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viernes, 6 de febrero de 2026

"Ya son muy pocas las cosas que se consiguen a bajo precio"

El pasado 9 de febrero, Juan Mendoza publicó un artículo en el diario Clarín, de Buenos Aires, sobre los coleccionistas de libros. En la bajada se lee: "Es una pasión en baja. Implica entrar en gastos suntuosos: ya son muy pocas las cosas que se consiguen a bajo precio. Cuando no es así, se pueden encontrar verdaderos tesoros tirados en la calle".

El arte de coleccionar libros antiguos

Era una tarde de verano en la librería. El propietario del local, después de cerrar al público, juntó a los tres habitués que quedaban y les pidió que por favor lo acompañaran hasta la sala contigua. Un pequeño recinto pegado a la entrada que hace las veces de despacho u oficina personal. Y desde cuyo escritorio hace sus traducciones o realiza sus pesquisas de ejemplares raros por Internet. Una vez allí, el librero comenzó a sacar de a uno los libros que traía en una caja. Apollinaire: La Roma de los Borgia; Poe: Cuentos extraordinarios; Samuel Becket: Esperando a Godot. Cuando iba ya por el quinto libro pronunció la frase: “ Hoy terminé de reunir el catálogo completo de Ediciones Del Mediodía. Diez años de investigación”.

F., otro de los coleccionistas que se encontraba allí, hizo notar un error. A ese catálogo le falta todavía un libro. Fue en ese momento cuando el propietario del local miró a quien esto escribe y dijo: “¿Para qué estoy haciendo esta reunión si no?” Era un acto de interesada generosidad. El único ejemplar que falta está en manos de F. La colección “casi” completa le estaba poniendo un nuevo precio al libro faltante. Suelto, muy poco o mucho menos valía.

El arte de coleccionar libros antiguos es una pasión en baja. Implica entrar en gastos suntuosos: ya son muy pocas las cosas que se consiguen a bajo precio. Cuando no es así, se pueden encontrar verdaderos tesoros tirados en la calle.

Siempre reaparece la historia de aquel famoso coleccionista a quien, cuando murió, le pusieron en venta la casa. Para hacer más rápido el trámite, la inmobiliaria mandó a tirar todos sus libros a un container. La leyenda cuenta que, aquella vez, la inmobiliaria vendió una casa. Y arrojó a un container, dos.

Ediciones del Mediodía fue una editorial argentina, activa entre fines de los 60 y principios de los 70, reconocida por publicar antologías de autores como Baudelaire o René Char. La nueva colección es tan completa, que también incluye los “falsos” mediodías. Libros que se editaron con el nombre de la editorial pero que no formaron parte del catálogo original. Las falsificaciones son un anexo opcional, un bonus track para el coleccionista que adquiera el lote.

Bajo la dirección de Juan Carlos Cícero, sus publicaciones destacadas formaron parte de los últimos años de la edad de oro del libro argentino, que fue de los años 30 hasta la mitad de los 70. El nombre de la editorial tiene un eco nietzcheano. Para Nietzsche, el mediodía era un sinónimo de verdad: el punto culminante donde el sol está en su cenit, representando el cese de las sombras y el momento máximo de encuentro con el saber.

Anochecía. Este cronista ocasional partió de la librería con otros libros. Entre ellos, un ejemplar de El Congreso, el cuento más largo de Jorge Luis Borges. Publicado por Cuadernos del Archibrazo, 1971. Y en donde el narrador alude a detalles de un “romance” suyo con “Norah Lange”.

Y un ejemplar de Aguafuertes españolas, 1936. En una página interior, como una broma del tiempo, venía con una firma de Roberto Arlt.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Los resultados de la exitosa economía de Milei y el lamento de los mercaderes

El 20 de diciembre, Daniel Gigena publicó la siguiente nota en el diario La Nación, de Buenos Aires, a propósito de la caída de producción y ventas de los libros argentinos. En su bajada se lee: "La mayoría de las editoriales registró un descenso en las ventas respecto de 2023; en muchos casos, también se redujo la cantidad de novedades".

2024: otro año con precios altos y caídas en las ventas y la producción de libros

De los grandes grupos a los sellos independientes, la mayoría de las editoriales consultadas por La Nación comunicó una caída interanual en las ventas de ejemplares, que fue de un 10% y un 13% (como detallaron el Grupo Planeta y Penguin Random House, respectivamente) a un 40%. Según el informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL) del año pasado, las ventas habían caído un 5% respecto de 2022; si bien el de este año se conocerá en los primeros meses de 2025, se estima que la caída en las ventas llegará al 22%.

Excepto los grandes grupos y algunos sellos medianos, se publicaron menos novedades que en 2023 y, en todos los casos, en tiradas más pequeñas. Una “apuesta” editorial de hoy se mide en tres mil, cinco mil o, en casos excepcionales, diez mil ejemplares cuando en la Argentina hubo primeras tiradas de hasta 50.000 ejemplares. Gracias a la permanente crisis económica y los cambios de hábitos en materia cultural, se impuso la prudencia. En 2023, la caída de la producción había sido del 24% según la CAL.

“El mercado cayó, pero la editorial lo hizo apenas -observa la directora editorial de Planeta Argentina, Adriana Fernández-. En ese sentido, el resultado es bueno, mucho más valioso desde el punto de vista del trabajo estratégico. Las grandes apuestas y los grandes nombres no defraudaron”.

El presidente de la CAL, Juan Manuel Pampín, confirma que hubo menos novedades en 2024. “Al ser un año complejo, publicamos menos cosas -dice-. Todos trabajamos fuerte sobre los fondos editoriales; las pymes no podemos tener hits masivos todos los meses, como los grandes grupos”.

“Fue un año horrible”, resumió el editor Pablo Gabo Moreno, de Caleta Olivia, que solo publicó diez títulos (contra dieciséis de 2023), en tiradas de mil ejemplares. El Cuenco de Plata también informó una caída del 40% en ventas; de veinte libros publicados en 2023, este año solo pudo sacar la mitad. Siglo XXI había sacado 56 libros en 2023; este año, publicó 44. Y la editorial Edhasa redujo en un 30% sus novedades; en cambio, la importadora Riverside subió en un 15% la cantidad de títulos.

Eterna Cadencia lanzó la misma cantidad de títulos que en 2023, al igual que Adriana Hidalgo (que celebró su 25° aniversario y los quince años de Pípala); Ampersand, que registró una caída en las ventas del 10%, sacó once títulos (contra tres del año pasado). El sello Cactus, de filosofía y ciencias sociales, publicó diez libros a lo largo del año, uno más que en 2023. Tinta Limón editó un libro más que el año pasado, aunque hizo más coediciones y, en algunos títulos, redujo las tiradas.

“Este año publicamos menos de lo que teníamos planeado y algunos de los libros que sacamos fueron reimpresiones con nuevas cubiertas de títulos anteriores, como El lugar donde mueren los pájaros, de Tomás Downey, y La portadora del cielo, de Riikka Pelo. Fueron seis novedades finalmente. Y retrasamos por varios motivos, entre ellos la baja en las ventas, el lanzamiento de una nueva colección”, informaron desde Fiordo.
Bajaron las ventas y subieron los precios

“Las ventas bajaron alrededor de un 20% -dice a LA NACION Constanza Brunet, de Marea-. Fue un año difícil, donde tuvieron más relevancia los encuentros presenciales, ferias y presentaciones. La venta en librerías, que es nuestro principal canal, se vio bastante afectada”. No obstante, a pesar de la crisis, en el sello de no ficción y periodismo se publicaron más novedades que en 2023. “Gracias a la cantidad y calidad de las propuestas la baja en las ventas no fue tan pronunciada como lo fue en general en el sector”, dice la editora.

A la vez, los precios de los libros tuvieron un aumento interanual estimado del 120%, según informaron desde la cadena de librerías Cúspide a este diario. El dueño de la librería Hernández, Ecequiel Leder Kremer, al igual que otros de sus colegas, señaló que, en promedio, los precios habían aumentado casi un 200% respecto de 2023. “Hubo editoriales que aumentaron menos y otras, más; los editores no aumentan de forma uniforme, pero si tiene que reimprimir un libro actualizan los costos de producción”, dice a LA NACION Leder Kremer.

Editores de sellos independientes, al ser consultados, dijeron que habían aumentado los precios por debajo de la inflación; muchos de sus títulos se comercializan a menos de $ 20.000.

Para impulsar las ventas de fin de año, varias editoriales lanzaron campañas con precios promocionales en librerías y en sus propias tiendas virtuales. Con el lema“Sube la temperatura, bajan los precios”, el Grupo Planeta ofrece hasta el 13 de enero precios más bajos ($ 25.900 y $ 29.000) en novedades de Viviana Rivero, Collen Hoover, Camila Sosa Villada, Hugo Alconada Mon, Haruki Murakami y Ceferino Reato, entre otros autores.

Penguin Random House dispuso una selección de títulos a menos de $ 25.000 con todas las novelas de la Nobel de Literatura, Han Kang, y títulos de Gabriela Cabezón Cámara, Joan Didion, Gabriel García Márquez, Selva Almada, Sándor Marai y María Elena Walsh, entre otros. “Sabemos que un libro es un regalo para siempre, el valor simbólico de regalar libros no tiene nada que ver con el de cualquier otro objeto -dice Valeria Fernández Naya, directora de Marketing y Comunicación de PRH-. Hicimos una selección de grandes títulos, de autores de primera línea para que nadie se quede con las ganas de leer o regalar”.

La editorial Mansalva preparó diferentes “packs” con tres libros de distintos autores o un mismo autor (como César Aira) con precios que van de los $ 55.000 a los $ 75.000. Cactus también armó “combos navideños” de tres títulos, entre $ 37.000 y $ 46.100, al igual que Caja Negra (de $ 60.000 a $ 71.000). Libros para chicos y adultos de Sudestada tienen descuentos del 14% al 22% en el precio de tapa; Prometeo, del 20%. Galerna presenta combos de autores contemporáneos y clásicos, fútbol, tecnología y filosofía de $ 26.000 a $ 64.000. Fondo de Cultura Económica “remata” libros para adultos y chicos a $ 7900, de autores como Sara Gallardo, Beatriz Guido, Mariana Ruiz Johnson, Isol y Pablo Bernasconi. Y Vinilo, una “caja de fin de año” con un libro a elección del catálogo, una bolsa de tela, una garrapiñada de almendras y una sidra para el brindis ($ 45.000). La bella editorial Miluno también bajó los precios para las Fiestas. Hojas del Sur oferta un “combo batalla cultural” con cuatro libros a $ 40.000 (se incluye la biografía de Milei escrita por Marcelo Duclos y Nicolás Márquez). En las páginas web de muchas editoriales se ofrece un 10% de descuento en la compra y envío gratis.

Por último, la cadena de librerías del Grupo Ilhsa, Yenny-El Ateneo, difundió la lista de los diez libros más vendidos del año. Encabeza el ranking La felicidad, de Gabriel Rolón, seguido por En agosto nos vemos, del Nobel de Literatura Gabriel García Márquez; Zenzorialmente, de Estanislao Bachrach; Destroza este diario, de Keri Smith; Este dolor no es mío, de Mark Wolynn; La Casa Neville 2. No quieras nada vil, de Florencia Bonelli; Hábitos atómicos, de James Clear; Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enriquez; Cora, de Jorge Fernández Díaz, y El monje que vendió su Ferrari, de Robin S. Sharma.




lunes, 12 de agosto de 2024

Los porcentajes no son inamovibles

El pasado 8 de agosto, Lara Gómez Ruiz firmó un artículo en La Vanguardia, de Barcelona, que habla de lo que nadie quiere hablar: cuánto ganan los escritores. En la bajada se lee: "Cada vez son más los que se interesan por fórmulas editoriales alternativas".

Un cambio en la relación entre sellos y escritores

Los autores han dicho basta. No son la mayoría, pero los que están movilizados alzan la voz, cansados de que las editoriales impongan sus condiciones. Saben que se trata de un negocio, pero gran parte de las frustraciones vienen por las dificultades para llegar a fin de mes y la imposibilidad, en un gran porcentaje, de poder vivir de las letras. Recuerdan que, sin obra, no hay ganancias y lo hacen de distintas formas. Los pequeños alzan la voz; los grandes, como el superventas Joël Dicker, prefieren tomar el control por su cuenta y fundan sus propias editoriales. ¿Empieza la revolución?

Manuel Rico, presidente de la Asociación Colegial de Escritores (ACE), afirma que “la relación entre sellos y escritores está cambiando y cada vez son más los interesados en conocer sus cifras. Muchos ya no se fían de lo que les dicen. Quieren verlo con sus propios ojos”. Esa misma entidad desveló en 2019 que un 77,2% de autores tienen ingresos inferiores a 1.000 euros anuales por derechos de autor y explica que, sobre el precio de venta de un libro, un escritor suele llevarse entre el 10 y el 12%. En contadas ocasiones, puede alcanzar el 15. Si un ejemplar cuesta 20 euros, por norma general, un 30% se lo lleva el editor, otro 30% el distribuidor, un 30% el librero y, el resto, el escritor, que deberá descontar el IVA y el porcentaje que se lleva el agente literario, que acostumbra a ser de un 1%, en el caso de tenerlo . “No se lleva ni dos euros por libro vendido”, lamenta Rico.

Con este escenario como telón de fondo, que se repite en múltiples países y no solo en España, nació en marzo en EE.UU.Authors Equity , una nueva editorial que promete al autor “la mayor parte” de los beneficios, entre el 60 y el 70 por ciento, según confirmaron al Wall Street Journal “personas familiarizadas con el pago de royalties”. James Clear, autor de Hábitos atómicos (2018), es el primer escritor anunciado. “Es más beneficioso que las tradicionales y tiene mejor distribución que la autoedición. Está financiada mayoritariamente por autores, además de centrarse en ellos”, resumió a The New York Times.

Núria Tey, ex directora editorial de Penguin, recuerda que “se trata de un modelo de negocio que, si bien no es nuevo, es inusual”, por lo que “es normal que se nutra al principio de voces consagradas, aunque se espere que lo termine haciendo también con caras nuevas”. La editora añade que, “si se está tomando más en serio esta propuesta ahora, es porque Simon & Schuster está detrás”, distribuyendo los libros y proporcionando apoyo a la producción de algunos títulos, y porque “hay grandes nombres detrás que lo avalan”. Se refiere a Madeline McIntosh, ex directora ejecutiva de Penguin; Don Weisberg, ex director ejecutivo de Macmillan; y Nina von Moltke, ex presidenta de desarrollo estratégico de Penguin. “Son gente que lleva años y que parecen querer buscar otras formas de proceder distintas, pero no por ello mejores. Simplemente, distintas. Entre otras cosas, deja sin anticipo”.

Este adelanto acostumbra a moverse entre los 800 y los 4.000 euros. Son muy pocos los autores que reciben cifras millonarias. “El anticipo, por simbólico que sea, es algo fijo. El autor invierte dos años, a veces más, en la escritura. No cobra nada en ese tiempo. Con este modelo, el editor lo publica y tampoco le adelanta nada, ya que tiene que esperar a ver si vende o no. Si lo logra, gana más, pero no tiene nada asegurado. Es un éxito centrado en el autor ”, apunta Maribel Luque, directora literaria de la agencia literaria Carmen Balcells, que no descarta que esta política de remuneración llegue pronto a España. Anna Soler-Pont, de Pontas Agency, también lo cree así, y advierte que “si vas al 50% o más, el autor tendrá que asumir más, porque ya no es solo un autor, sino que pasa a formar parte del negocio. Es muy lícito, pero no todo el mundo tiene claro lo que conlleva”.

La agente María Cardona, de Aevitas Creative Management, recuerda que es importante que el anticipo no mate al autor. “Si es muy elevado y luego su obra no vende mucho, es más difícil que vuelvan a contratarlo”. Opina que esta fórmula puede resultar una opción válida para escritores con mucho dinero, dispuestos a correr riesgos, o que vendan mucho. Javier Castillo, el autor más vendido de ficción en castellano este Sant Jordi por su libro La grieta del silencio (Suma), podría ser uno de ellos. Admite que el reclamo es “atractivo”, pero no cree que el porcentaje que se lleva el autor por precio de venta en el modelo tradicional sea injusto. “Mis gastos son muy concretos: mi ordenador, mi Internet y mi tiempo. Una librería tiene el alquiler, los sueldos, la electricidad…”.

Víctor del Árbol, en cambio, sí cree que los porcentajes de royalties están “estancados”. Esto, según la escritora Laura Fernández, obliga al autor a “confiar en sí mismo todo el rato, y en los lectores, y en hacer el mejor libro posible para salir a flote. Otra opción, solo apta para superventas, es montarte tu propia editorial”. Esa es la opción por la que se decanta Riad Sattouf que, tras la novela gráfica El árabe del futuro, arranca una nueva serie sobre su hermano que se publicará en Francia con la editorial fundada por él mismo.

Joël Dicker también creó su propio sello tras la muerte en 2018 de su editor, Bernard de Fallois. “No puedo ir a ningún lado después de marcharse él y, al mismo tiempo, quiero escribir y compartir mis libros. Así surgió la idea de crear mi propia editorial. Para seguir como estaba con él”, anunció en sus redes en 2021.

Tres años después, el suizo explica a La Vanguardia que lo suyo “no es autoedición. Hay un equipo que estudia añadir otros autores al catálogo y que trabaja los textos”. Un modelo tradicional con la excepcionalidad de que Dicker forma parte del negocio, con los beneficios que ello conlleva, empezando por los derechos de autor. Eso sí, advierte que no todo es un camino de rosas y que los desafíos no desaparecen, sino que cambian. El mayor: “lidiar con el stock de papel en un momento en el que hay escasez”. Un objetivo, esta vez sí, compartido por todos.

martes, 18 de octubre de 2022

¿Qué es lo que está pasando con el papel?

Foto: Jazmín Tesone


Uno de los muchos problemas que afectan a la industria editorial de la región es la falta de papel. Y esto ocurre a tal punto, que muchas editoriales han debido alterar sus planes en razón de lo difícil que se ha vuelto conseguir el insumo. El pasado 1 de agosto, en el número 53 de la revista Crisis, de Buenos Aires, Nicolás Perrupato y Sebastián Rodríguez Mora, publicaron el siguiente artículo en cuya bajada se lee: “El papel se ha convertido en un bien escaso y costosísimo para imprimir esta revista, libros o incluso para los cientos de miles de cajas que llegan en motos vía las aplicaciones. No es un conflicto reciente. Tiene una historia larga de monopolios privados, gobiernos bobos y un mapa geopolítico mundial con enorme capacidad de incidencia. Radiografía meticulosa de la industria papelera”.

Flojo de papeles

Esta edición física de crisis fue impresa sobre tres tipos distintos de papel. La versión en tinta de estas palabras, en este párrafo, son una partecita de las 56 páginas de papel bookcel, también conocido como ahuesado por el tono no exactamente blanco de su superficie. Con algunas variaciones en el gramaje, es el mismo papel que se usa para imprimir libros. Todo el bookcel de fabricación nacional es producido por una sola empresa: Celulosa Argentina.

Las hojas más brillantes sobre las que está impreso el ensayo fotográfico que parte en dos todas las ediciones de esta época de la revista son de papel ilustración. Desde hace unos años, nadie en el país lo produce, viene todo importado. La tapa y contratapa están hechas con papel chambril de 210 gramos, algo parecido a las cartulinas escolares pero más denso. Es posible conseguir producción nacional de este papel, pero durante 2020 y 2021 por momentos faltó stock.

Entender qué pasa con el papel es un tópico ya clásico para esta revista a través de sus tres épocas. En el número 19, publicado en noviembre de 1974, Carlos Vilar Araujo concluía que la cultura del papel estaba en peligro, pero su escritura iba en paralelo con niveles de autoabastecimiento altos y en crecimiento. En el número 59, de abril de 1988, Vicente Muleiro interrogaba a la industria del libro ante la recesión, y la discusión parecía redundar en hasta dónde abrir la importación de papel para ayudar a los editores y salvar el libro. El cambio de situación entre una y otra nota era evidente.

Hoy el problema de abastecimiento va mucho más allá de las superficies sobre las que imprimir: según datos del Indec, solo representa al 10% de todo el papel que se produce y demanda en Argentina. El 90% restante está en todos lados, desde el papel higiénico hasta la caja en la que viene la pizza vía delivery o lo que compramos por MercadoLibre.

El precio de todos los productos hechos con papel aumentó mucho en el último tiempo a nivel mundial. Con la pandemia la producción de papel blanco mermó porque las fábricas pararon. Las papeleras se volcaron cada vez más a la fabricación de packaging por la demanda de los envíos a domicilio y no tienen planes de cambiar de rumbo. Además, la crisis logística desatada en la pospandemia disparó el precio de barcos y containers. Y el factor más reciente fue la guerra en Ucrania, que significó la suspensión de dos enormes productores de madera y papel. A todo eso hay que salpimentarlo con los ingredientes domésticos: desabastecimiento, oligopolios, regulaciones, falta de inversión.

Preguntarnos de qué están hechos los 238 gramos de cada ejemplar de la revista que editamos hace 11 años es el punto de partida de esta investigación. Desde allí nos llevará a entender la industria del papel en estos tiempos.

Pasta nacional
“El papel es sobre todo agua”, dice un industrial con largos años en el negocio de la impresión. Hacer papel es mezclar lo sólido –madera ya trozada en pequeñas porciones o papel que se recicla– con lo líquido y calentarlo. Para eso, las productoras de pasta celulosa utilizan pulpers, gigantescas ollas con hélices en su interior que centrifugan y mezclan mientras el agua hierve y el vapor sale. La producción de pasta celulosa es una de las industrias de base –como el petróleo– porque de su oferta dependen muchas otras actividades productivas. Se la considera una industria pesada porque exige una gran inversión de capital.

El siguiente paso es llevar la pasta celulosa hacia el papel. Al revés que en la cocina, después de hervirla a esta pasta hay que estirarla y secarla en enormes máquinas, como Pastalindas de dos cuadras de largo. Allí ingresa lo húmedo y sale, dependiendo el producto, lo que sirve para escribir (las resmas escolares), para imprimir (bookcel o papel de diarios), para limpiar y secar (papel higiénico o tissue), para envolver (kraft, con el que se hace el cartón). Una vez finalizado el proceso, los diversos papeles se almacenan en bobinas de varios metros de altura que luego son fraccionadas y refraccionadas en las siguientes etapas de la cadena productiva.

Es tanta la necesidad de agua para la pasta que uno de los ejes geográficos de las plantas de producción es el curso del río Paraná, desde Misiones al Delta. En esta zona, donde prima la empresa Celulosa Argentina, se aprovecha la madera mesopotámica de Corrientes y Entre Ríos. Celulosa es parte de Tapebicuá, un grupo más grande que tiene su propia forestadora. En el Noroeste argentino, sobre todo en Tucumán, es el bagazo de la caña de azúcar el principal recurso sólido para papel. Allí prima Ledesma, que no deja caña sin usar: azúcar y fibra. Papelera Tucumán desde hace un tiempo volcó su producción al papel marrón para packaging.

Cuando pasamos a mirar dónde es que se corta y se consume la pasta nacional, la ubicación de las fábricas que producen a partir del papel salido de las pasteras es más difusa y se ubica en general cerca de la demanda urbana. En la producción del papel que sirve para otras cosas distintas a la impresión hay que apuntar a actores de peso: la chilena Arauco, importante en la producción de pasta, y Arcor, con un peso decisivo en el mundo del cartón y los papeles industriales, mediante Cartocor y Zucamor.

Queda claro: quien amasa la pasta domina el mercado. En Argentina, y a pesar de las relativizaciones de sus directivos en discreto diálogo con crisis, Celulosa Argentina y Ledesma determinan las condiciones de todo lo que viene después, aguas abajo, al controlar el valor y el volumen de producción. No logran abastecer el total de la demanda nacional de papel, por lo que un porcentaje se importa. Pero no siempre fue así: hay una historia que repasar.

La dictadura del papel
“Desde el Cabo de Hornos hasta Méjico hay menos fábricas de papel que las que encierra la ciudad de Pittsburgh en Pennsylvania con menos de cien años de existencia y a doscientas leguas de la costa”. En 1871, Domingo Faustino Sarmiento se lamentaba en la exposición industrial por la falta de papel argentino. La década anterior varios pioneros peticionaban apoyo al Congreso para crear una industria nueva en el país y durante esa década varios privilegios se tramitaban para distintas experiencias de producción de papel. Sin embargo, la cosa no caminaba del todo: eran experiencias para hacerlo sin la provisión previa de pasta de celulosa. Por entonces hasta los más nacionalistas sabían que con el papel había que hacer la excepción: de su importación dependía la circulación de noticias e ideas. En el censo industrial de 1887 no se registran fábricas que lo produzcan. Es a inicios del siglo XX que comienzan a existir las primeras, pero la totalidad de la materia prima seguía siendo importada, faltaba la industria de base.

La primera gran empresa del sector fue Celulosa Argentina. Nacida en 1929, no solamente elaboraba la pasta de celulosa sino que también producía papel, siendo la primera de estas características en Sudamérica. A principios de la década de 1970 producía el 80% de la pasta celulósica en Argentina. En 1982, sin embargo, llama a concurso de acreedores. La historia opera como testigo del derrotero industrial argentino: creció con el enorme apoyo estatal de los programas de sustitución de importaciones, se endeudó en los setenta con la reestructuración, y en los ochenta y noventa perdió pujanza de la mano de accionistas que buscaban recuperar su inversión vendiendo activos.

En Argentina las fábricas de celulosa se desarrollaron al calor del apoyo estatal mediante distintos tipos de promociones industriales. En los años 40 aparecen las primeras intervenciones oficiales en el asunto: el primer régimen de promoción industrial de 1944 y la primera ley de defensa de los bosques naturales de 1948 significaron una inédita facilidad para importar pasta celulósica, mientras que protegió al sector contra importaciones competitivas, además de dar inicio a la forestación comercial. Con el desarrollismo a fines de los 50, la promoción industrial consistió en estimular la importación de bienes de capital para producir pasta quitando aranceles, a la vez que se sostenía fuerte la restricción al papel importado y en menor medida la pasta y el papel para diarios.

A fines de los años sesenta se produce un acuerdo nacional sobre un necesario salto cuantitativo en la producción para abastecer la demanda interna. Es una década en la que por unos días Fernando Donaire, un obrero del papel, fue secretario general de la CGT, y en que la provisión de papel se enfocaba como un asunto estratégico. Producto de esos lineamientos, en la década siguiente nacen Papel Prensa para producir pasta y papel de diario, Papel de Tucumán (hoy Papelera Tucumán), Alto Paraná, la mayor productora de celulosa, creada para que se asocie con las medianas para provisión de pastas a todas ellas, y Papel Misionero, abierta por el gobierno provincial de Misiones. Aquel fue el último gran salto en la capacidad instalada de la industria papelera.

Como señala el economista Jorge Schvarzer, son las dictaduras de Onganía y Videla las que más protegen y fomentan el papel nacional. Lo que a primera vista resulta contraintuitivo debe tomarse como ejemplo del carácter selectivo de la desindustrialización dictatorial. Siguiendo la saga neoliberal, la apertura de importaciones de los años 90 implicó los trastornos que cruzaron a toda la industria nacional, con un tipo de cambio sobrevaluado, competencia encarnizada, en paralelo a la caída del precio internacional de la pasta de celulosa. La integración productiva entre varios actores se desploma en un escenario de oligopolización y extranjerización.

Por esos años, Citicorp adquiere el control de Celulosa Argentina, para luego pasar a la uruguaya Fanapel y finalmente al grupo argentino Tapebicuá, que cotiza en Bolsa. Alto Paraná pasa a manos de la empresa chilena Arauco. Papelera Tucumán, luego de varios cambios de dueño, queda bajo el control de Alberto Pierri. Papel Misionero es privatizada por el gobierno provincial en 1997 y hoy produce para Cartocor de Arcor, líder en la producción de envases.

Alto precio
La producción de pasta celulósica nacional viene en caída desde que empezó el siglo XXI. Ya a principios de los 80, cuando se inauguraba Alto Paraná, la capacidad instalada de producción de pasta pasaba de 500.000 a 800.000 toneladas anuales.

Estos niveles se mantienen con vaivenes en los noventa hasta que luego de la devaluación, a principios de siglo, se ve el pico de producción: poco más de 1 millón de toneladas por año, de los que se consumen 800.000. Hoy la producción no llega a los 700.000. Las cifras son de la Asociación de Fabricantes de Papel y Celulosa, la más poderosa de las coordinaciones empresariales del sector.

La producción se decide entre un hermano mayor (Celulosa Argentina) y uno menor (Ledesma), que se ramifican para abajo y discuten los márgenes de importación. Pero también se explica por la vejez de la mayoría de los equipos de la rama.

En cuanto al papel, su producción nacional global se mantiene estable en torno a 1.7 millones de toneladas por año hace una década. Sin embargo, hoy se consumen 2.1 millones de toneladas anualmente. El resto se importa. Tras los proyectos de los años sesenta y setenta, la única carta para incidir del Estado parece ser abrir la importación, en alianza con un mundo editorial apremiado por los números que busca frenar el alza de precios en su insumo principal.

crisis consultó acerca de la idoneidad de estadísticas sobre la producción de papel presentadas por el Indec pero generadas por la Asociación de Fabricantes de Papel, principal jugador del sector. “¿Qué otra fuente o elaboración tanto en Argentina u otro país es válida para cualquier producto industrial?”, devolvieron.

Una escena apenas pretérita: reunión en la Secretaría de Comercio capitaneada por Paula Español. Se discuten aranceles para importar papel. De un lado editores grandes, imprentas y compradores de papel que buscan arbitraje ante el dominio de la situación por parte del binomio Celulosa–Ledesma, que a su juicio imponen el precio. Del otro lado, los productores argentinos –aunque la ramificación de sus paquetes accionarios contradiga el gentilicio– insisten que el mercado está abastecido. Uno de los presentes levanta la mano y pregunta cuándo hablarán de las resmitas (como se conoce a la unidad de compra de las editoriales pequeñas). Le confirman que se equivocó de reunión: “Acá están discutiendo los grandes”.

“Hoy, en un mercado que está muy justo, cuando hay un pico de demanda –el Censo, la Feria del Libro, las compras de manuales del Estado– se producen desbalanceos y, como hay restricciones a la importación, no podés compensar. Todo se traslada a precio”. El que habla es un representante de la Cámara Argentina del Papel. Distribuidores, importadores y algunos productores de papel coinciden en el diagnóstico.

Romper el envoltorio
“Cada vez que viene una compra estatal grande estamos todos cagados de que va a faltar papel”; “Hace un tiempo me llamaron de una de las productoras de papel para decirme que vieron cómo entraba un cargamento importado. Me avisaron que la próxima que fuera a comprarles no iba a haber stock para mí”; “Si no te sirve mi papel no me compres más, tengo a quién venderle”.

Todas estas frases salen bajo la condición de sumo anonimato y discreción entre papeleros y editores. También revela un síntoma del momento y precisa dónde está la manija del asunto.

Hoy se produce un quinto del papel de diario que se producía en 2011 (34.000 toneladas en 2021) y también, un 40 % menos de papeles de impresión que entonces. La tendencia a la baja en los volúmenes se explica en gran parte por la digitalización de la vida, pero el reverso de eso es el crecimiento de los papeles para embalaje (+20%) y del tissue (+40%). Lo que era diario son cajas y lo que era libros y revistas ahora es papel higiénico y sanitario. Dejamos a quien lea cifrar si es que estamos ante algún tipo de metáfora.

En papel para impresión, el consumo es 230.000 toneladas al año y 205.000 las que se fabrican en Argentina, pero “estaríamos en condiciones de abastecer todo el mercado”, asegura una autoridad de Celulosa. “No pueden decir que falta papel cuando yo entregué un 70 u 80 % más de papel bookcel que en 2021. Fue demanda genuina porque hubo más producción de libros. Pero pasó que con la pandemia hubo momentos de parada de producción porque teníamos media planta contagiada o aislada. Entonces iban a los comercializadores y como no había resma justo en ese momento crítico te dicen que no hay papel en el país”.

Otro aspecto clave que no se ve a simple vista pasa por el modo de fabricación. Las gigantescas máquinas que transforman pulpa en papel son continuas, como los hornos de fundición que casi nunca se apagan. Por lo tanto, deben programar su producción: estas semanas papel de 120 gramos, las siguientes dos de 90 gramos, y así. Si crece la demanda de un gramaje, repiten esa fabricación y saltean la que estaban por hacer. Ahí la explicación para los momentos en que no hay stock.

Según afirma este mismo directivo, la inversión de capital en las fábricas de papel es muy grande y no se amortiza en seguida. La última inversión del grupo Tapebicuá fue en una máquina para papel tissue que valió algo más de 30 millones de dólares. “Pero si quiero poner una máquina de papel para fabricar mucho más bookcel, que no tiene sentido porque no hay mercado y con lo que producimos somos superavitarios, necesitamos 200 y pico de millones de dólares”. Habría entonces una serie de grietas entre abastecer holgadamente una demanda argentina que no es tan robusta y producir tanto de más para competir en el exterior. Aun así, desde Celulosa aceptan que hay un porcentaje que se exporta.

Planes de cartón
Aldo Kaston llegó a ser el mayor productor de libros de autores locales en Chaco. Ahora está volcado al packaging, como la mayoría de las pequeñas imprentas. En su análisis pone el foco en que “todo se volcó hacia el kraft (el marrón, el del cartón). Al cerrar la importación de lo que era el recorte, las mayores consumidoras dejaron de importar papel y compran prácticamente el stock de las papeleras”. Ahí se abre una dimensión conflictiva. Con la importación de fragmentos desechados de la producción de papel y el cartoneo se hacen más de la mitad de los cartones para el packaging nacional. La disputa por el valor de esos recortes enfrentó en 2022 a Juan Grabois, que denunció la importación de basura de Estados Unidos que bajaba el precio del cartón que recogían las y los cartoneros, con el ex ministro de Desarrollo Productivo Matías Kulfas, que representaba el interés empresario por producir al menor costo posible. Hasta estos rincones llegaba el descalabro importador: cuando las cartoneras denunciaron el uso de dólares para importar recortes que ellas mismas recogen diariamente, algunos empresarios comenzaron directamente a importar bobinas porque en el cálculo seguía conviniendo stockearse de materias primas así, con el dólar barato. Por eso al momento de cerrar esta nota, cuando las administración de las divisas se ajustó, los compradores de reciclado negociaban en mejores condiciones y stockeados le bajaban el precio al principal producto del mundo cartonero.

Pero Kaston piensa en usar los pocos dólares del Banco Central para otra cosa. “Hoy para una papelera no hay que invertir cientos de millones como era antes. Hoy vos te vas a China y por 600.000 dólares te traés una fábrica para tissue. Podés producir para vos y para dos o tres más y comenzás a relajar la situación. Y tenés cartón de la calle, árboles, caña de azúcar. Una papelera que haga 1500 toneladas por mes abastecería bien nuestra zona y descomprimiría”.

Mientras cerramos este informe, el precio del papel higiénico llega a los medios informativos y Celulosa Argentina informa a sus clientes que en agosto apagará una máquina durante algunos días para realizarle mantenimiento, lo que redundará en más faltantes. A su vez, la restricción en los permisos para importaciones por la falta de dólares son un dolor de cabeza para distribuidores e importadores –dentro de los cuales destaca Gravent–, que llenan el vacío con la producción de afuera y en ese escenario pujan por valorizar su stock. En este panorama poco alentador, algunos actores prenden velas a la llegada de Scioli a Desarrollo Productivo. Sueñan con que las rondas de negocios que el exmotonauta auspiciaba y vinculaban los parques industriales bonaerenses con San Pablo den un salto para convertirse en asociaciones virtuosas que atiendan la demanda sin reducir a cero la producción nacional. Todas son posibles respuestas comerciales a un problema industrial que revelan, como dice el trapero Dillom, que mejor que tener sueños es tener planes.

miércoles, 1 de junio de 2022

"Cada vez es más difícil llegar a la “cuenta estándar” del 10% para autores, 40% para librerías, 20% para distribuidoras y 30% para editoriales"

La siguiente nota repite informaciones que ya se dieron en este blog en varias ocasiones. Pero no por ello deja de ser importante leerla. Fue escrita por Daniel Gigena y publicada en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 26 de abril, en vísperas de la apertura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.


El precio de un libro: ¿quién se queda con qué parte?

El precio de los libros no solo es objeto de debate entre lectores y libreros, sino también –y acaso sobre todo– entre quienes los hacen. Por una ley sancionada en 2001, en la Argentina los libros tienen un precio único de venta al público (PVP). La ley establece que los descuentos al PVP pueden ser de hasta un 10% en ferias, días y semanas consagradas al libro o cuando la venta se realice a bibliotecas, centros de documentación, instituciones culturales y de bien público sin fines de lucro, y de hasta un 50% cuando los adquirentes sean el Ministerio de Educación, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) y otros organismos públicos que realicen compras para ser distribuidas en forma gratuita a instituciones educativas, culturales y científicas, o a personas de escasos recursos (en estos casos, los ejemplares llevarán inscripta la constancia de que su venta está prohibida).

Pero ¿cómo se distribuye el dinero que los lectores pagan en librerías por los ejemplares que compran? Consideremos el caso hipotético de un libro que cuesta mil pesos (aunque el precio promedio de una novedad hoy ronda entre 2000 y 3000). El coeditor de Godot y organizador de la Feria de Editores, Víctor Malumián, señala que de los mil pesos que se paga por un libro, cien son del autor; trescientos, de la editorial; cuatrocientos, de la librería y doscientos van a la distribuidora. “Si es una cadena de librerías, se queda con quinientos pesos –precisa Malumián–. Por ende, a la distribuidora le quedarán cien pesos en vez de doscientos. Algunas veces, con las compras en firme (a diferencia de las consignaciones) pasa lo mismo. Los porcentajes son esos en general”.

Algunas editoriales tienen sus propios canales de distribución y otras crearon distribuidoras, como en el caso de Carbono o Big Sur, que agrupan los catálogos de sellos medianos y pequeños. “Visto desde afuera, parece que los autores se llevan poco con un 10%, pero se debe tener en cuenta que con el 30% que le toca a la editorial se paga el papel, la imprenta, la corrección, la maquetación, la traducción, etcétera. Con su 40%, los libreros pagan el alquiler del local, los sueldos de empleados, servicios y otros gastos”.

En las ferias del libro, entre ellas, la más importante del país, que se inaugura este jueves en Buenos Aires, esos porcentajes varían. “El porcentaje del autor queda igual (la única excepción suelen ser las grandes compras del Estado); con las librerías que venden en la Feria pasa lo mismo; con las editoriales que venden en forma directa, el porcentaje depende de cuánto se invirtió en el stand, los sueldos, el flete y los costos financieros, pero es un poco más rentable y puede llegar al 35% o al 40%”. Hay excepciones, como las ventas a los bibliotecarios de la Conabip o a los libreros durante las jornadas profesionales de la Feria porteña; en ambos casos los libros se venden al 50% de valor comercial.

Si bien el director editorial de Siglo XXI, Carlos Díaz, destaca que los porcentajes establecidos para distribuir el PVP son los mencionados por Malumián, indica que existen algunas variaciones. “Es difícil ver el negocio en la venta de un solo libro –dice a La Nación–. Los libros se hacen de a miles y el negocio se debe ver por la tirada entera. Tal vez se hicieron dos mil ejemplares y se vendieron ochocientos, con lo cual te quedaste con 1200 sin vender. El costo del libro, que siempre depende de la tirada, ronda el 10%; las comisiones por venta y cobranza, los fletes, que son bastante caros, más el cálculo de incobrables (es decir, cuando las librerías no pagan) y la obsolescencia por el deterioro de los libros, otro 10%; prensa y marketing, un 5%. Para la editorial queda entonces un 15% de margen bruto, y con esto tenés que pagar sueldos, impuestos, servicios”. Las ventas de librerías y de editoriales (como Planeta) por Mercado Libre se descuentan del porcentaje asignado a las librerías.

Díaz agrega que cada vez es más difícil llegar a la “cuenta estándar” del 10% para autores, 40% para librerías, 20% para distribuidoras y 30% para editoriales. En algunos de los libros que se publican en Siglo XXI y otros sellos tanto los autores como las editoriales resignan algunos puntos de los porcentajes correspondientes. “De lo contrario, los números no cierran; quedaría un precio tan alto que expulsás a los potenciales compradores; por eso el negocio editorial se complica tanto para las editoriales chicas y medianas: a menor tirada, más alto es el precio, pero si quedan muy altos, la gente no los compra”. Pero en algunas ocasiones, el PVP se fija con cierta arbitrariedad por parte de los editores; de otro modo no se explican los PVP de libros de gran tirada y venta asegurada.

La demora para cobrar los ejemplares vendidos en librerías, el aumento del precio del papel y la elevada inflación amenazan la producción editorial. El editor del sello Caleta Olivia Pablo Gabo Moreno, distribuye en forma personal los libros que publica. “Nos distribuimos solos y el librero y la editorial se quedan con el 50% del PVP. En un libro de mil pesos, cien son para el autor, y si se le suman los costos de reimpresión del libro, a la editorial le queda poco y nada. Si trabajáramos con una distribuidora, directamente iríamos a pérdida”. No solo los pequeños sellos se quejan de los costos de la logística. Desde el Grupo Planeta, que terceriza la distribución, señalan que la logística tiene un gran impacto en el costo de los libros.

Ni siquiera en el caso utópico de que los porcentajes se distribuyeran de modo estándar sería suficiente para recomponer el margen de ganancia de las editoriales”, asegura Cristóbal Thayer, de La Cebra. Para problematizar esta y otras cuestiones, en el stand 1916 –Todo Libro Es Político– los sellos La Cebra, Cactus, El Cuenco de Plata, Hekht, Milena Caserola, Tinta Limón, DocumentA/Escénicas, Tren en Movimiento, Pupek y Traficantes de Sueños participarán de la Feria del Libro con el lema “¿Cuánto vale un río? ¿Cuánto vale un libro?”.