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miércoles, 20 de abril de 2022

Un libro sobre la cultura de la cancelación

En varias oportunidades, en este blog, se han presentado distintas alternativas de lo que actualmente se conoce como “cultura de la cancelación”. En consecuencia, hoy reproducimos la entrevista que Julieta Grosso mantuvo con Juan Batalla, periodista de InfoBAE y autor de La cultura de la cancelación, publicada en el sitio de la agencia TELAM, el pasado 18 de abril.

"La diferencia entre el antes y el ahora es quién ejerce el martillo cancelador"

Aunque no es un fenómeno novedoso en la historia de la civilización, como rastrea el periodista Juan Gabriel Batalla en un reciente ensayo, la cultura de la cancelación se propaga hoy con un vigor inédito que además de colocar bajo sospecha obras o autores pretéritos cuando parecen desatender la agenda de derechos del presente toma envión en estos días como herramienta de disciplinamiento geopolítico con el boicot que recae sobre producciones y artistas de origen ruso a manera de represalia por la guerra desatada contra Ucrania.

Un mítico cuento de los hermanos Grimm cuestionado por la escena de un beso que transcurre sin el consentimiento de una de las partes involucradas porque yace dormida, un filósofo bajo sospecha por el relato de presuntas prácticas pedófilas divulgadas por un excolega suyo tres décadas más tarde del momento en que habrían ocurrido, un mítico narrador ruso del siglo XIX cuyas obras una universidad italiana amaga con dejar de estudiar porque la literatura ha quedado atrapada en un conflicto bélico del presente: Blancanieves, Foucault y Dostoievski son una mínima expresión de los casos alcanzados por el imperativo moral que pretende regular los sentidos comunes para adecuarlos a la agenda y anular las disidencias sin margen para el debate o la réplica.

Bajo la fachada de un movimiento informal pero masivo que pretende evaporar los vestigios de las narrativas sexistas, racistas y xenófobas, la llamada cultura woke –que en lengua inglesa significa “despertar”– instaura un relato punitivista que hasta ahora tenía su gran territorio de operaciones en lo virtual y lo simbólico pero que a partir del ataque de Rusia a Ucrania se volvió más tangible que nunca con el despido de reputadas figuras de ese país cuyos contratos fueron revocados por su origen –y en algunos casos por no posicionarse con fervor en contra de las políticas del presidente Vladimir Putin– como ocurrió con la cantante lírica Anna Netrebko –a quien le cancelaron un concierto en el Liceu de Barcelona y en la Ópera Metropolitana de Nueva York- o el director Valery Gergiev, desplazado de la Filarmónica de Munich. En la misma línea se suspendieron las presentaciones veraniegas del Teatro Bolshoi en Londres y el Festival de Cannes no admitirá delegaciones rusas oficiales en su inminente 75ª edición.

“En el pasado las cancelaciones eran cosas de Estado u otros poderes y lo que sucede en este momento con la invasión rusa a Ucrania y las cancelaciones de artistas, directores o películas es una vieja-nueva variante, porque ahora se producen bajo el aval de la globosfera, de una comunidad hiperconectada que consume información”, plantea a Télam el periodista Juan Gabriel Batalla, autor del libro La cultura de la cancelación (Indicios), que presentará en el Feria del Libro el próximo 15 de mayo.

–¿Qué cambió en este signo de los tiempos que escritores como Ezra Pound o Celine –abiertamente nazi– antes eran aceptados y hasta valorados por su obra y hoy ya directamente no solo se condena o sanciona a alguien por expresiones xenófobas o autoritarias sino porque omite expedirse políticamente o expresa una condena tibia a la invasión rusa y a la embestida belicosa de Putin ¿Hay sobreactuación en esta ola cancelatoria con la que muchos países buscan dejar en claro su posicionamiento?
–Tanto Pound como Celine pagaron su afiliación partidaria. El primero con la cárcel y el manicomio, y el segundo no tanto en vida, sino más bien post mortem, con la censura, como cuando en 2018 Gallimard decidió finalmente no republicar sus 'Panfletos antisemitas'. Entonces, creo, que las sanciones de hoy tienen una consonancia con otros tipos de cancelaciones retroactivas en la que una moral que se mira a sí misma como humanista y universalista se antepone a cualquiera otra”, plantea el periodista y editor.

En su documentado trabajo, Batalla viaja retrospectivamente a la Antigua Grecia para poner en perspectiva el fenómeno de la cancelación despojándolo de su condición presuntamente novedosa o disruptiva: no hay originalidad absoluta en esta práctica con la que se pretenden erradicar ideas o personas que parecen desafiar el arco de lo tolerable y que ha dado lugar a una generación de “ofendiditos”, un término que la ensayista Lucía Lijtmaer -nacida en Argentina y criada en Barcelona- acuña para aludir a personas que se molestan fácilmente “por cosas consideradas políticamente incorrectas”.

En su texto, el periodista revisa prácticas que se dan en la actualidad pero que replican operaciones similares de tiempos anteriores –como el derribamiento de estatuas consagradas en el pasado a quienes hoy han sido alcanzados por el descrédito– y problematiza el recorrido dispar de distintas celebridades alcanzadas por el rayo cancelador de acuerdo a los intereses que representa la figura cuestionada: así, frente a una imputación de abuso sexual, el cineasta estadounidense Woody Allen cayó en desgracia y sus películas ya no se proyectan en su país natal, mientras que en el caso de su colega franco-polaco Roman Polanski –que aceptó ser un abusador incluso en su biografía– pudo encontrar en Europa el aval para seguir filmando y hasta ganando premios internacionales.

¿Cómo impactan esas dinámicas sobre la trama local? “En Argentina, las cancelaciones suelen ser efímeras. Hay una indignación, una repercusión que se sostiene uno o dos días, y un nuevo tema de agenda la silencia. Estamos tan acostumbrados, quizá, a que las cosas no funcionen como deberían que no nos escandalizamos con facilidad. Por otro lado, hay una dinámica de grieta, de bandos enfrentados, que se disparan de manera cotidiana y eso genera como una especie de normalidad y, a la vez, termina licuando todo en un sin fin de acusaciones en círculo que no llevan a ningún lado”, dice Batalla.

–¿En qué medida cuando hablamos de cancelación es posible leerla como un fenómeno desagregado de otras manifestaciones de la época como la escalada de los haters –acaso una manera de metabolizar el rechazo que genera hoy lo diferente– o la entronización de la figura de la víctima?
–Sin dudas hay puntos de conexión entre los tres fenómenos, pero la cultura de la cancelación es un fenómeno mucho más abarcativo y si bien se refiere a la posibilidad de invisibilizar o censurar una persona o una obra al calor de lo que sucede en redes sociales, en realidad es una actitud profundamente humana, documentada desde el mundo antiguo, aun cuando las herramientas o los métodos eran otros. En ese sentido, con las redes como medio, sin dudas los haters y la entronización de la víctima pueden formar parte de ella como fenómenos de la época, pero también pueden hacerlo, por ejemplo, las campañas de difamación interesadas, muchas veces provocadas a partir de fake news en medios tradicionales, como fue el caso del beso de Blancanieves o tratar de plantear cuestiones sociales que han sido silenciadas y ya no deben serlo.

–¿El rastreo de modalidades similares en el pasado se puede leer como una acción esperanzadora en el sentido de instala la idea de un procedimiento que ya circuló y fue asimilado sin provocar lesiones irreparables en el tejido cultural?
–La diferencia entre el antes y el ahora es quién ejerce el martillo cancelador. Cuando antes era el poder, entiéndase la religión o los gobernantes, hoy esta posibilidad de aunar voces desconocidas en coro que demandan o escrachan vía redes genera un nuevo escenario a futuro. No creo que la cultura de la cancelación quede en eso nomás, de hecho ya tuvo ramificaciones dentro del orden de lo político-social y el sistema capitalista, que rápidamente adaptó esas voces a su propio discurso para convertirla en un producto cultural aceptable a estos nuevos tiempos. La aceptación liviana de los discursos cancelatorios propone posibles escenarios que se desarrollarán al ritmo de la manipulación en muchos casos o de la polarización de los relatos sobre el “ellos y nosotros”, pudiendo así ingresar en territorios donde aún hoy no lo hizo del todo como el de la xenofobia, que nos pueden parecer residuales, que solo involucran a un grupo minoritario, pero que dependiendo de variables económicas y políticas tienen la capacidad de extenderse. Si no, miremos a la civilizada Europa. Y si bien fue asimilado en otras épocas, hay que preguntarse también cuál fue el precio que se pagó en ese momento. ¿Qué sucedería si una campaña de cancelación crece a tal punto que el Estado la hace bandera?, ¿cuáles son las posibles medidas que tomaría y cómo afectaría al tejido social? La dogmatización ha sido dañina en todas las eras y la exacerbación de un discurso puede tener consecuencias que sin dudas afectarían la dinámica social.

–¿Hay algún tipo de cancelación que sea aceptable o todo mecanismo de silenciamiento y escrache es siempre cuestionable, aun cuando se produzca para corregir prácticas patriarcales o el avasallamiento de una cultura sobre otra?
–La cancelación tiene varios niveles y funcionamientos. Dentro del positivo se encuentra, justamente, el de establecer un tema en agenda que nos convoque y permita dirimir alternativas a esa situación. El ejemplo más claro de esto fue el #MeToo, que sirvió no solo para desvelar una parte oculta a los ojos del público del funcionamiento de la industria cinematográfica a partir de las denuncias a Harvey Wainstein o Bill Cosby, por nombrar dos ejemplos con alta repercusión mediática. Esto rompió con un código de silenciamiento mafioso que se mantuvo por décadas y hoy se nos hace impensado que pueda volver a repetirse a esa escala, aunque sin dudas seguirá existiendo en otras porque los cambios sociales, de toda índole, no se producen de un año para otro. Pero a su vez, en aquella oportunidad, mostró ser una herramienta peligrosa, como sucedió en el caso de Morgan Freeman, acusado de abuso por una decena de personas en una investigación de la CNN que después se demostró era falsa, con declaraciones sacadas de contexto o directamente inventadas. Más allá de lo puntual, sin dudas sirve para que un tema incómodo o un delito pueda salir a la luz y llevarnos a reflexionar sobre los resortes que lo hacen posible y la necesidad de cambiarlos.

–¿Qué tan funcional resulta para la sociedad argentina esta cultura de la cancelación que insta a silenciar pensamientos o personas cuando no coinciden con el signo de los tiempos? Dicho de otro modo: si bien se trata de un fenómeno que se ve a escala mundial ¿Hay sociedades que por su idisiosincracia son más proclives que otras a asimilar estas dinámicas de censura y escrache?
–Sí, no todas las sociedades reaccionan de la misma manera según el tema y no todas las cancelaciones son iguales de efectivas según la latitud. Sin dudas, hay temas que tienen mayor poder de convocatoria que otros según el grado de conflictividad social en el país que se producen. En EE.UU. o el Reino Unido, donde los debates de género y raciales se encuentran mucho más presentes y tienen eco en los grandes medios, las posiciones que se toman son mucho más radicales que las que estamos acostumbrados en esta parte del mundo. Pensemos en el caso de J.K. Rowling, la persona más cancelada del mundo por sus opiniones que le valieron el mote de TERF. Entre otras cosas: cancelada en redes, hubo quema de libros, librerías dejaron de vender sus títulos, se hicieron reseñas maliciosas de su obra e incluso un grupo de personas trans llegaron a mostrar en Instagram la dirección de su casa. Cada paso que da y aun cuando no dice o hace nada, reaparece como TT y sin embargo, sigue siendo una bestseller, porque hay personas a las que no les interesa lo que piensa o estarán de acuerdo, no sé, pero queda claro que la operativa cancelatoria habla a un grupo determinado que se siente ofendido y no a toda la sociedad. Detrás de campañas tan intensas y sostenidas siempre hay un dogma, hay una fanatización del discurso que no acepta la disidencia y en ese punto la cancelación, como puede abrir el debate en algunos casos, también puede cerrarlo en otros. Y también hay una incapacidad de comprender que se convive con diferentes generaciones, con sus propias historias y valores, que los ven amenazados y es lo normal. En Argentina, las cancelaciones suelen ser efímeras. Hay una indignación, una repercusión que se sostiene uno o dos días, y un nuevo tema de agenda la silencia. Estamos tan acostumbrados, quizá, a que las cosas no funcionen como deberían que no nos escandalizamos con facilidad. Por otro lado, hay una dinámica de grieta, de bandos enfrentados, que se disparan de manera cotidiana y eso genera como una especie de normalidad y, a la vez, termina licuando todo en un sin fin de acusaciones en círculo que no llevan a ningún lado.

–Estamos ante un fenómeno de doble signo: quienes cancelan son a su vez pasibles de ser cancelados ¿Por qué suponés que esta pendulación no funciona como factor disuasivo para sofocar estas prácticas, que por el contrario toman cada vez más estatus cotidiano?
–Porque nadie piensa que algo malo le puede suceder hasta que le sucede. En general, las personas creemos que los riesgos son ajenos; a grandes rasgos tenemos una mirada optimista sobre nuestra existencia que es necesaria para el equilibrio mental y la convivencia en una sociedad muy compleja. Por otro lado, cuando realizamos una cancelación nos ponemos del lado de “la verdad”, hay en nuestras afirmaciones una acertividad que está validada indirectamente por la de tantos otros que piensan como nosotros, por lo que “no estamos equivocados”. Eso genera, una sensación de poder que borra lo individual por el sentimiento de masa y en esa frontera del yo el todos nos termina envolviendo como capa protectora.

–En torno al conflicto entre Ucrania y Rusia asistimos a la escalada imparable de sanciones que muchos países occidentales están haciendo recaer sobre obras y artistas rusos que ni siquiera se han expedido a favor del conflicto bélico. ¿Por qué esta práctica que hasta ahora tenía su radio de acción en redes o en ciertos círculos académicos amenaza con convertirse en política de estado?
–En el pasado las cancelaciones eran cosas de Estado u otros poderes y lo que sucede en este momento con la invasión rusa a Ucrania y las cancelaciones de artistas, directores, películas, etc, es una vieja-nueva variante, porque ahora se producen bajo el aval de la globosfera, de una comunidad hiperconectada que consume información. Las cancelaciones tomarán nuevas formas y esta es una de ellas. La participación activa en las redes con una posición clara es el aval necesario para tomar este tipo de decisiones. Esto a su vez, como en otras cancelaciones, genera que los gobernantes de turno tomen ventaja de esta situación para pararse frente a ellos como adalides de la verdad y el bien común. La respuesta ha sido tan masiva que permite que se hayan tomado decisiones que con otros conflictos bélicos no han sucedido, porque justamente su repercusión mediática ha sido muy inferior o son más complicados de escenificar porque, en muchos casos, ingresan en culturas con tradiciones y formas de vivir que nos son muy ajenas. Ya desde los primeros días de la invasión hubo una presentación lineal del conflicto, con los buenos y malos bien marcados. Incluso se tomó por cierta una tapa apócrifa de Time con Putin con el bigote de Hitler, o circulaban memes de Zelenski con el caso y se lo colocaba al lado famosa foto de Salvador Allende resistiendo los bombardeos en la casa de la Moneda en el golpe del estado del 73, por citar solo dos casos evidentes de la construcción de sentidos.

–¿La cultura tiene hoy mayor relevancia porque la hegemonía y los procesos de colonización se dirimen más en los medios, las redes o incluso las series que en lo territorial?
–Gracias a la expansión de las industrias culturales durante el siglo pasado está arraigado en los inconscientes cómo generar estos sentidos. Entonces, tomar medidas de censura sobre la cultura y los propios rusos, que muchos no tienen nada que ver con lo que sucede, resulta sencillo. La rusofobia es una clase de xenofobia que se presenta tanto en los países occidentales que se pronunciaron frente a la invasión, sino miremos lo que sucedió en Alemania, donde se marcaron los negocios de personas de este origen. Con mayor o menor fuerza, las batallas culturales han existido y siguen existiendo, a nivel internacional o puertas adentro. Batallas por la Historia, por el idioma oficial, por todos los elementos que pueden conformar la identidad nacional, etc. Y ante una audiencia que ya ha tomado partido, colocarse del lado correcto de la moral lleva a estas oportunidades, para mí, equivocadas y demuestran una vez más que todo es posible por el control de la hegemonía. ¿A quién con sentido común se le puede ocurrir prohibir a Dostoievski, por ejemplo, o esperar de personalidades de la cultura definiciones políticas?, ¿no es acaso, justamente, una de las herramientas del arte, en cualquiera de sus expresiones, poder dar cuerpo a estos pensamientos?

–¿Se puede equiparar la cultura de un país a su política? Hasta hace un tiempo se hablaba de la peligrosidad de fundir la figura de un autor con su obra de ficción ¿Estamos ante un equívoco mayor que implica equiparar a una persona con las maniobras geopolíticas y bélicas de su país de procedencia?
–No creo que sea posible disociar la cultura de la política, aún el que nada tiene para decir algo nos está diciendo sobre ese tema. Mostrar apatía, por ejemplo, es un fenómeno que habla de la decepción de los pueblos sobre sus gobernantes o incluso, hartazgo o indiferencia porque nada cambia con los años o miedo a represalias. Puede haber muchos significados detrás de un silencio, que no siempre quiere decir que se sea partícipe o se avale. Aún los ateos creen o le temen a algo. Podes renegar de los dioses, pero creer en el poder del dinero y eso te hace un tipo de creyente. Lo que está sucediendo es un uso político a partir de la cultura, pero esto tampoco es nuevo. Paradójicamente, los soviéticos han hecho escuela de esto, pero no fueron los únicos. EE.UU. se valió del expresionismo abstracto para quitarle a París el título de centro del mundo del arte, por ejemplo. Lo que sucede en la actualidad es que la tribuna es global y puede expresar su voz, entonces sus usos quedan más en evidencia porque justamente se hacen para esa tribuna. Ahora, ¿esta será una práctica cada vez más común? Dependerá un poco de cómo las sociedades apoyen o no estas actitudes, y de qué nacionalidad provengan los cancelados. A fin de cuentas, hay malos que son más malos que otros.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Tres notas con las repercusiones sobre la regulación a la importación de libros

El pasado 1 de septiembre, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, la siguiente nota, con algunas de las repercusiones que tuvo la medida del gobierno de regular la importación de libros a la Argentina. 

Sigue la polémica en torno a la medida que regula la importación de libros

La decisión del Gobierno nacional de volver a implementar una medida de 2010 que regula la importación de libros y otros productos gráficos causó estupor en el ámbito editorial local. Con la firma de la secretaria de Comercio Interior, Paula Español, la Resolución 253/2020 del Ministerio de Desarrollo Productivo reflota una cuestionada decisión del exsecretario Guillermo Moreno que, en su afán por equilibrar la balanza comercial, puso trabas con el argumento de un control de tintas que podían afectar la salud de la población. La instrumentación de la medida, que demandaba pruebas en laboratorios privados, resultó inaplicable por los costos y fue reemplazada en los hechos por la exigencia de exportar, a cambio de habilitar la importación de libros. No obstante, la Resolución publicada ayer en el Boletín Oficial restituye la medida anterior sin grandes cambios e incluso con una rimbombante apelación al artículo 42 de la Constitución Nacional.

En especial, la resolución afecta directamente a las distribuidoras locales de libros extranjeros, a las editoriales que imprimen libros en el exterior y a las filiales de sellos con sedes en otros países, desde donde envían lotes de ejemplares. "No es la primera vez que se adopta la medida del control de tintas -dice Fernando Fagnani, vicepresidente de Riverside Agency, que distribuye en el país libros de Anagrama, Galaxia Gutenberg, RBA y Nórdica, entre otras editoriales extranjeras-. En su día, lo hizo Moreno, entre 2011 y 2015. Entonces se evaluaron centenares, acaso miles de títulos, con resultado previsible: las tintas que se usaron en esos libros no generaban ningún problema. Ahora se vuelve con lo mismo, y seguramente se obtendrá el mismo resultado. De modo que se puede pensar que el objetivo es otro, porque la lícita preocupación por la salud de los lectores no tiene mayor fundamento. En última instancia, se podría pedir un certificado de expedición, donde se garantice que los libros cumplen las normas que fija el Estado, como sucede con otros productos que se importan".

Para Fagnani, en el contexto actual de la economía argentina, agravado por la pandemia, era esperable que hubiera problemas con las importaciones. "Lo que no se comprende es la adopción de una medida de este tipo, que ya se demostró inútil, salvo para retardar o frenar la salida de divisas -agrega-. Hubiera sido mucho más productivo para el sector editorial, para los lectores y para la economía en su conjunto una explicitación del problema con las autoridades de las cámaras que nuclean a editores y distribuidores y luego la búsqueda de soluciones conjuntas. Sobre todo porque en la balanza comercial de la Argentina el déficit que produce el sector es, en el peor de los casos, ínfimo". Hasta julio de este año las importaciones de libros y otros productos gráficos apenas acumularon veinticuatro millones de dólares.

Las dos veredas de la discusión
Según trascendió, la medida estuvo motorizada por la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines (Faiga), que preside Juan Carlos Sacco y que integra la Fundación El Libro. A diferencia de las cámaras del sector, la Fundación El Libro decidió no intervenir en la polémica. Esta mañana, en una entrevista radial con el periodista Marcelo Longobardi, el presidente de Faiga afirmó que el papel de ciertos libros podía provocar cáncer. Cabe destacar que muchas editoriales locales imprimen sus libros en países como Uruguay, Colombia y China, e incluso en aguas internacionales, con el objetivo de abaratar costos. Una vez que entre en vigencia la resolución eso no estará permitido, al menos por un año.

Representantes de la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP) y de la Cámara Argentina del Libro (CAL) solicitaron una reunión con Español, el ministro Matías Kulfas y su par de Cultura, Tristán Bauer. Desde las cámaras advierten que la medida no es oportuna en el contexto actual, en el que se registran caídas históricas en la producción y la venta de libros. La secretaria de Comercio Interior prometió fijar una fecha en los próximos días.

La resolución de Moreno fue derogada en enero de 2016 por el gobierno de Cambiemos. "Era un disparate -sostiene el exsecretario de Cultura Pablo Avelluto-. La habíamos derogado a principios de la gestión. Es arbitraria, proteccionista y paraarancelaria, un retroceso que va a perjudicar a los lectores al encarecer el acceso a los libros importados. Solo se beneficia un grupo de impresores que creen que tienen derecho a imponernos su ineficiencia: libros caros pero nacionales".

Como los editores y distribuidores consultados por este medio, Avelluto confirma que jamás se detectaron tintas con plomo o metales pesados mientras esa medida estuvo vigente. "El argumento es de una banalidad increíble. Si no permitimos las importaciones como lo hacen los países a los que queremos parecernos, no nos quejemos después cuando tratemos de exportar nuestros libros al mundo si nos ponen barreras", agrega. Para Avelluto, en vez de establecer regulaciones, se debe ayudar a la industria gráfica a ofertar sus servicios en el exterior y volverla más competitiva.

Sin embargo, no todas son críticas a la resolución que procura frenar la salida de dólares. "Desde nuestra experiencia no entendemos esta resolución como una restricción -señala Silvina Fernández, directora de la distribuidora e importadora de libros Grupal, a La Nación -. En nuestro caso, pocos títulos superaron la cantidad de importación a partir de la cual se exigía el llamado control de metales pesados. En 2011, cuando se instrumentó este requisito, y las cantidades superaban los quinientos ejemplares, hicimos acuerdos de coedición con las editoriales que representamos en forma exclusiva".

Entre otros sellos conocidos por los lectores, Grupal distribuye títulos de Alba, Siruela y Sexto Piso. "Trazamos un plan de impresión en los títulos de mayor demanda, lo que nos posicionó mucho mejor en todos los puntos de ventas, permitió sostener la oferta a los lectores y favoreció además las apuestas comerciales -dice Fernández-. El resultado fue una mayor cantidad de títulos y ejemplares volcados al sector comercial. Sí deberíamos acordar con las imprentas locales un compromiso de precios para que el libro tenga un precio competitivo". Entre 2011 y 2015, la mayoría de las imprentas locales subió los precios de manera significativa, lo que afectó en la estructura de costos y, finalmente, en el precio de los libros.

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Ese mismo 1 de septiembre, Juan Batalla publicó en Cultura InfoBAE los dichos de Juan Carlos Sacco, presidente de la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines, defendiendo la medida gubernamental, así como el testimonio de varios referentes del sector editorial poniendo en duda las razones de la medida, para lo cual también se consultó con médicos y especialistas.

Un empresario defendió el cepo al libro y dijo que la tinta 
podría provocar daños en la salud: la opinión de los especialistas


La polémica sobre la Resolución 253/2020 del Ministerio de Desarrollo Productivo, publicada ayer en el Boletín Oficial, sigue en aumento. Esta vez, en torno a si las tintas utilizadas en publicaciones pueden afectar la salud.

Infobae Cultura dialogó con referentes del mundo editorial, quienes explicaron cómo la medida afecta negativamente a una industria que de por sí atraviesa ya uno de los peores momentos históricos. Ahora, Juan Carlos Sacco, presidente de la FAIGA (Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines), aseguró que la medida tiene un sesgo “medioambientalista” y que busca proteger la salud de una posible contaminación por metales pesados.

En conversación con Marcelo Longobardi en Radio Mitre, Sacco aseguró que “el problema consiste en tocarlos, cualquier packaging que pase el nivel de metales pesados, puede ser cancerígeno o generar enfermedades alérgicas”. Y agregó: “El diario es uno de los peores, porque las tintas que tienen –si bien están fabricadas en el país–, dejan las manos manchadas porque no se da tiempo a secar las tintas”.

En ese sentido, la resolución retoma las bases de la realizada en 2012 por el entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, que “establece un régimen de certificación obligatoria para definir los mecanismos tendientes a eliminar los peligros derivados del uso de tintas con alto contenido de plomo en productos gráficos que fue modificada mediante las Resoluciones Nros. 1 de fecha 5 de enero de 2016 y 332 de fecha 10 de noviembre del 2016, sobre un amplio conjunto de productos, entre los que se encuentran los libros, álbumes o libros de estampas y cuadernos para dibujar o colorear (para niños)”. Además, cita al artículo 42 de la Constitución Nacional establece que los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la relación de consumo, a la protección de su salud, seguridad e intereses económicos, y a una información adecuada y veraz.

Ahora, ¿siguen teniendo plomo las tintas?, ¿pueden provocar cáncer el manoseo de libros o diarios? Infobae Cultura consultó tanto a referentes del mundo editorial como a una toxicóloga y un oncólogo, quienes desestimaron esta posibilidad.

Santiago Bella (M.N. 22413), vicepresidente de la Asociación Argentina de Oncología Clínica, se mostró sorprendido por la aseveración y comentó: “Esto no existe en ninguna parte del mundo. No conozco ninguna restricción ni publicación seria que hable de que las tintas sean cancerígenas. Es la primera vez que veo algo así, estamos acostumbrado a estudiar libros de bibliografía extranjera y nunca se planteo semejante cosa. De hecho, leemos revistas con artículo sobre cáncer todo el tiempo y jamás leí algo sobre el tema. Me parece un absurdo”.

“Uno puede entender algo así si la tinta es muy antigua, como de hace dos siglos o antes de la imprenta, que se extraía de productos naturales y o se sabía que contenía. Pero luego de la imprenta y la posterior industrialización no tiene sentido. Ahora quieren volver a la incivilización, que alguien tenga cáncer por haber leído libros no lo vi nunca. Imaginate que hay bibliotecas que reúnen miles de volúmenes y se entra y nadie se plantea semejante cosas, a nadie se le ocurre. Por otro lado, las publicaciones vienen cada vez más por vía electrónica”.

Por su parte, Elda Cargnel (M.N. 65037), Jefa del servicio de toxicología del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, comentó: “Para la impresión en papel se utilizan sustancias que son irritantes para los ojos, la piel y mucosas pero el principal riesgo es para quien las manipula en el momento de la impresión. Las tintas offset convencionales no están clasificadas como peligrosas, según la Directiva europea 88/379/CEE. En este sentido no presenta riesgo para la salud. Las tintas serigráficas convencionales que tienen pigmentos orgánicos e inorgánicos, resinas disolventes, derivados de petróleo y glicoles, éteres de glicol y cetonas aditivas son riesgosas en el momento de la manipulación durante el proceso de impresión”.

“En Argentina teníamos problemas con linotipistas y trabajadores de gráficas porque usaban tipografías de plomo y se contaminaban con plomo y muchas veces al no higienizarse contaminaban a sus hijos. En la Unión Europea, que se basan en principio de precaución, y en EEUU en general los contaminantes están mucho más limitados”.

Y agregó: “Ahora si están pensando que está contaminado, no debería entrar ningún impreso y que se imprima en Argentina con las condiciones de limitación de tintas a utilizar”.

Para Martín Gremmelspacher, presidente de la Cámara del Libro, la resolución tiene un fin para–arancelario; o sea, que busca proteger la industria nacional más que un sentido medioambiental: “Es una medida para proteger a industria nacional ,y uno puede acompañar, pero que no tiene sentido hoy porque el sector está destruido y no se está importando nada– Además, tiene poco sentido porque los libros no tienen plomo en tinta hace más de una década. Cuando se ejecutó con el gobierno anterior no se detectó ningún libro que la tuviera”.

Finalmente, Rodolfo Reyna, presidente de la Cámara Argentina de Publicaciones, fue determinante: “La resolución de control de tinta y metales pesados se implementó durante 4 años y en esos años que estuvo vigente nunca se detectó ningún problema con ninguna partida del libro. Es bastante claro que la resolución no protege a nadie, porque las tintas recontra cumplen los límites que el ensayo requiere. Las tintas cambiaron hace muchos años, el plomo en tinta es una cosa antigua”. Y agrega “Cuando esta resolución estuvo en vigencia ningún ensayo dio mal”.

La resolución comenzará a regir a partir del 15 de septiembre para garantizar el ingreso de aquellas publicaciones que ya se “encuentran en tránsito” y mantendrá su vigencia, a partir de esa fecha, por un plazo de un año. Se aplicará a los ingresos que superen las 500 unidades y no afecta al ingreso de publicaciones para consumo personal. En ese sentido, serían las grandes cadenas y editoriales las más afectadas.

Desde la cartera dirigida por Matías Kulfas explicaron a Infobae Cultura: “No es un cepo. Es un control sanitario que existía y el gobierno anterior derogó. Tiene como objetivo garantizar que los materiales utilizados no sean perjudiciales para la salud”. Además, aseguraron que en cada pedido se analizará la calidad de la tinta y que, en caso de que no genere problemas para la salud, será permitido el ingreso de más de 500 unidades mensuales.

“Si se presenta la certificación se puede hacer la importación. Una vez presentada, no hay ningún tipo de impedimento. La resolución establece la necesidad de presentar la certificación. Se calcula que hacer todo el procedimiento no duraría más de un mes, que incluso puede acelerarse si se inicia el trámite por TAD (Trámites a Distancia”, aseguraron.

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También  el 1 de septiembre, Verónica Abdala publicó en el diario Clarín la siguiente nota, donde se reproducen distintos mensajes publicados en la web por escritores argentinos, a favor y en contra de las medidas del gobierno.

El cepo a los libros abrió la grieta entre los escritores


Este lunes, a partir de la reactivación de una resolución difundida a través del Boletín Oficial, el Ministerio de Desarrollo Productivo volvió a frenar las importaciones de libros con la reactivación de una medida paraarancelaria que exige hacer un análisis para ver si hay plomo en la tinta. Es una medida gestada en los tiempos de Guillermo Moreno y, en los hechos, impone una traba burocrática a la llegada de lotes que superen los 500 ejemplares.


Concretamente, a partir de la resolución en vigencia se encarece el trámite de importación, lo que indirectamente, argumentan quienes defienden esta decisión, redunda en una medida proteccionista del sector. Aunque la mayoría de los consultados considera que se trataría de una prohibición poco inteligente, aún si esa intención resultara válida. En primer lugar, porque el argumento del cuidado sanitario parece falaz. En segundo término, porque consideran que, aún si el verdadero propósito de la norma apunta a respaldar al sector editorial, muy golpeado por la crisis, una medida aislada y arbitraria podría terminar siendo contraproducente.

La mayoría de los consultados coinciden en que ese supuesto argumento sanitario no es convincente.

Y según admite la misma resolución e informó Clarín este lunes, los controles aspiran en realidad al "establecimiento de estándares de producción y mejora de la competitividad para los productos que se fabrican y comercializan en el país". Una medida como ésta, aún si ese fuese el propósito, ¿alcanza o tiene sentido?

Las opiniones son muy diversas y hasta las redes sociales fueron escenario de algunos cruces picantes, en estas horas. Un caso: el autor Juan Terranova avaló la medida en su cuenta de Twitter. Otra autora, Pola Oloixarac, sin dar lugar a los matices, le respondió con una foto de Adolf Hitler, acusándolo indirectamente de fascista, se entiende. Hubo expresiones de apoyo y condena para uno y otro bando.

En casos como el de los libros ilustrados e infantiles, dicen los que saben, la medida además dificulta la producción porque no hay en el país tecnología para equiparar la calidad y los precios de otros lugares. En los hechos, muchas editoriales resistían la importación "pero cuando abrió mandaron a imprimir a China", contaba este lunes un importador destacado, Jorge Waldhuter, de distribuidora Waldhuter.

Consultados por Clarín en las horas posteriores a la difusión de la medida, autores y editores se pronunciaron a favor y en contra de la medida, y también manifestaron sus opiniones en sus redes sociales. Aquí, algunas de las reflexiones, en relación a este tema:

Claudia Piñeiro

Lamento que se haya establecido otra vez esta limitación. Porque en definitiva hará que algunos textos no puedan ser leídos. El argumento del plomo no es válido porque hace más de diez años que no existe tinta con plomo en el mundo. Si se trata de una medida de aliento a la industria gráfica local, los mecanismos para hacerlos deberían ser otros.
Es como si los escritores argentinos pidiéramos una norma que restrinja la lectura de autores extranjeros porque estamos pasando por una tremenda situación económica a causa de la pandemia, tal como le pasa a todos los eslabones de la industria, a todas las industrias, a todos los argentinos.
Creo que el problema está en que se conoce poco de industrias culturales y por lo tanto se le aplican normas que pueden funcionar en otros campos, incurriendo en pesados “costos” de otro tipo que no se miden de la misma manera. Por otra parte, el impacto de esta medida en la salida de dólares no parece significativo.

Guillermo Martínez
Estoy en contra de estas restricciones, sobre todo basadas en un argumento falso (la cuestión ridícula del plomo).
Sí estoy a favor de privilegiar la industria nacional, algo que se puede lograr de mil otras maneras más inteligentes que impedir el acceso a libros que vengan de afuera.

Juan Terranova
No se trata de poner trabas a las importaciones. Se trata de que no se fuguen más dólares, el gran problema económico estructural argentino.
El progresismo porteño identifica el libro con las novedades de Anagrama y esos libros de precios imposibles con una ilustración que desea y de la que carece.
Yo hace años ya que no compro libros con precios en euros. Teniendo Internet la discusión se hace todavía más anacrónica.

Pola Oloixarac
No es raro que en un gobierno sin imaginación penalice la imaginación. Lo de la tinta es un verso viejo, todos saben que es mentira, ya no se usan tintas con plomo. No se esfuerzan por engañar porque a este gobierno solo le interesa la cultura para cooptarla. Si alguno te dice que la medida le parece bien es porque es un bot controlado por el Estado.
No se podía comprar libros afuera porque son carísimos y porque la aduana te hace la vida imposible y ahora tampoco se pueden importar. Es una forma de tortura para cualquier lector. 
Es especialmente cruel porque solo afecta a quienes aman leer y desean al mundo, es como pegarle a alguien por debajo de la mesa mientras el resto sigue como si nada. Solo sirve para encarecer libros, perjudicar editores y lectores y favorecer la deforestación cultural.

Enzo Maqueira
Todas las medidas que se tomen para proteger la industria nacional (no sólo la industria del libro) son bienvenidas. Y todas las medidas que limiten el acceso a bienes culturales son indeseables. Por eso, antes de restringir las importaciones de libros es necesario diseñar un plan integral de fomento de nuestra industria editorial que tenga en cuenta a cada uno de sus participantes, empezando por autoras y autores.
La creación de un Instituto Nacional del Libro, que por estos días impulsa la Unión de Escritoras y Escritores junto con otros colectivos, sería una respuesta mucho más eficiente y completa a una situación que necesita de acciones concretas, completas y consensuadas.

Víctor Malumián
No vi la letra chica, pero sé que esta mirada apunta a las tiradas de más de 500 ejemplares, es decir 499 ejemplares entran sin dificultad o con las condiciones anteriores.
En general, yo prefiero las medidas que favorecen comportamientos y no las que los restringen. Creo que hay que tener en cuenta cómo afecta la medida a un sector como el de los libros infantiles, que por sus características en muchos casos se imprimen afuera.
Y creo que está bueno que se regule el ingreso de saldos de afuera y que haya medidas de protección de la industria nacional, pero creo que pensarlo de otra forma, y no con prohibiciones.










jueves, 3 de septiembre de 2020

Nuevamente, cupos a los libros extranjeros

El pasado 31 de agosto, el Boletín Oficial publicó una resolución del Ministerio de Desarrollo que restablece un límite de hasta 500 unidades por mes para publicaciones del exterior. La medida, muy similar a la implementada por Guillermo Moreno, secretario de Comercio durante el gobierno de Cristina Kirchner, levantó todo tipo de polémicas. Así lo comenta Juan Batalla, en Cultura InfoBAE.

 

(En la entrada del día de mañana podrán leerse las opiniones de muchos participantes de la industria del libro en la Argentina)

 

Polémica: se reestableció el límite a la importación de libros

 

La traba a la importación de publicaciones vuelve a aparecer en el panorama del mundo editorial, tras la publicación en el Boletín Oficial de la Resolución 253/2020 del Ministerio de Desarrollo Productivo, que restablece un límite de hasta 500 unidades por mes, debido a razones medioambientales.

De esta manera, se retoma el concepto de limitación del ingreso de grandes tiradas desde el exterior como había sucedido en 2012 tras una medida impuesta por el entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y que había sido derogada durante la gestión del ex presidente Mauricio Macri.

En sus considerandos, la resolución actual de la cartera de Matías Kulfas asegura que el artículo 42 de la Constitución Nacional establece que los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la relación de consumo, a la protección de su salud, seguridad e intereses económicos, y a una información adecuada y veraz.

También que el artículo 5º de la Ley Nº 24.240 establece que las cosas y servicios deben ser suministrados o prestados en forma tal que, utilizados en condiciones previsibles o normales de uso, no presenten peligro alguno para la salud o integridad física de los consumidores o usuarios.

Esta medida es muy similar a la tomada en 2012, bajo la resolución N° 453, que “estableció un régimen de certificación obligatoria para definir los mecanismos tendientes a eliminar los peligros derivados del uso de tintas con alto contenido de plomo en productos gráficos que fue modificada mediante las Resoluciones Nros. 1 de fecha 5 de enero de 2016 y 332 de fecha 10 de noviembre del 2016, sobre un amplio conjunto de productos, entre los que se encuentran los libros, álbumes o libros de estampas y cuadernos para dibujar o colorear (para niños)”.

En ese sentido, se vuelve a vincular el nivel de plomo que podrían contener las publicaciones extranjeras en la tinta, a menos que se trate de pequeñas partidas, aprobadas por el organismo.


“Por ello, se entiende necesario proceder a la suspensión de los efectos de las Resoluciones N° 1/16 y 332/16, ambas de la ex Secretaría de Comercio, respecto de las posiciones arancelarias 4901 - libros, folletos e impresos similares, incluso en hojas sueltas y 49.03.00.00 - álbumes o libros de estampas y cuadernos para dibujar o colorear, para niños, a los fines de incorporar las mismas al Régimen establecido en las Resoluciones Nros. 453/10 y 685/15 de la Secretaría de Comercio”, dice la resolución.

La presente comenzará a regir a partir de los 15 días corridos -o sea, desde el 15 de septiembre- desde su publicación. De esta manera se garantiza el ingreso de aquellas publicaciones que ya se “encuentran en tránsito” y mantendrá su vigencia, a partir de esa fecha, por un plazo de un año.

Fuentes cercanas del ministerio explicaron a Infobae Cultura: “No es un cepo. Es un control sanitario que existía y el gobierno anterior derogó. Tiene como objetivo garantizar que los materiales utilizados no sean perjudiciales para la salud”. Además, aseguraron que en cada pedido se analizará la calidad de la tinta y que, en caso de que no genere problemas para la salud, será permitido el ingreso de más de 500 unidades mensuales.

“Si se presenta la certificación se puede hacer la importación. Una vez presentada, no hay ningún tipo de impedimento. La resolución establece la necesidad de presentar la certificación. Se calcula que hacer todo el procedimiento no duraría más de un mes, que incluso puede acelerarse si se inicia el trámite por TAD (Trámites a Distancia”, aseguraron desde el ministerio.

Consultada por Infobae Cultura, María Teresa Carbano, presidente de la Fundación El Libro, comentó: “Creo que protege a la producción nacional y a las imprentas argentinas. Detrás de esto estuvo fuertemente la FAIGA (Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines) desde que asumió Alberto Fernández. Yo opino que beneficia a las imprentas argentinas y no atenta contra la bibliodiversidad”.

Por su parte, Rodolfo Reyna, presidente de la Cámara Argentina de Publicaciones, aseguró: “La resolución de control de tinta y metales pesados se implementó durante 4 años y en esos años que estuvo vigente nunca se detectó ningún problema con ninguna partida. Es bastante claro que la resolución no protege a nadie, porque las tintas recontra cumplen los límites que el ensayo requiere. Las tintas cambiaron hace muchos años, el plomo en tinta es una cosa antigua”.

“Por otro lado, las importaciones del primer semestre de 2020 son 80% más bajas que las del 2018 debido a la inflación, la caída del mercado, que está sumamente golpeado, que es realmente crítica. Esto se propone como una medida de protección al consumidor pero en realidad lo único que hace es generar más costos para una industria extremadamente debilitada. Parece una medida paraarencelaria, nos sorprende, fue inesperado, y no entendemos la motivación. Porque por un lado, cuando estuvo en vigencia ningún ensayo dio mal y por otro, estamos hablando de que se está importando el 20% del 2018. Es incomprensible. Nos estamos mirando las caras y nos sabemos qué pensar. Es un momento en el que necesitamos generación de oportunidades”.

Reyna, en diálogo con Infobae Cultura, aseguró que la medida “va a encarecer los costos en un mercado deprimido”, en el que muchas librerías están aún cerradas. “Es impredecible lo que va a pasar en septiembre. El libro no escapa a la situación general, las ventas son bastante inferiores al mismo período de 2019″. También comentó que al aumentar los costos “potencialmente podría haber un aumento de precios” de tapa de las publicaciones.

Y explicó: “Cualquier tipo de impedimento o mayor costo atenta contra la industria. Mandás un libro a imprimir al exterior pero el trabajo editorial se hace acá. Se perjudica a gente que trabaja acá, que vive acá. El negocio editorial trasciende las fronteras por su propia esencia. Un libro no se reemplaza por otro, cada uno es en sí mismo una obra. Si se publica un libro que nos interesa, necesitamos hacer acuerdos con editores del exterior, se compran ciertas cantidades, etcétera. Esto no es fabricar una cubierta argentina para reemplazar una extranjera, no se debe equiparar el valor del bien cultural con el de bienes materiales de consumo.

Por su parte, Martín Gremmelspacher, presidente de la Cámara del Libro, comentó: “La veíamos venir. Nos habían dicho en algún momento que iba a salir. La resolución es paraarancelaria con poco sentido porque los libros no tienen plomo en tinta hace más de una década. Cuando se ejecutó con el gobierno anterior no se detectó ningún libro. Es una medida para proteger a la industria nacional ,y uno puede acompañar, pero que no tiene sentido hoy”.

“Es una medida que no va a traer efecto, porque el sector está destruido y no se está importando nada. Por ejemplo, en 2019, se había importado USD 107 millones, de los cuales casi USD 70 millones habían sido durante el primer semestre. Este año se llevan importados, hasta julio USD 24 millones, y la mitad son publicaciones de fascículos, que no tienen nada que ver con la industria editorial, de esos que se venden en los kioscos y que traen muñequitos”.

Gremmelspacher sostuvo que la medida carece de sentido “porque no va a restringir las importanciones que ya están por el piso, por una economía destruida. Quizá en 5 años tenga sentido, hoy no lo tiene. La hacen porque la industria gráfica siempre estuvo detrás de esa medida. Uno como empresario nacional defiende que las cosas se hagan acá pero en la situación en la que estamos tiene poca aplicación. Antes, el sector gráfico siempre exponía que no podían ser competitivos porque no podían desgravar el IVA al libro, pero ahora sí se puede, así que tampoco hoy es un argumento desde ese lado para que esta normativa salga”.

jueves, 30 de agosto de 2018

Más sobre las capacidades especiales de la RAE


El lunes 27 de agosto pasado, Juan Batalla publicó en InfoBAE Cultura la siguiente nota, donde se retoma la polémica suscitada en Twitter entre la RAE y varios usuarios de la red social. La misma revela que las capacidades especiales de los miembros de la RAE siguen siendo las mismas.

Polémica en las redes: ¿Están “Machirulo” y “Feminazi” en camino de ser aceptadas por la RAE?

La Real Academia Española respondió en Twitter sobre el significado de estos neologismos y despertó la ira de los usuarios, que acusaron a la institución de avalarlos, aún cuando se aclaró que aún no forman parte de su diccionario. Infobae Cultura dialogó con una especialista para conocer cómo el organismo acepta o no los nuevos términos.

En una época en que el lenguaje está en discusión, en el que los cambios empujados por las redes sociales parecen afirmarse con mucha mayor rapidez en el habla cotidiana, la RAE (Real Academia Española) busca la manera de consolidarse, de ganar en el territorio de las nuevas tecnologías, aunque en sus intentos puede trastabillar, tal como le sucedió durante el fin de semana, cuando respondió sobre los términos "Feminazi" y "Machirulo" y recibió una catarata de tweets que criticaron un supuesto "aval".

Todo comenzó, esta vez, cuando la institución ingresó en el debate que tenían dos usuarios @DStoermann y @Antifeminaziis, cuenta suspendida por Twitter después del intercambio para aclarar que "La voz «feminazi» (acrónimo de «feminista» + «nazi») se utiliza con intención despectiva con el sentido de 'feminista radicalizada'".

Este aporte fue tomado como que la RAE aceptaba el uso del término y que de esta manera la avalaba, por lo menos así lo entendieron muchísimos usuarios. Desde un "La RAE legitimando un insulto al movimiento feminista y a lo pueblos víctimas del nazismo. Estos tipos son todo lo que está mal" a "¿Y desde cuándo ustedes definen y justifican el uso de una palabra que no está en el diccionario? 'Este neologismo de reciente creación que se documenta en el uso pero no recogen nuestras publicaciones', ¿eso no aplica con el lenguaje inclusivo ni otros por los HUEVOS DEL CM?" o "La RAE legitimando un insulto al movimiento feminista y a lo pueblos víctimas del nazismo. Estos tipos son todo lo que está mal"

El ente, rápido de reflejos, también contestó mediante la red social del pajarito: "Disculpe, solo hemos comentado, como respuesta a una consulta, el origen de este neologismo de reciente creación, que se documenta en el uso pero no recogen nuestras publicaciones".

Y aquí es una de los grandes problemas que se encuentra la RAE ante el nuevo ágora del debate del lenguaje, las redes sociales. Los tiempos del lenguaje en la vida cotidiana son mucho más veloces que los de su institucionalización y si bien el ente regulador del idioma español busca aclarar dudas aún cuando clarifica que no forman parte de sus diccionarios– el hecho que ingresen en el debate puede generar malos entendidos.

"Hace algunos años que la RAE está tratando de actualizarse. Están buscando acercarse más a la población. No es un proceso nuevo, si se tiene en cuenta que hace dos décadas la base de datos comenzó a tomar las nuevas palabras de distintos lugares de habla hispana", explica a Infobae Cultura Silvia Ramírez Gelbes, doctora en Lingüística, profesora Adjunta en la cátedra de Corrección de Estilo de la Universidad de Buenos Aires y profesora principal de Cátedra de la Universidad de San Andrés.

En ese sentido, Ramírez Gelbes ejemplifica: "Hace poco tiempo, en el diccionario incorporaron el ESP, cuando reconocen que es una acepción española. Antes no aparecía discriminado, pero ahora está igualada las descripciones de España a la del resto de los países".

Además, asegura, que las explicaciones sobre los neologismos no deberían ser tomados como una expresión de aval: "Es cierto que tratan de responder de manera rápida, pero la RAE tiene una regla por la cual un término se incluye cuando ya tiene cinco años de uso. Se toman un tiempo prudencial para hacerlo".

Esta no es la primera vez que la RAE se encuentra envuelta en una polémica. En marzo pasado, por ejemplo, modificó la quinta acepción del adjetivo "fácil" para que deje de referir a una "mujer que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales" y pasó a ser una "persona".

El año pasado, luego de que se juntaran 200 mil firmas, también cambió el significado de "sexo débil", que a su definición de un "conjunto de las mujeres" se adicionó que su uso tenía una "connotación negativa". En aquella oportunidad, también decidió corregir otras como "revoque", que pasó a ser "maquillaje excesivo" sin importar el género antes era "de una mujer", "edén", que ya no es la tierra de Adán, sino que también la compartió con Eva o incluso "himno", que se utilizaba para exaltar las proezas de un "gran hombre", pero ahora de una "persona".

Para la especialista uno de los problemas comunicativos que afronta la RAE es su sesgo español: "A veces confronta con una mirada española. En el caso de 'Machirulo', por ejemplo, no es lo mismo 'chulo' en Argentina, que en España, que puede ser tanto lindo como gigoló. Sus respuestas pueden estar sesgadas, ya que que por contestar rápido no consultan a las academias del lenguaje locales".

"No se debe tomar estas explicaciones como definitivas. Lo que sucede es que estamos acostumbrados a que durante el siglo XIX y XX eran una referencia ineludible. No por nada existe la expresión 'lo dice la RAE', aunque 'Machirulo' y 'Feminazi' no estén registradas, una persona que no conoce cómo es el circuito puede confundirse. Es una forma de brindar un servicio. Con esto se acercan al público más general y buscan salir del encierro de los 'especialistas iluminados'", finaliza.

La polémica sigue abierta y será cuestión de tiempo para conocer si finalmente ingresan al diccionario y, en caso de hacerlo, de qué manera se las define.