Mostrando entradas con la etiqueta Literatura irlandesa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura irlandesa. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de septiembre de 2026

Charla sobre traducción de literatura irlandesa


El jueves 10 de septiembre, a las 18 hs., habrá una charla de Jorge Fondebrider sobre la traducción de autores irlandeses al castellano, en el Instituto Cervantes, de Dublín (Lincoln House, Lincoln Place D2 DO2 VH29 Dublin). La invitación es de la Maynooth University y del Trinity College Dublin, con el apoyo de Research Ireland. Quienes anden por ahí están amablemente invitados. 
La entrada es libre y gratuita

lunes, 6 de abril de 2026

La prosa de Maggie O'Farrell es la de Concha Caredeñoso Sáenz de Miera

El pasado 3 de abril, el diario El País, de Madrid, publicó la siguiente nota, con entrevista incluida, de Belén Remacha, quien se ocupa de Concha Caredeñoso Sáenz de Miera, una experimentada traductora española, cuyo nombre resuena últimamente gracias a los libros de Maggie O'Farrell.


“He tardado muchos años en saber lo que es ganar dinero por un superventas”

Hace ya más de cinco años que Concha Cardeñoso Sáenz de Miera (León, 69 años) leyó por primera vez la versión original de Hamnet, escrita por la irlandesa Maggie O’Farrell. No se atrevió entonces a predecir si iba a ser o no un éxito. No se atrevió a pesar de las lágrimas que le cayeron a borbotones con el final “tan redondo y tan equilibrado” de esa ficción histórica sobre la vida de Agnes Hathaway, la esposa de William Shakespeare. Cardeñoso conoce lo aleatorio del mercado. Es traductora, principalmente de inglés a castellano, y acumula unos 300 libros en 30 años de carrera. Ha manejado textos prodigiosos, emocionantes, aclamados previamente en el mundo anglosajón; y ha visto también cómo muchos pasaban luego desapercibidos. Ya se sabe que no ocurrió eso con Hamnet: es su mayor best seller. 225.000 ejemplares despachados entre España y Latinoamérica, según datos que aporta la editorial, Libros del Asteroide. El segundo puede que sea El retrato de casada, misma autora y editorial, y unas 100.000 ventas.

El nombre de Concha Cardeñoso acompaña al de Maggie O’Farrell, relativamente grande, en la portada de sus seis títulos editados en la última década por Libros del Asteroide. Pero sin rostro ni biografía en la solapa. Las cientos de miles de personas que han leído a la irlandesa en español leen en realidad directamente a Cardeñoso, pero la mayoría no sabe nada de esta mujer. Igual que no saben nada de tantos otros de sus colegas que traducen otros tantos libros. Es por eso sobre todo que accede a esta entrevista, que tiene lugar por videollamada: espera que cuanto más se conozca su oficio —insistirá todo el rato en llamarlo oficio—, mejor se valorará y pagará. Especialmente ahora, en “época de muchas turbulencias” debidas a la Inteligencia Artificial.

Cardeñoso está satisfecha con su trabajo con la literatura de O’Farrell, aunque también le supone un reto. Su prosa es contenida, pero en un constante baile con los tiempos verbales; y tiene un “vocabulario exquisito” y unas referencias históricas muy precisas que a cada tanto le obligan a documentarse.

A mediados de marzo, cuando habla con SModa, está de hecho consultando mapas topográficos de Irlanda. Los necesita para comprobar algunas referencias que aparecen en Land, lo siguiente de O’Farrell. Se publicará en inglés este junio; en España, calcula Libros del Asteroide, a principios de 2027. Cardeñoso lleva unas 100 páginas traducidas de un total de 400. Cuenta con unos cuatro meses para completarlo. Va leyendo a la vez, no se adelanta: se motiva más así. La historia se ubica en los años posteriores a la Gran Hambruna de la patata del siglo XIX, y se inspira parcialmente en los antepasados de la escritora. “Te subleva si tienes el sentido de la justicia más o menos desarrollado”, es de lo poco que avanza de la trama. Eso y que se está peleando, aún sin haber decidido cómo resolver, con un término, distemper, que en una escena se usa para un juego de palabras entre ‘malestar’ y ‘mal humor’.

La adaptación al cine de Chloé Zhao de Hamnet, estrenada este invierno, no le convenció tanto a Cardeñoso como el resto del universo de O’Farrell. No estuvo de acuerdo con el protagonismo que tiene Shakespeare. Y hay otra cosa que tampoco le encanta, ni de película ni de novela: el título, que toma el nombre del hijo de Agnes y William. Se lo comentó a O’Farrell en una de las dos ocasiones en las que han coincidido en Barcelona:

—¿No debería haberse titulado Agnes, en lugar de Hamnet?

Recuerda que le respondió que de ser así quizá no hubiese tenido tanta repercusión. “Es el componente de mercadotecnia”, entiende Cardeñoso.

Cardeñoso estudió Magisterio en León, entre los setenta y los ochenta vivió en Inglaterra, y desde hace cuarenta años en Barcelona. En los noventa, cuando sus dos hijas eran pequeñas, dejó Filología Anglogermánica a cuatro asignaturas de terminar, para comenzar a dedicarse a la traducción como autónoma. Lo primero fue un volumen del estilo Elige tu propia aventura, luego algunos cuentos que les leía a sus niñas. Ahora, seis estantes del repleto despacho de Cardeñoso los ocupan ‘sus’ libros. En un momento de la conversación va mostrando a cámara algunos de sus favoritos. Recomienda el ensayo Bajotierra, de Robert Macfarlane (Random House, 2020); El libro de la señorita Buncle, de D.E. Stevenson; Mi impresionante carrera, de Miles Franklin; o Mi prima Rachel, de Daphne du Maurier (los tres de Alba Editorial; por el último recibió el premio Esther Benítez 2018). Y aunque su especialidad ha sido el inglés, uno de los estantes de su biblioteca es para sus adaptaciones del catalán. Entre ellas una que compite por la medalla de plata de su carrera en cuanto a superventas: Canto yo y la montaña baila de Irene Solà (Anagrama, 2019).

El suyo es un oficio feminizado, con alrededor de un 80% de mujeres en los grados universitarios. También, esto ya según Cardeñoso, “antiguo, imprescindible y ninguneado”. Antiguo “porque existe desde que unos pueblos se comenzaron a relacionar con otros”. Para lo de imprescindible, cita al teórico George Steiner, “que dijo que sin traducción, habitaríamos provincias lindantes con el silencio”. Es decir, “cada cultura en su burbuja, sin haber conocido nosotros Las mil y una noches, ni ellos a Cervantes”. Lo de ninguneado lo siente, entre otras cosas, “porque solo se acuerdan de nosotros cuando la traducción es mala. Los italianos tienen un dicho: traduttore traitore [traductores traidores]”.

Los traductores han pasado de no tener por qué figurar ni en pequeñito en los créditos —era así hasta la Ley de Propiedad Intelectual de 1987—, a cobrar como autores de ‘obra derivada’; y a la costumbre relativamente reciente de colocarlos en portada, como hace Libros del Asteroide, Alfaguara o Anagrama. Pero muchos no sienten que les salpiquen las vacas gordas del sector del libro, que parece que las hay: según la encuesta anual de la consultora GfK, desde la pandemia se han batido varios récords de facturación; en 2025, cerca de 1.250 millones de euros, un 4% más que en 2024. Más bien, los traductores tienen la sensación de ser el último eslabón de esa cadena. Lo comparte Cardeñoso: “Apenas se nota. Muchas tarifas llevan 20 años estancadas. Para que un libro nos produzca royalties [derechos de autor], tiene que vender muchísimo. Te enteras de algo si tienes la suerte de tener un best seller… Yo he tardado muchos años en enterarme. Son pocos los que han podido vivir solo de la traducción literaria, muchas compañeras recurren a cosas que dan más dinero, como los textos jurídicos. En mi caso, mi marido ha tenido siempre trabajo y eso me ha permitido sobrevivir”.

El principal miedo ahora es eso que causa aun más turbulencias: la Inteligencia Artificial. Por recoger un solo informe, el de Microsoft Research de 2025 situaba a la traducción e interpretación entre los oficios con mayor riesgo de verse afectados, con datos de Estados Unidos. “Hay editoriales que ya nos están relegando a editores de Inteligencia Artificial. En el último Premio Planeta se habían presentado no sé cuántas obras [1.320 según la organización, la participación más alta de la historia del certamen]. Te digo que se debe a que muchos se presentaron con GPT. Esto va a ir a más. Lo malo es que no se advierta, y que la Inteligencia Artificial se alimente de nuestro trabajo. Todo eso está por regular”, lamenta Cardeñoso, que está en contacto con mucha gente joven y más precaria porque pertenece a ACE Traductores, una asociación que se fundó en 1983 con el objetivo de conseguir mejoras laborales.

Ella no se va a jubilar, por ahora. Ama su oficio, pero el principal motivo es que se le quedaría una pensión tirando a baja: “Lo que quiero es trabajar un poquito menos, para por fin disfrutar de esto plenamente”. Desde la perspectiva que le dan todos estos años, desde el realismo de reconocer lo complejo de los tiempos de la Inteligencia Artificial, cita a una de sus compañeras de oficio para defender que lo que aporta una traductora humana es “alma, vida y corazón”. Alguien que se devane los sesos tratando de transmitir bien qué busca una escritora cuando escribe distemper.



lunes, 29 de diciembre de 2025

El periplo de Ulises llega a nuestros días


El siguienrte artículo fue publicado por La Tercera, de Chile, con firma de Pablo Retamal N., el pasado 25 de dicembre. En su bajada se lee: "Analizamos cómo la astucia de Odiseo se transforma en angustia existencial en el siglo XX y por qué el poema épico de Homero sigue siendo, en 2025, un espejo de nuestras propias crisis. Esta vigencia alcanza un nuevo hito con la esperada adaptación de Christopher Nolan, que llevará la magnitud del viaje homérico a la gran pantalla en 2026 y consolida el mito como una estructura narrativa inagotable del mundo contemporáneo".

Todos los mares de La Odisea: el eterno retorno de Ulises en Homero, Kazantzakis y Joyce

Si Homero hubiese escrito La Odisea, el poema épico monumental atribuido a su nombre en el siglo XX, buena parte de la crítica la habría clasificado como literatura fantástica, amén de la serie de personajes que aparecen: sirenas, monstruos marinos (Escila y Caribdis), gigantes de un solo ojo (Polifemo), dioses (Poseidón, Atenea), ninfas (Calipso) y hasta hechiceras (Circe). Pero el hecho es que se trata de uno de los grandes clásicos fundacionales de la literatura occidental, una obra que ha sobrevivido casi tres milenios y que hoy vuelve a ocupar el centro del debate cultural amén de una esperada adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, proyectada para 2026.

Compuesta presumiblemente a finales del siglo VIII a.C., La Odisea estableció las bases de lo que hoy entendemos por novela, aventura y viaje interior. Según la Encyclopædia Britannica, la obra consta de 12.110 versos escritos en hexámetro dactílico y se divide canónicamente en 24 libros. A diferencia de la Ilíada, que se centra en la furia de Aquiles y la brutalidad de la guerra de Troya, La Odisea introduce un cambio de paradigma fundamental: la exaltación de la mētis (inteligencia astuta) por sobre la fuerza bruta. Es la historia de la supervivencia, del retorno (nostos) y de la reconstrucción de la identidad en un mundo hostil.

La estructura narrativa de la obra es, en sí misma, una revolución. La historia no comienza por el principio, sino in media res, es decir, hacia la mitad. Tal como detalla el análisis de la Encyclopædia Britannica, los primeros cuatro libros —conocidos como la “Telemaquia”— se centran en Telémaco, el hijo de Odiseo, quien emprende su propio viaje de maduración para buscar noticias de su padre. Esta decisión narrativa de Homero desplaza el foco del héroe para mostrarnos el vacío que su ausencia ha dejado: un reino en caos, una esposa acosada por pretendientes y un hijo que debe aprender a ser hombre.

En el centro del poema está Odiseo (Ulises, en la tradición latina). De acuerdo al artículo de la Revista Chilena de Literatura Odiseo creativo: un capítulo de la historia remota de la creatividad, se trata de un héroe astuto y versátil cuya principal cualidad es la mētis —un tipo de ingenio práctico que le permite resolver situaciones aparentemente insuperables— y que representa la suma de experiencia, aprendizaje y resistencia. Su largo camino de regreso a Ítaca, lleno de encuentros con monstruos, dioses y tentaciones, ha sido interpretado —según un artículo del académico Héctor García— como una metáfora del viaje interior del individuo y de la lucha del ser humano por afirmar su identidad.

García añade que a la vez, el poema explora otros temas atemporales: la lealtad y la fidelidad de Penélope; la búsqueda de justicia frente al desorden que han generado los pretendientes; la relación entre los mortales y los dioses; y la tensión entre el destino y el libre albedrío, que era central para la mentalidad griega arcaica.

A diferencia de otros héroes épicos definidos por la fuerza bruta, Odiseo es el “hombre de muchos giros” (polytropos). Es un personaje complejo: un guerrero sagaz, un náufrago paciente y, en ocasiones, un mentiroso necesario. Fuentes como la Boston University (BU) destacan que el poema está “en todas partes” hoy en día porque aborda temas universales como el trauma de la guerra, la fidelidad (representada en Penélope) y la búsqueda de la identidad tras una ausencia prolongada.

La razón de esta vigencia —añade el artículo de la BU— radica en que los temas homéricos resuenan con las crisis contemporáneas: el desplazamiento forzado de refugiados que cruzan el Mediterráneo, el trauma de los veteranos de guerra que intentan reintegrarse a la sociedad civil y la lucha de las mujeres por mantener su autonomía en sistemas patriarcales.

El artículo de la Boston University destaca cómo las nuevas traducciones y adaptaciones —como The Penelopiad de Margaret Atwood o Circe de Madeline Miller— han desplazado el foco hacia los personajes femeninos o marginados, demostrando que el texto original es lo suficientemente rico y elástico para soportar nuevas interrogantes. La Odisea no es un monumento de piedra; es un organismo vivo que muta con cada generación que lo lee.

La Odisea de Nikos Kazantzakis: el grito del hombre moderno
A mediados del siglo XX, el célebre escritor griego Nikos Kazantzakis —el mismo de La última tentación de Cristo— asumió la monumental tarea de continuar el viaje donde Homero lo dejó. En su obra La Odisea: Una secuela moderna (1938), Kazantzakis expande el universo homérico con un poema épico de 33.333 versos.

Como señala el estudio Odisea de Kazantzakis Ítaca, punto de llegada y de partida, del académico Miguel Castillo Didier (acaso el experto chileno en el mundo griego) el Odiseo de Kazantzakis ya no es el hombre que anhela el hogar. Tras llegar a Ítaca y matar a los pretendientes, se siente asfixiado por la domesticidad. Este nuevo Odiseo es un asceta existencialista que vuelve a partir, esta vez para explorar los límites de la libertad humana y la divinidad.

Sin embargo, para el Odiseo de Kazantzakis, Ítaca es una jaula. La paz doméstica le resulta asfixiante. Según un análisis de la revista especializada en filosofía Mutatis Mutandis, Kazantzakis reescribe el mito para reflejar la angustia existencial del hombre moderno. Su Odiseo no busca restaurar el orden (oikos); busca romperlo. Abandona nuevamente a Penélope y a Telémaco para emprender un último viaje hacia el sur, pasando por Esparta, Creta y Egipto, hasta llegar a la Antártida, donde encuentra la muerte.

La revista Mutatis Mutandis explica que esta obra es un vehículo para la filosofía del propio Kazantzakis, una mezcla de vitalismo nietzscheano y misticismo ascético. Odiseo se convierte en un “atleta de la libertad”, alguien que rechaza cualquier forma de consuelo religioso o esperanza futura para abrazar el abismo. Mientras el héroe de Homero lucha por volver para ser recordado, el de Kazantzakis lucha por avanzar para disolverse en el todo. Es una odisea del espíritu que transforma la supervivencia física en una búsqueda metafísica radical, donde la única patria verdadera es la libertad absoluta de la conciencia.

El Ulises de James Joyce: la epopeya de lo cotidiano
La influencia de Homero tomó un camino diametralmente opuesto en las manos del escritor irlandés James Joyce. Si Kazantzakis expandió el mapa geográfico, Joyce comprimió la inmensidad del mar Egeo en las calles de una sola ciudad —Dublín— y la duración de diez años en un solo día: el 16 de junio de 1904.

Su novela Ulises (1922) es considerada la cumbre del modernismo literario. Según la Encyclopædia Britannica, Joyce utilizó la estructura de La Odisea como un andamio arquitectónico para narrar la vida de Leopold Bloom, un agente de publicidad judío, de mediana edad y cornudo, que se convierte en el Odiseo contemporáneo. Cada capítulo del libro de Joyce se corresponde con un episodio de Homero: el capítulo de “Hades” es un entierro en el cementerio de Glasnevin; el de “Eolo” tiene lugar en una oficina de prensa ventosa; y “Circe” transcurre en el distrito rojo de la ciudad.

De acuerdo a la revista literaria Classics Authority, Leopold Bloom, el protagonista de Joyce, encarna un Odiseo contemporáneo: un hombre común cuya “odisea” cotidiana en las calles de Dublín refleja las búsquedas internas del héroe griego —la identidad, el cuerpo, la memoria, la paternidad y la intimidad— pero con un realismo y una introspección inéditos en la literatura anterior.

Al estructurar Ulises en episodios que se corresponden simbólicamente con los cantos homéricos, Joyce no solo rinde homenaje a Homero, sino que también reinventa la manera de narrar la experiencia humana, dando paso al modernismo literario tal como lo conocemos hoy.

Raúl Rodríguez, académico de la Universidad Católica de Valparaíso, traductor y ensayista, es un estudioso de la obra de Joyce, señaló a Culto que parte del legado de Joyce recae en que “transformó el modo de escribir y entender la novela, convirtiéndose en un escritor con el que las generaciones posteriores se deben enfrentar, pues no lo pueden esquivar”. A partir de este libro, que narra en mil páginas los acontecimientos de un solo día, “las y los escritores posteriores tendrán que elegir si serán o no ‘tradicionalistas’, mientras que en la época prejoyceana lo eran con toda normalidad”, explica el académico.

Para Rodríguez, su influencia llegó a nuestro país con la pluma de Roberto Bolaño. “Cualquier lectura detenida se da cuenta de que el efecto del Ulises griego es determinante en el Ulises irlandés, de la misma manera en que éste será importante para el Ulises latinoamericano que configurará Bolaño: Ulises Lima”, menciona el académico, en referencia a la inspiración que significó La Odisea de Homero en la novela del escritor irlandés.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Todo aquello con lo que se puede escribir un libro

El escritor y periodista uruguayo Martín Bentacor (en la viñeta) reseñó el pasado 12 de diciembre La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón, para el semanario uruguayo Brecha. Lo hizo con la inteligencia que lo destaca de muchos de sus colegas.


Fiebre y manchas de sol

Pocas tareas intelectuales alcanzan la complejidad que produce una traducción literaria. Enfrentado a un texto en otro idioma, el traductor no solo debe escanciar en el odre de su lengua la sustancia estrictamente léxica del original, sino que, además, con los recursos de su propia escritura, debe mantener la cadencia que sustenta el estilo del autor que traduce. Permítaseme citar acá al maestro Vladimir Nabokov, que, al describir en un pasaje de su novela Barra siniestra la labor de un traductor de Shakespeare, dice (en traducción de J. Ferrer Aleu): «Era como si alguien que hubiese visto cierto roble (llamado en adelante A individual) que crecía en cierto país y proyectaba su propia sombra única sobre el suelo verde y pardo, hubiese procedido a levantar en su jardín una máquina prodigiosamente complicada que, en sí misma, fuese tan distinta de aquel o de cualquier otro árbol como lo son la inspiración y el lenguaje del traductor de los del autor del original, pero que, gracias a ingeniosas combinaciones de piezas, efectos de luz y motores creadores de brisa, proyectaría una vez terminada, una sombra exactamente parecida a la de A Individual: la misma silueta que cambia de la misma manera, con las mismas dobles y sencillas manchas de sol que ondulan en la misma posición, a la misma hora del día».

Esa labor prodigiosa, que enfrenta a un hombre con un texto y con las reglas de dos idiomas diferentes durante un lapso de tiempo variable, muchas veces ignorada por lectores, críticos literarios y hasta por los propios editores (a esta altura del partido es un gesto de deslealtad intelectual omitir el nombre del traductor en la portada de un libro traducido), se encuentra en el centro del libro La madre de Beckett tenía un burro, del escritor y traductor bonaerense Matías Battistón (1986), un poliédrico diario de traducción que dinamita los diques de las estructuras literarias, canibaliza la materia ensayística y se lee como una novela.

Battistón, traductor de autores tan diversos como Roland Barthes, Virginia Woolf, John Cage, Fernando Pessoa y Gertrude Stein, arranca su diario en una habitación sin calefaccionar de una Dublín nocturna y congelada. Abrigado hasta las orejas, se enfrenta a la tarea de traducir Molloy, Malone muere y El innombrable, la inmortal trilogía de Samuel Beckett, además de otros libros para los que había sido contratado. Fatigador de bibliotecas y de la deep web, frecuentador de biografías, artículos, reseñas, memorias y demás paratextos que rodean las obras que traduce, Battistón ha encontrado un dato tan irrefutable como inútil: «La madre de Beckett tenía un burro».

Además de los eventuales hallazgos, dubitaciones, revelaciones y puntos muertos a los que arriba un traductor durante su tarea, también se despliega ante él una masa de información variopinta, que puede ser utilizada para alumbrar cierto pasaje en una eventual nota al pie o quedar boyando sin más entre las carpetas y apuntes de trabajo. «Con lo que queda afuera al traducir, con lo que anoto en cuadernos y archivos que después no abro nunca más, con lo que me sigue rondando en la cabeza un tiempo hasta apagarse, se podría armar un libro», escribe Battistón en las páginas iniciales, a modo de tesis y de justificación del propio texto que el lector tiene entre manos.

* * *

Así, en las 200 páginas que siguen, el traductor exhibe un repertorio de historias, personajes, situaciones, anécdotas y conexiones múltiples que, lejos de dispersarse en una galaxia de pura miscelánea acumulativa, se ensambla de cuidadosa forma hasta llegar a la entrada final del diario, auténtico cenit de La madre de Beckett tenía un burro.

Atraviesan las páginas de este novedoso libro de Battistón situaciones y personajes, como el crítico y galerista Jean Frémon, autor del pequeño libro A Beckett le aprietan sus zapatos; los sistemas de traducción contrapuestos de Erri de Luca y César Aira; la increíble historia de Gilles Chahine y su sufrida traducción de Ada o el ardor, de Nabokov; la labor de José Bianco como traductor de la editorial Sur; los hallazgos que depara Malone morre, la traducción al portugués que el poeta Paulo Leminski publicó en 1986; la labor de Giorgio Manganelli como evaluador de pruebas de traducción al italiano; las consideraciones del poeta paraguayo Elvio Romero sobre la labor como traductor del poeta Alberto Girri («Girri destruyó la poesía argentina. Nadie recuerda sus versos. Con sus traducciones destruyó el lenguaje español»); la pléyade reunida alrededor de la revista literaria Merlin, publicada en París entre 1952 y 1954; el oscuro final de Rudolf Klement, traductor al alemán de Trotski; el vínculo entre Beckett y el poeta Patrick Bowles y el de Jorge Luis Borges con su traductor al inglés, Norman Thomas Di Giovanni; la correspondencia entre Rosa Chacel y Ana María Moix; la presunta traducción emprendida por Juan José Saer de un texto de Beckett en inglés, y la traducción al inglés que el escritor William Carlos Williams emprendió junto con su madre octogenaria y casi ciega de El perro y la calentura, de don Francisco de Quevedo.

Con una cualidad notable para ensamblar historias y datos diversos y una prosa precisa, no exenta de bienvenidos giros sardónicos, Matías Battistón escribió un libro personalísimo, que por ciertas derivas del oficio dialoga muy bien con Se vive y se traduce, de la poeta y también traductora argentina Laura Wittner, y que tiene como modelos lejanos a Nuevo museo del chisme, de Edgardo Cozarinsky, y Palacio de olvido, de Alberto Tabbia, pero que constituye en sí mismo un particular objeto editorial que le permite al lector, entre otras cosas, contemplar la extrañeza y el desafío que a todo traductor le provoca aquel nabokoviano A Individual.

martes, 11 de noviembre de 2025

Uno de los libros del año, comentado

En la revista Ñ del pasado 7 de noviembre, Kit Maud escribió una reseña de La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón. Según la bajada, "es una original disquisición sobre el trabajo de la traducción, pleno de anécdotas, conexiones y teorías, por Matías Battistón, uno de los más recientes traductores del escritor irlandés"

Este traductor no es ningún burro: Beckett en castellano

La mecánica cuántica y el arte de la traducción literaria no parecen tener mucho en común, pero hay una coincidencia fundamental: ambas se ejercen en el territorio de las posibilidades. Si un cálculo cuántico tiene que tener en cuenta dos (o más) respuestas distintas pero igualmente verdaderas, esto no es menos verdadero para una decisión de traducción. Pocas veces surge una frase que no ofrezca varias opciones igualmente acertadas en el idioma de destino, y hasta que esta decisión sea definitiva (o por lo menos la traducción haya sido entregada, impidiendo futuros cambios de criterio) todas siguen estando en juego. En el desafío que se le presentó al traductor Matías Battistón –el detonante para este maravilloso libro– el problema de las posibilidades explotó de manera exponencial.

Encargado con una nueva traducción de la famosa trilogía de Samuel Beckett –Molloy, Malone muere y El innombrable– la primera decisión que tuvo que tomar Battistón fue qué versiones usar: la francesa que vino primero, o la más tardía en inglés. Dado que Beckett los tradujo él mismo (con la “ayuda” inicial de un tal Patrick Bowles; destinada, como relata Battistón, al fracaso), en verdad hay dos “originales” de cada libro. Y más allá de la diferencia lingüística, hay discrepancias en sustancia también; efectivamente, en la transferencia del francés al inglés Beckett cometió lo que sería un pecado mortal para todo traductor pero fue perfectamente licito para el como autor; iba corrigiéndose y reescribiéndose a sí mismo.

Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.

Así, al igual que en una reacción cuántica, cada nueva ocurrencia o pregunta conduce a otra búsqueda archivística, cuyos resultados están sintetizados en secciones con títulos como “El primer traductor que odió a Beckett” o “La difamación creativa” (dicha sección, obviamente, se refiere a Borges). De estas historias de famas e infamias surge una galería de figuras de la literatura de los siglos XX y XXI, pocas de las cuales se revisten de gloria. El fracaso parece algo endémico de la traducción.

Mientras Matías Battistón explora lo que pasa en las mentes de sus distintos sujetos traductores y traducidos (las cartas y entradas de diario que cita de Rosa Chacel son particularmente entretenidas), persiguiendo toda bifurcación prometedora con el esmero de alguien que de verdad no quiere hacer el trabajo que le fue encomendado, el lector tiene el privilegio de experimentar un poco de lo que pasa en su propia cabeza: un imaginario lleno de erudición amena, una ironía fina y una excelente apreciación del ritmo cómico, que remite con fuerza a ese tufo de obsesión y locura mezcladas que perfuma todo buen emprendimiento literario.

Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.

jueves, 25 de septiembre de 2025

Despedida de Antonio Rivero Taravillo



"Fallece a los 62 años, víctima de un cáncer, el escritor, poeta, traductor y ensayista, autor de una obra amplísima, en la que destaca sus estudios sobre Cernuda, Joyce y Yeats; el próximo viernes, iba a pronunciar el pregón inaugural de la Feria del Libro Antiguo". Tal es la bajada del obituario del escritor y traductor sevillano Antonio Rivero Taravillo, publicado el pasado 19 de septiembre por Patricia Godino, en elPeriódico, de España.

Adiós a Antonio Rivero Taravillo, el poeta que tejió puentes entre Sevilla e Irlanda

El mundo de las letras españolas despide este viernes a Antonio Rivero Taravillo, el polifacético escritor, traductor y ensayista que falleció esta madrugada a los 62 años, víctima de un cáncer que lo consumió los últimos meses. Nacido en Melilla en 1963, pero sevillano de adopción desde la infancia, Rivero Taravillo encarnaba esa rara estirpe de intelectuales que, desde Sevilla, construyeron y construyen una obra vasta y apasionada, siempre al servicio de la belleza y la memoria.

A una semana de que pronunciara el pregón inaugural de la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, el próximo viernes 26, su partida deja un vacío enorme en el mundo de las letras. Asesoró con generosidad siempre cualquier proyecto o cita en el calendario donde los letraheridos se dieran encuentro y fue uno de los nombres de referencia en la reseña literaria de Diario de Sevilla. Prolífico hasta el final, Rivero Taravillo acumuló una bibliografía que roza lo prodigioso: dieciséis poemarios -el último, Un invierno en otoño (Bajamar, 2025) fue galardonado con el XXV Premio Paul Beckett-, cuatro novelas como Los fantasmas de Yeats (2017) o El Ausente, biografía novelada de José Antonio Primo de Rivera (2018), siete ensayos, cuatro libros de viajes -desde Las ciudades del hombre (1999) hasta Diario austral (2019)- y colecciones de aforismos que destilan la ironía y el lirismo que gastaba entre la legión de amigos y colegas que atesoró en una vida que ha terminado demasiado pronto.

Su huella más profunda, aquella que le distinguía como un irlandés del Sur cuando se le presentaba en público, fue la traducción: celtista empedernido, vertió al español antologías como Antiguos poemas irlandeses (2002) y Canciones gaélicas, y obras maestras de Yeats, Shakespeare o Flann O'Brien. Su versión de la Poesía reunida de Yeats (2010) es un hito, un puente entre el gaélico místico y el español contemporáneo. Irlanda, que visitó por primera vez en 1988, fue su faro: "Una cultura que frecuenté con devoción", confesó. Su prosa estaba impregnada por esa melancolía verde con que imaginamos los paisajes de aquella isla que tantas veces se compara con el carácter cálido y hospitalario del andaluz.

Sus investigaciones biográficas revelan al erudito incansable que fue. La monumental Luis Cernuda: años españoles (1902-1938) (Tusquets, 2008), primer tomo que completó después con Años de exilio (2011), le valió el XX Premio Comillas. Investigador y buceador de archivos, Rivero Taravillo desentraña aquí al poeta de la Generación del 27 no como icono sino como hombre de contradicciones: el exiliado que anhelaba raíces, el amante que exploró el deseo frente a la estricta moral. "Cernuda sangraba en cada verso", escribió Rivero. Rescató epistolarios olvidados y el compromiso republicano del sevillano en las Misiones Pedagógicas.

Similar rigor brilla en Cirlot. Ser y no ser de un poeta único (2016), Premio Antonio Domínguez Ortiz, donde disecciona al surrealista barcelonés como "poeta de culto", entre mística y vanguardia. A James Joyce también le dedica gran parte de su obra ensayística. En 1922 (Pre-Textos, 2022) reconstruye "el año por antonomasia del siglo XX". Se publicó Ulises, La tierra baldía de Eliot y Trilce de Vallejo.

Y si algo lo hizo una persona querida, cercana y entusiasta ante los nuevos proyectos fue su faceta como gestor cultural. Fue librero en la desaparecida The English Bookshop, director de revistas como Claros del Bosque, responsable de talleres y conferenciante en centenares de coloquios, mesas redondas y simposios. Era imposible ir a un acto literario y no saludar a este hombre de trato exquisito y buen humor. Se va, como recordaba Eva Díaz Pérez a este periódico, sin ver abierta la casa Cernuda, en la calle Acetrés, para la que elaboró el proyecto que está sirviendo al Ayuntamiento de Sevilla para recuperar las estancias e invocar el espíritu del poeta de Ocnos.

El alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, ha lamentado su muerte: "Se marcha un extraordinario humanista de la literatura". Y Antonio Muñoz, portavoz del PSOE municipal, también lo ha despedido en X como "el biógrafo que nos devolvió a un Cernuda vivo y cercano y que nos guió en la recuperación de la casa natal del poeta".


jueves, 11 de septiembre de 2025

Daniel Gigena entrevista a Matías Battistón

Matías Battistón, modelo 
de Calvin Klein y traductor
El pasado 9 de septiembre, Daniel Gigena publicó en La Nación una nota a propósito del primer libro de Matías Battistón, traductor de, entre muchos otros títulos, las principales novelas del irlandés Samuel Beckett. En la bajada se lee: "Con La madre de Beckett tenía un burro el autor publica un original ensayo sobre su oficio, los errores más comunes de la traducción y la relación con los editores".


“Un libro que no está traducido por nadie debería generarnos la misma inquietud que uno que nadie escribió”

En lo que comienza como el relato de las desventuras de un becario argentino (muy engripado) en Dublín y que se transforma luego en un diario mientras traduce la célebre trilogía del irlandés Samuel Beckett (Molloy, Malone muere y El innombrable), el escritor y traductor Matías Battistón (Buenos Aires, 1986) elabora una suerte de original ensayo narrativo sobre el oficio de la traducción. En La madre de Beckett tenía un burro (Emecé, $ 29.990), su primer libro como autor, cuestiones que parecen reservadas a especialistas -como la historia de las traducciones de Beckett y el destino de quienes las llevaron a cabo- se vuelven material interesante, entretenido y debatible para los lectores. El libro está organizado en capítulos que se fragmentan. 

Por las páginas de La madre de Beckett tenía un burro desfilan, además del Nobel de Literatura 1969 (que se tradujo a sí mismo al francés y el inglés), Vladimir Nabokov, Ramón Buenaventura (despectivo con la “obra maestra” de Jonathan Franzen que le tocó traducir, Las correcciones), William Carlos Williams, José Bianco y Paulo Leminski (traductores de Beckett), Jorge Luis Borges y Rosa Chacel, indignada por el poco dinero que le pagaban en Sur por sus traducciones. El trato que se les dispensa a los traductores literarios no mejoró mucho, pasadas las décadas. “Mi relación con los editores suele ser cordial. Ellos simulan que esta vez me van a pagar mejor y yo simulo que esta vez voy a cumplir con los plazos pactados”, revela Battistón a La Nación.

“Mientras traduzco leo, y mientras leo pienso, generalmente en otra cosa. Pienso en la misma lectura, por ejemplo en quiénes somos o quiénes elegimos ser cuando leemos, en el punto de vista que adoptamos para entrar a un texto”, razona el narrador que no es otro que Battistón, un escritor que traduce y un traductor que escribe.

-¿Cómo surgió la idea del libro y qué método usaste para escribirlo? ¿Es una recopilación de apuntes sobre Beckett, un diario de traductor?
-En 2016, Ediciones Godot me encargó la traducción de Molloy, Malone muere y El innombrable, y al poco tiempo recibí una beca para ir a traducirlas a Irlanda. La traducción se fue extendiendo y complicando, igual que mis excusas para no terminarla. Siempre había pensado que las traducciones dejan un tendal de cosas sueltas, dispersas, muchas veces fascinantes, que uno descubre y que después no sabe cómo aprovechar o dónde meter: problemas con los textos, datos inverosímiles, anécdotas propias y ajenas. En este caso, más todavía. Así que decidí hacer un libro con todo eso, que en un principio quiso ser un ensayo, después un diario y después una especie de narración, y que al final se rebeló y se convirtió en una mezcla de todo eso junto.

-¿Qué características del oficio de traductor a las que te referís en el libro reconocés como propias?
-Las frustraciones, las excusas, los retrasos, las molestias, los hallazgos, los rencores, las taras, las quejas, las muchas y variadas maneras de evadirse, los caprichos, los apuros, los dislates, las rapiñas, los alivios, los momentos de ilusión o de obsesión, las tarifas imposibles y, en definitiva, todo lo que pongo en el libro, aunque no todo al mismo tiempo.

-¿La IA podría traducir a Beckett?
-Es muy difícil establecer límites a lo que podrá hacerse en un futuro, pero es claro que un libro que no está traducido por nadie debería generarnos la misma extrañeza y la misma inquietud que un libro que nadie escribió. El problema es que, paradójicamente, muchos consideran al traductor una especie de obstáculo a la traducción, alguien que no debería estar. Cuando, para mí, es un vector más de la obra, un actor con el que incluso nos podemos llegar a identificar, así como nos podemos identificar con el autor en vez del protagonista de una historia. Desde luego, en un futuro cercano la IA será tan capaz de escribir las reseñas que se publiquen en los diarios sobre libros traducidos como de traducir esos libros; de hecho, diría que la IA es más convincente hoy en día escribiendo reseñas que haciendo traducciones, así que quizá el problema se termine cancelando cuando tanto la producción como la recepción se automaticen. Eso sí, no veo exactamente dónde queda la gente en esa ecuación.

-¿Traducir es ahora un trabajo bien remunerado en la Argentina o sigue igual que en la época de Sur?
-Los avances desde la época de Sur son pocos, aunque no menores: hoy es más común que figure el nombre del traductor o la traductora en la tapa o en un lugar visible del libro, por ejemplo. No encontré un solo contrato firmado por un traductor en el Archivo Sur, así que también es posible que los contratos de traducción fueran menos comunes que ahora. Sin embargo, en esencia la situación es la misma: la traducción literaria es un trabajo mal remunerado, que exige mucha dedicación, tiempo y cabeza, y que a la larga se vuelve desgastante. Se hace porque a uno lo impulsa esa pasión efervescente que provocan todas las malas decisiones, supongo. Por eso y por el entusiasmo desmesurado, al mismo tiempo casi apropiador y proselitista, que puede llegar a sentirse en ciertos momentos con ciertas obras.

-¿Se puede traducir un libro que se desprecia?
-Hace poco se me suicidaron la heladera y el horno casi juntos, como una especie de pacto o de tragedia electrodoméstica, y fue un gasto muy importante. En esos momentos, uno traduce hasta lo que escriba la persona más manca del mundo. Por suerte no han sido tantos los escritores realmente estrangulables que me tocaron; en general, trato de trabajar con libros que me sean afines. Recuerdo un caso puntual que prefiero no mencionar, donde me pasó algo raro: cuando se publicó la traducción, las partes bien traducidas me parecían una especie de venganza y las partes donde encontraba una errata o un desliz me parecían una venganza también. En cualquier caso, si bien por cuestiones obvias es mejor trabajar con lo que no se detesta, me parece que cada tanto esa incomodidad puede generar resultados interesantes. En el libro hablo del caso de Ramón Buenaventura y de la traducción que hizo de Jonathan Franzen, a quien Buenaventura odió de un modo que me parece ejemplar y que lo llevó a escribir un diario de traducción asesino.

-Hablás bastante en el libro de los errores de traducción.
-Sí, hasta rescato una palabra que en general tiene un sentido más bien teológico, la hamartiología, la ciencia del pecado. Hay una especie de obsesión hamartiológica con la traducción, una fijación con lo que el traductor no supo entender o transmitir, con las distracciones, con los pifies. Es algo de lo que soy totalmente culpable yo mismo cuando leo traducciones, así que en el libro trato de buscarle la vuelta para leer traducciones ajenas desde otro lado, viendo qué efectos producen las supuestas distancias con el original. A
veces creo que pueden ser geniales.

-Habría incluso una “poética del error”.
-Creo haber encontrado casos donde ciertos autores, como Borges, se divierten tanto conlos errores que descubren que empiezan a inventar otros, como una especie de ejercicio lúdico o literario, que por momentos roza la calumnia, o más que rozarla la a braza con fuerza. Son ejercicios con sus propias reglas, su propio estilo, su propia poética o manera de crear. Y trato de explorar algunos ejemplos vinculados con la traducción, que como dije parecería ser un espacio muy propicio para eso.

-¿Hay traducciones consideradas canónicas que en tu opinión no son tan buenas?
-Hubo muchos palazos en los últimos años a traducciones que lograron en su momento generar una impresión grande en los lectores, impresión que traducciones posteriores y quizá más académicas, más correctas y menos objetables en lo técnico no pudieron alcanzar. Y creo que lo más interesante, y lo más difícil, es dar cuenta no tanto de dónde se equivocan, algo que cualquier cotejo hace saltar enseguida, si no con qué la pegaron para ganarse ese lugar. Los aciertos son a veces más esquivos de captar o entender. La traducción de José Salas Subirat del Ulises casi que gana cierto no sé qué con cada disparate que comete el traductor, por ejemplo. Más que criticar traducciones canónicas, me interesa ver qué efectos generan más allá de sus posibles deficiencias, o gracias a ellas. En el caso de la traducción de Pepe Bianco de Malone muere, para poner otro ejemplo, descubrí que Bianco transforma, seguramente por distracción, las manzanas del original en papas. En eso, su traducción es más irlandesa que la original.

-¿Leíste otros libros similares al tuyo de traductores argentinos y extranjeros?
-La verdad es que todavía no leí el libro de Tamara Tenenbaum, ni la última novela traductoril de Jennifer Croft, pero sí Se vive y se traduce, de Laura Wittner; Música prosaica, de Marcelo Cohen, y los ensayos de Lydia Davis, para nombrar libros más o menos recientes que se ocupan del tema. Son obras que, cada una a su modo, tratan de explorar ciertas aristas de un oficio que tiene algo de caníbal, aristas pasionales, intimistas o cotidianas que en general habían quedado afuera de las muchas reflexiones académicas o traductológicas que andaban circulando. Un poco más atrás y más lejos también están Este pequeño arte, de Kate Briggs, que es hermoso, o Traducir o perder pie, de Corinna Gepner, del que hay una edición argentina muy linda, o Catching Fire de Daniel Hahn, que a mí lamentablemente se me cae de las manos cada vez que lo pispeo. Y no se tradujo todavía el libro de Olivier Mannoni, Traduire Hitler. A veces podemos llegar a pensar lo peor del autor al que estamos traduciendo, pero a Mannoni literalmente le tocó traducir a Hitler, ni le hizo falta calumniarlo. Le sirvieron la indignación en bandeja.

-¿Cuáles son tus proyectos actuales?
-Estoy tratando de retomar la escritura de un par de proyectos para ver si los puedo terminar en breve, sobre todo uno, que es una especie de ensayo sobre, precisamente, los proyectos que uno nunca termina. Más allá de eso, estoy preparando un libro con textos de Edward Lear, armando otro libro con una serie de calumnias muy originales escritas por Jonathan Swift, planeando una antología conceptual de verdugueos de Émile Cioran, puliendo una traducción de Paul Valéry que entrego en breve y empezando otra de Cynan Jones.

--------
Para agendar
El próximo 17. a las 19, el autor presentará La madre de Beckett tenía un burro en Atlántica Libros y Café (Av. Directorio 115) con el escritor y traductor Guillermo Piro y la escritora y editora Ana Ojeda.




viernes, 8 de agosto de 2025

A fuerza de té y caldito, Matías Battistón escribió un libro genial que todos le agradecemos

Matías Battistón es fundamentalmente traductor. Considerando sus aportes en la especialidad, su nombre ya está inscrito entre los mejores que ha producido Argentina. Y ahora, a esos laureles suma el mérito de haber escrito uno de los mejores libros que hasta ahora se publicaron en 2025. Se trata de un supuesto "diario de traducción" sobre su trabajo con las novelas y cuentos de Samuel Beckett. ¿Por qué supuesto? Porque el diario está pero también es un ensayo sobre lo que es traducir, una pesquisa alrededor de los traductores de Beckett, una serie de reflexiones sobre Beckett como traductor de sí mismo, una guía de la continua dispersión a la que Battistón se somete cuando traduce a Beckett y muchos conatos de ficción que relatados con un magnífico humor hacen que éste sea un libro del todo singular que desafía toda categorización y que, por lo tanto, puede ser disfrutado por lectores especializados y neófitos. Curiosamente, fue publicado por Emecé, uno de los tantos sellos del Grupo Planeta, que, como es sabido, se especializa en editar libros generalmente malos. Se trata entonces de una muy bienvenida excepción.

Para concluir, Matías Serra Bradford publicó el siguiente suelto en la revista Ñ: "Quienes se preguntaban cómo hizo estos años Matías Battistón para traducir tantos libros simultáneos y sucesivos, tienen ahora la respuesta: no estaba traduciendo, estaba escribiendo. Este originalísimo ensayo suyo será sin duda uno de los libros del año. Sortea dos imposibilidades: ofrecer otro valioso trabajo sobre Beckett y decir algo nuevo sobre el problema de la traducción, acaso la estaba más noble que perpetró la literatura. Tarea heroica que su excelente humor hace bien en no santificar",


jueves, 3 de julio de 2025

Cristina Banegas: “Molly Bloom será un concierto”


El pasado 2 de julio, sin firma, InfoBAE informó sobre un espectáculo unipersonal de la actriz Cristina Banegas, en el que recita una adaptación del célebre monólogo de Molly Bloom, de Ulises, de James Joyce. Según la bajada, "La actriz encarna un personaje que rompe esquemas, explora el erotismo y revela pensamientos ocultos en una noche de insomnio, de jueves a domingos en el Centro Cultural Borges".

Cristina Banegas interpreta a Joyce con un monólogo que “surfea en un río de palabras”

La afirmación de que Molly Bloom “empieza y termina con la palabra femenina Sí”, según escribió James Joyce en una carta a Frank Budgen, resuena como el núcleo de una celebración de la mujer y una epifanía literaria. Esta idea, que atraviesa la adaptación escénica del monólogo final de Ulises, se convierte en el eje de las únicas 8 funciones que Cristina Banegas presenta en el Centro Cultural Borges durante julio, bajo la dirección musical de Carmen Baliero.

La propuesta, titulada Molly Bloom, se presenta los jueves 3, 10, 17 y 24 de julio a las 20, y los domingos 6, 13, 20 y 27 de julio a las 19 hs. El acceso es gratuito: las entradas se distribuyen desde una hora antes de cada función en el primer piso, con un máximo de dos por persona y asignación por orden de llegada.

La estructura del monólogo, compuesta por ocho oraciones sin signos de puntuación, exige una enunciación veloz para trasladar el flujo de conciencia de Molly a la voz hablada. Banegas describe este proceso como un viaje vertiginoso, donde la velocidad genera vértigo y precisión, comparándolo con “hacer surf en ese río de palabras”. En escena, Molly canta, rememora fragmentos de canciones, se emociona, ríe, se erotiza y se enfada, componiendo lo que la actriz define como “la música de la cabeza de una mujer”.

La dirección de Carmen Baliero, a quien Banegas califica como “una gran música” y amiga, transforma la puesta en un concierto. Baliero propuso desde el inicio que los “Sí” de Molly sean fonemas estructurales, y que cada una de las ocho oraciones debía dividirse en movimientos o unidades, como en una sonata. Así, la partitura escénica se construye sobre la del texto original, hallando ritmos, cadencias, staccatos, crescendos y pianísimos. Banegas afirma: “Molly Bloom será un concierto”.

La actriz celebra el regreso a la actuación con este personaje, al que considera “la fiesta más difícil”. No se trata solo de poner en boca el pensamiento de Molly, sino de traducir e interpretar la privacidad, el erotismo y la ausencia total de censura con la que la protagonista atraviesa su noche de insomnio. La libertad con la que Molly expresa sus fantasías sexuales y teorías sobre los hombres y el amor, convierte este monólogo interior —creado por Joyce— en la voz de una Penélope liberada de la moral victoriana.

Banegas comparte el deseo de que James Joyce y Nora Barnacle, su esposa, “si en algún bar del cielo, escuchan esta música, ellos que tanto la amaban, ojalá celebren y brinden por el alma siempre encendida de Molly Bloom”.

La ficha técnica de la obra detalla la autoría de James Joyce, la adaptación a cargo de Ana Alvarado, Cristina Banegas y Laura Fryd, y la traducción realizada por Cristina Banegas y Laura Fryd. La interpretación en escena recae íntegramente en Cristina Banegas.

martes, 22 de abril de 2025

Segundo volumen de las cartas de Joyce en castellano

"Páginas de Espuma completa con el segundo volumen la publicación de las cartas del autor irlandés, con edición a cargo de Diego Garrido y el compendio ‘Joyce en los ojos de sus amigos’". Así dice la bajada de la nota publicada por Pablo Bujalance, el pasado 20 de abril, en el Diario de Sevilla.

James Joyce: algo parecido al fracaso

La publicación de la primera entrega de las cartas de James Joyce en 2023 a cargo de Páginas de Espuma permitió a los lectores, gracias a la ingente labor traductora y editorial de Diego Garrido, cultivar una razonable familiaridad con el autor de Ulises en los territorios más íntimos de sus primeros años. Aquel volumen reunía la correspondencia que el escritor irlandés amasó desde su juventud a su madurez, entre 1900 y 1920, con la gestación de Dublineses, Stephen Hero y Retrato del artista adolescente como hitos literarios fundamentales en paralelo a su complicada vida familiar y la odisea que le llevó de Dublín a Trieste, Roma y Zúrich. Quedaba, sin embargo, una sensación de miel en los labios dada la certeza de que aquel primer volumen concluía justo antes de la consagración que entrañó para Joyce la publicación de Ulises. Pues bien, la espera ha terminado para quienes disfrutaran la primera remesa de cartas: Páginas de Espuma acaba de poner en circulación la segunda, que incluye la correspondencia joyceana fechada entre 1920 y 1941 seguida de Joyce en los ojos de sus amigos, una reveladora selección de perfiles del autor escritos por otros colegas afines. Y lo hace con otra cuidadísima edición a manos de Diego Garrido, con abundante material gráfico y, de nuevo, un completo índice onomástico que justifica por sí solo la adquisición del libro.

La correspondencia reunida en el volumen da buena cuenta de los años parisinos de Joyce: el autor llegó a París junto a su familia en 1920, tras haber encontrado refugio en Zúrich durante la Primera Guerra Mundial, con la intención de pasar un mes en la capital francesa, donde finalmente residió veinte años. Solo las últimas cartas, las fechadas a partir de 1940, remiten a la estancia de Joyce en Saint-Gérand-le-Puy, cerca de Zúrich, antes de su muerte en 1941. Tal y como explica en la nota a la edición Diego Garrido (autor, por cierto, de la estupenda novela Libro de los días de Stanislaus Joyce, aproximación ilustrativa al hermano del autor publicada el año pasado por Anagrama): “En la edición del primer volumen incluí todas las cartas que pude encontrar escritas por James Joyce, y algunas de las recibidas. Ahora he tenido que elegir”. La correspondencia en estas dos décadas se multiplica respecto a las anteriores por motivos evidentes: la publicación de Ulises en 1922 convirtió al autor en una figura pública, de proyección colosal, rodeada de cada vez más admiradores y aduladores de los que Joyce intentó sacar provecho no siempre de la manera más honesta. Al mismo tiempo, su situación familiar se hizo, como en un reverso desdichado, progresivamente más funesta, al igual que su salud: “Son los años de París; los años del reconocimiento tan anhelando, la fama, el éxito, la adulación infinita; pero también los de la soledad íntima, el abatimiento, la incomprensión, y, sobre todo, la enfermedad creciente e irreversible de Lucia”, señala Garrido al respecto.

La carta que abre el volumen es una tarjeta postal fechada el 12 de julio de 1920 en París, poco después de la llegada de Joyce a la ciudad, y está dirigida a su hermano Stanislaus. La última que firma el autor es otra postal enviada igualmente a Stanislaus Joyce desde Zúrich el 4 de enero de 1941, poco antes de su muerte. Entre una y otra, abundan las misivas al mismo hermano, a Ezra Pound, a Harriet Shaw Weaver (la mecenas de Joyce) y, por supuesto, a Sylvia Beach, quien asumió la publicación de Ulises, eje central de la correspondencia de este tiempo. El 14 de octubre de 1921, Joyce envía a “la señora de William Murray” una carta que encabeza “Querida tía Josephine” y que reza así: “Ulises, un libro gordísimo de unas 800 páginas, de 11 x 7 pulgadas, verá al fin la luz en unas tres semanas o cosa así. Los ejemplares más baratos saldrán a 3 libras cada uno, los más caros a 7 libras. Te enviaré uno. Me dan muy pocos gratis porque son muy caros”. Y añade: “Si quieres leer Ulises mejor será que pidas en una biblioteca una traducción en prosa de la Odisea de Homero”. Joyce se muestra celoso con la distribución de Ulises, con su recepción y con sus liquidaciones, pero de inmediato tiene que hacer frente al revés que le conducirá a la ceguera. En otra carta enviada a Sylvia Beach desde Niza el 30 de octubre de 1922, y dictada a Lucia, Joyce cuenta: “Ya conoce usted las noticias sobre mis ojos (…) Encarar un largo viaje en tren para pasar luego las habituales dos horitas diarias sentado en la sala de espera del Dr. Borsch terminaría por matarme (...) Consentiré en ello [en operarse] si el susodicho no vuelve a nublar mi pupila. Mi vista había mejorado. Pude corregir la primera mitad de Ulises ”. Ya para entonces había empezado Joyce la escritura de su Work in progress, que concluiría, tras no pocos altibajos, en 1938, cuando dio a conocer el título del que solo Nora Barnacle, su esposa, había tenido noticia: Finnegans Wake. Las cartas de este periodo, por cierto, manifiestan la preocupación de un Joyce ya incapaz de ver por las erratas. Y tenía razón: la primera edición de su último libro las contaba por decenas de miles. Joyce parecía convencido de que su libro sería objeto de una acogida calurosa, pero en 1938 el mundo estaba demasiado preocupado por otros asuntos para adentrarse en un libro indescifrable. Su fracaso, sin embargo, apenas parece inquietarle: su principal preocupación está en Lucia, internada por las terribles crisis nerviosas. La vida anodina en Saint-Gérand-le-Puy aboca a Joyce a la depresión. Tras su regreso a Zúrich en diciembre de 1940, solo muestra interés en pasear de la mano de su nieto Stephen.

Por último, Joyce en los ojos de sus amigos recoge testimonios de escritores como Wyndham Lewis, Frank Budgen, William Carlos Williams, Italo Svevo, Padraic Colum, Stuart Gilbert, Lloyd Morris y los citados Stanislaus Joyce y Sylvia Beach. La certeza de que James Joyce nunca nos había quedado tan a mano es impagable. Tanto, quizá, como la lectura de su obra.




jueves, 27 de marzo de 2025

Otro trabajo brillante de Matías Battistón

Matías Battistón, ya fue dicho muchas veces, es un excelente traductor, pero también un tipo de genio. Para demostrarlo una vez más bastaría con leer su traducción de Belacqua, de Samuel Beckett, título impuesto por la editorial donde acaba de ser publicado More Pricks Than Kicks (1934), el primer libro del autor irlandés, que reúne una serie de cuentos sobre un singular personaje. A continuación se reproduce lo que Battistón escribió para justificar su traducción.

Sobre la traducción

Beckett tenía un cuaderno. Es decir, cuadernos tenía varios. Pero uno en particular, el de apuntes para su novela Sueño con mujeres que ni fu ni fa, que por suerte sobrevivió, nos permite ver un poco el método que utilizaba para escribir a comienzos de la década de 1930. Ahí es donde iba anotando, disciplinadamente, las frases y giros que tomaba de sus lecturas, muchas veces recónditas, con la idea de usarla en sus propios textos. Cada vez que lograba meter alguna, la tachaba, como si fuera una lista de pendientes. Muchas de esas citas son casi imposibles de identificar para el lector común, o incluso el más curtido, y sin embargo en esos guiños se juega gran parte de la apuesta estilística de Beckett: es una especie de respuesta moderna, joyceana, al antiguo género de los centones. Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta.

Si bien para este libro Beckett en general decidió escribir de una manera más despojada, el método más o menos se mantuvo. Sobre todo, claro, en las partes que él tomó de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y que aquí adaptó, en particular el cuento “Una noche húmeda”. Hay muchos pasajes que directamente se vuelven incomprensibles o injustificables si uno no detecta la referencia. Algo similar pasa con las alusiones a ciertos detalles de Dublín o a la propia vida de Beckett. Además, claro, del uso constante de expresiones o frases enteras en otras lenguas, que él ni amaga a traducir. Es como si, parafraseando al personaje de la Ottolenghi, él preguntara a cada rato: “¿Les parece que es absolutamente necesario traducir esto?”.

Nunca podría decirse que a Beckett lo desvelara ser transparente. En plena Segunda Guerra Mundial, una vez incluso lo retuvieron unos guardias fronterizos porque pensaban que el manuscrito de Watt estaba escrito en código. Verlo como un mensaje espía, encriptado, les parecía más verosímil que verlo como literatura. Pero son sobre todo los textos de juventud los que parecen llevar como divisa: “Que lea el que pueda”. Así y todo, aunque la opacidad sea adrede, y el libro quizá no pueda apreciarse como corresponde si no nos deja perplejos, me dio la impresión de que se justificaba el trabajo de aclarar las alusiones y dar una traducción de lo que estuviera en otras lenguas, todo en notas al pie[1], a veces extensas, para que el lector pueda hacer trampa dignamente. Desde luego, el que no las necesite, o prefiera el muy entendible placer de no entender, puede obviarlas. Sé que hay algunas que sobran. Espero que eso compense las que faltan.

El título merece una aclaración aparte. More Pricks than Kicks es un juego de palabras con varias vueltas, que como de costumbre tarda mucho más en explicarse que en captarse. Podríamos empezar señalando que es una alusión a la frase to kick against the pricks, tomada de Hechos 26, 14, donde se narra la conversión de Saulo de Tarso en el camino a Damasco: “Todos caímos al suelo, y yo escuché una voz que me decía en arameo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es dar coces contra el aguijón’”. Con esta metáfora agropecuaria, Jesús estaría tratando de ilustrarle a san Pablo lo inútil y hasta dañino que puede ser resistirse a una fuerza invencible, como el buey que da patadas contra el aguijón o la aguijada que los boyeros usan para picar a la yunta. Volviendo a Beckett, more pricks than kicks significaría, entonces, “más aguijones [o aguijonazos] que coces”: más tormentos o imposiciones, si se quiere, que intentos de rebelarse contra ellos.

Sin embargo, kick en inglés también puede referirse a una experiencia divertida, placentera, como en get a kick out of something (“divertirse con algo”). Así que more pricks than kicks podría leerse como “más aguijones que diversiones”, en el sentido de “más de algo malo que de algo bueno” (con algún eco de otra frase hecha, more kicks than half-pence, “más patadas que monedas”, usada en general para referirse a una actividad que se paga con maltrato más que con dinero). De hecho, kick también puede aludir al placer sexual, y prick, al órgano masculino; en otras palabras, more pricks than kicks puede leerse también como “más penes que orgasmos”, una triste estadística. Y la cosa no termina ahí, si uno recuerda que además prick puede aludir —al igual que “pene” en algunos dialectos del castellano— a una persona molesta, idiota, energúmena. More pricks than kicks, de nuevo, podría significar entonces “más idiotas que buenos momentos” (más forros que polvos, digamos). En fin, con todo esto el lector ya puede seguir combinando los sentidos y alusiones por su cuenta y entretenerse buscándole incluso más vueltas a la frase.

Ahora bien, ¿cómo traducirla? Quizá convenga imitar la admirable curiosidad del alumno que espía el examen del compañero y preguntarnos antes cómo la han traducido otros. Porque traducciones de este libro en otros países ya hay varias, todas con títulos muy distintos.

Hasta ahora, la única traducción íntegra que había al castellano era la española de Víctor Pozanco para Lumen, publicada en 1990. Pozanco, calculo yo, habrá considerado intraducible el juego de palabras del título, porque lo descartó de plano y recurrió a una alternativa más explicativa y geográfica, Belacqua en Dublín. Es una solución que se aprecia mejor si captamos el guiño a Joyce: “Ulises en Dublín” era, justamente, el título de un cuento que se iba a incluir en Dublineses y que terminó convirtiéndose más tarde en la novela Ulises. Podemos imaginarnos a Pozanco descartando otras alternativas menos convincentes, como Retrato del Belacqua adolescente o Belacqueses, antes de llegar con alivio a esta.

Siempre es interesante ver cómo Beckett, que solía traducirse él mismo, cómo adaptaba sus propias obras al francés. Sin embargo, More Pricks than Kicks es uno de los pocos libros que él no llegó (o se negó) a traducir, aunque sí ponderó en su momento, sin mucho entusiasmo, un posible título, Ni bouche ni éperon. La expresión francesa n’avoir ni bouche ni éperon se usa para referirse a alguien tonto, insensible, como un caballo que no reacciona ni a la brida ni a las espuelas, así que esta alternativa mantendría cierto hálito cuadrúpedo en la imagen, al igual que la idea de insensibilidad o pasividad, aunque no la rima interna ni la aliteración. Tras la muerte de Beckett, varios propusieron otras alternativas (Plus de peur que de mâles, según Jean Jacques Mayoux; Plus de couilles que de coups, según Bruno Clément), hasta que Edith Fournier terminó traduciendo el libro para Éditions Minuit en 1994, todavía más libremente, como Bande et sarabande.

Por su parte, la traducción italiana de Alessandro Roffeni, publicada por primera vez por la editorial milanesa SugarCo en 1970, se decantó primero por eludir el problema, eligiendo un título seco y descriptivo, Novelle, y al reeditarse la obra cinco años después, por otro mucho más llamativo, Più pene che pane (que parece más bien el título de alguna película donde la Cicciolina tuviera que mantener a flote esforzadamente una panadería). Más cerca en el tiempo y el espacio, en 2021, Ana Helena Souza tradujo el libro al portugués para la editorial brasileña Biblioteca Azul, con el feliz título de Mais pontas que pés.

Al ver que ninguna de esas versiones se dejaba plagiar dócilmente, barajé opciones. Demasiadas, de hecho, que iban desde lo literal pero sin chiste (Más punzadas que patadas), al punto medio entre libertad y literalidad (tomando algún giro local, como “poner palos en la rueda” digamos, y adaptándolo: Más palos que ruedas), hasta otras del todo libres, que por ejemplo apuntaran a las connotaciones sexuales del original, cuando no al chiste verde (recordemos que Irlanda en su momento el título del libro en parte hizo que lo retiraran del mercado), tal vez incluso haciendo un guiño a la impotencia y al final infausto de Belacqua (Mal acaba). Así fui llenando páginas de tachones.

Mientras tanto, eché un último vistazo a otras latitudes y vi que, cuando Christian Enzensberger tradujo More Pricks than Kicks al alemán para Suhrkamp en 1989 como Mehr Prügel als Flügel, la crítica Ria Endres dedicó la mayor parte de su reseña en Der Spigel para explicar, no sin cierta crueldad, por qué el título estaba mal traducido; según ella, tendría que ser algo como Mehr Schwänze als Tänze. Se me ocurrió entonces que, para ahorrar tiempo y cortar por lo sano, yo directamente podría preguntarle a un reseñista impecable cómo traduciría el título en castellano él. La respuesta de Juan Comperatore, director de la revista El Diletante, fue Más coces que goces. Me pareció mucho mejor que todas las opciones que había garabateado yo, y más cercano al original que las otras que acabo de describir, así que lo adopté.

La editorial, sin embargo, después de escuchar todas las alternativas ya mencionadas, prefirió optar por la eufonía y simplicidad del nombre del protagonista, y decidió trocar traducción por bautismo: el libro pasaría a llamarse Belacqua. Yo acepté, claro. No patalear mucho me pareció, en cierto modo, otra forma de fidelidad al título en inglés. 



[1] Todas las notas al pie me pertenecen, salvo las notas del propio Beckett, indicadas con “N. del A”. Una bibliografía pormenorizada de todas las fuentes que usé para mis notas sería muy larga. Me limito a mencionar al académico John Pilling, que hizo un gran trabajo rastreando las referencias de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y estos cuentos, sobre todo en su libro Samuel Beckett’s More Pricks than Kicks: In a Strait of Two Wills (Londres, Continuum, 2011), sin el cual me hubiera sido imposible desentrañar muchas partes del texto, y al que tantas veces (no las suficientes) cito. Aprovecho también para señalar que Sueño con mujeres que ni fu ni fa es la traducción de José Francisco Fernández de Dream of Fair to Middling Women (Barcelona, Tusquets, 2011).