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martes, 1 de noviembre de 2011

¿Un verbo en lugar de un nombre propio?



Nuestro amigo Juan Gabriel López Guix viene publicando en El Trujamán una serie de articulitos (¿acaso pretexto para un futuro libro?) a propósito de la traducción de la Biblia. Todos pueden ser consultados on line, pero el de ayer –más exactamente, el número 27– ha generado una apostilla de nuestro también amigo Andrés Ehrenhaus, quien, ante la imposibilidad de realizar comentarios directos en El Trujamán por la mecánica del sitio, ha elegido como foro de discusión el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Dada la calidad del trabajo de ambos traducciones y su probada capacidad para la reflexión, es de esperar que, si se plantea algún debate, éste sea bueno.

Que seré, seré
 
Ya lo he dicho pero lo repito: la excelente y larga serie de notas a la traducción de la Biblia que viene publicando López Guix en El Trujamán es tan pertinente como inspiradora; lástima que el formato de esa magnífica "revista diaria de traducción" (y no digo lo de magnífica porque de vez en cuando asome por ahí mi despareja prosa sino más bien por todo lo contrario: porque nos regala el raro e insustituible placer de leer a los colegas y acercarnos así, como de entrecasa, a sus pre ocupaciones diarias) no permita hacer comentarios al vuelo, aunque bien mirado se entienden perfectamente los porqués. El caso es que algunos trujamanes más que otros suscitan en este lector el atrevimiento de echar un poco más de leña a la caldera, y el foro del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires es un brasero perfecto para la comunicación horizontal rápida y abierta. Así que, después de repartir flores a diestra y sinatra como un mayorista con exceso de stock, allá va mi brasa.

En el último de los mencionados trujamanes, López Guix se ocupa del controvertido pasaje del Éxodo (6:2) en que el dios se significa ante Moisés y, en la versión de Nácar-Colunga, le dice: "Yo soy Yavé" . Tal como refiere el artículo, esta declaración es un eco de la que tres pasajes antes, en 3:14, cuando lo de la zarza en llamas, el mismo dios le ofrece al mismo interlocutor, que le había preguntado que quién es. Y ahí, al menos en la versión que tengo más a mano, que es la de Cipriano de Valera, la respuesta es: "Yo soy el que soy", con una nota al pie en la que aclara que el nombre YHWH se relaciona aquí con el verbo hebreo hayah, ser. Lo cual me recordó que Henri Meschonnic, en una entrevista perteneciente el libro La poética como crítica del sentido (Mármol-Izquierdo, Buenos Aires, 2007, traducción de Hugo Savino), alude críticamente a ese preciso pasaje y a sus sucesivas traducciones a partir de la interpretación determinante de la Setenta. Meschonnic se queja de que incluso la versión oficial del rabinato se deje influir a menudo por el texto griego en detrimento del hebreo, y cita como ejemplo "patético" [sic] de ello esa misteriosa y desafiante declaración divina: ehié / asher ehié, seré que seré.

Reniega Meschonnic también de San Jerónimo, que tradujo "ego sum qui sum", soy quien soy o lo que soy, dando pie a muchas de las versiones posteriores. De lo que se trata aquí es de que donde el dios relaciona como propia seña de identidad dos verbos en incumplido, el vértigo hermenéutico de la tradición que nos ha tocado en suerte no supo o no pudo eludir la angustia del sujeto. ¿Por qué? Siempre para Meschonnic, porque interesa absolutizar lo divino, generar una teología negativa, de la que se desprende inmediatamente que lo humano no puede saber nada de lo divino. Soy el que soy, muchacho. Un ajo y agua de trascendencia absoluta. En cambio (y cito), "a partir del momento en que se respeta el valor de futuro de ehié, se entiende que la promesa hecha por Dios a Moisés es una promesa indefinida. Es lo divino como principio creador de la vida separada de lo sagrado, que abre lo infinito de la historia."

Interesante, ¿no?, que nos estemos peleando filológicamente por un nombre propio cuando lo que había, lo que hay, es un verbo. Un verbo, para más inri, cuya efectividad no es presente. Un verbo que nos remite a otra traducción , más reciente y aparentemente torpe hasta que se la analiza a la luz de la Biblia: cuando Livingston y Evans titularon "Qué será, será (Whatever will be, will be)" la canción que hizo célebre Doris Day en El hombre que sabía demasiado, ¿estaban pensando en cuadrar la métrica de los versos españoles con los ingleses o los que sabían demasiado eran ellos?

martes, 1 de junio de 2010

Lo que vale la pena traducir

Allá por la prehistoria –vale decir, el 25 de junio de 1999–, Juan Gabriel López Guix publicó un brevísimo texto en El Trujamán, que ahora, gracias a la nueva ordenación en items temáticos a la que la publicación virtual ha sido sometida, resulta más fácil localizar. Como de costumbre, muy pocas palabras le han sido suficientes al administrador del sitio dedicado a Saki (http://sakipedia.blogspot.com/) para decir lo suyo y lo bueno, como de costumbre, es que sus ideas nos ayudan a pensar más allá de los lugares comunes sobre la traducción.

El loco y el lápiz

Fue el poeta Robert Frost (foto) quien dijo aquello de que poesía es todo aquello que se pierde en la traducción. Como frase no está mal. Con ella Frost se une a quienes consideran la traducción como un proyecto inherentemente fallido. No se trata de una imposibilidad absoluta o filosófica, al estilo de Ortega o Schleiermacher, quienes hablan de la traducción como una empresa «utópica» o «descabellada» en el sentido de considerar como tal toda empresa humana; sino de una afirmación literal: la poesía es intraducible.

No obstante, es mucho menos arriesgado sostener que la poesía es intraducible... para casi todos. (Del mismo modo que es imposible para casi todos hacer los cien metros en menos de diez o doce segundos; lo cual no excluye que el entrenamiento pueda servirnos para mejorar nuestras marcas.) Lo cierto es que siempre habrá un loco con un lápiz capaz de lograr cosas asombrosas. Y, en el camino, hacer que su solución parezca sencilla.

Quizá resulte más acertado afirmar que poesía es todo aquello que merece ser traducido. Y como frase tampoco está mal.

lunes, 26 de abril de 2010

Conclusiones sobre una encuesta para escritores

Juan Gabriel López Guix, además de muy buen traductor, es posiblemente uno de los individuos más equilibrados y respetuosos, tanto en la ponderación del trabajo como de las opiniones ajenas. Por ello, el Administrador, sirviéndose de sus acostumbradas malas artes, lo ha engatusado con todo tipo de promesas y engañifas para que sacara alguna conclusión sobre la encuesta realizada en este blog con escritores de la lengua castellana. Y es lo que se lee a continuación.

Unas breves conclusiones

Jorge Fondebrider ha tenido la amabilidad de pedirme un resumen-comentario de la encuesta sobre la traducción hecha con 29 escritores en lengua castellana (13 argentinos, 5 mexicanos, 3 colombianos, 3 españoles, 2 uruguayos, 1 chileno, 1 peruano y 1 venezolano) y cuyos resultados se publicaron a lo largo de once días en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, entre el 24 de marzo y el 3 de abril del 2010. Intentaré cumplir el encargo a pesar de cierta ambigüedad presente en las preguntas. Al analizar las respuestas he optado por elegir el rasgo más definitorio en la respuesta, aunque abundaban los casos en que se destacaban varios. Espero no haber obrado de modo abusivo con demasiados entrevistados.

Primera pregunta: ¿En qué se reconoce una buena traducción? En otros términos, ¿cómo definiría una buena traducción?

¿Buena para qué y para quién? ¿A qué traducción o a qué clase de traducción se refiere el entrevistador y, mejor aún, el entrevistado? En muchos casos, éste explicita el tipo de obra al que se refiere, pero en otros sólo cabe deducirlo. Algunas respuestas parecen mencionar un criterio de excelencia restrictivo, aplicable a determinadas traduciones; o hablan en términos generales a partir de un tipo muy concreto de obras. Se trata de una dinámica muy habitual cuando se habla de traducción.

Otro rasgo compartido con el discurso general sobre la traducción –y que se refleja en la mayoría de respuestas a la encuesta– consiste en presuponer la excelencia del original. En el caso de las obras canónicas, es evidente que es así (aunque alguien dijo que incluso Homero dormitaba a veces), pero éstas constituyen un porcentaje muy reducido de las obras literarias traducidas. Y, por lo demás, el ámbito de la traducción supera con creces el de lo «literario». El contexto de la encuesta conduce a suponer que ésta se refiere exclusivamente a lo canónico (a un subgrupo de un subgrupo), pero se trata de algo ímplicito, y Jorge Aulicino, al modo de los llamados filósofos presocráticos, detecta la fisura y la pone en evidencia. Cabe suponer que algunos originales, en tanto que artefactos o construcciones, pueden no alcanzar los niveles de excelencia textual o estilística postulada por ellos mismos. ¿Diríamos entonces que no parecen originales?

Además, en su generalidad, la pregunta permite respuestas (legítimas) que emiten juicios al margen del original. ¿Qué figura de lector responde a las preguntas? ¿Un lector ingenuo o un lector crítico (en términos de traducción)? Cuando actuamos como lectores ingenuos, nos entregamos sencillamente al placer de la lectura. En algunas preguntas parece responder un lector ingenuo; en otras, un lector crítico.

Debe destacarse también que los mismos términos empleados pueden llegar a ser confusos: ¿qué se entiende por literalidad? ¿Es, en sí, algo negativo? ¿Puede ser una traducción literal, transparente y buena? De algunas respuestas parece deducirse que sí (o al menos eso es lo que se pide); pero, en otras, esos términos son incompatibles.

La ambigüedad de la pregunta y la cantidad de ímplicitos hacen difícil extrar una conclusión uniforme. Podría darse el caso de que todos los entrevistados estuvieran de acuerdo en considerar como buena una traducción concreta, por lo que he intentado centrarme en el lenguaje empleado para definir «buena traducción».

Desde este punto de vista, lo más llamativo quizá sea que un 17 por ciento de los encuestados (Andruetto, Jeanmaire, Bellessi, Jaramillo, Chirinos) responde, de una forma u otra, que buena traducción es la que se niega a sí misma. Esta respuesta dice más de la concepción que tiene el entrevistado acerca de la traducción que de los requisitos que ésta debe cumplir para ser considerada «buena», puesto que deja sin definir qué es una traducción en la medida en que, según esta formulación, una buena traducción es, en cierto modo, una no traducción. Sin duda, quienes han respondido de este modo también podrían estar de acuerdo, por ejemplo, en la afirmación de que una buena traducción es aquella que recrea una obra autónoma y autosostenida o aquella que permite una lectura placentera, pero lo significativo de la respuesta es que elige una definición (o una no definición) de la traducción en tanto que ausencia o carencia, es decir, como algo intrínsecamente negativo.

Un segundo grupo (21 por ciento) utiliza la terminología de la transparencia o hace hincapié en el placer provocado por el ajuste a las convenciones de la lectura (Millán, Bonnett, Zondek, Valle, Lara, Salvador). Aunque aquí Verónica Zondek pone de manifiesto el peligro que comporta seguir este criterio: «la traducción puede haber inventado el texto por completo».

Un tercer grupo (24 por ciento) subraya, con diferentes matizaciones, algún tipo de criterio que supone una correspondencia con el original, ya sea en términos de efecto similar o de ajuste a sus rasgos formales característicos (Sylvester, Villoro, Spregelburd, Magnus, Echevarren, Aulicino, Aguilar). Santiago Sylvester y Ariel Magnus parecen centrarse más en los efectos provocados por la lectura («una emoción lingüística similar», «la misma sensación de familiaridad o extrañeza»). Juan Villoro, Rafael Spregelburd y Jorge Aguilar Mora hablan de una «lealtad» o «fidelidad» no literal capaz de mantener el «ritmo esencial» (Villoro), producir un sentido desplazado (Spregelburd) o trasladar el mundo conceptual recurriendo a aproximaciones de equivalencias (Aguilar Mora). Roberto Echevarren y Jorge Aulicino señalan como fundamental «mantener la economía» del original (Echevarren) o su mismo grado de acierto o fracaso (Aulicino). Al hacer hincapié en esto último (el fracaso), Jorge Aulicino equipara buena traducción con mal texto (lo cual permite también no despojar un original de su cualidad de texto por el hecho de ser defectuoso).

Un cuarto grupo, el mayoritario (31 por ciento), responde afirmando, de un modo u otro, que una buena traducción construye (recrea) con otros medios una obra autónoma (Gandolfo, Cote, Morábito, Kartun, Serrano, Aguirre, Garland, Gamero, Erenhaus). También mencionan, como hacen otros, la relación con el original (en especial, Elvio Gandolfo), pero parecen subrayar más la autonomía de la traducción en tanto que obra con derecho propio.

Por último –y tal como están formuladas–, habría que agrupar en una categoría «Otros» (7 por ciento) dos respuestas: «como las de Borges» (Glantz) y «las del futuro» (Kamenszain).

Segunda pregunta:¿Le molesta leer un libro traducido a otras especies del castellano? Si sí, ¿por qué?

Formulada de este modo, la pregunta deja abierta a la interpretación del entrevistado su ámbito de aplicación. Ahora bien, ¿hasta qué punto es posible considerar como equivalentes unas opciones léxicas diatópicas en el caso de un ensayo, un poema de Celan, una obra de Shakespeare y una novela contemporánea plagada de argot callejero? En la pregunta se mezclan en realidad dos cuestiones (al menos): la del uso por parte de la traducción de opciones léxicas que (quizá inevitablemente) tienen una marca local en situaciones en que dicha marca no existe en el texto original y su uso en situaciones en que la marca está presente y la traducción intenta mantenerla por medio de la localización. Muchos entrevistados hacen matizaciones al respecto, pero otros no.

Un primer grupo de entrevistados (21 por ciento) no parece, en principio, especialmente molesto por el uso de otras «especies» del castellano (Cote, Bellessi, Aguilar, Lara, Salvador, Chirinos).

Un segundo grupo (24 por ciento) afirma, sin grandes precisiones, que se siente molesto por el uso de opciones léxicas locales (Jeanmaire, Bonnett, Echavarren, Zondek, Kartun, Aulicino, Jaramillo).

Y, por último, un tercer grupo, mayoritario (55 por ciento), indica una molestia matizada por algún tipo de salvedad. Cabría hacer en él una subdivisión en dos grandes bloques. Por un lado, las respuestas del primer bloque (38 por ciento) que expresan molestia sólo ante un uso excesivo o injustificado de la localización sin que parezca que hacen una distinción especial en cuanto a procedencias y teniendo en cuenta, en cierto modo, las características del original y de su género (Gandolfo, Sylvester, Villoro, Spregelburd, Morábito, Magnus, Millán, Andruetto, Serrano, Valle, Ehrenhaus). Y, por otro, un segundo bloque (17 por ciento) agrupa a quienes se sienten particular y exclusivamente molestos con el castellano de España (Aguirre, Garland, Glantz, Gamerro, Kamenszain).

Tercera pregunta: ¿Quiénes, en su opinión, han sido buenos traductores en su país? ¿De qué obras?

Esta pregunta podría permitir la compilación de pequeños Parnasos nacionales de traductores, aunque quizá sólo sea posible hacerlo con cierta representatividad en relación con Argentina, de donde proceden casi la mitad de las respuestas, trece de veintinueve.
El «canon» de traductores argentinos citados está encabezado por Gerardo Gambolini y Enrique Pezzoni, con 4 menciones, y luego aparecen citados tres veces Aurora Bernández, Jorge Luis Borges, Jorge Fondebrider y Alberto Girri. Los cinco escritores mexicanos muestran un acuerdo casi unánime en torno a Antonio Alatorre y Tomás Segovia, mencionados cuatro veces; Sergio Pitol es citado tres, y Fabio Morábito, Octavio Paz y José Luis Rivas, dos. Aunque a la encuesta sólo han respondido tres escritores colombianos, también entre ellos hay un alto grado de consenso: Nicolás Suescún es citado por todos ellos, y José Manuel Arango, William Ospina, José Carlos Restrepo y Margarita Valencia aparecen dos veces.

Algunos entrevistados no han querido ceñirse al ámbito nacional de la pregunta (lo cual podría señalar un rechazo implícito al concepto de literatura nacional; sobre todo en el caso de Elvio Gandolfo) y han ofrecido nombres de traductores de otros países. Miguel Sáenz, por ejemplo, aparece mencionado por dos entrevistados no españoles (y por un español). El caso extremo sería el de la argentina Tamara Kamenszain, que sólo cita al poeta brasileño Haroldo de Campos.

El catálogo final resulta heterogéneo, puesto que a veces se ciñen a ámbitos o géneros muy concretos; otras, a obras consideradas canónicas o, por el contrario, a lecturas más particulares (o que se adivinan más incidentales). Algunos entrevistados citan un nombre, otros bastantes más. En un caso (Bonnet) se afirma que no hay muchos buenos traductores (aunque cita tres); en otro (Garland), la entrevistada cita dos obras de las que no recuerda el nombre del traductor (son los españoles Aníbal Leal y Joan Parra). En el polo opuesto Elvio Gandolfo, Juan Villoro, Fernando Serrano y Jorge Aulicino citan más de diez. Aulicinio, aunque se centra en la traducción poética (y cita a más de una veintena de traductores), abre la puerta a la posibilidad de considerar como buenos traductores a aquellos que han traducido obras que escapan al ámbito de lo literario. Menciona en primer lugar a la traducción del Contrato social de Rousseau, una traducción censurada. Lo cual, en realidad, pone de manifiesto la distinción entre traducción relevante y buena traducción.

Las respuestas permiten dar un contexto más concreto a lo dicho en la primera pregunta. De modo especial, dos autores argentinos (Kartun y Spregelburd) coinciden en sus gustos y se entrecitan. Otro, uruguayo, se cita únicamente a sí mismo (Echavarren). Este último autor se menciona, además, como traductor de poesía rusa; lo cual, por supuesto, no permite presuponer nada negativo acerca de la calidad de esa traducción (Ezra Pound no sabía chino), pero sí que sirve para matizar su respuesta a la primera pregunta (una buena traducción «debe mantener la economía del original, vale decir el ritmo, tensión, economía verbal, todo esto escogiendo en cada caso las expresiones y vocablos más idóneos»). Todo ello lleva a pensar que existen criterios de calidad que muchas veces no son mencionados en la definición de una «buena» traducción. Sea lo que sea lo que eso quiera decir.

domingo, 18 de abril de 2010

Sobre traducción automática

Biógrafo y traductor, el británico David Bellos es profesor de Literatura Francesa en la Universidad de Princeton, donde es director del Programa de Traducción y Comunicación Intercultural de dicha casa de estudios. Ganador en 2005 del primer Man Booker International Prize para la traducción por sus versiones del escritor albanés Ismail Kadare, se ha especializado en la obra de Georges Perec, de quien tradujo al inglés Las cosas,  La vida. Instrucciones de uso y W o el recuerdo de infancia, entre otros muchos títulos. El siguiente artículo, publicado el 20 de marzo de este año en el New York Times y reproducido con la autorización de su autor, fue traducido por Patricia Parra con Juan Gabriel López Guix.

Yo, traductor

Todo el mundo es capaz de contar una anécdota sobre traducciones espantosas: una carta incomprensible en un restaurante de Croacia, una señal de peligro plagada de cómicas faltas en una playa francesa... La traducción «hecha por personas» resulta igual de inadecuada en otros ámbitos más importantes. En nuestros tribunales y hospitales, en los organismos militares y de seguridad, hay traductores mal pagados y sobrecargados de trabajo que se equivocan con millones de interacciones vitales. No cabe duda de que la traducción automática puede ayudar en esos casos. Sus legendarias meteduras de pata no suelen ser peores que las cometidas por las personas sometidas a presión.

Y la traducción automática ha demostrado su utilidad en situaciones más urgentes. Cuando Haití quedó devastado por un terremoto en enero, los equipos de ayuda llegaron de forma masiva a la arrasada isla hablando decenas de idiomas, pero no en criollo haitiano. ¿Cómo podía un superviviente atrapado entre los escombros proporcionar información útil a los rescatadores a través de un teléfono móvil? De tener que esperar la llegada de un intérprete chino, turco o inglés, quizá habría muerto antes de ser comprendido. La Universidad Carnegie Mellon enseguida facilitó sus datos de voz y texto compilados en criollo haitiano, y una red de desarrolladores voluntarios improvisó un sistema de traducción automática en poco más de un fin de semana largo. No producía una prosa de gran belleza; pero funcionó.

De modo reciente, las ventajas y desventajas de la traducción automática han sido objeto de un debate cada vez mayor entre los traductores de carne y hueso debido a los grandes progresos realizados durante el último año por Google Translate, el último gran competidor en este campo. De todos modos, se trata de un debate que comenzó con el nacimiento de la propia traducción automática.

La necesidad de una traducción automática rudimentaria se remonta a los inicios de la Guerra Fría. Los Estados Unidos decidieron que tenían que analizar cualquier texto en ruso procedente de la Unión Soviética, y no había suficientes traductores para hacer todo el trabajo (como tampoco los hay ahora para traducir todos los idiomas que los Estados Unidos quieren supervisar). La Guerra Fría coincidió con la invención de los ordenadores, y «descifrar el ruso» fue una de las primeras tareas encomendadas a esas máquinas.

Warren Weaver, el padre de la traducción automática, decidió abordar el ruso como si se tratara de un «código» que oscurecía el verdadero significado del texto. Su equipo y los que vinieron después, tanto en los Estados Unidos como en Europa, optaron por proceder con sentido común: consideraron que una lengua natural está formada por un léxico (un conjunto de palabras) y una gramática (un conjunto de reglas). Si se pudiera introducir en una máquina los léxicos de dos idiomas (algo relativamente fácil) y se le pudiera proporcionar además el conjunto completo de reglas mediante las cuales las personas construyen combinaciones significativas de palabras en esos dos idiomas (una cuestión más discutible), la máquina sería capaz de traducir de un «código» a otro.

Los lingüistas académicos de la época (entre los que descollaba Noam Chomsky) también consideraron que una lengua era un léxico y una gramática capaz de generar una infinidad de frases diferentes a partir de un conjunto limitado de reglas. Ahora bien, como observaron en aquel entonces los lingüistas antichomskyanos de Oxford, también son una infinidad los coches que pueden salir de una fábrica de automóviles británica, cada uno con su propio defecto diferente. A lo largo de las cuatro décadas posteriores, la traducción automática alcanzó diversos resultados provechosos; pero, al igual que el sector automovilístico británico, no llegó a cumplir con las expectativas de la década de 1950.

Estamos ahora ante una criatura de otra especie. Google Translate es un sistema de traducción automática estadístico, lo que quiere decir que no intenta desmenuzar ni comprender nada. En lugar de desmontar una frase y volver a montarla en la lengua «meta», como hacen los traductores automáticos más antiguos, Google Translate busca en algún lugar de la Red frases similares en textos ya traducidos. Una vez localizada la combinación existente más probable por medio de un dispositivo de reconocimiento estadístico increíblemente rápido e inteligente, Google Translate la escupe cruda o, si es necesario, un poco cocinada. Y de este modo simula ─sólo simula─ lo que suponemos que ocurre en la cabeza de un traductor.

Google Translate, que maneja en este momento 52 idiomas, esquiva la pregunta teórica de los lingüistas sobre qué es el lenguaje y cómo funciona en el cerebro humano. En la práctica, los idiomas se usan para decir las mismas cosas una y otra vez. Quizá en el 95 por ciento de todos los enunciados, la urraca electrónica de Google es una herramienta fabulosa. Con todo, tiene dos importantes limitaciones que es necesario que comprendan los usuarios de este o de cualquier otro sistema de traducción automática estadístico.

La frase meta proporcionada por Google Translate no es ni debe confundirse nunca con la «traducción correcta». No sólo porque no existe tal cosa como una «traducción correcta». Sino también porque Google Translate sólo ofrece una expresión formada por los sintagmas equivalentes más probables tal como los ha calculado su análisis de un conjunto astronómicamente elevado de frases emparejadas encontradas en la Red.

Los datos proceden en gran parte de la documentación de organizaciones internacionales. Miles de traductores humanos empleados por las Naciones Unidas, la Unión Europea y otros organismos han dedicado millones de horas a producir con precisión esos dobletes que Google Translate es ahora capaz de seleccionar. Deben existir traducciones humanas para que Google Translate tenga algo con lo que trabajar.

La calidad variable de Google Translate en los diferentes dobletes lingüísticos disponibles se debe en gran parte a la disparidad entre las enormes cantidades existentes en la Red de traducciones hechas por personas entre dichas lenguas.

¿Y qué hay de la escritura de verdad? Google Translate puede realizar milagros aparentes porque tiene acceso a la biblioteca mundial de Google Books. Seguramente por esto, cuando se le pide traducir al inglés una famosa frase de amor de Les misérables («On n’a pas d’autre perle à trouver dans les plis ténébreux de la vie») Google Translate nos ofrece este digno resultado: «There is no other pearl to be found in the dark folds of life», que resulta ser idéntico a una de las muchas traducciones publicadas de esta gran novela. Es una hazaña impresionante para un ordenador, pero ¿y para una persona? Basta con ir a buscar la vieja edición en rústica del trastero.

Además, el programa es muy irregular. La frase inicial de En busca del tiempo perdido de Proust aparece como un agramatical «Long time I went to bed early»; e igual de inservibles son los resultados en el caso de la mayoría de los otros clásicos modernos.

¿Podrá Google Translate ser útil alguna vez para la creación de nuevas traducciones literarias al inglés o a otro idioma? Lo primero que hay que decir es que, en realidad, no hay necesidad de que haga eso: los aspirantes a traductores de literatura extranjera no escasean, y están pidiendo a gritos más oportunidades para publicar su trabajo.

Ahora bien, aun cuando hubiera necesidad, Google Translate no podría hacer nada útil en este ámbito. No está concebido ni programado para tener en cuenta la intención, el contexto real ni el estilo de ningún enunciado. (Cualquier sistema capaz de hacerlo constituiría un auténtico logro histórico, pero ese milagro ni siquiera está en el orden del día de los desarrolladores más avanzados de traducción automática.)

Sin embargo ─haciendo por un momento de abogado del diablo─, si uno adoptara una visión claramente negativa sobre algún género de ficción extranjera contemporánea (por ejemplo, las novelas francesas sobre adulterios y herencias) y considerara que tales obras no tienen nada nuevo que decir y sólo emplean fórmulas repetidas, cabría suponer que, una vez escaneado y subido a la Red un número suficiente de tales novelas traducidas, Google Translate podría hacer una simulación bastante buena de la traducción de otras regurgitaciones de esa índole.

¿Y qué? La traducción literaria no es eso. Con obras realmente originales —y, por lo tanto, que vale la pena traducir— la traducción automática estadística no tiene ninguna posibilidad. Google Translate puede proporcionar servicios formidables en muchos ámbitos, pero no está configurado para interpretar o hacer legible una obra no rutinaria, y no es justo pedirle que lo intente. Después de todo, ante los auténticos desafíos de la traducción literaria, también los seres humanos lo pasan mal.

domingo, 14 de marzo de 2010

Un cambio de título significativo

La editorial española Alpha Decay, en su colección Alpha Mini,  con motivo del centenario de Edgar Alan Poe, publicó en 2009 una nueva traducción del famoso cuento "La mascarada de la muerte roja", labor que llevó a cabo Juan Gabriel López Guix. A él también se debe el valioso prólogo de esa edición que, con la debida autorización, reproducimos a continuación.

La recepción de Poe

La gloria europea y latinoamericana de Edgar Allan Poe (1809-1849) fue, en gran medida, un triunfo de la traducción de Charles Baudelaire. En realidad, Baudelaire no fue el primer traductor al francés de Poe, que se tradujo –o se plagió– en diversas ocasiones en Francia a partir de 1844. Sin embargo, la fascinación por el personaje y su obra llevó al autor de Las flores del mal a traducir más de cuarenta textos y publicarlos entre 1848 y 1865 en revistas y periódicos diversos. Esas traducciones sirvieron de base para la introducción del autor estadounidense en múltiples culturas.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, la figura de Poe no dejó de crecer, envuelta con el aura del prestigio francés. En el ámbito hispánico, Poe fue —desde la primera traducción al castellano de 1853 (una versión de «Un cuento de las montañas Escabrosas») hasta principios del siglo XX— el autor estadounidense más traducido y el escritor anglosajón más popular. Sus cuentos se publicaron innumerables veces, tanto en España como fuera de ella. Buena parte de esas traducciones —y no sólo en los primeros años— se efectuaron a partir de la versión de Baudelaire, quien también influyó de modo decisivo en la difusión del mito del «malditismo» de Poe. Baudelaire utilizó como principal obra de referencia (aunque en un primer momento se basó en las versiones aparecidas en publicaciones periódicas) la recopilación preparada póstumamente por Rufus Griswold (1850 y 1856), quien añadió a su edición una biografía plagada de falsedades e inexactitudes. Griswold, que sentía una gran aversión por Poe, lo había sucedido en la dirección de la revista Graham's y le rechazó diversos manuscritos (entre ellos, «El cuervo»). Como muestra de sus sentimientos, resulta ilustrativo el inicio de la nota necrológica que escribió para el New York Tribune:

"Edgar Allan Poe ha muerto. Murió anteayer en Baltimore. Esta noticia asombrará a muchos, pero pocos se entristecerán por ella. El poeta era bien conocido, de forma personal o por su fama, en todo el país. Tenía lectores en Inglaterra y en varios países de la Europa continental. Sin embargo, tenía pocos o ningún amigo. Los lamentos por su muerte provendrán, sobre todo, de la consideración de que con él pierde el arte literario una de sus estrellas más brillantes, aunque erráticas."

La descripción de Poe como loco y alcohólico encajaba perfectamente con el interés baudelairiano por la figura del poeta maldito y visionario. Con el tiempo, no dejaron de crecer los datos espurios en torno a la vida y las disipaciones de Poe, y el autor acabó convertido en el imaginario popular en un personaje digno de sus propios cuentos. En los primeros años del siglo XX, el traductor de una edición madrileña de sus Nuevas historias extraordinarias lo presentaba en los siguientes términos:

"En la noche correspondiente al 6 de Junio del 1849, un hombre mortalmente ebrio fué recogido de una calle de Baltimore y conducido al hospital, donde falleció al segundo día, mártir de esa horrible dolencia denominada combustión espontánea. Aquel hombre era Edgar Allan Poe, el soberano cantor de Leonor y Ligeia, el magnífico poeta, visionario, el narrador sorprendente é incomparable de lo sobrehumano, de lo maravilloso y de lo terrible."

De máscaras y mascaradas
Poe publicó la primera versión de este cuento en 1842 bajo el título «The Mask of the Red Death» («La máscara de la Muerte Roja»), coincidiendo con la aparición los primeros síntomas de la tuberculosis que acabaría en 1847 con la vida de su esposa Virgina. Volvió a publicarlo en 1845 con algunos cambios menores y una modificación de importancia: el título pasó a ser «The Masque of the Red Death» («La mascarada de la Muerte Roja»). Esta segunda versión fue la recogida en la edición póstuma de Griswold. Las dos palabras, mask y masque, son homófonas en inglés, pero el sutil cambio desplaza el énfasis desde la máscara hasta el baile de máscaras. La nueva grafía hace menos hincapié en el personaje del intruso y subraya, en cambio, la idea del baile (en realidad, una danza de la muerte) y sus participantes.

Baudelaire tradujo el título como «Le masque de la Mort Rouge». A falta de una mayor investigación, dos hipótesis son posibles para explicar este título. Quizá Baudelaire utilizó de entrada la primera versión («The Mask of the Red Death») en su traducción publicada en el periódico Le Pays (22-23 de febrero de 1853) y que no he podido localizar en la Bibliothèque Nationale de France. En ese caso, luego la habría retocado para introducir las pequeñas variantes del segundo texto de Poe («The Masque of the Red Death»), pero no modificó el título, seguramente por razones estéticas (1).

La segunda hipótesis, más interesante y fructífera, es que Baudelaire utilizara una acepción desusada (siglo XVI) de la palabra francesa masque, recogida en algunos diccionarios (en el Grand Robert de la Langue Française y el Grand Larousse Encyclopédique, pero no en el Dictionnaire de l'Académie la Langue Française), que ofrecen masque como sinónimo de mascarade. Esta posibilidad de la lengua francesa permitió a Baudelaire perfeccionar de modo extremo el juego lingüístico iniciado por Poe y fundir los dos significados en una misma forma, en una suerte de plasmación léxica de esa búsqueda del doble que tanto lo fascinó. Dada la enorme influencia del poeta francés en la difusión de la obra de Poe, no es aventurado pensar en una posible confusión entre masque («máscara») y masque («mascarada») en el momento de las primeras traducciones al castellano del cuento, que fijaron su título.

La versión más antigua que he podido localizar es la efectuada por J. C. en 1890, incluida en Historias extraordinarias (Barcelona, Biblioteca del siglo XIX). Es posible que la fecha pueda retrasarse. Julio Cortázar tradujo el relato en Roma a lo largo de 1953 (Obras en prosa, Río Piedras, Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, 1956). En catalán, Carles Riba lo publicó con el título «La màscara de la mort roja» en 1913 (revista Catalunya, 340) y, más tarde, en 1915, en el primer volumen de sus Històries extraordinàries (Barcelona, Societat Catalana d'Edicions, 2 vols., 1915-1916). Sobre todos ellos, incluso cuando parten del inglés, se extiende la poderosa sombra de Baudelaire. Historias extraordinarias traduce el título de la primera recopilación de Poe publicada por Baudelaire; Obras en prosa es la traducción del título del tomo de La Pléiade (1951) que contiene los cinco volúmenes recopilados por el poeta francés.

Ante la imposibilidad del castellano de jugar en este caso con homofonías y dobles, la presente versión vuelve a Poe y a su énfasis en la mascarada, una celebración de origen popular que se introdujo en el siglo XVI en las cortes europeas (Italia, Francia) y gozó de gran predicamento en Inglaterra, en las cortes de Isabel I y, sobre todo, de Jacobo I y Carlos I. Este tipo de diversión, que mezclaba alegoría, disfraces, grandes decorados, danza y música, alcanzó su esplendor con Ben Johnson durante la primera mitad del siglo XVII, pero declinó tras el reinado de Carlos I, que concluyó con una guerra civil y la decapitación del monarca.

Sobre esta traducción
La presente versión intenta sustraerse a la presencia dominante de Baudelaire, cuya influencia se deja sentir de modo claro en los traductores posteriores, incluso cuando utilizan como partida el texto de Poe. Es el caso de Riba y de Cortázar. Dado que Baudelaire logra por medio de pequeños cambios y explicaciones una mejor adaptación a las expectativas estilísticas de los lectores franceses, sus aciertos constituyen a veces una tentación demasiado grande a la que ni uno ni otro pueden resistirse en ocasiones. Tanto es así que, a veces, da la impresión de que están traduciendo dos originales.

En esta versión, el deliberado intento de huir de la poderosa tutela baudelairiana ha exigido una profunda atención a ciertos aspectos formales del cuento. Baudelaire, por ejemplo, no mantiene (como tampoco Cortázar, pero sí Riba) la crucial estructura del relato en catorce párrafos. Se ha procurado además dar aquí la debida importancia a las repeticiones, que refuerzan la cohesión léxica y el ritmo, un aspecto en el que de nuevo Riba parece mostrarse en algunos puntos ligeramente más atento. También se restituye aquí un importante elemento estilístico, que ninguno de los tres traductores mantiene, el antropomorfismo del reloj de ébano. Y lo mismo se ha hecho con algunas mayúsculas, que alegorizan ciertas figuras mencionadas.

La labor de traducción se ha comparado a veces con la lucha de Jacob contra el ángel (Génesis, 32). Esta versión ha exigido, como siempre, un forcejeo con el texto original, pero además ha requerido también un esfuerzo por intentar no sucumbir a la magnética influencia de esos otros tres titanes que son Baudelaire, Riba y Cortázar.

Utilicé éste y otros cuentos de Poe en un curso de Traducción Literaria impartido en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona a lo largo del curso académico 2003-2004. He vuelto ahora al borrador que utilicé en aquella ocasión y a otras versiones que recopilé para mis alumnos. Al revisar esos materiales, he recordado la entrega con que realizaron el ejercicio propuesto y desearía mencionarlos aquí. Esta traducción es también un poco de ellos. Fueron Cristina Álvarez, Beatriz Benítez, Marina Bernardo, Andrea Caravaca, Guillem Castañar, Beatriz Chia, Mar Fombuena, Marién García, Ana Girós, Noelia Jiménez, Arturo Lozano, Andreea Marcan, Ana María Martínez, Susana Ortega y Anna Romero.

Una de las imágenes habituales de la traducción, fruto sin duda de la herencia romántica, presenta al traductor enfrascado desde la soledad de su creación en un combate individual contra el texto de partida. La realidad de nuestro mundo interconectado desmonta esta hermosa metáfora. Quisiera dejar constancia aquí de la generosa ayuda que, en diferentes momentos de esta traducción y de la investigación que ha comportado, me han brindado Soledad Galilea, Marietta Gargatagli, Jacqueline Minett, Celia Filipetto, Javier Guerrero, Jesús Moreno, Maialen Marín, Joan Sellent, Françoise Lenoir, Bruno Janin y Elisa Martí.

La muerte y la nada
«La mascarada de la Muerte Roja» puede leerse como una reflexión sobre la muerte y la lucha del hombre contra ella. El cuento —que imita el marco narrativo de El decamerón— está estructurado en catorce párrafos que dividen la narración en dos mitades dotadas de ritmos muy diferentes: la primera, centrada en la descripción, y la segunda, en la acción. Esta estructura textual refleja la estructura arquitectónica del conjunto de estancias en las que transcurre el relato; unas estancias, por otra parte, que pueden relacionarse con las siete edades de la vida del hombre mencionadas en Como gustéis (acto II, escena VII), en uno de los más célebres monólogos de Shakespeare:
All the world's a stage,
And all the men and women merely players.
They have their exits and their entrances,
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages.

El mundo es un escenario;
los hombres y mujeres, simples actores.
Tienen salidas y entradas;
y un hombre hace en la vida muchos papeles,
son sus actos siete edades.

No han faltado quienes han establecido una correlación entre esas siete etapas de la vida (niño, joven, amante, soldado, juez, payaso, niño de nuevo) y los siete colores de las estancias del duque Próspero (azul, púrpura, verde, anaranjado, blanco, violeta, negro). No es ésta la única referencia shakespeariana, puesto que Poe reelabora en «La mascarada de la Muerte Roja» algunos materiales de La tempestad. Como el duque de Milán, protagonista de Shakespeare, también el Próspero de Poe se encuentra recluido en un espacio limitado (una isla desierta, en el caso del primero; una abadía fortificada, en el caso del segundo). Ambos ejercen un poder absoluto sobre sus dominios, que transforman en lugares deliciosos; y ambos aspiran a una perfección que no parece de este mundo (en el Saber, uno; en la Belleza, el otro). En las dos obras, la mascarada desempeña un papel central: protagónico en Poe y central también en Shakespeare, hacia el final de la apoteosis triunfal de Próspero, quien interrumpe el baile al recordar la conspiración de Calibán, el personaje que representa las fuerzas de lo indomeñable y que al principio de La tempestad maldice a Próspero: «¡Que la peste roja te lleve por enseñarme tu lengua!» (acto I, escena II). Sin embargo, la mascarada, que en Shakespeare es una celebración de la vida a cargo de ninfas y segadores, se convierte en Poe en una afirmación de la muerte. Su mascarada se transforma en una danza macabra, una igualitaria danza de la muerte que proclama la horrorosa inevitabilidad de la extinción.

Philippe Ariès ha estudiado las representaciones de la muerte en Occidente: en la Alta Edad Media, una imagen dominante fue la del polvo y las cenizas, el pulvis es, et in pulverem reverteris de la Vulgata; en los siglos XIV-XVI, dominaron los motivos de lo macabro, las imágenes de la corrupción ligada a la descomposición del cadáver; los siglos XVII-XVIII privilegiaron la llamada morte secca, el esqueleto limpio y casi abstracto. Sin embargo, a partir del siglo XIX, tras el auge de las Luces y como resultado del progreso científico, empezó a difundirse una noción moderna de la muerte como pura negatividad, como nada absoluta, en una ruptura radical con la creencia en la continuidad post mortem admitida por la humanidad desde los tiempos más remotos. Curiosamente, junto con esta nueva imagen de la muerte, la literatura y las artes decimonónicas vieron renacer el tema de la danza macabra. Poe utiliza en su cuento varias de estas representaciones. La muerte aparece descrita primero bajo la apariencia macabra típica del final de la Edad Media, producto directo de las grandes mortandades provocadas por la peste en la Europa de los siglos XIV y XV, y después, tras el arrebatamiento de la máscara en la última sala, cuando esperaríamos encontrar quizá una simple aunque terrible calavera, descubrimos la visión más terrible aun de la nada indecible. Nada pueden ante ella nuestros afanes y nuestras búsquedas por sublimes que sean, salvo reaccionar con el horror y el silencio definitivo. El cuento se convierte así en una parábola de la aniquilación. En la última estancia, situado en la pared más cercana al poniente, un reloj de ébano no deja de registrar el paso ineludible del tiempo. En la mitad exacta del relato, al final del séptimo párrafo —y de modo casi simétrico al descubrimiento del intruso en el octavo párrafo–, Poe lo subraya mediante un abrupto cambio estilístico, abandonando el tiempo pasado de la narración y haciéndonos oír sus campanadas en presente, una suerte de recordatorio perpetuo de que tempus fugit y, a la vez, de que mors omnia vincit.

Nota
(1) Su texto sigue de modo evidente la segunda versión del relato, que en unos catorce lugares presenta divergencias que podrían tener un correlato claro en la traducción. De todos modos, su traducción parece coincidir o se explica mejor con la primera versión en tres lugares (marcados a continuación en negrita): «les impulsions soudaines du désespoir extérieur» (primera versión: «the sudden impulses of despair from without»; segunda versión: «the sudden impulses of despair»), «et que les plus âgés et les plus rassis passaient leurs mains sur leurs fronts» (primera versión: «and that the more aged and sedate passed their hands over their brows»; segunda versión: «and the more aged and sedate passed their hands over their brows») y «son goût personnel qui avait commandé le style des travestissements» (primera versión: «his own guiding taste which had given character to the costumes of the masqueraders»; segunda versión: «his own guiding taste which had given character to the masqueraders»).

sábado, 20 de febrero de 2010

Un marco apropiado para el debate

Con el buen tino de costumbre, Juan Gabriel López Guix consigue reorientar el debate, en esta breve intervención, suscitada por las últimas entradas a propósito de a qué castellano se traduce y cuáles son las responsabilidades del traductor.

El problema transatlántico

En relación con el interesante problema de lengua utilizada en las traducciones, el debate sobre el español de aquí y de allá tiene el grave peligro de que es muy fácil que el aspecto geográfico enmascare el aspecto realmente importante, el literario. Con el consiguiente efecto indeseado de que el debate degenere en una guerra de banderas y personalismos. En la entrada "Decisiones y responsabilidades" (17 de febrero del 2010) del blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, Jorge Fondebrider cita una traducción plagada de decisiones de traducción que, según afirma, resultan en un tono general "que parece excluir a cualquier lector que no sea peninsular". Creo que se trata de una apreciación demasiado general y que, en cierto modo, puede llevar el debate a un terreno no deseado. Quizá habría que matizarla, puesto que no es improbable que haya también lectores peninsulares que se encuentren incómodos con opciones como las citadas y a quienes les resulte difícil seguir sosteniendo en tales circunstancias la burbuja de la ficción. Por ello, creo que nos encontramos ante un problema estilístico, no lingüístico. De otro modo, tendríamos que postular la existencia de lectores peninsulares "no peninsulares".

En cuanto a la parte de las responsabilidades, es cierto que en el mundo editorial peninsular muchos editores, revisores y traductores parecen embebidos de una actitud patrimonialista con respecto a la lengua. En las jornadas tituladas "La utopía del castellano neutro" organizadas por el Club de Traductores Literarios y el Centro Cultural de España en Buenos Aires que se celebraron en esa ciudad a principios de noviembre del 2009, Gerardo Gambolini expuso el caso extremo de una traducción suya encargada por la editorial Turner en las que sus opciones, lingüísticamente comprensibles de modo "transatlántico" y acertadas en términos estilísticos, fueron cambiadas en el proceso de revisión realizado en Madrid por otras, localistas en lo lingüístico y, lo que es peor, incorrectas en lo estilístico. Y ello en una traducción que debía venderse sólo en Argentina.

En realidad, el problema no es tanto la utilización de palabras diatópicamente marcadas, sino que el que éstas carezcan de justificación estilística y saboteen la propia coherencia de la obra. Los traductores no somos Pierre Menards capaces de borrar por completo cualquier rastro de nuestros orígenes (por más que el "lector empírico", entregado al fervor de la ficción, pida exactamente eso). Cierta sensibilidad literaria puede ayudar a atenuar las distancias, pero, sobre todo, a armar una ficción literaria autosostenible y susceptible de posibilitar la suspensión voluntaria de la incredulidad.

Desde una posición extrapeninsular, los comentarios sobre las traducciones "españolas" tienen a incurrir en la generalización abusiva de considerar la lengua empleada como un conjunto homogéneo, olvidando que existen diferencias entre el centro y en la periferia peninsular, que el castellano meridional presenta unos usos mucho más cercanos a los americanos y que el colectivo traductor "español" tiene una buen representación de traductores argentinos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La Biblia de Zapatero

Traductor hasta la médula, Juan Gabriel López Guix nos envía esta breve columna en la que cuenta cómo resolvió el misterio de la Biblia que cita en sus discursos el actual y atribulado presidente de España.


Llámese jornal o salario, todos lo necesitamos

Recientemente, el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero tuvo ocasión de leer un pasaje de la Biblia ante un selecto público estadounidense. Eligió un fragmento que pertenece a los versículos 14 y 15 del capítulo 24 del Deuteronomio. Según la transcripción de sus palabras:

No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque él está necesitado, y su vida depende de su jornal.

Los lectores sensibles a la traducción nos preguntamos cuál fue la versión bíblica seleccionada por los asesores de Zapatero. Las primeras opciones en las que uno puede pensar quizá sean la Biblia de Jerusalén o, de modo más tradicional, la Nácar-Colunga. Sin embargo, en ellas el fragmento es el siguiente:

No explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus hermanos o un forastero que resida en tus ciudades. Le darás cada día su salario, sin dejar que el sol se ponga sobre esta deuda; porque es pobre, y para vivir necesita de su salario... (Biblia de Jerusalén, 1975)

No oprimas al jornalero pobre e indigente, sea uno de tus hermanos o uno de los extranjeros que moran en tu tierra, en tus ciudades. Dale cada día su salario, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita... (Nácar-Colunga, 1965)

Tras esta comprobación, puede asaltarnos una duda salpicada de incredulidad: ¿será una Reina-Valera? Se comprenderá el desasosiego ante la posibilidad de que Zapatero cite una Biblia protestante, cediendo al mismo síndrome de Zelig que hizo hablar castellano con acento tejano a su predecesor en el cargo. Pero no, ninguna de las versiones más usuales es la fuente de Zapatero.

No hagas agravio al jornalero pobre y menesteroso, así de tus hermanos como de tus extranjeros que están en tu tierra en tus ciudades: En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo: pues es pobre, y con él sustenta su vida... (Reina-Valera, 1909)

No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida... (Reina Valera, 1960)

No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida... (Reina-Valera, 1995)

La opciones se reducen. ¿Alguna de las excelentes versiones de Luis Alonso Schökel?

No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea hermano tuyo o emigrante que vive en tu tierra, en tu ciudad; cada jornada le darás su jornal, antes que el sol se ponga, porque pasa necesidad y está pendiente del salario... (Nueva Biblia Española, 1975; Biblia del Peregrino, 1996; La Biblia de Nuestro Pueblo, 2006)

Negativo. La perplejidad nos lleva en este punto a cotejar la Biblia patrocinada por san Josemaría Escrivá de Balaguer:

No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus hermanos o un extranjero que viva en tu tierra, en tus ciudades: le pagarás su jornal en el mismo día, antes de que el sol se ponga, porque es pobre y de él depende su vida... (Ediciones de la Universidad de Navarra, 1997)

E incluso la versión castellana conforme a la tradición judía de Moisés Katznelson:

No oprimirás a tu asalariado pobre y necesitado, ya sea de tus hermanos (de Israel) o de los extranjeros que habitan en tu ciudad. Le darás su paga en su día, antes de la caída del sol, en consideración a su pobreza... (Katznelson, 1996)

Ah, claro, es la reciente versión interconfesional publicada por la BAC, la editorial Verbo Divino y las Sociedad Bíblicas Unidas. Pero tampoco:

No explotarás al jornalero pobre y necesitado, bien se trate de un hermano tuyo israelita o bien de un inmigrante que reside en tu tierra, en tus ciudades. Le pagarás su jornal cada día, antes de la puesta del sol, porque él es pobre y su vida depende de ese jornal... (Biblia Traducción Interconfesional, 2008)

No queda más opción que recurrir a Goggle, que nos da la anhelada respuesta:

No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque él está necesitado, y su vida depende de su jornal.

El resultado pertenece a Wikisource (proyecto Wikipedia), que dice contener, sin que sea cierto, la Biblia de Jerusalén de 1975. Sin embargo, no puede ser —aunque nunca se sabe— que los asesores de la presidencia del gobierno español recurran a la Wikipedia para elaborar sus discursos. Con alivio descubrimos, tras una búsqueda más profunda, que se trata del texto de la única versión en castellano que, sin mención de traductoría, cuelga del sitio oficial del Vaticano: la traducción argentina realizada por Alfredo B. Trusso y Armando J. Levoratti y llamada El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia (1990).

viernes, 22 de enero de 2010

Un blog dedicado a Saki

Es probable que muchos de los lectores de este blog ya conozcan a Juan Gabriel López Guix, uno de los mejores traductores españoles de la actualidad, además de docente y frecuente invitado en esta casa. Uno de sus mayores vicios –a esta altura no hay otra forma de describirlo– es la obra de Hector Hugh Munro, verdadero nombre del escritor británico nacido en Birmania al que la fama conoce como Saki (1870-1916). Juan Gabriel tradujo sus cuentos completos en 2005, para la editorial Alpha Decay, encabezando un equipo que incluyó a Libertad Aguilera, Verónica Canales, Gabriel Dols, Roberto Falcó, Laura Manero, David Serrano y Roser Vilagrassa, y desde entonces no para. De hecho, no contento con eso, abrió un blog dedicado al autor de "Sredni Vashtar", por citar al primer cuento de Saki traducido al castellano nada menos que por Adolfo Bioy Casares en 1940. Quien desee leer esta historia in extenso y de paso escuchar el cuento en cuestión contado para la televisión por el gran escritor argentino Alberto Laiseca no tiene más que dirigirse al ameno y erudito Sakipedia (http://sakipedia.blogspot.com/search/label/Bioy%20Casares%20%28Adolfo%29), donde hay sobradas garantías de pasarla bomba.

lunes, 18 de enero de 2010

El primer director de la Residencia de Estudiantes de Madrid fue un traductor


Un artículo de Juan Gabriel López Guix, recientemente publicado en 1611, a propósito del centenario de la Residencia de Estudiantes y de Alberto Jiménez Fraud ((Málaga, 4 de febrero de 1883 - Ginebra, 23 de abril de 1964), pedagogo español), su primer director.


2010: centenario de la Residencia de Estudiantes
Alberto Jiménez Fraud y la traducción

En 1910, la Iglesia católica se veía como una ciudadela sitiada. Tras sufrir en las décadas anteriores una serie de embestidas procedentes de los campos más diversos, desde la arqueología y la ciencia en general hasta la filosofía, el arte y la filología, pasando por la expulsión del papa de los Estados Pontificios, Roma consideraba que el panorama general era «oscuro y desolador». Había intentado defenderse en un principio con la promulgación en el Concilio Vaticano I (1869-1870) del dogma de la infalibilidad papal. Sin embargo, para empeorar las cosas, desde el interior de la propia Iglesia, algunos pensadores católicos adoptaron, hacia finales del siglo XIX, una postura historicista ante la Biblia y el magisterio de la Iglesia, poniendo en duda, entre otras cosas, la autoría mosaica del Pentateuco y la autenticidad de algunos episodios de la vida de Jesucristo e intentando un aggiornamento del catolicismo con respecto a los sistemas filosóficos y científicos modernos.

Uno de los representantes más destacados de ese movimiento fue Alfred Loisy (1857-1940), quien en 1902 publicó L'Évangile et l'Église, un «pequeño libro rojo» (se lo llamó así por el color de la cubierta, a partir de la segunda edición) en defensa del catolicismo frente a los ataques del teólogo protestante Adolf von Harnack (1851-1930). En esa obra, Loisy interpretaba las Escrituras desde un punto de vista histórico y concebía la Iglesia como una institución que debía adaptarse continuamente a los tiempos.

La respuesta de Roma en la primera década del siglo XX contra el modernismo en general y contra Loisy en particular adoptó la forma de una sucesión de cartas, decretos y encíclicas que culminó en 1910 con la encíclica Editae, que renovó las condenas anteriores, y el motu proprio Sacrorum Antistitum, que impuso al clero (hasta 1967) un juramento antimodernista. En 1907, Loisy fue objeto de una excomunión mayor, y se prohibió a los fieles mantener relación alguna con él. A pesar de esa medida, Loisy siguió defendiendo hasta su muerte las mismas ideas como profesor del Colegio de Francia.

El libro de Loisy fue traducido en España en torno a 1910 con el título El Evangelio y la Iglesia. (La fecha es incierta y pudo ser en los últimos meses de 1909.) Su traductor fue Alfredo Jiménez Fraud, y la editorial, la Librería de Francisco Beltrán. En 1911 vieron la luz otras dos importantes obras modernistas: La política clerical y la democracia de Romolo Murri, en traducción de José Sánchez-Rojas (Librería de Francisco Beltrán), y El anticlericalismo de Émile Faguet, en traducción de Luis de Terán (La España Moderna).

En España, las ideas modernistas tuvieron un eco relativamente escaso, restringido a círculos intelectuales, y no tanto como renovación desde el interior de la propia Iglesia, sino como parte de un movimiento más general de regeneración política, social e intelectual ligado a figuras republicanas, laicas o propugnadoras de un catolicismo liberal. El krausismo, marginal en el resto de Europa, vehiculó la corriente de renovación ética y de acercamiento a Europa, gracias sobre todo a la Institución Libre de Enseñanza, que había sido fundada en 1876 por Salvador Giner de los Ríos y un grupo de catedráticos de la Universidad de Madrid defensores de la libertad de cátedra. Ligada a ella se creó en 1907 la Junta para la Ampliación de Estudios (presidida por Santiago Ramón y Cajal y alentada por José Castillejo), que impulsó el desarrollo de la ciencia y la cultura españolas a través de un programa de intercambio de profesores y alumnos con las universidades europeas y dio lugar a un florecimiento de la vida intelectual inédito en la historia de España, un empeño que quedaría truncado por la guerra civil.

En 1910, el gobierno liberal de José Canalejas, siguiendo las recomendaciones de la Junta para la Ampliación de Estudios, llevó a cabo una profunda reorganización de la ciencia española con la creación del Centro de Estudios Históricos, la Escuela Española en Roma de Arqueología e Historia, el Instituto de Ciencias Físico-Naturales, la Asociación de Laboratorios, la Residencia de Estudiantes y el Patronato de Estudiantes. La dirección de la Residencia de Estudiantes fue encomendada a Alberto Jiménez Fraud (1883-1964), discípulo de Francisco Giner de los Ríos.

Como director de la Residencia, cargo que ocupó hasta 1936, Jiménez Fraud congregó en torno a ella a muchos de los que serían los científicos e intelectuales españoles más destacados del siglo XX. Organizó ciclos de conferencias que promovieron la visita de algunos de los principales artistas, pensadores e investigadores del momento (Albert Einstein, Henry Bergson, Louis Aragon, Herman Keyserling, Maurice Ravel, Ígor Stravinski, Marie Curie, John Maynard Keynes, Le Corbusier, entre otros). Convenció a Juan Ramón Jiménez para que se encargara en un primer momento del programa de publicaciones de la institución. A partir de 1914 y hasta 1935, la editorial de la Residencia publicó una treintena de volúmenes con obras de Ortega y Gasset, Eugenio d'Ors, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Azorín y el propio Juan Ramón Jiménez y muchos otros.

De modo paralelo, Jiménez Fraud emprendió un proyecto editorial propio (bautizado con sus apellidos) en el que publicó a diversos autores extranjeros, franceses y rusos principalmente (estos últimos en versiones directas): Balzac, Vigny, Nerval y Baudelaire (Pedro Vances), Chateaubriand (M. G. B), Musset (Pedro Salinas) y Descartes (Manuel García Morente); Pushkin y Lermontov (G. Portnof), Turguéniev (Keller) y Dostoievski (s. t.). También publicó La Biblia en España de George Borrow (1921), cuya traducción encargó a su amigo Manuel Azaña. Con el pseudónimo de Juan de Málaga, Jiménez Fraud firmó traducciones de Alejandro Dumas (El tulipán negro, 1921), Joseph-Arthur Gobineau (Emelina, 1921) y Téofilo Gautier (La maja y el torero, 1922).

En 1936, se exilió a Francia con su mujer Natalia de Cossío. En 1937, impartió un curso sobre la universidad española en el el King's College de Cambridge. Ese mismo año, la editorial argentina Sur publicó con el título Desterrados su traducción (la primera en castellano) de la única obra teatral de James Joyce, Exiles. En 1938, fue nombrado profesor del New College de Oxford, donde permaneció hasta 1953 dando cursos sobre la historia de la universidad española y, tambien, sobre literatura española. Esos intereses intelectuales se ven reflejados en los tres volúmenes de Historia de la universidad española (Colegio de México, 1943-1947) y en Juan Valera y la generación de 1868 (Dolphin Books, 1956). Tras jubilarse de la Universidad de Oxford, empezó a trabajar como temporero en las Naciones Unidas, en Ginebra, y a pensar en la recuperación del legado de la Residencia con vistas al quincuagésimo aniversario de la fundación de la Residencia. Esa conmemoración se plasmó en el libro Cincuentenario de la Residencia de Estudiantes, 1910-1960, editado de forma privada en Oxford en 1960. En 1963, visitó brevemente Madrid. Murió el 23 de abril del año siguiente, mientras se encontraba en Ginebra. Está enterrado en el Cementerio Civil de Madrid.

En cierto modo, resuenan ecos actuales en sus palabras escritas en 1960:

"El mundo cambia con inmensa rapidez, y la educación tiene que atender, sin duda, a las nuevas exigencias que ese cambio impone; pero también es cierto que estamos corriendo el peligro de confundir la educación con la tecnología, y de juzgar del valor de la educación por lo que ofrezca de instrucción técnica y de enseñanzas industriales. Los pueblos que mayor influencia ejercen hoy en nuestra civilización están dominados por los valores materiales, y han tomado una actitud decididamente pragmática con respecto a la educación."

viernes, 6 de noviembre de 2009

Tercera mesa redonda del simposio del CCEBA


La tercera y última mesa redonda del simposio del CCEBA tuvo lugar el miércoles 4 de noviembre, a continuación de la charla de Marietta Gargatagli. Participaron, de derecha a izquierda (según la foto de Guido BonFiglio), Mirta Rosenberg, Gerardo Gambolini, Juan Gabriel López Guix y moderó Albert Freixa.

La filmación de la mesa puede verse siguiendo el link: http://www.ustream.tv/recorded/2491521

martes, 3 de noviembre de 2009

Primera charla del simposio del CCEBA


De acuerdo con la noticia de la agencia DPA que se copia a continuación, aparentemente hemos comenzado el simposio en torno de la utopía del castellano neutro.




Transcurre en Buenos Aires encuentro
de traductores argentinos y españoles

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y el Centro Cultural de España en la capital argentina (CCEBA) dieron inicio hoy a un encuentro de traductores literarios de ambas nacionalidades, reunidos bajo la consigna "La utopía del castellano neutro". El encuentro fue inaugurado por una presentación de Juan Gabriel López Guix (foto: Guido BonFiglio), profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Con la moderación del traductor argentino Jorge Fondebrider, López Guix se refirió al estigma con el que parece cargar toda traducción. Las traducciones comúnmente son entendidas como escrituras destinadas a estar en relación de inferioridad con respecto al texto original. Sin embargo, esa confianza ciega en la calidad de la fuente no siempre tiene fundamento, subrayó López Guix, al tiempo que hizo referencia a las diferentes dinámicas de trabajo habidas con los editores según el país y la dimensión de la casa editorial. Su presentación estuvo seguida de una mesa redonda en la que participaron el español Miguel Sáenz, destacado en el mundo literario por sus traducciones de obras clásicas en alemán, entre ellas casi la totalidad de la obra del austríaco Thomas Bernhard; el narrador, traductor y periodista cultural argentino Guillermo Piro, y el poeta, periodista y traductor Jorge Aulicino.


(La filmación será subida en los próximos días)

viernes, 30 de octubre de 2009

Los rasgos lingüísticos autónomos


Traductor de Julian Barnes, Joseph Brodsky, Douglas Coupland, David Leavitt, Lewis Carroll, Saki, Michel de Montaigne, George Saunders, Vikram Seth, George Steiner y Tom Wolfe, entre muchos otros, Juan Gabriel López Guix es uno de los traductores que participará en el simposio sobre "La utopía del castellano neutro". El texto que se reproduce a continuación, publicado en la sección "El traductor recomienda", de The Barcelona Review (número 29, marzo-abril de 2002) se vincula, justamente, con el tipo de problema que se tratará en el encuentro de la próxima semana.

La traducción de voces

Más que a la recomendación me gustaría dedicar estas líneas a comentar uno de los problemas —la traducción de las voces que se alejan de la lengua estándar— que presentaba la traducción de Pastoralia (Mondadori, 2001) de George Saunders, autor cuyo primer texto en castellano, Robles de Mar, vio la luz en las páginas de The Barcelona Review.

Los cuentos de Pastoralia son sorprendentes. La sensación que me embargó al iniciar su lectura me recordó en cierto modo el principio de la —por otro lado, pretenciosa— película Brazil, de Terry Gilliam, donde la sonrisa esbozada en la cara del espectador ante la presentación de unos personajes grotescos queda de pronto congelada por el horror de lo que se nos está contando. Lo mismo, pero de modo logrado, me parece que ocurre con estos cuentos de Saunders. Trabajadores sometidos a diferentes grados de esclavismo capitalista, fracasados condenados a dar vueltas siempre a su misma noria, ya sea laboral, social o sentimental, y para los que la única esperanza de redención es, en el fondo, la muerte. Aunque algunos son tan fracasados que incluso fracasan a la hora de morir... y resucitan. Los cuentos de Pastoralia nos presentan una visión de la alienación vista a través de un espejo (¿deformado?). Los círculos dantescos descritos desde el callejón del Gato. Los interrogantes que he colocado a la palabra deformado se corresponden, creo, con la pregunta que se hace el lector que empieza a adentrarse en la obra y que nota de repente un escalofrío recorriéndole el espinazo a causa de la siniestra familiaridad.

El oficio de Saunders se pone de manifiesto de modo especial en su utilización del lenguaje. En primer lugar, el lenguaje en tanto que instrumento político de manipulación ideológica, lo cual lo entronca con George Orwell, autor del ensayo «La política y la lengua inglesa». Pero, si bien la distopía de Orwell escrita en 1948 (que Gilliam «traduce» en su película de 1985) muestra un mundo todavía «atópico», Saunders escribe después del «año Orwell», desde unas franjas distópicas en las que, bajo las apariencias orwelliano-swiftianas, reconocemos sin esfuerzo los rasgos de nuestro mundo. En segundo lugar, como ha alabado la crítica anglosajona, Saunders exhibe un talento especial para la mímesis de las voces, para reflejar la riqueza lingüística de las voces interiores o exteriores de sus personajes. La primera característica obliga al traductor a ser especialmente cuidadoso con sus elecciones léxicas, al manejo sutil de los eufemismos, las implicaturas y el «doble decir»; la segunda, la capacidad ventrílocua, exige, además, un especial esfuerzo para trasladar tonos y registros cargados de expresividad. Aquí ha residido la dificultad (y el placer) de la traducción de Pastoralia.

En estos casos, cuando el lenguaje de la obra original presenta la particularidad de reflejar idiolectos y usos lingüísticos específicos de la lengua y la cultura de partida, el traductor ve añadirse un problema de primer orden a los muchos ya presentes en su labor. Su actitud ante esa dificultad ha variado a lo largo del tiempo, de acuerdo con lo exigido y lo permitido por las convenciones que, dentro de cada lengua (de cada cultura), han regido el comportamiento de la comunidad de lectores. En las obras traducidas al castellano en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, por ejemplo, los traductores resolvieron este escollo recurriendo a «equivalencias» presentes en la lengua de llegada. Así, los rasgos del habla regional, popular o del argot presentes de la lengua de partida se tradujeron por usos regionales, populares o argóticos existentes en la cultura de llegada. Esta operación, que podría considerarse exigida por las pautas de lectura vigentes, implicaba la naturalización y la ocultación del especificidad (lingüística) ajena y su sustitución por rasgos familiares para el lector de la lengua de llegada. A partir de mediados del siglo XX, esta adaptación empezó a considerarse excesiva y se recurrió a procedimientos menos apropiadores: la variación geográfica (diatópica), por ejemplo, pudo traducirse por variación sociocultural (diastrática). Este procedimiento buscaba mantener la particularidad del uso lingüístico y mantener la magia de la ficción huyendo de una naturalización que corría ya el riesgo de sabotear todo el andamiaje narrativo. A medida que concluía el siglo, con el crecimiento de una mayor conciencia de lo culturalmente ajeno y una mayor apertura en la forma de considerar lo que no era propio, los traductores fueron explorando nuevas formas de utilizar «de otro modo» los rasgos presentes en su acervo lingüístico, siempre con el objetivo de mantener lo extraño con los recursos de lo propio; por ejemplo, la creación artificial de un habla híbrida a partir de diferentes variantes lingüísticas, la utilización artificiosa de rasgos de esas variantes o incluso la invención arbitraria de rasgos lingüísticos.

Mi solución a este problema, las veces que he tenido que enfrentarme a él (el caso más extremo no sería, en realidad, Pastoralia, sino Todo un hombre, de Tom Wolfe), ha sido desechar la búsqueda de un anclaje con la realidad lingüística de la cultura de llegada; es decir, no intentar imitar formas de hablar existentes en castellano para injertarlas en lugares y situaciones que no pertenecen al ámbito cultural de esa lengua, sino utilizar rasgos lingüísticos «autónomos» que se sostienen dentro de la ficción; pero, para huir de la simple arbitrariedad —que conlleva en el fondo el riesgo de una uniformización de las soluciones en las diferentes obras traducidas—, procuro seguir la plantilla suministrada por el esquema formal del original. Se trata de una estrategia traductora que busca mantener la peculiaridad lingüística huyendo de la referencialidad en la cultura de llegada. Supone una participación más activa del lector, al que se le pide que se sumerja en la doble ficción del mundo narrativo creado por el autor y con las formas menos familiares utilizadas por el traductor para reconstruirlo en otra lengua e insertarlo en otra cultura. En el camino quedan abandonados, como pecios varados en las playas del pasado, conceptos tan arraigados en el mundo de la reflexión sobre la traducción como equivalencia o fidelidad.

Espero que en la traducción de Pastoralia pueda leerse con placer y que en ella se refleje el peculiar juego con el propio lenguaje que constituye la fuerza de la vitriólica prosa de George Saunders.


jueves, 29 de octubre de 2009

Actividad del Seminario Permanente de Estudios de Traducción


Aprovechando la venida de España de los traductores invitados al simposio sobre el castellano neutro, el SPET (Seminario Permanente de Estudios de Traducción), que dirige Patricia Willson en el Instituto de Enseañanza Superior en Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández", anuncia un encuentro que se desarrollará el próximo martes 3 de noviembre, a las 11 hs., en Salón de Conferencias de la institución (Carlos Pellegrini 1515 - Capital)

Encuentro con traductores españoles

Marietta Gargatagli/ Juan Gabriel López Guix / Miguel Sáenz

Coordina: Elena Marengo

Marietta Gargatagli: Profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona. Crítica literaria e investigadora. Autora y coautora de libros y artículos sobre historia de la traducción y literatura argentina.

Juan Gabriel López Guix: Traductor y profesor titular de Traducción en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Traduce habitualmente del inglés! el francés y el catalán para editoriales y publicaciones periódicas.

Miguel Sáenz: Traductor literario. Doctor en Derecho y Licenciado en Filología Alemana por la Universidad Complutense de Madrid y doctor honoris causa en traducción e interpretación por la Universidad de Salamanca.


domingo, 16 de agosto de 2009

Crear una identidad propia


En 1999, los traductores españoles Albert Freixa y Juan Gabriel López Guix entrevistaron para el número 3 de Quaderns. Revista de traducció al historiador francés Roger Chartier, especialista en historia del libro y, desde 2006, profesor del Collège de France, en la cátedra «Écrit et cultures dans l'Europe moderne. Se reproduce a continuación la parte pertinente de esa entrevista para los fines de este blog.

Una pregunta a Roger Chartier

–¿Qué papel otorga a las traducciones en la historia de la lectura? La traducción parece ser un factor determinante, por ejemplo, en la construcción de las literaturas nacionales.
–Me parece que las traducciones son una fuente muy importante a la hora de realizar una historia del modo en que los textos fueron comprendidos, interpretados, usados. La traducción, en lo que tiene de decisiones más técnicas, en tanto que elección de una palabra, la forma un género, un registro de lengua, refleja en realidad un horizonte de expectativas. En el caso de la traducción del Buscón de Quevedo hice un estudio, no de la traducción francesa de Scarron,
sino de las adaptaciones que los editores propusieron a un público más amplio bajo la forma de la literatura de cordel. Hay dos niveles de traducción: la traducción lingüística Quevedo-Scarron y la traducción editorial de un texto para un público que va desde el aristocrático, burgués de librería, hasta los lectores de la literatura de colportage.
Volviendo al tema de la literatura nacional, resulta evidente que es a través de las traducciones que se construye una imagen del otro. En el ejemplo del Buscón, se ve cómo Scarron ha reforzado el texto español de Quevedo utilizando elementos del Quijote, de la literatura burlesca, imponiendo criterios y categorías que venían de otra tradición, pero, también, llevando la traducción a un contexto «realmente» español. Hay una forma de españolización de la obra de Quevedo para marcar ese origen del texto a través de las diferencias afirmadas. Lo que me parece fundamental es esta concepción de la literatura nacional a partir de otras literaturas, pero no para decir que existen otras, sino para establecer un marco particularmente diferenciado en el que crear una identidad propia.

lunes, 3 de agosto de 2009

El pisco, ¿es peruano o chileno?


No fueron pocos los traductores que, no sin cierta indignación ante la notica de los dichos de Bryce Echenique, le hicieron llegar mediante mails al administrador de este blog sus opiniones. No obstante, Juan Gabriel López Guix fue más allá y envió un texto, que, según su explicación, "fue escrito hace un tiempo como ejercicio de estilo, sin que fuera mi intención publicarlo". Y agrega: "Sin embargo, me ha parecido que podía ser un oportuno complemento a la entrada del blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, «Clasificación de los traductores», aparecida el 2 de agosto del 2009.

La foto que ilustra este posteo es de Arshes Anasal.

Más allá de Pierre Menard

A José María Puig de la Bellacasa

En un breve ensayo publicado en 1939, Borges relató la revolucionaria técnica con la que Pierre Menard enriqueció el arte de la lectura, la «técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas». Según se nos cuenta, el poeta francés Pierre Menard acometió la empresa —que la muerte truncó en sus inicios— de traducir el Quijote al castellano. Borges mencionaba como una de las fuentes de inspiración de la obra «interminablemente heroica» de Menard, un fragmento de Novalis, que según el escritor argentino esbozaba «el tema de la total identificación con un autor». La frase, que no se citaba explícitamente, es la siguiente:

"Demuestro que he comprendido a un autor sólo si soy capaz de actuar en su espíritu; si puedo traducirlo y transformarlo de muchas maneras sin disminuir su individualidad." (1)

La idea postulada por Novalis es una traducción en la que el texto resultante no entre en contradicción con el espíritu del autor y en la que éste conserve su especificidad. En realidad, no se trata propiamente de una identificación total, sino de una identificación espiritual; sin embargo, Borges logra colar con un característico pase de manos la oportuna cita de autoridad y al mismo tiempo nos muestra las riquezas que nacen de una lectura sesgada.

El 5 de marzo del 2006, el diario El Comercio de Lima publicó bajo la firma de un conocido escritor latinoamericano un artículo de análisis internacional titulado «La decadencia del imperio americano» y que comenzaba del siguiente modo:

"Es sorprendente constatar cómo ha cambiado el panorama global. Estados Unidos, sea cual sea su grado de popularidad, ha sido capaz de fijar la agenda internacional, controlar el rumbo de la política exterior global y utilizar sus numerosos métodos y recursos de poder para imponer su voluntad al resto del mundo a lo largo de los últimos cinco años. Por grande que haya sido el fracaso norteamericano en Iraq o incluso en Afganistán, no se ha alzado obstáculo alguno de importancia en el camino emprendido por Estados Unidos en su ejercicio unilateral del poder." (2)

Tras este inicio sin especiales características formales, casi podría decirse que anodino, se escondía en realidad el heroico intento de superar a Pierre Menard. Unos meses antes, el 7 de diciembre del 2005, el periódico La Vanguardia de Barcelona había publicado otro artículo firmado por Graham E. Fuller, antiguo vicepresidente del Consejo Nacional de Inteligencia de la CIA, y titulado «El declive del poder estadounidense»:

"Es sorprendente constatar cómo ha cambiado el panorama global. Estados Unidos, sea cual sea su grado de popularidad, ha sido capaz de fijar la agenda internacional, controlar el rumbo de la política exterior global y utilizar sus numerosos métodos y recursos de poder para imponer su voluntad al resto del mundo a lo largo de los últimos cinco años. Por grande que haya sido el fracaso norteamericano en Iraq o incluso en Afganistán, no se ha alzado obstáculo alguno de importancia en el camino emprendido por Estados Unidos en su ejercicio unilateral del poder." (3)

Quizá no sea necesario aquí presentar los textos en toda su extensión, y estas dos citas servirán para examinar someramente las implicaciones de la empresa. La impronta de Menard es evidente. En una época que prima la originalidad y la autoexpresión a ultranza, el escritor peruano busca la novedad mediante el procedimiento de la identificación total y recurre a la imitación creativa que permite alcanzar lo distinto desde lo mismo. Es cierto que un examen atento revela minúsculas diferencias léxicas. Algunas de ellas, debidas quizá a las exigencias de los libros de estilos periodísticos. Otras, ocasionadas sin duda por la proverbial exuberancia latinoamericana, que alargan en 22 palabras el conciso texto de La Vanguardia. Y, otras por último, más sutiles, pero no menos trascendentales.

Ante todo, es patente el desplazamiento en la categoría del texto seleccionado. Pierre Menard eligió una obra cumbre de la literatura universal, por más que en su opinión no la juzgara «inevitable». El escritor peruano, acorde con una época en que asume el mensaje de la modernidad más radical —a saber, que vivimos en una tierra baldía, entre cascotes de ídolos del pasado derribados por nosotros mismos—, elige un mero artículo periodístico, lo más opuesto quizá por su fugacidad diaria a esa eternidad a la que aspiraban las grandes obras del pasado. Nos encontramos, pues, ante una desjerarquización textual absoluta y ante una poderosa crítica a cualquier pensamiento canónico. El primer Menard compuso un fragmentario Quijote; el segundo, un minúsculo artículo incidental de un antiguo jerarca de la CIA.

El cambio de género con respecto al texto elegido por Menard tiene también otra consecuencia de importancia. La opción por el discurso ensayístico como ámbito de la probatura y el abandono de lo narrativo supone un esfuerzo deliberado por ampliar los límites iniciales del proyecto menardiano. Constituye una afirmación rotunda de que todo lenguaje es lenguaje literario. Podría incluso decirse que nos encontramos de lleno en una filosofía que asume plenamente los postulados del «giro lingüístico».

Por otro lado, el escritor limeño minimiza la vertiente anacrónica, tan patente en el proyecto de Menard. En realidad, al reducir la diacronía, sustituye el salto temporal por un salto espacial con lo que postula como básico el cambio de contexto tout court. Este cambio es enfatizado por las minúsculas pero decisivas modificaciones en el título. Imaginamos el desgarro con que el autor peruano renunció a la forma original en tres palabras del título tras llegar a ellas al cabo de mil ensayos, pero en última instancia venció la voluntad de recontextualización. En el escenario latinoamericano, cargado de resonancias revolucionarias, es evidente que «la decadencia» resulta mucho más adecuada que «el declive». La sustitución de «estadounidense» por «americano» como adjetivo de «imperio» (que a su vez sustituye a «poder») al dotar al sintagma de una mayor fuerza e incrementa la clara crítica a unas políticas juzgadas históricamente en exceso avasalladoras. Es visible aquí la huella moderna del discurso altermundista, periférico.

Ahora bien, donde quizá resida en mayor grado aún la novedosa radicalidad del escritor limeño es en lo implicado por el movimiento entre las lenguas en juego. Pierre Menard, poeta simbolista francés, ensayó en castellano una traducción que le permitió llegar a Cervantes sin dejar de ser Pierre Menard. Nuestro escritor peruano, no sólo logra convertirse en sagaz crítico de la política estadounidense recurriendo —sin dejar de ser limeño— a las palabras exactas de un analista de la CIA, con todas las implicaciones políticas e ideológicas de la empresa, sino que lo hace a través de su traductor del inglés al castellano, el barcelonés José María Puig de la Bellacasa. Donde Pierre Menard aspira a un original a través de un original, Alfredo Bryce aspira un original a través de su traducción.

Técnicamente, la elección de un texto traducido aumenta sobremanera la dificultad de la hazaña, pues si grandes son las posibilidades de variación formal o psicológica en el caso la transformación a partir del trato directo con un autor en su lengua original, no cabe duda de que éstas se multiplican de forma exponencial cuando el traslado tiene como objetivo volver a la autoría desde la «traduautoría» en otra lengua. La tarea pone de manifiesto una voluntad titánica y no cabe imaginar en un escritor mayor demostración de maestría literaria, penetración psicológica y compromiso ideológico con las fuerzas progresistas de su época.

1-Fragmento filológico 2005 de la edición de Dresde tomado, en traducción de Wolfgang A. Luchting, del artículo del peruano crítico y poeta Julio Ortega «El arte de la lectura: Encuentros con Borges». Disponible en el sitio solodeliteratura.com.

2-Disponible en la hemeroteca digital de El Comercio, edición del 5 de marzo del 2006.


3-Disponible en la hemeroteca digital de La Vanguardia, edición del 7 de diciembre del 2005.