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lunes, 4 de marzo de 2024

Alejandro González, el futbolero, la rompe



Continuando con la serie de reflexiones, en las que ya participaron el Administrador, Jorge Aulicino, Andrés Ehrenhaus y Matías Battistón, hoy es el turno del traductor del ruso Alejandro González, que, según se ve, para hablar claramente de traducción, apela al fútbol y sus metáforas.

La cabeza del traductor (5)

Las consideraciones de Jorge Fondebrider acerca de qué hay en la cabeza del traductor me dispararon una serie de reflexiones algo caóticas que, dada la falta de tiempo y de calma, no me propongo sistematizar:

De la traductología a la ¿traductorología? 

Siguiendo la línea que, hasta donde sé, inauguró Andrew Chesterman en 2009 con su artículo «The Name and Nature of Translator Studies», que puede leerse aquí, Jorge se pregunta por las condiciones que determinan y caracterizan el campo de la traducción en las distintas épocas. No es lo mismo, claro, ejercer la traducción en 2024 que en 1990, 1940, 1910 y 1885: el lugar social de la traducción, la conformación del mundo editorial y académico, la circulación de saberes y competencias, las sensibilidades lectoras, el lugar de la literatura traducida en el sistema literario de llegada, la profesionalización de los editores y de los traductores, etc., etc., etc.; esos campos ya existen y funcionan de determinada manera antes de que un buen samaritano decida o le toque dedicarse a la traducción editorial. Dicho esto, es relevante la pregunta por el agente: ¿quién es el traductor?, ¿cuál es su origen social y familiar?, ¿qué registros de habla maneja?, ¿qué formación primaria/secundaria/universitaria tiene?, ¿dónde ha vivido?, ¿cuánto ha viajado?, ¿cuánto ha leído?, ¿ha residido en el extranjero?, ¿pertenece a alguna minoría étnica/religiosa/sexual/política?, ¿qué ideología tiene?, y, otra vez, etc., etc., etc. Sobre esto escribí algunas reflexiones que pueden leerse aquí, cuando me preguntaba directamente por el sujeto de la traducción (si el sujeto de la traducción coincide con la persona del traductor). El foco parece desplazarse de los estudios de la traducción a los estudios del traductor. Es un abordaje bastante reciente que, en un futuro, juzgaremos por sus frutos. 

Call him Ishmael. 

En mi adolescencia tenía un amigo —vamos a llamarlo Ismael— cuyo ejemplo conservé para toda la vida: era del grupo con el que jugábamos a la pelota casi a diario los veranos y, en época escolar, los fines de semana. Era uno de los mejores: hábil, pensante, tiempista, rápido, buena pegada, buena visión. Tenía una particularidad: cuando, después de los partidos, nos íbamos a tomar un refresco, él no solía participar en las extensas y sangrientas discusiones sobre si el 5 de Vélez era mejor que el 5 de San Lorenzo, si habían bombeado a Talleres en cancha de Boca el último domingo, si el fútbol alemán es mejor que el italiano. No parecía conocer muy bien las formaciones de los equipos de primera, y tampoco iba a la cancha, nunca, aunque se decía hincha de Racing. Para Ismael el fútbol era un juego, no un objeto de análisis ni una cuestión identitaria. Ismael jugaba (la rompía) y después callaba. Pienso ahora en lo que señala Jorge sobre el traductor al que poco ayudan las «reglas» cuando se enfrenta a un nuevo texto y tiene que decidir sobre la marcha. Y concibo a un Ismael traductor: le gusta leer, le gusta escribir, le gusta resolver, le gusta buscar, le gusta aprender, le gusta proponer proyectos y realizarlos, pero no le gusta tanto teorizar o adscribir a doctrinas estéticas; mucho menos, enemistarse con sus colegas por tal o cual criterio. Disfruta el juego, no el debate. Está iniciado en el misticismo judeoalemán y en la catequesis francesa, pero de poco le sirven cuando, como dice Jorge, tiene que «lidiar con textos que requieren respuestas pragmáticas y contundentes», o, en otro orden, cuando tiene que negociar un contrato digno con una editorial.

¡Era al segundo palo, animal! 

Las observaciones de Jorge ponen en valor la dimensión práctica de nuestra labor. Vuelvo a una imagen futbolera: se puede discutir horas si, en un mano a mano, conviene definir al primer o al segundo palo; otra cosa es ser el número 4, picar en profundidad y en diagonal en el minuto 89, en una cancha con el pasto en mal estado y pesada porque llovió antes del partido, con un defensor que te viene comiendo en la carrera, con una molestia en el tobillo, con un arquero que te cubre bien el arco y tuvo una tarde fenomenal, y, claro, con la conciencia de que Messi hay uno solo. ¿Qué teoría de la definición acude al socorro en ese momento? Ahora bien, ¿pasa algo distinto con la traducción? ¿Funciona igual nuestra mente a la mañana que a la tarde, después de 8 horas de trabajo? ¿Conocemos a todos los autores por igual? ¿No pesan los tiempos de entrega? ¿Tenemos siempre margen para consultar, regresar una y otra vez a un mismo párrafo? ¿Jugamos de local, para el mercado argentino, o de visitante, para el mercado español? ¿Qué lector tenemos en la cabeza? ¿Qué capitalismo tenemos en el cuerpo, como digo que dice Ehrenhaus?

Teoría general del aquí y ahora. 

Si cada texto pide o impone su estrategia, si cada proyecto es diferente, si cada editorial es distinta, y si cada traductor es único e irrepetible, parece haber entonces algo irreductible per se a la teorización, lo que me lleva a una pregunta más de fondo y que sobrevuela las palabras de Jorge: ¿hasta qué punto es estandarizable la traducción literaria?, ¿qué se puede enseñar y qué no? ¿Será, a lo sumo, algunas reglas básicas, como no tocarla con la mano, no agredir al árbitro y no quedar en orsái? ¿Y el resto? El resto es juego. Así que mejor me callo, como Ismael.

lunes, 26 de febrero de 2024

Matías Battistón y sus versiones de "Por una cabeza..."

A las entradas del Administrador, Jorge Aulicino, Andrés Ehrenhaus y Andrés Ehrenhaus bis se suma hoy la de Matías Battistón quien posa su propia mirada en los ojos del traductor, los ojos en la traducción, e ilustra su punto de vista con Tolstoi y Beckett.

La cabeza del traductor (4) 

Está claro que incluso dentro de un mismo género literarioexisten muchos tipos de traductores, pero la persona que quiere distinguirlos se encuentra con un problema que no conocen, por ejemplo, los entomólogos. Sería muy práctico recurrira una serie de datos externos —la longitud de sus pedipalpos, la cantidad de sus alas, la forma de sus probóscides—, pero en el campo traductológicola naturaleza no parece colaborar. Para bien o para mal, al menos por el momento, el único modo más o menos útil de identificar a los tipos de traductores que hay es ver cómo traducen.

Por supuesto, las maneras de traducir están influenciadas por la época, por la cultura, por la tradición a la cual el traductor se adapta o contra la cual se eriza. Se trata de cuestiones elementales, y que nos permiten establecer filiaciones de una manera muy lógica y clara. Sin embargo, uno también podría optar por hacer hincapié en cuestiones más caprichosas. Siempre se puede elegir un sesgo menos obvio. Por ejemplo, se me ocurre ahora que podría hacerse todo un estudio sobre los distintos modos en que diversos traductores abordan un mismo campo sensorial, o incluso un mismo órgano del cuerpo. Los ojos, digamos.

Pienso eso y se me ocurre un caso específico. En una escena patética de Anna Karenina, el conde Vronski comete una torpeza durante una carrera y su yegua, Frou-Frou, se termina partiendo la espalda. Antes de que la sacrifiquen, Vronski, que todavía no termina de entender lo que ha sucedido, sigue tratando de hacer que se levante, y la pobre yegua, como toda respuesta, le dedica una última mirada, cargada de sentido. Ahora bien, para sus clases de literatura rusa en Cornell University, Vladimir Nabokov usó un ejemplar de la traducción inglesa de Constance Garnett, donde se lee que, en esta escena, el caballo “miró a su amo con sus ojos elocuentes” (gazed at her master with her speaking eyes). Cotejándolo con el original, Nabokov anotó en un margen, lapidario: “Un caballo no puede mirar con los dos ojos, señora Garnett”.

Aunque nadie podría acusarme de saber ruso, deduzco de esto, y de las otras traducciones a otros idiomas que consulté, que en el original la yegua mira a Vronksi con un solo ojo. Garnett, entonces, victoriana de pura cepa, al traducirlocambia esa mirada, la personifica, la romantiza. Nabokov (un traductor ultraliteralista, pero también un escritor para quien la literatura misma consistía en gran parte en la observación vívida y fiel de los detalles que otros pasan por alto) detecta ese ojo adicional y se lo saca de un hondazo.

Algo parecido me sucede cuando cotejo la traducción que José Bianco hizo de Malone muere, la novela de Samuel Beckett. Es decir, encuentro otro caso donde un traductor da un giro ocular imprevisto. En el original francés de la novela, cuando el narrador comenta que pasó mucho tiempo encorvado mirándose el miembro, cruzando largas miradas con su propio pene, el texto dice que se miraron l’œil dans l’œil, literalmente “el ojo en el ojo”. En francés, lo común sería el plural, como en castellano: mirarse les yeux dans les yeux, mirarse a los ojos. En este caso, por supuesto, el plural es imposible para una de las partes involucradas, y Malone, que narra esto en primera persona, fuerza la sintaxis para reflejarlo. Sin embargo, aunque sea relativamente sencilla, a Bianco la escena parece llamarle la atención. Hasta diría que se la queda pensando. Algo, por así decirlo, no le cierra. Es por eso, supongo, que evita traducir la frase literalmente y opta por ampliarla, haciéndola más detallada, más compleja, a la vez más dispar y más equitativa. Así, en la p.65 de la edición de Sur, Malone y su órgano sexual pasan a mirarse “los ojos en el ojo, el ojo en los ojos”.

Técnicamente, el Malone de la versión francesa cierra un ojo, o es tuerto, o se expresa de un modo equívoco. El Malone de Bianco, en cambio, mira fijo con los dos ojos y —ya que el personaje es también el narrador— se demora en una descripción precisa, casi amorosa, con una sintaxis afrancesada, de ese duelo de miradas ahora desigual.

Voy abstenerme de juzgar esta modificación, y no por delirios de imparcialidad, o con ánimo de lavarme las manos, sino porque, como me pasa tantas veces con tantas otras cosas, realmente no sé si estoy ante un ejemplo admirable o disuasorio. Lo que sí sé, sin embargo, es que en estas sutilezas, en estos rigores o caprichos, en la traducción de una sola mirada, se juega también, podríamos decir, la mirada del traductor.

 

 

viernes, 23 de febrero de 2024

"Para el lector vernáculo siempre será mucho mejor la peor de las traducciones a su lengua"

Una vez publicada la columna de ayer, Andrés Ehrenhaus, cuya cabeza polemista vive en eterna efervescencia barroca y discute con su cabeza de traductor, envió una nueva columna, más larga que la anterior, donde amplia y acaso aclara sus puntos de vista.  

La cabeza del traductor (3 bis)

1

Qué gran cosa es la polémica abierta, sosegada y generosa sobre un tema concreto y cercano, ésa en la que los polemistas descansamos en un saber modesto pero real, un saber leninista, si se me permite, fruto del constante cachascán entre teoría y práctica. Leo los textos de Jorge F. y Jorge A. y sé que todo lo que dicen es cierto y a la vez refutable, y lo sé porque además de conocerlos personalmente conozco su obra, su obra como autores-traductores, su obra práctica y su obra teórica, y eso me ahorra dos incomodidades: no tengo que leerlos con la sospecha de que me están embaucando y tercero (porque segundo ya para siempre será Francia), tampoco me obligan a una lectura ideológica, de esas que sólo admiten creer o no creer, cancelar o no cancelar. Dicho esto, creo que no hace falta mucha suspicacia para comprobar que nuestras cabezas traductoras son muy distintas y que, por ende, nuestras visiones y enfoques al respecto de los qués y los cómos de la traducción también lo son. De hecho, tan distintos somos que casi lo único que compartimos es una vivay cariñosa curiosidad por la cosa traducción, o sea, más una pregunta que una serie cualesquiera de respuestas.

2

A la apuesta de Jorge F. por partirle en dos la cabeza al traductor y ver qué tiene adentro yo añadiría sin dudarlo la necesidad de investigar el cuerpo entero o, por decirlo en términos retóricos, de tomar cabeza por sinécdoque de cuerpo y hacerle por tanto un chequeo completo, tanto sincrónico como diacrónico. Al traducir sudamos como perros, nos adormecemos, nos aceleramos, tenemos frío o sed, y esa realidad física discurre en paralelo a la del texto traducido, que nos obliga a buscar símiles creíbles en nuestra hemeroteca sensorial: no sólo qué se piensa en tal o cual situación sino sobre todo qué se siente, qué siente el cuerpo, cómo se permeó o impermeabilizó nuestro cuerpo –no disociado de nuestra metonímica cabeza– en tal o cual circunstancia. El cuerpo sin la cabeza traduciría como una gallina decapitada; la cabeza sin el cuerpo, como una IA. He ahí el lugar donde habita (por ahora y espero que durante mucho tiempo) nuestra gran ventaja: los traductores tenemos cuerpo, nuestras traducciones se encarnan, nos atraviesan la carne viva y arrastran restos de vida como camalotes en el ancho río, mientras que las inteligencias artificiales no pueden sino reemplazar esa descarnada carencia con puros artificios. El cuerpo de la IA es una tierra baldía. Luchemos por no ceder los nuestros, que es el repositorio de una experiencia única, traductores, y no lo separemos nunca de nuestras cabezas.

coda al 2

Donde digo diego, o sea, digo, el traductor, digo la traductora o traductore o como se quiera. Cada vez somos más mujeres las que ejercemos esta profesión y con toda seguridad los debates más frecuentes o acalorados rondan en torno a la cuestión de género y, por consiguiente, del cuerpo de quienes traducimos. No es casualidad que cada uno aborde esta cuestión como le siente mejor al cuerpo y que abordemos o despachemos el asunto acorde a nuestra propia percepción corporal. Nuestros cuerpos están en el tiempo, esa es la clave, nos pican los mosquitos, nos revuelven las revoluciones, nos afectan las pérdidas y nos atraviesan las modas, como concluye Jorge A. que concluye Jorge F. Al traducir no estamos nadando en el éter de la neutralidad, y el mundo no cesa de sacarnos de esa ensoñación y devolvernos a la incomodidad de los cuerpos, algo que ningún artificio, por inteligente que sea, experimentará jamás. Volviendo ahora a la cuestión del número, y dándole la vuelta a la pregunta: ¿qué habrá cambiado en el modo de traducir desde que cada vez somos más las mujeres que traducimos?

3

De la réplica de Jorge A. me quedo con una brillante observación que él convierte en paradoja o más bien en aporía: “...la conclusión es que la época dicta en gran parte el criterio de traducción. En ese sentido, hemos ido de la libre expresión del traductor –aunque estuviera enmascarado en letra pequeña en la página de los créditos y a veces ni siquiera fuese mencionado en la edición de sus traducciones– hacia la traducción que aspira a la mayor literalidad posible (digo esto yo, no Fondebrider, quede claro). Lo cual podría significar: de lo personal a la impersonalidad. Tarea, ya lo sé, imposible”. O sea, a la vez que luchamos denodadamente por salir del cono de sombra y reclamamos con ahínco nuestra parte (tanto moral como patrimonial, y totalmente merecida) de autoría, vamos derecho viejo a la invisibilidad física, no simbólica, es decir, la de la letra hecha carne, puesto que aspiramos a un ideal (imposible, nos recuerda Jorge A.) de literalidad, de fidelidad literal, de incorporeidad o, cuando menos, de disimulo fáctico, como si fuéramos doppelgängers anónimos que aspiramos, sin embargo, a tener un lugar en los créditos. Así, el traductor tendería a convertirse, según la moda actual, en un stuntman, un doble de riesgo, capaz de hacer acrobacias inverosímiles sin romper al mismo tiempo la ilusión de que quien las realiza es el actor protagónico, donde la acrobacia inverosímil consistiría en saltar al vacío entre una lengua y otra y no partirse la crisma y convertir la película en un video berreta de caídas desternillantes. 

La pregunta, entonces, es: ¿queremos o no queremos ser autores visibles de una obra nueva derivada de otra previa y ajena? Si peleamos por aparecer en portada, ¿no deberíamos aceptar que hemos puesto el cuerpo, en este caso las sucias garras, en una obra que, antes de nuestra escabechina, descansaba plácidamente en el vergel de su cultura de origen? Dice Jorge A., con toda razón, que tender a la impersonalidad es imposible; completo yo que no hay modo de hurtarle el cuerpo a una traducción y que toda traducción lleva indicios de nuestra osadía, incluso cuando creamos haber borrado con lavandina nuestras huellas dactilares (no escribiendo “capullo, follón, flipar o cutre”, por ejemplo, cuando y donde no corresponde o nuestro editor no nos lo demande). A modo de muestra, un botón, o toda una mercería, por caso: incluso si Jorge F. deseara fervientemente pasar desapercibido en sus traducciones y ser un neutro amanuense al uso, sigiloso y desapercibido, su manera de poner el cuerpo en ellas lo delataría indefectiblemente, pues no conozco a ningún otro traductor que sea capaz de triplicar o más el volumen del texto original o el traducido, tanto da, con un cuerpo de notas tan descomunal y exhaustivo. Si Jorge F. no firmara sus traducciones, sus notas lo delatarían vilmente. Ya que estamos en el terreno de las imágenes delictivas, Jorge F. sería como esos asesinos en serie que no pueden estarse sin dejar pistas, en clave o no, de sus crímenes, en una suerte de juego de ingenio entre él y sus eventuales captores, i.e., lectores.

4

Un último toque a la cuestión de la mejoración del original en las traducciones.  No hace falta ser devoto de Foster para entender que en toda traducción se opera una pérdida: lo que en el original, en el idioma original, eran “virtudes” o “activos”, en la traducción posiblemente aparezcan como “defectos” o “debes”, sobre todo en áreas tan sensibles como la sonoridad, el ritmo, el color, las vibraciones o resonancias (¡otra vez el cuerpo!). A la vez, a lo que Foster no alude en su célebre eslógan es a la ganancia que implica cualquier traducción: lo que antes sólo podía leerse en una única lengua ahora puede leerse casi igualen todas las otras. La traducción quizás no te lleve al mismo puerto pero sin duda te acerca mucho. ¿Qué pasa entonces cuando esa traducción no sólo te lleva a puerto sino que encima te hace pasar la aduana e incluso comprar algo en el free-shop? No creo que Baudelaire o Cortázar participaran de la misma moda; entre uno y otro la práctica profesional de la traducción ya había cambiado mucho.

No sabría decir si Baudelaire mejora a Poe o más bien lo lleva a su puerto. Y podría apostar que lo que movió a Cortázar a “mejorar” a Poe no fue tanto una cuestión estética, ni siquiera ética, sino de economía moderna:  respetar el ritmo perifrástico y a menudo exasperante de Poe le habría llevado muchos meses más de los que disponía y, a diferencia de Baudelaire, Cortázar vivía de esas traducciones, así que disfrazó con genio e ingenio sus tijeretazos como decisiones literarias y cortó a Poe por lo sano. ¿Lo mejoró? En cierto modo, si Baudelaire bodelerizó a Poe, Cortázar lo modernizó, lo metió en el mercado editorial, lo puso en valor de venta. Pero ambos, tal como ahora nosotros, entendían que estaban al servicio de Poe. Y me pregunto si las apropiaciones de los clásicos, o las de los renacentistas, o las de los barrocos, o las belles infidèles de los neoclásicos franceses o las chinoiseries de los románticos no operaban bajo la misma divisa corsaria y creían estar sirviendo, por encima de todo, a las fuentes originales. Hoy en día la idea de apropiarse o mejorar el original es anatema, pero para el lector vernáculo siempre será mucho mejor la peor de las traducciones a su lengua (incluso aquellas en las que Tom Cruise es condenado a vivir en Vallecas) que el más maravilloso de los originales en incomprensible lengua. Y si no les gusta, vayan a cantarle a Babel.

jueves, 22 de febrero de 2024

Andrés Ehrenhaus no es incorpóreo

Lo que sigue es la reflexión del traductor argentino Andrés Ehrenhaus, radicado en Barcelona desde hace décadas, quien se suma así a la reflexión que el Administrador y Jorge Aulicino hicieron sobre la traducción.

La cabeza del traductor (3)

Recojo el envite lanzado por Jorge y redoblo la apuesta: no sólo nuestras cabezas traductoras son diferentes; también lo son nuestros cuerpos. La cabeza es la sinécdoque del cuerpo entero: sentimos, nos movemos, nos cansamos, sudamos diferente. En el cuerpo también está nuestra idiosincracia, en el cuerpo también está nuestra historia. El cuerpo es cabeza y la cabeza, cuerpo; así y sólo así entiendo yo la protesta de Jorge, sobre todo y más que nunca ahora, en la era del intelecto electrónico y la invisibilización de los cuerpos. 

Si la cabeza traductora tiende a ser, hacerse o sentirse invisible, qué decir de nuestros cuerpos. ¡Es como si no los tuviéramos! ¡Como si no necesitáramos comer para seguir trabajando! ¡Como si traducir fuese la labor etérea por excelencia! Y así hasta que creamos que realmente puede hacerlo una máquina. Y aquí radica la importancia del reclamo fondebridiano: la riqueza de la traducción radica precisamente en su inevitable y necesaria diversidad. Creer que puede tenderse a un grado cero de la traducción equivale a abrir la espita del gas y meter la cabeza (acá más que nunca como sinécdoque de cuerpo) en el horno.

viernes, 16 de febrero de 2024

Jorge Aulicino, traductor de Cervantes.

Fotogramas de Misión imposible,
doblada en España
El pasado 1 de febrero, este blog inició sus actividades del año con una columna del Administrador, donde se reflexionaba sobre el funcionamiento de la cabeza del traductor más allá de las teorías sobre la traducción; vale decir, los procedimientos pragmáticos de la  traducción y las perspectivas ideológicas que animaron los diferentes momentos de la historia de la traducción. Atento a esas reflexiones, hoy es el turno de abundar en la cuestión de Jorge Aulicino. 

La cabeza del traductor (2)

Luego de leer la columna del Administrador de este blog, Jorge Fondebrider, incluida el 1 del mes andante, pensé mucho qué tengo en la cabeza como traductor. Cierto es que Fondebrider sugiere que en gran parte la traducción está regida por modas. Por ejemplo, dice, estuvo de moda enmendarle la plana al autor traducido, caso Edgar Poe, cuya prosa se supone fue mejorada por Charles Baudelaire en francés y Julio Cortázar en castellano (me pregunto de pasada qué sentido puede tener "mejorar"; cuando la plana es enmendada en otro idioma: ni Baudelaire ni Cortázar reescribieron a Poe en inglés). Luego Fondebrider menciona a quienes usan el original como trampolín para sus propios fines poéticos, esto es, los que reescriben y conducen el texto por rumbos distintos a los que parece haber tomado el autor, y en esa tesitura pone a Borges y León Felipe, traductores de Walt Whitman. Continúa la enumeración, con ejemplos de otros criterios y otros traductores. Pero la conclusión es que la época dicta en gran parte el criterio de traducción. En ese sentido, hemos ido de la libre expresión del traductor -aunque estuviera enmascarado en letra pequeña en la página de los créditos y a veces ni siquiera fuese mencionado en la edición de sus traducciones- hacia la traducción que aspira a la mayor literalidad posible (digo esto yo, no Fondebrider, quede claro). Lo cual podría significar: de lo personal a la impersonalidad. Tarea, ya lo sé, imposible. Sin embargo, Píndaro, diría “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”,donde "alma"; podría ser reemplazada por traducción en este caso.

Ahora bien: un nuevo dictado de época se me impone cuando leo los subtítulos de series y películas escritos en España. Si leo que un agente del FBI dice "aquí pone", en lugar de aquí dice; o "leches", o "capullo", o "me mola", o, incluso, "a tomar por culo", sin contar "follón", "flipar"; "cutre","liarse", "me la suda"... pienso que el agente del FBI súbitamente se ha convertido en uno de la Guardia Civil caminera. ¿A qué estímulo de la época corresponde que el traductor no distinga niveles de lenguaje -a veces, hablan así incluso los aristocráticos agentes del M16-? ¿O que no se repare en que un castellano tan marcadamente local quita verosimilitud a los personajes de series habladas en inglés, ruso, chino, coreano, etc.? ¿O que nadie piense que los espectadores de otras regiones del castellano no hablan ni entienden este lenguaje? Arriesgo un motivo: es política cultural de Estado, asimilada por los subtitulantes casi sin saberlo. El español que todos debemos entender no solo es el oficial de España, sino el más popular y corriente de esa parte del mundo... ¿Una forma torpe de colonización, según la cual los agentes del FBI, el señor y la señora Smith, y hasta Ethan Hunt, interpretado por Tom Cruise en la inmortal serie de películas Misión Imposible, son asimilados a las calles y discotecas de Madrid?

Joder.