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miércoles, 20 de febrero de 2019


“El director de la Academia Argentina de Letras explicó por qué en el próximo Congreso Internacional de la Lengua, que se realizará en Córdoba, el lenguaje inclusivo no tendrá una presencia estelar en los debates: ‘Históricamente, los cambios lingüísticos se han producido de abajo hacia arriba, es decir, los impone la gente o el uso y no un grupo determinado’.” Tal es la bajada de la entrevista realizada por la agencia TELAM a José Luis Mouré, presidente de la Academia Argentina de Letras, reproducido el 29 de enero pasado por Cultura InfoBAE.

“Ningún grupo minoritario se puede arrogar
el derecho de cambiar unilateralmente una lengua”

A pesar de su fuerte impronta en los medios y las redes sociales, el lenguaje inclusivo no tendrá una presencia estelar en los debates que integrarán la próxima edición del Congreso Internacional de la Lengua que se realizará en Córdoba, motivada por el hecho de que esta modalidad es impulsada por un grupo minoritario “que no debe arrogarse el derecho de cambiar unilateralmente una lengua hablada por 500 millones de personas”, según analiza José Luis Moure, director de la Academia Argentina de Letras.

¿Cómo se posiciona la Academia de la Lengua frente al lenguaje inclusivo, que para algunos es una herramienta para acelerar el cambio social y para otros por el contrario la convierte en una jerga en minoría?
–Es un tema complejo porque el lenguaje inclusivo es un fenómeno que pretende generar un cambio social a partir de un cambio sustancial en la morfología y gramática de la lengua. El español es hablado por 500 millones de hablantesningún grupo humano minoritario se puede arrogar el derecho de cambiar unilateralmente una lengua porque previamente sería necesario que todos nos pusiésemos de acuerdo acerca de lo que hay que cambiar.

Y agrega: “Históricamente, los cambios lingüísticos se han producido de abajo hacia arriba, es decir, los impone la gente o el uso y no un grupo determinado. Cada uno de los cambios en la lengua han sido resultados de siglos de evolución. Que haya una 'A' o una 'O' no es una cosa arbitraria que haya que suplir fácilmente por una 'E'. Si tomamos como ejemplo el motor de un auto, esta operación de reemplazo equivale a poner un fierrito determinado que puede llegar a descomponer el conjunto. La lengua es un sistema y no se pueden introducir los cambios que a una minoría le parezcan”.

Los defensores del lenguaje inclusivo sostienen que reproduce estructuras atávicas que a la luz de las nuevas perspectivas de género es necesario erradicar…
Las estructuras atávicas son la historia de la lengua. No podemos ir contra eso. Una lengua que se ha desarrollado a través de mil años no tiene más remedio que ir actualizándose a través del tiempo. Creo que el error fundamental está en suponer que ese cambio en la lengua va a fundamentar un cambio en la conducta.

Me parece magnífico todo movimiento social que implique una reivindicación de cualquier naturaleza pero tiene que hacerse desde los lugares en que corresponda y no intentando violentar un sistema que hoy no admite esa intervención. Probablemente esto se va a diluir en el tiempo. Por otra parte, este cambio está alentado por un sector minoritario, un sector ilustrado de la clase media que propone un cambio para todo el mundo hispanoparlante. La lengua tiene otros recursos para lograr que no se invisibilice el género.

¿Qué ocurre con la penetración cada vez mayor, sobre todo a partir de la incidencia de contenidos televisivos, de expresiones vinculadas al español neutro? ¿El español de cada región se deforma o se enriquece con estas incorporaciones?
–Estos procesos son los que se han manifestado siempre en la historia de todas las lenguas. La diferencia sustancial que tiene el español respecto de otras lenguas es la cantidad de paí­ses en las que se habla. Cada uno de ellos polí­tica y culturalmente autónomos, que podrí­an optar por tener variedades propias y distintas. Sin embargo, con gran inteligencia histórica, el mundo hispanoamericano ha optado por mantener la misma lengua.

Para Moure “el purismo puede ser a veces una suerte de enfermedad de la cultura por cuanto supone la existencia de variedades que no tienen que estar contaminadas por otras variedades. Yo creo que el idioma se enriquece permanentemente con el intercambio y no se empobrece. La idea de un español que no debe contaminarse con extranjerismos es un absurdo lingüístico porque la historia misma del idioma está hecha del influjo de otras lenguas. No vamos a renunciar nunca a nuestras formas naturales de expresión y al mismo tiempo tenemos que aprovechar la posibilidad de conocer otras formas y hasta usarlas”.

“Las lenguas están para comunicarse, de la mejor manera posible, intentar tutelar el español exento de impurezas que puedan estar maculándolo, puedan estar deformándolo, es un miedo inútil. El idioma se encarga de filtrar, de que algunas palabras duren un tiempo y luego desaparezcan”, finalizó.

viernes, 22 de septiembre de 2017

"La broma se materializa en contante y sonante"

Fernando Alfón acaba de enviar al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, la siguiente reseña en la que se ocupa de Nuestra expresión (2017), el reciente volumen seleccionado, prologado y anotado de José Luis Moure (foto; ver otra reseña, esta vez de Oscar Conde, en la entrada de este blog del 17 de agosto pasado).

Lengua y emancipación III 

La legendaria Editorial Universitaria de Buenos Aires publicó este añouna antología de textos en torno a la identidad de la lengua de los argentinos, Nuestra expresión (2017), seleccionada, prologada y anotada por José Luis Moure, actual presidente de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Por el carácter polémico de casi todos los textos que recoge, el libro se inscribe en una vastísima tradición querellante que arranca con Juan Cruz Varela en 1828 y tuvo su auge un siglo más tarde, el mismo año en que Borges publicó El idioma de los argentinos. Sorprende entonces que, en el cordial prólogo que Moure le acomoda, enfatice que «nada podría ser más ajeno a la intención de este libro que revivir animosidades y enconos anacrónicos».

A esos enconos y animosidades —forma reductora de aludir una sociología crítica del lenguaje— ya les había compuesto un epitafio el filólogo platense Arturo Costa Álvarez en Nuestra lengua (1922), un volumen precursor de Nuestra expresión. La razón, ahora, por la que Moure los considera anacrónicos —sigo siempre en el «Prólogo»— es que «Argentina ha superado doscientos años de vida independiente y no necesita reexaminar su condición de tal». ¿Qué nos quiso decir con esto de que ya no necesitamos reexaminar nuestra independencia? ¿Que declarada, allá por 1816, ya podemos despreocuparnos de ella? ¿Que es inútil seguir pensando la lengua como un terreno de disputas? ¿Que libros como los que él ahora publica son, en el fondo, anacrónicos? Quizá nos quiso decir algo más modesto: que podemos despreocuparnos por las tropelías de la Real Academia Española, porque ya escarmentó.¿Estamos nosotros, entonces, como Juan María Gutiérrez al rechazar el diploma de correspondiente, recelosos de una amenaza perimida; renegando contra una Real agiornada, que solo quiere echarnos una mano?

Si seguimos la última edición del Diccionario de la lengua española, un colombiano no se enterará que en Buenos Aires tenemos abrochadoras, aguinaldos y pochoclos; que un mazo también es la baraja; un micro, un bondi; y que también acá un zurdo, además, es alguien de ideas políticas de izquierda. Tampoco un chileno se enterará que en México el borracho del barrio es el teropocho;el haragán, el baquetón; o que apá no es solo una interjección «para estimular al caballo», sino la simple forma popular de decir papá. Ahora bien, todos sabremos,desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, qué significa mileurista, aunque jamás la hayamos pronunciado. ¿Porqué este jovencito neologismo ya está estampado en un diccionario «panhispánico», burlándose del purgatorio donde envejecen centenares de voces americanas? Pues por la sencilla razón de que mileurista fue pronunciado en España. Luego cayó simpático a los académicos, que ganan por sus servicios lexicográficos un poco más que mil euros al mes.

Son picardías, lo sé, con las que se entretiene el Pleno durante las sesiones de los jueves; pero traslade usted, lector, este inofensivo pecadillo al mercado de la traducción, a la enseñanza del español en el mundo, al negocio de las comunicaciones. Ahí la broma se materializa en contante y sonante. La hegemonía que ostenta la Real para dictar la norma se traduce en una situación de privilegio para la industria cultural española que tenga a la lengua como su mayor mercancía. El Diccionario es el mascarón de proa de un enorme barco cuya tripulación son las empresas ibéricas. El Instituto Cervantes, que ha demostrado habilidad con los números y los mapas: ¿ha estudiado empíricamente el factor de aislamiento lingüístico que implica el dominio de la Real sobre las naciones americanas?Es imposible que un libro editado en Colombia llegue a Argentina o Uruguay;o uno,traducido en Paraguay o Bolivia, llegue a Venezuela. Lo que tienen en común todos estos países, es que están inundados de libros traducidos, prologados, anotados y editados en España. La «unidad de la lengua» es el eslogan en el que se festeja la desunión que se acrecienta con cada españolada. Una es elDiccionario de americanismos, que«traduce al español» las voces corrientes de este lado del Atlántico. Otra es la Asociación de Academias de la Lengua Española, cuya casi totalidad son americanas, pero radicó su máximo órgano de gobierno en la calle Felipe IV, número 4, de Madrid, justo el mismo domicilio de la sede oficial de la RAE. Nos toman por virreinatos, pero el amable nombre bajo el cual lo administran se llama panhispanismo.

Moure tiene razón al sugerir que nuestra querella soberanista ya lleva casi dos siglos y nos tiene a todos muy fatigados. También entretenidos, porque en medio de las hostilidades se gestó una nueva acepción para el verbo raer: «hacer pasar por universal lo local y viceversa». Si la Real le acomodara a su obra paradigmática el justísimo nombre de Diccionario de la lengua española de España, dejaría de raer y ya estaríamos en mejores condiciones para no necesitar reexaminar nuestra independencia. América dejó de raer cuando presentó el Diccionario del español de México (DEM), el Diccionario integral del español de Argentina (DIEA), el Diccionario del español del Uruguay (DEU). Ninguno de estos repertorios se esconde detrás de ninguna totalidad, para venderse urbi et orbi; les basta con servir a sus compatriotas. Ninguno de ellos pone en peligro la unidad de la lengua, ni agita enconos ni animosidades. Son atisbos de lexicografía soberana para entendernos un poco mejor, cuanto menos, al interior de cada nación. Son los demorados frutos de la querella que recopila, profusa y acertadamente, Nuestra expresión. Prueba del valor de la antología es la joya que agrega al final, el ensayo-pregunta del poeta Enrique Banchs, en torno a unas «Averiguaciones sobre la autoridad en el idioma».


lunes, 28 de agosto de 2017

Un libro de José Luis Moure sobre el castellano de los argentinos

Oscar Conde es poeta, ensayista y profesor universitario. Ha escrito, entre otros, el Diccionario etimológico del lunfardo (2004) y Lunfardo (2001). En el siguiente artículo, publicado por la revista Ñ, el 7 de agosto pasado, se ocupa de Nuestra expresión, el último libro publicado por José Luis Moure, actual presidente de la Academia Argentina de Letras.
La lengua propio como ejercicio de identidad

Más allá de que los intentos de acercamiento de la Real Academia hacia sus correspondientes americanas hayan comenzado a mediados del siglo pasado, ha sido recién en el actual cuando se inició por fin un proceso para el desmantelamiento de la subvaloración del español de América. No hace demasiado –un par de décadas, a lo sumo– que se le reconoce al español un estatus policéntrico. En otras palabras, ya no es defendible la posición que hace del habla de Madrid (o de cualquier otra ciudad de la península) un modelo único y “puro” para más de 560 millones de hispanohablantes. El policentrismo enseña que no existe un solo paradigma de la lengua española, y que las variedades utilizadas en Lima, Medellín, La Paz o Buenos Aires son igual de prestigiosas que las de Toledo o Salamanca.

Los departamentos de español y romanística de diversas universidades europeas y estadounidenses han comenzado ya a trabajar con la lengua sobre la base de este concepto que, lejos de resultar disruptivo o incómodo, parece haberse consensuado dentro de los estudios lingüísticos para poner en su lugar las cosas. La posición clásica del monocentrismo, prevalente no solo durante la época colonial sino al menos hasta mediados del siglo XX, conserva sin embargo muchos adeptos en el espacio simbólico de la enseñanza de español para extranjeros –ámbito en el cual, además de una disputa entre políticas lingüísticas de signo opuesto, está en juego un jugosísimo negocio–. Es que los profesores de español, cuando son españoles, normalmente combaten la tesis policéntrica, ya porque acuerdan con las posiciones político-económicas del Instituto Cervantes, ya por orgullosa convicción patriótica.

Nuestra expresión (EUDEBA), del filólogo José Luis Moure, actual presidente de la Academia Argentina de Letras, se inscribe en una larga tradición de escritos en torno al español de la Argentina, iniciada casi a comienzos del siglo XIX –pocos años después de la Revolución de Mayo– y, más puntualmente, se suma a dos antologías recientes que, como esta, ofrecen testimonios acerca de las distintas posiciones sostenidas a través del tiempo en los debates político-lingüísticos referidos a la existencia o no de una lengua nacional. Tales antecedentes son Voces y ecos (2012), de Mara Glozman y Daniela Lauría, y La querella de la lengua en la Argentina (2013), de Fernando Alfón.

La discusión acerca de un español americano y, más adelante, de un español argentino tuvo como protagonistas, en primera instancia, a los intelectuales nucleados en el Salón Literario, entre otros, Marcos Sastre, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, quien en la sesión inaugural del 18 de junio de 1837 reclamaba ya una lengua nacional capaz de reflejar la nueva realidad de la América libre. La defensa de la identidad lingüística por parte de este grupo propició dos acontecimientos destacables. Por un lado, en octubre de 1843, Domingo Faustino Sarmiento propuso en la Facultad de Filosofía y Humanidades de Santiago de Chile un audaz proyecto de reforma ortográfica. Por otro, en enero de 1876, el poeta Juan María Gutiérrez devolvió el diploma de académico correspondiente que le había enviado la Real Academia Española. Todos ellos, pues, fueron tempranos promotores del autoctonismo idiomático, basados en el principio de que uno de los atributos esenciales de una nación libre es la posesión de una lengua propia.

Este es, precisamente, el precepto que movió al francés Lucien Abeille a publicar en París, en coincidencia con el fin del siglo, su Idioma nacional de los argentinos en 1900. Con un convencimiento que roza el fanatismo, se propuso demostrar –infructuosamente– que el español de la Argentina comenzaba a diferenciarse del peninsular a partir de la incorporación de préstamos lingüísticos que provenían tanto del guaraní, el araucano y el quichua como del italiano, el francés y, en menor medida, el inglés y el alemán. Las voces críticas contra este autonomismo idiomático separatista son también nacionalistas, mayormente elitistas e hispanófilos, defensores de una argentinidad que presumían en peligro ante la inmigración italiana y las hablas populares como el lenguaje gauchesco y el lunfardo. Algunas de esas voces (las de Ernesto Quesada y Miguel Cané) se alzaron contra el francés, aun cuando la verdadera impugnación de su programa filológico estaría dada por alguien que estrictamente no participó de los debates: el rosarino Rudolf Grossmann, que desde un planteo similar al de Abeille llegó a conclusiones opuestas en El patrimonio lingüístico del Río de la Plata, editado en Alemania en 1926 y traducido al español recién en 2008.

La primera mitad del siglo XX estuvo plagada de gramáticos y filólogos empeñados en mostrar lo mal que se hablaba y se escribía en la Argentina. Curiosamente las respuestas más consistentes a Ricardo Monner Sans y a Américo Castro fueron dadas por escritores –y no por lingüistas–: Roberto Arlt y Jorge Luis Borges, respectivamente.

Con un título en el que resuena el de un libro publicado en 1926 por el dominicano Pedro Henríquez Ureña (Seis ensayos en busca de nuestra expresión), la obra de Moure nació con el objeto de ofrecer una guía histórica a docentes y estudiantes de español en la que aparecieran transcriptos –con el fin de ayudar al armado de clases– distintos pasajes de textos de los siglos XIX y XX que dan cuenta de los distintos y sucesivos posicionamientos respecto de nuestra identidad lingüística. Este corpus reunido por el autor incluye cartas, discursos, clases públicas, artículos periodísticos y fragmentos de obras mayores tanto de los defensores de una lengua autonómica como de las voces de políticos, escritores, intelectuales y lingüistas que se opusieron a dichos ideales. Vale decir que no pocos de estos textos son de difícil acceso. El material se completa con la inclusión de las respuestas a sendas encuestas realizadas por el diario Crítica (1927) y por la revista El Hogar (1952).

En una edición sólida, que incluye dos trabajos de panorama de Guillermo Guitarte y el propio Moure, Nuestra expresión ofrece un plus atinente a su propósito inicial de constituirse en material de apoyo para la enseñanza terciaria o universitaria: cada uno de los textos del corpus va acompañado por una guía de lectura con el fin de orientar al lector.

Es de lamentar que el lunfardo, que como léxico argótico hace décadas ha superado los límites de la región rioplatense para ser a estas alturas un argot nacional, apenas cuente en el libro con la voz de Last Reason (cuya argumentación en defensa de este vocabulario carece de todo rigor lingüístico) y muy poco más. Sin ser lo principal, es innegable que nuestras variedades de español ya casi no prescinden de él.

Actualmente seguimos muy lejos de hallar un estándar que pueda definirse indubitablemente como “español de la Argentina”. Si bien es cierto que la ciudad de Buenos Aires y la región metropolitana parecen seguir imponiendo al resto del país nuevos giros, modismos y voces, muchas características fonéticas, morfológicas y sintácticas propias de cada región felizmente sobreviven. Hay sí, y parece imposible impedirlo, una creciente unificación del léxico, debida fundamentalmente a la interacción de los medios y de las redes sociales. No obstante ello, es reconocible un español de Salta, uno de Mendoza, uno de Córdoba y otro de Posadas, entre otros. Ello no es grave per se: en Alemania el alemán se dice de muchas maneras. En suma, el español de la Argentina también es policéntrico.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Traductores en la Academia Argentina de Letras

El 30 de septiembre pasado, la Academia Argentina de Letras, en el marco de sus I Jornadas de Letras y Educación, organizó una mesa redonda en su auditorio para celebrar el Día del Traductor. Los participantes de esa mesa fueron José Luis Moure (Presidente de la AAL), Alejandro González (traductor del ruso y miembro de Interpres), Mohamed El-Mouradi (traductor del árabe) y Jorge Fondebrider (traductor del inglés y del francés, y director del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires). 

Quienes deseen acceder a lo que pasó en esa ocasión puede verlo aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=YR95mgfDjwg





lunes, 5 de septiembre de 2016

¿Una polémica que recién empieza? (III)

El 7 de julio pasado, en el cierre del Foro Universitario por el Bicentenario hubo una mesa redonda convocada alrededor del tema “Lengua y emancipación”. Diez días después, uno de sus participantes, Fernando Alfón (Doctor en Historia por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata y docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, de la misma casa de estudios), escribió un comentario sobre esa mesa que el 17 de julio publicó el diario digital Contexto y que este blog reprodujo el 15 de agosto. 

Previamente enterado de que el artículo se refería a su participación en esa mesa, José Luis Moure (Doctor en Filosofía y Letras por la Facultad de Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires, titular de Historia de la Lengua, Dialectología Hispanoamericana y Lingüística Diacrónica de esa casa de estudios y presidente de la Academia Argentina de Letras), envió una respuesta a este blog, que se subió el 16 de agosto pasado. La polémica comenzada con esos intercambios continúa hoy, con una nueva respuesta que Fernando Alfón tuvo la amabilidad de remitir a este blog.  

Lengua y emancipación II

El presidente de la Academia Argentina de Letras, José Luis Moure, ha tenido la deferencia de ocuparse dela nota «Lengua y emancipación», publicada el pasado 17 de julio en Diario Contexto. Ha sido tan ecuánime y civilizado en sus consideraciones que, si no fuera porque me llama de a ratos «profesor», debiéramos dar la discusión por saldada. Ese sarcasmo me insinúa que usted, presidente, no quiere que su alegato quede sin respuesta.

Iré directo al hueso, para no entrar de paseo por las inmediaciones del Museo del Prado, cuando en verdad lo que buscamos está en la calle de Alcalá. Y el hueso no son los modales (que aquí ambos los tenemos) ni los «él dice que yo dije», que tornarían la discusión en una guerra de precisiones. El hueso es que usted parece muy interesado en la correcta enseñanza del idioma, despreocupado de las consecuencias del panhispanismo y aún más despreocupado de la influencia de la Real Academia Española. Yo presumo que esas tres cosas están íntimamente asociadas, y que colaboran unas con otras en una perspectiva lingüística que, aun cuando no aparece desembozada, deja entrever su raigambre ideológica. Soltaré un poco el hueso, ahora, pero solo para acomodarlo mejor.

Usted dice que «la escuela argentina debe concentrar su esfuerzo en una de sus tareas indelegables e impostergables: enseñar a leer y a escribir bien el castellano de todos». ¿«Escribir bien», presidente? ¿Usted sigue creyendo que la función principal de la escuela es normativa? Pues entonces me ahorra de tener que repetir la principal imputación que yo le hice. Al reunir «escribir bien» con «el castellano de todos»nos está diciendo que hay «un» castellano correcto, ejemplar, y otros que no lo son. ¿Dónde va, usted, a buscar ese modelo? No me lo diga, ya lo sé: a los libros, a la alta literatura, a la gente culta y de prestigio. Se lo oí decir en varias de sus conferencias y lo leí en varias de sus publicaciones, como en aquella cara a sus recuerdos, «Del purismo al desconcierto», de 2003, con el que fue reconocido en la Academia. Usted se pone a medio camino de esos ismos, y no obstante se le escapa un lagrimón por la entrañable pandilla capitaneada por Monner Sans, Capdevila y Herrero Mayor, a los que encontró algo extremos en sus preceptivas; pero ¡qué útil era El habla de mi tierra!, nos invita a reconocer. Nome voy a mofar de esa nostalgia por consejos clericales, pero permítame recordarle que pertenecen al estadio en que el estudio de la lengua quedaba bajo el ámbito de la teología y al cuidado de los curas. Temo que desde ese punto de vista se llega muy rápido a la conclusión de que hay un sector determinado de la población que habla y escribe mal. Yo creí que la dialectología —disciplina en la que usted es maestro— se trataba de una ciencia, algo ya emancipada de las amonestaciones.

¿No advierte usted, además, que en la expresión «castellano de todos» está velando que el «todos» es una abstracción, que en el caso del español está tramada quirúrgicamente por políticas de planificación lingüística y por estrategias de mercado de carácter imperial? No parece desconocerlo cuando afirma que «intereses económicos de envergadura campean hoy en los territorios donde se habla o se enseña el español, procurando diseñar una política lingüística supranacional, bautizada como panhispánica, que facilite una más amplia distribución y venta de sus productos». Si no desconoce el fondo turbio que acompaña el panhispanismo, ¿por qué seguir predicando sus lugares comunes? ¿Por qué insistir en que se trata de algo extraordinario: lástima sus efectos colaterales? Los efectos colaterales es el hostigamiento, desdén y estigmatización de todas las variedades que no sean las centrales, esas variedades que usted enseña en la cátedra de Dialectología Hispanoamericana. Hacer de cuenta que eso es un problema muy menor para ocuparse de él, o muy gigante como para querer enfrentarlo es una de las formas del consentimiento.

Cuando usted dice que detrás de la política panhispánica «existe un notable poderío económico y una clara determinación política», yo le agrego, en criollo, que no es más que el zuncho a través del cual la España del siglo XVI tiene agarrada a la América del siglo XXI de las pelotas. Pensé evitar escribir «pelotas», pero seamos lo más claros posibles —Juan de Valdés dixit—, que de corrección ya tenemos muchas ediciones del Ragucci, y en la esplendorosa lengua de Góngora, no encuentro otra palabra más expresiva para graficar la relación que, sotto voce, la RAE, el Instituto Cervantes y sus secuaces(Telefónica de España a la cabeza), mantienen con sus colonias. ¿Le parece muy anticuado hablar de esta manera? La última expedición del Cervantes es de estos meses, cuando ingresó por la ventana en la UBA, para arrebatar unos de los botines que creía pertenecerle: nada menos que la hegemonía absoluta de la enseñanza del español en todo el mundo. No necesito ser más explícito, presidente, porque sé que usted intentó ingresar a la Sesión del Consejo Superior donde se consumó el ultraje.

En materia idiomática, América no se termina de emancipar de España porque, para agravar la dependencia, fundó o colaboró a fundar academias correspondientesen el mismo suelo americano, para que no se olvidasen jamás cuál es la que manda. ¿Exagero? Examine bien los estatutos de la Asociación de Academias de la Lengua Española, cuyo presidente, por derecho divino, es siempre el presidente de la RAE, aunque casi la totalidad de lasacademias estén en América. Vamos, no creo que usted lo ignore, y acaso también lo indigne, pero como no le parece nada grave o lo cree demasiado establecido como para intentar revertirlo, me veo tentado a recordarlo.

Usted ahora me puede comprender muy bien a qué es a lo que me refiero cuando afirmo que el discurso normativo es solidario del panhispánico y del imperial. La «industria editorial poderosa acompañada por una política exterior consecuente» descansa en esos pilares. Si España logra imponer sus manuales de estilo en el mundo es, también, porque se arroga el estilo modélico. ¿No me cree? Pregunte en «el aristocrático barrio madrileño del Retiro» lo que piensan del habla de los andaluces, o de la forma que tienen los catalanes de hablar español; se lo digo porque me tomé ese trabajo cuando visité el extraordinario edificio de la RAE del cual, como ve, mi «temple» no me permitió recorrerlode manera inmutable. Imagínese, ahora, lo que esa gente —representantes puros del mejor español del mundo— cree de los dialectos que se hablan en América; porque aunque siguen publicando diccionarios panhispánicos de dudas, siguen teniendo la misma duda de siempre:¿se habla por estas pampas alguna otra cosa que no sea un dialecto?Esa percepción de la lengua no es espontánea: se fragua en una capa social determinada, se robustece con una teoría lingüística específica y se difunde por medio de las instituciones autorizadas para hacerlo. En el caso de la lengua española, no necesito decirle cuál es la institución que ostenta el monopolio del uso legítimo de la norma. Saque «norma» y ponga «fuerza» y hablamos de lo mismo.

Usted dice que «lo que hagan la RAE y el Cervantes es independiente e históricamente posterior al reclamo de saber lo que está bien y lo que está mal en el uso de la lengua». No, presidente, y mil veces no; esto es lo que dice la RAE y el Cervantes, porque en esa aparente imparcialidad con que describen y enseñan la lengua radica su prestigio. La RAE no es una niña inocente que recoge las mariposas del jardín y se limita a clasificarlas en una preciosa caja entomológica. A menudo agarra una mosca, le pinta las alas de verde y le clava que es mariposa.

Si yo escribo, como usted dice, respetando la canónica posición de las haches, el uso más o menos etimológico de «b»y«v», y las diferencias entre «s», «c» y «z», lo hago por disposición histórica de la RAE. ¿No lo cree así? Relea la «Introducción» a la última Ortografía (2010), donde se explica, de forma que no puede ser más clara, el origen de la ortografía, la lógica que regula los cambios y el modo en que se ha establecido la autoridad en esa materia. Porque no me va a decir, presidente, que cree que la ortografía la define el pueblo, a mano alzada y en la plaza pública. Quizá si la RAE hubiera querido, ya habríamos jubilado la hache, simplificado las letras que representan el sonido /b/, distribuido mejor las funciones de «j» y «g»y, al menos en América, ya tendríamos una sola letra para representar nuestra /s/,y no tres, desconcierto entre la mano y los oídos que nos arroja a los varios millones de hispanoamericanos al deshonroso margen de la incorrección. Nos hubiéramos desembarazado del principio etimológico para representar nuestras voces—ese que intimidó tanto a la RAE en sus comienzos—, y del peso de la costumbre, que la RAE se jacta de haber definido, al mismo tiempo que lamenta verlo ahora tan pesado como para revertirlo. Tendríamos una ortografía másafín a su misión auténtica, como anhelaron los americanos Bello y Sarmiento. Pero tronó la voz del escarmiento, el rey se enojó y la RAE se levantó de su amodorramiento: no iban a permitir que América diera semejante salto de independencia. Efectivamente, presidente, escribo con las haches en su lugar y con las zetas, cuando adivino dónde ponerlas, pero lo hago muy a mi pesar, porque no me olvido que alguna vez tuvimos una ortografía menos esotérica. Sé quetodo esto es harina de otro costal, pero del costal más apropiado para recusar eso de la poca injerencia de la RAE en nuestra lengua.

¿Realmente cree, usted, que esa injerencia es inofensiva? Yo creí que al asumir la presidencia de la Academia, usted era más optimista. Se me hace que lo es, vamos, pero cuando se sale a cazar elefantes siempre es más simpático decir que solo vamos tras silvestres mariposas. El poder normativo de la RAE es tan dilatado que de a rato creemos que las reglas se dictan solas. De aquí que muchos reproducen sus principios doctrinales sin saber que son de ella, y a menudo sin saber siquiera qué cuerno es la RAE. De aquí que yo la perciba como uno de esos poderes más eficientes, porque no se percibe. Usted lo sabe, presidente, pero cree que debemos despreocuparnos un poco de la injerencia peninsular en nuestro manejo de la norma, que «hoy descansa menos en una desvaída fantasmagoría monocéntrica (que no abona ningún lingüista, filólogo o escritor español que yo conozca) que en una cruda realidad económica». Yoacuerdo con usted en eso de la «cruda realidad económica», pero no desatendería la «fantasmagoría monocéntrica», porque en cuanto a que no hay ningún lingüista, filólogo o escritor español que la sustente, creo que se olvida de Salvador Gutiérrez Ordóñez, coordinador de la última Ortografía, al que quizá sí conozca. ¿Nunca le preguntó qué piensa de la forma de pronunciar de los americanos? Yo tengo un amigo que sí lo hizo, y se horrorizó al saber que, si por don Salvador fuera, nos obligaría a todos a «hablar bien», es decir, a pronunciar la zeta.

Yo no lo encuentro a usted, presidente, ni un purista, ni un cruzado en favor de la causa católica de la RAE —cargos que le calzan mejor a su predecesor en el cargo—, sino más bien un hombre dispuesto a participar de un foro como el del Bicentenario, en el que los apretones de manos que ahí nos dimos fueron sinceros. No encuentro, ni siquiera en medio de esta querella, motivos para que no nos los sigamos dando; e incluso me quiero convencer de que estamos del mismo lado, el de la soberanía de los pueblos, las causas populares y la riqueza legítima de las naciones. Lo que sucede es que de este lado, somos muchos los que aún sentimos una carabela amarrada al puerto de Buenos Aires, destinada a custodiar el tesoro de la lengua, el más caro a nuestros corazones. Me pongo alerta, por tanto, cuando usted dice, refiriéndose al panhispanismo, que lo mejor que podemos hacer es «no interferir con su vitalidad secular», ni «desafiar su mansedumbre inventándole asechanzas», sino más bien «cumplir con nuestro deber de enseñarlo y transmitirlo como corresponde». Cuando usted nos llama a no interferir ¿nos pide que no obstaculicemos la misión doctrinal que acomete enfáticamente España? Qué más querría la RAE y el Instituto Cervantes que contemplemos impertérritos el modo en que ellos describen, enseñan y venden el idioma español en todo el mundo.Si somos conservadores hacia adentro y liberales para los de afuera, presidente, es la combinación en la que se vacían nuestras arcas, al paso firme en que se colman las ajenas.

Su forma tan ecuánime de pensar estos asuntos y su idea de que, ante un poder económico tan deslumbrante,«es preciso ponderar adecuadamente» nuestras fuerzas, porque al fin y al cabo «los docentes y lingüistas poco podemos hacer», me sugieren pensar que el statu quo lo satisface. Yo tengo algunos años menos que usted, pero no quiero pensar que es la juventud la que me anima a dar estas batallas, ni que son sus años los que lo han «acostumbrado a la deprimente comprobación de que es posible conversar durante una hora sin entenderse». Yo creo, más bien, que bastó una sola hora para que nos entendamos perfectamentebien, tan bien que ameritaba dar la discusión que, acuciados por el tiempo, no pudimos dar aquella vez.


La Plata, agosto de 2016


martes, 16 de agosto de 2016

¿Una polémica que recién empieza? (II)

Enterado del contenido del artículo publicado por Fernando Alfón y subido a este blog en el día de ayer, José Luis Moure hizo llegar al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires una respuesta a las imputaciones que se le hacen. Se reproducen a continuación.

Respuesta de José Luis Moure

Por algunos correos de colegas y amigos, he accedido a una nota del profesor Fernando Alfón, publicada el 17 de julio pasado en el periódico digital Diario Contexto. El texto del circunstancial compañero de la mesa convocada por el Foro Universitario por el Bicentenario en la Facultad de Ciencias Sociales, al que yo había sido  invitado por el vicedecano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, quería ser vehículo, según su autor lo señalaba, de “contestación intempestiva” a lo dicho por mí en la ocasión. O también de “botella que se arroja al mar”, tomando paralelo recaudo, sospecho, frente a la posible ausencia de un auditorio o interlocutor inmediatos.

Acaso Ionesco y Beckett se hayan extralimitado en su diagnóstico, pero los años me han acostumbrado a la deprimente comprobación de que es posible conversar durante una hora sin entenderse –del todo o suponiendo –casi siempre erradamente– que se piensa de manera más o menos parecida. Esa imposibilidad, anestesia (o piedad) de la comunicación permite seguir conviviendo en ambientes propicios a la polémica, afamada práctica de la que he procurado desertar toda vez que pude. Los aplausos –por lo general de circunstancia–, las sonrisas y los apretones de manos en la despedida suelen coronar esos encuentros, y eso es lo que yo más gratamente recuerdo del panel que ha dado motivo a la presente secuela.

Espero que el prof. Alfón acepte este tardío intento de reordenar algunas cosas que alivien su disgusto. Las enumero en procura de ceñirme a lo que considero más necesitado de claridad. 

1) Mis escrúpulos protocolares son mínimos. En ningún momento advertí que hablar en último lugar fuese un privilegio; por el contrario, supuse que no habría tiempo para mi intervención, posibilidad que no me disgustaba del todo; a mis años, creo haber dicho casi todo lo que es compatible con los buenos modales. Pero como la Dra. Glozman ejerció su coordinación con esmero, no me dejó margen para el silencio, providencia que habría convertido en abstracto este episodio.

2) Mal podría haber calificado como mala una doctrina que mi memoria no registra como claramente formulada por los participantes que me antecedieron. Si se quiere denominar así a la convicción de que existe una rica tradición argentina de discusión sobre la legitimidad de nuestra variedad lingüística, de que esa brega en refrendo de la identidad no ha alcanzado todavía su completo cometido y de que intereses económicos de envergadura campean hoy en los territorios donde se habla o se enseña el español procurando diseñar una política lingüistica supranacional, bautizada como panhispánica, que facilite una más amplia distribución y venta de sus productos (particularmente editoriales y didácticos), ella estaba en el conocimiento y espíritu previos de todos los participantes y no le reconozco originalidad ni propiedad. En lo personal, mis publicaciones e intervenciones públicas durante los últimos quince o dieciséis años, la dirección de un importante proyecto de investigación en el que intervinieron seis universidades nacionales enderezada a elaborar material de enseñanza de español como lengua segunda y extranjera,  así como mis modestas clases de Historia de la Lengua y de Dialectología Hispanoamericana en la facultad, en el marco de una cátedra con una compartida orientación sobre el tema (practicada y difundida con considerable anterioridad a la declaración evocada en la mesa), se han sustentado en ese pensamiento.

3) El edificio de la Real Academia Española, situado en la calle de Felipe IV, en el aristocrático barrio madrileño del Retiro, junto al Museo del Prado, es, en efecto, espléndido, aunque yo creo haberme referido más específicamente al del Instituto Cervantes, el palacio de las Cariátides, que se levanta en la calle de Alcalá en la sede del que fuera, en curiosa coincidencia, el Banco Español del Río de la Plata. Reitero mi admiración por esos monumentos y sobre todo por la memoria de quienes frecuentaron el primero (en contraposición a lo que a mí me pasa, acaso el temple de Alfón le permita recorrer inmutable los mismos salones que alguna vez cruzaron Galdós, Unamuno, Benavente, Menéndez Pidal, Cela, Aleixandre, Navarro Tomás, Baroja, Zamora Vicente y un larguísimo etcétera). Pero en cualquier caso, mi apreciación no era de deslumbramiento por la “doctrina” lingüística que esos lugares puedan amparar sino que pretendió resaltar lo evidente: detrás de la política “panhispánica” en el sentido que parecería querer imponerse (yo tengo otro), existe un notable poderío económico y una clara determinación política (valga la redundancia) que hace posible financiar con generosidad esas instituciones y que es preciso ponderar adecuadamente a la hora de evaluar la infinitamente más modesta –cuando existe–, que despliegan sumadas nuestras veinte naciones americanas. 

4) La observancia de las normas gramaticales, en el sentido que parece considerarlas el prof. Alfón, nada tiene que ver con la decadencia del idioma español, catástrofe que yo no pude siquiera haber sugerido, porque pertenece al orden de lo fantástico y que yo desacredito y desmiento siempre que tengo oportunidad.

5) El prof. Alfón me recuerda una obviedad: ninguna creación literaria ha nacido del seguimiento de manuales de estilo ni de admoniciones académicas. Pero casi todas, sin embargo –y el prof. Alfón puede comprobarlo en cualquier librería y me atrevería a decir que en sus propios correos, artículos y escritos universitarios– respetan la canónica distribución de haches, el uso más o menos etimológico de “b” y “v”, las diferencias entre “s” y “c”/”z”, cuidan las reglas de lo que se denominaba consecutio temporum, evitan usar el tiempo condicional en las prótasis de los períodos hipotéticos y se esmeran en cada caso por utilizar la preposición adecuada.  Estos ejemplos pedestres y aleatorios de nuestro castellano estándar (culto, ejemplar o modélico), que podrían ampliarse al léxico e incrementarse para cada una de las instancias de la gramática, ilustran lo que se llama “corrección”,  es decir acatamiento de una norma estandarizada, reclamada y respetada universalmente por la gente en todas las geografías y culturas (incluso las ágrafas). Lo que hagan la RAE y el Cervantes es independiente e históricamente posterior al reclamo de saber lo que está bien y lo que está mal en el uso de la lengua, un derecho cuyo respeto y satisfacción los hablantes necesitan.

6) Me parece innecesario desperdiciar énfasis en  la condena de la memorización de “los mamotretos que imprime la Real Academia”, procedimiento que nunca practiqué ni vi que se practicara en mi medio. Le aseguro que las conjugaciones, las preposiciones, las clases de palabras y las reglas de la sintaxis y la morfología básicas pueden consultarse en infinidad de otros manuales, si no prefiere hacerse en alguna página de internet. Que la poderosa industria editorial española tenga una capacidad de penetración hoy difícilmente neutralizable es harina de otro costal, y tiene que ver con una dimensión económica, claramente inserta en decisiones políticas de las naciones involucradas, frente a la cual los docentes y lingüistas poco podemos hacer, salvo tenerlo en claro y ejercer la libertad de opinión, elección y compra. 

7) No entiendo si la siguiente cita del prof. Alfón es resignada o diagnóstica: “los alumnos suelen formarse una idea bastante homogénea y unidireccional de lo que debe ser la lengua [...]  “si no lo aprenden en la primaria, lo aprenderán en la secundaria y, si no, queda el último recurso de la Universidad”. Pero cualquiera haya sido la intencionalidad del aserto, me parece que no es razonable que un país (y una economía) tolere que aprender a leer y a escribir en un nivel aceptable insuma diecisiete años. Pero nada tienen que ver la Real Academia Española, la nuestra o el Cervantes  con la desorientación o la ineptitud de nuestras instituciones educativas para cumplir en tiempo y forma con esa elementalísima función social, que en mi infancia y primera juventud se lograba en escuelas modestas de jornada simple. Ya se utilice un manual de Santillana, el Panhispánico si cabe, los manuales de estilo de aquí o de allá, cualquiera de las obras bendecidas por la Asociación de Academias de la Lengua, las viejas series de Kovacci, Lacau y Rossetti, Bratosevich (pensadas, escritas e impresas en la Argentina) o un apunte bien armado con ejemplos eficientes, creo de capital importancia concentrar esfuerzos en la buena enseñanza de nuestra lengua (que, en tanto alguien no me convenza de lo contrario, es la misma de todos los hispanohablantes) en cada uno de sus niveles.

8) Aun haciendo otro esfuerzo de memoria, no consigo recordar el momento en el que yo haya dicho o sugerido que las maestras envenenan la lengua con la ponzoña de la soberanía. Solo quise decir –y debo de haberlo hecho muy mal– que ya es tiempo de distribuir mejor los empeños didácticos. Hemos cumplido doscientos años de vida independiente, muchos especialistas e instituciones han desarrollado y desarrollan una notable labor de investigación sobre nuestra lengua y sabemos que nuestra variedad dialectal es parte del patrimonio nacional y se asienta en sus propias, muy ricas e inalienables tradiciones discursivas populares y cultas.

Creo, por lo tanto, que la prédica sobre la injerencia peninsular en nuestro manejo de la norma debe ser ubicada en su justa y efectiva dimensión, que hoy descansa  menos en una desvaída fantasmagoría monocéntrica (que no abona ningún lingüista, filólogo o escritor español que yo conozca) que en una cruda realidad económica: una industria editorial poderosa acompañada por una política exterior consecuente. Bien entendido eso (suponiendo que haya docentes que todavía no lo tengan en claro), la escuela argentina debe concentrar su esfuerzo en una de sus tareas indelegables e impostergables: enseñar a leer y a escribir bien el castellano de todos (como alguna vez lo supo hacer), en plazos razonables, con los recursos que tenga a mano y guiada –ésta es mi convicción profunda– por el deseo de seguir perteneciendo un mundo histórico, cultural y espiritual compartido, cuyo milenario elemento común es el idioma, desplegado en múltiples variedades, cada una con fueros y legitimidad incuestionables.

9) El panhispanismo no es ni puede ser el planificado resultado de un proyecto académico nacional o supranacional. Es simplemente un atributo del español, una virtualidad, voluntad o empuje colectivo que lo acompaña desde su expansión y que explica por qué veintitrés naciones siguen cultivándolo, comunicándose en él sin mayores problemas y en todos los niveles, y compartiendo y elaborando una riquísima literatura común. Lo mejor que podemos hacer es no interferir con su vitalidad secular y su plasticidad para acomodamientos mutuos, no desafiar su mansedumbre inventándole asechanzas y cumplir con nuestro deber de enseñarlo y transmitirlo como corresponde.

lunes, 15 de agosto de 2016

¿Una polémica que recién empieza? (I)


El 7 de julio pasado, en el cierre del Foro Universitario por el Bicentenario, hubo una mesa redonda convocada alrededor del tema “Lengua y emancipación”, en la que participaron Cristina Messineo, Mara Glozman, Américo Cristófalo, José Luis Moure y Fernando Alfón, quien, posteriormente, escribió el comentario sobre esa mesa que el 17 de julio publicó el diario digital Contexto y que aquí se publica a continuación. En el día de mañana habrá una réplica de José Luis Moure.

Lengua y emancipación

El pasado jueves 7 de julio, en la jornada de cierre del Foro Universitario por el Bicentenario y bajo el lema “Lengua y emancipación”, se conformó una mesa con las doctoras en lingüística Cristina Messineo y Mara Glozman, el ensayista Américo Cristófalo, el presidente de la Academia Argentina de Letras, José Luis Moure, y yo. Por esa deslucida cortesía que declina en comodidad, fuimos delegando el honor de cerrar la mesa, cayendo el privilegio en Moure. El hecho de que era el mayor o el de ostentar un título de presidente parecía justificarlo. A considerar por lo que dijo, aprovechó muy bien las ventajas de tener la última palabra: tranquilizó al público asegurándole que, si bien había una mala doctrina –la que esgrimimos quienes lo precedimos en la oratoria–, también había una manera cristiana de encarar el asunto. La mesa comenzó entrando ya el mediodía y con la promesa de un locro al terminar, por lo que las exposiciones fueron breves, y, como casi no hubo tiempo para réplicas, recurro a esta nota a modo de contestación intempestiva o botella que se arroja al mar.

Veamos, ante todo, un fragmento de la buena doctrina de Moure. Aseguró que cosas como el manifiesto “Por una soberanía idiomática” –publicado por Página/12 y en el cual estábamos implicados Américo y yo–, los cuestionamientos a las academias de la lengua y la insistencia en la actitud querellante eran “muy interesantes”, pero estaban provocando un problema muy grave en la educación: las maestras ya no sabían cómo enseñar español en el aula. Las citas que hago no son exactas, porque buscan ser fieles.

Cuando ingresó por primera vez al edificio de la Real Academia Española, Moure se encontró con un espectáculo tan imponente que renunció a cualquier rebeldía y abrazó el fulgor de ese poder que, entonces, se le proyectaba como una luz del tamaño del cielo. Lo sé porque él se encargó de confesarlo en esta mesa, ahora ya no tan emancipada. No salía aún del asombro de que semejante anécdota se ventilara en un foro congregado, precisamente, a celebrar otro resplandor, cuando me desayuné con que el desconcierto de las maestras ante la enseñanza de la lengua se debe a la vigencia de una querella. Vamos a ver.

Para arribar a semejante conclusión hay que demostrar, primero, que las maestras están al tanto de que existe una disputa de poder en torno a la lengua, cosa tan improbable que nos impide derivar de ahí algún tipo de desconcierto. Si las maestras están en problemas –estado que no necesariamente constituye un problema–, entre las causas que se podrían candidatear como responsables no se encuentra el hecho de que desnaturalicen la lengua o, en la línea argumental de Moure, la envenenen con la ponzoña de la soberanía. Dudo, por lo demás, que el modelo normativo esté en crisis; a lo sumo dejó de ser sencillo aprenderse de memoria los mamotretos que imprime la Real Academia. Los alumnos, de todos modos, suelen formarse en una idea bastante homogénea y unidireccional de lo que debe ser la lengua. Si no la aprenden en la primaria, la aprenderán en la secundaria y, si no, queda el último recurso de la Universidad. El discurso normativo está tan arraigado que se volvió imperceptible, incluso para los propios académicos que lo fomentan. A menudo se enfrentan a él como quien se desconoce en el rostro desangelado de un hijo. Me explico.

Se ha buscado muchas veces la relación directa entre decadencia del idioma español y falta de observancia de sus normas, tanto que no deja de crecer la cantidad de libros preceptivos, sin dejar de creer el diagnóstico catastrofista. Lo que habría que investigar ahora es el impacto que tiene la industria de la estandarización en la pretendida pobreza del idioma. Me hubiera gustado preguntarle a Moure –recuerde, lector, que había un locro esperando– si arriesgaría una explicación en torno a cómo hizo Cervantes para escribir El Quijote, sin gramáticas ni manuales de estilo, pero, como seguro tiene una respuesta para esto, le pregunto ahora cómo es que con tantas publicaciones normativas y con tantos siglos de Real Academia parece alejarse cada día más la aparición de otra novela semejante. ¡Pero vamos!, no le podemos endilgar a las instituciones del orden el enorme poder de obturar una gran obra, me basta con advertir que su énfasis normativizador colabora en que la lengua no tenga sobresaltos, ni gire como un rombo desorbitado, ni alumbre la expresión inesperada. Por suerte, no todos los escritores siguen a pie juntillas los dictámenes reales y, cada tanto, desprovistos de casticismo, ofrecen a la imprenta una obra que se atreve a tener relaciones carnales con la lengua.

La Real Academia Española y sus secuaces en el mundo –las otras academias correspondientes, el Instituto Cervantes, la Fundación del Español Urgente (Fundéu)– confiesan estar muy preocupados por el esplendor del español y se abocan a vender manuales de estilos en todas sus formas, creyendo que tiran un salvavidas. La metáfora del ahogamiento es inapropiada, pero en todo caso el salvavidas es de plomo. La lengua de una persona no sale a flote a fuerza de correcciones, a lo sumo consolida su temor aferrándose a ellas y ahí se queda. Nadie se hace expresivamente rico consultando y obedeciendo preceptos. A propósito de los preceptos, ¿quién los establece? La RAE jamás reconocerá el sesgo con que impone un uso dialectal como universal y representativo del total de hablantes de una lengua. La Academia de Moure tampoco, pero, dada la norma, hay que rendirse a ella; de lo contrario, reina el desconcierto, es decir, deja de reinar la RAE, catástrofe de la que, por el momento, la estirpe normalizadora puede despreocuparse. Porque en definitiva de esto se trata todo, del reinado, cuya eficacia radica en presentarse bajo el ropaje del esplendor y el cuidado de “nuestro mayor tesoro”.

La preocupación que siente Moure por las maestras le pertenece; de lo que no es autor, sin duda, es de la ideología que la sustenta. La corriente de pensamiento catastrofista se remonta a la lejana Cédula Real de 1770, de Carlos III, obligando en América al uso exclusivo de la lengua castellana; pasa por las alarmas del doctor Américo Castro, alertando sobre el relajo de las normas en el Río de la Plata; y llega, casi con las mismas palabras, a una mesa del Foro por el Bicentenario. Creer que reina un caos, que el caos se debe a la inobservancia de las normas, que la inobservancia degrada la lengua y que hablar mal corrompe la conciencia, es una presunción que, no por equivocada, carece de abolengo. El planteo enseña su rostro moral, pero oculta su afán de dominio. Para imponer una variedad del español por sobre otras, hace falta persuadir de que no se trata de una variedad más, y que adoptarla no es más que adoptar la forma más pura y natural de la lengua.

Para hacer aun mucho más efectiva esta persuasión, a España y a sus instituciones de la lengua se les ocurrió el extraordinario artificio de reflotar la idea del panhispanismo, donde existen varios centros del idioma. Pero basta echar un vistazo al Diccionariousual o al Panhispánico de Dudas de la RAE, al ahora relanzado Servicio Internacional de Evaluación de Lengua Española del Instituto Cervantes o, en general, a la política exterior española en materia de lengua, para ver que el panhispanismo no es más que un amoroso caballo de Troya, en cuyo interior viajan los intereses y las empresas más ambiciosas de España.

Si las maestras argentinas se llegaran a preguntar hasta las últimas consecuencias quién manda en materia idiomática, eso no las desconcertará, a lo sumo se emanciparán de españoladas como el tú y el vosotros que enseñaban hasta no hace mucho tiempo.

jueves, 16 de octubre de 2014

DRAE: una nueva edición de un mal diccionario

Contribución de Diego Capusotto
a una futura edición del DRAE

Hoy se presenta en Madrid una nueva edición del desprestigiaido Diccionario de la lengua española, elaborado por la Real Academia. 

Como era de esperarse, está lleno de concesiones a los problemas de pronunciación de muchos hablantes peninsulares reflejados luego en la escritura, como, por ejemplo,“baipás”, “bluyín”, “dron”, “espray”, “esmog”, “orsay”, “óscar”, “pósit”  (por los papelitos autoadhesivos), “jipismo”, etc.. No sólo eso, sino que también es abiertamente racista en otras y políticamente incorrecto, como cuando desvaría con palabras como "gitanada" (definida como “engaño”), "judiada" (“acción mala”), "femenino" (“débil, endeble”), "trabajar como un negro" (ofensivamente equivalente a “trabajar mucho”), etc, Como broche de oro, a diferencia de otros diccionarios, es tautológico donde debe ser preciso (cfr. la definición de la palabra "imagen").  

Entonces, a modo de sentido homenaje, si no de alegre responso (que se define como “rezos que se dicen por los difuntos”), la siguiente nota, firmada por Alfredo Dillon y publicada en la revista Ñ del 14 de octubre pasado, donde José Luis Moure, presidente de la Academia Argentina de Letras, se refiere al mamotreto.

La fuerte influencia de España en el idioma está en retroceso

Cada vez que se actualiza el Diccionario de la lengua española , resurge el debate sobre el rol –para muchos, “imperialista”– de la Real Academia Española, históricamente más poderosa que las academias americanas, aunque en España hay 45 millones de hispanohablantes y en América alrededor de 400.

Las academias americanas participaron de la elaboración del nuevo diccionario, pero el lugar elegido para su presentación fue Madrid, y la decisión final de incorporar o no cada palabra quedó en manos de la Real Academia, tras un proceso de consultas y sugerencias de los lexicógrafos americanos.

Lo cierto es que la mayoría de los términos americanos recién aceptados ya formaban parte del Diccionario de americanismos editado en 2010, que recogía los vocablos utilizados por los hablantes desde la Patagonia hasta México.

José Luis Moure, presidente de la Academia Argentina de Letras, dijo a Clarín que esta nueva edición “tiene una mayor presencia del español americano”. Pero admite que la Real Academia solo ha incorporado la mitad de los argentinismos recogidos en el Diccionario del habla de los argentinos , elaborado en nuestro país y cuya última edición recoge más de 4.000 palabras.

De todos modos, reconoce Moure, “hay una política de dar más participación a las academias americanas, con el objetivo de obtener una obra que sea más representativa de toda la lengua española. En la nueva edición no solo se ha incrementado el número de vocablos provenientes de América, sino que también se han eliminado muchos localismos peninsulares y voces caídas en desuso”.

jueves, 24 de octubre de 2013

Cuatro puntos de vista sobre la cosa

Las siguientes apostillas, acompañan la nota central de Guido Carelli Lynch publicada en Ñ el sábado 19 de octubre y reproducida en este blog en la entrada de ayer. Como podrá apreciarse, plantean diferentes visiones sobre el problema de la lengua y las pretensiones de supremacía sobre la misma. 













José Luis Moure: 
“Contra los fantasmas inducidos”

Es el nuevo presidente de la Academia Argentina de Letras (AAL), una institución que nació en 1931 “asociada” a la Real Academia Española, pero que a fines del siglo pasado cambió su estatus a “correspondiente”. José Luis Moure –de él se trata– no pierde las formas, pero tampoco es amigo de la corrección política. “El carácter de correspondiente parecería colocar a la academia (argentina) en cierta situación de mayor dependencia de la que tenía. Explícitamente nadie admite tal cosa, pero entonces ¿por qué y para qué se cambió la calificación? No tengo una respuesta clara para eso”, asegura en su despacho de la calle Bustamente, en la sede de la AAL.

–¿Son asimétricas la RAE y el resto de las academias americanas?
–En la corporación española ha habido un cambio en el sentido de admitir públicamente que todas las academias americanas de la lengua están con ella en un plano de igualdad. Objetivamente, me parece que los hechos no son así. La circunstancia histórica de que la Real Academia Española tenga 300 años explica algo de esto.

–Usted ha lamentado la dificultad para incorporar argentinismos al diccionario de la RAE.
–Se incorporan muy pocos y no encuentro razones para que no se incorporen todos, con la debida indicación del alcance y el registro al que corresponden. Si estamos hablando de un diccionario total empleado por la veintena de naciones que hablamos ese idioma, todo debería estar allí. Eso llevaría a un diccionario de proporciones gigantescas, porque lo mismo que uno puede pedir para la Argentina, lo podría reclamar cualquiera de los otros países, con lo cual construiríamos un diccionario que por su volumen resultaría casi inmanejable. Pero honestamente me parece una inconsecuencia que la RAE seleccione nuestro vocabulario e incluya en el Diccionario regionalismos peninsulares minúsculos y deja fuera términos empleados por millones de hablantes. Se trata de una discriminación que no está claramente explicada.

–En lo personal, ¿qué fantasmas lo preocupan con respecto al idioma?
–Absolutamente ninguno. Si un organismo vivo (como es la lengua), de acuerdo a lo que dice el propio Instituto Cervantes, está llegando a los 500 millones de hablantes y nos dicen que es el segundo en el número de hablantes nativos ¿de qué temor estamos hablando? Se habla también de la defensa del idioma, lo que me parece una contradicción difícilmente zanjable. ¿Cómo se puede hablar de la defensa de un idioma que tiene 500 millones de hablantes? Yo nunca he oído ese tipo de alarmas referido a un idioma como el inglés, que se habla en todo el mundo, en todas las variedades y registros, y que no tiene ninguna academia ni centro rector; y nunca he oído hablar de que corra peligro. Yo creo que ese sí es un fantasma inducido, con el propósito de que se puedan llevar adelante ciertos planes de unificación del idioma, que considero absolutamente ajenos a la lingüística.

–Esa es la política panhispánica: ¿a usted no le parece practicable?
–No soy enemigo del panhispanismo, simplemente creo que es una campaña que no va a ninguna parte. Tengo la impresión de que se trata de una empresa que se va a ir debilitando, porque no tiene qué cosa construir. Los hablantes en nuestros países van a seguir hablando sus modalidades y en la medida en que sean conscientes y deseen pertenecer a un mundo cultural común, lo que llamamos mundo hispanoamericano, la lengua va a tener la unidad que tuvo desde siempre. Cualquiera de nosotros tiene idea de que está hablando castellano, no lo pone en duda. Si hubiese algún peligro, se hablaría de esto hasta con un cierto temor.













Víctor García de la Concha
“No tratamos de hacer las Américas”

Doce años al frente de la Real Academia Española desgastan a cualquiera. Bajo su mandato se presentaron una nueva Gramática y una nueva Ortografía, dos trabajos conjuntos entre la Real Academia y las veintiún asociaciones de la Lengua Española, fruto –en sus palabras– de una política lingüística “panhispánica”. A sus 78 años, Víctor García de la Concha creyó que ya le había llegado la hora de descansar, pero Mariano Rajoy lo convocó para dirigir el bastión de diplomacia cultural más potente de habla hispana. “El gran proyecto por el que yo dirijo el Institituto Cervantes después de haber dirigido la Academia es para iberoamericanizarlo”, explica solícito por teléfono desde Madrid.

–¿Qué significa iberoamericanizar el Instituto Cervantes?
–El Cervantes nació como un impulso del gobierno de España y de todos los partidos políticos pues echábamos en falta un centro, una entidad, una institución que se encargara de la promoción, de la difusión, del estudio del español y de las culturas hispánicas. En un momento el Cervantes se extendió por Europa, el norte de Africa, Estados Unidos y Brasil, pero ahora quiere que todos los países iberoamericanos lo sientan como una cosa suya. Y por tanto –en pie de igualdad, como hemos hecho con las academias– tratamos que las instituciones de los distintos países participen en los grandes objetivos del Instituto Cervantes. Y la presentación de este proyecto también será objeto de tratamiento en el Congreso de Panamá.

–Se ha criticado en el pasado la pretensión del Cervantes de estandarizar a su favor los exámenes de español como lengua extranjera.
–Bastante más de la mitad de la cultura que se proyecta – música, teatro, cine– en los ochenta y siete Cervantes que hay en los cuarenta y cuatro países del mundo en estos momentos, es latinoamericana. Desde hace años, no desde que soy director. Evidentemente en cada país hispanohablante se enseñará la variedad del español que allí se habla y se escribe, que se habla porque en escritura las diferencias son tanto menores. Cada uno va a seguir haciendo lo que está haciendo. Si nos ponemos de acuerdo en cuáles son los parámetros que debe tener, sabremos qué diploma tiene valor.

–La política panhispánica es vista desde América como una nueva estrategia de expansión española.
–No tratamos con ello de ir a América o de hacer las Américas. Hemos firmado con el gobierno de México un acuerdo mediante el cual les cedemos todos los centros Cervantes para que proyecten en ellos la cultura mexicana y el gobierno mexicano nos cede a su vez sus centros en todo el mundo para lo mismo. Además, en los 14 centros mexicanos en Estados Unidos vamos a realizar actividades conjuntas, para enseñar la cultura y la lengua española con todas sus variedades. Del mismo modo, en el Cervantes de Madrid hay un centro de estudios mexicanos que naturalmente va a proyectar toda su cultura. Hemos firmado acuerdos lingüísticos y estamos negociando con Colombia, Chile y Perú. De tal manera que en el edificio de Cervantes en Madrid todas estas variedades americanas buscan su propio espacio físico de expansión.

–Cómo juzgó la carta “Por la soberanía idiomática” que firmaron escritores y académicos argentinos?
–No me sorprende porque conozco al núcleo que lo impulsa. Es una actitud respetable pero es contradictorio desde el título, porque nosotros desde España no estamos reclamando ninguna soberanía idiomática. Si alguien la reclama, es su línea programática y su responsabilidad. Lo que sí hay es una inteligencia poco rigurosa.


Fernando Vallejo: “Nosotros somos el idioma”

Las diferencias entre el español de América y el de España se aumentan cada día. Cada día estamos más alejados nosotros de ellos. En general son diferencias de vocabulario y pronunciación. Como nosotros somos 21 países y ellos uno solo, diré que el español es el hispanoamericano y no el peninsular. España es una provincia anómala del idioma, de la que podemos olvidarnos, a ver si consumamos así nuestra independencia de ellos, que nunca ha sido completa.

La Real Academia y las asociaciones de la lengua de cada país no cuentan para nada, podrían no existir.En cuanto al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, que va para la vigésima segunda edición, es acientífico, católico, monárquico, mezquino. Es un diccionario casi siempre equivocado de lo que es propio de los países hispanoamericanos. La palabra "americanismo" debe desaparecer porque nosotros somos el idioma. La que tenemos que introducir entonces es "españolismo" para designar lo que es propio de España, o sea lo anómalo.


Sergio Ramírez: “En lo anómalo está la creatividad”

Las academias lo que hacen es certificar que las palabras y los giros del lenguaje son moneda corriente en la calle, o en la literatura. No se trata de una policía del idioma, sino de una entidad que “limpia, fija y da esplendor”. La lengua es algo vivo, que se mueve sin permiso de nadie, muta, inventa, traspasa fronteras, y se nutre de otras lenguas.

Las nuevas reglas ortográficas no se impusieron a nadie, simplemente han buscado la economía en la expresión, y la gente las ha aceptado porque tienen sentido, aunque a mí se me dificulte el cambio, pero la fuerza de la costumbre es muy poderosa. Si algo hemos ganado es que el español que se habla en la península y en América tienen ahora pie de igualdad.

Antes, frente a la Real Academia en tiempos del franquismo, había una categoría bastarda de americanismos, y lo legítimo era lo “castizo”. Eso se acabó. Hoy hay “peninsularismos” y todas las maneras de hablar el español son legítimas. Todos nuestros países son provincias anómalas del idioma, y en lo anómalo está la creatividad.