Pedro Ignacio Vicuña (traductor chileno residente en Santiago de Chile, Chile)
1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–La verdad es que no entiendo bien la pregunta, en el sentido de si se refiere a las palabras en sus géneros gramaticales o a una perspectiva de género relacionada a la concepción antipatriarcal que está tan en boga por estos años. Si se trata del primer caso, la verdad es que, a menudo se enfrentan problemas, toda vez que, en poesía, que es lo que yo traduzco, el género gramatical de las palabras centrales o claves de un poema, es decisivo a la hora de tener que verse constreñido a cambiar el género o, de lo contrario, a cambiar el sentido evidente del poema. Digo evidente porque eso, muchas veces ocurre con las primeras lecturas, pero a medida que te vas adentrando en el poema, es probable que se pueda resolver sin tergiversar el texto original. Respecto de lo segundo, me parece que nos enfrentamos a una extrapolación que resulta de difícil discernimiento. Y el comentario pertinente es más afín a la siguiente pregunta.
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Yo creo que al traducir, uno debe preguntarse qué se traduce cuando se traduce. De la misma manera que debe preguntarse si acaso las palabras tienen un valor único e inamovible y todos y cada uno entienden exactamente lo mismo al escuchar una palabra o leer un texto. Sabemos que eso no es así, sabemos que el lenguaje está necesariamente asociado a las experiencias personales de las palabras y sus significados, a las imágenes que las palabras nos producen que son todas extraídas de las experiencias personales, reales u oníricas, concretas o fantásticas, pero siempre personales. Esta constatación me hace estar absolutamente cierto de que bajo ninguna circunstancia uno traduce a un autor de manera cabal, en el sentido de que existiría la posibilidad de traducir un texto sin perder un ápice de lo que dice y significa el original. El problema de esto es que uno nunca sabe, ni puede saber, qué es exactamente lo que dice el original, a no ser que venga con un manual de instrucciones –y ni siquiera. Estoy absolutamente convencido de que uno, al hacer el ejercicio de verter un texto a la lengua vernácula, necesariamente traduce lo que uno ha leído en ese texto que quiere trasvasijar, es decir, las relaciones, conexiones, reminiscencias, sensaciones, temblores, odios, denuestos, etc. que ese texto que uno quiere verter ha producido en uno, de cual sea la manera en que eso se produzca. Uno traduce sólo lo que uno ha percibido del texto original; por más documentos, reseñas, estudios psicoanalíticos, de laboratorio, algoritmos o cualquier otra vaina, pretendidamente poseedora de la verdad, a la que uno acuda, uno siempre va a traducir lo que uno lee que, nunca es lo que exactamente el autor ha escrito o querido decir, esa posibilidad me parece un imposible ontológico. Creo que en realidad, la traducción es una recreación que se alimenta de la ilusión de querer ser un trasvasije del continente original (la lengua de origen) al continente que lo recibe (la lengua a la cual el texto se vierte), pero es sólo eso una tentativa siempre esquiva de traducir la verdad del otro. ¿Cómo puede, entonces, ser determinante el asunto de género a la hora de traducir? Me parece que el problema, o supuesto problema, de una traducción cruzada de género –mujeres traducidas por hombres, hombres traducidos por mujeres– es de suyo superficial o, por lo menos, falaz, en ese sentido, dado que no hay ninguna lectura que sea más verdadera que otra. Las hay más o menos profundas, más o menos afines al espíritu del autor, pero siempre es sólo una aproximación. En realidad, el asunto da para muy largo, pero si fuera posible hacer una traducción verdadera, tendríamos que convenir, necesariamente, que todos los lectores de la lengua vernácula del autor entienden sus textos de manera idéntica.
3)¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Ahora, por ejemplo, que estoy traduciendo a la poeta griega Eleni Vakaló, no tengo ningún problema, o tengo los mismos o similares a los que podría tener Natalia Moreleón. Vamos a tener lecturas distintas ¡qué bueno! Pero eso no inhabilita ni al uno ni al otro.