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viernes, 19 de abril de 2024

La biografía de los hermanos Canto, disponible

El pasado 14 de abril, Jorge Martínez publicó en el diario La Prensa, de Buenos Aires, una reseña sobre el libro Los Canto, de Daniel Mecca. El volumen recorre la vida y la obra de los hermanos Patricio y Estela Canto, quienes dejaron una importante huella en la historia cultural argentina, en la cual su trabajo como traductores ocupa un lugar destacado.

Hermanos rebeldes en el apogeo literario argentino

Intentar las biografías de personajes secundarios de la literatura comporta el desafío inicial de convencer a editores y lectores de que esos seres marginales, más bien oscuros, merecían un libro. Superado ese primer obstáclo la obra debe justificarse por el valor de sus hallazgos o por el encanto de su forma.

Daniel Mecca (Buenos Aires, 1986) se impuso la casi imposible tarea de reconstruir la vida de Estela y Patricio Canto. Hermanos muy unidos, ambos escritores y traductores, miembros díscolos del universo de la revista Sur, cultos, intrigantes, proclives al escándalo y simpatizantes estalinistas del PC. Ella, además, entró en la historia por haber sido algo así como el amor imposible de Jorge Luis Borges, quien le dedicó, para siempre, “El Aleph”.

En el libro resultante, Los Canto (Emecé, 386 páginas), Mecca combina la biografía de los hermanos con el relato de cómo encaró una investigación a la que dedicó siete años de trabajo. Fue una tarea cargada de dificultades que no vacila en compartir con sus lectores, paso a paso.

“Borges, amor, desolación, gossips, la hipótesis de que crearon un novelista testaferro, papeles inéditos, espías amantes, traducciones de grandes obras maestras de la literatura...¿Cómo se escribe una biografía hecha de fragmentos y mitos y ausencias y tiempo?”, inquiere en la página 27.

LAS SEMBLANZAS
Pese a las quejas, el trabajo termina cobrando forma. La narración más o menos biográfica se alterna con el testimonio en estilo directo y letra cursiva del medio centenar de entrevistados (de Miguel de Torre Borges y Juan José Sebreli a Javier Torre y Jean Pierre Noher) que aceptaron hablar del dúo dinámico, bien porque los conocieron en persona o bien porque manejaron información o anécdotas picantes que los retratan. Sus aportes ayudan a dar cuerpo a las semblanzas desde miradas diferentes y a menudo contrapuestas.

La relación de Estela Canto (1915-1995) con Borges ocupa buena parte del volumen. Mecca la recrea a partir de su propia pesquisa y del análisis minucioso de Borges a contraluz, el discutido libro de 1989 hoy revalorizado en el que Estela estampó su versión personal del mito y lo humanizó de manera impensada hasta entonces.

En Los Canto se mencionan también los otros amores de una mujer “frontal, rebelde, deseante y deseada” que evidentemente no tenía en el plano sentimental las inhibiciones que lastraban el comportamiento de su amigo “Georgie”.

Menos atención recibe Patricio Canto (1918-1989), quien fue agregado por Mecca a lo que en un comienzo había sido un trabajo periodístico centrado en la hermana más famosa. Si en el caso de Estela la información disponible es fragmentaria y contradictoria, en el de Patricio los datos son incluso más modestos, a tono con una personalidad arisca, seria, hermética.

Esto aparece corroborado en las citas de su diario personal e inédito, que revelan a una persona atormentada y herida, con dificultades para concretar sus ambiciones literarias en un ambiente que se jactaba de despreciar.

En conjunto el libro de Mecca se sostiene por el jugoso anecdotario, por la variedad de testimonios y porque traza un panorama informal del mundo literario argentino entre las décadas de 1940 y 1990, con sus luces y sombras, sus rencillas personales y sus disputas ideológicas y estéticas.

Dentro de ese marco no es menor el espacio que asigna al oficio de traductor literario, a sus exigencias y condiciones. Los Canto lo ejercieron con profesionalismo y en un amplio rango de temas y autores (Estela, por caso, llegó a traducir seis de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust).

Refiriéndose a Patricio Canto, Jorge Fondebrider prodiga una valoración más profunda y compasiva. Cree que podría “haber formado parte de ese nutrido pelotón de intelectuales que, en casi todos los países, tanto con artículos como con traducciones actúa de manera casi secreta durante algunas décadas, contribuyendo a la formación y a la polémica de varias generaciones, pero sin dejar una obra propia lo suficientemente contundente como para asegurar su lectura y comentario a través del tiempo. Esa estirpe, no obstante, resulta imprescindible”.

domingo, 14 de febrero de 2010

Recuerdo de un traductor (VIII)

Argentinos, los hermanos Canto fueron descendientes de una familia tradicional uruguaya. Estela (1919-1994), acaso por las numerosas novelas publicadas y por su célebre romance con Jorge Luis Borges (al que ella misma consagrara un libro en 1989) es la más conocida de los dos. Sin embargo, Patricio Canto (1916-1989), ensayista polémico y fino articulista, todavía espera ser redescubierto. Ambos hermanos frecuentaron a Borges, a Bioy Casares y Silvina Ocampo y a José Bianco y, al menos desde 1939, colaboraron asiduamente con la revista Sur, por lo que durante algún tiempo fueron adscriptos a esa galaxia, hasta su decidida vocación por la izquierda. Los dos fueron eminentes traductores. Sobre ellos escribió Edgardo Cozarinsky: “Estela y Patricio Canto atravesaron la vida literaria argentina entre los años 40 y 60 del siglo pasado con independencia altiva y un talento tan desparejo como indiscutible. A medida que van muriendo quienes los frecuentaron, me pregunto quién podrá contarme de dónde venían, cómo se formaron esos seres inteligentes y paradójicos de quienes sólo alcancé a ver fugaces instantáneas. A Estela la recuerdo –atractiva, despeinada, ojerosa– una tarde de 1964 o 1965, despotricando en la librería Letras de la calle Viamonte contra las escritoras ‘que se muestran por televisión’ (eran los albores del imperialismo mediático y estoy seguro de que hoy parecerían tímidas las exhibiciones que entonces la indignaban). A Patricio lo entreví hacia la misma época, discutiendo con Pepe Bianco entre whisky y whisky, en un bar en la bajada de la calle Tucumán, a pocos metros de Reconquista, al que se accedía por tres escalones que le habían merecido el nombre de ‘La Escalerita’... Los había leído, sin embargo. De ella intenté varias novelas sin lograr avanzar; décadas más tarde, sentí que había logrado su mejor ficción con Borges a contraluz, esa memoria sin duda narcisista (como toda memoria) pero impregnada de un dolor verdadero, de una lucidez casi sin complacencia. De él había recorrido la diatriba contra Ortega y Gasset y un ensayo sobre Nietzsche, pensadores tan superficialmente conocidos por mí que no me hubiese atrevido a disentir con su análisis; pero eran menos sus argumentos lo que me estimuló que el acceso tangencial a las ideas, la iluminación particular que les dedicaba”.

El libro en cuestión, citado por Cozarinsky, es El caso Ortega y Gassett (foto; Buenos Aires, Leviatán, 1958), sobre el cual el colombiano Rubén Jaramillo Vélez ha dicho: “Lo más interesante del libro de Canto en lo que propiamente se refiere a la personalidad del intelectual español se encuentra ya en los primeros renglones del libro. Cuenta que cuando Ortega agonizaba exclamó ‘estoy tratando de concentrarme en algo y no puedo’. A lo que aquél agrega: ¡Fue eso precisamente lo que le pasó toda la vida!”.

De todos modos, mientras Patricio Canto espera su reivindicación como hábil polemista en materia de política, filosofía, historia y ciencias sociales, queda reseñar la ingente labor que llevó a cabo como traductor, a lo largo de casi cinco décadas. A tal punto que, muy probablemente, los lectores españoles y latinoamericanos no sepan que muchas de sus traducciones –Los desnudos y los muertos y Costa bárbara, de Norman Mailer, La colina de Watership y La sombra del oso, de Richard Adams, entre otras publicadas por Anagrama y Bruguera, respectivamente– le pertenecen.

Sin la pretensión de la exhaustividad, puede decirse que, como traductor, no le hizo asco a nada y firmó con su nombre desde best-sellers –como Traficantes de dinero, de Arthur Halley, y Justicia salvaje, de Wilbur Smith– hasta libros increíblemente complejos y sofisticados. Tal es el caso de Raymond Roussell, de Michel Foucault, de El ABC de la lectura, de Ezra Pound, de Trémula intención, de Anthony Burguess, o de Hamlet, de William Shakespeare para no olvidar sus versiones de D. H. Lawrence (El hombre que murió/El hombre de las islas/ Cristo y pan), William Saroyan (Cosa de risa), Graham Greene (Una especie de vida), James Baldwin (El cuarto de Giovanni), Leroi Jones (De vuelta a casa), Ray Bradbury (Fantasmas para siempre), Erico Verissimo (Noche), etc,

Pero no sólo las obras de naturaleza literaria conforman su perfil de traductor profesional. Entre los ensayos vertidos al castellano por Canto pueden mencionarse Historia contemporánea de los Estados Unidos, de N. Iakovlev, Robespierre : el primer revolucionario, de David P. Jordan, Sigmund Freud: su exploración de la mente humana, de Gregory Zilboorg, La escena en acción, de Samuel Selden, La Argentina y los Estados Unidos: [1810-1914], de Harold F. Peterson, o Charles De Gaulle, de Don Cook, entre muchos otros.

No sin cierta melancolía, resta mencionar que es probable que Patricio Canto haya formado parte de ese nutrido pelotón de intelectuales que, en casi todos los países, tanto con artículos como con traducciones actúa de manera casi secreta durante algunas décadas, contribuyendo a la formación y a la polémica de varias generaciones, pero sin dejar una obra propia lo suficientemente contundente como para asegurar su lectura y comentario a través del tiempo. Esa estirpe, no obstante, resulta imprescindible.