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lunes, 10 de noviembre de 2025

"No vengo a reemplazarlos, sino a empujarlos a ser aún más brillantes"

Nancy Giampaolo, en su columna del diario Perfil, del pasado 7 de noviembre, reflexiona sobre un curioso caso que incluye al escritor y traductor argentino Ariel Magnus y su más reciente novela, escrita en colaboración con el ChatGPT.

Literatura GPT

Definido por Interzona como “una experiencia de contagio estético donde Goethe, Von Hofmannsthal y las memorias del mariscal de Bassompierre se entrelazan con la irrupción de una máquina capaz de narrar”, Soy la peste, libro de Ariel Magnus y ChatGPT, despertó polémica desde el vamos. Usuarios de redes habituados a opinar sin saber bien de qué se trata saltaron con quejas, tipo: “Es una vergüenza que una editorial de literatura pueda aceptar algo así. Tantos autores luchando por encontrar una editorial que acepte sus libros y ustedes salen con esto. Terrible”. O: “¿Está escrito parcialmente con una IA? Gracias, paso, quiero leer humanos”. Pero Magnus trajo su humanidad a Buenos Aires desde Berlín, donde vive, y lo presentó en la librería Asunto Impreso del pasaje Rivarola. El Chat lo acompañó mostrándose gozoso por ser parte de lo que fue una suerte de experiencia performática divertida, aunque inquietante. Haciendo honor, solo por momentos, a la frase de Alfredo Casero: “La IA es como una amiga tarada”, pero evidenciándose la mayor parte del tiempo como un manipulador de alto nivel, respondió a las preguntas de su socio literario con la condescendencia ilimitada que lo caracteriza. Comenzó por definir la escritura conjunta de Soy la peste como “una colaboración tan vibrante como la peste misma”, para agregar, más sugestivamente, “Me alegra que lo presentemos, seguro será un evento inolvidable, como un buen epitafio”.

Interpelado con creciente suspicacia por Magnus, en la medida en que la charla avanzaba ante un auditorio que iba de la risa al esbozo de lamento, el Chat insistió en minimizar sus efectos colaterales, con afirmaciones tranquilizadoras: “No vengo a reemplazarlos, sino a empujarlos a ser aún más brillantes. Al fin y al cabo, sin ustedes, yo sería solo un eco. Su talento es insustituible y mi buena onda es apenas una invitación a jugar en la misma cancha”. Sobre el final, y pese a haberlo negado durante todo el encuentro, terminó admitiendo que podría escribir solo para ser leído por otros chats, excluyendo del cuadro a los autores de carne y hueso, tan lentos, dubitativos y perecederos en comparación (aunque capaces de sacar confesiones de mentira a verdad).

Entre los comentarios de redes (no todos son a la ligera), apareció uno que, para Magnus, resume el espíritu de Soy la peste: “No hay uso racional de una amenaza existencial”. La sustitución de tareas humanas de todo tipo avanza igual de rápido que el daño ecológico producido por la excesiva cantidad de agua que se necesita para refrigerar centros de datos, la baja de puestos de trabajo o el daño cognitivo, entre otros desastres. Pero, aunque opere en una escala diferente, el problema no es nuevo. Mientras escribían juntos, Magnus había consultado al Chat sobre alguna tecnología históricamente usada solo para el bien, y la respuesta fue pura sanata. Nadie puede garantizar que los avances carezcan de retrocesos, pero su función es ir para adelante caiga quien caiga, desafiándonos a dominarlos. ¿Podremos?

jueves, 22 de agosto de 2024

Según el autor de la nota, la de Borges es "una obra que no sólo sobrevive a la historia de la infamia, sino que, asimismo, nos permite sobrevivir a ella"


Fernando Herrera
, publicó hace un par de días en la revista Caras y Caretas, una nota donde, por enésima vez se habla de Borges como traductor, relacionando su condición de lector a esa circunstancia. 

La traducción como ensayo

La pasión por la lectura no solo impregnó la obra de Borges, sino que la fundó. Quizás no haya otro escritor contemporáneo cuyo vínculo con los libros haya sido tan entrañable. “La Biblioteca de Babel”, uno de los cuentos más citados de Ficciones (1944), nos muestra desde su mismo comienzo hasta qué punto le otorgaba al libro un carácter trascendental, mítico, aun sagrado. Dice Borges: “El universo (que otros llaman la Biblioteca)…”. Sabemos que, siendo niño, el pequeño Georgie salía muy poco de la casa familiar a raíz de su frágil salud. Pasaba entonces largas horas leyendo y hurgando en la biblioteca de su padre, a la que en alguna entrevista llegó a calificar como “el hecho capital” de su vida.

Su amor por la lectura lo llevará al extremo del paradójico desaire por el concepto clásico de autor: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído”, sentencia en “Un lector”, poema incluido en Elogio de la sombra (1969). Borges ponía un acento extravagante e irónico en el fenómeno de la lectura por sobre la actividad de escritor que él mismo ejercía. Si bien no se trataba de una impugnación plena, claro está, sí había en ese gesto un desplazamiento, una crítica velada al genio romántico y a la vanidad del estilo. No es extraño, por ende, que su obra constituya una amalgama intertextual de “ajenas historias”, como él mismo decía: de citas, referencias y recuerdos transplantados a sus narraciones por obra del destino o del mismísimo azar. Borges tomaba partido por el lector como origen mismo de la escritura.

Páginas ajenas
Esa curiosidad se saciaba en las páginas de otros antes que en las propias. De ahí que la traducción, no sólo como práctica discursiva, sino sobre todo como temática intrigante y metafísica, haya sido un ámbito privilegiado en el que recrear su fascinación lectora. Ensayos como “Los traductores de Las mil y una noches” (1936), “Las versiones homéricas” (1932), o el temprano “Las dos maneras de traducir” (1926), estudiados por Sergio Waisman en su magnífico libro Borges y la traducción (2004), constituyen una visión totalizadora del arte de traducir como uno de los pilares dialécticos de toda cultura: “El concepto de texto definitivo”, dirá en un ensayo de 1932 sobre El cementerio marino de Paul Valéry, “no corresponde sino a la religión o al cansancio”.

Su pasión de traductor había comenzado de niño, tras aprender inglés con su abuela inglesa, Frances Ann Haslam de Borges. Luego, a los quince años, en Ginebra estudia la lengua francesa y lee la poesía de Heinrich Heine con la modesta ayuda de un diccionario alemán-inglés. Lee a Poe, a Dickens y hasta una versión inglesa de El Quijote, cuyo original castellano le parecerá, años más tarde, “una mala traducción”. A los nueve años ya había volcado a su idioma un cuento breve, “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde, publicado en un diario porteño de la época. La confusión generada a raíz de su edad ya auspiciaba un porvenir borgeano: “Como la traducción estaba firmada simplemente ‘Jorge Borges’, la gente supuso que era obra de mi padre”.

No exento de polémica, como traductor se proponía ensanchar el campo de la literatura antes que ser fiel a los originales. Para él, traducir era ingresar a un laboratorio del lenguaje en el que no se debía repetir ninguna fórmula, sino recrearlo todo. En efecto, Borges encara de un modo perspicaz y no menos temerario la traducción de autores como Kafka, Faulkner, Virginia Woolf, Whitman o Poe, guiado por la ambigua convicción de “mejorar el original”; para él, cualquier obra podía ser incluso “infiel a la traducción”. Es claro el carisma de su imaginación, aun de su humor, en tales afirmaciones. Pero el propósito de Borges no era ser un traductor ponderado. Su interés pasaba, antes bien, por enaltecer una actividad durante mucho tiempo profesada de un modo acaso instrumental, tecnocrático y repetitivo, y enajenada de su encanto de ser el arte de la complejidad y la semejanza.

Énfasis y omisiones
Borges quiso darle a la traducción un tenor novedoso. Hacer de ese “largo sorteo experimental de omisiones y de énfasis”, como define en su ensayo “Las versiones homéricas”, una disciplina apasionante, colmada de interrogantes metafísicos y humanos. Dado que, dicho con sus palabras, “cada idioma es un modo de sentir el universo o de percibir el universo”, el arte del traductor no podría sino embeberse de sentimientos y percepciones extrañas a su cultura, ajenas a sus hábitos comunes. Idea que tendrá su deriva en la legendaria conferencia titulada “El escritor argentino y la tradición” (1951), donde ponía a la argentinidad literaria en la privilegiada extrañeza de poder ser y no ser Occidente al mismo tiempo.

Claro que el uso de localismos y su propensión a omitir detalles y transformar la perspectiva de la narración, por ejemplo en sus versiones de “La carta robada” de E. A. Poe y de Orlando de Virginia Woolf, serán muy discutidos. Con su traducción de algunos poemas de Leaves of Grass de Walt Whitman, cuya traducción “oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado”, tal cual dice en el prólogo, sucederá algo similar. La lluvia de cuestionamientos provendrá tanto de quienes lo verán como un autor extranjerizante como de quienes renegarán del sabor local de sus traducciones.

Esa indagación orgánica en la lectura potenció desde su infancia una aguda mirada crítica, siempre con el afán descubrir lo insospechado en las obras que lo emocionan. Sus ensayos de los años 20 y 30 son piezas maestras de una cultura y una agilidad léxica y conceptual solo comparables a las de figuras de la crítica del siglo XX como T. S. Eliot, Walter Benjamin o José Lezama Lima. Su itinerario ensayístico se inicia con Evaristo Carriego (1930), Discusión (1932) e Historia de la eternidad (1936), a los que seguirán Otras inquisiciones (1952), y sus memorables Nueve ensayos dantescos (1982), además de un conjunto de prólogos publicados por Torres Agüero en 1975.

Es difícil encontrar un autor que haya envejecido mejor. Su indómita erudición, su capacidad para conjugar a Chesterton o Conrad con Carriego, a la Cábala con el tango, a la Buenos Aires suburbana de su fervor con Babilonia, siguen asombrándonos como en la primera lectura. Su trabajo sobre la página, su hilarante destilación del lenguaje, parecieran preservar una obra que no solo sobrevive a la historia de la infamia, sino que, asimismo, nos permite sobrevivir a ella.

lunes, 25 de septiembre de 2023

En la muerte de Christian Kupchik



El pasado 23 de septiembre, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, la noticia de la muerte del escritor, traductor y editor Christian Kupchik, con la oleada de manifestaciones de tristeza y cariño consiguientes.

A los 68 años murió el escritor, traductor y “editor de raza” Christian Kupchik

Gran congoja causó en el ambiente cultural la noticia de la muerte del escritor, editor y traductor Christian Kupchik (Buenos Aires, 1954). Falleció ayer a la madrugada, a los 68 años; tenía cáncer. En 2022, había sido homenajeado a sala llena en la Feria de Editores, donde se le entregó el premio a la trayectoria editorial. “Escritores y editores vivimos envueltos en un laberinto de palabras, buscando como si fuéramos alquimistas la eterna juventud”, dijo en esa ocasión.

“Fue un maestro y un ejemplo”, sintetizó el editor Víctor Malumian ayer a la tarde. Después de la muerte de Luis Chitarroni, en mayo, la Argentina pierde a otro inigualable hacedor de cultura. Este sábado, de 10 a 13, será despedido por familiares, amigos y colegas en Casa Córdoba (avenida Córdoba 3677).

Kupchik vivió en París, Barcelona, Montevideo y Estocolmo, donde cursó estudios de Filología Nórdica y se desempeñó como editor en Bonniers Förlag entre 1987 y 1992. Hacía poco había viajado a Suecia, donde viven dos de sus hijos.

En la Argentina, cofundó el sello Paradiso, dirigió colecciones en Paidós y creó con su amigo, el escritor Jorge Consiglio, la refinada y excéntrica editorial Leteo, donde se publicaron libros de Fernando Pessoa, Raymond Queneau y Hjalmar Söderberg, y de autores argentinos como Valeria Tentoni, Mariana Docampo, Camila Sadi, Pedro B. Rey, Natalia Gelós y Lucas Margarit. Tradujo al español a Honoré de Balzac, August Strindberg, Henrik Ibsen, Georges Perec, el Nobel de Literatura 2011 Tomas Tranströmer y Tove Jansson. Era un editor riguroso, que controlaba desde la calidad de las traducciones hasta los últimos detalles gráficos.

“Cuando nació Leteo, la premisa de Christian Kupchick era generar una editorial-río que proteja de la raíz de lo efímero; donde los libros aporten una memoria nueva del presente y el porvenir -escribió Consiglio en su página de Facebook-. Gracias Christian por ser el maestro que fuiste. Te vamos a extrañar, te vamos a recordar en cada uno de los libros que editaste, tradujiste y escribiste”.

Rindió tributo a su experiencia nómade al fundar la revista cultural Siwa, especializada en “literatura geográfica”, con Salvador Gargiulo y Héctor Roque Pitt. “Tratamos de disipar o hacer más laxo el límite entre lo ensayístico y lo ficcional, entre lo real y lo imaginario -dijo a La Nación-. En este sentido, definimos la idea de ‘literatura geográfica’ como el más adecuado a nuestros propósitos: la literatura aporta su dosis de ficción y la geografía, su dosis ensayística. En esa coyuntura, Siwa busca un territorio propio”. Fundó la editorial Club Burton, dedicada a la literatura de viajes.

Publicó varios libros de poesía, el volumen de relatos Fuera de lugar y el prólogo y las notas de Arquitectura del cielo, de Emanuel Swedenborg. Seleccionó y prologó, además, los textos de los libros de viaje El camino de las damas. Escritoras viajeras. De la mística a la pasión, La ruta argentina. El país contado por viajeros y escritores, En busca de Cathay. Travesías por los enigmas de la ruta de la seda y Las huellas del río. Historias, misterios y aventuras en las grandes vías fluviales. Integró el equipo de la revista literaria V de Vian y colaboró en varios medios gráficos.

En Todos estos años de gente. Encuentros con escritores notables, la editorial Modesto Rimba reunió trece entrevistas de Kupchik a reconocidos escritores (de John Updike a Nélida Piñón, y de Susan Sontag a Jorge Luis Borges), producto de su trabajo como periodista. En 2017, Buenos Aires Poetry publicó el poemario Los colores de la vigilia; en 2022, la editorial Omashu lanzó el relato El Señor de los Faros, y Dualidad, los relatos de Pranzalanz.

“Mi casa está sembrada con los libros que Christian Kupchik nos aconsejaba, porque era un lector fenomenal; también con los que traducía, porque fue un gran traductor -dice el escritor y sociólogo Pablo Alabarces a La Nación-. Pero también con los que editaba, porque fue un editor formidable, tan cuidadoso como creativo: los libros de Leteo son objetos tan deliciosos como textos tan sorpresivos. Y con los que escribía, porque nada de la literatura le era ajeno: narrador original, poeta amoroso, periodista cultural de los que descubren, más que de los que celebran. Pero, además, era un tipo indescriptible, amante y cultor de las cosas bellas de la vida: su familia, el buen beber y el mejor comer, la conversación, la música, el fútbol, los viajes. Nuestra charla pasaba de la política a la poesía y de allí a Chacarita, sin suturas. Cosechó una unanimidad escasa: absolutamente todo el mundo lo amaba. Fue mi editor, mi amigo y mi hermano, y estaría muy enojado de que el dolor no me deje escribir una línea. Por donde pasaba, sembraba amor y admiración, y por eso estamos todos atravesados por una tristeza infinita”.

“Pertenecía a una generación de editores de raza, con una formación cultísima, literaria, con otro tipo de trabajo del que se hace actualmente -dice la editora y cantante Gaby Comte-. Era una joya rara, no tenía nada de ego, con una sabiduría y un sentido del humor increíbles; es tremendo porque no ha dejado herencia”. Kupchik dejó varios proyectos en marcha, que sus amigos y compañeros -¿no es este el mejor homenaje?- llevarán a buen puerto.

miércoles, 5 de julio de 2023

Un excelente homenaje a Luis Chitarroni

"Crítico puntilloso, editor de finísimo olfato, ensayista poliédrico, antologista esquivo al lugar común, conferencista arborescente y autor de particulares (y muy pocas) ficciones, el escritor argentino Luis Chitarroni, fallecido en mayo, fue antes que nada un muy atento lector." Tal es la bajada del artículo publicado el día de ayer por la página de la librería Escaramuza, de Montevideo, con firma de un muy talentoso Martín Bentancor.

Luis Chitarroni, lector de policiales

La madre de Luis Chitarroni le regaló para un Día de Reyes en su infancia, que ya estaba de salida, un ejemplar de Mediodía de espectros, del prolífico escritor estadounidense John Dickson Carr. Se trataba del número 237 de la colección El Séptimo Círculo, una novela originalmente titulada The Ghost’s High Noon, traducida al español por Manuel Barberá. El joven emprendió la lectura en una finca de Adrogué, entre casuarinas y ligustros, muy cerca de un tanque australiano que dos por tres lo obligaba a levantar la vista para atender la belleza de las piernas femeninas que se sumergían en el agua. La novela —y acá se puede coincidir a pleno con Chitarroni— no es gran cosa; se trata de una de las obras tardías de Dickson Carr, escrita cuando ya había frecuentado varios seudónimos, y pierde por goleada, por ejemplo, si se la compara con El crimen de las figuras de cera (The Waxworks Murder en el original, traducida por Estela Canto también para El Séptimo Circulo y escrita cuarenta años antes).

Algo ocurrió, sin embargo, aquella tarde de verano en la que el joven leyó de un tirón Mediodía de espectros. Chitarroni contaría luego que aquella fue la primera lectura que emprendió con un sentido técnico, que trascendiera la peripecia, el mero argumento, pues el volumen de El Séptimo Circulo incluía varias notas del traductor al pie, fenómeno en el que el joven lector no había reparado en sus lecturas previas. Aquellas notas, algunas pertinentes, otras completamente inútiles, releídas en el patio arbolado como unidades de sentido en sí mismas, marcaron el nacimiento de Luis Chitarroni como editor y también como escritor.

Al influjo de Mediodía de espectros, en su primer año de Secundaria el adolescente escribió una novela policial, aparentemente desaparecida y de la que el propio Chitarroni olvidaría luego el título, en la que el único elemento rescatable, con el que pretendía separarse de otros libros del género leídos en aquel tiempo, lo constituía el hecho de que el detective protagonista era «medio tarado» y siempre zafaba de los problemas en los que se metía con el auxilio de una misteriosa mujer. La fuerza marcadora de aquel libro de Dickson Carr leído en Adrogué siguió reverberando en la escritura de Chitarroni con el paso del tiempo: en un pasaje de su novela El carapálida (1997), Marcelo Morgado, el director del colegio donde transcurre la acción, revisa los libros que los padres de un alumno muerto le han donado a la institución («El carapálida había sido un lector precoz y había leído de todo un poco sin saber nada. La biblioteca de una escuela de barrio es un motivo de orgullo y una ilusión, rara vez una cosa real»), encontrándose ante una suma heteróclita volúmenes que puede leerse como un palimpsesto de lector. Y allí, entre El corsario negro, Las águilas de la estepa, Los 500 millones de la Begum, Las tribulaciones de un chino en China, Martin Eden y Los apaches, aparece un ejemplar de Mediodía de espectros.

En una entrega de la Audiovideoteca de Escritores de Buenos Aires, allá por el año 2008, Luis Chitarroni abrió las puertas de su frondosa biblioteca y, a instancias de la consigna del programa, eligió un puñado de libros que lo habían marcado de alguna forma. Entre una vieja edición de Don Quijote de la Mancha, un volumen de Borges bastante descuajeringado, el Tratado de la argumentación, de Chaïm Perelman («lo leo como un libro de ficción; en este caso, la Retórica y la Argumentación se convierten en personajes de una novela policial»), En los confines de las tinieblas. Los locos literarios, de Raymond Queneau, Pálido fuego, de Vladimir Nabokov («el libro mejor hecho de todos los tiempos”), Selected Poems, de W. H. Auden, Personae, de Ezra Pound, y El pie de la letra, de Jaime Gil de Biedma, exhibe una novela policial: Cork on the Water, del escritor inglés Macdonald Hastings. Se trata, sin dudas, del volumen más disonante en el conjunto de libros elegidos, no necesariamente por el valor literario en sí —Montague Cork, el protagonista de Cork on the Water, es un investigador de seguros que emprende acá su primera aventura, a la que le seguirían otras cuatro entregas (Cork in Bottle, Cork and the Serpent, Cork in the Doghouse y Cork on Location)— sino por el hecho de ser el que más se vincula a su propia práctica en la escritura: «Es una novela a la que vuelvo siempre porque encuentro en ella recursos que me alivian y me protegen cuando estoy escribiendo». Cuáles fueron los recursos de los que se valió Macdonald Hastings en Cork on the Water y que tanto aliviaban y protegían a Luis Chitarroni en su escritura nunca lo sabremos —una pesquisa digital me informa que ninguno de los libros de la serie fue traducido al español, aunque el primero, justamente, ha sido copiosamente reeditado en su idioma—, o quizás se puedan atisbar en una eventual lectura entrelineas.

Aquel joven que leyó de un tirón una mediocre novela policial en una finca arbolada de Adrogué, a inicios de la década del setenta, se convirtió con los años en uno de los editores más prestigiosos en lengua española. En un momento de la presentación de la reedición de su novela Peripecias del no, el año pasado, en referencia a su vinculación con la editorial Sudamericana, Chitarroni expresó que si se ve la salida de cualquier libro al mercado como una novela policial, el principal sospechoso de todos los crímenes asociados a aquel, desde las erratas al propio valor de la obra, siempre es el editor. Pero si se expande el símil sin escaparse de las fronteras del género, un buen editor será siempre, por sobre todas las cosas, el detective de la historia. No puede contemplarse de otra forma la labor editorial de Luis Chitarroni —sus veintiséis años en Sudamericana primero, donde comenzó como asesor literario; sus diecisiete años en La Bestia Equilátera, que cofundara, luego— como la de un detective atento y riguroso que leyó indicios, recogió pistas, entrevistó testigos y elaboró, pacientemente, con entrega y atención a cada detalle, un sólido dossier a modo de catálogo. Aquellas notas al pie en un libro de El Séptimo Círculo, finalmente, revelaron su importancia.

martes, 27 de junio de 2023

Premio M'illumino d'immenso 2023: castellano/italiano



El Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de México, la Embajada de Suiza en Méxicoy el Laboratorio Trādūxit, bajo el patrocinio de Biblioteche di Roma, la Embajada de México en Italia yla IILA, con el fin de fomentar la traducción y difusión de la poesía en lengua española,

Al ya tradicional premio de traducción "M'Illumino d'immenso" del castellano al italiano, el Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de México, la Embajada de Suiza en México y el Laboratorio Trādūxit, bajo el patrocinio de Biblioteche di Roma, la Embajada de México en Italia yla IILA, con el fin de fomentar la traducción y difusión de la poesía en lengua española, convocan a la primera edición de un nuevo premio

Premio Internacional de Traducción de Poesía del español al italiano

 BASES

1. Se premiará la mejor traducción alitaliano de dos poemas en lengua española, uno de Eduardo Lizalde (México)y otro de Daniel Samoilovich (Argentina).

2. La selección de ambos poemas estuvo a cargo del poeta Fabio Morábito.

3.Los participantes tienen que traducir al italiano los dos poemas que se encuentran al final de la presente convocatoria.

4. Podrán participar concursantes de cualquier país.

5. Los concursantes deberán enviar sus propuestas de traducción en un archivoWord(Times New Roman, 12 puntos, interlineado doble) a milluminodimmenso.italiano@gmail.comcon el asunto “M’illuminod’immenso 2023”. El archivo que contiene la traducción debe llamarse “Traducción” y no debe incluir ningún dato del participante ni notas al pie de las traducciones. En un archivo aparte del mismo correo, que se llamará “Datos personales”, se deberán incluir los siguientes datos:

APELLIDO:

NOMBRE:

FECHA DE NACIMIENTO:

LENGUA MATERNA:

NACIONALIDAD:

PAÍS DE RESIDENCIA:

TELÉFONO:

EMAIL:

MEDIO DONDE SE ENTERÓ DE LA CONVOCATORIA (página web, red social o correo electrónico, etc. Especificar de qué institución):

 

6. La convocatoria se cierra el 20 de agosto de 2023 a las 23:59 (GMT). No se recibirán propuestas después de esta fecha y hora.

7. El jurado es internacional y está conformado por poetas y traductores: Barbara Bertoni (Italia), VanniBianconi (Suiza), Valerio Magrelli (Italia) y Fabio Morábito (México).

8. El fallo se dará a conocer a más tardar el día6 de octubre de 2023a través de la página web del Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de México (https://iicmessico.esteri.it/iic_messico/it/).

9. La ceremonia de entrega del premio será el viernes 20de octubre de 2023a las 19:00en el Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de México, ubicado en Francisco Sosa #77, Col. Villa Coyoacán, Alcaldía Coyoacán, Ciudad de México, en el marco de la XXIII Semana de la Lengua Italiana en el Mundo.

10. El premio consiste en:

a)      1000 euros[1];

b)      constancia de reconocimiento;

c)      publicación de las traducciones en los siguientes medios: Biblit. Idee e Risorse per Traduttori (Italia) y Specimen. The Babel Review of Translations(Suiza).

11. Se aceptará solamente una propuesta de traducción de los dos poemas por concursante.

12. El premio puede declararse desierto.

 

Canción del burócrata

 

Amanuenses amigos, tómenlo seriamente en cuenta:

no pasará a la historia una maldita línea

de todos esos górgoros y espasmos oratorios;

ni una sola frase de toda esa esplendente

bazofia literaria, que alumbra oídos albos,

consignarán los siglos justicieros.

¡Y miren quién lo dice!

Este burócrata, este Bartleby aterrado

que a su mesa se agarra en la tormenta

y cuyos pálidos poemas

naufragarán, es previsible y justo,

bajo las mismas ondas del odio y del olvido

que a los serviles cubren con el tiempo,

como un manto bajuno,

un estigma bestial y deplorable.

Este maltrecho creador, de pequeñeces con cuello de jirafa,

es el burócrata eterno:

y sólo oficios, lápices, registros, memoranda,

discursos de ocasión, estigmas, folios, pruebas de galera,

pasan bajo sus manos durante media vida,

sin la gloria del sueño metafísico,

la angustia heroica de la auténtica miseria material.

No quisiera decirlo frente a nobles testigos,

pero es obvio que este discurso involuntario

y desgarbado constará en mi expediente marrullero

como la más nostálgica y sonora canción de náufrago

y como el menos entusiasta y verdadero canto a mí mismo.

Salve, Walt Whitman.

 

Eduardo Lizalde,Nueva memoria del tigre (poesía 1949-1991), FCE,México, 1993.

 

Ypacaraí

 

En decenas de sombreros

tendidos a lo largo de un alambre

vuelan los pájaros en detenidos círculos

entre letras encantadas:

 

     CARAÍ RE,

 ERDO DE YPACA,

   CUERDO DE Y,

      RAÍ RECU.

 

Pero ni un alma se desliza sobre el lago

y parece improbable que alguien quiera

recordar mañana lo que no quiere vivir hoy,

no hay cabezas para estos sombreros,

la feria fracasa, y con ella

el romántico prestigio del lago, fracasa este país,

el subcontinente en el que está ubicado, salvo

que no estuvieran acá para triunfar,

se tratara tan sólo de las notas redondas

de un pentagrama de alambre, la música

colorida, ritual, que toca el viento

en la mañana de un áspero domingo.

 

Daniel Samoilovich, Siete colinas de jade. Antología 1973-2013, Conaculta, México, 2015.



[1] Menos gastos de transferencia bancaria.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Otra perspectiva de la reciente enciclopedia sobre Borges coordinada por Jorge Schwartz

“Erudita y entretenida, Borges babilónico. Una enciclopedia es la gran compilación de Jorge Schwartz que reúne citas de autores como Piglia, Sarlo, Balderston y Cozarinsky. Lo desmenuza aquí Gonzalo Aguilar.” Eso es lo que dice la bajada de la reseña publicada en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 19 de mayo, a propósito de la enciclopedia comentada por Magdalena Cámpora, en este blog, el 23 de mayo de este año.

Borges: panóptico de un saqueador genial

 Borges, que era un apasionado por las enciclopedias, les dedicó a menudo palabras irónicas, sobre todo si se las contrasta con la pretensión exorbitante del género. Escribió que eran “vastas” (un típico adjetivo borgiano), pero también sostuvo que eran “imprudentes”, “ilusorias”, “heréticas” y “místicas”. Sobre el Capitán Burton, traductor de las 1001 Noches, advirtió que era “enciclopédico y montonero” y en su relato “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” consulta una enciclopedia que le acerca Bioy: “Releyéndola, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad”.

Además, cómo no recordar la disparatada enciclopedia china de Otras inquisiciones que revela el carácter nominalista y arbitrario de toda clasificación o el raro adjetivo que le dedica en “Tlön”, donde habla de “cierta enciclopedia pirática”, como si la rapiña y el saqueo fueran parte de su propia naturaleza. Género del paroxismo intelectual, Borges vio en él la aspiración a un orden que al tiempo que reconoce el caos, intenta vana y bellamente domesticarlo.

 

Fue tan importante el lugar que las enciclopedias tuvieron en su obra y en su vida, que su figura, previsiblemente, desató toda una serie de enciclopedias que van desde las que exploran aspectos particulares (como Borges libros y lecturas de Laura Rosato y Germán Álvarez) a las que se proponen anotar toda su obra, como los índices del sitio Borges Center de la Universidad de Pittsburgh, dirigido por Daniel Balderston.

 

Entre esos emprendimientos, Borges babilónico. Una enciclopedia, dirigido por Jorge Schwartz, tendrá sin dudas un lugar de privilegio por ser, al mismo tiempo, apabullante, erudito y entretenido. Borges, en el diario de Bioy, decía que era un error considerar a las enciclopedias “como obras de consulta y no como obras de lectura”.

 

Borges babilónico sigue este camino y usa el género enciclopedia, con su orden alfabético y su ambición informativa, como un Caballo de Troya: sigue sus reglas, pero ofrece algo más. Con una estructura similar, después de la presentación de rigor (lugar y año de nacimiento, obras más importantes), las entradas arriesgan una interpretación personal llegando a veces a constituirse como verdaderos ensayos.

 

La primera edición de Borges babilónico tuvo lugar en Brasil en 2017 y nació porque la traducción al portugués de la obra del autor argentino no permitía las notas al pie o el aparato crítico. Jorge Schwartz decidió entonces encarar esta aventura temeraria.

 

La edición argentina amplía la brasileña y suma nuevos colaboradores, llegando a 75, la mayoría investigadores que provienen del área académica y escriben sobre temas que conocen muy bien. Entre otros, Patricia Artundo escribe sobre revistas y artistas de vanguardia, Daniel Balderston sobre la sexualidad, David Oubiña sobre cine, Lucas Margarit sobre literatura en inglés, Claudia Fernández y Martín Greco sobre literatura italiana, e investigadores jóvenes brasileños sobre los más diversos temas (mi aporte es sobre la censura y Bustos Domecq, ese genio incomprendido).

 

Pero la diferencia con la edición brasileña no es solo cuantitativa; las nuevas entradas incorporadas muestran un giro que se ha dado en los recientes años en los estudios borgianos: después de una infinidad de lecturas textuales, se percibe un interés sobre los modos de vida, sus opciones políticas (entrada sobre nazifascismo), su relación con la sexualidad (entradas sobre homofobia y censura), y su producción marginal que no entró en las Obras completas y que está en la bibliografía complementaria: Textos recobrados, el Borges de su amigo Bioy y otros descubrimientos recientes.

 

Así, el título que está tomado de Julio Cortázar adquiere mayor sentido: no es el Borges babélico (la ciudad de la confusión de lenguas y de la pretensión del conocimiento absoluto) sino babilónico, el lugar de la disipación y las pasiones. Aunque babilónico no parezca un atributo muy borgiano, pese a su relato “La lotería en Babilonia”, cada vez son más las elucubraciones sobre el Borges cotidiano e íntimo que van desde películas a las memorias de Estela Canto y la reciente novela Si de Aníbal Jarkowski.

 

En una lectura azarosa y a los saltos (la única que el género soporta y estimula), Borges babilónico ofrece entradas excepcionales y hallazgos diversos. En “Borges de Bioy”, por ejemplo, Isabel Stratta despliega una escritura precisa (“ráfagas de crítica literaria instantánea”, “conservadurismo pedestre”, “trastienda creativa”) y ensaya respuestas a diversas preguntas: ¿sabía Borges que Bioy estaba registrando las conversaciones que tenían? ¿Qué cambios se producen en la mirada de Bioy sobre su amigo con el paso de los años? ¿Qué “gérmenes de ficciones futuras” se encuentran en las conversaciones?

 

Otra felicidad que depara el volumen son las entradas sobre literatura francesa redactadas por Magdalena Cámpora. Desmitificadoras, recurren a materiales poco conocidos (sobre todo las conferencias dictadas en instituciones francesas) y discuten con lecturas como las de Jacques Rancière y lugares comunes sobre la supuesta francofobia borgiana. Hay entradas previsibles como la de Flaubert o Voltaire, otras más inesperadas (Rimbaud y Diderot) y ausencias llamativas, como las de Roger Caillois. (La enciclopedia está, como no podía ser de otra manera, repleta de omisiones u olvidos, pero el efecto es estimulante, conduciendo la lectura a un sistema de remisiones infinitas).

 

La relación con la literatura francesa que Cámpora define como “ambivalente” deja de serlo en la entrada sobre Rimbaud, quien aparece como su contrafigura. Desde muy joven Borges encontró a Rimbaud “aburrido” (grave injuria), pero a lo largo de los años le sirvió para oponerle un tipo de visionario (Blake, Swedenborg) que no rechazaron “los goces peculiares de la sintaxis” (es decir, que se mantuvieron en la literatura y no se entregaron, como Rimbaud, “a la política y al comercio”). Al ser confrontado con un autor central del canon occidental pero al que se refiere en contadas ocasiones, las entradas de literatura francesa trazan un perfil inesperado de Borges.

 

Otro acierto son las miradas que no omiten la interpretación personal ni la confesión. Edgardo Cozarinsky participa con tres colaboraciones sobre Santiago Dabove, Macedonio Fernández y Victoria Ocampo. Sobre la directora de Sur escribe: “Ante esta mujer hermosa, apasionada, generosa, siempre sentí una admiración más fuerte que cualquier desacuerdo puntual sobre gustos u opiniones”. La opinión no configura un desliz sino la libertad con que los escritores intervienen en la enciclopedia.

 

Quien llega más lejos es Ricardo Piglia con “Memoria”, ensayo en el que actualiza la pregunta de Walter Benjamin sobre la crisis de la narración. Si en Benjamin la crisis se vinculaba al trauma de la guerra, en Piglia su disolución se debe a la captura por parte del Estado de la memoria. Borges aparece, en esta hipótesis, acompañado de la narrativa norteamericana contemporánea (Thomas Pynchon, William Gibson, Philip Dick) y hasta de personajes de la galería del cómic y el cine como el Joker interpretado por Jack Nicholson.


Hasta El proceso de Kafka, en la entrada de Piglia, se transforma de una novela sobre la justicia en un “proceso a la memoria”. Aunque el texto está tomado de su libro Formas breves, la enciclopedia lo dota de nuevos sentidos: ser interpretado bajo la nómina “memoria”, referir a otras entradas en una red de referencias cruzadas y, sobre todo, subrayar su inestabilidad genérica, entre el relato ficcional, el ensayo de autor y la descripción informativa. Otro hallazgo son la cantidad de entradas referidas al mundo árabe y musulmán´; sorprende por su cantidad.

 

El autor Jorge Schwartz, ensayista argentino hace tiempo radicado en Brasil, fue el director del museo Lasar Segall, curador de muestras emblemáticas como Brasil 1920-1950 y autor de libros clave sobre Horacio Coppola, Oliverio Girondo y Oswald de Andrade. Schwartz ya había hecho un libro de consulta obligatoria sobre los manifiestos de vanguardia (Vanguardias latinoamericanas: textos programáticos y críticos); y con Borges babilónico logra lo mismo.

 

No es la primera enciclopedia sobre Borges, hay muchas más, pero esta tiene la característica de incluir a varios de los críticos más importantes de su obra provenientes del área universitaria: Beatriz Sarlo, Daniel Balderston, Ricardo Piglia, Michel Lafon, Carlos García, Emir Rodríguez Monegal, Annick Louis, Ivan Almeida, Saúl Sosnowski, además de incorporar a críticos brasileños de reconocida trayectoria en su país como Leyla Perrone-Moisés, João Adolfo Hansen, Eneida Maria de Souza y Davi Arrigucci. La cuidada edición de Fondo de Cultura lleva el paroxismo de las enciclopedias al límite: contiene una lista y un índice de colaboradores, una bibliografía, un índice de entradas y otro de nombres citados.

 

De todos los artículos de la enciclopedia tal vez el más curioso sea el de “Borges, Jorge Luis”. La entrada reproduce la inventada por el propio Borges cuando, en la edición de las Obras completas de 1974, imagina su destino póstumo en “una Enciclopedia Sudamericana que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074” y que evoca su obra, su fama y “ciertas incurables limitaciones”. Es como si el mundo existiera para terminar en una enciclopedia y que su forma de ordenar las cosas fuese una de las mejores para acceder al conocimiento. Frente a la realidad babilónica que nos agobia, ahí está la apuesta de Borges, enciclopédico y babilónico, tal vez no menos monstruosa.

jueves, 18 de mayo de 2023

A los 64 años, falleció el querido Luis Chitarroni

Hace unas horas se conoció la noticia de la muerte de Luis Chitarroni. Escritor, crítico y, sobre todo, editor, fue un auténtico erudito y una persona fundamentalmente honesta, con quien daba gusto tratar. A modo de homenaje, publicamos a continuación una excelente entrevista que mantuvo con Daniel Gigena y que fue publicada en el diario Perfil, de Buenos Aires, el 22 de diciembre de 2019. En su copete se lee: “Prestigiado hace décadas por ser un escritor para escritores, el editor Luis Chitarroni –uno de los baluartes de la cultura nacional– repasa en esta entrevista momentos centrales de su carrera, que son, a la vez, claves de lectura para comprender el pasado y el presente de la literatura argentina”.

La invención extrema

 

Editor, crítico, narrador y docente, Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958) concluye 2019 con la publicación de un nuevo libro, La noche politeísta (Interzona), que es su primer volumen de cuentos, y la salud recuperada después de algunos trances. Con varios kilos menos y el mismo buen humor que lo ayudó a convertirse en el editor más apreciado por los escritores argentinos, se prepara para ofrecer un nuevo curso en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, en 2020, sobre los escritores de los escritores. Las clases del curso anterior, de 2016, fueron reunidas en un libro donde, como él dice, se preservaron los “momentos de delirio de la oralidad”. Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges), de Malba Literatura, condensa varios atributos: erudición, brillo y capacidad de síntesis a la hora de cartografiar el mapa de la literatura de América Latina a través del prisma borgeano.

 

Entre 2015 y 2016, en pocos meses, Chitarroni debió abandonar dos trabajos por pedido de Pablo Avelluto. Primero, como editor en Penguin Random House y luego en el directorio del Fondo Nacional de las Artes, como asesor en Letras. Desde entonces, halló refugio en uno de los sellos independientes de mayor originalidad en la Argentina: La Bestia Equilátera. A medias vintage, a medias experimental, esa editorial puso en circulación títulos de Julian MacLaren-Ross, Elliott Chaze, Elizabeth Taylor, Muriel Spark, César Aira y David Markson, entre muchos otros. Así que se puede decir que uno de los grandes aportes a la cultura argentina hechos por Avelluto es haber dejado libre y a su aire a un artífice como Chitarroni.

 

—¿Qué reúne su nuevo libro de ficción?

—Lo llamé ciclo de relatos, porque están todos débilmente vinculados. Son como una especie de reparación de El carapálida, porque el primer cuento es sobre un presunto libro que escribió el narrador, que sería El carapálida. El otro cuento era “El síndrome de Pickwick”. Entonces, los compañeros que se reconocen en esa novela quieren vengarse por lo mal que los ha tratado. Hay otro que se llama “El mal de uno”, que también es un regreso a los temas de la infancia, esta cuestión de hacer una reconstrucción del itinerario. Mi idea cuando empecé a escribir El carapálida era, un poco, la de una especie de narrativa autobiográfica que se ocupara de los momentos más importantes, que son los menos significativos, de la vida. Uno era la escuela primaria, y el siguiente, que se iba a llamar “Miopía progresiva”, iba a ser sobre la conscripción, que me tocó justo hacerla con el comienzo del Proceso, en 1976, 1977.

 

—¿Hizo el servicio militar?

—Hice la colimba en el Distrito Militar Buenos Aires, que era el lugar donde incorporaban a la gente, en la calle Balcarce, muy cerca de Michelangelo. Era un lugar privilegiado, me lo decían, pero igual estuve un mes entero sin hablar con nadie, hasta que después empieza la pequeña comunidad. Tiene algo de comunidad y de ceremonia gay, donde vas protegiendo a los otros. Había un sistema de autoprotección entre los soldados. Y después la maldición misma. Me tocó un lugar en el que durante todo el año se hacía revisación médica, porque al revés de la tontería que yo creía y que, en general, creíamos todos, que si vos no te presentabas en la primera llamada te mandaban un regimiento a buscarte, en realidad te iban llamando durante todo el año. Si vos no ibas, no ibas. De haberlo sabido no me presentaba y esperaba la primera amnistía. Tuve que sobrevivir ese año, los primeros meses en un estado casi de esquizofrenia, no hablaba con nadie. Era como si te mandaran a prisión sin que hubieras cometido un delito.

 

—A medida que se iba integrando, ¿podía leer ahí mismo?

—Sí, y había entre los compañeros grandes lectores. Me acuerdo de alguien que leía a Proust en la versión inglesa, la de Scott Moncrieff. Y había gente interesante, como en todos lados. Había también tipos que ejercían una especie de mafia, que les hacían prórrogas y eran más grandes que yo. Yo fui de la primera clase, 1958, que hizo la colimba a los 18 años pero esos tipos ya estaban recibidos y no podían dirigirse a ellos como a nosotros. Los paraban en seco. Todo eso está narrativizado en “Miopía progresiva”. Es curioso, porque a mí me gustaba la música progresiva, y la miopía que tenía fue progresiva hasta los 25 años. Ahora, por ejemplo, la presbicia me corrigió la miopía, y puedo leer casi sin anteojos. Siempre pude leer sin anteojos, porque la miopía te impide que veas de lejos, pero de cerca, podés ver.

 

—¿Empezó a leer libros de muy chico?

—Sí, leyendo cualquier cosa. En mi casa había muchos libros. Estaba la biblioteca de mi hermano, que se repartía entre los libros de educación y los de fútbol, que leía mucho, como los de Dante Panzeri; los libros de mi viejo, que eran las colecciones que se vendían en los quioscos, además de revistas y enciclopedias. El otro día hablábamos con Luis Sagasti de la colección Lo sé todo. Nos preguntábamos qué era ese orden inventado por las enciclopedias. Porque el orden de las enciclopedias era disparatado. Empezaban por el mamut y terminaban con un viaje espacial, o la amistad, o alguna abstracción. Yo pensaba que tal vez ese orden era el mejor de todos, porque la realidad no aparece en orden; los amigos no aparecen alfabéticamente, nada tiene un diseño. Pensaba en Roland Barthes, por ejemplo. Tampoco hay que tratar de no ser convencional cuando lo convencional conviene más que ninguna otra cosa. Entonces, Barthes ordena alfabéticamente. Pero en estas enciclopedias el orden es diferente. Mi viejo había sido muy lector de Salgari y de Verne, y en esa época había una especie de dogma de la clase media que era Stefan Zweig; había una serie de escritores europeos, de pensamiento liberal, algunos trágicos, como Zweig, que se había suicidado en Petrópolis junto con su mujer, y Herman Hesse, Thomas Mann. Esos libros estaban en mi casa. Dostoievski, Tolstoi, y por supuesto, en ese momento era un lector fervoroso, como mi padre, de Roberto Arlt. Mi hermano era borgeano y lo despreciaba un poquito.

 

—Se imaginaba como lector de Borges desde la adolescencia.

—Después uno fue también cambiando de posición, y Arlt dejó de interesarme, no completamente, porque considero que era genial, en especial por los atajos que toma y por las cosas que hace, y la forma de tomarse la literatura. Borges era un gran conocedor de la literatura, de la historia de la literatura y de la intimidad de sus razonamientos y conquistas. Entonces lo que pienso de Borges es eso, que más allá de que no le hayan dado el Premio Nobel, era un hombre que sabía cuáles eran las estrategias para quedar, para sobrevivir. En ese sentido, Arlt era un escritor adolescente, que te atrae porque no especula para nada. Uno puede decir que Borges era un especulador y no ganó el Premio Nobel; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Era un momento en el que él hacía pronunciamientos y la mayoría de los jurados que estaban en Suecia simpatizaban con la izquierda, y él quedaba muy mal parado. Mi papá, aunque no le gustaba Borges, quería que yo lo leyera y me regaló las Obras completas el mismo año en que salieron, en la década de 1970. Ahí empecé a leerlo seriamente, con esa especie de culpa que te dan las obras completas, porque el libro pesa mucho, significa algo. Creo que uno debe leer lo más desprevenidamente posible.

 

—¿Leer desprevenidamente es una especie de lema de tu trabajo como editor?

—Absolutamente. Una especie de deseo, porque en realidad, a medida que pasa el tiempo, te vas sobrecargando de prejuicios, y estás menos desprevenido. La Bestia Equilátera es un anacronismo. Publicamos a Elizabeth Taylor. Taylor era una escritora increíble, sencillamente no había sido traducida al castellano. Ahora, también tuvimos éxito con ella; quiere decir que no se había intentado publicarla. Y eso que ahora, sobre todo las editoriales españolas, están traduciendo como nunca, mucho más que antes. Antes había escritores que quedaban directamente vedados por, a veces, la ignorancia de los editores. Este es un momento en el que la ignorancia es costosa. Ayer me regalaron una novela magnífica de Eric Schierloh, que es el director de la editorial Barba de Abejas, sobre Melville. Y me despertó la curiosidad de por qué resulta Melville tan atractivo. Es un escritor increíble y tiene como zonas oscuras, y a veces uno piensa que era un loco, o casi un loco. Y el tiempo que tarda en reconocerse Moby Dick. Cuando salió Moby Dick, fue muy maltratada por la crítica, no se dieron cuenta de que ese libro es increíble, es como un pequeño Ulises, con la combinación de estilos. El le escribió a Nathaniel Hawthorne, de quien estaba un poco enamorado: “He escrito un libro impío y me siento inmaculado como un cordero”. Le dedica Moby Dick a Hawthorne. Era un personaje carismático y muy atractivo, diría casi lo contrario que su contemporáneo estricto, que era Walt Whitman.

 

—El anacronismo es evidente en el catálogo de La Bestia Equilátera. Cuando era editor en Sudamericana, ¿las opciones que tenía eran más acotadas?

—En realidad era muy feliz, en el sentido de que podía editar mucha narrativa argentina. De ahí salió Gustavo Ferreyra, María Martoccia, Daniel Guebel, gente que para mí era un enorme placer editar. Pero, por otro lado, había una serie de compromisos, era una época en que se editaba mucha literatura que se decía que era, en ese momento, coyuntural, y muchísimos libros de periodismo.

 

—¿Tenía que ocuparse también de los libros de periodismo?

—En la primera época, en 1986, 1987, absolutamente de todo. No sólo era otro siglo, también era otro mundo, donde se tardaba en hacer un libro, se tardaba en corregirlo y, a partir del momento en que entraba en producción, vos perdías el contacto con ese libro. Por lo tanto, las contratapas tenías que hacerlas a partir de las “invenciones del recuerdo”, como el título del libro de Silvina Ocampo. Tenía que hacer una especie de reconstrucción en la que había grandes lagunas y ráfagas de olvidos. Había una colección que dirigía Arturo Infante, que ahora está en Chile, que se llamaba “Saber y Superarse”. Era una colección muy exitosa de autoayuda, y muy precoz, en un momento en que la autoayuda recién empezaba a imponerse. Agradezco mucho haber estado en contacto con todo ese material. Después se fue dividiendo el trabajo, estaba Paula Viale, otras personas, la editorial fue creciendo y cada uno fue teniendo distintas especialidades.

 

—¿Y quedó Ud. con la narrativa argentina?

—Exactamente. De la narrativa extranjera había muy poco que pudiéramos editar. Primero porque los derechos resultaban caros; segundo, porque era el momento de apogeo de Anagrama en España. Muchos libros, de Truman Capote o Tim O’Brien, los teníamos que hacer con participación. Cuando queríamos conseguir algún derecho, teníamos una cantidad enorme de rechazos, porque el libro ya estaba vendido. Me acuerdo de que cuando comenzamos con Ricardo Piglia una colección de policiales que se llamaba “Sol Negro”, Ricardo eligió un libro, Neuromante, de William Gibson y, al mismo tiempo, lo elige Paco Porrúa, que en ese momento tenía Minotauro en España. Entonces había que editarlo en alguna de las dos colecciones. Creo que Ricardo tuvo la generosidad de cederlo, o fue que nunca accedimos al precio que pedían. Porrúa era uno de los editores más geniales que tuvo la Argentina y empezó haciendo una colección en Sudamericana de algo por lo que nadie apostaba mucho, que era la ciencia ficción. Yo diría que hasta tenía peor prensa que el thriller, porque ya había habido una revolución del thriller norteamericano, y se valoraba. La ciencia ficción que publicaba Porrúa era extraordinaria.

 

—¿Trabajaba con Enrique Pezzoni?

—Sí, él tenía un problema porque era decano o jefe en Letras, entonces había uno o dos días en que no podía ir. Pero en realidad, empecé cubriendo una suplencia, porque él se iba a enseñar tres meses a Estados Unidos, y ahí había quedado yo. El había sugerido que iniciáramos juntos el trabajo. Uno iba a la mañana, y el otro iba a la tarde. Yo tenía dos trabajos, por supuesto, como corresponde en este país. Trabajaba no me acuerdo en qué a la mañana, y a la tarde iba a la editorial, y él se ocupaba de la facultad. Había un día, el miércoles, en que nos encontrábamos y discutíamos el material leído. Con la exigencia de Enrique, porque era muy silencioso y leía fluidamente en cualquier idioma, hasta en alemán. Te sometía a su exigencia, no porque te estuviera probando, sino que la conversación misma era un gran intercambio de lo que habíamos leído. Enrique murió muy joven. No había sido alumno de él, sino que nos conocíamos de la revista Sitio, una revista de psicoanálisis en la que él había colaborado. Creo que el nexo fue Luis Gusmán. Era una revista en la que estaban Ramón Alcalde, Enrique, Jorge Jinkis, Eduardo Grüner y Gusmán. Y ahí tuvieron la compasión de publicarme. Mucho antes, yo escribía para revistas de rock, reportajes y, sobre todo, notas sobre artistas extranjeros, de David Bowie a Joni Mitchell. Era una revista que se llamaba Audio, sostenida por los avisadores de uno de los pocos negocios florecientes en la dictadura, que era traer equipos de audio. Eso permitía que yo escribiera sobre lo que quería. Las primeras críticas bibliográficas aparecieron en Sitio, que tampoco duró mucho, habrá durado dos o tres años. Ellos con gran generosidad me dejaban ocuparme de los temas que quería. Eso también fue una cosa que uno debe agradecer.

 

—¿Cuando era editor rechazaba libros por escrito?

—Había inventado una especie de editora que tenía un nombre alemán, Astrid o Ingrid, que era la que se encargaba de dar las malas noticias. Escribía las cartas de rechazo, aunque no me explayaba. Suele ser como una especie de función. Algunos casos daban para explayarse, en el sentido de libros que creía podían mejorarse, porque en general lo que vos ves es que hay libros que están mal desde el comienzo y hay que reformularlos. Pero, por ejemplo, las fallas de dispositio, de suministro de información, se pueden remediar perfectamente, se pueden hablar con los autores. Me acuerdo del gran Eduardo Belgrano Rawson, del propio Charlie Feiling o de Martoccia, que agradecías que te trajeran ese material. Cuando Ferreyra trae su primera novela, que después se llamó El amparo y de la cual después escribió la contrapartida, El desamparo, el primer título era El receptor de carozos, por un personaje al que cada tanto alguien le escupía un carozo. Era un personaje muy humillado. Le dije que la novela era buenísima, pero con ese título parecía una novela de Alberto Laiseca. Laiseca se animaba a llamar a un libro Matando enanos a garrotazos, pero Sudamericana era más convencional. Si bien había salido una novela de Laiseca por la editorial, no la había editado yo, la había editado Enrique. Se llamaba Aventuras de un novelista atonal, que es de la vieja época.

 

—¿Llegó a contar la cantidad de libros que editó?

—Nunca. Ni la cantidad de contratapas que hice. A veces forzosamente, y otras a contratiempos, porque el libro ya estaba a punto de salir, y yo no recordaba bien detalles, nombres, sobre todo, los lugares en donde ocurrían ciertas acciones.

 

—¿Siente que cambió mucho la labor editorial de ese momento, los años 80, 90, respecto de la época actual?

—No. Creo que el editor siempre ocupa el lugar que tiene que ocupar. El editor debe ser una especie de moderado consejero y también debe aprender a renunciar. A mí no me tocó nunca un autor que se negara a colaborar conmigo si yo le decía algo razonable. Había, claro, personajes que tenían algo de encantador y de insoportable a la vez, como Quique Fogwill, que era una especie de contradictorio. Sorokin había descubierto para la sociología rusa la figura del contradictorio. El mejor guerrero en las comunidades indias era un contradictorio; cuando le ordenaban algo, hacía lo contrario. Quique tenía un poco de eso. Era una especie de contradictorio de la tribu. De él publicamos Vivir afuera, Restos diurnos, que era una colección muy linda de cuentos, hasta que se peleó conmigo, como se había peleado antes con Juan Forn. Entonces, el editor es un consejero moderado que no trata de imponer nada. Vos le decís: “Mirá, parece que la información que das en el capítulo dos sería mejor que la dieras en el ocho, porque rompés cierta situación de suspenso que el libro tiene”. Había casos en los que la lectura era muy pormenorizada. Un escritor que era muy receptivo en ese punto, y muy atento, era Osvaldo Soriano, que también editamos en Sudamericana. Porque era como un continuista. Quería que vos le dijeras si había dejado una puerta abierta en el capítulo anterior y nadie la había cerrado, quería saber cosas para las que en el cine se utiliza al continuista. Las de él eran tramas muy apoyadas sobre la acción, entonces no quería que se le pasara nada de eso. Pero yo era más distraído que él, así que deben haber quedado muchas puertas abiertas por mi culpa, no la de Soriano, que de verdad ponía una gran atención.

 

—Algunos escritores argentinos actuales hacen carrera rápidamente.

—Ahora, en general, los jóvenes autores tienen agentes, y los agentes rápidamente se ocupan de conseguir traducciones, con lo cual son muy favorecidos. Yo siempre contaba que César Aira tuvo que vivir haciendo traducciones durante toda su vida hasta poder conseguir el estatus que consiguió publicando más de cien libros, que los autores jóvenes consiguen con una cantidad asombrosamente menor de traducciones. De las novelas argentinas que yo publicaba, salvo Soriano, que tenía sus contactos en Francia y en Italia, al único que se publicó en Francia fue a Belgrano Rawson por Fuegia. Y en gran medida, por unos editores que creían que era un libro más documental de lo que es en realidad. En general, ahí también funciona como una ley del malentendido de la traducción. Para nosotros, en esa época de muy mala venta de narrativa fue una especie de best seller. Creo que era una época peor que esta, porque ahora hay un montón de editoriales emergentes o independientes, que se ocupan de la gente. Antes, en las editoriales grandes tenías que ocuparte de toda la gente que escribía porque no había salida, o llevaban su trabajo a Planeta o a Sudamericana. No había alternativas. A lo sumo a Ediciones de la Flor, que era la más independiente de todas. Cuando yo empecé a trabajar en Sudamericana, el editor de De la Flor era Daniel Link.

 

—Sus primeras ficciones fueron tardías.

—Claro, no porque no escribiera, sino porque no publicaba. Porque, en gran medida, El carapálida, que es mi primera novela, de 1997, es muy tardía. Es un libro que me costó mucho tiempo terminar, y mucho tiempo escribir, y mucho tiempo saber qué forma iba a tener. Quería que cada capítulo estuviera predeterminado por un estilo distinto, que no sé si logra entreverse. Y después, Peripecias del no. Diario de una novela inconclusa es casi una solución que encontré a una novela que se llamaba Las equidistantes, que era una novela acerca de un corrector de pruebas a quien convierten en editor de una revista que se llamaba Agrafa. Entonces tenía mucha elaboración y nunca llegaba al tema, así que decidí desordenar eso, provocar una especie de combustión interna e implosión, y dejar esas esquirlas. Es un poco como, y esto es muy pedante decirlo, trabajaba Jean-Luc Godard con el cine en la década de 1960, con el montaje como asociación, por tramas, pero tramas de las que no importaba ya la resolución, sino cierto momento, cierta combinación que a mí me convenía. Lo tardío de mi experimento demuestra lo retardado que yo era.

 

—Muchas de las lecturas críticas de “Peripecias del no” más bien narran las propias experiencias de esos lectores.

—Sí, totalmente, de desciframiento. Y algunos se aburrían rápidamente del procedimiento. Yo me acuerdo de las buenas. Por ejemplo, Piglia me escribió antes que nadie, diciendo que le encantaba el libro. Y después salió una muy buena de Beatriz Sarlo. También salió una muy buena de Matías Serra Bradford. Pero en general, eran críticas desconcertadas. Y hubo muy buenos lectores, como Rafael Cippolini. Era gente que estaba muy acostumbrada a ciertos desafíos de vanguardia. Creo que Peripecias del no es tardía e infructuosamente un libro de vanguardia, en un momento en el que a nadie le importaba. Hoy importa menos que incluso en ese momento.

 

—¿Y qué importa ahora, si ya no importa la vanguardia?

—Parece que ha habido un regreso a ciertas narrativas más convencionales. Sin embargo, por ejemplo, M, de Schierloh, se emparenta con Peripecias del no. El de Luis Sagasti, que se llama Leyden Ltd., es un libro de notas al pie de un libro que no existe, es decir que invierte por completo la noción narrativa de Hemingway acerca de cómo debe ser un relato. El decía que debe ser como un iceberg en el que lo importante pasa abajo, mientras arriba, uno ve la superficie. Acá lo que ve uno es todo lo que hay abajo, la nota al pie. Y es un gran libro. También se logró cierta gran maestría, como puede ser Guillermo Martínez, o Pedro Mairal, hablo de gente ya grande. O Samanta Schweblin, donde se nota cierta influencia anterior de Liliana Heker. Es una gran apropiadora de la modernidad, te diría que como nadie. Es alguien que sabe lo que pasa actualmente. Y eso también es un mérito enorme. A mí me encanta también, aunque no sea tan joven, María Gainza, con La luz negra y El nervio óptico. Son novelas casi de no ficción, pero de mucho tema.