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jueves, 2 de mayo de 2019

¿Borra esta decisión gramatical la condición de dominación? La respuesta es: no, para nada.


El VIII Congreso de la Lengua ya es historia, pero sus consecuencias y las reflexiones que produjo siguen ahí, vivas. Bajo esa luz debe ser leída esta columna de Rafael Spregelburd en el diario Perfil, del 20 de abril pasado.

La guerra en las palabras

Los coletazos del Congreso de la Lengua me siguen sacudiendo, y la verdad es que  me alegro mucho. Leí algunas ponencias fantásticas y pude seguir diálogo en privado con algunos colegas escritores, traductores, filólogos, curiosos. Me encantaría poder desprivatizar alguna charla, por ejemplo con Pablo Ingberg o Jorge Fondebrider, pero el espacio es reducido. Ingberg, por caso, tiene razón al expresar sus dudas acerca de cómo debemos llamar a esto que hablamos. Hemos defendido a capa y espada que debe llamarse castellano y no español, ya que es la lengua de Castilla y no la de Valencia o Galicia, por ejemplo. Sin embargo, es también la de Andalucía (por cierto, una versión regional mucho más parecida a nuestra variante rioplatense) y es injusto para el andaluz que deba hablar lengua prestada de quien impone su poder económico y se apropia del gentilicio. Bajo ese punto de vista, “español” sería algo más justo. Fondebrider despotrica –con hermosos argumentos– sobre la hipocresía del eufemismo: “español” o “panespañol” son descripciones de un fenómeno complejo tan inacabadas como decir “afroamericano” para esconder un propósito más ofensivo pero seguir explotando las ventajas económicas y políticas de esa ofensa.

Como bien me señala Ingberg –quien además es maestro en la elusión de los masculinos plurales como genéricos y a la vez de las formas del lenguaje inclusivo, capaz de decir “quien escribe” en vez de “lxs escritorxs”–, todos sabemos muy poco y vemos apenas una pequeña parte del manual de uso de la lengua, que es además ciertamente el manual de uso de nuestra existencia en el mundo.

Mi humilde aporte proviene del fragor de las lenguas artificiales, esa eyaculación positivista opacada por la broma y el desaire. En Esperanto (que se escribe con mayúscula), los descubrimientos de estos eufemismos que esconden trampa se discuten acaloradamente una vez al año. Antes los países se formaban en E-o (que así se abrevia) adjuntando el sufijo “-uj” al gentilicio, ya que significa “que contiene”. Así, “hispano” era “español”, “Hispanujo” era “España”; “franco” era “francés”, “Francujo” era Francia. Mas en un congreso se advirtió que España incluía también a vascos o valencianos y que la idea de “contenedor” era un eufemismo inadecuado. Lo que estaba bien para “piro” (pera) al producir “pirujo” (peral, lo que contiene a las peras) no produce el mismo efecto con personas, identidades, lugares, masacres, conquistas, deudas externas. Lo resolvieron en un santiamén, inventando otro sufijo antes inexistente: “-io”. Ahora se dice “Hispanio”, que no significa nada más que el nombre geográfico del país, un pedazo de mapa visto desde la Luna, sin connotaciones de posesión ni nada parecido. La pregunta es: ¿borra esta decisión gramatical la condición de dominación? La respuesta es: no, para nada. En esa estamos.


martes, 30 de abril de 2019

La cuestión central en el manejo de la lengua

Quien tenga la paciencia de hacerlo, podrá comprobar que la inmensa mayoría de las notas publicadas durante y después del VIII Congreso de la Lengua, que tuvo lugar este año en la ciudad de Córdoba, Argentina, se ocupan de cuestiones relativamente cosméticas.

Dejando de lado las sobadas relamidas a las instituciones españolas por parte de los diarios españoles (que, por supuesto, no cuestionan nada) y de algunos argentinos (que dan por supuesto que todo está bien así como está, sin cuestionar, por ejemplo, que haya sido la RAE la que impuso los contenidos del pasado congreso, armando las mesas a su voluntad), todo se ha centrado en cuestiones de forma: si el rey debía o no asistir al Congreso (y, por añadidura, si el prácticamente iletrado presidente argentino debía o no estar allí), si la lengua se llama español o castellano, si el lenguaje debía ser o no inclusivo, etc. Por supuesto se trata de cuestiones que revisten una cierta importancia, pero de ningún modo son centrales.

El problema no deberían ser los españoles y sus instituciones, sino las políticas públicas latinoamericanas referidas a la lengua, que ceden todo ese posible capital para que alegremente lo manejen y lo administren los españoles según sus intereses. Luego, la casi absoluta anomia de las instituciones latinoamericanas para oponerse a los designios de los peninsulares, resignándose apenas a las dádivas que llegan de España para reemplazar lo que los gobiernos de cada uno de nuestros países no ofrecen.

La estrategia entonces tal vez debería ser otra: en lugar de discutir estas cosas en el terreno estrictamente lingüístico (algo que, ya dije, es importante, pero no central), habría que utilizar todas las oportunidades posibles para ponerles la mano en el bolsillo a los españoles, limitando sus oportunidades de hacer negocios a nuestra costa. ¿De qué manera? Denunciando públicamente cuanta estrategia pongan en marcha para quedarse con la parte del león. 

Por caso, la mayoría de los usuarios sabe que el Diccionario de la Real Academia está redactado a base de prejuicios y falta de síntesis (o sea, que es malo). Habría entonces que hacer campaña en esa dirección, restándoles autoridad a sus redactores y, por lo tanto, desaconsejando su uso. 

También resulta claro que los sistemas de certificación españoles están viciados de españolismos. ¿Por qué no denunciar públicamente eso de manera más activa? Y también, ¿por qué no insistir en que, desde que los exámenes se hacen en asociación con Telefónica de España, resultan más caros? De hecho, ¿cuál es el porcentaje que reciben por ellos la UNAM y la UBA, que forman parte del consorcio creado por el Instituto Cervantes y la Universidad de Salamanca?

En síntesis, la soberanía lingüística no se obtiene solamente cambiándole el nombre a la lengua (algo que, de todos modos, debería hacerse), ni discutiendo qué tan inclusiva deba ser (algo que ocurrirá de todos modos), sino, concretamente, explicándoles a los gobernantes y al público que la lengua, además de ser el emblema de nuestra soberanía, puede ser una fuente de ingresos, para lo cual hay que meterles la mano en el bolsillo a los españoles. Ahí, seguramente, van a ponerse sensibles, porque, como la mayoría de los seres humanos, en ese preciso lugar tienen el corazón.

Jorge Fondebrider

jueves, 11 de abril de 2019

Habla el actual director del Instituto Cervantes


El pasado 7 de abril, María Teresa Cárdenas M. firmó en la Revista de Libros del diario chileno El Mercurio, la siguiente entrevista con el poeta Luis García Montero, actual director del Instituto Cervantes. El hecho que sea él quien conduce esa institución es algo así como un soplo de aire fresco respecto de los directores del pasado, sin embargo, en el texto, señalados en rojo, hay algunos párrafos sobre los que, creemos, se equivoca y a los que el Administrador responde al final del artículo, proponiéndole amablemente a García Montero, una consideración más detallada.

"Las lenguas y los poderes no son inocentes

Estuvo en la reunión con la prensa; en la inauguración leyó su discurso antes del director de la Real Academia Española (RAE), Santiago Muñoz Machado, y del rey Felipe VI; habló de poesía con Joaquín Sabina; rindió homenajes; firmó acuerdos; presidió una mesa sobre el exilio; se le vio en primera fila en el público... El director del Instituto Cervantes –desde julio de 2018–, Luis García Montero (Granada, 1958), parecía estar en todas partes durante el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado entre el 27 y el 30 de marzo en Córdoba, Argentina. Con más de 20 poemarios publicados, así como ocho novelas y otros tantos ensayos, García Montero es, también, una de las voces más reconocidas de la generación española de los 80.

En el trayecto a pie desde el Teatro Real al del Libertador General San Martín, donde le correspondía presentar a la escritora cordobesa María Teresa Andruetto, antes de la clausura oficial, conversó con El Mercurio.

Literatura y lengua
–¿Qué valor le da a la presencia de escritores en este congreso?
–Creo que es fundamental. Somos la segunda lengua materna del mundo, después del chino mandarín, y la segunda en comunicación y cultura, después del inglés. El peligro está siempre en que la estandarización, la extensión de la comunicación, haga quebrar los vínculos con lo materno, con la intimidad de cada experiencia. Y yo creo que donde mejor se resuelve eso es en la literatura, que intenta alcanzar la expresividad más alta y más universal, pero vinculándolo siempre a la originalidad y a la experiencia de los seres humanos. Por eso me parece que la literatura siempre tiene que ocupar un lugar importante en estos congresos.

En el de Córdoba no faltaron las sospechas respecto de una supuesta hegemonía española. El argentino Jorge Fondebrider dijo, por ejemplo, que creería en la buena fe de la política panhispánica cuando el Instituto Cervantes estuviera dirigido por un latinoamericano. "Esta es una institución del Estado y en todos los países del mundo hace falta tener la nacionalidad del Estado para ocupar un cargo público –responde García Montero–. Por fortuna, contamos con la ayuda de mucha gente que tiene la doble nacionalidad. Y, por ejemplo, Juan Villoro, que es mexicano y español, sería un magnífico candidato para presidirlo, o para dirigir algunos de sus centros (1). En las normas del Instituto Cervantes se dice que debe defender y divulgar la cultura en español. El matiz es importante, porque nuestra tarea no es solo la cultura española, sino la cultura en español".

Y continúa: "Como todas las historias han sido de opresión y de violencia y, no nos engañemos, detrás de la palabra y la cultura hay mecanismos de poder, todo el mundo tiene razones para ser susceptible y sospechar. Tenemos que trabajar para que esas sospechas tengan la menor relación posible con la realidad. El Instituto Cervantes está decidido a participar en un proceso de iberoamericanización".

Y señala como ejemplo el SIELE, un sistema de acreditación de la lengua que han trabajado en conjunto con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la U. de Buenos Aires (UBA) y la U. de Salamanca (2). Y el proyecto CANOA, para difundir la unidad cultural, "que hemos firmado acá con instituciones de México, Perú y Colombia, y al que queremos seguir agregando instituciones de otros países latinoamericanos", señala.

En varias mesas del congreso se discutió el uso de la palabra español. Algunos proponían decir castellano, o incluso hispanoamericano, aunque esto deja fuera a Guinea Ecuatorial y Filipinas, que forman parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale). García Montero reflexiona: "Yo viví como una torpeza tremenda que hace unos años se declarase al español marca España. Pero ¡qué disparate! Si nuestra lengua tiene 600 millones de hablantes y nosotros somos el 8 por ciento. Cuando uno critica eso, pues a veces en España te dicen que no quieres a tu país. La verdad es que yo quiero mucho a mi país, pero por eso mismo lo que quiero es dejarlo bien y que no haga el ridículo. ¿Qué sentido tiene querer apropiarse de un idioma del que uno solo forma parte? Lo que nos da la fuerza es esta comunidad que comparte memoria, que comparte idioma, y donde hay que estar en relaciones de igualdad".

Los congresos de la lengua española se realizan cada tres años y su organización está a cargo del Instituto Cervantes, la RAE y la Asale. "En la cuestión panhispánica, la Real Academia ha ido abriendo mucho camino –puntualiza–, y es heredera de todas las reflexiones sobre el idioma que ya desarrolló Andrés Bello. Son instituciones distintas, claro, porque las tareas del Instituto Cervantes son asegurar la enseñanza del español en países de lengua no española; acreditar y formar a los profesores; certificar el conocimiento del español de los alumnos. O sea, es una parte educativa que no tiene la Real Academia, como tampoco tiene la segunda cara del Instituto Cervantes, que es la diplomacia cultural, la defensa y extensión de la literatura y de la cultura, del arte en español. El Instituto Cervantes tiene 87 centros, repartidos en 44 países, y una plantilla que supera las 2.700 personas en el mundo. Y tiene relaciones muy estrechas con todas las embajadas de países latinoamericanos en todos los sitios donde estamos presentes".

–¿Hay diferencias entre ustedes a la hora de armar el programa de los congresos?
–Este es el primer congreso de la lengua en que yo soy el director. Hemos pretendido dejar clara la perspectiva panhispánica, llamar al respeto a las diferencias, a las singularidades; hacer un congreso paritario donde las mujeres participen en condiciones de igualdad con los hombres. Y hemos llegado a 50 por ciento de participación de las mujeres.

Sin embargo, no se incluyó ninguna mesa sobre lenguaje inclusivo o no sexista. "Cuando alguien plantea una mesa sobre periodismo –puntualiza–, y la encargada de hablar es Sol Gallego, que aparte de ser la directora de El País es una feminista histórica, o cuando alguien invita a Claudia Piñeiro a participar en una mesa sobre interculturalidad, siendo una de las escritoras más comprometidas con el mundo del feminismo, sabe que al hablar de periodismo, de interculturalidad, van a plantearse esos temas. A mí me parece que la irrupción del pensamiento feminista en todos los debates es más importante que provocar subgéneros" (3).

Una oferta de diálogo
Otro tema que despertó controversias fue el trato a las lenguas y pueblos originarios. "Las lenguas y los poderes no son inocentes –afirma García Montero–. Yo podría sacar pecho y decir 'bueno, cuando se produjeron los procesos de independencia solo hablaba español el 20 por ciento de la población'. Pero yo sé muy bien que eso no fue solo respeto inocente a la lengua del otro. Es que la conquista española tuvo un marcado carácter evangelizador; lo que quería la Iglesia era ganar almas para su dios y enseguida se dieron cuenta de que convencían más a los indígenas en su lengua materna que en un idioma extranjero. La imposición del idioma se extiende en los momentos en que las independencias hacen suyo el idioma español. Lo que quiero decir no es que los españoles sean peores o mejores; todas las civilizaciones son imposiciones de poder, y a partir de ahí tenemos que comprometernos con el presente y el futuro. Que una lengua sea oferta de diálogo y de conocimiento del otro. La democratización del presente me parece el mejor compromiso para que no haya sospechas ni hegemonías de ningún tipo".


Respuestas a lo afirmado por García Montero:
(   1)  No necesariamente en todos los países los directores de instituciones estatales tiene que ser de la misma nacionalidad que el Estado al que representan. Dos casos del pasado: Paul Groussac, un francés, que fue director de la Biblioteca Nacional de Argentina, y Arnaldo Orfila Reynal, un argentino que fue director del Fondo de Cultura Económica de México, institución estatal mexicana. Hay más ejemplos, pero no es ésa la cuestión. En el caso de querer demostrar su vocación “panhispánica”, tal vez el Instituto Cervantes debería dejar de ser una institución del Estado español para pasar a ser una institución iberoamericana. Por último, lo de la doble nacionalidad no sirve: no propuse que el Cervantes tenga un director latinoamericano, sino que todos los centros del Cervantes alternen españoles y latinoamericanos en sus direcciones.


(   2) Con una serie de irregularidades (que incluyen el anunció de la firma del convenio de adopción del Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española (SIELE) en el VII Congreso de la Lengua de Puerto Rico, antes de que fuera firmado por el Consejo Superior de la U.BA, así como la negativa a permitir la presencia de los creadores del CELU, el sistema de evaluación argentino) la U.B.A. entró en el consorcio formado por el Instituto Cervantes con la Universidad de Salamanca, la U.N.A.M y la U.B.A., además de Telefónica de España como recaudadora. A lo largo de más de un año desde este blog se ha repudiado ese convenio que le otorga valor universal al SIELE. La solicitada que así lo demuestra fue firmada por cientos de lingüistas, filólogos, lexicógrafos, escritores, traductores y otras personas cuyo campo de actividades gira alrededor de la lengua. Las adhesiones llegaron desde particulares a instituciones universitarias de diversos países del mundo, y se reprodujo todos los sábados de 2016 y 2017 a modo de protesta. Luego, el castellano empleado en los exámenes plantea apenas variaciones léxicas más bien ortopédicas como para dejar contentos a todos… siempre y cuando todos sean débiles mentales, claro. Toda la información puede leerse aquí: http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/search/label/SIELE



(   3)  No estoy seguro de que poner feministas en diversas mesas no dedicadas a la lengua inclusiva dé como resultado una discusión clara y abierta sobre el tema. Que se haya incrementado el número de mujeres no es un mérito, sino una obligación. Queda pendiente la discusión del lenguaje inclusivo.

lunes, 8 de abril de 2019

"Sólo la RAE diseñó los contenidos"

Rafael Spregelburd publicó la siguiente columna de opinión en el diario Perfil, del pasado, 6 de abril. Es una estribación más de lo sucedido en Córdoba.

Contra la unificación

Poco o nada que agregar al magnífico discurso de María Teresa Andruetto en el Congreso de la Lengua; mucho que agradecer: a su claridad, a su coraje (las mujeres dialogaron en las mesas pero no sabemos en qué número participaron del diseño de los temas de ese debate), a su insistencia (los 22 países castellanohablantes fueron invitados pero sólo la Real Academia Española diseñó los contenidos), a su desobediencia (la Academia avisó que se negaba a debatir el uso del castellano inclusivo) y –sobre todo– a su lucidez: no perdió de vista que además del territorio simbólico, la lengua es la herramienta para un negocio formidable. Esta academia de los reyes se ha convertido con el paso de los años en la ridícula armadura y espadín de ese giro del capitalismo por sobre la libertad de sus usuarios. Como bien señaló Andruetto, un setenta por ciento de los considerados “malos usos de la lengua” es de origen latinoamericano. ¿Quién está decidiendo cuán malo es ese uso? Tiene razón una vez más María Teresa: “casticidad” es una palabra demasiado vecina de “castidad”.

Recuerdo una obra que vi en el CSS (en Udine) sobre el asombro que les producía a los nazis el poderío de la lengua rusa, armada por el sistema zarista para ser impuesta sobre un centenar de lenguas orales en la zona de la Montaña de las Lenguas.

Los rusos le escribieron a cada pueblo un alfabeto diferente para que solo se pudieran comunicar a través del ruso: una lengua imperial, una dominación, una extensión tan infinita como la del castellano. Hasta los nazis se espantaron de esta crueldad innecesaria.

viernes, 5 de abril de 2019

Y para ir terminando con el VIII CILE...


Varias fueron las mesas del VIII Congreso de la Lengua en las que se oyeron voces disidentes, pero las síntesis que se publicaron en el sitio de la Real Academia prácticamente no las registraron porque, está claro, no le conviene. 

En cuanto a los medios locales hay que decir que la Agencia TELAM y los diarios Clarín, La Nación y Perfil se detuvieron en las anécdotas superficiales antes que en dar a conocer in extenso (como sí lo hicieron Página 12, Cultura InfoBAE y La Voz) los reclamos y disidencias. 

Los diarios españoles, en cambio, se preocuparon especialmente por mostrar los agravios al rey (el mismo que demostró su familiaridad con Borges llamándolo "José Luis"), así como la polémica que ellos creían superada entre las denominaciones castellano y español. Nada dicen, sin embargo, de los aspectos económicos, centrales a toda la cuestión y debidamente denunciados por varios participantes argentinos (entre los que se cuenta el Administrador de este blog). Prefieren mostrarse sorprendidos como si hubieran sido sorprendidos en su buena fe antes que confesar cuáles son sus verdaderas intenciones. 

Lo dicho hasta aquí, puede comprobarse leyendo los siguientes vínculos, donde nada se dice de los negocios que se esconden detrás de la lengua:






Capítulo aparte es todo aquello referido a la exigua participación de mujeres en la mayor parte de las mesas, que hay que recordar vinieron armadas desde España. 

Luego, no hubo voluntad alguna de tratar temas como el lenguaje inclusivo o los problemas vinculados a los distintos géneros. En la mesa que me tocó en suerte, el papanatas de Pedro Álvarez de Miranda, lexicógrafo y miembro de la Real Academia, utilizó el siguiente argumento para justificar su cerril negativa: "El masculino de la lengua ya contiene al femenino y por ello no hay nada que discutir", argumento que le valió ser abucheado por el público presente, reacción no reflejada en los medios españoles.

Ese extraño paso de comedia reveló, sin embargo, algo: la endeblez de la base argumental sobre la que discute esta gente, tal vez demasiado acostumbrada a mandar. Responsable de la 14 edición del DRAE, Álvarez de Miranda prácticamente no supo qué decir cuando se le reclamó la desproporción existente entre las voces señaladas como "americanismo", "argentinismo", "mexicanismo" y etc. y las pocas entradas donde se lee "españolismo". "Es algo en lo que hay que seguir trabajando", dijo, nuevamente entre las risas del público.

Ahora bien, resulta claro que el gobierno, las instituciones  y las empresas españolas avanzan allá donde los gobiernos latinoamericanos se lo permiten; vale decir, donde no hay políticas para la lengua que defiendan debidamente nuestros intereses y las posibilidades económicas que los españoles sí vieron en las palabras. Claro, siempre y cuando nuestros intereses sean esos y no otros. Y lo digo porque en uno de los traslados, entre una sede y otra del Congreso, pude escuchar con toda claridad a dos directores de sendas academias latinoamericanas quejándose de las protestas de los representantes argentinos. Uno llegó incluso a manifestarle al otro su temor a que los españoles se ofendieran y no mandaran más dinero a las academias de América.

Quedan muchas preguntas. Por caso, saber cuánto se gastó en esta fiesta a la que el público accedía previo pago de $200 por sesión o mesa. Y de lo que se gastó, qué puso la Argentina (la Secretaría de Turismo de la Nación, el gobierno de la Provincia de Córdoba, el gobierno de la Ciudad de Córdoba, etc.) y qué España. Por otra parte, sería bueno que se hicieran públicos todos los pactos y protocolos firmados (que fueron muchos) y qué actitud tomarán las distintas academias ante los numerosos abusos manifiestos de la RAE y sus secuaces.

Participar en el Congreso de la Lengua ha sido una excelente experiencia para comprobar hasta qué punto el de América y España es un diálogo de sordos en el que unos simulan escuchar y otros hacen como que dicen. O mejor dicho, para darse debidamente cuenta de hasta qué punto España no está dispuesta a oír lo que no quiere y en qué medida muchos de los representantes académicos de este lado del Atlántico están dispuestos a vender el culo de sus madres en fetas por las migajas que puedan tirarles las distintas instituciones españolas presentes. 

Por lo dicho, sería interesante que todas nuestras acciones estuvieran dirigidas allí donde más les duele a los godos: el bolsillo. Todas las estrategias tendientes a lograr acuerdos beneficiosos para ambas partes deberían así pasar por los aspectos económicos de la cuestión. 

Por ejemplo, para creer en el cacareado "panhispanismo", los latinoamericanos deberíamos exigir que el Instituto Cervantes dejara de ser exclusivamente español y que tuviera directores latinoamericanos en una proporción correspondiente al número de hablantes que tiene cada país donde se habla castellano (recuérdese que España ocupa el cuarto lugar), dividiendo equitativamente los beneficios correspondientes a cursos y exámenes.

Luego, en toda escuela, universidad, biblioteca y redacción de Latinoamérica debería dejarse de recomendar el uso del DRAE en beneficio de otros diccionarios generados por los distintos países latinoamericanos, sin olvidarse, claro, de considerar el excelente diccionario de María Moliner, quien, desgraciadamente, nunca pudo formar parte de la RAE. 

En el caso de la FUNDEU... bueno, creo que con mandarlos al carajo basta, ¿no? 

En síntesis, está claro que de nada sirve mantener la política que tuvimos hasta ahora. Tal vez sea hora de organizarnos de otro modo y empezar a llamar las cosas por su nombre, y que los negocios se declaren negocios y no se confundan con el altruismo.

Jorge Fondebrider


jueves, 4 de abril de 2019

VIII CILE: un balance y una reflexión


El 1 de abril, Silvina Friera publicó en Página 12 el siguiente artículo, donde traza algo así como un balance  de lo que fue el VIII Congreso de la Lengua. En la bajada se lee: “Los cuestionamientos de escritores argentinos tanto sobre cómo nombrar a la lengua como por el lenguaje inclusivo despertaron polémicas durante el CILE realizado en Córdoba.”

Encuentro sin tanta armonía ni consenso

La lengua está en disputa. La controversia sobre cómo nombrarla, a quiénes incluye y excluye si se pronuncia “española”, “castellana”, “castellana americana” o hispanoamericana, por mencionar apenas algunas de las opciones, fue una de los temas que más polémica despertó durante el  (CILE), en el que participaron Mario Vargas Llosa, Juan Villoro, Nélida Piñon, Joaquín Sabina y Elvira Sastre, entre otros escritores y artistas. No es un problema “menor”, una especie de obsesión erudita de un puñado de lingüistas, traductores y escritores. Se podría afirmar que todo nombre es político. Pero los 453 millones de hispanoamericanos que hablan la lengua como idioma materno –que serán 570 millones en 2050–, ¿en qué lengua dicen que hablan –o escriben– los usuarios de esta lengua, distribuidos en cuatro continentes y 22 países, el 6,16 por ciento de la población mundial, sin contar los hispanohablantes de Estados Unidos? La respuesta, que parecería “rizar el rizo”, agrega mayor complejidad al asunto. En las constituciones de siete países se afirma que la lengua oficial es el “castellano” (Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Paraguay, Perú y Venezuela); en ocho aparece el “español” (Cuba, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana y Puerto Rico); hay cuatro países que no mencionan tener una lengua oficial (Argentina, Uruguay, Chile y México).

Las escritoras y escritores argentinos, más desobedientes y disidentes respecto de la imposición de normas que aplanan la riqueza y variedad del lenguaje, pusieron el tema sobre la mesa, como Mempo Giardinelli, Claudia Piñeiro, Jorge Fondebrider, Perla Suez y María Teresa Andruetto. Aunque intentaban disimular y mantener la forma de la hermandad en la diversidad del panhispanismo, a más de un escritor y académico español se le atragantaba el castellano y la contrariada gestualidad de sus rostros revelaba cierto malestar. No esperaban el aluvión de objeciones formuladas cara a cara, directo al grano de la lengua. Además de plantar bandera y proponer que se debata para Arequipa –donde se hará el IX Congreso en 2022– cómo se llamará el próximo encuentro, molestó que se desnudara, como nunca antes, el negocio de la lengua, que es casi como decir el negocio de los congresos. Como organizadores, el Instituto Cervantes, la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), no pierden de vista, aunque no lo expresen en voz alta, que el dispositivo “congreso de la lengua” –iniciado en Zacatecas (1997) y que se repite cada tres años: Valladolid (2001), Rosario (2004), Cartagena de Indias (2007), Ciudad de Panamá (2013) y San Juan de Puerto Rico (2016)– sirve para extender acuerdos económicos, comerciales y educativos, con el caballito de batalla de la lengua española en el mundo, que van del cine a la televisión, de la música a los medios de comunicación, del mundo editorial a la traducción y los recursos digitales, además del sector terciario de servicios, como la telefonía, los bancos y las empresas de energía, entre otros.

El negocio de la lengua
El lingüista español José Del Valle –que participó del I Encuentro Internacional: Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos, llamado también “Contracongreso”– no asistió a ninguna de las actividades del CILE. Aunque fue convocado desde la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), rechazó la invitación por su posición crítica desde hace años con las instituciones que organizan el congreso. “Se puede pensar la lengua como negocio en la medida en que la lengua se vende y se compra, es decir la lengua se materializa en gramática, en diccionarios, en libros de texto para la enseñanza del español a extranjeros, en libros de texto para la enseñanza del castellano como lengua nacional, y en todos esos casos estos objetos son por un lado dispositivos de gestión del idioma y por otro son productos de mercado”, plantea Del Valle a PáginaI12. “Entonces, en la medida en que por ejemplo el español como lengua extranjera se cotiza en alza en los mercados lingüísticos internacionales, es lógico, dentro de la lógica del capitalismo, que se produzca una competencia por controlar las ventas de ese producto. Lo mismo ocurre con la certificación de conocimientos del español: quien controle los mecanismos de certificación de conocimientos del español podrá controlar la distribución de los beneficios económicos que se deriven de la administración de estos exámenes. La lengua es claramente un negocio”, afirma el autor de La batalla del idioma. “Hay un segundo sentido en el que la lengua española puede ser útil para los negocios –agrega el lingüista español–. Todos los países, no solo España, tienen una política cultural exterior que es pensada como una estrategia diplomática, por medio de la cual se instrumentalizan objetos culturales para elevar el valor de la marca país y, consecuentemente, abrirle camino a las empresas de ese país que quieran invertir en el extranjero o que quieran vender productos en el extranjero”.

Todos los nombres, el nombre
La escritora cordobesa Perla Suez, que debatió en una de las mesas del CILE, afirma que “el nombre de la lengua es un terreno de disputa política y social”; por eso cree que hay que renombrar el Congreso. “Yo estoy más cerca de lo que decía Mempo (Giardinelli) en cuanto a que es necesario hablar de la lengua castellana y americana, pero todavía no me conforma, porque me pregunto: ¿cómo entran dentro de esta polémica nuestros pueblos originarios, tan olvidados, que escriben en castellano su propia lengua? Todavía en ese nombre no está el nombre de todos los que queremos incorporar. La Real Academia Española va a tener que escucharnos porque ya está claro que homogeneizar la lengua no es posible, porque no lo vamos a permitir, como ya lo hemos demostrado en la tradición literaria argentina desde la generación del ‘37, con Esteban Echeverría, y después cuando Borges se enfrentó con Américo Castro –recuerda la autora de El país del Diablo–. Hay que pensar muy bien cómo nombrar de otra manera una lengua que es indecisa, indómita y escurridiza, y tal vez yo me esté escurriendo al nombrarla. Entre todos tenemos que buscar una nueva denominación para el próximo Congreso de la Lengua Castellana que se va a hacer en Arequipa, Perú”.

Del Valle escuchó a Mempo Giardinelli, que también estuvo en el “Contracongreso”. “Las palabras castellano y español coexisten desde el siglo XVI; hay contextos geográficos o situaciones en los cuales se prefiere español o contextos en los cuales se prefiere castellano, y esos usos no se mantienen constantes a lo largo de los siglos. Estas dos denominaciones de la lengua, castellano y español, han coexistido con oscilaciones, llamándose en algunos lugares de una manera y en otros lugares de otra. Afirmar prescriptivamente que se le debe llamar castellano o que se le debe llamar castellano latinoamericano o hispanoamericano, me parece una opinión legítima, pero en cualquier caso es una opinión que está emitida a través de la voz de un intelectual argentino, porque el término español lo usan en Puerto Rico para referirse a su lengua, lo usan en Cuba para referirse a su lengua, lo usan en República Dominicana para referirse a su lengua y se usa principalmente en México para referirse a su lengua –enumera el lingüista español–. La justificación histórica que dio Mempo me pareció frágil y está basada en un conocimiento imperfecto de la historia de estos dos términos”.

Aunque entre los temas a debatir durante el octavo CILE no estaba el lenguaje inclusivo, emergió con la potencia de lo que está ausente, de lo que se intenta esconder como se hace con el polvo debajo de la alfombra. Solo que no hay alfombra que detenga la necesidad de revisarlo todo desde los géneros y sexualidades disidentes. “El rechazo al lenguaje inclusivo viene del patriarcado, de los orígenes machista en la construcción de las sociedades, basadas en lo que el hombre propuso y desplazando a las mujeres al anonimato total”, advierte Suez. “Me pregunto por qué habrá tanto temor a que digamos ‘todes’, si tampoco lo vamos a definir ya, si la lengua está en movimiento y es escurridiza, y el uso lo deciden los hablantes, hasta que una nueva generación transforme nuevamente las palabras”, reflexiona la escritora cordobesa. “Tenemos que seguir luchando para transformar la lengua, para hacer que nos escuchen, para que caiga el patriarcado”. A Suez no le llama la atención la escasa participación de mujeres en los comités que organizaron el Congreso de la Lengua. “En la Academia de la lengua la intervención de muchas mujeres ha sido rígidamente masculinizada; parecieran discursos hechos por hombres que no me interesan. Me interesa mucho más la sensibilidad de la mujer, como las que se vieron también en el Congreso, como la de Claudia Piñeiro cuando cantó en qom”.

La batalla por la inclusión
A diferencia de otros que rechazan visceralmente el lenguaje inclusivo, Del Valle dice que le interesa el debate porque refleja un caso de variación lingüística que está marcada socialmente y está determinada por posicionamientos políticos relacionados con las reivindicaciones feministas y de sexualidades disidentes de distinta naturaleza. “Me interesa analizar cómo se manifiesta esa variación, quién usa la norma tradicional, quién opta por proponer nuevas normas y quién las usa, las obedece, enfrentándose así a los usos tradicionales. Y me interesa también elaborar un mapa del modo en que propuestas normativas, usos alternativos y posicionamientos políticos nos van explicando el modo en el cual se produce una interacción entre los usos del lenguaje y la realidad social y política”. Sobre el silencio en torno al tema por parte de la RAE, el lingüista español se atreve a especular: “La Real Academia Española, que en general evita los debates, puesto que prefiere proyectar la imagen de una institución abierta y que consensua con los hablantes todas las decisiones, por alguna razón decidió entablar una batalla abierta en la esfera pública con las propuestas normativas que procedían del feminismo y que conocemos como lenguaje inclusivo. Mi visión es que, desde la perspectiva de quienes gestionan la RAE, la batalla pública contra las propuestas feministas les resulta beneficiosa; es decir, deben de pensar que ese es un debate que van a ganar ante la población de manera mayoritaria –explicó Del Valle–. Hay una dimensión que no es visceral sino que es racional. El CILE pretende presentarse como un espacio de confluencia, un espacio de diálogo, y en esta oportunidad les pareció que sacar a la superficie este debate podría dañar esta imagen de armonía y consenso panhispánico que es parte importante de los objetivos del CILE”.

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Por su parte, Diego Di Vincenzo, editor (de 200 libros de enseñanza entre los sellos Santillana, la tradicional editorial Estrada –de la que fue fue director editorial– y el grupo Norma/Kapelusz Argentina –donde fue Gerente de Contenidos durante diez años) y docente en la escuela secundaria, en el nivel terciario y universitario, ha realizado en Cultura InfoBAE una reflexión sobre el último CILE, que habla de la necesidad de sostener las diversas identidades del castellano para preservar la riqueza de las culturas locales.

La pretensión de uniformar (y empobrecer) la lengua

Acaba de terminar el Congreso de la Lengua y ya pudimos observar que el encuentro dejó notas de humor, disidencia, acuerdos y discrepancias. Pero también dejó cuestiones para pensar políticas culturales y educativas, por ejemplo, el de la uniformidad de las variedades del castellano que se habla en los diferentes países como estrategia de las industrias culturales, cuyos contenidos se globalizan desde casas matrices con proyección para todo el mundo de habla hispana, en una especie de Urbi et orbi lingüística.

En este sentido, no es extraño que el interés por las lenguas y los lenguajes sea parte de la agenda de las grandes compañías vinculadas con la comunicación y la cultura, que también estuvieron presentes en el Congreso. Un interés que, por cierto, se encuentra con dificultades de diverso tipo cuando se intenta crear materialmente un contenido cultural o educativo que resulte, al mismo tiempo, lo suficientemente neutro como para que circule en diferentes países con variedades del castellano disímiles entre sí, y que, por otra parte, no entre en colisión con las legislaciones locales en materia de Derechos de autor (la Argentina es un país que protege con mucho celo esos derechos).

En este sentido, no resulta extraño que el castellano (el español, como se lo llama con pretensión globalizante y panhispanista) sea objeto de interés no solo cultural y educativo, sino también político y económico, por el reporte de ingresos provenientes de las acciones culturales y pedagógicas del "español en el mundo". Existe una institución estatal española que acredita "este español", el Instituto Cervantes, que certifica esta lengua "oficial", como las titulaciones que se otorgan con el inglés o el francés, y que aspira a vastas zonas no hispanoparlantes como China o los Estados Unidos.

Aquellos procesos de uniformización lingüística para el diseño de contenidos requieren de escrituras obedientes y dóciles a esa especie de protolengua llamada "neutro" y necesitan un elenco de actores culturales (editores, correctores, adaptadores) que sean capaces de propiciar una lengua artificial para ser leída. Pero también para ser escuchada: por eso se deben considerar, también, difusores en pronunciación y lexicografía que operen sobre las particularidades dialectales. Se trata de industrias que ya conocemos bien por Netflix y otras plataformas en streaming.

En motivaciones de este tipo se encuentra la preservación del español en el mundo; preservación que vigilan, con censura y rechazo a la impronta al cambio, la Academia monárquica española de la lengua y las diferentes academias de los países en los que se habla castellano. Y también la motivación desmedida por la unidad de la lengua española. Como señala el español Ángel López García, muchos otros pueblos comparten el uso de una cierta lengua, y no por eso se sienten miembros de una comunidad superior: no existen los anglanos y la Anglidad, ni los francanos y la Franquidad. Tal vez porque, como cree este autor, en la tradición hay que encontrar la causa: el único elemento aglutinador de los variados pueblos que componían la Península Ibérica en la Edad Media llegó a ser esa lengua común que surgió uniendo los rasgos de todas; así lo sintieron quienes la iban adoptando sin renunciar por ello a su lengua materna. En otras palabras, un intercambio motivado en necesidades comunicativas, entras las cuales, obviamente, estaba la de comerciar.

Este asunto también debería volverse materia de reflexión pedagógica, porque los procesos de uniformización del castellano se relacionan con la lengua (materna) en la que nuestros chicos y chicas aprenden en la escuela. En un contexto como el actual, en el que la producción editorial cae con cifras alarmantes, no es extraño que las casas matrices adopten políticas editoriales de masificación de autores y libros, y distribución en países en los que tienen presencia, en desmedro de las producciones locales, que sí ocurren en contextos macroeconómicos más benignos.

Costos, políticas cambiarias… cuando los insumos materiales e intelectuales para la creación de un contenido educativo, literario o de otro tipo, no pueden recuperarse con los precios, las sucursales tienden a relegar la producción local en propuestas de carácter global desde las casas matrices y con lenguas o traducciones que optan por una variante en desmedro de otra, o con aspiraciones a esa especie de neutro universal que borra matices, improntas propias, jergas, palabras all' uso nostro. Y esos términos de identidad a partir de los cuales reconocerse en la lectura desaparecen, no están en la literatura que leen, lo cual implica recibir ofertas poco motivadas en estas inquietudes pedagógicas o lingüísticas pertenecientes a la educación en la primera lengua, en la lengua materna. Y, ya se sabe, la importancia de educarse en la lengua materna no implica solo frecuentar el castellano general o estándar en la cultura de la que se forma parte, sino también reconocer las particularidades lingüísticas propias de un pasado común y una proyección hacia formas que varían por grupos, épocas, generaciones.

En esa riqueza que puede ser local (lo más inmediato, el Río de la Plata) o conocedora de las notas distintivas del castellano andino, o del de Cuyo, o de la zona de influencia del guaraní… Castellanos con sus ricas literaturas, improntas de palabras y frases propias, que los vuelven únicos y por eso adorables. Allí está la potencia de la educación lingüística como educación cultural. En este sentido, el Congreso de la Lengua también debería dejar una invitación a pensar no solo en los derechos a la educación lingüística en las variadas formas del castellano de la Argentina, sino también en estos asuntos de políticas culturales, pedagógicas y educativas.

miércoles, 3 de abril de 2019

"Cada uno tiene sus razones para decir de uno u otro modo porque la lengua es mía, pero no solamente mía."


El cierre del VIII Congreso de la Lengua Española estuvo a cargo de la narradora y poeta cordobesa María Teresa Andruetto. Reproducimos a continuación su discurso completo.

Cierre del VIII Congreso de la Lengua

“Hay una grieta en todo/ Así es como entra la luz”, dice Leonard Cohen, y entonces es ahí, en las fisuras, donde quisiera mirar. No fue sencillo para mí aceptar la invitación a cerrar este congreso, por las disidencias diversas que con él tiene –por razones también diversas– la comunidad a la que pertenezco y por mis propias disidencias. Me tranquilizan dos cuestiones, la primera es que antes de aceptar hice saber mi posición y la invitación se sostuvo –con un espíritu democrático y una amplitud que mucho agradezco–, la otra es que estoy aquí como escritora y el lugar de quien escribe es, en lo que respecta a la lengua, un lugar de desobediencia, de disenso.

En nombre de ambas cosas digo estas palabras.

La primera cuestión tiene que ver con el nombre mismo del congreso, llamado aquí –y es al menos curioso que la contraparte nacional se haya plegado a esa denominación– Congreso de la Lengua Española, porque para nosotros, para nuestro sistema educativo, la academia, la alta cultura y la cultura popular, esta lengua en la que aquí hablo siempre ha sido la lengua castellana. Así llegó a América, con la conquista y con la iglesia, la lengua de Castilla y fue esa lengua y no otras que se hablaban o se hablan en España, la que se impuso –no sin dolor, no sin lucha, no sin resistencia– sobre las lenguas originarias.

Esto nos lleva a preguntarnos de quién es la lengua, quién le da nombre y quiénes reconocen su lengua en ese nombre. Aunque en las previas a este Congreso se ha insistido en la idea de que la lengua es de todos sus hablantes, en la amplia procedencia geográfica de los ponentes y en la alta presencia de mujeres en las mesas, me pregunto si esa que se dice de todos es la misma lengua; en caso de serlo, quiénes son sus dueños y atendiendo a que una lengua con tantos hablantes, además de un capital simbólico es un capital económico, quiénes hacen usufructo de ella. Desde Madrid, el ministro de Educación de la provincia, a la pregunta de un periodista acerca de ciertos contenidos, reconoció que ni la parte argentina ni la cordobesa intervienen en la elección del temario. Es la Real Academia, dice. Nosotros actuamos en la parte logística del Congreso. A su vez, el director de la Real Academia, remarcó la importancia de estos congresos con la frase: “Durante unos días, se tratará de ponerle voz española a los asuntos que nos ocupan a todos”, tal vez sin tener dimensión de lo que la frase “voz española” significa aquí, para nosotros. Entonces, no debiéramos desentendernos de ciertas preguntas, aunque incomoden, preguntas como: ¿para qué un congreso en estas pampas sin intervención local sobre sus contenidos? ¿Es la lengua de España la misma que se habla en América?, ¿El muy diverso castellano de
cada uno de nuestros países es la misma lengua española de la que el Congreso habla?

Y finalmente, porque estamos en Argentina, ¿se trata de la misma lengua que aquí se habla? Sí y no. La misma y otra. Para los hablantes de mi país se trata de una cuestión que lleva más de un centenario, cuestión desestimada o minimizada por las instituciones españolas de la lengua, sus espacios de formación, sus editores…, como lo expresa blanco sobre negro el reciente planteo del director mexicano Alfonso Cuarón, quien declaró en la clausura de un ciclo de cine en Nueva York, que le resultaba ofensivo para el público (e imagino que sin dudas también para sí mismo) que su película Roma se haya subtitulado en España. “Me parece muy, muy ridículo, a mí me encanta ver, como mexicano, el cine de Almodóvar y yo no necesito subtítulos al mexicano para entender a Almodóvar.” Le parece ridículo, dice, que un español necesite que le digan “No os acerquéis al borde” en lugar de “Nomás no se vayan hasta la orilla”. Entiendo muy bien lo que dice Cuarón, me ha pasado que una editora española haya pretendido cambiar durazneros por melocotoneros con la extraña fundamentación de que en España nadie entendería la palabra duraznero, pero sucede que melocotonero es una palabra tan artificial para un argentino que nunca jamás podría usarla. En fin, cierta pretensión de uniformidad, la homogeneización que destruye lo singular o lo invisibiliza, el modo en que se ilumina la propia lengua al ver cómo toma caminos diversos.

Todo eso: borrado, dice la cordobesa Eugenia Almeida, porque el castellano de esta América es un conjunto de variables mestizadas por pueblos originarios, aportes árabes, africanos, europeos y asiáticos que –esclavizados, sometidos, aceptados o bienvenidos – impregnaron nuestros modos de decir y de pensar. Hablaba el ruso en quince lenguas, dice en algún lugar Julia Kristeva.

La segunda cuestión aparece cuando reparamos en que esto no es recíproco. Casi 600 millones de personas de 22 naciones hablamos la misma lengua. ¿Son soberanas lingüísticamente esas naciones? Y si así es, ¿por qué sus modos de decir necesitan ser traducidos a un decir mejor, a un bien decir? En la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos firmada en Barcelona en 1996, se expresa que los hablantes pueden usar la lengua según las necesidades de cada lugar de origen, garantizando así los principios de una paz lingüística mundial justa y equitativa, factor decisivo de la coexistencia social y cultural. Más del 90% de los hablantes de lengua española habita en países de América, y menos del 10%, en España, sin embargo las variedades idiomáticas americanas no tienen tantas posibilidades de ser reconocidas por la Academia y, cuando lo son, pasan por formas folclóricas, americanismos. Por su parte, en el Diccionario Panhispánico de Dudas, alrededor de un 70% de lo que se considera "malos usos de la lengua" es de origen latinoamericano, lo cual tiene que ver no sólo con la idea de purismo y la pretensión de uniformidad, sino sobre todo con la convicción de que el bien decir se decide fuera de nosotros.

Se trata de las políticas de control del idioma, de la tensión entre las hablas de una comunidad y las normas que esa comunidad dicta o acepta y de la lucha entre transformación y preservación. La advertencia gramatical no me limita, sino que me recuerda que yo estoy en la lengua, y me da movilidad dentro de ella. Me recuerda que la lengua es mía y que no es solo mía… me recuerda que el vínculo es el vehículo compartido. El interés por la gramática trasunta el interés por la conservación del espacio público, dice la colombiana Carolina Sanín. ¿Sin leyes seríamos más libres? Necesitamos instituciones reguladoras pero necesitamos también que esas instituciones nos representen de una manera más justa, porque una lengua – que por cierto es mucho más que sus reglas- vive en las bocas de sus hablantes y es asombrosa la velocidad con que lo vivo deviene en frase hecha, en palabra muerta, en clisé.

Un idioma es una entidad en permanente movimiento, una inmensidad, un río, en su adentro caben muchas lenguas como caben muchos pueblos. Argentina, para dar el ejemplo que más a mano tengo, no se hizo solo con descendientes de hispano hablantes, es un país que mezcló la población originaria con la invasora, y recibió aluviones migratorios de italianos, gallegos, árabes, aymaras, vascos, polacos, guaraníes, armenios, coreanos, alemanes… .se trata de un país que nunca vivió el purismo idiomático, la necesidad de conservar la "casticidad", palabra por otra parte tan cercana a la castidad. En fin, que somos impuros o mestizos (muchas veces mestizos étnicos y siempre mestizos culturales), que es impura nuestra lengua y esa impureza es nuestra riqueza. Dice el colombiano Fernando Vallejo que preguntarse quién habla bien es una tontería porque el castellano se habla como se puede en todos los ámbitos del idioma, un idioma de 22 países entre los cuales contamos a España. En fin, que para riqueza de hablantes, escribientes y lectores y para riqueza de nuestras literaturas, peninsulares, latinoamericanos y ecuatoguineanos debiéramos cuidarnos mucho de una lengua que se someta a la lengua oficial, una escritura que ponga en retirada a cada modalidad de la lengua en particular, cuidarnos de no confundir la lengua viva con los cementerios de la lengua, acoger, dice también Fernando Vallejo, el idioma de la vida, que es el local. Hasta acá, un poco distraídos, podríamos pensar que se trata de diferencias de habla, de lo singular que se aleja de ciertas normas, de ciertos corrales, cierta legislación que va y viene desde una región a otra, pero por cierto que no se trata de un camino de ida y vuelta entre modos diversos de usar la lengua, sino de una corriente que va o pretende ir desde la antigua metrópoli hacia sus dominios de antaño y nunca de modo inverso. Esa corriente de poder lingüístico unidireccional viene a nuestros países con las formas de decir y escribir que España considera correctas sin comprender que a muchas expresiones del castellano de España las comprendemos nosotros poniendo a prueba nuestros oídos, porque la música, y el habla, y el gusto, no son los mismos para todos y porque, parafraseando un relato cristiano, hay ovejas que son de este corral y otras que son de otro corral pero de todas es el universo de la lengua. No hace mucho, una investigadora madrileña me dijo llena de sorpresa ella y más sorprendida yo por su reflexión. No entiendo por qué los argentinos necesitan traducir a Dante (a raíz de una edición aquí de La divina comedia, con traducción del poeta Jorge Aulicino) si ya está traducido al español, pero es que tal vez ni se advierte siquiera cómo pegan en nuestros oídos muchas traducciones de editoriales españolas, especialmente cuando se trata de escritores que trabajan con lo coloquial; pero no me extiendo en el tema porque de todo esto, habrán dado cuenta las mesas sobre traducción del Congreso, ya que es materia habitual de debate entre nuestros traductores.

No se trata de una cuestión menor, ni tampoco meramente retórica. Durante la pasada dictadura, los escritores argentinos en el exilio español se preguntaban qué hacer con nuestro lenguaje. Elijo dos respuestas a esa pregunta; el escritor y crítico David Viñas, en julio de 1980, dice en una carta “¿Se academiza la cosa, se la agayega, se le pone almidón y se la plancha?” En otra carta, de agosto de 1980, el escritor Antonio Di Benedetto, dice: “He procurado clarificar un tanto el vocabulario para el lector español, sin dar la espalda a mi potencial lector argentino o latinoamericano”.

Con tal criterio he sustituido algunas voces. Ejemplo: no "saco", que aquí sugiere "bolsa", sino chaqueta, dicción que no es extraña al argentino, ¿verdad? ¿Verdad? Podemos oír un grito ahogado en ese ¿verdad?, un gesto de desesperación, porque la elección de la lengua (y dentro de ella, la de sus infinitos matices) indica en qué sistema literario puede o quiere insertarse un escritor, indica por quiénes y de qué modo desea ser leído y revela también el costo que ese escritor está dispuesto a pagar para encontrarse con sus lectores. Cuando comencé a publicar y se abrió tímidamente alguna posibilidad de editar mis libros fuera de Argentina, la lengua, esa materia con la que trabaja un escritor, comenzó a presentarse como un obstáculo. No es el libro, no es la historia, es el lenguaje…, tan argentino, se me dijo en muchas ocasiones.

En 1876, Juan María Gutiérrez, preocupado por el lenguaje rioplatense (como Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, sus colegas de la Asociación de Mayo), rechazó públicamente la propuesta de integrar la Real Academia Española, lo que provocó una serie de cartas con un periodista español que también polemizó acerca de ello con Sarmiento. La cuestión de si hablar castellano o una de las lenguas originarias del territorio que ocupa nuestro país y en el caso de hablar castellano, qué castellano hablar y escribir, en fin, la pregunta acerca de si era conveniente seguir a pie juntillas a la Academia Real del país del cual estábamos independizándonos o si debíamos dejar que la lengua, aun siendo la misma –la misma y otra por cierto– se independizara a su vez y corriera a su aire, aceptando nosotros, sus hablantes, las transformaciones que le íbamos dando, se discutió aquí en la segunda mitad del siglo diecinueve, una discusión que nuestros prohombres dieron por saldada hace ya más de 150 años. Esa cuestión, que en nuestras carreras de letras se estudia como la polémica acerca de la lengua, polémica que es por supuesto lingüística y estética pero por sobre todo fuertemente política, se dirimió en el marco del movimiento estético/político romántico, y la llevaron adelante Gutiérrez, Echeverría, Sarmiento y Alberdi, los cuatro grandes escritores románticos argentinos, a la vez cuatro políticos centrales, lo que es casi decir los fundadores de nuestra literatura y de la nación. De todo ello emergió la convicción de que ese castellano que se hablaba no necesitaba sujetarse a los dictámenes de su casa central, de modo que ser un hablante o un escritor argentino es también ser un usuario de la lengua desobediente ante la demanda de casticidad.

La tercera cuestión, aparece cuando reparamos en la lengua como un capital no sólo simbólico, cuando comprendemos su faz económica, y entonces nos preguntamos ¿quién usufructúa los dividendos que da esta lengua en el mundo? El gobernador de la provincia dice sabemos que es un recurso natural inmenso, un bien renovable que se multiplica con el uso, que gana valor cada día y hoy es deseable inclusive para los nacidos y criados en otras lenguas, lo cual coloca en primer plano este aspecto de la lengua como capital económico. A la hora de certificar internacionalmente los cursos de aprendizaje como lengua extranjera, las jornadas internacionales para profesores de español, como suelen llamarse, ¿quién certifica?, ¿quién obtiene los dividendos de esas acciones? ¿Se distribuyen esos dividendos entre los diversos países en que se habla castellano o se trata de un recurso que le pertenece mayoritariamente a instituciones españolas? Todas las relaciones humanas están mediadas por la política, atravesadas por diferencias de poder, y ese poder se materializa en el lenguaje que, citando a Bajtin, es producto de la actividad humana colectiva y refleja en todos sus elementos tanto la organización económica como sociopolítica de la sociedad que lo ha generado. La búsqueda de uniformidad, el paso de un rasero que aplane las particularidades de nuestros castellanos, va en consonancia con la persecución de un mayor rendimiento económico, con que libros, películas y series, publicaciones en papel o digitales, cursos de enseñanza y literatura destinada a niños y jóvenes sirvan para la mayor cantidad posible de usuarios. Por eso la persistente búsqueda de un castellano a la española o un latinoamericano neutro que permita a esos productos circular en todo el continente, viajando más y mejor, penetrando de modo más rápido, sin que importe que eso sea a costa de nuestras singularidades y vaya –como de hecho va– contra la riqueza del idioma. Baste escuchar en nuestro país a alumnos, hijos o nietos, hablando de leños, carros y neveras para comprender lo que digo.

¿Por qué hablan como hablan los personajes en los programas infantiles enlatados? ¿Por qué se subtitula una película de un castellano a otro, como sucedió con la ya citada Roma y sucede con tantas otras? ¿Es porque los españoles no comprenden la palabra orilla y necesitan que se la traduzca como borde? ¿O se trata de simplificar y uniformar para atraer el mayor número posible de espectadores hacia una película o una serie que pueden generar mucho dinero? Empresas y capitales multinacionales promueven la ampliación del mercado del castellano, en su modalidad española o en lo que llaman americano neutro para, en lo uniforme y hegemónico, reforzar el monopolio de la lengua como negocio; buscan un idioma de modalidad única (para tantos hablantes de culturas tan distintas), a costa de su depredación, del mismo modo que los monocultivos en su búsqueda desmedida de dinero van contra la riqueza del suelo y la diversidad que nos ofrece la naturaleza. Víctor Klemplerer, en su libro sobre las transformaciones de la lengua alemana durante el Tercer Reich, registra en su diario de manera minuciosa cómo el lenguaje se va falsificando, va perdiendo su singularidad y su verdad, lo que constituirá la más potente difusión del nazismo en todas las capas de la población. La vida de una lengua, si en algún sitio reside, es en lo particular, en su inestabilidad; la uniformidad como estrategia económica, la mono lengua, la neutralidad, lo que produce es destrucción, depredación. En ese arco ingresan las industrias de la lengua, el turismo idiomático, la corrección política donde se incluyen los debates actuales sobre si el lenguaje es inclusivo o no y en qué medida esa inclusión incluye la diversidad de todo tipo, no sólo la de género.

Pero volvamos a nuestra resistencia ante la demanda de uniformidad en los modos de decir; ya que el pensamiento se construye en y con el lenguaje a través del cual se manifiesta, podríamos avanzar un paso en nuestro razonamiento y decir que se trata en realidad de una demanda de uniformidad no sólo en los modos de decir sino también en los modos de pensar. Por eso, si bien muchos acceden a esas demandas, otros tantos nos sostenemos en el desacato, el desacomodo, el rechazo a una lengua apta para todos los públicos. No se trata de un capricho, se trata de una búsqueda de identidad que se refleja en el modo de hablar y de escribir, desvíos de cierto extranjero deber ser para encontrar en lo individual más hondo, allí donde refracta lo social, ecos de la lengua de un pueblo, una región, una comunidad, un sector social, búsqueda de un contrapoder frente a lo hegemónico. Se dice que la lengua no es de las instituciones, sino de los hablantes, y aunque así es en lo que hace al uso cotidiano, no parece suceder lo mismo en el aprovechamiento económico que una lengua provee, porque sin dudas no es mayoritariamente el castellano argentino, ni el mejicano ni el peruano, ni el boliviano…, el que se comercializa en la enseñanza internacional del idioma, en las pruebas de aptitud sino la modalidad española que por la vía del país que la lleva a la práctica, se beneficia con esos recursos. La falta de políticas públicas sobre este asunto vuelve vulnerables a los individuos, a las culturas y a la identidad de nuestros países. Sin duda el Estado español encuentra en la extensa difusión de esta lengua en Latinoamérica una posibilidad muy fértil de desarrollo económico, y perder ese control –aceptar su des homogenización, comprender y respetar las libertades de un territorio donde vive el 90 por ciento de sus hablantes– sería perder ingresos. Pero nuestra lengua –al igual que nuestros recursos naturales– no puede medirse sólo en términos económicos, porque se trata de una construcción colectiva que es necesario sostener cuidando los derechos lingüísticos de la comunidad y de sus individuos. Todo esto es también responsabilidad del Estado (de cada uno de los Estados), cuyo rol debe ser activo, instrumentando políticas que defiendan y promuevan esos derechos, los que se refieren a las variedades del castellano y los que se refieren a las lenguas de nuestros pueblos originarios. En territorio argentino hay más de 19 lenguas (aymara, huarpe, wichí, mapuzungun, qom, quechua, pigalá, guaraní, entre otras) que lograron sobrevivir –no sin resistencia, no sin persistencia– desde que el rey Carlos II prohibió por decreto el uso de las lenguas nativas, lo que nos demuestra una vez más que leer y escribir son instrumentos de poder. Entre letra y letra hay un confesionario, entre palabra y palabra un mandamiento, y más allá del margen de la hoja que se lee, bulle una Babel pagana en voces deslenguadas, ilegibles, constantemente prófugas del sentido, dice el chileno Pedro Lemebel. Tal vez no muchos ciudadanos argentinos saben que en nuestro país hay 3.000 escuelas bilingües donde concurren niños de 32 pueblos originarios y trabajan (o trabajaban hasta el anterior gobierno nacional, según palabras de la escritora Sandra Comino, partícipe del ahora vaciado Plan Nacional de Lectura) 1.800 educadores, docentes auxiliares en Lengua y Cultura Aborigen.

La cuarta cuestión, el lenguaje inclusivo.

El Congreso de la Lengua se ocupará del presente del español, pero no discutirá sobre lenguaje inclusivo, han dicho a la prensa, con total firmeza, las autoridades de la Academia. Tendremos participación igualitaria entre varones y mujeres, se dijo y yo no puedo dejar de preguntarme si habrá habido mujeres y en qué proporción en las decisiones de contenidos. Desconozco si la Academia y el Instituto tienen mujeres en sus directorios, pero si las tienen, ellas no han dado sus opiniones a la prensa; se dijo que hay 250 ponentes de 32 países. ¡250 ponentes y ni una sola mesa de discusión sobre un tema como es la inclusión de género, vivamente presente en la agenda actual, tanto de América latina como de España! El lenguaje inclusivo nos pone delante de la carga ideológica de la lengua, que habitualmente nos es invisible. Claro que compartimos la lengua y que ella no es de nadie, ni siquiera de las buenas causas. Claro que corremos riesgos de que el lenguaje inclusivo se vuelva pura corrección política. Claro que no sabemos qué pasará con la literatura, ni si es posible escribir en lenguaje inclusivo de un modo lo suficientemente cargado de ambigüedad como para conservar la función poética del lenguaje, de un modo que además de hacernos pensar, nos conmueva, nos emocione, nos complejice. Claro que no sabemos, y menos puedo saber yo, qué sucederá en el largo plazo, si ese lenguaje que viene a irrumpir se estabilizará en la lengua y en tal caso de qué modo, si ingresará y de qué manera a nuestras literaturas, pero sabemos de su uso y expansión en ciertos sectores sociales (especialmente urbanos) y en jóvenes de cualquier género, y vemos cómo impregna y permea los usos públicos, periodísticos y políticos, y entonces resulta asombroso que no se haya incluido siquiera una mesa de discusión sobre algo que está moviendo los cimientos de nuestras sociedades.

En la lengua se libran batallas, se disputan sentidos, se consolida lo ganado y los nuevos modos de nombrar –estos que aparecen con tanta virulencia– vuelven visibles los patrones de comportamiento social. Palabras o expresiones que llegan para decir algo nuevo o para decir de otro modo algo viejo, porque el lenguaje no es neutro, refleja la sociedad de la que formamos parte y se defiende marcando, haciendo evidente que los valores de unos (rasgos de clase o geográficos o de género o de edad…) no son los valores de todos. Algo que no existía comienza a ser nombrado, algo que ya existía quiere nombrarse de otro modo, verdadera revolución de la que no conocemos sus alcances, ni hasta dónde irá, ni si abarcará un día a la mayor parte de la sociedad, a sus diversas regiones, a las formas menos urbanas de nuestra lengua y a todos sus sectores sociales. No podemos prever su punto de llegada, pero sí sabemos que está entre nosotros de un modo tal que no podemos obviar. Lo que queda claro, lo insoslayable, es que se trata de una cuestión política, de que la lengua responde a la sociedad en la que vive, al momento histórico que transitan sus hablantes, porque como dice también Victor Klemperer, El espíritu de una época se define por su lengua. El asunto entonces es cómo se las ingeniará la lengua para conservar un territorio común entre sus hablantes, para seguir siendo en su diversidad, sus diferencias y su riqueza, un lugar de reunión, para usar el nombre de un libro y de un poema de nuestro Alejandro Nicotra. La lengua es mía pero no sólo mía, entonces cada uno de nosotros es dueño de la lengua, siempre que tenga la conciencia suficiente como para advertir su componente social. Este código compartido, este contrato entre hablantes, esta libertad tiene siempre por límite el deseo de ser comprendidos, porque no hablamos solos ni para nosotros sino para comunicarnos con otros.

Ante esa complejidad, sólo caben la diversidad y la flexibilidad; por otra parte, la lengua nos da todo el tiempo muestras de saber transformarse sin destruirse y, finalmente, sacudir el lenguaje, es –en palabras de Althusser– una forma entre otras, de práctica política. Otra cuestión, el castellano como lengua de las ciencias y del conocimiento. El posicionamiento del castellano como lengua científica y filosófica, nos lleva a la disputa ante el inglés como lengua dominante, a entrar en diálogo y tensión con otras lenguas y contra la imposición de una lengua única para el universo científico. En fin, que el mismo razonamiento sostenido en defensa de las variables americanas del castellano ante su variante oficial, se aplicaría en este campo de disputa en el que nuestro idioma está en condición de minoría con respecto a la lengua oficial de las ciencias, el inglés como lengua única. Una tarea de principal importancia es la recuperación del castellano como lengua del saber, lo que no equivale a promover un provincianismo autoclausurado y estéril sino un universalismo en castellano que se acompaña con el aprendizaje de muchas otras lenguas para acceder a todas las culturas y entrar en interlocución con ellas contra la imposición de una lengua única. El desarrollo del castellano como lengua del saber, del pensamiento y del conocimiento académico postularía un internacionalismo de otro orden, babélico y no monolingüe, y requeriría un cambio radical en nuestra cultura de autoevaluación universitaria y científica, dice el cordobés Diego Tatian y el argentino/mexicano Enrique Dussel, en su libro Filosofías del sur, pregona que las diversas tradiciones se dispongan para un auténtico y simétrico dilogo, gracias al cual cada una aprendería muchos aspectos desconocidos, más desarrollados por otras tradiciones. Se trataría de un mutuo enriquecimiento que exige situarse éticamente reconociendo a todas las comunidades con iguales derechos de argumentación, superando los centrismos hoy vigentes que llevan a la infecundidad y frecuentemente a la destrucción de descubrimientos de otras tradiciones, dice. La amenaza de una lengua de comunicación única es muy real. Contra esa amenaza, es necesario que cada uno hable su lengua y más de una lengua, dice Bárbara Cassin. Lugar común la lengua y el pensamiento, donde lo común no aspira a lo uniforme, lo aceptado por todos ni lo ya dado, sino a un territorio que, abrigando las singularidades, permita encontrar en un tesoro acumulado por generaciones de escribientes y de hablantes, las palabras que nos permitan abrir la historia, decir cosas nuevas y a la vez reconocer la radical igualdad de los seres humanos.

El lenguaje da acogida a la experiencia de los hombres, nos promete que lo que se ha experimentado no desaparecerá del todo, dice John Berger. Una novela, un cuento, un poema, dice también él, usan los mismos materiales que el informe anual de una corporación multinacional. El hecho de que estén hechos con casi las mismas palabras y similar sintaxis no significa más que el hecho de que un faro y la celda de una prisión puedan construirse con piedras de la misma cantera, unidas con el mismo cemento. En fin, que casi todo depende del modo en que se articulan las palabras, el modo en el que cada uno de nosotros se vincula con el lenguaje como lugar de reunión, en el convencimiento de que él es –además de instrumento práctico– vehículo de expresión de la subjetividad de un individuo y de una sociedad, tesoro fecundado por múltiples desvíos e innovaciones, sostenido por generaciones de hablantes y escribientes como motor de creación, factor de mutación, de transformación, para dar testimonio de lo vivido e imaginado, de la ligazón con lo sagrado, la celebración de lo acontecido y el lamento por lo perdido; en fin, para construir Memoria e Historia.

Entre lo personal y lo político, lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo, crece esta lengua nuestra. Para que su energía no se pierda, para que eso que habita en ella y es fácilmente corrompible, no pierda su música, nervio o alma –la diversidad puesta a vivir en nuestras bocas–, ella se distancia de lo oficial, de lo abstracto, lo general, lo convencional, en busca de lo sepultado bajo capas de artificios, condicionamientos y convenciones, porque cuando por mentirosa, farragosa, fangosa o inexacta, por excesiva, hinchada, henchida o snob, por grandilocuente, críptica o burda, se corrompe la relación entre las palabras y las cosas, todo el delicadísimo equilibro, todo el misterioso artefacto, se desploma. La homogenización a través de una lengua, la búsqueda de una lengua de nadie producto del capitalismo, dice Barbara Cassin y nos advierte sobre la amenaza de un lenguaje único para la comunicación. Necesitamos diversidad en las lenguas, como parte de la diversidad de los ciudadanos. Cada palabra es el resultado de una historia y de una serie de representaciones, pero solo adquiere su significado, que designa una cosa y no otra, en su diferencia con otras palabras de la misma lengua. Cada lengua tiene su forma de inventar, de inventariar, de describir, de concebir, de comprender.

Una lengua es una energía y se inventa todo el tiempo. Sabemos que las leyes son necesarias para sistematizar la lengua y enseñarla a las siguientes generaciones, y sabemos también que una lengua está en permanente movimiento y que, de no ser por esos movimientos, desvíos, disidencias y transformaciones, estaríamos hablando hoy lenguas romances o latín vulgar…, de hecho el castellano comenzó desobedeciendo, como lo muestran las Glosas Emilianenses, esas anotaciones al margen en un códice escrito en latín, que en el siglo X u XI algún monje hizo para aclarar algún pasaje, anotaciones en un modo de decir en el que ya hablaba el pueblo pero que todavía no había pasado a su forma escrita. En fin, que en una lengua cabe un mundo, y en ese mundo caben los disensos y las luchas. Digo esto sabiendo del lugar en el que estoy, deseando profundamente que unos y otros, de aquí o allá, podamos volvernos más y más conscientes de que la uniformidad no es el camino para que la lengua que compartimos se mantenga viva; pienso entonces en congresos de la lengua donde el país receptor intervenga activamente en los contenidos, en un congreso que revise su nombre, un congreso donde se discutan los beneficios económicos de la enseñanza de castellano en el mundo y donde no se vuelva costumbre traducir en un país el castellano de otro país, porque si hay riqueza en esta lengua nuestra, esa riqueza no está en la rigidez sino en la posibilidad de aceptar la potencia de lo diverso y de lo múltiple, la riqueza del permanente movimiento, como sin ir más lejos han hecho los hablantes de lengua inglesa –donde la estandarización proviene de la literatura, los medios y el uso- en sus distintos modos de hablarlo y escribirlo. Necesitamos oírnos en nuestras semejanzas y nuestras diferencias, en los múltiples meandros que ofrece este idioma nuestro en el que Cervantes y Rulfo, Sor Juana, García Márquez, Gabriela Mistral y Roa Bastos, Teresa de Ávila, Luis de Góngora, Elvira Orphée y José Donoso, César Vallejo, Quevedo, Borges, Blanca Varela y Juana Castro, Gil de Biedma, Lemebel, Lugones, Arguedas, Watanabe, Sara Gallardo y Onetti, Humberto Akabal, Arlt, Saer y Rosario Castellanos, entre tantos otros… abrieron con mano de seda y de hierro los intersticios de la lengua que de mil maneras les había sido impuesta, para poder decir lo que aún no había sido dicho.

Alfabetizando a población chiriguana en la frontera salteña, nuestra educadora María Saleme entendió que no servían las cartillas hechas en Buenos Aires, que tenía que empezar por la palabra agua, porque el chiriguano es hombre de río, y cuando lo hizo en los valles calchaquíes descubrió que la palabra nudo no era agua, sino tierra. Adrian Bravi, escritor argentino de lengua italiana, en un libro que se llama La gelosia della lingua cuenta acerca de una tía que emigró a Argentina en un barco en el que faltó agua potable y donde murieron casi todos los niños de brazos, una tía que podía contar lo vivido en castellano pero al intentar decirlo en italiano, se quebraba porque al evocarlo sus recuerdos tomaban vida propia.

¿Es borde la palabra? ¿O es orilla? ¿O es canto, o línea, o costa, o ribera, o margen? Cada uno tiene sus razones para decir de uno u otro modo porque la lengua es mía, pero no solamente mía. Esa lengua en la que nuestros recuerdos toman vida propia, en la que podemos razonar y conmovernos, conocer y cuestionarnos, aprender e imaginar, hasta que lo nombrado adquiera vida propia. Porque, como en la parábola que relata Gershom Scholem, aunque no sepamos encender el fuego ni encontrar aquel lugar en el bosque, ni seamos ya capaces de rezar, podemos seguir contándonos unos a otros nuestras historias y la Historia. Perder eso sería perdernos, sería una nueva forma de barbarie.