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jueves, 6 de abril de 2017

Sobre la situación de los traductores en Francia

La siguiente nota de Nicole Vulser (que aquí se ofrece en traducción del Administrador) apareció el 23 de marzo pasado curiosamente en las páginas de economía del diario Le Monde. En la bajada se lee: “Incluso si el Salón del Libro de París, que dura hasta el 27 de marzo, les hizo un lugarcito, el sector de la traducción sigue siendo económicamente muy frágil”.

Si bien la nota habla de lo comparativamente bien pagos que están los traductores franceses, se sabe que los alemanes ganan más. También que lo que desde la distancia parece mucho es en realidad muy poco si se considera el salario mínimo francés. De hecho, en el mencionado Salón del Libro hubo una manifestación de protesta de los traductores franceses, cuyo ejemplo sería interesante se adoptara en el resto de las ferias del libro. De hecho, en abril, en Buenos Aires, tenemos una. ¿Quién sería capaz de organizar a los traductores literarios para algo así? ¿La AATI?

Los traductores, parientes pobres de la literatura

“¿Feliz como un traductor en Francia? Los menos desgraciados de Europa, por cierto. Siguiendo a Mme. De Staël, podrá decir que se siente desolada cuando se contempla y se consuela cuando se compara”. Así comenzaba el escritor Pierre Assouline su estado de situación sobre la condición de los traductores en Francia en 2011.

Esa comprobación sigue igual. Aun cuando el 18% de los libros publicados hoy en Francia son traducidos y cuando estos representan el 22% de los ingresos de los editores, los traductores siguen siendo todavía los olvidados de ese sector. Aun cuando lograron hacerse un lugar en el Salón del Libro, que tiene lugar en París hasta el lunes 27 de marzo.

Un pago por línea traducida
Al igual que Alexandre Dumas, Honoré de Balzac, Edgar Poe o Eugène Sue, a los traductores se les paga por lína. Más exactamente, 21 euros la página de 1500 caracteres, explica Corinna Gepner, presidente de la Association des traducteurs littérarires de France (ATLF). Es la remuneración mínima que se ofrece cuando el editor pide una ayuda para la traducción al Centre National du Libre (CNL).

Esa tarifa de base evoluciona según varios criterios: “La lengua, el género literario, la notoriedad del traductor, el editor o incluso el grado de urgencia del trabajo solicitado”, subraya Mme. Gepner. El alemán, el chino, algunos lenguas más raras están mejor remuneradas que el inglés, que presenta el 58%  de los títulos traducidos. En los libros románticos, la fantasy, los libros para adolescentes, un buen número de traductores trabajan por 12 a 13 euros la página, pero los pedidos se encadenan a un ritmo muy rápido. La poesía sigue fuera del sistema y está muy mal pagada, nadie llega a vivir de ella.

Por otra parte, algunos editores consideran que una nueva traducción puede llamar la atención y les ponen a las obras una faja roja para promocionar sus méritos. Como La montaña mágica, de Thomas Mann, redescubierta gracias a la traducción de Claire de Oliveira (Fayard), en octubre de 2016. Algunos editores van más allá y ponen el nombre del traductor en la tapa; tal es el caso de las editoriales Actes Sud, Carrière, Sabine Wespieser, P.O.L. o del Castor Astral… “El nombre y el trabajo del traductor ha recibido una creciente atención por parte de los lectores y de los blogueros”, asegura Mme Gepner.

Traductores que se volvieron imprescindibles
Algunos se han vuelto imprescindibles, como André Markowicz, Christophe Claro, Olivier Mannoni o también Liliane y Noël Dutrait, quienes se lanzaron, sin compromiso de editor alguno, al asalto de La montaña del alma, de Gao Xingjian, cinco años antes de que recibiera el Premio Nobel de Literatura… Los traductores del uzbeco, islandés, azerí no son legión. Otros se especializan por sectores (infantiles, historia, ciencia ficción, literatura, historia del arte).

Por Flaubert o por una novela de esas que se compran en las estaciones se paga casi lo mismo”, decía desolado el poeta y traductor ruso Ossip Mandelstam en 1929. A pesar de todo, un buen número de traductores sigue trabajando apasionadamente. Como Corinna Gepner, que traduce en este momento del alemán la versión original que se encontró de El ejército traicionado, de Heinrich Gerlasch. Ese oficial de la Wehrmacht, enviado al frente ruso, había sido hecho prisionero en Stalingrado hasta 1949. Durante esos años escribió su diario, confiscado por los soviéticos. Sobrevivió y volvió a Alemania, y gracias a la ayuda de un hipnotizador, pudo reconstruir partes enteras de su obra y la reescribió. Se publció en francés en 1959 en France-Emnpire. Sólo después de la muerte de Heinrich Gerlach, un unviersi8tario alemán halló el original de su obra en los archivos soviéticos. Una prueba para descubrir pronto allí, en Anne Carrière, las sutilezas de los efectos conjugados de la hipnosis y de la traducción.

miércoles, 9 de junio de 2010

Bernès y Kodama: dos que se quieren

La noticia se publicó en el blog que Pierre Assouline lleva para Le Monde, el 17 de abril de este año. La vio Marietta Gargatagli, quien tuvo la amabilidad de enviarla, y la tradujo para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, Florencia Baranger, quien, dicho sea de paso, hoy cumple años, por lo que le deseamos un muy feliz cumpleaños.

Reedición de Borges vestido de Pléiade

La cotización de cierta Pléiade va a pegar un salto la semana próxima en el mercado de las rarezas, lo cual ha provocado una gran agitación en el pequeño mundo de los bibliófilos, coleccionistas, borgianos y obsesivos varios : los dos volúmenes de Œuvres complètes de Jorge Luis Borges, publicados en 1993 y 1999, pasarán a integrar de facto el selecto grupo de collectors de la colección. Sus precios ya eran considerablemente elevados desde hace una década (140 euros el tomo I en Amazon) porque estaban agotados, fenómeno excepcional, considerando la tendencia de Gallimard que se orienta más bien a garantizar la amplia difusión de sus publicaciones antes que a escatimarlas. La demanda, aunque real, estaba insatisfecha, al igual que el editor que argumentaba un lucro cesante de un millón de euros. Ahora bien, finalmente se reimprimirán aquellos dos famosos volúmenes para volver a las estanterías tras una amarga batalla, pero con suficientes modificaciones, enmiendas, correcciones y advertencias como para arrancar con un precio alto. Esto no debería arruinar el placer, ni afectar la curiosidad de los simples lectores, hasta la fecha, este nuevo volumen de la Pléiade, en todas las lenguas, la única edición crítica de las Obras completas del gran escritor.

¿Y entonces? A mi izquierda, Jean-Pierre Bernès, traductor (de los textos inéditos) y su editor; a mi derecha, María Kodama, viuda de Borges y guardiana del templo aun contra los templarios; en el centro, Antoine Gallimard, propietario de las ediciones epónimas. En el momento de su publicación, tanto en 1993 como en 1999, ambos volúmenes fueron recibidos con un elogio unánime. M. Bernès fue felicitado en Francia y en el extranjero, donde existe una legión de borgianos, sobre todo porque había obrado en perfecta complicidad con el mismo escritor, quien lo honraba con su amistad en sus múltiples sesiones en Ginebra; la señora Kodama no quiso ser menos: “Supongo que el segundo tomo será tan bueno como el primero, un trabajo excelente; por lo tanto, imagino que el próximo, con la experiencia del primero, será doblemente excelente”. Esta fue su declaración a la revista mexicana Proceso (22 agosto de 1999). Sin embargo, fue ella quien súbitamente tomó la decisión de bloquear cualquier tipo de reedición. Sin dar explicaciones. El abogado Emmanuel Pierrat nos propone un principio de explicación en su capítulo dedicado al asunto en Familles, je vous hais! (Hoëbecke): Bernès había cometido el crimen de equivocarse en la fecha del encuentro del que sería su futuro marido, situándola más tarde. “Al descubrir el error, ¡se brotó de ira! Exigió la destrucción de todos los ejemplares y una nueva tirada.” Naturalmente, nada de eso ocurrió. Pero el detalle permitió revelar las verdaderas razones de su enojo: el éxito del traductor-editor de las Œuvres complètes, cuyo nombre aparecía siempre asociado al de Borges, le resultaba insoportable. Comenzó una guerra de diez años. Y como, paralelamente, Bernès había grabado una serie de conversaciones esporádicas con el escritor, que éste había bautizado “los recreos de la Pléiade”, exigió la plena propiedad. En dos oportunidades intentó hacerle juicio al traductor y, en ambas ocasiones, perdió. Para resolver la situación, Antoine Gallimard y el agente literario neoyorquino de la Sra. Kodama, Andrew Wylie, apodado “el chacal”, que no es ningún santo (el día en que los editores alaben la ternura de un agente será un signo para que éste sepa que ya es tiempo de abandonar la profesión), convinieron en nombrar como mediador al hispanista Jean Canavaggio, traductor del Quijote; éste se inclinó por el lado de Bernès; su arbitraje sugería modificaciones que fueron “casi” todas ratificadas, para no verse obligados a rehacer la edición. Cuestiones de traducción, algunas precisiones (¿acaso realmente recitó la plegaria de los muertos en su agonía?), detalles. “Todo muy secundario. Salvo dos frases que acepté suprimir mientras que... Para mí, la edición canónica, la edición de referencia seguirá siendo la primera, la que preparé con él. ¡Flor de polémica!” dijo Jean-Pierre Bernès para alejar todo tipo de amenaza que atentara contra la reedición de la cual se alegra. Es cierto que la Sra. Kodama tiene la demanda fácil, ya intentó entablar tantas a los periodistas, escritores o traductores sospechados de apropiarse de “su” Borges, que aquellos que no fueron arrastrados por ella frente a los tribunales deberían sentirse ofendidos en su honor profesional.

En un mes, Jean-Pierre Bernès publicará La vie commence (Le Cherche-Midi), un cálido relato de 115 páginas sobre su amistad con Borges, quien le estaba muy agradecido de haberlo ayudado a morir en literatura, preguntándose en qué lengua iría a morir. El nombre de María Kodama no figura ni siquiera una vez. “Para mí, dejó de existir”. Las famosas “recreaciones de la Pléiade”, a las cuales se libra Borges, serán publicadas más adelante. “Después de mi muerte y de la suya. Desde mi tumba, la miraré leerlas en su tumba”. La venganza puede ser un plato para saborear desde ultratumba.

(http://passouline.blog.lemonde.fr/2010/04/17/reapparition-de-borges-en-tenue-de-pleiade/)