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viernes, 24 de octubre de 2025

Publican en México una "Obra selecta" de Antonin Artaud

El pasado 12 de octubre, en La Jornada Semanal, el poeta y crítico mexicano José María Espinasa comenta el primer volumen de lo que tal vez sea la edición más completa de la obra de Antonin Artaud en castellano.

Antonin Artaud, el hereje del surrealismo

La frase bretoniana que señala a México como la patria del surrealismo es, lo sabemos, más un eslogan publicitario que una idea profunda. Sin embargo, la historia ha tejido curiosas relaciones con el movimiento, paradigma de los vanguardismos de los años veinte del siglo pasado, y no pocas veces, retrospectivamente, ese señalamiento se ha cargado de una mayor verdad. México, que en aquellos años aspiraba a la modernidad, paradójicamente es visto como un país fuera del tiempo, en el que subsisten mundos arcanos que permiten tanto excesos demagógicos para sustentar un nacionalismo tramposo como aventuras en busca de umbrales de la percepción. La escritora Fabienne Bradu ha analizado el paso por México de Breton, Benjamín Peret y Antonin Artaud con rigor y tino. Tal vez sea este último, considerado uno de los más radicales herejes del surrealismo, quien más se vio afectado por su experiencia mexicana.Con Artaud en México suele haber un movimiento pendular: a veces se le lee mucho, a veces se olvidan de él, hasta que el movimiento del péndulo va de regreso, y a cada regreso ese movimiento revela nuevos matices. En Artaud se dan cita muchos de los rasgos más radicales del surrealismo: el teatro como ceremonia mágica, la búsqueda multidisciplinaria ‒quién puede olvidar su intervención actoral en la película Juana de Arco de Dreyer, obra maestra del cine mudo en la que al rostro del escritor se le escucha gritar en ese silencio‒, el enfermo psiquiátrico más allá de la locura, el cultor de una escritura que en su fragmentación hace volar los límites genéricos.

Reflejado en el siglo XIX se podría pensar en él como el Nerval reencarnado en su búsqueda onírica: el secreto está en el sueño. Ahora, contaminados por el racionalismo contemporáneo, ¿cómo entender sus búsquedas de la alteridad a través de las drogas y el mito?

Esta última condición lleva a veces, como ocurre con Hermann Hesse, a considerarlo una lectura adolescente. Es evidentemente un error que sin embargo se vuelve cierto, como ocurre con autores en su cauda, como Malcolm Lowry o los escritores beatniks. La alteridad innegable de ciertos rasgos de la cultura mexicana ha provocado tanto la fascinación como el violento rechazo de escritores muy diversos: no deja inmune. Artaud buscaba el fin del mundo a la vez que se buscaba a sí mismo y su literatura excede, gracias a la intensidad de esa búsqueda, la capacidad expresiva del idioma francés. Si Cioran dijo alguna vez, y con razón, que el francés era una lengua exhausta, capaz del mayor matiz posible pero ya incapaz del grito, Artaud es uno de los que aún oímos gritar, como en el film silente mencionado líneas arriba.

¿Cuál es la razón de que me esté refiriendo a este autor? Bueno, es que el asiduo a las librerías se puede encontrar un grueso volumen, más de 700 páginas, de Obra selecta de Antonin Artaud publicado por Sexto Piso y la UAM, y que se anuncia como primer volumen. Curiosamente, no se consigna quién o quiénes son responsables de la selección ‒suponemos que Rodolfo Suárez Molinar y Philippe Ollé-La Prune, que aparecen como responsables del concepto y la dirección editorial en la página legal‒, ni cuántos tomos van a ser. El libro está muy bien pensado para dar una idea del calado de este autor en la literatura y en el arte contemporáneos, con secciones diversas acompañadas de textos críticos. Su aparición es una gran noticia para los lectores y era una asignatura pendiente para la edición mexicana, y una oportunidad ideal para volver a leerlo. En él, de manera subrayada, se muestra esa ambición de las vanguardias que, en su búsqueda de una radical modernidad, busca también una raíz mitológica: el tiempo del origen y el tiempo del instante se persiguen uno a otro y quieren encontrarse en la obra creativa.

A cien años de las vanguardias, éstas siguen siendo no sólo un referente histórico sino un presente, más necesario en una época que parece carecer de aventuras creativas. Y entre los surrealistas, Artaud sigue siendo el menos comprometido, el más misterioso. Por otro lado, a la vez Artaud puede ser un puente distinto a los convencionales que reúnen a las vanguardias con el clasicismo francés.

Al prólogo de Eduardo Milán que introduce al volumen sigue una sección de cartas y las primeras son a Jacques Rivière, gran factótum de La Nouvelle Revue Française en sus orígenes, y que lamentablemente muere pronto. La revista es, desde luego, el lugar del clasicismo francés ‒el de Paul Claudel, Paul Valéry, André Gide‒, pero ese lugar también estuvo abierto para los surrealistas y la pugna entre ambos polos nunca fue una ruptura y muchos de los vanguardistas se volverían clásicos. El mejor ejemplo es Breton. Eso, sin embargo, no ha sucedido con Artaud, que sigue siendo un autor, si no incómodo, sí elusivo para la literatura francesa. Ello se debe a que el sentimiento de insatisfacción ante lo escrito, al extremo de cuestionarse si el arte de verdad podía expresar las inquietudes y la angustia que vivía, está siempre presente en sus páginas. Artaud no quiere hacer literatura sino nombrar la vida en toda su complejidad. Por eso no se le puede aplicar la palabra literato (esa la podemos dejar para el más bien decorativo, aunque con genio, Jean Cocteau). Esta Obra escogida es, pues, un motivo espléndido para volver a hacernos las preguntas que se hizo Artaud y para subrayar la vigencia más allá de las fechas, de su escritura.

lunes, 30 de mayo de 2022

Antonin Artaud, traducido en Chile

El pasado 20 de mayo, Pablo Retamal N. publicó en el diario La Tercera, de Chile, una reseña a una reciente antología de Antonin Artaud, compilada y traducida por Galo Ghigliotto para la editorial Alquimia, del editor Guido Arroyo. Puede leerse a continuación.


Poemas y una carta a Hitler: Artaud, la escritura que quema preguntas

 “Ahí donde otros proponen obras yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu”, fue lo que anotó Antonin Artaud al inicio del poema que abre su célebre libro El ombligo de los limbos (1925), como una especie de declaración de intenciones de su trabajo creativo, amén de su espíritu inquieto y exploratorio.

Nacido en Marsella, en 1896, Artaud fue uno de los escritores franceses relevantes de la primera parte del siglo XX. Poeta, sí, pero también ensayista, dramaturgo y escritor de interesantes cartas. Pero con él, pasa lo mismo que con otros escritores de antaño: su obra es difícil de rastrear debido a una dispersión editorial.

Hoy, la chilena editorial Alquimia Ediciones acaba de sacar a las librerías un volumen que contribuye a subsanar esa situación. Deriva Artaud, se llama, y compila poemas, cartas inéditas en castellano, manifiestos, ensayos, fotografías y otros escritos del francés, el mismo que inspiró el nombre del célebre álbum de Pescado Rabioso, de 1973. Los textos fueron traducidos por el destacado escritor chileno Galo Ghigliotto, quien además hizo el prólogo.

“La gracia particular de este libro radica en tres zonas: primero, la selección y el montaje de textos propuestos, se eligió una suerte de misceláneos de la obra de Artaud, desde sus poemas más comunes a cartas, manifiestos. Es un viaje. Otro rasgo es la traducción de Galo Ghigliotto, es muy distinto cuando un autor es traducido por otro escritor, por la sensibilidad estética de la traducción, en ese sentido, es un libro que fluye muchísimo en términos rítmicos”, señala a Culto el poeta Guido Arroyo, director de Alquimia Ediciones.

“Por último, este libro está acompañado de una serie de fotografías, está el pasaporte, los padres, la hermana, retratos, autorretratos –agrega Arroyo–. Pensamos un montaje visual que permite a los lectores y lectoras acercarse a la biografía de Artaud para potenciar este efecto de deriva. Es ideal tanto para la gente que quiera profundizar en algunas zonas de Artaud, como para lectores que lo quieran leer por primera vez”.

Consultado por Culto, Galo Ghigliotto –también director de Ediciones USACH– comenta qué fue lo más complejo de traducir de Antonin Artaud: “Es un escritor de gran profundidad, lo que le lleva a producir versos y frases medio espirales que giran muchas veces sobre sí mismas, haciendo que el sentido esté a punto de perderse. Pero no lo pierde. Ser fiel a esa velocidad de la idea en la frase, es un asunto no sé si complejo, pero al menos desafiante”.

Artaud fue un autor bastante arrojado. “Mi rabia no cambiará las cosas por completo / sí, las cambiará por completo / lo cual significa que vendré a ser lo que no dejo de lamentarme / de no haber sido”, anotó en su poema “Mi rabia” (1946); o en su manifiesto llamado “¡La revolución primero y siempre!” (1925) donde alabó a la Rusia de Lenin y criticó a los países occidentales, recientes vencedores de la Primera Guerra Mundial. Aunque sus dardos apuntaban a la superestructura sociopolítica. “Queremos proclamar, antes incluso de contarnos y ponernos a trabajar, nuestro desapego absoluto, y en cierto modo nuestra purificación, de las ideas todavía muy frescas que están en la base de la civilización europea e incluso de toda civilización basada en los insoportables principios de necesidad y deber”.

Ese rasgo de constante inquisición a su tiempo es algo que destaca Galo Ghigliotto: “Creo que Artaud presenta una escritura del ‘respondimiento’, es decir, nos presenta respuestas a una serie de preguntas que no podemos ver o que ya ha ‘calcinado’. En El ombligo de los limbos declara: ‘la vida se trata de quemar las preguntas’. Artaud viene a romper estructuras y luego explicar porqué lo hizo. Todo ese ejercicio de golpe y desintegración da como resultado una escritura llena de partículas diversas, polvo y fragmentos, que hacen tan valiosa su poesía, su dramaturgia, etc”.

Por su lado, Guido Arroyo opina: “Es una obra que carece de límites, tanto estéticos como temáticos. A la vez, es una escritura que siempre abordó áreas muy visitadas por la literatura occidental, tópicos como la muerte, el sentido de la existencia, los límites de las adicciones, pero siempre lo hizo desde una forma luminosa y profundamente original. Es una de las obras en que si uno logra ingresar y develar las capas estéticas que propone, el lector se vuelve un seguidor inapelable de la obra y eso lo vuelve muy atemporal”. 

Las habladurías del mundo

Entre los interesantes materiales que incluye Deriva Artaud, hay una carta que el francés le escribió al mismísimo Adolf Hitler, “posiblemente en septiembre de 1939″, se indica en el libro. La redactó a mano, en una época en que el Führer llevaba 6 años como canciller, ya había desplegado todo su poder para establecer el Tercer Reich, y además, son los días en que Alemania invadió Polonia, hecho que hizo estallar la Segunda Guerra Mundial.

La carta se quedó en los papeles que Artaud escribió durante su paso por el hospital siquiátrico Villa Evrard y nunca fue remitida a su destinatario. De hecho, el tono es bastante ambiguo, parte de ella señala:

“Naturalmente, querido señor, esto es más que una invitación: es sobre todo una advertencia. Por favor, siéntase a gusto de hacer como todo Iniciado de no tener en cuenta o de hacer como que no tiene en cuenta. Yo me guardo. ¡Guárdese!”.

También hay una carta a los rectores de universidades europeas, en 1925, publicada en la revista La Révolution surréaliste, en un modo emplazatorio. “Europa se cristaliza, se momifica lentamente bajo las bandas de sus fronteras, sus fábricas, sus tribunales, sus universidades...La culpa es sus sistemas mohosos, de su lógica de dos más dos igual cuatro, la culpa es de ustedes: Rectores, presos en la red de los silogismos. Ustedes fabrican ingenieros, magistrados, médicos a quienes se les escapan los verdaderos misterios del cuerpo, las leyes cósmicas del ser, falsos eruditos ciegos en la ultratierra, filósofos con la pretensión de reconstruir el espíritu”.

¿Por qué trascendió Antonin Artaud? responde Galo Ghigliotto: “Hay un verso de El ombligo de los limbos que me llamó mucho la atención y por eso va de epígrafe en el prólogo: ‘Ahí donde otros proponen obras, yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu’. Creo que si el espíritu de un creador logra llegar al público de manera contumaz, ya sea a fanáticos o detractores, no podemos más que asimilar una parte de él. Artaud vivió en base a mostrar ese espíritu de todas las maneras posibles y consiguió traspasar su época, continuar creando a través de otros”.

Desde su verja, Guido Arroyo opina: “La obra de Artaud terminó siendo trascendente porque apelaba a una suerte de giro radical o de cambio de paradigma en términos de como llevar una estética a zonas más reflexivas. En su escritura uno no puede encontrar respuestas, sino senderos que se van ampliando y que permiten mirar desde otra óptica la relación con la temporalidad, los límites del sujeto, las percepciones tan moralmente chicas que manejamos en torno a temas como la locura, el uso no recreativo sino funcional de las drogas. Esa escritura proyectó un punto de inflexión siempre vigente”.