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martes, 1 de septiembre de 2026

"Para mi que estaba mal traducido”

En su columna del sábado 29 de agosto, en el diario Perfil, el escritor Daniel Guebel (foto) confiesa haber metido la pata y los ecos de ese hecho vuelven a él.


El cuerpo de Sterne

Esto ya lo conté una vez, pero como le voy a agregar nuevas cosas va a ser distinto. Solo quienes se hayan bañado dos veces en el mismo río no me comprenderán. Hace quichicientos años fui acampar al lago Futalaufquen, previo paso por la ciudad de Esquel, donde iba a pernoctar esa noche. Allí compré una edición de Aventuras de un cadáver, de Robert Louis Stevenson. Empecé a leerlo y, por alguna razón, el libro no me gustó. Hice entonces algo de lo que todavía me avergüenzo. Le arranqué prolijamente unas páginas y fui a devolverlo a la librería, acusando falla en la edición, y lo cambié por otro cualquiera. Tiempo más tarde, en Barcelona, visité a Marcelo Cohen y me llevó a pasear por la ciudad. En un momento entramos en una librería y me dijo que me iba a regalar un libro, que tomó de una mesa. Era Aventuras de un cadáver. Recordando lo ocurrido, le dije que había intentado leerlo pero que no me había interesado. Para no ser descortés con su gesto, y tomando en cuenta que Stevenson pasa por un autor inobjetable, omití mi condición de riguroso monolingüe incapaz de cotejar un original con sus versiones en otras lenguas. Le dije: “No digo que el libro sea malo. Para mi que estaba mal traducido”. Cohen sonrió suavemente y me contestó: “Puede ser. Seguro. Lo traduje yo”.

Un par de décadas después de ese bochornoso momento, escribí una novela llamada La vida por Perón, que contaba las conspiraciones alrededor de un difunto que era maquillado para que pareciera el propio Perón recién fallecido, como parte de una serie de operaciones necrofílicas ligadas a la toma del poder. Luego de escribirla se me hizo evidente la verdadera razón de mi disgusto con el texto de Stevenson. No es que Aventuras de un cadáver no me hubiese gustado, sino que en aquel momento algo de esa novela había abierto una puerta que en lo sucesivo yo quería seguir solo, era condición de una posibilidad a desarrollar en el futuro.

Bien. El lector atento sabe que este año estoy dando clases sobre autores clásicos y que en septiembre me toca abordar a Laurence Sterne, un genio que muestra casi todo lo que es factible de hacerse en una novela. Su obra se compone de dos libros, el Tristram Shandy y el Viaje sentimental por Francia e Italia. Por Mercado Libre adquirí el segundo, que ya tenía en mi biblioteca, porque era una edición que no conocía y que contaba con un prólogo de Edgardo Cozarinsky. Lo abro. Leo. En la primera página, Cozarinsky menciona que, muerto Sterne, su cadáver fue robado por estudiantes de anatomía, y que eso dio lugar a un cuento de Stevenson. Larga resonancia tienen las palabras.

lunes, 8 de abril de 2024

Andrés Ehrenhaus "cogió" una sola vez y lo cuenta


La bajada de la nota firmada por Andrés Ehrenhaus para el número de marzo de Latin America Literature Today, dice: "El reconocido traductor argentino (...) rememora sus comienzos en la traducción en Barcelona de la mano de Marcelo Cohen y reflexiona sobre determinadas prácticas editoriales, distintas variedades lingüísticas y una palabrita en particular. "

De cómo Marcelo Cohen me enseñó a nadar la traducción, seguido de una apostilla (Coger o no coger, that is the f-question)

Nunca oculté, en cuanto el tiempo desclasificó mi pasado, que mis muy titubeantes comienzos como traductor estuvieron más del lado de las sombras que del de la luz. Primero porque destrocé, siendo mozo, un Seminario de Lacan en la sombría cocina del consultorio del psicoanalista que me había contratado por cuatro monedas para ello; y después porque fui negro de mi gran amigo Marcelo Cohen (de hecho, y como poniéndole el broche a nuestra relación pedagógica, volví a serlo hace poco, pero no diré cómo ni para quién ni dónde), que cometió la picardía reciente de dejarnos a solas con su ausencia. De la masacre del Seminario (¡ni me acuerdo de cuál de todos era!) extraje experiencia de esa que se considera intangible: cierta osadía, la sospecha de que a veces la máscara traduce más que uno y una vaga conciencia laboral. De la negritud de Marcelo extraje o, más bien, recibí las herramientas del noble trabajo.

Pero eso es fácil de decir. ¿Cómo me fueron dadas esas herramientas? Porque el negreo entre traductores, que es más frecuente y socorrido de lo que se confiesa, suele ser muy instrumental y poco dialéctico. Además, lo hay de dos tipos: mi primera etapa como negro y ese último episodio reciente que mencioné –salvo por un detalle no menor sobre el que volveré más adelante– podrían ser ilustrativos: o el negro es un novicio que acepta gozar de cierto espacio laboral a cambio de una tajada patrimonial despojada de derechos morales o es un colega maduro que no tiene empacho en ayudar al amigo en apuros y acepta, igual que el novicio pero sin la necesidad de éste, las mismas condiciones: un pago justo sin los correspondientes merecimientos simbólicos. ¿Cuáles serían esos merecimientos? Básicamente, el de ser reconocidos como autores de esa obra –derivada, pero obra al fin. En el caso del colega maduro, renunciar a ellos es casi un gesto de nobleza. En el del novicio, una baja colateral, porque no firmar lo trabajado equivale a seguir no siendo visible para los editores contratantes (ni para el público lector o los reseñistas, aunque a esos el nombre del traductor les suele importar algo menos que el color de la tapa del libro).

Entonces, ¿se aprovechó Marcelo de mi bisoñez? Muchas veces me he formulado esta pregunta. Antes de responderla aclaro que, a lo largo de mi carrera, yo también me serví, aunque poco y a disgusto, de ambas modalidades de negreo. Poco y a disgusto no por cuestiones éticas sino porque nunca me quedó claro si me resultaba más un problema que una solución, es decir, traducido en plata, más trabajo a cambio de menos remuneración. De ahí que parte de mi respuesta a la pregunta de arriba se nutra de este hecho: ¿realmente le saqué las papas del fuego a Marcelo (me refiero sobre todo a mi negritud primigenia, porque en esta última estoy seguro de que sí) al poner mi sudor al servicio de su pluma? Tiendo a pensar que no. Tiendo a pensar que, aunque él no lo formulara así conscientemente, me estaba haciendo más favor a mí que a sí mismo. Un favor relativo, claro, porque ayudar a alguien a convertirse en traductor no es solucionarle la vida precisamente. ¿Quién puede vivir, y no digamos ya alimentar a una familia, exclusivamente de la traducción en Argentina o España? Eppur si traduce.

Mi sensación, que ya casi es certeza, es que Marcelo vio en mí a un par. No digo que yo lo fuera o no, digo que él me vio así. Nos conocimos personalmente, como ya es público y notorio, en Barcelona, en el mítico teléfono pinchado de Plaça Universitat, allá por enero o febrero del 77. Marcelo era el que manejaba la lista de turnos en una mesa del bar Estudiantil, que todavía existe. Poco tiempo después ya éramos amigos, sobre todo gracias al fútbol, además de coincidir como profes de inglés en alguna academia. Marcelo venía precedido de una pequeña fama literaria y empezaba a publicar artículos en revistas culturales y hacer sus primeras traducciones de fuste; yo por entonces me había puesto a traducir textos técnicos, eróticos, comerciales, médicos. No teníamos más formación que la de la lectura, la del duro banco y la máquina de escribir portátil. Fue en ese contexto que Marcelo me empujó a las aguas procelosas de la traducción editorial: es fácil, me dijo, vos tenés más de la mitad del camino hecho, yo te voy pasando cosas y cuando estés maduro te presento en la editorial. Y me tiré a las olas; nadar más o menos sabía pero en ninguna parte hacía pie. De ahí a ahogarme había un paso. O una brazada.

Tiempo después, mucho tiempo después, descubrí que Marcelo había practicado conmigo un método súper drástico de iniciación práctica. Lo descubrí porque recordé lo que yo mismo había hecho una tarde de playa con una amiga a la que, con veraniega imprudencia, animé a que me siguiera allende la rompiente, ahí donde a pesar del mar revuelto ya se puede nadar con más soltura. No debí hacerlo. Ella era quizás algo menos ducha y mucho menos temeraria que yo y aunque no estábamos muy lejos del borde del mar, donde la gente chapoteaba ajena y feliz, pronto nos dimos cuenta de que volver era muy difícil y a mi amiga, como es normal, le entró primero la duda y después el pánico. El mar estaba picado, la corriente submarina era fuerte y soplaba un viento cruzado. Encima, en un acto de expresionismo simbólico, el cielo se nubló. Mi percepción del agua cambió: ahora estaba fría. ¿Todo eso en cuánto? Cuestión de minutos. Los dos flotábamos, sí, pero ella ya empezaba a cansarse y yo tampoco era Mark Spitz; no había socorristas o bañistas o vigilantes (¡qué momento inoportuno para barajar sinónimos!) a la vista y llamar a alguien a los gritos parecía totalmente inviable. Así que hice lo que Marcelo había hecho conmigo sin yo saberlo (y capaz que tampoco él).

Mi primera intuición/comprobación pragmática fue asegurarme de que el impulso superficial de las olas era lo bastante firme como para aprovecharlo y no luchar contra la resaca, que era o parecía cada vez más fuerte. Nadando lo más horizontal posible se podían ganar más metros de los que se perdían tras el paso de la ola y así traté de explicárselo a mi amiga, pero ella no estaba en situación de aceptar especulaciones teóricas ni ninguna otra solución que no pasase por aferrarse a mí y rezar por que yo la ayudara a salir. A esas alturas, la situación era la siguiente: ella rogándome, ya bastante exhausta, que yo me acercara a salvarla, y yo un par de metros más cerca de la costa, consciente de que si me acercaba a ella nos hundíamos los dos. Ahí, con el poquito de chispa que me quedaba, se me ocurrió decirle que sí, que yo la sacaba pero si venía ella hacia mí; me ponía a tiro, casi a un brazo de distancia, y cuando ella manoteaba para agarrarme yo aprovechaba la inercia de la ola y me alejaba un poco hacia la costa. Así, muy poco a poco y bailando al ritmo bravo de las olas, fuimos saliendo de la zona de peligro y llegando adonde la resaca no chupaba tanto. Y de pronto hacíamos pie y teníamos a abuelas y niños con flotadores de patito o dinosaurio alrededor. Todo en el mismo plano secuencial. Cuando volvimos a nuestro cuadradito de toallas y miramos jadeantes el infierno acuático que casi nos traga, enfrente teníamos una franja marina totalmente inocua y neutra, el mar de siempre, el de todas las playas.

Y así, gracias a Marcelo y su imprudente insistencia, creo que aprendí a traducir y hacerme cargo de la autoría de mis traducciones. E igual que al principio, sigue costándome un mundo salir del agua.

La apostilla
Una vez curtido en el combate acuático, mi amigo me sugirió que me consiguiera una malla nueva (bañador, traje de baño, ¿eslip?), un par de anteojos de natación (gafas, antiparras, whatever) y unas ojotas (chanclas, o yo qué sé qué más) y me presentara ante un par de editores a los que él ya había apalabrado para que me recibieran como traductor casi senior. En efecto, me cayeron dos sucesivos encargos, quizás porque entonces aún no éramos tantos los nadadores capaces de no hundirnos en mitad del trayecto y la industria empezaba a darse cuenta de que profesionalizar al traductor no implicaba una pérdida como se temían muchos editores sino una ganancia, sobre todo de tiempo pero también de dinero. Hablo de una época en la que en España no existía el menor atisbo de contrato de traducción, algo que se solventaba mediante unos retoques casi ornamentales en la factura; la respuesta invariable cuando uno reclamaba un papelucho un poco más ajustado a la ley era también ornamental: “Es que, verás, no es política de la casa”.

De esos dos, luego tres, luego más editores que confiaron en mi rítmica brazada, uno fue el gran Paco Porrúa, que se había traído el Minotauro a hombros hasta Barcelona y seguía abriéndole camino acá (donde yo estaba entonces y estoy ahora) a la ficción científica de suma calidad. Casi la totalidad de sus libros eran traducciones y Paco tenía un vademécum muy claro, inquebrantable y singular en lo que a modelo de castellano de la traducción se refiere: como publicaba sobre todo en y para España, concedía que la segunda persona del plural se conjugara a la española, aunque recomendaba hurtarle el cuerpo a la eventualidad y buscar recursos y atajos para no abusar de ella, pero en cuanto a la naturalización de lo coloquial era implacable y prohibía tajantemente, por ejemplo, el uso del verbo coger donde cabían sin ningún problema agarrar, tomar o la paráfrasis que fuera. En los libros de Minotauro nunca se cogía. Ni siquiera cuando se hacía el amor. A Paco le disgustaba la procacidad pero sobre todo le interesaba mucho cuidar a sus lectores transatlánticos, que seguían fieles a sus ediciones desde la distancia. Su mercado simbólico era claramente rioplatense.

Debo decir que deshacerme del verbo coger no me costó gran cosa; por un lado, ya venía curtido por la traducción de breves relatos de porno soft en revistas como Penthouse o Playboy; y por otro, por un quiosco que manejaba con esplendidez un gran fogonero cultural, el uruguayo Homero Alsina Thevenet, que mientras pudo repartió generosamente (pagaban bien y rápido) estas traducciones entre los nadadores sudacas. Creo que también fue Marcelo quien me conectó con él, aunque en esa época la bolsa de rebusques estaba muy socializada. A Homero Alsina tampoco le gustaba mucho que usáramos coger por tomar o agarrar, aunque era menos prescriptivo que Paco y, además, no manejaba un material tan, digámosle, delicado. Pero esos rasgos idiosincráticos claros, tal vez generacionales, resonaban con naturalidad en nuestra incipiente poética natatoria. Solventada por obvios motivos crematísticos la cuestión esquizoide –ya planteada a la infancia argentina de varias generaciones escolares– de la convivencia con el fantasma del vosotros, a la mayoría de nosotros nos quedaba la bandera de si se cogía o no (el autobús, el metro, el paraguas). Sin duda sonará filológicamente atrevido (entre otras cosas, porque no es mi campo) pero quizás, gracias a un relevamiento que aún falta, podamos leer la elección y uso o no del verbo coger como uno de los ejes políticos de las traducciones rioplatenses hechas en o para España; para entendernos (o confundirnos todavía más), sería nuestra línea de flotación.

Digo esto sin tener mucha idea de cómo cogieron mis colegas este toro fenomenológico. No sólo no tengo un estudio hecho sino que ni siquiera me he atrevido a preguntárselo demasiado. Marcelo, por ejemplo, supongo que habrá adoptado a rajatabla las precauciones de Paco y Homero, y quizás también de Muchnik, para quien traducía bastante (yo sólo participé en algún diccionario resuelto coralmente), pero no puedo asegurar que en otros casos, con editores peninsulares, coger fuera un no-no. Sí puedo, en cambio, hablar de mí con cierta autoridad. Yo sé que no cogí nunca en mis traducciones salvo en una única ocasión; rectifico o puntualizo: no cogí yo pero no estoy totalmente seguro de que algún corrector (obligado o no por el editor) cogiera por mí a mis espaldas porque, seamos honestos, nadie revisó todas las galeradas o pruebas de impresión de su vida laboral –en el supuesto de que se las hayan enviado– y maldita la gracia que me haría ahora ponerme a desandar (¿o debería decir desnadar?) ese frente marítimo. Tampoco soy garante absoluto contra posibles distracciones. Pero no estamos hablando de casuística precisa sino de fenomenología y lo que importa aquí es la intención que subyace al fenómeno, su voluntariedad política, que no es otra que la de evitar tener que coger mientras nadaba. En todos los casos menos, como dije, en uno.

Cuando me tocó traducir toda la poesía de Shakespeare (otro de los mares en que me metió Cohen) menos un poema (el relativamente breve “Fénix y Tórtolo”, que se reservó para sí Andreu Jaume, brillante editor del tutto chéspir para Penguin), descubrí unas cuantas cosas en las que antes nunca había reparado. Una, que Shakespeare le importa a bastante menos gente de la que proclama lo contrario; otra, que se pueden nadar muchas millas marinas de endecasílabos rimados en pocos días y no sucumbir ni ahogarse en el intento; y otra más, que William era, no diré un feminista avant la lettre, pero sí un finísimo observador crítico de la relación de poder entre los distintos sexos, géneros y líbidos de una época, la isabelina, que no nos es tan ajena, la verdad. Lo descubrí, sobre todo, en La violación de Lucrecia. No voy a hacer un spoiler y contar aquí la historia y el enfoque del poeta (y digo spoiler con todo el derecho: ¿quién de ustedes leyó ese tremendo poema de cabo a rabo, eh?) pero el propio título ya lo hace: sí, hay una Lucrecia y alguien la viola. El trabajo chespiriano de introspección psicológica es brutal; la proximidad a todos los elementos de un acto tan execrable como universal es tal que uno se pregunta si el propio William no habrá sufrido o hecho sufrir algo así en algún momento de su vida. Los vaivenes emocionales y la naturalidad de los detalles no rozan nunca el lugar común y no hay ni un gramo de histrionismo o justificación moral. Hay que leer La violación de Lucrecia, quizás antes que algunas de sus obras de teatro. ¡Sobre todo hoy, ahora! Shakespeare quería ser poeta, no dramaturgo. Ese era el pasaporte a la fama que creía haber comprado. Y es en la poesía donde repasa una vez tras otra la cuestión del poder en las relaciones eróticas. Cierto es que en esos largos poemas seudo-amorosos William ponía sus esperanzas de venta cuando los teatros tenían que cerrar por la peste, pero no lo es menos que la problemática profunda de un género y otro difería y también difería el tratamiento de los universales. En fin, no es mi intención hacer una apología del Bardo como bardo antes que como empleado y empresario de teatro; no obstante, recomiendo hacer una lectura pausada, atenta, desprejuiciada, irreverente incluso, de la poesía chespiriana, que al fin y al cabo no es tanta. Cuestión que mi revancha de nadador de fondo por tener que surcar aguas llenas de medusas lingüísticas fue usar (¡en ambas acepciones y por única vez en mi carrera!) el verbo de marras en el verso 677 de Lucrecia, justo cuando el violador comete el acto: “Entonces puso el pie sobre la luz,/ pues luz y vicio son archienemigos./ Oculto en esa noche de betún,/ es más tirano el crimen sin ser visto./ La oveja llora, el lobo la ha cogido/ y ahoga el lloro con la colcha blanca,/ matándolo en sus labios escarlata”. Shakespeare usa seize, que es tanto agarrar como atrapar o aferrar, y un eufemismo de take en el sentido sexual; yo uso coger, que es ambas cosas pero en distintas orillas. ¿Y ahora qué? ¿Me obligo a no volver a usar el verbo en aras de la simetría? ¿O doy mi revancha por nadada? En cualquier caso, la línea entre coger y no coger en las traducciones sudacas en España ya está trazada, y no por mí, válgame el suelo. Como muestra, un botoncito: no hace mucho, una editorial argenta quiso poner en el mercado hispano un texto trans de alto voltaje erótico, para lo cual se revisó la traducción y, con cierto criterio, se reemplazaron todos los coger por follar. El resultado fue que cada dos por tres los personajes se pasaban a refollar por aquí o allá, se sobrefollaban, enfollaban, esfollaban y yo qué sé cuántas cosas más. O sea, lo dicho: habrá que hacer nomás ese estudio de una vez.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Un recuerdo uruguayo para Marcelo Cohen

El siguiente artículo, publicado el 23 de diciembre pasado, en La Diaria, de Montevideo, por el narrador y periodista uruguayo Martín Bentancor, da cuenta de la trayectoria de Marcelo Cohen como traductor de una manera no reflejada por los medios argentinos. 

Los lápices de Marcelo Cohen

Una recorrida por los estantes de la biblioteca, ese espacio caprichoso construido por la suma de años de lecturas, trabajos, búsquedas y acumulaciones, propicia la separación de algunos volúmenes –Lady Susan, de Jane Austen; Libro de maravillas, de Nathaniel Hawthorne; El Crack-Up, de F Scott Fitzgerald; Los desafortunados, de BS Johnson; Historias inverosímiles, en general, de Alasdair Gray; La exhibición de atrocidades, de JG Ballard; La ley del silencio, de Budd Schulberg; Una chica en invierno, de Philip Larkin; La noche, de Al Alvarez; La máquina blanda, de William S Burroughs; Adagia, de Wallace Stevens– con los que se podría fundar una nueva biblioteca. El factor común: todos fueron traducidos al español por Marcelo Cohen. 

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Al terminar cada jornada de trabajo, antes de cerrar el original, Marcelo Cohen trazaba una marca con forma de zeta sobre el párrafo en el que detenía la traducción. Empleaba para ello, sistemáticamente, fuera cual fuera el libro sobre el que trabajara e independientemente del momento del día, la estación en curso y el nivel de cansancio acumulado, un lápiz de escribir Staedtler en su clásica presentación negra y amarilla. Con los años, el sistema de marca vuelto rutina se convirtió en una suerte de obsesión, al punto de que no dudaba en robar los lápices Staedtler que ocasionalmente encontraba en escritorios y gavetas en casas de amigos, bibliotecas de colegas u oficinas de editores. La rutina devenida obsesión vía neurosis le dio paso, además de a una importante acumulación de lápices, a una superstición: el día que se acabaran los lápices Staedtler sobre su mesa de trabajo se habría acabado la traducción. No la traducción de una obra en curso, sino la traducción.

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En uno de los ensayos del libro Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción), Marcelo Cohen relata la experiencia de John Cage al entrar en una cámara anecoica. Cuando el músico por fin esperaba no escuchar absolutamente nada, oyó dos sonidos: uno bajo, que identificó como el del pulso de su sangre, y otro agudo, el de su sistema nervioso. “El silencio suele ser un hervidero de sonidos que la música disimula; lo mismo hace el lenguaje”, escribió Cohen. Nadie más seguro para afirmar lo anterior que alguien que tradujo una importante cantidad de libros de varias lenguas, aislándose en la cámara anecoica del idioma para captar el sonido propio del lenguaje. En el arranque de su icónico ensayo “Nuevas batallas por la propiedad de la lengua” expresó que “a veces pienso que, quizá más aún que escribir, traducir provoca en uno dulces o ácidas y siempre interesantes perplejidades sobre el lenguaje, el entendimiento y la política, el exilio como condición existencial generalizada y las verdades y falacias de la identidad”.

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En “Persecución. Pormenores de la mañana de un traductor”, Marcelo Cohen describió el caos de su mesa de trabajo, campo de batalla inmediato en la permanente confrontación con los idiomas: “En mi altillo idílico, el papelerío vario, libros de todo género y postura, mamotretos de referencia, dossiers, recortes de prensa, facturas, libretas, es el retrato de un desarreglo mental que el oficio sabe instrumentar para sus fines. Lenguas, gramática, hermenéutica, ejecución, orden de los componentes, argumentación, sucesiones y sincronías, tonos, trayectos, criaturas, culturas, técnicas, lugares: la traducción me ha pautado la vida en una suerte de nomadismo sedentario”.

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Marcelo Cohen inclinado sobre un diccionario de ornitología mientras traduce un pasaje de The Peregrine, de JA Baker. Silbones, mosquiteros, agujas, arrendajos, avefrías, cárabos, camachuelos y un centenar de especies de aves más cruzan el aire de Chelmsford, condado de Essex, Inglaterra, para ser apresados por el traductor en el altillo de su casa en el barrio de Belgrano, ciudad de Buenos Aires, Argentina. Al final de la tarde, luego de trazar con medio lápiz Staedtler una marca en forma de zeta al inicio de un párrafo, Marcelo Cohen descubre a un hornero en el alféizar, a poco menos de un metro de su mesa de trabajo.

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Marcelo Cohen en plena traducción de la novela de Chris Kraus: “Uno siempre está en medio de una frase; y entre lo que ya escribió, y es pasado, y el descubrimiento que vislumbra cerca del punto está el momento de pugna con las palabras en un umbral: esa duda inexorable es la fatiga del oficio, pero también la dádiva”. 

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Ahora que Marcelo Cohen ha muerto, los lápices Staedtler que acumuló con los años se fusionarán con las paredes de algún portalápices, juntarán polvo en una gaveta o se dispersarán por ahí, liberados de marcar nuevas zetas al inicio de párrafos de traducciones en marcha. Lamentablemente, ya no habrá nuevas traducciones firmadas por Marcelo Cohen, pero todos los libros que durante décadas vertió a nuestro idioma continuarán desestabilizando el orden de las bibliotecas, amplificando el maravilloso (e inquietante) hervidero de sonidos del lenguaje.

 

lunes, 26 de diciembre de 2022

Marcelo Cohen (Buenos Aires 1951–2022)

El pasado 17 de diciembre murió inesperadamente en su casa, a los 71 años, Marcelo Cohen, un día antes de la final del Mundial de Fútbol de Qatar. Mencionamos este dato porque Cohen, además de ser un excelente y prolífico traductor y una relevante figura de las letras argentinas, era futbolero de alma. Andrés Ehrenhaus, colaborador habitual de este blog, compartió con él y muchos otros veinte intensos años de exilio en Barcelona y rinde sentido homenaje al amigo perdido que fue, además, quien lo inició, muchos años atrás, en los arcanos de la traducción editorial.





descansá, marcelito


con marcelín jugamos muchos años

formando una pareja de zagueros

que usaba los recursos literarios

para paliar los déficits del juego.

menciono su jugada preferida:

pisaba la pelota en media cancha,

henchía el pecho y alzaba la vista

y ante el asombro general silbaba

como si fuera el almirante nelson

sentado en el barril de trafalgar;

el tiempo se paraba hasta que un lelo

le afanaba la globa sin piedad.

así marcelo voy a recordarte:

sensible, corajudo y elegante.

viernes, 16 de julio de 2021

La editorial Fiordo vuelve a publicar a Al Alvarez


Al Alvarez (1929-2019) fue un poeta y ensayista inglés, de origen judío, que durante muchos años fue el editor de poesía de The Observer. Salvo unos pocos poemas incluidos en antologías es un perfecto desconocido para el público de lengua castellana, error que todavía debe repararse. Su obra de no ficción, en cambio, poco a poco ha ido ganando espacio y lectores. Así, en los últimos años, sus temas de reflexión (la noche, la vida después del divorcio, el acto de nadar, el juego de poker) han ido instalándose en la Argentina, fundamentalmente a partir de la labor de dos editoriales: Entropía y Fiordo. Está última, a La noche. Una exploración de la vida noctura, el sueño y los sueños, volumen publicado en 2018 con impecable traducción de Marcelo Cohen, acaba de sumar El dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio, que revisa el sucidio de la poeta estadounidense Sylvia Plath y la propia tentativa de suicidio, así como otros numerosos casos presentes en la literatura desde la Edad Media a nuestros días. Nuevamente la traducción es responsabilidad de Cohen, lo que es garantía de calidad.


jueves, 8 de octubre de 2020

Marcelo Cohen: diario de un traductor



Todas las sesiones de los siete primeros años del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires fueron g
rabadas por el Centro Cultural de España de Buenos Aires y subidas a una plataforma hoy desactivada.

En su momento, se le pidió al CCEBA una copia de esos materiales para volverlos a subir a youtube, pero el pedido nunca fue respondido. De modo que esos materiales, que quedaron grabados en un CD que el CCEBA nunca entregó, hoy están perdidos para el público. 

Con todo, de tanto en tanto, algunas de esas grabaciones aparecen aquí y allá. Hoy, por caso, la charla que Marcelo Cohen dio en el Club el 3 de mayo de 2010, apareció en el blog mondoescirto.com . 

Quienes deseen verla y escucharla pueden hacerlo copiando este link en Google:

https://www.mondoescrito.com/blog/diario-de-traductor/

 

martes, 23 de octubre de 2018

Seis ensayos recientemente distribuidos


Publicado el 1 de octubre pasado por el Administrador de este blog en la sección Cultura del diario digital InfoBAE, el presente artículo recomienda seis ensayos recientemente distribuidos en la Argentina. Se trata de traducciones y de un libro sobre la traducción.

Seis ensayos que vale la pena leer

Una de las cosas buenas de ya casi no leer novelas (o, al menos, novelas nuevas) es el tiempo que uno tiene para leer ensayos. Y en este sentido, éste está siendo un año excelente por la cantidad y variedad de libros publicados, cuyos temas y desarrollos, si se me permite decirlo así, superan con creces las posibilidades de la ficción.

A la cabeza de todo lo publicado en 2018, hay un libro extraordinario escrito por el prolífico poeta y ensayista británico Al Alvarez (Londres, 1922). Se trata de  Night. An Exploracion of Night Life, Night Language, Sleep and Dreams (1994; originariamente traducido en 1996 como La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, por Marcelo Cohen, para la editorial Norma, de Colombia, ahora reeditado por Fiordo, Buenos Aires, 2018). Si le sirve de referencia al lector, John Le Carré, J.M. Coetzee, Johbn Banville y Philip Roth y Robert Stone han coincidido en señalar que se trata de un volumen excepcional. En él se recorren todos los aspectos imaginables que se vinculan con la noche: nuestro miedo inmemorial a la oscuridad, la forma en la que la hemos ido arrinconando a través del tiempo, la conquista de la noche a través de la luz artificial, los sueños y cómo transcurrieron a lo largo de los siglos, la noche de los escritores, la de la policía, los animales nocturnos, etc. La prosa de Álvarez –magníficamente rescatada por Cohen– es sencillamente deslumbrante. La sencillez de sus argumentos, siempre basados en documentación precisa o en la propia experiencia, justifica los elogios. Se trata de un libro que hay que correr a comprar y leer, y esperar a que alguien continúe publicando los otros ensayos de Alvarez.

Luego, entre las distintas especies ensayísticas poco frecuentadas por los escritores del mundo hispánico, se encuentra la literatura de la naturaleza y de viajes. De larga prosapia en el mundo anglosajón, uno de sus últimos y más interesantes representantes es el inglés Robert Macfarlane (Oxford, 1976), auténtica referencia en su país. Macfarlane estudió en Pembroke College, Cambridge, y en Magdalen College, Oxford, y actualmente es becario en inglés en el Emmanuel College, Cambridge. Entre sus libros más destacados se cuentan varios que se ocupan específicamente del paisaje natural: Mountains of the Mind (2003; traducido por Concha Ardeñoso Sáenz de Miera como Las montañas de la mente, Alba, Barcelona, 2003), por ejemplo, examina nuestra relación con las montañas y lo que generan en nuestra imaginación; por su parte, The Wild Places (2007; traducido por Catalina Martínez Muñoz como Naturaleza virgen, Barcelona, Alba, 2008) es una crónica de experiencias en zonas remotas, principalmente de Escocia e Irlanda. Ahora acaba de ser distribuido en toda Latinoamérica, The Old Ways (2012; traducido como Las viejas sendas, por Juan de Dios León Gómez y con introducción de Miguel Ángel Blanco, Valencia, Pre-Textos, 2017). Si bien los tres libros, en opinión del autor, conforman algo  así como una “trilogía imprecisa sobre el paisaje y el corazón humano”, éste último le ha valido unánimes elogios de escritores como John Banville, Andrew Motion o John Gray, entre otros. Adam Nicholson se ocupó en su momento de reseñarlo para The Telegraph. Allí decía: “Este no es un libro sobre la historia del caminar ni del movimiento centrífugo, sino algo conscientemente establecido mucho más alto que eso: una secuencia de 16 largas meditaciones sobre el lugar que ocupa la caminata en la conciencia humana, cada una en un tramo diferente del mundo, brillantemente realizado.” Como en el caso del paleontólogo Stephen Jay Gould o del psiquiatra Oliver Sacks, acá no sólo cuenta el conocimiento y la reflexión, sino, sobre todo, la calidad de la escritura.

Las mismas características pueden encontrarse en Wunderlust. A History of Walking (2001; traducido como Wanderlust. Una historia del caminar, Hueders, Santiago de Chile, 2016) de la ensayista estadouniense Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961), quien, a lo largo de su dilatada carrera, ha publicado ensayos sobre el medio ambiente, la política, los lugares y el arte. El volumen, distribuido a fines del año pasado entre nosotros, se estructura a partir de una serie de preguntas: ¿desde cuándo caminamos? ¿Somos todos iguales al caminar? ¿Se podría caminar más? ¿Qué implicancia tiene hacerlo de día o de noche? ¿Cambia el sentido si quien camina es una mujer, o si se camina en grupo? Las respuestas vienen desde diversos  campos: la filosofía, la política, la biología humana y, fundamentalmente, la literatura. Y hay de todo: desde las peregrinaciones religiosas hasta las rondas de las prostitutas, pasando por las excursiones turísticas, las marchas políticas y los desafíos deportivos. La lectura es amena y, para los caminantes, este es un libro de lectura obligatoria.

Jean Starobinski (Ginebra, Suiza, 1920) es un historiador de las ideas y un crítico literario poseedor de una merecida fama internacional. De su vastísima obra, importa destacar acá que fue uno de los iniciadores en la segunda mitad del siglo XX de los estudios médico-culturales sobre la melancolía, que sólo concluyó en 2012. A este respecto, su trabajo sobre este tema específico fue dado a conocer a través de diversas obras; entre otras, Histoire du traitement de la mélancolie, des origines à 1900 (Basilea, Geigy, 1960), La mélancolie au miroir. Trois lectures de Baudelaire (París, Julliard, 1989), y L'encre de la mélancolie, (París, Seuil, 2012). Esta última obra, publicada como La tinta de la melancolía, fue traducida por el editor y traductor mexicano Alejandro Merlin (Durango, 1988) y revisada por traductor y revisor Fausto José Trejo, para su publicación en el Fondo de Cultura Económica, de México, en 2017, y sólo recientemente acaba de ser distribuida en Argentina, Chile y Uruguay. Se trata, a no dudarlo, de un trabajo mayor de uno de los mayores críticos que nos legó el siglo XX y probablemente sea uno de los más importantes libros que circulen en Latinoamérica este año. El libro, como se entenderá, recopila medio siglo de investigaciones relacionadas con el tema de la melancolía, desde su aspecto clínico y su evolución histórica hasta su relación con la literatura. Starobinski rastrea los orígenes del tratamiento clínico de la melancolía y examina el concepto en cada una de sus mutaciones: enfermedad, esencia creativa o explosión del ingenio pesimista. Su análisis abarca los trabajos de Robert Burton y Søren Kierkegaard, el diagnóstico de la crisis que sufría Van Gogh, el spleen de Baudelaire y el relato de la destrucción de Troya, entre otros temas.

Y ya que mencionamos a Baudelaire, tal vez valga la pena mencionar en esta muy apretada síntesis, Le siecle de Baudelaire (2014), un volumen del poeta, traductor y crítico francés Yves Bonnefoy (Tours, 1923- París, 2016), que, traducido como El siglo de Baudelaire por Carlos Riccardo y editado por el Fondo de Cultura Económica, acaba de ser distribuido en la Argentina. Se trata, en principio, de una serie de artículos publicados en diversos medios entre 1995 y 2013, que tienen como eje la herencia que Baudelaire y su siglo legaron a los poetas subsiguientes; esto es el descreimiento, la pérdida de religiosidad y la consiguiente banalización de las formas tradicionales de la fe, buscando una trascendencia al margen de la idea de “Dios”. “Baudelaire –anota Bonnefoy– se plantea la pregunta por la existencia de Dios, pero debe resignarse a comprender, al menos en momentos que están en el centro de su atención, que no cree. Ocurrirá lo mismo, de manera más resuelta, pero no por eso más radical, con Mallarmé, con Rimbaud”. Los diez capítulos que ocupan este libro
–algunos de los cuales fueron meras conferencias, participaciones en coloquios o artículos de revistas– tienen por objeto a Baudelaire, a Stéphane Mallarmé, a Jules Laforgue, a Paul Valéry y a Hugo von Hofmannsthal. Hay que decir que la naturaleza abstracta de la lectura se ve por momentos aun más oscurecida por la traducción, acaso demasiado pegada al original.

Para terminar, en el año del bicentenario del nacimiento de Karl Marx, no podía faltar un ensayo que le estuviese dedicado. Sin embargo, vale la pena destacar un libro que se ocupa menos del pensador alemán que desde su obra, y menos desde la teoría política y económica que desde la historia de sus traducciones al castellano. Se trata de La biblia del proletariado. Traductores y editores de El Capital (Siglo XXI, Buenos Aires, 2018), un esplendido ensayo de Horacio Tarcus (Buenos Aires, 1955) que se ocupa minuciosamente de rastrear el contexto y  la trayectoria de quienes tradujeron ese libro trascendente y de quienes lo editaron en todo el mundo hispanohablante. Por sus páginas pasan Juan B. Justo, Manuel Pedroso, Wenceslao Roces y Pedro Scaron, así como las versiones de referencia sobre las que cada uno de ellos trabajó. 

martes, 11 de abril de 2017

"El texto resultante, no el original"

Continuando con la polémica surgida en la edición virtual de la revista Otra Parte, el pasado 6 de abril Kit Maude le respondió a Marcelo Cohen. Quien quiera seguir la saga puede hacerlo remitiéndose a las entradas de este blog del 14 y del 21 de marzo pasados, o seguir los vínculos incluidos en esta entrada.



El terrible poder del traductor, segunda parte.
Las excentricidades del mundo anglosajón

Marcelo Cohen me ha pedido seguir con la discusión sobre el caso Zama en inglés y, como el bobo que soy, he dicho que sí. El suyo es un texto excelente y no me atrevería a criticarlo, con la excepción de un punto: creo que en algunos momentos incurre en un misticismo romántico con respecto al oficio del traductor; un misticismo que, paradójicamente, asegura que las malas traducciones sobreviven y propagan. Yo nunca reprobaría una traducción porque no alcanza las cumbres artísticas del original —esa es una cuestión subjetiva, peliaguda y, a fin de cuentas, imposible de resolver—, pero no creo excesivo pedir que alcance una nivel mínimo de interpretación del texto y calidad de escritura que asegure que no decline el valor del original. Cuando uno va fantaseando dream teams imposibles de escritores (¿Tarantino?) para la traducción perfecta, no creo que sea muy útil para el juicio crítico.

Terminé mi texto anterior con la declaración melodramática de que en este momento hay muchas malas traducciones de escritores argentinos circulando en el mundo anglosajón. Propongo explorar el origen de esta situación, que yo veo como el resultado de varias corrientes históricas. La primera tendencia es la más reciente y no creo que se limite al mundo anglosajón: el declive de la figura del editor. Nuestra primera, o única, defensa contra una mala traducción es el editor del libro en que aparece. Sí, es difícil corregir una mala traducción, pero no imposible. Lo importante es que el editor no vacile en enfrentarse con el traductor incluso cuando este apele al texto original ­—lo importante es el texto resultante, no el original—. El problema es que el proceso lleva tiempo y representa un costo —en términos económicos, intelectuales y emocionales— que las editoriales chicas y no tan chicas no pueden o no están dispuestas a pagar. Podría seguir con este tema por otras cien páginas, pero creo que sería más interesante sugerir algunas de las razones por las que estos editores pueden no identificar las traducciones como malas; por ejemplo, que se no sienten calificados para juzgarlas; y que a veces esas traducciones llegan elogiadas de antemano por los críticos.

La explicación primordial es la insularidad en que los británicos siempre se han deleitado y que han sabido transferir tan efectivamente a sus primos norteamericanos. En la cultura británica, y la mayor parte de la estadounidense, el “otro” es el ser que habla un lenguaje distinto. Desde esa visión nativista no sólo es dable esperar que los extranjeros hablen raro en inglés; es reconfortante: confirma la suspicacia siempre latente de la superioridad de la cultura “nuestra” comparada con la del otro. Sólo hay que leer un diario inglés o estadounidense para verlo: las citas de figuras políticas, culturales y deportivas de otros pagos siempre suenan un poco —o muy— raras hasta en las declaraciones más sencillas. Con un poco más de diligencia traductora, el mundo parecería bastante más acogedor y accesible a sus lectores, pero no sé si esa es una prioridad para estos medios.

No hay en la literatura anglosajona una tradición del escritor-traductor; si se exceptúa a los autotraductores como Conrad o Nabokov, se me ocurre Lydia Davis y no muchos más. Para dar un ejemplo: los argentinos tuvieron la suerte de leer a Kafka de la mano de Borges, mientras los británicos tuvieron que soportar la incompetencia alegre de Willa y Edwin Muir. Por décadas, Josef K. y sus compadres hablaban un inglés bastante excéntrico con acento escocés.

Yendo más atrás en el tiempo, hay que ver los horrores que se cometieron contra textos canónicos como El Quijote o El Decamerón o, de manera más fundamental: la Biblia. No hay que buscar lejos en la literatura inglesa para encontrar a escritores importantes de distintas eras elogiando la “poesía” y “hermosura” de la King James Bible, la primera traducción al inglés de los textos de la Biblia que llegó a una audiencia masiva, y no hay duda de que tiene momentos muy lindos. Sin embargo, la gran mayoría la lee como es: una mala y muchas veces absurda traducción de textos por una mezcla de curas, monjes y eruditos religiosos que no tenían ni la menor pretensión literaria. Las buenas frases no difieren mucho de lo que se encontraría en la obra de los mil monos proverbiales, o su equivalente moderno: Google Translator.

Otra corriente importante en la historia horripilante de la traducción al inglés es la de traducciones de los lenguajes clásicos: latín y griego. Por siglos y hasta bien entrado el siglo XX, la educación de las humanidades en el Reino Unido no consistía en mucho más que traducciones de textos clásicos al inglés. Debería haber resultado en una nación de traductores. El problema, más allá de que para nueve de cada diez alumnos la experiencia —sazonada con el castigo corporal— produjo un rechazo total del estudio de lenguas e inclusive de la literatura misma, fue que el énfasis siempre estuvo en la exactitud de la traducción, no en la calidad del texto resultante. Había que demostrar que uno había entendido los gerundios, no las genialidades de Homero o Virgilio. (Para tener una idea de lo que podría haber sido, basta con leer la obra increíble de Anne Carson, otra escritora-traductora y clasicista).

Y aquí volvemos, de alguna manera, al principio de este texto: el resultado de los procesos que he resumido es que en el mundo anglosajón la traducción siempre ha sido vista como un oficio académico, utilitario, lejos de cualquier propósito artístico. La pregunta ha sido “¿Que dijo el escritor exactamente?”, no “¿Como lo habría dicho si…?”. Esta última cuestión siempre se ha visto como un misterio imposible de descifrar y beside the point: no lo habría escrito en inglés porque no es o era inglés. Es una actitud que todo buen traductor debería combatir y que, desafortunadamente, se consolida con cada nueva publicación de una traducción mala.


martes, 21 de marzo de 2017

"Buen tema para seguir clamando"


En el siguiente número de Otra parte, en su versión on line, Marcelo Cohen, el 16 de marzo pasado, reflexionó a partir del artículo de Kit Maude (ver vínculo a la revista o entrada del 14 de marzo en este blog) sobre la traducción al inglés de Antonio Di Benedetto realizada por Esther Allen en los Estados Unidos.

La escritura como filosofía.
A raíz del artículo de Kit Maude 
sobre la traducción de “Zama” al inglés

Esto no es una réplica. El artículo de Kit Maude me hizo pensar algunas cosas y recordar otras. Voy a tratar de hilarlas.

La escritura de Di Benedetto (DB) es una condensación impar de giros del español del Siglo de Oro y aún más antiguos, modismos de funcionario colonial, acriollamiento de esas herencias en la sorna sentenciosa de la poesía gauchesca, dicción hogareña de origen cuyano (el de DB) y brusquedad casi aforística de un pesimismo aceptador vagamente nietzscheano que después de multiplicarse en conocidos avatares llega, entre otras especies, al tango, ese género tan “existencialista” (un cuento de DB se llama “Sombras nada más”). Podría decirse que ya en los años treinta, Borges había naturalizado este tipo de sincretismo, pero reactualizarlo era extemporáneo en 1956, cuando la narrativa argentina buscaba una emisión sin rodeos ni parodia, dotada de las elipsis ecuánimes de la cuentística norteamericana (así Walsh, Piglia, Conti, Wernicke), y más tarde descubriría la visibilidad del cine y la ligereza de los procedimientos del pop (Puig, Aira). Uno de los pocos que se establecieron en el campo DB —y en el de Juan L. Ortiz, un provinciano de otra región— fue Saer, menos por afinidad sartreana que por confianza en el poder y la grandeza del circunloquio; no en vano desde esa época fue el lector más efusivo de DB. Nunca se llega a una teoría definitiva sobre ningún escritor, claro; por eso toda traducción es transitoria. Pero sobre el estilo DB hay un perfecto resumen de Jimena Néspolo (Ejercicios de pudor. Sujeto y escritura en la narrativa de Antonio Di Benedetto, Adriana Hidalgo, 2004): “Una sintaxis marcadamente escandida, la utilización deliberada de arcaísmos y localismos, un uso anormal del verbo transitivo y de la metáfora en la conformación de imágenes de alta densidad simbólica son los rasgos formales distintivos de esta narrativa ansiosamente interesada —desde sus comienzos— en renovar cualquier molde, género o categoría textual rígidamente instituida”.

Esto no quiere decir que DB fuera un apartado. En los setenta, miembros de la bohemia literaria porteña se preocupaban por ordenarles a jóvenes aspirantes que leyeran inmediatamente la edición de Zama que el Centro Editor de América Latina había publicado en una colección de quioscos y conversaban sobre la novela con un deslumbramiento casi igual al de los lectores de hoy. La leí en esa edición; volví a leerla en la de los ochenta en la colección azul de Alfaguara y, hace unos años, en la de Adriana Hidalgo. Pero si lo pienso ahora, el efecto más poderoso de esa escritura viene del choque entre la arrogancia sombría de la emisión y las constantes series de maniobras que Zama (y otros personajes de DB) no pueden dejar de hacer para satisfacer sus anhelantes ínfulas o pagar las deudas de conciencia, en realidad un solo trámite interminable cuyo ajetreo sólo se interrumpe con la muerte, habida cuenta de que la Gran Deuda es con algo mucho más lejano y tan alto que no se ve, Dios o sus mutaciones. La onda de ese choque distancia la mirada y la situación se vuelve al mismo tiempo lacerante, embarazosa y ridícula; la pretenciosa hidalguía de Zama se diluye a medida que deambula por un espacio-tiempo deducible pero sin coordenadas precisas, y el vaivén entre acción compulsiva y dilación se resuelve en estancamiento, como si, a fuerza de esperar la oportunidad de pagar, la neurosis mostrase su hilacha de disparate. Nada de esto se puede consumar sin un sentido de la comedia cercano a la caricatura que no veo en Dostoievski ni en Camus (por mucho que en efecto DB los leyera), pero sí en Kafka, desde luego, y en una línea literaria que va desde los villanos de Christopher Marlowe a Beckett, el de Molloy o el del cuento “Primer amor”. El medio es una rítmica narrativa que el lector oye como pasos sobre un terreno poceado. La de DB está bien clara en “Aballay”, un cuento posterior a Zama. En un impreciso pasado argentino en que todavía hay indios sueltos, el paisano Aballay oye disertar a un cura sobre los estilitas, esos anacoretas de la Edad Media que se montaban de por vida a pilastras para alejarse de la tierra, acercarse al cielo, y en la incomodidad y la reducción expiar sus faltas o las de los semejantes. El huraño Aballay toma nota: él necesita purgar porque en una noche de alcohol mató a un hombre y ahora lleva grabada la mirada del hijito del muerto, que estaba ahí. Pero como en el llano no hay columnas que sobrevivan de templos antiguos, y él no puede quedarse quieto con el remordimiento, opta por montarse en su alazán, no sin advertirle (al caballo) que “es para siempre”. Empieza una vida de penurias y reorganización de los hábitos. Un día en un rancho lo convidan con achuras; por otros largos días pasa hambre. Enlaza un caballo cimarrón y lo usa para darle descanso al suyo. Visita una pulpería y tiene suerte en la taba pero no puede recoger la ganancia. Intenta cazar ñandúes, cuyas plumas le ofrece comprarle un buhonero. Hace fuego en desniveles del terreno. Se fríe una mulita en el caparazón. Pasa mucha sed. Sueña que está en una columna, que en la de al lado hay un viejo que despide agua por el pecho y se despierta en el barro, tumbado por la lluvia; pacta un armisticio con un comisario; durante una temporada ayuda a una carretera con hijos y un marido enfermo. Aguanta el solazo del verano y por poco no muere helado en invierno. Con otras peripecias más y el correr de los años muchos lo conocen “de mentas”: Aballay es el casi santo que lleva una cruz de palitos colgada al cuello y nunca se baja del caballo. Aprende a rezar hincado en la silla y a veces delira. Un día se le aparece un zaparrastroso y Aballay reconoce al hijo del hombre que él mató. Hay una refriega, decide desensillar para ayudar al otro, que está sangrando, y el otro le clava el cuchillo en el vientre. A último momento se justifica por haber infringido la penitencia. “Por causa de fuerza mayor, ha sido…” murmura. Después muere “con una dolorosa sonrisa en los labios”. Es que la disciplina que se impuso lo llevó a vivir apremiado por dilemas severos (¿le está permitido lavarse?; ¿cómo se reza arrodillado en la silla?). Pero el efecto de chiste proviene del aparato de contorsiones, soluciones prácticas repetibles, tabúes y economía ambulatoria que se crea Aballay para cumplir su penitencia: descolgarse por el flanco del animal, pendiendo de un solo estribo, para acercar la cara a flor del agua y beber. Buscar una falla del terreno para que el desnivel permita servirse de la parte alta como mesa o fogón. Programar la mateada y el acrobático acto de evacuar, o adecuar la limpieza al régimen de lluvias para no abusar de la licencia de apearse. Gestionar las monedas de una rastra, calibrar la vía media entre lo que el otro aceptará como forma de fe o tomará como una payasada o una ofensa. En la forma de ascetismo que es la penitencia no hay derroche ni aflojamiento. Como toda expiación administrada, sigue y sigue, y da risa hasta que uno oye en cada frase los cascos del caballo y oye el paso de su propia mente y traga saliva. Como en el deambular peripatético de los vagabundos de Beckett, pasos de suelas, no de cascos de caballos, es lo que se oye en las idas y venidas de Zama: el lenguaje se vuelve sobre sí mismo; los remolinos chupan el sentido pero dejan escapar por la tangente un hilo de afán de pagar, una pretensión de conducta que si a algo se encamina es a la mutilación, luego a la extinción, y deja las huellas de su rara locura. Yo no achacaría a los reseñadores del Zama en inglés no haber captado estas cosas. Lo pernicioso es dirigir la atención del lector a las fuentes filosóficas de la novela y el sufrimiento y la postergación personales de DB, que no fue el único gran escritor en padecerlos, sin darse cuenta, como si no fuese hora, de que la filosofía de DB es su escritura.

“Ahí estábamos, por irnos y no”: la verdad (no soy traductor inverso), me cuesta imaginar un equivalente inglés de todo lo que resuena en esta dicción zumbona, práctica y amarga. La traducción dice: “There we were: Ready to go and not going”; igualmente lapidaria; sólo que “listos para irnos” no es lo mismo que “por irnos”. He conversado varias veces con Esther Allen y me consta que es una traductora con el oído adiestrado in situ en muy distintas variedades del español (Galicia, Cuba, Argentina…), rastreadora no sólo de contextos sino de las superficies del lenguaje y, como los traductores que creen que al fin todo puede traducirse, aplicada a la búsqueda de acuerdos temporales para problemas a la larga irresolubles. Si alguien quiere entrar un poco más en la cuestión, en el sitio del National Endowment for the Arts (Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos) puede leer el proyecto que Allen presentó para pedir una ayuda y la traducción de un fragmento, con el correspondiente original . Un ojo clínico intolerante detectará en seguida que Allen tradujo el afectado “fastidio” como “peevishness” (que más bien es “malhumor”); el modulado “fumador tenaz” (suena a Borges) por el más moderno y corriente “tremendous smoker”; y el giro “Así no andará”, un modo bastante castizo, por “That way, it will not work”, más aterritorial, más tópico (pero, ojo, igualmente conciso). Como sé con qué alarma uno relee sus traducciones al cabo de un par de años, sería de mala fe poner el acento en estos detalles. Lo que interesa es el abordaje de un estilo cuya recreación fue, dice Allen, uno de los mayores retos con que se enfrentó en su vida, y que caracteriza como choppy, oblique, veering and jolting from sentence to sentence: “picado, oblicuo, que tuerce y se sacude de frase en frase”. El resultado de esta mirada es una prosa de pulso oscilante, fundada en una severidad obcecadamente soberbia y cambios de humor inopinados. Si se trata de debatir, diría que es una solución muy atinada pero más austera que el original, sin su gama sonora, sus reverberaciones morales, sentimentales y libidinales. Lo que hizo Allen fue extender la ambigüedad: llevarla de la textura polisémica de cada frase al conjunto de escenas de cada secuencia, y de las secuencias a toda la novela, posiblemente para resguardar la significación. Dicho de otro modo: prefirió reflejar la movilidad de la prosa antes que la densidad diacrónica del sonido. Comparto con Maude que toda traducción pide una lengua particular, pero no sé qué considera él que debería haberse hecho para mantener el espesor del sonido y la peripecia mental con una lengua inventada ad hoc. A mí lo único que se me ocurre como símil del estilo DB (una impertinencia, porque no soy traductor inverso) es un cóctel de inglés isabelino depurado por Santayana (o por Conrad), alta retórica de estadista estadounidense (Jefferson, Lincoln, Obama) y divagación socarrona de diner del Middle West; y me gustaría tener en cuenta cómo confluyen a veces esas líneas en la elocuencia delirante, inconducente y psicopática de los villanos de Tarantino y algunos de sus héroes. Lo digo con mucha cautela, sólo para mantener la conversación. No juraría que esa mezcla sea factible. En cambio, sí creo que Allen prefirió conservar, aparte de la ambigüedad total de la novela, la turbulencia de un trato con la lengua madre —amor, deseo de posesión y de independencia, sarcasmo, cultivo ampliado, uso liberado— que la prosa de DB manifiesta como pocas. No parece que los reseñadores se hayan puesto a considerar la elección, sus porqués, sus consecuencias. La muy leída reseña de la New Yorker desplaza la cuestión a otro lado; en el título se refiere a Zama como una “desatendida [neglected] obra maestra sudamericana” y más adelante se pregunta si podrá ser que “la Gran Novela Americana” (de toda América) fuera escrita por un argentino; remite al gran crítico Alfred Kazin, que “señaló la tradición americana de soledad inútil”, un asunto que ya en 1982 había centrado el discurso de García Márquez en la recepción del Nobel. La lista de candidatas a Gran Novela Americana es bastante larga y no sirve de gran cosa porque arrumba las peculiaridades del lenguaje, la política de una poética, en la estrechez de la política reivindicatoria y la metafísica. Da la impresión de que los reseñadores se quedaron sin conocer lo esencial del trabajo de Allen; qué se preocupó por transportar y qué dejó de lado en pro de la integridad. No es raro: sabemos que la mayoría de los críticos evalúan las traducciones sin compararlas con los originales, demasiadas veces porque no sabrían leerlos. Es decir: el “tremendo poder del traductor” viene muy ayudado por las limitaciones de los comentaristas; y en definitiva, por la presión envolvente de la industria editorial y periodística. En nuestro medio de tarifas agraviantes para los dos gremios por igual, los daños posibles para libros y lectores se agravan. Uno agradece que Maude traiga todo esto a colación: buen tema para seguir clamando. Sin olvidar el escandido, la dicción, las frases.