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viernes, 22 de marzo de 2024

Alberto Díaz: gran editor, pero, mucho más importante y raro, sobre todo, un buen tipo



El pasado 20 de marzo, Patricio Zunini publicó la siguiente crónica en InfoBAE, a propósito de el homenaje que la Legislatura de Buenos Aires le realizó al editor Alberto Díaz.

Alberto Díaz, reconocido como “personalidad destacada” de la comunicación y la cultura

No deja de ser un hecho paradójico cuando el Estado le entrega un reconocimiento como ciudadano ilustre a alguien a quien cinco décadas atrás empujó al exilio. Es también la evidencia del largo camino que la Argentina ha transitado desde el regreso de la democracia. Porque aquel gobierno que obligó a Alberto Díaz a exiliarse era uno de facto; y la legislatura que lo homenajea fue elegida por el voto popular.

Ayer, gracias a un proyecto de ley que impulsó el diputado Franco Vitali —hijo de Elvio Vitali, el mítico librero de Gandhi y director de la Biblioteca Nacional entre 2003 y 2005—, la Legislatura porteña reconoció a Alberto Díaz como Personalidad destacada de la comunicación social y la cultura. Una distinción que, a la vez que recuperación de la memoria histórica cultural del país, es un acto de justicia con quien moldeó buena parte de las lecturas de América latina.

Con más de cincuenta años de trayectoria en el mundo del libro, Alberto Díaz empezó su historia con un puesto inferior en la editorial que montaron dos amigos y terminó como director en un gran grupo. Trabajó en Siglo XXI, Alianza, Losada, Espasa Calpe y Planeta, donde estuvo a cargo del sello Emecé. Publicó más de cuatro mil libros; algunos autores: Jorge Luis Borges, Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Juan José Saer, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Osvaldo Soriano, Abelardo Castillo, Vlady Kociancich, Paulo Freire, Andrés Rivera.

El reconocimiento, sin embargo, fue aprobado por mayoría y no por unanimidad. “Los que votaron en contra son los mismos que quieren derogar la ley del libro”, dijo Vitali. Si bien —y a tono con el compromiso político y esencial de Díaz— se plantaron algunas banderas con respecto a la batalla cultural que se da a partir de la presidencia de Javier Milei, la ceremonia tuvo el color de un festejo íntimo, sencillo, familiar. Con la presencia de numerosos autores publicados por él, colegas editores, antiguos compañeros de oficina, su mujer, sus hijos, el acto contó con la participación de Ana María Shua, Horacio Tarcus, Ignacio Iraola y Carlos Ulanovsky.

La aventura de un editor
La primera en hablar fue Ana María Shua, que tuvo un arranque interesante: dijo que había recibido el encargo de hablar mal de Alberto Díaz y que el pedido se lo había hecho Carlos —el hijo, actual director de la editorial Siglo XXI—, y ella, obediente, había buscado la manera de cumplirlo.

“Los editores saben que cuando les arden las orejas es porque los escritores estamos hablando de ellos”, dijo. Las orejas de Díaz, entonces, deben haberle ardido bastante porque ella tuvo la oportunidad con muchos otros escritores, pero, después de hacer una búsqueda exhaustiva, comprendió que no iba a encontrar lo que buscaba: “No encontré a nadie que me dijera algo malo de Alberto”.

Ana María Shua habló poco, y lo hizo con esa costumbre tan suya de decir cosas profundas pero en un tono casual y siempre con humor; un poco a la manera borgiana, pero con más elegancia. Díaz, dijo, es un editor que cuida a sus escritores, que se preocupa por que los libros estén en las librerías y que la obra esté reunida. “Los escritores somos frágiles y Alberto ha cuidado a sus autores en forma personal con su carisma, con su respeto, su amor por las obras”.

El editor historiador

Con un nombre que parece salido de un disco de Emerson, Lake & Palmer, Horacio Tarcus es uno de los grandes intelectuales del país. Tiene una vasta trayectoria académica, y se ha especializado en la historia del socialismo y el marxismo. Fue subdirector de la Biblioteca Nacional. Actualmente dirige el Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas y la “Biblioteca del Pensamiento Socialista”, de la Editorial Siglo XXI.

La amistad con Alberto Díaz viene de muchos años. No sólo comparten la visión política, sino también la profesión: ambos son historiadores. Tarcus comenzó su participación recordando los libros que Díaz le publicó en Emecé: el Diccionario biográfico de la izquierda argentina, las Cartas de una hermandad. Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco y Samuel Glusberg y la edición definitiva de Historia del Pueblo Argentino. 1500-1955, de Milcíades Peña. Todos libros largos, complejos, con ilustraciones o fotografías; todos con la necesidad de un trabajo intenso de edición y dedicación.

“Ninguno de estos libros se hubiera publicado sin el respaldo de Alberto”, dijo. Y, para dar otro ejemplo de la manera en que Díaz se compromete con una idea y la lleva hasta las últimas consecuencias, habló de otro libro que no se hubiera publicado sin su insistencia. Cierta vez había recibido el original de un libro que él entendía que debía ser publicado, pero en la filial argentina de Siglo XXI pensaban distinto. Entonces llevó el libro un poco más arriba y logró convencer al director Arnaldo Orfila. Así se publicó Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

“Los libros que él publicó abrieron camino a la vida intelectual argentina”, dijo Tarcus. Y cerró diciendo que celebraba este reconocimiento porque “Alberto es alguien que contribuyó a editar la biblioteca en la que me formé”.

El editor inventor
Hermosa y muy emotiva fue la participación de Ignacio Iraola, que, para no dejarse llevar por los nervios, preparó un texto del que aquí extraemos algunos pasajes. El ex director de Planeta leyó rápido, siempre andando por la cornisa del llanto, y habló de un Díaz distinto al de los demás, tal vez porque ellos compartían generación. El Alberto Díaz de Iraola, además de un editor profesional, es un maestro protector que te acompaña y te forma en la carrera.

“Él era el capo editorial, yo el jefe de prensa, y teníamos mucha vida social en conjunto, ya que en ese momento había presentaciones de libros casi todos los días, visitas de autores, cócteles y comidas. La vida era una fiesta y el trabajo nos gustaba”.

“Gracias a Alberto conocí a Juan Gelman, a Roa Bastos y durante muchos años tuve una cercanía ridícula con Juan José Saer. Ellos dos eran muy amigos, pero a la vez tenían una relación de respeto y afecto como nunca volví a ver en mi vida entre un autor y un editor. Eran muy amigos y se conocían y se querían en serio. Saer vivía en Francia pero una o dos veces al año venía a Buenos Aires, Planeta aprovechaba para manijear sus libros y ellos me sumaban a esa yunta. Alberto sabía que yo era fan de Saer y me sumaba a la comidas y a las salidas, y Saer —el escritor más fino, pero un atorrante hermoso con mucho humor— siempre quería ir a un almacén de fiambres en Solís y la autopista, que manejaba un japonés”.

“Alberto inventó un modo de editor: el que viajaba por Latinoamérica descubriendo talentos, fundando editoriales e incluso vendiendo libros. En un momento en que la edición argentina era la más potente en habla hispana, Alberto descubrió autores, abrió mercados, ayudó a las librerías. Es tremenda la influencia de Alberto Díaz en la edición moderna. Un caso único de constancia y talento. Un militante absoluto de los libros, al punto tal de haber sufrido el exilio con su familia por publicar libros y por pensar distinto a los animales”.

“Una vez nos peleamos y al rato me dijo algo hermoso: ‘Nachi, con los amigos hay que pelearse de tanto en tanto para saber cuánto uno los quiere’. Yo lo tuve siempre como a un hermano mayor y como un consiglieri, y muchos de sus consejos me los quedo para mí, para toda la vida. Y de Alberto Díaz aprendí dos cosas centrales que espero poder trasladárselas a mi hija: aprendí dignidad y lealtad ante todo”.

De profesión: editor
Sencillo, solidario, discreto, accesible, cordial. Carlos Ulanovsky usó estas palabras para caracterizar a Díaz. Después de tantos discursos, “Ula” prefirió vestirse con el traje que mejor le queda, el de periodista, y le hizo una entrevista en vivo. Consiguió declaraciones que podrían titular esta y varias otras notas: “No publiqué nunca un libro que haga daño”, “Saer me tapó, quedé como el editor de Saer”, algunas más. Las respuestas de Díaz eran siempre largas, salvo una:

—¿Nunca se te ocurrió publicar un libro?
—No —tajante. El público empezó a reírse.

—¿Por qué?
—Porque soy muy exigente.

Después hubo tiempo para fotos y la celebración continuó en el bar de Yrigoyen y Perú. Tal vez quienes hayan estado comiendo en las mesas cercanas no supieran quién era ese hombre de traje marrón y pelo ralo que, sin embargo, les enseñó a leer.

 

jueves, 25 de febrero de 2016

Una entrevista con Dart Vader


En el blog de Eterna Cadencia, el 20 de enero pasado Patricio Zunini publicó la siguiente entrevista con Claudio López Lamadrid, director editorial del Grupo Penguin Random House. Es lo que sigue.

“La lectura ya no está de moda”

Un brevísimo resumen de la vida laboral del español Claudio López Lamadrid comienza a los 18 años, con un primer trabajo en Tusquets. Diez años estuvo en esa editorial, luego se dedicó un tiempo al trabajo freelance en Galaxia Gutenberg, y de allí a Grijalbo-Mondadori, empresa que más tarde se transformaría en Random House Mondadori y un poco más tarde en Penguin Random House. Hoy es “Director Editorial de Grupo” y como tal participó en la adquisición de los sellos de Santillana, como Alfaguara, Taurus, Aguilar, Suma de letras, Punto de lectura. Penguin Random House es hoy el grupo editorial más grande del mundo.

—Cuando en marzo se entregó el Premio Alfaguara, se notaban hasta corporalmente las diferencias entre quienes venían de Random y quienes venían de Alfaguara. ¿Qué tienen que aprender unos de otros?
—Esto no fue una fusión, fue una compra. En ese sentido, Alfaguara se tiene que acostumbrar a los procesos de Random. Eso no quiere decir que no aprovechemos las bests practices de ellos; hay varias cosas que ellos hacían mejor y nosotros las adoptamos. Tenían un sistema de conferencias entre los distintos países para informarse y estar más coordinados: lo hacían mejor que nosotros y nos lo hemos apropiado. Pero en el resto, la mayoría de las cosas de los procesos de SAP, de informática, de hoja de cálculo, se tuvieron que acostumbrar a nosotros. Los primeros meses para ellos fue un poco pesado.

—Random tenía un estilo más moderno y Alfaguara...
—Un poco más clásico, sí. Eso seguirá siendo así.

—¿Cuáles fueron los aprendizajes de la incorporación?
—El primero es que se aprende sobre la marcha. Es un aprendizaje de prueba y error. Cuando hicimos la compra pasamos de 24 sellos a tener 32. Todo el trabajo de adecuación que veníamos realizando hubo que volver a empezarlo. Con una fusión, el trabajo no para sino que recomienza. Mientras el rol del editor sigue siendo el mismo, la estructura que te rodea va cambiando, va creciendo, y hay que ajustarla a la realidad actual.

—Santillana había tomado algunas decisiones desacertadas en los últimos de los tiempos. Cuando suman los sellos al grupo Penguin Random House, ¿cómo fue la política de saneamiento?
—El grupo no compra editoriales para abducirlas o disolverlas. No solo no desguazamos Alfaguara sino que dijimos que siguiera publicando con su línea editorial, que trabajara como una editorial independiente, con los editores mismos editores que tenía. Es la forma que tenemos de trabajar en Random: cada sello trabaja como una editorial independiente, pero bajo un mismo paraguas de servicios editoriales detrás —red comercial, el marketing, el back office. De momento los editores tienen la confianza para seguir desarrollando el trabajo. Si no funciona dentro de cuatro años, bueno, igual que yo, igual que cualquier otro editor...

—¿El plazo es de cuatro años?
—¡No! No hay plazo. Es una época de reestructuración; estamos muy contentos. Ten en cuenta que el back office de Alfaguara se quedó allá, no hemos tenido que despedir a nadie. Hemos traspasado a los editores. Santillana se quedó con el asunto de los libros infantiles. Tomamos la decisión de que en cada país haya un solo director editorial —en Argentina es Juan Ignacio Boido— y debajo de él está el mundo Alfaguara con sus editores y el mundo Random House con sus editores, en principio compitiendo entre ellos. Alfaguara es un sello que compite con Literatura Random House.

—Los autores iban y venían. Hubo cruces.
—Por Oyola se pagó un pastón en Alfaguara, algo que evidentemente yo no quise igualar en su momento, y se fue allá. Eso ya no va a pasar. La competencia será por un nuevo libro de un nuevo autor. Si antes lo ve Glenda Vieytes o lo ve Julieta Obedman, quedará en un sello u otro. Lo que no vamos a hacer es quitarnos autores. Bruzzone o Iosi Havilio no se van a ir a Alfaguara, ni nosotros le vamos a quitar a Sacheri.

—Los autores tienen menos oferta.
—Y los agentes también: no están muy contentos. Pero también pueden cambiar de editorial.

—¿La pelea ahora pasa entre Penguin y Planeta?
—Están también las independientes, con muy buenos resultados.

—¿Cuál es la oportunidad de las editoriales independientes frente a un mercado cada vez más tomado por los grandes grupos?
—Yo creo que tienen muchas más oportunidades que antes. Primero porque el oficio se ha hecho menos caro y más sencillo, se puede hacer de manera artesanal con un Mac en tu casa, y segundo porque las editoriales pequeñas aprovechan los intersticios que dejamos los grupos. Se puede hacer un trabajo muy fino, un trabajo de seguimiento. Es más: hoy las editoriales pequeñas pueden hacer cosas que los grandes grupos no por la exigencia de rendimiento.

—¿Cuál es el criterio para contratar un título?
—El primero es la conveniencia de ese libro en tu catálogo. El libro te tiene que gustar, pero sobre todo tiene que entrar en tu catálogo. Hay muchos libros que me gustan y no los contrato porque considero que no encajan. A veces contratas libros que sabes que no van a funcionar, pero lo haces porque crees que el autor va a funcionar en el futuro o porque aportan valor al catálogo que estás trabajando.

—Sería algo así como que los libros literarios no funcionan económicamente pero dan prestigio.
—Siempre se ha dicho que en la edición pierdes dinero con ocho libros, empatas con otro y ganas con el décimo. Para ser más claro: necesito un par de libros al año que funcionen muy bien para seguir publicando autores que en principio no funcionan.

—¿Por qué publicarías a autores que no funcionan?
—Hay autores que no funcionan a nivel de rendimiento económico pero sí a nivel de rendimiento de catálogo. Todas las editoriales, en una medida u otra, hacen lo mismo. Si tuviera que buscar el rendimiento en cada uno de mis libros, sería difícil que publicara según qué cosas. Por ejemplo, en los libros traducidos, que son caros, puedo sacar un rendimiento a medio plazo, pero si persigo el rendimiento directo es difícil.

—¿Cuál es el criterio de éxito de un libro?
—Con todos los libros haces una cuenta económica y se procura que esa cuenta no llegue a cero. El objetivo es ganar pero se intenta que por lo menos llegue al break even. No siempre se consigue. Y pocas veces se consigue tener bastantes beneficios.

—¿Qué tiene que tener un autor argentino para que el grupo apueste a llevarlo a otros países?
—Tiene que entusiasmar al editor de otro país. Hay mucha autonomía editorial en cada país. Yo llevo autores a España para literatura Random House todo el rato: Fresán, Pron, Aira. Son autores que contrato yo en España.

—Pron vive allá, Fresán también.
—Aira no. Son autores míos en el sentido que yo hago el contrato. Este año, publico a Samanta Schweblin de Argentina, a Diego Zúñiga de Chile, a Rodrigo Hasbún de Bolivia. Llevo los libros de Aurora Venturini que todavía no he llevado y algunos de Levrero. Llevo a Bruzzone, el último de Iosi Havilio, también el de Tomás Abraham.

—Hay una retracción muy grande en el mercado de España, en los últimos cuatro años cayó el 40%. ¿A qué se debe?
—A un montón de factores. Primero: la crisis ha sido brutal, segundo: el cambio de paradigma de lectura —la gente piratea mucho—, y tercero y más importante: la lectura ya no está de moda. Antes la lectura competía con los videojuegos; ahora compite con el Candy Crush, con el teléfono, con el iPad, el iPod, y ochocientas mil cosas que son bastante más sexis que la lectura. ¿Cuánto rato pierde la gente en el WhatsApp? Son horas que le quitan a la lectura. Eso hace que caiga el libro. Aunque ya ha parado un poco. El temor a que lo digital acabara con esto no fue así, conviven bien, y el mercado intenta recuperarse. Y en América latina las cosas van bien.

—¿Con América latina te referís a cada uno de los países o en general?
—A todos. Antes iba muy bien México, Argentina iba muy bien en función de las crisis que tuviera, Chile es un país pequeño pero ahora tiene mucho dinero, Colombia va estupendo.

—¿Cómo ves el mercado argentino en general?
—De toda América latina, es el más parecido al español. La diferencia fundamental con el nuestro está en los depósitos en las librerías. En España las librerías están muy mal, cierran y cierran, y en Argentina aparentemente no ha empezado a pasar. Por otro lado, es un mercado más de no ficción. Me impresiona lo fuerte que es la no ficción. Claro que tienen libros de ficción que venden mucho: Florencia Bonelli vende doscientos mil ejemplares. España sería más de ficción que de no ficción. Pero Argentina, y no sólo Argentina sino todo el continente, es de no ficción.

—Dos últimas preguntas. ¿Qué estrategias van a desarrollar a partir de la reapertura de las importaciones de libros?, ¿Van a traer libros impresos directamente en el extranjero? Y en relación a eso, el gobierno liberó el cepo cambiario y el dólar, que estaba a casi 10 pesos pasó a rondar los 14: ¿cómo cambia el plan de negocios con el nuevo tipo de cambio?
—La política de Penguin Random House es imprimir cuantos más títulos se pueda en los países en los que los libros se van a vender. En ese sentido, seguiremos igual que hasta ahora, imprimiendo mucho en Argentina para garantizar el mejor precio de venta posible. Lo que el cierre de fronteras imposibilitaba era la importación de pequeñas cantidades de otros títulos. Títulos más exquisitos o elitistas o sencillamente títulos más locales —entendiendo por local lo español, claro— que no ameritaban una edición argentina de mil o dos mil ejemplares pero que sí tenían trescientos o quinientos lectores potenciales. La apertura de fronteras facilitará el que en las librerías argentinas puedan volver a contar con estos títulos. El problema, y aquí conecto con tu segunda pregunta, es el cambio, claro. Los libros importados son siempre más caros que los que se producen en el país, y si además el peso cae, pues ya no te quiero ni contar. El único consuelo —escaso, ya lo sé— es que el euro también está en horas bajas con respecto al dólar, lo que puede equilibrar un poco las cosas.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Habla el ministro

Foto: Mauro Rico
Patricio Zunini, quien lleva el blog de Eterna Cadencia, llevó a cabo la siguiente entrevista con Pablo Avelluto, el actual Ministro de Cultura de la Argentina. Publicada en el mencionado blog el 15 de enero pasado, en ella se tratan temas relacionados con el libro, la apertura de las importaciones, la Ley de Mecenazgo, las compras del Estado, la Bioblioteca Nacional, el Programa Sur y el proyecto de ley de traducción, entre muchos otros temas. .

“El objetivo es triplicar la inversión en cultura”

La vida laboral de Pablo Avelluto está íntimamente relacionada con el mundo de los libros desde hace más de dos décadas. Fue gerente de las editoriales Planeta y Estrada, y entre 2005 y 2012 fue el director editorial de la región sur de Random House Mondadori. Ligado a la gestión porteña del PRO, fue Coordinador General del Sistema de Medios Públicos de la Ciudad de Buenos Aires entre 2014 y 2015. Acompañó la lista de Mauricio Macri en las elecciones de octubre como candidato a diputado del Parlasur, y el 10 de diciembre asumió como Ministro de Cultura de la Nación. Conformó su gabinete con Américo Castilla (a cargo de la Secretaría de Patrimonio Cultural), Enrique Avogadro (Secretaría de Cultura) e Iván Petrella (Secretaría de Cooperación Cultural). Su primera decisión de magnitud fue convocar a Alberto Manguel para la dirección de la Biblioteca Nacional. La semana pasada, en una medida tomada en conjunto con el Ministerio de Producción que provocó grandes discusiones en el sector anunció que se levantarían las restricciones para la importación de libros. En esta extensa entrevista Pablo Avelluto habla de estos temas y de los diferentes programas referidos a la industria editorial que planea desarrollar desde el ministerio.

—¿Cómo decidieron la medida que reabre las importaciones de libros? ¿Cómo tuvieron en cuenta a los diferentes actores de la industria?
—Claramente la eliminación de las trabas a las importaciones de libros era una vieja aspiración de la industria editorial, sobre todo porque habían sido simplemente trabas burocráticas. Eso generaba una distorsión en las posibilidades de la oferta de libros importados, tanto en los tiempos como en los precios, y además era una medida que no cumplía ninguna función específica porque nunca encontraron ningún libro que tuviera una carga de plomo en tinta superior a la que se reclamaba. Por supuesto, analizamos cuál iba a ser el impacto en la industria gráfica, que podría ser el principal afectado. Creo que no tiene ningún impacto, como tampoco lo tiene sobre la industria editorial. He leído algunas críticas, pero no les encuentro fundamento. Ni el más mínimo. Los editores —sean chicos, medianos o grandes— tienen que tratar de exportar sus libros, y a ellos les molestaría muchísimo encontrar este tipo de trabas en otros países. Queremos que nuestros autores y nuestra producción editorial se exporte.

—¿Se plantean facilidades para exportar libros?
—Todavía no nos hemos sentado a verlo, pero estuve reunido con la Cámara Argentina del Libro y ellos tienen un proyecto para facilitar las exportaciones. A diferencia de lo que ocurre en el mercado doméstico, las ventas al exterior se tienen que hacer en firme. Se hacen con grandes descuentos, porque el comprador asume el 100% del riesgo; el costo de la devolución sería muy alto. Surge ahí un problema con los despachos de aduana y los trámites necesarios para las exportaciones de pequeñas cantidades —que son las que consumen las librerías del resto de América latina, España y las de libros en castellano en distintos lugares del mundo—, que las vuelven muy costosas y a veces antieconómicas. Es un problema en el que vamos a tener que trabajar. Mi rol desde el Ministerio de Cultura es hacer lo que se pueda para apoyar y facilitar las exportaciones, pero será la Aduana y el Ministerio de Producción, en todo caso, a través del impulso a la industria editorial o a la industria gráfica quienes tengan más cartas en el asunto. Pero por supuesto que estoy de acuerdo con todo lo que sea bueno para que nuestros libros salgan del país y lleguen a otros mercados. No podría no estarlo, me gané la vida con eso.

—En el mercado interno, ¿seguirán los planes de compra a través de CONABIP?
—Los dos grandes compradores de libros en el Estado argentino son el Ministerio de Educación y la CONABIP. Para la CONABIP hemos designado a otro editor: Leandro de Sagastizábal. Trabajé con él en algún momento en mi carrera. Conoce muchísimo la industria, fue uno de los fundadores de la carrera de Técnico en Edición de la UBA. Creo que la política de la CONABIP fue una de las cosas buenas que heredamos, sobre todo a partir de que se transformó el sistema y son los propios bibliotecarios quienes compran. Eso significa eliminar el rol paternalista del Estado decidiendo qué tenían que tener las bibliotecas, qué debían leer sus usuarios, y reemplazarlo por la primera línea: son los bibliotecarios quienes conocen lo que el público de cada biblioteca demanda. Las bibliotecas tienen un rol clave. El modelo de bibliotecas populares lo creó Sarmiento y sigue siendo de avanzada al día de hoy.

—El día que presentó a su gabinete, usted dijo que habían encontrado cosas muy buenas de las gestiones anteriores que querían continuar. ¿Una de esas continuidades será MICA?
—Sin dudas. Enrique Avogadro es un fana de MICA. Todo lo que gira en torno a MICA y a MIC Sur es de las cosas buenas y, en todo caso, hay que hacerlas crecer. Yo no tengo, y entiendo que el gobierno tampoco tiene, una visión refundacional de la Argentina. MICA y MIC Sur son iniciativas buenísimas. Hay otras: me gusta el trabajo de CONar y MEMORar, que tienen que ver con el registro del patrimonio de museos. Hay iniciativas como el SinCA, que todavía le falta crecer, que es una herramienta fundamental para entender el funcionamiento cultural a nivel nacional. Cuando trazás un mapa de la gestión cultural, tanto pública como privada, a nivel nacional, te das cuenta que los niveles de inequidad y desigualdad es enorme en presupuestos y recursos. El presupuesto de la Nación es parecido al de la Ciudad de Buenos Aires y todos los demás presupuestos del resto del país no alcanzan a ser un poco más que un pequeño porcentaje de la ciudad. Al mismo tiempo, más del 80% de la infraestructura cultural de la Nación está alojada físicamente en la Ciudad de Buenos Aires.

—¿Qué programas de federalización se van a poner en práctica?
—Había algunos que tenían que ver con la presencia de música y debates en el resto del país. Hay algunos institucionales que son muy buenos, como la sede del Bellas Artes en la ciudad de Neuquén, donde hay una parte importante de la colección expuesta. Hay otras iniciativas que tienen que ver con llevar cosas físicas. Pero en lo que yo estoy más convencido es en el uso de internet. Estamos en condiciones de dar un salto cualitativo en términos del contacto de la gente con la cultura a través del mundo digital, acompañando el físico. El mundo digital va a ser una oportunidad para avanzar. Mi objetivo es quebrar la tradición de desigualdad. Hay una oportunidad también con el Plan Belgrano: Macri cree, y yo creo que tiene razón, que el próximo vector del desarrollo es el norte argentino. Esto no quiere decir que el resto del país no crezca, pero donde hay que crecer es en el Norte, que tiene potencialidades todavía no explotadas. Nosotros estamos intentando construir a través de políticas culturales el desarrollo del Norte. Ahí el rol de Américo Castilla es fundamental. Nunca voy a terminar de agradecerle que se haya sumado.

—¿Cómo será la implementación de la Ley de Mecenazgo a nivel nacional y qué parecidos tendrá a la de la ciudad de Buenos Aires?
—Nuestro objetivo es que este año logremos presentar un proyecto en el Congreso. El presidente está de acuerdo con que es un camino por el que hay que avanzar, está satisfecho con los resultados que tuvo la Ley de Mecenazgo en la ciudad de Buenos Aires. Hay una experiencia de la ciudad, que ha sido positiva —de hecho, yo he sido jurado en el área de literatura—, y hay una experiencia internacional, que es la de Brasil. Estuve hablando con el embajador de Brasil y sus agregados culturales porque necesitábamos conocer no solamente los beneficios de la ley sino también las dificultades y las críticas. Además de Juan Manuel Beati, que estuvo a cargo de Mecenazgo en la ciudad y está colaborando con nosotros, hay otro motor que es el Fondo Nacional de las Artes. Queremos que el Fondo Nacional de las Artes sea el vehículo para administrar los recursos que provengan de Mecenazgo, porque, de algún modo, para eso fue creado. El Fondo es otra institución de la cual Argentina debería sentirse orgullosa, fue creado por Victoria Ocampo hace casi ya 60 años y la potencialidad que tiene todavía está inexplotada. Mi objetivo es duplicar o triplicar la inversión en cultura en Argentina, tanto en el dinero que circula en proyectos culturales, en artistas, en emprendimientos culturales. Eso no resiste más que sea exclusivamente por parte del Estado, sino que tiene que ser parte del Estado y parte del sector privado. Nuestro rol, como pasó en la ciudad, es innovar en nuevos medios de financiamiento de la cultura. Mecenazgo es uno, puede haber otros comocrowdfunding, iniciativas para destrabar mecanismos que hoy están trabados, alguno en los cuales el Estado ni siquiera tiene que ver. También quiero quitar en donde se pueda la discrecionalidad al Estado en términos de qué proyectos sostiene y cuáles no. La discrecionalidad muchas veces terminó llevando en la Argentina a las preferencias políticas, ideológicas, o simplemente a las afinidades y las amistades.

—¿Se van a crear entes autárquicos?
—Una de las experiencias negativas que hemos visto es que la creación de un ente termina consumiendo en su propia estructura los recursos que se destinan a su finalidad. Son organismos que existen para financiarse a sí mismos más que para financiar aquello para lo que fueron creados. Creo que debería ser más transparente la intervención de cualquier ciudadano en becas y concursos. Hay cosas ya resueltas en el Ministerio, no es que no se haga nada en esa línea, pero se pueden hacer muchas más.

—¿Va a continuar el Programa Sur, que subsidia traducciones de autores argentinos en el extranjero?
—Ese programa es buenísimo. Todos los gobiernos importantes sostienen y subsidian las traducciones de sus autores al exterior. Como editor yo he usado los programas de otros países. No hay ninguna razón para que ese programa se discontinúe; todo lo contrario: en todo caso, tardó demasiado en existir. Yo sé la incidencia del costo de las traducciones en las publicaciones y sé cómo eso hizo que el núcleo fuerte de la traducción a la lengua castellana se trasladara desde la Argentina, que lo fue hasta los años 60-70, a España.

—Actualmente hay un proyecto de ley para traducciones literarias que se está tratando en la comisión de cultura de la Cámara de Diputados. ¿Cuál es su posición al respecto?
—Todavía no tengo una posición tomada. Lo conozco porque durante los años que estuve fuera de la industria editorial me llamaron de la Asociación Argentina de Traductores para dar una charla sobre cómo funcionaba la selección de traductores en las editoriales grandes y cómo se evaluaba el trabajo. Sin duda los traductores requieren de una jerarquización y su incorporación a algún tipo de marco legal. Pero sería imprudente de mi parte dar detalles porque no leí aún el proyecto; está en mi lista de pendientes.

—¿Cómo se imagina la Biblioteca Nacional dirigida por Alberto Manguel y qué recuperaría de la gestión de Horacio González?
—La Biblioteca fue un enorme desafío: a quién nombrar. Nosotros tuvimos —no sé si como bendición o maldición— a Borges como director. Otras bibliotecas nacionales del mundo no lo tuvieron a Borges y son dirigidas por bibliotecarios, que es lo que se esperaría de una biblioteca. En ese sentido, Manguel era la persona que reunía más condiciones para un proyecto de estas características.

—¿Aún viviendo en el extranjero hace 40 años?
—Sobre todo por eso. Cuando aparece Manguel, los debates en torno a las cuestiones ideológicas de los intelectuales se vuelven provincianas, se vuelven absolutamente irrelevantes. Él está enchufadísimo. Hablamos regularmente, hemos ido estableciendo un vínculo de mucha cordialidad. Lo que vamos a ver es, no sé si un renacimiento porque no me gustan las palabras que empiezan con re, pero sí un fuerte acento de la Biblioteca en tanto biblioteca. Es una biblioteca con actividades culturales, pero es una biblioteca: la más importante de los argentinos. En el proyecto de Horacio González tuvo una enorme centralidad la Biblioteca como centro cultural. Las actividades de la Biblioteca en términos de la creación del Museo del Libro y de la Lengua, los planes de publicaciones, los planes de las actividades extracurriculares, las exposiciones, etc. Más allá del contenido, que puede gustarme más o menos, no me parece mal que una biblioteca haga estas cosas. Pero es una biblioteca. Y Manguel sabe de bibliotecas.

—Van a tener que hacer convivir su posición de leer sólo libros de papel con el objetivo de apuntar más a la internet.
—Él está absolutamente entusiasmado con el proyecto de digitalización de la Biblioteca. Manguel no es un nostálgico; más bien todo lo contrario. De hecho, en las conversaciones con Elsa Barber, que es la subdirectora, le dedican mucho tiempo a la cuestión de la digitalización de la Biblioteca. Va a ser una experiencia fascinante para todos. A veces pienso que cuando discutíamos sobre la Biblioteca no estábamos discutiendo sobre la Biblioteca sino sobre el kirchnerismo, el rol de los intelectuales, Carta Abierta. Lo que viene es un mundo en el cual la centralidad va a estar ocupada por la Biblioteca. Tuve la experiencia fascinante de dedicarme un día a recorrerla desde el tercer subsuelo hasta el último piso, hablando con todos los empleados con los que me crucé. El universo que gira en torno a la Biblioteca, el personal técnico que trabaja, la gente que se dedica a la conservación y restauración, me resultó fascinante. Sin dudas el acento va a estar puesto allí. En el corazón late una biblioteca.

—La otra gran institución de la ciudad de Buenos Aires que tiene un reflejo en todo el país es la Feria del Libro. En los últimos años fue uno de los grandes cismas editoriales. ¿Cuál va a ser la relación del Ministerio con la feria?
—La feria es una institución de la industria editorial. La fundación El Libro está integrada por las dos cámaras que nuclean a los editores, también la SADE, la FAIGA, la FALPA, y no sé si me olvido alguna otra. Hay instituciones con diversos grados de representatividad. Nadie puede estar en contra de la Feria, es una institución maravillosa. Pero para cuando me estaba alejando de la industria editorial, hace ya tres o cuatro años, creía que la Feria, después de tantos años, requería de una reflexión sobre sí misma, su formato, sus temáticas, sus conceptos, qué estaba bien, qué se podía mejorar. Creo que la presencia de Gabriela Adamo abría a la expectativa de una reflexión; por ahí eso después se pospuso. Espero que ocurra. El rol del Estado es acompañar, ayudar, estar presente, participar, pero la Feria es una institución privada sobre la cual el Estado no tiene injerencia ni pretende tenerla.

—Una de las características que más destaca de su gestión es la apertura al diálogo, al debate, a la escucha de los actores privados. ¿No implica eso el peligro de dejar en ellos las decisiones políticas?
—¡No! Lo que pasa que heredamos un error, que es la idea según la cual la gestión cotidiana debiera estar teñida de las ideas políticas del partido de turno. Entiendo que en los grandes lineamientos sí, y uno de los grandes lineamientos nuestros es que escuchamos. Pero después nosotros tomamos las decisiones, no decide el sector privado. Los actos de gobierno son actos de gobierno, por ejemplo: cuál es el peso relativo que tiene que tener la gestión de la Biblioteca Nacional en términos de biblioteca sobre su rol en términos de centro cultural, ahí claramente tenemos una posición política.

lunes, 26 de octubre de 2015

Así están las cosas con el Proyecto de Ley

Publicado el 22 de octubre pasado por Patricio Zunini en el blog de la librería y editorial Eterna Cadencia, el siguiente resumen da cuenta de los últimos pasos del derrotero seguido por el Proyecto de Ley de Derechos de los Traductores y Fomento de la Traducción y la correspondiente reacción despertada entre algunos miembros del Colegio de Traductores Públicos de Buenos Aires.


No existe en la Argentina una legislación sobre la labor de los traductores literarios. La tarea queda contemplada por ciertos artículos de la Ley de Propiedad Intelectual, pero, al no haber un marco jurídico específico, es en el trato con la editorial donde se terminan de definir obligaciones y derechos. Además, en tanto que cada vez es mayor el consenso en considerar al traductor como coautor —el viernes pasado, el 81° congreso del PEN, que se realizó en Quebec, se cerró con un documento en el que lo definía como “creador”— aquella ley ha comenzado a perder vigencia, ya que lo considera casi como un prestador de servicios.

En un artículo publicado hace dos años, Pablo Ingberg señalaba la situación de vulnerabilidad a la que está sometido un traductor debido a que el Código Civil no contempla su problemática como “autor de obra derivada”: mala remuneración, contratos leoninos, el verse obligado a ceder los derechos de propiedad de la traducción. “Que los traductores argentinos, continuadores de una larga tradición de excelencia, trabajen aún en condiciones tan retrógradas como las actuales obedece en buena parte a su aislamiento y carencia de entidad gremial representativa. Por eso es tan necesaria esta ley.”

En ese entonces, el propio Ingberg (escritor y traductor) junto a Andrés Ehernhaus (editor y traductor) y a Estela Consigli y Lucia Cordone (ambas en representación de la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes) elaboraron un borrador tomando como antecedentes normativas de otros países (Brasil, España, Holanda, etc.), lo hicieron circular por correo electrónico entre distintos colegas, y con los nuevos aportes lo enviaron a la comisión de cultura de la Cámara de Diputados: el proyecto, que fue trabajado por Roy Cortina, Victoria Donda, Julián Domínguez y Miguel del Sel, entre otros, buscaba poner al traductor en el mismo nivel que el autor; de hecho, compartía varios artículos con la Ley de Propiedad Intelectual, ajustados, por supuesto, a la figura del traductor. Sin embargo no llegó a ser tratado en la Cámara. El mes pasado un nuevo proyecto (expediente número: 4952-D-2015) fue presentado a la comisión.

Controversias
Que el traductor tenga el mismo estatus que el escritor necesariamente implica un cambio en la forma de percibir sus ingresos. En el esquema sin marco regulatorio, algunas editoriales contratan los servicios del traductor y explotan la obra: el traductor cobra por el trabajo entregado y la editorial dispone de la posibilidad de reeditar la obra sin necesidad de pagar regalías. Con el nuevo proyecto el traductor recibiría un anticipo y luego, al igual que el autor, un porcentaje de las ventas. Cabe señalar que esta práctica ya había sido adoptada por muchas editoriales desde mucho antes del debate.

Dice el artículo 11 del nuevo proyecto:

La retribución acordada a favor del traductor debe ser equitativa y proporcional a los beneficios que el usuario [la editorial] obtenga por la reproducción, distribución y explotación de la traducción. Consiste en una suma fija en concepto de anticipo de derechos de autor, que el traductor conservará independientemente del monto que alcancen dichos beneficios y un porcentaje sobre éstos, incluidos los surgidos de las sucesivas reediciones y adaptaciones de la traducción a otros formatos o géneros artísticos, y otras operaciones comerciales con terceros. Ese porcentaje, que se calcula sobre el precio de venta al público, no puede ser inferior al uno por ciento (1%) para las ediciones de la traducción en papel; al dos y medio por ciento (2,5%) para el caso de su explotación a través de medios digitales; y al cinco por ciento (5%) cuando —cualquiera sea el formato de edición utilizado— se trate de la traducción de obras de dominio público.

Aunque parezca que se habla de valores bajos, son costos que se agregan a la cadena de producción, ya de por sí bastante comprometida. El anticipo del traductor, además, suele ser mayor al de un autor —está asociado a una tarifa por millar de caracteres antes que a la expectativa de ventas—; hay editoriales que asumen ese monto inicial previendo que van a obtener los beneficios en las ediciones subsiguientes y el nuevo modelo va a impactar necesariamente en el plan de negocios. El Estado debería contemplar de qué manera el cambio en las condiciones afecta a la bibliodiversidad: no todas las editoriales van a estar en condiciones de asumir estos costos iniciales y, por otra parte, es probable que se trasladen a un aumento en el precio de venta al público.

Con el proyecto reavivado en Diputados, esta semana surgió una nueva voz opositora: el Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires rechazó el artículo que define que «[Se entiende por] Traductores: a las personas físicas que realizan la traducción de obras literarias, de ciencias sociales y humanas, científicas y técnicas sujetas a propiedad intelectual, cualquiera sea su formación profesional». En un comunicado publicado en su página web, el Colegio de Traductores Públicos expresa que «No podemos aceptar que se reconozca como profesional de nuestra labor a quien no tiene título habilitante». El reclamo es llamativo, ya que el traductor público está amparado por la Ley 20305. Frente al planteo del Colegio de Traductores Públicos, Marcelo Cohen envió una carta abierta a Nora Bedano, una de las diputadas que trabaja en la comisión de cultura, que aquí transcribimos en su totalidad:

Estimada diputada Nora Bedano:
Soy traductor profesional desde hace más de treinta años. He trabajado para muchas de las editoriales más importantes de Argentina y España (Losada, Anagrama, Tusquets, Edhasa, Planeta, Norma y otras) y traducido del inglés, francés y portugués más de 120 libros de narrativa, ensayo y poesía, desde William Shakespeare hasta autores de la narrativa más contemporánea. He escrito ensayos sobre la tarea del traductor y he sido honrado con premios.

Quede claro que la traducción es además mi modo de ganarme la vida.

Si digo todo esto no es para alardear sino para que usted sepa que no soy un improvisado.

Antes que nada, en nombre mío y de mis colegas, quiero expresarle nuestro agradecimiento por haber avalado con su firma el proyecto de Ley de Derechos de los Traductores y Fomento de la Traducción (expediente: 4952-D-2015), ingresado el 10 de setiembre y al que se le ha asignado giro a las comisiones de Legislación General y de Cultura.

Creemos que su apoyo para la aprobación del proyecto de ley permitirá respaldar a un sector tan decisivo para el desarrollo cultural como poco visible e injustamente desprotegido por los usos y costumbres, así como actualizar las leyes vigentes que regulan nuestra actividad, en consonancia con las de la mayor parte del mundo.

Sin embargo no puedo dejar de expresarle mi alarma ante la versión, llegada a mí en estos días, de que usted querría proponer alguna modificación al artículo 2 del proyecto de Ley, relativa a la obligación de ser titulado para ejercer la profesión, un requerimiento legal inexistente en ningún lugar del mundo.

Me desconcertaría y abatiría que una norma de este cariz me impidiera seguir trabajando en mi país después de tantas décadas sirviendo a la cultura, la industria editorial y, creo yo, a los lectores. Lo consideraría atrozmente injusto y desatinado.

Mi caso no sería el único, ni mucho menos. Decenas de nuestros mejores traductores, reconocidos en el mundo y por los lectores, carecen de título específico –aunque muchos tienen otros títulos, y desde luego una sólida formación. Aparte del perjuicio y las aflicciones que conllevaría para ellos, la calidad de nuestra producción editorial de textos traducidos sufriría una merma incalculable.

Le ruego que, de ser cierta la versión, revea usted seriamente el sentido de una propuesta que perjudicaría gravemente a la cultura y el trabajo en nuestro país.

El debate sobre los derechos de los traductores es uno de los más urgentes de la industria editorial. En los últimos tiempos ha habido mesas y paneles en ferias, congresos, jornadas profesionales. Y, aunque da la impresión de que todavía falta mucho por recorrer, los avances en contra de la precariedad laboral son más que evidentes. Es para celebrarlo.