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lunes, 3 de marzo de 2025

Una encuesta para traductores sobre traducción e inteligencia artificial (11)

 Décimo primer día de la encuesta

Los traductores y la inteligencia artificial (11)  



LAURA FÓLICA (Argentina - residente en España)

1) ¿Qué tan familiarizada está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

No estoy muy familiarizada con el tema IA, tal y como se la conoce ahora. Sí que conozco herramientas de traducción automática, como las memorias de traducción que ya llevan buenas décadas en uso, los diccionarios electrónicos, los traductores que usan deep learning. Dado que estas “herramientas” ya están hace tiempo en el entorno de trabajo de los traductores, creo que tenemos algo de ventaja en pensar posibles usos, sesgos y perversiones. Por ejemplo, irrita que las memorias de traducción, tipo Trados, sean promovidas como “agilizadores de tiempo” para traductores, cuando, a nivel empresarial, loque se busca es un control más preciso del proceso de traducción (y no sólo del producto) y, por tanto, un pago diferencial (y menor) entre palabra nueva y palabra ya usada en la propia memoria que los propios usuarios han ido armando. Es decir, cuanto más se traduce con la memoria de traducción, menos se cobra.

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Depende, de qué depende…Es útil porque, como decía, acorta tiempos debúsqueda, se integra al espacio real, móvil y actual de los traductores. Ahora puedo traducir desde un tren (cosa que me toca hacer en estos días). También las fuentes  de consulta se diversifican y se extienden casi infinitamente. Esto vuelve urgente que tomemos conciencia de nuestros usos, de nuestras tomas de partido, de los sesgos de las herramientas. Estaría bueno entender qué hacemos como usuarios, cuándo acudimos a las referencias en papel, cuándo y qué fuentes digitales buscamos. Así, evitamos seguir pensando que reproducimos una práctica laboral e intelectual que ha cambiado. Ahora bien, uno de los riesgos es creer, desde un tecnoptimismo hegemónico, que la aceleración de tiempos de ese “entorno-más” de medios electrónicos como extensión del hombre (como diría MacLuhan traído por Woody Allen) redunda en beneficios liberadores para sus usuarios. Por el contrario, el acortar procesos de búsqueda, por ejemplo, no necesariamente repercute en mejores más calmosas condiciones de trabajo. Si nos ponemos apocalípticos, ¿las editoriales podrán seguir dando plazos asumibles por un traductor con cuerpo? ¿O esto ya será un lujo para unos pocos traductores con nombre?

3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

No sé si es un riesgo, pero si implica repensar la práctica. En ese sentido, es una oportunidad para ver qué espacios se negocian y cuáles no. A nivel docente, por ejemplo, no se puede dejar de asumir que estas herramientas se usan, por lo tanto, hay que pensar honestamente cómo enseñar a traducir, qué ejercicios son los que permiten aprender el proceso de un modo actualizado. Es decir, hay que enseñar a establecer criterios de búsqueda en materiales de referencia, entender las fuentes, el modo de documentarse, sus limitaciones. Ahora bien, ¿importan para enseñar a traducir? ¿O hay que dar clases de postraducción o posedición? ¿La posedición ha de entrar en los programas de formación o esto ya significa tirar la toalla? También, obviamente, reflexionar sobre la IA asociada a la traducción implica pensar cómo entendemos (ella y nosotros) el lenguaje, la literatura, el aprendizaje, la traducción.



CARLOS GAMERRO (Argentina)

1) ¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

No demasiado. He hecho algunos experimentos con poesía medida y rimada, los resultados fueron bastante decepcionantes. Puede ayudar a salir del paso en algunas cuestiones muy puntuales: hace poco, traduciendo el Acto II.ii de Antonio y Cleopatra, buscaba el equivalente español de "snaffle" (un tipo de brida de caballo) y a pesar de mis búsquedas en Google no terminaba de encontrarlo; así que le pregunté a Chat GPT y me contestó que la palabra buscada era "filete", fundamentándolo además con explicaciones muy completas; con esa indicación volví a Google y pude comprobar que era la opción correcta. El problema es que si pongo "filete" en la traducción todos van a pensar que Octavio manejaba Roma a los bifes. Como propone el experto en IA Stuart Russell, lo fundamental es que el operador humano siempre tenga la última palabra.

2)¿ Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Sí, es útil, aunque por ahora la vengo utilizando más para escribir ficción que para traducir. No para escribir ficción en general, pero como estoy escribiendo una novela de ciencia ficción donde hay un programa de IA que escribe historias, exploro lo que hacen estos chatbots para ver 'como piensa la máquina'.

3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

En mi caso, traduzco por gusto y desafío, como otros hacen crucigramas o sudoku, y para mantener afinadas mis facultades verbales, asi que seguiría haciéndolo aunque me demuestren que ChatGPT lo hace mucho mejor. Como dijo el campeón mundial de go Lee Sedol tras ser derrotado por el AlphaGo: "La equitación no acabó con el atletismo. Corremos por placer". Imagino que pueda ser un riesgo para otras formas de traducción mas formuláicas como las legales, comerciales y científicas, ya que estos programas lo hacen bastante bien y por un tema de costos podrían 'reemplazar' al traductor humano. Imagino también que puede ayudar a los traductores literarios a avanzar más rápido con primeras versiones, y a ofrecer opciones tal vez inesperadas a cada paso. Aunque en mi experiencia las traducciones de estos programas son bastante convencionales, además de moralistas. Una vuelta le pedí a ChatGPT una escena de zoofilia y se negó de plano. Habría que probar qué pasa si lo alimentamos con unas páginas de Sade.


SILVANA FRANZETTI
(Argentina)

1) ¿Qué tan familiarizada está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

La IA está presente desde hace décadas en varias herramientas digitales que uso para traducir poesía, desde navegadores, traductores hasta distintos tipos de diccionarios, aunque por ahora no usé chatbots de IA generativa.

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por
qué no?

Para la consulta de datos, como léxico, etimología o información, e incluso ciertos usos de la lengua en contexto, la IA reduce el tiempo de búsqueda, no es poco pero es solo una de las dimensiones de la práctica de traducción. En cambio, no me resulta una herramienta útil en las demás dimensiones —desde las estrategias de lectura hasta la interpretación—, donde se ponen en juego facultades, habilidades y competencias que hacen que el texto trascienda la traducción lineal y se transforme en un poema traducido.

3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué
no?

Ejerzo la traducción de poesía no como profesión, sino como oficio; sin embargo en ambos casos siempre es necesario reflexionar acerca de las herramientas que manejamos, en esta esfera alcanzaría con una reflexión crítica y responsable acerca de la práctica. Sin duda, los riesgos se sitúan en la industria, en otras dos esferas, la del mercado laboral, con la pérdida o reconversión de puestos de trabajo, y la de la fabricación del hardware de estas herramientas, que implica la extracción indiscriminada de minerales de existencia finita, la contaminación de agua, y demás.

miércoles, 3 de abril de 2024

"La desigual distribución de capitales económicos, pero también simbólicos, en el campo editorial globalizado del español"

El siguiente artículo de la investigadora y traductora Laura Fólica fue publicado en el número 29 de Latin America Literature Today, con el marco de un dossier dedicado a la traducción latinoamericana en España.

El español como lengua de traducción: variedades en tensión en el mercado editorial actual


En Alfaguara publicamos un libro de Rey Rosa.
Lo habían traducido del guatemalteco al español.
Me odió Rey Rosa. A lo largo del tiempo la editorial cambió.

Declaración de Juan Cruz en el Foro Edita Barcelona, 2019


¿Se traduce de un español a otro en la industria editorial hispanohablante? Pareciera ser una práctica condenada cuando incumbe a textos literarios, tal y como deja ver la declaración de Juan Cruz, exeditor de Alfaguara; pero, ¿qué pasa cuando se trata de traducciones?

En este ensayo se revisan dos dicotomías presentes en la doxa del mercado editorial del español: la primera es la oposición entre lengua literaria y lengua de traducción; la segunda, ya situados en la lengua de traducción, se da entre las variedades del español utilizadas para traducir, oponiendo la traducción editada en España a la de América Latina.

Lengua de escritura y lengua de traducción: Dos representaciones antagónicas

La oposición entre lengua de escritura literaria y lengua de traducción suele ser defendida por lxs editorxs. Una cosa es el español empleado para crear literatura y otra el que se requiere para traducir literatura. La editorial Anagrama, fundada en Barcelona en 1969, es experta en enfrentarse al problema de la variedad lingüística, ya que ha labrado buena parte de su prestigio editorial como “descubridora” de autorxs latinoamericanxs que, una vez editadxs en su colección “Narrativas hispánicas”, regresan más prestigiadxs a sus campos nacionales; valga el ejemplo de Bolaño, que funcionó durante años como “marca” de la editorial. En ese sentido, Teresa Ariño, legendaria responsable de las traducciones de Anagrama, es clara: “en los originales hay que dejar lo que el autor quiere poner, la traducción es la traducción”.

Si bien la peninsularización de escritorxs latinoamericanxs hoy es condenada, no ocurre lo mismo con lxs traductorxs. En esos casos, la lengua del traductxr se adecúa a la norma peninsular. Marc García, editor responsable de Anagrama, explica que “en un original el autor usa su variante. En la traducción, el autor original usa su variante y tú tienes que escoger a qué variantes lo vuelcas. Nosotros volcamos a la variante peninsular porque estamos radicados aquí [en Barcelona]”. Así pues, el español del escritxr sería respetado mientras que la traducción necesariamente debería adaptarse a la lengua de la editorial en cuestión. En este caso, las decisiones editoriales de Anagrama son tomadas en Barcelona para su público español, si bien la editorial compra derechos y distribuye en todo el mercado hispanoparlante.

Oponiéndose a esta división entre lengua literaria y lengua de traducción, el traductor mejicano Arturo Vázquez Barrón, cofundador de la Alianza Iberoamericana para la Promoción de la Traducción Literaria, explica qué pasa cuando en México se reciben traducciones hechas en España:

"Al lector muchas veces le resultan chocantes las traducciones españolas porque están llenas de tíos y gilipollas y demás, pero nadie exige que una novela española se adapte al español mexicano. Si eso no se exige para los originales, ¿por qué forzosamente se tiene que exigir para las traducciones?" (en Santoveña, 2010: 245-246).

Si bien desde el Convenio de Berna de 1886 para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas la traducción es descrita como escritura de creación, la explicación de este doble baremo para juzgar su lengua –sea de obra original o de traducción–, se debe a que esta última goza de menos legitimidad que la primera y, por tanto, está más sujeta a las restricciones normativas impuestas por la industria editorial. Valga aclarar que esta falta de legitimidad no es algo inherente al objeto, sino que responde a una construcción social. Tal y como analiza el crítico estadounidense L. Venuti (1995), la representación hegemónica de la traducción se regiría por el “paradigma de la invisibilidad”: la traducción suele considerarse una práctica invisible o, mejor dicho, invisibilizada por el mercado editorial y la industria cultural. Esta invisibilidad, basada en la “estrategia de la fluidez”, es la que permite sostener la “ilusión individualista de la presencia autoral” para quien desea acceder, sin mediaciones, a su autxr extranjerx.

Llevándola al territorio de nuestra lengua, ¿cómo se manifiesta esta estrategia de la fluidez? Aquí me interesa recuperar la situación de las distintas variedades del español frente al denominado “español neutro”, para complejizar la estrategia de “traducir en neutro”. ¿El neutro representa el paradigma de la invisibilidad? O, por el contrario, ¿rechaza la fluidez al presentarse como una construcción no compartida por ningún hispanohablante?

El (des)prestigio del español neutro
Al leer guías de estilo de las editoriales o al hablar con editorxs y traductorxs, la mención al “neutro” aparece como un tópico recurrente para referirse a una variedad “común”, “internacional” o “general” del español que pueda trascender las fronteras nacionales. El adjetivo “neutro”, cargado de significado durante épocas de guerra, busca evitar la contienda lingüística, pero al pretender vaciar su polemos no hace más que volverla evidente. Las variedades están en pugna porque algunas son priorizadas y otras desestimadas en la industria editorial.

El llamado “español neutro”, nacido para la industria audiovisual, pasó rápidamente a la industria editorial globalizada del español. Según la investigadora argentina Gabriela Villalba, el español neutro es una “imposición, por parte del mercado editorial, de una koiné literaria que satisfaga la exportación” (2017: 382). Aunque pretendidamente desterritorializada, esta koiné estaría próxima a la norma madrileña, pasada por el tamiz panhispánico. Sus rasgos más salientes serían: “el uso de tú/ustedes y sus formas verbales para la segunda persona, variaciones aspectuales en el uso de los pretéritos donde el rioplatense solo admite el simple, el uso de variantes léxicas del español estándar según la norma madrileña, representada por el DRAE, y la neutralización de referencias a variedades regionales” (Villalba 2007: 3).

Según dónde se enuncie, esta koiné de traducción adoptará diferentes funciones. Es cierto que, tanto en España como en América Latina, lxs editorxs pretenden una circulación ampliada de contenidos a ambos lados del Atlántico, pero la estrategia de traducción para garantizar esa circulación no es la misma. Para algunxs, el recurso al neutro es la vía que garantiza esa circulación, mientras que, para otrxs, no es más que una estrategia inviable.

Entre lxs editores argentinxs, hay quienes defienden el neutro como una utopía positiva de consenso y otrxs como un horizonte negativo de cierre discursivo; sin embargo, todxs lo mencionan a la hora de ligar la causalidad de la circulación de los libros con la evitación de marcas locales en el texto traducido. Leonora Djament, de la editorial Eterna Cadencia, reconoce cierta tensión al respecto: “creemos que no existe el español neutro pero a la vez sabemos que se está traduciendo para toda la región y que hay que tener en mente a los lectores de todos los países en lengua española a la hora de traducir”. La misma salvedad hace Maximiliano Papandrea de Sigilo, quien no cree que sus traductores escriban en neutro pero sí que eviten marcar localmente sus textos con el rioplatense, ya que este sonaría muy dialectal. “Si distribuyo en España, esta estrategia sería un suicidio”, concluye. Igual opinión sostiene Salvador Cristóbal, de Fiordo, quien piensa en una traducción regional para América Latina liberada de argentinismos. En ese sentido, el neutro sería, para él, una “linda utopía. No existe puro, pero se puede apuntar a recrearlo”.

La circulación de los libros traducidos en América Latina requiere de una estrategia que invisibilice las variedades locales y las acerque más a la norma madrileña bajo su aspecto “neutral”…

Muchas veces las editoriales compran los derechos de traducción para toda el área idiomática del español y, dado que distribuyen en toda esa zona, su estrategia de traducción resulta coherente con sus condicionantes económicas; sin embargo, esta estrategia es defendida también por pequeñas editoriales que adquieren derechos de traducción solamente para una distribución nacional. En esos casos, como nos ilustra Villalba (2017), la traducción en neutro sigue operando como “práctica prestigiadora”, porque permite mantener la creencia de que los libros, en un eventual futuro promisorio, podrán trascender las fronteras y llegar a más lectorxs. Este rasgo de supuesta incoherencia con las condiciones reales de circulación de estas editoriales nos demuestra, en cambio, que el capital simbólico no puede reducirse a explicaciones economicistas: el neutro es una estrategia de traducción dadora de legitimidad en el campo cultural argentino y latinoamericano.

La representación opuesta se activa en editoriales españolas, como es el caso de Anagrama, que traduce desde Barcelona para el mundo hispanoparlante dado que compra los derechos de traducción para toda el área idiomática y, efectivamente, está presente en la región distribuyendo o imprimiendo directamente en los países latinoamericanos. Consciente del malestar que despiertan sus traducciones en América Latina, Teresa Ariño justifica el proceder de la casa: “Sí que hay muchas quejas, pero qué vamos a hacer, son libros que no se pueden aplanar. Para nosotros, hacer una cosa estándar es aplanar el libro”. El estándar (“un español general de aquí”) es la variedad que emplean, esto es, un español que se halla más próximo a un español de Madrid. Al mismo tiempo, la localización del producto en las variedades latinoamericanas es impensada: “no podemos hacer ediciones para los demás países, es una cuestión económica, de mercado”, concluye Ariño. Otra vez, la explicación económica viene a justificar una política de traducción. La neutralización del texto en estos casos no dotaría de prestigio sus libros, sino todo lo contrario; a su vez, la variedad permitida en la literatura traducida es la propia.

La desigual relación de las variedades cuando salen de su territorio nacional –sea ibérica circulando en América Latina o latinoamericanas circulando en España–, la confirma Ana Mata, traductora española y docente de la Universitat Pompeu Fabra, quien en su trayectoria profesional con editoriales españolas ha tenido que peninsularizar traducciones provenientes de América Latina así como preparar libros en Barcelona que circularían por todo el continente americano:

Por ejemplo, ahora uno de los libros que estoy coordinando se va a presentar antes en Colombia que aquí. Yo pregunté: “Entonces, cuando me llegue la traducción, ¿tengo que tratar a ese libro de alguna manera?”. Respuesta: “No, lo hacemos desde aquí”. La traducción se ha hecho aquí pero el libro se va a presentar antes en Colombia. Lo digo porque al revés no se hace. Cuando ha ocurrido al revés, un libro que ha salido allí de estos sellos internacionales, luego se ha querido relanzar aquí, sí que se ha corregido para sacarlo en España.

Estas declaraciones nos mueven a pensar en la importancia de entender las condiciones sociales de producción del “español neutro”, para abandonar el lugar común según el cual la lengua común es aquella que no está marcada con singularidades locales. Si la lengua literaria no puede ser pensada por fuera de las marcas del “aquí y ahora” de lxs autorxs, la traducción literaria, entendida como práctica creadora, tampoco puede borrar estas condiciones materiales.

Así pues, ya sea una neutralización prestigiadora para el caso de América Latina o una aclimatación a los rasgos locales para el caso de España, en ambos vimos que lxs editorxs apelan a un argumento económico para justificar estrategias de traducción opuestas. La circulación de los libros traducidos en América Latina requiere de una estrategia que invisibilice las variedades locales y las acerque más a la norma madrileña bajo su aspecto “neutral”, mientras que en España, la norma madrileña es la asumida como aquella que puede circular libremente en todo el territorio del español. Desde España, la estrategia de neutralización quitaría valor literario a sus traducciones, que se ofrecen “peninsulares” sin tapujos. De este modo, se vuelve patente la desigual distribución de capitales económicos, pero también simbólicos, en el campo editorial globalizado del español, cuyas variedades están en tensión cuando se trata de elegir la lengua con la que se enuncia la literatura traducida.


Referencias:
Santoveña, M. et al. 2010. De oficio, traductor. Panorama de la traducción literaria en México. Ciudad de México: Bonilla Artigas.
Venuti, L. 1995. The Translator’s Invisibility. Londres/Nueva York: Routledge.
Villalba, G. 2007. “La tensión entre el español neutro y el rioplatense en las pautas de traducción”. Actas de las I Jornadas Hispanoamericanas de Traducción Literaria, Centro Virtual del Instituto Cervantes.
Villalba, G. 2017. “Representaciones sobre el español en la traducción editorial argentina: metodología de una investigación”. El taco en la brea 1(5): 380-407.

Notas:
Este artículo es una relaboración de parte del capítulo “¿Una lengua común que nos separa? La intraducción en el territorio actual del castellano” (forth., 2024), realizado en el marco de los proyectos de investigación “Social Networks of the Past”, ERC St. Grant (Nº 803860) y “The Novel as Global Form: Poetic Challenges and Cross-Border Literary Circulation” (PID2020-118610GA-I00 / AEI / 10.13039/501100011033).

Las declaraciones de lxs editorxs M. García, T. Ariño, L. Djament, M. Papandrea, S. Cristóbal y de la traductora A. Mata fueron tomadas de entrevistas realizadas por L. Fólica entre diciembre de 2018 y mayo de 2019.

jueves, 30 de septiembre de 2021

¡Los traductores se reproducen!


El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires quiere hacerles llegar a Andrés Ehrenhaus y Laura Fólica, ambos grandes traductores, socios destacados y amigos, un gran abrazo y nuestras mayores felicitaciones por el nacimiento de su nuevo hijo. Asimismo, les desea que puedan dormir de vez en cuando.

jueves, 29 de abril de 2021

Una encuesta sobre género y traducción (8)

Octava entrada de la encuesta sobre género y traducción

Timo Berger
(traductor alemán residente en Berlín, Alemania)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?

–Quizás noto un rasgo de masculinidad en algunos traductores renombrados acá, en Alemania. Por un lado, hacia las editoriales (suelen cobrar más por página, son más duros con los correctores de estilo, desarrollan estilos personales... no quiero nombrar a los traductores, pero se conocen algunos acá en Alemania) y quizás las traductoras tienden a poner más en el centro el texto en sí, la intención de la autora o del autor y no tanto su propia lectura del texto y su reelaboración. En fin, creo que se refleja ahí los todavía existentes (aunque va cambiando) roles de las mujeres y los hombres en la sociedad.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Como yo más que nada traduzco poesía, debo confesar que hay ciertas poéticas muy ligadas con el cuerpo femenino y/o con la homosexualidad que me costaría traducir. En el festival que yo coordino, junto a Rike Bolte, a veces tenemos como invitados a poetas que exploran esos campos. Con gusto encargo esas traducciones a una poeta-traductora queer que entiende mucho más del tema que yo. Pero son casos aislados. Creo todavía que un buen traductor/buena traductora crece con los textos que traduce, explora nuevas sensibilidades, nuevos modos de decir, y por eso, no creo que haya que decir que la poesía escrita por mujeres sólo la pueden traducir mujeres. Creo que incluso con el cruce de género que se da cuando un hombre traduce a una mujer o una mujer traduce a un hombre al texto se le agrega un capa más de complejidad.


Laura Fólica
(traductora argentina residente en Barcelona, España)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?

–Sí, claro, porque las marcas de género no tienen una correspondencia unívoca entre las lenguas. Justamente es uno de los problemas clásicos del estudio de las estructuras comparadas entre lenguas, ya planteado en textos fundamentales como el Ensayos de lingüística general de Roman Jakobson, cuando el autor señala que no hay que pensar el género gramatical como un rasgo puramente formal y que conviene situarlo en relación con las “actitudes mitológicas” y poéticas de las distintas comunidades lingüísticas. Así, un niño ruso leyendo cuentos alemanes traducidos se sorprenderá al ver que la Muerte, para él claramente mujer (smert’), es representada como un viejecito en alemán (der Tod); quizás ese asombro sea el modo más genuino de acercarse a la traducción. ¿Cómo resolver ese espacio de ambigüedad genérica que una forma neutra –obligada en una lengua pero inexistente en otra– nos plantea a la hora de tener que optar por la oposición masculino o femenino? Más allá de cómo lidiemos con esta ambigüedad, es interesante pensar que este es uno de los tantos lugares de decisión que tomamos como traductores en nuestros textos. Decisión que se vuelve, hoy más que nunca, una toma de posición, debido al debate que el lenguaje inclusivo ha introducido con las distintas variantes que propone, con la incomodidad (¿asombro?) que nos genera al tener que repensar ese sistema de género que creíamos bien establecido. A las restricciones y posibilidades estructurales de una lengua, ahora se añaden opciones que cuestionan la fetichización de esas estructuras y que nos recuerdan, como susurraba el buen Saussure, que la lengua es social y que necesita del habla nuestra de cada día para su evolución; por lo tanto, que sus estructuras por muy fijas que parezcan en instituciones que “limpian, fijan y dan esplendor” son flexibles, móviles, temporales y que nos están interpelando en nuestras convicciones lingüísticas.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Diría más bien que la imposibilidad es una condición de posibilidad para quienes traducen y una defensa de su condición humana, de su práctica como lectura siempre situada. Si pensamos la traducción como una búsqueda de la equivalencia, entonces, sí que la falta de similitud podría ser un problema que nos impida seguir traduciendo. Puede que una máquina se frene ahí o nos ofrezca opciones, una más decepcionante que otra. Pero justamente apuesto a tomar la imposibilidad como un lugar que nos muestra la diferencia lingüística, cultural, subjetiva y que nos desafía a levantar la cabeza de nuestros textos, dejar de teclear por unos momentos y pensar en una resolución que nos satisfaga, al menos por ahora, para seguir traduciendo.
Si esta pregunta apunta más bien a pensar en el lenguaje inclusivo, no me he encontrado con textos de partida que lo usaran; sí, en cambio acabo de traducir una obra ensayística para una editorial argentina que contempla y propone su uso en sus traducciones, pero en el diálogo con las editoras descartamos esta opción porque nos parecía forzar el original que no presentaba marcas textuales ni tampoco temáticas en ese sentido. En mi escritura al castellano, traté de buscar opciones léxicas naturalmente más inclusivas, por ejemplo, en lugar de “la historia del hombre”, “de la humanidad”, o cosas por el estilo, pero no avancé en la intervención explícita de las desinencias de género.

Carlos López Beltrán
(traductor mexicano residente en Ciudad de México, México)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–Pocos hechos tan evidentes como que el que las diferencias de sexo y de género atraviesan no sólo las lenguas sino las estructuras culturales profundas en las que están ancladas. Si añadimos a eso la evidencia de los particularismos y arbitrariedades que adoptan las marcas de lo sexual o de lo genérico en cada entramado cultural y en cada época, podemos saber de inicio que la traducción deberá confrontarse con desajustes y falta de equivalencias todo el tiempo. El problema más simple deriva de que las lenguas muy generizadas colorean los sentidos de sus enunciados con las valoraciones que el género de las cosas esparcen continua e imperceptiblemente, lo cual a veces plantea un problema para el traductor que no tenga ese recurso ideológico en su lengua de llegada.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Una frase cursi en español como “la mirada sesgada de su sexo” está mucho más feminizada por el género del sustantivo que por el pronombre neutro. El traductor de Google capta eso y nos traduce “the slanted look of her sex”, pasando lo femenino al pronombre. Más espinoso es el problema de la existencia, y la importancia de sensibilidades diferenciadas según el sexo y/o el género. El que al traducir a una mujer sea necesario poder “sentir como tal” o “saber qué se siente ser…”, lo cual en principio le impondría un reto más alto a un traductor de sexo/ género diferente. Es claro que hay textos, sobre todo literarios, en los que el despliegue de la subjetividad autoril (estoy aquí eludiendo explicitar el género) está embebido de cierto modo de ser/estar/sentir/percibir en/desde la propia carne y que este determina no sólo el lenguaje empleado sino también la mejor manera de interpretarlo, el sitio mejor para entenderlo. Un poema de Sharon Olds sobre partos no será captado con igual eficacia emocional por quien no ha parido, se piensa. O las descripciones de Ted Hughes sobre la manipulación viril del ganado no se alcanzarán a comprender si no se tiene un cuerpo masculino y no se ha sido granjero. Yo francamente lo dejé de creer hace muchos años cuando encontré en la prosa de Yourcenar descripciones de la propiocepción corporal de Adriano que no pensaba que pudieran estar al alcance de una mujer. En suma, creo que es real la dificultad de traducir de modo fiel y perceptivo la literatura intimista de alguien del quien estamos separados por barreras de sexo o género, pero no es insuperable. Como no son insuperables otras barreras equivalentes de cultura, edad, época. De hecho, esa es la esencia de la traducción.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
No que yo recuerde. Pero recuerdo poco ya.



martes, 13 de agosto de 2019

El SPET importa a Laura Fólica que viene y dice


En el próximo encuentro, que tendrá lugar el jueves 15 de agosto de 2019 a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada Laura Fólica expondrá sobre el tema “La Historia de la Traducción desde la perspectiva de las Humanidades Digitales: algunas reflexiones metodológicas”.

Laura Fólica es investigadora posdoctoral del proyecto ERC Starting Grant: "Social Networks of the Past. Mapping Hispanic and Lusophone Literary Modernity (1898-1959)", en la Universitat Oberta de Catalunya. Es docente de traducción en la Universitat Pompeu Fabra y traductora literaria. Es egresada del Lenguas Vivas (Traductorado en Francés) y de la Universidad de Buenos Aires (Ciencias de la Comunicación Social) y fue docente en ambas instituciones.

Lecturas sugeridas

-Franco Moretti (2005): "Graphs", en Graphs, Maps, Trees. Abstract Models for a Literary History. Londres: Verso, pp. 3-33.

-Katherine Bode (2017): "The Equivalence of 'Close' and 'Distant' Reading: Or, Toward a New Object for Data-Rich Literary History", en Modern Language Quartely 78.1, preprint.

-Diana Roig-Sanz y Reine Meylaerts (eds.): "General Introduction", en Literary Translation and Cultural Mediators in Peripheral CulturesCustoms Officers or Smugglers? Cham: Palgrave MacMillan, pp. 1-37.

Quienes confirmen su asistencia recibirán por correo electrónico el material de lectura sugerida para este encuentro.

Quienes tengan previsto solicitar un certificado de asistencia (un servicio gratuito del SPET), por favor no olvidarse de firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Laura Fólica entrevista a Francisco Porrúa


Laura Fólica, traductora argentina residente en Barcelona es doctora en Traducción y Ciencias del Lenguaje. Durante la investigación para su tesis, realizó una entrevista con Francisco Porrúa (foto), publicada en la revista Lenguas Vivas, n°13, de la que aquí se ofrece una parte. Actualmente es investigadora posdoctoral en la Universitat Oberta de Catalunya. 

Francisco Porrúa, un traductor romántico 
para la ciencia ficción 

“Editor legendario”, “hacedor del boom”, “descubridor de Cortázar o García Márquez”, son algunos de los epítomes con los que la prensa cultural solía presentar a Francisco “Paco” Porrúa. Y no son descripciones falaces; Porrúa había sabido ganarse semejantes hipérboles. Este gallego afincado en la Patagonia, primero, y en Buenos Aires, después, fue una figura clave en el campo editorial argentino de la segunda mitad del siglo XX: en 1955 fundó Minotauro, sello con el que introdujo la ciencia ficción en el país, y en 1958 pasó enseguida de lector en las sombras a editor de Sudamericana, en cuya dirección estuvo hasta 1971, eligiendo los nombres que compondrían la literatura latinoamericana hoy convertida en best-seller. Regresó a España en 1977, donde aguzó su ojo para los éxitos publicando la obra de Tolkien en castellano, hasta que en 2001 decidió vender Minotauro a Planeta y retirarse de la primera plana editorial. Vivió en Barcelona hasta su muerte, el 18 de diciembre de 2014. Y si bien, por esos años, su cuerpo le jugaba malas pasadas y lo interrumpía con una tos inesperada, su voz, firme y lúcida, respondió al teléfono y aceptó conversar en persona sobre libros y traducciones. La cita fue en su casa del barrio de la Ciutadella, el 9 de julio de 2013, un día festivo de su otra patria, en la que fuimos entrando con los pies de las palabras.

—Pronto viajo a Buenos Aires, Paco. Si quiere algo, le traigo.
—Un frasco de dulce de leche. Hace mucho tiempo fui a la casa de unos amigos, que no conocía bien, y llevé un dulce de leche. La nena lo probó y, cuando me fui de la casa, ella quería venir conmigo, con el dueño del dulce de leche, no quería saber nada con los padres... Era el señor del dulce de leche.

—También fue el señor de los anillos...
—Sí, esa es una historia que se cuenta pero que no se toma muy en serio y que revela mecanismos interiores muy raros. Hasta el año 1970 nunca me había interesado mucho en El señor de los anillos porque no era suficientemente literario. Al contrario, yo publicaba a autores que desdeñaban El señor de los anillos, como J. C. Ballard, A. Carter, quienes tenían a El señor de los anillos como una obra secundaria. Pero en 1970, un día me acordé del libro y me sorprendió pensar que no se había editado nunca en castellano. El libro se había publicado en inglés en 1954, habían pasado dieciséis años y no había aparecido una editorial castellana. Le escribí a la editorial inglesa y a una amiga, que conocía la editorial inglesa y que se estaba ocupando conmigo de la edición de unos libros de Bertand Russell. En mi carta sobre Russell, añadí una frase al final: “¿Sabes algo de El señor de los anillos, que no apareció nunca en castellano?”. Pasó un tiempo, más de un mes, y ella me contestó sobre Russell y al final agregó: “Si quieres saber algo de Tolkien, llama a Nicolás Costa”, que era un agente literario en Buenos Aires que tenía una buena agencia, International Editors' Co. Lo llamé y le pregunté si sabía algo de El señor de los anillos. Y me dijo que en ese momento, hacía cinco minutos, había recuperado los derechos. “Si lo querés es ahora, porque hay muchos candidatos, pero vos sos el primero.” A mí no me interesaba mucho, había escrito la carta casi al azar, me habían contestado casi al azar. Y el día en que llegó la carta fue el momento preciso en que el libro se liberaba. Suficiente. Tuve que contratar el libro. Y tuve muchos episodios de ese tipo. Yo sentía que probaban que mi vocación era auténtica, no era equivocada, porque las circunstancias exteriores me ayudaban.

—Algo parecido fue su acercamiento a la ciencia ficción y a la creación de Minotauro. ¿Un azar atento?
—Bueno yo nunca pensé que estaba editando lo que se llama “science-fiction”, siempre para mí era literatura fantástica. Hay muchos libros de Minotauro que se clasificaban como “science-fiction” pero no lo eran; por ejemplo, las obras de Angela Carter o las obras de Bradbury. Crónicas marcianas no es un libro que tenga absolutamente nada de científico. Es un apósito que se le ha puesto a la “ficción”, pero en realidad está de más lo de “ciencia ficción”. Borges decía que está mal traducido, porque “ciencia” acá es un adjetivo, sería “ficción científica”; pero no me gusta nada lo de “ficción científica”.[1] Que la ficción puede ser científica no lo entiendo, simplemente hay una ficción, que es imaginaria y que tiene elementos de la ficción realista, pero que no es necesariamente science-fiction. En realidad, la science-fiction es lo que los americanos llaman “hard science-fiction”, ciencia ficción dura, que yo no publicaba.
La fundación de Minotauro ocurrió un poco de casualidad porque yo era muy aficionado a las literaturas fantásticas de Occidente y me enteré, por la revista de Jean-Paul Sartre, Temps Modernes, de que había un género nuevo en Estados Unidos. Fui a la librería, compré un Bradbury y, como me gustó lo suficiente, lo empecé a traducir. Cuando pienso en ese pasado y en los años que siguieron, veo que hice un trabajo más público o más conocido como editor pero que, en realidad, mi trabajo verdadero era traducir. Como editor, uno está sentado en una oficina esperando que llegue una carta milagrosa que aclare todos los problemas, nada más. En mi caso, como traductor, hay que estar en la máquina. Y en el momento en que dejás la máquina y mirás por la ventana estás perdiendo tiempo, eso es así. Yo traducía para mí mismo, traducía para Minotauro y entonces, de algún modo, era un poco más aceptable el trabajo, pero era un trabajo duro. Pero para mí era un trabajo muy satisfactorio, me gusta el problema del lenguaje, de cómo traducir un texto cualquiera a otro lenguaje. Y llegué a un cierto escepticismo, llegué a pensar que realmente la traducción pocas veces es útil, pocas veces puede compararse con el original. No se trata de que sea mejor o peor, se trata de que son lenguas diferentes y las lenguas diferentes encierran un problema de comprensión totalmente diferente. Leer un texto en japonés o en inglés no es lo mismo que leer el mismo texto en castellano. Siempre nos olvidamos y, sobre todo, los escritores realistas se olvidan más que nadie de que el lenguaje son signos. Como decía Mallarmé: cuando digo la rosa, no hay ninguna rosa. Estamos hablando de conceptos y de signos, no de objetos, cuando hablamos de literatura. Hay una referencia imaginaria que trae a los objetos a través del concepto... No hace mucho los escritores ingleses hablaban del engaño que es el Premio Nobel. Este premio difunde una cultura por todo el mundo, pero no es así, un escritor que escribe en chino o en escandinavo será entendido por gente que lee chino o escandinavo, los demás leen una aproximación al original pero no el original.

—Es una lectura puesta en papel…
—Exactamente, yo veo una especie de autoengaño; por ejemplo, aquí en España hay mucha traducción de poesía. Se acaba de editar un volumen con los poemas completos de Emily Dickinson en castellano pero, como decía Ezra Pound,[2] la poesía es lo que se pierde en la traducción, eso es la poesía: lo que se pierde en la traducción. La traducción de un poema, de un buen poema, nunca puede transmitir lo que transmite el original. Por ejemplo, un poema de Byron, dice algo así como… “so we go alone in the night”.[3] De la misa manera en que en toda la primera línea hay una sonoridad de “o”, en la segunda línea, hay una aliteración muy fuerte. Esto es imposible de reproducir en castellano con el mismo sonido. Tampoco podemos pensar que Byron ideó este juego de vocales, no, es una espontaneidad de la poesía, aparece así, pero es irreproducible en otra lengua, es decir, lo que es reproducible, lo que se intenta reproducir aparece como otro texto, un texto diferente.

—Hay que aceptar que será otra cosa.
— Están los defensores de la traducción interpretativa y los otros, defensores de la traducción literal. La traducción literal es interesante porque cuando estás leyendo una novela rusa y, de pronto, tenés una frase que dice “nieva todos los inviernos a orillas del Neva”, es una cosa muy peculiar, pero hay que dejarla porque lo peculiar es lo extraño del original para el lector de la traducción. Esas cosas evocan lo auténtico del lenguaje original, hecho de expresiones populares, manías del escritor, etc.

—Es interesante lo que usted dice porque, por un lado, tiene ese gesto de desconfianza respecto de la traducción como tarea imposible pero, por otro lado, reconoce que su trabajo, donde puso el cuerpo, fue la traducción.
—Sí, a mí me gustaba mucho traducir, la idea me atraía. De Crónicas marcianas, hice una primera versión, que miré meses más tarde y estaba muy mal en algunos párrafos. Rehíce todo, después la volví a ver y la volví a rehacer. La versión que más o menos quedó aceptable fue la cuarta. Y sin embargo, el otro día, miré la cuarta y dije: “hay algunas cosas que se podrían cambiar”. La traducción me recuerda lo que decía Valéry de la poesía, que no hay poesía acabada sino poesía abandonada. Eso diría de la traducción: hay traducción abandonada. Se la abandona en un momento determinado porque ya no se puede más, obtener el efecto literario adecuado es interminable. Además el texto al autor le ha venido espontáneamente o como inspiración o como deseo de escribir. El traductor hace un trabajo ulterior, pero no es el mismo, no es el del autor. Ahora bien, las traducciones a veces son útiles como comprensión del texto original, pero yo recomiendo leer siempre el original si se puede, a pesar de que he traducido muchísimos libros en mi vida. Pero creo que ninguno de ellos, para mí, está a la altura del original. No porque todos sean buenísimos sino simplemente porque hay imposibilidades, es decir, si se traduce bien, se crea una obra nueva, una obra diferente. Y eso no es lo que le conviene a una editorial.

—¿Por qué? ¿Porque rompe con el pacto de que se lee un original?
—La editorial no puede publicar una traducción experimental. Simplemente la traducción responde a ciertas normas, del castellano en este caso. Hay una diferencia bastante interesante entre las traducciones de Latinoamérica y las traducciones españolas. Hay una costumbre general en Latinoamérica, creo que hay una mayor afición a lo oral. Toda o casi toda la literatura latinoamericana –si hablamos de García Márquez, Cortázar o Borges– son fragmentos, textos que se pueden leer, son orales, son legibles para el oído como cuentos. En cambio, en la literatura española todavía persiste –o persistía porque no estoy tan enterado ahora– el barroco español. Es muy pesado. Del colegio, uno de mis hijos había traído un ejercicio: “Distinguir cuál párrafo pertenece a la literatura latinoamericana y cuál a la española”. Para la latinoamericana habían puesto el principio de Cien años de soledad de García Márquez; para el barroco: “Tus ojos color rubí, etc. etc.”. Y eso se nota también en las traducciones. Las traducciones que hacía Aurora Bernárdez, la mujer de Cortázar, son completamente orales; para mí, a veces son demasiado conversadas, el tono es de conversación más que literario. Pero es un tono que es de la literatura latinoamericana y argentina… Yo he oído leer a García Márquez su obra y parecía un texto escrito para ser proclamado en público, en una gran plaza con muchos manifestantes. Esa es la diferencia. El español es más retorcido, más enfático, y nosotros rechazamos el enfático español. Por ejemplo, tú le cuentas a un español de un personaje argentino, como me pasó a mí, un personaje argentino curioso, que había estado en la India varias veces, era de Buenos Aires, tenía mucha autoridad sobre todo. Yo hablé de él con un español; si el que me oía hubiera sido un argentino, habría dicho: “pero, che, qué tipo interesante”, pero este español me dijo “qué personajazo”, naturalmente es un sello de énfasis muy fuerte. E incluso los diminutivos, “pajarillo”, nos parecen a nosotros demasiada disminución. No es sencillo, lo sencillo es “pajarito”; “pajarillo” ya es una elaboración.

—Volviendo a la editorial Minotauro, ¿usted armaba los equipos de traductores por afinidad?
—No armaba ningún equipo porque todo el equipo era yo. Tenía múltiples seudónimos, todos de la familia. No lo hacía por modestia, es que yo era el editor, el jefe digamos, era el traductor, era el consultor, era el socio y cincuenta cosas más… Y me parecía que ser también el traductor era una especie de exceso, entonces, elegí seudónimos. Y con los seudónimos llegué a distinciones entre ellos. Unos seudónimos eran mejores traductores que otros. Alguien una vez llamó a Sudamericana para pedir a uno de esos traductores de Minotauro porque le gustaban sus traducciones y quería traducir con uno de esos traductores, que era yo.
La traducción de Artaud, El teatro y su doble, me costó muchísimo, fue tremenda. Un texto casi impenetrable, muy difícil de captar en su sentido profundo. Pero, en fin, fue una vida de traductor que yo recuerdo bien. Cuando noté, ya aquí en Barcelona, que algunos libros que había traducido no me gustaban, comprendí que había acabado mi carrera, ya no podía traducir como antes, no tenía ni la energía ni la lucidez de antes. Ahora me gusta leer y traducir alguna poesía, son intentos casuales.
Algunas traducciones sí que se hicieron con otras personas, por ejemplo, la del Ubú con Fassio. Marcelo Cohen y Marcial Souto son bastante buenos traduciendo a Ballard. Marcial era un gran admirador de Ballard y lo traducía bien. Marcelo era un gran admirador de Gene Wolfe. Es muy importante que admires o te guste el libro que estás traduciendo. Si no te gusta, mejor ni intentarlo, siempre saldrá mal.

—¿Y cómo cree que debe ser la lengua de la traducción?
—Hay un ejemplo de traducción bastante notable: un texto de Borges de Kafka. Y si lo comparas con el de Ruiz Guiñazú, o no sé bien si era él, pero era el mismo texto, el mismo contenido, las mismas ideas, en Borges tiene diez líneas y en Ruiz Guiñazú tiene treinta líneas. Y todas son palabras de más que sobran. Aunque de Borges dicen que traducía la mamá... Pero curiosamente en Las palmeras salvajes, que edita Sudamericana, Faulkner termina con una frase que dice algo así: “Women, shit”, o sea, “‘Mujeres, mierda’, dijo el penado alto”. Y Borges sacó el “mierda” y dejó: “‘Mujeres’, dijo el penado alto”. Esa frase se hizo tan famosa que, cuando en Buenos Aires hablaban de las mujeres, decían “‘Mujeres’, dijo el penado alto”. Hay una supresión del adjetivo o del sustantivo hiriente. Ese es un acierto de Borges de que lo que importa es el sustantivo. La borradura del insulto hizo la frase muy popular.

—Respecto del castellano, ¿usted estaba atento a qué castellano usar? Si el de España, el del Río de la Plata…
—Yo tenía problemas con el castellano. Hay algo que ha recordado hace poco Harss en una nota en El país, pero lo que él dice es falso. Dice que yo usaba el “vosotros”. Yo no usaba el “vosotros”, lo evitaba. Si un lector argentino o latinoamericano lee una frase que dice: “vosotros habéis venido ayer”, le suena muy raro. Yo lo evitaba, a veces eso me complicaba el trabajo; por ejemplo, en El señor de las moscas hay charlas entre niños, entonces no podía cambiar el “vosotros” por el “usted”, tenía que encontrar una fórmula que evitara el “vosotros” y el “usted”.

—¿Y en España circulaban esos libros?
—Sí, pero hay una diferencia. Los españoles usan localismos sin ninguna clase de prudencia, palabras que, fuera de la frontera de Madrid, ya nadie entiende y, sin embargo, las usan. Me acuerdo de que en una traducción que estaba por publicar Círculo de Lectores me dijeron que no se podía decir “una dosis alta de cocaína”, había que poner “un subidón de cocaína”. Yo les dije que eso era local, que lo entienden unas cuantas personas acá pero que en América Latina causa risa. Esta es una diferencia que tiene que ver mucho, creo yo, con los aires imperiales que hay todavía en España. Sobre la literatura latinoamericana, se publicó el año pasado un artículo largo cuyo título a dos páginas era “La literatura de la periferia”; es decir, los argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños, mexicanos, todos son de la periferia, no son el centro, no son lo que importa, lo que vale. Tienen una manía. A mí me contó algo Carmen Martín Gaite que yo conté y cayó muy mal, pero ella tenía la manía de contar esa historia, sobre la llegada de los primeros libros del boom a España. Causaron una especie de shock eléctrico, aquí dejaron de escribir por dos años. Que los vasallos produjeran una cosa tan notable…

—¿Estamos obligados a una reflexión distinta sobre la lengua?
—Yo te voy a decir, y lo reconocen algunos españoles, el argentino normal como lector es muy superior al español. Recuerdo los años 1940-1950, te puedo asegurar –dentro de lo que yo conocía, por supuesto– que el argentino medio sabía más de literatura italiana que cualquier italiano. Todos los autores italianos estaban traducidos, todos discutían los autores italianos: Svevo, Moravia, Pasollini. En cambio, el español tiene… –y de esto lo han acusado a Borges también– tiene mucho la manía de acusar de extranjerizante a cualquier escritor que se interese por la literatura extranjera. Es un fenómeno raro España, yo no termino de entenderlo. Cuando pienso que el Quijote, por ejemplo, ha sido imitado en todas las literaturas menos en España, es muy raro. No hay ninguna obra derivada del Quijote en la literatura española, pero hay obras en inglés, en francés, en alemán, que siguen la tradición del Quijote, como Sterne, en inglés. Y aquí no. Cuando llegué, encontré algo raro: un artículo de La Vanguardia en el que hablaban de los movimientos intelectuales del siglo pasado y de ahora. Hablaban del Iluminismo, del Romanticismo, del Impresionismo, el Expresionismo, no solo en pintura sino también en literatura. Y el cronista de La Vanguardia terminaba diciendo: “Qué suerte de lo que nos hemos librado, no hemos conocido nada de esto”. Es muy raro... Recuerdo la Alianza Francesa de Buenos Aires, durante un momento todo el mundo estudiaba en la Alianza Francesa, en los años cuarenta y anteriores. Era la lengua de moda, después fue el inglés. Se estudiaba la lengua extranjera con un entusiasmo que yo no he encontrado aquí. España interesó muy poco –y eso explica muchas cosas– en América Latina; en la época del franquismo no ocurría nada.

—Y en esos años cincuenta y sesenta, ¿cómo era su vida social en Buenos Aires? ¿Estaba vinculado con las revistas literarias de la época?
—Tenía vinculación con algunos escritores. Conocí a Pellegrini, que era un buen juez de traducciones, pero no había una relación muy extraordinaria ni íntima. Durante esta época, precisamente por ser traductor, viví una vida bastante solitaria en Buenos Aires y en Mar del Plata. Tenía algunos amigos, como el poeta Girri, no sé por qué éramos amigos, porque, por ejemplo, yo era amigo de Julio Cortázar y él era lo opuesto, completamente diferente. Pero los dos habían tenido relación con Aurora Bernández y yo me entendía con los dos y con Aurora, a pesar de que ellos no se entendían entre sí. Otro que murió, que no era muy amigo pero que yo estimaba mucho, era Mario Trejo. Era un poeta, un crítico literario extraordinario. Él había leído a un poeta español, Miguel de Lis, y me dijo: “Te pruebo inmediatamente que Miguel de Lis no es buen escritor”. Y me dice: “Escribe esto: ‘Sobre la mesa había un papel secante, un vaso de agua, una lapicera, un sello de correos y una copa, había todo eso…’”. Con eso quedaba anulado, fuera de la literatura para siempre. Había inteligencias muy curiosas en Buenos Aires, gente que tenía un ojo extraordinario para la literatura.

—A partir de lo que cuenta sobre las afinidades entre amigos y el azar, ¿qué tipo de editor era? ¿Armaba el catálogo de sus editoriales más intuitivamente o también estaba atento al éxito?
—Bueno, yo tenía una relación muy rara y cuando pienso en eso desde la perspectiva de hoy me sorprende. Yo era lector en Sudamericana, el único lector, trabajaba con el editor literario Julián Urugoiti, de origen vasco. Este señor se fue y yo entré en Sudamericana porque el hijo del dueño, Antoni López Llausàs, un catalán, Jorge, se hizo muy amigo mientras yo era lector. Entonces, en el año 1962, cuando Urugoiti se jubiló, quiso que yo entrara como editor literario y empecé a trabajar. Pero a los pocos meses, mi amigo Jorge murió de un ataque al corazón por un exceso de efedrina, era asmático y murió de eso. Entonces, el viejo López Llausàs se encontró que era la segunda vez, era el segundo hijo que perdía estando él vivo. Lo operaban con un marcapasos y él pensaba –según me dijo después– a ver si me muero y un hijo mío todavía vive… Pero el hijo se murió a los dos días de la operación del padre. Entonces, el viejo se encontró conmigo, con quien nunca había tenido mayor intimidad y confianza, pero que había sido el amigo del hijo muerto, y decidió confiar enteramente en mí. Se jugó una carta brava. Y llegó al extremo... recuerdo que yo publicaba libros en Sudamericana que no debía haber publicado, lo que pasa es que yo iba a la oficina de López Llausàs y le decía: “Vamos a publicar tal cosa”. Y él siempre me decía: “Sí, sí”. Nunca preguntaba qué, ni por qué, ni para qué. Todo lo que yo le decía estaba bien. En este caso, yo había editado un libro de una generala maoísta que no tenía nada que ver, porque el cerebro central de Sudamericana era bastante avejentado, reaccionario. Me acuerdo cuando editaron Rayuela, yo estaba en mi oficina y el grupo de directores, que incluía también a directores de banco que apoyaban la editorial, me mandaron un mensajero a mi oficina con una pregunta sobre Rayuela que decía: “¿Qué quiere decir ‘lúdico y erótico’?”. Y les dije: “Juego y amor”. “Ah, sí”, y el tipo se fue. Como podés comprender, unas relaciones muy raras, donde no nos entendíamos para nada. Y sin embargo, el viejo insistía y todo lo que yo hacía estaba bien. Fue muy raro. Conocí a otros editores literarios que son acosados por el contable o que piden más ventas… A mí jamás nadie me dijo: “Esto no debías haberlo editado”. Solamente una vez que edité el libro de una viuda, la viuda de Wernicke, que era un escritor bastante interesante. Y el viejo se enteró y por primera vez me hizo un comentario: “¿Pero usted cree que esto se va a vender?”. Al día siguiente, las chicas de Sudamericana estaban leyendo el libro y llorando al mismo tiempo. Entonces él se convenció de que yo tenía una visión extra que aseguraba el éxito. Él continuaba atendiendo a los viejos escritores de Sudamericana, argentinos como Mallea o Silvina Bullrich o españoles como Sánchez Albornoz o Salvador de Madariaga. Esa vieja generación de Sudamericana continuaba siendo el patio de él. Todos los nuevos los trataba yo.

—¿Y usted llegaba a ellos por amistad?
Leyendo, hablando, etc. Siempre que quise editar algo lo hice. A veces me equivoqué, como te digo sobre esta maoísta, pero en fin, pasó bien. El contable me vino a ver a Edhasa, cuando vino de Argentina, y estaba muy contento. Es una de las más raras felicidades la de un contable que felicita al editor, cuando el contable felicita al editor ya hemos llegado al apogeo. Es decir, la literatura y el dinero al mismo tiempo. Yo no pensaba en el dinero; el contable pensaba en el dinero, pero el asunto salía bien. En realidad, traía problemas, era una editorial pequeña, pero las argentinas nunca fueron estos monstruos que hay aquí en España.

—¿A qué editorial se refiere?
— A Sudamericana y a todas, Emecé… Cien años de soledad produjo muchos beneficios, pero también muchos beneficios para el autor. Y había que pagarle sumas millonarias a García Márquez. Y López Llausàs, el catalán, decía: “los best-sellers nos arruinan”, porque tenía que pagar mucho derecho de autor.
El asunto de García Márquez comenzó cuando Luis Harss había editado un libro, Los Nuestros. Él llegó a Sudamericana con el libro, por recomendación de Cortázar, que le había dicho que viniera a verme a mí a Sudamericana. Y vi que en el libro Los nuestros había un escritor que nunca había leído, del que no conocía ni el nombre: García Márquez. Y entonces le pedí a Harss los libros La hojarascaEl funeral de la Mamá Grande y El coronel no tiene quien le escribaEl coronel me gustó muchísimo. Le escribí a García Márquez y le dije que quería publicar sus libros en Argentina. Y eso fue todo… Él me dijo más tarde que recibió mi carta como si fuera un mandato celestial que le decía que tenía que editar en Sudamericana y así lo hizo.


—¿Usted siente que el boom se fue dando de forma más natural?
—Se dijo lo contrario, pero te puedo decir que las editoriales no tuvimos nada que ver con el boom. Nosotros no hicimos absolutamente nada por el éxito de Rayuela ni de Cien años de soledad. Salió en unas revistas, la gente los recibía en la calle como los nuevos mensajeros de la felicidad.

—Tal vez se haya dado una confluencia entre los medios y la disponibilidad de los lectores.
—Yo se lo he comentado a García Márquez y él me dio la razón. Yo creo que su libro se editó en Buenos Aires en condiciones extraordinarias. Buenos Aires en ese momento tenía a Onganía, pero nadie le hacía caso al gobierno de Onganía. El Instituto Di Tella fue la mejor época de pintura. Y García Márquez fue recibido en Buenos Aires de un modo… a ver, él entraba en un teatro y toda la gente se ponía de pie. Era una cosa un poco rara. Las mujeres que iban al mercado entre las verduras llevaban un ejemplar de Cien años.

—¿Cree que Buenos Aires era el lugar de consagración del escritor latinoamericano?
—Como te dije antes, era lo que funcionaba espontáneamente y yo no tenía que hacer grandes esfuerzos. Los esfuerzos los hacía para traducir, ese sí era un trabajo serio, pero el trabajo editorial se basaba en los libros que venían, llegaban solos, venían y podían ser editados al día siguiente, no había ningún problema. Eso es lo que se llama “la vocación”, o sea, cuando haces lo que te toca. Y lo que te toca es lo que te gusta.

—¿Y ahora qué hace relacionado con la edición?
Hay gente que quiere que escriba algo autobiográfico, pero no tengo ganas. Yo escribiría una autobiografía de la vida que me hubiera gustado tener y que no tuve.

—Así son las autobiografías, ¿no?
—Lo único que lamento es que no estoy en condiciones, las mejores. Es una lata la vejez. Estoy muy cansado a veces… Tengo noventa años. Tengo problemas para caminar, me duele mucho la espalda, tengo un catarro interminable, pero no me preocupo, lo único que yo necesito son unos minutos de lucidez y tranquilidad en el día, con eso es suficiente.

La conversación se acaba y nos queda claro que Porrúa toma partido por la figura de un traductor “invisible”, aunque él –lejos de teorías traductológicas– hubiera preferido que lo describieran como un traductor modesto y un editor vocacional, alguien que confiaba en el azar y en las relaciones de amistad para traducir o editar los libros que él mismo quería leer. Y así lo entendía también Cortázar en cartas en las que le auguraba un futuro de baudelairiana consagración: “Vos serás el primer editor maldito de la Argentina, porque creo que los otros terminan sobre magníficos colchones Dunlopillo o como se llame por allá la ‘espuma de goma’” (Cortázar 2012: 570).

Como traductor, Porrúa elige presentarse en la entrevista como un ser que puso el cuerpo para hacer trabajo de fina ocultación tras las palabras de un autor al que trataba infructuosamente de emular. Un “traductor romántico”, sentenciaría el Borges de “Las dos maneras de traducir”, aquel que, a diferencia del “traductor clásico”, alaba el genio del autor y cultiva la literalidad en traducciones que resultan extrañas criaturas en la lengua de llegada; un traductor nostálgico de la pérdida que entraña toda traducción y que sueña con el ideal platónico de la obra original. No hay duda de que Porrúa fue un traductor hospitalario de los autores extranjeros y supo, para fortuna de los lectores de ciencia ficción de Minotauro, abandonar sus traducciones al mundo.



[1] Porrúa está aludiendo al prólogo escrito por Borges para la primera edición de Crónicas Marcianas de Minotauro. En él, Borges lee en el Somnium Astronomicum de Kepler un ejemplo predecesor de este género nuevo: “Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction* y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. [*Scientifiction es un monstruo verbal en que se amalgaman el adjetivo scientific y el nombre sustantivo fiction. Jocosamente el idioma español suele recurrir a formaciones análogas, Marcelo del Mazo habló de las orquestas de gríngaros (gringos + zíngaros) y Paul Groussac de las japonecedades que obstruían el museo de los Goncourt]”. (Borges, en Bradbury1969: 8).

[2] Porrúa confunde la atribución de la cita, no fue Ezra Pound sino Robert Frost quien declaró: “Poetry is what gets lost in translation”.

[3] Porrúa parece hacer referencia al poema de Lord Byron: “So We’ll Go No More a Roving”, cuya primera estrofa es la siguiente: “So we’ll go no more a-roving / So late into the night, / Though the heart still be as loving, / And the moon still be as bright”.