Mostrando entradas con la etiqueta Darío Jaramillo Agudelo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Darío Jaramillo Agudelo. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de diciembre de 2020

Preguntas a autores, traductores, editores y agentes (3)

Poeta, novelista y ensayista, el colombiano Darío Jaramillo es uno de los escritores más importantes de la lengua. Por su parte, Juan Bonilla, además de poeta, narrador y periodista cultural, es uno de los más notables escritores españoles de la actualidad, merecedor del último Premio Nacional de su país en la categoría novela. Ambos accedieron a responder las preguntas que el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires les ha enviado a autores, traductores, editores y agentes. 

Darío Jaramillo

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–Mi opinión la expresó hace casi un siglo el titulo de un texto de Raymond Chandler sobre los agentes: “el diez por ciento de tu vida”. La del libro actual es la historia de un una cadena de produción y venta llena de eslabones que no agregan nada. El primero, totalmente superfluo, el agente 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–En general, se trata de hallar una ética que regule esas relación, y creo que es una ética puramente comercial, si cabe, en consideración de que los editores por regla general están en el baile por intereses pecuniarios. Eso, en general. Pero en mi caso concreto mi editor es un amigo mío y mi relación con él, si ha de aplicársele alguna ética, es la de la amistad, que incluye lealtad, franqueza, amor por los libros y, sobre todo, la facilidad para ponerse cada uno en el pellejo del otro. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–Los distribuidores no aportan ningún valor agregado y, en gran parte, los libreros tampoco. Si algo bueno dejó la pandemia fue el principio de una conexión directa entre editores y lectores, gracias a las ventas por computador. Las librerías son un buen escenario de exhibición, pero tendrán que reinventarse. Los clubes de lectura son un buen primer paso. Si se eliminara la distribución y los editores le vendieran al consumidor final y a las librerías, la cadena bajaría un 40 % de sus costos; el problema siguiente sería trasladar algún porción de ese porcentaje a los lectores. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Me gusta mucho que haya varias traducciones de los textos. La reivindicación de los traductores es que se mantenga el principio de que su remuneración, al contrario de la de los autores, esté desligada de las unidades vendidas. 


Juan Bonilla 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–En un sistema como el español –de España, me refiero–, donde, más o menos, nos conocemos todos, no haría apenas falta los agentes literarios, de manera que su principal utilidad se proyecta hacia el extranjero. Es verdad que una agencia es capaz de negociar mil veces mejor que uno, no hay que engañarse, pero aquí cuando digo uno me estoy refiriendo sólo a mí, habrá quien sea un hacha negociando sus condiciones y no necesite de una agencia para tales trámites. Mi experiencia es esa: la agencia que me representa se ocupa de algo que yo no podría hacer, como es negociar el precio de venta de lo que escribo (siempre que lo que yo pensaba conseguir era X, la agencia obtenía X+5) y buscar editores en el extranjero. 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–Yo publiqué mis primeros libros –uno de relatos y otro de poemas– con Pre-Textos. El de relatos hizo algo de ruido y varias editoriales me ofrecieron comprarme una novela. Una editora, Silvia Querini, de Ediciones B, me citó en el Café Gijón de Madrid y me dijo: mira, sé que tienes ofertas y no me gustan las subastas, esto es lo que te ofrezco, piénsatelo. Y me dio un contrato en el que figuraba una suma admirable. Yo me hospedaba en casa de Manolo Borrás, y al volver de ese encuentro me dijo: ¿qué te ofrecen? Le mostré el contrato. Se sacó la pluma del bolsillo de la chaqueta y me ordenó: fírmalo ahora mismo. Lo hice. Han pasado 25 años de eso, y aún publico con Pre-Textos cuando puedo -mi último libro de relatos lo publiqué con ellos. Supongo que es una forma de fidelidad, pero es una palabra que no viene a cuento: es sencillamente que los libros de Pre-Textos me encantan. Supongo que por fidelidad debemos entender la relación de décadas que mantuvo Miguel Delibes con Destino o la de Eduardo Mendoza con Seix Barral: en ambos casos, fíjate bien, a la fidelidad las acompañaba el éxito de ventas, lo que es un punto que facilita mucho las fidelidades. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–El sistema es una locura, sí. Pero, más allá de esos porcentajes, nuestro principal problema, no nos engañemos, es que no hay un colchón de lectores suficientemente mullido, y sin eso es muy difícil alcanzar cualquier tipo de profesionalización como la que se da en otros lugares donde se pagan hasta las frases promocionales que se colocan en las fajas. Si en España hubiera, no sé, 10 millones de lectores habituales, el peso de esos porcentajes no nos parecería tan escandaloso como, seguramente, es 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Ni idea, supongo que se pierden hasta nunca jamás si el autor original tiene derechos porque el traductor es propietario de su traducción, pero no del original. Lo idóneo, sin duda, sería que la nueva editorial comprara la traducción ya hecha. La retraducción, como vemos algunas veces, es un nombre bastante cursi para lo que podría ser mero plagio –y si no lo es, como supongo que será en la mayoría de los casos, dada la imposibilidad de probar que nuevas traducciones no tuvieron a la vista las antiguas, condenaría a alguna multa a todo aquel que no citara las traducciones previas– no perdemos nada por citar, vivimos en una casa de citas. Nunca he entendido esa manía de no citar traducciones previas: si los traductores no respetan a los traductores, ¿cómo van a esperar que alguien los respete?

miércoles, 22 de agosto de 2018

“Dos premios nacionales de poesía hablan de las traducciones que influyeron en sus obras

Los poetas Jorge Aulicio y Darío Jaramillo, autores de muchos libros, son, antes que nada, grandes lectores. Y buena parte de sus muchas lecturas fueron, justamente, traducciones. Por eso el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires los reunió para charlar sobre los libros traducidos que más importancia han tenido en su formación y en su trabajo, las razones de ello y la manera en que esas traducciones se han filtrado en lo que ellos mismos escribieron.

Acá puede verse el video de esa charla:
https://www.youtube.com/watch?v=R3KMUEJZf2Y


Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949), publicó los libros de poemas Vuelo bajoPoeta antiguoLa caída de los cuerposPaisaje con autorMagnificat, Hombres en un restauranteAlmas en movimientoLa línea del coyoteLas VegasLa luz checoslovacaLa nadaHostiasMáquina de faroCierta dureza en la sintaxisLibro del engaño y del desengañoEl camino imperial y Corredores en el parque. Último Premio Nacional de Poesía en la Argentina, periodista cultural y, por varios años, director de la revista Ñ, es también traductor. Entre sus últimos trabajos deben mencionarse una nueva versión de la Divina Comedia, de Dante Alighieri y sendas antologías de los poetas italianos Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini y Antonella Annedda.

Darío Jaramillo (Santa Rosa de Ossos, Antioquia, 1947) es, además de novelista y ensayista, uno de los más importantes poetas colombianos de la actualidad. Último Premio Nacional de Poesía de su país, su obra poética incluye HistoriasTratado de retóricaPoemas de amor: (1976-1983)Del ojo a la lenguaCantar por cantarGatosCuadernos de músicaSolo el azar, y El cuerpo y otra cosa, además de las antologías 77 poemasAntología poéticaCuánto silencio debajo de esta lunaRazones del ausente127 poemasAunque es de nocheLibros de poemas : Cantar por cantar, Del ojo a la lengua, Los poemas de Esteban, Poemas de amor, Tratado de retórica, Historias. 1974-2001Del amor, del olvido: antología temática y Treinta y dos poemas: una antologíaComo editor ha publicado Antología de lecturas amenasPoemáquinas: antología de iniciación a la poesíaAntología de crónica latinoamericana actualDel marqués a la monja. Antología del soneto clásico en castellano. Su última novela a la fecha es Historia de Simona y su último ensayo, el monumental Poesía en la canción popular latinoamericana.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (6)

Novelista y ensayista, Darío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Ossos, Antioquia, 1947) es además uno de los más importantes poetas colombianos de la actualidad y flamante merecedor del Premio Nacional de Poesía de su país. Su obra poética incluye  Historias (Ediciones La Soga al Cuello, 1974), Tratado de retórica (Instituto de Cultura y Bellas Artes de Cúcuta, 1978) , Poemas de amor: (1976-1983) (Fundación Simón y Lola Guberek, 1986; El Áncora, 1990; Visor, 2013), Del ojo a la lengua (Ediciones Arte Dos Gráfico, 1995)Cantar por cantar (Pre-Textos, 2001),Gatos (Pre-Textos, 2005), Cuadernos de música (Pre-Textos, 2008), Solo el azar (Pre-Textos, 2011) y El cuerpo y otra cosa (Pre-Textos, 2016), además de las antologías 77 poemas  (Universidad Nacional de Colombia, 1987), Antología poética (Monte Ávila, 1991), Cuánto silencio debajo de esta luna (Universidad Nacional Autónoma de México, 1992), Razones del ausente (Norma, 1998) (Selección de María Mercedes Carranza), 127 poemas (Universidad de Antioquia, 1999), Aunque es de noche (Pre-Textos, 1999), Libros de poemas : Cantar por cantar, Del ojo a la lengua, Los poemas de Esteban, Poemas de amor, Tratado de retórica, Historias. 1974-2001 (Fondo de Cultura Económica, 2003), Del amor, del olvido : antología temática (Luna Libros, 2009; 2013) y Treinta y dos poemas: una antología (Uceva, 2014). Como editor ha publicado Antología de lecturas amenas (La Rosa, 1986; Carlos Valencia, 1994; Panamericana, 2001), Poemáquinas: antología de iniciación a la poesía (Carlos Valencia, 1992; Panamericana, 1997), Antología de crónica latinoamericana actual (Santillana, 2012), Del marqués a la monja. Antología del soneto clásico en castellano (Eafit, 2014). Su última novela a la fecha es  Historia de Simona (Pre-Textos, 2010) y su último ensayo, el monumental Poesía en la canción popular latinoamericana (Pre-Textos, 2008).

El tema de la propiedad de la lengua

Por aprecio al oficio de traductor, y a sabiendas de que en España se han hecho magníficas traducciones al idioma ibérico, deseo creer que cuando la Sección Autónoma de Traductores proclama una "lista canónica" no le da a la palabra "canon" el primer significado que trae el DRAE. Ninguna traducción es "regla o precepto", ni mucho menos “modelo de características perfectas’, como reza la tercera acepción del mismo diccionario. Lo contrario, no hay nada más efímero que una traducción y por eso varios han dicho que cada generación debe traducir a sus clásicos.
  
De modo que quiero pensar, por pensar bien, que la Sección Autónoma, lo que intento hacer fue un mero "catálogo o lista", en acatamiento de la segunda acepción que trae el mismo diccionario. Sólo les faltó decir, para ayudarme en mi propósito de pensar bien, que era el catálogo o lista de sus afiliados. Ni siquiera de todos los traductores españoles, sino sólo de los seccionados autónomamente en la sección autónoma de traductores.
  
Yo no sé si son afiliados, pero pienso que traducciones como las de González Iglesias (Ovidio) o las de poetas ingleses de Rivero Taravillo, o las de Eliot de Juan Bonilla, o las del francés del Carlos Pujol, o los Grass de Miguel Sáenz son trabajos de españoles –no sé si seccionados autónomamente– que bien merecerían estar en cualquier lista o catálogo de españoles traductores.

Cuando vi la lista "canónica" la primera tentación que tuve fue hacer la contra lista nada canónica pero sí muy buena de traducciones hechas por nativos de Indias. Pero se me adelantó el propio Juan Bonilla con una lista abrumadora e impecable que suscribo plenamente después de recordar otras proezas de algunos otros criollos nacidos en estas tierras tropicales, como las de César Aira, o el trabajo impecable, que no canónico, del peruano Juan José del Solar con las obras de Elías Canetti, o el Moby Dick de Pezzoni. La lista puede continuarse por ejemplo con los nombres que cita José María Espinasa. 

El tema que hay en el trasfondo de la lista seccionada autónomamente por la Sección Autónoma es el de la propiedad de la lengua. A ese propósito, y a riesgo de incurrir en la desvergüenza de las auto citas, trascribo a continuación un texto que escribí sobre  el tema:

“¿De quién es el español? El español es de Cervantes y de Lope, de santa Teresa y de sor Juana, de Jorge Manrique y de Quevedo, de Fernando de Rojas y de Calderón, de Góngora y de Garcilaso, de Rubén Darío y de Pérez Galdós, de Machado y de Juan Ramón, de Clarín y de Bécquer, de Neruda y de Cortázar, de Paz y de Rulfo, de García Márquez y de César Vallejo, de Borges y de Monterroso, de Felisberto y de Onetti, de Montejo y de Watanabe, de Pacheco y Vargas Llosa. De todos ellos, de Gracián, y de la chica que viene a poner orden en mi casa y de su hijo de cuatro años que no puede decir ‘don Darío’ y me dice ‘ondarío’, de Le Pera y de Agustín Lara, de Celia Cruz y de Daniel Santos, el español es del vendedor callejero que grita ‘man–da–ri–nas”, del locutor que grita ‘gooooooooool” con todas las oes que alcanza a resistir un pulmón entrenado para los pregones, el español es de mi madre, el español es mi lengua madre.

"¿De quién es el español? El español es de un navegante genovés, Cristóbal Colón que, durante su primer viaje, entre octubre del 1492 y enero de 1493, anota en su diario palabras de los nativos de La Española; varias de esas palabras pasarán pronto al español: canoa, hamaca, cacique, cazabe, tiburón…

"¿De quién es el español? El español es de los mexicanos; de ellos decía un viajero de fines del siglo XVI que su manera de hablar era “pulida, cortesana y delicada y naturalmente retórica, mucho más propia y elegante que la de los españoles peninsulares”. Por la misma época circulaba una ley según la cual “cuando se dudare de algún vocablo castellano, la duda deberá resolverla el hombre toledano que allí se hallare”: el español, entonces, es también de los toledanos.

"¿De quién es el español? El español es de Candelario Obeso (1849–1884), poeta colombiano, negro, que escribió la Canción der boga ausente: “Qué trijte que ejtá la noche, | la noche qué trijte ejtá; | no hay en er cielo una ejtreya... | ¡Remá, remá! | La negra re mi arma mía, | mientra yo brego en la má, | bañao en suró por eya, | ¿qué hará? ¿qué hará? | Tar vej por su zambo amao | doriente sujpirará, | o tar vej ni me recuerda... | ¡Yorá, yorá!

"¿De quién es el español? El español es de los redactores del periódico El Telégrafo de la comunidad sefardita de Estambul, que en 1894 –402 años después de su expulsión de España, de Sefarad–, publicaban un editorial que decía: “…Por lo que es de nos, nosotros nos aplicaremos a ser antes de todo entendidos en nuestro público en empleando siempre palabras españolas y dando a nuestras frases la construcción español. No tenemos la pretensión de pueder ansí arrivar a escribir con perfección la lengua de Cervantes, de Calderón y de Lope de Vega. Nuestras intenciones son más modestas. Nuestro propósito es de emplearnos a purificar nuestro jerigonza en españolizándolo de más en más”.

"¿De quién es el español? El español es de los hablantes que lo llaman castellano y es –también– de los hablantes que lo llaman español. El español es de Octavio Paz que decía que “yo me siento ciudadano de la lengua española y no ciudadano mexicano; por eso me molesta mucho que se hable de lengua castellana, porque el castellano es de los castellanos y yo no lo soy; yo soy mexicano y, como mexicano, hablo español y no castellano”. El español es de los hablantes que no les importa llamarlo español o llamarlo castellano.

"¿De quién es el español? El español es de las personas que usan las palabras del español y las escriben con ortografía inventada para el chat, el español es de las Academias de la Lengua, que ya no prescriben pero sí contribuyen a cierta unidad de la ortografía y a la documentación del idioma. Además, la academia, según dice su slogan, “limpia, fija y da esplendor”: como la cera para pisos.

"¿De quién es el español? El español es de Salvador Novo, mexicano, que cuenta de su viaje a Buenos Aires, cuando su amigo Victorio Santagasta le canta al oído un tango que Novo copia devotamente: “Dónde te fuijtej tango | que te bujco siempre | y no te puedo hachar; | te juro por mi vieja | Que si no te encuentro me pongo a chorar. | Fui por Florida acher | y por corrientes hoy; | me han informado | que te habían piantado | con tu bandoneón; | pero yo sé que vos | no aguantarás el tren | naipe marcao | Cuando ya es junao | tiene que rajar...”. Como queda demostrado aquí, el español es, también, de los argentinos.

"¿De quién es el español? Como quedó dicho el español es de Novo, que se encuentra en Buenos Aires con Federico García Lorca: “–Pero zi tú ere mundiá –me decía–. ¡Y yo sabía que tendría que conozerte! En España y en Nueva Yo, y en La Habana y en toah parte me han contao anédota tuyaz y conozco tu lengua rallada pa' hazé soneto! –Y luego poniéndose serio–: Pa mí, la amiztá e ya pa' siempre; e cosa sagrá; ¡paze lo que paze, ya tú y yo zeremos amigo pa toa la vía!”. Es evidente que el español es de García Lorca y, de todos los andaluces.

"¿De quién es el español? El español es de Salomón Gaón, presidente de la Federación Sefardí Mundial, que en 1990 –medio milenio después de su expulsión de España, de Sefarad–, que dijo cuando recibía el premio Príncipe de Asturias: “Hay historianos que demuestran porké los Djidiós refugiados in Espania nunca olvidaron de su vieyo país y nunca desharon de tenr un amor filial por Espania. Hay solamente una respuesta: detodas las diásporas en kualas vivían dispersos el pueblo de Isralel, solamente in Espania se kreó una época deoro. No komoin las otras diásporas, in Espania los Djidiós o eran konsiderados komo una menoría extranjera, pero komo una parte integral y buen de la tierra onde bevían kasi dos mil anios… Para nosotros los Djidiós, Sefarad mos aza rekordar el tiempo kuando nuestros padre bevian in Espania, en la kuala ombres y muyeres prektikando kultos diferentes, djidió, kristinao i musulmán, formavan una komunitá, en dando un esemplo de ermanda y konkordia”

"¿De quién es el español? El español es cada día de más gente. En 1500 existían quince mil idiomas en la tierra. Ahora son seis mil lenguas y dos tercios de éstas tienen menos de veinte mil hablantes y en 2100 se calcula que los idiomas serán mil. La mortandad lingüística es altísima y el español se erige como una de las tres o cuatro lenguas más habladas de la tierra, junto con el mandarín, el inglés y el ruso.

"¿De quién es el español? El español es de los dominicanos: cuando el dictador José Leonidas Trujillo mataba haitianos en la frontera había un modo de diferenciar haitianos y dominicanos. Éstos pronunciaban correctamente la palabra “perejil” y los haitianos, francófonos, la decían guturalmente: sin misericordia, el que dijera “peguejil” era pasado por las armas. Definitivamente, el español es José Leonidas Trujillo (y de sus herederos)".


lunes, 28 de marzo de 2016

Enérgica defensa de la oralidad

Con la firma de un tal Juan Cruz, del diario madrileño El País, el 15 de marzo pasado se publicó la siguiente nota, que tiene como protagonista excluyente al poeta y narrador colombiano Darío Jaramillo. Para leerla en contexto hay que decir que entonces todavía no había pasado el Congreso de la Lengua que se celebró en Puerto Rico. Luego, nótese la falta de imaginación de quien haya titulado el suelto. Efectivamente, a los colombianos se les ocurren cosas. A los periodistas españoles, aparentemente, no.

El amor en los tiempos de la lengua


A los colombianos se les ocurren estas cosas. Cuando los congresos de la lengua empezaron a ser célebres, y a celebrarse, por cierto, fue un colombiano, Gabriel García Márquez, el que propuso que se le diera una patada a la sintaxis como para que la lengua empezara de nuevo, sin tantas letras como tiene, sin tantas complicaciones como le enseñaban a él en las escuelas, sin tantas preposiciones. Hubo quienes temblaron, pero las academias se lo tomaron tan bien que incluso invitaron luego a Gabo a que visitara la cuna de todas ellas, la sede de Felipe IV, en Madrid. Luego ya fue como un académico in péctore; pocos escritores tienen tantas entradas en las explicaciones del diccionario de autoridades como esta autoridad que fue autor de El amor en los tiempos del cólera.

Pues ahora ha sido otro colombiano, Darío Jaramillo Agudelo, el que se trajo en su mochila a un congreso, este que comienza el martes próximo, una píldora para despertar a los académicos antes de que empiecen a ocuparse de la lengua. Lanzó su gabada ayer mismo, hablando con la muy buena novelista Milena Busquets, la autora de También esto pasará; fue a mediodía y hablaron del amor y de la lengua, cuando la gente en Puerto Rico está distraída, pero relumbró lo que dijo: los académicos hablan mucho de la lengua, pero no se ocupan de ponerla en su sitio, físicamente hablando. Pues la lengua es una parte muy placentera del cuerpo, y no solo para escribir gracias a su poderoso influjo.

Sí, de eso habló Darío, el poeta: de que en el diccionario de la lengua no se dice ni media de algunos usos que la lengua, lo que tenemos en la boca para articular sonidos, también presta para gustar y para deglutir cuando casi nadie nos ve. Dijo el escritor colombiano, para abrir boca: “Que en un congreso de la lengua se proponga una mesa con el tema del amor, ineludiblemente lleva a establecer unas relaciones que, no por obvias o por salaces, deben dejarse de señalar. Sin prevenciones, para una mente menos zumbona que la mía, el amor y la lengua pueden querer aludir a las palabras para decir el amor y, en mi caso particular, la expresión poética del amor”. A lo que quería llegar Jaramillo era al “lado lúbrico (y lubricante) del asunto: la lengua como instrumento del amor, la lengua que no está modulando palabras de amor sino la lengua, cómo decirlo, ejecutando el amor. La lengua que besa, la lengua que lame, la lengua que chupa, la lengua que explora”.

A él mismo le parecía que este comienzo podría considerarse inadecuado para un congreso así, pero ya basta de pudores y denunció uno, el pudor del idioma castellano, “cuya pudibundez es casi beatería, pues transfiere a otros idiomas los nombres de las faenas de la lengua utilizada como instrumento de goce. Para precisarlo de una vez: salvo el beso, que tiene su palabra en nuestro idioma, quizás porque, como decía Juan Legido, ´el beso en España lo lleva la hembra muy dentro del alma`, salvo el beso, las más mentadas y deliciosas funciones eróticas de la lengua llevan su nombre en otros idiomas. Miné, fellatio, cunnun lingus son palabras sin equivalente exacto en español, que nos llevan a Francia y a la antigüedad latina para designar asuntos incorporados a nuestros más placenteros instintos sexuales”.

Acudió Jaramillo a una autoridad nueva en estos trances, la Wikipedia, que sí habla del “sexo oral”. “Por puro reflejo de quien rindió tantos exámenes”, explicó el poeta, “el sexo oral suena como lo contrario a sexo escrito. Pero no”. Y desde ahí se lamentó: “El habla adopta expresiones de otros idiomas para designar los usos de la lengua como potenciador del sexo. Para esas prácticas parece no haber nombres en el castellano de la academia. Se pone uno a buscar y resulta que la labor de los labios y de la lengua sobre el órgano sexual masculino se llamafelatio y la misma labor sobre el clítoris y la vagina también está bautizada con una expresión latina, cunnun lingus aunque también es llamada la miné. A propósito, en este contexto tengo que citarlo con regocijo, busqué en el DRAE la definición de miné y me dio un significado que podría muy bien ser una metáfora de la miné como actividad de la lengua salaz: “abrir caminos o galerías por debajo de tierra”.

Partidario de la igualdad en todo, también en los usos de la lengua, Darío Jaramillo hizo este reconocimiento que es también una protesta: “Debo reconocer que el diccionario de la Real Academia reconoce la castellanización de la felatio con la palabra felación, que define lacónicamente con cuatro palabras: ´estimulación bucal del pene`. Pero el Diccionario oficial comete una injusticia, una discriminación entre los sexos, pues ¿por qué se castellaniza la estimulación bucal del pene pero no se castellaniza la estimulación bucal de las intimidades de la mujer?”

Ese retraso para poner la lengua en los sitios por donde transita le sirvió a Darío Jaramillo a elogiar tanto el latín como “el habla del común” que van por delante en el acto de expresar “ese mundo lascivo y lujurioso del mismo instrumento del habla”.

No se detuvo ahí, claro, el poeta; para rematar este aperitivo lingüístico al congreso que dentro de nada amanece citó a grandes poetas (desde Quevedo y Lope a Vallejo y Rubén) para explicar hasta qué punto la poesía ha acariciado con maestría (y sin pudor, a veces) lo que el amor dice y no sólo con la lengua.

Fue un aperitivo exquisito que agarró a San Juan de Puerto Rico haciendo la siesta y quién sabe, hablando de amor, como estuvieron haciendo Milena Busquets y Darío Jaramillo. Gabo, que tanto escándalo logró, fue un conservador al lado de su paisano, que luego se fue a escuchar por la radio cómo el Medellín ganaba al fútbol. 

martes, 6 de mayo de 2014

Darío Jaramillo Agudelo vino y habló en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Sesión corta en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires por superposición de actividades con la Feria del Libro. Así, nos visitó el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo para conversar sobre libros traducidos y traducciones.  

La velada, que contó con un público que incluía a los escritores Piedad Bonnett (Colombia), Antonio del Toro (México), Daniel Samoilovich, Jorge Aulicino y Andrés Ehrenhaus (Argentina), entre otros derivó en la situación editorial coloombiana, los traductores de ese país y los problemas que las traducciones foráneas suman a la lectura.

Quien desee ver la velada puede consultarla en este vínculo: http://www.ustream.tv/recorded/47184859

Darío Jaramillo Agudelo (Santa Roso de Osos, Antioquia, 1947) es uno de los más importantes escritores colombianos de la actualidad. Poeta, novelista y ensayista, se graduó como abogado y economista en la Universidad Javeriana de Bogotá. Durante años, desempeñó importantes cargos culturales en organismos estatales y fue miembro de los consejos de redacción de la revista Golpe de Dados y de la fundación particular Simón y Lola Guberek. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Historias (1974),  Tratado de retórica (1978),  Poemas de amor (1986),  Del ojo a la lengua. Ilustraciones para diez grabados de Juan Antonio Roda (1995), Cantar por cantar (2001), Gatos (2005) y Cuadernos de Música (2008), de los cuales, se han hecho tres reediciones completas: 77 poemas (1987), 127 poemas (2000) y Libros de poemas (2003); y cinco selecciones parciales: Antología poética (1991), Cuánto silencio debajo de esta luna (1992), Razones del ausente (1998), Aunque es de noche (2000) y Del amor, del olvido (2009). Su prosa puede leerse en Guía para viajeros (1991), Historia de una pasión (2006), La muerte de Alec (1983), Cartas cruzadas (1993), El juego del alfiler (2002), Novela con fantasma (2004), La voz interior (2006), Memorias de un hombre feliz (2010), Historia de Simona (2010). Escribió y compiló además la monumental Poesía en la canción popular latinoamericana (2009).

sábado, 3 de abril de 2010

Una encuesta para escritores (XII) Jaramillo Agudelo/Kamenszain/Moreno

Darío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1947) es un escritor y poeta colombiano, quien, luego de recibirse de abogado y de economista por la Universidad  Javeriana de Bogotá, ha desempeñado importantes cargos culturales en organismos estatales y es miembro de los consejos de redacción de la revista Golpe de Dados y de la fundación particular "Simón y Lola Guberek".  Ganador del Premio Nacional de Poesía en 1978 y finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2003, ha publicado los libros de poesía Historias (1974), Tratado de retórica (1978), Poemas de amor (1986), Del ojo a la lengua (1995), Cantar por cantar (2001), Gatos (2003) y "Cuadernos de música" (2008). Como narrador, La muerte de Alec (1983), Guía para viajeros (1991), Cartas cruzadas (1995), Novela con fantasma (1996), Memorias de un hombre feliz (1999), El juego del alfiler (2002), Historia de una pasión (2006) y La voz interior (2006).

1) ¿En qué reconoce una buena traducción? En otros términos, ¿cómo definiría una buena traducción?
Lo primero que le pido es que esté en buen castellano, que fluya en el idioma en que la estoy leyendo. Los poemas rimados en su lengua original prefiero leerlos sin rima en la traducción castellana. El resultado ideal sería que pudiera uno leer en castellano a autores de otras lenguas, sentirlos a ellos sin que se note la presencia de un intermediario traductor: por lo tanto, estoy prevenido contras las “NdeT” al pie de la página.

2) ¿Le molesta leer un libro traducido a otras especies del castellano? Si sí, ¿por qué?
–Sí, otras especies de castellano, con respecto al lugar, como cuando se traducen localismos de otra lengua a los localismos de Barcelona, de Madrid o de Buenos Aires. También son molestas otras especies de castellano, pero con respecto al tiempo. Lo que hacen ahora mismo algunos editores, que reeditan con levísimos maquillajes traducciones viejas, cuyos derechos de autor están prescritos. Buen negocio para el dueño del aviso, pero pésimo para los lectores. Alguien dijo que todas las generaciones deben traducir a los clásicos.

3) ¿Quiénes, en su opinión, han sido buenos traductores en su país? ¿De qué obras?
–Nicolás Suescún, Margarita Valencia, Carlos José Restrepo, María Cristina Restrepo. Para poesía destaco los sonetos de Shakespeare traducidos por William Ospina y, sobre todo, las de poetas norteamericanos debidas a José Manuel Arango.


Poeta y ensayista, Tamara Kamenszain (Buenos Aires, 1947) publicó seis libros de poemas: De este lado del Mediterráneo (Buenos Aires, Ediciones Noé, 1973), Los No (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1977), La casa grande (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1986), Vida de living (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1991), Tango Bar (Barcelona, Ed. Sudamericana, 1998), El Ghetto (Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2003) y Solos y solas (Buenos Aires, Editorial Lumen, 2005). Como ensayista publicó El texto silencioso (México, UNAM, 1983), La edad de la poesía (Rosario, Beatriz Viterbo, 1996), Historias de amor (y otros ensayos sobre poesía) (Buenos Aires, Paidós, 2000) y La boca del testimonio (Buenos Aires, Norma, 2007).

1) ¿En qué reconoce una buena traducción? En otros términos, ¿cómo definiría una buena traducción?
–Antes pensaba que traducir era imposible, que la poesía era lo intraducible por excelencia, y completaba mi convicción con toda una serie de clichés alusivos (del tipo “hay poetas más traducibles que otros”). Hoy, lejos del contenidismo pero también del formalismo, tiendo a pensar que si lo que se traduce en poesía no es ni la forma ni el contenido sino, como dice Meschonnic –cuyo libro Etica y política del traducir recomiendo calurosamente- “es el acto de vida que el poema es”, todo resulta más viable. Captar lo que hay de vida en el lenguaje, lo que yo llamaría arriesgadamente lo único verdaderamente poético de la lengua, no requiere de fidelidades o traiciones a algo que estaría más allá, en una especie de esencia del lenguaje. Esta evidencia, claro, me lleva a pensar en una especie de post-traducción, algún ejercicio nuevo del tipo del que Haroldo de Campos llamó “transcreación” y que planearía por fuera de los dualismos. No sé cuántos post-traductores hay, pero añoro que aparezcan. Serían esos que no tradujeran tanto lo que dice un enunciado como “lo que hace un texto” (Meschonnic dixit) Si no aparecen esos transcreadores, igual no hay que desesperar. No hay que tenerle tanto miedo a las llamadas “traducciones malas” porque evidentemente algo igual “pasa” (en el sentido de pasaje, de trasmisión) y de eso se trata. Por ser la poesía un acto de vida –que le hace algo a la lengua- me parece que no es tan fácil matarla. Pienso en traducciones más bien maletas, como la que hace Luis Reina Palazón de la poesía de Celan que, a pesar de las deficiencias, no logra no hacer pasar la potencia celaniana. Una potencia que, por cierto, trasciende lo idiomático. En mi adolescencia leí en las peores traducciones los poemas que todavía viven en mí para siempre.
¿Una buena traducción, entonces? La del futuro.

2) ¿Le molesta leer un libro traducido a otras especies del castellano? Si sí, ¿por qué?
–Me molesta la globalización, el imperialismo de la lengua digitado desde España –ese “cordón umbilical” que ya el manifiesto de los martinfierristas urgía a cortar drásticamente. Esto no me pasa con ninguna traducción que viene de México o de cualquier país de Latinamérica. Ahora bien, creo que traducir la oralidad de la lengua no supone llenarla de coloquialismos sino escuchar esa subjetividad, esa vida que late ahí negándose a ser sometida a condicionamientos supuestamente “literarios” o “poéticos”. Traducir esa lucha contra la retórica que libra un sujeto y que subjetiviza a la lengua, no supone ponerse chabacano o apelar a la oralidad entendida como el modo diferente en que la gente habla en cada país. Oralidad es eso que siempre el escritor le hace a la lengua para despertarla y sacarla de la cárcel institucional en la que agoniza sistematizada para la comunicación, y eso sí es traducible.

3) ¿Quiénes, en su opinión, han sido buenos traductores en su país? ¿De qué obras?
–Vuelvo a Haroldo de Campos que no es de mi país pero es como si lo fuera. Cuando traduce el verso de Octavio Paz, “leona en el circo de las llamas”, como “leoa no círculo das llamas” no es que se haya equivocado sino que se niega al supuesto facilismo que habría entre dos lenguas tan próximas como el portugués y el español. Podía haber puesto “leoa no circo das llamas”, por qué no, pero como él mismo lo explica, no solo el oído le pedía las nueve sílabas sino que además entre circo y círculo, más allá de la relación etimológica, hay una relación sinecdóquica que va de lo circular del circo a lo circular de esos círculos en llamas por los que saltan los leones en el circo. En fin, una delicia de trabajo transcreativo. Este verso es del libro Blanco de Octavio Paz, cuyo título Haroldo de Campos tradujo como Transblanco. Para muestra baste un botón.

Lara Moreno (Sevilla, 1978) tiene publicados los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004) y Cuatro veces fuego (Tropo, 2008), y el poemario La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008). Ha participado en varias antologías y revistas culturales. Con Igriega Movimiento Cultural, ha sido editora del libro de microrrelatos Los vicios solitarios (2003) y la antología Aquí y ahora. Voces de poesía (2008). Tiene una columna en la revista Los Noveles (www.losnoveles.net) y lleva el blog Guarda tu amor humano (www.nairobi1976.blogspot.com). Vive en Madrid y trabaja como editora y correctora para editoriales literarias.

1) ¿En qué reconoce una buena traducción? En otros términos, ¿cómo definiría una buena traducción?
–Reconozco una buena traducción cuando disfruto leyéndola. Cuando el libro fluye como suele fluir la literatura bien escrita. Cuando no encuentro expresiones retorcidas o fragmentos que parecen torpemente enigmáticos y sencillamente están mal traducidos. Cuando entiendo los chistes. Creo que una buena traducción se reconoce igual que se reconoce un buen libro. No debe existir diferencia. Incluso debería mostrar los vicios del autor original. (Parto de la base, obviamente, de que la traducción no sea mejor que el original, cosa que se me escaparía.)

2) ¿Le molesta leer un libro traducido a otras especies del castellano? Si sí, ¿por qué?
–No. Sí me molesta que se traduzcan los nombres propios de personas (lo encontré en un libro de Beauvoir traducido en Argentina pero puede pasar también en España o donde sea), los nombres de las calles, los nombres de los locales. Se pierde toda la atmósfera.

3) ¿Quiénes, en su opinión, han sido buenos traductores en su país? ¿De qué obras?
–Siempre decimos que la mayoría de las traducciones en este país son malas. Y ahora que se me hace esta pregunta encuentro muchas buenas: Al faro, Virginia Woolf, por José Luis López Muñoz; Mientras agonizo, Faulkner, por Jesús Zulaika; Ligeramente desenfocado, Robert Capa, por Miguel Marqués; Cómo el soldado repara el gramófono, de Sasa Stanisic, por Richard Gross; Poemas de amor, Anne Sexton, por Ben Clark; Sistac, Charlie Galibert, por Rebeca Le Rumeur, etcétera...