores. Al fin y al cabo, un escritor alberga la esperanza, por remota que sea, de vender mucho y triunfar. Al traductor nunca lo aguardan tales glorias, y aún hoy bastantes editoriales se permiten no poner su nombre en la cubierta, como si Ali Smith o Zadie Smith no hubieran necesitado de un concurso. Y si hablamos de emolumentos, es para echarse a llorar. ¿Cómo va a pagarse igual una versión de Dickens que una del enésimo chisgarabís americano actual? Y sin embargo así sucede. Hay editores que se han hecho de oro merced al trabajo de un traductor, al que retribuyeron con una rácana tarifa por página y se acabó, mientras el título en cuestión vendía cientos de miles de ejemplares en español.

No sé, sí: también una hija puede cuidar a su madre por el amor que le profesa, pero eso no obsta para que su ímproba dedicación se vea remunerada, sólo sea para que no se muera de hambre mientras renuncia a ganarse el sustento con un empleo. Desde ese punto de vista no puedo sentir nostalgia de mis años de traductor. Me ha ido mucho mejor con mis novelas. He gozado de una inmensa suerte que poco tiene que ver con el mérito ni con el talento. Y aun así, aun así… Recuerdo cómo me satisfacía y emocionaba “reescribir” en mi lengua un texto mejor que ninguno que yo pudiera alumbrar, como fue el caso de mis tres traducciones mencionadas. Leer, corregir y releer cada página y pensar (siempre sujeto a equivocación, uno es mal juez de lo que hace): “Sí, sí, así lo habrían escrito Conrad, Sterne o Browne de haberse expresado en español”.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Gracias a la "Marca España" los españoles se están convirtiendo en el hazmerreir de todo el planeta

La presente columna de Javier Marías fue publicada por el diario El País, de Madrid, el domingo 26 de mayo pasado. Habla de esa estupidez inventada por funcionarios trasnochados que insisten en llamar “Marca España”, cuyo principal efecto es convertir a los españoles en hazmerreír de todo el planeta. Marías lo sabe y reacciona en consecuencia. Con él nos preguntamos, ¿por qué no se meterán la "Marca España" en el culo?

La Marca España y las ratas

A través de Yolanda Cortés, encargada de prensa de la Editorial Alfaguara, me llega una aparente petición (luego se verá que no lo es tanto) cuyo remite tiene el pomposo y ridículo nombre de “Alto Comisionado para la Marca España”. Ya la mera idea de considerar España una “marca” (como también se hace con Cataluña, Andalucía y demás) habla del carácter venal y propagandístico de ese “ente”, auspiciado por el actual Gobierno, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores y amparado al parecer por la Corona. A su frente está Carlos Espinosa de los Monteros, que ha sido Presidente, “entre otras compañías”, de Iberia, Mercedes-Benz, Daimler-Chrysler y González-Byass, para que no quepa duda de cuáles son los propósitos (más bien quiméricos, como comentaré el próximo domingo) de dicha Marca.

Este Alto Comisionado ni siquiera sabe cómo tratar a las personas en su petición, relacionada con un inminente acto de presentación de la Marca en el Parlamento Europeo en Bruselas, en el que se mostrará un vídeo al final del cual “habrá una parte dedicada a aquellos ‘rostros que nos representan allá donde vayan”. Así que están contactando “con gente destacada de varios sectores”. “La imagen”, dicen, “se proyectaría junto con el nombre y el oficio durante un breve periodo de unos tres segundos (dependerá de cómo encaje todo)”, para lo que piden la autorización de los elegidos.

Ya es bastante preocupante, e incluso amenazante, descubrir que uno, sin comerlo ni beberlo, y según este Alto, “representa” a algo más que a uno mismo “allá donde vaya”. Es decir, no tiene escapatoria. Si uno es español de nacimiento y pasaporte (cosa accidental en gran medida), y ha hecho alguna cosa “destacada” en su “oficio”, está representando a España le guste o no, tenga la opinión que tenga de este país y de sus Gobiernos, y haya o no intentado, a lo largo de su vida, apartarse y luchar contra lo que se ha considerado más típica o genuinamente español. En mi caso particular, durante al menos treinta y cinco de los cuarenta y dos años que llevo publicando, gran parte de los críticos, colegas, funcionarios literarios y prensa poco menos que me negaron la nacionalidad, pese a haber escrito siempre en español. “Es un inglés que se traduce a sí mismo, y su castellano está lleno de extranjerismos e incorrecciones”, vendría a ser, en resumen, el veredicto que recibí de muchos durante mucho tiempo. Ahora resulta, sin embargo, que “represento” a España –santo cielo– “allá donde vaya”. Da lo mismo si viajo a un país u otro o si me quedo aquí sin moverme: en la frente llevo un cartel que no pone mi nombre –lo único de lo cual respondo y que “represento”, otra aspiración me parecería megalómana–, sino “Marca España”. Lo que me vienen a comunicar es esto: “Usted es español y se lo conoce algo por ahí fuera, así que se jode”.

Pero ya he dicho que la petición no es tal del todo. Me imagino que esa autorización para el uso de la imagen y el nombre se la habrán solicitado a muchísimas personas más famosas y notables que yo, y que lo habrán hecho en parecidos términos: “Este vídeo”, sigue la carta, “va a utilizarse también como vídeo promocional de la Marca España, así que se pretende tenga una gran proyección nacional e internacional. Si estuviera interesado en aparecer le agradecería” la mencionada autorización, “y si quisiera podría enviarnos también alguna imagen o vídeo suyo”. No sé si se dan cuenta, pero de pronto la petición se ha convertido sibilinamente en un favor que el Alto le va a hacer a uno. “Si estuviera interesado en aparecer”, se permiten añadir de repente, como si la iniciativa no partiera de ellos. No “Si tuviera a bien aparecer” ni “Si aceptara …” ni “Si no tuviera inconveniente en …”, nada de eso. Bueno, pase que a mí me tomen por un piernas, probablemente lo sea. Pero supongo que habrán recibido una carta similar celebridades como Nadal, Montserrat Caballé, Savater, Fernando Alonso, Casillas, Penélope Cruz, Adrià, Plácido Domingo, Pérez-Reverte, Almodóvar, los Gasol, Barceló, Amancio Ortega, Banderas, Mendoza, Alejandro Sanz, Ruiz Zafón, Iniesta o Bardem. El Alto debe de creer, por lo visto, que todas estas personalidades enloquecerán (iba a escribir “perderán el culo”, pero es algo grosero) por que su rostro y su nombre aparezcan durante tres segundos –con suerte– en una promoción de la Marca España. Será que andan necesitadas de “proyección nacional e internacional”, y ese vídeo va a proporcionársela.


El domingo que viene contaré cuál fue mi respuesta, y también en qué consiste hoy la Marca España, en mi opinión propia de un piernas. Pero les adelantaré ahora una escena reveladora y reciente, que jamás había contemplado en mi ciudad, ni siquiera en los años cincuenta en que nací. La Marca España, entre otras cosas, son las RATAS que ya he visto varias noches correteando como conejos por entre las mesas de las terrazas de la Plaza Mayor de Madrid, una de las más turísticas y emblemáticas del país (como para sentarse a esas mesas). El Madrid deteriorado de la alcaldesa Botella de Aznar. El Madrid controlado por el PP desde hace más de veinte años. Peligrosas, insalubres, transmisoras de enfermedades, campando a sus anchas en pleno centro de la capital del Reino. Esa es una de las imágenes actuales que debería meter en su vídeo ese Alto Comisionado.

jueves, 24 de mayo de 2012

"El trabajo del traductor exige el mismo tipo de talento que el del escritor"


Lo que sigue es un brevísimo fragmento de una entrevista, realizada el 26 de octubre de 1988, entre Javier Marías y Caterina Visani que esta último presentó en su tesis de licenciatura. El trabajo puede consultarse completo aquí .

¿Qué opina sobre la traducción?

La traducción debe limitarse a reproducir, en el mayor grado posible, en la lengua en que se traduce, todo aquello que esté en el original. Pero es también un arte basado en un sistema de compensaciones. Hay momentos en los que uno puedo renunciar a alguna cosas de lo que dice el original, para reintroducirlo dos renglones después. Una libertad de este tipo me parece perfectamente posible y practicable: cuando hay algún impedimento, algo que molesta o que suena mal, o que no es practicable en una lengua, es cuando se puede compensar.

Por ejemplo, si renuncia a un adjetivo en un determinado momento, por alguna razón, dos o cinco líneas después puede probar a incluirlo, si no el mismo adjetivo, al menos el concepto que explicaba, e incorporarlo así a la traducción. Según mi opinión, existe un sistema de compensaciones perfectamente aplicable.

Creo que en cierto sentido el traductor es igual al escritor. Yo he traducido mucho; soy escritor, antes que traductor, y había ya escrito libros antes de traducir, pero de hecho ser traductor me ha influenciado mucho. Hay un momento en la traducción en el que no me parece que exista tanta diferencia entre el trabajo de crear, de escribir y de traducir. En definitiva, parece que el traductor se diferencia del escritor porque tiene delante un texto que debe reproducir, y se supone que este texto no le permite libertad, que lo mantiene esclavo, lo obliga, y que no puede alejarse de él. Esto es verdad hasta un cierto punto. Pero es también cierto que todas y cada una de las palabras de la traducción son escogidas por el traductor. Hay poquísimas frases, en cualquier lengua, que aceptan una traducción obligada, en mayor número quizás, en lenguas como el español y el italiano, esto quizás por su cercanía. Arthur Walley, el famoso traductor del chino al inglés, decía que frases muy simples, como "the cat chases the mouse", tienen casi una traducción obligada.

El traductor escoge siempre entre varias posibilidades, y es el que en definitiva usa una palabra en vez de otra, escoge entre los posibles sinónimos. Para seguir con el ejemplo de Walley, en español podemos traducir: El gato caza al ratón, o bien El gato atrapa al ratón, que quizás es la forma más frecuente. No seria una traducción unívoca, palabra por palabra, y por otra parte no existen traducciones "de palabras" (las traducciones no son diccionarios) pero si de conjuntos de palabras, de conjuntos de frases, de conjuntos de páginas.

Creo por eso que el traductor es como el escritor, digamos que la diferencia es cuantitativa, no cualitativa. Aunque el traductor escoge, como decía Walley: "Cada vez que he traducido he descubierto que los textos hablan por si mismos, pero it was I who did the talking (era yo quien los hacia hablar) era yo quien los formulaba, quien explicaba, no los textos".

El trabajo del traductor exige el mismo tipo de talento que el del escritor. Quizás no sea un talento inventivo, pero es relativamente el mismo en la parte técnica y sobre todo con respecto a la elección. La diferencia es cuantitativa, no cualitativa. Al menos esa es mi experiencia.

viernes, 4 de marzo de 2011

Un premio compartido entre dos traductores de literatura española al inglés


Según se lee en el javiermariasblog, que recoge la noticia distribuida por la agencia EFE, el 31 de enero pasado, Christopher JohnsonMargaret Jull Costa han sido distinguidos por sus versiones de escritores españoles al inglés.






Las versiones inglesas de Quevedo y Marías,
premio de traducción Valle Inclán

La traducción al inglés de la poesía de Francisco de Quevedo, por Christopher Johnson, y la de el último volumen de la trilogía de Javier Marías Tu rostro mañana. -Veneno, sombra y adiós-, por Margaret Jull Costa, han recibido en Londres el premio de traducción Valle Inclán 2010.

La Sociedad de autores británica ha repartido en esta edición las 2.000 libras del galardón (2.300 euros) entre la “precisa, poética y creativa” traducción de Johnson y la versión inglesa del volumen final de la “trilogía épica del que quizás es el mejor escritor contemporáneo español”.”Marías ha llegado a señalar que prefiere la edición inglesa al original”, apuntaron los organizadores del premio, cuyos ganadores fueron desvelados hoy en la sede del Instituto Cervantes de Londres.

Jull había recibido el mismo galardón en dos ocasiones, 2006 y 2009, por su trabajo en la traducción del primer libro de la trilogía de Marías, Fiebre y Lanza, y en la de la novela de Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista. La traductora ha vertido al inglés a numeroso autores portugueses, españoles y latinoamericanos, entre ellos Fernando Pessoa y José Saramago.

El otro premiado este año es actualmente profesor asociado de Literatura Comparada en la Universidad de Harvard (EEUU), y se le considera un especialista en literatura moderna, retórica y teoría de la traducción. Además del trabajo con la poesía de Quevedo, Johnson ha traducido obras del alemán Heinrich Heine y es autor de Hipérboles: La retórica del exceso en la literatura y el pensamiento barrocos.

domingo, 25 de octubre de 2009

Cómo disponer de otros registros


El 3 de octubre de 2008 la periodista Elsa Fernández Santos realizó una entrevista con el narrador y traductor Javier Marías para el diario El País de España. Allí se lee la siguiente reflexión a propósito de lo que supone traducir. Tal vez este punto de vista sirva para zanjar las aparentes diferencias que se suelen establecer entre los escritores que traducen y los meros traductores que no aspiran a escribir libros propios.

"Un traductor es un escritor privilegiado"

La traducción ha sido un elemento importantísimo para mí por lo que ha supuesto de aprendizaje. Es incluso mejor que leer. Un traductor además de un lector privilegiado es un escritor privilegiado. Reescribe a su propia lengua algo que no existía y de alguna manera está incorporando algo totalmente nuevo. Pero no es sólo eso: al poner la lengua al servicio de otro, hay una renuncia al propio estilo que es muy importante. Es como el actor que se borra a sí mismo para convertirse en el personaje. Pero al mismo tiempo uno se está apropiando de esos estilos y está aprendiendo de ellos y entonces uno ya sabe que dispone de otro registro.

viernes, 29 de mayo de 2009

La justa indignación de Javier Marías


El 28 de enero de 2007, el escritor y traductor español Javier Marías escribió una columna en el diario El País, de Madrid, donde señalaba la indignación que le producían las condiciones de trabajo a las que las principales editoriales de su país sometían a los traductores literarios. La situación actual en el mercado español es todavía peor. Ahora bien, si en España es así, ¿qué nos queda esperar en Latinoamérica?

El comino de nuestra lengua

Pocas veces he sentido más indignación que al leer el reportaje que sacó este diario hace dos semanas, de Virginia Collera y Enrique Murillo, sobre la actual situación de los traductores en España. No se me escapa que empezar así resulta un tanto hueco y retórico, dado que, como ustedes saben y padecen, me indigno aquí a menudo. Pero la cantidad de indignaciones no merma la calidad de cada una, y esta ha sido de primera. Hace mucho que no traduzco, con alguna excepción para mi editorial, Reino de Redonda, para la cual lo hago gratis, claro está. Pero en los años setenta y ochenta fue una de mis maneras de ganarme –mal– la vida. Se trata, desde siempre, de una tarea tan importante como mal retribuida y considerada, y a lo largo de decenios los traductores han esperado que al mundo de la edición llegase gente que supiese ser justa con ella: que se dignase poner el nombre del traductor, sin falta, y como se hace en Francia, en la cubierta de los libros; que no fuese indiferente a su calidad; que pagase como es debido algo extremadamente difícil –a veces milagroso– y esencial; que no viese esa actividad como un trámite, o un inevitable engorro, sino como lo que más hay que cuidar a la hora de publicar una obra escrita originalmente en lengua extranjera.

Las condiciones, sin embargo, no sólo no han ido a mejor, sino que han empeorado vergonzosamente. Si por las traducciones literarias se pagaba poco, ahora menos. Si antes se retribuía por folio, ahora la avaricia y tacañería de muchos editores los lleva a descontar cuanto no contenga texto –los diálogos, los puntos y aparte, los versos, los finales de capítulo, los sangrados–, como si las pausas no formaran parte de los textos y como si éstos se escribieran en un rollo de papel higiénico ancho, todo seguido. (Esto hace que los traductores ingresen un 20% menos … de lo que ya era una miseria.) Por último, cuentan Collera y Murillo, hay ya unas cuantas editoriales, algunas riquísimas –Planeta, Random House Mondadori, Gredos, Urano–, que llevan a cabo una de las prácticas más vejatorias, explotadoras e insensatas que se pueden concebir: “subastas a la baja”, consistentes en que el editor ofrece un libro a tres o cuatro traductores, y el que esté dispuesto a vertérselo al castellano por una tarifa más baja, se llevará el gato al agua. Esto equivale a premiar al que tiene en menos su tarea, al que –en consonancia con el ridículo precio acordado– se tomará las molestias mínimas y entregará una chapuza, al que no se sentirá obligado ni a consultar el diccionario en caso de duda, ni tendrá reparo en cambiar o suprimir los pasajes que no entienda bien. En suma, al que tradicionalmente se llamaba “intruso” o “revientaprecios”. Es justamente lo contrario de lo que se hace en Francia, donde, si un traductor se ofrece a trabajar por una tarifa inferior a la habitual, el editor desconfiará de él, dudará de su competencia y de la estima que su propia labor le merece, y, ya sólo por eso, no le entregará la obra. Aquí, el mundo al revés. Cuanto más barato sea alguien, más trabajo se le dará. Claro que también se puede ser barato por desesperación o por bisoñez, porque hay que sacar dinero de donde sea o porque se está empezando y es lo único que se quiere, empezar. Pero lo más frecuente es que se sea barato por mediocridad, aprovechamiento o haraganería.
Más de una vez he hablado del lamentable estado de nuestra lengua y de nuestras traducciones en particular, de las cuales nos nutrimos tanto o más que de lo escrito en español (¿o es que no son traducción innumerables noticias de prensa y televisión, o los subtítulos de las películas y las series?). Pero es que el círculo vicioso ya está creado, gracias en buena medida a los editores iletrados y avaros: éstos dan el trabajo al más pringado, éste aplica la ley de la jeta y no se molesta en mejorar, los críticos casi nunca enjuician las traducciones, para bien ni para mal, de modo que esos editores a los que se les debería caer la cara de vergüenza por ofrecer productos defectuosos cuando no infames, jamás son reprendidos por nadie ni ven disminuir sus beneficios, como merecerían; y a los lectores, por último, parece darles todo igual, o ya no saben distinguir. Hoy hay muchos que creen estar al día y haber leído a los mejores autores extranjeros, cuando lo único que han leído es un burdo simulacro, patoso y lleno de infidelidades y errores, de lo que originalmente escribieron. Así como uno no compra la leche Tal o los embutidos Cual, la nevera X o el ordenador Z porque sabe que son una porquería, a estas alturas deberíamos ya saber que de la editorial H o V uno jamás debe adquirir un libro traducido. Yo mismo podría darles aquí una pequeña lista, pero esa no es mi misión. Lo sería de los críticos, en primer lugar, y de los propios lectores a continuación. Y sólo así, al cabo del tiempo, podría acabarse con lo que expresaba un veterano traductor en el reportaje mencionado: “Hasta que podamos demostrar que las traducciones, las buenas y las malas, afectan a las ventas, a las editoriales les importarán un comino”. Las traducciones también conforman –cada vez más– nuestra lengua, y ésta, francamente, jamás debería importarnos un comino a ninguno de los que la hablamos.