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martes, 7 de abril de 2026

Una reseña de Mercedes Álvarez sobre un libro escrito a cuatro manos por Coetzee y Dimópulos


La editorial El Hilo de Ariadna (que esta ligada a propietarios del MALBA), acaba de publicar Don de lenguas, un libro donde dialogan J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos, escritora y traductora argentina. Otra escritora, la excelente poeta y narradora Mercedes Álvarez, hizo la reseña para la revista Ñ, del pasado 2 de abril.

Coetzee y Dimópulos: la traducción en la encrucijada

Vivimos en una época de ignorancia. Inmersos en el oscurantismo propio del momento, y en la lógica de las redes sociales, con su simplismo rayano en la imbecilidad que fomenta la permanente puesta en escena de una opinión sin contenido, nuestro pensamiento crítico se ve reducido prácticamente a nada. Por contrapartida, entonces, los intelectuales van mutando sus discursos. Frente a aquello que casi nadie abordaría, y mucho menos entendería, el ensayo ha ido adquiriendo un perfil cada vez más explicativo.

La didáctica, parece, es el signo de los tiempos. Don de lenguas, de Mariana Dimópulos y J.M. Coetzee, no está exento de ese tono. Hermenéutica al alcance de todos, podríamos decir, la premisa de este diálogo escrito parte de la traducción de El polaco de Coetzee, que Dimópulos tradujo. Entre ambos tuvieron la idea de que el original se retirara a las sombras, y las traducciones se hicieran del español y no del inglés. Es decir, que la traducción ocupara el lugar del original. El plan no tardó en fracasar. Los editores de Polonia, Francia, Japón, entre otros, se negaron a traducir del texto español.

“Si se hubiera tratado de un libro redactado en albanés y traducido al español”, escribe Coetzee, “los editores habrían estado dispuestos a dejar de lado el principio de la lengua original y habrían encargado traducciones del español, no tengo dudas. ¿Por qué el compás de espera, entonces? Respuesta: porque el ‘original’ no estaba escrito en albanés, una lengua ‘menor’, sino en inglés, una lengua ‘mayor’ y de hecho, quizás, la lengua dominante hoy”.

El resultado del experimento, a todas luces fallido, dio el puntapié a esta conversación. La centralidad de la lengua inglesa y su mercado es uno de los temas sobre los que pivota, pero de ellos se desprenden otros. Así, el diálogo pasa por diferentes instancias. La marginalidad de ambos autores, por ejemplo, respecto de la lengua materna los lleva a la reflexión sobre el papel de los Estados nación en la creación de lenguas uniformes, y la actualidad los deposita, necesariamente, en los debates relacionados con el género, lo que concatena con otro tema central: ¿Hasta qué punto la traducción puede traicionar al texto original?

¿Qué estamos leyendo en realidad cuando leemos una traducción? Coetzee trae a colación la idea de Derrida, de que pensar el texto fuente como depositario de un sentido original que puede reproducirse con fidelidad en otro idioma es un despropósito. Dimópulos no duda en ir en contra de este escepticismo, cuestionando la premisa de Derrida de terminar con la preeminencia del autor.

En concordancia con la didáctica de los tiempos que corren, concluye: “En su momento se pensó que el enfoque daría lugar a una mayor libertad social, lingüística y política. Creo que produciría exactamente el efecto contrario en el contexto actual, dado que hoy necesitamos mayor orientación que en esos días, cuando a las culturas centrales –la francesa y la alemana, por ejemplo– se las percibía como extremadamente rígidas. Yo diría que nuestra tarea es más bien la opuesta”. Palabras que, más allá de lo expuesto, no sorprenden, ya que Dimópulos es traductora de filosofía, y se la conoce por sus traducciones al español de Walter Benjamin.

Para concluir, Coetzee habla en estas páginas sobre la uniformidad de estilo que se encuentra en las traducciones de lenguas extranjeras al inglés, concluyendo que el estilo de prosa se “acomoda” para que resulte cómodo a los lectores británicos y estadounidenses. Seguramente es así, ya que en español no estamos exentos de espantosas traducciones que básicamente, suenan todas iguales. Mal de muchos. En fin. Faltaría, en estas páginas, hablar del ritmo. Porque, como expuso Henri Meschonnic, “los mismos principios que hacen que se traduzca la Biblia detestablemente hacen que se traduzca detestablemente a filósofos. Detestablemente poemas”.

Meschonnic vino a poner de relieve que la ausencia del ritmo en casi todas las traducciones de la Biblia sumen a sus lectores en la más profunda ignorancia del sentido. Hubo quien le reprochó su elitismo, a lo que él respondía: “elitista para todos”. Pero Meschonnic era un discípulo de Saussure, y un crítico de Heidegger. Nada que ver con el diálogo entre Dimópulos y Coetzee.

Así que, por no sobreimprimir al texto que nos ocupa juicios que no vienen al caso, diremos que, puestos a pensar la traducción, se pueden decir muchas cosas. El diálogo de Dimópulos y Coetzee tiene la cualidad de poner sobre la mesa, de manera amplia, debates que nos permiten pensar qué hay en juego cuando nos llega a las manos un ejemplar de un libro traducido.

lunes, 30 de abril de 2018

Jorge Aulicino: combinar la tarea de traductor con la de poeta

Álvarez y Aulicino

“Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949) es uno de los mejores poetas contemporáneos y tradujo del italiano, además, a dos verdaderos elefantes de las letras: Dante y Pavese”, dice la bajada de la entrevista que la poeta y narradora Mercedes Álvarez publicó el pasado 20 de abril en el diario Perfil.




“Cada época intenta una traducción distinta”

“Todo lector es un traductor”, dice Jorge Aulicino. Y así empieza a hablar de la Divina Comedia, que tradujo para Edhasa hace algunos años y que ahora revisa para una nueva edición. “Yo no soy bilingüe en italiano; el italiano es una segunda lengua, por eso me veo obligado a traducir. Además, las ediciones que había de la Divina Comedia corresponden a una época. No hay que ser un gran filólogo para darse cuenta. La de Mitre es del siglo XIX, la de Crespo es de mediados del  siglo XX. Y cada época intenta una traducción distinta. Luego hay una de Juan de la Pezuela, también del siglo XIX, pero en un lenguaje muy español”. La Comedia es un texto de gran dificultad de traducción, y en este sentido, Aulicino apunta: “El italiano que usa es un italiano muy antiguo que todavía era toscano. El Paraíso es lo que más complicaciones trae, porque apela a un recurso que está en los tres libros, pero se hace más denso, que es la alusión. No menciona las cosas directamente por su nombre. Dice por ejemplo: “los hijos de Latona”, que son Apolo y Diana, pero no los menciona. Este recurso es abrumador, y casi es una decodificación del texto lo que hay que hacer. O decodificás, y escribís en castellano de manera más directa, o tratás de mantener la alusión hasta donde se pueda. Yo elegí un camino medio. Miré mucho la traducción de Martínez de Merlo, la última que hicieron los españoles, que es muy buena, pero para mi gusto demasiado explicativa”.

¿Cómo traducir la Comedia: en prosa o en verso? “En prosa”, dice Aulicino, “se corre el riesgo de explicar, de traducir explicando. El otro motivo es recrear algún tipo de ritmo, no la tercera rima, pero es necesario que haya algún ritmo. Me interesa poner el acento en el lenguaje, antes que en cualquier otra cosa. Por eso elegí el verso semilibre. A veces se va del endecasílabo, porque me parece que se pierde mucho si esto se respeta, como hace Mitre, por ejemplo. Dante está trabajando con una lengua nueva literariamente, una lengua que no se escribía aunque se hablara. Maneja de manera tal la resonancia de cada palabra que es casi mágica”.

Combinar la tarea de traductor con la de poeta es algo que ha hecho siempre. “Son distintas instancias del lenguaje”, apunta. Aulicino parte siempre de una idea, o de un título. “Idea en un sentido muy vago, algo muy general”. Ocurre con su último libro: Corredores en el parque. “Tengo una obsesión por la gente que corre en la ciudad. Hay una escena en la película Los Cazafantasmas, donde los fantasmas invaden la ciudad y pasa un maratonista fantasma corriendo. Es muy pueril, pero me hizo asociar los fantasmas con los corredores en el parque de noche. Y así surgió el libro”.

La última publicación de Aulicino es su traducción de Pavese para Ediciones del Dock: Trabajar cansa/Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. “La traducción de Alonso tiene sesenta años. Yo la leí cuando tenía veinte años, y era la única que había. Tiempo después lo leí en italiano. No es mala la traducción de Alonso, pero el problema es que no le da mucha importancia a conseguir el estilo coloquial que tiene Pavese”. La fascinación de Aulicino con Pavese empezó con la primera lectura en español, y se afirmó con la posterior lectura en italiano: “Pavese abrió un camino. Más en la generación anterior a la mía. Piglia o Saer siempre citaban a Pavese”. Esta nueva traducción empezó hace diez años, en el mismo bar donde estamos sentados hoy haciendo esta entrevista.