martes, 26 de mayo de 2026
El escritor uruguayo Martín Bentancor presenta novela en la librería Cien Fuegos de París
lunes, 21 de abril de 2025
Jan de Jager fue a Montevideo y dijo
miércoles, 20 de septiembre de 2023
"Yo no busco que se evidencie nada"
En otro idioma
Desde la infancia, en tu casa paterna tuviste contacto con el italiano, pero te convertiste en traductor en la “edad adulta”. ¿Cómo fue el proceso que te llevó a convertirte en traductor?Me parece que todos los traductores lo que tratan de hacer es que el autor al que traducen suene en su propia lengua, lograr el equivalente, digámosle así. Se trata de una meta imposible porque no hay equivalente perfecto. Sí hay palabras que de un idioma al otro es indudable que significan lo mismo, pero aun así suenan de otra manera, y ya eso marca una diferencia y tiene una importancia en el resto del discurso que no es secundaria, porque el modo en que suena también es importante. No es lo mismo decir “agua” que “acqua”, como dicen los italianos. Todas esas cuestiones tienen que ver con el hecho de que, para traducir, primero se debe conocer la idiosincrasia del idioma y luego hay que encontrarle una forma en tu idioma. Uno no hace esto como una vocación de servicio, bah, no en mi caso al menos, en el caso de los traductores vocacionales como soy yo, que en cierto modo soy un aficionado, que no trabajo de esto y muy pocas veces me pagaron por mi trabajo. El tema es preguntarse si yo entiendo esto en el mundo del idioma original, cómo sonaría en el mundo de mi lenguaje, pero manteniendo a la vez, y esto es importante, la distancia, porque no puedo meterlo en mi mundo totalmente. Hay un atajo tonto que consiste en, por ejemplo, si uno traduce a un poeta italiano al porteño, usa el voceo y las palabras cotidianas de una argentino de Buenos Aires para acercarlo más. Y eso lo destruye. Me parece que el secreto está en mantener un juego de distancia y acercamiento; que se entienda en mi idioma pero que se mantenga cierto extrañamiento.
¿Cuándo leías a Pavese en la traducción de Rodolfo Alonso pensabas que en un momento lo traducirías?
No, ni se me ocurría. Yo leía a Pavese con 20 años, y lo traduje a los 50.
Me suena que en tu caso fue muy natural, por decirlo de alguna manera, cómo se fue dando ese proceso de traducción en tu propia formación de lector y escritor…
Fue un proceso de maduración y de conocimiento de la lengua extranjera. No es lo mismo lo que yo entendía del italiano a los 20 años que lo que entendía a los 50. Se dio naturalmente porque uno siempre elige cosas afines y porque siempre hay, como muchas veces nos reprochan a los traductores, algo de uno mismo que pone en la traducción, eso que hace que digan “Todos los poetas que traduce Fulano se parecen entre sí y a lo que él escribe”.
¿Y cómo se hace, al ser poeta, para traducir la poesía de otro autor sin que se evidencie la propia poética?
Se evidencia. Eso es inevitable. Yo no busco que se evidencie nada, al contrario, trato de recrear lo que entiendo que es el tono y el mundo verbal del autor que estoy traduciendo. Siempre se cuela algo porque, por ejemplo, si uno lee a los traductores argentinos ve cierta tendencia a transformarlo en un autor propio. Esto se lo reprochaban a Alberto Girri, que fue uno de los primeros que acá tradujo poesía norteamericana contemporánea. Los críticos decían que todos los poetas que traducía Girri se parecían a lo que Girri escribía. A mí no me parece, porque he leído mucho las traducciones de Girri y veo que él buscaba la diferencia, aunque se nota cierta sequedad o austeridad que era muy propia de la poesía que él escribía. Y cuando tenía que tomar determinada decisión, siempre elegía la más prudente, digamos, no la más exagerada.
Dante y su tiempo
¿Cómo fue el proceso de trabajo en tu traducción de La Divina Comedia?
Estuve muchísimo años para decidirme a hacer la traducción. Todas las decisiones generales fueron improvisadas, porque al principio lo que pensaba era hacer el Infierno, con el Purgatorio vamos a ver qué pasa y, cuando lo traduje, me dije que ahora debía culminar con el Paraíso. Ahí fue donde más vacilé, porque cuando lo comencé a traducir pensé que no podría terminarlo. Yo había venido traduciendo a lo largo de los años algunos cantos del Infierno, ya sea porque leía citas de esos cantos o porque en una lectura en prosa que había hecho de la obra, cuando era muy joven, determinados cantos me atraían especialmente. Hasta que un día me planteé por qué no intentar traducir todo el Infierno y recién ahí empecé a darme cuenta de cuál era el proyecto de Dante. A nosotros nos llegaba siempre La Divina Comedia a través de citas aisladas y nos parecía, al menos a mí, que todo eran fragmentos, que lo que podía salvarse de toda la obra eran pedazos, como cuando se hace una excavación arqueológica y se van rescatando ciertas piezas. En un momento descubrí que la obra en general es un proyecto increíble Y que Dante lo haya ejecutado es aún más increíble. De todo esto, claro está, me iba dando cuenta a medida de que lo traducía. El método no fue otro que poner el libro adelante, empezar a traducir y confrontando, como La Divina Comedia tiene una historia de traducciones muy larga, con otras versiones.
¿Con cuáles en particular?
La de Bartolomé Mitre, la de Ángel Battistessa, de la década del sesenta del pasado siglo, y la de Luis Martínez de Merlo, que es más cercana en el tiempo. Traducía un canto y lo confrontaba con esas tres traducciones. Esa comparación te lleva a corregir cosas o a investigarlas más, sobre todo cuando encontrás muchas diferencias. Ese fue el método. Trabajé canto por canto y palabra por palabra, todos los días y dedicándole alrededor de un año a cada libro.
¿Cómo hiciste para aprehender o mantener esa actualidad que tiene La Divina Comedia, en el sentido de que Dante escribía su obra e incorporaba a personas que estaban vivas en ese momento? Tenías el recurso de la nota al pie, claro, pero voy más allá de eso, hacia el interior profundo del texto…
Yo busqué que las notas al pie fueron las menos posibles. El primer secreto es que se pueda leer fluidamente, lo que significa todo un problema cuando, como le ocurrió a muchos traductores, se intenta respetar el terceto endecasílabo y rimado. Eso es una limitación en el sentido de la fluidez y es lo que provocó que mucha gente se haya alejado de la obra, o que no haya querido o podido entrar. Creo que lo que hace que uno pueda mantener la lectura de La Divina Comedia, aunque no sepa exactamente quién es cada quién, es que una idea general de la época hay que tener, de los personajes con los que trataba Dante. A partir de ahí, lo que hace que los personajes vivan es que el relato sea fluido, legible, sin llegar a la pavada, como a porteñizar o lunfardizar la Comedia. No es algo difícil, porque fuera de algunos momentos en los que Dante complica un poco la sintaxis, es un autor bastante fluido. Logró que un italiano que hablaba el pueblo, que todavía no era el italiano sino el idioma de la Toscana, funcione literariamente. Ese es su gran mérito lingüístico. Gracias a eso el toscano se convierte en el protoitaliano.
miércoles, 5 de julio de 2023
Un excelente homenaje a Luis Chitarroni
lunes, 29 de mayo de 2023
"Gadda no en autor hecho para estos tiempos de brevedades, emoticones que remplazan palabras y férrea ignorancia"
El 25 de mayo de este mes, el narrador y periodista uruguayo Martín Bentancor publicó en La Diaria, de Montevideo, un excelente artículo sobre el escritor italiano Carlos Emilio Gadda (foto), de cuyo fallecimiento se cumplieron cincuenta años. Allí se habla de las dificultades que plantea su traducción y sobre lo que hizo con su principal texto Juan Ramón Masoliver, su traductor español.
El zafarrancho aquel de Gadda
El pasado domingo 21 se cumplieron 50 años del fallecimiento del escritor milanés Carlo Emilio Gadda y nadie tiró la casa por la ventana. Hubo recordatorios, charlas de especialistas, páginas destacadas en algún diario y eventos puntuales en ferias del libro en Italia, pero nada de esa parafernalia memorialista que despiertan los números redondos: de nacimiento, de muerte o de publicación de equis libro. Es que al igual que sucede con autores como Flann O'Brien, Donald Barthelme, Daniel Sada o Héctor Libertella, Gadda representa una suerte de anomalía dentro del espectro de la literatura nacional en que se inscribe y de la literatura a secas, si vamos al caso. Un experimentalista del lenguaje que fue publicado en colecciones populares, un frecuentador de los géneros que se convirtió en un “escritor para escritores”, un autor que por sus circunstancias biográficas y la forma en que se relacionó con sus pares, parece destinado al ostracismo o al ocaso. A un permanente ocaso.
A efectos de esta mirada, la vida de Gadda puede condensarse entre dos paréntesis (nacido en Milán en 1893, quedó muy joven huérfano de padre, renunció a sus estudios literarios, combatió en la Gran Guerra, perdió a un hermano en el frente, celebró el ascenso de Mussolini, estudió en el Politécnico de Milán, se recibió de ingeniero, dirigió una planta hidroeléctrica en Roma, trabajó un tiempo en Argentina y empezó a publicar cerca de los 40), porque a lo que quiero referirme, en verdad, es a la obra maestra de este milanés de complexión maciza y atemorizante, con un rostro que parecía trabajado a cincel y en el que –al menos en las fotos de sus años de madurez– no se posó jamás ni el atisbo de una sonrisa.
La obra maestra de Gadda es, desde luego, Quer pasticciaccio brutto de via Merulana, publicada en 1957 y aparecida ocho años después en español, de la mano de la editorial Seix Barral, como El zafarrancho aquel de via Merulana, en un trabajo que significó más de un dolor de cabeza y alguna que otra noche de desvelo para el traductor Juan Ramón Masoliver, que debió escanciar a otro idioma el gigantesco pastiche de esta novela particularísima, poblada de innúmeros cultismos, juegos de palabras, jergas y dialectos varios, parrafadas de trasnochada filosofía y un ritmo jazzero pautado por lo que parecen inspiradas improvisaciones a lo Joyce, pero también a lo Boccaccio, sin perder nunca el componente noir pues se trata, en definitiva, de una novela policial: en una casa de la via Merulana ha sido degollada una mujer de la que estaba enamorado el policía que investiga el crimen.
Mentar el asunto policíaco para enfrentar el zafarrancho que Carlo Emilio Gadda armó en su novela permite, en parte, arrojar algo de luz sobre la historia que late en el fondo aunque eso no es, ni por lejos, lo más interesante del asunto. Acercarse a El zafarrancho... por la cuestión meramente argumental –en la senda de lo que en 1959 hizo Pietro Germi al dirigir y protagonizar, junto a Claudia Cardinale, la película Un maledetto imbroglio, en la que la novela de Gadda fue despojada de toda su carga lingüística, lúdica y metaliteraria, convirtiéndose en un deslavado y aburridísimo thriller– es un crimen tan atroz como la muerte brutal de Liliana Balducci. Porque en Gadda todo, pero especialmente en El zafarrancho…, los tiros van por otro lado.
Luego de los dos primeros capítulos,
el doctor Francisco Ingravallo, don Chito como lo llaman todos, el policía que
dirige la investigación, se diluye sin desaparecer del todo. Su presencia
acompaña las acciones de los otros personajes –sus subordinados, un cura, una
sirvienta caída en desgracia y hasta una gallina vieja que defeca a los pies de
las visitas–, pero cuando el libro echa a andar de verdad, allá por la página
60, digamos, ya no es don Chito el protagonista sino el propio narrador, que se
mueve como un dios caprichoso que alumbra lo que quiere alumbrar y deja el
resto en penumbras. A esta altura, aquellos lectores que leen novelas solo atentos
al amasijo argumental, ya estrellaron el tomo contra la pared, hartos o
desahuciados.
La prosa de Gadda –lo de que ella nos ha llegado a través de Masoliver–, profusamente adjetivada, pródiga en subordinadas y de particular puntuación, parece funcionar por medio de una especial condensación, como en este párrafo sobre el final del libro: “El yacente, tan reseco, estaba maduro para las suministraciones postrimeras: la eternidad, médico infalible, se hallaba ya inclinada sobre él. Amorosa fijamente lo contemplaba con la mirada socorredora de una dama de la Cruz Roja o de una enfermera un poquito necrófila: ocupada en enjugarle con leve caricia la frente su más remorante mano: si con la otra y experta, maniobraba bajo las frazadas e incluso bajo el cuerpo entre el hueso sacro y el rodete, daba por fin con el lugar preciso donde poderle enjaretar el pitón, la cánula de ebonita, para el servicial de la inmunización perpetua”.
Gadda no es un autor hecho para estos tiempos de brevedades, emoticones que remplazan palabras y férrea ignorancia –cuando no liso y llano desprecio– de ciertas instituciones educativas por las humanidades, pero basta con avanzar unas páginas para constatar que el zafarrancho que el milanés armó en su novela más famosa sigue manifestándose con el paso de las décadas.
viernes, 12 de mayo de 2023
Martín Bentancor: reflexiones sobre la traducción
El uruguayo Martín Bentancor es escritor, periodista cultural y editor. Ha publicado los libros de cuentos Procesión (2009), Montevideo (2012), La lluvia sobre el muladar (2017), Los colores primarios (2019) y La gran quemazón de chanchos (2023), y las novelas La redacción (2010), Muerte y vida del Sargento Poeta (2013, 2022), El Inglés (2015), El fondo del quilombo (2019) y Baumeister (2022). Durante años, ha llevado una suerte de diario sobre lalectura de traducciones, una suma de apuntes sobre el oficio que, en muchos casos rescata la voz de los propios traductores. Acá se comparten algunas entradas del diario en cuestión.
Apuntes de un lector de traducciones
Todo lector es un lector de traducciones.
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En la portada de un libro traducido siempre debería figurar el nombre del traductor. No importa la fórmula con la que se lo presente; la omisión del dato es un gesto desleal para con el lector, el traductor y el autor.
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La anécdota contada por Ricardo Piglia. En algún momento tardío del agitado siglo XIX, el general Lucio Mansilla visita al general Bartolomé Mitre. El dueño de casa hace esperar varios minutos al visitante. Cuando lo atiende le ofrece las disculpas del caso, diciéndole que se encontraba traduciendo La Divina Comedia. La respuesta de Mansilla: “Muy bien. Hay que darle duro a esos gringos”.
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Ernst Jünger, a los 100 años, a su traductor español Andrés Sánchez Pascual, entonces de 59: “Querido amigo: no se ha propuesto usted una tarea fácil, pero sé que la resolverá de forma modélica”.
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¿Es verdad que fue Onetti el traductor del cuento ‘Todos los aviadores muertos’, incluido en el libro Estos trece, cuya traducción firma Aurora Bernárdez?
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Cyril Connelly: “Traducir es el más delicado de los ejercicios intelectuales; comparado con él, los otros acertijos, del bridge al rompecabezas, parecen triviales y vulgares”.
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En un pasaje de la novela Despair, el narrador de Nabokov desliza la aliteración “a fancy flag flapping”. En la versión de Teresa Alfieri se lee el pasaje como “una bamboleante bandada de banderas al viento”. Y en la versión de Enrique Murillo: “una ondeante banderola de fantasía”. ¿Dónde quedó la figura?
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La traducción de José Salas Subirat del Ulises durante sus viajes en tren por Buenos Aires. La impronta del desplazamiento y el ruido ambiente filtrándose en la traducción. Cuenta Lucas Petersen que Salas Subirat descosió el ejemplar de ochocientas páginas para convertirlo en delgados cuadernillos fáciles de transportar. Salas Subirat lee en el original: “The wheels rattled rolling over the cobbled causeway”. Y traduce: “Las ruedas resonaban rodando sobre la calle empedrada de guijarros”.
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En el poema ‘I fiumi’ Giuseppe Ungaretti repasa los ríos de su vida. Dice en una estrofa: “Questo è il Serchio / al quale hanno attinto / duemil’anni forse / di gente mia campagnola / e mio padre e mia madre”. En la versión de Giovanni Cantieri se lee:“Este es el Serquio / del que han sacado su agua / quizás durante dos mil años / la gente campesina de mi casa / y mi padre y mi madre”. Y en la versión de Oreste Frattoni: “Éste es Serchio / del que saca agua / desde hace casi dos mil años / la gente mía campesina / y mi padre y mi madre”. La imprecisión temporal del poeta en el tercer verso (“forse”) se mantiene en la versión de Cantieri (“quizás”) y se diluye en una afirmación aproximada (“casi”) en la traslación de Frattoni. El titubeo perdido en el pasaje.
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Marcelo Cohen inclinado sobre un diccionario de ornitología mientras traduce un pasaje de El peregrino. Silbones, mosquiteros, agujas, arrendajos, avefrías, cárabos, camachuelos y un centenar de especies de aves más cruzan el aire de Chelmsford para ser apresados por el traductor en un altillo de Buenos Aires. Al final de la tarde, luego de trazar con lápiz una marca en forma de zeta al inicio de un párrafo, Marcelo Cohen descubre a un hornero en el alféizar, a menos de un metro de su mesa de trabajo.
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Supe de la muerte del traductor José Manuel Álvarez-Flores mientras leía Poderes terrenales, de Anthony Burgess. La traducción es de José Manuel Álvarez y Ángela Pérez, su pareja. Cuando reabrí el ejemplar en la página 298, leí: “La luna era como una rodaja de mantequilla bretona con venas fromáticas y un ruiseñor derramaba ridículas cadencias. Las higueras exhibían lacios mitones y las adelfas desbordaban joyas sin corazón”.
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El traductor Raúl Ortiz y Ortiz, músico frustrado: “Mi amor por las lenguas es el acatamiento de un destino”.
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Nena querida: la traducción de un libro de William Saroyan que lee una adolescente Cristina Peri Rossi y que marcará sus futuros encuentros con varias amantes en diferentes ciudades.
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Juan Filloy tenía 100 años, en 1994, cuando fue traducido por primera vez. La novela Op Oloop, publicada en Holanda por la editorial Coppens & Frenks Uitgevers, inauguró una serie de traducciones que se habían venido posponiendo durante décadas. Más allá de la destreza y la entrega del traductor de turno, se me ocurren pocas tareas más arduas, intelectualmente hablando, que la traducción de una página escrita por Filloy.
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La paráfrasis de Chitarroni sobre lo que alguien decía de Kafka al escribir en alemán, no en su lengua materna: “Usaba las palabras como si tuviera que devolverlas al otro día”.
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El cónsul mexicano Luis Maneiro traduciendo en Le Havre, a mediados del siglo XIX, las cartas de Lord Chesterfield.
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La sorpresa del traductor Albert Bensoussan cuando en un viaje a Buenos Aires se encontró con una edición local de Muerte a crédito, traducida por Néstor Sánchez, autor que él mismo tradujera al francés.
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Ese adjetivo que cae. En su traducción del cuento ‘La cruz azul’, que arranca la saga del detective católico en El candor del Padre Brown, Alfonso Reyes traduce la línea “The shadow of a smile crossed the round, simple face of his clerical opponent” como “La sombra de una sonrisa cruzó por la cara redonda y sencillota del clérigo”.
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Palabras de cuño joyceano entre los cuentos de Dublineses traducidos por Luis Alberto Sánchez: perdidoso, coloradote, venteó, cualquierita, bonancible, badulaqueando, ganapanes, acezante, cicatero, lentejueleaba, carcocha…
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Lydia Davis: “Y, no obstante lo que presupongas o te hayan enseñado, la habilidad más importante que el traductor pueda tener no es el dominio de la lengua ajena, sino la capacidad de escribir bien en su propia lengua”.
-Fragmentos del libro El lector de traducciones (inédito), publicados en el portal de lalibrería montevideana Escaramuza (escaramuza.com.uy) el 6 de mayo de 2023.
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jueves, 29 de diciembre de 2022
Un recuerdo uruguayo para Marcelo Cohen
El siguiente artículo, publicado el 23 de diciembre pasado, en La Diaria, de Montevideo, por el narrador y periodista uruguayo Martín Bentancor, da cuenta de la trayectoria de Marcelo Cohen como traductor de una manera no reflejada por los medios argentinos.
Los lápices de
Marcelo Cohen
Una recorrida por los estantes de la biblioteca, ese espacio caprichoso construido por la suma de años de lecturas, trabajos, búsquedas y acumulaciones, propicia la separación de algunos volúmenes –Lady Susan, de Jane Austen; Libro de maravillas, de Nathaniel Hawthorne; El Crack-Up, de F Scott Fitzgerald; Los desafortunados, de BS Johnson; Historias inverosímiles, en general, de Alasdair Gray; La exhibición de atrocidades, de JG Ballard; La ley del silencio, de Budd Schulberg; Una chica en invierno, de Philip Larkin; La noche, de Al Alvarez; La máquina blanda, de William S Burroughs; Adagia, de Wallace Stevens– con los que se podría fundar una nueva biblioteca. El factor común: todos fueron traducidos al español por Marcelo Cohen.
***
Al terminar cada jornada de trabajo, antes de cerrar el original, Marcelo Cohen trazaba una marca con forma de zeta sobre el párrafo en el que detenía la traducción. Empleaba para ello, sistemáticamente, fuera cual fuera el libro sobre el que trabajara e independientemente del momento del día, la estación en curso y el nivel de cansancio acumulado, un lápiz de escribir Staedtler en su clásica presentación negra y amarilla. Con los años, el sistema de marca vuelto rutina se convirtió en una suerte de obsesión, al punto de que no dudaba en robar los lápices Staedtler que ocasionalmente encontraba en escritorios y gavetas en casas de amigos, bibliotecas de colegas u oficinas de editores. La rutina devenida obsesión vía neurosis le dio paso, además de a una importante acumulación de lápices, a una superstición: el día que se acabaran los lápices Staedtler sobre su mesa de trabajo se habría acabado la traducción. No la traducción de una obra en curso, sino la traducción.
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En uno de los ensayos del libro Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción), Marcelo Cohen relata la experiencia de John Cage al entrar en una cámara anecoica. Cuando el músico por fin esperaba no escuchar absolutamente nada, oyó dos sonidos: uno bajo, que identificó como el del pulso de su sangre, y otro agudo, el de su sistema nervioso. “El silencio suele ser un hervidero de sonidos que la música disimula; lo mismo hace el lenguaje”, escribió Cohen. Nadie más seguro para afirmar lo anterior que alguien que tradujo una importante cantidad de libros de varias lenguas, aislándose en la cámara anecoica del idioma para captar el sonido propio del lenguaje. En el arranque de su icónico ensayo “Nuevas batallas por la propiedad de la lengua” expresó que “a veces pienso que, quizá más aún que escribir, traducir provoca en uno dulces o ácidas y siempre interesantes perplejidades sobre el lenguaje, el entendimiento y la política, el exilio como condición existencial generalizada y las verdades y falacias de la identidad”.
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En “Persecución. Pormenores de la mañana de un traductor”, Marcelo Cohen describió el caos de su mesa de trabajo, campo de batalla inmediato en la permanente confrontación con los idiomas: “En mi altillo idílico, el papelerío vario, libros de todo género y postura, mamotretos de referencia, dossiers, recortes de prensa, facturas, libretas, es el retrato de un desarreglo mental que el oficio sabe instrumentar para sus fines. Lenguas, gramática, hermenéutica, ejecución, orden de los componentes, argumentación, sucesiones y sincronías, tonos, trayectos, criaturas, culturas, técnicas, lugares: la traducción me ha pautado la vida en una suerte de nomadismo sedentario”.
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Marcelo Cohen inclinado sobre un diccionario de ornitología mientras traduce un pasaje de The Peregrine, de JA Baker. Silbones, mosquiteros, agujas, arrendajos, avefrías, cárabos, camachuelos y un centenar de especies de aves más cruzan el aire de Chelmsford, condado de Essex, Inglaterra, para ser apresados por el traductor en el altillo de su casa en el barrio de Belgrano, ciudad de Buenos Aires, Argentina. Al final de la tarde, luego de trazar con medio lápiz Staedtler una marca en forma de zeta al inicio de un párrafo, Marcelo Cohen descubre a un hornero en el alféizar, a poco menos de un metro de su mesa de trabajo.
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Marcelo Cohen en plena traducción de la novela de Chris Kraus: “Uno siempre está en medio de una frase; y entre lo que ya escribió, y es pasado, y el descubrimiento que vislumbra cerca del punto está el momento de pugna con las palabras en un umbral: esa duda inexorable es la fatiga del oficio, pero también la dádiva”.
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Ahora que Marcelo Cohen ha muerto, los lápices Staedtler que acumuló con
los años se fusionarán con las paredes de algún portalápices, juntarán polvo en
una gaveta o se dispersarán por ahí, liberados de marcar nuevas zetas al inicio
de párrafos de traducciones en marcha. Lamentablemente, ya no habrá nuevas
traducciones firmadas por Marcelo Cohen, pero todos los libros que durante
décadas vertió a nuestro idioma continuarán desestabilizando el orden de las
bibliotecas, amplificando el maravilloso (e inquietante) hervidero de sonidos
del lenguaje.



