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| Jesús Zulaika |
El comienzo de una hermosa amistad
Quizá algunos lectores recuerden mi anterior columna aquí, esa que trataba sobre la traducción de los cuentos de Raymond Carver al español, y el enojo que yo había sentido cuando me di cuenta de que el traductor parecía haber decidido cambiar el estilo de uno de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo XX. El ejemplo que usé fue el de uno de sus cuentos más famosos,"De qué hablamos cuando hablamos de amor", en el que dos parejas pasan la tarde en una cocina, tomando ginebra y hablando de amor. El cuento es prácticamente puro diálogo y Carver, fiel a su estilo minimalista, no describe de qué manera se expresan los personajes, qué gestos ponen al hablar, sino que simplemente escribe "Mel dijo", "Laura dijo", una y otra vez. Sin embargo, el traductor del cuento parecía haber decidido cambiar el estilo carveriano agregándole emociones a los personajes, de modo tal que donde Carver había escrito "dijo Terri", él tradujo "protestó Terri"; donde Carver escribió "dijo Mel", él tradujo "saltó Mel", y así sucesivamente hasta el final del cuento. En aquella columna también contaba que mi indignación se había hecho aún mayor cuando en un blog encontré que, en medio de una discusión, ese traductor afirmaba: "Yo sí soy de Bilbao y cuando pongo en boca palabras a personajes de autores norteamericanos e ingleses, les pongo las palabras que se me salen de los cojones".
Pues, bien. A los dos días de publicada la nota, me llegó un mensaje a Facebook de, nada más y nada menos, que el traductor de Carver, que también resulta ser el traductor de William Faulkner, Truman Capote, Jack Kerouac, Richard Ford, Ian McEwan, Yukio Mishima, Vladimir Nabokov, Kazuo Ishiguro, Martin Amis y Graham Swift. Lo primero que pensé, antes de abrir el mensaje, fue que estaría enojadísimo. Dudé antes de hacer clic, preparándome para lo peor, y al fin lo abrí. Decía así:
"Comprendo tu estupor –e indignación– al leer aquella respuesta mía en la que invoqué la ciudad donde nací y mis atributos sexuales externos. Tengo que explicar que me sentí agredido por un comentarista injusto, que me endosaba haber escrito ¡merluzo! –y otras atrocidades– con un ensañamiento sardónico y una impunidad que no eran de recibo, y a quien quise responder muy personalmente (no era una proclama universal, ni mucho menos). Fue muy ofensivo para mí, y reaccioné de modo irreflexivo. Me gustaría decirte, sencillamente, que no soy tal energúmeno. Y luego, ya en el terreno de la traducción, que en aquel tiempo –mil novecientos ochenta y tantos– era lisa y llanamente inconcebible por estos pagos que en narrativa alguien utilizara dijo para todo uso. De ahí que me sintiera impelido –tras obtener la anuencia de la editorial– a deformar el original. No sabes cuánto me arrepiento.
"Lo que digo se ve refrendado en Principiantes, donde, en el mismo relato –y en todos los demás– respeto escrupulosamente el 'dijo' original, porque han pasado los años y en España los lectores ya han asimilado que tal laconismo repetitivo no es una pobreza expresiva (ni del autor ni del traductor), sino un recurso estilístico (de una gran fuerza y belleza literarias, por cierto). Eso es todo. Te pido perdón por mi exabrupto, y por mi deformación del estilo carveriano en aquel pasado ya lejano (hoy no es fácil rectificarlo, me dicen). Nunca me lo reprocharé lo bastante. Pero he tenido que perdonarme (por razones obvias: tengo que poder mirarme al espejo). Te envío un saludo sincero. Jesús Zulaika."
Jesús Zulaika. Yo no había querido decir su nombre en aquella nota porque me pareció de mal gusto exponer a alguien sin conocer sus motivos, ni darle oportunidad de explicarse. Además, no se trataba de criticar a una persona, sino una traducción. Pero ahora sí digo su nombre, y lo hago con admiración y respeto. ¡Hay tanta gente incapaz de reconocer un solo error, de pedir disculpas, de enmendar caminos! ¡Cuánta caballerosidad en las palabras de Zulaika! Cuánta calidez y humanidad.
Como imaginarán, ese mensaje fue sólo el primero. Le respondí, me respondió, volví a responderle y, ahora, como Humphrey Bogart al final de Casablanca, creo que este es el comienzo de una bella amistad. ¡Quién lo hubiera dicho! Hace poco no nos conocíamos, y ahora somos amigos, casi cómplices. "Es la magia de la vida", me dijo Zulaika. Esa a la que nunca debemos renunciar.

