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lunes, 26 de agosto de 2024

Gamerro y Zabaloy unen fuerzas para presentar los momentos epifánicos en la obra de Joyce

El escritor y traductor Carlos Gamerro recientemente ha unido fuerzas con el traductor Marcelo Zabaloy y, juntos, han confeccionado un nuevo libro de James Joyce. Se trata de Epifanías, publicado por Interzona, con prólogo y notas de Gamerro (acaso uno de los mayores especialistas en el autor de Dublineses de la lengua castellana), y traducción de Zabaloy (autor de la cuarta versión en castellano de Ulises y de la primera versión completa en castellano de Finnegan's Wake), que se basa en las dos colecciones de epifanías que se conservan en las universidades de Buffalo y de Cornell, en los Estados Unidos.

En principio, el término "epifanía" (del griego, επιφάνεια) significa, literalmente, "manifestación" y "revelación", y sirve para nombrar un acontecimiento de naturaleza religiosa que, bajo diversas denominaciones, implica la aparición o advenimiento de alguna deidad en muchas culturas.

Joyce, sin embargo, lo emplea con una finalidad estética. Para él, según Gamerro en el prólogo, son "pequeñas revelaciones en las que de repente, de modo aparentemente espontáneo, 'vemos' a la otra persona, la situación en la que estamos metidos, a nosotros mismos; los vemos como por primera vez, inundados de un sentido hasta entonces insospechado o escondida".  De esos momentos trata este libro que, dividido en 40 fragmentos, recoge fragmentos de Stephen el Heroe, Retrato del artista adolescente y Ulises.

Tanto el prólogo como las versiones (acompañadas por el correspondiente texto en inglés) constituyen una labor valiosísima y una forma de aproximarse a Joyce desde otro lugar. 

jueves, 3 de noviembre de 2022

La Universidad Nacional de la Pampa convoca a un ciclo sobre las traducciones de Joyce en Argentina, que se puede seguir por Zoom


La Universidad Nacional de La Pampa invita participar del Ciclo de disertaciones en modalidad virtual titulado “Tras las huellas de Joyce: derivas de las traducciones del Ulysses en la Argentina", que se realizarán los jueves 3,10, 17 y 24 de noviembre a las 19 h. de acuerdo con el cronograma que se detalla debajo.
 
Enlace de inscripción: https://www.humanas.unlpam.edu.ar/actividades_academicas/90
Asimismo, solicitamos que nos ayuden con la difusión.

Especialistas invitados, fecha y título de las disertaciones:

Disertante: Luis Chitarroni

Fecha: 3/11

Título: "Dédalo en el umbral, Lipoti Virag en su laberinto"

Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.


Disertante: Marcelo Zabaloy

Fecha: 10/11

Título: “Ulises y Odiseo: traducir a Joyce”

Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.


Disertante: Lucas Petersen

Fecha: 17/11

Título: “Salas Subirat: Un traductor inesperado, una traducción histórica”

Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.


Disertante: Carlos Gamerro

Fecha: 24/11

Título: “Homero, Shakespeare, Joyce, Borges: padres, hijos, rivales y fantasmas”Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.

lunes, 18 de abril de 2022

"Es cierto que, salvo para los estudiosos de su obra, Joyce es una molestia"

Christopher Domínguez Michael es una de los críticos más visibles de México; también, uno de los más conservadores. Recientemente, entrevistó al traductor argentino Marcelo Zabaloy, a propósito de sus versiones de Ulises y Finnegan’s Wake, aparecidas en 2015 y 2016, en la editorial Cuenco de Plata. El resultado de esa entrevista apareció en la revista mexicana Letras Libres, del 1 de enero de este año.

Traducir lo intraducible: Joyce en castellano.

Uno de los acontecimientos centrales en esa suerte de vida secreta de la literatura que es la traducción es el trabajo de Marcelo Zabaloy (Bahía Blanca, 1957). Las traducciones de Zabaloy son ciertamente extraordinarias y colocan al argentino, como antes a su compatriota José Salas Subirat (1900-1975) y al polígrafo valenciano José María Valverde (1926-1996), en el muy selecto elenco internacional de los traductores de Joyce. Pero si Ulises (1922) ya había sido traducido íntegramente al español por Salas Subirat y Valverde, la traducción de Zabaloy de Finnegans wake (1939) es la primera versión completa, en nuestra lengua, de una novela por definición intraducible. Tanto Ulises como Finnegans wake han sido editadas en Buenos Aires por El Cuenco de Plata en 2015 y 2016; en ambas traducciones se ha hecho auxiliar por amigos y colegas como Eugenio Conchez, Teresa Arijón, Anne Gatschet, Pablo Hernández y Edgardo Russo. No me fue fácil localizar a Zabaloy, quien generosamente contestó a mis preguntas desde la reticencia y la modestia del verdadero traductor: un oficiante casi secreto.

–Empiezo por lo obvio. ¿Cómo se convirtió usted en traductor de Joyce?
–Por puro azar. Estaba leyendo –en inglés– el Ulises por primera vez y me deslumbró particularmente un párrafo de Ítaca, el episodio 17, donde el narrador nos cuenta las similitudes que Leopold Bloom veía entre la mujer y la luna. Quise traducir ese párrafo para leérselo a mi esposa. Me pasé una tarde para traducir diez o doce líneas y ese ejercicio me produjo un enorme placer; así que seguí, terminé el episodio 17, seguí con el monólogo de Molly Bloom y empecé, como se debe, por el episodio 1. Así fue la cosa.

–Es inevitable preguntarle su opinión sobre las experiencias previas de traducción del Ulises al español, las de José Salas Subirat y José María Valverde, por ejemplo, así como los pocos fragmentos y capítulos de Finnegans Wake que habían aparecido en nuestra lengua. Supongo que es un asunto de gratitud, de emulación, pero también de contrariedad…
–Quise leer el Ulises en inglés para no tentarme con endilgarle las dificultades de comprensión a una traducción supuestamente defectuosa. Y en mi proceso de traducción, por lealtad conmigo mismo, ni siquiera espié ninguna traducción. De todos modos Edgardo Russo, el editor de El Cuenco de Plata, sí leyó la de Salas Subirat y me hacía comentarios de lo que él creía que estaba bien y lo que estaba mal. La traducción que sí tuve como referencia fue la de Auguste Morel y Valéry Larbaud, con la colaboración de Stuart Gilbert y la participación de l’auteur. De estas comparaciones que hacíamos con Edgardo concluí que Salas Subirat había hecho lo mismo. Él jamás habría podido resolver las cosas que resolvió sin ninguna referencia. Que yo sepa, no hay cartas entre Salas Subirat y Joyce. Pero el experto en ese tema es mi compatriota Lucas Petersen, que escribió una hermosa biografía, El traductor del Ulises. Salas Subirat. El único texto disponible que había en 1930 era el libro de Stuart Gilbert, El “Ulises” de James Joyce. Muchas expresiones de Salas Subirat son idénticas a la traducción de Morel y Larbaud; el siguiente es solo un ejemplo:

…by in her noddy. / Let me see. Is he… (“Wandering Rocks”, p. 237)
…pasó en su berlina. / Veamos. ¿Está… (Salas Subirat, p. 255)
…passa dans sa berline. / Voyons. Est il… (Morel y Larbaud, p. 235)

El uso de berlina para noddy. Este término solo lo encontré en el Ulysses annotated de Don Gifford y Robert J. Seidman. Lo que hizo Salas Subirat, considerado con la perspectiva de los años, es algo formidable y muchas de sus soluciones que hoy en día consulto me parecen maravillosas; otras no tanto, pero incluso equivocadas son una delicia: “Un hombre de genio no comete errores; sus errores son voluntarios y nos abren las puertas de la percepción…”.
Las otras traducciones no las leí, pero todas me merecen el mayor de los respetos porque sé lo que implica traducir semejante libro. Me parece normal que los españoles prefieran las traducciones locales y los rioplatenses, por supuesto que no todos, se inclinen por la mía. No sería honesto que yo emitiese un juicio crítico. No puedo señalar los errores de nadie, suficiente tengo con los míos. Respecto a Finnegans Wake debo decir que tampoco leí nada de lo traducido al castellano y que sí leí todo lo que pude de la traducción al francés de Philippe Lavergne y, sobre todo, la de Anna Livia Plurabelle que en su momento hicieron los allegados a Joyce, entre ellos Alfred Péron, Eugene Jolas y Samuel Beckett. Yo ya había traducido los primeros ocho capítulos, incluyendo el denominado “alp” y quería ver qué habían hecho ellos dado que el mismo Joyce los supervisaba. Me di cuenta de que las distorsiones que yo había hecho en los capítulos precedentes eran análogas a las que hacían en francés. Y después tuve la extraordinaria ayuda de la traducción de Hervé Michel, Veillée pinouilles, que es una maravilla ignorada por la cátedra francesa. Con Hervé me reuní varias veces y leíamos juntos, él en francés y yo en castellano, y nos divertíamos muchísimo. Cada lector que lee el Finnegans wake en el idioma en que fue escrito hace necesariamente su propia traducción innegociable. Y está muy bien. Juan Díaz Victoria hace un trabajo monumental con su traducción anotada y seguramente superará de lejos la que hice yo, como tiene que ser. Me quito el sombrero ante todas las versiones pasadas y futuras sobre las que no tengo nada que decir que no sean palabras de aliento y felicitaciones por el empeño en algo tan particularmente enredado como Finnegans wake.

–Me llama la atención –lo digo en mi reseña– que la “nueva crítica” del siglo XX se ensañó con Racine y sus exégetas, pero es difícil hallar a los Barthes, a los Genette, a las Kristeva, a los Culler, en las bibliografías críticas sobre la obra en prosa más osada del siglo XX. ¿A qué atribuye esa indiferencia ante Joyce por parte de esos modernos?
–El Finnegans wake por dentro, de Mario E. Teruggi, publicado en 1995 por editorial Tres Haches, es extraordinario; se puede leer independientemente de haber o no leído el libro de Joyce. Según Teruggi la novela es decididamente intraducible, pero lo cuenta tan pero tan bien que dan ganas de traducirlo. Yo lo leí después de terminar mi primera versión, si lo hubiera leído antes posiblemente no me habría animado. Michel Butor escribió “Bosquejo de un umbral para Finnegan”, un ensayo corto y precioso, que también traduje.

El desinterés de la crítica que usted menciona creo que puede deberse a una cuestión de tiempo, quiero decir, a una cuestión de falta de tiempo para casi todo lo que no sea sobrevivir. Según César Aira, vivir consiste en el arte de mantenerse vivo y por consiguiente, a menos que alguien tenga una vida con las necesidades básicas bien provistas o que resuelva que no necesita tanto para vivir como por lo general se cree, el tiempo que insume semejante tarea debe ser remunerado dignamente y el dinero no lo quiere poner nadie y mucho menos las editoriales. Yo creo que es un desinterés entendible. Cortázar decía que los argentinos hacen las cosas por obligación o por fanfarronería. En mi caso, nadie me obligó. Por ejemplo, la única crítica que se emitió en Argentina la realizó un periodista de la Revista Ñ que me pidió por correo electrónico que le dijera dónde estaba este o aquel pasaje –con alusiones a nombres criollos–. Yo le respondí como un ingenuo y el tipo publicó un artículo poco menos que insultante a la semana, poniendo en evidencia que no leyó nada de lo que quería destruir. Los lectores que son fieles seguidores de Joyce por lo común lo siguen hasta Ulises y allí se despiden. También muy comprensible. Y los periodistas de las revistas culturales, como cualquier ser humano, tienen que comer y pagar el alquiler.

–Hay quien dice que con Finnegans Wakr se cierra un camino, que ni Beckett lo siguió. Envejecieron y murieron las vanguardias del siglo XX, incluso las de los años sesenta, y el postmodernismo (lo que sea que eso signifique) tampoco parece muy entusiasta ante Joyce, acaso es más más cercano a Conrad que a nuestro presente. ¿Comparte esa preocupación o ese alivio?
–¿Es verdad que con Finnegans wake se cierra un camino? Puede ser. Como Cervantes clausuró las novelas de caballería, Shakespeare los fantasmas y Aira las novelitas de Aira. Lo que sí cerró es el camino de la deformación de una lengua. No es concebible que un autor quiera hoy escribir un Finnegans wake engordado como El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, pero no es imposible que a alguien se le ocurra adelgazarlo. También es cierto que, salvo para los estudiosos de su obra, Joyce es una molestia. Él mismo se lo propuso y lo consiguió. En Francia dicen Joyce; ça suffit. Y lo de las vanguardias es interminable porque todo escritor quiere ser de vanguardia, ¿y si la vanguardia permanente es el surrealismo y el surrealismo consiste en desprenderse de Joyce? ¿Por qué no? Por Queneau. Lo que se tiene hoy por vanguardia es escribir mal porque los vanguardistas dicen que escribir bien, escribe cualquiera. Y provocar. Pero si Joyce los provoca con un monstruo como Finnegans wake la vanguardia se enoja y lo descalifica. Beckett se desprendió de Joyce y qué bien que lo hizo. Gombrowicz se preguntaba por qué una enorme cantidad de escritores del siglo XX se dedicó a escribir libros incomprensibles. Qué sé yo; y mire que lo dice un vanguardista en serio. Se me ocurre pensar que Finnegans wake es una invitación al ingenio y al uso literario del sinsentido y justifica la pose del escritor que dice prescindir del lector porque todo escritor sueña con ese “lector ideal aquejado por un insomnio ideal” que le dedique su vida. (El lector ideal que le dedique su vida al escritor, como pretendía Joyce.)

–Tomas Segovia, el poeta y traductor mexicano, que lo fue de Lacan y de varios de los estructuralistas, decía que no hay relación más servil, servicial y a la vez íntima que la establecida entre el traductor y lo que traduce. ¿Está usted de acuerdo con ello? ¿O prefiere la idea del traductor como una suerte de coautor, casi una celebridad como lo son actualmente los curadores del arte contemporáneo?
–Y sí, si uno quiere traducir algo, le guste o no, tiene que convertirse en un servil desde el momento en que es imperioso ponerse al servicio del texto que traduce. El servicio es de transporte de un punto a otro, de una lengua a otra. Es un servicio al lector de la otra orilla del entendimiento. Traducir es convertir algo que otro ya produjo. Este que produjo el texto es el que se convirtió en celebridad. El traductor es un laburante –entre nosotros, un trabajador, un obrero– y, como todo laburante, los hay descuidados y perfeccionistas. Si con eso el pobre hombre se consigue un pequeño prestigio es justo que lo disfrute y sobre todo si le resulta rentable, pero de ahí a dárselas de coautor me parece, como se dice, a bit over the top. Y para qué hablar de los curadores de lo que sea. Los referentes, las palabras autorizadas, los especialistas ylos guardianes del Templo que sea me producen escalofríos. ~

lunes, 12 de marzo de 2018

Ulises, de James Joyce: Argentina 3, España 2


En los últimos días de diciembre de 2017, la filial argentina de la editorial Edhasa publicó en dos volúmenes una nueva versión de Ulises, de James Joyce, esta vez en traducción de Rolando Costa Picazo. Se trata de la quinta traducción de la obra y la tercera argentina, luego de las de José Salas Subirat y de Marcelo Zabaloy. A propósito de esta edición, Juan Arabia publicó el pasado 28 de enero en el suplemento cultural del diario Perfil, de Buenos Aires, la siguiente nota, que incluye una serie de respuestas del traductor a propósito de sus decisiones y notas.

“La mirada de Ulises”

A casi 100 años de la publicación de los primeros capítulos por entrega del Ulises de James Joyce (Dublín, 1882 - Zúrich, 1941) en The Little Review, marzo de 1918, y luego publicado íntegramente hacia 1922 por Sylvia Beach en París, una nueva y definitiva edición traducida, prologada y anotada por Rolando Costa Picazo se publica en nuestro país bajo el sello de Edhasa.

Declarada ilegible por muchos lectores y críticos, probablemente una de las obras más largas y herméticas de la historia, desde su aparición concilió claros adeptos y detractores. Alabada y defendida por los máximos creadores de la literatura moderna (Ezra Pound, T. S. Eliot, Ernest Hemingway y Hart Crane, entre otros), sin embargo encontró escisiones en el mismo campo literario. D. H. Lawrence, por ejemplo, opinó que se trataba de una obra “repugnante”. Virginia Wolf se refirió a Ulises como un libro “vulgar”, “analfabeto”. Fue denunciado por “obsceno” y “pornográfico”, además, por el secretario de la Sociedad para la Erradicación del Vicio de Nueva York, y los editores no sólo tuvieron que pagar una multa, sino que hacia 1919 se confiscaron y quemaron los números de The Little Review. Hubo más oposiciones y juicios, abogados y tribunales, y la ira de muchos creció en paralelo con la expansión de una obra que aún hoy abre nuevos horizontes y cavernas alternativas de sentido.

El mismo Joyce, exiliado voluntariamente de su patria, advertía en sus cartas respecto a esta obra: “Quiero dar un cuadro tan completo de Dublín que si algún día la ciudad desapareciera de repente de la tierra, podría ser reconstruida de mi libro”; “dar a la gente alguna especie de goce espiritual al convertir el pan de la vida diaria en algo que tenga una vida artística propia, para su elevación mental, moral y espiritual”.

Con una estructura paralela a la de la Odisea de Homero, Ulises es el relato de un día, el 16 de junio de 1904, en la vida de los tres personajes principales (Stephen Dedalus, Leopold Bloom, y el monólogo final de la esposa de este último, Molly) cuya jornada transcurre en un continuo deambular por las calles y las tabernas de Dublín.

Con sus vivencias, monólogos interiores y reflexiones íntimas, Joyce compone un universo muy particular, en el que el lenguaje, fragmentado y distorsionado (algunos críticos se refieren al “flujo de conciencia” o “corriente de la conciencia”, como más tarde denominó el norteamericano Alfred Kazin) refleja la inmediatez del proceso del pensamiento humano y la realidad exterior. Todo esto, junto a un poderoso humanismo y una extraordinaria capacidad de descripción, donde sólo la emoción perdura y le da a la obra una viva sensación de realidad.

En diálogo con Perfil, el traductor y editor crítico de esta reciente publicación, Rolando Costa Picazo (Santa Fe, 1931), profesor consulto de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y miembro de número de la Academia Argentina de Letras, advierte: “Joyce es un escritor difícil porque su vida es difícil. Si bien sólo los primeros capítulos son comprensibles, capítulos en los que aparece su verdadero héroe [Stephen], mi propósito con esta traducción es hacer su obra inteligible”. Joyce invirtió diez años de su vida en Ulises, “mientras pasaba de una borrachera a la otra y se acostaba con cualquiera. No tenía dinero y estaba dando unas clases horribles. Él sufrió muchísimo”.

Sin embargo, y pese a que muchos críticos consideran que los personajes representan disímiles partes del mismo autor (muchas veces se ha dicho que el personaje de Stephen ya incluido en 1916 en A Portrait of the Artist as a Young Man era su alter ego), Costa Picazo afirma que “no hay autobiografía. Esto es únicamente algo que a él se le ocurre, y que ya pasaba en el libro Dubliners”.

En Dubliners (1914) el mismo Joyce mostraba ya su extraordinario talento para la descripción y la indagación psicológica de sus personajes. Nada mejor que ir al fondo del ser, y su existencia, y por tanto intentar capturar mediante la sangre de sus seres y la ciudad (Dublín) la avidez de sus olas. En Ulises, de este modo, la literatura dinamita todos sus costados, y por tanto todas las experiencias posibles de escritura.

En Textos Cautivos, Borges advertía que, si bien a primera vista parecía un libro caótico, lo importante del Ulises de Joyce era “la incomparable y delicada música de su prosa”. Algo muy próximo a lo establecido por el crítico alemán E. R. Curtius, que decía al respecto: “Debemos leer Ulises como una partitura musical, y así podría imprimirse. Para entender realmente Ulises tendríamos que tener conciencia de todas las frases de la obra”. Costa Picazo, por su parte, no duda en afirmar que “Ulises es una obra de poesía, no de narrativa”, algo que manifiesta las relaciones complejas que aún existen entre los lectores y críticos de esta obra.

Con la traducción de más de cien obras del inglés al español, entre las que se destacan los inmensos volúmenes de Cuentos Completos de Edgar Allan Poe, Ezra Pound: Primeros poemas, 1908-1920 y Moby-Dick de Herman Melville, entre muchos otros, Rolando Costa Picazo confiesa: “Esta traducción me destrozó. Aunque siempre pude avanzar, porque era como tocar una partitura musical. Una cosa llevaba a la otra”. Si bien Costa Picazo ya había preparado muchos fragmentos de esta obra para dar en sus clases universitarias, le llevó dos años completar esta traducción en su integridad. La edición escogida fue la de Ulysses. The Corrected Text, editada por Hans Walter Gabler con Wolfhard Stepe y Claus Melchior, y que incluye y reproduce el plan o guía que Stuart Gilbert publicó en su libro James Joyce´s Ulysses (1930).

Para ayuda del lector, además, esta nueva edición incluye una serie abundante de notas, 6381 en total, de las que Costa Picazo comenta: “Las notas fueron muy difíciles porque se movían a medida que las pasaba. Era el mismo espíritu de Joyce el que parecía intervenir en el proceso de edición. Más de una vez pensé: ‘Bueno, esto yo no lo puedo hacer”. Otra de las dificultades que encontró, aunque ya de naturaleza propiamente subjetiva: “Con el avance de los capítulos muchas veces me encontré quejándome, y preguntándome por qué Joyce hacía eso con los personajes”.

En contra de las formas artísticas de su época y de los valores cristianos predominantes, Ulises se rebela en su propensión de expandir los límites más vulgares y conocidos de la experiencia. Se ríe del nacionalismo irlandés, de la corona inglesa, del aire enrarecido de la academia, de poetas como Tennyson y Mallarmé. Porque, y de la misma forma que T.S. Eliot y Ezra Pound, Joyce se encarga por medio de su obra de forjar una tradición selectiva, releerla y actualizarla, mediante el constante diálogo de sus personajes con poetas y pensadores (desde los clásicos griegos, pasando por Dante, Shakespeare, Cavalcanti, Blake, Gautier, entre muchos otros). Era el mismo Pound quien creía -autor que tanto esmero puso para que Ulises fuera publicado- que la mejor forma de crítica literaria se daba en el acto creativo.

Épica burlesca y pesimista, “Joyce se está burlando de todos, todo el tiempo. Si bien él siente determinado cariño por el personaje de Stephen, el verdadero héroe de la historia  [Bloom] es un tonto”, concluye Costa Picazo.

Es probable que Joyce se siga burlando de los lectores, y que sigan surgiendo preguntas respecto al drama o a la tragedia del Ulises, sus relaciones con la épica de Homero, las correspondencias entre sus personajes. Un libro con tantas alusiones, juegos retóricos, citas e interpretaciones, lo primero que hace es enrarecer aún más el denso aire que corre en las academias y que respiran los críticos y los reseñadores. En 1941, y en motivo del fallecimiento de Joyce, Leopoldo Marechal ya había advertido que la variación de estilos, la continua mudanza de recursos y el libre juego de los vocablos en el Ulises terminaban por hacernos perder la visión de la escena, de los personajes y de la obra misma: “No se ha detenido ahí, ciertamente, porque hay un demonio de la letra y es un demonio temible. A juzgar, por sus últimos trabajos, el demonio de la letra venció a Joyce definitivamente”.

Y es que nos enfrentamos, finalmente, con un discurso poético que no busca significar sino ser, y donde abunda sobre todo eso que no se puede reducir a una explicación y que es el verdadero núcleo duro de la poesía: “La gente no sabe lo peligrosas que pueden ser las canciones de amor (…). Los movimientos que producen revoluciones en el mundo nacen de los sueños y visiones en el corazón de un campesino en la ladera de un cerro. Para ellos la tierra no es un suelo explotable, sino la madre viva. El aire enrarecido de la academia y el ruedo producen la novela de seis chelines, la canción del music hall. Francia produce la mejor flor de la corrupción de Mallarmé, pero la vida deseable se revela solo a los pobres de corazón, la vida de los feacios de Homero”.

viernes, 11 de agosto de 2017

"Ellos me ignoran y yo me divierto ignorándolos"

Zabaloy y su traducción, con la estatua de Joyce en St. Stephen's Green


Por alguna razón, que ya linda con la coquetería,  Marcelo Zabaloy, el traductor argentino de Ulises y de la versión completa de Finnegans Wake se la pasa diciendo que es un outsider y que los traductores profesionales lo ignoran, razón que, a su vez, lo lleva a ignorarlos. Lo cierto es que, desde 2015 a la  fecha, aparece directa o indirectamente en 16 entradas distintas de este blog –muchísimo más que ningún otro traductor, fue invitado a presentar su versión del Ulises en la Biblioteca Nacional, en el marco de la celebración que hizo el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires por los 70 años de la aparición de la primera edición en castellano –la de Salas Subirat– y fue presentado a Laszlo Erdelyi, director del suplemento de cultura del diario El País, de Montevideo, quien le dedicó nada menos que un número entero, tapa incluida y caricatura de Ombú, el mejor dibujante y caricaturista del Uruguay. Convengamos que o ésta es una manera muy extraña de ser "ignorado" o Zabaloy espera algo más que no queda del todo claro, sobre todo, porque, contrariamente a lo que él supone, ya recibió una enorme atención y su labor, una gran cobertura así como múltiples elogios (más algunas críticas, como no podía ser de otra manera). Así planteadas las cosas, volvemos a publicar una nueva entrevista –otra más con el traductor de Bahía Blanca, está vez a cargo de Julián Doyle. Salió publicada en el último número de The Southern Cross, el periódico de la comunidad irlandesa argentina, y se reproduce acá por gentileza del autor y de Guillermo MacLoughlin, director del periódico.

“Los presos dicen que leen la Biblia para ser mejores. Deberían leer Ulises

Espíritu amateur. Provocador sin provocar. Toda una vida reparando computadoras y haciendo los tendidos de cables de redes de datos. Toda una vida leyendo como hobby. Bahía Blanca. “No tengo pose de escritor ni de traductor. Si a mí me gusta una palabra, la pongo”. Una traducción del Finnegans Wake, un libro aún más desafiante que el Ulises, con diez revisiones antes de entregar el texto definitivo. “Te podrás imaginar cómo me ha quedado el cerebro. No hay argumento, no hay una historia que puedas relatar, es una misma historia contada una infinita cantidad de veces. Y en una línea, donde hay diez palabras, cuatro de ellas no existen. No están en los diccionarios. Estás obligado a crear neologismos”.

El autor de la traducción al castellano rioplatense de dos de las obras fundamentales de James Joyce, tiene seis hijos, anda por los 60 años, una vida made in Bahía Blanca, ex jugador de rugby, y se autodefine como un buscavidas.

A 72 años de la primera traducción al español del Ulises, realizada por el argentino J. Salas Subirat, que también era alguien excéntrico del mundo literario: su mundo era el de la venta de seguros. Gracias al reciente libro de Lucas Petersen sobre la vida de Salas Subirat se supo mucho más sobre una figura ignota e ignorada por el ambiente de los libros. Algo similar le ocurre a Zabaloy, aunque con algunas diferencias de escala. “En el año 1961 yo tenía cinco años. No era habitual que los chicos estudiaran inglés, pero a mi no me costaba, me gustó, se me hizo como un caramelo”.

Recuerda el momento en que, una vez terminada la traducción, su señora le preguntó por qué no buscaba editor. “Yo no sabía, porque por ahí algo te da mucho placer hacerlo y para otro es una porquería. Además estaba muy deprimido. Entonces un domingo a la mañana empecé a escribir por email a las editoriales que encontré en una lista. Adjuntaba el capítulo 15, Circe, el que transcurre en el burdel a medianoche, para mostrar que la cosa iba en serio. Escribí a todas las editoriales en Argentina, México, España. Pero nada. Ni una respuesta. La Asociación James Joyce de Bahía Blanca no pareció interesarse en absoluto; la editorial Ediuns, de la Universidad Nacional del Sur, dijo que no tenía gente para evaluarlo y que si quería podía editarla a mi exclusivo cargo, sin revisar el texto; los diarios y revistas literarias argentinas tampoco se interesaron.

Pero en febrero de 2010, seis meses después, recibió una llamada en Bahía Blanca. “¿El señor Zabaloy? Buenos días, le habla Edgardo Russo”. Trabajaron juntos hasta el 2012, capítulo tras capítulo. “Mientras tanto, como yo necesitaba mi droga, me puse a traducir el Finnegans Wake. En el 2012 tenía el 70% hecho”.

El irlandés Declan Kiberd, autor de la introducción al Ulises más vendida del mundo anglosajón (el de Penguin Classics) contó que Joyce amaría esto, “porque él escribió el Ulises pensando en gente como Zabaloy. Lo hizo para porteros, para guardas de tren, personas con oficios comunes o trabajos mecánicos. Él con el Ulises estaba celebrando a la gente común, a la mujer común. Es realmente un privilegio que el Ulises esté siendo traducido por gente que no proviene del mundo literario. Casi todo el libro se nutre del discurso y el habla común de la gente de la calle”. 

Si Dublín desapareciera de la faz de la tierra, podría reconstruirse entera a partir de las páginas de mi novela, se jactó James Joyce. Hay solo cuatro traducciones del Ulises al español: dos argentinas y dos españolas. La primera de Salas Subirat, la segunda del español José María Valverde (1976), la tercera de los españoles García Tortosa y Venegas (1999), y la última de Zabaloy (2015).  “La primera lectura del Ulises me llevó seis meses, o algo así, porque leía despacio, en la cama con el diccionario en la panza, y eso requiere paciencia. Desde el primer párrafo me sentí perplejo y cautivado. El famoso monólogo de Molly Bloom me llevó un mes o un poco más”.

Para el Ulises, Zabaloy se rodeó de un equipo de expertos, comenzando por su editor, el ya fallecido Edgardo Russo, a los que se sumarían los especialistas Teresa Arijón, Anne Gatschet y Eugenio Conchez, en la traducción y revisión del texto y la redacción de las sumamente pertinentes notas explicativas; se agrega, al final, una tabla comparativa entre las ediciones inglesas, y una francesa, consultadas, pensada sobre todo para los especialistas, y una lista de personajes, útil, ésta sí, para el lector perdido en la selva joyceana. Desde todo punto de vista, una edición cuidada y confiable.

En cuanto a Finnegans Wake Joyce lo publicó en 1939, diecisiete años después de la primera edición del Ulises y dos años antes de su muerte en 1941. La novela, una gigantesca epifanía, arranca con la historia de Finnegan, un albañil que se cae de un andamio y resucita (o se despierta) gracias a unas gotas de whiskey para reencarnarse en el personaje central de la obra: H.C. Earwicker. “En distintos momentos incorpora oraciones e incluso párrafos enteros en 70 idiomas”. Aunque hay traducciones parciales, como la de Víctor Pozanco, de 1993, o la de Francisco García Tortosa, de 1992, esta es la primera traducción al español íntegra del libro.

A 650 kilómetros de Buenos Aires, Zabaloy responde los mails de TSC:

–¿Cómo es la vida en Bahía Blanca, cómo es tu vida en Bahía Blanca, la ciudad cambió mucho en estos años?
–Nací y viví acá toda la vida. Trabajo con uno de  mis hijos en su agencia de viajes un poco en casa y un poco en  la oficina. Los martes voy a la Unión de Rugby y el jueves cocino en el club para la subcomisión.  Los sábados voy a ver a la Primera y a veces  los infantiles o los juveniles. En los ratos libres traduzco algo que me guste, sin encargos por lo general. No quiero trabajar de  traductor. Soy un aficionado. Los traductores son maltratados por las editoriales y yo no tengo ningún interés en dejarme maltratar. Traduje este año El atentado de Sarajevo (Georges Perec) para El Cuenco de Plata pero solo porque adoro a Perec.

–¿Cambió mucho tu estilo de vida después del Ulises, fue un antes y un después para vos?
–Después de leer y traducir el Ulises cambian muchas cosas en el interior de una persona pero no me cambió el estilo de vida.  Tuve la necesidad de seguir con algo que le diera sentido al tiempo libre. Y empecé a leer y traducir Finnegans Wake.
–¿Cómo te sentís cuando leés en las entrevistas que te hicieron cosas como: “No es escritor ni traductor profesional. Ni siquiera es profesor de literatura.”?
–Tienen razón. La figura del outsider no me molesta. Y es genuina. Toco de oído y ni siquiera soy un profesor de literatura. Leo desde que tengo memoria. Escribo y no publico porque el pudor me frena. Traduzco porque me apasiona hacerlo.

–Me pasa seguido encontrar traducciones al español  de libros que me interesan y no poder leerlos por tanto español madrileño presente en el texto. Se complica aún más cuando se trata de ficción.
–Lo que me interesa por lo general lo leo en inglés o en francés. Gracias a Dios, Vladimir Nabokov se auto-tradujo (su hijo y él). Cada lechón en  su teta. Los españoles se mofan de  los argentinos y viceversa. No me da la talla para criticar a nadie.

–¿Cómo fue tu infancia, tu familia viene de la inmigración o no hay conexión con ese tipo de historias de puerto y campo?
–Mi infancia son recuerdos de un patio en calle Alsina y un huerto claro donde madura un limonero. Mis abuelos maternos eran hijos de vascos y franceses escapados del hambre. Nada original. Mis abuelos paternos, uno nieto de alguien impreciso de Aquitania o el país vasco francés y otra nieta de suecos. Es decir, producto netamente argentino. Pero sí, claro, todos inmigrantes. Mi vieja nació en Coronel Pringles y vivió en el campo hasta que se casó. Hice la primaria y la secundaria en escuelas públicas y después estudié dos años de abogacía en la UCA. En 1976 murió mi viejo y volví a casa. Después me casé.

–Dijiste en varias notas que en Ulises está prácticamente todo, que es un libro que te hace mejor persona sin ser de autoayuda.
–Es cierto que está todo. Los presos dicen que leen la Biblia para ser mejores. Deberían leer Ulises. El tiempo no se siente. Es posible que se acelere y acorte penas. De  todo tipo. En todos los sentidos de la palabra pena. Y en todos los sentidos de la palabra tipo.

La cuestión dela infidelidad está muy presente en Ulises y más que nunca en la sociedad actual con sus redes sociales, etc. ¿Cuál es tu visión de este punto en la historia de Joyce y también en paralelo con nuestra sociedad?
–La carta que Bloom recibe en su casilla de correo de parte de una tal Martha Crawford está dirigida a Henry Flower, su apodo. La trampa matrimonial se ajusta a los tiempos que corren. De las palomas mensajeras a la carta con lápiz labial en beso al incitante mensaje de Whatsapp, la esencia no ha cambiado. Hay una urgencia que apaciguar y por el medio más discreto. La tecnología que se inventó para la guerra termina usándose para  los amores clandestinos. A Bloom, víctima y victimario, no le pareció  tan terrible. A Molly, menos. A Joyce, menos que menos. No voy a llevarles la contra.

–¿Para quien nunca leyó nada de Joyce, le conviene arrancar por Ulises o por algo menos extenso?
–Describo mi experiencia. Primero leí un cuento de Dublineses, “Counterparts”, que me encantó. Muchos años después leí todo Dubliners, una maravilla. Después vino  el retrato del artista adolescente. Y mucho después Ulises.

–¿Encontraste un método para trabajar? En una nota decías que le dedicabas diez horas por día de lunes a lunes!
–Es cierto. Encontrar el método quiere decir encontrarle el gusto a la cosa.  Ver que es posible. Que hay un modo de  escribir una frase complicada en otro idioma  y escribirla en castellano sin quitarle la complicación original. Y que quede linda. Que sea agradable de oír. Y entonces cuando leía en voz alta lo escrito y me gustaba había encontrado el método.

Y también es cierto que le dediqué a las correcciones de Ulises entre diez y doce horas diarias durante un año. Leíamos por Skype con Edgardo Russo y  nos reíamos como locos. Fue un placer exquisito y lamento muchísimo que se hayan terminado dos cosas: la vida de Edgardo y la traducción del Ulises.

Es difícil de creer que algún tipo haga esto por nada. Pero no era por nada. Era para que el Ulises se publicara y para ese entonces ya tenía un contrato con El Cuenco. No podría haberse hecho de otra forma. Por otra parte en 2012 ya había decidido retirarme del trabajo de cableados. Había sufrido dos infartos y mi hijo me propuso que lo ayudara con su agencia. Tenía tiempo y la subsistencia asegurada.

A Finnegans Wake le dediqué mucho más tiempo. De los siete años que me llevó traducirlo, cuatro fueron a tiempo completo. Salvo los días que estuve de viaje, el resto los pasé traduciendo, de la mañana a la noche incluso sábados y domingos. La ayuda de  Eugenio Conchez en Ulises y sobre todo en Finnegans Wake trasciende lo humano. Eugenio es una maravilla de persona. Un fulano irrepetible. No hay quien le llegue a los talones en el arte de revisar. Es implacable.

–“Juro por lo más sagrado que jamás espié ninguna de las traducciones al castellano”. No me queda claro si aún hoy no has leído ninguna edición al castellano de Ulises o quisiste decir que en el momento de traducirlo no las tuviste en cuenta?
–No leí ninguna traducción al castellano del Ulises, ni antes, ni durante, ni después de traducirlo. Sí leí y  tuve siempre delante la traducción al francés de Auguste Morel y Valéry Larbaud.

–Salas subirat:“Una obra difícil de entender en inglés tenía forzosamente que desanimar a los traductores. Pero traducir es el modo más atento de leer, y el deseo de leer atentamente es responsable de la presente versión”.
–Nada más cierto. Sin saber nada de Salas Subirat y sin tener la más mínima  intención de traducir el Ulises y que alguien lo publicara hice lo que él hizo. Empecé  traducir para entenderlo mejor.

–¿Cuál fue el principal obstáculo que te encontraste a la hora de traducir Ulises?
–Las primeras hojas de Oxen of  the Sun, una génesis de la literatura inglesa.

–El traductor Matias Battiston decía que tuvo que viajar a Dublin para poder terminar su libro sobre James Stephens, caminar por las calles que nombraba el libro, por los lugares, etc. Como una forma de pesquisar detalles circunstanciales y biográficos que quería incluir.
–Había terminado la primera lectura de Ulises cuando fui a Irlanda por primera vez. Apenas estuve un día caminando por Dublín. Después fui varias veces más pero siempre con grupos así que no tuve mucho tiempo libre. Estuve en Sandycove, en la Torre Martello, etc. Me sirvió  todo lo que había leído antes y durante la traducción. Las visitas a Dublín me provocaron nostalgia de cosas jamás vividas.

–En relación a Finnegans Wake, cómo fue la gestación del libro, tuvo la mística que has contado acerca de tu aproximación a Ulises o lo tomaste más como un “encargo”?
–No hubo ni podría haber habido encargo alguno. ¿Quién encargaría algo así a un outsider? Finnegans Wake, su traducción a lo largo de siete años y sus doce lecturas en voz alta, solo en mi biblioteca, han dejado una huella y en Bahía Blanca hay quienes lo notan y cruzan de vereda cuando me ven. Con Finnegans Wake encontré el método y me hice amigo de Hervé Michel. Este genio ignorado fue mi guía.Y los muchísimo ensayos y libros que leí mientras traducía. Me pasé un mes entero en la BNF en Paris leyendo todo lo que pude sobre la gestación de FW. Esto fue sin beca, por supuesto. Así le encontré la vuelta. Todo fue un goce sublime.

–Hay algo que sobrevuela en todas las notas que leí sobre vos, que es el nivel de corporativimo de los traductores profesionales y de la literatura argentina vista como un ambiente cerrado o sesgado.
–Está bien que así sea. Los literatos y los académicos hacen lo suyo. Cuidan la quinta. No tengo ningún reproche. Son, para mí, mundos ignotos. Ellos me ignoran y yo me divierto ignorándolos. A mí no me da la talla para mito. Salas Subirat fue un héroe absoluto. Me avergüenza que me comparen con él. No tiene sentido. Más allá del honor que me hacen.

–¿Mantuviste contacto con alguien de la comunidad irlandesa en Bahía Blanca?
–La Asociación James Joyce de Bahía Blanca me invitó el año pasado a dar una charla en un salón enorme de la Municipalidad. Ellos pusieron mucho entusiasmo en la difusión. Una bella soprano cantó “Love's old sweetsong”. Lo pasamos muy lindo aun con poca gente. 

–Por último, que enseñanzas te dejó el rugby, crees que sirvieron para darte fuerza a la hora de cambiar de rumbo en un momento de tu vida?
–Soy dirigente del club El Nacional y de la Union de Rugby del Sur. El rugby me dio casi todas las oportunidades que tuve para ir acomodándome en la vida. Por el rugby mantuve vivo mi interés por los idiomas del rugby, el francés y el inglés. Por el rugby conocí muchos países. Sin dudas ambas traducciones son producto directo del rugby.





jueves, 6 de julio de 2017

"Capacidad de comprender sistemas muy complejos, y de resolver con solvencia en lo concreto"

El 29 de junio pasado, con la agudeza que suele exhibir cuando reflexiona, la escritora y traductora María José Furió publicó la siguiente columna en El Trujamán. Allí se refirió al escándalo oportunamente desatado cuando la publicación de Finnegans Wake, de James Joyce, en versión del traductor argentino Marcelo Zabaloy. Si bien ya hemos dado espacio a esa polémica en este blog, recordamos que además de Zabaloy, participaron de la discusión el escritor español Eduardo Lago –parte interesada, como se verá–, Matías Serra Bradford y Román García Azcárate.

El crítico que pidió al traductor una cuerda para ahorcarlo
y recibió una tirita de papel

En 2016 se ha publicado una versión en español de Argentina del Finnegans Wake (1939), de James Joyce, obra del traductor originario de Bahía Blanca Marcelo Zabaloy, quien ya tradujo y publicó el Ulises. Varios aspectos se sumaban para convertir esta traducción, «la primera completa en español», en un acontecimiento y provocar un debate o varios, aprovechando no solo la inclinación iconoclasta de los argentinos sino también el carácter outsider del traductor. Éste no es un profesional en el sentido en que habitualmente usamos este adjetivo: Zabaloy (1957) trabajó durante décadas en un sector ajeno al ámbito intelectual –creí entender que en complejos tendidos de cableado informático para empresas y como entrenador de rugby–; llegó a la traducción por una mezcla de entusiasmo por el original de Joyce –cuando en 2004 su esposa le regaló el Ulises–, pasión descifradora –recurre a bibliografía experta para desentrañar sus dudas– y temeridad. Los pormenores de su andadura están recogidos en los sucesivos posts publicados en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Me interesa subrayar la dificultad de la crítica de traducción literaria, no solo cuando el idioma y su producción literaria son minoritarios, también cuando el original es difícil o, en el caso de Joyce, icónico. Los galones de obra maestra no se regalan; tampoco se otorgan a los don nadie, a los intrusos, a los parvenus, a los aventureros de cualquier arte. Y la traducción de obras maestras no puede ser cosa de cualquiera. Se olvida a menudo que es la crítica literaria, de obras traducidas o de obras originales, lo que tampoco puede abandonarse en manos de cualquiera, porque lo fundamental siempre es el rigor.

Este es el intríngulis del debate que emergió durante unas semanas de julio –mientras los españoles andábamos sonámbulos por el calor– en varias publicaciones argentinas, al que se sumaron algunos profesionales extranjeros, que se reunieron en el blog citado.

El aspecto significativo de la versión de Zabaloy es, según aplauden unos y critican otros, la radical opción «regionalista», con alusiones a personajes y circunstancias contemporáneas de Argentina como deliberada equivalencia del original joyceano, con juegos de palabras que no podrá comprender el lector de fuera del país. No lleva notas y, además, no la presenta un prólogo con firma de renombre susceptible de tranquilizar sobre la seriedad del empeño al lector interesado. Para aumentar el drama del atrevimiento, el editor que revisara «línea por línea» la versión del Ulises de Zabaloy falleció en el curso de la revisión del Finnegans, de modo que ésta se presenta sin los avales de cordura que tópicamente atribuimos a la presencia de un editor, correctores y otros colegas expertos.

En el transcurso de los rituales de presentación al público, se solicitó la opinión del escritor y traductor español Eduardo Lago, quien se mostró reticente sobre el resultado y discurrió sobre la profusión de referencias a la realidad argentina, incomprensibles para la mayoría de los ajenos a ella. Su reticencia y la críptica manifestación de respeto intelectual a Zabaloy me resultaron enigmáticas y, escarbando en Google, descubrí que Lago coordina actualmente la traducción de una nueva versión del Ulises, subvencionada por un ilustre organismo cultural mexicano. Es parte interesada en el negocio de las versiones de Joyce, y su enfoque aglutina típicos rasgos de seriedad academicista.

Ahora bien, el momento cumbre lo proporcionó Matías Serra Bradford, escritor y traductor, en una reseña crítica publicada en el diario Clarín. En pocas líneas se cargó los años de trabajo de Zabaloy utilizando como arma varias de las soluciones que éste ofrecía al peliagudo original. Poco después llegó una respuesta del traductor desvelando la mala fe con que había actuado el articulista. En resumen: entre la publicación del Finnegans y la de la reseña no mediaba tiempo suficiente para leer a fondo el libro, por lo que difícilmente pudo formarse una idea precisa de la calidad y el acierto generales.

Zabaloy publicó el intercambio de correos y cómo Serra Bradford utilizó los ejemplos que le brindó para usarlos de cuerda para ahorcarlo. El traductor no tenía en su agenda morir ese día ni de esa manera y dejó al desnudo la mala fe del crítico. A éste no le quedaba otra que justificar su tropelía y lo hizo encadenando sofismas, golpes en el pecho –«la ingenuidad propia es incapaz de proyectar el alcance del candor ajeno»– y lugares comunes: no había tiempo de leerlo completo persiguiendo los chistes encerrados ahí por un «bromista de ocasión» y, más, el Finnegans es en sí interminable. No obstante, ya en las primeras páginas encontró «cuestiones básicas» que lo «alejaron» de la nueva versión, que, dicho sea de paso, es intraducible…: imposible es también reproducir la musicalidad del original; no se puede leer una traducción pensando en el original para entender algo. Otro profesional encajó muy sagazmente la trayectoria profesional de Zabaloy en su empeño autodidacta de traducir a Joyce: posee la «capacidad de comprender sistemas muy complejos, y de resolver con solvencia en lo concreto».

Del ir y venir de artículos me interesó la posibilidad bien aprovechada de debatir, incluso cuando interviene la mala fe, que brinda Internet –esta polémica difícilmente sería rentable para una publicación especializada de pago–, medio que favorece la intervención de comentaristas extranjeros, como el de los traductores que a pie de post celebraban la iniciativa de Zabaloy en su particular versión –«completa, valerosa, valiosa y entregada: exigente consigo misma»–, subrayando su cercanía al espíritu de Joyce en la libertad de adaptar a la propia cultura una obra experimental «escrita en un extraño idioma políglota que puede incluir palabras en inglés, polaco, serbocroata e incluso persa, entre otras lenguas».

La atinada reflexión de Román García Azcárate, traductor y colaborador del suplemento Ñ, cerró la polémica, que había permitido «reflexionar sobre cuestiones centrales de la traducción literaria en general», esto es: «las eventuales fronteras entre el autor original y el intérprete, los derechos individuales y los comunes a ambos, la cercanía a la literalidad y la transposición de lo intangible, las exigencias a menudo contrapuestas que plantean la fidelidad incondicional y la buena literatura».


viernes, 22 de julio de 2016

Otra voz que se suma

Román García Azcárate, periodista de Ñ y también traductor, interviene con este comentario en la polémica que tuvo lugar en las páginas de este blog en las semanas previas. Lo hace con una reflexión sobre la traducción que acaso vaya más allá de la traducción de Finnegans Wake.

It ain’t necessarily so

Continuar la polémica en torno de la traducción de Finnegans Wake realizada por Marcelo Zabaloy ofrece la posibilidad de repasar aspectos que van más allá de ese complejo trabajo para formar parte de cuestiones centrales de la traducción literaria en general sobre los que tantas veces reflexionamos. Entre ellos: las eventuales fronteras entre el autor original y el intérprete, los derechos individuales y los comunes a ambos, la cercanía a la literalidad y la trasposición delo intangible, las exigencias a menudo contrapuestas que plantean la fidelidad incondicionaly la buena literatura,y, por supuesto, la vieja pasión argentina de enseñarle al asador cómo hacer el asado, incluso si ya nos lo comimos junto con él.

Concentrados fundamentalmente en este blog, los aspectos concretos de la polémica hasta el momentopueden consultarse en el menú de entradas. De ellos parten las consideraciones que siguen.

¿Qué traductor experimentado y cuántos lectores bien fogueados podrían asegurar que no objetarían de diez a cien o más decisiones de Borges en su versión al español de Las palmeras salvajes de Faulkner, de Aurora Bernárdez en Justine de Durrell, de Cortázar en los cuentos de Poe, de Piglia en los de Hemingway Hombres sin mujeres? No cuenten conmigo para eso.

Además de a una parte reducida de los asadores, perdón, de los traductores más prestigiosos de Argentina,acabamos de referirnos a libros cuya complejidad ni se acerca, en más de un aspecto, a la que reviste trasladar Finnegans a nuestro idioma. Ninguno de ellos encaró una proeza de tal dificultad en la translación idiomática. Tampoco siquiera a ellos, ni a nadie cuyo talento o celebridad pudiera acercárseles, se atrevió editorial alguna de nuestra lengua a encargarles semejante tarea. Existen motivos, por otra parte, para dudar de que cualquiera de los nombrados haya sido nunca responsable de un antológico vacío a la parrilla.

Ante una misma partitura de una sonata de Schubert, Brahms o Prokofiev, intérpretes máximos del piano de todos los tiempos han generado su versión propia, la que consideraban que debían entregar, atándose más o menos a lo que pergeñó el autor, apurando aquello, enfatizando esto otro, utilizando más o menos el pedal del instrumento, jerarquizando o atenuando lo que decidieron ellos dentro del riguroso plan definido por escrito en el pentagrama por el compositor y consultado a lo largo de meses por el ejecutante. ¿Sólo Argerich, Brendel, Gulda, Gelber, Rubinstein, Piresy monstruos de tal estatura tienen derecho a eso? ¿Cortázar puede elegir si traduce“equivocarse” en lugar de “pifiarla” pero yo no? Los grandes pianistas sí, porque son creadores sensibles, pero los intérpretes literarios de idiomas no, ya que somos, “¿genuflexos técnicos hipertransparentes que jamás podemos sacar los pies del plato, ya trabajemos sobre textos de Kafka, Lispector, o un chantapufi de reciente aparición con ventas sustanciosas? Que quede claro, la genuflexión, por su parte, suele ser de vocación interna o impuesta por pautas del mundo editorial.  

Claro que hay límites. Por eso las comparaciones citadas refieren al piano clásico y no a improvisaciones de jazz, con su inmenso valor. Si tus traducciones de Thomas Mann recuerdan capítulos enteros de Milan Kundera, vamos mal. Si,en tu versión, Céline parece Houellebecq o Le Clézio, perdimos todos. Por creativa e ingeniosa que sea una traductora, no va a lograr —ni debe—empardar jamás a Dostoievski con Hernández (ni José, ni Miguel, ni Felisberto,…ningún Hernández). Ahora, dentro de trabajadores medianamente sensatos de nuestra profesión, opinar “en lugar de esto yo hubiera puesto esto otro” debería en todo caso circunscribirse a las charlas de café. Las  ediciones periodísticas de muchos miles de ejemplares requieren una prudencia y un respeto diferentes, sobre todo cuando no es patear el tablero del establishment lo que está en danza: eso se juega en otros campos.

Mucho de lo que alimentó esta polémica se ha aventurado sin el respaldo del conocimiento específico necesario. El traductor Zabaloy, recordémoslo, invirtió 7 (siete) años a full en su versión de Finnegans Wake que hasta sus enemigos personales deberían calificar de cuando menos muy digna (si les diera el cuero para leerla en profundidad, claro).

Cada lector que se aventure a avanzar en las páginas dellibro podrá apoyar el mérito dela traducción o las objeciones ventiladasantes en este Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, en Clarín y en sus repercusiones en el número por salir de Revista Ñ. Nadie que meta un rato sus narices en lo que nos ocupa puede pasar por alto la enorme puerta que abre Joyce a quien encare la versión de su libro especialmente único en la milenaria historia de las letras.

Ninguna persona con criterio, cierta calma y buena fe, entonces, debería limitarse a esquemas de evaluación tal vez válidos para otros textos, una inmensa mayoría, pero no para juzgar la traducción de Finnegans Wake al español ni al idioma que sea. La rigidez de conceptos puede llevarpor mal caminoa cualquier analista, aun con experiencia en traducciones, por ducho que se considere. En Finnegans, más que nunca, Joyce descoloca al lector (que incluye al crítico). Busca eso. Se lo propone con porfía. Pero no se trata sin embargo más que de uno de los modos de enriquecerlo, aunque únicamente si, tarde o temprano, el lector se aviene: si en algún momento elige relajarse y gozar pese a lo que condena el barrio.

“I loves you, Porgy”, le canta Bess a su negro amado en la celebérrima opera de George Gershwin, para escándalo de todos los teachers de inglés, actuales y pasados, al norte y al sur del Río Grande, al este y al oeste del planeta. ¡Esa ese en loves, además de todas las transgresiones lingüísticas al idioma en el libreto de DuBose Hewyward & Ira Gerschwin! ¿Where were you, William Shakespeare, when we needed you most?Es poco menos que imposible que Joyce siquiera haya tomado conocimiento previo dela gran Porgy and Bess y su léxico de afroamericanos a lo largo de la creación de su más que rebelde y última novela. Finnegans Wake, que vio la luz en 1937, dos años después apenas que la obra de George Gershwiny sus letristas.Pero el título de una de las piezas de la ópera, sólido standard del mejor jazz desde hace décadas, guarda enorme relación con la polémica reciente en cuanto a la traducción al español, tan fresca aún, del gran trabajo final del escritor irlandés. Aquí y allá, innumerables veces al cabo de 628 páginas: “No es necesariamente así”. Casi nada, casi nunca. Nadie, por lo demás. 

viernes, 15 de julio de 2016

M. Serra Bradford le responde a M. Zabaloy

Como posiblemente el lector de este blog recuerde, en los últimos días se ha generado una polémica a propósito de la reciente traducción de Finnegans Wake, de James Joyce, realizada por Marcelo Zabaloy. A lo largo de las dos últimas semanas, hubo una serie de entradas firmadas por Eduardo Lago, Matías Serra Bradford y Zabaloy, a quienes indirectamente se suman los periodistas Diego Erlan Román García Azcárate, quienes entrevistaron al traductor. Todo esto puede leerse en las entradas del 6, 7, 8, 11 y 12 de julio pasados. Precisamente, el siguiente texto, firmado por Serra Bradford, le fue remitido al Administrador, en respuesta a la última intervención de Zabaloy.

Posdata a una versión de Finnegans Wake

Puede tener –un lector, un crítico– vocación de detective, pero no es recomendable que despliegue voluntad de polizonte. Le agradezco al reciente traductor de Finnegans Wake que reproduzca públicamente el intercambio de cartas que precediera a la aparición de un breve artículo mío en el diario Clarín. Dejan en claro dos cosas: mi ignorancia –con respecto al rosario de nombres locales que el traductor diseminó en su versión de FW– y el ánimo solícito de este por sanearla. (Nunca imaginé posible semejante operación; la ingenuidad propia es incapaz de proyectar el alcance del candor ajeno.)

Pocos días mediaron entre la recepción del libro impreso y la publicación de esa nota. No es excusa: fueron suficientes para cruzarme con cuestiones básicas que me alejan de esa versión (como lector común, no soy erudito ni está entre mis planes leer para serlo). Por razones de espacio –se privilegió, precisamente, la voz del traductor en una nota publicada el mismo día, en la misma página, y casi el doble de extensa– no pude elucidar todo lo deseado en ese artículo, pero ahora el traductor me da pie amablemente a que suelte algunas precisiones. Es bastante difícil leer el FW en un par de días; es bastante difícil leerlo a secas. Empecé a leerlo hace unos treinta años y no lo terminé. Sé que no lo voy a terminar; el libro, por su parte, no se termina, no tiene punto final y recomienza. Prefiero la modesta ambición de ir leyéndolo toda la vida (también tengo derecho a mi propio juego de niños.)

¿Qué puedo agregar a lo ya dicho? Para empezar, el primer párrafo: el traductor decide no traducir la simple palabra Environs, en “Howth Castle and Environs”, dejándola como la encontró, cuando bien pudo haber puesto “Howth Castle y Alrededores” (o Aledaños). Son cuestiones de criterio, hasta de sentido común. No necesito ni aguardo con ansias que me tire por la cabeza la versión francesa y los mil y un libros de referencia. Otro caso: en la página 169 decide no traducir las palabras “short” y “joky” y complica una frase a todas luces cristalina. Más adelante dice “hago yo mi shop”, en lugar de “hago yo las compras”. Facilito estos ejemplos como botón de muestra, de decisiones que no comparto –sería lo de menos– pero cuya razón es harto difícil llegar a intuir. Sobre todo en un libro que rogaba que tuvieran a bien no añadirle estorbos o zancadillas. Son ejemplos que hacen pensar menos en una traducción que en un libro paralelo. Parecen ilustrativos de un entusiasmo remolón que llega a su cumbre con la incorporación de nombres vernáculos a la traducción. Si estos apellidos son veinte o treinta, me tiene sin cuidado. No es un problema literario (vale recordar que el FW es un libro limítrofe, en más de un sentido); acaso se trate de un asunto ético. Pero amén de falta de tiempo y voluntad, no soy quién para ir recolectando ejemplos negativos y asumir el papel de corrector o editor post-mortem; tampoco me parece recomendable para la circulación de un autor por el que tengo un afecto desmedido.

La traducción no es un tema matemático o forense; está más cerca del tono, del gusto, del oído, o, como quedó dicho, de la más llana sensatez. El sentido común no es propiedad de lo que el traductor de FW llamó los “eruditos”; tampoco predomina entre ellos ni entre quienes no lo son. Como mínimo, un lector tiene derecho a aquello que un autor o un traductor excesivamente orgullosos considerarían un acto de inmodestia: que no le agrade lo que está impreso en una página. Por otra parte, si el traductor logró hacer coincidir la paginación estamos ante una proeza numérica, no lingüística. Se supone que una traducción se realiza para desprenderse del original, para no depender de él y vivir cotejando en el espejo retrovisor. Se supone que se traduce para quienes no hablan, o no entienden del todo, la otra lengua.

Alguno se preguntará, mientras tanto, en qué idiolectos se puso a hablar el pentecostés Joyce en Finnegans Wake. Tengo la impresión de que ahondar o alargar la discusión sólo subrayaría la verdad: FW es un libro imposible. En cierta manera, entra en la categoría de libro indefendible. Intocable –es decir, invencible–, inútilmente defendible. Más de setenta años después, no es difícil comprobar, entre otras cosas, que en comparación con el Finnegans las novelas radicales de William Burroughs o Arno Schmidt adquieren la claridad de Platero y yo. Repito lo que dije en el artículo citado: en no pocos casos, los defectos de la traducción son los defectos del propio Joyce (que no deja de entregar momentos excepcionales). Buena parte del problema no lo tiene el traductor argentino más reciente; lo tendría cualquier otro traductor, en cualquier lengua. De los gigantes –Kafka, Proust, Faulkner– Joyce será siempre el menos asible; sobre todo, claro está, en Finnegans Wake. Es un libro que no se conoce nunca cabalmente, y quien crea o afirme lo contrario incurre en un acto de vanidad o autoengaño por lo menos notorios.

Observé que el criterio general del traductor parecía señalar en esa dirección, la de traducir también el título; no que yo tomaría esa decisión de estar en la fastidiosa silla de traductor del FW. Vale aclarar que el hecho de que el título no lleve una comilla o apóstrofo no imposibilita que se lo titule El velatorio de Finnegan, ya que este es el apellido del personaje Tim Finnegan en la primera línea de la canción que inspiró el título del libro. Ya que estamos en este punto: insisto en la musicalidad del original –que tampoco es constante ni absoluta– y en su imposibilidad de ser trasplantada. (No descartaría, de paso, que el libro haya sido una larga y elíptica revancha, la del aspirante a tenor Joyce por no haber podido tomar clases de canto de joven por falta de dinero.) Temo que Finnegans Wake no se puede gozar ni en un mínimo grado –el único que está en condiciones de prometer– si no se posee no sólo un sólido conocimiento del inglés, sino también una porosa recepción auditiva en esta lengua. Es este un requisito –propio de un libro mágico– que no garantiza ni siquiera la condición de hablante nativo. Es probable que haya habido una sola persona capaz de reunir estas condiciones: el autor. Algo advertía Joyce cuando rogaba la aparición de “un lector ideal que padezca de un insomnio ideal”. A propósito, si el traductor desconoce que el FW “sucede” de noche y desconoce algunos pliegues biográficos de James Joyce –amén de más de una alusión en FW a Lucia Joyce y a la locura de Shem, alter ego del autor–, no queda otra alternativa que lamentarlo.

Pero vamos a la cuestión que tanto lo desvela al autor de esta versión del FW: la incorporación de nombres locales y actuales (políticos, celebridades, etc). Verifiqué los nombres que me proporcionó donde los señaló, los encontré, y le agradezco que me haya procurado un atajo. No tenía ni tiempo ni ganas de rastrear 600 páginas tras las chanzas escondiditas de un bromista de ocasión. Se puede discutir mil años cómo traducir una palabra u otra. Lo que resulta inaceptable es que el traductor parezca haber querido nacionalizar la obra de Joyce incorporando referencias onomásticas del todo ajenas al libro y, más curioso, que se ufane de ello. Y que se ufane, ya en el colmo de la autoincriminación vestida de viveza, de haber pretendido engañar a un reseñista, como bien dice, apresurado. Calculó acertadamente: era demasiado improbable que lo descubrieran. ¿Por eso sentirá la necesidad de gritarlo a los cuatro vientos? Nadie lee el Finnegans entero. Ya lo vaticina el mismo traductor cuando afirma: “pensamos que no habría ninguna persona que pudiera tomarse el tiempo necesario para leer a fondo la obra”. (Confieso que no dejo de tener curiosidad por saber qué clase de lector un traductor de FW imagina para el libro.) A continuación da por sentado que ese prólogo que no existió habría tenido, en consecuencia, “un montón de palabras huecas decoradas por una firma prestigiosa”. Hace rato que no oía el disparo de una escopeta de kermesse, con balas de corcho, y tengo la sensación de que en lugar de patitos en fila le apunta a fantasmas de su propia creación. Por la recelosa firmeza de sus formulaciones, cabe preguntarse, entre otras cosas, por qué no escribió una introducción él mismo, por qué no buscó iluminar al lector desprevenido, así fuera mínimamente, acerca del tenor de la aventura en la que se estaría embarcando.

Creo que le dediqué un espacio considerable a la versión del Ulises de este mismo traductor –en colaboración con Edgardo Russo– en la revista virtual Otra Parte (p://revistaotraparte.com/semanal/discusion/los-traductores-del-ulises-y-la-traicion/), y la elogié con algunas observaciones, como hice y hago en este caso. No recuerdo que en aquella ocasión la ofensa y la ofensiva del traductor rozaran el exabrupto; ni siquiera, a Dios gracias, existieron. Hacia el final de la nota de Clarín citada, mi palabra “heroico” por lo visto al traductor no le dice nada. (Y la palabra “inútil”, como quedó dicho, responde más bien a la naturaleza del libro entre manos.) Tratándose de una obra de semejante complejidad nadie le iba a exigir excelencias incumplibles, pero sí al menos que tradujera las palabras más simples y que no despistara con chistes adicionales a los originales. Pareciera que el traductor buscó problemas adonde no existían –en un libro que le presentó un generoso repertorio de inconvenientes–, aunque esto mismo, desde ya, no es razón para descalificar la empresa en su totalidad.

Me pregunto si lo que le faltó al traductor no fue un editor. Un editor como lo era Edgardo Russo, tan maniático como sensato, y creo adivinar –por las ocasiones en que hablé con Russo de Joyce, antes y después de declinar su invitación a prologar el Ulises– que muchas de estas cuestiones se hubieran evitado con su intervención. Lo mismo corre para la ausencia de prólogo o posfacio y notas. A casi nadie puede resultarle extraño que la misma editorial que publicó Ulises con variados prólogos, notas, etc, se abstenga de hacer algo similar con un libro diez veces más complejo. No obstante, esta edición de Finnegans Wake, valiosa en más de un aspecto, demuestra la voluntad de su editorial argentina de seguir fiel a una idea de la literatura que asume riesgos –ahí está su catálogo para quien quiera verificarlo–, contra todos los obstáculos que se le presenten, dentro y fuera de un libro, incluso contra obstáculos planteados por la mente excesivamente brillante y ambiciosa de un autor incomparable.