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miércoles, 5 de noviembre de 2025

Un homenaje que hoy es libro


En esta ocasión, tenemos la alegría de invitarlxs a la presentación de Modelar lo foráneo. Diálogos críticos con Patricia Willson sobre la traducción en Argentina, editado por Griselda Mársico y Andrea Pagni. Se llevará a cabo el viernes 14 de noviembre a las 18.30, en el auditorio “Jorge Luis Borges” de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (Agüero 2502, CABA) y se podrá seguir por reunión virtual, en nuestro link habitual: https://meet.google.com/xwx-qidp-wvg.

El libro compila los trabajos compartidos durante el Encuentro en Homenaje a Patricia Willson, “Historia y teoría de la traducción en la Argentina de los siglos XX y XXI”, realizado entre el 9 y el 11 de agosto de 2023 en el SPET, también bajo la coordinación de Griselda Mársico y Andrea Pagni.

Participaron del volumen Sylvia Saítta, Andrea Pagni, Santiago Venturini, Griselda Mársico, Laura Fólica, Claudia Fernández Speier, Martina Fernández Polcuch, Gabriela Villalba, Ilse Logie, Roberto Bein y Sofía Ruiz. Incluye una serie de fotografías de Uwe Schoor expuestas durante el Encuentro y una entrevista a Patricia Willson.

La presentación estará a cargo de Patricia Willson y contará con la moderación de Sofía Ruiz.

martes, 1 de agosto de 2023

El SPET homenajea a Patricia Willson, su fundadora

El año próximo nuestro Seminario cumple 20 años y, para empezar a celebrarlo, Andrea Pagni y Griselda Mársico organizaron un Encuentro en homenaje a Patricia Willson, titulado "Historia y teoría de la traducción en la Argentina de los siglos XX y XXI"



Expondrán investigadorxs argentinxs y extranjerxs vinculadxs académicamente con Patricia. El encuentro es abierto al público y se desarrollará entre el 9 y el 11 de agosto, en modalidad híbrida (presencial y virtual).

El programa y demás informaciones ya están disponibles en Linktr.ee/spet.llvv.

miércoles, 10 de abril de 2019

Patricia Willson abre el año en el SPET

En el primer encuentro del año, que tendrá lugar el jueves 11 de abril de 2019 a las 18.30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada Patricia Willson expondrá en el SPET sobre el tema “Los estudios de traducción: ¿un deporte de combate?” 

Patricia Willson es doctora en letras por la UBA y traductora por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Es autora de La constelación del Sur. Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2017, 2ª ed.) y de Página impar. Textos sobre la traducción en Argentina: conceptos, historia, figuras (Buenos Aires, EThos, 2019). Es coeditora con Valérie Bada, Céline Letawe y Christine Pagnoulle de Impliciter/Expliciter. L'intervention du traducteur (Liège, Presses universitaires de Liège, 2018), y con Andrea Pagni y Gertrudis Payàs de Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina (México, UNAM, 2011). Ha traducido, entre otros autores, a Roland Barthes, Paul Ricœur, Gustave Flaubert, Jean-Paul Sartre, Richard Rorty, Mary Shelley, Mark Twain, H.P. Lovecraft, Jack London. Fue docente del IES en Lenguas Vivas y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y profesora-investigadora en El Colegio de México. Actualmente enseña en la Universidad de Liège, Bélgica. Es miembro fundador de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Traducción e Interpretación (ALAETI) y de la Asociación Internacional de Estudios de Traducción e Interculturales (IATIS). 

Lectura sugerida

Ethics of Renarration. Mona Baker is interviewed by Andrew Chesterman.
en: Cultus. The Journal of Intercultural Mediation and Communication. 2008,1, pp. 10-33.


Quienes confirmen su asistencia recibirán por correo electrónico el material de lectura sugerida para este encuentro.

Quienes tengan previsto solicitar un certificado de asistencia (un servicio gratuito del SPET), por favor no se olviden de firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.

miércoles, 18 de abril de 2018

El SPET se despierta en abril con Patricia Willson

Griselda Mársico y Uwe Schoor, han hecho llegar al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires la siguiente información:

En el primer encuentro del año, que tendrá lugar el Miércoles 25 de abril a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), tendremos el placer de entrevistar a Patricia Willson, fundadora del SPET. La actividad tiene por título “’... pero sí sé que se reflexiona más’. Cambios en los Estudios de Traducción entre las dos ediciones de La Constelación del Sur (2004, 2017)”
  
Patricia Willson es doctora en letras por la UBA y traductora por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Es autora de La constelación del Sur. Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2017, 2ª ed.) y coeditora con Andrea Pagni y Gertrudis Payàs de Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina (México, UNAM, 2011). Ha traducido, entre otros autores, a Roland Barthes, Paul Ricœur, Gustave Flaubert, Jean-Paul Sartre, Richard Rorty, Mary Shelley, Mark Twain, H.P. Lovecraft, Jack London. Fue docente del IES en Lenguas Vivas y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y profesora-investigadora en El Colegio de México. Actualmente enseña en la Universidad de Liège, Bélgica. Es miembro fundador de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Traducción e Interpretación (ALAETI) y de la Asociación Internacional de Estudios de Traducción e Interculturales (IATIS).

jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Los tiempos están cambiando?

El 24 de septiembre pasado, el poeta y escritor Osvaldo Aguirre publicó la siguiente nota en el suplemento de cultura del diario Perfil. Según se lee en su bajada, “El traductor pasó, al menos en Argentina, de un lugar subalterno a uno preponderante. Aunque algunos creen que aún queda mucho por conseguir, lo cierto es que éste dejó de ser un trabajador en las canteras del mundo editorial. Las versiones icónicas de muchas de las mejores obras de los mejores escritores del siglo XX sirven de trampolín criterioso para emprender con entusiasmo la tarea en pleno siglo XXI”.

Los traductores visibles

Desde hace un tiempo se reúnen, activan por sus derechos, reclaman una ley que proteja su actividad de editores inescrupulosos. Tienen blogs y desarrollan plataformas donde publican sus trabajos y los de sus pares. Sus nombres, antes relegados a un cuerpo menor en la página de los créditos, como le ocurría al personaje de Rodolfo Walsh en el cuento Nota al pie, ahora se distinguen claramente en la portada de los libros. La academia les consagra una disciplina específica de estudios. Los traductores, por fin, dejaron de ser invisibles.

“La visibilidad reciente de los traductores tiene que ver con la progresiva profesionalización de los traductores literarios: contratos, subsidios estatales para la traducción, derechos de autor sobre la traducción, asociaciones profesionales, premios nacionales e internacionales, estudios universitarios de traducción. En cualquier caso, una profesionalidad bastante más tardía que la de los escritores y mucho más inestable”, dice Marietta Gargatagli (Paraná, 1948), profesora en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona y una de las grandes referentes en los estudios sobre la cuestión en lengua castellana.

No obstante, agrega Gargatagli, la invisibilidad del traductor persiste como condición estética y problema teórico. “Una buena traducción debe cumplir el pacto de ficción que propone todo texto traducido: debemos leerlo como si fuera el original. Más allá de cualquier consideración, a esto aspira el buen lector de buena literatura”, dice.

Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956), creador del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, comienza por plantear su desconfianza ante los estudios literarios. “La academia argentina, a través del tiempo, ha dado numerosas muestras de insensibilidad y no pocas de franca imbecilidad –dispara–. Para muchos académicos la literatura argentina es sólo la novela. La poesía, el ensayo y la literatura dramática son, en líneas generales, olvidos permanentes”. Tampoco cree que la situación de los traductores haya cambiado tanto: “Ser traductor visible es una cuestión de suerte: de publicar el texto adecuado, en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Existen muchísimos traductores francamente brillantes que nunca son ni fueron visibles. La única novedad importante es que sí, efectivamente, hoy en día los traductores dejamos de estar aislados”.

La reciente reedición de La constelación del Sur, el ensayo de Patricia Willson, repone una obra insoslayable sobre la traducción en la literatura argentina del siglo XX. Entre 2004, cuando el libro apareció por primera vez, y la actualidad, la traducción pasó a ocupar un lugar distinto en la cultura nacional. “Estábamos saliendo de la crisis de 2001 –recuerda Willson (Buenos Aires, 1958)–. Si se consultan los datos de la Cámara Argentina del Libro, se advierte que hubo entonces una curva ascendente de publicaciones, a partir de un piso muy bajo, con un aumento concomitante en el número de traducciones que entrañó la incorporación de nuevos traductores al sector del libro. La aparición de editoriales independientes que traducen es un dato muy importante en este contexto. Paralelamente, se produce la institucionalización de la disciplina específica, la traductología”.

Para Gargatagli, después de 2001 las nuevas editoriales independientes fueron el lugar donde revivieron “las lenguas con entonaciones argentinas”. En la primera década del siglo surgieron maestrías de traducción en Argentina, México, Chile, Colombia y Uruguay. “Una de las finalidades de la aparición de posgrados era darle visibilidad a la práctica traductora e, indirectamente, promover la mejora de la condición laboral de los traductores –dice Willson–. Esto, desde luego, es más difícil de lograr que la institucionalización de la disciplina, porque hay intereses económicos de por medio”.

Traducciones ejemplares. 
La historia de la literatura argentina podría contarse a través de las traducciones que incorporó. Una versión muy incompleta podría incluir las traducciones de Jorge Luis Borges de Las palmeras salvajes, de William Faulkner; las de José Bianco, como Malone muere, de Beckett, o G., de John Berger, un año después de su publicación en inglés; las obras completas de Poe trasladadas por Julio Cortázar, Moby Dick y Lolita en versiones de Enrique Pezzoni, la poesía de François Villon por Rubén Reches, y Graham Greene y Albert Camus por Victoria Ocampo.

Jorge Fondebrider mejora esa posible historia: “Las traducciones de poesía francesa de Raúl Gustavo Aguirre son ejemplares. Por caso, no conozco ninguna versión mejor de Mallarmé que las que él hizo. Otro traductor admirable es Lysandro Galtier, que nos dio un Oskar Vladislas de Lubicz Milosz excepcional. J.R. Wilcock hizo magníficas versiones de T.S. Eliot, y también de Jack Kerouac. Es lo primero que me viene a la memoria. O el Durrell del Cuarteto de Alejandría, que tradujo Aurora Bernárdez”.

La traducción en la Argentina suele evocar una edad dorada en que la industria editorial tenía una posición de liderazgo en la producción en lengua española. “Ligados a determinados proyectos editoriales, aparecieron traductores que entendían la traducción de manera bastante diversa. Cuando traducimos experimentamos el antagonismo entre la restitución de la letra o la del sentido”, dice Willson. En Las dos maneras de traducir (1926), Borges vio sendas concepciones de la literatura: “Los literales son románticos, personalistas, creen en el genio creador y desconfían de la traducibilidad total. Los perifrásticos o libres, por el contrario, son clásicos, creen en la obra, más allá del sujeto que la produjo. Victoria Ocampo y Bianco encarnan esta estructura de disenso que está presente en toda práctica de la traducción y, en ese sentido, son prototípicos”.

Gargatagli destaca “la existencia de una industria editorial argentina” como elemento central en el desarrollo de las traducciones durante el siglo XX. “Borges y Bioy Casares, y Bianco, aunque de otro modo, tradujeron, inventaron el género fantástico, crearon el canon de lo policial-literario y participaron o fomentaron los debates sobre la traducción que estuvieron presentes muy enfáticamente en los debates sobre literatura de la Argentina. Actuaban dentro del sistema editorial pero al margen, lo que describe cómo era ese sistema. Algo de esto sigue vivo en las editoriales independientes de la Argentina”.

Las traducciones provocan efectos de sentido en la recepción de las obras que pueden pasar inadvertidos. En La constelación del Sur, Willson señala que la introducción de Faulkner a la literatura latinoamericana, traducción mediante de Borges, no se produjo a través de lo más logrado de su obra. “Cuando se traducen textos estrictamente contemporáneos es difícil estar seguro de que lo que se traduce por primera vez terminará siendo, con el tiempo, lo mejor del escritor –dice la ensayista–. A veces, el detonante para una primera traducción es la obtención del Premio Nobel. Hay ejemplos recientes más que elocuentes: Pamuk es uno de ellos”.

El nombre del traductor es determinante. “Las primeras traducciones, sobre todo cuando son realizadas por alguien del peso de Borges, dejan una marca importante en la cultura receptora –agrega Willson–. Por ejemplo, no sé si The Turn of the Screw es el mejor libro de Henry James, pero sí sé que Otra vuelta de tuerca, la versión de José Bianco, para muchos argentinos e hispanoamericanos es ‘la’ novela de James. De ahí que sea tan interesante pensar los fenómenos de retraducción: ¿contra qué tradiciones de lectura están funcionando?”.

En el caso de Faulkner, “las cosas son más complicadas, porque antes de la traducción de Borges de The Wild Palms, el poeta cubano Lino Novás Calvo ya había traducido Sanctuary, versión que hoy cuenta con varias ediciones pero que, en el momento en que Borges emprende su versión, era prácticamente inhallable en el Río de la Plata. Además, en aquel momento (1939), había dos ediciones en inglés de The Wild Palms, una estadounidense de Random House y otra inglesa de Chatto & Windus; Borges se basó en esta última, que está censurada, no es idéntica a la de Random House”.

Apto para cincuenta lenguas.
Después del golpe de 1976, dice Marietta Gargatagli, “de esa riqueza interminable, como la llamaría Edgar Bailey, sólo sobrevivió la poesía. Las reflexiones más profundas sobre tradición, traducción y lengua literaria, la sobredeterminación característica de la literatura argentina: leer, traducir, escribir, debatir, la búsqueda de horizontes lejanos, nuevos o poco frecuentados, la relectura de los clásicos, la revisión de los modernos, ocurrieron en el escenario de la poesía”. En buena medida por la acción de “editores argentinos de memoria inolvidable como José Luis Mangieri, que contribuyeron a la continuidad de una forma de traducir: haciendo literatura”.

En la narrativa, el panorama fue muy distinto. “La hegemonía comercial de las editoriales peninsulares que tienen ahora los derechos de autor de todos los autores argentinos –con muy pocas excepciones, como César Aira– modificó radicalmente la relación traducción/escritura”, dice Gargatagli, doctorada con una tesis sobre Borges y la traducción, coautora con Nora Catelli de El tabaco que fumaba Plinio. Escenas de la traducción en España y América (1998) y habitual colaboradora de El Trujamán, la revista de traducción del Centro Virtual Cervantes. “Se traduce lo que proponen esos conglomerados, se lee siguiendo las recomendaciones de esos mismos conglomerados y se escribe pensando en una consagración que tiene sede en España y sólo será vanamente comercial”, subraya. El resultado, “una prosa castellana internacional, aburridísima y apta para la traducción en cincuenta lenguas que fomenta ahora la industria editorial”.

Para Willson, entre las consecuencias de la concentración editorial “hay una que es válida para muchos empleos en la actualidad: uno no sabe a ciencia cierta para quién está trabajando. Este efecto parece ser de orden meramente subjetivo, pero no es así; algunos lo ponen, entre otros factores, en la cuenta del actual capitalismo con baja presión salarial”. El salario del gerente general, decía el escritor y editor André Schiffrin, “es lo primero que la ganancia en la producción de libros tiene que amortizar”.

Hay que hacer cuentas. “Habría que revisar el cálculo según el cual el costo de la traducción tiene un peso del 30% al 40% en el costo total de un libro –dice Willson–. Las editoriales independientes son la contraparte de este fenómeno. Es cierto que con la tecnología actual y la tercerización de las tareas relacionadas con la importación literaria es posible producir libros traducidos con una estructura ínfima”. Jorge Fondebrider lo asigna a las cuentas pendientes: “Los editores tienen que estar más informados –muchos ni siquiera saben que existen los derechos de los traductores– y comprender que sin nosotros no pueden hacer los libros que después les dan prestigio y, eventualmente, ventas”.

Marietta Gargatagli apunta a la internalización de las empresas que fomentan históricamente los gobiernos de España. “En América hay cerca de 180 filiales de editoriales españolas y sigue siendo el destino privilegiado de las exportaciones de libros. La internalización del escritor trata de establecer una homología con esa voracidad que despoja a todo de su sentido. Se subvencionan traducciones porque se obtienen beneficios secundarios. Para la editorial, para el idioma mismo que se ha convertido también en un negocio, para otros negocios. Nada para la literatura”, dice.

Para Willson, “el papel del verdadero editor, en la editorial independiente y en el trust editorial, es o debería ser descubrir ese texto que, traducido, encontrará nuevos lectores, franqueando las fronteras lingüísticas. De ahí que una forma de entender la traducción sea como práctica capaz de crear continuidad allí donde lo social se muestra discontinuo”. Un lugar donde siempre habrá un traductor.

Recuadros:

Fuera de estado
La ley de traducción autoral todavía es una cuestión pendiente. El proyecto elaborado por el grupo Ley de Traducción Autoral se presentó dos veces en la Cámara de Diputados de la Nación y las dos veces perdió estado parlamentario. Sin embargo, los impulsores de la iniciativa lo presentarán nuevamente el año próximo, en una versión con leves modificaciones. Mientras tanto, participan en la plataforma www.justicia2020.gob.ar, donde se reúnen opiniones para reformar la Ley de Propiedad Intelectual vigente, promulgada en 1933 (Ley 11.723) y se reúnen  con editores “para ir generando conciencia y lograr instalar buenas prácticas”. También realizan un censo de traductores que se desempeñan en el campo editorial. “Uno de los problemas que tenemos es que, por la naturaleza de nuestra profesión, trabajamos un poco aislados, en distintos ámbitos (ficción, no ficción), distintos idiomas, distintas provincias, etcétera, y eso dificulta cualquier organización que intentemos”, señala la traductora Julia Benseñor. A los fines de promover el proyecto se lanzó un Frente de Apoyo que reúne toda la información disponible en el sitio http://leytraduccionautoral.wixsite.com/traduccionautoral.

Traducciones al sur
Creado en 2009, el Programa Sur de apoyo a las traducciones otorga subsidios a editores argentinos que publiquen autores argentinos. En 2016 la continuidad del programa pareció en duda, aunque las nuevas autoridades de la Cancillería y el director de Asuntos Culturales, Mauricio Wainrot, reafirmaron que continúa de acuerdo con el reglamento original. Las solicitudes son evaluadas por un Comité de Traducciones que integran el director de Asuntos Culturales, el director de la Biblioteca Nacional, dos académicos, un crítico literario y un miembro de la Fundación El Libro y que se reúne dos veces al año.

En julio, el comité aprobó la traducción de 93 obras. Entre ellas se encuentran Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero; Héroes, machos y patriotas, de Pablo Alabarces; Betina sin aparecer, de Daniel Tarnopolsky; Emilia, de Claudio Tolcachir y Las nubes, de Juan José Saer (al italiano); Agosto, de Romina Paula; Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez y Villa del Parque, de Jorge Consiglio (al inglés); Las constelaciones oscuras, de Pola Oloixarac; Enemigos afuera, de Mori Ponsowy y El vuelo, de Horacio Verbitsky (al alemán); Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro (al azerí y al polaco); Las chanchas, de Félix Bruzzone; El pasado, de Alan Pauls, y Partes de inteligencia, de Jorge Asís (al macedonio), Ema la cautiva, de César Aira (al búlgaro); Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho; La mano del pintor, de María Luque y Verdades y saberes del marxismo, de Elías Palti (al francés); Tener un patito es útil, de Isol (al griego); Mafalda, de Quino (al guaraní); La uruguaya, de Pedro Mairal, y El comienzo de la primavera, de Patricio Pron (al holandés); Distancia de rescate, de Samantha Schweblin (al serbio); Seis problemas para don Isidro Parodi, de Borges y Bioy Casares (al georgiano); La fiesta del hierro, de Roberto Arlt (al ucraniano), y La mujer de Isla Negra, de María Fasce (al croata).

“El Programa Sur ha funcionado muy bien porque contó con el apoyo político correspondiente y tuvo un gestor de lujo en la figura de Diego Lorenzo, uno de los funcionarios públicos más eficientes que me ha tocado conocer. Ahora bien, es perfectible. Hasta ahora, acaso por un deseo del gobierno anterior, de neto corte populista, se ha buscado cantidad. Ahora sería conveniente pensar en términos de calidad”, sostiene Jorge Fondebrider.



martes, 29 de agosto de 2017

Una entrevista reciente con Patricia Willson

“De visita en Buenos Aires, la traductora e investigadora argentina radicada en Bélgica visitó el estudio de Infobae TV para dialogar acerca de la importancia del rol de la traducción en la cultura. Además del espacio que ocupó la revista "Sur" en esta materia –con Victoria Ocampo, José Bianco, Jorge Luis Borges y otros–, ¿cómo pensar hoy esta práctica en un mundo globalizado e hiperconectado?”, dice la bajada de la entrevista publicada por Luciano Sáliche con Patricia Willson, el 11 de agosto pasado, en el diario Infobae

Patricia Willson y una historia
de la literatura argentina a través de la traducción

Hubo un tiempo que fue hermoso, al menos para la literatura argentina. En el verano de 1930-1931 surgió una de las revistas más importantes de nuestra historia y –¿por qué no?– del mundo entero. Se dice que fue el filósofo español Ortega y Gasset quien, en una conversación telefónica, le dijo a Victoria Ocampo que ese proyecto literario que tenía entre manos y estaba a punto de ver la luz debía llamarse Sur. Así lo decidió, entonces, su directora: además, le puso en todas las tapas una flecha hacia abajo para acentuar el significado del nombre. Dos años más tarde surgió, además, la editorial Sur. Pero, ¿cuál fue la verdadera magnitud de este movimiento que, no sólo reunió a algunos de los mejores escritores de nuestra literatura sino que también tuvo como colaboradores a narradores extranjeros como Waldo Frank, Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Gabriela Mistral, por citar algunos? De hecho, la editorial publicó obras de Aldous Huxley, Carl Gustav Jung, Virginia Woolf, Vladimir Nabokov, Jean-Paul Sartre, Jack Kerouac y Albert Camus. Para la doctora en Letras e investigadora argentina Patricia Willson, un punto clave es la importancia que le dieron a la traducción.

En su libro La Constelación del Sur: traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX –publicado por la editorial Siglo XXI en 2004 y reeditado hace apenas unos meses–, Willson indaga sobre tres formas muy disímiles de traducir: Victoria Ocampo, "la traductora romántica"; José Bianco, "el traductor clásico"; y Jorge Luis Borges, "el traductor vanguardista". Los tres fueron figuras de Sur, de ahí el interés de lo que sucedió en aquella época y del contexto tanto local como internacional en que Sur se originó y creció. Pero, ¿qué significa realmente traducir un texto? ¿Cuáles son los desafíos y las limitaciones, las posibilidades y las resignaciones? ¿Qué tensiones se generan entre lo local y lo extranjero? ¿Es un proceso activo que debe ser realizado con la subjetividad bien afilada o, por el contrario, hay que apegarse al texto y ser lo más fiel posible al texto fuente? En los estudios de Infobae TV, Willson habló sobre su libro.

– En el libro decís que la traducción es clave para entender el contexto literario…
– Efectivamente. Yo creo que la traducción como tema es importante en este contexto global. El hecho de que la información fluya de lugares distintos del planeta de un lugar al otro, el hecho de que existan migraciones… en fin, hay toda una serie de datos que ponen en el centro de la reflexión a la traducción. En ese sentido hay muchos que dicen que, así como en la década del 70 la estructura era la figura clave para entender procesos sociales y la organización de la cultura y sus agentes, en la actualidad esa figura explicativa sería la traducción. Yo digo "sería" porque en todo caso se revela eficaz para explicar muchos fenómenos pero también debo decir que es un tema que está de moda, y a menudo ocurre que la academia está ávida de temas de moda que se imponen como una especie de epidemia en diversos ámbitos.

– El libro salió 2004 y el mundo cambió bastante. Hay un prólogo nuevo, pero entiendo que la traducción sintió las nuevas plataformas, las nuevas tecnologías…
– Por supuesto que la traducción que está por fuera de la industria del libro ha evolucionado muchísimo. Todo lo que sea localización, trabajo con plataformas, tutoriales, etcétera, ha sufrido una evolución acorde a la evolución de las nuevas tecnologías, pero creo que a lo que apuntaba el libro en 2004 era a pensar la posibilidad de escribir una nueva historia o una historia de la literatura argentina a partir de las prácticas de la traducción. Es decir, pensar la historia desde una mirada lateral, las perspectivas laterales a veces son muy ricas y provechosas. Por supuesto que sigo pensando que la traducción tiene cierta lateralidad, no una centralidad verdadera, pero lo que yo elegí fueron tres autores-traductores –es decir: primero existía esa condición de ser escritores–, y en segundo lugar, escritores adscriptos al grupo Sur:  determinado grupo que evidentemente tuvo una centralidad en la cultura argentina.

– Los tres traductores elegidos son Victoria Ocampo, José Bianco y Jorge Luis Borges. ¿Qué los identifica a cada uno?
– Cuando yo empecé a traducir, porque primero soy traductora y después investigadora, quise saber en qué tradición de traductores me ubicaba. En el momento en que empecé en la práctica de traductora a principios de la década del 90, lo que solía decirse es que las traducciones de Sur son inmejorables. Me acuerdo una expresión: "son excelentes hasta en sus errores". Ese tipo de comentarios obturaba la posibilidad de criticar realmente esas traducciones, entonces yo quería ver qué cosa de la tradición Sur influía en mi forma de traducir, y por otra parte quería estudiar esas traducciones desde una perspectiva textual, desacralizadora, no poner los ojos en blanco y decir "la traducción de Bianco de Otra vuelta de tuerca es insuperable". En ese sentido, lo que encontré dentro de Sur fueron tres traductores muy distintos. Victoria Ocampo, que la llamo en el libro "la traductora romántica", es una traductora muy atenta a la figura del escritor en tanto persona genial, talentosa, con sus características propias y por tanto una personalidad productora de un texto muy difícilmente parafraseable. En general, Victoria Ocampo es una traductora muy literal: se apega a letra del texto fuente. Se permite muy pocas reformulaciones. Lo contrario es José Bianco: está más atento al polo del lector y se permite reformulaciones importantes del texto fuente. Todo esto intento demostrarlo mediante análisis textuales que son dobles: analizo el texto de origen en lengua extranjera y el texto final o traducido en castellano. Y fuera de este sistema que apunta al polo productor, para Victoria Ocampo, y el polo lector, para José Bianco, se encuentra sin dudas Borges, que tiene una perspectiva un poco inconstante sobre la traducción. O sea, son traducciones un poco inesperadas, con prólogos también inesperados. En el libro yo trabajo su traducción de la última página del Ulises de Joyce que fue publicado en la revista Proa, y en ese sentido el comentario que él hace sobre el Ulises de Joyce yo lo tomo como su prólogo de traductor. Hago un paréntesis: es cierto que los traductores a menudo escribimos prólogos en los cuales hay como una especie de idea de autodisculpa porque no se puede llegar a la excelsitud del escritor o del texto fuente. Yo creo que ése es el tipo de reacción que uno tiene si se piensa como Victoria Ocampo. Borges era muy libre en ese sentido y podía traducir de todo el Ulises solamente la última página -la última hoja dice él- y tener una pésima opinión o criticar muy acerbamente el proyecto literario que aparece en esa novela de Joyce.

"Hoy la figura de la traducción parece ser la más eficaz para dar cuenta en las interacciones propias del contexto global", escribió Patricia Willson en el prólogo de esta nueva reedición. En la firma, fechada en mayo de 2017, dice el lugar donde reside: se trata de Hony, un pequeño pueblo de Bélgica ubicado en las orillas del río Ourthe, a poco más de 15 kilómetros de la ciudad de Lieja. Desde 2013, da clases en la Universidad pública y pluralista de Lieja. Ahora, sentada en una banqueta alta, hablando de forma clara y pedagógica, con su pelo entrecano, su tez blanca y sus ojos profundamente celestes, uno podría pensar que nadie podría darse cuenta de que es argentina. Entre los belgas que van al supermercado o los europeos que colapsan los pasillos de la universidad, Patricia Willson pasa desapercibida. Sin embargo, en su libro queda clara su nacionalidad: hay una pasión por la literatura argentina que, lejos del cliché, no se empecina en idealizar sino que prefiere leer con mirada crítica, acorde a su tarea de investigadora.

Hoy las nuevas tecnologías han trastocado las esferas del arte, han aportado elementos que –en un principio banalizados– es necesario tener en cuenta a la hora de analizar. Si en la primera mitad del siglo XX se decía que en Sur, al traducir literatura extranjera, caían en una práctica extranjerizante –ésto sumado a la corriente nacionalista que veía en Ocampo y compañía cipayismo y gorilaje–, hoy, con internet y las redes sociales, la globalización adquiere otro rostro: ya no es un monstruo que se propone despojarnos de la tradición, sino hilos que nos unen a otras culturas, con sus problemas y virtudes. "En realidad, la traducción es intensamente democratizante (…), no es extranjerizante, sino al contrario: vuelve legible en la literatura receptora un texto antes inescrutable en su extranjeridad", escribe Willson en La Constelación del Sur. Pero, ¿qué sucedía antes y qué sucede hoy? ¿Cuál era el contexto de aquel entonces, cuál es el actual?

– Decís en el libro que Sur surge en un momento clave de la industria editorial…
– Sí, para pensar la traducción literaria hay que pensarla en relación con la industria del libro. Si uno piensa en el nivel continental los países sobre los cuales la reflexión sobre la traducción literaria es más fecunda son países que tienen una industria editorial bastante fuerte, sobre todo en los momentos en que esta industria es floreciente o está en sus momentos de apogeo. Yo tomé un período que, grosso modo, va desde fines de la década del 30 hasta fines de la década del 50, hay variaciones de este período según los autores. Y ahí lo que encontré aparte de Sur es una serie de editoriales que publicaron textos en traducción, por eso el título La Constelación del Sur. El proyecto de Sur tenía una impronta traductora muy importante que pasó también a otras editoriales: editoriales afines desde el punto ideológico, pero también editoriales situadas en un lugar de antinomia ideológica con Sur.

– ¿Y en cuanto al contexto internacional? En el libro hablás de un eclipse en la industria española, por ejemplo…
– Ese auge de la industria editorial es en parte debido al eclipse de la industria editorial en España por la implantación de la dictadura de Franco. Entonces, no por nada este período al que hago referencia coincide con el fin de la Guerra Civil Española. Entonces hay una serie de factores históricos que promueven este apogeo de la industria editorial, que no es único; más tarde hubo otros pero yo focalizo este momento porque me parece que permite demostrar hasta qué punto no es posible pensar la literatura en traducción sin vincularla con los debates en la literatura nacional. Por eso el título del libro es Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX. El modo que yo establecí para analizar esos textos siempre refiere a debates estéticos, ideológicos, de poéticas en la literatura nacional en las escrituras directas porque, de hecho, Victoria, José Bianco y Borges tenían sus propias producciones como escritores.

– ¿Cómo ves hoy el panorama de la traducción?
– Lo veo bien, con la salvedad de los momentos de crisis económica, disminución de la capacidad de comprar libros, en fin: yo creo que hay una retracción del mercado editorial. Si uno consulta los datos de la Cámara Argentina del Libro –porque pienso que el investigador también tiene que pensar en esos datos– hubo un repunte a comienzos de la década del 2000 en cuanto a la cantidad de textos traducidos, luego se estabilizó. En la actualidad habría que pensar con un poco más de perspectiva, pero lo que sí noto es que se reflexiona mucho más sobre la traducción y en ese sentido devino la creación de nuevos espacios para pensar la traducción. Coloquios, congresos, seminarios, clubes de traductores, nuevas tesis de doctorado o investigaciones sobre la traducción y, por supuesto, los proyectos en los cuales se propicia la traducción a lenguas extranjeras de autores de la literatura nacional.

– Uno de los elementos que más han impactado en la literatura argentina durante los últimos años ha sido el boom de las editoriales independientes o pequeñas, las cuales suelen traducir muchas obras. ¿Qué rol juegan en este panorama?
– Habría que ver si el boom de las editoriales pequeñas no es una cosa atomizada. Hay que darle a las editoriales pequeñas el tiempo para que desarrollen un catálogo, para que refrenden ciertas características de calidad de los textos traducidos. Me parece que son cosas interesantes porque a veces hay descubrimientos que todavía no están reconocidos en el nivel mundial, esa es la tarea del editor: descubrir la perla rara o ese texto que vale la pena difundir a través de las fronteras lingüísticas, así que me parece un fenómeno muy propicio pero a cada una de estas editoriales pequeñas conviene darle un tiempo para que consoliden su catálogos respecto de otras editoriales que con el tiempo han forjado un catálogo de traducciones muy sólido.



martes, 16 de junio de 2015

Una experiencia irrepetible

El 10 de junio pasado, Patricia Willson publicó el siguiente artículo en el número de Ñ dedicado a Roland Barthes.

Estrategias de una traducción literal

Entre 2003 y 2005 traduje las notas de los tres últimos cursos que Roland Barthes dictó en el Colegio de Francia: Cómo vivir juntos ; Lo neutro y La preparación de la novela (Siglo XXI Editores). La edición estuvo a cargo de Beatriz Sarlo y contó con prólogos de Alan Pauls, Nicolás Rosa y la propia Sarlo. Cuando ya había terminado una primera versión de Lo neutro , pedí y obtuve una beca del gobierno francés para consultar los manuscritos del Fondo Roland Barthes en París, en el Instituto Memoria de la Edición Contemporánea. Algunos documentos, sin embargo, no podían ser consultados; por ejemplo, los dictámenes de tesis de doctorado en cuyos jurados participó Barthes. A fines de 2004, el IMEC se mudó a la abadía de Ardenne en el norte de Francia, donde hoy funciona y alberga, entre muchos otros, los fondos de Eric Rohmer y de Raymond Queneau.

Desde 2010, la obra édita e inédita de Barthes se encuentra distribuida entre la sede François Mitterrand de la Biblioteca Nacional de Francia, en el barrio de Bercy de París, y la sede más antigua, la Biblioteca Richelieu, cuya entrada está justo frente a la Galerie Vivienne en el barrio de la Bolsa, allí donde el narrador de “El otro cielo” de Cortázar pasaba de la década del cuarenta porteña al segundo imperio francés. La conservadora general de manuscritos de la BNF, Marie-Odile Germain, en una breve entrevista, me explica el porqué del traslado. El IMEC es una entidad pública con participación de capitales privados, cuya sede está ahora en la región normanda. Si bien cumple una función crucial en la conservación de manuscritos de escritores, editores y artistas contemporáneos, el estado francés promueve dos ideas rectoras: la accesibilidad y la perennidad de los materiales; la BNF en París es la institución pública que mejor cumple con ellas. Barthes ya es patrimonio perenne de Francia, y tiene sus guardianes. En primer término, el hermanastro y heredero universal de Barthes, Michel Salzedo, cuyo albacea (y editor de las obras completas en Seuil), Éric Marty, es quien autoriza mi segunda consulta de los manuscritos en 2015, once años después de la primera.

En esos papeles guardados en carpetas de cartulina que volví a ver, ahora en la Galería Mazarina de la Biblioteca Richelieu, impresiona el orden de lo visual que Barthes controla sin fisuras, empezando por la distribución de la escritura en párrafos de tamaño prácticamente igual sobre el papel blanco, sin líneas. La letra es bella, inclinada hacia la derecha y legible en todo momento. Barthes escribe con tinta azul y agrega o tacha (relativamente poco) con birome. En el margen izquierdo, con lápiz, indica el tema general que articula el párrafo. En algunas páginas hay trozos de papel pegados con cinta scotch en los que se repite el esquema. Gracias a los registros sonoros en formato mp3 pude constatar una vez más que las notas de curso no difieren mucho de lo que Barthes finalmente dice ante los estudiantes en las aulas del Colegio de Francia. La improvisación es mínima y no agrega contenido sustancial. De vez en cuando, Barthes se levanta y escribe alguna palabra en el pizarrón; es lo que se infiere de la duración de las pausas, puesto que no se dispone de documentos visuales de esos cursos, sólo de algunas fotos generales y la voz. Lo que a menudo él llamó “histeria” (lo teatral, lo vehemente y también lo militante) está por completo excluido de su elocución. En dos de las biografías editadas o reeditadas recientemente, la de Tiphaine Samoyault y la de Louis-Jean Calvet, se documenta la especie de hipnotismo que la voz de Barthes producía en estudiantes y amigos: una voz profunda y pausada y, a la vez, como temblorosa, jamás enfática. Las entrevistas disponibles en Youtube permiten captar los levísimos gestos que acompañaban las inflexiones de esa voz, desde aquella primera grabada en un estudio de tv luego de la publicación de Mitologías hasta la que, en medio del humo de sus cigarrillos, concedió en su casa de la calle Servandoni para comentar El placer del texto .

Fragmentos de un discurso amoroso , su obra más difundida entre el gran público, fue el resultado de la conversión de un seminario suyo en libro. Luego, en 1978, cuando es elegido profesor en el Colegio de Francia, Barthes decide ya no darle forma definitiva a lo que estaba destinado a la provisionalidad: un curso. Lo dice en la clase introductoria de La preparación de la novela : ya no quiere “gestionar el pasado”, ya no quiere volver a escribir “mitologías”, como le siguen pidiendo. Este curso, el último, está marcado por un deseo de cambio (la “utopía del cambio de vida”, empieza a llamarlo en los dos cursos anteriores, Como vivir juntos y Lo neutro ), más concretamente por un deseo de escribir algo nuevo; quizás una novela. Sin embargo, Barthes explora lo que antecede esa escritura y se detiene en el umbral mismo de la conversión del verbo escribir en un verbo transitivo: escribir una novela. En todo caso, su muerte, ocurrida en marzo de 1980, y sobre cuyas causas verdaderas (más allá del accidente de tránsito) subsiste hoy cierta polémica, impidió para siempre saber lo que pudo haber habido del otro lado del umbral.

La traducción de las notas de Barthes fue una experiencia irrepetible. En primer lugar, porque no se trataba de un texto definitivo, destinado a la publicación. Esa provisionalidad producía la ilusión de estar captando el proceso de generación del texto barthesiano, el engranaje mental que, por ejemplo, ponía en relación el término scripturire (el “querer-escribir”), escrito una única vez en toda la historia por Sidonio Apolinar en el siglo V, según explica Barthes, con la preparación para la empresa novelesca. En segundo lugar, porque, como nunca antes en una traducción que hubiera hecho, se fue imponiendo como estrategia traductora la literalidad, que relacioné con el carácter a veces sinóptico de la escritura. Decidí no completar ni parafrasear.

Si bien la crítica de traducciones es la que debe interpretar y atribuir un juicio de valor a mi versión de ese último Barthes, la traductología aporta algunas de las razones que me di para haber traducido como traduje. En un artículo de la década de 1980, Berman sostiene que la práctica de la traducción está marcada por la experiencia de la traducibilidad y la intraducibilidad, de la similitud y la diferencia entre las lenguas de trabajo, y por una estructura de disenso: la restitución del sentido versus la reinscripción de la letra. Diversamente formulado a lo largo de los siglos, este disenso es el origen de las discusiones bizantinas sobre cómo hay que traducir cuando no se tienen en cuenta los marcos que condicionan la labor del traductor. En primer lugar, el proyecto que éste se fija en función de su lectura del texto original y de los rasgos de la colección en la que se publicará el libro traducido. En segundo lugar, lo que condiciona esta condición y es, por tanto, menos evidente para el propio traductor: las normas generales que rigen el ejercicio de las prácticas discursivas, entre ellas, la traducción, en un momento de una cultura determinada. Según Berman, todo proyecto de reinscripción de la letra en la lengua traductora sería un garante contra la traducción etnocéntrica, adaptadora o simplemente instrumental. Así entendida, la literalidad de mi versión de los cursos de Barthes corresponde a un proyecto “documental”, como lo llaman los teóricos funcionalistas de la traducción. Antes que parafrasear el texto barthesiano y volverlo más legible en el horizonte del lector argentino, me propuse recomponer una situación comunicativa no concebida para otros destinatarios que no fueran los asistentes a aquellos cursos de fines de la década del setenta. Todo el sistema de notas al pie, tanto de la edición como de la traducción, sustentó el buscado efecto documental de la traducción. Mis versiones de los tres últimos cursos de Barthes, por la resolución del disenso en favor de la letra, deben sin duda mucho a la consulta de los manuscritos, leídos en la materialidad inconfundible de una letra, y a la escucha de los registros sonoros, que daban a cada concepto, a cada análisis, la vibración específica de una voz.


martes, 18 de marzo de 2014

El SPET inicia su décimo año de actividades


Sesión inaugural: 
Entrevista con Patricia Willson y Andrea Pagni

En este encuentro especial del SPET, que tendrá lugar el martes 25 de marzo a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), las doctoras Andrea Pagni y Patricia Willson dialogarán con nosotros sobre “El lugar de la traductología y la historia de la traducción en las humanidades”

Andrea Pagni es profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Erlangen-Nürnberg, Alemania. Sus áreas de investigación son la literatura de viajes y la historia de la traducción literaria. Ha publicado, entre otros, una monografía sobre viajeros argentinos a Francia y franceses a Argentina en el siglo XIX (Post/koloniale Reisen, Tubinga, 1999), y editado los volúmenes colectivos América Latina, espacio de traducciones (Caracas 2004 y 2005), El exilio republicano español en México y Argentina 
(Madrid/Frankfurt a.M. 2011), y junto con Gertrudis Payàs y Patricia Willson Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina (México, UNAM, 2011); es además autora de numerosos artículos sobre la traducción literaria en América Latina y ha traducido a Kleist, Kafka, Hoffmann y Rilke al castellano. Integra el consejo editorial de la revista Iberoamericana y es miembro fundador de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Traducción e Interpretación (ALAETI).

Patricia Willson, fundadora del SPET, es doctora en letras por la UBA y traductora por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Es autora de La constelación del Sur. Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2004) y coeditora con Andrea Pagni y Gertrudis Payàs de Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina  (México,UNAM, 2011). Ha traducido, entre otros autores, a Roland Barthes, Paul Ricœur, Gustave Flaubert, Jean-Paul Sartre, Richard Rorty, Mary Shelley, Mark Twain, H.P. Lovecraft, Jack London. Fue docente del IES en Lenguas Vivas y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y profesora-investigadora en El Colegio de México. Actualmente enseña en la Universidad de Liège, Bélgica. Es miembro fundador de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Traducción e Interpretación (ALAETI).


Por favor, no se olviden: Esta sesión especial tendrá lugar un martes.


jueves, 15 de noviembre de 2012

Dos libros que miran al futuro

Paola Jasmer, en el número 52 del Periódico de Poesía, correspondiente a noviembre de este año, reseña Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina, de Andrea Pagni, Gertrudis Payás y Patricia Willson ( México, UNAM, 2011) y La traducción literaria en América Latina, compilado por Gabriela Adamo (Buenos Aires, , Paidós, 2011)., y nosotros colgamos ese comentario a continuación.

Dos libros sobre la traducción literaria en Latinoamérica

El pasado miércoles 26 de septiembre, en el marco del XXI Encuentro Internacional de Traductores Literarios, se llevó a cabo la presentación de dos libros que, a pesar de haber surgido bajo distintas condiciones y como resultado de diferentes iniciativas y cuestionamientos, buscan enriquecer el debate sobre la traducción en Latinoamérica. ¿Qué traducimos?, ¿para quién traducimos? y ¿desde dónde traducimos? son preguntas que surgen invariablemente durante la práctica de la traducción y que definen necesariamente su estudio. Los libros presentados por Patricia Willson y Lucrecia Orensánz parten de estas preguntas para establecer un diálogo con el lector que conduce a reflexiones sobre el vasto número de condicionantes que influyen en el proceso por medio del cual la traducción tiende puentes tanto entre culturas separadas por la barrera de la lengua, como entre naciones que comparten una misma.

Patricia Willson resaltó que Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina tiene su origen en una serie de ponencias presentadas durante las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana del 2008, por lo que el trabajo de compilación que realizaron ella, Andrea Pagni y Gertrudis Payás fue también uno de coordinación y edición. El resultado es una serie de artículos  que, a pesar de abarcar un vasto rango de temas desde diferentes puntos de vista, comparten un mismo interés en ubicar la traducción no sólo en el país en el que se produce, sino también en el contexto histórico-cultural que la rodea, ya que, como afirman las coordinadoras: “Reconocer la historicidad de la traducción y su vinculación con un discurso social contribuye a una visión no esencialista de esta práctica. De allí la necesidad de explorar el campo en el que se generan y se han generado las traducciones”.

Esta visión histórica es precisamente lo que distingue a esta compilación, permitiéndole trascender el campo de los estudios literarios y de traducción para establecer vínculos con otras disciplinas. La traducción, vista bajo el lente de la historicidad, se revela como un instrumento poderoso en el que los simulacros, las omisiones y los criterios de selección de textos ponen en evidencia su capacidad de influir de manera determinante en la construcción y consolidación de la identidad nacional. Con colaboraciones de Patricio Fontana y Claudia Roman (Argentina), María Gabriela Iturriza (Venezuela), Milena Grass Kleiner (Chile), Paula Andrea Montoya Arango y Juan Guillermo Ramírez Giraldo (Colombia), entre otros, Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina es una lectura indispensable para traductores, historiadores, académicos y público en general interesado en adquirir una visión profunda sobre el modo en el que la traducción alimenta y se alimenta de condiciones sociales, políticas y culturales para dejar en la historia marcas imposibles de borrar.

Por su parte, Lucrecia Orensánz resaltó el recorrido geográfico que efectúa La traducción literaria en América Latina para ofrecer una visión comprensiva de las condiciones que en la actualidad definen y orientan la práctica de la traducción en Latinoamérica. En un primer momento, la compilación dirigida por Gabriela Adamo se ubica en el extremo sur del continente y parte de Argentina para dirigirse poco a poco hacia el norte, hacia México, y en su camino se detiene diligentemente en Chile, Venezuela, Colombia y Centroamérica; sin embargo, en su segunda parte, la compilación lleva al lector en un recorrido inesperado por rutas en las que la práctica de la traducción en América Latina se intersecan con otros caminos que llevan a España, Brasil y Japón.

Los artículos que integran esta compilación se distinguen por su carácter empírico, es decir, parten de la experiencia individual de sus autores para alcanzar reflexiones sobre la situación que se vive en cada país y la forma en la que el español, al mismo tiempo idioma e industria, se relaciona con instituciones académicas, aparatos culturales, fuerzas económicas y políticas y, sobre todo, con una industria editorial que cada vez cobra más fuerza frente a la actividad editorial europea.  De esta manera, despojados de la solemnidad (aunque ciertamente no de la seriedad) de los estudios teóricos, los artículos presentados por Anna Gargatagli, Florencia Garramuño y Andrés Ehrenhaus (Argentina), Armando Roa Vial (Chile), Martha Pulido y María Victoria Tipiani Lopera (Colombia), Edda Armas (Venezuela), Carlos Cortés (Costa Rica), Lucrecia Orenzáns (México) y Anna-Kazumi Stahl (Estados Unidos) ofrecen una lectura amena, interesante y, por momentos, divertida que, a pesar de señalar los retos a los que se enfrenta la traducción en la actualidad, también se muestran optimistas con respecto a lo que cabe esperar en el futuro. Algunos artículos, como el de Lucrecia Orenzáns titulado “La traducción literaria en México (a principios del siglo XXI)”, ofrecen un panorama tan detallado de las condiciones que actualmente rodean al ejercicio de la traducción que su lectura se vuelve imprescindible para todo aquél que se interese por navegar en las corrientes institucionales, académicas y profesionales en las que se desenvuelve esta práctica.

Cabe aquí mencionar que ambos libros, a pesar de estar plantados uno en el pasado y el otro en el presente, comparten una mirada que se dirige hacia el futuro, un futuro que se verá condicionado por una gran cantidad de factores, entre ellos, compilaciones como las que ahora nos ocupan, pues es a partir de análisis como los que presentan Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina y La traducción literaria en América Latina que podemos hacernos conscientes de no sólo los retos a los que nos enfrentamos, sino del amplio abanico de posibilidades que la traducción ofrece, ha ofrecido y seguirá ofreciendo para una América Latina siempre afanada en la construcción de una tradición literaria y cultural.

jueves, 4 de octubre de 2012

Sherlock Holmes y Herlock Sholmes

Patricia Willson también fue parte del número especial de Ñ. Lo hizo con el siguiente artículo, donde retoma sus trabajos previos sobre la famosa colección que sirvió de bisagra al siglo XIX y al XX.

La biblioteca de La Nación

La traducción, como práctica y como objeto teórico, está en auge. No en cuanto al reconocimiento de la tarea de un traductor individual, ni a sus honorarios y condiciones de trabajo, sino en cuanto a la proliferación de textos traducidos, de escuelas de traductores, de publicaciones sobre el tema, de investigaciones sobre la traducción y sus vínculos con la literatura comparada y la historia de las ideas, de seminarios y círculos de traductores, de congresos y coloquios para discutir estrategias, pedagogías, políticas. Aunque se lo atribuya a la idea o al voluntarismo de algunos, también es posible ensayar otras explicaciones para este auge. Por ejemplo, que las prácticas traductoras se hallan en el corazón del mundo globalizado. Sin embargo, esto es cierto sólo si se tiene en cuenta la traducción del y hacia el inglés, práctica que, junto con el recurso al inglés como lengua franca, es desbabelizante, pues provoca la pérdida de la diversidad lingüística, la erosión del conocimiento y, desde luego, la desventaja de los hablantes no nativos del inglés. En síntesis, se produce lo que Karen Bennett llamó certeramente un “epistemicidio a través de la traducción”, que no podría ser contrarrestado más que por una rebabelización del mundo, fomentada por la mayor cantidad de combinaciones posibles de pares de lenguas traductoras y traducidas. La traducción sería entonces un factor de resistencia frente a la amenaza de extinción que pesa sobre la mitad de las lenguas repertoriadas por la UNESCO, al propiciar el encuentro y la reciprocidad entre las variantes de lo local. Desde la conciencia de este auge quiero referirme a un hito de la historia de la traducción en la Argentina, a partir del contacto con uno de sus productos: el objeto libro.

Hace años, bajo un sol bochornoso de marzo, compré en uno de los puestos de libros usados de Parque Rivadavia Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes, de Mauricio Leblanc. El título me sorprendió; pensé primero en una errata mayúscula, imperdonable, pero no era posible, porque se repetía en la portadilla. Mi interés no se fijó tanto en el texto como en el libro: pequeño, de tapas duras color verde, con arabescos dorados, un número de volumen, el 337, y una fecha: 1908. Lo pagué una cifra, pequeña, que hasta pude regatear. Algunas semanas más tarde, en la fresca penumbra de una librería de viejo de la calle Talcahuano, volví a encontrar un objeto similar, las mismas tapas, pero de color azul, los mismos arabescos, el número de volumen, esta vez el 806, del año 1918, El pato silvestre, de Enrique Ibsen. Lo compré, aunque el precio me hizo dudar un instante. Dos libros, dos traducciones, dos piezas de un enorme rompecabezas que enseguida quise armar: una colección publicada a principios del siglo XX, tan ecléctica como para contener una parodia francesa de Sherlock Holmes y una pieza del teatro naturalista noruego, y tan exitosa como para tener ya publicados más de trescientos volúmenes hacia 1908 y llegar al ochocientos y tantos diez años después. De Caballito hasta el Centro, esos libros seguían circulando, pasando de bibliotecas particulares a libreros, y de ellos a otras bibliotecas particulares y a nuevos libreros...

Con el tiempo, gracias a la lectura de sendos textos de Nicolás Cócaro y Jorge Enrique Severino, y a la consulta de los archivos y la biblioteca del diario La Nación, pude reconstruir los datos externos de esta historia. En 1901, durante la segunda presidencia de Julio A. Roca, el periódico La Nación de Buenos Aires adquiere linotipos, capaces de componer líneas enteras de caracteres al mismo tiempo. Los tipógrafos, que hasta ese momento se encargan de la composición manualmente, quedarán en la calle; para darles trabajo y evitar su desempleo, la dirección del matutino porteño crea una colección de libros. Este es el relato de corte filantrópico que el propio diario ofrece a sus lectores en un suelto del 4 de noviembre de 1901 como motivo para crear la colección, llamada “La Biblioteca de la Nación”. A lo largo de más de dieciocho años –entre noviembre de 1901 y enero de 1920, con frecuencia semanal–, el matutino edita la colección en dos presentaciones, rústica y tapa dura, “La Biblioteca de La Nación”. Dirigida en sus comienzos por Emilio Mitre, José María Drago y Roberto J. Payró, la colección constituye el primer proyecto editorial del país con tanta persistencia en el tiempo, persistencia en parte debida a sus precios accesibles (50 centavos la rústica y un peso la de tapa dura) y a un vasto sistema de suscripción en la capital del país, en el interior y el exterior. Los ochocientos setenta y dos títulos publicados configuran un programa de lectura variadísimo, en el que, si bien se incluyen algunos clásicos de la literatura occidental, como Cervantes, Shakespeare y Goethe, predomina la intención de “deleitar aprovechando”. Numerosos prólogos de editores y traductores explican los motivos de la inclusión de determinado texto, como una guía de lectura interpretativa para el lector. La colección es un potente modo de intervención cultural de un medio gráfico a principios de siglo XX, en consonancia con la ampliación del público lector, y de cuyo éxito da prueba el millón de libros vendidos al cabo de los primeros dos años. “La lectura al alcance de todos” es a la vez el lema divisa de la colección y el eslogan utilizado en los sueltos que aparecieron en el diario para anunciarla y publicitarla. Pero además, la colección marca un hecho capital en la historia de la traducción en la Argentina, pues más del ochenta por ciento de los títulos publicados son textos traducidos, provenientes de tradiciones europeas no hispanófonas, sobre todo la francesa decimonónica, aunque también hay un pequeño porcentaje de textos estadounidenses.

El autor estrella de la colección, el más asiduo en el catálogo, es el médico escocés Arthur Conan Doyle, con treinta y tres volúmenes; le sigue Bartolomé Mitré, con quince apariciones como autor y una como traductor, junto a su esposa Delfina. Sherlock Holmes, el más famoso personaje de Conan Doyle, tuvo en la colección aventuras, hazañas, triunfos y nuevos triunfos, y hasta una resurrección. “La Biblioteca” publicó además la parodia Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes, ajuste de cuentas francés contra el detective británico, en el que predomina una atmósfera transformista y canalla, parecida a la de las historias de los villanos Rocambole y Fantomas. También se publicaron textos de aventuras y policiales de Conan Doyle que no tuvieron a Holmes como detective, entre ellos, los famosos relatos La mancha de sangre (volumen 111) y La señal de los cuatro (volumen 119), antes publicados como folletín en el diario La Nación. En “La Biblioteca” estuvieron representados los novelistas rusos del siglo diecinueve –Tolstoi, Dostoevsky, Turgueniev–, así como los realistas y naturalistas ingleses y franceses –Balzac, Maupassant, Flaubert, Goncourt, Dickens, Thackeray–. Sin embargo, el eclecticismo no llega a ocultar la preferencia por los folletines franceses más populares, especialmente por autores como Julio Sandeau, Octavio Feuillet y Pablo Feval.

Si Conan Doyle es el narrador estrella de “La Biblioteca”, de la fijación del catálogo integral surge la figura de un traductor estrella: Arturo Costa Álvarez, periodista y profesor platense, autor de la versión del Sabueso de los Baskerville (volumen 39) y de El misterio de Cloomber (volumen 403). Además de traducir a Conan Doyle, Costa Álvarez tradujo las tres novelas brasileñas publicadas en la colección: Inocencia, del Vizconde de Taunay (volumen 13), El mulato, de Aluizio Azevedo (volumen  145),  El guaraní, de José de Alencar (volúmenes 427 y 428), y varias ficciones populares, en especial francesas. En los prólogos con que solía acompañar sus traducciones, Costa Álvarez razonó sobre el valor literario del texto traducido y no perdió ocasión para justificar la preeminencia de la novela inglesa sobre lo que él llamó la “ficción latina”. En su concepción, la primera sería ideal para ejercitar el intelecto; la segunda, en cambio, fomentaría lo emocional, lo patético. Costa Álvarez también teorizó sobre la traducción. En 1922 publicó un libro misceláneo, Nuestra lengua, en el que proporcionó la primera tipología de traductores de que se disponga en Argentina: el traductor libre y el traductor de oído; el traductor adornista; el traductor maníaco; el traductor grafista; el traductor inepto y el mal traductor; y hasta imaginó la categoría de los enemigos naturales del traductor. En la introducción a Nuestra lengua, Costa Álvarez justifica la aparición del libro con la necesidad de dar sistematicidad a sus notas de traductor, y afirma algo que podríamos suscribir la mayoría de los traductores rioplatenses: “empecé a traducir sin saber que Sarmiento había declarado patriótica esa tarea”.

La “Biblioteca de La Nación” actúa como nexo entre dos siglos. Por una parte, vuelve a publicar textos ya editados en el siglo XIX. En cuanto a las traducciones, además de algunas realizadas en España, se trata de las que se hicieron para la “Biblioteca Popular de Buenos Aires”, fundada por Miguel Navarro Viola en 1878. A precios populares, e impresa en la Librería editora de Enrique Navarro Viola, “La Biblioteca Popular” tenía una frecuencia de publicación de un libro por mes, e incluía, en cada uno de esos volúmenes mensuales, cuentos, nouvelles, ensayos y poemas. En este programa de lectura a precios populares, que ha sido estudiado recientemente por Sergio Pastormerlo y Andrea Pagni, se dio amplio espacio a las traducciones; en sus páginas aparecieron en versión castellana obras de Charles Baudelaire, Théophile Gautier, Alejandro Dumas hijo, Edmundo de Amicis, Charles Dickens, Nathaniel Hawthorne y Edgar Allan Poe, por mencionar aquellos cuya fama sigue intacta en la actualidad.  Los traductores, casi siempre mencionados, eran el propio Miguel Navarro Viola, su hija Sara y su hijo Enrique, Carlos Aldao, Bartolomé Mitre y su esposa Delfina, Edelmiro Mayer, Alejandro Korn, entre otros.

Por otra parte, el catálogo de “La Biblioteca de La Nación” prefigura colecciones de literatura extranjera publicadas por editorial Tor hasta la década de 1950. Iniciado en 1916 por Juan Torrendel, Tor es uno de los proyectos editoriales sobre los que se refieren las más crudas estrategias de comercialización del libro. El catálogo de su “Biblioteca Las Obras Famosas” es un eco evidente del de “La Biblioteca de La Nación”. En las solapas de los libros, además de la promesa de ofrecer las traducciones más fieles, hay una recomendación: “Usted debe dedicar unas pocas horas a la lectura. Dar a su espíritu el esparcimiento que necesita, apartándolo momentáneamente de las preocupaciones profesionales, de los estudios y de los negocios.” Más de treinta años después, detrás de las tapas policromas de la editorial Tor y desprovistas del aparato explicativo de prólogos de editores y traductores, las traducciones de “La Biblioteca de La Nación” se resignifican: otros son los agentes editores y otros, también, los lectores, a los que se busca atraer con la promesa exclusiva del deleite.