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miércoles, 25 de julio de 2018

La editorial Ampersand visita el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Surgida hace 12 años para publicar libros sobre la historia de los libros y la lectura, Ampersand es una idea que tuvo Ana Mosqueda, su directora, y que ahora comparte Diego Erlan, su editor en jefe. De eso y de un montón de otras cosas hablaron ambos en su visita al Club de Traductores Literarios de Buenso Aires del día de ayer. Y de paso, los asistentes tuvieron a oportunidad de enterarse sobre el muy puntilloso sistema de elección de traductores que trabajan para la editorial y de la manera en que ésta les ofrece un marco y un código editorial, como en las antiguas editoriales, antes de que las manejaran administradores de empresas y peritos en marketing.

El video del encuentro puede verse en el siguiente vínculo:
https://www.youtube.com/watch?v=mfjuTs7eLEE


Ana Mosqueda es doctora en Historia de la Cultura Escrita por la Universidad de Alcalá de Henares (España). Editora y licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires (Argentina); y docente de la carrera de Edición por la Facultad de Filosofía y letras, Universidad de Buenos Aires. Es la directora editorial de Ampersand, ha publicado artículos y reseñas en distintas revistas académicas y es coautora del libro colectivo Cruces y perspectivas de la cultura escrita en la Argentina. Historia de la edición, el libro y la lectura (Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 2013).

Diego Erlan (San Miguel de Tucumán, 1979) es escritor, periodista y editor. Ha publicado las novelas El amor nos destrozará (2012) y La disolución (2016). Fue editor en la revista Ñ del diario Clarín, escribió sobre arte y literatura en La Nación, en la Revista de la Universidad de México y en Los Inrockuptibles. Actualmente se desempeña como editor en el sello independiente Ampersand. En 2017 formó parte de la lista Bogotá39 con la que el Hay Festival seleccionó a los jóvenes escritores latinoamericanos más destacados de la literatura actual.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Una encuesta para periodistas (III)

Tercer día de la encuesta para periodistas, a propósito de usos y costumbres a la hora de referirse a las traducciones en los medios para los que trabajan.

Una encuesta para periodistas (III)

Eduardo Sabugal
(Crítica, Benemérita Univerisdad Autónoma de Puebla, México).

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
Sin ser exactos, calculo que un 40%

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
Sí, siempre.

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
Sí, desde el punto de vista de los estudios literarios. En ocasiones la glosa a la traducción es comparativa, con otras traducciones y/o pertinencia de las traducciones en relación al estilo y cosmovisión del autor o bien respecto a aspectos contextuales de la obra en relación a la cultura de origen y la cultura hacia la cuál fue traducida. Particularmente creo que el director de la revista Crítica, Armando Pinto, es muy cuidadoso con las traducciones que se publican en la revista (él mismo es traductor) y por lo mismo son sometidas a un dictamen riguroso.

Diana Fernández Irusta
(Enfoques, La Nación – Argentina)

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
Me resulta difícil hacer un cálculo medianamente preciso. Sin duda, se utilizan muchos textos traducidos. Pero, en especial en lo que hace a literatura e investigación social, en todos los números de Ideashacemos referencia a numerosos trabajos de autores locales.  Depende del número: a veces hay equilibrio entre locales y traducidos; en ocasiones la balanza se inclina hacia unos u otros. Fluctúa.

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
En las fichas que acompañan las reseñas siempre se consigna el nombre del traductor. Al interior de las notas, a veces sí (por lo general, cuando esa traducción tiene alguna característica excepcional), a veces no. En las notas que no tratan temas de literatura, muy rara vez.

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
Cuando se hace referencia a algún texto en artículos sobre temáticas sociales o tendencias culturales, no se comenta la tarea del traductor. Pero sí se lo hace, por ejemplo, en artículos que tratan sobre el ocasional auge de alguna literatura extranjera; en ese caso, se suele mencionar (incluso, entrevistar) a los traductores que forman parte del fenómeno. En las reseñas, por lo general, se hace referencia al trabajo del traductor cuando tiene algún rasgo excepcional.

Diego Erlan
(Ñ – Argentina)

1) ¿Cuál es la proporción aproximada de textos traducidos que se comentan en el medio para el que escribe?
–No hice un estudio pero sospecho que es un 50/50.

2) ¿Se consigna en la nota el nombre del traductor?
–Siempre intento que se consigne si el libro analizado es de narrativa o poesía.

3) ¿Se detiene alguna vez a comentar la tarea del traductor? Si sí, ¿en qué términos?
–Comento la tarea del traductor si por algún problema con la traducción, tiene que contextualizarse o si el texto pudiera tener otra lectura a partir de la forma en que está traducido. Por último, si el trabajo que hizo el traductor resulta notable o un desafío particular.

miércoles, 6 de julio de 2016

Otra vez Joyce, pero más difícil


Diego Erlan publicó el 1 de julio pasado, en la revista Ñ, una entrevista con Marcelo Zabaloy, con motivo de la publicación de su esperada edición de Finnegans Wake, de James Joyce


Marcelo Zabaloy: la audacia y la proeza de traducir a Joyce

No es escritor ni traductor profesional. Ni siquiera es profesor de literatura. Marcelo Zabaloy nació en Bahía Blanca, tiene 59 años y durante toda su vida trabajó en reparación de computadoras y en tendido de redes de datos. Desde siempre tuvo un hobby: leer. De adolescente había leído sólo un cuento de James Joyce, de Dublineses, y siempre escuchaba hablar sobre las dificultades del Ulises . No se amedrentó. El 16 de marzo de 2004, lo recuerda con precisión, su esposa le regaló una versión en inglés del clásico de Joyce. “Esa fue la primera vez que lo leí”, dice Zabaloy, y esa primera lectura duró un año. “Con gran dificultad pero enorme gusto”, lo leyó una y otra vez. Cada párrafo le parecía extraordinario. Empezó a traducirlo para leerlo mejor. Nunca quiso leer a Joyce traducido. Acumuló ensayos, diccionarios y libros de referencia. En 2007, su esposa volvió a hacerle un regalo revelador: la edición del Ulises en francés, traducción revisada por el mismísimo Joyce. En ese descubrimiento, Zabaloy se dio cuenta de que con la edición original inglesa y esa traducción al francés de 1929 tenía las dos herramientas esenciales para embarcarse en un proyecto monumental.

–No ser traductor profesional o especialista en Joyce, ¿modificó su manera de enfrentarse con el texto?
–En todo caso es fácil la excusa: hice lo que pude. Cualquier cosa que a vos te encarguen y te den un anticipo, te pone en una situación de esclavitud. Dorada, pero esclavitud al fin. Como a mí no me lo encargaron, tuve toda la libertad del mundo. Y cuando terminé la traducción se la mandé a algunos editores, de los cuales ninguno respondió salvo Edgardo Russo. Cuando recibió el correo, creyó que era una broma. De todos modos se puso a leer el archivo y un mes después me estaba llamando. Así como él no sabía con qué especie de loco iba a tener que hablar, yo tampoco sabía con qué especie de editor estaba hablando. Durante seis años trabajamos mi traducción línea por línea.

–¿Edgardo qué decía?
–Nos cagábamos de risa.

–¿Por?
–Porque no tengo deformaciones profesionales. No tengo pose de escritor ni de traductor. Si a mí me gusta una palabra, la pongo. Por todos lados, con el debido respeto al texto, puse palabras que a mí me encantan. Por ejemplo “yuta”, “biyuya”, “bolazo” o “percanta que me amuraste”. Cosas que son inconcebibles para un español madrileño. Edgardo me decía: “Nos van a matar, Marcelo”. Pero a un rufián del bajo fondo, ¿cómo vas a hacerlo hablar? ¿Como un señorito de Oxford? No. Hay otro pasaje donde están los apostadores del hipódromo y es todo diez líneas de gritos de levantadores de apuestas con sus doble a ganador, doble a contra sencillo, todo ese tipo de léxico, que es propio de Palermo. ¿A mí qué me importa cómo se dice en Dublín? Traduzco lo que se me ocurre siguiendo el orden y el sentido general de la expresión. Por eso puse las expresiones que pueden escucharse en el hipódromo de Palermo.

–Dice que en el Ulises está todo, que es un libro que te hace mejor persona. ¿Por qué?
–No es un libro de autoayuda. Es más que nada una sensación. El proceso de lucha contra el libro, de investigar, de aceptar ideas que no son las ideas corrientes. Por ejemplo la relación de Leopold Bloom con su mujer Molly. Bloom sabe que la mujer le mete los cuernos. La aceptación de la persona como un ser humano, con toda la vileza y las bondades que tiene, esa visión, podés leerla en un libro que te diga: “El señor Bloom era un buen hombre y soportaba que su mujer se encamara con diosymaríasantísima”. Pero no está puesto así. Desde adentro de un tipo, podés ver qué piensa de su mujer sin que el tipo diga nada. Es una maravilla de la técnica. Si atravesás el ejercicio intelectual que te propone el Ulises , sos mejor.

–Acaba de publicarse su traducción del Finnegans Wake, ¿fue más desafiante que el Ulises?
–La última revisión que hice antes de entregar el texto definitivo fue la décima. Te podrás imaginar cómo me ha quedado el cerebro. No hay argumento, no hay una historia que puedas relatar, es una misma historia contada una infinita cantidad de veces. Y en una línea, donde hay diez palabras, cuatro de ellas no existen. No están en los diccionarios. Estás obligado a crear neologismos. Y esa operación la tenés que hacer en treinta y seis líneas y después en seiscientas veintiocho páginas. Es como si en tu casa tuvieras un galpón y alguien te trajera una bolsa con cien kilos de rompecabezas. Y de los cien kilos tenés treinta kilos de un gris que varía de una punta a otra, en cien escalas. Donde el piso, el techo y el mar es lo mismo y tenés que poner cada pieza correctamente para que quede armado. Esa es la complejidad. Ese es el proceso de traducir el Finnegans Wake . Si me preguntás a qué se parece más, se parece más al sueño que podés tener mañana, que tiene pasajes absurdos y pasajes claros, y los claros que tenés se te escapan mucho más rápido que los absurdos. Ese es el lenguaje: un estado de sopor, de sueño, de una historia que vuelve a repetirse. Están las palabras que parecen inglés-inglés, y otras que son muy similares y están distorsionadas. Hay frases de la Biblia o de Shakespeare puestas de forma tal que si te las leo, podés llegar a imaginarte lo que es eso. Y después se encuentran pasajes que pueden leerse a la perfección. Y no sólo que se pueden leer, sino que son bellísimos.



viernes, 3 de julio de 2015

"La literatura más allá del escritor"

Ayer, 2 de julio, sorpresivamente murió el editor Edgardo Russo. El escritor y periodista Diego Erlan lo recuerdo en estos términos en las páginas de Clarín.

Murió Edgardo Russo, una elegante figura
de la edición independiente en nuestro país

Suele decirse que el mejor retrato de un editor está en sus catálogos. Elegante y exquisito, entonces podrían ser los trazos del retrato de Edgardo Russo, poeta, ensayista, traductor y uno de los nombres imprescindibles de la edición argentina independiente, que murió el miércoles a los 66 años.

Nacido en 1949, empezó como librero en su Santa Fe natal con una librería llamada El Aleph. En los 70 filmó en 16 milímetros una película basada en el relato “El acomodador”, de Felisberto Hernández donde gastó todos sus ahorros y escribió una novela vanguardista llamada Tantalia en homenaje a Macedonio Fernández (“de la que no quedan rastros”, decía). Fue en esos años de oscuridad y represión en los que empezó a escribir un texto autobiográfico (“Nosotros no somos los polacos”) que aparecería en el número 2/3 de la mítica revista Literal. “Aquello que estaba intentando se relacionaba en muchos sentidos con Nanina de Germán García, El frasquito de Gusmán y El fiord de Osvaldo Lamborghini”, recordaba Russo en la edición facsímilar de la revista Literal que publicó la Biblioteca Nacional. En esas esquirlas de una vida cultural inquieta podría restituirse su mapa estético.

En el año 1988 armó la editorial de la Universidad del Litoral. A mediados de los años 90, ya instalado en Buenos Aires, fue responsable de varias colecciones para la editorial El Ateneo así como el catálogo de Adriana Hidalgo, en el que reunió poetas como Leónidas Lamborghini, Marosa di Giorgio, Juana Bignozzi, Juan José Hernández y Diana Bellessi. Participó también de la fundación de la editorial Interzona (donde armó el sello y publicó los primeros títulos para dejarle su lugar a Damián Ríos) y terminó en El Cuenco de Plata, donde publicó toda la obra inédita de Manuel Puig (un verdadero acontecimiento editorial), y siguió publicando a Copi, Felisberto Hernández, Rodolfo Walsh, Leopold Sacher Masoch, Marguerite Duras, Antonin Artaud y Witold Gombrowicz, entre tantos otros autores clásicos pero muchas veces escasamente leídos.

No sólo a ellos publicó. También al Premio Nobel Patrick Modiano. “Mi actividad como editor es casi más gratificante que la de publicar un libro propio. Es la literatura más allá del escritor, es poner al alcance de los lectores autores u obras olvidadas. El dicho debería ser: plantar un árbol, tener un hijo, editar libros.” Ese es el manifiesto que lo llevó a ser elegido por la Asociación de Libreros Argentinos como Editor del Año.

Consideraba que el libro como objeto sagrado (sea La Biblia o el Talmud) se superpone siempre a la realidad más procaz del libro como mercancía. Así se lo decía en 2004 a Walter Cassara: “A partir de allí se generan equívocos insolubles y a menudo ridículos. La vieja disputa 'cultural' sobre el best-seller vs. libro de calidad sólo se dirime en el tiempo.” Russo entendía a El Cuenco de Plata como “una editorial de catálogo”, un catálogo vigente en un territorio donde predomina “la guerra de las novedades”, disparaba. Rebeldía e iconoclasia fueron algunas de las marcas de identidad en su paso por librerías.

La solidez de su proyecto editorial no sólo se basaba en la calidad literaria que derramaba sino también en una seria planificación económica, con la que pudo llegar a distribuir en España y autogestionarse la distribución en el mercado argentino. Eso lo ubicaba entre los editores díscolos que optaba por no llevar sus libros a las grandes cadenas.

Su libro de poesía Reconstrucción del hecho, de 1989, obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes. Le siguieron Exvotos (1990), Landrú por Landrú (1991) y el ensayo La historia de “Tía Vicenta” (1992). En colaboración con Leopoldo Brizuela publicó Cómo se escribe una novela (1992) y, junto a Daniel Freidemberg, Cómo se escribe un poema (1994). Guerra conyugal  fue su novela, publicada en 1999 por Adriana Hidalgo. Además, tradujo a diversos autores como W. H. Auden, George Steiner, Harold Bloom y Henry James.

En noviembre de 1990, convocado por Clarín entre una selección de importantes poetas, tuvo que elegir algún poema propio que fuera su preferido. Eligió “Love streams”: “Navaja, como filosa te das, Amor/ a lo que filtras por la línea discreta de tu vena.// En la muñeca se perfila el viaje tumultuoso:/ desde un nudo –por el brazo– hasta el codo./ Pequeña cicatriz, pálida peca, lunar/ bajo el vello que destacas al desliz del dedo./ Y desde allí subiendo al escarpado paisaje de músculos,/ nervios como trenza en una calva, carne,/ remontas hasta el hombro donde una mano confiada se apoyaba./ Y trucha derivas bajo el amoroso hueco articulado al tronco por la aorta/ hasta la zona dilecta para el beso, allí, segundos antes de que el corazón se rompa.”Podría funcionar como una despedida. Edgardo Russo fue encontrado muerto, al parecer de un infarto, en las oficinas de su editorial. Una postal estremecedora y emocionante. Se lo extrañará.


miércoles, 24 de junio de 2015

Jorge Aulicino, traductor de la Divina Comedia, señala: "La estructura explica todo"

Jorge Aulicino es, además de uno de los más importantes poetas argentinos, un gran periodista cultural que, durante años y hasta su retiro, dirigió la mejor época de la revista Ñ, haciendo todo el trabajo que el editor nominal de la publicación no hacía. El  sábado 13 de junio pasado, el escritor y periodista Diego Erlan publicó en ese medio una entrevista con Aulicino a propósito de la reciente aparición de la versión de  La Divina Comedia, que este último firma

Invitados a atravesar juntos el Infierno

Esta noche, en su departamento de Balvanera, Jorge Aulicino se sienta en su sillón, enciende una de sus pipas y, mientras escucha el crepitar del tabaco, recuerda que tenía catorce cuando intentó leer por primera vez la La divina comedia en una vieja edición de Tor. Estaba en la biblioteca de su padre, traducida por Bartolomé Mitre. No entendió nada. Ni le gustó. El libro permaneció en los estantes de la casa familiar como suelen permanecer los clásicos: envueltos con un halo de inquietud y misterio. Años después, a los treinta, las lecturas del poeta hicieron que volviera al libro desde afuera, a través del interés que le despertaban las citas de los ensayos dantescos de Borges y los poemas de T. S. Eliot. En particular un detalle: el del Canto VIII del “Infierno”, cuando Dante sube a la barca de Flegias después de Virgilio y la barca se hunde. ¿Por qué menciona Dante que se hunde? Aulicino enseguida entendió: porque es el único cuerpo vivo. A partir de esa revelación, empezó a sumergirse en el libro.

A pesar de que su padre nunca supo italiano, Aulicino siente que el lejano origen influyó al decidir enfrentarse a este monumento de la cultura de Occidente. Como suele decir el escritor y crítico de cine Angel Faretta, los hijos y hasta los nietos de italianos “estábamos destinados a otra lengua”. “Es un fantasma que tarde o temprano nos ronda”, reconoce Aulicino. “Sería como decir que la inmigración alteró un curso previsible de las vidas de mucha gente, vidas que deberían haber ocurrido en sus pueblos, en su país y ocurrieron aquí, donde olvidaron su idioma.” La lengua como fantasma. Traducir una obra de setecientos años, escrita por Dante no en latín, como solían escribirse las obras de la época, sino en tosco (toscano) es, para Aulicino, una decisión política. Y por eso en su trabajo decidió, políticamente, por la estructura mental, sociohistórica y política del castellano local. No moderno ni necesariamente coloquial. Y aunque mantiene ciertos arcaísmos, acepta las invenciones de la lengua que propone Dante con irreverencia y decide, a su vez, inventar algunas palabras para sostener ese espíritu. “Traducir se trata de tomar una decisión entre todas las posibilidades que existen. No sólo es elegir una palabra por otra, ‘feroz’ por ‘terrible’, por ejemplo, sino la opción del sentido total”, dice Aulicino. Una buena traducción, entendió el ensayista George Steiner, es aquella en la que la dialéctica de lo impenetrable y lo penetrable, el sentimiento de una extrañeza huraña y de un “sentirse en casa”, se despliega sin resolverse pero a la vez sin dejar de ser expresiva. De algún modo, con esta traducción, Aulicino vuelve a sentirse en casa, en la lengua de sus antepasados.

–¿Cuál fue la decisión más riesgosa en este trabajo?
–La más riesgosa, o la que puede dar lugar a la mayor cantidad de críticas, es que no respeté ni la métrica ni la rima. Hay que tener en cuenta el papel que juega el terceto encadenado en la obra. Es una especie de ritmo muy extraño. Los tercetos de la Comedia riman el primero con el tercero y el segundo va a rimar con el primero del siguiente. Es decir, al leer el primer terceto te queda una rima suelta. Si te quedás ahí hay un verso sin rima. Esto, musicalmente hablando, produce un efecto especial: como una rima anticipada. Eso es irreproducible. Por eso, los que eligen traducirla con rima, como Mitre o Crespo, generalmente eligen rimas que no tienen nada que ver con el original. Mantienen una idea general, no traicionan el sentido final, pero cambian términos en busca de otros términos que rimen. Ese es el problema de la rima.

–¿Y la métrica se puede respetar?
–Se puede mantener un poco más. No es tan difícil. Se puede mantener sin complicar demasiado el sentido. Si es cierto aquello de que la traducción es traición, con la rima y con la métrica regular, el grado de traición se acentúa. Porque la métrica también te obliga a tomar soluciones gramaticales, sintácticas distintas. Tenés que poner las cosas de otra manera para que las once sílabas te den. Y la verdad es que yo no le veo mucho sentido. Por eso no lo hice con la Comedia ; la traduje en verso libre. A mí me parece que lo fundamental es tratar de seguir lo más rigurosamente posible, la sintaxis de Dante y los términos. Pero claro, con setecientos años de diferencia, los términos son una cosa relativa. Battistessa y Mitre trataron de hacer una Comedia más bonita. O sea que les sonara más fina, digamos. Más elevada.

–¿Por qué la quiso hacer moderna?
–Yo la quise hacer moderna, pero está llena de arcaísmos que son conscientes. En eso estoy de acuerdo con Mitre, pero es una cuestión dentro de un contexto. Lo que pasa es que el lenguaje de Mitre es el lenguaje común del siglo XIX, donde se entendía que lo literario era lo elevado. Se maneja siempre en un nivel del lenguaje alto. Está bien, se puede hacer. Incluso la versión de Mitre no me parece tan mala. Ahora, si en un contexto en donde la sintaxis y el vocabulario en general son actuales o por lo menos neutros, el arcaísmo juega de otra manera. Te das cuenta de que el tipo lo puso a propósito. Lo que por lo general no se respeta es que Dante muchas veces inventa palabras, verbos, por ejemplo, y los conjuga, y ellos lo traducen a un verbo existente en castellano. Cuando en realidad él está inventando. En parte porque a veces tiene una idea de lo que quiere decir que va más allá de cualquier verbo conocido. Por ejemplo al decir “cuando te enmíes”. No suena igual que “cuando te metas en mí”. Lo usa porque le hace falta por la métrica, lo usa conscientemente. Quiso inventar un verbo que hablara más de la intimidad.

–¿Hay algo que falla en Dante?
–Si yo fuera un editor hoy, el libro del “Paraíso” lo cortaría a la mitad. Pero él tenía que recorrer todos los cielos, o sea que necesitaba más extensión y después tenía que corresponderse con la estructura que había pensado que eran 33 cantos por libro menos el primero, que tiene 34.

–¿Qué hace universal a la Comedia?
–Hay una estructura que la hace trascendente. La estructura explica todo. Después, vos cambiás los nombres y esa sociedad se parece mucho a la de hoy. Y es que más o menos las cosas siempre se dieron así. Digo en lo que respecta a lo político, a lo moral. La corrupción no es un invento de hoy. Ni la traición. Ni el adulterio. Esas cosas han pasado a lo largo de toda la historia de la humanidad.

–¿Qué necesita un traductor para enfrentarse a la Comedia?
–Una mente abierta. No necesariamente tiene que ser un poeta. Puede ser un narrador que tenga una mente poética. Digo en cuanto a captar la poesía de todo el conjunto, no sólo de cada verso y de cada terceto. Ahí me parece que sí se necesita una mente poética. Como la que tenía él. Quizá no a la misma altura, pero ese tipo de estructura mental que permite concebir las cosas como él las pensó. En fin, como es tan arrasadora la lectura de Dante, te cambia la cabeza aunque no la tengas predispuesta a eso. Se impone solo.

–¿De qué modo le cambió la cabeza?
–Me llevó a ver toda la historia de la poesía de otra manera. Cuando tenía veinte años, estas obras, para mí, no estaban dentro de la historia de la poesía sino dentro de la historia de la literatura. Hablo de la Eneida, de la Ilíada, de la Comedia. Con el tiempo me di cuenta de que no sólo forman parte de la historia de la literatura sino que son la base de la historia de la poesía. Por ejemplo, el aspecto narrativo de la Comedia es una cosa que los lectores líricos tienden a olvidar. Dicen que esto no se puede traducir porque líricamente produce determinado efecto en italiano y no suena igual en castellano aunque lo traduzcas parecido. Que suena mucho mejor o más poético dicho en italiano, pero eso no puede extraviarnos del total. Porque la obra tiene un discurrir. Dante está contando algo. De alguna manera es una novela de peripecias.

–¿Cómo influye la formación poética, política e ideológica del traductor?
–Uno toma decisiones políticas tal como las tomó el autor. Si yo traduzco así es porque pienso que Dante quiso hacer eso: una obra que se pudiera leer. Y en ese sentido lo hice lo más fluida que me salió. La idea de fluidez tiene que ver mucho con el lenguaje y la pertenencia de ese lenguaje a una época. Esta cuestión del lirismo es una de las cuestiones que más me preocupó porque realmente ahí hay una gran mistificación, que parte del siglo XIX, del romanticismo y del posromanticismo que se resume en lo de Mitre. Esta es una obra elevada, se dice, entonces tiene que tener elevación, y si no lo tiene el original, no me importa, tiene que tener elevación y la elevación se relaciona con lo lírico, pero realmente la Comedia en el idioma original no tiene un trabajo con el sonido, desde el punto de vista de Edgar Allan Poe, por ejemplo. No es El cuervo . No es como cuando Poe escribe: “Never more ”, que no lo podés traducir. Porque suena “more” y uno pone “nunca más” y el “más” suena mucho más chato mientras que el “more” tiene una resonancia mucho más grave. Hay pocos problemas así en la Comedia , en los que el sonido mismo sea muy sugestivo. Lo que hay es un canto, una cadencia, que tiene mucho que ver con el terceto encadenado.

–¿Se puede encontrar una dinámica propia entonces?
–Hay una dinámica distinta. Salvo que traduzcas con rima y con métrica y ganes eso pero pierdas un montón de otras cosas que para mí son fundamentales. Porque ahí perdés el sentido. No es que el infierno se vaya a transformar en un paraíso pero en el discurrir, en lo que es específicamente literario, creo que se pierden un montón de cosas.

–Incluso en ciertas texturas de las palabras.
–Llamo literario a esa textura. Además de que se pierde el significado real, porque a veces se cambian palabras por otras que no traicionan el sentido, pero no tienen nada que ver con el original. Te privás de jugar con una posibilidad del lenguaje al estar esclavizado por la rima.

–Al final de su obra reunida, Estación Finlandia, dedica una sección al “Infierno”. ¿Qué lo llevó a escribirla?
–La presencia que empezó a tener Dante en mí. Uno de los poemas está escrito sobre la idea de que el infierno está acá, que todo eso que pasa es lo que pasamos acá todos los días. Atravesamos el infierno de la misma manera que lo atraviesa Dante. O peor. Porque la mayoría de las veces somos parte de los que están condenados.