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martes, 29 de agosto de 2023

Esquilo vuelto a traducir en México


"La Universidad Autónoma de México suma a su colección de clásicos grecolatinos una cuidada edición bilingüe de la trilogía de Esquilo con traducción y notas del experto helenista David García Pérez." Ésta es la bajada de la nota publicada el pasado 26 de agosto en InfoBAE Cultura por el especialista en literatura clásico Hugo Francisco Bauzá.

A propósito de una nueva traducción de la Orestíada

Desde hace varias décadas la Universidad Nacional Autónoma de México, fiel a arraigada tradición humanista, a través del Instituto de Investigaciones Filológicas viene emprendiendo la tarea, notable por su rigor académico y encomiable al estar sostenida en el tiempo, de editar obras de autores griegos y latinos en su colección, ya célebre, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, dirigida hoy por Aurelia Vargas Valencia.

Textos bilingües (originales griegos o latinos enfrentados a la traducción española), escrupulosamente colados –es decir, escogidos luego del cotejo de diferentes variantes textuales–, junto a cuidadas introducciones, numerosas notas y la pertinente bibliografía. A los volúmenes ya aparecidos –obras de Homero, Hesíodo, Píndaro, Virgilio u Ovidio, entre otros–, se suma ahora la Orestíada de Esquilo en un trabajo de valía tanto por la fidelidad de las versiones, cuanto por su rica introducción (137 páginas de prólogo y otro tanto de notas) de la pluma del helenista David García Pérez.

Desafío riesgoso el de emprender una nueva versión de una obra dramática –de casi 4.000 versos– compuesta en griego clásico hace más de dos milenios, labor que el estudioso ha sorteado con holgura. Concebido también con finalidad didáctica, el trabajo presenta correspondencia exacta entre los versos griegos y su versión española. El texto base es la edición de Agamemnon. Libation Bearers. Eumenides. Fragments de Herbert Weir Smyth (volumen de la Harvard University Press) con auxilio, en ocasiones que se indican, de la clásica de Martin L. West, herederas estas de la editio canónica de Ulrich von Wilamowitz.

García Pérez, filólogo clásico y ensayista, se desempeña como traductor e investigador en el Centro de Estudios Clásicos del mencionado Instituto. Entre otros trabajos de su pluma menciono el sustancioso estudio Prometeo, el mito del héroe y del progreso (2006), obra de consulta insustituible, así como Los retornos de Electra y de Orestes (2013).

Esquilo –autor de unas noventa piezas muy celebradas y héroe de las batallas de Maratón y Salamina–, poco ante de morir, en la cumbre de su carrera, compuso y presentó ante la festividad de la Grandes dionisias en la primavera del 458 a.n.e. su Orestíada, única trilogía clásica llegada completa hasta nosotros. Y no digo escribió sino compuso ya que fue el autor del texto dramático, de la música, de la danza de los coros, en suma, de la régie escénica toda, como era habitual en ese entonces. Obra sublime, pese a que tal como ha llegado hasta nosotros, faltan su música, apuntaciones sobre las danzas corales y otras cuestiones escénicas.

Este corpus poético consta de tres piezas –Agamenón, Coéforas y Euménides–, seguidas de un drama de sátiros –Proteo– del que sólo conocemos su nombre (estas pequeñas farsas se añadían a las trilogías ya para levantar el ánimo de los espectadores, alicaído después de asistir a la puesta en escena de tres tragedias; ya por tradición ritual dado que los sátiros –seres daimónicos– integraban el séquito de Dioniso, de cuyos sacrificios nació este género dramático). La trilogía versa sobre el aciago destino de los atridas, i. e., los descendientes de Atreo, el primitivo monarca del Peloponeso. Su temática procede de la época heroica, concretamente, de la tradición homérica, aunque Esquilo, influido por Hesíodo, añade una perspectiva didáctica tendente a que sus piezas eleven y dignifiquen a los espectadores: idea de la poesía como formadora del buen ciudadano, como más tarde destacó Schiller cuando nos habla de la “educación estética del hombre”. De esta obra emana un aura sacerdotal que valora a Esquilo como guía de la conducta ciudadana.

De la ingente variedad de pareceres recogidos por García Pérez en la edición que nos ocupa, atiende a ideas pitagóricas al reflexionar sobre la condición humana cuando en su evolución política la democracia ateniense entró en colisión con el pensamiento religioso. Remite también al parecer de J. Torrano para quien los planteos esbozados por el dramaturgo son desafíos que dan cuenta de una perplejidad dolorosamente asumida frente a la necesidad de equilibrar la acción individual con la colectiva, en favor del logro de una convivencia armónica en la pólis. Desde una mirada simbólica asistimos al tránsito que va de la descomposición del cosmos hasta su ulterior recomposición –lograda gracias al amparo de Díke ‘la Justicia’–, aun cuando, tras la “aparente” resolución del conflicto, “el núcleo de lo trágico queda latente” (D. García, p. 26).

La primera pieza da cuenta de la muerte de Agamenón cuando, al volver vencedor de la guerra greco-troyana, sucumbe a manos de Clitemnestra, su mujer, en complicidad con Egisto. Clitemnestra, autora material e intelectual del asesinato, sorprende por la fuerza de su éthos –de corte masculino– frente a la minusvalía de su amante. Las Coéforas, segunda pieza, cuyo nombre procede de las portadoras de ofrendas del coro, evoca el encuentro de Electra –hija del malhadado rey– con su hermano Orestes y cómo aquella lo insta para que dé muerte a Clitemnestra, madre de ambos, por haber matado a su marido. El joven cumple esa acción tan horrenda como paradójica: justa al vengar a su padre, pero injusta al ultimar a su progenitora –lo que remite al tema de la “justicia injusta”, uno de los tópoi de las piezas de Esquilo–; tras ese acto nefando es perseguido por las Erinias.

En la tercera, estas deidades, vengadoras de los delitos de los consanguíneos, claman venganza y piden compensación. Orestes, hostigado por estas furias, huye desesperado refugiándose en Delfos en pos del amparo del dios oracular. Allí Apolo le aconseja dirigirse a Atenas para que la deidad que preside la ciudad resuelva. Y es entonces cuando Atenea anuncia que establecerá un tribunal humano para que juzgue al matricida y que, en caso de paridad de votos, ella con el suyo dirimirá la cuestión.

La diosa –no nacida de vientre materno, sino surgida de la cabeza de Zeus como evoca el mito– privilegiando lo masculino al igual que Apolo, vota en favor de Orestes. Mas como las Erinias, despechadas, reclaman castigo, Atenea las muda en Euménides, diosas benéficas, prometiéndoles culto en el Ática, y, en efecto, así lo cumple. Hoy, cuando en Atenas el peregrino asciende por los propíleos, la entrada monumental por la que se accede a la acrópolis, halla a su paso el templo de las Euménides, todavía en pie pese a más de dos milenios de construido.

Así pues, Esquilo presenta “una solución jurídico-política al tema de la justicia” según refiere D. García en su “Estudio Preliminar” (p. 12), poniendo fin a una suerte de ley del Talión característica de la sociedad tribal en la que “los delitos de sangre se dirimían dentro de los clanes” (ibid.), donde un crimen se paga con otro crimen. Frente a ese horizonte atroz, el dramaturgo propone un sistema de justicia secularizada –materializada en la conformación del Areópago, ‘el tribunal de justicia’– en la que, gracias a la persuasión de la diosa y no sin cierta cuota de clemencia, se arriba a una solución. (Añado que, ahondando en esa postura que habla del tránsito de lo tribal a lo democrático, P. P. Pasolini –que en 1959 había traducido del griego al italiano la Orestíada a pedido de V. Gassman, quien quería montar esta trilogía en el célebre teatro griego de Siracusa– retoma el citado tránsito en su film Apuntes para una Orestíada Africana en el que prioriza la cuestión política). Al solucionarse el conflicto, aunque no en la conciencia de Orestes ya que el matricidio –hecho abominable– es indisoluble, Goethe, en carta al canciller Von Müller de junio de 1824, sostiene que la Orestíada no es una obra propiamente trágica pues, a la postre, se soluciona el conflicto (lo trágico implica una oposición inconciliable: tan pronto surge una solución, desaparece lo trágico, cf. K. Jaspers, pas.).

El autor de Werther entiende esta trilogía como un drama en el que se dan situaciones trágicas para, finalmente, llegar a una conciliación armoniosa, una suerte de happy end. Gilbert Murray, el célebre helenista de Oxford, respecto de este corpus dramático, pone el acento en la salvación de los valores y del mundo gracias al arbitrio de la sabiduría divina. Después del crimen, la expiación y, tras esta, el conocimiento, tal como refiere el coro en un verso harto citado (tô páthei máthos ‘por el sufrimiento, el aprendizaje’, cf. Agamenón, v. 177). En el plano de lo sociopolítico asistimos al pasaje que va de la aristocracia exaltada por la épica a un nuevo orden signado por la democracia, expresado en el género trágico. Para otra mirada, se trata del tránsito de lo matriarcal, afincado en lo ctónico y en lo sombrío –así el mundo de las Erinias y de Clitemnestra–, hacia lo patriarcal donde rigen la luz y el equilibrio representados por los dioses nuevos –por ej. por Apolo– bajo la égida de Zeus.

Para el citado Murray, el Agamenón, pieza majestuosa, “es obra suprema de poesía”. Comienza con un episodio trágico –el asesinato del rey– y concluye con un acto religioso como es la fundación del culto de las Euménides (no en vano Esquilo había nacido en Eleusis, ciudad ática famosa por la sacralidad y celebración de sus misterios). De una atmósfera teñida de sangre, mediante el sufrimiento, se alcanza una dimensión de libertad y justicia con lo que el mensaje del dramaturgo parece proyectarse como un kthêma eis aeì –’una adquisición para siempre’–, como podría haber dicho Tucídides (I 22).

Siguiendo a A. Podlecki y a otros autores, D. García entiende que “la Erinia es reemplazada por la justicia que se alcanza mediante un proceso legal, esto es, una creación humana que personifica al ejemplar divino” (p. 54, en nota). Así, la Orestíada se impone como un encomio de la democracia. A modo de síntesis, transcribo un pasaje del citado estudioso donde refiere: “Si los hombres piensan a sus dioses, es decir, éstos son resultado de la ideología, no es de extrañar que Esquilo llevara este proceso teleológico al ámbito estricto de los seres humanos, donde la lucha es igualmente descarnada para alcanzar el poder y modificar el statu quo” (ibid., p. 56).

Un trabajo valioso, sólidamente documentado, que echa luces también para repensar el sentido de la libertad y de la justicia en el mundo en que hoy nos movemos.


lunes, 4 de julio de 2016

El SPET cierra su ciclo “Heterogeneidad, heterodoxias: proyectos alternativos de traducción”

En el próximo encuentro, que tendrá lugar el jueves 7 de julio a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada  Marcela Suárez (UBA) y su grupo de investigación UBACyT y PICT expondrán sobre el tema “Traducir a los clásicos grecolatinos para la lectura y la escena”

Con esta exposición terminaremos el ciclo “Heterogeneidad, heterodoxias: proyectos alternativos de traducción”.

Grupo de Investigación:

Mariana V. Breijo es Licenciada en Letras y Profesora de Enseñanza Media y Superior en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde actualmente se encuentra en la etapa final de sus estudios de posgrado. Ha participado en equipos de investigación sobre comedia y traducción que tuvieron como resultado la publicación de traducciones en colaboración de comedias de Plauto y Terencio, así como artículos críticos en distintas revistas especializadas.

Enzo Diolaiti, graduado de la carrera de Letras (con orientación en Letras Clásicas) por la Universidad de Buenos Aires, actualmente desarrolla su investigación en torno a la intergenericidad que experimentan la comedia y la oratoria latinas en la Roma republicana. Participa, asimismo, de diversos proyectos dedicados a la traducción de y al estudio de la comicidad en Plauto y Terencio.

Violeta Palacios se licenció en la carrera de Letras con orientación en lenguas y literaturas clásicas en la Universidad de Buenos Aires y está cursando la Maestría en Estudios Clásicos en la misma institución. Participó en la traducción de varias comedias latinas, de Plauto y Terencio, y en grupos de investigación dedicados al estudio de este género literario desde distintos abordajes, que incluyeron el humor y la traducción, en el marco de los cuales llevó a cabo publicaciones. Continúa con ambas actividades hasta la actualidad.

Marcela A. Suárez es Doctora en Letras con orientación en Lenguas Clásicas (Universidad de Buenos Aires). Se desempeña como Profesora Titular Regular de Lengua y Cultura Latinas del departamento de Lenguas y Literaturas Clásicas (Facultad  de Filosofía y Letras, UBA). Es investigadora independiente del CONICET. Ha dirigido proyectos de  investigación interdisciplinarios en torno de la palliata plautina. Desde hace varios años dirige proyectos dedicados a la traducción de la obra de Plauto y Terencio y al estudio del humor performativo en las comedias terencianas. Asimismo, se ha dedicado a la tarea de rescatar documentos y textos latinos pertenecientes al período colonial. Cuenta con múltiples publicaciones nacionales e internacionales en las siguientes áreas: Literatura latina, Literatura jesuítica y Tradición Clásica en América.

Romina L. Vázquez es Licenciada en Letras, con orientación en Letras Clásicas, por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente cursa su Doctorado y es becaria de esa misma institución con una investigación sobre el humor performativo en la comedia de Plauto y los problemas de su traducción. Ha traducido, en colaboración, diversas comedias de Plauto y Terencio. Participa de proyectos dedicados a la traducción y el estudio de diversos aspectos de la comedia palliata.

Lecturas sugeridas:
-Antonio López Fonseca, “La traducción dramática: textos para ver, oír… sentir”, en Estudios de Traducción (Universidad Complutense de Madrid), 2013, vol. 3, pp. 269-281, disponible en línea.
-Fabio Regattin, “Théâtre et traduction : un aperçu du débat théorique”, en  L'Annuaire théâtral: revue québécoise d’études théâtrales, núm. 36, 2004, p. 156-171, disponible en línea.

Además, queremos recordar las lecturas recomendadas para el ciclo:

-Antoine Berman: “À la recherche du traducteur”, en Pour une critique des traductions: John Donne, París, Gallimard, 1995, pp. 73-83 (hay traducción al español).
-Gideon Toury: “The nature and role of norms in translation”, en Descriptive Translation Studies and beyond. Amsterdam y Philadelphia, Benjamins, 1995, pp. 53-69 (hay traducción al español).

A quienes confirmen su asistencia se les enviará el material por correo electrónico.  

Quienes se inscribieron para el ciclo completo: Por favor, no se olviden de firmar en Cooperadora el día de la reunión.

Despediremos el ciclo con un pequeño brindis.

martes, 10 de noviembre de 2015

Noviembre llega al SPET con sus latines

En el próximo encuentro del SPET, que tendrá lugar el miércoles 11 de noviembre a las 18:30 en el salón de conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515), Georgina Olivetto, Mariano Pérez Carrasco y Antonio Tursi presentarán un Proyecto UBACyT. El título de la exposición es "Las lenguas de la autoridad. Problemas y polémicas de la traducción, de Roma al Renacimiento".

Nuestro trabajo versa sobre la historia de las teorías de la traducción dadas en la tradición Occidental que va desde las primeras traducciones al latín hechas en la Roma clásica hasta la ruptura de la hegemonía del latín como lengua culta acaecida hacia fines del Medioevo y de lleno en el Renacimiento. Estudiamos los criterios de traducción con los que se trató de asir los originales. Estos criterios están esbozados por importantes pensadores, tales como Cicerón, Jerónimo, Leonardo Bruni. Delimitamos cada período histórico con su propio criterio: uno libre o según el sentido (sensus de sensu), aplicado en Roma, otro servil o literal (verbum e verbo), utilizado en el Medioevo, y el tercero artístico (stylum de stylo), propio del Renacimiento y esgrimido como reacción al medieval. A su vez, damos cuentas de la aparición, hacia la Baja Edad Media, de las lenguas vernáculas, las lenguas que hablaba el vulgo, y con ellas, de las literaturas nacionales. Este fenómeno corre al margen de las universidades y de la Iglesia. Sus promotores (Dante Alighieri, Sperone Speroni, Bembo, Alfonso el Sabio, Alonso de Cartagena, Descartes) ahora no solo tienen que recurrir a criterios de traducción sino también tienen que justificar el uso cultural de una lengua nacional, materna, frente a la lengua que detenta el monopolio del saber, el latín.

Georgina Olivetto: Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Es miembro colaborador del Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas (IEMYR, Universidad de Salamanca) e investigadora adjunta del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con especial interés en las áreas de historia del libro, codicología y edición crítica de textos medievales. Trabaja actualmente sobre las traducciones de Séneca de Alonso de Cartagena, en el marco del proyecto de edición de Obras completas de este autor del Ministerio de Economía y Competitividad de España. Se desempeña como Profesora Adjunta de la cátedra de Literatura Española I (Medieval) de la Universidad de Buenos Aires, donde también dicta seminarios de grado y posgrado en la especialidad.

Mariano Pérez Carrasco: Doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con desempeño en las áreas de literatura italiana del primer Renacimiento, filosofía medieval e historia de las ideas. Realizó estudios posdoctorales en la Università degli Studi di Padova y dictó clases de Letteratura Italiana Medievale en el Departamento de Filología Clásica e Italianística de la Universidad de Bolonia. Es Auxiliar Docente de Historia de la Filosofía Medieval (FFyL, UBA).

Antonio Tursi: Doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Ejerce la docencia sobre lengua y pensamiento latinos, clásico, medieval y renacentista, en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y en la Escuela de Humanidades (UNSAM). Dirige el proyecto UBACyT sobre problemas de traducción de Roma al Renacimiento. Ha traducido y publicado textos de autores clásicos (Horacio, Séneca, Persio), medievales (Boecio, Abelardo, Tomás de Aquino y otros) y renacentistas (Maquiavelo). Es autor de numerosos artículos y capítulos de libros sobre los temas de su especialidad.

Bibliografía

VEGA, M. A. (ed.), Textos clásicos de teoría de la traducción, Madrid, Cátedra, 1994.

SAN JERÓNIMO, Cartas, ed. D. Ruiz Bueno, Madrid, B. A. C., 1962. Carta 57 "A Pamaquio, Sobre la mejor manera de traducir".

DANTE ALIGHIERI, De la elocuencia vulgar, en Obras completas, trad. N. González Ruiz, Madrid, B.A.C., 1980.

LEONARDO BRUNI, De interpretatione recta, texto, trad. estudio y notas F. Romo Feito, Vigo, Universidad de Vigo, 2012.

GIANNOZZO MANETTI Apologeticus. En defensa de su traducción, intr., trad. y notas de J. M. Ruiz Vila, Madrid, Escolar y Mayo, 2014.

FOLENA, G., Volgarizzare e tradurre, Torino, UTT, 1991.

GONZÁLEZ ROLÁN, T., A. MORENO y P. SAQUERO, Humanismo y teoría de la traducción en España e Italia en la primera mitad del siglo XVI. Edición y estudio de la «Controversia Alphonsiana» (Alfonso de Cartagena vs. L. Bruni y  P. Candido Decembrio), Madrid, Ediciones Clásicas, 2000.

DERRIDA, J. Si ha lugar traducir. La Filosofía en su lengua nacional (hacia una 'licteratura en francesco', en El lenguaje y las instituciones filosóficas, Barcelona, Paidós, 1995. Disponible en línea.

PÉREZ CARRASCO, M. "Escribir filosofía en una lengua sin tradición filosófica. El problema de la lengua en los orígenes de la Modernidad", Filosofia (Unisinos), 14, (2), 2013, pp. 152-161. Disponible en línea.

Para obtener certificados de asistencia, enviar un mail a  spet.llvv@gmail.com.

lunes, 28 de julio de 2014

Traductores de clásicos y valoraciones morales


En el número 29 de la revista de filología Faventia –editada por la Universidad Autónoma de Barcelona–, el 29 de enero de 2007, Marta González González, del Departamento de Filología Griega de la Universidad de Málaga, publicó el siguiente artículo que, como se señala en la primera nota, se adscribe al proyecto de Historiografía de la literatura grecolatina en España (II). La Edad de Plata (1868-1936)

La censura en las traducciones de los clásicos griegos.
El ejemplo de Platón y Aristófanes (1)

 Introducción

De entre las amplias posibilidades que un tema como el de la censura nos ofrece a la hora de acercarnos a las traducciones de los clásicos griegos, aquélla de la que vamos a tratar aquí es la que, tomándole prestada la expresión a E. Montero Cartelle, denominaremos «censura erótica de carácter eufemístico»2. Y vamos a tratar este asunto centrándonos no en la transmisión y edición de los textos clásicos, sino en clásicos en la historia de las ideas, Kenneth J. Dover escribe unas interesantes páginas sobre la censura en los textos grecolatinos4. En ese trabajo se presta una atención especial a las traducciones inglesas, pero con referencia continua a las alemanas y francesas; por otra parte, sus ejemplos se ciñen casi exclusivamente a Platón (Banquete) y Aristófanes (Acarnienses). La intención de este trabajo es atender a las traducciones publicadas en nuestra lengua5. La existencia del citado trabajo de Dover nos permitirá, en ocasiones, enmarcar las traducciones al castellano en el panorama más amplio de las versiones a otras lenguas europeas.

El Banquete, de Platón

La obra de Platón no aparece en castellano, en traducción completa, hasta los años 1871-1872. El diálogo El Banquete, del que nos vamos a ocupar, presenta, al menos, dos momentos problemáticos para sus traductores desde el punto de vista de la censura moral: el discurso de Aristófanes y la intervención final de Alcibíades, en los que las alusiones al homoerotismo son patentes. El discurso de Fedro planteaba, por su parte, unas dificultades más fácilmente soslayables con el recurso al indeterminado «persona» cuando el texto griego hacía referencia a «amantes» y «amados», claramente masculinos ambos. Veamos cómo se resuelven estos problemas en las primeras traducciones castellanas y en sus contemporáneas europeas.

El panorama europeo de las traducciones de El Banquete

La primera traducción directa del griego al inglés de El Banquete platónico es obra de Floyer Sydenham y se publicó en 1761. En esta versión, se transforman los amores homosexuales en heterosexuales y se suprime por entero el parlamento de Alcibíades con la siguiente justificación:

The translator of Plato into English is almost unanimously advised by such of his friends, as are acquainted with the original, not to publish his translation of the last speech of this dialogue, that of Alcibiades, for fear of the offence it may give to the virtuous from the gross indecency of some part of it, the countenance it may possibly give to the vicious from the example of Alcibiades, and the danger into which it may bring the innocence of the young, by filling their minds with ideas which it were to be wished they could always remain strangers to6.

Además Sydenham ofrece curiosas, pero tranquilizadoras, interpretaciones de los términos cuya traducción le resultaba problemática:

The speech of Phaedrus […] takes the word Love in a general sense, so as to com- prehend love towards persons of the same sex, commonly called Friendship, as well as that towards persons of a different sex, peculiarly and eminently styled Love7.

De esa manera, traduce τWι Eραστflι ΠατρÓκλωι (179e 5) como «his friend Patroclus», o ΠατρÓκλoυ Eρaν (180a 4) como «was the admirer of Patroclus».

La primera traducción inglesa que ofrece el parlamento de Alcibíades es la de Thomas Taylor en 1804, que reconoce la importancia fundamental de dicho dis- curso en el conjunto del diálogo. No obstante, por lo que se refiere a la traducción de EρWμενoς y παιδικá, unas veces como «beloved» y otras como «mistress», sigue los pasos de Sydenham.

En 1818, Shelley traduce de nuevo El Banquete al inglés, acompañándolo de un ensayo introductorio titulado A Discourse on the Manners of the Ancient Greeks relative to the Subject of Love. Parece que el poeta lo había escrito sin intención de publicarlo y cuando su viuda emprende la tarea de llevarlo a la imprenta, sufre fuertes presiones que tienen como resultado, según puede verse comparando el manuscrito de 1818 con la versión publicada en 1840, la supresión tanto de algunos pasajes del discurso de Alcibíades como de la última parte del ensayo introductorio, que pasa a denominarse Essay on the Literature, the Arts and the Manners of the Athenians8.

En Inglaterra, hay que esperar a la versión de Jowett en 1871 para leer El Banquete en su integridad.

Parece que en Francia y Alemania la situación es algo diferente. Señala Dover que la traducción alemana de Schleiermacher, publicada en 1804-1809, reproduce completo el discurso de Alcibíades y no introduce cambios en el género de los pronombres. En Francia, la traducción de Cousin en 1831 es bastante respetuosa con el original, aunque prefiere las expresiones «persona» o «gente», en el discurso de Fedro, incluso si el término griego es indudablemente masculino. Obviamente, antes de esa fecha, sí se contaba también en Francia con versiones censuradas. Así, cuando, a fines del siglo XVII, Mme. de Rochechouart traduce El Banquete y se lo envía a Racine, éste, una vez revisado el manuscrito, se lo hace llegar, junto con una carta, a Boileau. Aunque la abadesa de Fontevrault había tratado con delicadeza el pasaje de Alcibíades, Racine opta por suprimirlo, y así se lo explica a Boileau:

Mais avec tout cela, je crois que le mieux est de le supprimer. Outre qu’il est scandaleux, il est inutile; car ce sont les louanges, non de l’amour, dont il s’agit dans ce dialogue, mais de Socrate, qui n’y est introduit que comme un des interlocuteurs9.

Asímismo, la traducción al francés realizada por Loys Le Roy en 1558 de El Banquete se interrumpe bruscamente en 212c:

Les propos ensuyans d’Alcibiade et de Socrate sont pleins de grande liberté, qui lors regnait par toute la Grèce, mesmement en Athenes; et me semblent ne pouvoir aujourd’huy estre honnestement recitez. […] J’ay esté conseillé par mes amis d’ob- mettre le reste que Platon a adiousté seulment pour plaisir, servant au temps et à la licencieuse vie de son pays: sans proposer aux François parolles non convenantes à leurs meurs, ny convenantes à la religion Chrestienne10.

Traducciones en lengua castellana

Platón aparece por primera vez en castellano de la mano de Patricio de Azcárate, aunque su versión no parte del original griego, según el propio Azcárate reconoce. La traducción de El Banquete se encuentra en el tomo V de las obras completas del filósofo griego: Biblioteca Filosófica, Obras Completas de Platón puestas en lengua castellana por primera vez por D. Patricio de Azcárate, Sócio correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia de la Historia, Tomo V, Madrid, Medina y Navarro, editores, 1871.

Este quinto volumen contiene los diálogos Fedón, Gorgias y Banquete, cada uno de ellos precedido por un argumento. En la introducción general que leemos en el primero de los once volúmenes en los que se presenta la traducción de Azcárate, el traductor dice:

Para honra del género humano, Platón se ha levantado del descrédito injurioso del siglo XVIII y el conocimiento de sus obras se va haciendo general; y día llegará en que no habrá hombre de ciencia que no vea honrada su librería, por modesta que sea, con los diálogos del divino Platón. Este gran filósofo está ya hablando en todas las lenguas cultas; en Inglaterra, Tailor [sic]; en Alemania, Mendelssohn y Schleiermacher; en Italia, Ruggiero Bonghi; en Francia, de una manera parcial Le Clerc; y de una manera general Cousin y posteriormente Chauvet y Amadeo Saisset, han llevado a cabo esta tarea en sus respectivas lenguas, animados por el deseo de propagar las ideas platonianas, que tanto contribuyen a ensanchar la esfera del saber en el inmenso campo de la ciencia.

Esta misma idea y el amor a mi patria son las razones que me impulsaron a publicar mis anteriores libros, y me mueven hoy a ofrecer al público, en lengua castellana, las obras de Platón. […] He tomado como base para mi trabajo la traducción en latín de Marsilio Ficino, que con el original griego publicó la Sociedad Bipontina en la ciudad de Dos-puentes, en Alemania, en el año 1781, en doce tomos; el último de los cuales es un juicio crítico del historiador de la filosofía Diet. Tiedemann; he consultado en los casos dudosos la magnífica traducción de Cousin, y la de Chauvet y Saisset, tomando de esta última las noticias biográficas, la clasificación de los diálogos, como menos defectuosa, los resúmenes y algunas notas11.

La traducción de Patricio de Azcárate ha sido reeditada con frecuencia. En una de esas reediciones, encontramos datos sobre el autor: «Nació don Patricio de Azcárate en León en 1800, muriendo ochenta y seis años más tarde en la misma ciudad. Su afición a la filosofía se despertó en la biblioteca del Instituto de Gijón, que fundara Jovellanos, con quien tantas afinidades guardó su espíritu. Diputado en Cortes, político y jurisconsulto, Azcárate dio comienzo en su vejez, poco antes de 1870, a la ímproba tarea de publicar las obras de los principales filósofos antiguos y modernos, en cuya traducción venía trabajando desde su juventud. Ventiséis fueron los volúmenes aparecidos: once de Platón, diez de Aristóteles y cinco de Leibniz»12.

En cuanto a los pasajes «conflictivos», el criterio seguido en esta traducción no es unitario. Así, en el discurso de Fedro, se prefiere el término «persona»:

Me atrevo a decir que si un hombre que ama hubiese cometido una mala acción o sufrido un ultraje sin rechazarlo, más vergüenza le causaría presentarse ante la persona que ama, que ante su padre, su pariente o ante cualquier otro. Vemos que lo mismo sucede con el que es amado, porque nunca se presenta tan confundido como cuando su amante le coge en alguna falta.

En el discurso de Aristófanes, en cambio, la traducción es bastante fiel, aunque Azcárate aprovecha el prólogo para dejar clara su opinión al referirse a este peculiar mito aristofánico:

¿Cuál es el objeto de este mito? Al parecer, explicar y clasificar todas las especies del amor humano. Las conclusiones, que desde este doble punto de vista se sacan, están tan profundamente grabadas con el sello de las costumbres griegas de la época de Platón, que resultan en completa contradicción con los sentimientos que el espí- ritu moderno y el cristianismo han hecho prevalecer. Porque tomando por punto de partida la definición de Aristófanes de que el Amor es la unión de los semejantes, se llega a esta consecuencia: que el amor del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre es el más inferior de todos, puesto que es la unión de dos contrarios. Es preciso poner por cima de él el amor de la mujer, apetecido por las Tribades13, y sobre estos dos amores el del hombre por el hombre, el más noble de todos.

También expresa una cierta reserva frente al discurso de Alcibíades, reserva que, no obstante, no le lleva ni mucho menos a eliminarlo o modificarlo:

Después del discurso de Sócrates, parece que nada queda por decir sobre el amor, y que el Banquete debe concluir. Pero Platon tuvo por conveniente poner de relieve, cuando no se esperaba, la elevación moral de su teoría mediante el contraste que presenta con la bajeza de las inclinaciones ordinarias de los hombres. Por esto en este instante se presenta Alcibiades, medio ébrio, coronada su cabeza con yedra y violetas, acompañado de tocadoras de flauta y de una porción de sus compañeros de embriaguez. ¿Qué quiere decir esta orgía en medio de estos filósofos? ¿No pone á la vista, para usar las expresiones de Platón, el eterno contraste de la Venus popular y de la Venus celeste? Pero el ingenioso autor del Banquete ha hecho que produjera otro resultado importante. La orgía, que amenazaba ya hacerse contagiosa, cesa como por encanto en el instante en que Alcibiades ha reconocido á Sócrates. ¡Qué imagen del poder, á la vez que de la superioridad de esta moral de Sócrates, se muestra en el discurso en que Alcibiades hace, como á su pesar, el elogio más magnífico de este hombre encantador, dejando ver su cariño para con la persona de Sócrates, su admiración al contemplar esta razón serena y superior, y su vergüenza al recordar sus propios extravíos!

Pocos años más tarde, se publica una nueva versión de este diálogo: Cinco Diálogos de Platón (El Convite, El Eutifrón, La Apología de Sócrates, El Critón, El Fedón), traducidos directamente del griego, con argumentos y notas por D. Anacleto Longué y Molpeceres, Catedrático de Lengua Griega en la Universidad de Madrid, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, Impresor de Cámara de S. M., Isabel la Católica, 23, 1880.

Longué y Molpeceres, que sí ha trabajado sobre el original griego, hace referencias a traducciones anteriores, en nuestra lengua y en otras:

Entre las traducciones hechas á las lenguas modernas pueden citarse, en alemán la de Schleiermachier [sic], y la de Müller con los argumentos de Steinhart dada á luz en 1859. En inglés, la de Tailor [sic] en 1804. En italiano, la de Bonghi en 1859. La primera tetralogía de Trasyllo fué traducida al italiano en 1574, por Sebastian Erizzo, con un comentario sobre el Fedon; y recientemente en 1877, ha publicado Alcide Oliari una nueva traducción de estos mismos cuatro diálogos con notas críticas y un apéndice sobre el procedimiento criminal ateniense, escrito por F. Lübker y publicado en Leipzig en 1867. En francés, además de la traduccion de algunos diálogos sueltos hecha por varios autores, es la más celebrada la de Cousin, de la que dice M. Letronne, que aún siendo exacta en cuanto al sentido, es tan francesa que podria tomarse por un texto. En castellano existen traducciones de algunos diálogos, hechas en los siglos XVI y XVII, tales son la del Fedon, el Cratilo y el Gorgias por Pedro Simón Abril, y la de la República por Fox. En 1871 ha publicado la traduccion de todas las obras de Platon D. Patricio Azcárate, siguiendo la francesa de M. Cousin14.

Si leemos las páginas en las que el traductor ofrece el argumento de El Convite, nos encontraremos con unas palabras que llegarán a convertirse en tópico de las traducciones de la época: el traductor no se atreve a engañar al lector suavizando o eliminando determinados pasajes, pero deja constancia de su profundo malestar ante un cierto lado oscuro de las costumbres de la antigüedad:

Al acabar Sócrates su discurso llega Alcibiades, que viene con bandas y coronas para laurear á Agaton. Viene ya ebrio y excita á los demas á beber; pero enterado del convenio hecho de elogiar al amor, protesta, que donde Sócrates esté no puede él alabar ni á hombre ni á Dios alguno más que á este hombre verdaderamente admirable y singular. Alentado por los amigos allí reunidos, hace el retrato de Sócrates, cuyo exterior feo y grotesco, semejante al del Satyro, forma contraste con la profundidad de su sabiduría y su grandeza moral. Refiere los principales hechos de su vida privada, sus campañas militares, su valor en los combates, su fortaleza en las privaciones, su templanza, y sobre todo su castidad, que era una virtud casi incomprensible para la sensualidad de Alcibiades. Con este motivo se pinta con colores demasiado vivos un cuadro de la corrupción de las costumbres atenienses en aquel tiempo. Nunca se censurará bastante que un diálogo tan artístico y tan lleno de bellezas de todo género, y en el que se exponen ideas tan puras y sublimes, se haya manchado al final con la representación de vicios que son feos y repugnantes, no solamente á las ideas y costumbres de todo pueblo culto, sino á todos los sentimientos de la naturaleza. No puede disculparse á Platon de este gran defecto. Con gran pena tambien, el traductor se ha visto en la imposibilidad de suprimir esta parte del diálogo, ya porque sería mutilar una parte considerable de la obra, ya porque esto se opondría al principal objeto de su traduccion, que es dar a conocer el carácter y las costumbres de Sócrates, así como los sucesos más importantes de su vida15.

Tales prevenciones muestra Longué contra la intervención de Alcibíades. Con todo, la traducción es muy fiel al original y, pese a contar con el ejemplo de la versión francesa de Cousin, que conoce y menciona, no recurre a términos como «gente» o «persona» en pasajes que pudieran resultar embarazosos: ni siquiera ve necesario introducir notas aclaratorias. Así, podemos leer lo siguiente en el dis- curso de Fedro citado ya anteriormente:

Y aseguro, que si un hombre que ama fuese sorprendido ejecutando una accion vergonzosa, ó recibiendo de alguno un ultraje que por cobardía no rechazase, no tendria tanto pesar de ser visto por su padre, ó por sus amigos, ó por cualquiera otro, como lo tendría de ser visto por su amado. De este mismo modo vemos que el amado se avergüenza mucho más cuando es sorprendido por su amante haciendo una acción fea. Y si hubiese medio de conseguir que una ciudad ó un ejército se compusiese de amantes y de amados, no es posible se administrasen sus intereses respectivos de otro modo mejor que absteniéndose de todo lo vergonzoso y rivalizando unos con otros en lo honesto. Hombres semejantes que de tal manera rivalizasen entre sí, aún siendo pocos, vencerian, por decirlo así, al mundo entero.

De la misma manera, no rehuye presentar a Aquiles y Patroclo como amantes. En cambio, más adelante, en medio del mito que relata Aristófanes, sí que tiene problemas a la hora de referirse a las mujeres que eran mitad de un «todo mujer». Las denomina «tribadas» y añade en nota: «Tribada es una palabra griega de la raíz τρι�-. Traduzco con otra palabra griega la del original hταιρLστριαι porque no hay en nuestra lengua palabra equivalente que sea decorosa».

Una nueva versión de esta obra aparece en 1923: Platón, El Banquete o Del Amor, Eutifrón, La Defensa de Sócrates, Critón, traducción, prólogo y notas de Rafael Urbano, Madrid. Da la impresión de que su autor no se ha enfrentado directamente al texto griego:

Sería completamente absurdo traducir de nuevo las obras de Platón, que ya están traducidas por hombres de todo el mundo y a todos los idiomas. La labor de todos ellos no puede ser absolutamente estéril de modo que exija una versión por entero desde el principio hasta el fin, y el intento de una empresa semejante es de una vanidad tan grande como la ignorancia que la motiva. He aprovechado aquí todo lo que me ha parecido que estaba bien hecho ya. Compulsando, comparando, he recogido de las versiones españolas lo que más conviene a nosotros. Debo mucho a las ediciones de Patricio de Azcárate, Anacleto Longué y Molpeceres, como a los traductores franceses, ingleses e italianos y a los críticos alemanes16.

Rafael Urbano, que opta por presentar una versión íntegra del diálogo y sin censura alguna, deja ver, no obstante, que conoce la polémica existente entorno, especialmente, al discurso de Alcibíades:

Cuando madame de Rochechouart, hermana de la Montespan, detenía su traduc- ción de El Banquete al llegar al discurso de Alcibíades, la famosa helenista y aba- desa de Fontevrault no suspendía su trabajo por repulgos de monja, sino por todos los reparos de un siglo que ya no comprendía el amor fecundo en hijos de carne o en discípulos admirables de un maestro, que puede estar más allá de lo sensible.

Si no fuera realmente escabroso este diálogo de Platón para una civilización cristiana que ha renegado del elogio de la fecundidad, olvidando la maternidad de la Virgen, sería, desde luego, más popular y conocido17.

Únicamente habría que introducir el matiz de que los «repulgos» en cuestión partieron de Racine y no de Madame de Rochechouart, según antes señalábamos siguiendo a K. J. Dover.

 

2. La comedia de Aristófanes


Es Aristófanes un autor que, obviamente, tenía que provocar infinitos quebraderos de cabeza a sus traductores por su lenguaje tan explícitamente sexual. Dover, en el trabajo que repetidamente invocamos al referirnos al contexto europeo, se refiere a la traducción francesa de Artaud de Acarnienses, publicada en 1841, donde el autor prefiere remitir a las notas cuando las expresiones son demasiado «crudas». Así, en 1220 ss. κaγÜJ κα'frεÚδειν �oÚλoμαι καL στÚoμαι καL σκoτo�ινιW, tradu- ce: «Et moi, je veux me coucher; je n’en puis plus, j’ai besoin de soulagement», y comenta en nota: «La crudité des termes […] ne peut se rendre en français, tentigine rumpor, et in tenebris futuere gestio». Las traducciones inglesas iban mucho más allá, continúa Dover, y optaban por suprimir un gran número de versos: Acarnienses, con 1.234 líneas en la edición estándar de Brunck, tiene 1.106 en Mitchell y 1.127 en la de Holden, de 1887.

Podemos decir que, en este caso, el primer Aristófanes en lengua castellana, obra de Federico Baráibar y Zumárraga18, se asemeja más a las versiones francesas que a las inglesas, de hecho, cita en más de una ocasión a Artaud y veremos que se aproxima mucho a él en la traducción de los pasajes obscenos. Las comedias de Aristófanes se publicaron completas en castellano en 1880-1881 y, en la introducción, Baráibar señalaba:

Y, finalmente, en la versión hemos procurado ceñirnos todo lo posible a la letra, adecentando a menudo con el velo de la perífrasis sus obscenas desnudeces y poniendo al pie la interpretación latina de Brunck, excepto en aquellos pasajes, poco frecuentes por fortuna, dadas las costumbres griegas, en que lo nefando del vicio nos ha obligado a suprimirlos o a dejarlos en el idioma original19.

De esta manera, aunque el traductor está lejos de ser fiel al texto cuando se trata de «obscenas desnudeces», tampoco llega a los extremos criticados por K. J. Dover en referencia a las versiones inglesas. Así, encontramos abundantes ejemplos en los que Baráibar comparte la habitual hostilidad de los traductores hacia el sexo, las secreciones de cualquier tipo y la escatología. En los pasajes que recogemos a continuación, reproducimos también las notas que acompañaban al texto, coincidentes casi siempre con las que añadía Artaud a su versión:

Acarnienses, v. 1220 s., Yo quiero acostarme; no puedo más, necesito descansar (195).
(195) Tentigine rumpor, et in tenebris futuere gestio.

Nubes, v. 293 s., ESTREPSÍADES: Yo también os adoro, santas Nubes, y quiero res- ponder a vuestros truenos (45); a ello me obligan el miedo y el temblor; así es que, sea lícito o no, quiero desahogarme (46).
(45)                                               Vestrisque uolo tonitrubus oppedere.
(46)                                               Volo cacare.

Nubes, v. 713-714, ESTREPSÍADES: Perezco miserablemente; las chinches, que bro- tan de esta cama, me muerden, me desgarran los costados, me chupan la sangre, me ulceran todo el cuerpo (85) y me matan.
(85) Et testiculos euellunt, et culum perfodiunt.

Como se puede ver, la traducción no es ni siquiera aproximativa, y sin más explicación que la que ya se daba en el prólogo, lo que el autor hace es reprodu- cir en nota a pie de página la versión latina de Brunck. Y, efectivamente, como ya advertía el propio Baráibar según hemos recogido en cita más arriba, cuando lo nefando del vicio lo aconseja, mejor no nombrarlo siquiera:

Acarnienses, v. 77-79, EMBAJADOR: Aquellos bárbaros sólo tienen por hombres a los grandes glotones y borrachos. DICEÓPOLIS: Y nosotros a los libertinos e infames.

Ninguna nota indica en este caso el verdadero significado de «infames»: simplemente, se ha reemplazado el término original (καταπÚγoνας) por la consideración que a Baráibar le merece su referente. Los problemas se acentúan cuando el traductor se enfrenta a Lisístrata:

Ya en las otras piezas de Aristófanes habrán podido observar nuestros lectores cuán poco se respeta el pudor y la decencia en el teatro griego, por más que hemos tratado de disimular sus desnudeces con el velo de una púdica perífrasis; pero en Lisístrata esta precaución es imposible, porque, estando basada toda la comedia en la singular tortura decretada contra los hombres, todas las pinturas son de una libertad escandalosa, digna del obsceno pincel de Petronio, Marcial, Apuleyo o Casti. Así es que, después de haber vacilado mucho tiempo sobre si debíamos verter al castellano sus impúdicas escenas, sólo nos hemos decidido a hacerlo ante la consideración de que los lectores tienen derecho a conocer completo a Aristófanes, y aun con todo, nos hemos visto obligados a poner en latín las escenas de más subida obscenidad, por si esta versión, destinada, como todos los libros de esta especie, sólo a personas ilustradas y maduras, llegase a caer en manos inexpertas20.

Entre esos pasajes está el siguente:

Lisístrata, v. 107 s., LISÍSTRATA: ¡No queda un amante para un remedio, y con la defección de los Milesios se acabaron todos los recursos para consolar nuestra viudez! (17).

(17) Lit. Sed nec moechi relicta est scintilla. Ex quo enim non prodiderunt Milesii, ne olisbum quidem vidi octo digitos longum qui nobis esset coriaceum auxi- lium.

Hay que señalar que no estamos ante una versión cualquiera, sino ante la tra- ducción publicada en la «Biblioteca Clásica», lo que ya era en sí mismo una garantía de bondad. En este caso, además, la introducción era del propio Menéndez Pelayo. En el epígrafe de conclusiones, volveremos sobre esta cuestión y sobre cierta tensión perceptible entre estas traducciones, académicas y escolares, y otras, nacidas en los márgenes y de la mano de eruditos que eran a un tiempo escritores.

3. Conclusiones


En todo ejercicio de traducción, como han puesto de relieve los actuales estudios sobre el tema, se produce un choque entre la cultura de origen, la que ha producido el texto original, y la cultura de llegada, a la que ese texto se traduce. Los diferentes modos en los que el conflicto se resuelve, en función de diversas variables, como la fuerza relativa de las dos culturas enfrentadas, o el lugar, central o periférico, que a cada una corresponde, constituyen también objeto preferente de los pujantes Translation Studies21. El caso que nos ocupa ofrece una singularidad: estamos ante obras cuya traducción no requiere justificación alguna, ya que forman parte de una antigüedad que nunca ha visto cuestionado su lugar central en el sistema cultural, y de las que se da por supuesto que enriquecen la lengua y cultura del país que las recibe. Ahora bien, ese carácter incuestionadamente ejemplar, convierte en algo aún más problemático el que, aunque en contadas ocasiones, el universo del discurso de los antiguos, sus creencias o costumbres, se presenten como enteramente opuestas a las que rigen en la cultura de llegada. En concreto, hemos visto cómo la centralidad, diríamos, de la cultura grecorromana, es desplazada, en cuestiones de moral, por la centralidad de la cultura cristiana, y eso tanto en nuestro país como, obviamente, en el resto.

No obstante, hemos señalado diferencias entre la actitud de los traductores de finales del siglo XIX y principios del XX y los anteriores22. Ya no es lo habitual encontrarnos con traducciones alejadas escandalosamente del original, ya por la vía de la amplificación, ya por la de una censura que se practicaba de manera natural y sin explicación alguna. Vemos, en cambio, que los prólogos y las notas se han convertido en el lugar en el que los traductores reflexionan acerca de este problema y aclaran al lector con qué tipo de versión se va a encontrar 23. La censura, cuando la hay, es advertida y, en última instancia, son las menos las veces en las que se le hurta al lector el contenido real, aunque éste se deje en latín para evitar males mayores. Lo que no resulta fácil es establecer límites claros, en lo que se refiere a su actitud ante la censura, entre las traducciones que se publican en el marco de colecciones como la «Biblioteca Clásica» y las que nacen en un ámbito extraacadémico. La complejidad de cualquier intento de tipologización reside en que, si bien de mano de los académicos esperaríamos una mayor fidelidad al texto, también es verdad que su público es, potencialmente, aquél al que más necesidad se siente de proteger frente a las malas influencias, el de «las aulas de latinidad». Así, veíamos cómo los traductores se debatían entre lo que consideraban su deber frente a los lectores y su propia disconformidad con la obra traducida (recuérdese la introducción de Longué y Molpeceres a su versión de El Banquete), optando en muchos casos por ofrecer una versión latina que, pensaban, restringiría el acceso al original a unos pocos ilustrados (es el caso de Baráibar en su Aristófanes). Pero entre la resignación y el recurso al latín, todavía encontramos muchos matices: así, la suavización de ciertas expresiones y términos admite diversos grados de alejamiento del original y, por otra parte, en una edición no bilingüe es difícil advertir cómo, en no pocas ocasiones, la traducción llevaba integrada la propia valoración moral del traductor.

En fin, no resultó nunca fácil, como señalábamos, compaginar la actitud de respeto y admiración por los clásicos con su absoluta incompatibilidad con las costumbres de nuestra moral cristiana. De todas maneras, de vez en cuando, se dejó ver una cierta actitud de comprensión avant la lettre del horizonte de expectativas de sus contemporáneos, como, por ejemplo, en las siguientes palabras de Mary Shelley en referencia a la traducción de El Banquete realizada por su marido:

It is true that in many particulars it shocks our present manners, but no one can be a reader of the works of antiquity unless they can transport themselves from these to other times and judge not by our but by their morality24.

Notas:
1.      Este trabajo se adscribe al proyecto de investigación Historiografía de la literatura grecolatina en España (II). La Edad de Plata (1868-1936), Grupo de Investigación Complutense 930136.
2.      E. MONTERO CARTELLE (1976), «Censura y transmisión textual en Marcial», Estudios Clásicos, 78, p. 344. Montero aborda, en este trabajo, la cuestión de los cambios introducidos en algunos de los manuscritos que nos han transmitido el texto de Marcial.
3.      Así, por ejemplo, el documentadísimo trabajo de H. VAN HOOF (1991), Histoire de la traduction en Occident, Bibliothèque de Linguistique, Éditions Duculot, París, se circunscribe al estudio de la traducción en Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia y Países Bajos. Cada uno de estos países es estudiado cronológicamente y, dentro de cada época, se dedica un apartado especial a las tra- ducciones de los clásicos grecolatinos.
4.      K. J. DOVER (1980), «Expurgation of Greek Literature», en Les Études Classiques aux XIXe et XXe
siècles: leur place dans l’histoire des idées, Fondation Hardt, Entretiens, vol. XXVI, Ginebra, p. 55-89.
5.      La censura ya había dejado su huella en las primeras traducciones al castellano de los poetas líri- cos griegos, según puede verse en M. GONZÁLEZ GONZÁLEZ, R. GONZÁLEZ DELGADO, «La lírica griega: Safo, Anacreonte, Tirteo y Bucólicos», en F. GARCÍA JURADO y otros (2005). La historia de la literatura grecolatina en el siglo XIX español: espacio social y literario, Málaga, p. 181-204. Existen, no obstante, significativas diferencias entre el alcance de la censura a finales del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX y la actitud que nos encontraremos ahora en estos traductores de finales del XIX y primeros años del XX. Véase también M. GONZÁLEZ GONZÁLEZ (2006),
«Traducciones grecolatinas y censura moderna: el papel de los prólogos», Estudios Clásicos, 130, p. 87-101.
6.      Cita recogida por K. J. DOVER, op. cit., p. 57-58.
7.      Cita recogida por K. J. DOVER, loc. cit., p. 57.
8.      El ensayo original, con el título de «Discurso sobre las costumbres de los antiguos griegos relati- vas al tema del amor», puede leerse en traducción castellana en PERCY B. SHELLEY (2001), Ensayos escogidos, prefacio, selección y traducción de BEL ATREIDES, Barcelona, p. 45-61.
9.      Cita recogida en K. J. DOVER, op. cit., p. 58.
10.   Cita recogida en K. J. DOVER, loc. cit., p. 59.
11.   Páginas XIII-XIV de la introducción.
12.   L. A. DE CUENCA (1984), prólogo a Platón. Diálogos: Critón, Fedón, El Banquete, Parménides.
Versión de Patricio Azcárate, Madrid, p. 22-23.
13.   Señalemos que en todas las ediciones posteriores de esta obra se repite un error que no encontra- mos en el original: todas ellas dicen «los Tribades».
14.   Páginas 22-23 de la introducción.
15.   Páginas 31-32 de la introducción a El Convite.
16.   PLATÓN (1923), El Banquete o Del Amor, Eutifrón, La Defensa de Sócrates, Critón, traducción, prólogo y notas de Rafael Urbano, Madrid, p. 9-10 de la introducción.
17.   Loc. cit., p. 15 de la introducción.
18.   Nos referimos a esta obra como «el primer Aristófanes castellano», ya que se trata de la prime- ra edición completa de las comedias de este autor en nuestra lengua, aunque alguna de ellas había sido traducida con anterioridad. Menéndez Pelayo sugiere que José Antonio Conde pudo haber traducido Lisístrata (Biblioteca de Traductores Españoles, Santander, 1952, vol. I, p. 360- 361). Don Pedro Estala tradujo una comedia de Aristófanes: El Pluto. Comedia de Aristófanes, Traducida del Griego en verso Castellano. Con un Discurso Preliminar sobre la Comedia Antigua y Moderna. Por D. Pedro Estala, Presbítero. En Madrid en la Imprenta de Sancha Año MDCCX- CIV (1794). 46 páginas de discurso preliminar, ocho sin foliar de argumento y 102 de texto. La traducción está en romance octosilábico (Biblioteca de Traductores Españoles, Santander, 1952, vol. II, p. 47-48).
19.   Página 16 de la introducción. Citamos a partir de la reedición de 1972: Comedias de Aristófanes, traducidas directamente del griego por Federico Baráibar y Zumárraga, Madrid, Librería y Casa Editorial Hernando (1ª ed. 1880-1881). Viene precedida de un prólogo de Marcelino Menéndez Pelayo, firmado en Santander el 4 de enero de 1880 y titulado «Cuatro palabras acerca del teatro griego en España».
20.   Nota preliminar a Lisístrata, ed. citada, vol. II, p. 318-319.
21.   Véanse, entre otros títulos, I. EVEN-ZOHAR, «The Position of Translated Literature within the Literary Polysystem», en L. VENUTI (ed.) (2000), The Translation Studies Reader, Londres y Nueva York, Routledge, p. 192-197 (= Poetics Today 11, 1990, p. 45-51); C. ROBYNS (1994), «Translation and Discursive Identity», Poetics Today 15.3, p. 405-428; G. TOURY (1980), In Search of a Theory of Translation, Tel Aviv, The Porter Institute for Poetics and Semiotics.
22.                 Remitimos, de nuevo, para ejemplos tomados de la lírica griega y sus traducciones a lo largo del siglo XIX, a M. GONZÁLEZ y R. GONZÁLEZ, op. cit.
23.   La importancia de los prefacios y las cartas dedicatorias que acompañan por lo general a las tra- ducciones ha sido ya señalada, por ejemplo, por M. A. VEGA (ed.) (1994). Textos clásicos de teo- ría de la traducción, Madrid: «durante siglos, estos prefacios serán el único corpus traductológi- co», p. 30. Véase, para el ámbito grecolatino, M. GONZÁLEZ GONZÁLEZ, art. cit.
24.   Cita recogida en K. J. DOVER, op. cit., p. 79.