Mostrando entradas con la etiqueta Columnas del Club de Traductores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Columnas del Club de Traductores. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de febrero de 2019

2019: el décimo primer año del CTLBA


Hoy, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires reanuda sus actividades, dando comienzo al décimo primer año de su existencia.


Con el correr del tiempo, el campo de intereses que lo anima se ha ido ampliando. A las cuestiones relacionadas con la traducción literaria a secas se sumó la preocupación por el estado de la(s) lengua(s), y a esto último, el funcionamiento del mundo editorial, que es el ámbito habitual de trabajo de los traductores literarios. No puede ser de otra manera porque, en general, la traducción literaria se hace de una lengua ajena a la propia y porque además no se traduce en abstracto, sino necesariamente para editoriales.

Hemos comprobado, a lo largo de todos estos años, que estas ideas no suelen estar presentes en las currícula de los profesorados de lengua, lo cual genera una serie de confusiones en los jóvenes traductores que muchas veces no tienen la menor idea de a cuál de las muchas variantes de la lengua propia traducen. 

Tampoco saben cómo funciona el mercado editorial porque sus profesores generalmente son profesores de traducción y no necesariamente traductores. Nadie les dice a esos estudiantes, por ejemplo, que con un título de traductor no se consigue trabajo de traductor literario porque eso, precisamente, es lo último que les interesa a los editores. En síntesis, la lógica de la traducción literaria como oficio nada tiene que ver con la de la traducción legal, la científico-técnica y mucho menos con la interpretación. 

Entonces, así como cada una de las variedades mencionadas (a las que podrían sumarse otras, como los estudios de traducción o la traductología) se desarrollan en sus ámbitos correspondientes, la traducción literaria tiene el suyo e implica saberes que exceden las reflexiones de Walter Benjamin sobre el oficio de traducir, las nuevas tecnologías en la producción de instrumental científico y medicamentos, y el uso de determinadas claves para no perder palabra en un discurso que hay que interpretar. 

Con todo, a la hora de las ferias del libro, las conferencias académicas y los congresos, no se habla de estas cosas, sino de Borges como traductor y de otros temas afines porque, lamentablemente para los que efectivamente se dedican todo el año a traducir libros, la traducción literaria es más sexy que la traducción legal, la científico-técnica y los problemas de la interpretación. El público, cuando existe, se siente más a gusto oyendo hablar de Borges que de pasaportes o cefalosporinas

Nuestras reuniones mensuales en la Biblioteca del Goethe Institut de Buenos Aires han reflejado estas cuestiones. Otro tanto puede decirse de los materiales publicados en este blog, sean originales o tomados de la prensa mundial. Y en paralelo, nos hemos ocupado de poner en claro quién es quién en este pequeño mundo que, como el de los dentistas, los carpinteros o los abogados, tiene sus más y sus menos, sus héroes y sus canallas. A los primeros los hemos honrado; a los segundos, los hemos puesto en evidencia. Es lo que vinimos haciendo y lo vamos a hacer en el año que empieza.

Jorge Fondebrider 




viernes, 26 de octubre de 2018

Miguel A. Battistreca tiene la palabra


Quienes lo conocen saben que Matías Battiston es un tipo de genio. Así lo demuestra esta columna que escribió especialmente para el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

La visibilidad aleatoria

No sé si será una mejora, pero últimamente pienso más en Édouard Levé que en el suicidio. Pienso en su trabajo como fotógrafo, por ejemplo. Muchos de los proyectos de Levéparecen inspirados por una misma idea: poner en conflicto imagen y texto, foto y epígrafe, representación y nominación. En Amérique, una serie de imágenes nosmuestra la vida en pequeñas ciudades estadounidenses,bautizadas como famosos centros urbanos de otros países. Pensemos en París, ciudad de Texas, o en Roma, ciudad de Nueva York. Así, “Un lisiado en Oxford”, “Himno militar en Lima”, “Ilusiones de Florencia” son títulos que describen, sin faltar a la verdad, escenas rústicas de Norteamérica. En Portraits des hommes homonymes,podemos ver de cerca a Raymond Roussel, Georges Bataille o André Breton, desconocidos totales con nombres célebres, encontrados en la guía telefónica. En Angoissenos topamos confotos neutras y mundanas de una ínfima comuna en Aquitania, comuna cuya única particularidadse reduce aque su nombre, en francés, significa “angustia”. Las imágenes, que en otro contexto tal veztransmitirían cierta paz, se ven teñidas, por mera asociación,de una rara melancolía.

Ahora bien, desde hace ya algunos años que veo experimentos similares en varios medios, con la clara ventaja artística de ser completamente involuntarios. En especial, los he visto en reseñas de mis traducciones. Es como si los autores que termino traduciendo hubiesen sido elegidos con el único y místico propósito de confundir a un periodista. He encontrado reseñas de libros de D. H. Lawrence ilustradas con fotos de T. E. Lawrence, cuando no de Peter O’Toole en el set de Lawrence de Arabia.Una nota sobre James Stephens,en vez de al escritor irlandés, mostraba aunhomónimo del séptimo arte, uno de esos actores conocidos principalmente porque nadie sabe cómo se llaman. Ya esta altura nada me sorprendería menos quedescubrir que un popular relator uruguayo corona, con su infaltable gomina,alguna reflexión sobre Bug-Jargalde Víctor Hugo.

Hace poco, sin embargo, me di cuenta de que esta gran obra colectiva de sesgo levesiano había entrado en una etapa más surrealista, más ambiciosa, quizá hasta megalómana. El sábado 22 de septiembre, con el título “Una silueta que va haciéndose visible”, la revista Ñ publicó un texto firmado por Nora Avaro sobre Mastronardi, el libro que Miguel Ángel Petrecca acaba de dedicarle al poeta de Entre Ríos. A mitad de página puede verse una foto, de dimensiones considerables, de alguien identificado porel epígrafe como autor de “Luz de provincia”. Sonriente, de campera y contra un cielo gris, el que posa en la foto soy yo.

No quiero jactarme, pero en general logro reconocerme enseguida. Lo que sí me cuesta muchas veces es entender por qué estoy donde estoy. Ahora, ¿con qué razónhabrían elegido mi cara para representar a un famoso escritor que murió hace décadas? Algo perplejo, pasé a la lectura. “Nunca sabremos –empezaba el artículo– cómo fue realmente Carlos Mastronardi”. Era una confesión inquietante, pero iluminadora. Yo vendría a ser, supuse entonces, una primera hipótesis, un identikit provisorio. Admito que no tenía esto en mente todas esas veces que pedí que mi cara le hubiese tocado a otro, pero no puedo negar la posibilidad de que todas las demás imágenes de Mastronardi sean apócrifas y que esta al fin revele, después de un largo y disimulado suspenso, que Mastronardi era idéntico a mí.

O quizá la foto apuntaba a otra cosa. Quizá el mensaje oculto era que, en el fondo, todos seríamos un poco Mastronardi. En la cara de todo hombre caminando por la calle, de toda mujer haciendo la cola para un trámite, de todo bebé ensayando lentas figuras con los manos, deberíamos poder reconocer los rasgos del autor de “Luz de provincia”, latiendo en cada fisonomía desde nuestro más atávico Gualeguay. Por supuesto, dependerá de ciertas condiciones, de tener el sol de frente o en contra, de ubicar la cámara en el ángulo justo. Así como uno sale más gordo o más ojeroso en algunas fotos, en otras simplemente saldríamos más Mastronardi.

En cualquier caso, verme ahí, fuera de contexto, sonriendo a lo Mastronardi como cualquier hijo del vecino, me hizo pensar, una vez más, en el tema de la invisibilidad del traductor.Es decir, en la repetida queja de que a los traductores nadie nos ve. Tal vez, me dije, este fuera el método indicado para resolver el problema: poner fotos de traductores al azar, exactamente donde el traductor no tiene nada que ver con nada. Lejos del bombo, incluso del nombre propio, la visibilización aleatoria sería, en rigor, una visibilización del todo visual. El mismo título de Nora Avaro lo vaticina. Por fin, los traductores lograrán ser reconocibles sin perder la discreción, circularán sin caer en reivindicaciones plañideras. Solo quien padezca prosopagnosia será inmune a la campaña.

Campaña que empezará de a poco, claro. O, mejor dicho, que de a poco ya está empezando. Primero vienen los aparentes equívocos, los deslices quizá entendibles. Una nota sobre Hilaire Belloc nos muestra a Bárbara Belloc; una retrospectiva sobre Leonard Cohen incluye la foto de un estoico Marcelo Cohen; una entrevista a Salma Hayek es acompañada de una efigie de Selma Ancira. Son, por así decirlo, errores para entendidos.Después la lógica del desplazamiento se vuelve más tenue, más difícil de reconstruir. Una tragedia bélica en Camerún se difunde con una imagen de José Aníbal Campos, posando orgulloso junto a una tortilla. Una foto de Jorge Aulicino, al que se ve fumando pensativo su pipa en un bar, ilustra el perfil deun prolífico descuartizador en Nueva Jersey. Aurora Bernárdez, ya peinando canas, nos sonríe desde una nota sobre el hallazgo en Laos de un nuevo quelonio.

La visibilidad aleatoria será un reconocimiento ecuánime, ajeno por igual a la hagiografía y la calumnia, si no a la misma voluntad. Así y todo, saludo a la revista Ñ por haberme permitido formar parte de este nuevo proyecto mediático, sea adrede o no. Es el comienzo de una nueva era. Si todo sale bien, dentro de poco no podremos ver la foto de nadie en un diario sin preguntarnos, con franca curiosidad, a quién habrá traducido.

viernes, 14 de septiembre de 2018

"Abogo por la tolernacia de ambos lados"


Continuando con nuestras columnas de los viernes, es el turno de la traductora española Itziar Hernández Rodilla, quien se dedica aquí a reflexionar sobre la lengua que nos separa.

400 millones de españoles

Hace unos años leí Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan, y la leí en la traducción al español de un tal Santiago Ochoa solo porque la había visto muy criticada. Y ¿qué puedo decir? A mí no me pareció tan mala…

Es cierto que encontré floja la novela y que decidí enseguida que me ahorraría la segunda y la tercera parte de lo que creo que es una trilogía. Pero, teniendo en cuenta que el español que usaba el traductor se parecía bastante al que hubiese utilizado Guillermo del Toro de haber escrito directamente en castellano, supongo que podemos decir que cumplía aquella falacia tan repetida de que el texto traducido debe quedar como el autor original lo hubiese escrito si la lengua de traducción fuera la suya.

Entonces, ¿por qué mereció tan mala fama? Mi teoría es que a los españoles leer un castellano ajeno al nuestro nos cuesta. Y nos cuesta porque no nos educan para ello. A ver cómo lo explico. Porque los clásicos sudamericanos que leemos harían suponer lo contrario, ¿no?

Veamos. La primera vez que oí un «cachái» chileno y todo el consecuente tuteo en «-ai», «-ís», «-íh», yo ya había cumplido los treinta años, sabía que las princesas Disney llevaban vestido por no tener que escoger entre «falda», «pollera», «saya» o «enaguas», había acabado dos carreras en la universidad y leído unos cuantos libros escritos por argentinos, chilenos, colombianos y peruanos, que yo recuerde. Pero era la primera vez que era consciente de que existiera tal forma del tuteo (al voseo argentino llegaba, aunque solo fuese por Les Luthiers).

La razón más obvia para esto es, por supuesto, que en Chile, por ejemplo, esa forma del tuteo se consideraba un uso aplebeyado y vulgar de la lengua y, por tanto, la acción normativa de la escuela hacía hincapié en los preceptos de la gramática tradicional; es decir, la de la minoría de hablantes de castellano de la Península Ibérica. Así pues, el uso culto que hemos leído ha tendido siempre a parecerse al español que hablamos. Incluso cuando han sido traducciones hechas en Sudamérica (y, durante un tiempo, era la única forma de leer la traducción de ciertos libros en España), esas traducciones se hicieron con el mismo espíritu de proyección que aquellos doblajes Disney que nos pertenecían a todos y que, como dice un amigo, en realidad no estaban en ningún idioma porque nadie hablaasí.

Con el tiempo, mi curiosidad personal, mis experiencias vitales y mis gustos, me llevaron a pasar una temporada en Buenos Aires, a leer castellanos menos parecidos al mío buscándolos y recomendándolos, pese a la extrañeza que causaban en algunos, a ver cine y series argentinas porque me gustan, a interesarme por el teatro que se hace allende los mares, a aprender, en definitiva, a querer los castellanos que no son el mío como obligación de alguien a quien le gustan los idiomas.  

Bien, llegados a este punto,creo que debo aclarar que estoy de acuerdo con lo dicho en esta entrada del blog en el que escribo invitada: «¿Por qué el lector debería leer en un castellano que no es el suyo? […] Cada región […] debería tener sus propias traducciones, para lo cual los responsables editoriales deberían provenir exclusivamente del mundo del libro y no ser exgerentes de Pepsi Cola o de una fábrica de autos». Para mí eso incluiría que, si la falacia antes mencionada tiene que funcionar para todos, los personajes traducidos tendrían que utilizar su voseo en Argentina y su peculiar tuteo en Chile, por no incluir más países.

Como decía Alejandro Ariel González escribiendo para El Trujamán, hablando de editoriales argentinas, quien traduce para ellas sabe que, por defecto, tiene que utilizar el «tú» como segunda persona del singular porque los editores quieren ganar dinero con sus libros colocándolos en otros mercados, que se resisten al «voseo». Y vuelvo, así, al comienzo de este articulillo. Si siempre nos protegen de los castellanos distintos al nuestro, ¿cómo conseguir que no nos resistamos?

Ahora bien, el mismo Alejandro Ariel aclaraba que el no usar el «vos» en traducción es algo que puede partir de los propios traductores; en cuyo caso, sospecho, podría pasarles lo mismo que a nosotros. Están contaminados por la cantidad de traducciones «normativas» que leen hasta el punto de que a ellos mismos les extraña su lengua. Quizá necesiten el mismo entrenamiento que los españoles.

Sea como fuere, esto tiene que ver también con muchísimas de las pegas que ponen los colegas del otro lado del charco a las traducciones españolas que les imponen las editoriales. Les chocan nuestros españolismos. Usos peninsulares que, por cierto, la mayoría de nosotros no sabemos que lo son por, siento repetirme, la gran inconsciencia que tenemos de los castellanos que usa esa mayoría de hablantes de nuestra lengua.

Esto es, advierto, una opinión personal, pero una de la que estoy profundamente convencida. Tanto que, desde que doy clases de Traducción en la universidad, una de las primeras recomendaciones que hago a mis alumnos es que salgan de su idiolecto y lean todos los tipos de castellano que puedan, que los oigan, que los busquen y que los aprendan para saber cuándo el suyo se está imponiendo, pero también cuándo dicen algo que no pertenece al castellano de su país y, por lo tanto, quizá no debería aparecer en sus textos. Eso sí, me pregunto si encontrarán esas otras variedades, vistos los muchos problemas que tengo yo para encontrar libros editados en Latinoamérica que leería con mucho gusto y, sin embargo, no puedo.

Sobre la forma de arreglar este desmán, es algo que dudo, pues dependerá de la causa. ¿Será cuestión de que la industria editorial, una vez más, nos impone cosas que les facilitan el negocio sin pensar en la cultura? ¿Será realmente una especie de alergia del lectora variedades de castellano que no son la suya? ¿Es posible educar esta extrema sensibilidad? Y ¿de qué depende? ¿Pasa por un cambio en la tarea prescriptiva dela Real Academia de la Lengua? ¿O por una mayor apertura de una sociedad aún nostálgica de su pasada gloria? ¿Es el famoso eurocentrismo? ¿O una cosa de individuos particulares cegados por su propia ignorancia?

Si no el problema, quizá por el individuo pasa la solución, y honrada como me siento de que los colegas argentinos me hayan invitado a dar mi opinión aquí, deseo que sepan que abogo por la tolerancia de ambos lados e intento poner mi granito de arena para que futuras generaciones de licenciados sean más conscientes de la riqueza que poseemos todos en la diferencia. Y,como se dice por estos lares, toda piedra hace pared.

viernes, 7 de septiembre de 2018

El ex ministro Avelluto comparó a Macri con Tom y a Peña con Jerry. ¿Macri gato y Peña ratón?


Dada la época extremadamente polarizada en que vivimos, resulta indispensable recordar en esta columna que, en sus diez años de existencia y con independencia de cuál haya sido el color partidario del gobierno, este blog ha dado cuenta de todo aquello que, según nuestro modesto punto de vista, ha sido bien hecho en materia de cultura y políticas culturales, y de todo aquello que no. Si los lectores recorren cuidadosamente las distintas entradas, podrán comprobar que quien lo administra, así como la inmensa mayoría de los colaboradores no han asumido una postura a favor de tal o cual partido político. Dicho de otro modo, poco importa si se ha tratado de los gobiernos del matrimonio Kirchner o de Macri, siempre hemos destacado lo que nos pareció bien y también aquello con lo que no concordamos. Así, resultaría por lo menos mendaz imaginar que el número de entradas referidas a la gestión de Pablo Avelluto, el ex ministro de cultura de esta gestión, ahora degradado a secretario puede situarse fuera de la órbita de otras críticas que en su momento hemos hecho a otros funcionarios culturales de los diversos gobiernos de la década.

Con letras catástrofes, el diario Clarín del 4 de septiembre pasado, publicó una nota, cuyo título reza: “Pablo Avelluto comparó a Macri y Peña con Tom & Jerry y tuvo que salir a aclararlo”. De acuerdo con la nota sin firma, “El ahora secretario de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, estableció una comparación poco feliz respecto a la fuerte relación que existe entre el Presidente y su jefe de Gabinete, muy cuestionado en medio de la crisis: ‘Pensar a Macri sin Peña es como pensar a Tom sin Jerry’, afirmó el funcionario en una entrevista en La Nación, sin tener en cuenta que en su analogía entre el mandatario y la célebre caricatura de Hanna & Barbera se estaba refiriendo a Macri como el ‘gato’ y a Peña como el ‘ratón’ ”.  

Es posible que, a la luz de sus políticas de gobierno, esto habría podido leerse como una nueva frivolidad de parte del ex ministro, el mismo que presentó como un triunfo el enorme gasto realizado por el Estado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá para satisfacer su poca imaginación, para mencionar apenas uno de los papelones de los que ya nos hemos ocupado. Sin embargo, continúa Clarín, “el funcionario salió a aclarar sus dichos: ‘Tal vez tendría que haber hablado de Batman y Robin, o de Simon & Garfunkel. Tenemos duplas inolvidables como Bochini y Bertoni’, afirmó entre risas durante un reportaje con FM Radio Con Vos”.

Qué mucha gente que no simpatiza con Macri le diga “Macri gato” ya es algo que Avelluto debería haber tenido en cuenta. Del mismo modo, habría resultado prudente no tildar al cuestionado Peña de ratón. Ahora bien, considerando el tipo de relación que se les atribuye a Batman y a Robin, ¿la comparación habría sido más afortunada? Y en el caso de Simon y Garfunkel, es sabido que el compositor, arreglador e ideólogo del grupo siempre fue Paul Simon, reservándole a Arthur Garfunkel el exclusivo papel de cantante, pero no en todas las ocasiones, de primera voz.

Está claro que todo esto es bastante ridículo, pero aparentemente este es el único tipo de imaginario que Avelluto logra desplegar. Luego, como otros funcionarios de gobierno, diluyó su torpeza en la idea del “equipo”, como si las cagadas que se manda uno fueran a ser las de todos. A esta altura, uno bien podría preguntarse cómo le habrá caído al "equipo" lo de Tom y Jerry, Batman y Robin y Simon & Garfunkel.

Pero hay algo más. Avelluto dijo en la misma entrevista que el presidente y el jefe de gabinete “"Son dos partes de lo mismo y es muy difícil saber dónde termina Macri y donde empieza Marcos”. Él debería saber a esta altura de su moderada carrera política, que nunca el jefe de gabinete puede estar a la misma altura que el presidente, porque, llegado el caso, el jefe de gabinete bien puede ser el fusible que salte para que el presidente siga gobernando. Pensarlo de otra manera, llevaría a suponer que Avelluto no sólo tiene más afinidad con el jefe de gabinete –quien, como muchos creen, es el que lo sostiene en el puesto– que con el que realmente manda, que, por otra parte, no lee. ¿Será así? 

viernes, 31 de agosto de 2018

Una columna sobre Polisemos y Jornadas Internacionales de Traducción Comparada

Como otros viernes, éste lo dedicamos a una columna de opinión. Se trata de la segunda que escribe Andrés Ehrenhaus especialmente para este blog y trata sobre algunas de las fealdades de la profesión.


El orzuelo de Polisemo y otras pústulas

1. En marzo de 2018 la universidad de Murcia celebró la décima edición de El ojo de Polisemo, el congreso interdisciplinario con el que ACEtt rellenó el hueco dejado por las extintas Jornadas de Tarazona. La primera edición había tenido lugar en Salamanca, sede de la universidad decana de España. Polisemo no podía nacer en mejor cuna. Sin embargo, no todo fueron flores y violas durante el embarazo. Un embarazo que ACEtt no sobrellevó bien en sus entrañas. Un embarazo casi se diría ectópico. De esa ectopía le quedó como recuerdo un orzuelo. La cesárea corrió a cargo del dentista del pueblo.

En el decurso de los preparativos previos a la celebración de los diez añitos de Polisemo recibí una curiosa invitación. Se me proponía formar parte de un panel en el que diez veteranos (“como tú estuviste en los primeros polisemos”, me dijeron) de la gesta odiséica daríamos en comentar esos dos lustros de luminosa infancia ciclópea, intercalando testimonios audiovisuales –esta opción se me ofreció como más higiénica– de ese parcurso, como en una snuff movie familiar. Entendían, se me dijo también, que no quisiera participar en el collage in vivo, y por eso me ofrecían la posibilidad de hacerlo in vitro, a distancia, como un Torrebruno de jardín. No los mandé a la mierda. Nunca lo hago. Les dije que gracias pero no. Me reemplazaron fácilmente y la mesa collage cursó con el título de “Celebración del décimo aniversario: Diez miradas al Polisemo” y la coordinación de P. Aguiriano y el actual presidente, C. Fortea. No sé si mentaron el embarazo. Tampoco el orzuelo.

Que yo había estado en los primeros (porque del embarazo, quién se acuerda ya) era rigurosa verdad. Para ser precisos, en los dos primeros: el ya citado de Salamanca y el 2º, que acogió la universidad de Málaga en medio de una tormenta interna en ACEtt. Al cierre de ese Polisemo, yo ya había renunciado a mi lugarcito en la junta directiva por razones de ética básica que puedo exponer documentadamente (sí, amigos, conservo las actas de esos mediocres días) a quienes me lo pidan de buen modo. Como es habitual en mi larga lista de errores, callé esas razones en su momento, a pesar del linchamiento jacobino al que fui sometido. No debí hacerlo. Lo sé. Y sé que me equivoqué al creer que era más elegante el silencio y el discreto mutis por el foro porque los enemigos me los gané igualmente –o quizás, seguramente, ya los tenía. Cuestión que ese fue el último Polisemo al que asistí, sencillamente porque, hasta la absurda y humillante invitación del décimo, nadie tuvo nunca la decencia de acercarse al que, nobleza obliga, había sido su Gepetto. Les regalás un juguete rabioso y te borran nomenklatura. De doctor franquestein a monstruo invisible. Así de simple.

Polisemo hace como que no, pero el orzuelo en el ojo lo sigue teniendo. Un poco más abajo y a la izquierda de donde Odalisco le clavó el puñal que le acabó nublando la vista. Un orzuelo que va camino de convertirse en forúnculo.

2. De los muchos errores cometidos en mi vida metaprofesional, salir nocturnamente de ACEtt no fue el peor ni, mira por dónde, entrar diurnamente primero, pero me hago cargo de todos y cada uno de ellos. Bastante más grave fue creer que debía (y podía) doblegar la aporía derridiana (¿o era de Fucol?): armonizar justicia y poder. Ahora sé que no sólo es imposible sino nefasto. Nefasto por parte de uno. NO se puede ser justo desde un cargo de poder, por miserable que sea. Otras cosas, quizás; justo, NO. De eso no nos salva ni la ingenuidad y deberíamos dejar de mirar hacia otro lado cada vez que alguien justifica su autoritarismo humanitario con el eslógan maldito: “Alguien lo tenía que hacer”. No, nadie tenía que hacerlo. Vos tampoco, salame, quiero decir, ingenuo.

De esos errores que mencionaba, regalarle a la secta acéttica el moisés con criatura y nombrepuestoparece que me jode más que otros quizás más serios. Me jode porque le entregué al poder mezquino una herramienta que funcionaba y funciona. Y porque desperdicié un nombre divertido. Eso es imperdonable. No debí hacerlo pero mi estulticia a menudo se cree omnipotente. Debí dejar que se les apagaran las luces junto al lecho agónico de Tarazona; total, tarde o temprano me acabaría yendo de ese avispero beige. Por cierto, el logo fue producto del ingenio, la capacidad de síntesis y el buen gustode Marta Alcaraz, gran traductora por cierto. Espero que le vayan agradeciendo ese favor que, hélàs, ella también les hizo gratis: cada quien paga su diezmo y la secta nunca agradece como corresponde. Básicamente recrimina. Sí, bwana, lo que tú digas.

3. Las asociaciones de traductores que conozco más de cerca, ACEtt y AATI (pero no dudo en meter ahí a muchas otras, incluidas –cómo no­– las colegiales), se nutren de la temerosa ignorancia del aprendiz y la no menos temerosa desidia del avanzado. El corral les da a las ovejitas la ilusión de estar a salvo (there’s security in number) entre toda esa ropa de lana; pero el lobo no está afuera, no hay lobo, lo que hay es una industria a la que hacer frente con estructuras gremiales y no con consignas de mesianismo cultural y lloriqueo ético. En esa paradoja se les va la poca fuerza que juntan, porque no tienen nada en la mano para negociar tarifas en condiciones ni defender a quienes no tienen más remedio que aceptar miseria a cambio de trabajo bien hecho. Las cuotas de los socios se van en manualidades o virtualidades, o en congresos para más inri de los vips, globales o paisanos. De cada encuentro de esos se sale con la certeza de lo buenos que somos y lo poco bien que nos tratan, mientras se empobrece nuestro aparato crítico (no digamos ya el autocrítico) y se reblandece nuestra voluntad de lucha. Papá ya hará algo, papá es bueno. Papá tiene muchos premios. Sí, bwana.

No jodamos más con eso. O llamamos gremio al gremio o club social al club social. Los inventos intermedios son globitos desinflados. O peleamos por leyes justas y dignas o nos vamos a la confitería a tomar el té y contarnos las desgracias entre masita y masita. La idea germinal de Polisemo era precisamente aunar el rigor académico con la experiencia profesional a pie de calle: abrir la baraja, no reconducirla hacia una asociación esterilizante. Una asociación más preocupada por autoadjudicarse prebendas y premios (con el cuento de que el pastel de pocos da migas para muchos) que por apoyar con hechos a los colegas con conflictos laborales graves. Conozco bien el discurso de desactivación sindical y meloneo asociativo porque yo mismo redacté algunas de sus peores páginas y me esforcé por demostrarles a mis colegas que era peor para el traductor de a pie pasar la noche al raso bajo un manto de estrellas que ponerse a recaudo bajo el insuficiente alero que ofrece el corral al rebaño. Uno se moja igual si truena, pero acompañado. De gente buena, rimémber. Esa lógica de dentro=bueno, fuera=malo es común a todas las dinámicas de aglutinación cuantitativa. En ACEtt celebrábamos las cifras redondas de nuevos socios como I likes o retuits, sin importarnos que el techito siguiera siendo igual de estrecho y protegiera menos cada vez. No es lo mismo una asociación de 30 que una de 500, dónde va a parar. Dónde, eso digo yo.

4. Lo decente, lo decoroso, sería que dejaran en paz al pobre cíclope mosaico. Que le permitieran volver a su isla, a curarse el orzuelo a solas con agua de mar y suspirar de amor ciego por Galatea. Que no usaran su nombre, que no malgastaran su elegante logo. Que se romperan la croqueta pensando en un nombre más afín con su índole actual: La bicileta de Sísifo o El medio piojo de Sansón. ¿Ven? Ya estoy otra vez regalándoles manises a los monos.

Pero ¿a qué viene toda esta diatriba sobre algo que pasó hace años y que ni siquiera está entre los trending tópicos de la profesión? Viene a que mis ojitos se tropezaron los otros días con la convocatoria de –preparesén– las Jornadas Internacionales de Traducción Comparada “Variedades regionales en las lenguas de traducción”, celebrables en la Biblioteca Nacional de la ciudad de Buenos Aires entre el 20 y el 22 de septiembre. Coorganizadas por AATI. A las que acude raudo el presi de ACEtt. Esos dos clubes aporísticos que decíamos, ¿no? Y en cuyo comité organizador aparece a la cabeza y como propietario de la “idea original” un colega que, entre otras cosas, fue quien me invitó a apartarme del proyecto de Ley de protección de los traductores (v. https://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2017/09/la-necesidad-de-decir-como-fueron-las.html y https://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2018/06/sigue-vivo-el-proyecto-de-ley-de.html) para acto seguido cubrirlo bajo una capa de cal viva y arrojarlo al mar de los gargajos y que, aunque nadie se atreva a decirlo a viva voz, tuvo el atrevimiento de servirse de un proyecto ajeno (si me aprietan, diré cuál y de quién, aunque basta con mirar con atención el programa para ver por dónde vienen los tirios) y blindarlo como propio para montar estas Jornadas que, con o sin Manguel, tienen muchos puntos para nacer con algo más que un orzuelo o un forúnculo en barbecho.

Porque, aparte de la inelegancia de la fórmula, el pleonasmo desnuda el lapsus y el lapsus, la cola de paja. ¿Idea original? ¿Cómo contraposición a qué: a idea afanada? ¿A idea repetida? ¿A idea de otro? Por eso me acordé de Polisemo. Algo me olía a déjà vu. A Macadamia de la Lengua. Y a virreinato.

5. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. El que arruga es avestruz.

viernes, 10 de agosto de 2018

La columna de Jorge Aulicino sobre el lenguaje inclusivo


La reflexión sobre el lenguaje inclusivo suma otro punto de vista, esta vez a través de la columna que el poeta y traductor Jorge Aulicino escribe especialmente para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

“El uso del idioma 
no hace consideraciones filológicas”

Los romanos nunca hablaron en griego. Los italianos dejaron de hablar latín. Los españoles también, los franceses, etc. Por el hecho de que el latín quedó confinado a la Iglesia, se lo consideró "muerto" durante unos siglos. Con el tiempo, algunos se pusieron a considerar de qué modo vive. Y eso sigue.

Pero el uso del idioma no hace consideraciones filológicas y en los países de habla hispana logra penetrar, a lo largo de años, siglos, por grietas, chimeneas y canalones en los severos claustros de la Real Academia Española (RAE), que ya hasta se avergüenza de las tres realizaciones que se auto-festejaba:  "limpia, fija y da esplendor". Ahora, o hace poco, su misión es solo tentativa: "tratar de que no se quiebre la esencial unidad que mantiene [el idioma]  en todo el ámbito hispánico" (José Manuel Blecua, El País, Madrid, 24 de marzo de 2007). Es la hegemonía cultural, lejana del buen trato cultural que hace un siglo o más existe entre España y sus ex colonias. En el caso de la Argentina, el vínculo es también afectivo, por la inmensa inmigración española de entre 1880 y 1950, de la que somos hijos y nietos, muchos, aquí.

Cuando el gobierno socialista español intenta ahora un cambio de adecuación de la Constitución española para que ésta se adapte al lenguaje "inclusivo", la RAE tiembla, entra en crisis, un escritor que es bestseller mundial amenaza con dejar su silla académica si la demanda del gobierno es aceptada por la RAE, etc.

El gobierno socialista español se ha puesto a la par de la RAE. Promueve un cambio institucional de la lengua. Intenta retomar la consigna de decidir qué es lo mejor para los hablantes de la lengua española en España, y si lo consigue con la RAE a favor, mejor, pues la RAE aún intenta "fijar" el idioma en todos los países que hablan un castellano de raíz española y latina.. Con los siglos, esto último será tan absurdo como que los habitantes del Lacio reclamen cómo se debe hablar en todos los países en los que se hablan lenguas romances. 

En base a principios loables, el progresismo se convierte en su enemigo. Es la experiencia de socialismo radical en todo el mundo (del que la socialdemocracia es sombra que ahora cobra vigor guerrero). Yo espero sinceramente que la deriva del socialismo (real) no sea la experiencia fatal del feminismo.


viernes, 3 de agosto de 2018

Pedro Serrano escribe sobre Edward Hirsch


La columna de este viernes, firmada por el poeta y traductor mexicano Pedro Serrano, trata sobre su trabajo sobre un texto del poeta estadounidense Edward Hirsch (foto; 1950).

Una traducción reticente:
Gabriel. Un poema, de Edward Hirsch

Cuando en una caminata te encuentras con una parte escarpada, no hay más que cruzarla. Así de inevitable fue para mí traducir Gabriel, el libro que Edward Hirsch escribió a la muerte de su hijo. Edward es amigo mío, ycuando me lo pidió supe inmediata, simultáneamente, que iba a ser duro pero también que iba a hacerlo. Yo había traducido ya una selección suya, Aligeren la oscuridad, que incluye dos poemas dedicados a su hijo Gabriel. “La bienvenida” narra su nacimiento y adopción, y  “Niño con auriculares” lo retrata adolescente, cruzando Broadway. Para cuando el libro se presentó en la FIL de Guadalajara en diciembre de 2012, Gabriel ya había muerto. Carla Zarebska, editora de Cooperativa La Joplin, le pidió a Hirsch que leyera “La bienvenida”. Él volteó desconcertado, como si se encontrara perdido. Por suerte Laurie Watel, su pareja, intervino. Un gesto sirvió para que Edward reaccionara y el poema no se leyó. El silencio era entonces su lugar de respeto. Dos años después publicó Gabriel, un largo poema dedicado a su hijo. Había logrado atravesar lo indecible.

Gabriel. Un poema está formado por una serie de cantos que cuentan la vida de un niño. Cada canto consta de veinte tercetos desplegados en páginas abiertas. El poema empieza y termina con la muerte de ese niño, en un recorrido que dura ochenta páginas. En medio hay muchas cosas, divertidas unas, desesperantes otras. Gabriel se nos hace presente, y se vuelve cercano. Hirsch incorporó, con ligeros cambios, los dos poemas que le había dedicado, integrados a un flujo narrativo no lineal. “No soportaba la idea de que Gabriel pudiera ser olvidado”, dijo en una entrevista en Página 12 en noviembre del año pasado en Buenos Aires. El poema va de la realidad desolada más presente a una noche de fiesta al cumplir Gabriel veintidós años, a una letanía de artistas y poetas que hicieron obra a partir de experienciasequivalentes, pasando por muchas otras cosas que es mejor leer que detallar. En escribirlo, Hirsch logró lo inusitado. Gabriel es un inmenso poema.

Siempre me apropio de lo que traduzco, pero esta vez fue diferente. En la lengua en que aparezca, este poema, para mí, sigue siendo de su autor, como si las presencias no se pudieran perder. Para escribirlo, Edse embarcó en un viaje íntimo, que me atrevería a llamar sagrado. Es un poema tan en el cuenco de sus manos que cualquier gesto lo desacraliza. Apropiarse de él sería una falta de tacto. Al escribirlo, pudo lograr atraerse en palabras la vida de su hijo Gabriel. Allí están los dos juntos. Tuvo que recorrerla toda, desde el viaje que como padres hicieron él y su esposa para recibirlo a la última travesía que de nuevo hicieron juntos, veintidós años después, ya separados, hasta hallarlo. Traducirlo fue un acto de amistad, un ir con él en el acompañamiento poético de su pérdida, y fuetambién una labor de extremo respeto. Una constante en mi relación con Gabriel ha sido el pudor. Recorrí el poema página por página y estrofa tras estrofa hasta que surgió en español, a la vez volcado en él y afuera. Emocionalmente arduo, agradezco haberlo puesto en español.

Empecé a trabajar en su traducción a principios de 2017, con miras a terminarlo un año después. Tenía, según yo, tiempo para avanzar, poco a poco, conforme mis fuerzas me dejaranentrar. Pero las cosas se precipitaron. En abril de 2017, la editorialme dijo que tenía que tenerlo impreso para septiembre. Casi al mismo tiempo, María Negroni me buscó para saber si podía publicarse también en Buenos Aires. Hirsch iba a estar en noviembre, y ella quería que yo fuera también, y diera un curso en la UNTREF. Al principio Carla Zarebska dudaba en cederles los derechos. Le propuse a María que publicaran mejor Aligeren la oscuridad, y posteriormente Gabriel. Este libro, es verdad, alcanza cotas de una vastedad innominable, pero sus otros poemas breves tienen la misma incisión que hay en él, y publicarlo vale la pena. Pensé que eso tranquilizaría a Carla. Pero Patricio Grinberg , el editor de Zindo&Gafuri, no estaba interesado. Está prendado del poema, me dijo María; la editorial es pequeña, y la edición será de pocos ejemplares (no sé si esas fueron sus palabras pero el sentido sí). Como yo quería que Gabriel alcanzara todos los lectores posibles, intercedí ante La Joplin, que aceptó. Me comprometí a terminar la traducción,para ambos, a principios de septiembre.

Trabajé de manera asfixiante. a marchas forzadas, durante todo el verano. De manera aparentemente desordenada, un día traducía la página 12, otro la 73, luego la 34. Fue el único modo en que pude entrar. Como si recorriera un larguísimo pasillo con muchas puertas, un día entraba en una y otro en otra, sin saber nunca qué me iba a deparar cada habitación. Lograba así entrar y salir del dolor que lo constituye. Cada tramo me dejó exhausto, desolado. Pienso que quizás fue así como Hirsch lo escribió, conformando retazos de sus vidas, haciendo una manta con pedacerías hasta coser la colcha toda. Entonces pudo taparse. La traducción fue apareciendo poco a poco, como un rompecabezas, primero una escena, luego otra, hasta quese fueconfigurando y uniendo.

Paralelamente, estuve trabajando en su edición argentina. No me pareció inconsistente cambiar algunos términos, que allí sonarían extraños, como “vidrieras” por aparadores, “cochecitos” por carriolas o “parlantes” por bocinas, que es como se dice en México. Otras, que consideré entendibles, pedí que se respetaran. Ninguno de esos cambios la altera. Otra cosa hubiera sido sustituir el tuteo por un voceo. Como lo sería pasar del ustedes al vosotros en una edición española. Por suerte, nada de eso me pidieron en Zindo & Gafuri. A finales de agosto la terminé y en septiembre la envié a las dos editoriales. La primera maqueta que Patricio Grinberg me envió de regreso tenía seis estrofas por página, lo cual deformaba el poema. No se había percatado de que Gabriel está constituido en cantos narrativos de diez estrofas, pero lo corrigieron a tiempo, y salvo unas últimas correcciones que por las prisas no se pudieron incorporar la edición quedó muy bien. A mediados de septiembre estuve un par de días en Buenos Aires. No vi a María, pero sí me encontré con Patricio. Se mostró contento. Yo también lo estaba. Gabriel se presentó en Buenos Aires en noviembre, con la presencia de Hirsch. Yo no pude asistir, pero por lo que supe todo salió bien. En enero de este año Página 12 incluyó Gabriel. Un poema en su lista de “Diez posibles títulos del año”. Yo me siento agradecido.

viernes, 27 de julio de 2018

Enrique Winter escribe sobre Charles Bernstein


El poeta y traductor chileno Enrique Winter envía desde Bogotá su columna para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Trata sobre algunos de los problemas que le planteó la traducción de Charles Bernstein (foto; 1950), poeta, ensayista, editor y académico estadounidense.

¿Todo esto parece muy cerebral para la poesía?

La crítica Marjorie Perloff señala, a propósito del poema “Disrafia” de Charles Bernstein, que este explota alegremente figuras retóricas tales como los juegos de palabras, las anáforas, epístrofes, metátesis, epigramas, anagramas y neologismos para crear una red continua de palabras reconstituidas. No es una exageración extender esta observación a buena parte de la obra del estadounidense y, por cierto, a mi traducción, que intenta reproducirlas. El ejercicio consistió en trasvasar un idioma nuevo a uno viejo para que también se volviera nuevo. Además, y a diferencia del castellano, en el inglés es natural que los verbos actúen como sustantivos y viceversa sin cambiar una sola letra, incluso como adjetivos, licencia que Bernstein utiliza habitualmente. Hubo, por esto, algunos juegos que se perdieron, y confío en que la responsabilidad sea a lo menos compartida entre los límites de nuestro idioma y los míos.

Bernstein recurre a términos polisémicos desde los que se aventuran interpretaciones ambiguas al multiplicarse con los demás términos que los rodean. Intenté mantener la amplitud de probabilidades, incluso agregando algunas cuando me pareció pertinente. La primera vez que le pregunté al autor si quería decir una cosa u otra en un verso fue para “hankeringafterfrozen (prose) ambiance / (ambivalence)”. Me respondió que ambas y encima me dio dos más, y a las cuatro lecturas posibles que ofrecía conscientemente, agregó un par de definiciones y su interés por mantener determinadas aliteraciones, errores forzados y una opción que yo le había dado, distinta de las que él había previsto. Por supuesto, nunca más le pregunté un detalle, hasta que terminé una versión íntegra del libro; pero me quedó entonces claro que las variables en juego eran muchas más, y con engaños, de las que había previsto.

Bernstein presenta situaciones polisémicas no solo en base a cada palabra escrita, sino a las que no lo están y tienden a leerse de corrido. En algunos casos debí alterar levemente el sentido para mantener esta intención de los poetas del lenguaje. Así sucede, por ejemplo, en la extraña sintaxis de “When in tentsorfamilies in comparative” –verso que en “La niña torte” es parte de una serie de fingidas faltas de sentido o al menos de conectores, efecto que deseo reproducir en castellano– en que “in tents” significa literalmente “en carpas”, pero se lee como “intents” (propósitos), que está fuera de su campo semántico. En su traducción “Cuando en tiendas o familias en comparada”, si bien se leen las literales tiendas de campaña, el desplazamiento hacia la posible imagen de tiendas comerciales me parece justificado para mantener la doble lectura en que lo que no está ahí, “entiendas”, sea lo que se lea, por costumbre. Un deber político de la poesía es notarla, denotarla y, caso a caso, desplazarla. Lamentablemente hubo casos en que no fue posible, como con “commonfork” (tenedor común) que en inglés evoca de inmediato al tópico “common folk” (gente común) y –dado que el poema original se llama “Social pork”– a “commonpork”, es decir, a “puerco común”, que habría remitido exitosamente a “pueblo común”, pero que nada tiene que ver con el tenedor que de veras está escrito ahí.

De todos modos, fueron contadas las excepciones en que tuve que optar por uno u otro sentido, por ejemplo, entre los cinco que aceptaba el contexto de “draft” en “Materias de regulación”, ninguno de los cuales es ambiguo en castellano, o en “Realidad virtual”, donde traduje “testiness / (testimony)” por “testarudez / (testimonio)”, consciente de que lo primero significa (Bernstein jamás usaría esa palabra para esto, diría tal vez “produce”) más precisamente “irritabilidad”, pero que debido al ligero cambio de sentido mantiene un efecto más relevante: la relación intuitiva de “testarudez” con “testimonio”, por su asimilación sonora o, también en términos de Bernstein, su adyacencia. El universo de hastío sobre el absurdo de las vacaciones familiares se transmite con ambos conceptos, en tanto que las palabras dan cuenta de un universo propio, ajeno a sus referentes, como prefiere el autor. De sumo interés resulta comparar las estrategias de este poema con las de “Al mar” de Philip Larkin, para abarcar una misma sensación temática.

Considero que fueron menos los casos en que los modismos y las frases hechas no hallaron un cauce literal o figurado en castellano, como “No / pudiste escapar de donde / las papas queman” para “You / couldn’tfindyourway / out of a blanchedpotato”. La preferencia en tales situaciones fue conservar la imagen y el concepto, para que este último no perdiera materialidad, como en “Nutshells”, que traduje como “Resúmenes, cáscaras de nuez”. Debido a que Bernstein trabaja con los lugares comunes del lenguaje del poder y este es ejercido mundialmente desde su lengua, país y hasta ciudad, no sorprende que en la traducción nos encontremos con discursos que ya hemos escuchado en castellano de parte de los gobernantes, empresarios y medios de prensa de nuestros países.

Bernstein también inventa palabras, escribe a veces por fuera de las fronteras del idioma. Rara vez las palabras que usa significan aquello para lo que normalmente las usamos. Las dobla, las hace hacer. Repliqué el uso de neologismos y esa posibilidad más extendida en su lengua y en otras germánicas de unir palabras, además de asimetrías tales como adjetivar plurales en singular. De igual modo mantuve las erratas deliberadas y omití los artículos y preposiciones que el autor omitió, pero solo en los casos en que el inglés lo obligaba a usarlos. En síntesis, lo que es raro en el original lo es también en la versión en castellano.

Por otra parte, en los poemas en que el autor usó los pies clásicos del inglés repliqué el gesto con el metro castellano. Pero Bernstein también aquí juega en varios planos y, una vez descubierto el soneto sin estrofas ni rima, se esconde de nuevo al modificar verso a verso los pies a medida que uno se acostumbra a ellos. Es decir, cambia los acentos internos, generando disonancias que incluso en un plano solamente rítmico nos llama a sacarnos las telarañas de lo que creemos que es poesía en el territorio devaluado del verso clásico. Pretendo que en la versión en castellano se produzca un efecto equivalente. Así, por ejemplo, en “El horno está apagado”, traducido en eneasílabos y endecasílabos, opté por un comienzo en falso como los de Bernstein, acentuando los primeros cuatro versos en la quinta sílaba –lo que les da un ritmo coherente solo a ellos– que sumo al de la octava en los tres siguientes hasta que el oído esté ya entregado al territorio más conocido del verso clásico, en que traduje el resto del poema salvo la palabra que lo “frena”. El quiebre se produce, como en el inglés, con el sintagma “En suma”. ¿Es esto forzado? No, responde a ciertas maneras naturales de decir lo que el original evoca.

En otros poemas de formalidad compositiva, del estilo de “En un mundo agitado como este”, Bernstein favorece distintos aspectos del lenguaje sin alterar ni el patrón rítmico ni la presentación, ampliación y reflexión que quiebra lo expuesto hacia una conclusión emotiva, propias de cada estrofa del soneto. En ellos fui fiel a que los cinco pies yámbicos con que lo adoptó la tradición anglosajona se convirtieran con comodidad en los endecasílabos acentuados en cuarta y octava sílabas o en sexta, con que el castellano lo hizo suyo desde el siglo XV hasta nuestros días.

Por supuesto que hay poemas traducidos en verso libre, empezando por aquellos que ni tienen versos y por los de respiración suelta, que a través de las variaciones se vuelve sostenida, en algunos poemas largos como “Materias de regulación”. En estos casos el referente seguido fue el de la oralidad en sus archivos de audio. Lo anterior no implica descuidar los cambios de velocidades de poemas también extensos como “Blanco inmóvil”, que traduje primeramente en metro, el cual luego acumula material a la manera de un aluvión hacia el verso libre, y “Abuso de sustancias”, que, aunque varía sus acentuaciones internas de acuerdo con la misma respiración, traduje de forma íntegra en metro, lo que creo favorece su tono personal.

En general, allí donde hay rima, aliteración o cacofonía en el original, la hay en la traducción, con leves adaptaciones del contenido, porque cuando Bernstein las usa hace esta misma adaptación, propia de la relación de la rima con el inconsciente. Aquella, como los demás factores mencionados, fue considerada en tanto principio, y por ello sopesada con los demás, caso a caso, sin que ninguno tuviera un peso absoluto. En “shellackedreminisces, sheets of firmness, straightgrapefruit&mocks&splits, pity, mercy” de “Mi vida de mónada”, por ejemplo, las aliteraciones van generando un sentido aparte del enunciado, de modo que las “sheets” pueden sentirse retroactivamente en “shellacked”, que es una antigua unión entre esa palabra y “lacked”. En castellano no tenemos esa juntura ni ese sonido, que pareciera llamarnos al silencio, pero se puede representar otra aliteración, y con ella el efecto retroactivo, por vía sonora, con “láminas” y “lacadas”, y haciendo rimar “reminiscencias” con “firmeza”. La enumeración en apariencia arbitraria que le sigue –con un ritmo marcado por monosílabos que en castellano requieren varios sonidos más– puede atarse de otro modo, en este caso, por las aliteraciones que permiten algunas de sus opciones de traducción literales, y que, sin estar en el original, son aquellas por las que opté: “pomelo & parodias & partes, pena, piedad”. Mecanismos similares de desplazamiento entre figuras poéticas de cada idioma con el objetivo de replicar los efectos sonoros y semánticos del original, incluidas sus metáforas extendidas, pueden encontrarse en muchas de estas versiones. En la mayoría de los casos no fue necesario cambiar de figura, sino solo de sonido madre, como en el caso de la aliteración y rima presentes en “Trina, topa, troca” respecto del verso “Swish, swash, swap”, y en buena parte del poema “Disrafia”, que consagra, según los críticos, la adyacencia sonora en el proyecto de Bernstein.

¿Todo esto parece muy cerebral para la poesía? Sí, parece. Luego Bernstein hace reír y también emociona. De sobra. Me preocupé de que eso sucediera en castellano. Me imagino que consciente de estas dificultades, quizás cómplices de la demora de la disponibilidad de su poesía en nuestra lengua, el autor me escribió que usara sus poemas solo como trampolín para mis propias versiones. No le hice caso, como el perro al que le sacan la correa y vuelve solito a casa. A una cada vez más amplia.

viernes, 20 de julio de 2018

"El Tiempo de la traducción es el Ahora"


Le llegó el turno a Andrés Ehrenhaus, quien nos envía desde Barcelona una columna para el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Suma una opinión a la discusión sobre el lenguaje inclusivo.

Esperando la e

Primero me causó gracia. Como un chiste inesperado, que uno recibe con sorpresa y buen humor. Después me puse serio. O me pusieron. El tema es importante y yo comparto la preocupación y el fastidio por el sexismo en el lenguaje, soterrado o no, que resulta especialmente álgido en el caso del genérico masculino en castellano. Decidí saltar, por tanto, la barrera del chascarrillo e informarme acerca de la propuesta, sus fundamentos, su aplicación. El marco general lo conozco, así como otras iniciativas más o menos felices, más o menos consolidadas, más o menos ingeniosas, cuyo empleo empieza a extenderse con diversa suerte. Por ejemplo, el uso sistemático de ambos géneros en las apelaciones colectivas (todos y todas) o la femenización de voces masculinas o neutras (presidenta, miembra) y viceversa. En cambio, la idea de introducir una vocal casi virgen de sexualidad como la e ahí donde la o y la a resultan tajantes me agarró, como ya dije, desprevenido y con una sonrisita idiota en los labios. Pero salí del chiste. Me puse a leer. Atendí las argumentaciones. Que son variadas e interesantes. Y las empecé a discutir conmigo mismo.

En general, en todos los casos, incluso cuando se defiende el uso tradicional del genérico con mayor o menor conciencia culpógena, el argumento básico que esgrimen los defensores de las diversas propuestas (y a veces también los detractores) es el de la ingobernabilidad del habla. Los actores culturales afanosos y relativamente conscientes podemos probar mil torceduras con la lengua y tratar de que las formas impuestas se aproximen a nuestros deseos o fantasías, pero el uso cotidiano, popular, incesante, imperioso y radical que hacemos los hablantes en todas las direcciones posibles suele poner las cosas en su sitio o, cuando menos, en un sitio, no siempre halagüeño. Con esa vara de medir en la mano, tanto los prosélitos de la e como sus censuradores agitan el aire de los foros de lingüismo inclusivo o como se llame, llevándonos finalmente al corral común de la costumbre general: el Tiempo dirá. A ver cuál propuesta sucumbe, cuál permanece, y qué intereses (económicos, de clase, etc.) subyacen a cada una.
           
Todo bien con el Tiempo. Pero yo soy traductor. No puedo esperar a que pase el Tiempo para entregar mi trabajo; en primer lugar porque no sé a cuánto tiempo equivale el Tiempo; en segundo lugar porque el Tiempo de la traducción es el Ahora. El traductor traduce ahora, no en el futuro. Ese ahora puede retrasarse, incluso hasta tocar casi el ahora de la obra original, pero nunca adelantarse. Es una regla de oro de la traducción que, entre otras cosas, hace posible que exista. La tarea de adelantarse a su Ahora le corresponde, en todo caso, al autor. El traductor es autor de una obra derivada, ergo posterior, de otra. Y nunca al revés. De modo que yo, como todos los traductores, tenemos que saber a qué ahora lingüístico y gramatical atenernos, en qué ahora de la lengua nos embarcamos. Sobre todo porque las obras que traducimos llevan su ahora cosido como una etiqueta indeleble, pues pertenecen a un Tiempo que ya pasó; si nosotros las traducimos a un Tiempo que aún no existe, ¿de qué lengua nos hacemos responsables? ¿Y a qué lectores apelamos?

De acuerdo, como traductores podemos (¡y debemos!) tomar decisiones políticas. Podemos elegir nuestro ahora y decidir que, al menos en nuestras traducciones, nos ceñiremos a una de las tantas propuestas de desexualización genérica circulantes, se hayan consolidado o no (o sea, no). Podemos hacerlo, por qué no, siempre y cuando entendamos el alcance –literario en este caso– de nuestra decisión política, y entendamos también que estamos optando por una vía aún no consolidada ni en la lengua (gramáticas al uso, autoridades) ni en el habla (hoy en día nadie hace un uso cotidiano consuetudinario y rigurosamente estricto de las variantes, excepción hecha de algunos círculos que militan una puesta en práctica más bien endógena de, por ejemplo, el genérico femenino universal o la duplicación inclusiva). Es decir, podemos decantarnos por un ahora utópico que, en el mejor de los casos, trasladará todas sus dudas, incoherencias y soluciones intempestivas a un texto que a priori ni las tenía ni las prefigura benjaminianamente. Nuestra traducción será, en consecuencia, una obra derivada de otra que no existe del todo salvo en esa utopía lingüística que esperamos que el Tiempo confirme. Nuestra traducción sonará más o menos así:

«Te refugias en le prójime, al tratar de escapar de ti misme y pretender declarar este como une cualidad; sin embargo a mi no me engaña tu desprendimiento. Le 'tú' es le precursore de le 'yo'; le 'tu' está santificade, sin embargo no aún le 'yo'. De estemodelepersone va solícitamente hacia le prójime».

Es un fragmento del Zaratustra de Nietzsche tomado al azar, sin el menor ánimo de broma. Una obra escrita entre 1883 y 1885. Para no ponernos pesados ni ensañarnos con lo obvio, digamos que la propuesta de e-traducción no sólo no borra las marcas genéricas sino que las potencia mediante un elemento –la parodia– que el texto no contiene. En cierto modo, es como si Nietzsche se riera de lo que, 100 años después, Perecpodría hacerle a su texto. Y es justamente ese eco de cavernosas y fantasmagóricas carcajadas lo que desbarata nuestra concienzuda e-traducción. Sin mencionar ese otro eco aún más corrosivo, por inmediato y populachero, de las chirigotas en e, o en o, o en i…

De modo que, después de darle la vuelta, volví a la gracia. Por serio que me ponga, la variante de la e me sigue pareciendo un chiste, culterano o vulgar, da igual. Para quien vive en Catalunya, además, suena a como se habla en Lleida o el Levante. Y para el oído universal, una especie de esperanto perezoso. En lo que a mí respecta, la e-traducción está más que descartada.

Traducir es un asunto serio.