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jueves, 3 de octubre de 2024

"La mayoría de las personas piensan y dicen abiertamente que los traductores y los intérpretes «nada más tenemos que traducir»"

"Ana Elena de Arazoza, , presidenta de la Sección de Traducción Literaria de la Asociación de Escritores de la Uneac, refirió sus criterios acerca de la profesión y de la labor que desempeña el equipo de trabajo que conduce." Eso dice la bajada de la entrevista publicada  Madeleine Sautié, en Granma, de Cuba, el pasado 26 de septiembre.

"Todavía estamos lejos del reconocimiento que merecemos"

Es inestimable la importancia de la traducción. Muchas veces no nos detenemos a pensar en las limitaciones culturales que tendríamos si no fuera por la posibilidad que nos ofrece el especialista que lleva, de una lengua a otra, el mensaje, a veces pequeño; otras, inconmensurable.

Conversar con Ana Elena de Arazoza es todo un gusto. Ella es licenciada en Lengua y Literatura Inglesas de la Facultad de Lenguas Extranjeras de uh, y presidenta de la Sección de Traducción Literaria de la Asociación de Escritores de la Uneac, a propósito del Día Internacional de la Traducción, que se celebra cada 30 de septiembre.

Sobre el valor de la traducción para la cultura y el entendimiento humano, nos explica que «pocas veces se reconoce el papel de los traductores e intérpretes en la difusión de la cultura universal y en el entendimiento en general. Imagínate una conferencia internacional o una reunión de algún organismo internacional como la onu sin intérpretes. En cuanto a la literatura, no conoceríamos la vida, las costumbres de otras sociedades, o de otras épocas. Ya lo dijo Saramago: “Los escritores hacen las literaturas nacionales. Los traductores hacen la literatura universal”».

–No siempre las personas reparan en el hecho de que, al traducir, se construye un nuevo texto. ¿Qué se puede hacer para visibilizar socialmente la hazaña de este trabajo?
–Aunque en Cuba se ha avanzado en ese sentido, e incluso la ley sobre derecho de autor reconoce al traductor como autor y creador, todavía estamos lejos del reconocimiento que merecemos. La mayoría de las personas piensan y dicen abiertamente que los traductores y los intérpretes «nada más tenemos que traducir». Desconocen lo que eso significa, la preparación que necesitamos, lo que hay que estudiar e investigar en el caso de la traducción de obras literarias. Nuestra profesión es eso: una profesión que implica estudios, no solo de la lengua extranjera que hay que dominar, sino también de la lengua materna, cultura, historia, técnicas de cada una de las modalidades de interpretación, ejercitación de la memoria… Son muchas cosas.

–Hablemos de la traducción en la Uneac. ¿En qué consiste la labor primordial de la Sección? ¿Cuáles son los elementos que la identifican?
–La Sección agrupa a traductores literarios de diversos idiomas. Fundamentalmente nos ocupamos de divulgar y promover la traducción de obras literarias, tanto de autores cubanos a otras lenguas –y, de esa manera, también divulgar la cultura cubana y la obra de nuestros autores–, así como de traducir literatura extranjera al español. Además, colaboramos con importantes eventos como la Feria del Libro y con el Ministerio de Cultura. Cada dos años, en el mes de noviembre, realizamos el Simposio Internacional de Traducción Literaria, y también convocamos en años alternos al Concurso de Traducción Literaria que otorga el Premio José Rodríguez Feo, que es un Premio Uneac.

–La Sección tiene ya 35 años, de manera que goza ya de una mayoría de edad en sus propósitos. ¿Cómo se prepara para el x congreso de la Uneac, que ya está a la vista?
–En el Congreso participaremos dos delegadas representando a la Sección. Además de los planteamientos recogidos en la asamblea de balance más reciente, seguimos en contacto con los miembros y unificando criterios para que nuestra participación sea eficaz no solo para nuestra Sección, sino para la organización en general.

–¿Cuáles son los retos en los que está enfrascada la Sección de Traducción Literaria?
–El mayor reto en este momento es continuar trabajando para que se cree el Premio Nacional de Traducción Literaria, que por diversas razones no se ha aprobado. No lo hemos logrado todavía, pero estoy segura de que se logrará. Todavía no se valora plenamente la dimensión de nuestra labor, pero tenemos que continuar trabajando para lograrlo. En este momento, como presidenta de la Sección, me corresponde continuar la labor de todos los colegas que me han precedido en ese objetivo. Tenemos que colaborar más estrechamente con la Asociación Cubana de Traductores e Intérpretes (acti), a la que también pertenecemos. Y con la Facultad de Lenguas Extranjeras, pues esa es la cantera del futuro.

–¿De qué se siente satisfecha?
–Me siento satisfecha porque no estoy sola. Yo ahora solo soy quizás la más visible, pero no soy la única. Mis colegas de la Sección y de la acti están también conmigo. Y nuestros pasos están encaminados a lograr que nuestra profesión reciba todo el reconocimiento que merece, pues en definitiva, la ganancia mayor sería para la Cultura, con mayúscula, la nuestra, y la universal.









viernes, 24 de noviembre de 2023

Ciclo de traducción teatral por Christilla Vasserot


Charla y atelier teatral

Del 29 nov al 1de diciembre

 

Christilla Vasserot, invitada por el Centro Franco Argentino de Altos Estudios de la UBA, traductora y profesora en el departamento de Estudios ibéricos y latinoamericanos de la Universidad Sorbonne Nouvelle (París).

 

Miércoles 29 de noviembre, 19.00h.

Conferencia “Texto y escena: los distintos formatos de la traducción teatral

 El teatro es y no es literatura. Traducir o adaptar. La cuestión del destinatario. Traducir para la escena: el caso del sobre-titulado. Los dilemas del traductor

 
Jueves 30 de nov y 1ro diciembre, 18 a 21.00h

Ateliers gratuitos con inscripción previa :  AQUÍ

 

Jueves 30Atelier de traducción teatral del español al francés en colaboración con Nara Mansur. 

Linealidades, fronteras e hibridación. Poesía y teatro.Texto, publicación y performance. Entre revoluciones: traducir Charlotte Corday. Entre exilios: traducir Ignacio & María

1ro Diciembre | Atelier de traducción teatral del francés al español en colaboración con Jaime Arrambide.

¿Por qué traducir Juste la fin du monde de Jean-Luc Lagarce ? Las condiciones de producción (de la obra original y de la traducción). El traductor como dramaturgista. ¿El traductor invisible? Título, tiempos verbales y verosimilitud. El caso particular de los monólogos y del intermedio. 


Christilla Vasserot es traductora y profesora titular de la Universidad Sorbonne Nouvelle – Paris 3, especialista de literatura y teatro latinoamericano. Tras un Doctorado sobre teatro cubano contemporáneo, ha dedicado gran parte de sus investigaciones al teatro latinoamericano contemporáneo. Ha traducido al francés novelas, obras de teatro y cómics, de autores españoles y latinoamericanos, entre los cuales César Aira, Martín Solares, José Manuel Prieto, Rodrigo García, Angélica Liddell, Romina Paula, Guillermo Calderón, Rogelio Orizondo, Virgilio Piñera, José Triana, Pedro Sedlinsky, Sergio Boris, Javier Daulte, Luis Guenel, Santiago Loza… Es vice-presidenta de la Maison Antoine Vitez (centro internacional de la traducción teatral, Francia) y coordinadora de su comité hispánico. 

 

Nara Mansur Cao (La Habana, 1969) es poeta, dramaturga y crítica teatral. Egresada de la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad de las Artes de Cuba. Sus obras teatrales se han estrenado internacionalmente por directores como Paul Verdier (EEUU), Aravind Adyanthaya (Puerto Rico) y Carmine Borrino (Italia) y han sido traducidas al inglés y francés. En Buenos Aires, donde reside, la puesta en escena de Corina Fiorillo de Ignacio & María obtuvo tres nominaciones a los Premios ACE (Asociación de Cronistas del Espectáculo). En Cuba, Broselianda Hernández, Julio César Ramírez, Marcial Lorenzo Escudero, Martha Luisa Hernández Cadenas, Jaime Gómez Triana, han escenificado desde distintos registros sus textos. En Cuba impartió el Seminario de Dramaturgia en la Universidad de las Artes y fue jefa de redacción de la revista Conjunto (Casa de las Américas), dedicada al teatro latinoamericano. También ha publicado varios libros de poesía. Cuatro poemas para el teatro, que reúne sus primeras piezas, obtuvo en Cuba el Premio de la Crítica Literaria. Incluye Charlotte Corday. Poema dramático (finalista I Concurso “Casa de América-Festival de Escena Contemporánea” de Dramaturgia Innovadora, Madrid, 2002), Ignacio & María  (Finalista Premio de Dramaturgia Virgilio Piñera 2002), Educación sentimental y Venus y el albañil (Accésit Primer Concurso de Dramaturgia organizado por la Embajada de España en Cuba y la Agencia Española de Cooperación Internacional, 2005). Como investigadora preparó Dos viejos pánicos y otros textos teatrales (2014), selección y estudio crítico del teatro de Virgilio Piñera y sendas introducciones a los teatros completos de Iván Turguéniev y Antón Chejov (2015) para Ediciones Colihue.

 

Jaime Arrambide es traductor literario, poeta y dramaturgista. Desde 2008 ocupa el cargo de Traductor en Jefe del diario La Nación, donde también se desempeña como crítico literario. Como traductor especializado en ciencias humanas, teatro y artes visuales, ha traducido a autores y pensadores de la talla de J-P Sartre, Jean Genet, Marguerite Duras, Zygmunt Bauman, Julia Kristeva, Jacques Derrida, David Mamet, Sarah Kane, J-L Lagarce, Martin Crimp, B-M Koltès, entre muchos otros. Fue traductor residente del Centre National des Écritures du Spectacle (CNES-Avignon) y tutor de residencias del Collège International des Traducteurs Littéraires (CITL-Arles). Dirigió el Seminario Internacional de Traducción Teatral 2013 en el Centre des Auteurs Dramatiques (CEAD-Montreal) y fue consultor de las Clínicas de Dramaturgia del Festival TransAmériques 2017 (Montreal). En 2018, por invitación del CEAD, dictó un ciclo de master class dirigido a escritores y dramaturgos en el Monument-National, Montreal. Como traductor de Fundación Proa desde el año 2005, ha traducido textos originales de artistas visuales como Marcel Duchamp, Alberto Giacometti, Louise Bourgeois, Yves Klein.
 

Cuándo: Conferencia 29/11, Atelier 30/11,  Atelier 01/12 

Horario: 18h a 21h.

Entrada: Libre y gratuita. Talleres gratuitos con inscripción previa.

Lugar: Biblioteca

Dirección: Av. Córdoba 946, CABA

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Olga Sánchez Guevara recuerda un texto de Peter Handke, publicado en este blog, sobre la traducción


El pasado 24 de octubre, Olga Sánchez Guevara publicó en la sección dedicada a la traducción de la revisa on line Cuba literaria, un artículo sobre Peter Handke, donde se recogen las reflexiones del autor austríaco sobre la traducción.

Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019,
es también traductor

El Premio Nobel de Literatura correspondiente a 2019 ha sido otorgado a Peter Handke. Es la segunda vez que un escritor austríaco recibe el galardón (la primera fue Elfriede Jelinek, en 2004). Handke nació en Griffen, Carintia, en 1942; es narrador, dramaturgo, ensayista, poeta, guionista y director de cine y, no por último menos importante, prolífico traductor: faceta por la que su premio debe enorgullecer a todos los que ejercemos este oficio tantas veces invisible.

Su nombre ya se había mencionado en ocasiones anteriores como posible receptor del Nobel, y la academia sueca ha destacado el «ingenio lingüístico con que ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana».

Handke comenzó a estudiar derecho en la ciudad de Graz, pero tempranamente decidió seguir su vocación literaria, y desde1963 participó en la emisora radial de Graz con colaboracionessobre disímiles temas, como el fútbol, Los Beatles y el cine de animación. A partir de 1964 se publicaron textos suyos en manuskripte (manuscritos), importante revista literaria austríaca. En 1964 comenzó a escribir su primera novela, Die Hornissen, publicada en 1966 por la editorial Suhrkamp y traída al español por Francisco Zanutigh bajo el título Los avispones (Versal, Barcelona, 1984).

Una de sus narraciones más conocidas es Die Angst des Tormanns beim Elfmeter, Suhrkamp, 1970 ( El miedo del portero ante el penalti, traducción al español por Pilar Fernández Galiano,  Alfaguara, 1979). Esta novela fue llevada al cine por Wim Wenders en 1972.

Publikumsbeschimpfung (Insultos al público, traducción de José Luis Gómez y Emilio Hernández, Alianza, 1982), pieza teatral cuyo estreno mundial tuvo lugar en 1966 bajo la dirección de Claus Peymannen Frankfurt, resultó desde el principio una obra polémica y controvertida, como muchas de su autor y como él mismo. Insultos al público fue llevada a escena recientemente en Cuba por el grupo Impulso Teatro, dirigido por Alexis Díaz de Villegas, quien ha comentado que:

...la pieza critica la postura del público en una sala de teatro. Es una obra donde el momento, la anécdota es el público. Los actores desnudan a los espectadores, hay un diseño de luces para ellos, contrario de lo que sucede habitualmente en la sala oscura. Es como dijo alguien: «destruir el teatro para volver a encontrarlo» (...).La obra sigue vigente, ha habido espectadores desde antes, durante y después de los 60, y es básicamente eso una crítica a todo tipo de público, al farandulero, al que no aplaude, al que crítica la postura del público.1

Con Wim Wenders, Handke fue coguionista de la película El cielo sobre Berlín, del propio Wenders, y escribió el guión para Falso movimiento (una adaptación de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, también dirigida por Wenders), que le reportó el premio alemán al mejor guión cinematográfico en 1975. Handke dirigió los filmes La mujer zurda (1978) y La ausencia (1992).

Este artista multifacético cuenta con una extensa bibliografía como traductor, que incluye entre otros a autores como Adonis, Esquilo, Sófocles, Eurípides, William Shakespeare, René Char, Marguerite Duras, Jean Genet, Julien Green y Patrick Modiano (Premio Nobel de Literatura 2014). Tuve el placer de leer dos novelas de Modiano en versión de Peter Handke al alemán, y durante toda la lectura me pareció estar frente a textos escritos originalmente en ese idioma.

La editorial argentina Eterna Cadencia publicó en 2012 Lento en la sombra. Ensayos sobre literatura, arte y cine, de Peter Handke. En versión al español de Ariel Magnus, el libro incluye, entre otros textos, reflexiones de Handke sobre la traducción:

Cuando empecé a leer los nombres impresos en letra chica de los traductores, de los que nada más se sabía, como una añadidura mágica a las novelas extranjeras: Sigismund von Radecki (en Dostoievsky), Guido M. Meister (en Camus), Georg Goyert (en Joyce), Helmut M. Braem (en William Faulkner), Helmut Scheffel (en Michel Butor), Elmar Tophoven (en Samuel Beckett, Alain Robbe- Grillet)... Cómo me imaginaba a estas personas: dignatarios serios, retirados del mundo, completamente abocados al servicio de la causa, invisibles. Tanto más sonoros para el lector principiante los meros nombres.

Singular encuentro más tarde: el intermediario de mi primer manuscrito con una editorial era un traductor. El hombre en persona no se correspondía para nada con mi imagen del traductor: en lugar de ser un silencioso y mero esbozo, dominaba la escena; no la taciturnidad de un sirviente, sino el brío de un luchador (y efectivamente había participado en la Guerra Civil española).

Años después, como invitado en un encuentro de traductores, donde se discutían las versiones extranjeras de uno de mis libros. Los traductores como grupo, cada individuo sin rostro, pero de forma distinta a como me los había imaginado alguna vez, y al mismo tiempo, dignos, aunque de forma distinta que en mi imaginación. Con el correr de los años, el encuentro, ahora sí, con cada uno de los traductores, (...) encuentros en los que el traductor, en vez de las grandes preguntas del escritor, hacía las pequeñas preguntas agradables sobre palabras, cosas y sobre todo lugares: lo decisivo, al menos en las traducciones de prosa, parecía ser la reproducción correcta de los lugares de la narración, los rincones, los límites espaciales, las transiciones. Con estas preguntas pasaban horas, que el autor y el traductor vivían como un libro conjunto, adicional, donde se unían entre sí la posibilidad y la imposibilidad de la traducción de un idioma a otro, y finalmente el atrevido declarar-como-posible también las imposibilidades.

Después, de manera más bien casual, sin intención, un intento de traducción propio: aunque solo unas oraciones, empezadas más bien como diversión o entretenimiento, de Un coeur simple de Flaubert (o sí, con una intención: hacerse una idea de esta tarea, porque la heroína de una historia planeada debía ser, precisamente, traductora). Luego, de pronto, el descubrimiento: en una búsqueda tal de correspondencia, en palabras, estructuras, ritmos, no solo arrastrar algo o reproducirlo, sino crear algo, sí, estar obrando, oración por oración, párrafo a párrafo, constantemente, un sentimiento que en la escritura originaria (o como deba ser llamada) solo se presentaba de forma esporádica o con posterioridad. Si tuviera que encontrar un verbo para una tarea como esta, sería «aclarar», o «estructurar», o mejor aún: «levantar».

Luego, el tiempo en que uno mismo fue un traductor. Pero uno no podía hablar de sí mismo como «traductor», de la misma forma que no podía hacerlo como escritor; a lo sumo, al igual que el «he escrito»: «he traducido». De estas traducciones, que casi siempre eran mi propia elección y con las que nunca le quite el trabajo a ningún otro, me sentí por lo general protegido, como si al hacerlas tuviera puesto una especie de manto protector. (...) Para mi traducción, la condición era que en cada caso yo pudiera participar del texto; este juego de participación, por así decirlo invisible, detrás de bambalinas, me parecía por momentos como la forma de vida más equilibrada, además de la más puramente participativa. Posibilidad y paradoja del que traduce: participando del juego, se aparta del juego; se libera de su juego solitario, participando del juego de la traducción.2

Notas:

viernes, 18 de octubre de 2019

Como casi todas las ferias (pero más),Fráncfort se cuece en su propia salsa y puede ser indigesta

Lo que sigue es lo que escribió en su blog arte-sanías (http://anibalcampostraduccion.blogspot.com/) el traductor cubano José Aníbal Campos, con motivo del comienzo de luna nueva edición de la Feria del Libro de Fráncfort, el pasado 16 de octubre: "Con un programa dedicado por entero a la literatura Noruega, se inaugura hoy la Feria del Libro de Fráncfort, que en este 2019 va a estar marcada por la polémica desatada por el otorgamiento del Premio Nobel a Peter Handke y las durísimas palabras críticas que le dedicó al galardonado autor de Carintia el joven escritor de origen serbio Saša Stanišić en el día de ayer, cuando le fue concedido el Premio del Libro Alemán. Entre 2005 y 2010 acudí puntualmente (y con gran provecho) a estas citas anuales. Luego, estas "fiestas del libro" (por llamarlas de algún modo), dejaron de interesarme. Y de ese desinterés surgió este breve ensayo publicado en su momento por Cuadernos Hispanoamericanos. Será divertido vivir otra vez de cerca (aunque con la debida y prudencial distancia) la Feria de este 2019.  A continuación, el texto que me sirvió de despedida en octubre de 2010, casi al día siguiente de haber entregado a Sexto Piso, con un clic dado desde la cama de mi angosto alojamiento en la ciudad ferial, el manuscrito de Edipo en Stalingrado, de Gregor von Rezzori".

Fránfort: la gran verbena 

Si uno contempla el cielo de Fráncfort a cualquier hora de un día despejado, verá la caprichosa y tupida red de estelas de humo que tejen los aviones al entrar o salir de la ciudad con frecuencia de pocos segundos. Fráncfort ha sido siempre un lugar de intenso tráfico fluvial, ferroviario y aéreo: su posición privilegiada a orillas del Meno, un afluente del Rin, le garantiza un acceso rápido a la arteria de transporte fluvial más importante del oeste europeo; la estación central, testimonio de uno de los muchos ataques de megalomanía arquitectónica que ha padecido Alemania a lo largo de su historia (el del Segundo Reich), sigue siendo, con sus más de veinte andenes principales y su enorme bóveda de acero y cristal, una de las más imponentes de Europa, mientras que el célebre aeropuerto —encarnación postmoderna de la Metrópolis de Fritz Lang— constituye tránsito obligado para cualquier viajero habitual.

Pero el tráfico, en Fráncfort, se entiende en un sentido mucho más amplio: allí tiene su sede el mayor empalme de conexión de la red alemana, que controla más del 85 por ciento del trasiego en internet. Con sus más de 370 sedes de entidades bancarias, por la ciudad pasan a diario muchas de las transacciones financieras del mundo, circunstancia a la que debe uno de sus sobrenombres: Bankfurt (ciudad de bancos), el primero de una larga lista de apodos —Krankfurt (ciudad enferma), Junkfurt (ciudad de junkies)—, cuyo uso selectivo pone de manifiesto las distintas actitudes que concita una metrópoli que encarna los sueños o las pesadillas de los hombres y mujeres que la habitan o visitan a diario: admiración ante el esplendor económico del centro financiero más importante de Europa, o rechazo y escepticismo ante el supuesto estado moral y mental de una urbe en la que, fuera de las oficinas acristaladas, prolifera otro tipo de tráfico: el de drogas, sexo y personas.

Ciudad de extremos, Fráncfort ofrece abundantes claves simbólicas de las que propician el trasfondo narrativo para cualquier fotografía de turista. Aquí nació, por ejemplo, Maier Amschel Rothschild, por lo que tal vez no sea casual que la manía clasificatoria de los alemanes haya escogido a Fráncfort como enclave "manhattanesco" de la banca mundial ("Mainhattan", la Manhattan del Meno, es otros de los nombres que definen a esta urbe con el skyline más neoyorquino de Europa).

Pero la ciudad es también la cuna de Goethe, que escribió aquí la primera parte del Fausto, de modo que el "tráfico" de libros forma parte obligada de su frenética actividad económica. Si algún emblema ha marcado a Fráncfort es el de su apoteósica feria del libro, donde los agentes editoriales, cual estadistas del gusto literario, se atrincheran cada año tras búnkeres de paneles sintéticos para negociar tratados de cesión de derechos sobre vastos territorios de palabras. Por allí desfila toda la jet set literaria del mundo, y en algunos stands cualquiera esperaría que en lugar de un libro le ofrezcan una muestra de cosméticos, otro de los muchos productos para los cuales, en Fráncfort, también hay una feria.

La ciudad vive durante todo el año en esa efervescencia típica de las ferias anuales. Messestadt (ciudad de ferias o ciudad-feria, según se prefiera) es otro apelativo con el que se la identifica. En ese sentido, Fráncfort parece una gran verbena del mundo globalizado. Reminiscencia de los ritos paganos de renovación y fertilidad, la verbena es la fiesta asociada a las ferias agrícolas de primavera y verano, final de un ciclo de trabajo, privaciones y recogimiento.

Como la globalización, la verbena es el esperado momento de expansión extrema. A ella suelen acudir gentes de todos los confines; el labrador y el ganadero exhiben allí los frutos de sus esfuerzos, y todos pujan por acaparar la atención y el asombro del visitante ante el repollo más grande, la vaca de ubre más henchida o la más ponedora de las gallinas. La multitud acude dispuesta a emular por un título: la más acicalada, el bailador más diestro, la más guapa. Toda feria es una apoteosis de lo cuantitativo. "No hay ninguna fiesta que no incluya al menos un principio de exceso y francachela", nos dice Roger Caillois en su ensayo El hombre y lo sagrado. Las pasiones se desbordan, la voluptuosidad se infla, la sed y la voracidad se disparan.

Tal explosión de efervescencia colectiva hace que las ferias no sean, precisamente, el mejor momento para la reflexión o el esclarecimiento. (Y si por casualidad un cándido labriego de palabras intenta "pelar su cebolla" en público —como hizo Günter Grass hace unos años en la Feria del Libro al presentar una autobiografía en la que confesaba haber pertenecido a las Waffen-SS—, con la honrada intención de revelar a sus paisanos las variadas capas que cubren la esencia de su lacrimógeno tubérculo madurado bajo tierra, en seguida le tildarán de aguafiestas, se le echarán encima y le tirarán del pellejo, siendo él quien termine como una cebolla pelada entre los quioscos vacíos y el mar de residuos que decoran el final del jolgorio.)

Es en esto último donde se manifiesta esa otra cara de la verbena: su transitoriedad. "El ambiente de la fiesta es un mundo de excepción", nos dice Caillois; del mismo modo que es "la época de la alegría, es también la de la angustia". (Angstfurt, ciudad del miedo o de la angustia, es otro de los apodos de Fráncfort). La ciudad del Meno es un buen ejemplo de lo que Zygmunt Bauman denomina nuestras "sociedades líquidas", con una élite que la habita, que está en el lugar, pero no es del lugar, por lo cual su relación de pertenencia con el sitio en que vive es transitoria y defectuosa —por no decir casi nula. Para Bauman, el hogar de esa élite, aunque virtual, está allí donde se negocian sus verdaderos intereses: en el ciberespacio. 

Es sabido que en casi todas las grandes urbes alemanas, los edificios o plazas que definen su centro histórico son auténticos solo en muy contados casos: totalmente destruidos durante la guerra, fueron reconstruidos más tarde, con una mayor o menor fidelidad al original. Pero en Fráncfort, más que en ninguna otra ciudad alemana, crece esa sensación de estar ante los decorados de un teatro cuando uno recorre su casco histórico.

El centro de Fráncfort —centro imaginado— parece haber cedido sus privilegios en favor de otros puntos de tránsito efímero (la estación ferroviaria, el aeropuerto, el barrio bancario, el recinto ferial), con lo cual su corazón urbano se ha trasladado hacia lo que Marc Augé denomina "no-lugares", espacios de la "sobremodernidad", por lo general deshabitados durante la noche y erigidos en virtud de propósitos muy puntuales (tráfico, tránsito, comercio, ocio).

Los verdaderos espacios habitados de Fráncfort, sus barrios residenciales, están formados por barrios antes periféricos como el Westend y el Nordend, o por distritos más alejados del centro como Praunheim, Niederrad, Bornheim, Kelkheim, donde a finales del siglo XIX y principios del XX los abanderados de una nueva arquitectura concibieron ejemplares colonias residenciales para la burguesía, la clase obrera y la clase media; o por ciudades con identidad, historia y jurisdicción propias, como Maguncia, Wiesbaden o Darmstadt, las cuales, gracias a la amplia red de trenes suburbanos, funcionan en la práctica como barrios frankfurteses.

En Fráncfort comienza a perfilarse una inversión de lo que Mircea Eliade definía como "espacios sagrados". Para Eliade, el espacio sagrado era un lugar de hierofanía, un sitio fijo en el que se revelan las relaciones entre el mundo y el cosmos. En una ciudad como Fráncfort, donde se rinde tal adoración a los iconos de la posmodernidad globalizada, el "no-lugar" pasa a ser una suerte de espacio sagrado en gestación. Ya Caillois apuntaba la relación entre la fiesta y el lugar de lo sagrado.

"El día de fiesta", dice el pensador francés, "aunque solo se trate del domingo, es ante todo un día consagrado a lo divino, dedicado al reposo, al regocijo y a la alabanza de Dios". En Fráncfort, las ferias son un espacio y un tiempo de confluencia de los opuestos: en ellas coinciden el ocio y el negocio, son el lugar para ver y ser visto, donde unos realizan su trabajo habitual, mientras otros, eternos flaneurs de mundos transitorios, acuden para matar el tiempo, para fisgonear y enterarse de lo que se "cuece" en otras partes. Desde ese punto de vista, Fráncfort es como un gran reality en vivo de todos los oficios y todas las vanidades del mundo.

Dicho esto, tampoco resulta difícil imaginar a una familia media frankfurtesa (él, senegalés; ella, de origen polaco-alemán), cuyo paseo favorito, cada domingo, les lleve hasta el recinto ferial para participar de cualquiera de las más de cien ferias que tienen lugar allí cada año, no importa que un día se exhiban coches, ordenadores o muebles, y otros sean joyas, cerámica o artículos deportivos. Al fin y al cabo, nuestra buena familia estaría rindiendo el debido culto a la nueva divinidad de los bienes de consumo, antes de ir a acodarse en una mesa de su taberna habitual, delante de un plato de salchichas y de una buena jarra de cerveza.  

martes, 15 de octubre de 2019

Algo más sobre los dos recientes premios Nobel

Sede de la Fondazione Santa Maddalena, en Toscana
El traductor cubano José Aníbal Campos, residente en Viena desde hace años, viene siendo un activo difusor de las literaturas en lengua alemana. Conocedor como pocos de la obra de muchos de los escritores que la ignorancia del mundo español y latinoamericano no conoce, reflexiona en el siguiente texto sobre Olga Tokarczuk y Peter Handke, los flamantes premios Nobel de Literatura 2018 y 2019, respectivamente.

Dos escritores

En 2014 recibí la sorprendente noticia de que la viuda del autor que me ocupaba por entonces, Gregor von Rezzori, al que dedicaba (y sigo dedicando) todo mi entusiasmo como traductor y divulgador, me invitaba a la residencia para artistas y escritores que, con el nombre de Fondazione Santa Maddalena, Beatrice Monti de la Corte-Rezzori fundó junto a su marido poco antes de que este muriera en 1998. A partir de ese momento, me convertí –sin hacer nada extra para ello salvo ser quien soy y asumirme como soy–, en un huésped asiduo de aquella casa, en la que no solo traduje buena parte de las obras del gran autor de la Bucovina, sino en la cual investigué muchísimo más sobre su vida y su obra, frecuentando a mucha gente que lo conoció y que me aportó una información de mucho valor sobre el escritor. 


Hoy, cuando muchos se preguntan quién es Olga Tokarczuk, he evocado aquella primera visita de 2014, cuando la autora polaca hoy galardonada con el Nobel visitó también por primera vez esa acogedora casona de la Toscana, perdida en un camino que discurre por una de las costillas de los Apeninos, esos barrancos que acaban clavados en el valle del Arno. Nunca llegué a verla en persona, pero allí estaban sus libros (en varios idiomas menos en castellano), allí estaban las nutritivas conversaciones en torno a su figura.

En ese país envilecido que es Hispania Paellae (lugar con ínfulas que solo sirve, si acaso, para ir a comer. Y no en todos los sitios, que hay muchas trampas para incautos turistas) apenas nadie sabe nada de esta magnífica autora. De Handke, en cambio, un mimado del gremio literario, que ahora un periódico como La Razón celebra como “rebelde” (en un juego manipulador del lenguaje que intenta degradar la hermosa voz “rebeldía” a lo que no ha sido más, en muchos momentos, que un desfasado, mimético y epigonal “epater le bourgeois”), correrán en los días siguientes ríos de tinta. Handke puede incluso darse el lujo de rechazar el importe del premio, porque, como mimado que sigue siendo, como constructo de una editorial (Suhrkamp) y de un mundillo literario muchas veces envilecido, ganará el doble vendiendo los derechos de cualquier cosa que escriba a partir de ahora, incluidas sus veleidades de divo.

Su premio es merecido, no lo discuto, existe una obra sólida detrás, y existe un momento de su carrera que fue importante, pero ello no debe hacernos olvidar en ningún caso todo lo que hay de criticable en esa pose de “poeta” que el autor de Carintia siempre ha sabido adoptar con maestría mimética. Me gusta la singularidad del Premio este 2019: por un lado, la Academia premia un modelo desfasado de escritor, el de la pose del “genio”, el del escritor en su torre de marfil que no se ocupa de los asuntos de este mundo, que se huele sus propias pestecillas y solo se mira el ombligo o los sucios espacios entre los dedos de los pies. Y el de una narradora con una fuerza extraordinaria, joven, activa en el mundo que la rodea, una escritora que es también CIUDADANA (independientemente de las ideas que defienda). 

Ojalá que el premio no la envilezca, convirtiéndola en una diva más. Yo, por mi parte, seguiré evocando aquella imagen de la narradora y mujer extraordinaria de la que tanto me nutrí en mi primera estancia en Santa Maddalena.

viernes, 6 de julio de 2018

Las aventuras de José Aníbal Campos en Letonia


Entre las muchas y posibles cruzadas emprendidas por José Aníbal Campos, el incansable traductor cubano, hacer un relevamiento exhaustivo de las casas de traductores ubicadas alrededor del mundo no es una tarea menor. En la ocasión, en su columna para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, nos informa sobre la Casa de Escritores y Traductores de Ventspils, de Letonia,

La Casa de Escritores y Traductores de Ventspils

En una casa del siglo XVIII construida en el sobrio y elegante estilo de estas latitudes, en el número 13 de la calle Anna (Annas iela), se encuentra la Casa de Escritores y Traductores de Ventspils, que en 2016 celebró sus diez años de existencia.   

Aunque su prioridad, obviamente, es la divulgación de la emergente y –por lo visto pujante literatura letona–, la casa está abierta a colegas de otras latitudes y con otras combinaciones de lenguas, y, en ese sentido, sus organizadoras se esfuerzan por hallar un equilibrio entre los residentes que acuden a Ventspils cada mes para estancias máximas de cuatro semanas. 

Resulta, a primera vista, bastante extraño estar en un país cuyo idioma no entiendes ni a retazos. La experiencia de viajar desde el aeropuerto de Riga hasta Ventspils, a unos 185 kilómetros de la capital, es casi el retorno a un estado de ignorancia (o quizá de inocencia, que suena más bonito) que es difícil percibir cuando pasas años moviéndote cómodamente en entornos lingüísticos conocidos. Cada día me convenzo más, sin embargo, de que el encuentro con la verdadera vitalidad de las palabras, la búsqueda de ese sentido más hondo que nos hermana, ha de empezar por el balbuceo, por las formas difusas, y ello requiere un esfuerzo de des-aprendizaje, o si se quiere, un empeño por olvidar y volver a aprender.

En ese sentido, no se puede venir a Ventspils con los conceptos prefabricados que hemos ido adhiriendo a nuestro discurso cotidiano como si fuesen parte integrante de un repertorio de ideas propias y que, en el fondo, son solo las hilachas de un inevitable depósito de idées reçues (para decirlo al modo de Flaubert). No es posible iniciar el trato con un nuevo entorno a partir de «flosqueladas» retóricas que hemos picoteado en la sucia escudilla de pienso con el que nos ceban a diario los criadores de aves de corral de una political correctness inventada para hacernos piar a coro y, de inmediato, enmudecer.   

«Nacionalismo», por ejemplo, no es aquí un término peyorativo, como bien pude notar el día 4 de julio, día de mi llegada, en el que todos los edificios públicos y las casas privadas mostraban en sus portales la enseña nacional a media asta. (Ese día Letonia rememora uno de sus tantos holocaustos.) Y es que quien, como escritor, ha de contribuir con su literatura a afianzar una lengua tantas veces vapuleada, reprimida, relegada y hasta prohibida, no ve en una postura nacional una amenaza o un acto ignominioso.

Dos de las cuatro escritoras letonas que comparten esta estancia con nosotros están involucradas en un proyecto literario de eminente carácter «nacional» y por el que cada una muestra un gran entusiasmo: junto a otros de sus colegas, abordarán en novelas individuales una década concreta de la historia de Letonia en sus intermitentes periodos como país independiente. Y yo aprovecho ahora este foro para animar a los colegas que conozcan la lengua letona a interesarse por los resultados de esta colectiva (pero personalísima) work in progress sobre un país del que poco se conoce en Hispanoamérica.

Andra Konste
Valga decir, además, que, según nos relata Andra Konste (la amable directora de la Casa), existe un pequeño programa del ministerio de Cultura (también principal financista de esta magnífica residencia) destinado a promover el aprendizaje del letón entre traductores y escritores extranjeros.   

La Casa cuenta con capacidad para que convivan simultáneamente siete escritores y/o traductores, y la composición multicolor de esa convivencia la garantiza una cuidada planificación por parte de la dirección. Esta estanciala hemos compartido tres colegas de Letonia (todas mujeres), una joven traductora y escritora polaca, una compañera belga, una traductora y periodista italiana, un escritor letón de lengua rusa y un poeta ruso que tiene una vasta obra como traductor de poesía alemana. El centro tiene una particularidad que la distingue de otras casas: el colega invitado puede traer a un acompañante, el cual ha de pagar tarifas de estadía muy moderadas, variables según los días de estancia. (Para planificar bien una estancia compartida, lo mejor será siempre consultarlo antescon la dirección del centro a través del correo indicado en la página web: ventspilshouse@ventspilshouse.lv).

Una pequeña biblioteca en permanente construcción garantiza en cierto modo el acceso a la bibliografía de consulta necesaria. En mi caso, he encontrado un Duden Universalwörterbuch, el diccionario monolingüe de la lengua alemana, que me basta por ahora en la fase de trabajo en la que me encuentro con los dos libros que estoy traduciendo. Abundan los diccionarios del ruso y el letón en diferentes combinaciones idiomáticas, así como los libros de autores y traductores que han pasado por la Casa en estos diez años. La biblioteca en español es exigua, pero eso podría cambiar si, tras la lectura de este artículo, algunos de mis colegas se animan a solicitar una estancia en Ventspils. Buscando en la algo más amplia sección «alemana», encuentro dos joyas bibliográficas sobre traducción: una compilación de las conferencias dictadas en la Gastprofessur für Poetik der Übersetzung de la FU de Berlín hasta el año 2013y un magnífico libro sobre la evolución de la lengua alemana desde una perspectiva traductoral.

Por razones de espacio, la Casa ha de limitar el número de libros que recibe en donación, pero una de sus actuales prioridades infraestructurales es incorporar al centroel «verticalísimo» edificio neoclasicista colindante con el jardín de la residencia. Según me dicen, fue antes una torre de vigilancia contra incendios (la actual casa de escritores, en su larga historia, ha sido en otras épocas consistorio, biblioteca municipal y cuartel de bomberos), pero su estructura de tres pisos es perfecta para albergar una amplísima biblioteca. De conseguirse tal propósito, la de Ventspils podría empezar a competir con la biblioteca del Colegio de Traductores en Straelen (Alemania), quizá la biblioteca para traductores más completa que haya existido jamás. 

Pero aparte de las magníficas condiciones de trabajo, lo más importante de estas residencias sigue siendo el tipo de vínculos que se van estableciendo entre colegas de varias latitudes. Redes que –como bien me dice Andra, la directora–, se tejen en direcciones diversas, con hilos que van enlazándose para formar una red circulatoria que mantiene vivo el organismo de la cultura universal.

En ese sentido, lo mejor de estas casas llega cuando personas de varios credos, naciones, lenguas y posturas vitales se sientan a charlar en torno a una mesa. A veces la timidez de los traductores genera al principio cierta viscosidad en esos fluidos intercambios. Cuando esto ocurre, Andra le conceden un par de días a la timidez de cada cual. Eso sí: pasados dos o tres días se arremanga la blusa, prepara una deliciosa especialidad letona en la cocina común e invita a todos a degustarla. Y es entonces cuando un espíritu de entendimiento pre-babélico supera cualquier barrera de tara personal.  


           

martes, 6 de marzo de 2018

Más dominio público menos en España

La reciente ola de frío europea se atribuye a un fenómeno climático originado en Siberia. No obstante, en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires sabemos que la información es falsa. El origen de todo es un huracán cubano, que para más precisiones, vive en Viena. Se llama José Aníbal Campos y es traductor del alemán (y de los muy muy buenos). Gracias a él, que nos escribe con la pasión que lo caracteriza, nos enteramos de la existencia de muchos autores del universo de la lengua alemana que merecen ser leídos. Hans Fallada es uno de ellos.

Buena noticia para colegas y editoriales latinoamericanas

Desde el 1 de enero de 2018 la obra del importante escritor alemán Hans Fallada (foto; 1893-1947) ha pasado a dominio público en su país de origen. Fallada, que fue un autor de gran renombre en su época (entre las décadas de 1920 y 1930 del pasado siglo), con obras que se convirtieron en su momento en auténticos éxitos de venta, siendo, algunas de ellas, llevadas al cine (incluso varias veces), ha estado experimentando un revival en el mundo en los últimos diez años.

Su vasta obra, en España, ha venido siendo publicada parcialmente, sobre todo, por Maeva, pero son innumerables las obras de Fallada que aún no se conocen en nuestra lengua. La editorial Aufbau, por ejemplo, que es la que lleva desde hace años al autor, acaba de publicar unos magníficos diarios escritos en la prisión en 1944, donde Fallada, que nunca se marchó de Alemania durante el nazismo, hace un ajuste de cuentas con el sistema de terror nacionalsocialista. (Valga decir que, en este último caso, sí que es preciso consultar con Aufbau el pago de los derechos a las compiladoras de estos diarios, que han hecho una labor magnífica de transcripción e investigación, con un muy revelador aparato crítico).

Téngase en cuenta, sin embargo, que de casi medio centenar de novelas escritas a lo largo de su vida, de Fallada, en nuestro idioma, se conocen apenas unas diez.

Aunque en España una (a mi juicio onerosa) ley establece 80 años para que pasen a dominio público los derechos tras la muerte de los autores (aun cuando sus obras lo estén en sus respectivos países de origen), ésta (conocida en mundillo editorial como "Ley Balcells"), por mucho que algunas editoriales sigan poniendo en el machón de créditos: "Derechos para todos los países de lengua española", no tendría aplicación en un país como la Argentina.

Creo que es una buena oportunidad de dar alguna aplicación práctica, aunque sea poquito a poquito, a la anhelada socavación del bloqueo que establece el poderío editorial español. En situaciones similares a la de Fallada hay decenas de autores de habla alemana que apenas nadie conoce. Porque, puedo asegurarlo, hay vida literaria después de Kafka, que hasta donde más o menos ha llegado el conocimiento peninsular sobre la modernidad literaria en lengua alemana. ¡Salud y República! 

martes, 7 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (7)

Orestes Sandoval López (Guanajay, Cuba; 1962), se graduó de Lengua y Literatura Alemana por la Universidad de La Habana en 1985. Durante 17 años fue profesor en la Facultad de Lenguas Extranjeras de esa Universidad, donde realizó su doctorado sobre la obra del dramaturgo alemán Heiner Müller, de quien publicó una antología de textos. Traduce sobre todo piezas teatrales (Dea Loher, Roland Schimmelpfennig, Fritz Kater, Sasha Marianna Salzmann, etc.) y ensayos (para las revistas Criterios y Marx Ahora), pero también ha publicado traducciones de poesía y novelas (Hugo Loetscher: Mundo de milagros y Hans Christoph Buch: Haiti Chérie).

Esta lista solo puede ser objeto de burla.

Me he quedado con la boca abierta al leer esta lista de ACEtt Traductores. Eso no puede haber sido hecho en serio. Es que, en el caso de El gatopardo, reconocen incluso que es “quizá algo literal o encorsetada en ocasiones”. Me pregunto entonces: ¿dónde está el valor canónico? 

Creo que en cada país uno se encontrará traductores geniales. Aquí en Cuba acabo de leer una traducción extraordinaria de Georg Trakl, el cual ha sido traducido ya varias veces. No conozco las demás, pero esta de Jorge Yglesias pone el listón por lo menos bien alto. Y ahí están también las traducciones de Ernst Jandl hechas por Francisco Díaz Solar; y eso que Jandl es un poeta prácticamente intraducible.

Ya alguien recordaba las Memorias de Adriano en la versión de Cortázar. Me alegró saber que tiene la misma opinión que yo: probablemente sea mejor que el original.

En fin, creo que esa lista solo puede ser objeto de burla. Es puro imperialismo, merecedor en el mejor de los casos de ser despachado con ademán condescendiente, como diciendo: “Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen”.

lunes, 3 de julio de 2017

José Aníbal Campos propone un rompecabezas

El traductor cubano José Aníbal Campos propone en su última columna de El Trujamán (22 de junio pasado), un rompecabezas que no resuelve. Es perfectamente lícito imaginárselo en su casa de Viena (o en alguna de las múltiples casas de traductores que elige para terminar sus trabajos), atuzándose el bigote e imaginándonos presas del desconcierto.

De contextos

 Una querida colega tiene un modo muy particular de aludir a la necesidad de examinar en detalle cada caso cuando abordamos una traducción de tipo literario. Con su gracia habitual, a toda pregunta algo ambigua sobre significados, suele responder: «Dame, dame contexto».

De los ejercicios que aplico con frecuencia al trabajar con aspirantes a traductores hay uno que gira en torno a una frase leída una vez, mientras estaba de tránsito en algún lugar de Alemania. La frase (el eslogan de una agencia turística) ocupaba todo el flanco de un autocar turístico: Weil jeder ein Ziel hat…

Yo estaba a las puertas de una estación de trenes. No hacía un viaje de trabajo; me aprestaba a visitar a una amiga y, de paso, tomarme unos días libres. Pero como entre las perversiones de este oficio está el llevar al traductor consigo a todas partes, de inmediato me puse a sopesar variantes para aquella frase ambivalente (no tan ambigua, en efecto, en el contexto en que la leí, pero sí lo suficiente como para crear un buen ejercicio a partir de ella).

La frase, de apariencia sencilla, puede usarse en contextos tan variables, que –como se ha demostrado en esos seminarios– uno puede estar horas y horas dando vueltas a un número infinito de variantes. De ahí su valor como ejercicio para entrenar el juicio crítico y desconfiar de los diccionarios generalistas bilingües a la hora de optar por una de las distintas acepciones que puede tener una palabra.

La traducción que muchos alumnos me ofrecen, casi automáticamente, es: «Porque todo el mundo tiene un objetivo…». Fuera de contexto, no puede decirse que la solución sea incorrecta, pero si pensamos que se trata de una agencia de viajes, podría resultar algo problemática, así que estimulo a los alumnos a buscar otras variables.

«Porque todo el mundo tiene una meta…» (solución que se acerca más al contexto del viaje), o: «Porque todos tienen un destino…» (otra variante que acabamos descartando por ese retintín filosófico o trascendental que encaja menos con el caso concreto de un viaje de placer), si bien uno de los problemas que plantea la frase es que, en el contexto específico de una agencia de viajes «en Alemania», todos esos significados (objetivo, meta, destino) están implícitos en el eslogan publicitario.

En lo personal, la solución que más me ha gustado de todas me la dio una vez un alumno latinoamericano: «Porque todos quieren llegar a alguna parte…». Me gusta esta solución (aun cuando en español se me haga demasiado larga para un eslogan publicitario en el flanco de un autobús), porque añade un matiz de seguridad que incluso el original deja abierto, pero que viene muy bien al motivo del viaje. Lleva implícito, asimismo, un aspecto de largo arraigo en la mentalidad alemana: el Fernweh, el maravilloso Hinausweh de Matthias Claudius (la añoranza de viajar a sitios exóticos, lejanos).

Los debates se dilatan, y debo admitir que esas prolongadas sesiones cuentan entre las más enriquecedoras del trabajo. Imaginamos otros escenarios posibles: la misma frase a las puertas –digamos– de una Universidad, como eslogan de una campaña electoral, como lema en la entrada de una clínica de desintoxicación.

El tiempo se nos va en esos bizantinismos obligados en nuestra profesión. Y luego, cuando el seminario va llegando a su fin, quizás hasta con el perverso fin de contagiar a los alumnos con mi propio mal, les digo: «Y ahora imaginemos que encontramos esa misma frase en una novela en la que un personaje, el dueño de una funeraria, la ha elegido como consigna de su negocio».

Y ahí se los dejo.